La heredera oculta: El día que la mesera más humilde de Polanco salvó al Capo de Capos y reclamó su trono de sangre en una noche que México nunca olvidará. Una historia de traición, códigos antiguos y un amor prohibido que nació entre las cenizas de una guerra familiar.

PARTE 1: EL FANTASMA DE LA NARANJA SANGUINA

Capítulo 1: El Arte de Ser Nadie

El aire en la cocina de “L’Oro di Napoli”, en pleno corazón de Polanco, olía a una mezcla embriagadora de trufas blancas, carne de wagyu sellada y un pánico absoluto que se te pegaba a la garganta.

—¡Muévanse, carajo! ¡Si ese cubierto no brilla como un espejo, me voy a encargar personalmente de que no vuelvan a conseguir chamba ni en un puesto de tacos en la esquina! —gritó Gerard, el gerente del lugar.

Gerard era un hombre que vivía al borde de un infarto. Se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de seda mientras sus ojos saltaban del reloj de la pared a la entrada del restaurante. Eran las 7:55 p.m. Les quedaban cinco minutos.

Sienna se ajustó el delantal, manteniendo la cabeza baja. Odiaba las noches como esta, pero después de diez años de huir, se había convertido en una experta en el arte de ser invisible. A sus 23 años, usaba su cabello castaño en un chongo tan severo que le estiraba el cuero cabelludo, y llevaba unos lentes de armazón grueso que no necesitaba, solo para poner una barrera entre sus ojos color miel y las miradas depredadoras de los lobos de la bolsa y los políticos que frecuentaban el lugar.

—¡Sienna! —ladró Gerard, tronándole los dedos en la cara. Ella respingó, apretando su charola—. Tú te encargas del agua. Con gas, sin gas y hielo. Nada más. No hables si no te hablan. No los mires a los ojos. Ni siquiera respires fuerte, ¿me entiendes?

—Sí, señor Gerard —susurró ella con voz suave—. ¿Pero quién viene hoy que tiene a todos así?

Gerard la miró como si hubiera preguntado de qué color es el cielo.

—La familia Moretti, Sienna. Don Salvatore Moretti y su hijo, Lorenzo. Los dueños de media ciudad. Rentaron todo el mezzanine VIP. Se espera una cuenta de al menos 200,000 dólares. Si derramas una sola gota de San Pellegrino, yo mismo te echo a los tiburones.

Sienna sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda, instalándose en la base de su nuca. Los Moretti. Incluso en la protección de la cocina, ese nombre era una sentencia. En México, todos conocían el nombre, aunque pocos se atrevían a susurrarlo. Eran dueños de constructoras, puertos y de la voluntad de muchos poderosos. Pero detrás de eso, eran el puño de hierro de una organización que no conocía la piedad.

—Entiendo —dijo ella, volviendo a su estación de limpieza.

Sus manos empezaron a temblar ligeramente mientras pulía una copa de cristal. No era miedo a la mafia per se. Era que el nombre Moretti desbloqueaba recuerdos que ella había pasado una década tratando de enterrar bajo capas de identidades falsas y trabajos mal pagados. Recuerdos de una terraza bañada por el sol en Palermo, del olor a limoneros y de una vida que le fue robada en una sola noche de fuego y sangre.

“Solo mantén la cabeza baja”, se repitió. “Eres Sienna, la mesera. No eres nadie”.

De repente, las pesadas puertas de roble del restaurante se abrieron. El aire en la cocina pareció ser succionado hacia el comedor. El silencio cayó sobre los cocineros. Incluso el siseo de las sartenes pareció apagarse.

Gerard entró corriendo, pálido como un muerto.

—Ya están aquí. ¡Formen fila! ¡Todos!

Sienna se puso al final de la línea. Los hombres no caminaban, patrullaban. Seis hombres en total entraron al local. Cuatro eran guardaespaldas, muros de músculo metidos en trajes que costaban más que la renta anual de Sienna. Llevaban auriculares y escaneaban el lugar con ojos de tiburón muerto.

Pero los dos hombres en el centro absorbían toda la luz. A la izquierda estaba Lorenzo Moretti. Era devastadoramente guapo, alto, de hombros anchos que llenaban su traje azul Tom Ford con una gracia depredadora. Su mandíbula parecía tallada en granito. Él no miraba al personal; los atravesaba con la mirada, buscando salidas, buscando amenazas.

Y luego estaba Don Salvatore. Era mayor, quizás de unos 60 largos, apoyándose pesadamente en un bastón de ébano con cabeza de león de plata. Su rostro era un mapa de batallas ganadas y perdidas. Sus ojos eran oscuros, encapuchados y absolutamente aterradores.

—Don Salvatore, Sr. Lorenzo… es el honor de mi vida recibirlos —dijo Gerard, haciendo una reverencia tan baja que casi se pega en la frente.

Don Salvatore ni lo miró. Golpeó su bastón contra el suelo de mármol.

—El vino —raspó el Don. Su voz sonaba como grava chocando entre sí—. ¿Consiguieron el Sassicaia del 82?

—Sí, Don Salvatore. Lo trajimos de la cava más exclusiva esta misma mañana —chilló Gerard.

Lorenzo caminaba medio paso detrás de su padre. Sus ojos azul hielo finalmente barrieron la fila de empleados. Cuando su mirada aterrizó en Sienna, ella sintió una sacudida física, como un choque eléctrico. Bajó los ojos de inmediato, concentrándose en los zapatos Oxford pulidos del heredero. No podía dejar que la viera. No de verdad.

—Espera —dijo Lorenzo. Su voz era un barítono rico, pero tenía el filo de un látigo.

La procesión se detuvo. Gerard se congeló. Lorenzo se acercó a la fila y se detuvo directamente frente a Paulo, el mesero principal, un tipo engreído que siempre presumía sus raíces italianas.

—Tú —dijo Lorenzo—. Tú nos vas a servir esta noche.

—Sí, señor… será un placer —balbuceó Paulo inflando el pecho.

—Hueles a miedo —dijo Lorenzo con una calma aterradora—, y a colonia barata. Mi padre tiene migraña. Si te acercas a él oliendo a esa porquería, va a perder el apetito. Y si él pierde el apetito, yo me pongo de mal humor. Largo de mi vista.

Paulo, rojo de la vergüenza, se retiró casi corriendo. Gerard entró en pánico. Necesitaba a alguien ya, alguien silencioso, alguien que no oliera a nada, alguien que no intentara hacerse el importante. Su mirada cayó en la figura menuda al final de la fila.

—Sienna —siseó Gerard.

Ella levantó la cabeza. “No, por favor, no”.

—Pasa al frente —ordenó el gerente, jalándola del brazo—. Esta es Sienna. Es muy callada. Ella los atenderá.

Lorenzo la miró desde arriba. Ella se sentía diminuta a su lado. Él estudió su rostro, entrecerrando los ojos, analizando cada detalle detrás de esos lentes innecesarios. Sienna contenía el aliento, su corazón golpeando sus costillas como un pájaro atrapado.

—Está temblando —observó Lorenzo secamente.

—L… lo siento —susurró ella.

Don Salvatore se giró lentamente. Miró a Sienna con ojos cansados.

—¿Tiene manos? ¿Puede servir el vino sin tirar la botella? —preguntó el viejo capo.

—Sí, señor —dijo Sienna, obligando a su voz a estabilizarse—. Puedo.

El Don la miró por un segundo eterno. Luego olfateó el aire cerca de ella.

—Jabón neutro. Bien. Vamos a comer.

Capítulo 2: El Idioma de los Muertos

El mezzanine VIP estaba tenuemente iluminado, dominando el comedor principal como el balcón de un rey. Sienna se movía como un fantasma. Colocó la canasta de pan —focaccia hecha en casa con romero y sal de mar— sin hacer el menor ruido. Sirvió el agua con un giro de muñeca perfecto para evitar el goteo.

Los guardaespaldas estaban en las esquinas, mirando hacia afuera. Solo estaban el Don y Lorenzo en la mesa. La tensión entre padre e hijo era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.

—El negocio en el puerto de Veracruz está estancado —dijo Lorenzo, rompiendo un trozo de pan pero sin comerlo—. Los sindicatos están pidiendo otro cinco por ciento.

—Dales el dos —gruñó Don Salvatore—. Y rómpele las piernas al representante que pidió el cinco. Recuérdales quién pavimentó esas carreteras.

Sienna se acercó con la entrada: un carpaccio de gambas rojas sicilianas con reducción de naranja sanguina y polen de hinojo. Era la obra maestra del chef. Colocó los platos con suavidad quirúrgica.

—Carpaccio di Gamberi Rossi, señores —murmuró.

Don Salvatore miró el plato. Tomó un bocado pequeño. Masticó lentamente. El mezzanine quedó en silencio absoluto. Sienna se retiró a las sombras, entrelazando las manos detrás de su espalda. De repente, el Don escupió la comida en su servilleta y la lanzó sobre la mesa.

—Basura —sentenció.

Sienna respingó. Lorenzo suspiró.

—Papá, es el mejor restaurante de la ciudad.

—¡Es falso! —la voz de Don Salvatore retumbó—. Dicen que esto es siciliano. ¡Bah! Las gambas están muertas de frío. ¿Y la naranja? Es dulce. Es un caramelo. No es una naranja sanguina de las faldas del Etna. Es una naranja de Florida bañada en azúcar.

El viejo golpeó la mesa, haciendo vibrar la platería.

—Estoy harto de este país. Harto de gente falsa y comida falsa. ¡Tráeme al chef!

—Papá, por favor, no hagas un escándalo aquí —pidió Lorenzo.

El Don giró su furia hacia Sienna.

—¡Tú, muchacha! ¡Llévate esto! Me insulta. Dile al chef que no sabe la diferencia entre una naranja de verdad y una mandarina. ¡Fuera!

Sienna se acercó para tomar el plato, pero dudó. Miró el brillo de la reducción. Conocía ese olor. Conocía ese color exacto. No era de Florida. No era falsa. Era Tarocco, la reina de las naranjas, cultivada solo en el suelo volcánico de Catania durante el invierno. Era perfecta. El chef no se había equivocado. El Don estaba equivocado.

Pero decirle a un jefe de la mafia que se equivoca era una misión suicida.

—Dije que te lo lleves —ladró Salvatore.

Sienna respiró hondo. Una calma extraña la invadió. Era la calma de quien ya no tiene nada que perder. No podía permitir que el chef fuera castigado por servir la perfección. Y más que eso, su sangre, sus raíces, se sintieron ofendidas por la ignorancia disfrazada de arrogancia del Don.

—Con respeto, señores —dijo Sienna. Su voz era baja pero firme.

Lorenzo levantó la vista, sorprendido de que ella hablara.

—Las gambas son de Mazara del Vallo —continuó Sienna—. Y la naranja… no es dulce porque sea un caramelo. Es dulce porque es una Moro cosechada a finales de enero. El suelo en la ladera oriental del Etna le da ese sabor específico… ese amaro, ese amargor justo al final.

El silencio que siguió fue absoluto. Don Salvatore giró lentamente la cabeza para mirarla. Sus ojos no estaban llenos de ira, sino de un shock profundo. Sienna ya no hablaba en español. Sin darse cuenta, se había deslizado hacia el dialecto. No el italiano estándar que enseñan en las escuelas, sino el Siciliano de las montañas, una lengua antigua, gutural, que corta las palabras y hace rodar las erres profundamente en la garganta.

—¿Qué dijiste? —susurró el Don, con la voz temblando ligeramente.

Sienna se dio cuenta de lo que había hecho. Su mano voló a su boca. Se había expuesto. Lorenzo la miraba con una intensidad aterradora, calculando cada palabra.

—Yo… pido disculpas —tartamudeó ella, volviendo al español—. Solo quise decir que el chef usó buenos ingredientes. Me lo llevo.

—No —ordenó Don Salvatore, levantando una mano—. Dilo otra vez.

—¿Señor?

—El dialecto —exigió el Don, inclinándose hacia adelante—. ¿Dónde aprendió una mesera de Polanco a hablar la lengua de la Entroterra? Pareces una estudiante de universidad. ¿Cómo conoces el sabor de la naranja de la ladera oriental?

Sienna tragó saliva. No podía decirle la verdad. Si le decía que su apellido era Vitali, estaría muerta antes del postre. Las familias Vitali y Moretti habían estado en guerra por cincuenta años. Su padre había sido el Don de los Vitali hasta que los Moretti quemaron su propiedad hasta los cimientos hace diez años. Ella se suponía que estaba muerta.

—Mi… mi abuela —mintió Sienna, con la mente a mil por hora—. Ella era de un pueblo cerca de Prizzi. Ella me crió. Era muy especial con las frutas.

Don Salvatore la estudió. Miró sus manos, su rostro, su postura.

—Prizzi —murmuró—. Mala sangre en Prizzi.

Tomó su tenedor de nuevo. Probó la gamba, arrastrándola por la salsa. Cerró los ojos.

—Tienes razón —dijo en voz baja—. Es una Moro. He perdido el gusto con los años.

Abrió los ojos y miró a Lorenzo.

—Esta chica tiene la lengua antigua. ¿Oíste eso, Lorenzo? Habla mejor que tú.

Lorenzo no sonrió. Observaba a Sienna con un interés nuevo y peligroso. Ya no la miraba como a una mesera; la miraba como a un rompecabezas que necesitaba resolver.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Lorenzo.

—Sienna, señor.

—Sienna… —repitió él, probando el nombre en su lengua—. Deberías tener cuidado, Sienna. La gente que sabe demasiado sobre la Entroterra suele tener vidas cortas en esta ciudad.

—No sé nada, señor —susurró ella—. Solo sobre naranjas.

—Ya veremos —dijo Lorenzo. Sacó un clip de billetes de oro, tomó cinco billetes de mil pesos y los puso en la mesa—. Por la lección de cítricos. Ahora, déjanos.

Sienna asintió, tomó la charola y se retiró. Su corazón latía tan fuerte que pensó que ellos podían escucharlo. Al llegar a la puerta de la cocina, miró hacia atrás. Lorenzo seguía mirándola, con el cuerpo girado en su silla, sus ojos fijos en la figura de ella.

Él sabía. Quizás no todo, pero sabía que ella mentía. Había sobrevivido a la entrada, pero el plato fuerte estaba por llegar, y Sienna tenía el terrible presentimiento de que, esta noche, ella era la que estaba en el menú.

PARTE 2: EL PRECIO DE LA VERDAD Y EL CÓDIGO DE SANGRE


Capítulo 3: Sombras en la Cava

La cocina era un caos, pero para Sienna, la verdadera tormenta estaba rugiendo dentro de su pecho. Sus manos seguían temblando después del encuentro con el Don. Había fallado. Diez años de esconderse, diez años de teñirse el cabello, de usar ropa de segunda mano y de inventarse una vida mediocre, y casi lo tira todo a la basura por una maldita naranja.

—¡Sienna! —ladró Gerard, sacándola de su trance—. La mesa 4 necesita agua. Y en el mezzanine VIP, el señor Lorenzo pidió otra botella. El Barolo, el Conterno del 96. Ve a la cava ahora mismo.

Sienna asintió, agradecida por la excusa para desaparecer. Bajó las estrechas escaleras de piedra que conducían a la cava de vinos. El aire allí abajo era fresco, con olor a tierra húmeda y roble envejecido. Era un santuario de silencio.

Se movió hacia la sección italiana, sus dedos rozando las botellas polvorientas. Encontró el Barolo. Era una botella pesada, que costaba más que el coche que ella no tenía. La apretó contra su pecho, cerrando los ojos.

—Solo aguanta una hora más —susurró para sí misma—. Luego te vas a tu casa en Ecatepec y no vuelves nunca. Renuncias por teléfono. Desapareces de nuevo.

—Corres muy rápido para ser solo una mesera.

La voz surgió de las sombras, cerca de la escalera. Era baja, suave y le dio más miedo que la oscuridad misma. Sienna se giró bruscamente, usando la botella como un escudo.

Lorenzo Moretti estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta. Se había quitado el saco, revelando una camisa blanca desabrochada en el cuello y una funda de pistola de cuero fino ajustada bajo su brazo izquierdo. Parecía un ángel caído: hermoso y letal.

—Señor Moretti —dijo Sienna, recuperando el aire—. Yo… solo venía por el vino.

—El vino puede esperar —dijo Lorenzo, caminando lentamente hacia ella. La cava era pequeña. Con cada paso que él daba, el aire parecía volverse más delgado—. Mi padre está impresionado. Y él no se impresiona con nada. Cree que eres una campesina encantadora con una abuela que sabía de frutas.

Se detuvo a medio metro de ella. Sienna podía oler su colonia: sándalo, tabaco y el olor frío del acero.

—Soy solo una mesera, señor —dijo ella, bajando la mirada.

—Mírame —ordenó él.

Sienna lo miró. Sus ojos azul hielo eran como cuchillas.

—Conozco Prizzi, Sienna —dijo él en voz baja—. Pasé dos veranos allí cuando era niño. El dialecto que hablaste… no era solo siciliano. Era “alto dialecto”. El que hablan las familias antiguas, las familias educadas. Las abuelas campesinas en Prizzi no hablan así. Hablan rudo. Tú hablaste como una poeta.

Lorenzo extendió la mano hacia su rostro. Sienna retrocedió hasta que su espalda golpeó el estante de vinos. Él sonrió, pero no había calidez en su gesto.

—Y tus manos… —murmuró, mirando sus dedos—. No tienes marcas de quemaduras de los hornos. No tienes callos de tallar pisos. Tienes las cutículas perfectas. Te cuidas, Sienna. ¿Para quién trabajas?

—Trabajo para este restaurante —insistió ella, con la voz temblorosa pero desafiante.

—¿Eres una espía? ¿Una planta? ¿Te mandaron los rusos o la gente de la Unión? —su voz bajó a un gruñido—. Si me mientes, lo voy a saber. Y no seré tan educado como ahora.

—¡No soy nadie! —gritó Sienna—. Solo soy una chica tratando de pagar su renta. Mi abuela trabajó para una familia rica, ella me enseñó a hablar bien. ¡Es todo! Déjeme ir, por favor.

Lorenzo la estudió en silencio. Buscaba una grieta en su máscara. Vio miedo, sí, pero también vio algo más: orgullo. Un orgullo feroz que no pertenecía a una sirvienta. Se inclinó tanto que sus labios rozaron la oreja de ella.

—No te creo nada.

De repente, la puerta de la cava se abrió de golpe. La voz de Gerard resonó desde arriba.

—¡Sienna! ¡Señor Moretti! ¿Todo bien? El Don pregunta por su vino.

Lorenzo no rompió el contacto visual.

—Ya vamos —respondió sin apartar la vista de ella—. Esto no ha terminado, Sienna. Sirve el vino. Pero no creas que no estoy vigilando cada uno de tus movimientos.

Él se dio la vuelta y subió las escaleras. Sienna se desplomó contra el estante, sintiendo que sus piernas eran de gelatina. Se llevó la mano al cuello y sacó una fina cadena de plata que llevaba oculta. De ella colgaba un anillo pesado con un escudo: un león sosteniendo una rosa. El escudo de la familia Vitali.

Lo guardó de nuevo, tomó la botella y se obligó a caminar. Estaba entrando de nuevo a la cueva del lobo.


Capítulo 4: La Hija de las Cenizas

Cuando Sienna regresó al mezzanine, el ambiente había cambiado. Don Salvatore se reía de forma rasposa por algo que había dicho Vinnie “El Carnicero”, uno de sus capitanes. Había otros tres hombres en la mesa.

Sienna se acercó para descorchar el Barolo. Sus manos estaban extrañamente firmes. La adrenalina de la cava se había transformado en un enfoque frío y total. Era un mecanismo de supervivencia que aprendió de su padre: “Cuando el lobo está en la puerta, no tiemblas; afilas el cuchillo”.

Sirvió una prueba para Lorenzo. Él no miró el vino; la miró a ella. Luego se movió hacia el Don. Mientras vertía el líquido rojo profundo, los ojos de Sienna escanearon el restaurante. Era puro hábito.

Abajo, en el comedor principal, vio algo que no encajaba. Un hombre en una mesa de la esquina. Estaba solo, comiendo un ossobuco, pero no miraba su comida. Miraba su reloj cada diez segundos. Llevaba un traje gris que le quedaba mal en el pecho. Estaba demasiado abultado.

Sienna frunció el ceño. Ella conocía de trajes; su padre solo usaba Brioni. Un pecho abultado significaba un chaleco de kevlar.

Siguió sirviendo el vino, pero su pulso se aceleró. “Ignóralo”, se dijo. “No es tu problema. Deja que los Moretti mueran. Ellos mataron a tu familia”.

Hizo el amago de retirarse, pero entonces vio un destello metálico desde una ventana de un edificio al otro lado de la calle. Un reflejo. Una mira telescópica.

El tiempo se detuvo. El hombre del traje gris se puso de pie y empezó a subir las escaleras hacia el mezzanine sacando una subametralladora. Don Salvatore estaba levantando su copa, justo en la línea de fuego de la ventana.

Sienna no lo pensó. No evaluó los pros y los contras. Su cuerpo reaccionó al entrenamiento de su infancia.

—¡Al suelo! —gritó ella con todas sus fuerzas.

Soltó la charola. Las copas de cristal estallaron en el suelo con un estruendo ensordecedor. En el mismo movimiento, se lanzó hacia adelante. No empujó al Don; era demasiado pesado. En lugar de eso, agarró el borde de la pesada mesa de roble y, con una fuerza sobrehumana nacida del terror, la volcó hacia un lado justo cuando el cristal de la ventana explotó.

¡Crack!

Una bala de alto calibre se incrustó en la madera de la mesa, exactamente donde estaba el pecho de Don Salvatore un segundo antes.

—¡Francotirador! —rugió Lorenzo, derribando a su padre por completo detrás de la mesa volcada.

El hombre del traje gris en las escaleras abrió fuego, pero Vinnie el Carnicero fue más rápido y le metió dos tiros en el pecho. El sicario rodó por las escaleras mientras los clientes abajo gritaban y corrían hacia las salidas.

Sienna estaba en el suelo, cubierta de vino y cristales rotos. Le zumbaban los oídos. Lorenzo estaba encima de su padre, protegiéndolo. Levantó la vista y vio el agujero de bala en la mesa. Luego miró a Sienna. Ella estaba hecha una bola, con las manos sobre la cabeza.

—¡Despejado! —gritó un guardaespaldas—. El tirador se escapó por la azotea norte.

Lorenzo ayudó a su padre a levantarse. Don Salvatore estaba pálido, pero vivo. Ambos hombres miraron a la mesera. Ella se puso de pie lentamente. Un trozo de vidrio le había cortado el antebrazo y la sangre manchaba su uniforme blanco.

—Tú —raspó Don Salvatore, señalándola con un dedo tembloroso—. ¿Cómo supiste?

Sienna no podía respirar. Al salvar al hombre que odiaba, se había delatado por completo. Ninguna mesera reacciona así. Ninguna mesera identifica el destello de un francotirador.

—Vi el reflejo —tartamudeó ella.

Lorenzo se acercó a ella. La tomó del brazo herido, pero esta vez no con rudeza, sino con una sospecha que quemaba.

—Volteaste una mesa de 150 kilos —dijo Lorenzo—. Y gritaste antes de que el primer vidrio se rompiera.

—Tuve suerte —mintió ella.

—La suerte no se mueve así —dijo Lorenzo. Miró a su padre—. Papá, tenemos que irnos. La camioneta está atrás. Nos la llevamos.

—¿Qué? ¡No! —Sienna entró en pánico—. Déjenme ir. ¡Los salvé!

—Exacto —dijo Lorenzo, apretando el agarre—. Salvaste al Don. Eso significa que o eres un ángel guardián, o sabías que el ataque venía porque eres parte de él. Lo discutiremos en la mansión.

—¡No! —gritó Sienna, pero Lorenzo era demasiado fuerte. La arrastró hacia la salida mientras los guardaespaldas formaban un círculo de hierro a su alrededor.

CAPÍTULO 5: LA FORTALEZA DE LOS MORETTI Y EL PESO DE LA SANGRE

El trayecto desde Polanco hacia las exclusivas colinas de las Lomas de Chapultepec fue un descenso lento hacia el infierno privado de los Moretti. El interior de la camioneta blindada era un vacío de silencio, herméticamente sellado contra el caos que habíamos dejado atrás en la Ciudad de México. Afuera, las luces de los espectaculares y los faros de los coches se desdibujaban en estelas de neón violento a través de los cristales tintados, pero dentro, el aire era tan espeso que se sentía como respirar brea.

Sienna estaba apretada contra la fría piel de la puerta, tratando de ocupar el menor espacio posible, tan lejos de Lorenzo Moretti como el reducido espacio del vehículo se lo permitía. Su antebrazo latía con un dolor rítmico y sordo donde el fragmento de cristal le había rebanado la carne, pero ella agradecía ese dolor. Era lo único que la mantenía anclada a la realidad, lo único que impedía que sus pensamientos se perdieran en el abismo del pánico. La adrenalina que le había permitido volcar una mesa de roble de 150 kilos y gritar órdenes a un Don de la mafia se estaba evaporando, dejando en su lugar un terror gélido que la hacía castañear los dientes.

Robó una mirada a Lorenzo. Él no la miraba. Estaba sentado con una rigidez militar, su perfil afilado y depredador iluminándose intermitentemente por las faros de los postes de luz. Sus pulgares se movían con una precisión letal sobre la pantalla de un teléfono satelital.

—Brecha en el perímetro. Aseguren la zona norte. Quiero nombres, quiero las grabaciones de las cámaras de la calle y quiero a todos los que estaban en turno en el interrogatorio para mañana a primera hora —murmuró Lorenzo al dispositivo. Su voz era un barítono bajo que vibraba en la cabina. Colgó y, lentamente, giró la cabeza hacia ella.

Sus ojos, de un azul tan claro que parecían de hielo bajo la luz tenue, se clavaron en los de ella. No hablaba. Solo la diseccionaba, analizando el sube y baja de su pecho, la sangre que se secaba sobre el blanco inmaculado de su uniforme de mesera y la forma en que sus manos se aferraban a su falda como si fuera un salvavidas.

—Estás manchando el cuero con tu sangre —dijo él finalmente. No había compasión en su tono, solo una observación fría, casi clínica.

—Lo siento —susurró Sienna, cubriéndose instintivamente la herida con la palma de la mano—. Yo… yo pagaré los gastos de la limpieza.

Lorenzo soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que erizó los vellos de la nuca de Sienna.

—Acabas de salvar al Capo dei Capi de México de una bala de francotirador, ¿y te preocupa una factura de limpieza? Eres un enigma, Sienna. O eres la mujer más valiente que he conocido, o eres una idiota con un instinto de supervivencia nulo.

La camioneta frenó frente a unos portones de hierro forjado de seis metros de altura, coronados con puntas que brillaban bajo los reflectores de seguridad. Guardias armados con rifles de asalto y chalecos tácticos patrullaban el perímetro con perros pastor belga. Aquello no era una residencia; era una zona de guerra privada. Al pasar el segundo filtro de seguridad, la mansión apareció ante ellos: una construcción colonial colosal, con muros de piedra volcánica y ventanales que parecían ojos vigilando la ciudad desde las alturas.

Al detenerse, la puerta se abrió de golpe. Rocco, el jefe de seguridad, ayudó a Don Salvatore a salir. El viejo capo estaba pálido, apoyándose pesadamente en su bastón, con la mano libre apretando su pecho. El atentado lo había sacudido, pero sus ojos seguían siendo dos carbones encendidos.

—Lleven al Don al ala oeste. Que el médico lo revise de inmediato. Chequen su ritmo cardíaco y denle un sedante si es necesario —ordenó Lorenzo mientras bajaba del vehículo y, con un movimiento firme pero no violento, tomaba a Sienna del brazo ileso para obligarla a salir.

Salvatore se detuvo en lo alto de la escalinata de piedra. Miró hacia atrás, hacia la figura menuda de Sienna que parecía desaparecer bajo la sombra de su hijo.

—La muchacha… —raspó Salvatore, con la voz quebrada por el esfuerzo—. Trátala bien, Lorenzo. Ella sangró por nosotros esta noche. No es una mesera cualquiera. Tiene fuego en las venas.

—Sé exactamente qué hacer con ella, papá —respondió Lorenzo, su agarre en el brazo de Sienna intensificándose—. Ve a descansar.

Una vez que el Don desapareció en el interior de la casa, la atmósfera cambió drásticamente. Lorenzo ya no era el hijo protector; era el heredero de un imperio de sangre. Arrastró a Sienna a través del vestíbulo de mármol, ignorando las miradas curiosas del servicio que se apartaba a su paso. Subieron por una escalera imperial y recorrieron un pasillo flanqueado por óleos que costaban más que la vida entera de diez personas normales. Finalmente, Lorenzo abrió con una patada suave las puertas de caoba de su despacho privado.

El lugar olía a tabaco caro, papel viejo y aceite de armas. Una chimenea encendida arrojaba sombras danzantes contra las paredes llenas de libros de historia y estrategia. Lorenzo la soltó y señaló un sillón de cuero frente a su escritorio.

—Siéntate.

Sienna obedeció, sintiéndose pequeña en el inmenso mueble. Lorenzo se dirigió a un aparador y sirvió dos vasos de un brandy ámbar desde un decantador de cristal. Le tendió uno.

—Bébetelo. Ayuda con el shock. Y no me digas que no bebes en horas de trabajo, porque técnicamente, tu turno en el restaurante terminó en el momento en que volaste esa mesa.

Sienna tomó el vaso. Sus manos temblaban tanto que el cristal tintineaba contra sus dientes, pero el líquido quemó su garganta y envió un calor reconfortante a su estómago. Lorenzo no se sentó. Se apoyó contra el borde de su escritorio, cruzando los tobillos, dominando el espacio por encima de ella.

—Tengo un equipo tecnológico de primer nivel, Sienna —comenzó él con una suavidad que le dio más miedo que sus gritos—. Mientras veníamos en la camioneta, les pedí que rastrearan tu rostro. Bases de datos del Gobierno, Interpol, registros escolares, redes sociales. Todo.

Sienna dejó el vaso sobre la mesa, temiendo que se le cayera. Lorenzo tomó una tablet y la giró hacia ella.

—”Sienna Miller” —leyó él con una voz cargada de sarcasmo—. Nacida en Guadalajara, hija de maestros fallecidos en un accidente de carretera. Tienes una cuenta bancaria modesta, un contrato de renta en una zona popular y un historial de empleos en cafeterías. Es una identidad perfecta. Casi artística.

Lorenzo dio un paso hacia ella, inclinándose hasta que sus rostros quedaron a centímetros. Ella podía ver las motas plateadas en sus ojos azules.

—Pero hay un problema. Digitalmente, eres un fantasma que nació hace exactamente diez años. Antes de eso, no hay nada. No hay fotos de infancia, no hay registros médicos, no hay vacunas. La verdadera Sienna Miller murió de fiebre cuando tenía tres años en un pueblo perdido de Michoacán. Tú robaste su nombre.

Sienna contuvo el aliento. El secreto que la había mantenido con vida durante una década se estaba desmoronando frente a ella.

—Dime quién eres —gruñó él, su voz bajando a un nivel peligroso—. ¿Para quién trabajas? ¿Quién te entrenó para reconocer el destello de una mira telescópica a doscientos metros de distancia? ¿Quién te enseñó a hablar el dialecto de las montañas sicilianas con tal pureza? Si no me das un nombre ahora mismo, te juro por la tumba de mi madre que no saldrás de esta habitación.

Sienna miró a su alrededor. Estaba atrapada. La tecnología de los Moretti la había desnudado. Sabía que si intentaba otra mentira, Lorenzo la vería a través de ella y la mataría allí mismo. Solo le quedaba una última carta: la verdad, por destructiva que fuera.

—No soy una asesina —dijo ella, su voz temblorosa pero ganando fuerza—. Y no trabajo para tus enemigos.

—¿Entonces? —Lorenzo golpeó el escritorio con la mano, el sonido fue como un disparo—. ¡Dame una razón para no entregarte a mis hombres para un interrogatorio real!

Sienna cerró los ojos un segundo. Con un movimiento lento, llevó su mano derecha hacia el cuello de su uniforme. Desabrochó el primer botón y sacó la cadena de plata que siempre llevaba oculta. Del extremo colgaba un anillo pesado, de oro macizo, con un escudo grabado: un león rampante sosteniendo una rosa marchita.

Lorenzo se quedó petrificado. El color desapareció de su rostro mientras tomaba el anillo entre sus dedos largos. Sus manos, que nunca temblaban, lo hicieron ahora.

—Ese escudo… —susurró Lorenzo, el horror dándose paso en sus facciones—. El León y la Rosa. Ese es el sello de los Vitali. El sello personal de Roberto Vitali.

—Mi nombre es Sienna Vitali —confesó ella, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente rodaron por sus mejillas—. Soy la hija de Roberto. El hombre cuya casa ordenaste quemar hace diez años.

Lorenzo retrocedió como si el anillo fuera un metal al rojo vivo. Se pasó una mano por el cabello, caminando de un lado a otro por la oficina, su mente tratando de procesar lo imposible.

—Vitali… —murmuró para sí mismo—. No puede ser. La “Noche de las Cenizas”… yo estuve ahí. Yo lideré el asalto. El informe decía que no había sobrevivientes. Que el Don y su familia habían perecido en el incendio del sótano.

—Yo estaba en la cava —dijo Sienna, su voz cargada de un dolor antiguo—. Mi madre me metió en un barril de fermentación vacío y me ordenó que no hiciera ruido, sin importar lo que escuchara. Escuché los gritos de mi padre. Escuché a tus hombres reír mientras rociaban gasolina. Y escuché tu voz, Lorenzo. Escuché cuando diste la orden de prender el fuego.

Lorenzo se detuvo en seco. La miró como si la estuviera viendo por primera vez. Ya no era la mesera, ni la sospechosa; era la personificación de su pecado más grande.

—Eras la niña —dijo él con la voz hueca—. Roberto tenía una hija pequeña… recuerdo los retratos en su despacho. Tenía diez años cuando todo pasó.

—Trece —corrigió ella—. Pasé tres días escondida entre las ruinas humeantes hasta que todos se fueron. Caminé hasta la carretera, tomé un autobús a la Ciudad de México y aprendí a desaparecer. Cambié mi apariencia, mi acento, mi vida. No quería venganza, Lorenzo. Solo quería que me dejaran vivir en paz.

Lorenzo la observó, sintiendo un nudo en la garganta que no sabía que podía tener. El remordimiento, una emoción extraña para un hombre como él, lo golpeó con la fuerza de un mazo. Él había creado a este fantasma. Él había destruido su mundo y la había condenado a una vida de servidumbre y miedo.

—Si eres una Vitali —preguntó él, acercándose de nuevo, pero esta vez con una suavidad casi reverente—, si sabes que yo fui quien destruyó tu linaje… ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no dejaste que esa bala atravesara el cráneo de mi padre? Hubiera sido tu justicia. Hubiera sido el final de los Moretti.

Sienna se puso de pie, enfrentándolo. A pesar de ser mucho más baja que él, en ese momento parecía dominar la habitación con una dignidad que solo la verdadera nobleza posee.

—Porque cuando vi el reflejo del sol en esa mira, no vi al hombre que dio la orden de matar a mi familia. Vi a un ser humano a punto de ser ejecutado por un cobarde que no se atrevía a dar la cara. Mi padre me enseñó que la guerra se hace de frente, no por la espalda. Yo no soy como tú, Lorenzo. Mi sangre no está manchada con la deshonra de un asesinato a traición. Lo salvé porque era lo correcto. Y porque, a diferencia de ti, yo aún tengo alma.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el crujir de la madera en la chimenea. Lorenzo la miraba con una mezcla de adoración y terror. Había encontrado algo real en un mundo de sombras. Una mujer que, a pesar de tener todas las razones del mundo para matarlo, había elegido la integridad sobre la venganza.

Se acercó a ella, tomándola por los hombros. Su toque era eléctrico, una mezcla de peligro y una atracción que ninguno de los dos podía negar.

—Has cometido un error al decirme esto, Sienna Vitali —susurró él—. Si mi padre descubre quién eres, te matará para cerrar el ciclo. No dejará cabos sueltos de los Vitali.

—¿Y tú? —preguntó ella, desafiándolo con la mirada—. ¿Vas a entregarme?

Lorenzo le acarició la mejilla con el pulgar, trazando el camino de una lágrima. Su voz bajó a un susurro posesivo.

—No. Te debo una vida. Una vida por una vida. Tú salvaste al Rey, así que ahora el Príncipe te pertenece. No eres una mesera, y ya no eres un fantasma. Eres mi protegida. Te construiré una jaula de oro en esta casa, y juro que cualquiera que intente tocarte, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

En ese momento, la puerta vibró con un golpe violento. El destino volvía a llamar, recordándoles que en la casa de los Moretti, la paz era solo un preludio para una nueva carnicería.

CAPÍTULO 6: EL TRAIDOR EN LAS SOMBRAS Y EL ECO DE LA TRAICIÓN

El estruendo de los puñetazos contra la puerta de caoba resonó en la oficina como disparos en un callejón cerrado. Lorenzo soltó a Sienna, pero antes de alejarse, sus dedos rozaron la cadena de plata en su cuello, obligándola a esconder el anillo de los Vitali bajo la tela del uniforme. Fue un gesto rápido, posesivo y cargado de una urgencia eléctrica.

—¡Lorenzo! ¡Abre esta maldita puerta ahora mismo! —la voz de Don Salvatore Moretti no aceptaba réplicas. Era el rugido de un león que, aunque herido, seguía siendo el dueño de la selva—. ¿Por qué carajos está cerrado? ¿Qué estás escondiendo ahí dentro?

Lorenzo se ajustó el saco del traje con una calma que Sienna sabía que era falsa. Se giró hacia ella, sus ojos azules centellando con una advertencia final.

—Ni una palabra sobre quién eres. Ni un gesto. Para mi padre, eres una mesera valiente que tuvo suerte. Si muestras ese orgullo de los Vitali, si hablas como la aristócrata que eres, nos colgarán a los dos de los puentes de Tlalpan antes del amanecer. ¿Me entiendes, Sienna? —siseó Lorenzo, su rostro a centímetros del de ella.

Sienna asintió, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se tragó el nudo de odio y miedo que amenazaba con asfixiarla. Lorenzo caminó hacia la puerta, giró la llave y la abrió de par en par.

Don Salvatore entró como un vendaval. Ya no era el anciano cansado que necesitaba apoyarse en su hijo; la adrenalina del atentado parecía haber quemado sus años, dejando solo al señor de la guerra que había conquistado el país en los años 80. Detrás de él, Rocco y dos guardaespaldas más se quedaron en el umbral, con las manos sobre sus armas.

Salvatore barrió la habitación con la mirada. Se detuvo en el vaso de brandy a medio terminar y luego fijó sus ojos oscuros en Sienna, que permanecía de pie junto al escritorio, con la cabeza ligeramente inclinada.

—¿Qué pasa aquí, Lorenzo? —preguntó el Don, su voz bajando a un nivel peligroso—. ¿Por qué tanto misterio con la chamaca? Me salvas la vida, me traes a mi casa y ahora parece que mi propio hijo la tiene secuestrada en su despacho.

—Solo la estaba interrogando, papá —mintió Lorenzo, caminando hacia el minibar para servirse un trago, tratando de desviar la atención—. Quería saber cómo es que una mesera de Polanco tiene mejores reflejos que mis hombres de seguridad mejor pagados. Estaba en shock, le di un trago para que hablara.

Salvatore se acercó a Sienna. Caminó a su alrededor, evaluándola como un tasador evalúa una joya o un arma. Se detuvo frente a ella, obligándola a levantar la mirada.

—Tienes algo en los ojos, niña —dijo el Don, entrecerrando los párpados—. No tienes el miedo de una civil. He visto a senadores llorar y orinarse encima por mucho menos de lo que pasó en el restaurante. Y tú… tú te ves como si hubieras nacido en medio de los disparos. ¿De dónde dijiste que era tu abuela? ¿De Prizzi?

—Sí, Don Salvatore —respondió Sienna, manteniendo su voz suave, imitando el acento de una chica de clase trabajadora que intenta ser educada—. Una mujer de campo, dura como la piedra. Ella me enseñó que cuando el peligro acecha, uno no se esconde, uno se mueve.

Salvatore la estudió un segundo más. Parecía estar a punto de descubrir la mentira, de ver la sangre de Roberto Vitali corriendo por sus venas, cuando la puerta de la oficina volvió a abrirse de golpe.

Era Rocco. Su rostro, normalmente impasible, estaba pálido y cubierto de una fina capa de sudor frío. En sus manos sostenía una tablet de grado militar conectada a la red de seguridad de los Moretti.

—Jefe… Don Salvatore… tenemos un problema —balbuceó Rocco—. Un problema de los grandes.

—¿Qué carajos pasa ahora, Rocco? ¿No ves que estoy ocupado? —ladró Salvatore, girándose hacia su jefe de seguridad.

—Rastreamos el teléfono del tirador que Vinnie abatió en las escaleras —dijo Rocco, ignorando la furia del Don—. Y las grabaciones de las cámaras de seguridad del callejón trasero de “L’Oro di Napoli”.

Lorenzo dejó el vaso sobre la mesa, su instinto de depredador encendiéndose de inmediato.

—¿Y bien? ¿Quién mandó el golpe? ¿Los rusos? ¿La gente de la Unión Tepito tratando de ganar terreno? —preguntó Lorenzo.

Rocco tragó saliva, mirando a Don Salvatore con una mezcla de lástima y terror.

—No fue un enemigo externo, señor. Los mensajes de coordinación, el código de acceso a la frecuencia de los guardaespaldas y la orden de ejecución… todo salió de una cuenta interna. Una cuenta de nivel alfa.

El silencio que cayó sobre la habitación fue sepulcral. Don Salvatore se tensó, sus manos apretando el pomo de plata de su bastón hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Habla ya, Rocco —susurró el Don, y ese susurro dio más miedo que cualquier grito—. ¿Quién nos traicionó?

—Fue Vinnie, jefe. Vinnie “El Carnicero”.

Don Salvatore retrocedió un paso, como si le hubieran dado un golpe físico en el estómago. Vinnie no era solo un capitán; era su compadre, el hombre que lo había ayudado a levantar el imperio desde las cenizas, el que había cargado a Lorenzo en sus brazos cuando era un bebé.

—¡Mientes! —rugió Salvatore, golpeando el escritorio con su bastón—. ¡Vinnie estaba a mi lado! ¡Él mató al hombre de las escaleras!

—Lo mató para que no hablara, señor —intervino Sienna de repente.

Todos en la habitación se giraron hacia ella. Lorenzo la miró con una advertencia silenciosa, pero Sienna ya no podía callarse. Su mente estratégica, forjada en la tragedia de su propia familia, estaba trabajando a toda marcha.

—¿Qué dijiste, chamaca? —preguntó Salvatore, con los ojos inyectados en sangre.

Sienna dio un paso al frente, olvidándose por un momento de su papel de mesera.

—Piénselo, Don Salvatore. El hombre de las escaleras tenía una subametralladora, pero no disparó de inmediato. Estaba esperando. Era el señuelo. Su trabajo era atraer el fuego de sus escoltas y hacer que todos miraran hacia el comedor. Mientras tanto, el francotirador en el edificio de enfrente tenía el ángulo perfecto hacia su espalda. Si Vinnie mató al sicario tan rápido, no fue por protegerlo a usted… fue para eliminar el único eslabón que podía señalarlo a él. Fue una limpieza de cabos sueltos en medio del caos.

Lorenzo miró a su padre, y luego a Sienna. La lógica de ella era impecable, puramente táctica.

—Tiene razón, papá —dijo Lorenzo con frialdad—. Vinnie se encargó de que el único testigo muriera antes de que pudiéramos interrogarlo. ¿Dónde está Vinnie ahora, Rocco?

—Se fue de la mansión hace diez minutos —respondió Rocco, consultando la tablet—. Dijo que iba a “asegurar el perímetro externo” y que no lo molestaran. Se llevó una de las camionetas blindadas y a dos hombres de su total confianza. Pero eso no es lo peor.

—¿Hay algo peor que la traición de mi mano derecha? —preguntó Salvatore, dejándose caer en una silla, luciendo por primera vez como un hombre derrotado.

—Se llevó los tokens de acceso a las cuentas en las Islas Caimán y Suiza —dijo Rocco con voz trémula—. Y cambió los protocolos de encriptación de la bóveda digital de la organización. Señor… Vinnie está vaciando las cuentas. Si no lo detenemos en los próximos treinta minutos, los Moretti se van a quedar sin un peso. Y sin dinero, no hay lealtad. Mañana por la mañana, todas las familias rivales sabrán que somos vulnerables.

Don Salvatore golpeó la mesa, esta vez con el puño.

—¡Llamen al banco! ¡Bloqueen todo!

—No podemos, señor —dijo Lorenzo, acercándose a la laptop de seguridad—. Vinnie instaló un virus de borrado automático. Si intentamos entrar por la fuerza o con claves incorrectas más de tres veces, el servidor se autodestruye y el dinero se pierde en el ciberespacio para siempre. Estamos bloqueados de nuestra propia fortuna.

El caos se apoderó de la habitación. Rocco gritaba órdenes por radio, los guardaespaldas corrían por los pasillos y Don Salvatore maldecía el nombre del hombre que consideraba su hermano. En medio de todo, Lorenzo miró a Sienna. Vio que ella no tenía miedo; estaba observando la pantalla de la laptop con una intensidad casi analítica.

En ese momento, Lorenzo comprendió que la mujer que tenía frente a él no solo era una sobreviviente de una masacre, sino la mente más brillante que había entrado en esa casa en décadas.

—Sienna —susurró Lorenzo, acercándose a ella mientras los demás perdían la cabeza—. Tú sabes algo, ¿verdad? Tu padre, Roberto Vitali… él era un genio de las finanzas y los códigos.

Sienna miró a Lorenzo. Sabía que si ayudaba a los Moretti a recuperar su dinero, los estaba ayudando a seguir siendo poderosos. Pero si no lo hacía, ella misma moriría en el fuego cruzado de la caída de un imperio.

—Vinnie es un carnicero, Lorenzo —dijo Sienna en voz baja para que solo él la oyera—. Pero no es un genio. El código que usó para bloquearlos… no es algo que él inventó. Es algo que robó. Algo que pertenece a la vieja guardia.

La tensión en la oficina era casi insoportable. Los Moretti estaban a punto de perderlo todo, y la única persona que podía salvarlos era la hija del hombre al que ellos mismos habían destruido. La ironía era tan amarga como la sangre, y el juego apenas estaba comenzando.

CAPÍTULO 7: EL CÓDIGO DE LA SOMBRA Y EL LEGADO DE LOS MUERTOS

El silencio en la oficina era tan denso que se podía escuchar el zumbido eléctrico de la computadora portátil sobre el escritorio de caoba. En la pantalla, una barra de progreso roja avanzaba con una lentitud tortuosa: 82% de la transferencia completada. Vinnie “El Carnicero” no solo estaba robando el dinero; estaba drenando la sangre vital de la organización Moretti hacia cuentas fantasmas en las Islas Caimán y Dubai.

—¡Maldita sea, Rocco! ¡Haz algo! —rugió Don Salvatore, golpeando su bastón contra el suelo. El sudor le resbalaba por las sienes y su rostro tenía un tono violáceo que presagiaba un colapso—. ¡Esa es la lana de treinta años de jale! ¡Es mi legado!

—Jefe, se lo juro, el sistema está blindado —respondió Rocco con la voz temblorosa, tecleando frenéticamente—. Vinnie usó un cifrado de “trampa para ratones”. Si metemos la clave errónea una vez más, el servidor lanza un comando de borrado total. No quedará ni un centavo, ni aquí ni en China.

Lorenzo se acercó a la pantalla, sus ojos azul hielo escaneando las líneas de código. En el centro de la interfaz, un cuadro de texto parpadeaba con una pregunta en italiano antiguo, una frase que parecía más un susurro del pasado que una contraseña moderna:

“¿Qué es lo que corre bajo los limones cuando el sol se apaga?”

—Es un acertijo —murmuró Lorenzo, apretando la mandíbula—. Vinnie siempre se burló de que nosotros habíamos olvidado nuestras raíces. Está usando la historia de Sicilia para escupirnos en la cara.

—¡He intentado con “agua”, con “sangre”, con “raíces”! —gritó Rocco, al borde del colapso—. ¡Nada funciona! ¡Nos queda un solo intento antes de que todo vuele en pedazos!

Don Salvatore se hundió en su sillón, jadeando. Miró la pantalla como si fuera un demonio. La derrota nunca había estado tan cerca. Fue entonces cuando Sienna dio un paso al frente. Ya no era la mesera asustadiza que servía agua en Polanco. Había algo en su postura, una rectitud ancestral, una calma que solo poseen aquellos que han visto el fin del mundo y han sobrevivido.

—Quítate de ahí —dijo Sienna. Su voz no fue un ruego, fue un comando de autoridad absoluta.

Rocco la miró como si estuviera loca.

—¿Qué te pasa, chamaca? ¡Vete a la cocina! Esto es cosa de hombres.

—Rocco, muévete —ordenó Lorenzo. Su voz fue baja, pero cargada de una amenaza que hizo que el jefe de seguridad se apartara de inmediato. Lorenzo miró a Sienna, buscando una confirmación en sus ojos miel—. ¿Estás segura de esto? Si fallas, mi padre no te dejará salir viva de esta casa.

—Sé lo que es —respondió ella, mirando fijamente a Don Salvatore, quien la observaba con una mezcla de sospecha y desesperación—. Vinnie es un estúpido. Cree que por ser la mano derecha de un Don entiende el código de honor de las familias antiguas. Pero él es solo un sicario con ínfulas.

Sienna se sentó frente a la computadora. Sus dedos, finos y elegantes, se posaron sobre el teclado. El resplandor azul de la pantalla iluminaba su rostro, revelando una belleza severa y una inteligencia que los Moretti habían ignorado hasta ese momento.

—¿Qué vas a poner, niña? —raspó Salvatore, inclinándose hacia adelante, con el aliento oliendo a tabaco y brandy—. Si nos robas o si te equivocas, te juro que…

—Cállese, Don Salvatore —le cortó Sienna sin mirarlo.

El silencio que siguió fue atronador. Nadie le hablaba así al Capo de Capos. Lorenzo contuvo el aliento, con la mano cerca de su arma, no para detener a Sienna, sino para protegerla de su propio padre si era necesario.

Sienna comenzó a teclear. No escribió “sangre”, ni “traición”, ni ninguna de las palabras obvias que un criminal común elegiría.

—Vinnie cree que este acertijo trata sobre la agricultura o la geografía de Sicilia —explicó Sienna mientras escribía—. Pero en las montañas, cerca de Prizzi y Corleone, los limones no eran solo fruta. Eran el escondite de los rebeldes durante los levantamientos del siglo XIX. Bajo los limones se movía la resistencia.

—¿De qué hablas? —preguntó Salvatore, confundido.

—Los Carbonari, Don Salvatore. La sociedad secreta que dio origen a todo lo que usted cree representar —Sienna terminó de escribir la palabra—. Lo que corre bajo los limones cuando no hay luz, lo que permite que el poder sobreviva mientras los demás duermen… es la sombra.

Sienna tecleó la palabra en italiano: “L’ombra”.

Por un segundo eterno, la pantalla se tiñó de un rojo intenso. Un pitido agudo resonó en la habitación, haciendo que Rocco cerrara los ojos esperando la explosión digital. Don Salvatore se llevó la mano al pecho, sintiendo que el corazón se le salía.

Entonces, el rojo cambió a un verde esmeralda brillante. Un mensaje apareció en la pantalla: ACCESS GRANTED. TRANSFERS CANCELLED.

Sienna no se detuvo. Sus dedos volaron sobre las teclas con una destreza técnica impresionante.

—Estoy revirtiendo las transferencias —dijo con calma—. Estoy bloqueando las firmas digitales de Vinnie y redirigiendo el flujo de capital a una cuenta puente con encriptación de 256 bits. En diez segundos, Vinnie no tendrá ni para pagar un hotel de paso.

—¡Lo logró! —exclamó Rocco, mirando la pantalla con incredulidad—. ¡La chamaca lo logró!

Sienna se puso de pie y se alejó de la computadora, cruzando los brazos sobre el pecho. El poder en la habitación había cambiado de manos. Ya no era la protegida de Lorenzo; era la salvadora del imperio.

Don Salvatore se levantó lentamente. Caminó hacia ella, el sonido de su bastón contra el mármol marcando un ritmo fúnebre. Se detuvo a escasos centímetros de Sienna. Sus ojos oscuros la recorrieron, buscando la verdad que se escondía detrás de esa fachada de mesera.

—”L’ombra” —susurró el Don—. Solo las familias de la vieja guardia, los que tienen sangre azul en las venas, conocen ese código. Ese no es un saber que se aprenda de una abuela campesina en Prizzi, niña.

Salvatore tomó el rostro de Sienna con su mano áspera, obligándola a mirarlo.

—Tu abuela no era ninguna campesina. Y tú no eres ninguna mesera —sentenció el Don—. ¿Quién eres realmente? ¿De quién es la sangre que corre por tus venas y te da esa arrogancia de reina?

Sienna no bajó la mirada. El fuego de los Vitali ardía en sus ojos miel. Estaba a punto de responder, de soltar toda la verdad y dejar que el mundo ardiera, cuando Lorenzo intervino. Se colocó entre su padre y Sienna, rompiendo el contacto físico.

—Eso no importa ahora, papá —dijo Lorenzo con una voz que era puro acero—. Lo que importa es que ella hizo lo que ninguno de tus hombres pudo hacer. Salvó tu lana y tu orgullo.

—Me importa a mí, Lorenzo —rugió Salvatore—. ¡Hay un fantasma en mi casa! ¡Una mujer que sabe demasiado!

—Ella es mía —declaró Lorenzo, y esta vez no hubo espacio para la duda. Tomó a Sienna por la cintura y la atrajo hacia él en un gesto de posesión absoluta—. Ella se queda conmigo. Es mi estratega, es mi gente. Y si quieres seguir teniendo un imperio que heredar, vas a tener que empezar a tratarla con el respeto que se merece una Moretti.

Don Salvatore miró a su hijo. Vio en él una determinación que nunca antes había mostrado. Lorenzo ya no era el heredero esperando su turno; era un hombre reclamando su trono y a su reina.

El Don soltó una carcajada amarga y se dio la vuelta hacia la ventana, mirando las luces de la Ciudad de México.

—Un rey necesita una reina con garras —dijo Salvatore sin girarse—. Pero ten cuidado, Lorenzo. Las lobas que saben de sombras suelen morder el cuello cuando menos lo esperas. Rocco, saca a la niña de aquí. Llévala a la habitación de invitados de la suite principal. Ponle dos guardias en la puerta. Nadie entra y nadie sale hasta que yo decida qué hacer con este “milagro”.

Rocco asintió y le hizo una señal a Sienna. Ella miró a Lorenzo una última vez. No hubo palabras, pero en ese intercambio de miradas se selló un pacto de sangre. Ella lo había salvado, y ahora él tendría que luchar contra su propio padre para mantenerla con vida.

Mientras Sienna salía de la habitación, Don Salvatore se giró hacia Lorenzo.

—Dime la verdad, hijo —dijo el viejo capo con una voz que sonaba a tumba—. ¿De qué familia es? Porque ese brillo en los ojos solo lo he visto en una persona en toda mi vida. Y ese hombre murió hace diez años en un incendio que tú mismo provocaste.

Lorenzo no respondió. Se limitó a mirar el anillo de los Vitali que ahora pesaba en su bolsillo, sabiendo que la guerra que acababa de empezar dentro de su propia casa iba a ser mucho más sangrienta que cualquier batalla contra Vinnie el Carnicero.

CAPÍTULO 8: EL REINADO DE LA LOBA Y EL AMANECER DE UNA NUEVA ERA

La suite de invitados en el ala este de la mansión Moretti era menos una habitación y más una jaula de oro tallada en mármol y seda. Sienna caminaba de un lado a otro, descalza sobre la alfombra persa, sintiendo el frío del lujo que alguna vez fue su derecho de nacimiento. En la puerta, el eco de los pasos de dos guardias armados le recordaba que, aunque acababa de salvar un imperio de mil millones de dólares, para el mundo seguía siendo un cabo suelto.

Se acercó al gran ventanal que daba a los jardines iluminados por reflectores. A lo lejos, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como una joya robada. Por primera vez en diez años, Sienna no llevaba puestos sus lentes de armazón grueso ni ocultaba su mirada. Se miró en el reflejo del cristal: ya no era la mesera invisible de Polanco. El fuego de los Vitali, ese que su padre Roberto le dijo que nunca dejara apagar, ardía con una intensidad que la asustaba incluso a ella.

—¿En qué nos convertimos, papá? —susurró al aire frío de la noche.

De repente, el sonido de neumáticos sobre la grava rompió el silencio del jardín. Varias camionetas blindadas entraron a toda velocidad. El corazón de Sienna dio un vuelco. Sabía lo que eso significaba. La cacería había terminado.


La caída del Carnicero

Treinta minutos antes, en un hangar privado del Aeropuerto de Toluca, el aire olía a queroseno y traición. Vinnie “El Carnicero” estaba a punto de subir a un Gulfstream con dos maletas llenas de documentos y dispositivos de acceso. Pero el camino estaba bloqueado por un solo hombre parado bajo la lluvia: Lorenzo Moretti.

—Vinnie, te fuiste sin despedirte del Don —dijo Lorenzo, su voz era un trueno bajo que dominaba el estruendo de la tormenta—. Eso es de muy mala educación.

—¡Lorenzo, reacciona! —gritó Vinnie, sudando, con una pistola temblando en su mano—. El viejo está acabado. Ha perdido el toque. ¡Esa vieja escuela de “honor” y “códigos” nos va a matar a todos! Yo solo estoy asegurando nuestro futuro.

Lorenzo caminó hacia él, ignorando el arma que le apuntaba al pecho. Sus hombres se movían en las sombras, rodeando el hangar como lobos.

—El futuro no se construye con la sangre de tu propia familia, Vinnie. Te dimos todo. Mi padre te dio su confianza.

—¡Tu padre metió a una espía en su propia mesa! —escupió Vinnie con odio—. ¿Crees que no me di cuenta? Esa meserita… ella sabía cosas que solo un Vitali sabría. ¡Te estás acostando con el enemigo, Lorenzo! Ella nos va a destruir a todos desde adentro.

Lorenzo se detuvo a un metro de él. Una sonrisa gélida y letal curvó sus labios.

—Ella no es el enemigo, Vinnie. Tú lo eres. Ella salvó lo que tú intentaste quemar. Y por cierto… —Lorenzo se inclinó, susurrando al oído del traidor antes de que sus hombres lo sometieran—. Ella no es una espía. Es la dueña de todo esto. Y tú acabas de firmar tu sentencia de muerte al mencionar su nombre.


El Pacto de Sangre

De vuelta en la mansión, el despacho de Don Salvatore estaba envuelto en el humo de un puro cubano. Lorenzo entró, con la camisa manchada de la lluvia y la mirada endurecida. Su padre lo esperaba, mirando un retrato antiguo de la familia Moretti.

—Está hecho, papá —dijo Lorenzo—. Vinnie no volverá a ser un problema. El dinero está seguro. Las cuentas han sido restauradas gracias a Sienna.

Salvatore se giró. Se veía más viejo, más cansado, pero sus ojos seguían siendo cuchillas.

—Esa mujer… —dijo el Don—. Es una Vitali, ¿verdad? Lo vi en la forma en que te defendió. Lo vi en la forma en que no me tuvo miedo. Es la hija de Roberto. La niña que creímos muerta en el incendio de hace diez años.

Lorenzo no mintió. Ya no tenía sentido.

—Sí. Es Sienna Vitali.

Salvatore guardó silencio por un largo minuto. El peso de una guerra de cincuenta años parecía caer sobre sus hombros.

—El mundo ha cambiado, Lorenzo —raspó el viejo—. Si la gente se entera de que una Vitali vive bajo mi techo, pensarán que soy débil. Pensarán que el perdón es una invitación al ataque. Pero… si esa mujer es quien creo que es, ella tiene algo que tú no tienes: la sabiduría de los antiguos códigos. Ella nos salvó hoy cuando mis propios hombres nos vendieron.

Salvatore se acercó a su hijo y le puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—Si la quieres, Lorenzo, cásate con ella. Une las sangres. Convierte la guerra en un imperio invencible. Pero escúchame bien: si ella alguna vez muestra un rastro de traición, tú mismo tendrás que apretar el gatillo. ¿Puedes hacer eso?

Lorenzo miró a su padre a los ojos, con una determinación absoluta.

—No habrá traición, papá. Porque a partir de hoy, los Moretti y los Vitali son una sola sombra.


El Renacer de la Reina

Sienna escuchó que la puerta de su suite se abría. No se giró. Sabía que era él por el peso de su presencia, por el aroma a lluvia y poder que siempre lo acompañaba. Lorenzo entró y cerró la puerta con llave. Se quedó allí, observándola en la penumbra.

—Vinnie ya no existe —dijo Lorenzo suavemente—. Y mi padre sabe quién eres.

Sienna se giró, su rostro iluminado por la luna.

—¿Y qué va a pasar ahora? ¿Me vas a devolver a mi restaurante? ¿Me vas a pedir que vuelva a ser la mesera invisible?

Lorenzo cruzó la habitación en tres pasos largos. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él, sintiendo el calor de su cuerpo contra su pecho. Sus dedos buscaron la barbilla de Sienna, obligándola a mirarlo.

—Nunca volverás a servirle una copa a nadie, Sienna Vitali —susurró Lorenzo, su voz cargada de una pasión contenida—. A menos que sea para celebrar que eres la dueña de esta ciudad. Mi padre ha dado su bendición. La guerra ha terminado.

—¿Terminado? —Sienna soltó una risa triste—. Lorenzo, el odio de diez años no desaparece con un beso. Tu familia destruyó la mía.

—Y tú salvaste la mía hoy —respondió él con fiereza—. Tú rompiste el ciclo. Me diste algo que pensé que no existía en este negocio: lealtad pura. No me importa el pasado. Me importa que hoy, una mujer que debería odiarme arriesgó su vida por mi padre. Me importa que eres la única persona en la que puedo confiar en un mundo lleno de carniceros.

Lorenzo metió la mano en su bolsillo y sacó el anillo de los Vitali. Lo tomó con delicadeza y volvió a ponérselo en el dedo de Sienna.

—Ya no tienes que esconder este anillo —dijo Lorenzo—. A partir de mañana, todo México sabrá que la heredera de los Vitali ha regresado. Pero no como una enemiga… sino como la nueva Reina de los Moretti. Vamos a reconstruir este imperio, Sienna. A tu manera. Con honor. Con inteligencia. Con el “código de la sombra”.

Sienna miró el anillo en su mano. Sintió el peso de su historia, pero también la libertad de un futuro que ella misma había forjado. Se puso de puntillas y rodeó el cuello de Lorenzo con sus brazos.

—Si hacemos esto —susurró ella contra sus labios—, no habrá vuelta atrás. No seré una esposa trofeo, Lorenzo. Seré tu estratega. Seré tu voz en la sombra. Y si alguien vuelve a traicionar esta familia, yo seré quien dicte la sentencia.

Lorenzo sonrió, una sonrisa de orgullo y deseo.

—No esperaba menos de ti, mi pequeña loba.

Se besaron en medio de la suite de lujo, un beso que sellaba un pacto de sangre y amor prohibido. El ruido de la Ciudad de México afuera parecía un rugido de aprobación. La mesera tímida que todos humillaban en Polanco había muerto. En su lugar, se levantaba la mujer más poderosa de la nación.

La historia de Sienna Vitali no terminó esa noche; apenas comenzaba. Porque en el mundo de la mafia, la belleza puede atrapar al león, pero solo la inteligencia puede dominar la selva. Y Sienna, la hija de las cenizas, estaba lista para quemar el mundo y construir algo nuevo sobre sus ruinas.

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