PARTE 1: La Esposa de Papel
Capítulo 1: El Desayuno de los Extraños
Emily Anderson conocía el sonido de los pasos de su marido mejor que el latido de su propio corazón. A las 6:15 a.m. en punto, el eco de los zapatos italianos de cuero golpeaba los escalones de mármol de la mansión en Lomas de Chapultepec. Ese sonido era su señal de alarma, el aviso para terminar su café, dejar la taza en el fregadero y desaparecer.
Llevaban tres años casados. Mil noventa y cinco días compartiendo el mismo techo, el mismo apellido y la misma cuenta bancaria, pero nunca la misma cama, ni mucho menos la misma vida. William Anderson, el heredero del imperio Anderson y el CEO más joven y despiadado de la Ciudad de México, la trataba con la cortesía distante que uno le reserva a un mueble antiguo: valioso, necesario para la decoración, pero carente de alma.
Aquella mañana de martes, la rutina se rompió. Emily estaba terminando su pan tostado cuando William entró en la cocina antes de tiempo. Llevaba un traje gris impecable, hecho a medida, que acentuaba su altura y sus anchos hombros. Emily se levantó de golpe, la silla chirriando contra el piso de loseta.
—Buenos días —murmuró ella, bajando la cabeza, lista para huir.
—Emily.
Su nombre, pronunciado por esa voz barítona y fría, la detuvo en seco. Se sintió como si una mano helada le hubiera tocado la nuca. Se giró lentamente. William no estaba mirando su celular, ni revisando las noticias financieras en su iPad. La estaba mirando a ella. Sus ojos, de un azul gélido que solía intimidar a sus socios en Santa Fe, estaban fijos en su rostro.
—Sí, William.
—¿Tienes algo adecuado para usar mañana en la noche?
La pregunta la descolocó tanto que parpadeó dos veces. —¿Perdón?
William suspiró, un gesto de impaciencia que ella conocía bien. —Es una pregunta simple. ¿Tienes un vestido apropiado para acompañar al CEO de Empresas Anderson a una cena de gala en el St. Regis?
El corazón de Emily comenzó a golpear contra sus costillas. En tres años, jamás habían asistido juntos a un evento público. Ella había visto las fotos en las revistas de sociales: “William Anderson, el soltero de oro… aunque casado”. Siempre aparecía solo.
—Nunca me has pedido que te acompañe —dijo ella, encontrando una valentía que no sabía que tenía. Quizás era el cansancio de tres años de ser un fantasma.
—Necesito proyectar la imagen de un hombre de familia estable. Hay inversionistas alemanes nerviosos. Tú eres mi esposa, al menos en papel.
Las palabras fueron como cuchilladas precisas. En papel. Esa frase que definía su existencia. Emily sintió que el calor subía a sus mejillas, una mezcla de humillación y rabia.
—¿Y si no quiero ir?
William arqueó una ceja, genuinamente sorprendido por la resistencia. —No es una opción, Emily. Es un deber. Como todo en este matrimonio.
—¿Un deber? —Emily soltó una risa seca, carente de humor—. Claro. Como el cheque que le diste a mi padre. Todo es una transacción para ti, ¿verdad?
Por un segundo, algo cruzó el rostro de William. ¿Culpa? ¿Incomodidad? Desapareció tan rápido como llegó. —Mañana a las 7:00 p.m. Sé puntual y sé presentable.
Emily levantó la barbilla. El orgullo mexicano, ese que heredó de su abuela antes de que la pobreza golpeara a su familia, se encendió en su pecho.
—¿Presentable? No tienes ni idea de quién soy, William. En tres años no te has molestado en saber si soy presentable, inteligente o si siquiera tengo voz.
William dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Olía a sándalo y café caro. —Sé lo suficiente.
—¿Ah, sí? —Emily lo retó con la mirada—. Dime entonces, ¿qué estudié? ¿Cuál es mi color favorito? ¿Qué hago en esta casa inmensa durante las doce horas que estás fuera haciéndote más rico?
El silencio de William fue la respuesta más ruidosa que Emily había escuchado jamás. Él apretó la mandíbula, incapaz de responder.
—Eso pensé —dijo Emily, con voz temblorosa pero firme—. Iré a tu evento, Sr. Anderson. Pero no por “deber”. Iré porque, después de tres años de ser invisible, tengo curiosidad de ver el mundo que elegiste por encima de mí.
Emily salió de la cocina con la cabeza en alto, dejándolo solo. William se quedó allí, mirando el espacio vacío donde ella había estado. Por primera vez en tres años, la imagen de su esposa se quedó grabada en su retina. Tenía fuego en los ojos. ¿Desde cuándo tenía fuego? Y, más inquietante aún, ¿por qué ese fuego le había provocado una extraña sacudida en el estómago?
Capítulo 2: La Gala y el Inversionista
La noche siguiente, Emily se miró al espejo por décima vez. El vestido era un diseño sencillo de color azul marino, una reliquia de su vida anterior, cuando sus padres aún tenían dinero y ella soñaba con ser ejecutiva internacional. Se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, elegante pero sobrio. Se recogió el cabello castaño en un moño bajo y se puso unos aretes de perlas falsas, las únicas joyas que William no le había comprado.
Al bajar las escaleras, William la esperaba en el vestíbulo. Llevaba un esmoquin negro que lo hacía ver como un actor de cine clásico, devastadoramente guapo. Cuando escuchó sus pasos, levantó la vista de su reloj.
Se detuvo.
Sus ojos recorrieron a Emily desde los zapatos de tacón hasta el cuello desnudo. No dijo nada durante cinco segundos eternos. Emily contuvo la respiración, esperando la crítica.
—Te ves… adecuada —dijo finalmente, con la voz un poco más ronca de lo habitual.
—Gracias —respondió ella con frialdad—. Tú también te ves eficiente.
William casi sonrió. Casi. Le ofreció el brazo, no por caballerosidad, sino por protocolo, y salieron hacia el auto blindado que los esperaba.
El trayecto hacia Paseo de la Reforma fue silencioso. La Ciudad de México brillaba fuera de las ventanas polarizadas, una galaxia de luces y caos que parecía muy lejana a la burbuja estéril en la que vivían.
—Recuerda —dijo William al llegar—. Eres Emily Anderson. Sonríe, sé educada y no hables de negocios. A los inversionistas no les interesa la opinión de las esposas.
—Entendido. Seré un bonito adorno. Me sale muy bien, llevo tres años practicando en tu sala.
William la miró de reojo, con ese brillo de curiosidad renovada. Entraron al salón de baile del St. Regis y los flashes de las cámaras los cegaron momentáneamente. Emily sintió el brazo de William tensarse bajo su mano. Era actuación pura. El matrimonio perfecto.
Dentro, el ambiente apestaba a dinero viejo y perfumes caros. Hombres de negocios discutían sobre el tipo de cambio y mujeres con demasiadas cirugías se escaneaban mutuamente. Emily se mantuvo al lado de William, cumpliendo su rol, hasta que un hombre alto, de cabello canoso y sonrisa cálida, se acercó.
—¡William! Por fin te encuentro.
—Richard —William estrechó su mano con fuerza—. Richard Thompson, te presento a mi esposa, Emily.
Richard tomó la mano de Emily y, en lugar de un apretón rápido, la besó con una galantería anticuada que la hizo sonreír.
—Un placer, Emily. William ha guardado el secreto mejor que sus estrategias fiscales. Eres encantadora.
—El placer es mío, Sr. Thompson —respondió Emily con naturalidad.
—Por favor, dime Richard. Soy un inversionista interesado en los mercados europeos, aunque mi español a veces me falla.
—En ese caso, tal vez prefiera que hablemos en francés, —dijo Emily en un francés fluido y perfecto, con un acento parisino impecable.
Los ojos de Richard se abrieron de par en par. William se giró bruscamente hacia ella, con la boca ligeramente abierta.
—¡Magnifique! —exclamó Richard, cambiando al francés—. No sabía que hablabas idiomas.
—Hablo francés, inglés y un poco de italiano —continuó Emily, disfrutando la mirada atónita de su marido—. Estudié Negocios Internacionales en el ITAM antes de… bueno, antes de casarme.
—¿Negocios Internacionales? —Richard parecía fascinado—. William, nunca me dijiste que tenías una joya así en casa. Estoy buscando a alguien que me ayude con unas negociaciones en Lyon. ¿Estarías interesada?
—Emily no trabaja —interrumpió William, su voz afilada como una navaja.
—Qué desperdicio —dijo Richard, ignorándolo y mirando a Emily a los ojos—. Una mujer inteligente y hermosa no debería estar encerrada.
—Me encantaría ayudar, Richard —dijo Emily, sosteniendo la mirada de William—. De hecho, me aburro mucho en casa.
—¡Espléndido! ¿Qué te parece si cenamos mañana? Podemos discutir los detalles de la consultoría.
—Ella está ocupada —dijo William, dando un paso adelante, casi cubriendo a Emily con su cuerpo.
—En realidad, no lo estoy —dijo Emily, dando un paso al costado para salir de la sombra de su esposo—. Me encantaría cenar contigo, Richard.
—Perfecto. Pasaré por ti a las 8.
Richard se despidió con un guiño y se alejó entre la multitud. En cuanto estuvo fuera de oído, William agarró a Emily por el codo y la arrastró hacia una esquina discreta del salón.
—¿Qué crees que estás haciendo? —siseó, con el rostro rojo de ira contenida.
—Tener una conversación civilizada. Deberías intentarlo alguna vez.
—No vas a cenar con él.
Emily se soltó de su agarre con un movimiento brusco. —Tú lo dijiste, William. Soy tu esposa en papel. Y en papel, no dice que sea tu prisionera. Voy a ir a esa cena.
—Eres mi esposa.
—¿Desde cuándo te importa?
—Me importa cómo me veo. ¿Qué van a pensar si mi esposa sale a cenar con un competidor?
—Pensarán que tu esposa tiene cerebro. Algo que tú olvidaste hace mucho tiempo.
El resto de la noche, William no se separó de ella ni un milímetro. Actuó como un perro guardián, marcando territorio cada vez que otro hombre miraba a Emily. Y hombres la miraban. Por primera vez, William notó cómo las cabezas se giraban. Notó la elegancia de su cuello, la inteligencia en sus respuestas, la risa suave que soltaba con otros y que a él nunca le había regalado.
En el auto de regreso, el silencio ya no era vacío; estaba cargado de electricidad estática. William miraba por la ventana, pero su mente estaba en el salón de baile, rebobinando la imagen de Richard Thompson haciendo reír a su esposa. Sintió un ardor en el pecho que no podía identificar. ¿Era indigestión? No. Era algo más oscuro. Era posesión.
Al llegar a la mansión, Emily subió las escaleras sin despedirse. William se quedó en el vestíbulo, aflojándose la corbata, sintiendo que el control férreo que tenía sobre su vida se estaba desmoronando por culpa de un vestido azul y una cena maldita.
Capítulo 3: La Cena de los Celos y la Verdad Oculta
El restaurante Anatol en Polanco era el tipo de lugar donde el tintineo de las copas de cristal sonaba más fuerte que las conversaciones. Richard Thompson había reservado la mejor mesa, en una esquina discreta, iluminada por la luz cálida de las velas. Para Emily, estar allí era como respirar oxígeno puro después de haber estado aguantando la respiración bajo el agua durante tres años.
—Entonces —dijo Richard, sirviéndole un poco más de vino tinto—, cuéntame sobre ti, Emily. William no habla mucho de su vida personal. De hecho, la mayoría de nosotros pensábamos que estaba casado con su trabajo.
Emily sonrió, una sonrisa pequeña y cargada de melancolía. —No hay mucho que contar. Al menos, nada que William sepa o le importe.
—¿A qué te refieres?
—William y yo… —Emily dudó, girando la copa por el tallo—. Digamos que somos compañeros de casa que rara vez se cruzan en el pasillo. Esta es, probablemente, la primera cena social que tengo en tres años.
Richard arqueó las cejas, genuinamente sorprendido. —Eso es difícil de creer. Una mujer como tú debería ser el centro de atención de cualquier evento en la Ciudad de México. ¿Por qué te esconde?
—Creo que prefiere mantener sus inversiones seguras —bromeó ella, aunque el dolor en su voz era evidente—. Y yo fui una inversión.
—¿Una inversión?
—Mis padres tenían una firma de contabilidad. Tuvieron problemas… deudas enormes. La familia Anderson “rescató” el negocio. Yo fui parte del paquete de agradecimiento.
Richard dejó su copa sobre la mesa con un golpe suave. —Dios mío. Suena medieval.
—Es efectivo. Se llama “fusión corporativa con beneficios conyugales”.
—Es una estupidez —corrigió Richard, inclinándose hacia adelante—. Cualquier hombre que te tenga en su vida y te ignore es un imbécil. Pero un hombre que finalmente se da cuenta de lo que tiene… bueno, ese hombre podría volverse peligrosamente decidido a no perderlo.
Emily estaba a punto de responder cuando sintió un cambio en la atmósfera del restaurante. No fue un ruido, sino una tensión repentina, como cuando la presión barométrica cae antes de una tormenta. Levantó la vista y su corazón dio un vuelco.
William estaba en la entrada.
No llevaba el esmoquin de la noche anterior, sino un traje azul medianoche sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado. Se veía salvaje, fuera de lugar entre la clientela refinada, como un lobo que acaba de entrar en un corral de ovejas. Sus ojos azules escanearon el salón con precisión militar hasta que la encontraron.
Emily sintió un escalofrío. Nunca lo había visto así. Siempre era frío, controlado, distante. Ahora parecía… volcánico.
Caminó hacia su mesa ignorando al maître que intentaba detenerlo.
—Emily.
Su voz era baja, pero vibraba con una autoridad que hizo que Richard se pusiera de pie instintivamente.
—William —dijo Richard, intentando mantener la compostura—. Qué sorpresa verte aquí.
—Estoy seguro de que lo es —respondió William, sin apartar la vista de Emily. Sus ojos devoraban cada centímetro de ella, desde el brillo de sus labios hasta el escote discreto de su vestido—. ¿Puedo hablar con mi esposa un momento?
—Estamos cenando, William —dijo Emily, con la voz temblorosa pero firme. No iba a dejar que él la intimidara en público—. Como te dije que haría.
William miró la mesa: las velas, el vino, la intimidad de la esquina. Soltó una risa seca y carente de humor.
—Esto no parece una cena de negocios, Richard.
—Estamos discutiendo la oferta de trabajo —intervino Richard—. Emily tiene un perfil excelente para mis operaciones en Sudamérica.
—Emily no va a ir a Sudamérica —gruñó William.
—Eso lo decido yo —replicó ella, poniéndose de pie para encararlo. Aunque él le sacaba una cabeza de altura, en ese momento se sentía igual de grande—. No eres mi dueño, William.
—Soy tu esposo.
—¿Ah, sí? —Emily dio un paso hacia él, bajando la voz a un susurro furioso—. ¿Desde cuándo? Porque durante tres años no has sido más que un extraño que paga las facturas. No tienes derecho a venir aquí y hacer una escena de celos cuando ni siquiera te importo.
William la miró, y por un segundo, la máscara de CEO implacable se agrietó.
—¿Crees que no me importas?
—Sé que no te importo. Me lo has demostrado 1,095 días seguidos.
—Me importa lo suficiente como para no dejar que otro hombre te mire como si fueras el plato principal —espetó William, agarrando suavemente pero con firmeza el brazo de Emily—. Nos vamos.
—No me voy a ir.
—Emily, por favor —dijo William, y esta vez no fue una orden. Fue una súplica. Había algo en sus ojos, una desesperación cruda que Emily nunca había visto.
Richard, viendo la intensidad del momento, sacó su cartera y dejó unos billetes sobre la mesa.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo Richard—. Emily, la oferta sigue en pie. Llámame. William… cuídala. O alguien más lo hará.
Cuando Richard salió, Emily se dejó caer en la silla, temblando. William se sentó frente a ella, ocupando el lugar vacío.
—¿Por qué? —preguntó Emily, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¿Por qué arruinarlo? Era la primera vez que me sentía valorada en años.
—No sabía… —William pasó una mano por su cabello, despeinándose, un gesto de frustración humana que le resultaba ajeno—. No sabía que hablabas tres idiomas. No sabía que eras experta en mercados emergentes.
—No sabías porque nunca preguntaste.
—Lo sé. Y me odio por eso. Pero ver a ese hombre… ver cómo te hacía reír… Emily, sentí que me quemaba por dentro.
—Eso se llama ego herido, William. No te gusta que jueguen con tus juguetes.
—No es ego —dijo él, mirándola fijamente—. Es miedo.
—¿Miedo? ¿El gran William Anderson tiene miedo?
—Miedo de haber perdido tres años con una mujer extraordinaria. Miedo de que sea demasiado tarde para arreglarlo.
Capítulo 4: El Despertar del Príncipe de Hielo
El viaje de regreso a Las Lomas fue silencioso, pero no el silencio vacío de antes. Era un silencio denso, cargado de palabras no dichas. Al llegar a la mansión, Emily subió directamente a su habitación, cerrando la puerta con seguro. Necesitaba pensar. Necesitaba proteger su corazón, que estúpidamente empezaba a latir más rápido cada vez que William la miraba con esa nueva intensidad.
A la mañana siguiente, Emily bajó a la cocina preparada para la batalla. Pero no encontró a William con su traje y su celular. Lo encontró frente a la estufa.
Olía a café recién hecho y a… ¿hot cakes quemados?
—Buenos días —dijo William, girándose. Llevaba unos jeans y una camisa blanca arremangada. Tenía una mancha de harina en la mejilla.
Emily parpadeó. —¿Qué estás haciendo?
—Intentando hacer el desayuno. Aparentemente, la receta de internet omitió mencionar que la masa se quema en segundos si te distraes.
Emily no pudo evitarlo. Una pequeña risa se le escapó. —Tienes el fuego demasiado alto.
William sonrió, una sonrisa torcida y autocrítica. —Supongo que mis habilidades de CEO no se traducen a la cocina. ¿Me ayudas?
Se sentaron a comer los hot cakes (ligeramente chamuscados) y fruta picada. Por primera vez en tres años, desayunaron juntos.
—Dormiste bien? —preguntó él.
—Extrañamente, sí. ¿Tú?
—No. No pude dejar de pensar en lo que dijiste anoche.
William dejó el tenedor y la miró a los ojos. La luz de la mañana entraba por el ventanal, iluminando su rostro cansado pero decidido.
—Quiero proponerte algo, Emily.
Ella se puso tensa. —¿Otro contrato?
—No. Una tregua. Y una oportunidad.
—¿Oportunidad para qué?
—Para conocernos. Realmente conocernos. Olvida los últimos tres años. Empecemos de cero. Déjame cortejarte. Déjame intentar ser el esposo que debí ser desde el principio.
—William, no se pueden borrar tres años de indiferencia con unos hot cakes quemados.
—Lo sé. Pero tengo que empezar por algún lado. Dame un mes. Si en un mes sigues sintiendo que soy un extraño, te daré el divorcio. Te daré la mitad de mi fortuna y te dejaré ir. Pero dame 30 días.
Emily lo estudió. Había sinceridad en su oferta. Y, muy en el fondo, había una curiosidad que no podía apagar. ¿Quién era este hombre?
—De acuerdo —dijo ella—. Un mes. Pero bajo mis condiciones.
—Las que quieras.
—Nada de órdenes. Nada de tratarme como empleada. Y vas a dormir en tu habitación hasta que yo diga lo contrario.
—Trato hecho.
Durante la siguiente semana, William cumplió su palabra. Y fue… desconcertante.
Llegaba a casa temprano. Le preguntaba sobre los libros que leía. Una tarde, trajo comida tailandesa de un lugar que ella había mencionado de pasada hacía dos años (¿cómo se acordaba?). Se sentaban en la sala y hablaban. Hablaban de política, de arte, de los miedos de Emily a no ser suficiente, de la presión que William sentía por parte de su padre para ser perfecto.
Emily empezó a ver al hombre detrás del traje. Vio a un niño solitario que había crecido en internados, educado para multiplicar dinero pero no para compartir afecto.
Pero la sombra de Richard seguía allí.
El viernes, Emily estaba en el jardín cuando sonó su celular.
—Hola, Emily. Soy Richard. No he sabido de ti.
—Hola, Richard. He estado… ocupada.
—Me imagino. Escucha, tengo que volar a Nueva York el lunes. Necesito saber si vienes conmigo. El puesto es tuyo. Salario triple, apartamento en Manhattan, libertad total.
La oferta era tentadora. Era la salida perfecta. La independencia que siempre soñó.
—No lo sé, Richard. Las cosas en casa están cambiando.
—La gente no cambia, Emily. Solo descansan antes de volver a ser quienes son. Vamos a almorzar. Déjame convencerte.
Aceptó. Necesitaba salir de la burbuja de William para pensar con claridad.
Fue a un bistró francés en la Condesa. Richard fue encantador, persuasivo. Le pintó un futuro brillante lejos de la sombra de los Anderson.
—Eres una estrella, Emily. No dejes que te apaguen.
Estaba a punto de responder cuando vio el Porsche de William frenar bruscamente frente al restaurante. Lo había hecho de nuevo.
William entró, ignorando las miradas. Caminó directo a su mesa. Pero esta vez no gritó. No hizo una escena.
Simplemente se paró junto a Emily y le tendió la mano.
—Emily, por favor. Vuelve a casa.
Richard se levantó. —Déjala decidir, William. Le estoy ofreciendo el mundo.
William miró a Emily, ignorando a Richard por completo. Sus ojos estaban húmedos.
—Él te ofrece el mundo, Emily. Lo sé. Te ofrece Nueva York, libertad, éxito. Yo solo puedo ofrecerte… a mí. Al hombre imperfecto que está aprendiendo a amar gracias a ti. Te ofrezco mis mañanas, mis errores en la cocina y mi corazón, que por primera vez en la vida, está despierto.
El restaurante guardó silencio. Era una declaración de amor cruda, pública y desesperada.
—Si te vas con él —continuó William, con la voz quebrada—, lo entenderé. Pero si te quedas… te prometo que nunca más volverás a sentirte invisible.
Emily miró a Richard, luego a William. Miró la mano tendida de su esposo. Recordó los últimos días, las risas tímidas, las conversaciones hasta la madrugada. Recordó que, a pesar de todo, su corazón siempre había buscado la aprobación de ese hombre frío que ahora se derretía frente a ella.
Se puso de pie.
—Richard —dijo suavemente—, gracias por todo. Eres un hombre maravilloso y tu oferta es un sueño. Pero…
Miró a William y tomó su mano. Sus dedos se entrelazaron con fuerza.
—…mi sueño está aquí. Con este idiota que quema los hot cakes.
Richard sonrió con tristeza, asintió y se sentó. —Cuídala, Anderson. O volveré.
William y Emily salieron del restaurante de la mano. En la banqueta, bajo el sol de la tarde de la Ciudad de México, William la abrazó. La levantó del suelo y la giró, riendo como un niño, enterrando su rostro en su cuello.
—Gracias —susurró él contra su piel—. Gracias por elegirme.
—No me hagas arrepentirme, William.
—Nunca. Te lo juro.
Esa noche, no hubo habitaciones separadas. Esa noche, William besó a Emily en el umbral de la puerta principal y no se detuvo hasta que llegaron a la habitación principal. Y por primera vez en tres años, la cama king size no se sintió como un desierto de hielo, sino como el único lugar en el mundo donde ambos querían estar.
Fue una noche de descubrimientos, de pasión contenida durante mil días, de susurros y promesas en la oscuridad. William la adoró con su cuerpo y con su alma, demostrándole en cada caricia que ya no era una esposa de papel. Era su mujer. Su vida.
Pero mientras dormían abrazados, en el despacho de abajo, un folder olvidado sobre el escritorio esperaba ser descubierto. Un folder con el logotipo de los abogados de la familia Anderson y una fecha de hace tres años. Un folder que contenía la verdad venenosa sobre el origen de su matrimonio, una verdad que amenazaba con destruir la frágil felicidad que acababan de construir.
Capítulo 5: La Cláusula del Heredero
Dos meses.
Habían pasado dos meses desde aquella noche en la que William y Emily cruzaron la línea entre ser extraños y ser amantes. La mansión de Las Lomas, antes un mausoleo de mármol frío, ahora se sentía como un hogar. Había flores frescas en el vestíbulo, música suave en las tardes y, lo más importante, risas.
Emily había comenzado su consultoría independiente, con el apoyo total de William. Él, por su parte, parecía un hombre nuevo. Sus empleados en Santa Fe susurraban que el “Cyborg Anderson” había sido reemplazado por un humano que sonreía y hasta daba los “buenos días”.
Era un martes cualquiera. Emily estaba en el despacho de casa buscando un cargador para su laptop. William le había dicho que usara lo que quisiera, que ya no había secretos entre ellos. Mientras movía unos libros de contabilidad en el estante detrás del escritorio, un folder de piel oscura se deslizó y cayó al suelo, abriéndose en abanico.
Emily se agachó para recogerlo. Al principio, solo vio logotipos legales y fechas antiguas. Pero un nombre resaltó en negritas: PETERSON & ANDERSON – ACUERDO DE FUSIÓN DEFINITIVA.
La curiosidad, ese instinto que a veces nos salva y otras nos destruye, la impulsó a leer. Sabía que su matrimonio había sido un arreglo para salvar a sus padres, pero nunca había visto los términos exactos. William siempre fue vago al respecto, y sus padres lloraban cada vez que se mencionaba el tema.
Pasó la primera página. Términos financieros, acciones, liquidación de deuda. Nada nuevo.
Pasó la segunda página.
Y entonces, el mundo se detuvo.
CLÁUSULA V: CONDICIONES DE ESTABILIDAD CONYUGAL
Para garantizar la confianza de los inversionistas y la integración total de los activos, el matrimonio entre William Anderson y Emily Peterson deberá mantenerse vigente por un periodo mínimo de cinco (5) años.
Emily sintió un nudo en el estómago, pero siguió leyendo.
CLÁUSULA VI: INCENTIVOS DE SUCESIÓN
Se establece un bono de capitalización de $5,000,000.00 MXN (Cinco Millones de Pesos) a favor de la entidad fusionada tras el nacimiento del primer descendiente biológico (heredero), siempre y cuando este nacimiento ocurra dentro de los primeros cuatro años del enlace.
El papel tembló en sus manos.
No era solo un matrimonio por conveniencia. Era una cría de ganado.
Había una fecha límite. Y había un precio por su útero.
—¿Emily? —la voz de William resonó desde la entrada del despacho. Entró con una sonrisa, aflojándose la corbata—. No vas a creer lo que pasó en la junta de hoy, conseguí…
Se detuvo en seco al verla.
Emily estaba de pie junto al escritorio, pálida como un fantasma, con el contrato abierto en las manos.
William palideció. La sonrisa se le borró como si nunca hubiera existido.
—Emily, deja eso.
—¿Cinco millones? —preguntó ella. Su voz era un susurro aterradoramente tranquilo—. ¿Eso es lo que vale un hijo mío?
—No es lo que piensas. Ese contrato…
—¿Ese contrato qué, William? —Emily levantó la vista, y sus ojos estaban llenos de lágrimas que se negaban a caer—. ¿Es antiguo? Sí. ¿Lo firmaste? Sí.
—Lo firmé antes de conocerte. Antes de saber quién eras.
—Pero sabías esto —golpeó el papel con el dedo—. Sabías que necesitabas un heredero antes de los cuatro años para cobrar el bono.
Emily caminó hacia él, acorralándolo con su dolor.
—Llevamos tres años casados, William. Nos queda uno para cumplir el plazo del bono. Y casualmente, hace dos meses decidiste que me amabas. Hace dos meses decidiste llevarme a la cama.
—¡Eso no tiene nada que ver! —gritó William, desesperado—. ¡Te amo! ¡Lo que pasó entre nosotros es real!
—¿Cómo puedo saberlo? —gritó ella de vuelta, rompiéndose finalmente—. ¡Mírame a los ojos y dime que no pensaste en este maldito contrato cuando empezaste a ser amable conmigo! ¡Dime que no es conveniente que ahora, justo antes del límite, estemos jugando a la casita feliz!
—¡No pensé en el dinero! ¡Me importa un carajo el dinero!
—¡Eres un Anderson! —escupió Emily con amargura—. El dinero es tu idioma. Tu padre compró a mi familia. Tú me compraste a mí. Y ahora estás intentando asegurar tu inversión con un bebé.
—Emily, por favor…
—No me toques.
Emily retrocedió, sintiendo que le faltaba el aire. Todo lo que habían construido en esos meses, las risas, los besos, la confianza… todo se sentía sucio. Falso. Una estrategia de negocios ejecutada con maestría.
—Me voy.
—No puedes irte. Esta es tu casa.
—Esta nunca fue mi casa. Fue mi oficina de trabajo. Y renuncio.
Emily salió del despacho corriendo. Subió a la habitación, lanzó ropa indiscriminadamente en una maleta y bajó las escaleras antes de que William pudiera procesar lo que sucedía.
Él la alcanzó en la puerta principal, agarrándola del brazo.
—¡Si cruzas esa puerta, Emily, no voy a ir a buscarte! —amenazó él, usando la ira para cubrir su pánico.
Emily se giró, con los ojos rojos pero secos.
—No espero que lo hagas, William. Ya conseguiste lo que querías de la fusión. La esposa ya no te sirve si no firma la renovación del contrato.
Se soltó de su agarre y salió a la noche fría de la Ciudad de México. Subió a su auto y arrancó, dejando atrás la mansión, el lujo y al hombre que había amado, con el corazón hecho pedazos en el asiento del copiloto.
Capítulo 6: El Precio del Amor
Emily se registró en un hotel boutique en la colonia Roma. No era lujoso, pero era anónimo.
Pasó tres días encerrada, mirando el techo, repasando cada momento de los últimos meses.
¿Fue mentira aquel beso en la cocina? ¿Fue fingida la forma en que me abrazaba mientras dormíamos?
Su mente le decía que sí. Su corazón, traicionero y estúpido, le gritaba que no.
Al cuarto día, el estrés le pasó factura.
Se despertó con una náusea violenta. Corrió al baño y vomitó hasta que no le quedó nada en el estómago.
Se lavó la cara con agua fría, mirándose al espejo. Estaba ojerosa, delgada.
Es el estrés, se dijo. Es la tristeza.
Pero las náuseas volvieron al día siguiente. Y al siguiente.
Y entonces, hizo cuentas.
Su periodo tenía tres semanas de retraso.
Con las manos temblando tanto que apenas podía sostener las llaves, salió a una farmacia. Compró tres pruebas de embarazo diferentes.
Regresó al hotel. Hizo las pruebas. Esperó los minutos más largos de su vida sentada en el borde de la tina.
Positivo.
Positivo.
Positivo.
Emily se cubrió la boca para ahogar un grito.
Estaba embarazada.
Llevaba en su vientre al “heredero” de la Cláusula VI. El bebé de los cinco millones de pesos.
Se sintió utilizada, sucia. William había ganado. Había conseguido exactamente lo que el contrato exigía.
Pero entonces, su mano bajó instintivamente a su vientre plano. Y sintió algo más. Un instinto feroz, protector. Ese bebé no era un contrato. Era suyo.
Mientras tanto, en las oficinas de Anderson Enterprises en Santa Fe, se estaba librando otra batalla.
William irrumpió en la sala de juntas, donde su padre y el equipo legal lo esperaban. Se veía terrible. No se había afeitado en cuatro días, su camisa estaba arrugada y tenía ojeras profundas.
—William, llegas tarde —dijo su padre, Robert Anderson, desde la cabecera de la mesa—. Tenemos que revisar los números trimestrales.
—No hay números que revisar —dijo William, lanzando un portafolios sobre la mesa de caoba.
—¿De qué hablas?
—Quiero disolver la fusión con Peterson Accounting.
El silencio en la sala fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
—¿Perdón? —Robert se rió nerviosamente—. Hijo, creo que no dormiste bien. Esa fusión vale millones. Y con la cláusula del heredero próxima a…
—¡Cállate! —el grito de William hizo saltar a los abogados—. ¡No vuelvas a mencionar esa maldita cláusula!
William apoyó las manos en la mesa, inclinándose hacia su padre.
—Emily se fue. Encontró el contrato. Piensa que todo lo que pasó entre nosotros fue por dinero. Piensa que soy igual que tú.
—Es una mujer emocional, William. Se le pasará. Cómprale una joya.
—No la conoces. Y claramente, no me conoces a mí.
William se enderezó y miró a los abogados.
—Redacten los documentos. Devuelvan la empresa a los padres de Emily. Condonen la deuda al 100%. Libérenlos de cualquier obligación financiera con nosotros.
—¡William, eso es locura! —rugió su padre, poniéndose de pie—. ¡Les estás regalando millones de dólares! ¡Esos inútiles quebraron su empresa y nosotros los salvamos!
—¡No los salvamos, papá! ¡Nos aprovechamos de su desesperación para comprarme una esposa! —William se golpeó el pecho—. ¡Y yo fui cómplice! ¡Dejé que pasara!
—Si haces esto, pondrás en riesgo tu posición como CEO. La junta directiva te comerá vivo.
—Que lo intenten. Tengo mis propias acciones y mi propio capital. Pero no voy a tener un centavo más que provenga de la infelicidad de mi esposa.
William tomó su saco y caminó hacia la puerta.
—Hazlo, papá. O renuncio hoy mismo y me llevo a mis clientes conmigo. Sabes que puedo hacerlo.
Salió de la oficina dejando un caos detrás. Subió a su auto y condujo. No sabía a dónde iba, solo sabía que tenía que encontrarla. Pero no podía presentarse ante ella con las manos vacías. Tenía que ir con la prueba de que el contrato estaba muerto.
Primero, fue a casa de los padres de Emily.
David y Sarah Peterson abrieron la puerta, asustados.
—William… ¿qué pasa? Emily nos llamó llorando, dijo que…
—Se acabó —dijo William, entregándoles una carpeta—. Aquí está la liberación de la deuda. Su empresa es suya de nuevo. No nos deben nada. Son libres.
Los padres de Emily miraron los papeles, atónitos.
—Pero… ¿por qué? —preguntó Sarah.
—Porque amo a su hija. Y quiero que sepa que no la quiero por su empresa, ni por un contrato, ni por un bono. La quiero a ella. Solo a ella.
—Ella está muy herida, William —dijo David con tristeza—. No sabemos dónde está. No nos quiso decir.
—La encontraré —prometió William—. Aunque tenga que buscar en cada hotel de esta ciudad.
No tuvo que buscar tanto.
Esa misma tarde, su celular vibró. Un mensaje de un número desconocido.
Era una ubicación. Y dos palabras:
“Tenemos que hablar.”
William condujo hasta el hotel en la Roma, con el corazón en la garganta.
Subió a la habitación. Emily abrió la puerta.
Se veía frágil, pero sus ojos tenían una determinación de acero.
—Entra.
William entró. La habitación era pequeña, impersonal.
—Emily, yo… fui a ver a tus padres.
Ella lo miró, sorprendida. —¿Qué?
—Les devolví la empresa. Rompí la fusión. No hay deuda, no hay contrato, no hay cláusulas. Perdí millones hoy, Emily. Y me importa un bledo. Lo haría mil veces si eso hace que me creas.
Emily se quedó paralizada. —¿Hiciste qué?
—Destruí el negocio. Porque el único negocio que me importa es nuestro matrimonio.
Emily sintió que las piernas le fallaban y se sentó en el borde de la cama. Él había renunciado a todo. Lo había hecho. Había elegido el amor sobre el dinero, tal como ella le había exigido.
—William…
—No te pido que vuelvas hoy —dijo él, arrodillándose frente a ella, sin atreverse a tocarla—. Solo te pido que me des una oportunidad de demostrarte que eres lo único real en mi vida.
Emily lo miró. Vio al hombre orgulloso, al millonario arrogante, arrodillado en la alfombra barata de un hotel, ofreciéndole su rendición incondicional.
—Hay algo más —dijo ella, con voz temblorosa.
—¿Qué?
Emily metió la mano en su bolsillo y sacó la prueba de embarazo. La puso en la mano de William.
—La cláusula del heredero… se cumplió.
William miró el pequeño objeto de plástico. Las dos líneas azules.
Levantó la vista, con los ojos llenos de pánico y maravilla.
—¿Estás…?
—Sí.
—Dios mío… —William dejó caer la cabeza sobre el regazo de Emily y comenzó a llorar. Lloró con sollozos profundos, liberando la tensión de años—. No me importa el bono. No me importa el contrato. Es nuestro bebé, Emily. Nuestro.
Emily, con lágrimas en los ojos, bajó la mano y acarició el cabello de su esposo.
—Sí, William. Es nuestro. Pero ahora… ahora tenemos que averiguar cómo ser una familia de verdad. Sin contratos de por medio.
William levantó la cara, mojada por las lágrimas, y besó la palma de su mano.
—Te lo prometo. Pasaré el resto de mi vida demostrándotelo.
Capítulo 7: La Guerra de los Anderson
El regreso a la mansión de Las Lomas no fue el cuento de hadas inmediato que uno esperaría. Fue, más bien, el inicio de una guerra fría.
William condujo con una mano en el volante y la otra entrelazada firmemente con la de Emily, como si temiera que ella se desvaneciera si la soltaba. Al entrar en la propiedad, las luces de la casa principal estaban encendidas por completo, algo inusual para esa hora de la noche.
—Mi padre está aquí —murmuró William, tensando la mandíbula al ver el Mercedes blindado estacionado en la entrada circular—. Sabía que no se quedaría tranquilo.
—No tienes que enfrentarlo solo —dijo Emily, apretando su mano. Ya no era la esposa tímida que bajaba la cabeza; ahora llevaba en su vientre el futuro de esa familia y en su corazón la certeza de ser amada.
—No, Emily. Tú no deberías…
—Es mi familia también, William. Y es mi dignidad la que él intentó comprar. Vamos.
Entraron a la casa. Robert Anderson estaba en la sala principal, sirviéndose un whisky con manos temblorosas de ira. Al verlos entrar, dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa de cristal.
—¡Vaya! —exclamó Robert, su voz resonando en el techo alto—. El hijo pródigo regresa después de incendiar el imperio, y trae a la causa de la ruina con él.
—Cuidado con lo que dices, papá —advirtió William, poniéndose delante de Emily—. Emily es mi esposa.
—¡Tu esposa nos acaba de costar quince millones de dólares y la reputación de la firma! —Robert caminó hacia ellos, con el rostro enrojecido—. ¿Tienes idea de lo que has hecho, William? Los socios están pidiendo tu cabeza. Dicen que has perdido la razón por una falda.
—No la perdí por una falda, Robert —intervino Emily, dando un paso al frente. Su voz era tranquila, pero tenía el filo del acero—. La recuperó gracias a una verdad.
Robert la miró con desdén. —Tú… pequeña oportunista. Mis abogados redactaron ese contrato para protegernos de gente como tú. Y mira, tenía razón. Has manipulado a mi hijo para que destruya el legado de su abuelo.
—Basta —William habló con una voz tan gélida que la temperatura de la sala pareció descender—. No voy a permitir que le hables así. Y para tu información, papá, el legado del abuelo se basaba en el trabajo duro, no en la compraventa de seres humanos.
—¡Son negocios! —gritó Robert—. ¡Todo son negocios!
—Pues este negocio se acabó —William sacó un sobre de su saco y lo lanzó sobre la mesa—. Mi carta de renuncia.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Robert miró el sobre como si fuera una bomba.
—¿Qué?
—Renuncio a Anderson Enterprises. Renuncio a mi puesto de CEO, a mis bonos y a mi asiento en la junta directiva. Quédate con tu dinero, papá. Quédate con tus socios alemanes y tus fusiones corruptas. Yo me quedo con mi esposa.
—William, no puedes hablar en serio… —la voz de Robert vaciló por primera vez—. Sin la empresa no eres nada.
—Sin la empresa soy libre. Tengo mis ahorros, tengo mi talento y, lo más importante, tengo una familia real. Algo que tú nunca supiste construir.
William tomó la mano de Emily. —Vámonos. Recogeremos nuestras cosas mañana. Esta noche nos quedamos en un hotel. No quiero que mi hijo pase ni un minuto bajo este techo lleno de toxicidad.
Robert se quedó helado. —¿Hijo?
William se detuvo en la puerta y se giró, con una sonrisa triste pero orgullosa.
—Sí, papá. Emily está embarazada. Vas a tener un nieto. Un nieto que conocerá el valor del amor, no el precio de las personas. Y si quieres formar parte de su vida algún día, tendrás que aprender la diferencia.
Salieron de la mansión dejando a Robert Anderson solo, rodeado de su lujo y su soledad, mirando el vaso de whisky como si contuviera todas sus malas decisiones.
Los meses siguientes fueron un torbellino. Lejos de la jaula de oro de los Anderson, William y Emily se mudaron a un penthouse luminoso en Polanco, un espacio que eligieron y decoraron juntos. No había mármol frío ni estatuas pretenciosas; había madera cálida, luz natural y pronto, una cuna blanca en la habitación contigua.
William cumplió su palabra. Usó sus ahorros personales para fundar una nueva consultora, “W&E Strategies”. Empezaron pequeños, trabajando desde la mesa del comedor. Emily, a pesar de las náuseas matutinas y el cansancio, era el cerebro detrás de la expansión. Su conocimiento de los mercados emergentes, combinado con la astucia estratégica de William, los convirtió en un equipo imparable.
Pero lo más importante sucedía fuera del trabajo.
William iba a todas las ecografías. Lloró la primera vez que escuchó el corazón del bebé, un sonido rápido y rítmico que le pareció la mejor música del mundo. Le daba masajes a Emily en los pies hinchados por las noches y le leía libros sobre paternidad con la misma seriedad con la que antes leía informes financieros.
—¿Te arrepientes? —le preguntó Emily una noche, mientras estaban acostados en el sofá viendo las luces de la ciudad. Su vientre de siete meses ya era prominente bajo su pijama.
—¿De qué?
—De dejarlo todo. De dejar de ser “El Príncipe de Santa Fe”.
William besó su frente y luego su vientre, donde el bebé acababa de dar una patada.
—Emily, durante treinta años fui rico pero miserable. En estos últimos seis meses, comiendo pizza en el suelo mientras armábamos muebles y discutiendo sobre qué color pintar la guardería, he sido más feliz que en toda mi vida. No perdí nada. Lo gané todo.
Emily sonrió, acariciando el cabello de su esposo. La herida de la traición había sanado, capa por capa, con cada acto de amor genuino de William. Ya no había dudas. Ya no había contratos. Solo había un “nosotros”.
Capítulo 8: Un Amor Sin Precio
El día de la renovación de votos llegó seis meses después de aquella terrible noche en la que Emily descubrió el contrato. No querían esperar más. Querían borrar el recuerdo de su primera boda —aquella ceremonia fría y protocolaria llena de socios comerciales— y reemplazarla con una memoria verdadera.
Eligieron un jardín privado en San Ángel, lleno de buganvilias y con una fuente de piedra que murmuraba suavemente. No había prensa, ni fotógrafos de sociales, ni inversionistas. Solo estaban los padres de Emily, David y Sarah, quienes lloraban de felicidad al ver a su hija radiante; algunos amigos cercanos que habían hecho en su nueva vida, y un invitado inesperado que se mantenía discretamente al fondo.
Robert Anderson.
Había llamado a William una semana antes, con la voz rota, pidiendo permiso para asistir. “Solo quiero ver”, había dicho. William, después de hablarlo con Emily, aceptó. El perdón también era parte de su nuevo comienzo.
Emily caminó hacia el altar improvisado bajo un arco de flores blancas. Llevaba un vestido sencillo de seda color crema que envolvía suavemente su embarazo de ocho meses. Se veía etérea, como una diosa de la fertilidad y el amor.
William la esperaba, con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas. Cuando ella llegó a su lado, él tomó sus manos y respiró hondo, como si estuviera inhalando la paz que ella le traía.
—Emily —comenzó William, sin papeles, hablando desde el corazón—. Hace tres años, prometí cuidarte, pero no sabía lo que eso significaba. Prometí respetarte, pero no me tomé el tiempo de conocerte. Hoy, ante Dios y nuestra familia, renuevo esas promesas, pero esta vez con la verdad.
William apretó sus manos.
—Prometo que nunca más serás invisible. Prometo que tu voz será mi brújula. Prometo que nuestro hijo crecerá sabiendo que su padre ama a su madre no porque sea conveniente, sino porque es vital. Eres mi socia, mi mejor amiga y el amor de mi vida. Te elijo a ti, Emily. Hoy y todos los días, sin cláusulas, sin condiciones, para siempre.
Emily tuvo que tomarse un momento para que la emoción no le quebrara la voz.
—William… me enseñaste que las personas pueden cambiar. Me enseñaste que el amor no es un cuento de hadas, sino una construcción diaria, ladrillo a ladrillo. Te perdono por el pasado y te agradezco por nuestro presente. Prometo amarte en la riqueza y en la pobreza —miró a Robert al fondo y sonrió levemente—, aunque contigo, sé que siempre seremos ricos en lo que importa. Te amo. A ti y a nuestra familia.
Cuando se besaron, no hubo aplausos de cortesía, sino vítores genuinos. David Peterson abrazó a su esposa, y al fondo, Robert Anderson se limpió discretamente una lágrima antes de acercarse lentamente.
—William… Emily —dijo Robert, con una humildad que no le quedaba bien el traje caro—. Felicidades.
—Gracias por venir, papá —dijo William, manteniendo un brazo protector alrededor de Emily.
—Tienen… tienen algo especial —admitió Robert, mirando el vientre de Emily—. Quizás… quizás tenías razón, hijo. Hay inversiones que no dan dividendos en el banco.
Fue el primer paso hacia una tregua. No sería fácil, pero era un comienzo.
UN MES DESPUÉS
El parto fue largo y difícil. William no se apartó del lado de Emily ni un segundo. Le sostuvo la mano, le secó el sudor, le susurró palabras de aliento cuando ella gritaba que ya no podía más.
—Puedes, mi amor. Eres la mujer más fuerte que conozco. Ya casi está aquí.
Y entonces, un llanto fuerte y vigoroso llenó la sala de partos del Hospital Español.
El doctor levantó al bebé.
—Es un niño. Un varón sano y fuerte.
William cortó el cordón umbilical con manos temblorosas. Cuando las enfermeras limpiaron al bebé y lo pusieron en el pecho de Emily, el mundo exterior desapareció.
Era pequeño, rosado y perfecto. Tenía el cabello oscuro de Emily y, cuando abrió los ojos por un segundo, William vio el azul de los suyos reflejado.
—Hola, David —susurró Emily, nombrando al bebé en honor a su padre, con el acuerdo de William—. Bienvenido al mundo.
William besó la cabeza de su hijo y luego los labios de su esposa.
—Gracias —lloró él—. Gracias.
No hubo cheque de cinco millones. No hubo bono corporativo. Solo hubo el peso cálido de una nueva vida y la certeza absoluta de que eran la familia más afortunada del mundo.
EPÍLOGO: 1 AÑO MÁS TARDE
La oficina de “Anderson & Peterson International Consulting” ocupaba ahora un piso entero en un edificio moderno de Reforma. El logo era elegante y discreto.
Emily estaba en su despacho, revisando los contratos para una expansión minera en Chile, cuando la puerta se abrió.
—Señora Anderson, el CEO tiene una queja —dijo William, entrando con una sonrisa traviesa.
Llevaba al pequeño David, ahora de un año, en un portabebés contra su pecho. El niño reía y balbuceaba, intentando agarrar la corbata de su padre.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la queja? —preguntó Emily, dejando los papeles y levantándose para besar a sus dos hombres.
—Dice que la junta directiva ha decretado que es hora de irse a casa. Y que quiere helado.
—Bueno, si la junta lo dice…
Emily tomó su bolso y apagó las luces de la oficina. Miró la placa en la puerta, con sus dos apellidos unidos. Miró a su esposo, que le hacía cosquillas al bebé para hacerlo reír.
Recordó a la chica solitaria que desayunaba en silencio hacía cuatro años. Parecía otra vida. Otra persona.
—¿En qué piensas? —preguntó William, tomándola de la mano mientras caminaban hacia el elevador.
—En que soy una excelente negociadora —dijo ella con una sonrisa.
—¿Por qué?
—Porque cambié una deuda millonaria por todo esto.
William se rió y la besó mientras las puertas del elevador se cerraban.
—Creo que yo salí ganando, señora Anderson. Yo salí ganando.
FIN.
HISTORIA PARALELA: El Primer Contrato del Corazón
Capítulo 1: El Penthouse de las Cajas de Cartón
La primera noche en el departamento de Polanco no fue romántica. Fue un caos silencioso y agotador.
William Anderson, el hombre que había cerrado tratos de millones de dólares en rascacielos de Tokio y Nueva York, estaba sentado en el suelo de madera, mirando con perplejidad un manual de instrucciones de una cuna importada. A su lado, Emily, con cinco meses de embarazo, intentaba organizar una montaña de ropa en un clóset que era una cuarta parte del tamaño del que tenía en la mansión de Las Lomas.
—Creo que nos faltan tornillos —dijo William, pasándose una mano por el cabello, que ya no estaba peinado con la perfección habitual de un CEO. Llevaba una camiseta blanca básica y unos jeans desgastados, una imagen que a Emily todavía le costaba procesar, pero que le aceleraba el corazón más que cualquier traje a la medida.
Emily dejó de doblar un suéter y se sentó con dificultad en el borde de la cama, que aún no tenía sábanas.
—No faltan tornillos, William. Es que estás intentando poner la base del colchón en el lugar donde va el barandal móvil.
William levantó la vista y soltó una risa cansada. —Soy ingeniero industrial, Emily. Se supone que sé cómo funcionan las estructuras.
—Eres un genio financiero, mi amor. Pero para armar muebles, creo que necesito llamar a un experto. O a mi papá.
William dejó el desarmador y se arrastró por el suelo hasta quedar frente a ella, apoyando la cabeza en sus rodillas. Emily le acarició la nuca, sintiendo la tensión acumulada en sus músculos. Habían pasado tres semanas desde la gran confrontación con Robert Anderson. Tres semanas desde que William renunció a todo: su puesto, su salario, su estatus y, lo más aterrador, su liquidez inmediata.
Aunque William tenía ahorros personales sustanciales, el bloqueo de su padre había sido brutal. Robert había movido influencias para congelar ciertas cuentas de fideicomisos familiares y había lanzado una campaña de desprestigio silenciosa en el círculo empresarial de la Ciudad de México. “William Anderson perdió la cabeza”, decían los rumores. “Se dejó manipular por una mujer y arruinó una fusión millonaria”.
—¿Te arrepientes? —preguntó William, su voz amortiguada contra la tela de su pantalón de maternidad.
Emily detuvo su mano. —¿De qué?
—De esto. —William levantó la cabeza y señaló alrededor: las cajas de cartón, la cena de comida china fría sobre la mesa improvisada, la ausencia de servidumbre—. De dejar la mansión. De tener un marido que no puede armar una cuna y que mañana tiene que ir a rogar por clientes en lugar de elegirlos.
Emily tomó su rostro entre sus manos. Sus ojos color miel brillaban con una determinación feroz.
—William, mira a tu alrededor. No veo cajas. Veo nuestro hogar. No veo un marido inútil, veo al padre de mi hijo luchando por construir algo propio. Y sobre los clientes… —Emily sonrió con astucia—. No vamos a rogar. Vamos a conquistar. Mañana es la reunión con TechSolar.
—TechSolar… —William suspiró—. Mi padre tiene a tres vicepresidentes intentando bloquear esa reunión. Dicen que soy un riesgo de inversión.
—Pues mañana verán que el único riesgo es no contratarte. Y no contratarme. Porque te recuerdo, Sr. Anderson, que ahora somos socios al 50%.
William besó la palma de su mano. —Socios. Me gusta cómo suena eso.
—Ahora, levántate. Si no armamos esa cuna hoy, David va a tener que dormir en un cajón cuando nazca.
Esa noche, durmieron entre sábanas desparejadas, agotados pero entrelazados. William soñó con números rojos y la risa burlona de su padre. Emily soñó con un edificio alto con su nombre en la puerta. Ambos despertaron sabiendo que el día siguiente no era solo una reunión de negocios; era la primera batalla de su nueva vida.
Capítulo 2: La Emboscada en Santa Fe
La mañana siguiente, la Ciudad de México amaneció con ese gris característico de contaminación y nubes bajas, pero para William y Emily, era el día D.
Se vistieron con sus mejores trajes. Emily tuvo que usar un vestido negro elástico que se acomodaba a su vientre, combinándolo con un saco blanco que le daba una autoridad innegable. William se puso su mejor traje azul marino, el que usaba para las “reuniones de muerte súbita”.
—Te ves peligrosa —dijo él, ajustándose la corbata frente al espejo del pasillo.
—Me siento como una ballena con tacones —admitió ella, poniéndose los aretes—. Pero una ballena muy inteligente. ¿Estás listo?
—Nací listo. Aunque admito que estoy nervioso. Hans Müller, el CEO de TechSolar, es un alemán de la vieja escuela. Si huele debilidad, nos comerá vivos.
—Entonces no le daremos debilidad. Le daremos estrategia.
Condujeron hacia Santa Fe en el auto de Emily, ya que William había devuelto el Porsche de la empresa como parte de su renuncia (“No quiero nada que huela a mi padre”, había dicho). El tráfico en Constituyentes era una pesadilla, lo que solo aumentaba la tensión.
La reunión estaba programada en un restaurante exclusivo dentro de uno de los rascacielos más modernos de la zona. TechSolar buscaba expandirse a Brasil y Argentina, y necesitaban consultores que entendieran tanto la economía latinoamericana como la mentalidad europea. Era el nicho perfecto para W&E Strategies.
Llegaron diez minutos antes. William entregó las llaves al valet y tomó la mano de Emily. Su agarre era firme, transmitiéndole fuerza.
Entraron al lobby y se dirigieron a la recepción del restaurante.
—Buenos días, tenemos una reservación a nombre del Sr. Müller, mesa privada —dijo William con su voz de mando habitual.
La hostess revisó la lista en su tablet y frunció el ceño. —Lo siento, Sr. Anderson. La reunión fue cancelada.
El mundo pareció detenerse por un segundo.
—¿Cómo que cancelada? —preguntó Emily, dando un paso adelante—. Confirmamos ayer por la noche.
—El asistente del Sr. Müller llamó hace veinte minutos. Dijo que… —la chica dudó, incómoda—. Dijo que surgieron “conflictos de interés” y que ya estaban atendidos por otra firma.
William sintió que la sangre le hervía en las venas.
—¿Qué otra firma?
Justo en ese momento, las puertas de cristal del área privada del restaurante se abrieron. Salieron tres hombres riendo. Dos eran ejecutivos alemanes altos y rubios. El tercero era Robert Anderson.
El padre de William se detuvo al verlos. Su sonrisa se ensanchó, pero no llegó a sus ojos fríos.
—William. Emily. Qué sorpresa verlos aquí. Aunque creo que llegan un poco tarde.
—Tú… —William dio un paso hacia él, pero Emily le puso una mano en el pecho para detenerlo. Sintió el corazón de su esposo golpeando como un martillo.
—Buenos días, Robert —dijo Emily con una calma glacial—. Veo que sigues jugando sucio. Bloquear la agenda de tu propio hijo es bajo, incluso para ti.
—Son negocios, querida. TechSolar necesitaba garantías financieras que una… start-up operada desde un departamento en Polanco no puede ofrecer. Anderson Enterprises, en cambio, tiene el capital y la infraestructura. El Sr. Müller prefirió la seguridad.
Hans Müller, el alemán, miró a William con cierta incomodidad.
—William, lo siento. Tu padre nos presentó una oferta muy agresiva. Y con los rumores sobre tu… inestabilidad reciente… no podemos arriesgarnos en Brasil.
William miró a su padre, luego a Müller. Sintió el peso del fracaso en sus hombros. Habían trabajado toda la noche en la presentación. Habían apostado todo a este cliente.
—Entiendo —dijo William, con la voz tensa—. Si la seguridad es lo que buscan, hicieron bien. Vámonos, Emily.
William se dio la vuelta, derrotado. La sombra de su padre era demasiado larga, demasiado pesada.
Pero Emily no se movió.
—No —dijo ella.
William se detuvo. —¿Emily?
Emily se soltó de su brazo y caminó directamente hacia Hans Müller, ignorando por completo a Robert. Se paró frente al imponente alemán, a pesar de que su embarazo la hacía sentir vulnerable físicamente, mentalmente era una gigante.
—Herr Müller —comenzó Emily en un alemán perfecto, fluido y con un acento bávaro que hizo que las cejas del ejecutivo se dispararan hasta el techo—. Entschuldigen Sie die Störung. (Disculpe la interrupción).
Robert Anderson abrió la boca, sorprendido. No sabía que ella hablaba alemán. William se giró, observando a su esposa con una mezcla de asombro y adoración.
—Sé que mi suegro le ha ofrecido seguridad financiera, —continuó Emily, cambiando al inglés para que todos entendieran, pero manteniendo la autoridad—. Anderson Enterprises tiene dinero, es cierto. Pero, ¿tienen conocimiento del terreno?
—Tenemos a los mejores analistas —intervino Robert, molesto.
—Tienen analistas de escritorio en Nueva York —replicó Emily sin mirarlo—. Sr. Müller, ¿sabe usted que la nueva regulación fiscal en Sao Paulo cambia el próximo mes? ¿Sabe que el sindicato de transportistas en Buenos Aires está planeando una huelga que paralizará la logística de paneles solares si no se negocia con los líderes locales en su propio idioma y bajo sus códigos culturales?
Müller pareció interesado. —¿Y usted sabe eso?
—Yo no solo lo sé. Yo cené la semana pasada con el enlace comercial de Brasil. —Era una media verdad, había intercambiado correos, pero la confianza era clave—. William y yo no le ofrecemos una cuenta bancaria gorda para cubrir sus errores. Le ofrecemos una estrategia quirúrgica para no cometerlos.
Emily sacó de su bolso una tablet sencilla.
—Su plan actual con Anderson Enterprises le costará un 20% más en aranceles porque no están considerando el tratado del Mercosur en las excepciones de tecnología verde. Nosotros le ahorramos ese 20% antes de que ponga un pie en el avión.
Müller miró a Robert. —¿Es eso cierto, Robert? ¿El tratado del Mercosur?
Robert tartamudeó. —Nuestros equipos legales se encargarán de…
—Es decir, no lo saben —concluyó Müller. Se volvió hacia Emily y William. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro severo—. Señora Anderson, su alemán es impecable. Y su audacia también.
—No es audacia, Sr. Müller —dijo William, acercándose y poniéndose al lado de su esposa, formando un frente unido—. Es la competencia que le prometimos. Somos pequeños, sí. Pero somos rápidos, tenemos hambre y, francamente, somos mejores.
Robert estaba rojo de ira. —Hans, no puedes tomar en serio a estos dos…
Müller levantó una mano para callar a Robert.
—Robert, agradezco el desayuno. Pero creo que necesito escuchar la propuesta de William y Emily. —Miró su reloj—. Tengo treinta minutos antes de mi vuelo. ¿Tienen su presentación lista?
William sonrió, esa sonrisa de tiburón que había estado dormida. Sacó una memoria USB de su bolsillo.
—La tenemos, Hans. Y solo necesitamos veinte minutos.
—Bien. Vamos a mi suite en el hotel de arriba. Robert, nos vemos luego.
Robert Anderson se quedó de pie en el lobby del restaurante, viendo cómo su hijo y su nuera embarazada caminaban hacia los elevadores con el cliente más importante del año. Antes de que las puertas se cerraran, Emily se giró y le dedicó una leve inclinación de cabeza. No fue una burla. Fue una despedida.
Capítulo 3: La Celebración en los Tacos
Salieron del edificio dos horas después. Tenían un pre-contrato firmado y un cheque de anticipo que cubría no solo los gastos del parto, sino la renta de un año y el capital operativo para la empresa.
Cuando se subieron al auto, el silencio duró diez segundos. Luego, ambos estallaron en gritos de euforia.
—¡Lo lograste! —gritó William, golpeando el volante—. ¡Dios mío, Emily! ¡Hablaste alemán! ¡Le citaste el tratado del Mercosur en su cara!
—¡Tú estuviste increíble con las proyecciones financieras! —reía Emily, con lágrimas de adrenalina en los ojos—. Cuando le mostraste el gráfico de retorno de inversión, vi cómo le brillaban los ojos a Müller.
William se inclinó y la besó. Fue un beso desordenado, lleno de risas y alivio.
—Somos un equipo increíble.
—El mejor. —Emily se tocó el estómago—. Y creo que el socio minoritario tiene hambre. Mucha hambre.
—¿A dónde quieres ir? ¿Pujol? ¿Quintonil? Podemos pagarlo ahora.
Emily negó con la cabeza. —No quiero comida elegante. Quiero celebrar como gente normal que acaba de ganar su primera batalla. Quiero tacos.
—¿Tacos?
—Tacos al pastor. Con mucha piña. Y una gringa. Y un agua de horchata.
William rió. —Tacos serán.
Terminaron en una taquería famosa en la colonia Narvarte, sentados en taburetes de plástico bajo una luz fluorescente. William, con su traje de mil dólares, comía con una destreza sorprendente, manchándose un poco de salsa roja. Emily devoraba sus tacos con la satisfacción de quien ha conquistado un imperio.
—¿Sabes qué fue lo mejor? —dijo William, limpiándose con una servilleta de papel—. La cara de mi padre.
Emily dejó su taco y se puso seria por un momento.
—William, ¿te duele?
—¿Qué cosa?
—Pelear con él. Es tu padre, a fin de cuentas.
William miró su refresco. —Me duele que tenga que ser así. Pero hoy me di cuenta de algo. Él no estaba peleando por negocios. Estaba peleando por control. No soporta que yo sea feliz sin sus reglas. Y hoy, cuando te vi enfrentarlo, defendiéndonos… me di cuenta de que ya no necesito su aprobación. Tengo tu respeto. Eso vale más.
Emily le tomó la mano sobre la mesa pegajosa.
—Vamos a construir algo diferente, William. Una empresa donde la gente importe. Donde no haya contratos secretos ni cláusulas abusivas.
—Lo haremos. W&E Strategies será el legado que David merezca.
—Hablando de David… —Emily hizo una mueca y se llevó la mano a la espalda baja—. Creo que David está celebrando también. Me está pateando la vejiga como si fuera un balón de fútbol.
William sonrió con ternura. —Es un luchador, como su madre.
Capítulo 4: Miedos Nocturnos
Esa noche, la adrenalina bajó y dio paso a una vulnerabilidad silenciosa.
Estaban en la cama del penthouse. Las luces de la ciudad entraban por la ventana sin cortinas (aún no las habían comprado). William estaba acostado boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza, y Emily descansaba sobre su pecho.
—Tengo miedo —susurró Emily en la oscuridad.
William tensó el brazo alrededor de ella. —¿De qué, mi amor? ¿Del parto? ¿Del negocio?
—De que esto sea un sueño. De que despierte mañana y esté de nuevo en la mansión, bajando a desayunar sola, siendo invisible. A veces siento que tanta felicidad no puede ser real después de tanta soledad.
William se giró para mirarla. En la penumbra, sus ojos azules eran pozos oscuros de sinceridad.
—No es un sueño, Emily. Es la realidad que construimos. Y te prometo algo: nunca más volverás a estar sola. Incluso si perdemos el negocio, incluso si mi padre nos quita todo… me tendrás a mí.
—¿Y si fallamos? —preguntó ella, la inseguridad de los años pasados asomándose—. TechSolar es un cliente enorme. ¿Y si no podemos con el paquete?
—Entonces fallaremos juntos. Y nos levantaremos juntos. —William besó su frente—. Pero no vamos a fallar. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque tú eres la mujer que aprendió tres idiomas en secreto mientras su esposo la ignoraba. Eres la mujer que se enfrentó a Robert Anderson y ganó. Eres la fuerza de esta familia, Emily. Yo solo soy el tipo con suerte que te acompaña.
Emily sonrió y cerró los ojos, sintiendo el latido del corazón de William bajo su oído. Era un ritmo constante, fuerte, seguro.
—Te amo, William.
—Te amo, Emily. Y a ti también, David —susurró, poniendo su mano grande sobre el vientre de ella.
En ese momento, el bebé se movió suavemente, como respondiendo.
No sabían lo que vendría después. No sabían que el parto sería complicado, ni que la empresa crecería hasta convertirse en un referente internacional. No sabían que tendrían noches de insomnio, peleas por el color de las paredes y reconciliaciones dulces.
Pero en esa noche, en un departamento medio vacío en Polanco, con un contrato en la mesa y un bebé en camino, William y Emily Anderson supieron que habían ganado la guerra más importante de todas: la guerra contra el miedo a ser amados.
El pasado era un contrato roto. El futuro era una hoja en blanco, y por primera vez, ambos tenían la pluma para escribirla juntos.
NOTA DEL AUTOR:
Esta historia paralela sirve como puente emocional para entender cómo la pareja pasó de la crisis del “contrato de herencia” a la sólida unidad que se ve en el epílogo. Muestra la transición del William “heredero inútil” al William “emprendedor”, y consolida a Emily no solo como esposa y madre, sino como el cerebro brillante detrás de su éxito conjunto, validando la admiración profesional que William siente por ella. Además, cierra el ciclo con Robert Anderson, mostrando que su derrota no fue solo moral, sino también intelectual y comercial.
