PARTE 1
Capítulo 1: La calma antes de la tormenta
Dicen que las personas más silenciosas son las que tienen los pasados más ruidosos. En el Hospital Civil de Guadalajara, todos conocían a Sarah Jenkins. A sus 56 años, era esa enfermera dulce que siempre tenía una palabra de aliento para los pasantes exhaustos y que tejía chambritas para los bebés que nacían en la madrugada. Con su cabello canoso recogido en un chongo mal hecho y sus zapatos ortopédicos que chirriaban en el linóleo, Sarah era el cuadro vivo de la ternura y la fragilidad.
Era un martes pesado, de esos donde la lluvia de noviembre parece querer traspasar el concreto. Sarah se tallaba la espalda baja mientras esperaba que terminara su turno. El Dr. Estrada, un joven residente con más ego que experiencia, le gritó desde el mostrador: — “¡Jenkins! El café se acabó. Antes de que te vayas a tu casa a tejer, prepárame una jarra nueva. Muévete”.
Jessica, una enfermera de 24 años, quiso defenderla, pero Sarah solo asintió con una sonrisa mansa. “Claro, doctor”, dijo con voz suave. Lo que Estrada no sabía era que esa mujer había sido gritada por generales de cuatro estrellas y que las balas de los insurgentes le habían pasado más cerca de lo que él jamás estaría de un libro de medicina. Sarah vivía bajo un mantra: “Si tan solo supieran”. Su suavidad era un disfraz; su silencio, una disciplina.
Capítulo 2: El Saludo de los Dioses de la Guerra
A las 11:50 p.m., la atmósfera cambió. No fue un ruido, fue un cambio de presión. Las puertas de urgencias se abrieron de par en par. Seis hombres entraron. No caminaban, fluían con una gracia depredadora que activó las alarmas primordiales de todos los presentes. Estaban empapados, vestían ropa civil pero sus hombros anchos y sus miradas tácticas gritaban “militares”.
El guardia de seguridad, un hombre mayor llamado Don Goyo, intentó detenerlos: “Ya no es hora de visitas, señores…”. El líder del grupo, un gigante con una cicatriz que le bajaba desde la oreja hasta la mandíbula, simplemente levantó la mano. Fue una orden de autoridad tan absoluta que Don Goyo se sentó de inmediato.
El gigante ignoró al Dr. Estrada y se dirigió directamente hacia Sarah. Se detuvo a escasos centímetros de ella. El agua goteaba de su chaqueta táctica. El hospital quedó en un silencio sepulcral. Jessica, temblando, susurró: “Sarah, llama a la policía”. Pero Sarah no se movió. Estaba petrificada, no por miedo, sino por reconocimiento. Ella conocía esa cicatriz. Ella conocía ese caminar.
Entonces, ante los ojos incrédulos de todo el personal, el hombre más peligroso del mundo bajó la cabeza en un gesto de profunda sumisión y luego se cuadró en un saludo militar perfecto. — “Llevamos tres días buscándola, señora”, dijo con voz ronca. — “No quería que me encontraran, Marcus”, respondió Sarah, y su voz ya no era la de la abuelita del hospital. Era una voz de acero. — “El Fantasma regresó… y está destrozado. Necesitamos al Ángel de Kandahar”.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Quirófano de la Muerte
El aire en la sala de Urgencias del Hospital Civil se volvió espeso, casi sólido. El olor a ozono de la tormenta se mezcló instantáneamente con el aroma metálico y dulzón de la sangre fresca, una combinación que Sarah Jenkins conocía mejor que su propio nombre. El “Fantasma”, como Marcus lo había llamado, no parecía un hombre; parecía un rompecabezas de carne y metal destrozado.
— “¡A la sala de Trauma Uno! ¡Ahora!” —la voz de Sarah no solo subió de volumen, cambió de frecuencia. Ya no era la voz de la mujer que te pedía permiso para tomar su hora de comida; era una frecuencia de mando que hacía que tus instintos de supervivencia te obligaran a moverte.
Jessica, con las manos temblorosas, agarró un extremo de la camilla táctica. Los SEALs no esperaron a que ella empujara; ellos mismos la lanzaron hacia el pasillo con una coordinación que parecía ensayada mil veces. El Dr. Estrada, saliendo de su estupor y recuperando su arrogancia habitual, se interpuso en el camino.
— “¡Un momento! ¡Jenkins, detente ahí mismo!” —gritó Estrada, poniéndose frente a la camilla—. “Esto es una violación total de los protocolos. No puedes meter a civiles armados aquí, y mucho menos atender a un paciente sin mi autorización. Soy el médico de guardia, ¡yo mando aquí!”
Sarah no se detuvo. Siguió caminando, obligando a Estrada a retroceder hasta que su espalda chocó contra la puerta de doble acción de Trauma Uno. Sarah se acercó a él, quedando a centímetros de su rostro. Sus ojos, antes nublados por la edad, ahora brillaban con una lucidez depredadora.
— “David” —dijo ella, usando su nombre de pila como si fuera un diagnóstico—. “Este hombre tiene un neumotórax a tensión, una laceración probable en la arteria femoral y metralla en la cavidad abdominal. Si no le abro el pecho en los próximos noventa segundos, su corazón se detendrá por falta de presión. Así que tienes dos opciones: o entras ahí, te lavas las manos y te preparas para asistir a una cirujana que ha operado en cuevas con menos luz que tu teléfono, o te quitas de mi maldito camino antes de que Marcus te quite él mismo”.
Marcus, que medía casi dos metros y cargaba un rifle de asalto como si fuera una extensión de su brazo, dio un paso adelante. La sombra del soldado cubrió por completo al doctor. Estrada tragó saliva, su rostro palideció y, sin decir una palabra, se hizo a un lado.
— “Jessica, ¡guantes de nitrilo, ahora!” —ordenó Sarah mientras entraban a la sala—. “Necesito el carro rojo, el ventilador portátil y tres unidades de O Negativo. No esperes a que el banco de sangre responda, diles que es una emergencia de Código Negro”.
La sala de Trauma Uno era pequeña, blanca y fría, pero en segundos se convirtió en una caldera. Sarah se arrancó el suéter de lana que siempre usaba para el frío y lo arrojó al suelo. Debajo, sus brazos, aunque marcados por el tiempo, se veían firmes. Se puso los guantes con un chasquido que sonó como un disparo.
— “Córtenle el equipo” —le ordenó a los soldados.
Dos de los SEALs sacaron cuchillos de combate y, con una rapidez quirúrgica, rebanaron el kevlar y la ropa térmica del paciente. Lo que quedó al descubierto hizo que Jessica ahogara un grito. El pecho del hombre estaba hundido del lado izquierdo, y un vendaje improvisado en su muslo estaba tan empapado de sangre que goteaba rítmicamente sobre el suelo de linóleo. Ploc. Ploc. Ploc.
— “Está entrando en shock hipovolémico” —murmuró Sarah, colocando sus dedos en la carótida del paciente—. “Su pulso es un hilo. Marcus, sostén su cabeza. No dejes que se mueva aunque empiece a convulsionar”.
— “Entendido, Valkiria” —respondió el gigante, posicionándose con una calma absoluta que contrastaba con el caos de la sala.
Sarah agarró unas tijeras de trauma de alta resistencia. No pidió permiso. No buscó un bisturí estándar. Necesitaba velocidad.
— “Jessica, olvida el protocolo de esterilidad total, no tenemos tiempo para lavar la zona con yodo durante diez minutos. Solo echa alcohol sobre su pecho, ¡hazlo ya!”
El Dr. Estrada, que finalmente había entrado a la sala movido por una mezcla de miedo y curiosidad científica, se acercó a la mesa. — “Jenkins, no puedes hacer una toracotomía aquí… no tenemos el equipo de bypass, no somos un centro de trauma de nivel uno, ¡lo vas a matar!”
Sarah lo miró por encima de sus lentes rotos, que ahora colgaban de la punta de su nariz. — “Doctor, lo que usted llama ‘equipo’ yo lo llamo lujo. He cosido aortas con hilo de pescar y agujas de coser mientras el suelo se sacudía por explosiones de mortero. Si quiere ayudar, agarre ese ambú y empiece a ventilar. Si no, lárguese a su oficina y déjenos a los adultos trabajar”.
Estrada, humillado y asombrado, agarró la bolsa de ventilación y empezó a bombear aire en los pulmones del paciente.
Sarah respiró hondo. El mundo exterior —la lluvia, el hospital, los chismes de los pasillos, su vida como la ‘tierna enfermera’— se desvaneció. Solo existían ella, el paciente y el problema mecánico que debía resolver. Sus manos dejaron de temblar.
— “Bisturí del diez” —pidió.
Jessica se lo entregó. Sarah hundió la hoja en el cuarto espacio intercostal del “Fantasma”. No hubo duda. No hubo vacilación. El corte fue limpio, profundo, extendiéndose desde el esternón hasta la axila. La sangre brotó, manchando la bata blanca de Sarah, pero ella ni siquiera parpadeó.
— “Separador Finochietto” —dijo con voz plana.
— “No tenemos de esos en urgencias, están en el quirófano central” —respondió Jessica al borde del llanto.
Sarah maldijo entre dientes. Miró a Marcus. — “Marcus, dame tu mano. Necesito que metas los dedos aquí y tires hacia arriba con toda tu fuerza cuando yo te diga. Vamos a hacer espacio manualmente”.
El soldado, sin dudarlo un segundo, hundió sus dedos enguantados en la incisión del pecho de su compañero. — “¡Ahora!” —gritó Sarah.
El sonido de las costillas crujiendo bajo la fuerza bruta de Marcus llenó la habitación. Fue un sonido seco, orgánico, aterrador. Pero funcionó. El pecho se abrió lo suficiente para que Sarah pudiera ver el desastre interno. El pulmón izquierdo estaba colapsado y el pericardio, el saco que envuelve al corazón, estaba lleno de sangre, asfixiando al órgano.
— “Taponamiento cardiaco” —diagnosticó Sarah—. “Por eso no tiene pulso. El corazón no puede latir porque su propia sangre lo está aplastando”.
Con una delicadeza que nadie hubiera esperado de alguien que acababa de ordenar romper costillas, Sarah hizo una pequeña incisión en el pericardio. Un chorro de sangre a presión salió disparado, manchándole la cara y los lentes. Instantáneamente, el monitor, que antes emitía un pitido largo y monótono de muerte, empezó a mostrar una onda débil.
Punt… Punt… Punt…
— “Ha vuelto” —susurró Jessica, mirando el monitor como si viera un milagro.
— “No por mucho tiempo” —sentenció Sarah, metiendo su mano derecha directamente dentro del pecho del hombre—. “Tengo mi dedo sobre la herida en el ventrículo. Siento el desgarro. Necesito sutura prolene 3-0 y una aguja curva. ¡Rápido!”
Mientras Jessica buscaba desesperadamente el material, Sarah levantó la vista hacia Marcus. El sudor corría por la frente del soldado, pero sus manos no se movían ni un milímetro.
— “¿Cuánto tiempo pasó desde la emboscada?” —preguntó Sarah, manteniendo la presión sobre el corazón palpitante. — “Cuarenta minutos” —respondió Marcus—. “Nos cayeron en la carretera a Chapala. Eran profesionales, Sarah. No eran pandilleros. Usaban tácticas de bloqueo de la Agencia”. — “¿Viper?” —preguntó ella, con el nombre amargo en la boca. — “Quién más” —gruñó Marcus—. “Sabe que el Fantasma tiene los códigos de las cuentas de las Bermudas. No se detendrá hasta que todos estemos muertos”.
Sarah asintió. Jessica le entregó la sutura. Con una aguja que parecía ridículamente pequeña en comparación con la magnitud del desastre, Sarah empezó a coser el corazón vivo. Cada vez que el órgano latía, se retorcía bajo sus dedos, dificultando el trabajo. Era como intentar coser una prenda de ropa mientras alguien la sacude violentamente.
Uno, dos, tres puntos. El sangrado disminuyó.
— “Está estable… por ahora” —dijo Sarah, retirando lentamente la mano del pecho del paciente. Sus dedos estaban calientes, cubiertos de la esencia misma de la vida de aquel hombre—. “Pero ha perdido demasiada sangre. Si no le metemos esas unidades de O Negativo ahora mismo, entrará en fallo multiorgánico”.
En ese momento, las luces del hospital parpadearon. Una, dos veces. Luego, el zumbido de los generadores de emergencia se hizo eco en las paredes.
— “Ya vienen” —dijo uno de los SEALs que vigilaba la puerta, revisando su visor nocturno—. “Vehículos negros entrando por el área de ambulancias. No son de la policía”.
Sarah se limpió la sangre de la cara con la manga de su uniforme, dejando un rastro rojo sobre su piel. Miró al Dr. Estrada, que seguía con el ambú en la mano, temblando como una hoja.
— “Doctor, ¿se acuerda de cómo cerrar una toracotomía?” —preguntó Sarah. — “Yo… yo… creo que sí, pero…” — “No hay peros. Usted se queda aquí. Si este hombre muere porque usted dejó de ventilar o porque se asustó, le juro por mi vida que lo buscaré en el infierno. Marcus, dame el arma de repuesto que sé que traes en el tobillo”.
Marcus sonrió, una mueca carente de humor, y sacó una pistola compacta de su funda oculta, entregándosela a la enfermera.
— “Bienvenidos al turno de noche, muchachos” —dijo Sarah Jenkins, revisando el cargador con una eficiencia gélida—. “Jessica, agáchate debajo de la mesa de instrumentos y no salgas de ahí hasta que escuches mi voz. Estrada… buena suerte”.
La enfermera que tejía mantitas acababa de morir. La Valkiria estaba de vuelta, y en sus manos, el hospital ya no era un lugar de curación; era una fortaleza.
CAPÍTULO 4: El Regreso de la Valkiria
El silencio dentro de la sala de Trauma Uno era paradójico. Por fuera, el hospital vibraba con el retumbar de los truenos y el caos del personal corriendo por los pasillos; por dentro, solo se escuchaba el pitido rítmico del monitor de signos vitales y la respiración pesada de seis hombres que habían visto el infierno y traían el azufre pegado a las botas.
Sarah Jenkins, o mejor dicho, la mujer que alguna vez fue conocida como Valkiria, tenía sus manos sumergidas hasta las muñecas en la cavidad torácica de Harvey, el hombre al que llamaban “El Fantasma”. El calor de la sangre interna contrastaba con el aire frío del aire acondicionado. Era una sensación que Sarah había intentado olvidar durante quince años, enterrándola bajo capas de rutina, pan dulce y el aroma a desinfectante barato de un hospital civil en México.
— “Sujeta el separador, Estrada. Si te tiemblan las manos y desgarras la pleura, este hombre morirá antes de que puedas pedir perdón”, siseó Sarah sin levantar la vista.
El Dr. Estrada, cuyas manos estaban enguantadas pero rígidas por el pánico, obedeció mecánicamente. Miraba a Sarah como si fuera una aparición. No podía comprender cómo la mujer que ayer le recordaba que faltaban gasas en el inventario estaba ahora realizando una cirugía de control de daños con la frialdad de un verdugo y la precisión de un relojero.
— “¿Quién… quién es usted realmente?” —susurró Estrada, con la voz quebrada.
Sarah no respondió de inmediato. En su mente, las paredes blancas de la sala de trauma empezaron a disolverse. El olor a alcohol se convirtió en olor a combustible JP-8 y polvo del desierto.
FLASHBACK: Kandahar, 2004
El mundo era de color rojo. Rojo por las luces tácticas del interior del helicóptero Chinook y rojo por la sangre que cubría cada centímetro del piso de metal corrugado. El ruido de las palas del rotor golpeando el aire era ensordecedor, mezclándose con el tableteo de las ametralladoras laterales que devolvían el fuego hacia las sombras de las montañas afganas.
— “¡Valkiria! ¡Se nos va, se nos va!” —gritaba un médico de combate, presionando una herida en el cuello de un soldado.
Sarah, veinte años más joven, con el rostro cubierto de hollín y los ojos inyectados en sangre, estaba arrodillada sobre un hombre cuyo pecho había sido destrozado por una granada propulsada por cohete (RPG). No había monitores, no había esterilidad, solo el caos del combate.
— “¡No en mi turno!” —rugió ella.
Sin dudarlo, Sarah hundió un cuchillo de supervivencia en el pecho del soldado para drenar el aire que lo estaba asfixiando. El helicóptero se inclinó violentamente tras una explosión cercana. Sarah salió volando contra la pared, pero regresó al cuerpo del soldado como un resorte. Sus manos se movían con una velocidad que desafiaba la lógica. En medio del humo y los gritos, ella era el único punto de calma. Fue ese día cuando los SEALs la bautizaron. No era solo una cirujana; era la que decidía quién cruzaba el umbral hacia el Valhalla y quién se quedaba en la tierra de los vivos.
— “Valkiria”, le decían con reverencia. “Si ella está en el ave, la muerte tiene que esperar su turno”.
Ese día, el hombre que salvó era un joven sargento llamado Harvey. El mismo que ahora, quince años después, yacía bajo sus manos en Guadalajara.
PRESENTE: Hospital General, México
— “¡Sutura prolene 3-0!” —la orden de Sarah rompió el trance del pasado.
Jessica le entregó la aguja curva. Sarah comenzó a cerrar la laceración en la aorta con una técnica que Estrada jamás había visto en los libros de texto modernos. Era una técnica de campo, ruda, diseñada para la durabilidad, no para la estética.
— “Sarah, sus niveles de potasio están subiendo, el corazón va a entrar en arritmia”, advirtió Jessica, quien a pesar del miedo, había logrado sintonizar con la intensidad de la situación.
— “Prepara gluconato de calcio. Marcus, necesito que presiones el punto de entrada en la ingle. No dejes que la presión baje”, ordenó Sarah.
Marcus asintió, aplicando su peso masivo sobre la arteria femoral del Fantasma. — “Está aguantando, ma’am. Es un hueso duro de roer. Sobrevivió a los disparos en el valle de Korangal, no va a morir en un hospital con aire acondicionado”.
Sarah sintió una punzada de amargura. Ella había huido de ese mundo. Había fingido su propia muerte en un accidente aéreo en 2009 para escapar de las sombras, del Sindicato y de la interminable lista de nombres que no pudo salvar. Había elegido México porque el caos aquí era diferente, más humano, menos… geopolítico. Quería ser solo Sarah, la enfermera que ayuda a nacer a los bebés, no la mujer que decide qué soldado debe vivir para seguir matando.
Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido.
— “Viper no se detendrá”, dijo de pronto Tex, otro de los SEALs que vigilaba la puerta de la sala con un ojo en el pasillo y otro en el monitor. “Él sabe que Harvey tiene las pruebas del tráfico de los disparadores nucleares en 2009. Sabe que tú fuiste quien lo sacó de la cueva esa noche. Para el Sindicato, tú eres el cabo suelto más peligroso del mundo, Sarah”.
— “El Sindicato cometió un error”, dijo Sarah, terminando el último punto en la aorta y verificando que no hubiera fugas. Su voz era baja, cargada de una amenaza latente—. “Creyeron que por llevar quince años tejiendo mantas para bebés, me había olvidado de cómo diseccionar a un monstruo”.
De pronto, el cuerpo de Harvey se sacudió. Sus ojos se abrieron de golpe, desenfocados, inyectados en sangre por la rotura de capilares. Su mano ensangrentada subió con una lentitud agónica y agarró la muñeca de Sarah. Su agarre era débil, pero la intención era clara.
— “An… ángel…” —susurró Harvey. Una burbuja de sangre explotó en sus labios—. “No… no los dejes… los niños… la maternidad…”
— “Shhh, descansa, Harvey”, susurró Sarah, y por un microsegundo, la ternura de la enfermera regresó a su rostro. “No voy a dejar que nadie toque este hospital. Estás en mi casa ahora, y aquí, nadie muere sin mi permiso”.
Harvey se desmayó de nuevo, pero su pulso en el monitor se volvió más firme, más rítmico. Sarah se enderezó, sintiendo el crujido de sus huesos. La cirugía principal estaba terminada, pero la batalla apenas comenzaba.
— “Jessica”, dijo Sarah, volviéndose hacia la joven enfermera que la miraba con una mezcla de terror y heroísmo. “Limpia al paciente. Cúbrelo con sábanas térmicas. Estrada, vas a monitorear su presión cada cinco minutos. Si te mueves de esta sala antes de que yo regrese, Marcus te romperá las piernas. ¿Fui clara?”.
Estrada solo pudo asentir con la cabeza, incapaz de articular palabra.
Sarah caminó hacia la pileta de lavado. El agua corrió, llevándose la sangre roja brillante de sus manos y brazos. Se miró en el espejo empañado por la humedad de la tormenta. Ya no veía a la enfermera Jenkins. Veía a la Valkiria. Veía a la mujer que el Pentágono quería enterrar y que el Sindicato quería muerta.
Se quitó la bata blanca empapada y la arrojó al bote de basura de riesgo biológico. Debajo, su uniforme de enfermera azul estaba manchado, pero ella se mantuvo erguida, con los hombros hacia atrás.
— “Marcus”, dijo ella mientras se secaba las manos. “¿Cuántas municiones traen?”.
— “Lo suficiente para una guerra corta, ma’am”, respondió Marcus, revisando el cargador de su fusil. “Pero ellos son muchos. Viper ha contratado a mercenarios locales. Están rodeando el edificio”.
— “Bien”, dijo Sarah, agarrando un bisturí limpio y guardándolo en el bolsillo de su pantalón, junto a una linterna médica de acero. “Ellos creen que vienen a un hospital a cazar a una enfermera jubilada. Vamos a enseñarles que un hospital es el lugar más peligroso del mundo para alguien que no sabe dónde están los puntos vitales”.
Sarah Jenkins salió de la sala de Trauma Uno. El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por las luces rojas de emergencia. Al fondo, se escuchó el primer estallido de un cristal rompiéndose en la entrada principal.
La cacería había comenzado, pero los cazadores no tenían idea de que acababan de entrar en el quirófano de la Valkiria. Y ella nunca dejaba una cirugía a medias.
CAPÍTULO 5: El Asedio al Hospital
El primer estallido no sonó como una bala, sino como un trueno que había logrado entrar al edificio. El enorme ventanal de la sala de espera principal, ese que daba a la avenida transitada de Guadalajara, se desintegró en un millón de diamantes letales. El viento de la tormenta entró de golpe, arrastrando lluvia y el olor a asfalto mojado, pero lo que vino después fue mucho más oscuro: el tableteo rítmico de un fusil automático.
— “¡Cuerpo a tierra! ¡Don Goyo, al suelo!” —gritó Sarah desde el pasillo de urgencias, viendo cómo el anciano guardia apenas lograba rodar detrás de su escritorio de madera.
El hospital, que hasta hace unos minutos era un refugio de paz y enfermedad silenciosa, se transformó en una caja de resonancia para el terror. Los gritos de los pacientes en la sala de espera se mezclaron con el sonido metálico de las botas tácticas golpeando el linóleo.
— “¡Marcus, sectores de fuego!” —ordenó Sarah, su voz cortando el aire como un bisturí—. “Tex, tú y Breaker cubran el acceso norte. ¡Nadie pasa del mostrador de enfermería!”
Marcus no cuestionó la autoridad de la mujer de 56 años. Para él, ya no era la enfermera que le ofrecía café; era la comandante que había sacado a su equipo de las fauces de la muerte en tres continentes distintos.
— “¡Copiado, Valkiria! ¡Fuego libre en objetivos identificados!” —rugió Marcus, apoyando su rifle sobre el mostrador de mármol.
Dentro de la sala de Trauma Uno, el Dr. Estrada estaba en estado de shock. Sus manos seguían apretando rítmicamente la bolsa de ventilación de Harvey, pero sus ojos estaban fijos en la puerta de cristal, donde los destellos de los disparos iluminaban el pasillo con una luz estroboscópica y macabra.
— “Esto no puede estar pasando… esto es un hospital civil, ¡hay niños en el piso cuatro!” —sollozó Estrada.
Sarah entró de un salto en la sala, cerrando la puerta con el cerrojo de seguridad. Se acercó a él y lo agarró por la solapa de su bata blanca, obligándolo a mirarla a los ojos. La cara de Sarah estaba salpicada de sangre, pero sus pupilas estaban dilatadas por la adrenalina pura.
— “Escúchame bien, David. El mundo que conocías se acabó hace diez minutos” —le dijo con una calma que daba más miedo que los disparos afuera—. “Viper no viene a arrestarnos. Viene a borrar este edificio del mapa para no dejar testigos. Si quieres que esos niños vivan, vas a seguir dándole aire a Harvey. Si dejas de bombear, él muere. Si él muere, nuestra única moneda de cambio se pierde. ¿Entendido?”
Estrada asintió frenéticamente, sus nudillos blancos por la presión sobre el ambú. Sarah se volvió hacia Jessica, que estaba encogida en un rincón, abrazando un tanque de oxígeno portátil.
— “Jessica, mírame” —ordenó Sarah con suavidad—. “Necesito que seas mis ojos. Hay un panel de control de gases medicinales en el pasillo de suministros. Necesito que abras las válvulas de flujo de nitrógeno del ala este, pero no las de oxígeno. ¿Puedes hacer eso?”
— “Sarah… yo… yo no sé pelear” —susurró la joven.
— “No te pido que pelees. Te pido que seas enfermera. El nitrógeno desplazará el oxígeno en el pasillo. Los hará lentos, les nublará el juicio. Es química básica. Ve por el conducto de mantenimiento, no uses los pasillos abiertos”.
Jessica respiró hondo, asintió y se deslizó por la pequeña puerta de servicio. Sarah se quedó sola un momento, mirando a Harvey en la camilla. El “Fantasma” estaba pálido, casi translúcido, pero su corazón, el que ella misma había cosido minutos antes, seguía latiendo con terquedad.
— “No te me vayas ahora, idiota” —susurró Sarah, dándole un apretón rápido en la mano fría—. “Todavía me debes una cena por lo de Kandahar”.
Salió al pasillo justo cuando una granada de humo estalló en la recepción. Una densa nube gris comenzó a filtrarse por las rejillas del aire acondicionado. Los mercenarios de Viper no eran simples sicarios; se movían en formación de cuña, usando escudos balísticos y visores nocturnos. Eran profesionales del asesinato pagados por el Sindicato.
— “¡Contacto! ¡Tres tangos a las doce!” —gritó Tex por la radio.
Sarah se pegó a la pared, moviéndose con una agilidad que desafiaba su edad. No tenía un fusil largo, solo la pequeña pistola que Marcus le había dado y su profundo conocimiento de la anatomía del edificio. Sabía dónde el suelo chirriaba, dónde las luces parpadeaban y, lo más importante, dónde se guardaban los químicos más peligrosos.
Llegó a la estación de enfermería del pasillo central. Allí, escondida bajo el mostrador, sacó una botella de éter y un paquete de gasas. Con la habilidad de quien prepara un vendaje, improvisó una trampa de distracción.
— “Valkiria, se están reagrupando en la entrada de la Maternidad” —la voz de Marcus sonó en su earpiece—. “Van a usar a los rehenes como escudos. No puedo disparar”.
Sarah maldijo. Ese era el estilo de Viper: usar la inocencia como armadura.
— “Marcus, mantén tu posición. Voy a flanquearlos por la Unidad de Cuidados Intensivos” —respondió ella.
Mientras se deslizaba por las sombras, Sarah sintió el peso de los años. Su rodilla derecha, lastimada por una caída en las montañas de Tora Bora, le enviaba punzadas de dolor. Su espalda ardía. Pero su mente estaba en llamas. Cada rincón del hospital era una oportunidad.
En el pasillo de Maternidad, tres mercenarios vestidos de negro, con rostros cubiertos por pasamontañas, avanzaban lentamente. Uno de ellos pateaba las puertas de las habitaciones, mientras otro mantenía a una enfermera aterrada agarrada por el cabello.
— “¡Sal de ahí, Jenkins!” —gritó uno de ellos, su voz distorsionada por un modulador—. “Sabemos que estás aquí. Entrega al Fantasma y quizás dejemos que el resto de estos civiles salgan vivos”.
Sarah estaba justo encima de ellos, en el espacio del falso techo, moviéndose sobre las vigas de soporte. Podía oler su miedo, el sudor rancio de hombres que saben que están haciendo algo imperdonable.
— “¿Buscas a la Valkiria?” —la voz de Sarah resonó desde los conductos, pero parecía venir de todas partes debido al eco—. “Estás en el lugar equivocado. En este hospital, yo soy la que firma las actas de defunción”.
Sarah dejó caer la botella de éter envuelta en gasas encendidas justo en medio del grupo. No buscaba una explosión masiva, sino una distracción química. El vapor se expandió instantáneamente. Los mercenarios tosieron, sus ojos ardiendo por el irritante. En ese segundo de confusión, Sarah descendió del techo como un fantasma vengador.
No usó la pistola. No quería que el ruido atrajera a más enemigos. Usó un escalpelo de acero de alta precisión que llevaba oculto en su manga.
El primer mercenario ni siquiera la vio llegar. Sarah le cortó el tendón de Aquiles con la velocidad de un rayo y, mientras él caía, hundió el metal en el espacio entre su casco y su chaleco táctico, justo en la arteria carótida. Un movimiento limpio. Silencioso. Letal.
El segundo hombre intentó girar su arma, pero Sarah ya estaba dentro de su guardia. Le propinó un golpe con la palma de la mano en la tráquea, colapsando sus vías respiratorias, y luego le arrebató el fusil, usándolo como palanca para romperle el cuello.
El tercero, el que sostenía a la enfermera, entró en pánico y soltó a la mujer para disparar a ciegas.
— “¡Corre, vete a la escalera!” —le gritó Sarah a la enfermera mientras rodaba por el suelo para cubrirse tras un carro de medicinas.
Las balas destrozaron los frascos de suero por encima de su cabeza, bañándola en solución salina. Sarah se asomó por un costado y disparó tres veces. Dos al pecho, una a la cabeza. El mercenario cayó pesadamente, manchando el mural de una cigüeña sonriente con una estela de sangre oscura.
Sarah se puso de pie, respirando con dificultad. Sus manos estaban cubiertas de una mezcla de sangre y antiséptico. Miró a su alrededor; el pasillo de Maternidad estaba en silencio, pero sabía que esto solo era la vanguardia.
De pronto, su radio captó una señal de alta frecuencia. Una voz fría, educada y con un acento extranjero que ella reconoció de inmediato, llenó el canal.
— “Impresionante, Sarah. Realmente impresionante” —dijo Viper—. “Has matado a tres de mis mejores hombres con herramientas de enfermería. Casi me haces sentir nostalgia. Pero dime… ¿puedes correr más rápido que una señal de radio? Porque acabo de armar las cargas en los tanques de oxígeno del sótano. Tienes cinco minutos para traerme a Harvey a la azotea, o este hospital se convertirá en la pira funeraria más grande de México”.
Sarah apretó los dientes. Miró hacia el mostrador de enfermería, donde una pequeña televisión mostraba las cámaras de seguridad del sótano. Allí estaba la carga de C4, pegada al tanque criogénico principal.
— “Marcus, Tex… cambio de planes” —dijo Sarah, su voz volviéndose gélida—. “Evacuen a los que puedan. Yo voy a bajar al sótano”.
— “¡Es una trampa, ma’am! ¡Él la quiere a usted!” —gritó Marcus por la radio entre ráfagas de fuego.
— “Lo sé” —respondió Sarah, ajustándose los guantes de nitrilo que ahora estaban rotos—. “Pero Viper olvidó una cosa sobre los hospitales: aquí es donde aprendemos que, a veces, para salvar el cuerpo, hay que amputar el miembro infectado. Y yo estoy a punto de hacer una cirugía mayor”.
Sarah Jenkins se dio la vuelta y corrió hacia las escaleras de servicio, desapareciendo en la oscuridad del edificio que juró proteger, mientras el reloj de la muerte empezaba a correr.
CAPÍTULO 6: Las Tripas del Hospital
El descenso al sótano del Hospital Civil no fue por las escaleras principales; eso hubiera sido un suicidio. Sarah conocía los “huesos” del edificio, esos espacios que los arquitectos olvidan y que solo el personal de limpieza y mantenimiento frecuenta. Se deslizó por la trampilla del conducto de lavandería, dejando que la gravedad la llevara dos pisos abajo entre sábanas sucias y uniformes manchados de sangre.
Cuando sus pies tocaron el suelo de cemento del sótano, el silencio era absoluto, roto solo por el goteo constante de una tubería rota y el zumbido eléctrico de los generadores. El aire aquí abajo era pesado, con un olor rancio a humedad y productos químicos industriales.
— “Valkiria a Base” —susurró Sarah, tocando apenas su comunicador—. “Estoy en el sector de calderas. El enemigo ha bloqueado el acceso al elevador de carga. Voy a rodear por los túneles de vapor”.
— “Ma’am, tenga cuidado” —la voz de Marcus llegó cargada de estática y disparos de fondo—. “Viper tiene el control de las cámaras del sótano. Si la ve, no habrá vuelta atrás”.
— “Marcus… en este lugar, yo soy la que tiene el mapa de sus miedos” —respondió ella, apagando la radio.
Sarah se movió con una agilidad que su cuerpo de 56 años protestaba con cada paso. Sus rodillas crujían, y el dolor de la artritis en sus manos era como agujas calientes, pero su mente había entrado en un estado de hiperenfocamiento. Ya no era la enfermera que repartía pan dulce; era una depredadora en su territorio.
Llegó a la bifurcación que llevaba a la granja de oxígeno. A lo lejos, vio la silueta de dos mercenarios. Estaban relajados, bromeando entre ellos, con sus fusiles descansando en sus hombros. Cometieron el error de subestimar a “la señora”.
— “Te digo que es pan comido, jefe” —dijo uno de los mercenarios, un tipo alto con un tatuaje de escorpión en el cuello—. “Viper dice que es solo una vieja que sabe de medicina. En cuanto asome la cabeza, la llenamos de plomo”.
Sarah, oculta detrás de una columna de acero, sacó una ampolla de succinilcolina —un paralizante muscular potente— que había tomado del carro de urgencias. La rompió silenciosamente y empapó una gasa.
No necesitaba una bala para cada uno. Necesitaba silencio.
Utilizó un destornillador para golpear una tubería de cobre. Cling. Cling.
— “¿Qué fue eso?” —el del tatuaje se puso alerta—. “Ve a ver, apúrate”.
El mercenario se acercó al rincón oscuro donde Sarah acechaba. Ella esperó a que el hombre pasara de largo, sintiendo el calor de su cuerpo. En un movimiento que desafiaba la física, Sarah surgió de las sombras. No golpeó su rostro; golpeó su anatomía.
Le aplicó una llave al cuello, presionando la carótida para inducir un desmayo por hipoxia, mientras pegaba la gasa empapada en químico a su nariz. El hombre ni siquiera pudo soltar el fusil. Sus músculos se relajaron instantáneamente mientras el químico bloqueaba sus señales nerviosas. Cayó como un saco de papas, vivo pero completamente incapaz de mover un solo dedo.
El segundo mercenario, al ver que su compañero no regresaba, levantó su arma. — “¿López? ¡López, no estés jugando, cabrón!”
Sarah no esperó. Arrojó una linterna médica encendida hacia el lado opuesto del pasillo. El mercenario giró su fusil hacia la luz. Fue su último error.
Sarah se deslizó por el suelo, barriéndole las piernas con una técnica de defensa personal que no había usado en décadas. Mientras el hombre caía, ella se puso de pie y le clavó un bolígrafo de acero quirúrgico en el plexo braquial, justo en el hueco de la axila. El brazo del hombre quedó inutilizado al instante, soltando el arma por el dolor neurálgico.
Antes de que pudiera gritar, Sarah le tapó la boca con la palma de la mano. — “Silencio” —le susurró al oído, con una voz que helaba la sangre—. “Si gritas, el siguiente golpe será en tu tráquea. ¿Dónde está Viper?”.
El hombre, con los ojos desorbitados por el terror, señaló hacia las puertas dobles de la central de oxígeno. Sarah lo dejó inconsciente con un golpe seco en el nervio vago y recogió su radio y una granada de fragmentación que el tipo llevaba en el chaleco.
Se acercó a las puertas de la granja de oxígeno. El frío que emanaba de la habitación era antinatural. Los tanques criogénicos de oxígeno líquido estaban cubiertos de una capa de escarcha blanca. En el centro de la sala, sentado en una silla de oficina como si fuera un trono, estaba Conrad, alias “Viper”.
Estaba comiendo una manzana, cortando trozos con un cuchillo karambit de hoja curva. A su lado, pegado al tanque principal, el bloque de C4 parpadeaba con un número digital rojo: 04:15.
— “Llegas tarde, Sarah” —dijo Viper sin levantar la vista—. “Esperaba que las tripas de este lugar te detuvieran más tiempo. Pero supongo que la Valkiria siempre encuentra el camino al campo de batalla”.
Sarah entró en la habitación, con la pistola de Marcus baja, pero lista. El frío le calaba hasta los huesos, haciendo que su aliento formara pequeñas nubes de vapor.
— “Vete de aquí, Conrad” —dijo Sarah, su voz resonando en la sala metálica—. “Ya tienes lo que querías. El hospital está en ruinas, tu nombre está limpio. Déjanos en paz”.
Viper se rió, un sonido seco y sin alma. Se puso de pie, revelando que era casi una cabeza más alto que ella. Su uniforme táctico era impecable, un contraste insultante con el uniforme de enfermera manchado de sangre de Sarah.
— “¿Paz? Tú y yo no conocemos esa palabra, Sarah. Tú me traicionaste en 2009. Me dejaste caer para salvar a ese despojo de Harvey. Me costó diez años reconstruir mi imperio después de que ‘quemaste’ mis archivos de inteligencia”.
— “Tú vendiste los códigos de lanzamiento, Conrad. No fue traición, fue justicia” —respondió ella, dando un paso lateral para ganar ángulo sobre la bomba.
— “Justicia es una palabra para los que tienen miedo de morir” —Viper empezó a caminar en círculos, como un tiburón rodeando a su presa—. “Dime, ¿qué se siente pasar de ser la mujer más letal del Pentágono a cambiar pañales y tomar la presión de viejitos diabéticos? ¿Cómo pudiste soportar la mediocridad de esta vida?”.
Sarah lo miró con una mezcla de lástima y asco. — “Se siente real, Conrad. Se siente como si por fin estuviera haciendo algo que construye el mundo en lugar de destruirlo. Algo que tú jamás entenderás”.
Viper se detuvo frente al tanque de oxígeno y acarició el explosivo. — “Es romántico, ¿no crees? El oxígeno que da la vida a este hospital será lo que lo vaporice. En cuatro minutos, todo este bloque de la ciudad será solo un recuerdo. Y tú estarás en el centro de la explosión”.
— “No si yo te detengo” —dijo Sarah, levantando el arma.
— “Si me disparas, mi dedo soltará este interruptor de hombre muerto” —Viper mostró un pequeño control remoto en su mano izquierda—. “Y si intentas desconectarlo, los sensores de mercurio harán el trabajo. Estamos en un punto de no retorno, Sarah. La Valkiria ha perdido su última misión”.
Sarah miró el cronómetro: 03:20. Su mente empezó a trabajar a mil por hora. No podía desactivar la bomba, el mecanismo era demasiado complejo para el tiempo que quedaba. Pero miró hacia arriba, hacia el elevador de carga que conectaba directamente con el helipuerto en la azotea.
— “Conrad… cometiste un error” —dijo Sarah, bajando el arma lentamente—. “Olvidaste que este no es un campo de batalla. Es mi quirófano. Y yo siempre tengo un plan de contingencia para las hemorragias masivas”.
Viper frunció el ceño, confundido por su calma. — “¿De qué diablos hablas?”.
— “Hablo de que no voy a intentar desactivar tu bomba” —Sarah sonrió, una sonrisa fría y decidida que hizo que, por primera vez, Viper diera un paso atrás—. “Voy a extirpar el tumor”.
En ese momento, Sarah no disparó a Viper. Disparó a las cadenas de sujeción del tanque de oxígeno de reserva, un cilindro masivo sobre ruedas. El tanque se soltó con un estruendo metálico.
— “¡¿Qué haces, loca?!” —gritó Viper, lanzándose hacia ella con el cuchillo en alto.
Sarah esquivó el ataque con un giro grácil, usando la inercia del tanque que empezaba a rodar por la ligera inclinación del suelo hacia el elevador. La lucha cuerpo a cuerpo comenzó. Viper lanzaba tajos frenéticos con el karambit, buscando los tendones de Sarah. Ella usaba su linterna de acero para bloquear los golpes, el sonido del metal chocando contra metal llenaba la sala.
— “¡Vas a morir aquí conmigo!” —rugió Viper, logrando rozar el hombro de Sarah, abriendo una herida que empezó a teñir su uniforme de azul oscuro.
— “Yo ya morí una vez en 2009, Conrad” —gritó ella, conectando una patada frontal en la rodilla de Viper que lo hizo tambalear—. “¡Esta noche, solo estoy terminando el turno!”.
El cronómetro marcaba 02:00. El tanque con la bomba estaba a solo metros de la puerta del elevador. El destino de miles de personas dependía de los próximos 120 segundos, y Sarah Jenkins estaba dispuesta a dar su último suspiro para asegurarse de que el hospital siguiera en pie.
CAPÍTULO 7: El Elevador al Cielo
El cronómetro digital de la bomba parpadeaba con una frialdad eléctrica: 01:59.
El sótano del Hospital Civil de Guadalajara se había convertido en un refrigerador industrial. El aire, saturado de nitrógeno y vapores de oxígeno líquido, era tan denso que cada respiración de Sarah Jenkins se sentía como si estuviera tragando fragmentos de cristal. Las tuberías, cubiertas de una escarcha blanquecina, crujían bajo la presión, como si el edificio mismo estuviera gimiendo de terror.
Viper se puso en pie, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de su mano enguantada. A pesar de los golpes, sus ojos brillaban con una euforia maníaca. El dolor parecía alimentarlo.
— “Mírate, Sarah” —dijo Viper, su voz resonando en el eco metálico de la sala—. “Estás acabada. Tus rodillas tiemblan, tus pulmones queman. Eres una reliquia intentando detener el futuro. Este hospital es el pasado. Tu paz es una mentira”.
Sarah no respondió. Estaba ocupada calculando. Sus ojos pasaban del cronómetro (01:42) al tanque criogénico de 400 libras y luego al viejo elevador de carga al final del pasillo. Sus “reumas”, como ella les decía en broma a sus compañeras de turno, habían desaparecido, reemplazadas por una descarga de adrenalina tan potente que sentía sus propios latidos retumbando en sus sienes.
— “Conrad, siempre fuiste un mal soldado” —dijo Sarah, su voz baja y gélida—. “Un buen soldado sabe cuándo la misión ha cambiado. Tú sigues peleando una guerra que terminó hace quince años. Yo estoy peleando por la vida que elegí”.
Viper rugió y se lanzó hacia ella. El karambit trazó un arco mortal en el aire. Sarah esquivó el primer tajo, pero el segundo le alcanzó el muslo. El dolor fue un relámpago blanco, pero ella no se detuvo. Usó la inercia del ataque de Viper para girar y golpearlo en el nervio cubital del brazo, haciendo que su mano se abriera por un espasmo involuntario. El cuchillo cayó al suelo con un tintineo agudo.
— “¡Hija de…!” —Viper soltó un golpe de revés que lanzó a Sarah contra uno de los pilares de concreto.
El impacto le sacó el aire. Sarah cayó de rodillas, viendo manchas negras en su visión. El cronómetro marcaba 01:15.
— “Se acabó, Valkiria” —Viper se acercó, sacando una pistola de su tobillo—. “Voy a dispararte en las rótulas y me sentaré a ver cómo este lugar se convierte en cenizas contigo adentro”.
Sarah levantó la vista. Su mano derecha estaba apoyada sobre una manguera de alta presión conectada a un tanque de reserva de oxígeno líquido. No era un arma, era una herramienta de mantenimiento. Pero en manos de una cirujana de combate, cualquier cosa es una herramienta de disección.
— “Hoy no, Conrad” —susurró ella.
Sarah giró la válvula de liberación rápida con un movimiento seco. Un chorro de oxígeno líquido a -180 grados Celsius salió disparado con la fuerza de un cañón de agua. El chorro golpeó de lleno el pecho y el brazo de Viper. El grito que salió de su garganta no fue humano. Era el sonido del tejido vivo congelándose instantáneamente, convirtiéndose en algo tan quebradizo como el cristal.
Viper retrocedió, su brazo derecho ahora blanco por la escarcha, su arma cayendo al suelo porque sus dedos ya no podían sentir nada. El frío extremo le había causado un shock térmico masivo.
Sarah no perdió un segundo. Se puso de pie, ignorando el desgarro en su pierna. Corrió hacia el tanque principal de 400 libras donde la bomba de C4 seguía su cuenta regresiva: 00:55.
— “Marcus, ¿me escuchas?” —gritó Sarah por su radio mientras agarraba las manijas del carrito de transporte del tanque.
— “¡Aquí Marcus! ¡Estamos en el pasillo de salida, pero el fuego es demasiado intenso! ¡Sarah, sal de ahí!”
— “No voy a salir, Marcus. Escúchame bien: el C4 está cableado con sensores de mercurio y un interruptor de presión. Si intento desconectarlo, volamos todos. Si lo dejo aquí, el hospital colapsará desde los cimientos”.
— “¿Qué vas a hacer?” —la voz de Marcus sonó aterrada, algo que Sarah nunca había escuchado en diez años de conocerlo.
— “Voy a sacar la basura” —respondió ella.
00:42.
Sarah clavó sus talones en el cemento. Sus manos, las mismas que habían tejido miles de chambritas para bebés, se cerraron sobre el metal frío del carrito con una fuerza que no provenía de sus músculos, sino de su voluntad. En medicina lo llaman “Fuerza Histérica”: el fenómeno donde una madre puede levantar un coche para salvar a su hijo. Sarah no tenía un hijo bajo ese tanque, tenía a cientos de ellos cuatro pisos arriba.
— “¡VAAAAAMOOOOOS!” —gritó Sarah, un rugido primal que desgarró su garganta.
El tanque comenzó a moverse. Las ruedas chirriaron, protestando por el peso masivo. Cada centímetro era una batalla contra la física. Sarah empujaba con todo su cuerpo, sus pulmones ardiendo, su corazón martilleando contra sus costillas como si quisiera escapar.
Viper, arrastrándose por el suelo, con la mitad de su cuerpo inutilizado por la congelación, intentó agarrarle el tobillo con su mano sana. — “No… nos… vas… a… salvar…” —balbuceó, con los labios azules.
Sarah le propinó una patada en el rostro sin siquiera detener su impulso. — “Cállate y muere, Conrad”.
00:28.
Llegó a las puertas del elevador de carga. Golpeó el botón de llamada con el codo. Las puertas se abrieron con una lentitud exasperante. Sarah empujó el tanque dentro de la cabina metálica. El peso hizo que el elevador bajara unos centímetros, oscilando peligrosamente.
00:15.
Sarah entró en la cabina y marcó el botón de “Azotea”. Luego, se quedó mirando el panel de control. Sabía que si el elevador subía solo, Viper podría intentar detenerlo desde el panel maestro del sótano si lograba levantarse. Tenía que asegurarse de que el elevador llegara a la cima.
— “Marcus… diles a todos que fue un honor ser su enfermera” —dijo Sarah por la radio, con una voz extrañamente tranquila.
— “¡Sarah, no! ¡Sal del elevador ahora mismo!” —gritó Marcus.
00:10.
Sarah puso un pie fuera del elevador. Miró el tanque por última vez. En ese momento, vio la cara de la Virgen de Guadalupe en un pequeño sticker que Don Goyo había pegado en la esquina de la cabina del elevador hace años.
— “Cuídalos, Morenita” —susurró.
Sarah hundió el puño en el panel de control, rompiendo el cristal del botón de emergencia y puenteando los cables para que el elevador no se detuviera en ningún piso intermedio. Las puertas empezaron a cerrarse. En el último segundo, Sarah saltó hacia atrás, saliendo de la cabina justo cuando las puertas se sellaban.
El elevador comenzó su ascenso ruidoso hacia el helipuerto.
00:07.
Sarah no se quedó a mirar. Corrió como nunca había corrido en su vida. No hacia la salida, sino hacia el búnker de radiología que estaba a unos veinte metros en el mismo sótano. Era la única habitación en todo el hospital con paredes de plomo y concreto reforzado de un metro de espesor.
00:05.
Sus dedos sangrantes forcejearon con la pesada manija circular de la puerta del búnker.
00:03.
La puerta cedió. Sarah entró de un salto y tiró de la manija desde adentro, sellando el búnker justo cuando el elevador llegaba al décimo piso.
00:01.
— “Hágase la luz” —susurró Sarah en la oscuridad absoluta del búnker.
00:00.
La explosión no fue un sonido, fue una onda de presión que pareció querer comprimir el universo entero. Arriba, en la azotea, el tanque de oxígeno líquido se convirtió en un multiplicador de fuerza para el C4. Una bola de fuego azul y blanca iluminó el cielo de Guadalajara, barriendo el helipuerto y desintegrando la estructura superior del hospital.
En el sótano, Sarah sintió cómo el búnker se sacudía violentamente. El techo soltó nubes de polvo y fragmentos de concreto. El calor se filtró por las rendijas de la puerta. Luego, un silencio absoluto. Un silencio que pesaba más que la explosión misma.
Sarah Jenkins se dejó caer contra la pared de plomo. La oscuridad era total. No sentía su pierna, no sentía sus manos. Lo único que sentía era el rítmico y débil latido de su propio corazón.
— “Misión cumplida… Valkiria” —se dijo a sí misma antes de que la negrura la reclamara por completo.
Afuera, la lluvia de noviembre seguía cayendo, pero ahora se mezclaba con las cenizas de un pasado que, finalmente, había sido incinerado. El Ángel de Kandahar había salvado su hospital, pero el precio estaba por verse.
CAPÍTULO 8: El Silencio de los Fantasmas
El silencio que siguió a la explosión fue más aterrador que el estruendo mismo. No era un silencio de paz, sino un vacío denso, cargado de polvo de yeso, humo de cables quemados y el eco de una tragedia evitada por un pelo. En los pasillos del Hospital Civil de Guadalajara, el tiempo parecía haberse detenido. La lluvia de noviembre golpeaba los vidrios rotos con un sonido rítmico, como si la naturaleza intentara limpiar la sangre y la pólvora de los pisos de linóleo.
En el cuarto piso, Marcus bajó su rifle lentamente. Su rostro, cubierto de hollín y sudor, estaba tenso. Miró hacia el techo, donde el estruendo de la azotea desintegrándose aún vibraba en las vigas de acero.
— “¡Valkiria! ¡Sarah! ¡Responde!” —gritó por la radio, pero solo obtuvo estática. Un ruido blanco que le helaba la sangre.
Miró a Tex y a Breaker. Sus hombres, soldados que no parpadeaban ante la muerte, tenían los ojos fijos en el hueco del elevador, que ahora era una chimenea ennegrecida. Harvey, en la camilla, abrió los ojos con esfuerzo. La cirugía de Sarah había aguantado el impacto, pero el hombre estaba pálido, susurrando el nombre de la mujer que lo había salvado dos veces en dos décadas diferentes.
— “Busquen… busquen a la jefa” —logró articular Harvey con una voz que era apenas un suspiro.
Marcus no necesitó más. Dejó a dos hombres custodiando la sala de Trauma Uno y corrió hacia las escaleras de emergencia. Bajó los escalones de tres en tres, saltando sobre escombros y restos de equipo médico. Al llegar al sótano, el panorama era desolador. Las tuberías de vapor habían reventado, llenando el área de una neblina caliente y húmeda. El cuerpo de Viper yacía cerca del elevador, una estatua de carne congelada y destrozada por la onda de choque.
— “¡Sarah! ¡Jefa!” —rugía Marcus, moviendo trozos de techo caído con sus manos desnudas—. “¡Tex, ayúdame con la puerta del búnker! ¡Está trabada!”
La pesada puerta de plomo y acero del búnker de radiología se había combado hacia adentro debido a la presión de la explosión. Marcus y Tex, dos hombres construidos como tanques, agarraron la manija circular y tiraron con un grito de puro esfuerzo. El metal gimió, una protesta chirriante que resonó en todo el sótano, hasta que finalmente cedió.
Adentro, en la oscuridad total, solo interrumpida por la luz de sus linternas tácticas, encontraron a Sarah Jenkins. Estaba encogida en un rincón, cubierta de una fina capa de polvo blanco. Parecía una estatua de mármol antiguo. No se movía.
Marcus cayó de rodillas a su lado, sus manos temblorosas buscando el pulso en su cuello. Pasaron dos segundos que parecieron siglos.
— “Tengo pulso” —susurró Marcus, y el alivio en su voz fue tan grande que casi pareció un sollozo—. “Está vivo. El Ángel sigue con nosotros”.
Sarah abrió los ojos muy despacio. La luz de las linternas la hizo parpadear. Tosió, expulsando el polvo de sus pulmones, y miró a Marcus con una confusión que rápidamente se transformó en su habitual agudeza mental.
— “¿El… el tanque?” —preguntó con voz rasposa.
— “Llegó al cielo, ma’am. El hospital sigue en pie. Usted lo logró” —respondió Marcus, ayudándola a incorporarse con una delicadeza infinita.
Sarah intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor al sentir su pierna herida. — “Marcus… diles a las de limpieza que no me maten… dejé el sótano hecho un asco”.
Marcus soltó una carcajada ronca, limpiándose las lágrimas de la cara con el brazo sucio de pólvora. — “Creo que esta vez le perdonarán el desorden, señora”.
Tres meses después, el Hospital Civil de Guadalajara lucía casi como nuevo. La versión oficial, manejada con una eficiencia quirúrgica por contactos en el gobierno federal y “amigos” de Marcus en el Pentágono, fue una explosión accidental de gas acumulado debido a la falta de mantenimiento, sumada a un intento de asalto fallido por parte de una banda local. Los Navy SEALs nunca estuvieron allí. El Sindicato nunca existió. Y Viper fue solo un cuerpo sin nombre en una morgue militar.
Jessica, ahora ascendida a jefa de enfermeras de urgencias, caminaba por el pasillo con una nueva seguridad. Ya no era la chica asustadiza de antes. Cada vez que pasaba frente a la sala de Trauma Uno, recordaba la noche en que vio a un ángel con bisturí y pistola defender su hogar.
El Dr. Estrada también había cambiado. Había dejado la arrogancia en los escombros de aquella noche. Ahora, cada vez que una enfermera veterana le daba una sugerencia, escuchaba con respeto absoluto. Había aprendido que los títulos colgados en la pared no valen nada cuando la muerte entra por la puerta sin avisar.
Era un martes, el día favorito de Sarah para traer pan dulce. Pero Sarah ya no trabajaba allí. Se había jubilado “por razones de salud” debido a una lesión persistente en la cadera.
En el pequeño jardín de recuperación, en la parte trasera del hospital, las jacarandas empezaban a soltar sus flores moradas. Sarah Jenkins estaba sentada en una banca de madera, con una manta sobre las piernas y un juego de agujas de tejer en las manos. El sol de la tarde le daba un aspecto sereno, casi etéreo.
Un hombre caminó hacia ella. Cojeaba ligeramente de la pierna izquierda y se apoyaba en un bastón de madera oscura con el pomo de plata. Iba vestido con un traje gris impecable, pero sus ojos mantenían esa mirada de lobo que nunca duerme. Era Harvey. El Fantasma.
— “Te falta un punto en ese patrón” —dijo Harvey, sentándose a su lado sin pedir permiso.
Sarah no levantó la vista, pero una sonrisa pequeña apareció en sus labios. — “Siempre fuiste muy observador para ser un soldado, Harvey. El injerto de piel en tu pierna parece estar sanando bien. Te dije que no debías caminar tanto todavía”.
— “Tengo a la mejor cirujana del mundo cuidándome, aunque ella insista en que solo es una enfermera de turno nocturno” —respondió él con cariño.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando del sonido del viento entre las hojas. El hospital funcionaba detrás de ellos, un motor de vida que ellos dos, en gran parte, habían mantenido encendido.
— “Marcus se va la próxima semana” —comentó Harvey—. “Le dieron el mando del Equipo Seis. Se lo ganó”.
— “Se lo ganó hace mucho” —asintió Sarah—. “¿Y tú?”.
— “Yo me quedo por aquí un tiempo. Me gusta Guadalajara. El clima es mejor que en Kandahar, y la comida… bueno, el pozole es mejor que las raciones de combate”.
Harvey metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una caja pequeña de terciopelo azul. La puso sobre el regazo de Sarah, encima del tejido a medio terminar.
— “Sé que no te gustan los desfiles ni las medallas, Sarah. El Departamento de Defensa quería darte la Cruz Naval en una ceremonia privada, pero Marcus y yo les dijimos que te pondrías furiosa si alguien intentaba sacarte de tu anonimato”.
Sarah abrió la caja. Adentro no había una medalla militar. Era un broche de plata antigua, hecho a mano. El diseño mostraba la lámpara de Florence Nightingale —el símbolo universal de la enfermería—, pero si mirabas de cerca, el mango de la lámpara estaba entrelazado con el tridente de los Navy SEALs. En el reverso, una inscripción grabada en letras minúsculas decía:
“Para el Ángel, de parte de sus Fantasmas. Gracias por no dejarnos cruzar el río”.
Los ojos de Sarah se humedecieron. Sus dedos recorrieron el grabado con reverencia. Durante años, ella había pensado que su vida se dividía en dos: la guerrera que fue y la enfermera que intentaba ser. Pero en ese momento, mirando el broche, comprendió que nunca fueron dos personas distintas. Siempre fue la misma. La que cura, la que protege, la que se sacrifica.
— “Es hermoso, Harvey. Gracias” —susurró ella.
— “No, ma’am” —Harvey se puso de pie con esfuerzo y, a pesar de su bastón, se enderezó con una disciplina marcial perfecta. Se llevó la mano a la sien en un saludo lento, solemne y cargado de un respeto que no se puede comprar con dinero ni con rangos—. “Gracias a usted. Por todo”.
Harvey se dio la vuelta y se alejó por el sendero del jardín, desapareciendo entre las sombras de las jacarandas. Sarah se quedó allí un rato más. Se puso el broche en el pecho de su suéter, guardó sus agujas de tejer y se levantó de la banca.
Su cadera le dolió, pero no se quejó. Caminó hacia el estacionamiento, pero ya no arrastraba los pies con ese cansancio de quien espera el final de la vida. Caminaba con la espalda recta, con el mentón en alto.
Cruzó el mostrador de recepción y vio a Don Goyo, que saludaba a la gente con su habitual amabilidad. Vio a los pasantes corriendo con sus carpetas. Vio la vida fluyendo, ignorante del precio que se había pagado por ese martes ordinario.
Sarah Jenkins salió a la calle. El sol de Guadalajara empezaba a ponerse, pintando el cielo de naranja y rosa. Se ajustó el broche de plata, sonrió para sí misma y se perdió entre la multitud de la gran ciudad.
Después de todo, todavía tenía mucho por tejer, y en este mundo, siempre habría alguien que necesitara un ángel que supiera cómo enfrentar a los demonios.
FIN.
