PARTE 1: EL DESPERTAR DE LA LOBA
CAPÍTULO 1: El Sonido del Silencio
El sonido de la bofetada resonó más fuerte que el pitido constante del monitor cardíaco. Fue un crack seco, humillante, que cortó el aire acondicionado del exclusivo Trauma Shock del Hospital Santa Fe, en la zona más adinerada de la Ciudad de México.
El Dr. Santiago Pineda, el “Niño de Oro” del hospital, no solo había insultado a la nueva enfermera. La había tocado.
Sus dedos, cuidados con manicura perfecta, se enredaron en el cabello oscuro de la mujer y tiraron de ella hacia atrás con violencia, obligándola a mirarlo a los ojos.
—¡Conoce tu lugar, gata! —escupió Santiago, con la cara desfigurada por una rabia que solo tienen aquellos que nunca han recibido un “no” por respuesta—. ¡Aquí el dios soy yo!
Todo el personal de urgencias se congeló. Las enfermeras dejaron caer las gasas. Los residentes contuvieron la respiración. El tiempo pareció detenerse.
Todos esperaban que la enfermera tímida, esa mujer callada que siempre andaba mirando al suelo, se echara a llorar. Esperaban que pidiera perdón, que temblara, que saliera corriendo hacia el baño como habían hecho tantas otras antes que ella.
Después de todo, Santiago Pineda era intocable. Su apellido estaba en la fachada del edificio. Su padre cenaba con gobernadores. Él era la realeza de la medicina privada en México.
Pero nadie sabía la verdad.
No sabían que la mujer que estaba de pie frente a él, con ese uniforme azul dos tallas más grande que la hacía ver pequeña e insignificante, no era solo una enfermera.
Su nombre en el gafete decía “Elena B.”. Pero en los archivos clasificados de la Secretaría de la Defensa Nacional, ella era la Capitana Elena Benítez, alias “La Loba”. Una veterana condecorada del Cuerpo de Fuerzas Especiales, experta en combate cercano, que había operado gente dentro de helicópteros bajo fuego enemigo en la sierra de Sinaloa y Michoacán.
Y el Dr. Santiago Pineda… él acababa de cometer el error más grande y estúpido de su privilegiada vida.
El Hospital Santa Fe era un campo de batalla, solo que de un tipo diferente al que Elena conocía. En lugar de emboscadas en caminos de tierra y granadas, aquí había infartos por cocaína en ejecutivos de alto nivel, sobredosis de modelos y el lamento incesante de las sirenas de ambulancias privadas.
Elena se movía por el caos de la sala de urgencias con un silencio que ponía nerviosa a la gente. Tenía 32 años, pero sus ojos, oscuros y profundos como un pozo sin fondo, parecían tener cien.
Llevaba tres meses trabajando allí. En ese tiempo, había dicho menos de cincuenta palabras a sus compañeros. Hacía el trabajo sucio. Limpiaba los “patos” de los pacientes, reponía los sueros, trapeaba vómito de borrachos con apellidos compuestos. Tomaba los turnos de noche que ninguna de las enfermeras veteranas quería, esos turnos donde la ciudad muestra sus colmillos.
Para el staff, ella era una nadie. Una enfermera eventual que venía de algún pueblo perdido, con un currículum aburrido y una actitud que sugería que le tenía miedo a su propia sombra.
—¡Benítez, muévete! —el grito vino del Dr. Santiago Pineda.
Pineda era el jefe de cirugía de trauma. Tenía 45 años, era guapo de esa manera en la que él sabía perfectamente que lo era, y poseía un ego que apenas cabía por las puertas automáticas del hospital. Olía a loción cara y a arrogancia. Trataba al personal médico como si fueran sus sirvientes personales.
Elena no se inmutó por el tono. Simplemente levantó la charola de instrumentos esterilizados y caminó hacia el box 4, donde Pineda estaba suturando una herida en la ceja de un estudiante del Tec que se había peleado en un antro.
—Llegas tarde —se burló Pineda, sin levantar la vista de su trabajo—. Pedí esto hace treinta segundos. ¿Tienes idea de cuánto vale mi tiempo, Benítez? ¿O en tu pueblo no usan relojes?
—Disculpe, doctor —dijo Elena. Su voz era baja, plana, carente de cualquier emoción.
Pineda soltó una risa burlona.
—Las disculpas no salvan vidas, querida. La competencia sí. Trata de adquirir un poco, si es que tu cerebro te lo permite.
Le arrebató una pinza de la charola, rozando deliberadamente su mano con la suya, para luego limpiarse el guante en su bata estéril como si ella tuviera alguna enfermedad contagiosa.
—Qué asco —murmuró, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran.
Las otras enfermeras, agrupadas en la estación central, observaban con una mezcla de lástima y alivio. Alivio de no ser ellas las que estaban en la línea de fuego hoy.
—Hoy viene bravo —susurró Claudia, una enfermera joven con el uniforme rosa brillante y uñas de gel impecables—. Seguro se le cayó alguna inversión en la bolsa.
—O su esposa descubrió lo de la representante farmacéutica —murmuró David, el jefe de enfermeros, un hombre bonachón que llevaba veinte años en el hospital y odiaba a Pineda con cada fibra de su ser—. Pobre Elena. No sé cómo lo aguanta. Tiene cero carácter. Si me hablara así a mí… te juro que lo reporto a Recursos Humanos.
—RH no lo va a tocar, David —respondió Claudia, rodando los ojos—. Su papá es el dueño del 40% de las acciones. Elena es presa fácil. Es como un fantasma. Ayer le pregunté de dónde venía y solo se me quedó viendo hasta que me dio miedo y me fui.
Elena caminó hacia el cuarto de suministros, la “cueva” donde solía esconderse. Cerró la puerta y recargó la frente contra el metal frío de la estantería.
Respiró.
Inhalar en cuatro tiempos.
Sostener cuatro tiempos.
Exhalar en cuatro tiempos.
Sus manos estaban firmes. Siempre estaban firmes. Habían estado firmes en Culiacán cuando una granada impactó su convoy blindado. Habían estado firmes cuando tuvo que empaquetar la herida en el cuello de su Teniente mientras recibían fuego de ametralladora desde un cerro a trescientos metros.
No le tenía miedo a un hombre como Santiago Pineda. Hombres como él eran de cristal. Se rompían si se les iba el Wi-Fi o si el aire acondicionado fallaba. Elena había sobrevivido a cosas que dejarían a Pineda en estado catatónico.
Se ajustó las mangas largas de su camiseta térmica blanca. Las usaba siempre, incluso con el calor sofocante de la CDMX. Ocultaban las cicatrices de metralla en su antebrazo izquierdo y el tatuaje en su muñeca derecha: el escudo del Cuerpo de Fuerzas Especiales, un águila devorando una serpiente sobre dos rayos cruzados.
No estaba allí por gloria. Estaba allí para reintegrarse. Para aprender a ser civil otra vez. El ejército le había dado la baja médica después del incidente en la frontera sur, una operación negra que salió mal. Físicamente estaba entera, pero los psicólogos militares dijeron que necesitaba “descomprimirse” en un ambiente de bajo estrés.
Así que fregaba pisos y dejaba que un cirujano pomposo la tratara como sirvienta. Era parte de la misión: Mezclarse. No atacar. Ser invisible.
—¡BENÍTEZ! —la voz de Pineda rugió desde el pasillo, rompiendo su meditación—. ¡Saca tu trasero de ahí! ¡Tenemos un politrauma entrando!
Elena abrió los ojos. El acero volvió a su mirada. Se impulsó desde la estantería y salió de nuevo al ruedo.
CAPÍTULO 2: Código Rojo
Las puertas corredizas de la entrada de ambulancias se abrieron de golpe. Los paramédicos de la Cruz Roja entraron corriendo, empujando una camilla rodeada de una actividad frenética. El aire se llenó instantáneamente del olor metálico de la sangre fresca y el ozono de la lluvia.
—¡Reporte! —gritó Pineda, tomando el centro del escenario, inflando el pecho como un pavo real. Le encantaba tener audiencia.
—Masculino, aproximadamente 50 años, múltiples impactos de bala en tórax y abdomen —gritó el paramédico líder, sudando a chorros—. La presión está cayendo, 70 sobre 40. Taquicárdico. Perdimos pulso dos veces en el trayecto.
—¡A la sala uno! —ordenó Pineda—. David, canalízalo. Claudia, pide sangre O negativo, ¡ya! ¡Benítez!
Se giró hacia Elena, con los ojos inyectados en esa adrenalina loca que tanto le gustaba.
—Estás en aspiración. No lo arruines. Si este tipo se ahoga en su propia sangre, te cobro el funeral.
Elena se movió a su posición en la cabecera de la cama sin decir una palabra.
Miró al paciente.
Era un hombre grande, construido como un tanque de guerra, con una barba gris y lo que quedaba de un chaleco táctico barato que los paramédicos habían cortado.
Debajo de la sangre y la suciedad, Elena vio algo que hizo que su corazón se saltara un latido. En el hombro del hombre, apenas visible entre la sangre coagulada, había un tatuaje desvanecido por el sol.
Un murciélago. El símbolo de los GAFE.
Elena miró su cara. Estaba hinchada y amoratada, pero reconoció la estructura ósea, la cicatriz en la barbilla.
Era el Sargento Mayor Valdés. “El Toro”.
Había sido su instructor en el Campo Militar No. 1 hace una década. El hombre que le enseñó a disparar, a curar y a no romperse.
—¡Está cayendo en paro! —gritó David, mirando el monitor.
—¡Palas! —chilló Pineda—. ¡Carguen a 200! ¡Despejen!
La sala explotó en un caos controlado. Elena agarró la sonda de aspiración, limpiando la vía aérea con una eficiencia mecánica. Pero mientras sus manos trabajaban, su cerebro procesaba la información a velocidad militar.
Notó algo que Pineda, en su prisa por jugar a ser Dios, había pasado por alto.
La sangre en el pecho del Toro no solo se acumulaba. Burbujeaba.
Neumotórax a tensión.
Su mente lo registró al instante. El pulmón ha colapsado. El aire se está acumulando en la cavidad torácica, aplastando el corazón y desplazando los grandes vasos.
—¡Despejen! —gritó Pineda.
Golpeó el pecho de Valdés con las palas. El cuerpo del sargento se arqueó violentamente sobre la camilla.
—Sigue en fibrilación ventricular —dijo David con voz temblorosa—. No hay cambio.
—¡Carguen a 300! —ordenó Pineda.
—Doctor —dijo Elena.
Su voz cortó el ruido de la sala. No fue el susurro sumiso que usaba siempre. Fue firme, clara, con un timbre de autoridad que hizo que Claudia se detuviera en seco.
—Los ruidos respiratorios están ausentes en el lado derecho. La tráquea está desviada. Es un neumotórax a tensión. Darle descargas no va a funcionar. Necesita una descompresión con aguja, ahora.
La sala se quedó en silencio por una fracción de segundo.
Pineda la miró, con la cara enrojecida por la ira y la incredulidad.
—Disculpa… ¿eres doctora? —preguntó Pineda con veneno goteando de cada sílaba—. ¿Benítez, verdad? ¿Fuiste a la escuela de medicina o sacaste tu título de una caja de cereal Zucaritas?
—Mire la distensión yugular —insistió Elena, señalando el cuello del paciente, ignorando el insulto—. Si no descomprime el pecho, va a morir en treinta segundos. Su corazón no puede bombear si está aplastado.
—¡Cállate! —rugió Pineda—. ¡Yo soy el cirujano titular aquí! ¡Tú eres una enfermera! ¡Tú cambias sábanas y cierras la boca! ¡Carguen a 360! ¡Despejen!
Descargó las palas sobre Valdés otra vez.
Nada.
Línea plana. El pitido continuo de la muerte llenó la sala. Piiiiiiiiiiiiiiiiiii…
—¡Maldita sea! —Pineda tiró las palas sobre el carro de paro con frustración—. Se fue. Hora de la muerte…
—No —dijo Elena.
No lo pensó. No calculó las consecuencias laborales. No pensó en su pensión ni en su identidad secreta. Solo se movió.
Se apartó de la unidad de aspiración y agarró una aguja de calibre 14 de la bandeja de suministros abierta.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Pineda se interpuso en su camino, bloqueando el acceso al paciente.
—Muévase —dijo Elena.
Sus ojos, antes apagados y sumisos, ahora eran túneles oscuros y fríos.
—¡Sal de mi sala de trauma! —gritó Pineda, histérico—. ¡Estás despedida! ¡Largo de aquí!
—Tiene un ritmo viable, pero la presión lo está matando —dijo Elena, dando un paso lateral para esquivarlo con un movimiento fluido—. No voy a dejar que muera por culpa de su ego.
Ese fue el punto de quiebre.
El Dr. Santiago Pineda, el hombre que jamás había sido desafiado en su propio reino, se rompió.
Extendió la mano y agarró a Elena por la parte posterior de su gorro quirúrgico, enredando sus dedos en su coleta. Tiró de su cabeza hacia atrás con una fuerza violenta, brutal.
—¡TE DIJE QUE…! —siseó Pineda, con la cara a centímetros de la de ella, salpicándola de saliva—. ¡CONOCE TU LUGAR, BASURA INSERVIBLE!
La violencia del movimiento hizo que Elena tropezara hacia atrás. Golpeó los gabinetes metálicos con un fuerte clank, y la aguja cayó al suelo, rodando bajo la camilla.
Todo el servicio de urgencias se detuvo. Los médicos se congelaron a mitad de sutura. David soltó la bolsa de suero.
El silencio fue absoluto.
La violencia contra el personal era rara. Pero que un cirujano titular agrediera físicamente a una enfermera en medio de un código rojo… era inaudito.
Pineda se quedó allí, con el pecho agitado, la cara torcida en una mueca de desprecio. Se sentía poderoso. Se sentía como un dios castigando a un niño desobediente.
Esperaba que Elena se derrumbara. Esperaba lágrimas. Esperaba que saliera corriendo del cuarto, sollozando, dejándolo a él declarar la muerte del paciente e irse a comer a su restaurante de lujo.
Elena bajó la cabeza lentamente.
Levantó la mano y se tocó la nuca, donde él le había jalado el cabello. Se ajustó el gorro quirúrgico con calma.
Cuando levantó la vista, el miedo que todos esperaban ver no estaba allí.
La enfermera callada se había ido.
En su lugar había algo más. Algo antiguo y peligroso.
Su postura cambió. Sus hombros se cuadraron. Sus pies se separaron ligeramente a la altura de los hombros, en una postura de combate perfecta. Su respiración se volvió rítmica.
—No debió hacer eso, doctor —dijo Elena.
Su voz fue apenas un susurro, pero llevaba un peso que hizo que se le erizaran los pelos de la nuca a David.
—¡Llamen a seguridad! —ladró Pineda, aunque su voz tembló ligeramente al ver la mirada de ella—. ¡Saquen a esta vieja loca de mi hospital!
—David —dijo Elena, sin apartar la vista de los ojos de Pineda. Parecía que estaba mirando a través de él, calculando distancias, ángulos y puntos de presión—. Dame una hoja de bisturí del 10 y un kit de tubo torácico.
—¡Benítez, detente! —tartamudeó David, aterrorizado—. Es el jefe. Te va a meter a la cárcel.
Elena no esperó.
Se movió.
Pero esta vez, no caminó como una enfermera cansada. Se movió con la velocidad explosiva de una cobra.
Pineda intentó agarrarla del brazo otra vez, envalentonado por su propia estupidez.
—¡Te dije que te larg…!
Elena no lo golpeó. No necesitaba hacerlo.
Cuando Pineda estiró el brazo para tocarla, ella simplemente dio un paso dentro de su guardia. Atrapó su muñeca con una mano y, con un movimiento fluido de cadera, barrió su pierna de apoyo.
Sucedió tan rápido que más tarde tendrían que ver las cámaras de seguridad en cámara lenta para entenderlo.
Un segundo Pineda estaba de pie, gritando.
Al siguiente, estaba de cara contra el linóleo sucio del piso, con el brazo torcido detrás de la espalda en un ángulo antinatural que lo hizo gritar de agonía aguda y femenina.
—¡Quédate abajo! —ordenó Elena.
No fue una petición. Fue una orden dada por un oficial superior a un combatiente hostil.
Lo soltó, pasó por encima de su cuerpo gimoteante como si fuera un bulto de ropa sucia, y caminó hacia el paciente.
Recogió una aguja nueva de la mesa.
—David, tómame el tiempo —dijo con una calma helada.
Localizó el segundo espacio intercostal en el pecho del Toro. Clavó la aguja.
Psssshhhhhh.
El sonido del aire a presión escapando de la cavidad torácica fue audible en toda la sala silenciosa.
El monitor en la pared pitó.
Una vez.
Dos veces.
Bip… Bip… Bip-bip-bip.
Ritmo sinusal. El corazón estaba latiendo de nuevo.
Elena miró hacia abajo, a Pineda, que luchaba por ponerse de rodillas, acunando su muñeca, con la cara morada de humillación y shock.
—Está vivo —dijo Elena, quitándose los guantes manchados de sangre—. Y usted, doctor, está relevado del mando.
PARTE 2: EL CONTRAATAQUE
CAPÍTULO 3: El Peso del Apellido
La llegada de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de la Ciudad de México no fue sutil. Dos patrullas con las sirenas aullando se detuvieron en la rampa de ambulancias, seguidas por una camioneta blindada negra de la que bajó un hombre impecablemente vestido, escoltado por dos guardaespaldas.
El Dr. Santiago Pineda los estaba esperando. Se apoyaba en el mostrador de enfermería, sosteniendo una bolsa de hielo sobre su muñeca hinchada. Había recuperado la compostura, reemplazando el miedo puro que sintió en el piso con una narrativa fría y calculada.
—¡Es ella! —gritó Santiago, señalando con un dedo tembloroso hacia el cubículo de trauma.
Elena estaba junto a la camilla, monitoreando los signos vitales del Sargento Mayor Valdés. El paciente estaba estable, su pecho subía y bajaba rítmicamente gracias al tubo que ella había insertado. No había intentado huir. No había intentado esconderse. Estaba de pie, con las manos cruzadas detrás de la espalda en posición de descanso militar, esperando.
—Oficial —dijo Santiago, con esa voz de víctima profesional que le salía tan bien—. Esa mujer es inestable. Desobedeció una orden médica directa, puso en peligro la vida de un paciente y, cuando intenté intervenir para salvarlo, me agredió físicamente. Casi me rompe la muñeca. Quiero presentar cargos por intento de homicidio y lesiones.
El oficial al mando, el Comandante Rivas, un hombre con bigote espeso y ojos cansados, miró a Elena. Ella no parecía una amenaza. Se veía pequeña dentro de su uniforme manchado de sangre.
—Señorita —Rivas se acercó, con la mano cerca de su funda—. Aléjese del paciente.
Elena se giró lentamente.
—El paciente está estable, Comandante. Necesita traslado a la UCI. El neumotórax está drenando, pero si mueven el tubo…
—No le pedí un diagnóstico —ladró Rivas, claramente influenciado por la presencia del “Jefe” del hospital—. Dese la vuelta. Manos atrás.
Elena obedeció. No resistió cuando el acero frío de las esposas se cerró alrededor de sus muñecas con un clic seco y final.
—¡No pueden hacer esto! —David, el jefe de enfermeros, dio un paso adelante, con la voz temblorosa—. Ella le salvó la vida a ese hombre. El Dr. Pineda iba a dejarlo morir…
—¡David! —bramó Santiago. Sus ojos se entrecerraron—. A menos que quieras buscar trabajo poniendo inyecciones en una farmacia de esquina, te sugiero que cierres la boca. Esto es un asunto policial.
David se congeló. Miró a Elena con ojos suplicantes, pidiendo perdón por su cobardía. Elena solo le dio un asentimiento casi imperceptible.
“Tranquilo”, decía su mirada. “Esta no es tu guerra”.
—Sáquenla de aquí —ordenó Santiago—. Y asegúrense de que nadie grabe. No quiero que el hospital se asocie con psicópatas.
Mientras los oficiales escoltaban a Elena por el pasillo lleno de gente, la atmósfera era espesa. Los pacientes en las camillas miraban en silencio. Los residentes evitaban el contacto visual. Pero las enfermeras… las que cambiaban los pañales de adultos y sostenían las manos de los moribundos, miraban a Elena con un respeto nuevo y extraño. Habían visto el derribo. Sabían la verdad.
Justo cuando llegaban a la salida, las puertas administrativas se abrieron de golpe.
Don Rogelio Pineda, el presidente del consejo del hospital y padre de Santiago, entró como un huracán. Era un hombre de cabello plateado, vestido con un traje italiano que costaba más que un auto compacto. Era conocido en la ciudad por dos cosas: enterrar demandas médicas y arruinar carreras.
—¡Santiago! —tronó Rogelio, ignorando a la policía—. Recibí tu mensaje. ¿Es verdad que una gata te atacó?
—Está loca, papá —gimió Santiago, dejando caer la fachada de profesional y convirtiéndose en un niño mimado al instante—. Casi me rompe el brazo… ¡mi mano quirúrgica!
Don Rogelio giró su mirada hacia Elena. Sus ojos eran como hielo picado. Caminó hasta ella, invadiendo su espacio personal, mirándola por encima del hombro.
—Cometiste un error muy grave, niña —siseó Rogelio—. Voy a asegurarme de que nunca vuelvas a trabajar en el sector salud. Te voy a demandar por cada centavo que tengas y por los que no tengas. Para cuando termine contigo, vas a desear no haber nacido.
Elena lo miró. No parpadeó. No bajó la vista. Lo analizó: Hipertensión visible en las venas del cuello, probablemente medicado con betabloqueadores, narcisista, agresión nacida del dinero, no de la capacidad.
Nivel de amenaza: Cero.
—Sigan caminando —dijo el Comandante Rivas, empujando suavemente a Elena.
Mientras la metían en la parte trasera de la patrulla, Elena se permitió una sola mirada hacia atrás. Vio a Santiago Pineda en la entrada de urgencias, sonriendo con arrogancia mientras su padre le pasaba el brazo por los hombros.
Creían que habían ganado. Creían que esto se trataba de abogados y despidos.
Elena recargó la cabeza contra la rejilla de la ventana de la patrulla. Cerró los ojos y empezó a contar.
45 minutos desde el código rojo. El equipo de extracción debe estar preparándose.
La guerra no había terminado para la Capitana Benítez. Solo había cambiado de campo de batalla.
CAPÍTULO 4: Jurisdicción Federal
La sala de interrogatorios de la delegación en la alcaldía Cuajimalpa era una caja gris que olía a humedad y café rancio.
Elena estaba sentada en una silla de metal, con una mano esposada a la mesa. Llevaba dos horas ahí.
El detective Juárez estaba sentado frente a ella. Era un hombre con manchas de salsa en la corbata y la mirada de alguien que cuenta los días para su jubilación. Tiró una carpeta sobre la mesa.
—Elena Benítez —dijo Juárez, recargándose en la silla—. Sin antecedentes penales. Tu licencia de enfermería está limpia, aunque solo tiene tres meses de antigüedad. Antes de eso… nada. Un fantasma. ¿Dónde estabas, Elena? ¿Trabajando en el otro lado?
Elena no dijo nada. Miraba un punto fijo en la pared, ignorando la técnica de policía bueno.
—Mira, Elena —suspiró Juárez—. Los Pineda son gente muy poderosa. El papá cena con el Procurador. Están presionando para que te acusemos de lesiones calificadas y ataque con arma blanca. Dicen que usaste un bisturí.
Los ojos de Elena se movieron lentamente hacia Juárez.
—No usé un bisturí. Si hubiera usado una hoja, él no estaría caminando.
Juárez hizo una pausa, incómodo por la entrega fría y fáctica de la frase.
—Correcto… Bueno, dicen que lo amenazaste. Los testigos tienen miedo de hablar. Si me das tu versión, tal vez podamos bajarlo a una falta administrativa. Servicio comunitario.
—Quiero mi llamada —dijo Elena.
—Puedes llamar a un abogado de oficio —dijo Juárez—. Pero uno público no tiene oportunidad contra el bufete de los Pineda. Vienen por sangre.
—No necesito un abogado —dijo Elena—. Necesito hacer una llamada.
Juárez gruñó y empujó un teléfono fijo a través de la mesa.
—Hazlo rápido.
Elena levantó el auricular. No marcó un número local. No marcó a un familiar. Marcó una secuencia que Juárez no reconoció. Demasiados dígitos. Un número satelital.
—Aquí Sierra-Siete-Cero-Nueve —habló Elena al teléfono. Su voz cambió. Ya no era la enfermera, ni la detenida. Era una oficial dando un parte de guerra—. Código Negro. Ubicación: Delegación 4, Cuajimalpa, CDMX. Situación de rehén. Yo soy el rehén.
Colgó.
Juárez la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué fue eso? ¿A quién llamaste? ¿Al narco?
—Debería ir por un café, detective —dijo Elena con calma—. Va a ser una noche larga.
Antes de que Juárez pudiera responder, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió de golpe.
Pero no era otro policía. Era un abogado. Traje azul marino a la medida, reloj Rolex, peinado impecable. Licenciado Montemayor, el abogado de la familia Pineda.
—Señorita Benítez —dijo Montemayor, colocando un maletín de piel sobre la mesa con asco, como si la mesa estuviera sucia—. Vengo a ofrecerle una salida.
Deslizó un documento hacia ella.
—Firme esto. Admite que sufrió un brote psicótico, se disculpa públicamente con el Dr. Pineda y acepta la revocación inmediata de su licencia de enfermería. A cambio, los Pineda retiran los cargos penales. Se va de la ciudad esta noche y no volvemos a saber de usted.
Elena miró el papel. Era una rendición.
—¿Y si no lo hago? —preguntó.
Montemayor sonrió. Una sonrisa de tiburón.
—Entonces va a Santa Martha Acatitla. Así de simple. Tenemos a los jueces. Tenemos al Ministerio Público. Usted es una nadie, señorita Benítez. Un insecto en el parabrisas de un Ferrari.
Elena tomó la pluma. La sonrisa de Montemayor se ensanchó.
Ella giró la pluma entre sus dedos, un hábito de sus días de francotiradora midiendo el viento.
—Revisó mi licencia de enfermería —dijo Elena suavemente—. ¿Pero revisó mi Hoja de Servicios de la SEDENA?
Montemayor frunció el ceño.
—¿Su qué?
—Mi registro militar.
—Irrelevante —Montemayor agitó la mano—. Lo que sea que hiciera en el ejército, pelar papas o marchar en desfiles, no importa aquí. Aquí manda el dinero.
¡BUM!
La pesada puerta de acero de la zona de detención se abrió con una fuerza que hizo temblar las paredes.
—¡¿Qué chingados pasa allá afuera?! —Juárez se levantó, llevando la mano a su arma.
Se escuchaban gritos en el pasillo. No voces de policías. Voces de mando. Voces acostumbradas a gritar sobre el ruido de los helicópteros.
—¡POLICÍA MILITAR! ¡ABAJO! ¡AL SUELO!
La puerta de la sala de interrogatorios fue pateada. Dos elementos de las Fuerzas Especiales, con equipo táctico completo, pasamontañas y fusiles de asalto FX-05, entraron en la habitación, escaneando las esquinas al instante.
Detrás de ellos entró un hombre con uniforme de gala verde olivo. Tres estrellas doradas brillaban en sus hombreras.
El General Cárdenas. Comandante de la Primera Región Militar.
La mandíbula de Juárez cayó al suelo. Instintivamente levantó las manos.
Montemayor parecía confundido y molesto.
—¡Oigan! —gritó el abogado—. ¡Esto es un interrogatorio privado! ¡No pueden entrar así! ¿Saben quién es mi cliente?
El General Cárdenas ignoró al abogado por completo. Caminó directamente hacia Elena, que seguía esposada a la mesa. El General se detuvo frente a ella y se cuadró.
—Mi Mayor —dijo Cárdenas, asintiendo a Elena.
—Mi General —respondió Elena.
—Quítenle esas esposas —ordenó Cárdenas, mirando a Juárez.
—¡Un momento! —Montemayor se interpuso, rojo de ira—. Ella está bajo arresto por agredir a un cirujano prominente. El ejército no tiene jurisdicción aquí. Esto es civil.
Cárdenas se giró hacia Montemayor. La mirada que le dio al abogado fue la clase de mirada que podría congelar el desierto de Sonora.
—¿Jurisdicción? —la voz de Cárdenas fue baja y peligrosa—. Hijo, esta mujer es un activo protegido de Seguridad Nacional. El hombre al que “agredió” casi mata por negligencia a un Sargento Mayor condecorado que está bajo mi protección directa.
Dio un paso hacia el abogado, obligándolo a retroceder.
—Y usted… usted está interfiriendo en una investigación federal sobre negligencia médica criminal afectando a personal militar de alto nivel.
—¿Negligencia médica? —tartamudeó Montemayor—. Eso es absurdo…
—Libérela —ladró Cárdenas a Juárez.
Juárez, temblando, buscó las llaves y abrió las esposas. Elena se puso de pie, frotándose las muñecas.
—¿La lastimaron, Mayor? —preguntó Cárdenas.
—Negativo, señor —dijo Elena—. Solo me hicieron perder el tiempo.
—Bien —dijo Cárdenas—. Tenemos un helicóptero esperando en el helipuerto de la torre. El Toro despertó. Pregunta por usted.
Elena se giró hacia Montemayor, quien estaba pálido y sudando dentro de su traje caro. Se inclinó cerca de él.
—Dígale a Pineda que el insecto acaba de golpear de vuelta.
PARTE 3: LA INFILTRACIÓN
CAPÍTULO 5: La Tumba de los Secretos
La azotea del Hospital Santa Fe había sido tomada. Dos policías militares montaban guardia en las puertas y un helicóptero Blackhawk del Ejército Mexicano mantenía sus rotores girando lentamente, listos para despegar.
Dentro de la Suite Presidencial del último piso, reservada habitualmente para políticos y magnates, el Sargento Mayor Valdés, “El Toro”, yacía en una cama rodeado de equipo médico militar que el General Cárdenas había mandado traer. No confiaban en el equipo del hospital.
Elena entró, vestida ahora con un traje táctico negro ligero que le había proporcionado el equipo de Cárdenas. Se veía más cómoda así que con el uniforme de enfermera. Aquel pijama azul siempre se sintió como un disfraz.
Valdés abrió los ojos. Se veía golpeado, tubos en la nariz, moretones cubriendo medio cuerpo, pero estaba vivo. Vio a Elena y una sonrisa débil se dibujó en su barba canosa.
—Loba… —rasposa su voz—. Pensé que te había visto. Creí que ya me había muerto y que tú eras la Santa Muerte viniendo por mí.
—Hoy no, mi Sargento —dijo Elena, tomándole la mano callosa—. Tuviste un pulmón colapsado. El carnicero de turno casi te fríe el corazón tratando de darte choques eléctricos a lo tonto.
—¿El cirujano? —preguntó Valdés, tosiendo.
—Nos estamos encargando —dijo Elena.
El General Cárdenas estaba de pie junto al ventanal, mirando las luces de Santa Fe y los rascacielos de la ciudad.
—No del todo, Mayor. Tenemos un problema.
Elena se giró. —¿Señor?
—Rogelio Pineda no va a retroceder —dijo Cárdenas con gravedad—. Está llamando favores. Senadores, dueños de televisoras. Está creando una narrativa: dice que eres una soldado renegada con estrés postraumático que enloqueció y atacó a un doctor indefenso. Va a dar una conferencia de prensa en una hora.
La mandíbula de Elena se tensó.
—Que hable. Mi hoja de servicio está limpia.
—No es tan simple —interrumpió Cárdenas—. Si Pineda escarba lo suficiente, o si sus amigos en el gobierno le pasan información, podría encontrar lo de la “Operación Ceniza” en la frontera sur.
El cuarto se enfrió.
La Operación Ceniza era la razón por la que Elena había dejado las Fuerzas Especiales. Una misión de extracción en Chiapas donde la inteligencia falló. Civiles murieron por culpa de datos erróneos de la DEA, pero la culpa casi recae sobre la unidad de Elena. El expediente fue sellado, clasificado y enterrado.
—Si expone eso… —dijo Elena en voz baja—, mi equipo será arrastrado por el lodo. Las familias de los caídos perderán sus pensiones.
—Exacto —dijo Cárdenas—. Rogelio Pineda está amenazando con filtrar “leaks” anónimos diciendo que eres una criminal de guerra, a menos que te entreguemos a las autoridades civiles y pidamos una disculpa pública. Está tomando mi reputación y la del Ejército como rehenes para salvar el ego de su hijo inútil.
—Nos declaró la guerra —gruñó Valdés desde la cama.
—Entonces peleamos —dijo Elena—. ¿Cómo?
—No podemos silenciar a un millonario sin causar un escándalo nacional —dijo Cárdenas, y una pequeña sonrisa astuta apareció en su rostro—. No lo silenciaremos. Dejaremos que hable… y luego lo enterraremos con la verdad.
Cárdenas le lanzó una tablet a Elena.
—Mientras estabas en la celda, mis oficiales de inteligencia hicieron una pequeña auditoría digital al Dr. Santiago Pineda y a la administración de su padre. Resulta que tu incidente no fue la primera vez que Santiago metió la pata.
Elena deslizó el dedo por los archivos. Sus ojos se abrieron con incredulidad.
- Caso 402: Muerte por negligencia, acuerdo extrajudicial. NDA firmado.
- Caso 519: Amputación de miembro equivocado (pierna izquierda en lugar de derecha). Acuerdo extrajudicial.
- Caso 660: Sobredosis letal por error de medicación. Borrado de los registros.
Había docenas. Un rastro de cadáveres y dinero sucio. Santiago Pineda no solo era arrogante; era incompetente y peligroso. Y su padre había estado usando los fondos del hospital para pagar a las víctimas y comprar su silencio durante una década.
—Esto es un cementerio —susurró Elena.
—Es munición —corrigió Cárdenas—. Pero necesitamos más que archivos digitales que ellos pueden decir que son falsos. Necesitamos el disco duro original de los servidores internos y un testigo. Alguien de adentro que pueda autenticar que Rogelio ordenó los encubrimientos.
Elena pensó en la sala de urgencias. En el miedo en los ojos de las enfermeras. En cómo David había querido hablar pero el pánico lo paralizó.
Y pensó en Claudia, la chica de uniforme rosa.
—Conozco a alguien —dijo Elena—. La enfermera Claudia. Ella maneja los archivos digitales de trauma. Lo ve todo.
—Es una civil —advirtió Cárdenas—. Si nos acercamos a ella, le ponemos una diana en la espalda.
—Ella ya es un blanco —dijo Elena, poniéndose de pie—. Los Pineda aterrorizan a ese personal. Si les damos una oportunidad de pelear, lo harán.
—¿Quieres volver a bajar ahí? —preguntó Cárdenas—. A la boca del lobo.
—Necesito sacar a Claudia antes de que Pineda purgue los servidores —dijo Elena, revisando las correas de sus botas tácticas—. Si sabe que tenemos los archivos, borrará los respaldos físicos. Necesito esos discos duros.
—Tienes 50 minutos antes de la conferencia de prensa de Pineda —Cárdenas miró su reloj—. No puedo enviar tropas a un hospital civil para robar equipo. Es ilegal y sería un suicidio político.
Elena caminó hacia la puerta. Miró hacia atrás, y sus ojos brillaban con esa intensidad letal que le había ganado el apodo de “Loba”.
—No va a enviar tropas, General. Solo soy una enfermera que va a recoger su último cheque.
CAPÍTULO 6: Regreso al Infierno
El sótano del Hospital Santa Fe era un laberinto de tuberías de vapor, generadores zumbando y carritos de lavandería. Era un mundo aparte de las luces estériles y el lujo de los pisos superiores. Era el elemento de Elena.
Se había quitado el equipo táctico visible, cambiándolo por un overol gris de intendencia que robó de un carrito cerca del muelle de carga. Se puso una gorra baja y se ensució la cara con grasa de una tubería.
Se movía entre las sombras, evitando las cámaras de seguridad cuyas ubicaciones había memorizado durante sus tres meses de “empleo”. Su objetivo era el cuarto de servidores (SITE) en el cuarto piso, adyacente a las oficinas administrativas.
No estaba sola. El General Cárdenas no podía enviar soldados, pero podía prestarle ojos. A través de un pequeño auricular invisible, un oficial de inteligencia desde el helicóptero la guiaba.
—Mayor, tenga cuidado. Tenemos cuatro elementos de seguridad privada moviéndose por el lobby. Rogelio Pineda contrató músculo. No son guardias del hospital. Están armados.
—Copiado —susurró Elena, pegándose a una columna de concreto mientras un trabajador de mantenimiento pasaba sin verla—. ¿Reglas de enfrentamiento?
—Desconocidas, pero basándonos en el perfil de Rogelio, probablemente tienen luz verde para detenerla a cualquier costo. No inicie combate a menos que sea comprometida.
Elena llegó al elevador de servicio. Usó una tarjeta maestra que le había “tomado prestada” a un camillero descuidado semanas atrás. Las puertas se abrieron. Entró y presionó el botón del cuarto piso.
Mientras el elevador subía, Elena sopesó su arma improvisada: una llave inglesa pesada de 12 pulgadas que encontró en el cuarto de máquinas. No era un rifle, pero en combate cerrado, rompería una rodilla o una mandíbula perfectamente.
Ding.
Las puertas se abrieron. El pasillo estaba tranquilo, alfombrado y con olor a lavanda. El ala ejecutiva.
Elena se movió rápido, agachada. Llegó a la puerta marcada “ARCHIVOS / SERVIDORES”. Estaba cerrada con código.
—Abre la puerta, Claudia —susurró, rezando para que la enfermera estuviera dentro.
Silencio.
—Claudia, soy Elena. Sé que estás ahí. Sé lo del archivo negro.
Un momento después, la cerradura electrónica zumbó. La puerta se entreabrió.
La enfermera Claudia estaba allí, con la cara pálida y los ojos rojos de llorar. Jaló a Elena hacia adentro y cerró la puerta con seguro.
El cuarto estaba helado, lleno del zumbido de ventiladores y luces azules parpadeando.
—No debiste volver —dijo Claudia, temblando—. Te están buscando. Rogelio Pineda tiene hombres barriendo piso por piso. Les dijo que vienes armada.
—Vengo armada —dijo Elena, tocándose la sien—. Con la verdad. ¿Dónde están los discos?
Claudia señaló una estación de trabajo. Una barra de progreso en la pantalla mostraba: ELIMINACIÓN EN PROGRESO: 85%.
—Lo están borrando remotamente —sollozó Claudia—. Rogelio llamó hace diez minutos. Ordenó una “actualización del sistema”. Es una purga total de los últimos diez años de bitácoras quirúrgicas. Una vez que llegue al 100%, la prueba de los errores de Santiago, las muertes, los sobornos… todo desaparecerá.
—¿Puedes pararlo? —preguntó Elena.
—Lo intenté. Me bloquearon los controles de administrador.
Elena miró el rack de servidores físicos. Cajas negras apiladas con luces parpadeantes.
—Si no podemos parar el software, nos llevamos el hardware. —Se movió hacia la torre principal—. ¿Qué disco tiene el respaldo quirúrgico?
—Bahía tres, disco D —dijo Claudia.
Elena buscó el pestillo de liberación del disco duro.
¡CRASH!
La puerta del cuarto de servidores no se abrió. Fue derribada a patadas.
Dos hombres con trajes oscuros irrumpieron. No eran policías. Eran mercenarios: cuellos gruesos, miradas muertas, cicatrices de peleas callejeras. Uno tenía una macana eléctrica extensible. El otro tenía una pistola con silenciador.
—¡Aléjese del servidor! —ladró el hombre de la pistola.
Claudia gritó y se tiró al suelo.
Elena no se congeló. Calculó.
Distancia: 3 metros. Amenaza: Arma de fuego. Solución: Violencia de acción.
—¡No disparen! —gritó Elena, levantando las manos, fingiendo pánico, haciendo su voz aguda—. ¡Soy la de la limpieza!
El pistolero vaciló un microsegundo, confundido por el overol sucio.
Ese segundo fue todo lo que Elena necesitaba.
Lanzó la llave inglesa. No fue un lanzamiento al azar. El metal giró en el aire y golpeó al pistolero directamente en el puente de la nariz con un crujido repugnante.
El hombre aulló, su cabeza se fue hacia atrás y el arma se disparó hacia el techo, soltando lluvia de yeso.
Elena se lanzó hacia adelante como un misil. Tacleó al segundo hombre, el de la macana eléctrica, antes de que pudiera levantarla. Cayeron al suelo duro. Él era fuerte, pesado, pero peleaba con furia. Elena peleaba con física.
Bloqueó un puñetazo, le clavó el codo en el plexo solar sacándole el aire, y luego envolvió sus piernas alrededor de su cuello en un triángulo de asfixia perfecto.
El mercenario se sacudió, tratando de picarle los ojos, pero las piernas de Elena eran cables de acero.
3 segundos.
4 segundos.
Los ojos del hombre se pusieron en blanco. Se quedó flácido.
Elena rodó fuera de él y corrió hacia el arma que el primer hombre había tirado. La pateó lejos, debajo de los racks de servidores. No quería matarlos. Solo quería terminar la misión.
Corrió de vuelta al servidor.
ELIMINACIÓN: 98%.
—¡Es muy tarde! —lloró Claudia.
—¡No! —Elena apretó los dientes. Agarró la manija de la bahía del disco duro y tiró con fuerza bruta, rompiendo el mecanismo de bloqueo de plástico.
—¡Elena, cuidado!
Elena giró sobre sus talones.
El Dr. Santiago Pineda estaba de pie en la puerta destrozada. Se veía maníaco, con la corbata deshecha y el sudor goteando por su frente. Tenía en la mano la pistola que Elena había pateado lejos.
—¡Arruinaste todo! —gritó Santiago, con el arma temblando violentamente en su mano—. ¡Mi vida, mi reputación! ¡Yo soy un dios en esta ciudad!
—Eres un carnicero, Santiago —dijo Elena, poniéndose frente a Claudia para escudarla—. Y se acabó.
—¡Se acaba cuando yo diga que se acaba! —Santiago amartilló la pistola.
—¡Suelta el arma, Pineda!
La voz vino del pasillo. Santiago giró, asustado.
Allí de pie no estaba la policía. No estaba el General.
Estaban las enfermeras.
Veinte de ellas.
David, las enfermeras de pediatría, de oncología, los camilleros. Estaban hombro con hombro bloqueando el pasillo. No tenían armas. Tenían tripies de suero pesados, tanques de oxígeno y portapapeles de metal.
Se veían aterrorizados, pero no se movían.
—¡Quítense de mi camino! —chilló Santiago, apuntándoles—. ¡Dispararé! ¡Lo juro por Dios!
—No, no lo harás —dijo David, dando un paso al frente, con la voz temblorosa pero firme—. Porque hay cámaras, Santiago. Y todos somos testigos. No puedes despedirnos a todos. No puedes matarnos a todos.
Santiago vaciló. El peso del momento, la cantidad de gente parada en su contra, agrietó su frágil ego.
Mientras su atención estaba dividida, Elena actuó.
No lo atacó. Se giró hacia el servidor y, con un gruñido de esfuerzo, arrancó el disco duro de las entrañas de la máquina justo cuando la pantalla marcaba 99%. Los cables chispearon. La pantalla se fue a negro.
Santiago se volvió hacia Elena, con los ojos desorbitados.
—¡Dámelo!
Elena sostuvo el disco en alto.
—¿Lo quieres? Ven por él.
Sirenas reales aullaron afuera. La policía estatal había llegado, convocada por Cárdenas.
Santiago miró el arma, luego a Elena, luego a las enfermeras que lo miraban con juicio absoluto.
Soltó el arma.
Cayó de rodillas, cubriéndose la cara con las manos, sollozando como un niño pequeño al que le han quitado su juguete.
Elena pasó junto a él, pasando por encima de sus piernas sin mirarlo.
Se detuvo frente a David y el grupo de enfermeras.
—Gracias por el respaldo —dijo suavemente—. Buen muro.
David sonrió nerviosamente, secándose el sudor de la frente.
—Equipo de trauma, ¿verdad? Nadie toca a los nuestros.
Elena asintió. Miró el disco duro en su mano.
—Vámonos. Hay una conferencia de prensa que tenemos que arruinar.
PARTE 4: LA CAÍDA DEL IMPERIO
CAPÍTULO 7: La Verdad en 8K
El Gran Atrio del Hospital Santa Fe parecía menos un vestíbulo médico y más un escenario de Hollywood. Los pisos de mármol italiano reflejaban los destellos de cien cámaras de televisión. El aire estaba espeso, cargado con el zumbido de reporteros de Televisa, TV Azteca y medios internacionales.
Don Rogelio Pineda estaba de pie en un podio de caoba, bañado en la luz blanca y dura de los reflectores. Se veía impecable, proyectando la imagen perfecta del líder afligido y responsable. Detrás de él, los miembros de la junta directiva, una fila de trajes grises, asentían en ritmo sincronizado como muñecos de cuerda.
—Damas y caballeros de la prensa —comenzó Rogelio. Su voz era un barítono suave, ensayado—. Me dirijo a ustedes con el corazón pesado. Nos enorgullecemos de ser un santuario de curación. Pero hoy, ese santuario fue violado.
Hizo una pausa dramática, dejando que los reporteros se inclinaran hacia adelante.
—Una individuo perturbada —continuó Rogelio, endureciendo el tono—, una ex soldado llamada Elena Benítez, a quien contratamos de buena fe como enfermera eventual, sufrió un severo brote psicótico.
Murmullos en la multitud.
—Sufriendo de un estrés postraumático no tratado, se infiltró en nuestra unidad de trauma, puso en peligro la vida de un paciente crítico y lanzó un asalto físico vicioso y no provocado contra mi hijo, el Dr. Santiago Pineda, nuestro Jefe de Cirugía.
Rogelio tenía a la audiencia en la palma de su mano. Estaba pintando una obra maestra de mentiras.
—Estamos cooperando plenamente con las autoridades para detener a esta mujer peligrosa —dijo Rogelio, levantando la voz para ahogar una pregunta de una reportera de CNN—. No descansaremos hasta que esté tras las rejas, garantizando la seguridad de nuestro personal y nuestros pacientes. Este hospital no será rehén de un elemento criminal.
Encima del podio, la enorme pantalla LED de 8K, que usualmente mostraba videos de doctores sonrientes y logotipos corporativos, parpadeó.
Al principio fue solo un glitch. Una línea de estática verde cortó la cara sonriente de un cirujano modelo.
Rogelio no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado condenando a Elena.
—Que esto sea una advertencia: tenemos cero tolerancia para la violencia…
ZZZRRT.
La estática creció, convirtiéndose en un rasgón electrónico fuerte que hizo que varias personas en la primera fila se taparan los oídos. El logotipo del hospital se distorsionó, retorciéndose en ruido digital antes de que la pantalla se fuera a negro.
Rogelio frunció el ceño, mirando por encima del hombro.
—Problemas técnicos —murmuró a un asistente—. Arréglalo. Ahora.
Pero la pantalla no se quedó negra.
Una imagen granulada en blanco y negro parpadeó hasta cobrar vida. Era una toma de seguridad desde un ángulo alto. El código de tiempo en la esquina decía: HOY, 14:00 HORAS.
La imagen era innegable.
Mostraba el Box 4 de urgencias. Mostraba a un paciente convulsionando. Mostraba a Elena Benítez suplicando, con un lenguaje corporal desesperado pero controlado.
Y mostraba al Dr. Santiago Pineda de pie sobre el paciente, no ayudando, sino burlándose.
Entonces, el audio entró.
No era el sonido débil de una cámara de seguridad. Había sido amplificado, limpiado por inteligencia militar.
—¡CONOCE TU LUGAR, GATA!
La voz de Santiago Pineda retumbó a través de los altavoces de calidad de concierto del atrio. Resonó en las paredes de mármol más fuerte que el tráfico de afuera.
El video mostró la bofetada.
Mostró a Santiago Pineda enredando sus dedos en el cabello de Elena y jalando su cabeza hacia atrás con una fuerza viciosa y arrogante.
El jadeo colectivo de la sala succionó el oxígeno del aire.
Los flashes de las cámaras se detuvieron. El silencio fue absoluto, salvo por el video que se repetía en bucle en la pantalla gigante.
La cara de Rogelio Pineda se drenó de color. Parecía un hombre al que le acababan de disparar en el estómago. Se giró hacia su equipo técnico, perdiendo la compostura.
—¡Corten la señal! ¡Córtenla ahora! ¿Quién está haciendo esto?
Pero el video cambió.
La grabación del asalto se encogió a una esquina de la pantalla, reemplazada por una cascada de documentos que se desplazaban hacia abajo como los créditos de una película de terror.
No eran registros públicos. Eran PDFs sellados con CONFIDENCIAL y ACUERDO DE NO DIVULGACIÓN.
- REPORTE DE ERROR MÉDICO #402
- PACIENTE: Fallecido.
- CAUSA: Negligencia Quirúrgica.
- CIRUJANO: Santiago Pineda.
- ACCIÓN: Acuerdo monetario ($2.5 MDP). Encubrimiento autorizado por Rogelio Pineda.
Los reporteros jadearon de nuevo. Se desató un frenesí. Las cámaras hicieron zoom a la pantalla, capturando la evidencia de años de cuerpos enterrados.
- INCIDENTE #519: Amputación errónea.
- INCIDENTE #660: Sobredosis letal.
- ESTATUS: BORRADO DE ARCHIVOS.
—¡Esto es falso! —chilló Rogelio, agarrando el micrófono, su voz quebrándose en un grito agudo—. ¡Es un ciberataque! ¡Son mentiras generadas por Inteligencia Artificial! ¡Seguridad, despejen la sala! ¡Quiero a todos fuera!
—Se ven bastante reales para mí, Don Rogelio.
La voz profunda cortó el pánico de Rogelio como un cuchillo caliente en mantequilla.
Las pesadas puertas giratorias de cristal de la entrada principal dejaron de girar. La multitud se abrió como el Mar Rojo.
El General Cárdenas entró caminando.
Iba flanqueado por cuatro policías militares armados y dos agentes federales de la Fiscalía General de la República. El aura de autoridad que proyectaban pesaba más que el edificio mismo.
Y caminando justo al lado del General, estaba Elena Benítez.
No se había cambiado. Todavía llevaba el overol de mantenimiento sucio de grasa que había robado del sótano. Su cara tenía una mancha de aceite en la mejilla. En su mano, sostenía un disco duro destrozado como si fuera un trofeo de guerra.
Rogelio se congeló. Agarró los lados del podio hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Buscó a su equipo de seguridad, pero sus mercenarios no estaban por ningún lado (probablemente ya esposados en el sótano).
—¡Tú! —siseó Rogelio, señalando con un dedo tembloroso a Elena—. ¡Tú hiciste esto! ¡Oficiales, arréstenla! ¡Robó propiedad confidencial! ¡Hackeó nuestros sistemas!
El agente federal líder, un hombre alto con cara de pocos amigos, subió a la tarima. Pasó junto a Elena sin siquiera mirarla. Caminó directo hacia Rogelio Pineda.
—Rogelio Pineda —dijo el agente, su voz retumbando sin micrófono—. Queda usted detenido.
Rogelio retrocedió, chocando contra el podio.
—¿Disculpe? ¿Sabe quién soy? Soy amigo personal del Gobernador. Ceno con senadores.
—Queda detenido —repitió el agente, sacando unas esposas de acero de su cinturón— por conspiración para cometer fraude, obstrucción de la justicia, alteración de evidencia y encubrimiento de homicidio culposo. Dese la vuelta.
—¡Esto es una locura! —escupió Rogelio, luchando mientras el agente lo giraba—. ¡Voy a demandar a su departamento! ¡Le voy a quitar la placa! ¡Esa mujer es la criminal!
Elena subió los escalones del escenario.
Las cámaras giraron hacia ella. Mil lentes enfocando a la mujer en el traje de conserje.
Se detuvo a centímetros de Rogelio. De cerca, el millonario se veía pequeño. Se veía viejo y aterrorizado.
—No soy una criminal, Rogelio —dijo Elena. Su voz estaba amplificada por el micrófono que Rogelio acababa de usar para mentir—. Y no soy un fantasma.
Levantó el disco duro.
—Pero los fantasmas sí persiguen a la gente por sus pecados —susurró, lo suficientemente alto para que solo él la oyera—. Considérese perseguido.
Mientras el agente arrastraba a un Rogelio pataleando fuera del escenario, las puertas del elevador detrás del podio se abrieron.
Dos oficiales más salieron, escoltando al Dr. Santiago Pineda.
Él no estaba gritando. Estaba llorando.
Tenía las manos esposadas a la espalda. Su bata blanca colgaba de un hombro y miraba al suelo, incapaz de encontrar la mirada del personal al que había atormentado durante años.
El atrio cayó en silencio otra vez mientras los Pineda eran cargados en la parte trasera de las patrullas que esperaban afuera, con las luces azules reflejándose en las paredes de cristal.
Entonces, un solo sonido rompió el silencio.
Clap.
Fue lento, deliberado.
Elena se giró.
En el balcón del mezanine que daba al atrio, el Sargento Mayor Valdés estaba sentado en una silla de ruedas, empujado por un médico militar. Estaba pálido, conectado a oxígeno portátil, pero sus manos grandes estaban aplaudiendo.
Clap… Clap…
Luego David, el jefe de enfermeros, salió de entre la multitud de staff. Aplaudió.
Luego Claudia, secándose las lágrimas.
Luego los residentes.
Luego los pacientes.
El sonido creció. De un goteo a un rugido.
Los reporteros, los doctores, los de limpieza, todos estaban aplaudiendo. No era un aplauso cortés. Era una ovación estruendosa, una liberación de la tensión que había estrangulado al hospital durante años.
No aplaudían a una celebridad. Aplaudían a la mujer en el overol manchado de grasa que se había metido en el fuego y se negó a quemarse.
Elena se quedó allí, incómoda con los elogios. Cambió de peso, buscando una salida.
El General Cárdenas subió a su lado.
—Sabe, Mayor —dijo Cárdenas, inclinándose—. Esa fue una extracción impecable. Creo que está sobrecalificada para cambiar cómodos.
Elena le entregó el disco duro a un perito que esperaba cerca.
—Tenía que hacerse, señor.
—El Pentágono tiene una nueva iniciativa —continuó Cárdenas, mirando a la multitud—. Equipos de respuesta médica rápida para zonas de alto riesgo en la frontera. Necesitamos a alguien que pueda manejar un bisturí y una crisis en igual medida. Alguien que no parpadee. Puedo restituir su comisión mañana. Con honores. De vuelta a las Fuerzas Especiales.
Elena miró al General.
Luego miró al balcón, donde “El Toro” le levantaba un pulgar.
Miró a las enfermeras, a David y a Claudia, el equipo por el que había peleado. Le sonreían, no como a una extraña, sino como a una de los suyos.
Por primera vez desde que dejó el servicio, el ruido en la cabeza de Elena —los morteros, los gritos, la culpa— estaba en silencio.
—Agradezco la oferta, General —dijo Elena suavemente—. Pero creo que mi misión está aquí.
Cárdenas levantó una ceja. —¿Aquí? ¿Fregando pisos?
—No —dijo Elena, viendo cómo una nueva ambulancia entraba en la bahía de urgencias, con las luces rojas girando—. Salvando vidas.
Señaló hacia las puertas de urgencias, donde ingresaban una camilla a toda prisa.
—Además… —sonrió levemente—. Alguien tiene que asegurarse de que el nuevo jefe de cirugía no se crea Dios.
Cárdenas soltó una carcajada fuerte.
—Justo. Rompa filas, Mayor.
Elena asintió. Se dio la vuelta, alejándose de las cámaras, de la adulación y de la fama viral. Caminó hacia las puertas dobles de la sala de emergencias.
No caminaba con la cabeza gacha nunca más.
No escondía la cicatriz de metralla en su brazo ni el tatuaje del águila en su muñeca.
Empujó las puertas, dejando atrás el circo mediático, y entró de nuevo al caos organizado de la sala de trauma. El olor a antiséptico y sangre la golpeó. Y por primera vez en mucho tiempo, no olía a guerra.
Olía a trabajo.
—¡David! —gritó Elena, agarrando un par de guantes nuevos de una caja en la pared—. ¡El Box 4 necesita una vía central y un kit de sutura! ¡Muévete!
La enfermera Benítez estaba de vuelta en servicio.
FIN.
