
CAPÍTULO 1: EL SILENCIO DEL PODER
Era una noche de jueves a finales de noviembre. El cielo de la Ciudad de México estaba pintado de un negro profundo, salpicado por una lluvia fría que hacía brillar el asfalto de Reforma. Desde el piso más alto de la Torre GarzaTech, la ciudad parecía una constelación de luces atrapada bajo un cristal empañado.
Pero yo no notaba la belleza. Estaba demasiado acostumbrado a las alturas.
Me quedé junto al ventanal de piso a techo de mi oficina, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso de cristal con bourbon. El trago, intacto, reflejaba la luz tenue de la lámpara sobre mi escritorio. A mis 54 años, me sentía más como una estatua de mármol que como un hombre vivo. Mis ojos, grises como el agua del invierno, estaban fijos en las luces de los autos allá abajo.
Había fundado mi imperio a los 30 años. Tenía más patentes de las que podía contar, pero nada de eso me hacía sentir nada. El éxito, como había aprendido a la mala, era un tipo extraño de silencio.
De pronto, el timbre del elevador privado rompió el ambiente. Solo una persona tenía el código: mi socio y único amigo, Pedro Caldwell.
—Sigues acechando esta oficina como un fantasma —dijo Pedro, sacudiéndose el agua de su abrigo. Me miró con preocupación.
—No podía dormir —respondí sin darme la vuelta.
—Natán, acabas de vender una subsidiaria por 400 millones de dólares. La gente normal se iría de vacaciones —comentó Pedro sentándose en una de las sillas de cuero.
—Las vacaciones son para personas que tienen algo a qué regresar —dije, dándole un sorbo ritual al bourbon.
Pedro guardó silencio. Él conocía el vacío de este lugar, la ausencia de cualquier toque personal entre tanto mármol negro y líneas de acero.
—¿Alguna vez has pensado —dijo Pedro con cuidado— que tal vez construiste este lugar no para dirigir una empresa, sino para mantener a la gente fuera?
—La gente es una distracción costosa —le solté con una sonrisa amarga.
—No, Natán. Tienes miedo. Has tenido miedo desde que Beatriz cruzó esa puerta hace 10 años —soltó él.
El nombre de mi exesposa golpeó como un martillo sobre cristal. Beatriz, la mujer que solía leer descalza junto a esa misma ventana, la mujer que se enamoró de un soñador y terminó abandonando a una máquina. Ella no solo se fue; huyó con mi entonces socio comercial.
Desde entonces, cerré el mundo. Era rico, admirado y temido, pero por dentro estaba vacío.
Pedro sacó una invitación de su saco. Papel crema, bordes dorados.
—Una gala de caridad mañana —dijo Pedro— Pero no te lo digo por el arte. He encontrado a alguien interesante: Clara Montes de Oca.
Me contó sobre ella. 32 años, heredera de un imperio de medios, conocida como “la rosa salvaje de Polanco”. Según los tabloides, arruinaba fiestas, bailaba descalza y despedía a su equipo de relaciones públicas en medio de cenas de gala.
—¿Y quieres que financie su próximo escándalo? —pregunté arqueando una ceja.
—No. Quiero que la conozcas. Ella es fuego, tú eres hielo. Tal vez necesitas a alguien que desafíe todo lo que has aceptado como vida —dijo Pedro con una sonrisa cómplice.
—Suenas como un terapeuta —le dije.
—Sueno como alguien cansado de ver a su mejor amigo morir lentamente detrás de un escritorio —respondió él—. Te haré una apuesta.
Pedro puso la invitación sobre la mesa.
—Pasa tres meses con ella. Ayúdala a limpiar su imagen. Haz que sea la mujer que tu junta directiva aprobaría. Si lo logras, te firmo mi 18% de Streamline Studios. Vale más de 50 millones de dólares —propuso.
—¿Y si fallo? —pregunté intrigado.
—Me das tu propiedad en Valle de Bravo. Esa cabaña que no has pisado en años —dijo él.
Miré el nombre de Clara Montes de Oca en letras doradas. Una chica salvaje. Un arreglo de negocios. Una apuesta ridícula. Pero algo dentro de mí, algo que llevaba años mudo, se agitó.
CAPÍTULO 2: EL ENCUENTRO EN LA GALA
El salón del Museo Soumaya estaba lleno de lo que uno espera de la vieja alcurnia mexicana tratando de parecer sencilla. Lámparas de cristal inmensas, champaña que brillaba como el agua de un lago y un cuarteto de cuerdas tocando a Vivaldi con precisión quirúrgica.
Llegué tarde, como siempre. Odio estos eventos. Demasiado perfume, demasiados apretones de manos que no significan nada y ojos que solo te miran si estás en la lista de los más ricos de México.
Me moví por la sala con la facilidad de quien está acostumbrado a ser observado pero no tocado. Pedro ya estaba allí, con una chaqueta de terciopelo azul que solo alguien con su confianza podría usar.
—Viniste —dijo alzando su copa.
—Dije que lo haría —respondí seco.
Pedro señaló hacia el otro lado del salón.
—Ahí está ella.
Seguí su mirada y mi mundo se detuvo un instante. Clara Montes de Oca no caminaba por una habitación; le sucedía a la habitación. Estaba rodeada de personas que se inclinaban demasiado hacia ella, riendo demasiado fuerte. Su vestido era de seda roja oscura, elegante sin esforzarse. Tenía el cabello recogido de forma descuidada y unos ojos oscuros que escaneaban el lugar como si fuera presa y cazadora al mismo tiempo.
—Parece un problema —murmuré.
—Lo es. Ese es el punto —respondió Pedro.
Como si me hubiera escuchado, Clara se alejó del grupo… descalza. Había abandonado unos tacones de aguja bajo una mesa y caminaba por el mármol como si fuera la dueña del lugar. El cuarteto empezó a tocar una versión de cuerdas de una canción melancólica y ella, sin importarle las miradas críticas, empezó a moverse con la música. No bailaba para llamar la atención; bailaba como alguien que no tiene nada que perder.
Me quedé hipnotizado. Había gracia en ella, pero también un desafío absoluto en la curva de sus brazos, como si retara al techo a caer sobre ella. Soltó una risa libre, casi inapropiada para la formalidad del lugar. La gente susurraba.
—¿Sigues pensando que es una mala idea? —me preguntó Pedro al oído. No pude responder.
Más tarde, durante la subasta, la volví a ver. Estaba pujando por una pintura caótica llamada “Tempestad en Cristal”. El precio subía rápido. Clara levantaba su paleta con una sonrisa que desafiaba a cualquiera a enfrentarla.
Sin entender por qué, levanté mi paleta.
—100,000 dólares —dije con voz firme. La sala enmudeció.
Clara se giró. Nuestros ojos se encontraron por primera vez. Esperaba furia, pero ella sonrió lento, divertida, como un gato que acaba de encontrar un juguete nuevo.
Cuando gané la pintura, ella me dedicó un aplauso burlón y desapareció.
La encontré en la terraza de la azotea, iluminada por faroles dorados y el resplandor de la ciudad. Estaba cerca del barandal, descalza otra vez, con una copa de algo oscuro en la mano. El viento agitaba su vestido rojo como si fuera una llama.
—¿Viniste a presumir tu trofeo? —preguntó sin mirarme, con una voz suave pero afilada.
—No —respondí acercándome—. Vine a hacerte una oferta.
Ella se giró. De cerca, su rostro era diferente. Se veía más suave, más cansada de lo que mostraban las fotos de los periódicos. Sus labios eran lo único que seguía perfecto, de un rojo carmesí profundo. Pero sus ojos… no eran salvajes. Eran cautelosos.
—Te escucho —dijo arqueando una ceja.
—Cásate conmigo —solté sin rodeos.
Parpadeó una vez y soltó una carcajada. No fue una risa amarga, solo de pura sorpresa.
—Disculpa, ¿qué dijiste?
—No es una frase romántica, Clara. Es un contrato —le dije con frialdad—. Seis meses. Solo imagen pública. Yo te protejo de la prensa y de quien sea que estés huyendo. Tú finges ser mi esposa. Al final, tú recibes un pago generoso y yo obtengo una reputación impecable. Todos ganan.
Clara le dio un sorbo largo a su bebida.
—No parece usted el tipo de hombre impulsivo, Sr. Garza.
—No lo soy.
—¿Entonces por qué yo?
—Porque a ti no te importa lo que piensen los demás. Y eso es algo raro en este mundo —confesé.
El viento le soltó un mechón de cabello. Ella no se lo acomodó.
—¿Cree que soy un desastre? —preguntó.
—Creo que eres interesante —respondí.
Clara me estudió durante un largo tiempo.
—Una condición —dijo finalmente—. Cuando termine, termina. Sin ataduras. Sin corazones rotos. Sin pretender que alguna vez fuimos algo real.
Le tendí la mano.
—Trato hecho.
Sus dedos tocaron los míos por un segundo. El viento se detuvo. La ciudad pareció guardar silencio. Y por primera vez en años, sentí un pulso de algo nuevo. No era amor, pero sí la posibilidad de sentir algo nuevo.
CAPÍTULO 3: TRAS LA MÁSCARA DE SEDA
El penthouse del hotel Whitmore en la Ciudad de México estaba sumido en una penumbra elegante, solo interrumpida por el resplandor de las luces de los rascacielos que se extendían como un mar de diamantes bajo nosotros. Me aflojé la corbata, sintiendo el peso de la farsa que acabábamos de representar ante quinientos invitados. Clara no se movía. Seguía mirando hacia afuera, con los brazos cruzados, una imagen de desafío y vulnerabilidad que no cuadraba con las portadas de las revistas de chismes.
—Parece que tienes ganas de salir corriendo —le dije, intentando romper el hielo con la misma frialdad con la que manejaba mis juntas de consejo.
—¿Debería hacerlo? —respondió ella sin girarse. Su voz era suave, despojada de la ironía ácida que usó durante la recepción.
Me acerqué al minibar y serví dos dedos de bourbon. Se lo extendí y, por un instante, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto eléctrico, breve, pero suficiente para recordarme que esto no era solo un archivo PDF en mi computadora. Era una mujer real, con miedos reales.
—No esperaba que fueras tan decente —murmuró ella, finalmente mirándome a los ojos.
—Y yo no esperaba que estuvieras tan tranquila —respondí—. Supongo que ambos estamos decepcionados.
Clara soltó una risita seca, el primer sonido auténtico que escuchaba de ella en todo el día. Se sentó en el borde del sofá de piel y suspiró.
—Natán, tenemos que hablar —dijo con seriedad—. Sobre lo que crees que sabes de mí. No soy lo que dicen los titulares.
Me senté frente a ella, intrigado. Sabía que su reputación era desastrosa: fiestas interminables, desplantes públicos, escándalos con modelos. Era la carnada perfecta para los tabloides de México.
—Todas esas fiestas, los estallidos de ira, los novios… nada de eso era yo. O al menos, no era yo por elección —confesó, apretando el vaso entre sus manos. Mi madrastra, Helena, lo orquestó todo.
Sentí un escalofrío. Conocía a Helena Montes de Oca; era una mujer que masticaba hierro y escupía clavos en el mundo de los medios.
—Desde que mi padre murió, ella tomó el control de la empresa —continuó Clara, con los ojos empañados por un dolor antiguo—. Según el testamento, yo heredo todo al cumplir los 33 años… a menos que sea declarada “no apta”, inestable o un peligro para la marca. Así que ella se encargó de que el mundo me viera exactamente así.
—Es una jugada maestra —comenté, asombrado por la crueldad del plan.
—Es Helena —sentenció ella—. Y cuando el desprestigio no fue suficiente, intentó casarme con un tipo que me dobla la edad, con un historial de abusos tapado por acuerdos de confidencialidad. Yo necesitaba una salida, Natán. Y tú me ofreciste algo diferente. Algo frío, pero limpio.
Me quedé en silencio, procesando la magnitud de la guerra en la que me acababa de meter. No solo era una apuesta por el 18% de una empresa; era la vida de una mujer que había sido convertida en una caricatura por su propia familia.
—Quiero que esto sea honesto —añadió ella, mirándome con una intensidad que me desarmó—. Aunque sea falso para el mundo, entre nosotros debe haber verdad. No quiero que intentas domarme.
—No tengo intención de hacerlo —respondí con sinceridad.
Esa noche, en una suite nupcial que era más una oficina de guerra que un nido de amor, nos quedamos hablando hasta que el cielo empezó a clarear sobre las montañas que rodean el valle de México.
CAPÍTULO 4: LA VERDAD DESNUDA
Me desperté con el aroma del café recién hecho y un silencio que no era el vacío al que estaba acostumbrado. La luz del sol inundaba el penthouse, reflejándose en el mármol blanco. Me incorporé lentamente y noté que el otro lado de la cama estaba frío; Clara no había dormido allí, o se había levantado mucho antes.
La encontré sentada junto a la ventana, vestida con una de mis camisas blancas de vestir, con las mangas enrolladas y las rodillas pegadas al pecho. Tenía el cabello hecho un desastre de ondas oscuras, iluminadas por el sol de la mañana. Se veía en paz, pero sus ojos seguían escaneando el horizonte, como si esperara que un misil apareciera en cualquier momento.
—Buenos días —le dije, apoyándome en el marco de la puerta.
—Buenos días, esposo —respondió ella con una pequeña sonrisa. La palabra sonó extraña, como un zapato que te queda apretado pero que te gusta cómo se ve.
Caminé descalzo hacia la charola de servicio que el personal del hotel había dejado y me serví una taza. El calor del café me ayudó a aterrizar. Clara se puso de pie y se acercó a mí, acortando la distancia pero manteniendo un espacio de seguridad.
—Hay algo más que debes saber, Natán —dijo en un susurro—. Si vamos a ser honestos, tengo que decírtelo todo.
Esperé, imaginando otro escándalo financiero o algún secreto corporativo. Pero lo que salió de sus labios me dejó sin palabras.
—Nunca he estado con nadie —soltó ella, bajando la mirada por un segundo antes de volver a enfrentarme con una vulnerabilidad que me partió el alma.
Me quedé helado. Parpadeé, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.
—A lo que parece. No de la forma en que la gente casada se supone que debe estar —explicó con la voz temblorosa pero firme—. Los tabloides me pintaron como alguien temeraria y promiscua, pero la verdad es que he pasado tanto tiempo sobreviviendo que nunca confié en nadie lo suficiente como para dejar que se acercara así.
Solté un suspiro largo. Todo lo que creía saber sobre “la rosa salvaje” se desmoronó en ese instante. No era una rebelde sin causa; era una mujer que había guardado su tesoro más preciado en una fortaleza de escándalos falsos para protegerse del mundo exterior.
—No tenías que decírmelo —le dije, ofreciéndole mi propia taza de café en un gesto de tregua silenciosa.
—Quería que lo supieras —respondió ella, tomando la taza y dejando que nuestros dedos volvieran a encontrarse—. Es lo único real que tengo.
—No eres quien yo pensaba —admití con alivio.
Nos sentamos en el sofá, con los hombros apenas rozándose, y hablamos. No de dinero ni de cláusulas contractuales, sino de nuestros padres, de los libros que amábamos de niños y de cómo el éxito a veces se siente como una jaula de oro. Por primera vez en décadas, no sentí la necesidad de actuar como el “tiburón” de la tecnología.
Pero la paz duró poco.
Un golpe violento en la puerta rompió el momento. Pedro entró hecho una furia, con el cabello despeinado y el celular en la mano.
—Tenemos un problema —dijo, deteniéndose al vernos allí, descalzos y con el café en la mano, envueltos en una atmósfera de calma que claramente no encajaba con el caos que traía.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté, poniéndome en guardia.
Pedro me entregó el teléfono. En la pantalla, un portal de chismes de gran alcance mostraba una foto nuestra de la noche anterior, parados lejos el uno del otro en la recepción.
EL TITULAR GRITABA: “MATRIMONIO POR PODER: SE FILTRA EL CONTRATO TRAS LA BODA DE NATÁN GARZA Y CLARA MONTES DE OCA. ¿UNA FARSA PARA SALVAR UNA HERENCIA?”
El artículo especulaba sobre motivos económicos e incluso mencionaba la supuesta “inestabilidad mental” de Clara. El rostro de ella se puso pálido, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
—Helena… ella filtró esto —susurró Clara—. Me está haciendo ver como una desesperada que compró un marido.
—Hay más —dijo Pedro con voz grave—. Helena acaba de convocar a una reunión de emergencia de la junta directiva para mañana. Va a usar este escándalo para demostrar que no eres apta para tomar el control de la empresa.
El silencio que siguió fue denso como el plomo. Miré a Clara, esperando verla desmoronarse. Pero algo increíble sucedió. Su espalda se enderezó, sus ojos se encendieron con una llama que ya no era salvaje, sino determinada.
—Se acabó —dijo ella con una fuerza que me hizo vibrar—. Se acabó el huir.
En ese momento, dejé de verla como una socia de contrato. Ella era una mujer en pie de guerra, y por primera vez en mi vida, no me sentí como un extraño en mi propio matrimonio. Estábamos juntos en esto, y Helena Montes de Oca no sabía con quién se acababa de meter.
CAPÍTULO 5: LA ESTRATEGIA DEL INCENDIO
Dentro del penthouse, el aire se sentía denso, como si la ciudad entera estuviera presionando contra los cristales. Clara estaba sentada en el sofá, vestida con ropa sencilla, lejos del glamour de la boda. Sus ojos, antes llenos de una cautela infinita, ahora brillaban con una determinación que me hizo entender por qué Pedro me había arrastrado a esto.
—¿Te arrepientes? —me preguntó Clara, rompiendo el silencio.
—No —respondí de inmediato—. Arrepiento no haberlo visto venir. Helena es más peligrosa de lo que imaginé.
Pedro estaba frente a nosotros con una pila de documentos legales y el rostro de quien no ha dormido en tres días. La narrativa que Helena estaba manejando era perfecta: nos pintaba como dos oportunistas desesperados. Estaba usando el miedo de los inversionistas para declarar a Clara “incapaz” de heredar Montes de Oca Media.
—Tienes dos opciones, Natán —dijo Pedro—. O salimos a negar el contrato y montamos una farsa romántica en televisión, o…
—O lo quemamos todo —interrumpió Clara con una voz gélida que me erizó la piel.
Se puso de pie y caminó hacia el ventanal. Ya no era la chica que bailaba descalza para provocar; era una mujer que se había quitado la máscara para siempre.
—Ya no voy a jugar a la segura —sentenció—. Helena no volverá a escribir el guion de mi vida. Si quiere guerra, le daré una que no podrá olvidar.
Pasamos las siguientes cuarenta y ocho horas convertidos en un comando de guerra. Clara tomó el mando de una forma que nunca esperé. Ella misma redactó los comunicados, rastreó los pagos que Helena había hecho a periodistas de espectáculos para inventar sus escándalos y organizó las pruebas de años de manipulación. No era una heredera malcriada; era una estratega brillante que había estado esperando el momento justo para morder de vuelta.
Yo la observaba trabajar. Verla así, concentrada, con el cabello recogido y la mirada fija en los estados financieros, me hizo darme cuenta de que Pedro había ganado la apuesta mucho antes de que se cumplieran los tres meses. Ella no era el problema que yo debía “arreglar”. Ella era la solución que mi propia vida estancada necesitaba.
CAPÍTULO 6: LA VERDAD EN EL ATRIL
El día de la conferencia de prensa, el cielo de la Ciudad de México estaba gris y amenazante. Elegimos el mismo salón de la gala donde nos conocimos, pero esta vez no había música de Vivaldi ni champaña. Solo había una horda de periodistas con cámaras listas para capturar el que creían sería el fin de la dinastía Montes de Oca.
Clara caminó hacia el podio con un traje sastre azul marino, impecable. No llevaba joyas excesivas ni maquillaje cargado. Se veía poderosa, real y, sobre todo, tranquila. Yo me puse a su lado, no como su protector, sino como su socio en este incendio controlado.
Ella empezó a hablar sin leer, directo desde el corazón y con las pruebas en la mano.
—Mi nombre es Clara Montes de Oca —dijo, y su voz resonó en todo el salón—. Durante años, me han retratado como alguien inestable y sin rumbo. Esa imagen no fue un accidente. Fue creada de manera cruel por alguien que quería verme caer para quedarse con mi legado.
El murmullo en la sala fue ensordecedor. Clara sacó carpetas con correos electrónicos, contratos de agencias de relaciones públicas y grabaciones que vinculaban directamente a Helena con las campañas de desprestigio. Los flashes no paraban.
—Me casé con Natán Garza porque necesitaba una elección en una vida donde todas mis decisiones ya habían sido tomadas por otros —continuó, mirándome brevemente—. Lo que empezó como un contrato se convirtió en algo mucho más honesto que cualquier mentira de mi pasado. No les ofrezco un cuento de hadas, les ofrezco la verdad.
Horas más tarde, nos enfrentamos a la verdadera prueba: la junta directiva en Santa Fe. Helena estaba sentada a la cabecera, vestida de blanco, con una frialdad que helaba la sangre. Pero cuando Clara entró y puso las pruebas sobre la mesa de caoba, el rostro de su madrastra se transformó.
La votación fue rápida. El consejo de administración, compuesto por viejos aliados de su padre que habían sido engañados por años, no tuvo dudas. Clara fue reinstalada como la heredera legítima y directora ejecutiva. Helena se levantó sin decir una palabra y salió del edificio, derrotada por la misma verdad que intentó enterrar.
Esa noche, cuando regresamos al departamento, el silencio ya no era pesado. Clara se sentó en el sofá y soltó un suspiro que pareció durar una eternidad.
—No tenías que quedarte hasta el final —me dijo suavemente.
—Claro que tenía que hacerlo —respondí, sentándome a su lado y tomando su mano.
—Podrías haber salvado tu reputación, Natán. Dejar que yo me hundiera sola.
—Eso me habría costado algo mucho más importante que mi nombre —confesé, mirándola a los ojos—. Nunca debiste ser solo una transacción. Y ahora, eres lo único que no planeé, pero es lo único que quiero conservar.
En ese momento, entre los rascacielos de la ciudad, las paredes que yo había construido alrededor de mi corazón terminaron de caer. No hubo drama, solo una verdad compartida entre dos personas que, por fin, habían dejado de sobrevivir para empezar a vivir.
CAPÍTULO 7: EL SILENCIO DE LOS PINOS
Pedro nos sugirió alejarnos de todo para que la prensa “masticara los hechos” sin nuestra interferencia. Llevé a Clara a una cabaña que tengo cerca del Lago Michigan; un lugar que no visitaba en siete años y que olía a cedro y libros viejos. Allí no había sirvientes ni agendas, solo el calor de la chimenea y el crujido de la madera.
Una noche, mientras las llamas proyectaban sombras suaves, Clara me habló de su infancia. Me contó que su padre era como un “mago” que hacía aparecer dulces de sus bolsillos y prendía luces cuando ella tenía miedo. Pero cuando él murió, la magia se detuvo y llegó Helena: eficiente, pulida y fría como una máquina.
—Me volví lo que ella quería —confesó Clara con un hilo de voz—. Escandalosa y ruidosa, solo para darle algo que controlar.
Yo la miré y, por primera vez, hablé de mi propio pasado. Le conté que mi padre fue un mecánico que trabajaba doce horas al día y que nunca aprendió a dar abrazos. Le confesé que Beatriz, mi exesposa, no se fue porque yo fallara, sino porque me convertí en un “título”, en una máquina de hacer dinero, y dejé de ser un hombre.
—Entonces somos dos fantasmas tratando de convencernos de volver a vivir —dijo ella con una risita triste.
—Algo así —respondí, tomando su mano. No fue un movimiento romántico planeado, solo la necesidad de sostener algo real.
Esa noche, bajo las estrellas, entendimos que algunas personas dejan de sobrevivir cuando encuentran a alguien que hace que “sobrevivir” ya no sea necesario. No estábamos curados, pero estábamos dispuestos a intentarlo.
CAPÍTULO 8: EL COMIENZO DE LO REAL
Seis meses después, el mundo de los negocios en México era muy distinto. Clara transformó Montes de Oca Media. Cerró la división de tabloides y chismes, convirtiendo los recursos en periodismo de investigación y medio ambiente, cumpliendo el sueño que su padre nunca pudo terminar. La “niña salvaje” se había convertido en un faro de integridad.
Por mi parte, hice lo impensable. Renuncié a la dirección de GarzaTech. Doné gran parte de mis acciones a una fundación y abrí una pequeña librería con una ventana hacia el agua. Tiene pisos de madera que rechinan y un pequeño piano cerca del ventanal donde toco a veces, solo para ver a Clara sonreír mientras lee cerca de mí.
Nos casamos de nuevo, pero esta vez bajo nuestros propios términos. Sin vestidos de diseñador ni prensa. Solo Clara, descalza con un vestido de lino, y yo, con las mangas de la camisa enrolladas, frente a un lago que fue testigo de nuestro pacto. Pedro fue quien ofició la ceremonia, con lágrimas en los ojos que juró que eran por el viento.
—No me domaste —dijo Clara en sus votos, leídos de un cuaderno manchado de café—. Y yo no te arreglé. Solo nos encontramos a la mitad del desorden.
El mundo nunca entendió del todo nuestra historia. Algunos todavía susurran sobre el escándalo inicial, pero a nosotros no nos importa. Hemos aprendido que el amor verdadero no llega con garantías ni grandes gestos ruidosos. Aparece en los momentos pequeños, en la decisión diaria de quedarse y en la valentía de elegir la verdad sobre la comodidad.
Incluso después de una vida de silencio, nunca es demasiado tarde para hablar. Incluso después de la pérdida, nunca es tarde para sentir. Y nosotros, dos almas que empezaron como un contrato frío, finalmente encontramos nuestro hogar en el calor del otro.
HISTORIA ADICIONAL
El silencio de la sierra gorda es diferente al silencio de mi oficina en Santa Fe. En la oficina, el silencio es caro, está diseñado para la productividad. En la sierra, el silencio es pesado, está lleno de historias de gente que se perdió y de otros que nunca quisieron ser encontrados.
Natán Garza, el hombre que podía predecir las fluctuaciones del mercado tecnológico con un margen de error del uno por ciento, no vio venir el bache que destrozó la suspensión del Jaguar de Helena.
—¡Maldita sea! —exclamé, golpeando el volante mientras el auto se deslizaba hacia la orilla de la carretera.
Clara, que había estado mirando por la ventana con esa melancolía que solo ella poseía, no se asustó. Solo suspiró.
—Es el karma, Natán. Los fantasmas de mi padre no quieren que vayamos a esa hacienda —dijo ella, quitándose los tacones rojos y lanzándolos al asiento trasero.
—No son fantasmas, Clara. Es mecánica básica y una suegra que nos odia —respondí, bajándome al frío aire de la montaña.
El plan de Helena era sencillo pero brillante. Sabía que yo era un hombre de rituales y que no me negaría a un gesto de paz pública. Nos envió por una ruta que ella sabía que estaba en reparación, en un auto que no había sido encendido en años. Y lo más importante: envió a su “perro de ataque”, un supuesto fotógrafo que en realidad era un ex-novio de Clara de sus años de escándalos fabricados.
Cuando el auto negro se detuvo detrás de nosotros, mi instinto de supervivencia, ese que me ayudó a construir GarzaTech desde la nada, se puso en alerta roja.
—¡Clara! —gritó el hombre al bajarse. Se llamaba Julián, un tipo de esos que viven de la apariencia y las herencias ajenas. Traía una cámara profesional colgada al cuello y una sonrisa de suficiencia.
Clara se tensó a mi lado. Pude sentir su miedo, no un miedo físico, sino el miedo de volver a ser esa portada de revista que tanto le había costado enterrar.
—Helena dijo que necesitaban ayuda, pero veo que lo que necesitan es un poco de “verdad” para el público —dijo Julián, levantando la cámara mientras otro hombre se posicionaba para capturar el ángulo donde pareciera que Clara corría hacia sus brazos.
En ese momento, algo dentro de mi “armadura” de millonario se rompió. Ya no me importaba el contrato de seis meses. No me importaba si Pedro se quedaba con mi propiedad en Valle de Bravo. Solo me importaba la mujer que estaba a mi lado, temblando bajo la lluvia fina.
Me interpuse entre Julián y Clara. Mi altura y mi presencia, forjadas en mil batallas corporativas, lo obligaron a retroceder.
—No vas a tomar ninguna foto —le dije. Mi voz no era un grito, era un decreto.
—Es un lugar público, Garza. Además, ¿qué va a decir la junta cuando vean a la “rebelde” regresando con su viejo amor en plena luna de miel? —se burló él.
—Dirán que Helena Montes de Oca es una mujer desesperada que usa a criminales para hostigar a su familia —respondí, sacando mi propio teléfono—. Y dirán que tengo pruebas de que este auto fue manipulado antes de salir de la CDMX.
No tenía las pruebas en ese momento, pero en los negocios, a veces el “bluff” es más efectivo que la realidad. Julián dudó. Miró a Clara, luego a mí, y vio que yo no estaba bromeando. Vio al hombre que no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo años atrás y estaba empezando a encontrar algo nuevo.
Se fueron. La niebla se los tragó de nuevo.
Caminamos durante dos kilómetros hasta que encontramos una pequeña posada llamada “El Descanso”. Era un lugar de paredes de adobe y techos de teja, atendido por una mujer mayor que nos miró como si fuéramos dos niños perdidos.
—Tienen cara de haber visto al diablo —dijo la mujer mientras nos servía café de olla.
—Algo así, señora —respondió Clara, envolviéndose en un rebozo que la mujer le prestó.
Nos quedamos en una habitación pequeña. La cama crujía, y el frío de la sierra se colaba por las rendijas. Natán Garza, el hombre del navy wool suit de lujo, estaba sentado en el suelo, tratando de encender una pequeña estufa de leña.
—Gracias —susurró Clara desde la cama.
—No tienes que agradecer. Es parte del trato, ¿no? Protegernos de la prensa —dije, aunque sabía que estaba mintiendo.
—No fue por el trato, Natán. Te vi los ojos. Estabas listo para destruir a ese hombre no por tu reputación, sino por la mía.
Me detuve. El fuego finalmente prendió, iluminando su rostro. Ya no veía a la heredera. Veía a la niña que corría descalza en la nieve de Los Ángeles. Veía a la mujer que había sido editada por otros durante toda su vida.
—Tal vez me estoy cansando de ser un contrato, Clara —confesé.
—Yo me cansé hace mucho tiempo —respondió ella.
Esa noche, en esa posada perdida en la sierra, no hubo sexo, no hubo besos de película. Hubo algo más íntimo: hubo una tregua definitiva. Dormimos espalda con espalda, sintiendo el calor del otro, sabiendo que al amanecer tendríamos que enfrentar a Helena y al mundo. Pero ya no lo haríamos como dos personas firmando un documento. Lo haríamos como un frente unido.
Al día siguiente, cuando Pedro finalmente nos encontró con un equipo de seguridad, nos vio caminando por la orilla de la carretera, riendo de algo que solo nosotros entendíamos.
—Parecen personas normales —dijo Pedro, bajándose de la camioneta con alivio.
—Es porque por primera vez en diez años, Pedro, me siento normal —respondí, dándole la mano a Clara para ayudarla a subir.
Ese fue el evento que los periódicos nunca cubrieron. El momento en que el “Billonario de Hielo” se derritió bajo el cielo de Guanajuato, y la “Rosa Salvaje” decidió que ya no necesitaba espinas para protegerse de mí.
LA VARIABLE CERO: EL CÓDIGO FANTASMA
CAPÍTULO 1: EL DETONANTE OCULTO
Dicen que la felicidad es un pésimo modelo de negocio porque no te deja ver venir los chingadazos. Y, neta, tenían razón.
Había pasado un año desde que Clara y yo dejamos de jugar a las apariencias y empezamos a vivir de verdad. Mi vida ya no era mármol frío y bourbon solitario. Ahora, mi oficina en la librería olía a vainilla porque a Clara se le ocurrió hornear galletas los viernes, y mis mañanas empezaban con su risa desordenada en lugar de reportes bursátiles. Me había convertido en un hombre nuevo, o al menos eso creía yo.
Pero el pasado es un cobrador terco, cabrón. Siempre encuentra la forma de tocar a tu puerta.
Era un martes cualquiera. Estaba cerrando la caja de la librería mientras Clara acomodaba unos libros de arte en el escaparate. Se veía radiante, tarareando una canción vieja, descalza como siempre. Me quedé mirándola como un idiota, pensando en la suerte que tenía de que esa “rosa salvaje” hubiera decidido echar raíces conmigo.
En eso, entró un mensajero. No era de paquetería normal. Traje negro, lentes oscuros, cara de pocos amigos.
—¿Natán Garza? —preguntó con voz metálica.
—Soy yo —respondí, sintiendo ese viejo instinto de alerta, ese que se te activa cuando hueles una fusión hostil o una demanda.
Me entregó un sobre manila grueso, sin remitente, y se largó sin decir más.
Abrí el sobre con cuidado. Adentro no había una demanda, ni una amenaza de muerte. Había un cuaderno viejo, de pastas azules, desgastado por el tiempo y manchado de café. Sentí que el piso se me abría. Reconocí esa letra desordenada al instante. No era mi letra.
Era la letra de Arturo Montes de Oca. El padre de Clara.
Y pegada a la portada, una nota adhesiva amarilla con una sola frase escrita con la caligrafía impecable y venenosa de Helena:
“Ella cree que eres su salvador. Espera a que sepa que eres el ladrón que mató a su padre. Tienes 24 horas, Natán. O se lo dices tú, o se lo digo yo.”
El aire se me escapó de los pulmones. Miré a Clara, que seguía bailando suavemente al otro lado del local. De golpe, la paz que habíamos construido se sintió tan frágil como un cristal a punto de estallar. No mames, pensé. Todo se va a ir al carajo.
CAPÍTULO 2: EL CONTEXTO Y LOS ANTECEDENTES
Para entender por qué estaba temblando como un novato, tengo que contarte la parte de la historia que nunca salió en Forbes. La parte que borré de mi biografía oficial.
Hace veinticinco años, yo no era el “Billonario de Hielo”. Era un chavo de 29 años, muerto de hambre, con muchas deudas y una laptop que se calentaba más que un comal. Tenía la ambición, pero no tenía la idea. Esa idea del millón de dólares.
Fue en un bar de mala muerte en la colonia Roma donde conocí a Arturo. Él ya era mayor que yo, un tipo excéntrico, brillante, pero un desastre total para los negocios. Se la pasaba hablando de algoritmos predictivos y de cómo la tecnología podía imitar la intuición humana. Nadie lo pelaba. Decían que estaba loco.
Pero yo lo escuché. Y, carnal, lo que decía no era locura. Era el futuro.
Nos hicimos “socios” de palabra. Pasamos meses trabajando en su garaje. Arturo ponía el genio, la creatividad caótica; yo ponía la estructura, el código limpio. Él le llamaba “El Proyecto Lázaro”. Quería que fuera libre, código abierto para el mundo. Un soñador, pues.
Pero yo tenía deudas. Y tenía miedo. Miedo de seguir siendo nadie.
Cuando el algoritmo funcionó por primera vez, Arturo se puso a llorar de alegría. Yo, en cambio, vi los números. Vi el poder.
Una semana después, Arturo enfermó. Una neumonía que se complicó por sus años de descuido. Mientras él estaba en el hospital, delirando con fiebre, yo hice lo impensable. Registré la patente a mi nombre. Cambié dos líneas de código base, le puse un nombre comercial bonito y se lo vendí a un conglomerado americano por mi primer millón.
Con ese dinero fundé GarzaTech.
Arturo murió dos meses después. Pobre, olvidado, creyendo que su idea había fallado. Nunca supo que su “fracaso” fue la primera piedra de mi imperio.
Y ahora, veinticinco años después, tenía su cuaderno en las manos. El cuaderno original con las fechas, los diagramas y mi firma falsificada en las notas al margen. Helena lo tenía. Y si Clara se enteraba de que su esposo, el hombre que la “rescató” de las mentiras de su madrastra, era el mismo güey que le robó el legado a su padre… no solo me dejaría. Me odiaría con una furia que quemaría la ciudad entera.
CAPÍTULO 3: EL CONFLICTO INTERNO
Guardé el cuaderno en mi caja fuerte esa misma noche, pero sentía que guardaba una bomba nuclear. Clara notó el cambio de inmediato.
—¿Estás bien, amor? —me preguntó mientras cenábamos. Su voz era suave, preocupada.
—Solo broncas de la fundación, nada importante —mentí. La mentira me supo a ceniza.
—Natán —dijo ella, dejando el tenedor—. Prometimos no más máscaras. Tienes esa mirada. La mirada de “estatua de mármol”. ¿Qué pasa?
—Nada, Clara. Neta. Déjalo así —respondí, más brusco de lo que quería.
Ella se retrajo como si le hubiera pegado. El silencio volvió a la casa, pero no era el silencio cómodo de los últimos meses. Era el silencio denso y frío de mi antigua vida.
Pasé la noche en vela. Mi mente era un caos. Si le decía la verdad, la perdía. Si no le decía, Helena me tendría agarrado de los huevos por el resto de mi vida. Me convertiría en su títere para proteger a Clara de la verdad. ¿Qué era peor? ¿Ser un mentiroso o ser un esclavo?
A la mañana siguiente, recibí un mensaje de texto. Una ubicación: un restaurante en Polanco. Helena.
Fui. No tenía opción.
Helena estaba ahí, tomándose un martini a las 11 de la mañana, impecable como siempre.
—Te ves cansado, Natán —dijo con una sonrisa burlona.
—¿Qué quieres? —solté, sentándome sin pedir nada.
—Quiero mi empresa de vuelta —dijo ella, directa—. Quiero que convenzas a Clara de que no está lista, de que el estrés la está enfermando de nuevo. Quiero que ella renuncie y me ceda el control. A cambio, el cuaderno desaparece.
—Estás loca. Clara ha hecho un trabajo increíble.
—Lo sé. Por eso es peligroso. Me está haciendo ver mal —Helena se inclinó hacia adelante—. Tienes 24 horas más. Haz que renuncie, o le envío el cuaderno con una nota explicativa muy detallada. Imagínate su cara, Natán. Saber que duerme con el parásito que se alimentó del genio de su papá.
Salí de ahí con ganas de vomitar. Caminé por Reforma sin rumbo, sintiéndome la peor basura del mundo. Había construido mi vida sobre un crimen moral, y ahora el precio a pagar era la felicidad de la única persona que me había amado de verdad.
CAPÍTULO 4: EL CLÍMAX
Llegué a casa decidido. No iba a ceder ante Helena. Pero tampoco podía mentirle a Clara. Tenía que decírselo yo mismo, aunque eso significara que me corriera a patadas.
Entré a la sala y me helé.
La caja fuerte estaba abierta.
Clara estaba sentada en la alfombra, rodeada de papeles viejos. Tenía el cuaderno azul en las manos.
—Clara… —mi voz salió como un susurro estrangulado.
Ella levantó la vista. Tenía los ojos rojos, hinchados de llorar, pero su expresión no era de tristeza. Era de una decepción tan profunda que me dolió más que un balazo.
—¿Es verdad? —preguntó, con la voz rota—. ¿Este es el “Proyecto Lázaro”? ¿Lo que mi papá me contaba cuando era niña?
—Puedo explicarlo… —empecé, dando un paso.
—¡No te acerques! —gritó, poniéndose de pie de un salto. Tiró el cuaderno al suelo—. Me dijiste que eras diferente a ellos. Que eras honesto. ¡Me dijiste que mi papá era un soñador que no tuvo suerte! ¡Y tú eras la “suerte” que le faltó!
—Era joven, Clara. Tenía miedo, estaba desesperado…
—¡Todos tenemos miedo, Natán! —me interrumpió, temblando de rabia—. Yo tenía miedo cuando Helena me destrozaba en la prensa, y no por eso me convertí en una ladrona. ¡Le robaste su vida! ¡Ese dinero debió pagar sus tratamientos! ¡Tal vez estaría vivo si no fueras un maldito egoísta!
Esa frase me dobló. Me caí de rodillas, literal. No tenía defensa. Tenía razón.
—Vete —dijo ella, señalando la puerta.
—Clara, por favor…
—¡Vete! —gritó, lanzando un vaso contra la pared. Se hizo añicos, igual que nosotros—. No quiero verte. No sé quién eres. Eres igual que Helena. Solo usas a la gente.
Salí de la casa con lo que traía puesto. Llovía, por supuesto. La pinche lluvia de la Ciudad de México que siempre llega cuando tu vida se va al caño. Me subí al auto y manejé hasta la vieja oficina de GarzaTech, vacía y oscura. Me senté en el piso, solo, rodeado de mis millones y mis patentes, y lloré como no había llorado desde que era un niño.
Había perdido. Helena había ganado sin mover un dedo.
CAPÍTULO 5: LA RESOLUCIÓN Y LA VERDAD FINAL
Pasaron tres días. Tres días en los que no supe nada de Clara. Pedro intentó llamarme, pero no contesté. Estaba listo para firmar lo que Helena quisiera, cederle todo, irme a una isla y desaparecer.
Pero entonces, sonó el timbre del pent-house vacío donde me estaba quedando.
Abrí. Era Clara.
Se veía cansada, ojerosa, pero vestía su traje sastre de directora. Traía el cuaderno azul bajo el brazo.
—¿Viniste a pedirme el divorcio? —pregunté, con la voz ronca.
—No —dijo ella, entrando sin pedir permiso—. Vine a trabajar.
Me quedé confundido.
—¿De qué hablas?
—Leí el cuaderno completo, Natán. No solo las partes que Helena marcó. Leí tus notas al margen.
Se sentó en el sofá y abrió el cuaderno en las últimas páginas.
—Aquí, en la fecha antes de que él muriera —señaló—. Hay una carta. Una que Helena no vio o decidió ignorar.
Me acerqué, temblando. Era una hoja arrancada de otro lado y pegada con cinta. Letra de Arturo, temblorosa, casi ilegible.
“Natán, muchacho. Sé lo que hiciste. Vi el registro de la patente en el periódico hoy. Debería estar furioso. Pero, ¿sabes qué? Estoy aliviado. Yo nunca hubiera tenido el valor de lanzarlo. Me habría muerto con la idea en un cajón. Tú tuviste las agallas. Eres un hijo de puta ambicioso, pero eres el hijo de puta que mi idea necesitaba. Solo te pido una cosa: si esto funciona, si te haces rico… cuida a mi niña. No dejes que los buitres se la coman. Haz que valga la pena.”
Me quedé mudo. Las lágrimas me nublaron la vista. Arturo lo sabía. Lo sabía y me había perdonado antes de morir.
—Él sabía que eras un tiburón —dijo Clara suavemente—. Pero confió en que algún día dejarías de morder. Y lo hiciste. Me salvaste de Helena. Cumpliste tu promesa, aunque no sabías que la habías hecho.
—Clara, yo… no merezco esto. No merezco que estés aquí.
Ella se levantó y se puso frente a mí. Me tomó la cara con sus manos frías.
—No, no lo mereces —dijo con esa honestidad brutal que la caracterizaba—. Lo que hiciste fue horrible. Y me va a tomar un chingo de tiempo perdonarte del todo. Pero no voy a dejar que Helena gane. No voy a dejar que destruya lo que construimos por un error de hace 25 años.
—¿Entonces qué hacemos?
Clara sonrió, una sonrisa pequeña pero afilada.
—Vamos a darle a Helena lo que quiere. Una reunión. Y vamos a hacer público el cuaderno. Todo. Tu robo, la carta de mi papá, todo.
—Eso destruirá mi reputación —dije.
—Sí. Pero te hará libre —respondió ella—. Y a Helena la dejará sin armas. Ya no tendrá con qué chantajearnos. ¿Estás dispuesto a perder el aplauso del público para recuperarme a mí?
No lo dudé ni un segundo.
—Hagámoslo.
La conferencia de prensa fue un suicidio mediático. Admití el robo. Admití mi cobardía. Las acciones de GarzaTech se desplomaron. Me llamaron fraude, ladrón. Pero mientras yo hablaba, Clara estaba a mi lado, sosteniendo mi mano con fuerza.
Helena intentó usar el caos para tomar la empresa, pero subestimó la carta de Arturo. La opinión pública cambió. Ya no veían a un magnate intocable; veían a un humano falible que intentaba enmendar sus errores. Y vieron a Clara como la verdadera dueña del legado moral de su padre.
Al final, perdí mucho dinero. Perdí mi estatus de “genio”. Pero esa noche, mientras cerrábamos la librería juntos, Clara puso música. Vivaldi, pero en versión rock.
—¿Sabes qué, güey? —me dijo, empujándome con el hombro.
—¿Qué?
—Ahora sí eres pobre de verdad. Ya no tienes secretos millonarios.
—Soy un pelado cualquiera —admití sonriendo.
—Sí. Pero eres mi pelado —dijo ella, y me besó.
Y en ese beso, supe que Arturo tenía razón. El algoritmo de la vida es impredecible, pero si tienes suerte, al final encuentras la variable que hace que toda la ecuación tenga sentido.
CAPÍTULO 6: ECOS DEL DERRUMBE
Si crees que decir la verdad te libera instantáneamente y que el mundo te aplaude por ser “honesto”, es porque has visto demasiadas películas de Hollywood. En la vida real, en el México corporativo, la verdad es un suicidio.
La mañana después de la conferencia de prensa, no amaneció con pajaritos cantando. Amaneció con tres demandas civiles pegadas en la puerta de mi pent-house y una notificación de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores congelando mis cuentas personales “preventivamente”.
Me desperté con el sonido del teléfono de Clara, que no había dejado de vibrar en toda la noche. Ella estaba en la cocina, haciendo café, pero se le veía tensa. Sus hombros estaban rígidos.
—¿Qué tan malo es? —pregunté, entrando a la cocina rascándome la cabeza, sintiendo la cruda moral más pesada de mi vida.
Clara volteó y me dio una sonrisa débil.
—Bueno, las acciones de GarzaTech bajaron un 18% en la apertura. Los socios minoritarios quieren tu cabeza en una pica. Y… —hizo una pausa, mordiéndose el labio—, la mesa directiva de Montes de Oca Media está convocando a una sesión extraordinaria para evaluar si mi relación contigo daña la imagen de la empresa.
—Me van a arrastrar, Clara. Y te van a llevar entre las patas —dije, sintiendo un nudo en el estómago.
—Que lo intenten —respondió ella, pasándome una taza—. Ya no tenemos secretos, Natán. Eso nos hace peligrosos. Ellos tienen miedo porque ya no tienen con qué amenazarnos.
Pero el miedo de ellos se convirtió en ataque. Esa tarde, al intentar entrar a mi propia oficina para recoger mis cosas, seguridad me detuvo en el lobby. Eran los mismos guardias a los que yo les había dado bonos de Navidad durante diez años.
—Lo siento, Sr. Garza. Órdenes de los nuevos directivos. No puede pasar —dijo el jefe de seguridad, bajando la mirada avergonzado.
Me quedé ahí, parado en el mármol frío de Reforma, con una caja de cartón vacía en la mano, mientras los oficinistas pasaban murmurando y señalándome. “Ese es el ratero”, escuché que decía un wey de traje barato. “Se robó todo”.
Sentí la humillación quemándome la cara. No por perder el dinero, sino por saber que tenían razón. Me di la vuelta y caminé hacia el estacionamiento, donde mi auto —que ya no era mío, sino propiedad de la empresa— probablemente también me sería negado pronto.
Fue ahí donde Pedro me encontró. Estaba recargado en su coche, fumando un cigarro, algo que había dejado hacía años.
—Te ves de la chingada, hermano —me dijo, tirando el cigarro.
—Vengo de que me corran de mi propio edificio, Pedro. ¿Tú qué crees?
—Vengo a decirte que renuncié —soltó él, como si me estuviera diciendo la hora.
Me quedé helado.
—¿Estás loco? Tienes acciones, tienes una vida ahí.
—Tenía una vida con un amigo. Ahora tengo una oficina llena de buitres que se están peleando por ver quién se queda con tu silla. Me dio asco, Natán. Así que los mandé al diablo.
Pedro me dio un abrazo fuerte, de esos que te acomodan los huesos y el alma.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora vamos a tu librería. Clara nos espera. Dice que tiene un plan, y conociendo a esa mujer, más nos vale tener cascos puestos.
CAPÍTULO 7: LA SENTENCIA DE LOS LOBOS
El “plan” de Clara no era una estrategia legal. Era una declaración de guerra emocional.
Nos reunimos en la trastienda de la librería. El lugar estaba lleno de cajas de libros sin desempacar y olía a polvo y café barato. Clara había convertido una mesa vieja en su centro de operaciones.
—Helena no se va a detener con las demandas —dijo Clara, señalando un diagrama que había dibujado en una pizarra blanca—. Su objetivo no es el dinero. Ella tiene dinero de sobra. Su objetivo es verte humillado, Natán. Quiere que te quedes sin nada para probar que mi papá tenía razón al desconfiar del mundo. Quiere romperme a mí a través de ti.
—Pues lo está logrando —admití, revisando mi celular. Acababa de recibir un correo de mi abogado diciéndome que probablemente perdería la casa de Valle de Bravo para pagar las multas regulatorias.
—No —interrumpió ella con firmeza—. Ella está atacando al Natán Garza de GarzaTech. Al millonario. Pero ese güey ya no existe. Tú lo mataste ayer en la conferencia.
—¿Entonces quién soy? —pregunté, confundido.
—Eres el ingeniero que descifró el código de mi papá. Eres el único que entiende el “Proyecto Lázaro” mejor que nadie.
Clara sacó el cuaderno azul de su bolsa.
—Mi papá quería que el código fuera libre, ¿verdad? Open source.
—Sí. Quería democratizar la predicción de datos. Que cualquier pequeña empresa pudiera competir con los gigantes.
—Pues vamos a cumplir su deseo —dijo Clara, con un brillo en los ojos que me dio escalofríos—. Helena está demandándote por el uso comercial de la patente. Pero si liberamos el código base original, el de mi papá, y lo regalamos al mundo… la patente comercial de GarzaTech no valdrá ni un peso.
Me quedé boquiabierto. Era una jugada kamikaze.
—Clara, eso destruiría el valor de la empresa que fundé. Mis acciones, que es lo único que me queda para pagarte una vida decente, se irían a cero. Literalmente estaríamos quemando el barco para que el capitán enemigo no pueda abordarlo.
—Exacto —dijo ella sonriendo—. ¿Te atreves?
Miré a Pedro. Él se encogió de hombros, riendo.
—Siempre quise ver arder el mundo corporativo. Suena divertido.
Esa noche, tres inadaptados —un ex-magnate caído en desgracia, una heredera rebelde y un ejecutivo harto— nos sentamos alrededor de mi vieja laptop. Mis dedos volaron sobre el teclado como no lo hacían en años. No estaba gestionando, no estaba dirigiendo; estaba creando. Estaba picando código, limpiando las líneas que yo mismo había corrompido con candados comerciales, devolviendo el “Proyecto Lázaro” a su estado puro.
A las 3:00 AM, presioné “Enter”.
El código se subió a GitHub y a cientos de foros de desarrolladores bajo licencia pública.
—Está hecho —susurré.
En ese momento, no sentí pérdida. Sentí que me quitaba una mochila de piedras que llevaba cargando 25 años.
CAPÍTULO 8: EL CONTRAGOLPE
La reacción fue inmediata y brutal.
Al día siguiente, internet explotó. Miles de desarrolladores empezaron a descargar, mejorar y usar el algoritmo. Las acciones de GarzaTech se desplomaron en caída libre porque su producto estrella ahora era gratuito para todos. Los inversionistas entraron en pánico.
Y Helena… Helena se volvió loca.
Llegó a la librería al mediodía, rompiendo el silencio del lugar con el taconeo furioso de sus botas de diseñador. Venía con dos abogados.
—¡Son unos imbéciles! —gritó, sin importarle que hubiera dos clientes hojeando novelas—. ¡Acaban de destruir un patrimonio de mil millones de dólares! ¡Los voy a meter a la cárcel!
Yo estaba detrás del mostrador, acomodando unos ejemplares de Pedro Páramo. Al verla, no sentí miedo. Sentí lástima.
—No puedes meternos a la cárcel por regalar algo que técnicamente… nunca fue mío —le dije con calma—. Además, el código que subí es la versión original de Arturo. La que tú despreciabas.
—¡Voy a demandarlos por sabotaje corporativo! —chilló ella, roja de ira.
Clara salió de la trastienda. Traía un delantal manchado de harina (estaba intentando hornear otra vez) y se veía más digna que Helena con todo su dinero.
—Hazlo, Helena —dijo Clara—. Pero ten en cuenta que los desarrolladores ya encontraron algo interesante en el código.
Helena se detuvo.
—¿De qué hablas?
—Papá era paranoico, ¿recuerdas? —continuó Clara—. En el código fuente, dejó “comentarios”. Notas ocultas. Algunas son sobre programación, pero otras… otras son bitácoras. Fechas. Nombres. Cuentas bancarias en Suiza donde tú desviabas fondos de Montes de Oca Media antes de que él muriera.
El color desapareció de la cara de Helena.
—Eso es mentira —susurró.
—¿Lo es? —intervine yo—. Los “hackers” éticos están desmenuzando el código ahora mismo. Encontraron las referencias esta mañana. Es trending topic en Twitter, por cierto. #LasCuentasDeHelena.
Helena sacó su celular. Sus manos temblaban. Vio la pantalla y se tuvo que apoyar en uno de sus abogados para no caerse. No era solo el dinero; era su reputación. La ironía era perfecta: ella había intentado destruirnos con la verdad, y ahora la verdad de un hombre muerto la estaba enterrando a ella.
—Esto no se queda así —dijo con voz débil, y salió de la librería casi corriendo, huyendo del fantasma de su propio esposo.
Cuando la puerta se cerró, Pedro salió de atrás de una estantería con una botella de mezcal.
—Neta, recuérdenme nunca hacerlos enojar a ustedes dos —dijo, sirviendo tres vasos.
CAPÍTULO 9: EL NUEVO COMIENZO
Los meses siguientes fueron duros, no te voy a mentir.
Perdimos casi todo el dinero líquido en acuerdos legales para cerrar las demandas de los inversionistas. Tuve que vender el pent-house, los autos y hasta mi colección de relojes. Nos mudamos a un departamento pequeño en la Condesa, un lugar ruidoso donde se escuchaba al vecino tocar la trompeta a todas horas.
Pero, extrañamente, nunca fuimos más felices.
Clara retomó el control total de Montes de Oca Media después de que Helena fuera obligada a renunciar y huyera a Europa para evitar una investigación fiscal. Pero Clara no volvió a la oficina de cristal. Dirigía la empresa desde nuestra mesa del comedor, en pijama, transformándola en una plataforma de periodismo independiente que realmente importaba.
Yo, por mi parte, no volví a la tecnología corporativa. Me quedé con la librería. Y empecé a dar clases de programación gratuitas a chavos de barrios bajos en el centro comunitario local. Descubrí que me gustaba más ver la cara de un niño cuando su código funcionaba que ver subir una gráfica de bolsa.
Una tarde, mientras cerrábamos el local, Clara se sentó en el mostrador, balanceando las piernas descalzas.
—Oye, ex-billonario —me llamó.
—Dime, ex-heredera problemática.
—Estaba pensando… ya no tenemos millones, ni choferes, ni galas en el Soumaya.
—No —respondí, acercándome a ella—. Y mi espalda me duele por cargar cajas de libros.
—¿Te arrepientes? —preguntó, poniéndose seria por un segundo.
La miré. Llevaba una camiseta vieja mía y el cabello recogido con un lápiz. Se veía hermosa.
—Me arrepiento de haber tardado 25 años en llegar aquí —le dije.
CAPÍTULO 10: EPÍLOGO – LA VARIABLE FINAL
Tres años después.
La librería “El Código de Arturo” (sí, Clara eligió el nombre y no pude negarme) estaba llena. Era noche de lectura de poesía. Pedro estaba en primera fila, aplaudiendo como loco; ahora dirigía una pequeña incubadora de startups éticas y se veía diez años más joven.
Yo estaba atrás, sirviendo vino barato en vasos de plástico.
De pronto, un chico joven, de unos 20 años, se me acercó. Traía una mochila gastada y lentes gruesos.
—¿Usted es Natán Garza? —preguntó tímido.
—El mismo. ¿En qué te ayudo?
—Solo quería… darle las gracias. Aprendí a programar con el “Proyecto Lázaro” cuando lo liberaron. Gracias a eso conseguí una beca. Mi familia… bueno, esto nos cambió la vida.
Sentí un nudo en la garganta. Le di una palmada en el hombro, incapaz de hablar.
Clara apareció a mi lado, entrelazando sus dedos con los míos. Vio al chico alejarse y me sonrió.
—¿Ves? —me susurró al oído—. Al final, sí hiciste que valiera la pena.
Besé su frente. Afuera llovía, esa lluvia fría de la Ciudad de México que antes me parecía triste. Ahora, solo me parecía el sonido de la vida limpiando las calles, preparándolas para lo que viniera después.
Habíamos perdido el mundo, pero habíamos ganado la libertad. Y esa, carnal, es la única riqueza que no te pueden embargar.
FIN