CAPÍTULO 5: La Oferta del Diablo
La primera semana en “El Santuario” pasó volando entre reuniones del consejo comunitario y lecciones intensivas sobre la administración del fideicomiso. Raquel apenas tenía tiempo para respirar, pero por primera vez en años, no se sentía agotada por la desesperanza, sino energizada por el propósito.
El sábado por la mañana, mientras revisaba los inventarios de la cosecha de café con Miriam, su teléfono satelital sonó. Número desconocido.
—¿Bueno?
—Hola, primita. Veo que te has acomodado rápido en mi propiedad.
La voz de Víctor goteaba esa falsa cordialidad que Raquel conocía desde la infancia. Se le heló la sangre.
—Esta no es tu propiedad, Víctor. El abuelo me la dejó a mí. El fideicomiso es blindado.
—Por favor, Raquel. Seamos realistas. Tú eres mesera. No sabes administrar ni una cuenta de ahorros, menos un complejo de dos mil hectáreas. Ese lugar requiere capital, visión… cosas que yo tengo.
—Tengo capital —respondió ella, pensando en los fondos que Guillermo le había mostrado—. Y visión no me falta.
—Escúchame bien —el tono de Víctor cambió, volviéndose duro—. Sé que Andrés te tiene contra las cuerdas con la custodia. Sé que necesitas dinero rápido para no perder a tus hijos. Te voy a hacer una oferta única: Cinco millones de dólares. En efectivo. Ahora mismo. Vendes, te vas, recuperas a tus hijos y vives como reina el resto de tu vida.
Cinco millones de dólares. Cien millones de pesos. La cifra hizo que la cabeza de Raquel diera vueltas por un segundo. Podría comprar una mansión, pagar los mejores colegios…
—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Por qué tanto interés por un pedazo de selva?
—Digamos que tiene… valor sentimental —mintió él.
—Es el litio, ¿verdad? —intervino Jonás, quien había escuchado la conversación. Raquel repitió la pregunta al teléfono.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, una risa seca.
—Vaya, la mesera aprendió a leer informes geológicos. Sí, Raquel. Hay litio debajo de esos árboles. Suficiente para alimentar la producción de baterías de Terrafina por una década. Y lo voy a sacar, contigo o sin ti. Acepta el dinero. Es la salida fácil.
—El abuelo protegió esta tierra para que gente como tú no la destruyera —dijo Raquel, sintiendo cómo la indignación superaba al miedo—. Mi respuesta es no. Y si vuelves a enviar drones a mi propiedad, los voy a derribar.
—Te vas a arrepentir, Raquel. Nadie le dice que no a Terrafina.
Raquel colgó, con las manos temblando de rabia.
—Prepárate, Jonás —dijo—. No se va a detener.
Ese mismo fin de semana, Andrés llevó a los niños para la visita. Su camioneta BMW se veía ridículamente fuera de lugar estacionada entre los jeeps llenos de lodo de la comunidad.
—Así que este es el “imperio” —dijo Andrés con desdén, bajándose las gafas de sol—. Parece un campamento de verano para hippies.
—Es una comunidad autosustentable, papá —dijo Saúl, bajando del auto con su mochila, mirando todo con escepticismo adolescente.
—¡A mí me gusta! —gritó Elena, corriendo a abrazar a Raquel—. ¡Hay mariposas gigantes, mamá!
La visita fue tensa al principio. Andrés se quedó rondando, criticando la falta de señal celular y la humedad. Pero algo mágico sucedió con los niños.
Jonás vio a Saúl aburrido con su celular y se acercó.
—Oye, chavo. Tu mamá dice que eres bueno con las computadoras.
Saúl se encogió de hombros.
—Más o menos.
—Tengo un problema con el sistema de calibración de los drones de vigilancia. Usamos código abierto, pero se desconfigura con la humedad. ¿Te gustaría echarle un ojo?
Los ojos de Saúl se iluminaron. En media hora, estaba en el taller, con las manos llenas de grasa y una sonrisa que Raquel no le veía desde el divorcio. Mientras tanto, Elena estaba fascinada ayudando a Miriam en el huerto medicinal, aprendiendo los nombres de las plantas en tzeltal.
Al final del día, cuando Andrés estaba por llevárselos, Saúl se acercó a Raquel.
—Mamá… Jonás dice que puedo venir el próximo fin a ayudarle a programar la ruta de vuelo. ¿Puedo?
—Claro que sí, mi amor.
—Este lugar es… cool, mamá. No sabía que sabías de estas cosas.
Raquel sintió que el corazón le estallaba de orgullo.
—Estoy aprendiendo, Saúl. Igual que tú.
Andrés se acercó antes de subir al auto. Su arrogancia habitual parecía un poco mellada.
—Los niños se divirtieron —admitió a regañadientes—. Pero ten cuidado, Raquel. Víctor me llamó. Está furioso. Dijo que estás sentada sobre una mina de oro y que no te va a dejar bloquear el “progreso”. Ese tipo es peligroso. No pongas a mis hijos en medio de tu guerra.
—Yo no empecé esta guerra, Andrés. Pero la voy a terminar.
CAPÍTULO 6: La Tormenta Perfecta
Dos semanas después, la atmósfera en “El Santuario” era eléctrica, y no solo por la tormenta tropical que golpeaba la costa de Chiapas. Zuri, una fotoperiodista afroamericana que llevaba meses documentando la fauna local con permiso de Don Elías, irrumpió en la cabaña de Raquel empapada y con la cámara en mano.
—Raquel, tienes que ver esto.
Conectó la cámara a la laptop de Raquel. Las fotos, tomadas con teleobjetivo esa misma tarde, mostraban a tres hombres con impermeables amarillos y logotipos de Terrafina manipulando algo en la base de la presa, en el lado oeste, donde la selva era más densa.
—¿Qué estaban haciendo? —preguntó Raquel, alarmada.
—No lo sé, pero llevaban herramientas pesadas. Y se fueron rápido cuando empezó a llover fuerte.
En ese momento, las luces de la cabaña parpadearon. La sirena de emergencia de la presa comenzó a aullar, un sonido grave y terrorífico que se mezclaba con el rugido del viento afuera.
El radio de Jonás cobró vida en el cinturón de Raquel.
—¡Raquel! ¡Tenemos una situación crítica! ¡Los niveles del embalse están subiendo demasiado rápido! ¡Las compuertas de alivio no responden!
Raquel corrió hacia la Jeep, con Zuri siguiéndola. Manejaron bajo una lluvia torrencial que convertía los caminos en ríos de lodo. Al llegar a la sala de control, Jonás estaba frenético sobre los monitores.
—¡Es sabotaje! —gritó sobre el estruendo de la lluvia—. El sistema electrónico dice que las compuertas están abiertas, pero los sensores de presión dicen que están cerradas. Alguien hackeó el sensor o trabó el mecanismo físicamente. Si no liberamos presión en veinte minutos, el dique de tierra del oeste va a colapsar.
—¿Qué hacemos?
—Hay una válvula manual en la pasarela de la presa. Pero es peligroso con este clima.
—Voy contigo —dijo Raquel, tomando un impermeable.
—Y yo —añadió Zuri.
Salieron a la noche infernal. El viento las golpeaba como puños invisibles. Caminaron por la pasarela de metal resbaladiza sobre la cortina de la presa; abajo, el agua negra y furiosa rugía, espumando a pocos metros del borde.
Llegaron a la rueda de control manual. Estaba atascada. Jonás colocó una barra de acero para hacer palanca.
—¡Ayúdenme! —gritó.
Raquel y Zuri se aferraron a la barra junto con él.
—¡A la de tres! ¡Uno, dos, TRES!
Empujaron con todas sus fuerzas, resbalando en el metal mojado. La rueda gimió, el óxido y… algo más, algo pegajoso como soldadura química, cedió con un crack sonoro. La rueda giró.
Lentamente, las compuertas comenzaron a abrirse. Un chorro masivo de agua salió disparado hacia el río, haciendo temblar la estructura.
—¡Está bajando! —gritó Zuri, mirando el medidor visual.
Pero la celebración duró poco. El radio de Jonás sonó de nuevo. Era Miriam, desde el centro comunitario.
—¡Jonás, Raquel! ¡El dique oeste! ¡Se está desmoronando! ¡El agua está entrando a la zona baja!
El alivio de presión había llegado demasiado tarde para el dique de tierra, debilitado por las lluvias y probablemente por la manipulación de los hombres de Terrafina.
—¡La zona baja! —Raquel sintió un hueco en el estómago—. ¡Ahí viven los Navarro! ¡Y la familia Chen!
—¡Evacuación general! —ordenó Jonás por el radio—. ¡Todos al refugio en la colina, AHORA!
Regresaron al vehículo y bajaron a toda velocidad hacia la zona de las viviendas. El camino ya era un torrente. Vieron familias corriendo cuesta arriba, iluminadas por linternas, cargando niños y mascotas.
Raquel frenó junto a Miriam, que dirigía el tráfico humano.
—¿Están todos?
—¡Faltan los Navarro! —gritó Miriam, pálida—. Su casa es la última, junto al arroyo. No contestan el radio.
—¡Voy por ellos! —dijo Raquel.
—¡No, es suicidio! —intentó detenerla Jonás—. ¡El agua ya debe tener un metro de altura ahí!
Raquel no lo escuchó. Giró el volante y aceleró hacia la parte más baja del valle, donde el agua turbia ya se tragaba los jardines.
La casa de los Navarro estaba medio sumergida. La corriente golpeaba contra las paredes de madera. Raquel saltó del Jeep, con el agua llegándole a la cintura. La corriente era fortísima, arrastrando ramas y escombros.
—¡Mayra! ¡Sr. Navarro! —gritó.
Nadie respondió. Raquel luchó contra la corriente hasta la puerta, que estaba bloqueada por un tronco caído. Con una fuerza que no sabía que tenía, alimentada por la adrenalina pura, empujó el tronco lo suficiente para pasar.
Dentro, el agua les llegaba a las rodillas. Encontró a la familia acurrucada sobre la mesa del comedor. La pequeña Mayra, de 6 años, lloraba abrazada a su perro. El Sr. Navarro estaba herido, con un corte profundo en la cabeza, probablemente por una caída.
—¡Tenemos que salir! ¡Ya! —ordenó Raquel.
—No puedo caminar bien —gimió el Sr. Navarro, aturdido.
—Lo ayudaremos —dijo la Sra. Navarro, tomando un brazo.
Raquel cargó a Mayra en su espalda.
—Agárrate fuerte, mi amor, como un changuito. No me sueltes.
Salieron al caos. El nivel del agua había subido. Ahora les llegaba al pecho. La corriente amenazaba con arrastrarlos hacia el río crecido.
—¡Hagan una cadena! —gritó Raquel—. ¡Sra. Navarro, agarre mi cinturón!
Avanzaron paso a paso, luchando contra la naturaleza desatada. En un momento, Raquel pisó un hoyo y se hundió. El agua lodosa le llenó la boca y la nariz. Sintió los bracitos de Mayra apretándole el cuello, aterrorizada.
No te rindas. No te rindas.
Pensó en sus propios hijos. Pensó en la risa de Víctor. Pensó en el peso de plata.
Salió a la superficie, tosiendo, y clavó los pies en el lodo.
—¡Sigan avanzando!
Vio las luces de la Jeep de Jonás en la loma, a cincuenta metros. Parecían kilómetros. Pero entonces, vio a Jonás y a otros tres hombres bajando con cuerdas atadas a la cintura, metiéndose al agua para alcanzarlos.
Cuando finalmente sintió la mano fuerte de Jonás agarrando su brazo, Raquel se permitió colapsar. Habían llegado.
—Los tengo —dijo Jonás, jalándolos hacia tierra firme.
Raquel, empapada, cubierta de lodo y temblando de frío, miró hacia el valle. Los relámpagos iluminaban una escena de devastación. Varias casas habían desaparecido. El huerto era un lago.
Pero al mirar a su alrededor, vio a los Navarro abrazados, vivos. Vio a la comunidad reunida bajo la lluvia, ayudándose unos a otros.
Su teléfono vibró dentro de la bolsa impermeable que Zuri le había dado. Era un mensaje de texto que apenas entraba con la señal intermitente.
Víctor: “Qué lástima lo del accidente. La oferta de compra sigue en pie, pero ahora vale la mitad. Tienes 24 horas.”
Raquel miró el mensaje. Luego miró a su gente. La rabia se transformó en una determinación fría y dura como el acero.
—No fue un accidente —le dijo a Jonás, mostrándole el mensaje—. Fue un intento de homicidio.
—¿Qué hacemos, Raquel?
Raquel se limpió el lodo de la cara.
—Vamos a la guerra. Y tengo el arma perfecta.
CAPÍTULO 7: El Mapa en el Borde
El amanecer trajo una calma engañosa. La tormenta había pasado, pero las cicatrices que dejó en “El Santuario” eran profundas. Casas dañadas, el huerto inundado y una sensación de vulnerabilidad que pesaba más que el lodo.
Raquel estaba en la “Zona Cero”, supervisando la limpieza con botas de hule y ropa llena de barro, cuando llegó Zuri.
—Raquel, mira esto. Las amplié digitalmente.
Zuri le mostró su tableta. Las fotos de la noche anterior, procesadas, mostraban claramente los rostros de los hombres en la presa. Y algo más: en una toma con visión nocturna del dron de vigilancia (que había seguido grabando automáticamente), se veía una camioneta con placas de la Ciudad de México saliendo por una brecha lateral minutos después de que fallaran las compuertas.
—Es el jefe de seguridad de Víctor —dijo Raquel, reconociendo al hombre corpulento al volante—. Lo he visto escoltando a mi primo. Esto no fue negligencia, fue un ataque terrorista.
En ese momento, el sonido de un motor interrumpió la conversación. La camioneta de Andrés apareció en el camino principal, sorteando los baches con dificultad. Raquel sintió un vuelco en el corazón. ¿Venía a quitarle a los niños después de ver las noticias?
Andrés bajó, seguido por Saúl y Elena. Para sorpresa de Raquel, su exesposo no traía su habitual mueca de desprecio, sino una expresión de genuina preocupación.
—Vimos las noticias —dijo Andrés sin preámbulos—. “Ecoaldea inundada en Chiapas”. ¿Están bien?
—Estamos bien —respondió Raquel, a la defensiva—. Fue un sabotaje de Terrafina.
—Ese imbécil de Víctor… —murmuró Andrés, sacudiendo la cabeza—. Una cosa son los negocios y otra poner en riesgo a la gente.
—¡Mamá! —Elena corrió a abrazarla, sin importarle el lodo en la ropa de Raquel.
Saúl se acercó más despacio, con su mochila abrazada contra el pecho.
—Traje mi dron, mamá. El grande. El que armé en la escuela. Pensé que… tal vez sirva para ver dónde más hay daños.
Raquel miró a su hijo, conteniendo las lágrimas.
—Servirá muchísimo, Saúl. Jonás te necesita en el centro de mando.
Durante las siguientes horas, la dinámica familiar cambió por completo. Andrés, ingeniero industrial de formación (aunque ahora solo gerenciaba), se quitó el saco y se puso a ayudar a coordinar la logística de los suministros. Saúl volaba su dron junto a Jonás, creando un mapa 3D de la zona afectada en tiempo real, sintiéndose por primera vez útil y respetado por adultos. Elena ayudaba a limpiar y consolar a los animales de granja asustados.
Por la tarde, mientras descansaban en el porche del centro comunitario, Saúl sacó algo de su bolsillo.
—Mamá, ¿me prestas la moneda?
—¿El peso? Claro. —Raquel se lo lanzó.
Saúl lo atrapó y sacó una lupa de joyero que usaba para sus circuitos.
—Estuve pensando… El abuelo Elías era ingeniero, ¿no? Y le gustaban los códigos.
—Sí…
—Bueno, el borde de estas monedas antiguas suele ser liso o tener una leyenda. Pero esta… mira.
Raquel tomó la lupa. En el canto de la moneda, entre las estrías normales, había marcas minúsculas, imperceptibles a simple vista. Puntos y rayas.
—Es código morse —dijo Saúl—. Pero mezclado con números.
Jonás se acercó, cojeando.
—Déjame ver.
Anotó la secuencia en una libreta.
N 16.732 – W 91.544 – SÓTANO – 1931
—Son coordenadas GPS —dijo Jonás, tecleando en su laptop—. Y apuntan… aquí. Justo debajo de donde estamos sentados.
—¿El centro comunitario? —preguntó Raquel.
—Este edificio se construyó sobre los cimientos de la antigua hacienda cafetalera original —explicó Miriam—. Hay un sótano viejo que sellamos porque era inseguro.
Corrieron al almacén trasero. Movieron cajas de herramientas y sacos de cemento hasta encontrar una trampilla de madera vieja en el suelo, cubierta de polvo.
Raquel jaló la argolla de hierro. La madera crujió y se abrió, revelando una escalera de piedra oscura.
Bajaron con linternas. El aire olía a tiempo encerrado. Al final de la escalera, había una puerta de acero pesado, moderna, incongruente con el resto de la estructura antigua. Y en el centro, a la altura de los ojos, esa ranura familiar.
La ranura para una moneda de un peso.
—El abuelo y sus trucos —sonrió Raquel, con el corazón latiéndole a mil.
Insertó la moneda. Click-Clack. Los cerrojos de acero se retrajeron.
La puerta se abrió a una pequeña habitación climatizada. En el centro, sobre una mesa de metal, había tres objetos:
- Una carpeta de cuero vieja.
- Un dispositivo USB moderno.
- Una carta.
Raquel abrió la carpeta primero.
—Dios mío… —susurró Guillermo, el abogado, que había llegado justo a tiempo para ver el descubrimiento—. Esto es la Escritura Original de 1931. Concesión Real de Derechos de Subsuelo.
—¿Qué significa? —preguntó Andrés, asomándose.
—Significa que el gobierno le otorgó al bisabuelo de Raquel los derechos no solo de la tierra, sino de todo lo que hay debajo. Minerales, agua, todo. Es un documento rarísimo, anterior a las leyes de nacionalización minera actuales. Si esto es válido, las concesiones de Terrafina son ilegales. Ellos tienen permiso para explorar, pero Raquel es dueña de lo que encuentren.
Raquel tomó el USB. Había una nota pegada: “Para el futuro. Clave: La fecha de tu primer paso”.
Esta vez, Raquel lo sabía. Su madre siempre contaba la historia. 14 de febrero.
Conectaron el USB a la laptop de Jonás.
Se abrió una billetera digital de criptomonedas.
El saldo parpadeó en la pantalla: 1,200 BTC.
—¿Eso es…? —preguntó Saúl, con los ojos como platos.
—Bitcoins —dijo Jonás con voz estrangulada—. Comprados en 2013, cuando valían centavos.
Hicieron el cálculo rápido. Al precio actual…
—Cuarenta y dos millones de dólares —susurró Raquel. Se tuvo que sentar en una caja vieja para no desmayarse.
Ochocientos cuarenta millones de pesos.
—Y esto… —Raquel tomó el tercer paquete, una serie de carpetas azules—. Esto es la bomba nuclear.
Eran informes detallados, correos impresos y muestras de laboratorio recopiladas por Elías durante décadas. Evidencia de cómo Terrafina había envenenado mantos acuíferos en otros estados, sobornado funcionarios y ocultado accidentes mortales.
Raquel miró a su familia, a sus amigos, a su exesposo boquiabierto.
—Se acabó —dijo—. Se acabó tener miedo.
CAPÍTULO 8: La Victoria Final
La semana siguiente fue una guerra relámpago.
Con los recursos ilimitados del Bitcoin convertidos a efectivo, Raquel contrató no solo a los mejores abogados penalistas del país, sino a un equipo de seguridad privada para proteger “El Santuario” mientras la Guardia Nacional llegaba.
Zuri publicó el reportaje: “EL SABOTAJE DE LA SELVA: Minera intenta ahogar comunidad para robar litio”. El video de los hombres manipulando la presa se hizo viral en horas. Las acciones de Terrafina se desplomaron en la bolsa. La fiscalía no tuvo opción: giraron órdenes de aprehensión. Víctor fue detenido intentando cruzar la frontera en Tijuana.
Pero faltaba una batalla. La más importante para Raquel.
El día de la audiencia final de custodia, el juzgado estaba abarrotado de prensa. Raquel entró caminando con seguridad, vestida con un traje sastre impecable, pero llevando en el cuello un collar sencillo con una réplica de su moneda de un peso.
La Jueza Klene revisó los nuevos documentos en silencio. El informe financiero ya no decía “inestable”; decía “Patrimonio Neto: Alto”. El informe de vivienda describía una comunidad modelo con escuela propia y seguridad de punta.
—Sr. Benítez —dijo la Jueza, mirando a Andrés—. Su exesposa ha tenido un cambio… milagroso de fortuna. ¿Sigue usted sosteniendo que ella no es apta?
Andrés se puso de pie. Miró a Raquel. Luego miró a sus hijos, sentados en la banca de atrás, quienes le hacían señas discretas con los pulgares arriba.
—Su Señoría —dijo Andrés, aclarandose la garganta—. Hace unas semanas, llevé a mis hijos a “El Santuario” pensando que los rescataría de un entorno peligroso. Lo que encontré fue… a mis hijos más felices de lo que los he visto en años. Mi hijo, que no salía de su cuarto, está mapeando terrenos con drones. Mi hija está aprendiendo botánica. Raquel no solo les ha dado un hogar; les ha dado un propósito.
Hubo un murmullo en la sala. El abogado de Andrés lo miró horrorizado.
—Por lo tanto —continuó Andrés—, retiro mi petición de custodia exclusiva. Propongo que los niños vivan con su madre en Chiapas durante el ciclo escolar, donde la escuela comunitaria ofrece un modelo educativo superior, y que pasen las vacaciones y un fin de semana al mes conmigo en la ciudad.
Raquel sintió que las lágrimas le picaban los ojos. Andrés le guiñó un ojo discretamente.
—Gracias, Sr. Benítez —dijo la Jueza, visiblemente impresionada—. Es raro ver tal madurez en este tribunal. Se aprueba el acuerdo.
Al salir del juzgado, Raquel no tuvo que huir de las cámaras. Se detuvo, abrazó a sus hijos y levantó la vista al cielo.
Un mes después.
La fiesta en “El Santuario” era legendaria.
Habían inaugurado el “Centro de Innovación Elías Benítez”, financiado con parte de la fortuna cripto. Familias de todo el país llegaban para aprender sobre agricultura sustentable.
En la plaza central, frente a la fuente restaurada, Raquel, Miriam, Jonás, Andrés y los niños se reunieron para la ceremonia final.
—Todo empezó con esto —dijo Raquel al micrófono, sosteniendo el peso original—. Una moneda que todos despreciaron. Una moneda que parecía valer nada.
Miró a Saúl, que grababa con su dron, y a Elena, que corría con sus nuevos amigos.
—Mi abuelo me enseñó que el valor real no está en la cuenta bancaria, sino en lo que esa moneda puede abrir si tienes la fe para usarla.
Caminó hacia la entrada del nuevo Centro Comunitario. En el marco de la puerta, había un pequeño recuadro de cristal blindado.
Raquel colocó la moneda de un peso dentro.
—Gracias, abuelo —susurró—. Cambio y fuera.
La música de marimba comenzó a sonar, la gente empezó a bailar, y bajo el cielo estrellado de Chiapas, Raquel Benítez, la mesera que heredó un peso, sonrió sabiendo que era la mujer más rica del mundo. No por los millones, sino porque finalmente, era libre.
CRÓNICAS DE EL SANTUARIO: La Extracción del Testigo Fantasma
TÍTULO: La Misión en la Niebla: El Secreto que Pudo Matarlos
PROTAGONISTAS: Jonás (El Veterano) y Zuri (La Periodista)
UBICACIÓN: San Cristóbal de las Casas y La Selva Lacandona
TIEMPO: 3 días antes de la Audiencia Final de Custodia
CAPÍTULO 1: El Mensaje Encriptado
La lluvia en la selva de Chiapas no cae; te aplasta. Era una de esas noches donde la humedad se mete hasta los huesos, y el sonido de los insectos es ahogado por el repiqueteo incesante del agua contra los techos de lámina y palma de “El Santuario”.
En el centro de mando (el búnker de concreto junto a la presa), Jonás revisaba los monitores térmicos con la obsesión de quien ha visto demasiadas cosas malas suceder en la oscuridad. Su pierna protésica le dolía con el cambio de presión atmosférica, un recordatorio fantasma de su vida anterior en el ejército.
Raquel estaba en la cabaña principal, revisando estrategias legales con el Licenciado Guillermo. Los niños dormían. Pero Jonás no podía descansar. Sabía que Víctor, el primo de Raquel, no era un simple empresario corrupto. Hombres como Víctor, que contratan sicarios para sabotear presas, no se detienen hasta que los destruyen o los meten en una celda.
De pronto, la terminal segura de Zuri, que estaba conectada a la red satelital del búnker, emitió un chirrido agudo.
Zuri entró corriendo, con una taza de café en la mano y el cabello afro cubierto de gotas de lluvia.
—¿Lo escuchaste? —preguntó, dejando el café sobre una mesa llena de mapas.
—Alerta de mensaje encriptado —dijo Jonás, girando su silla—. ¿De quién?
—De mi contacto en la Ciudad de México. El que me filtró los primeros rumores sobre Terrafina.
Zuri tecleó rápidamente su clave de desencriptación. El texto apareció en la pantalla, verde sobre negro, breve y aterrador:
ASUNTO: CÓDIGO ROJO
REMITENTE: GARGANTA PROFUNDA
El Dr. Fausto Arreola ha escapado. Tiene las bitácoras químicas originales de los últimos 5 años. Sabe dónde enterraron los residuos en la Zona Norte. Víctor puso precio a su cabeza: 500 mil pesos, vivo o muerto. Arreola está escondido en San Cristóbal de las Casas. Si Terrafina lo encuentra primero, la evidencia desaparece y él también. Tienen 12 horas.
Jonás leyó el mensaje dos veces.
—Fausto Arreola —murmuró—. El ingeniero químico en jefe de Terrafina.
—El mismo —confirmó Zuri, sus ojos brillando con la intensidad de la caza—. Si conseguimos esas bitácoras, Raquel no solo gana la custodia. Terrafina se va a la quiebra y Víctor pasa el resto de su vida en la cárcel.
—O nosotros terminamos en una zanja —replicó Jonás, poniéndose de pie y tomando su bastón táctico—. San Cristóbal está a tres horas con este clima. Y si Víctor puso precio a su cabeza, cada matón y policía corrupto del estado lo está buscando.
—Entonces más vale que nos demos prisa —dijo Zuri, tomando su cámara y una mochila impermeable—. Yo sé cómo encontrarlo. Tú sabes cómo sacarnos vivos.
—No le digas a Raquel —ordenó Jonás—. Ya tiene suficiente con el juicio. Si no regresamos al amanecer… entonces le dices.
Jonás cojeó hacia el armario de armas. No había armas de fuego —Don Elías las había prohibido en el Santuario—, pero Jonás sacó algo mejor: granadas de humo, bengalas de alta intensidad y un par de tasers de grado militar.
—Vamos por el fantasma —dijo.
CAPÍTULO 2: Sombras en los Altos
El viaje hacia los Altos de Chiapas fue una pesadilla de lodo y niebla. La Jeep Wrangler modificada de El Santuario rugía subiendo las curvas cerradas de la carretera vieja, evitando la autopista principal donde seguramente habría retenes pagados por Terrafina.
Zuri iba en el asiento del copiloto, monitoreando las frecuencias de radio de la policía local con un escáner.
—Están muy activos —dijo ella, ajustando el dial—. Escucho claves. “Paquete suelto en el Barrio del Cerrillo”. “Unidad 4 peinando el mercado”.
—Lo tienen cercado —gruñó Jonás, aferrando el volante con sus manos callosas—. ¿Tienes una ubicación exacta?
—Arreola me envió una foto hace diez minutos. Es críptica.
Zuri le mostró el celular. Era una foto borrosa de una cruz de piedra con musgo y una banca de hierro forjado, apenas visible entre la niebla espesa.
—Plaza de la Paz —identificó Jonás al instante—. Frente a la Catedral. Es el lugar más expuesto de toda la ciudad. Este tipo es un idiota.
—Es un científico asustado, Jonás. Probablemente piensa que estar en público lo protege.
—Estar en público solo hace que el tiro sea más fácil.
Llegaron a San Cristóbal a las 2:00 AM. La ciudad colonial, famosa por su belleza mágica y su turismo bohemio, esa noche parecía un escenario de película de terror. La niebla bajaba de las montañas, densa y fría, tragándose los edificios de colores y las calles empedradas.
Jonás estacionó la Jeep en una calle lateral oscura, a tres cuadras del centro.
—Quédate cerca de mí —le advirtió a Zuri—. Si ves algo que brilla o se mueve rápido, te tiras al suelo.
—He cubierto zonas de guerra en Siria y el Congo, Jonás. Sé cuidarme.
—Esto no es una guerra, Zuri. Es una cacería corporativa. Estos tipos no siguen las convenciones de Ginebra.
Caminaron rápido, sus botas resonando suavemente en el empedrado mojado. San Cristóbal dormía, pero se sentía una tensión eléctrica en el aire. Al llegar a la plaza principal, la niebla era tan espesa que la inmensa fachada amarilla de la Catedral parecía un fantasma gigante.
—Ahí —susurró Zuri.
En una banca solitaria, bajo la luz mortecina de un farol colonial, había una figura encogida. Llevaba una gabardina demasiado grande y abrazaba un maletín de cuero contra su pecho como si fuera un salvavidas.
Jonás escaneó el perímetro. Los portales oscuros de los edificios circundantes, los balcones, las esquinas.
—Es una trampa o es el tipo con más suerte del mundo —dijo Jonás—. Ve tú. Yo cubro tu espalda desde la sombra del kiosco. Si alguien se acerca, lanzo el humo.
Zuri asintió y cruzó la plaza con paso decidido pero cauteloso. Se sentó en la banca, dándole la espalda al hombre, fingiendo revisar su cámara.
—Doctor Arreola —susurró sin mirarlo.
El hombre dio un respingo violento.
—¡No me mate! —chilló en un susurro—. ¡Tengo dinero!
—Soy Zuri Okafor. La periodista. Vengo de parte de Raquel Benítez.
El hombre, un sujeto calvo con lentes empañados y cara de no haber dormido en una semana, comenzó a temblar incontrolablemente.
—Dijeron que vendrían… Terrafina… ellos saben que estoy aquí.
—Tenemos un vehículo seguro. Deme el maletín y camine conmigo. Despacio.
—¡No! —Arreola se aferró al maletín—. ¡Es mi seguro de vida! ¡Si se los doy, me dejan aquí tirado!
—Escúcheme bien, doctor —dijo Zuri, girándose para mirarlo a los ojos con ferocidad—. En este momento, usted es un cadáver caminando. Su única oportunidad es la mujer que está en la selva protegiendo a 60 familias que usted ayudó a envenenar. Así que levántese y camine.
Arreola, pálido como el papel, asintió. Se pusieron de pie.
Desde las sombras del kiosco, Jonás vio el movimiento. En la esquina noroeste de la plaza, dos hombres con chamarras de cuero negro se separaron de la pared. No caminaban como turistas. Caminaban como depredadores. Uno de ellos se llevó la mano a la oreja; un auricular.
—Zuri, tenemos compañía —susurró Jonás por el micro-radio—. A las diez en punto. Dos tangos. Muévanse hacia el Andador Eclesiástico. Ya.
Zuri tomó a Arreola del brazo y lo empujó hacia la calle peatonal.
—Camine rápido.
—¡Ahí están! —gritó una voz ronca a sus espaldas.
Los dos hombres de cuero negro aceleraron el paso.
—¡Alto ahí! ¡Policía Ministerial! —gritó uno, sacando una pistola. No eran policías.
Jonás salió de las sombras. No podía correr debido a su prótesis, pero no necesitaba correr. Calculó la trayectoria, quitó el seguro de una granada aturdidora y la lanzó con precisión de pitcher de béisbol.
El cilindro metálico rebotó en el empedrado y estalló en un destello de luz cegadora y un BANG sónico que hizo retumbar las ventanas de la plaza.
Los dos sicarios cayeron de rodillas, llevándose las manos a los oídos.
—¡CORRAN! —rugió Jonás, cojeando lo más rápido que podía para interceptar a Zuri y Arreola.
CAPÍTULO 3: El Laberinto de Piedra
El Andador Eclesiástico, usualmente lleno de turistas comprando ámbar y textiles, era un túnel de niebla. Zuri, Jonás y Arreola corrían por el centro. Arreola jadeaba, tropezando con sus propios pies.
—¡Me va a dar un infarto! —gemía el químico.
—¡Le va a dar un balazo si no se mueve! —le gritó Jonás, empujándolo.
Una camioneta SUV negra, sin luces, salió de una calle lateral, bloqueando su paso a cincuenta metros. Las puertas se abrieron y bajaron tres hombres más. Estos traían armas largas.
—¡Mierda! —Jonás frenó en seco—. ¡Callejón a la derecha!
Se metieron en un callejón estrecho y oscuro. Jonás sabía que estaban siendo pastoreados. Víctor había enviado a un equipo completo.
—Zuri, ¿qué tan lejos está la Jeep?
—A seis cuadras. ¡Pero nos cortaron el paso!
—Necesitamos un lugar alto —decidió Jonás—. Arreola, ¿puede subir escaleras?
—Creo que sí…
—¡Pues crea más fuerte!
Llegaron a la base del cerro de la Iglesia de Guadalupe. Unas escalinatas empinadas subían hacia la oscuridad. Comenzaron el ascenso agónico. Jonás gruñía de dolor con cada escalón; su muñón estaba en carne viva por la fricción, pero su mente militar bloqueaba el dolor. Misión primero. Dolor después.
A mitad de camino, se detuvieron en un descanso. Abajo, en la calle, vieron las luces de las linternas de sus perseguidores barriendo las fachadas.
—Nos van a rodear —dijo Zuri, revisando el perímetro—. Si subimos a la iglesia, no hay salida trasera. Es un callejón sin salida.
Arreola se dejó caer en el suelo, llorando.
—Lo siento… lo siento… yo solo firmaba los papeles. Me pagaban bonos por “eficiencia”. No sabía que los niños de la comunidad de abajo iban a beber esa agua… bueno, lo sospechaba, pero…
Zuri lo agarró de las solapas de la gabardina.
—Guarde sus confesiones para el juez, cobarde. Ahora necesito que me diga qué hay en ese maletín que los tiene tan nerviosos. ¿Solo papeles?
Arreola negó con la cabeza, temblando. Abrió el maletín con dedos torpes.
Adentro, protegidos con espuma, había tres frascos de vidrio con un líquido viscoso y anaranjado, además de discos duros.
—Es el “Reactivo 7”. Una mezcla experimental para disolver roca de litio más rápido. Es altamente cancerígeno. Ilegal en Europa y Estados Unidos. Víctor ordenó usarlo en la cuenca del Grijalva para acelerar la extracción antes de que Raquel tomara posesión. Si esto se analiza… es cadena perpetua por terrorismo ecológico.
Jonás miró los frascos. Eso no era evidencia; era un arma biológica.
—Okay, cambio de plan —dijo Jonás—. No podemos huir con eso. Si nos atrapan y rompen un frasco, morimos todos. Tenemos que distraerlos.
Jonás sacó su teléfono satelital.
—Saúl. Contesta, chavo, contesta…
En El Santuario, Saúl, que se había quedado despierto hackeando un videojuego, contestó el teléfono seguro de su mamá.
—¿Jonás? Son las 3 de la mañana.
—Escucha, Saúl. Necesito tus ojos. ¿Tu dron de largo alcance… tiene batería?
—Siempre. Lo modifiqué con una batería auxiliar de litio.
—Necesito que lo vueles hacia las coordenadas que te voy a enviar. Estamos en San Cristóbal.
—Eso está muy lejos, la señal no va a llegar…
—No necesito que lo vueles desde allá. Necesito que te conectes a la red de antenas repetidoras que instalamos en el cerro la semana pasada. Haz un puente.
—Eso… eso podría funcionar. ¿Qué necesitas que haga?
—Necesito un milagro, chavo. Necesito ruido y luces. Mucho ruido.
CAPÍTULO 4: El Dron y el Soldado
Los sicarios subían las escaleras. Se escuchaban sus botas pesadas y el rastrillar de las armas.
—Salgan, doctor Arreola —gritó una voz desde abajo—. Entregue el maletín y nadie sale lastimado. Bueno, tal vez el cojo y la negra sí, pero usted vive.
Jonás miró a Zuri.
—Cuando yo diga, corren hacia la barda lateral de la iglesia. Hay un techo bajo que da a la calle trasera.
—¿Y tú?
—Yo les voy a dar la bienvenida.
Jonás se paró en medio de la escalinata, visible bajo la luz de la luna que por fin rompía la niebla. Levantó las manos.
—¡Hey! —gritó—. ¡Ustedes, los de Terrafina! ¡Son muy valientes persiguiendo a un químico gordo! ¿Por qué no se meten con alguien que sí muerde?
Los tres sicarios se detuvieron, apuntándole con rifles de asalto.
—Mira nada más, el soldadito de juguete —se burló el líder—. Tira el bastón y arrodíllate.
Jonás sonrió.
—Saúl, ahora.
Un zumbido agudo, como el de un enjambre de avispas gigantes, llenó el aire.
Desde el cielo nocturno, el dron de Saúl bajó en picada a una velocidad vertiginosa. No era un dron de juguete; era un hexacóptero industrial modificado. Saúl encendió los reflectores LED de alta potencia directo a los ojos de los sicarios, cegándolos temporalmente, y activó la sirena de emergencia que Jonás le había instalado.
El ruido fue ensordecedor. Los sicarios, desorientados, dispararon al aire, tratando de darle al “pájaro” mecánico que zumbaba alrededor de sus cabezas.
—¡AHORA! —gritó Jonás.
Lanzó su última granada de humo cuesta abajo y se giró. Zuri y Arreola ya estaban saltando la barda. Jonás corrió, usando el barandal para impulsarse, y saltó. El dolor en su pierna fue cegador al aterrizar, pero la adrenalina lo mantenía en pie.
Cayeron en el techo de lámina de una casa vecina, resbalaron y cayeron a un patio trasero lleno de gallinas que empezaron a cacarear como locas.
Salieron a la calle trasera. La Jeep estaba a dos cuadras.
—¡Vamos, vamos, vamos! —Zuri jalaba a Arreola, que parecía a punto de desmayarse.
Llegaron a la Jeep. Jonás arrancó el motor. Los neumáticos chillaron en el pavimento mojado.
Mientras aceleraban alejándose del centro, vieron por el retrovisor cómo el dron de Saúl ascendía victorioso hacia las nubes, perdiéndose en la noche.
—¡Buen chico! —gritó Jonás golpeando el volante—. ¡Ese es mi chico!
CAPÍTULO 5: El Puente de la Muerte
Pero no estaban a salvo todavía. La salida de San Cristóbal hacia la carretera de la selva estaba bloqueada. Dos camionetas de Terrafina cruzadas en el camino.
—No podemos pasar —dijo Zuri—. Nos van a acribillar.
—No vamos a pasar por ahí —dijo Jonás, virando bruscamente hacia un camino de tierra que se adentraba en el bosque—. Agárrense.
La Jeep saltó sobre raíces y piedras. Jonás conocía este camino; era una antigua ruta de contrabandistas que llevaba a un puente colgante sobre una barranca profunda. Si cruzaban el puente, estarían en territorio indígena autónomo, donde la policía y los sicarios de Terrafina no se atrevían a entrar.
Llegaron al borde de la barranca. El puente era viejo, de madera y cables oxidados.
—¿Aguantará la Jeep? —preguntó Arreola, aterrorizado.
—Pesa dos toneladas. El límite del puente dice 1.5. —Jonás aceleró—. Vamos a averiguarlo.
La Jeep entró al puente. La madera crujió violentamente. El vehículo se balanceó sobre el abismo negro.
A mitad del camino, las luces de los perseguidores aparecieron en el borde del cañón. Comenzaron a disparar. Las balas rebotaban en la carrocería blindada de la Jeep (una modificación que Jonás había hecho meses atrás “por si acaso”).
—¡Más rápido! —gritó Zuri.
Una bala rompió el medallón trasero, llenando el interior de vidrios. Arreola gritó abrazando los frascos de veneno.
Jonás pisó el acelerador a fondo. La Jeep rugió, las llantas traseras patinaron en unos tablones mojados, lanzando astillas al vacío.
Con un último salto, el vehículo aterrizó en tierra firme al otro lado.
Jonás frenó, bajó la ventanilla, sacó una bengala de emergencia, la encendió y la lanzó hacia los cables de soporte del puente en el lado que acababan de cruzar. La vieja madera, empapada de aceite que goteaba de la Jeep, no prendió, pero la bengala iluminó a los perseguidores que intentaban cruzar a pie.
Jonás sacó un machete que tenía bajo el asiento.
—Zuri, toma el volante.
—¿Qué vas a hacer?
—Asegurarme de que no nos sigan.
Jonás bajó, cojeó hasta los anclajes del puente en su lado y, con tres golpes brutales y precisos, cortó el cable tensor principal.
El puente se sacudió y colapsó con un estruendo terrible, dejando a los sicarios varados al otro lado del abismo.
Jonás regresó a la Jeep, jadeando, sudando frío, con la pierna palpitando como si tuviera fuego dentro.
—Vámonos a casa —dijo.
CAPÍTULO 6: El Peso de la Verdad
El sol amanecía sobre “El Santuario” cuando la Jeep, llena de agujeros de bala y cubierta de barro, cruzó el portón principal.
Raquel estaba esperando en el porche, con los brazos cruzados y una expresión que mataría a un león. Había despertado y notado la ausencia.
Jonás bajó del vehículo, casi cayéndose. Zuri lo ayudó. Arreola bajó temblando, con el maletín.
—Les dije que no salieran —dijo Raquel, su voz temblando entre la furia y el alivio—. Podían haber muerto.
—Valió la pena, Raquel —dijo Zuri, poniendo el maletín en las manos de Raquel—. Te presento al Dr. Fausto Arreola. Y esto… —señaló los frascos— es el clavo en el ataúd de Terrafina.
Raquel miró al hombre pequeño y asustado. Luego miró a Jonás, sucio, herido, pero de pie.
Se acercó al exmilitar y, en lugar de regañarlo, lo abrazó con fuerza.
—Gracias —susurró ella—. Gracias por traerlos a casa.
Jonás, que no había recibido un abrazo en años, se tensó y luego se relajó, dándole unas palmaditas torpes en la espalda.
—Es mi trabajo, jefa. Proteger el perímetro.
Saúl salió corriendo de la cabaña, en pijama.
—¡Lo lograron! —gritó, corriendo hacia Jonás—. ¿Viste eso? ¡Los cegamos! ¡Fue épico!
Jonás le revolvió el pelo al niño.
—Fuiste tú, soldado. Tú nos salvaste el pellejo allá arriba. Buen vuelo.
Raquel abrió el maletín. Vio los informes. Vio las muestras.
Esa mañana, mientras el sol iluminaba la selva y disipaba la niebla de la noche, Raquel supo que había ganado. No solo tenía la evidencia para destruir a su primo; tenía algo más valioso. Tenía un ejército. Una familia. Gente dispuesta a cruzar puentes colapsando y enfrentar balas por ella.
—Zuri —dijo Raquel, cerrando el maletín con un chasquido definitivo—. Prepara la cámara. Vamos a grabar la confesión del Dr. Arreola ahora mismo. Y luego… vamos a desayunar. Tengo mucha hambre.
FIN.