PARTE 1: LA JAULA DE ORO
CAPÍTULO 1: El Precio de la Perfección
El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles exclusivas de Polanco, en la Ciudad de México, haciendo brillar el asfalto como si fuera un espejo. Pero dentro del restaurante Au Pied de Cochon, el aire acondicionado mantenía una temperatura gélida, casi tan fría como la sonrisa de Samuel mientras sostenía su copa de vino tinto.
—Estoy seguro de que a mi prometida le va a encantar, pero primero… tenemos que festejar que ya se nos casa uno de los grandes, ¿eh? —dijo uno de sus amigos, un tipo de camisa desabotonada y reloj de oro, levantando su copa con una risa burlona.
Samuel se reclinó en la silla de cuero, disfrutando de la adoración de su séquito. Era su cumpleaños, y el mundo parecía girar a su alrededor.
—Pues solamente me voy a casar, hermano, no me voy a morir —respondió Samuel con desdén, ajustándose el saco—. Pero gracias. Aunque, siendo honestos, el verdadero regalo me lo doy yo todos los días.
El amigo se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si fuera a compartir un secreto de estado, aunque lo suficientemente alto para que la mesa de al lado escuchara.
—Oye, güey, pero ya cuéntales… ¿es neta que te estás dando a la sirvienta en tu propia casa? ¿Con tu prometida ahí metida?
Las risas estallaron en la mesa, vulgares y secas. Samuel ni siquiera parpadeó. Sacó su celular y deslizó el dedo por la pantalla con una arrogancia que helaba la sangre.
—No te dije eso, idiota. Yo me quedé con la de recursos humanos hace meses. Ahorita… —hizo una pausa dramática, mostrando la pantalla a sus amigos—, ahorita estoy con la sirvienta. Y ve cómo está. Me manda estas fotos todo el tiempo. Míralas. Está buenísima, ¿o no?
Los hombres se agruparon como hienas sobre la presa, silbando y comentando vulgaridades sobre la mujer de las fotos.
—Oye, pero ¿no te da miedo que se entere Andrea? Digo, es tu prometida, güey —preguntó otro, con un tono que mezclaba admiración y duda.
Samuel soltó una carcajada seca y guardó el teléfono.
—¿Andrea? Por favor. Andrea es una tonta. No se da cuenta de nada. Vive en su mundo de fantasía, flores y arcoíris.
—¿Y por qué te vas a casar con ella entonces? —insistió el amigo—. Si tan mal te cae…
La expresión de Samuel se endureció. El juego había terminado; ahora hablaba de negocios.
—Esa es una larga historia, pero se las resumo: mi padre y el padre de Andrea tienen un negocio entre manos. Una fusión inmobiliaria gigante. Si ese negocio no se cierra, mi padre me deja fuera de la herencia. Así que sí o sí me tengo que casar con esa torpe.
Tomó un trago largo de su copa, como si el sabor de su propio destino le amargara la boca.
—Me voy a sincerar con ustedes porque son mis “brothers”. A mí Andrea me tiene harto. Es una inútil, una mantenida. No sabe hacer absolutamente nada. Sus padres son unos pobres diablos que aparentan tener lana, pero si no fuera por este negocio, se irían directo a la basura, que es donde pertenecen.
Mientras Samuel destilaba veneno, afuera, en el estacionamiento del valet parking, la realidad era muy distinta.
Lalo exprimía un trapo gris sobre una cubeta de agua jabonosa. Sus manos estaban curtidas por el sol y el detergente, y su frente perlada de sudor. No tenía más de veinticinco años, pero sus ojos reflejaban el cansancio de alguien que ha vivido tres vidas.
—Señorita Andrea, ya nada más termino este y saco lo del día —dijo Lalo con una sonrisa tímida, limpiándose las manos en el pantalón desgastado al ver acercarse a una mujer joven.
Andrea caminaba hacia él, pero no lo miraba. Llevaba una caja de regalo envuelta con un lazo perfecto y caminaba con la ansiedad de quien busca aprobación desesperadamente. Era hermosa, pero había una tristeza inherente en su postura, como si llevara un peso invisible en los hombros.
—Gracias… —murmuró ella, distraída, buscando con la mirada el auto de Samuel.
En ese momento, las puertas del restaurante se abrieron. Samuel salió rodeado de su grupo, riendo a carcajadas. Su mirada de depredador escaneó el lugar hasta que vio su preciado auto deportivo rojo… y a Lalo pasando el trapo por el cofre.
—¡Hey! ¿Qué te pasa? —gritó Samuel, acelerando el paso. Su voz resonó en todo el estacionamiento—. ¿Qué le estás haciendo a mi carro?
Lalo dio un salto hacia atrás, asustado.
—Perdóneme, patrón. Solo lo estaba secando, quedó una manchita y…
—¿Qué tienes en la cabeza, animal? —Samuel llegó hasta él y le arrebató el trapo, lanzándolo al suelo húmedo—. ¡Quita tus mugrosas manos de mi coche! ¡Lo vas a rayar!
—No se preocupe, jefe, le juro que uso microfibra, ahorita se lo dejo como nuevo… —intentó explicar Lalo, agachando la cabeza. Era una postura que había aprendido a adoptar para sobrevivir en una ciudad que devoraba a los débiles.
—¡Cállate! —Samuel lo empujó por el hombro con fuerza—. Ya me tienes harto. Es más, dame mi dinero. Devuélveme lo que te di.
—Tranquilo, patrón. Deme chance, ya casi acabo…
—¡Que me lo des ya! —bramó Samuel, acorralando al muchacho contra la pared del restaurante.
Andrea, que había observado la escena paralizada, sintió que algo se rompía dentro de ella. El miedo que siempre sentía hacia Samuel fue reemplazado por una oleada de indignación caliente y repentina.
—¡Samuel! —gritó ella, interponiéndose entre los dos hombres—. ¡Ya basta!
Samuel se detuvo, sorprendido, mirando a su prometida como si fuera un mueble que de repente hubiera empezado a hablar.
—¿Y tú qué? —escupió él—. Quítate, Andrea.
—Es un ser humano, Samuel. No tienes por qué hablarle de esa manera —dijo ella, con la voz temblorosa pero firme.
—¿Estás defendiendo a este gato? —Samuel soltó una risa incrédula—. Deberías de largarte, Andrea. Y tú —se giró hacia Lalo—, lárgate de aquí antes de que te parta la cara.
Lalo, que hasta ese momento había mantenido la calma, levantó la vista. Había dignidad en sus ojos oscuros, una dignidad que el dinero de Samuel jamás podría comprar.
—El que se va a largar eres tú —dijo Lalo, con voz tranquila.
—¿Qué dijiste? —Samuel apretó los puños.
—Dije que respete a la señorita. No por tener dinero puede tratar así a la gente.
Samuel, rojo de ira, levantó la mano para golpear a Lalo, pero Andrea lo detuvo sujetándole el brazo.
—¡Si lo tocas, me voy! —amenazó ella.
Samuel la miró con asco, se soltó de un tirón y se arregló el saco.
—Son unos salvajes los dos. Quédense con su miseria. —Se dio la vuelta y entró a su auto, acelerando el motor y dejando una nube de humo y desprecio tras de sí.
Andrea se quedó parada en medio del estacionamiento, temblando. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a rodar por sus mejillas.
—¿Estás bien? —preguntó una voz suave a su lado.
Andrea se giró. Lalo la miraba con una preocupación genuina, ignorando el hecho de que acababa de ser casi golpeado por defenderla.
—Gracias por defenderme —murmuró ella, secándose las lágrimas rápidamente.
—No fue nada —sonrió Lalo, y por primera vez, Andrea notó que tenía una sonrisa que iluminaba su rostro cansado—. Esa gente solo se cree mucho por tener dinero, pero son muy pobres de aquí —se tocó el corazón— y de aquí —se tocó la cabeza—. Además… tú me defendiste primero. Creo que soy yo quien debería agradecerte.
Andrea suspiró, sintiendo que la adrenalina bajaba y dejaba paso a un vacío en el estómago.
—De nada… —dijo ella, bajando la mirada.
—Oye… —Lalo dudó un momento, rascándose la nuca—. Ya hace hambre. ¿Quieres ir a comer? Conozco unos tacos que están… uff, buenísimos.
Andrea lo miró sorprendida. ¿Tacos? ¿En la calle? Samuel jamás la llevaría a un lugar así. Pero Samuel acababa de abandonarla ahí mismo.
—No, muchas gracias. De verdad… —empezó a decir por costumbre.
—¿Segura? —insistió él—. Yo invito.
Andrea se tocó el bolso y se dio cuenta de algo terrible: su cartera se había quedado en el auto de Samuel.
—Se me olvidó mi cartera… no traigo dinero —admitió, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza.
Lalo soltó una carcajada amable.
—¿Y quién te está pidiendo dinero? Dije que yo invito.
—¿De verdad? Me da mucha pena…
—Pena es robar y que te cachen —dijo Lalo guiñándole un ojo—. Ándale, vamos antes de que se acaben. Están aquí a la vuelta.
Y por primera vez en años, Andrea hizo algo que no estaba en el guion de su vida: dijo que sí.
CAPÍTULO 2: Sabor a Verdad
El puesto de tacos no era más que una lona roja y una mesa de metal en una esquina concurrida, rodeada de oficinistas y obreros. El olor a carne asada, cebolla y cilantro llenaba el aire, un aroma que a Andrea le resultó extrañamente reconfortante.
—¡Buenos días, doña Mari! —saludó Lalo con familiaridad a la señora que manejaba la plancha—. ¿Me pone dos y dos para llevar, por favor? Sin verdura para la señorita, que se ve que es fresa —bromeó, mirando a Andrea.
Andrea sonrió, sorprendida de que no le molestara el comentario.
—Con todo, por favor —corrigió ella, desafiante.
Lalo alzó las cejas, impresionado.
—¡Eso! Con todo, Doña Mari.
Se sentaron en unos bancos de plástico inestables. Cuando Andrea dio el primer bocado al taco, cerró los ojos. No sabía si era el hambre o la compañía, pero le supo a gloria.
—No inventes, están riquísimos —exclamó con la boca llena, cubriéndose rápidamente con la mano.
—¿Ves? Te dije —Lalo masticaba con gusto—. Mi Tita siempre me traía desde morrillo. Son mis favoritos.
—Nunca había venido a esta parte de la ciudad —confesó Andrea, mirando a su alrededor. La gente reía, hablaba alto, vivía. Era un contraste brutal con el silencio estéril de su mansión—. Gracias por invitarme. Oye, ¿y a qué te dedicas aparte de… bueno, lavar autos?
—Híjole, pues un poquito de todo —respondió Lalo, limpiándose con una servilleta de papel—. Quedé huérfano desde muy chiquito y tuve que buscar la manera de salir adelante. Mis papás murieron en un accidente cuando llovía muy fuerte…
La expresión de Lalo se ensombreció por un segundo, pero recuperó la compostura rápidamente.
—Mi Tita se hizo cargo de mí. Nunca me dejó solo. Pero luego ella se enfermó bien gacho y tuve que dejar la escuela para chambear. Ahora me toca cuidarla a ella, como ella me cuidó a mí.
Andrea sintió un nudo en la garganta. La historia de Lalo era de lucha y amor puro, algo tan ajeno a su mundo de transacciones y apariencias.
—Debe estar muy orgullosa de ti —dijo ella con sinceridad.
—Pues eso espero. Oye, espera… no me has dicho cómo te llamas. Yo soy Lalo.
—Mucho gusto, Lalo. Soy Andrea.
—Andrea… —repitió él, saboreando el nombre—. No solo tienes bonita cara, también tienes bonito nombre.
Andrea se ruborizó. Samuel nunca le decía cosas así, al menos no con esa honestidad brutal.
—Eres muy amable… —empezó a decir, pero fue interrumpida por el sonido de un claxon insistente.
Un auto negro y blindado se detuvo frente al puesto de tacos. La ventanilla bajó y apareció el rostro preocupado de Armando, el chofer de la familia de Andrea.
—¡Señorita Andrea! —exclamó Armando, bajando del auto rápidamente—. ¿Cómo se le ocurre irse así nada más? La he estado buscando por todas partes. Sus padres están furiosos.
Andrea se tensó. La burbuja se había roto.
—Armando… —dijo ella, levantándose—. ¿Cómo me encontraste?
—El rastreador del celular, señorita. Tenemos que irnos. El señor Samuel la está esperando en su casa. Sus padres también están ahí.
Andrea miró a Lalo, quien observaba la escena con una mezcla de confusión y tristeza. Él sabía que pertenecían a mundos diferentes, y ese auto blindado era la prueba.
—¿Me puedes dar un momentito? —pidió Andrea a Armando.
—Sí, pero rápido, por favor.
Andrea se giró hacia Lalo.
—Gracias, Lalo. De verdad. Los tacos estuvieron deliciosos.
—No fue nada —dijo él, metiendo las manos en los bolsillos—. Qué bueno que ya estás más tranquila.
—Me tengo que ir.
—Sí… bye.
Andrea subió al auto, sintiendo que dejaba atrás algo importante, algo real. Mientras el auto arrancaba, vio a Lalo por el retrovisor, parado solo en la esquina, haciéndose pequeño en la distancia.
El viaje a casa de Samuel fue silencioso. Armando la miraba por el retrovisor con ojos de lástima.
—Señorita… —dijo Armando de repente, rompiendo el protocolo—. No debería decirle esto, pero… usted no se merece lo que le están haciendo.
—¿De qué hablas, Armando?
Armando dudó, apretando el volante.
—Hay algo que necesito que vea antes de que entre a esa casa. No puedo dejar que se case a ciegas.
Armando le tendió su propio teléfono celular. En la pantalla había un video. Andrea le dio play con manos temblorosas.
Era un video grabado esa misma tarde, en la fiesta, después de que ella se fuera. Se veía a Samuel, borracho, abrazado a una mujer que Andrea reconoció como la empleada doméstica de la mansión.
—A mí Andrea me tiene harto —decía la voz de Samuel en el video, pastosa y cruel—. Es una torpe. Solo me caso con ella por el negocio de mi padre. Pero tú, mi reina… tú sí sabes hacerme feliz.
El video mostraba cómo Samuel besaba a la mujer mientras sus amigos aplaudían y reían.
Andrea sintió que el mundo se le caía encima. No era solo la infidelidad; era el desprecio, la burla, la crueldad calculada.
—Llegamos, señorita —anunció Armando, deteniendo el auto frente a la imponente mansión de Samuel.
En la entrada estaban sus padres, con caras largas y brazos cruzados.
—¡Andrea! —gritó su madre en cuanto la vio bajar—. ¿Dónde te metiste? Samuel está furioso. Casi cancela la boda. ¿Sabes lo que eso nos costaría?
Andrea miró a su madre, luego a su padre. No vio amor en sus ojos, solo vio números, deudas y miedo a perder su estatus.
—Me da igual —dijo Andrea, con una voz que no reconoció como suya.
—¿Qué dijiste? —preguntó su padre, atónito.
—¡Dije que me da igual! —gritó ella, lanzando el celular de Armando al asiento del auto—. ¡Ya sé todo! ¡Sé que Samuel me engaña con la sirvienta! ¡Sé que solo me quieren por el negocio!
Sus padres intercambiaron miradas nerviosas, pero no de sorpresa. De complicidad.
—Hija, por favor —dijo su madre, bajando la voz—. Samuel es un hombre… tiene necesidades. Es un pequeño errorcito. No puedes echar a perder tu vida y la nuestra por un capricho.
—¿Un capricho? —Andrea sintió náuseas—. ¡Me está engañando en mi cara! ¿Y ustedes lo sabían?
—Todos cometemos errores, Andrea —intervino su padre con frialdad—. Lo importante es el apellido, la estabilidad. El amor… eso viene y va. El dinero no.
En ese momento, la puerta de la mansión se abrió. Samuel apareció, con el rostro fingiendo preocupación, pero los ojos fríos como el hielo.
—Mi amor, por fin llegas. Estaba tan preocupado…
Andrea lo miró. Vio al monstruo detrás de la máscara. Y por primera vez en su vida, tomó una decisión propia.
—No me toques —dijo, retrocediendo—. Esto se acabó. No me voy a casar contigo.
Samuel soltó una risa incrédula y dio un paso hacia ella, agarrándola fuerte del brazo.
—Tú no decides nada, niña tonta. Te vas a casar conmigo, quieras o no. Ya se pagó demasiado por ti.
Andrea forcejeó, el pánico subiendo por su garganta. Miró a sus padres buscando ayuda, pero ellos desviaron la mirada. Estaba sola.
O tal vez no.
—¡Suéltela! —la voz de Armando resonó fuerte. El chofer había bajado del auto y se interponía entre Samuel y Andrea.
—¿Y tú qué, indio? —Samuel lo miró con desprecio—. Estás despedido.
—Me vale madres —dijo Armando—. Señorita, corra.
Andrea no lo pensó dos veces. Aprovechó la confusión, se soltó del agarre de Samuel y echó a correr hacia la calle, sin mirar atrás, sin rumbo, solo alejándose de esa casa que olía a mentiras y podredumbre.
Corrió hasta que los pulmones le ardieron. Corrió hasta que se hizo de noche. Y cuando ya no pudo más, se dio cuenta de que sus pies la habían llevado, inconscientemente, de vuelta al único lugar donde se había sentido segura ese día.
A la esquina del puesto de tacos.
Y ahí, sentado en la banqueta, bajo la luz parpadeante de una farola, estaba Lalo, contando las monedas de su día.
Al verla llegar, despeinada, con el vestido de marca roto y los ojos hinchados de llorar, Lalo se puso de pie de un salto.
—¿Andrea? —preguntó, asustado—. ¿Qué te pasó?
Andrea lo miró y se derrumbó en sus brazos, llorando como nunca lo había hecho.
—No tengo a dónde ir, Lalo… no tengo a nadie.
Lalo la abrazó fuerte, protegiéndola del frío de la noche y de la crueldad del mundo.
—Me tienes a mí —susurró él—. Y mientras yo esté aquí, nadie te va a hacer daño. Te lo prometo.
Pero Lalo no sabía que esa promesa le costaría sangre. La guerra acababa de empezar.
PARTE 2: EL PRECIO DE LA LIBERTAD
CAPÍTULO 3: Un Techo de Lámina y un Corazón de Oro
La casa de Lalo no se parecía a nada que Andrea hubiera conocido. No había mármol en el suelo, ni candelabros de cristal colgando del techo. Las paredes eran de ladrillo desnudo y el techo, en algunas partes, era de lámina que vibraba suavemente con el viento de la noche. Pero olía a canela y a hogar, un olor que su mansión en Las Lomas jamás tuvo.
—Bienvenida —dijo Lalo, abriendo la puerta de metal que rechinó al moverse—. Pasa, por favor. Perdona el desorden, no esperábamos visitas… y menos una visita tan elegante.
Andrea entró con timidez, abrazándose a sí misma. Sentía frío, no por el clima, sino por el miedo que todavía le calaba los huesos.
—Gracias, Lalo. Perdón por caerles así —murmuró, sintiéndose una intrusa en su vestido de diseñador roto y sucio.
—¡Lalito! —una voz anciana y cascada sonó desde el fondo—. ¿Ya llegaste, mijo?
Una mujer mayor, pequeña y encorvada, salió de una habitación separada por una cortina de tela floreada. Tenía el cabello blanco como la nieve y la piel arrugada como un mapa de historias antiguas. Se apoyaba en un bastón de madera gastada.
—Sí, Tita. Ya llegué —Lalo corrió a ayudarla—. Y no vine solo. Ella es Andrea.
La anciana entrecerró los ojos para ver mejor a la muchacha que temblaba en medio de su sala. Luego, su rostro se iluminó con una sonrisa desdentada pero infinitamente dulce.
—Ay, Dios mío. Qué muchacha tan bonita. ¿Es tu novia, mijo? —preguntó Tita con picardía.
Lalo se puso rojo hasta las orejas.
—No, Tita, ¿cómo crees? Es una amiga… tuvo un problema y no tenía dónde quedarse. Le ofrecí la casa, espero que no te moleste.
—¿Molestarme? —Tita soltó una risita y avanzó lentamente hacia Andrea, tomándole las manos entre las suyas, que estaban calientes y ásperas—. Esta es tu casa, niña. Aquí donde comen dos, comen tres. Estás helada, hija. Ven, siéntate. Ahorita te preparo un té de manzanilla para el susto.
Andrea sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas otra vez. Esa mujer, que claramente no tenía nada material, le estaba ofreciendo todo lo que tenía.
—Gracias, señora… —la voz se le quebró.
—Dime Tita, mi amor. Aquí todos me dicen Tita.
Esa noche, Andrea durmió en la cama de Lalo, quien insistió en dormir en el suelo de la sala sobre unas cobijas viejas. Andrea miraba el techo de lámina, escuchando los ruidos de la colonia: perros ladrando, una cumbia lejana, el sonido de un claxon. Por primera vez en su vida, no se sintió sola. Se sintió protegida.
A la mañana siguiente, la realidad golpeó temprano.
Andrea despertó con el olor a café de olla. Se levantó y encontró a Lalo ya vestido, con su ropa de trabajo: una playera de fútbol despintada y unos jeans manchados de grasa.
—Buenos días, bella durmiente —saludó él, sirviéndole una taza de café en un jarrito de barro—. Dormiste como tronco.
—Buenos días… —Andrea se estiró, sintiéndose extrañamente descansada a pesar de la dureza del colchón—. ¿A dónde vas tan temprano?
—A la chamba, Andrea. Los carros no se lavan solos y la medicina de Tita no se paga con aire.
Andrea miró a su alrededor. Vio las medicinas en la mesa, la humildad de los muebles, el esfuerzo que costaba mantener ese pequeño hogar a flote. Y sintió una punzada de vergüenza por su propia inutilidad.
—Voy contigo —dijo de repente.
Lalo casi escupe el café.
—¿Qué? No, no, no. Tú te quedas aquí descansando. Tita te cuida. No tienes que ir a asolearte ni a ensuciarte.
—No me voy a quedar aquí de brazos cruzados mientras tú trabajas para darme de comer, Lalo. Quiero ayudar. Además… —bajó la mirada—, necesito sentir que sirvo para algo. Samuel siempre decía que soy una inútil. Quiero demostrarme que no es cierto.
Lalo la miró fijamente. Vio la determinación en sus ojos verdes, una chispa que no estaba ahí el día anterior.
—Está bien —suspiró él, sonriendo—. Pero te advierto: es una friega. Y vas a necesitar ropa, porque con ese vestido te van a chiflar en cada esquina.
Lalo le consiguió unos pantalones de mezclilla de una vecina y una playera blanca que le quedaba un poco grande. Andrea se ató el cabello en una coleta y se miró en el pequeño espejo roto del baño. No parecía la heredera de un imperio. Parecía una mujer real.
Salieron a la calle. El sol ya quemaba. Caminaron hasta el crucero donde Lalo trabajaba, una intersección ruidosa llena de humo de camiones y gente con prisa.
—Ok, la cosa es así —le explicó Lalo, dándole un trapo—. Cuando el semáforo se pone en rojo, tienes cuarenta segundos. Ofreces limpiar el parabrisas. Si te dicen que sí, le das rápido y bien. Si te dicen que no, te quitas y ya. Y cuidado con los taxistas, esos te avientan el carro.
Andrea asintió, nerviosa. El primer auto fue una camioneta familiar. Andrea se acercó tímidamente.
—¿Le… le limpio el vidrio? —preguntó apenas audible.
El conductor ni la volteó a ver, solo movió el dedo índice diciendo que no.
Andrea regresó a la banqueta, derrotada.
—¡Así no! —rio Lalo—. Tienes que tener actitud. Mira y aprende.
Lalo saltó a la calle como un bailarín. Sonreía, saludaba, hacía bromas con los conductores. En dos semáforos, ya tenía varias monedas en el bolsillo.
Andrea respiró hondo. Tú puedes, se dijo. No eres una inútil.
En el siguiente rojo, se acercó a un auto compacto conducido por una señora mayor.
—Buenos días, ¿le ayudo para que vea bonito el día? —dijo Andrea con una sonrisa, imitando a Lalo.
La señora sonrió de vuelta.
—Ándale pues, mija.
Andrea limpió el vidrio con energía, estirándose para alcanzar las esquinas. Cuando terminó, la señora le dio una moneda de diez pesos. Andrea sintió una emoción que jamás había sentido al recibir su mesada de miles de pesos. Esos diez pesos eran suyos. Se los había ganado.
—¡Eso! —gritó Lalo desde el otro lado, levantando el pulgar.
Pasaron las horas. Andrea terminó sudada, con las manos sucias y dolor de espalda, pero con el corazón lleno. Se sentaron en la banqueta a contar las ganancias y a comerse unas tortas de jamón.
—¿Te gustó? —preguntó Lalo, pasándole un refresco.
—Me encantó —admitió Andrea, mordiendo la torta con hambre voraz—. Me siento… libre.
Lalo la miró con una intensidad que la hizo estremecer.
—Eres muy valiente, Andrea. No cualquiera se baja de su nube para caminar en el asfalto.
Se quedaron en silencio un momento, mirándose. La conexión entre ellos era eléctrica, palpable. Lalo acercó su mano a la de ella, rozando sus dedos. Andrea no se apartó.
—Lalo… yo…
Pero el momento mágico se rompió con el sonido de un motor potente rugiendo cerca de ellos. Un auto deportivo negro se detuvo bruscamente, bloqueando el paso peatonal.
Andrea se heló. Conocía ese motor.
La puerta se abrió y bajó Samuel, impecable en su traje gris, pero con el rostro desfigurado por la furia. Detrás de él, bajaron dos guardaespaldas tipo gorila.
—Vaya, vaya —dijo Samuel, aplaudiendo lentamente—. La princesa jugando a ser pordiosera. Qué imagen tan conmovedora.
Lalo se puso de pie de un salto, poniéndose delante de Andrea.
—¿Qué quieres aquí? —preguntó Lalo, cerrando los puños.
—Vengo por lo que es mío —respondió Samuel, sin dejar de mirar a Andrea con ojos de hielo—. Súbete al coche, Andrea. Ahora.
—¡No! —gritó ella, aferrándose a la camisa de Lalo—. ¡No voy a ir contigo! ¡Ya te dije que se acabó!
—Tú no decides cuándo se acaba —Samuel chasqueó los dedos—. Agárrenla.
Los guardaespaldas avanzaron.
CAPÍTULO 4: La Sangre en el Asfalto
El crucero se detuvo. La gente en los autos y los peatones se quedaron mirando la escena, sintiendo la tensión en el aire como una tormenta a punto de estallar.
Lalo no retrocedió. A pesar de que los guardaespaldas le sacaban dos cabezas y cuarenta kilos de músculo, él se plantó firme, como un árbol en medio del huracán.
—A ella no la tocan —advirtió Lalo. Su voz no temblaba.
—Quítate, mugroso —gruñó uno de los guaruras, intentando empujarlo.
Pero Lalo, ágil por años de vida en la calle, esquivó el empujón y le conectó un derechazo en la mandíbula al gigante. El hombre trastabilló, sorprendido.
—¡Lalo, no! —gritó Andrea, aterrorizada.
Samuel soltó una carcajada cruel.
—Ah, ¿quieres pelear? Perfecto. Rómpanle las piernas.
Los dos guardaespaldas se lanzaron sobre Lalo. Fue una pelea injusta, brutal y rápida. Lalo peleó con la furia de un león defendiendo a su cría, logrando derribar a uno, pero el otro lo agarró por la espalda, inmovilizándole los brazos.
El primero se levantó, se limpió la sangre del labio y comenzó a golpear a Lalo en el estómago y las costillas con saña profesional.
—¡Déjenlo! ¡Por favor, déjenlo! —gritaba Andrea, intentando intervenir, pero Samuel la agarró por la cintura, inmovilizándola con fuerza.
—Mira bien, Andrea —le susurró Samuel al oído, obligándola a ver cómo golpeaban a Lalo—. Esto es culpa tuya. Cada golpe que recibe es porque tú eres una niña caprichosa que no sabe obedecer.
Lalo cayó al suelo, escupiendo sangre, pero intentó levantarse de nuevo.
—No… te… la… vas… a… llevar… —balbuceó Lalo, con un ojo ya hinchándose.
—¡Ya basta, Samuel! ¡Te lo suplico! —Andrea lloraba histérica—. ¡Haré lo que quieras! ¡Pero dile que pare!
Samuel hizo una señal y los guardaespaldas se detuvieron, dejando a Lalo tirado en el asfalto caliente, jadeando de dolor.
—¿Lo que yo quiera? —preguntó Samuel, acariciando el cabello de Andrea con una ternura fingida que daba miedo—. ¿Estás segura?
—Sí, sí. Me casaré contigo. Firmaré lo que sea. Pero déjalo en paz. Y prométeme que no le harás nada nunca más.
Samuel sonrió, satisfecho. Había ganado.
—Trato hecho, mi amor. Súbete al auto.
Andrea miró a Lalo una última vez. Él la miraba desde el suelo, extendiendo una mano temblorosa hacia ella.
—No… Andrea… no lo hagas… —susurró él.
—Perdóname, Lalo —sollozó ella—. Te quiero. Por eso me voy.
Andrea subió al auto deportivo. Samuel se acomodó el saco, miró a Lalo con desprecio y escupió cerca de él.
—Si te vuelvo a ver cerca de ella, te mato. Y a tu abuela también.
La amenaza heló la sangre de Lalo. Samuel subió al auto y arrancaron a toda velocidad, dejando a Lalo roto, física y emocionalmente, en medio de la calle.
Lalo se arrastró hasta la banqueta. Unos vendedores se acercaron a ayudarlo.
—¡Lalo! ¡Dios mío, muchacho! ¿Estás bien? —le preguntó Doña Mari, la de los tacos, limpiándole la sangre de la frente con un trapo.
—Se la llevaron, Mari… —lloró Lalo, y no era por el dolor de las costillas rotas, sino por el dolor del alma—. Se la llevaron y no pude hacer nada.
—Ya, mijo, ya. Vamos a llevarte al médico.
—No… —Lalo intentó ponerse de pie, tambaleándose—. Tengo que ir por ella.
—¡Estás loco! Esa gente es poderosa, Lalo. Te van a matar de verdad la próxima vez —le advirtió Mari.
—No me importa —dijo Lalo, con la mirada perdida en la dirección por donde se había ido el auto—. Ella dijo que me quería. Se sacrificó por mí. No la voy a dejar sola con ese animal.
Mientras tanto, en la mansión de Samuel, la recepción fue fría y calculadora.
Andrea entró arrastrando los pies, con la mirada vacía. Sus padres estaban en la sala, tomando té como si nada hubiera pasado.
—¡Hija! Gracias a Dios que recapacitaste —dijo su madre, levantándose para abrazarla, pero Andrea se quedó rígida como una estatua.
—No me toques —repitió Andrea en voz baja.
—Andrea, entiende que esto es por tu bien —dijo su padre—. Samuel nos ha prometido perdonar la deuda y darnos acciones en la nueva empresa. Vamos a ser más ricos que nunca.
—¿Y yo? —preguntó Andrea, mirándolos con ojos muertos—. ¿Yo qué soy para ustedes? ¿Una moneda de cambio? ¿Un objeto?
—Eres nuestra hija y tienes un deber —sentenció su padre—. La boda es mañana. Y más te vale que sonrías, porque va a venir toda la prensa.
Samuel entró en la sala, sirviéndose un whisky.
—Ya escuchaste a tus padres, mi amor. Vete a bañar, hueles a pobreza. Y descansa, mañana va a ser un gran día.
Andrea subió las escaleras hacia su antigua habitación, que ahora sentía como una celda de máxima seguridad. Se encerró y se dejó caer en la cama, llorando en silencio para no darles el gusto de oírla sufrir.
Pensó en Lalo. En su sonrisa, en sus manos trabajadoras, en cómo la defendió contra gigantes. Pensó en Tita y su té de manzanilla.
“La verdadera riqueza está en el amor y en la confianza”, le había dicho Lalo.
Andrea se secó las lágrimas. Miró por la ventana hacia el jardín, donde los guardias de seguridad patrullaban. Estaba atrapada. Mañana se casaría con el diablo.
Pero entonces, recordó algo. Armando.
El chofer había sido despedido, pero él conocía los secretos de la casa. Él le había dado el video. Quizás… quizás todavía había una esperanza.
Andrea buscó en su bolso, rezando por no haber perdido el papelito que Armando le había dado discretamente hace semanas, “por si acaso”.
Lo encontró. Un número de teléfono.
Sin pensarlo, tomó el teléfono fijo de su habitación –su celular se lo habían quitado– y marcó con dedos temblorosos.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca al otro lado.
—Armando… soy yo, Andrea. Necesito tu ayuda. Por favor.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Señorita… es muy peligroso. Samuel me amenazó.
—Lo sé. Pero van a matar a Lalo si no hago algo. Y me voy a morir yo en vida si me caso con Samuel. Armando, eres lo único que me queda.
Armando suspiró pesadamente.
—Dígame qué necesita, señorita.
—Necesito que busques a Lalo. Dile que… dile que no se rinda. Y dile que tengo un plan para la boda.
—¿Un plan? Señorita, mañana es la boda.
—Exacto. Mañana, frente a todo el mundo, frente a las cámaras y la sociedad… Samuel va a pagar por todo. Pero necesito a Lalo ahí.
—Está bien, señorita. Lo buscaré. Pero cuídese mucho. Ese hombre es capaz de todo.
Andrea colgó el teléfono. Su corazón latía con fuerza. Ya no era la niña asustada que había huido. Ahora tenía una misión. Iba a pelear. Y si iba a caer, caería luchando.
Lejos de ahí, en una cama de hospital público, Lalo abría los ojos con dificultad. Tita estaba a su lado, rezando el rosario.
—Mijo… qué susto me diste —lloró la anciana.
—Tita… tengo que salir de aquí —graznó Lalo, tratando de quitarse el suero.
—Estás loco, tienes dos costillas rotas y la cara hecha un mapa.
—No importa. Mañana se casa Andrea.
—¿Y qué vas a hacer, muchacho? ¿Vas a ir a detener la boda tú solo? Te van a matar.
En ese momento, la cortina del cubículo se abrió. Armando entró, con el sombrero en la mano y una expresión grave.
—No irá solo, señora —dijo Armando—. Yo lo voy a llevar. Y no vamos a ir solos.
Lalo miró a Armando, sorprendido.
—¿Armando?
—La señorita Andrea mandó un mensaje. Tiene un plan. Pero necesitamos gente. Necesitamos… hacer ruido.
Lalo sonrió, a pesar del dolor que le partía el labio.
—Ruido… —Lalo pensó en sus amigos del crucero, en los vendedores ambulantes, en los mariachis de la plaza, en toda la gente que Samuel despreciaba—. Oh, créeme, Armando. Vamos a hacer mucho ruido. Vamos a llevarle al barrio entero a su fiesta de lujo.
La guerra estaba declarada. Mañana, dos mundos chocarían en el altar. Y solo uno quedaría en pie.
PARTE 3: LA REBELIÓN DE LOS NADIE
CAPÍTULO 5: El Desfile de las Máscaras
El amanecer del día de la boda no trajo sol, sino un cielo gris y pesado sobre la Ciudad de México, como si el propio clima estuviera de luto por lo que iba a suceder.
En la mansión de los padres de Andrea, la actividad era frenética. Maquillistas, peinadores y asistentes corrían de un lado a otro con secadoras, brochas y vestidos envueltos en plástico. En medio del caos, Andrea estaba sentada frente al espejo, inmóvil, dejando que la pintaran como a una muñeca de porcelana.
—¡Sonríe, mi amor! —exclamó su madre, entrando a la habitación con una copa de champaña en la mano—. Hoy es el día más importante de tu vida. Vas a ser la envidia de todo México.
Andrea miró el reflejo de su madre en el espejo. No vio alegría, vio alivio. El alivio de alguien que acaba de salvar su propia piel vendiendo la de su hija.
—No estoy sonriendo porque no estoy feliz, mamá —dijo Andrea con voz monótona.
—La felicidad se aprende, hija. Y con la cuenta bancaria de Samuel, se aprende mucho más rápido —respondió su madre, ajustándole un collar de diamantes que valía más que la casa de Lalo—. Recuerda el plan: entras, dices “sí, acepto”, sonríes para las fotos de la revista ¡Hola!, y nosotros nos encargamos del resto.
Mientras tanto, en una suite de lujo al otro lado de la ciudad, Samuel se ajustaba el nudo de la corbata frente a un espejo de cuerpo entero. Su padre, un hombre imponente con cara de bulldog, lo observaba desde el sillón, fumando un puro.
—Espero que tengas claro lo que está en juego hoy, Samuel —dijo el padre con voz grave—. El padre de Andrea firma la fusión inmobiliaria en el momento en que ustedes firmen el acta de matrimonio. Si esa niña se arrepiente, o si tú haces alguna estupidez… te desheredo. Y esta vez hablo en serio.
Samuel se giró, mostrando esa sonrisa arrogante que lo caracterizaba.
—Tranquilo, papá. Andrea está domada. Ayer le di una lección que no va a olvidar. Va a llegar al altar mansita como una oveja.
—Más te vale. No quiero escándalos. Ya bastantes rumores hay sobre tus… “aventuras” con la servidumbre.
—Rumores, papá. Envidia. Hoy me convierto en el rey de todo esto.
Pero lejos de los lujos y las mentiras, en el corazón de un barrio popular, se estaba gestando una revolución silenciosa.
Lalo salió del hospital con dificultad, apoyándose en el hombro de Armando. Tenía el torso vendado y el rostro amoratado, pero sus ojos ardían con una determinación que asustaba.
—¿Estás seguro de esto, Lalo? —preguntó Armando, abriéndole la puerta de su viejo Tsuru—. Apenas puedes caminar.
—Aunque tenga que ir arrastras, Armando. No voy a dejar que se case pensando que nadie la ama de verdad.
Llegaron a la vecindad. Pero no estaban solos. Doña Mari, la de los tacos, estaba ahí. Y con ella, el señor de los jugos, el panadero, los mariachis de la plaza Garibaldi que Lalo conocía, y hasta los franeleros del crucero.
—¿Qué es esto? —preguntó Lalo, conmovido.
—Armando nos contó, mijo —dijo Doña Mari, limpiándose las manos en su delantal—. Esa gente rica cree que puede pisotearnos, que puede golpearte y robarse a la muchacha como si fuera mercancía. Pues no.
—Hoy somos tu familia, Lalo —dijo uno de los mariachis, ajustándose el sombrero—. Y la familia no deja a nadie atrás.
Armando miró a Lalo y asintió.
—Tenemos un plan, Lalo. Yo sé cómo entrar por la puerta de servicio del salón de eventos. Tengo el video. Tú tienes la voz. Y ellos… —señaló a la multitud— ellos son el pueblo. Vamos a ver si Samuel es tan valiente cuando no tiene a sus gorilas protegiéndolo.
Lalo sintió una fuerza nueva recorriendo su cuerpo. Ya no era solo un lavacoches golpeado. Era el general de un ejército de olvidados.
—Vámonos —dijo Lalo—. Tenemos una boda que cancelar.
La caravana arrancó. No eran limusinas, eran taxis viejos, camionetas de carga y motocicletas. Pero llevaban algo más poderoso que el dinero: llevaban verdad.
CAPÍTULO 6: La Verdad Duele, pero Libera
El salón de eventos era un jardín espectacular en Santa Fe, decorado con miles de flores blancas importadas. La crema y nata de la sociedad mexicana estaba ahí: políticos, empresarios, influencers. Todos bebían cocteles y murmuraban sobre la “boda del año”.
La música clásica comenzó a sonar. Todos se pusieron de pie.
Andrea apareció al inicio del pasillo. Llevaba un vestido de diseñador que costaba una fortuna, pero caminaba como si llevara cadenas en los tobillos. Su padre la tomó del brazo.
—No me hagas quedar mal —le susurró él al oído, apretándole el brazo con fuerza.
Andrea caminó. Paso a paso. Vio a Samuel al final del pasillo, sonriendo como el gato que se comió al canario. Sintió náuseas.
Llegó al altar. El juez comenzó la ceremonia. Las palabras sonaban vacías, lejanas.
—Estamos aquí reunidos para unir a esta pareja…
Samuel tomó la mano de Andrea. Su palma estaba sudorosa.
—Te ves hermosa, mi amor —susurró él, pero sus ojos decían: Eres mía.
—Samuel, ¿aceptas a Andrea como tu legítima esposa…? —preguntó el juez.
—Acepto —dijo Samuel fuerte y claro, mirando a la audiencia con orgullo.
—Andrea —el juez se giró hacia ella—, ¿aceptas a Samuel como tu legítimo esposo?
El silencio se apoderó del jardín. Un segundo. Dos segundos. Cinco segundos.
—¡Andrea! —siseó su madre desde la primera fila.
Andrea levantó la vista. Miró a Samuel. Miró a sus padres. Y luego, miró hacia la entrada del jardín.
Y entonces, sucedió.
Un estruendo rompió la solemnidad del momento. No fue un disparo, fue música. Trompetas. Guitarras. Un grito de mariachi que heló la sangre de los invitados más estirados.
—¡¿PERO QUÉ ES ESO?! —gritó el padre de Samuel, poniéndose de pie.
Las puertas principales se abrieron de par en par. Y ahí estaba Lalo. Golpeado, vendado, pero caminando con la frente en alto. Y detrás de él, una marea de gente real: vendedores con sus canastas, mecánicos con sus overoles, señoras con sus rebozos.
El contraste era brutal. La elegancia artificial contra la realidad cruda de México.
—¡Detengan esa boda! —gritó Lalo con todas sus fuerzas. Su voz resonó sin necesidad de micrófono.
—¡Saquen a esos mugrosos de aquí! —bramó Samuel, bajando del altar con la cara roja de ira—. ¡Seguridad!
Pero la seguridad estaba abrumada. Los invitados retrocedían, horrorizados y fascinados a la vez, sacando sus celulares para grabar.
Lalo avanzó por el pasillo central, cojeando pero sin detenerse.
—Samuel —dijo Lalo cuando estuvo a unos metros—. No vas a arruinarle la vida.
—¡Tú! —Samuel se rio, una risa histérica—. ¿Tú crees que puedes venir aquí y detenerme? ¡Eres un lavacoches! ¡No eres nada! ¡Mírate! Das asco.
Samuel se giró hacia Andrea, agarrándola del brazo violentamente.
—Dile que se largue, Andrea. ¡Díselo!
Andrea miró a Lalo. Vio sus heridas. Supo que cada moretón en su cara era una prueba de amor. Se soltó del agarre de Samuel con un tirón furioso.
—¡Suéltame! —gritó ella. Y por primera vez, su voz retumbó con autoridad.
Andrea corrió hacia el micrófono del juez, arrebatándoselo de las manos.
—¡Silencio todos! —ordenó.
El jardín enmudeció. Solo se escuchaba el viento en los árboles.
—Se supone que hoy debería ser el día más feliz de mi vida —comenzó Andrea, con la voz temblando por la adrenalina—. Pero todo esto… —señaló las flores, los invitados, el lujo— todo esto es una mentira.
—¡Andrea, cállate! —gritó su padre, intentando subir al altar.
—¡No! —Andrea lo señaló con el dedo—. ¡Tú te callas! Llevo toda mi vida haciendo lo que ustedes quieren. Vendiéndome para salvar sus apariencias. Pero ya no.
Se giró hacia Samuel, que la miraba con una mezcla de odio y pánico.
—Y tú… tú eres el peor de todos. Dices que me amas, pero solo amas mi apellido y el dinero de tu padre. Me has humillado, me has engañado y has golpeado al único hombre que me ha tratado con respeto.
—Estás loca —dijo Samuel, tratando de mantener la compostura—. Estás estresada, mi amor. No sabes lo que dices.
—¿Ah, no? —Andrea sonrió, pero no era una sonrisa dulce. Era la sonrisa de quien tiene un as bajo la manga—. Armando, ¡ahora!
Armando, que se había colado hasta la cabina de sonido, conectó su celular al sistema de proyección gigante que se suponía iba a mostrar fotos de la infancia de los novios.
De repente, las pantallas gigantes se iluminaron.
No eran fotos de bebés. Era el video.
El video de Samuel, borracho, manoseando a la sirvienta. El audio retumbó en todo el jardín con una claridad cristalina.
—Andrea es una tonta… Una mantenida… Solo me caso con ella por el negocio… Mi suegro es un pobre diablo…
El jadeo colectivo de los invitados fue ensordecedor. La madre de Andrea se llevó las manos a la boca. El padre de Samuel se puso pálido, viendo cómo su fusión millonaria se evaporaba en segundos.
Samuel se quedó paralizado, viendo su propia vileza proyectada en alta definición.
—Eso… eso es falso… es inteligencia artificial… —balbuceó, pero nadie le creyó.
Andrea se acercó a él, se quitó el anillo de compromiso de medio millón de dólares y se lo lanzó al pecho.
—Quédate con tu dinero, Samuel. Es lo único que tienes. Porque eres muy pobre de aquí —se tocó el corazón— y de aquí.
Luego, Andrea bajó del altar y corrió hacia Lalo.
Samuel, humillado y acorralado, perdió la razón.
—¡No! ¡Maldita sea, no! —gritó, sacando una pequeña pistola que guardaba en su saco por “seguridad”—. ¡Si no eres mía, no eres de nadie!
Apuntó a Andrea.
—¡Cuidado! —gritó Lalo.
Todo sucedió en cámara lenta. Lalo se lanzó frente a Andrea. El disparo sonó seco, terrorífico.
¡PUM!
Un grito desgarrador rompió el aire. Pero no fue Andrea quien cayó.
Lalo estaba de pie, protegiendo a Andrea con su cuerpo.
Quien había caído al suelo, tacleado por una masa de gente, era Samuel. Los mariachis, los meseros y hasta algunos invitados se habían lanzado sobre él antes de que pudiera apretar el gatillo con puntería. El disparo había dado en un arreglo floral, haciendo volar pétalos blancos como si fuera nieve.
Lalo abrazó a Andrea, revisándola desesperadamente.
—¿Estás bien? ¿Te dio?
—Estoy bien, estoy bien… —Andrea lloraba, aferrándose a él—. ¡Estás loco! ¡Podría haberte matado!
—Preferiría morir mil veces antes que dejar que te toque un pelo —dijo Lalo, jadeando.
La policía, que había sido llamada por los vecinos debido al ruido, entró al jardín en ese momento. Samuel, sometido en el suelo, gritaba insultos y amenazas mientras lo esposaban.
—¡Ustedes no saben quién soy! ¡Mi papá los va a refundir en la cárcel! ¡Andrea, esto no se queda así!
Pero ya nadie lo escuchaba. Su padre, el gran magnate, se había ido discretamente por la puerta trasera, abandonando a su hijo a su suerte para salvar su propia reputación.
Andrea miró a sus padres. Estaban parados en un rincón, avergonzados, destruidos socialmente. Su madre lloraba, no por su hija, sino por el “qué dirán”.
—Vámonos de aquí —dijo Andrea, tomando la mano de Lalo.
—¿A dónde? —preguntó él.
—A donde sea. Contigo. A comer tacos, a lavar carros… me da igual. Solo quiero estar lejos de esta gente de plástico.
Lalo sonrió, a pesar del dolor de sus heridas.
—Conozco un lugar donde hacen unos esquites buenísimos.
Y así, ante la mirada atónita de la alta sociedad mexicana, la novia fugitiva y el lavacoches golpeado salieron del jardín, seguidos por una caravana de mariachis tocando “El Rey”, dejando atrás un mundo de mentiras para empezar uno de verdad.
Pero la historia no terminaba ahí. Samuel, desde la patrulla, miraba con ojos de venganza. Y el destino todavía tenía una última prueba para ellos.
PARTE 4: EL IMPERIO DEL CORAZÓN
CAPÍTULO 7: Cenizas y Semillas
La noticia del escándalo en la “Boda del Año” corrió como pólvora. En menos de una hora, el video de Samuel humillando a Andrea y confesando sus planes se había vuelto viral en TikTok, Twitter y Facebook. Los memes no perdonaron a nadie: ni a Samuel siendo tacleado por un mariachi, ni a los padres de Andrea huyendo por la puerta de servicio.
Pero lejos del ruido digital, la realidad era mucho más silenciosa y dura.
Andrea y Lalo estaban sentados en la pequeña sala de Tita. El vestido de novia de miles de dólares yacía en una silla, manchado de tierra y pasto, como un fantasma de una vida pasada. Andrea llevaba ahora unos pants prestados y una camiseta de Lalo.
—¿Estás segura de lo que hiciste, mi hija? —preguntó Tita, poniéndole un plato de caldo de pollo enfrente—. No va a haber vuelta atrás.
Andrea sopló el vapor del caldo, sintiendo cómo el calor le devolvía el alma al cuerpo.
—Nunca he estado más segura, Tita. Por primera vez, soy dueña de mi vida. Aunque… —miró a su alrededor con preocupación— no sé qué voy a hacer. No tengo dinero, mis padres me bloquearon las tarjetas y seguramente no me dejarán sacar ni mi ropa de la casa.
Lalo, que tenía hielo en el pómulo hinchado, le tomó la mano.
—No te preocupes por eso. Aquí no hay lujos, pero nunca te va a faltar un techo ni un plato de comida. Y trabajo… trabajo sobra.
Y así comenzó la verdadera prueba de fuego para Andrea. No fue el drama de la boda, sino el día a día.
Aprendió que el dinero no aparece mágicamente en una cuenta. Aprendió que para comer, hay que trabajar. La primera semana fue brutal. Sus manos suaves de niña rica se llenaron de ampollas ayudando a Lalo a lavar autos bajo el sol inclemente. Le dolía la espalda, le ardía la piel, y por las noches lloraba en silencio, extrañando la comodidad de su cama King Size.
Pero cada vez que estaba a punto de rendirse, miraba a Lalo. Lo veía esforzarse el doble para que ella no cargara tanto, lo veía traerle una paleta de hielo con una sonrisa de oreja a oreja, como si le estuviera regalando un diamante. Y entendía que valía la pena.
Un martes por la tarde, mientras Andrea secaba un taxi, el conductor se le quedó viendo.
—Oiga… usted es la de la tele, ¿no? ¿La novia fugitiva?
Andrea se tensó.
—Sí, soy yo —respondió, levantando la barbilla, esperando la burla.
Pero el taxista sonrió.
—Qué ovarios, señorita. De verdad. Mi respeto. Esa gente cree que puede comprarlo todo. Qué bueno que les dio en la torre. Tenga.
El taxista le dio un billete de cincuenta pesos extra.
—Para el refresco. Y cuide a ese muchacho, que se ve que la quiere bien.
Andrea miró el billete y sonrió. Esa propina valía más que toda la herencia que había perdido.
Mientras tanto, el mundo de Samuel se desmoronaba. Su padre cumplió su amenaza: lo desheredó públicamente para intentar salvar las acciones de la empresa, que habían caído en picada tras el escándalo. Samuel, acostumbrado a que su apellido le abriera puertas, se encontró con que ahora se las cerraban en la cara. Enfrentaba cargos por agresión, portación de arma y fraude.
Sus “amigos”, esos que bebían su champaña y le reían los chistes, desaparecieron. Se quedó solo en una celda preventiva, gritando que era un millonario, sin entender que ahora era el hombre más pobre del mundo.
Los padres de Andrea tampoco salieron ilesos. La sociedad los aisló. Perdieron sus inversiones y tuvieron que vender la mansión para pagar deudas. Terminaron mudándose a un departamento pequeño en una zona que ellos antes consideraban “de clase baja”, viviendo la pesadilla de la que tanto intentaron huir, pero sin el amor de su hija para consolarlos.
Andrea intentó llamarlos una vez. Su madre contestó, llorando, reprochándole todo.
—Nos arruinaste, Andrea. Éramos alguien.
—No, mamá —respondió Andrea con tristeza—. Nunca fuimos nadie. Solo éramos cosas caras vacías por dentro. Ojalá algún día lo entiendan.
Y colgó, cerrando ese capítulo para siempre.
CAPÍTULO 8: El Verdadero Final Feliz
Pasaron tres años.
En una esquina concurrida de la Colonia Roma, un local llamaba la atención de todos los que pasaban. No era grande, pero estaba lleno de vida. La fachada estaba pintada de colores vibrantes y un letrero de madera tallada a mano decía:
“Lavado y Florería: EL RENACER”
Era un concepto extraño, pero funcionaba. De un lado, Lalo y un equipo de chavos del barrio lavaban autos con un sistema ecológico que dejaba los coches impecables. Del otro lado, un mostrador lleno de girasoles, rosas y tulipanes perfumaba el aire, contrarrestando el olor a cera y jabón.
Andrea estaba arreglando un ramo de novia. Ya no usaba ropa prestada. Llevaba un vestido sencillo de lino y un delantal de florista con su nombre bordado. Se veía más hermosa que nunca, no por el maquillaje, sino por la luz que irradiaba.
—¡Amor! —gritó Lalo desde la zona de lavado—. ¡Ya llegó el pedido de las orquídeas!
Lalo entró secándose el sudor. Se veía más fuerte, más maduro. Ya no era el chico asustadizo; era un empresario, un líder en su comunidad.
—Gracias, guapo —Andrea le dio un beso rápido en los labios—. Oye, ¿te acuerdas que hoy tenemos la cena con Doña Mari?
—Claro que sí, es el cumpleaños de su nieta. Ya cerré temprano para irnos.
En ese momento, una camioneta de lujo se estacionó frente al local. Andrea sintió un vuelco en el estómago. El trauma antiguo a veces regresaba.
Pero no era Samuel.
Del auto bajó una mujer elegante, con gafas oscuras. Se quitó los lentes y miró el local con curiosidad. Era la madre de Samuel.
Lalo se puso tenso y se acercó a Andrea, protegiéndola instintivamente.
—¿Qué se le ofrece, señora? —preguntó Lalo con voz firme pero educada.
La mujer suspiró y miró a Andrea.
—No vengo a pelear —dijo la mujer, con voz cansada—. Vengo a… vengo a ver si los rumores eran ciertos.
—¿Qué rumores? —preguntó Andrea.
—Que son felices —respondió la mujer, con una tristeza infinita en los ojos—. Samuel… Samuel está en la cárcel. Mi esposo murió de un infarto hace seis meses. Estoy sola en una casa que parece un museo. Tengo todo el dinero del mundo, y sin embargo… los envidio.
Andrea miró a la mujer que alguna vez la miró con desdén por no ser “suficiente” para su hijo. Ahora solo veía a una anciana solitaria.
—La felicidad no se compra, señora —dijo Andrea suavemente—. Se construye. Ladrillo a ladrillo. Taco a taco.
La mujer asintió, conteniendo las lágrimas.
—Veo que has hecho algo hermoso aquí, Andrea. Esas flores… son preciosas.
—Gracias.
—Me gustaría… me gustaría llevarme un ramo. Para la tumba de mi esposo.
Andrea eligió las flores más bonitas que tenía: lirios blancos y rosas pálidas. Las envolvió con cuidado y se las entregó.
—¿Cuánto es? —preguntó la mujer, sacando su cartera de marca.
—Nada —dijo Andrea—. Es un regalo. Que encuentre paz, señora.
La madre de Samuel se quedó paralizada. Tomó las flores y, por primera vez, miró a Lalo a los ojos.
—Perdón —susurró—. Por todo.
Se dio la vuelta y se fue, dejando atrás un aire de redención.
Lalo abrazó a Andrea por la cintura.
—Eres increíble, ¿lo sabías? —le dijo al oído.
—Tengo un buen maestro —respondió ella, recargando la cabeza en su hombro.
—¡Tita! —se escuchó un grito desde la oficina trasera.
Un niño de dos años, con los ojos verdes de Andrea y el cabello rebelde de Lalo, salió corriendo con una regadera de plástico en la mano.
—¡Agua! ¡Flores! —gritaba el pequeño, mojando todo a su paso.
Detrás de él venía Tita, caminando despacio pero con una sonrisa que le borraba veinte años de encima.
—¡Ay, este niño es un terremoto, igualito a su padre! —rio la anciana.
Lalo cargó a su hijo y lo lanzó al aire, provocando carcajadas que resonaron en todo el local. Andrea los miró y sintió que el corazón le iba a estallar de gratitud.
Había perdido su herencia, su estatus y sus “amigos”. Pero había ganado una familia. Había ganado dignidad. Y sobre todo, había ganado un amor que no se doblaba ante nada.
—¿En qué piensas? —preguntó Lalo, bajando al niño.
Andrea miró su pequeño negocio, su familia, su vida imperfecta y maravillosa.
—Pienso en que… soy la mujer más millonaria del mundo —dijo ella, besando a su esposo y a su hijo.
Y tenía razón. Porque al final del día, cuando las luces se apagan y las máscaras caen, lo único que queda es lo que es real. Y ellos lo tenían todo.
FIN.
HISTORIA PARALELA: CRÓNICAS DEL ASFALTO Y PÉTALOS
“Cuando el amor tuvo que aprender a comer”
CAPÍTULO 1: La Resaca de la Libertad
El día después de “La Boda del Año” no hubo luna de miel en París, ni desayuno en la cama con jugo de naranja recién exprimido. Hubo, en cambio, un despertar brusco con el sonido del camión del gas gritando su pregón por las calles de la colonia popular a las siete de la mañana.
Andrea abrió los ojos, desorientada. Por un segundo, su cerebro, acostumbrado a veinticuatro años de rutinas de lujo, esperó ver el techo alto y decorado de su habitación en Las Lomas. En su lugar, vio una lámina galvanizada donde una pequeña araña tejía su red con paciencia infinita. El olor no era a lavanda importada, sino a café de olla y a la humedad de las paredes viejas.
Se incorporó en el sofá cama, sintiendo cada músculo de su cuerpo adolorido. A su lado, en el suelo, sobre un edredón doblado, dormía Lalo. Incluso en sueños, su rostro tenía una expresión de alerta, y el vendaje en sus costillas era un recordatorio brutal de la violencia del día anterior.
Andrea miró hacia la silla de madera en la esquina. Allí colgaba el vestido de novia. Ya no parecía una prenda de alta costura; con las manchas de lodo en el dobladillo y una rasgadura en el costado, parecía la piel muerta de una vida que ella acababa de mudar.
—Buenos días, mi niña —la voz de Tita la sobresaltó.
La anciana estaba en la pequeña cocina, moviendo una cuchara dentro de una olla de peltre abollada.
—Buenos días, Tita —respondió Andrea, tratando de sonreír, pero sintiendo que la cara se le quebraba—. ¿Qué… qué hora es?
—Hora de que la vida siga —dijo Tita con esa sabiduría práctica de quien ha sobrevivido a todo—. Siéntate, hay frijoles y tortillas. Es todo lo que hay, pero está calientito.
Andrea se sentó a la mesa coja. El hambre le rugió en el estómago con una ferocidad que la avergonzó. Comió con desesperación, saboreando la simplicidad de la tortilla con sal.
Lalo se despertó unos minutos después. Al verla ahí, despeinada, con ojeras, pero libre, sonrió. Sin embargo, la sonrisa no le llegó a los ojos del todo. Había preocupación.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó él, sentándose a su lado y tomando su mano.
—Como si me hubiera atropellado un camión, pero… bien —dijo ella—. Lalo, tenemos que hablar.
—Lo sé.
El “tenemos que hablar” de los ricos suele ser sobre sentimientos o planes de viaje. El “tenemos que hablar” de los pobres es sobre matemáticas básicas y crueles.
—Revisé mis cuentas en el celular anoche —dijo Andrea, bajando la voz para que Tita no se angustiara—. Están bloqueadas. Mi padre canceló las tarjetas adicionales y congeló el fideicomiso. Tengo… —revisó su bolsa de mano de diseñador, que ahora parecía un objeto alienígena en esa mesa— tengo doscientos pesos en efectivo y unos aretes de perlas. Eso es todo mi patrimonio.
Lalo suspiró y se frotó la cara.
—Yo tengo lo de la semana, pero con lo de las medicinas de Tita y la renta que se vence el viernes… Andrea, no te voy a mentir. La cosa se va a poner fea. Samuel y su familia no se van a quedar quietos. Y mis costillas no me van a dejar chambear al cien por ciento por unos días.
—Yo voy a trabajar —dijo Andrea con determinación.
Lalo la miró con ternura, pero con duda.
—Andrea, tú nunca has trabajado. No es por mala onda, pero… ¿qué sabes hacer que pague la renta mañana?
La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y tóxica. Andrea sintió el golpe. Sabía hablar francés, sabía distinguir un vino de una cosecha mediocre, sabía organizar eventos de beneficencia. Pero en el mundo real, en el mundo de la supervivencia, esas habilidades valían menos que cero.
—Aprenderé —dijo ella, apretando los puños—. No me salí de una jaula para morirme de hambre afuera. Aprenderé.
CAPÍTULO 2: El Chofer sin Volante
A mediodía, alguien tocó la puerta de metal de la vecindad. No era un toque agresivo, sino rítmico y educado.
Lalo se levantó con dificultad, tomando un palo de escoba por si acaso eran los hombres de Samuel buscando venganza. Pero al abrir, se encontró con una figura familiar.
Armando estaba allí, parado bajo el sol inclemente. Ya no llevaba su uniforme de chofer impecable. Vestía unos pantalones de mezclilla y una camisa polo sencilla, y cargaba una caja de cartón con sus pocas pertenencias.
—¿Se puede pasar o ya se llenó el cupo? —preguntó Armando con una media sonrisa triste.
—¡Armando! —Andrea corrió hacia él y lo abrazó como si fuera un náufrago encontrando tierra firme—. ¿Qué pasó?
Armando entró y dejó la caja en el suelo.
—Pues lo que tenía que pasar, señorita. El patrón… bueno, el señor Rogelio, padre de Samuel, movió sus hilos. Me boletinaron. No solo me despidieron sin liquidación, sino que me pusieron en la “lista negra” de las agencias de seguridad y choferes privados. Dicen que soy un empleado desleal y peligroso. Nadie me va a contratar en este código postal ni en ningún otro.
Lalo le ofreció un vaso de agua.
—Lo siento mucho, carnal. De verdad. Te desgraciamos la vida.
—Nombre, ¿qué dices? —Armando bebió el agua de un trago—. Hacía años que no dormía tan tranquilo como anoche. Ver la cara de Samuel cuando pasaron el video… eso valió cada centavo de mi liquidación perdida. Además… —miró a Andrea y a Lalo— nunca tuve familia. Ustedes son lo más cercano que tengo. Así que, si me aceptan, aquí estoy para jalar parejo.
—Aquí cabemos todos —dijo Tita desde la cocina—. Pero vas a tener que dormir en el sillón porque el piso ya está ocupado.
Ahora eran cuatro bocas y cero ingresos fijos. La “Resistencia”, como Lalo los bautizó bromeando, tuvo su primera junta corporativa esa misma tarde.
El plan era simple: sobrevivir. Armando tenía un viejo Tsuru que usaba como Uber de vez en cuando, pero la plataforma lo había bloqueado por las denuncias falsas de la familia de Samuel. Lalo tenía sus cubetas y trapos. Y Andrea… Andrea tenía sus ganas.
—Voy a salir a buscar trabajo de recepcionista, de secretaria, de lo que sea —dijo Andrea—. Tengo buena presencia, hablo idiomas. Alguien tiene que contratarme.
—Ten cuidado —advirtió Armando—. Su cara está en todos los noticieros y en todos los memes del país. La “Novia Fugitiva” es tendencia número uno. Eso puede ser bueno… o muy malo.
Andrea no lo escuchó. Se puso la ropa más decente que Lalo pudo conseguirle con las vecinas (una falda negra y una blusa blanca sencilla), se recogió el pelo y salió a comerse al mundo.
El mundo, sin embargo, tenía indigestión.
CAPÍTULO 3: La Lista Negra
La primera entrevista fue en un hotel boutique en la colonia Condesa. Andrea pensó que sería fácil. El gerente, un hombre joven con lentes de pasta, revisó su solicitud.
—Andrea Jiménez… —murmuró, y luego levantó la vista. Sus ojos se abrieron con reconocimiento—. Espera, ¿tú eres la del video? ¿La que dejó al heredero de Grupo Monroy en el altar?
Andrea se irguió, tratando de mantener la dignidad.
—Soy yo. Pero eso es mi vida privada. Estoy aquí porque soy competente, hablo inglés y francés fluido y tengo excelente trato con el cliente.
El gerente soltó una risita nerviosa y cerró la carpeta.
—Híjole, señorita. Mire, no dudo de sus capacidades. Pero Grupo Monroy es socio inversionista de esta cadena hotelera. Si yo la contrato, mañana me cierran el hotel. Su nombre está… ¿cómo le explico? Es radioactivo ahorita. Nadie en el círculo empresarial la va a tocar.
Andrea salió del hotel con las mejillas ardiendo.
Intentó en una boutique de ropa.
—¿Tú eres la que anda con el lavacoches? —le preguntó la dueña con desdén—. Ay no, niña. Aquí vendemos exclusividad. No queremos esa imagen de… de escándalo de barrio.
Intentó en un Call Center.
—Estás sobrecalificada —le dijeron—. Y además, recursos humanos dice que tienes antecedentes conflictivos legales por lo del arma en la boda. Aunque tú no disparaste, estás en la carpeta de investigación.
Al final del día, Andrea terminó sentada en una banca del Parque México, con los pies ampollados por los zapatos prestados que le quedaban chicos. Miraba a la gente pasar: ejecutivos comprando café caro, mujeres paseando perros que comían mejor que ella. Se sintió pequeña. Se sintió inútil.
Sonó su teléfono. Era Lalo.
—¿Cómo te fue, guapa? —preguntó él, tratando de sonar animado.
Andrea tragó el nudo en su garganta. No podía decirle que había fracasado. No podía ser una carga más.
—Bien… tengo un par de opciones —mintió—. ¿Y tú?
—Todo tranquilo. Aquí con Armando sacamos para la cena. Vente con cuidado.
Andrea colgó y lloró. Lloró cinco minutos exactos. Luego se secó las lágrimas, se levantó y caminó de regreso a la vecindad. Si no la querían en el mundo de arriba, tendría que aprender a reinar en el de abajo.
CAPÍTULO 4: El Fondo del Barril
Pasaron dos semanas. La situación era crítica. Las medicinas de Tita se habían acabado y la anciana empezaba a toser por las noches, una tos seca que a Lalo le partía el alma.
Armando hacía “chambitas” de albañilería o cargando bultos en la Central de Abasto, regresando con la espalda desecha y apenas unos pesos. Lalo, aún lastimado, lavaba autos, pero la temporada de lluvias había comenzado. Y cuando llueve, nadie lava su coche.
Era la tormenta perfecta.
Una noche, Andrea escuchó a Lalo y Armando hablar en susurros en la cocina.
—El Tuercas me ofreció lana por mover unos paquetes —decía Lalo en voz baja—. Es arriesgado, Armando, pero pagan en efectivo y al momento. Con un viaje saco lo de las medicinas de Tita.
—Ni lo pienses, Lalo —la voz de Armando era dura—. Esa gente te cobra con sangre. Si te agarran, o te refundes en la cárcel o te mueres. Y entonces sí, ¿qué va a hacer Andrea sola?
—¿Y qué hago? ¡Ver a Tita así me está matando! Y Andrea… se hace la fuerte, pero la veo enflacar. Tiene hambre, Armando. La princesa tiene hambre y es mi culpa.
Andrea, escondida tras la cortina, sintió que el corazón se le rompía. Entró a la cocina de golpe.
—¡No vas a hacer nada ilegal, Eduardo! —dijo ella, usando su nombre completo por primera vez.
Ambos hombres saltaron del susto.
—Andrea, no escuches tonterías… —empezó Lalo.
—Escuché todo. Y no voy a permitir que te arriesgues a ir a la cárcel por dinero. Ya tuvimos suficiente de policías.
—¿Entonces qué hacemos? —Lalo golpeó la mesa con frustración, y una lágrima de impotencia rodó por su mejilla—. No sé qué más hacer. Soy bueno lavando coches, pero nadie quiere coches limpios ahorita. Soy un inútil para todo lo demás.
Andrea se acercó a él, le tomó la cara entre las manos y limpió la lágrima con sus pulgares.
—No eres un inútil. Eres el hombre más trabajador que conozco. Solo… solo necesitamos cambiar de estrategia.
Andrea se quitó los aretes de perlas. Eran unos Mikimoto auténticos, regalo de sus 18 años. Valían una pequeña fortuna.
—Toma —se los dio a Armando—. Véndelos. En el Monte de Piedad o donde te den más. No preguntes, solo hazlo.
—Pero Andrea, son tuyos… —protestó Armando.
—Son piedras, Armando. Tita es gente. Ve mañana a primera hora. Con eso compramos medicinas y pagamos la renta. Y con lo que sobre… con lo que sobre vamos a invertir.
—¿Invertir en qué? —preguntó Lalo—. ¿En la bolsa de valores? —dijo con sarcasmo triste.
—No —Andrea sonrió, y por primera vez en semanas, sus ojos brillaron con esa chispa de inteligencia que Samuel siempre subestimó—. Vamos a invertir en el Tianguis de los Sábados.
CAPÍTULO 5: El Puesto de la Esperanza
El sábado llegó gris y nublado. El Tianguis de la colonia era un caos de colores, olores y gritos. Andrea, Lalo y Armando llegaron temprano, cargando cubetas, un tablón de madera y varias cajas de flores que habían comprado en el mercado de Jamaica de madrugada con el dinero de los aretes.
—¿Estás segura de esto? —preguntó Lalo, mirando el pequeño espacio de dos metros cuadrados que habían rentado entre un puesto de ropa interior y uno de películas piratas.
—Confía en mí —dijo Andrea.
El plan era un híbrido extraño. Andrea había notado algo: la gente en el barrio compraba flores, pero siempre eran ramos tristes, envueltos en papel periódico viejo, casi por obligación para un santo o un muerto. Nadie vendía flores para vivir, para alegrar la casa.
Y Lalo… Lalo tenía un don. Podía dejar un coche reluciente con menos de dos litros de agua, usando sus productos especiales biodegradables (una mezcla que él mismo inventó para ahorrar).
—¡Lavado Ecológico y Flores de Diseño! —escribió Andrea en una cartulina con plumones de colores—. ¡Mientras lavamos su auto, llévese un detalle para la reina de la casa!
Al principio, la gente pasaba de largo. Miraban a la “güerita” fresa gritando ofertas y al chavo con cara de barrio lavando rines y seguían su camino.
Pero entonces, Andrea empezó a trabajar. Tomó las flores comunes (nubes, crisantemos, rosas baratas) y empezó a armar ramos. No los típicos ramos apretados. Hacía arte. Combinaba colores, alturas, texturas. Hacía que un ramo de cincuenta pesos pareciera de quinientos.
Una señora se detuvo.
—Qué bonito arreglas, mija. ¿Cuánto ese?
—Para usted, cuarenta pesos, marchanta —dijo Andrea, imitando el acento del mercado con una naturalidad encantadora.
La señora compró el ramo. Luego otra. Luego un señor que traía su taxi sucio vio a Lalo trabajando.
—Oye, chavo, ¿cuánto por darle una pasada a mi nave? Pero no tengo agua aquí.uest
—No necesito manguera, jefe. Mire, cheque el dato.
Lalo roció su mezcla mágica, pasó el trapo de microfibra con movimientos precisos de cirujano, y en diez minutos, el taxi brillaba. El taxista quedó impresionado.
—¡No manches! Quedó mejor que con la Kärcher. Ten, quédate con el cambio.
Poco a poco, el puesto se llenó. La combinación era perfecta: los hombres se quedaban viendo cómo Lalo hacía magia con los autos, y las mujeres se quedaban embobadas con los arreglos de Andrea. Y Armando, con su porte elegante y su voz grave, funcionaba como el mejor gerente de relaciones públicas, atrayendo clientes y organizando la fila.
A mediodía, habían vendido casi todas las flores y Lalo había lavado quince autos. Estaban sudados, sucios, pero eufóricos.
—¡Lo logramos! —gritó Andrea, abrazando a Lalo manchándole la camisa de polen.
Pero la felicidad en el barrio dura poco si no pagas derecho de piso.
CAPÍTULO 6: El Sabotaje
Tres hombres con chalecos del Ayuntamiento y carpetas bajo el brazo se abrieron paso entre la gente. No parecían inspectores normales; caminaban con demasiada arrogancia.
—¿Quién es el responsable de este changarro? —preguntó el líder, un tipo gordo con lentes oscuros.
—Servidor —dijo Lalo, poniéndose al frente, secándose las manos.
—No tienen permiso para operar lavado de autos en vía pública. Y estas flores… —pateó una cubeta con desdén— obstruyen el paso peatonal. Están clausurados. Y vamos a decomisar la mercancía.
—Oiga, jefe, pagamos la cuota de la líder del tianguis —intervino Armando, usando su tono conciliador—. Tenemos el papel aquí.
—Ese papel me lo paso por el arco del triunfo —escupió el inspector—. Tenemos una denuncia directa. “Riesgo sanitario y operación ilegal”.
Andrea supo inmediatamente de dónde venía. No era una inspección aleatoria. Samuel, o su padre, los habían encontrado.
—¿Cuánto quiere? —preguntó Andrea, poniéndose frente a los hombres—. Porque sé que esto se arregla con dinero.
El inspector se rio y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.
—Mire, güerita. A mí me pagaron más por quitarlos que lo que ustedes pueden juntar en un año. Así que, o se mueven, o les cargo la mercancía y me llevo al joven por alteración al orden.
Hizo una señal y dos policías que venían atrás se acercaron a Lalo, sacando las esposas.
—¡No! —gritó Andrea—. ¡No están haciendo nada malo!
—¡Órale, súbanlo a la patrulla y tiren todo esto a la basura! —ordenó el inspector.
Lalo forcejeó, pero eran demasiados. La impotencia llenó sus ojos. Estaban a punto de perderlo todo: la inversión, la libertad y la poca esperanza que habían construido. El padre de Samuel había ganado. Su brazo era demasiado largo.
Pero se les olvidó un detalle. Estaban en el barrio. Y en el barrio, la lealtad es la única moneda que no se devalúa.
CAPÍTULO 7: Fuenteovejuna en Iztapalapa
—¡Hey! ¡Suelten al muchacho!
La voz retumbó como un trueno. Era Doña Mari, la de los tacos de canasta, blandiendo una cuchara gigante de metal como si fuera una espada medieval.
—Señora, no se meta —advirtió el policía.
—¡Me meto porque es mi gente! —gritó ella—. Ese muchacho es trabajador y honrado. No como ustedes, bola de ratas.
—¡Sí! —se unió el señor de los jugos—. ¡Déjenlos trabajar!
De repente, el tianguis se detuvo. Los vendedores, gente que vivía al día, que conocía la injusticia en carne propia, empezaron a rodear a los inspectores y a los policías. No eran tres personas; eran cincuenta. Cien.
—¡El pueblo unido, jamás será vencido! —empezó a gritar alguien, y el coro se contagió.
El inspector miró a su alrededor, nervioso. Una cosa era intimidar a tres personas; otra era enfrentarse a una turba de comerciantes enojados.
—A ver, a ver, cálmense… —intentó decir el inspector, retrocediendo.
—¡Nadie se lleva nada! —gritó un carnicero, saliendo con su mandil manchado de sangre—. Si se llevan a Lalo, nos tienen que llevar a todos. Y a ver si cabemos en sus patrullas.
Andrea miraba la escena con lágrimas en los ojos. Nunca, en todas las galas de beneficencia a las que había asistido, había visto tanta solidaridad real. Esa gente, que no tenía nada, estaba arriesgando su pellejo por ellos.
El inspector sacó su celular, probablemente para llamar refuerzos, pero alguien le lanzó un jitomate podrido que le estalló en la camisa blanca. Luego voló una cebolla. Luego una bolsa de agua.
—¡Vámonos, vámonos! —gritó el inspector a sus subordinados, limpiándose el jitomate—. ¡Esto es un nido de salvajes!
Los funcionarios y los policías se retiraron apresuradamente entre chiflidos y abucheos, subiéndose a sus camionetas y arrancando llantas.
El tianguis estalló en aplausos y vítores. Lalo, liberado, corrió hacia Andrea y la abrazó, levantándola en el aire. Armando se limpiaba una lágrima discreta.
Doña Mari se acercó a ellos, jadeando por el esfuerzo.
—¿Están bien, mis niños?
—Gracias, Mari… gracias a todos —dijo Lalo, con la voz quebrada—. Nos salvaron la vida.
—Ustedes son familia, Lalo. Y aquí nadie toca a la familia. Además… —Mari miró a Andrea y le guiñó el ojo—, la muchacha hace que el mercado se vea bonito con sus flores. Nos conviene que se queden.
Ese día, no solo salvaron el negocio. Ese día, Andrea entendió que ya no era una extraña. Ya no era la “millonaria”. Era parte de la tribu.
CAPÍTULO 8: El Primer Ladrillo
La victoria en el tianguis fue la señal que necesitaban. Sabían que no podían quedarse ahí para siempre; el padre de Samuel volvería a intentar algo. Necesitaban formalizarse. Necesitaban un local propio, con permisos en regla, donde nadie pudiera moverlos.
Esa noche, contaron las ganancias. Había sido un día récord. No era suficiente para un local, pero era un inicio.
—Tengo una idea —dijo Armando, poniendo sobre la mesa un viejo cuaderno de notas—. Conozco las leyes de tránsito y los reglamentos municipales de memoria, de tantos años lidiando con multas para los patrones. Si registramos el negocio como una Cooperativa de Desarrollo Social, el gobierno da subsidios y protección contra desalojos arbitrarios. Además, los impuestos son menores al inicio.
Andrea tomó el cuaderno y empezó a escribir, sus ojos brillando con esa intensidad empresarial que había heredado de su padre, pero que ahora usaba para el bien.
—Y si enfocamos el marketing en lo ecológico… “Ahorramos 200 litros de agua por auto”. Eso a las empresas les encanta para sus reportes de sustentabilidad. Podemos buscar contratos con flotillas de taxis ecológicos.
—Y las flores… —agregó Lalo—. Podemos ofrecer suscripciones. “Flores frescas para tu oficina cada lunes”.
La mesa coja de la vecindad se convirtió en la sala de juntas más productiva de México. Tita les servía café mientras ellos soñaban despiertos, trazando planes, sumando pesos y diseñando el futuro.
Al amanecer, tenían un nombre. “El Renacer”. Porque eso era lo que estaban haciendo: renaciendo de las cenizas, del lodo, de la humillación.
Tres meses después, encontraron el local en la Roma. Era una ruina, un viejo taller mecánico abandonado lleno de grasa y ratas. Pero era barato y el dueño, un viejito que conocía a Tita de hace años, aceptó darles meses de gracia en la renta si ellos lo arreglaban.
Andrea aprendió a lijar paredes. Lalo aprendió a instalar tuberías. Armando aprendió a hacer trámites burocráticos que habrían hecho llorar a un abogado.
El día de la inauguración no hubo champaña Dom Pérignon. Hubo aguas frescas de horchata y jamaica. No hubo políticos cortando el listón. Estuvo Doña Mari, los mariachis, y los vecinos del tianguis.
Andrea, vestida con su delantal nuevo, miró el letrero pintado a mano sobre la entrada. Sintió la mano callosa de Lalo apretando la suya.
—¿Te arrepientes? —le preguntó Lalo en un susurro, mirando lo poco que tenían comparado con lo mucho que ella había perdido.
Andrea miró el local. Miró a Armando riendo con Tita. Miró a Lalo, el hombre que había recibido golpes por ella, que había trabajado hasta sangrar por ella.
Recordó la mansión fría, las cenas silenciosas, la soledad rodeada de sirvientes.
—Me arrepiento de no haber venido a comprarte tacos antes —respondió ella, besándolo frente a todos.
Y así, entre olor a jabón biodegradable y rosas frescas, comenzó la verdadera leyenda. No la del escándalo viral, sino la del imperio construido con el sudor de la frente y la fuerza inquebrantable de un amor que sobrevivió al barro.
FIN DEL SPIN-OFF
