LA ENCONTRÓ EN SU PROPIA FÁBRICA: El millonario que descubrió que la empleada que todos humillaban era su hija desaparecida hace 23 años. ¡Una historia de traición, marcas de nacimiento y un secreto oscuro que pondrá a todo Monterrey de cabeza! ¡Prepárate para llorar con este final!

PARTE 1: EL DESPERTAR DEL PASADO

Capítulo 1: El eco de una mansión vacía

Vicente Castellanos se despertó antes de que el sol iluminara los cerros de Monterrey. En su mansión de San Pedro Garza García, el lujo era tan vasto como su soledad. Se sirvió un café en una taza de porcelana fina y miró por el ventanal hacia el Cerro de la Silla. Tenía todo lo que un hombre podría desear: una constructora que levantaba rascacielos, una flota de autos de lujo y el respeto —o el miedo— de todo el norte del país.

Sin embargo, en su escritorio de caoba, siempre había un espacio vacío. Un espacio reservado para una fotografía que nunca pudo actualizar. Una foto de una niña de tres años llamada Luna. Hace veintitrés años, su esposa Raquel se la había llevado en medio de la noche, huyendo de la violencia y los secretos que rodeaban el ascenso de Vicente.

Él no siempre fue el “Señor Castellanos”. En sus inicios, para levantar su imperio, aceptó tratos con personas peligrosas, con la familia Treviño, un clan que no perdonaba traiciones. Raquel, aterrorizada por las amenazas, prefirió desaparecer antes de ver a su hija crecer en una jaula de oro manchada de sangre.

Esa mañana, Vicente sintió una opresión extraña en el pecho. Su asistente le recordó que debía visitar la planta de fundición en Santa Catarina para una inspección de seguridad. “No quiero cámaras, Patricia. Quiero ver cómo trabajan de verdad”, ordenó con su voz de mando. No sabía que ese viaje de rutina cambiaría su destino para siempre.

Capítulo 2: El infierno de la fundición

A kilómetros de ahí, en una pequeña casa de bloque en las faldas del cerro, Ximena García apagaba su alarma a las 4:30 de la mañana. Se levantó con cuidado para no despertar a la abuela Perlita, la mujer de 78 años que la había criado. Ximena se miró al espejo: ojos oscuros, cabello rizado recogido en una trenza apretada y la piel bronceada por el sol y el calor de los hornos.

“Échale ganas, mi niña”, le susurró Perlita desde la cama, entre toses. La diabetes y el corazón de la abuela eran la única razón por la que Ximena soportaba el infierno de la fábrica. Cada peso que ganaba iba directo a las insulinas y las consultas médicas.

Ximena llegó a la planta de “Aceros Castellanos” antes de que el primer turno comenzara. Se puso sus botas de casquillo y el chaleco naranja que le quedaba un poco grande. Su supervisor, Tomás “El Toro” Briones, ya la estaba esperando con su habitual desprecio. El Toro era un hombre resentido que odiaba ver a una mujer en “su” piso de producción, especialmente a una que fuera más inteligente que él.

“¡García! ¡Muévete, que no te pagamos para que camines como si estuvieras en la plaza!”, gritó El Toro, escupiendo al suelo. Ximena ignoró el insulto y se dirigió a su estación de soldadura. Era la mejor de su turno, pero para El Toro, solo era una “chamaca de vecindad” que estorbaba. Lo que nadie en esa fábrica sospechaba es que la sangre que corría por las venas de esa obrera era la misma que la del dueño de todo el lugar.

PARTE 2: EL ENCUENTRO QUE DESTRUYÓ TODO

CAPÍTULO 3: LA MARCA DE LA MEDIA LUNA

El calor dentro de la planta de Santa Catarina no era un calor cualquiera; era un aliento denso, cargado de olor a ozono, metal fundido y el sudor de cientos de obreros que movían el engranaje de Aceros Castellanos. Eran las nueve de la mañana y el rugido de las prensas hidráulicas hacía vibrar el concreto bajo los pies.

Vicente Castellanos entró en la nave principal con el rostro blindado por esa expresión de frialdad ejecutiva que le había ganado mil batallas en el mundo de los negocios. Su traje gris marengo, cortado a la medida, contrastaba violentamente con la negrura del hollín que lo rodeaba. Caminaba seguido por una comitiva de ingenieros que tomaban notas nerviosas, pero la mente de Vicente estaba en otro lado. Estaba en el silencio de su biblioteca, en la fotografía de Luna que guardaba en su caja fuerte, en el peso de veintitrés años de fracasos.

—Señor Castellanos, si mira hacia la izquierda, verá que la producción de las vigas estructurales para el proyecto Henderson ha subido un quince por ciento —dijo un gerente, tratando de ganar puntos.

Vicente no respondió. Sus ojos, acostumbrados a detectar la más mínima grieta en una estructura de acero, se fijaron en una escena que ocurría a unos veinte metros, cerca de las estaciones de soldadura.

Allí, Tomás “El Toro” Briones estaba de pie, con su vientre abultado tensando los botones de su camisa de supervisor, gritándole a una joven que mantenía la espalda recta a pesar de los insultos.

—¡Te dije que estas piezas eran para la basura, García! —bramó El Toro, su voz perforando incluso el estruendo de las máquinas—. ¿Qué te pasa? ¿A poco las clases nocturnas te están secando el cerebro? ¡Aquí se hace lo que yo digo, no lo que tus libritos de ingeniería digan!

Ximena se levantó la careta de soldar. Su rostro estaba manchado de ceniza, pero sus ojos oscuros chispeaban con una dignidad que Vicente reconoció de inmediato. Era la misma chispa de Raquel.

—Con todo respeto, señor Briones —respondió Ximena, manteniendo la voz firme pero controlada—, el ángulo de torsión en estas vigas está fuera de norma. Si las enviamos así, la estructura va a fallar en menos de cinco años. No es cuestión de libros, es cuestión de seguridad.

—¡Seguridad mis polainas! —gritó El Toro, acercándose tanto que su aliento a tabaco y café rancio golpeó el rostro de la joven—. Tú aquí eres una obrera más. Una chamaca que debería estar agradecida de que no la he corrido a la calle. ¡Recoge tus porquerías y lárgate a la zona de limpieza! ¡A barrer, que para eso sí te da la cabeza!

Vicente se detuvo en seco. Los gerentes a su alrededor se quedaron mudos. El Toro, buscando humillarla aún más frente a la mirada de los demás trabajadores, estiró la mano y empujó a Ximena por el hombro.

—¡Muévete, dije!

El empujón fue brusco. Ximena perdió el equilibrio y tropezó hacia atrás, chocando contra el borde afilado de una mesa de trabajo. Se escuchó el sonido seco de una tela desgarrándose. Su chaleco de seguridad naranja, ese que ella cuidaba como si fuera parte de su propia piel, se enganchó en una saliente de metal, tirando de su playera de trabajo y desgarrando la costura del hombro izquierdo.

Vicente sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El mundo, con todo su ruido y su furia, se quedó en silencio absoluto.

Ahí estaba.

En la piel canela del hombro de la muchacha, justo debajo de la clavícula, brillaba una marca de nacimiento de un color café suave. Tenía la forma exacta de una media luna creciente, con los bordes nítidos y perfectos.

Los recuerdos golpearon a Vicente como una mazo de demolición.

Septiembre de 1999. Una habitación iluminada solo por la luz de una lámpara nocturna. Una niña de dos años riendo mientras Vicente trazaba con su dedo índice esa misma marca. “Es el beso de la luna, mi pequeña Luna”, le decía él mientras ella bostezaba. “Es la marca que te puse para que, aunque te pierdas en el fin del mundo, yo siempre pueda encontrarte”.

Vicente soltó la carpeta que llevaba en la mano. Las hojas se esparcieron por el suelo aceitoso, pero él no se dio cuenta. Su corazón golpeaba sus costillas con tal violencia que sentía que se iba a romper.

—¿Señor Castellanos? ¿Se siente bien? —preguntó el gerente, alarmado por la palidez mortal que cubrió el rostro del patrón.

Vicente no contestó. Empezó a caminar. Sus pasos, inicialmente lentos, se convirtieron en zancadas frenéticas. Sus zapatos de piel italiana se mancharon de grasa, pero él solo veía esa marca en el hombro de la joven que ahora intentaba cubrirse con vergüenza.

El Toro, ajeno al cataclismo que acababa de desatar, continuaba con su diatriba.

—¡Y no llores, que aquí no queremos nenas! ¡Si no puedes con el trabajo de hombres, vete a vender chicles a la avenida! ¡Lárgate de mi vista, García!

Vicente llegó al círculo de obreros justo cuando El Toro levantaba la mano otra vez, señalando la salida. Vicente no lo pensó. Con un movimiento rápido y cargado de una furia que llevaba veintitrés años acumulándose, atrapó la muñeca del supervisor y la torció hacia atrás.

—¡Aaaah! ¡Patrón! ¿Qué hace? —chilló El Toro, cayendo de rodillas por el dolor.

Vicente lo ignoró. Sus ojos estaban fijos en Ximena. Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, llenos de un miedo que le partió el alma. Estaba temblando, sosteniendo su chaleco desgarrado sobre el hombro desnudo.

—Enséñame… —susurró Vicente, su voz era un hilo ronco, casi irreconocible—. Enséñame tu hombro.

—Señor, por favor… yo no hice nada malo —suplicó Ximena, pensando que el dueño de la empresa iba a reprenderla por el altercado—. El señor Briones me empujó, yo solo quería terminar las vigas…

—No te voy a hacer nada —dijo Vicente, suavizando su tono, aunque sus manos temblaban visiblemente—. Solo… por favor… deja que vea.

Con dedos trémulos, Ximena apartó la tela rasgada. Bajo la luz amarillenta de las lámparas industriales, la media luna parecía brillar con luz propia. Vicente sintió que las piernas se le doblaban. Se dejó caer de rodillas frente a ella, justo ahí, en medio de la mugre y el ruido de la fábrica.

—Luna… —murmuró él, las lágrimas empezando a surcar su rostro, limpiando senderos en la fina capa de polvo que flotaba en el aire.

—Me llamo Ximena, señor —respondió ella, confundida y asustada por la reacción del hombre más poderoso de la ciudad—. No entiendo qué está pasando.

Vicente levantó la vista y miró a El Toro, que seguía en el suelo, sollozando de dolor y confusión.

—Briones —dijo Vicente, y su voz sonó como el juicio final—, acabas de cometer el error más grande de tu miserable vida. Acabas de ponerle la mano encima a mi hija.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan pesado que el ruido de las máquinas pareció desvanecerse en el fondo. Los obreros se miraron entre sí, incrédulos. Ximena dio un paso atrás, chocando de nuevo con la mesa de trabajo.

—¿Su… su hija? —alcanzó a decir ella, con la voz quebrada—. Eso no puede ser. Mi padre murió hace mucho. Mi madre me dijo…

—Tu madre te mintió para salvarte —dijo Vicente, poniéndose de pie con dificultad, pero sin apartar la vista de ella—. Te busqué por todo el país. Gasté millones. Recé a un Dios en el que no creía. Y estabas aquí… trabajando en mi propia fundición, respirando este veneno… siendo humillada por hombres que no merecen ni limpiar tus botas.

Vicente se quitó su saco de diseñador y, con una ternura que nadie en ese edificio habría creído posible, se lo puso sobre los hombros a Ximena, cubriendo el desgarro, cubriendo la marca, cubriendo veintitrés años de ausencia.

—Vámonos de aquí —dijo él, tomándole la mano—. Se acabó el trabajo. Se acabó el miedo. No volverás a pisar este suelo si no es como la dueña de todo esto.

Ximena lo miró a los ojos, buscando una mentira, una broma cruel, pero solo encontró un dolor y un amor tan profundos que la dejaron sin aliento. El saco de Vicente olía a madera, a perfume caro y a algo que, en lo más profundo de su memoria borrosa de infancia, se sentía como… hogar.

—¿Y mi abuela? —preguntó ella, todavía en shock—. Tengo que ir por ella.

—Iremos por ella —prometió Vicente, mirando a su alrededor y viendo a sus empleados petrificados—. Y tú, Briones… agradece que mi hija está aquí presente, porque si no fuera por ella, hoy mismo te sacaría de aquí en una bolsa. Seguridad, llévenselo. No quiero volver a ver su cara en ninguna empresa de este país. ¡Muévanse!

Vicente guio a Ximena hacia la salida, protegiéndola con su brazo como si fuera un tesoro de cristal. Mientras caminaban hacia el Mercedes negro que esperaba afuera, Vicente no pudo evitar mirar una vez más el hombro de la joven. El “beso de la luna” finalmente lo había guiado de vuelta a casa, pero sabía que el camino que tenían por delante, lleno de verdades amargas y enemigos acechando, apenas comenzaba.

Ximena, por su parte, miraba sus manos callosas y luego el interior de cuero del auto de lujo. Una pregunta martilleaba su mente mientras las puertas se cerraban, aislándolos del ruido de la fábrica: ¿Quién era ella realmente? ¿La obrera que luchaba por medicinas, o la princesa perdida de un imperio construido sobre secretos?

El motor del Mercedes rugió, alejándolos de Santa Catarina, pero el eco del descubrimiento todavía vibraba en las vigas de acero de la planta, donde la historia de Luna Castellanos acababa de renacer entre el fuego y el metal.

CAPÍTULO 4: ¿HIJA O EXTRAÑA? EL CHOQUE DE DOS MUNDOS

El trayecto desde la planta de Santa Catarina hasta las oficinas corporativas en el corazón de San Pedro Garza García fue un viaje a través de dos universos que nunca debieron tocarse. Ximena iba sentada en el asiento trasero del Mercedes-Benz, hundiéndose en el cuero impecable que olía a éxito y a una limpieza casi clínica. Ella, en cambio, se sentía como una mancha de aceite sobre un lienzo de seda. Sus botas de casquillo, todavía cubiertas de polvo metálico, manchaban la alfombra del auto, y el saco de Vicente, que aún llevaba sobre los hombros, le pesaba más que cualquier viga de acero.

Vicente no le quitaba la vista de encima. La observaba con una mezcla de adoración y terror, como si temiera que, si parpadeaba, ella se desvanecería en una nube de humo industrial.

—¿Por qué me mira así? —preguntó Ximena finalmente, rompiendo el silencio que pesaba más que el motor del coche—. Parece que está viendo a un fantasma.

—Es que eso eres para mí, Luna… —respondió Vicente con la voz entrecortada—. Un fantasma que ha vuelto a la vida después de veintitrés años de oscuridad.

Ximena apretó los puños sobre sus muslos. El nombre “Luna” le sonaba extraño, como una melodía de una canción que había olvidado hace mucho tiempo.

—Mi nombre es Ximena —insistió ella, con la barbilla en alto—. Ximena García. La niña que usted busca, esa Luna, probablemente murió el día que mi madre tuvo que esconderse para que usted no la encontrara. No intente borrar quién soy con un nombre de cuento de hadas.

Vicente sintió el aguijonazo de sus palabras. Eran justas, y eso las hacía más dolorosas.

—Tienes razón —admitió él, bajando la mirada—. Tengo tanto que explicarte, tantas verdades que te debo… pero primero, necesito que estés segura. Necesito que entiendas que no estoy loco, ni estoy tratando de engañarte.

El auto se detuvo frente a la imponente Torre Castellanos, un monolito de cristal y acero que dominaba el horizonte de Monterrey. El chofer abrió la puerta y Vicente descendió primero, extendiendo su mano hacia ella. Ximena dudó. Miró hacia arriba, a los cuarenta pisos de opulencia que representaban el imperio de ese hombre, y luego miró sus propias manos, con las uñas cortas y los nudillos endurecidos por el trabajo rudo.

—No pertenezco aquí —susurró ella, pero terminó aceptando la mano de Vicente.

Al entrar al vestíbulo de mármol, las recepcionistas y los guardias de seguridad se quedaron de piedra. Nunca habían visto al “Señor Castellanos” caminar junto a una obrera sucia, y mucho menos tratándola con tal reverencia. Subieron por el elevador privado hasta el penthouse ejecutivo.

Cuando las puertas se abrieron, Patricia, la asistente personal de Vicente, se levantó de su escritorio con una tableta en la mano, lista para recitar la agenda de la tarde.

—Señor Castellanos, el consejo de administración está esperando en la sala de juntas para la firma del contrato Henderson y… —Patricia se detuvo en seco al ver a Ximena—. ¿Señor? ¿Ocurrió algún accidente en la planta? ¿Necesita que llame a una ambulancia para la joven?

—Cancela todo, Patricia —ordenó Vicente sin detenerse, guiando a Ximena hacia su oficina privada—. No quiero llamadas, ni reuniones, ni interrupciones. A menos que el edificio se esté quemando, no entres.

—Pero señor, el contrato Henderson es de ocho mil millones de pesos…

—¡Me importa un bledo el contrato! —rugió Vicente, cerrando la puerta doble de roble tras de ellos.

El silencio de la oficina era absoluto, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado. Ximena caminó lentamente, mirando las obras de arte abstracto en las paredes y los estantes llenos de premios de arquitectura. Se detuvo frente a un enorme ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Desde allí, las casas de bloque donde ella vivía parecían hormigueros distantes.

—¿Así es como vive la gente como usted? —preguntó ella sin voltear—. ¿Mirando a todos desde arriba, como si fueran hormigas?

—No siempre fue así —dijo Vicente, acercándose a una caja fuerte oculta tras un panel de madera—. Al principio, solo quería construir algo para que tu madre y tú no pasaran hambre. Pero me perdí en el camino. Me volví ambicioso, hice tratos con gente que no debía… y el precio fue perderlas a ustedes.

Vicente abrió la caja fuerte y sacó un sobre de seda blanca, muy gastado por el tiempo. Lo puso sobre su escritorio y, con manos temblorosas, extrajo una fotografía pequeña, amarillenta por los bordes.

—Mira —dijo, extendiéndola hacia ella.

Ximena se acercó y tomó la foto. En ella aparecía una mujer joven, de una belleza radiante y ojos llenos de luz, cargando a una niña de mejillas regordetas que reía a carcajadas. La mujer era, sin duda, su madre, Raquel. Pero lo que más impactó a Ximena fue la niña. Tenía la misma forma de los ojos, la misma barbilla obstinada y, en su pequeño hombro, se alcanzaba a ver la mancha oscura que la media luna había dejado.

—Esa es mi mamá… —susurró Ximena, y una lágrima rebelde rodó por su mejilla, limpiando una línea en el hollín de su rostro—. Se ve tan feliz. Yo nunca la vi sonreír así. Siempre estaba cansada, siempre mirando por la ventana como si esperara que alguien viniera a hacernos daño.

—Me estaba esperando a mí, o a los hombres que me seguían —dijo Vicente, con la voz cargada de culpa—. Ximena, yo no las abandoné. Supe que Raquel se había ido porque me dejó una nota diciendo que prefería que yo las creyera muertas antes de que vivieran en peligro por mis negocios. Pasé años buscándolas, siguiendo pistas falsas en Houston, en la Ciudad de México, en Chicago… nunca imaginé que estarían aquí mismo, a unos kilómetros de mi oficina.

Ximena dejó la foto sobre el escritorio y lo miró a los ojos, con una dureza que le recordó a Vicente la resistencia del acero que forjaban en su planta.

—Eso no lo justifica todo —sentenció ella—. Usted tenía el dinero para mover cielo y tierra. Mientras usted dormía en sábanas de seda, mi mamá murió en una clínica pública porque no teníamos para las quimioterapias. Yo tuve que dejar la preparatoria por dos años para trabajar de mesera y poder comprarle sus medicinas. ¿Sabe lo que es ver a la persona que más amas marchitarse porque no tienes unos cuantos miles de pesos?

Vicente sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. El contraste era atroz: su hija pasando hambre y privaciones mientras él acumulaba una fortuna que no podía gastar en siete vidas.

—Daría cada centavo de mi empresa, cada edificio que he construido, solo por haber estado ahí esos días —dijo Vicente, rompiendo en llanto—. Perdóname, Luna. Por favor, perdóname por no haber sido lo suficientemente inteligente para encontrarlas a tiempo.

Ximena guardó silencio por un largo rato. No estaba lista para perdonar, pero la sinceridad en la voz de ese hombre era abrumadora.

—No sé si puedo perdonarlo —dijo ella finalmente—. Y no sé si quiero ser esa “Luna” de la que habla. Pero hay algo que me preocupa. Usted mencionó a sus enemigos. Dijo que mi madre huyó para protegerme. ¿Siguen ahí? ¿Sigo estando en peligro?

Vicente se secó las lágrimas y su expresión cambió de inmediato. La vulnerabilidad de un padre se transformó en la frialdad de un protector.

—El hombre que más temía tu madre, Salvatore Treviño, murió en prisión. Pero su familia sigue teniendo poder. Si se enteran de que estás conmigo, de que eres mi heredera… —Vicente se interrumpió cuando su teléfono celular, sobre el escritorio, vibró con una notificación.

Era un mensaje de un número oculto. Vicente lo abrió y su rostro se tornó de un color gris cenicizo. El mensaje contenía una fotografía tomada apenas unos minutos antes: era una imagen de Ximena y Vicente saliendo de la fábrica, entrando al Mercedes.

Debajo de la foto, un texto breve pero devastador: “La media luna volvió a salir, Vicente. Qué lástima que el eclipse está a punto de comenzar. Saludos a la heredera.”

Vicente cerró el puño con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

—Ximena, escucha —dijo con urgencia—. No tenemos tiempo para asimilar esto con calma. Alguien nos está vigilando. Alguien que conoce tu identidad y que ha estado esperando este momento para golpearme donde más me duele.

Ximena sintió un frío glacial recorrer su espalda.

—¿Y mi abuela Perlita? —preguntó, con el pánico empezando a aflorar—. Está sola en la casa. Si ellos saben quién soy, sabrán dónde vivo.

Vicente tomó su saco y caminó hacia la puerta, gritando a Patricia que llamara a su equipo de seguridad privada.

—No permitiremos que le pase nada —prometió Vicente, mirando a Ximena con una determinación feroz—. Pero a partir de este momento, tu vida como obrera de Santa Catarina ha terminado. Eres una Castellanos, y en este mundo, eso significa que eres una reina o una presa. Y yo no voy a dejar que seas la presa de nadie.

Ximena asintió, aunque por dentro sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Había recuperado a un padre, pero al hacerlo, acababa de entrar en una guerra que no era suya, una guerra de sombras y millones que amenazaba con devorar lo único real que le quedaba: su abuela y su propia alma.

CAPÍTULO 5: SECRETOS DE SANGRE Y SOMBRAS DEL PASADO

El rugido del motor del Mercedes-Benz cortaba el aire de la tarde mientras Vicente conducía a una velocidad que desafiaba las leyes de tránsito de San Pedro. Sus manos, que usualmente firmaban contratos de millones de pesos con pulso de cirujano, apretaban el volante con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Ximena miraba por la ventana, viendo cómo los edificios de lujo y las plazas comerciales de cristal se transformaban gradualmente en las naves industriales grises y las fachadas de ladrillo visto de las zonas más humildes de Monterrey.

—Dime la verdad, Vicente —soltó Ximena, rompiendo el silencio sepulcral—. Ese mensaje… No era de un cobrador ni de un competidor envidioso. Eran los hombres de los que mi mamá huyó, ¿verdad?

Vicente suspiró, un sonido cargado de veintitrés años de remordimiento.

—Se llaman los Treviño, Ximena. O lo que queda de ellos. Hace décadas, cuando yo empezaba, Monterrey era un lugar diferente. Para levantar una constructora de este tamaño, a veces tenías que aceptar “favores”. Dinero que no venía del banco, sino de bolsillos oscuros. Yo era joven, ambicioso… y estúpido. Pensé que podía usar su dinero y luego darles la espalda.

Ximena soltó una risa amarga que sonó como metal raspando contra concreto.

—O sea que mi mamá tenía razón. Tú eras un criminal.

—No exactamente —replicó Vicente, defendiéndose con desesperación—. Yo lavaba su dinero a través de compras de acero y concreto. Ininflaba facturas. Era “cuello blanco”, Ximena. Pero para ellos, yo era de su propiedad. Cuando naciste tú, me di cuenta de que no quería que crecieras en ese lodo. Cooperé con las autoridades federales. Entregué nombres, rutas, cuentas bancarias. Salvatore Treviño fue a dar a una prisión de máxima seguridad y murió ahí. Pero su hermano, Antonio… él nunca olvidó.

—Y ahora crees que vienen por mí para cobrarse la deuda —concluyó ella, sintiendo un nudo en el estómago.

—No lo creo. Lo sé.

El auto se detuvo frente a un laboratorio genético privado antes de seguir hacia la casa de Ximena. Vicente necesitaba el papel oficial, no porque dudara de la marca en su hombro, sino porque en su mundo, las certezas se escriben con sellos notariales y pruebas científicas.

Dentro del laboratorio, la atmósfera era estéril y fría. La Dra. Elena Foster, una genetista que le debía más de un favor a la familia Castellanos, los recibió en una oficina privada. El silencio era tenso mientras ella revisaba los resultados en su computadora.

—Señor Castellanos —dijo la doctora, mirando por encima de sus anteojos—, los resultados de la comparativa entre su muestra y la de la joven son… indiscutibles. La probabilidad de parentesco es del 99.999%. No hay margen de error. Ella es Luna.

Vicente cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que parecía haber estado guardando por dos décadas. Ximena, por su parte, se quedó mirando el sobre con los resultados como si fuera una sentencia de muerte.

—Ahí está —dijo ella en voz baja—. El papel dice que soy una Castellanos. Pero este papel no dice quién me cuidó cuando tenía fiebre. No dice que Perlita se quitaba el pan de la boca para que yo tuviera zapatos. Si soy tu hija, Vicente, entonces tienes una deuda enorme con esa mujer.

—Lo sé —respondió él con humildad—. Y voy a pagarla. Pero ahora, lo único que importa es sacarlas de esa colonia. No es seguro.

Salieron del laboratorio y el convoy de seguridad privada —tres camionetas blindadas con hombres armados— ya los esperaba. Ximena se sintió asfixiada. Ella estaba acostumbrada a moverse en camión, a caminar por calles oscuras confiando en que todos en el barrio la conocían. Ahora, era el objetivo de una cacería.

Mientras se dirigían a la colonia, Vicente intentó suavizar el golpe de la realidad.

—Ximena, tengo una casa de seguridad en la Huasteca. Tiene muros altos, cámaras, guardias. Pueden estar ahí tú y la señora Pearl…

—Se llama Perlita —lo corrigió ella secamente—. Y no vamos a ir a ninguna “casa de seguridad”. Ella se asustaría de muerte. Además, tiene su altar, sus plantas, sus vecinos. No puedes simplemente llegar y arrancarla de su vida como si fuera un mueble viejo.

—¡Es por su vida, caramba! —gritó Vicente, perdiendo la paciencia—. ¡Antonio Treviño no juega! Si él sabe que eres mi hija, usará a esa anciana para hacerme pedazos. ¿No lo entiendes?

—Lo que entiendo es que tú trajiste este peligro a nuestras vidas —replicó Ximena, sus ojos echando chispas—. Nosotros estábamos tranquilas. Pobres, pero tranquilas. Tú apareciste con tus millones y tu pasado de mafia a arruinarlo todo.

Llegaron a la colonia. El contraste era doloroso. El Mercedes de lujo destacaba como un diamante en un basurero entre los carros destartalados y los baches de la calle. Los vecinos se asomaban por las ventanas, murmurando. Ximena bajó del auto antes de que el chofer pudiera abrirle la puerta y corrió hacia la pequeña casa de bloque gris.

—¡Abuela! ¡Perlita! —gritó, entrando a la sala que olía a incienso de copal y a frijoles recién hechos.

La anciana estaba sentada en su sillón de mimbre, tejiendo un rebozo. Al ver a Ximena entrar con ese hombre de traje caro detrás, sus ojos nublados por las cataratas se abrieron de par en par.

—¿Ximena? ¿Qué pasa, mi niña? ¿Por qué vienes toda sucia y con este señor? —preguntó Perlita, su voz temblorosa pero llena de autoridad.

Vicente se quedó en el marco de la puerta. Al ver a la mujer, algo en su memoria se activó. Recordaba a Perlita, era la tía lejana de Raquel, la mujer que siempre les enviaba dulces regionales desde el sur.

—Doña Perlita… —dijo Vicente, dando un paso adelante—. Soy yo. Vicente Castellanos.

La anciana se puso de pie lentamente, apoyándose en su bastón de madera de naranjo. Miró a Vicente, luego a Ximena, y finalmente se fijó en el saco que la joven aún llevaba sobre los hombros, el cual tenía el emblema de la empresa bordado en el forro.

—Sabía que este día llegaría —susurró Perlita, y para sorpresa de Ximena, no parecía asustada, sino resignada—. Raquel siempre decía que la sangre es como el agua: siempre busca su cauce, por más piedras que le pongas en el camino.

—Abuela, ¿tú sabías? —Ximena se dejó caer de rodillas frente a ella—. ¿Sabías que él era mi padre?

Perlita acarició el cabello de Ximena con sus manos nudosas.

—Lo supe desde el día que tu madre te trajo en brazos, envuelta en esa manta con bordados de luna. Ella me hizo jurar que nunca te lo diría. Me dijo: “Perlita, prefiero que mi hija crezca comiendo tortillas con sal pero viva, a que crezca comiendo caviar pero con una bala en la cabeza”. Y yo le cumplí, mi niña. Te crié como mía.

Vicente no pudo evitarlo y se cubrió el rostro con las manos, sollozando silenciosamente. El sacrificio de esas dos mujeres era más grande de lo que cualquier edificio que hubiera construido.

—Se la tiene que llevar, ¿verdad? —preguntó Perlita a Vicente—. Ya te encontraron. Vi los carros negros afuera. No son de los tuyos, Vicente. He vivido mucho tiempo en este mundo para no reconocer el olor del peligro.

Vicente levantó la cabeza, alerta.

—¿Carros negros? ¿Hace cuánto, Perlita?

—Llevan dando vueltas desde que el sol empezó a bajar —respondió la anciana con una calma aterradora—. Unos hombres jóvenes, con tatuajes de la Santa Muerte. Estaban preguntando por “la muchacha de la fundición”.

En ese momento, el radio de uno de los guardias de Vicente que estaba afuera graznó con urgencia:

¡Patrón! ¡Tenemos movimiento! Dos camionetas Suburban sin placas vienen entrando por la calle trasera. ¡Establezcan perímetro, ahora!

Ximena sintió que el corazón se le subía a la garganta. Miró a su alrededor: la casita de su abuela, su refugio, sus recuerdos de infancia, todo estaba a punto de convertirse en una zona de guerra por culpa de una verdad que ella nunca pidió conocer.

—¡Vámonos! —ordenó Vicente, tomando a Perlita de un brazo y a Ximena del otro—. ¡Ahora mismo!

—¡Mis medicinas! ¡Y el cuadro de la Virgen! —gritó Ximena, tratando de soltarse.

—¡No hay tiempo! —rugió Vicente mientras el primer sonido de un cristal rompiéndose afuera y el chirrido de llantas anunciaban que la sombra de los Treviño finalmente los había alcanzado.

La guerra de sangre había comenzado, y Ximena se dio cuenta de que, en ese momento, ya no era solo una obrera o una nieta. Era el peón más valioso en un juego de ajedrez mortal donde el premio era su propia existencia.

CAPÍTULO 6: EL REGRESO DE LAS SOMBRAS Y EL PRECIO DEL SILENCIO

El aire en el callejón de la colonia se volvió irrespirable, cargado de una mezcla de polvo, diesel y la inminencia de la muerte. Las camionetas blindadas de Vicente rugieron, bloqueando el paso de las Suburban negras que intentaban cerrar el cerco. El chirrido de las llantas sobre el pavimento maltratado sonó como un grito de guerra.

—¡Adentro! ¡Muévanse, carajo! —gritó Vicente, empujando a Ximena y a Perlita hacia el asiento trasero de la unidad principal, una mole de acero con nivel de blindaje 7.

Ximena apenas tuvo tiempo de ver cómo uno de los escoltas de su padre desenfundaba un arma larga. El pánico la paralizó por un segundo, pero la mano callosa y firme de Perlita la ancló a la realidad. La anciana no soltaba su pequeño bolso de tela donde guardaba sus rosarios y las fotos de Raquel.

—Agáchate, Ximena. No mires —ordenó la abuela con una calma que helaba la sangre.

El chofer de Vicente, un hombre con cara de pocos amigos llamado Ramiro, hundió el acelerador. El impacto de una de las Suburban enemigas contra el costado del Mercedes lanzó chispas al aire, pero el blindaje resistió. Vicente, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de mirar por el retrovisor, con los ojos inyectados en sangre.

—Marcos, dime que tienes la ruta despejada hacia La Huasteca —dijo Vicente por el radio, su voz era una ráfaga de órdenes.

Negativo, patrón. Tienen bloqueada la salida a la avenida principal. Hay que meterse por las calles de atrás, por los callejones de la vía —respondió la voz distorsionada de su jefe de seguridad.

—Haz lo que tengas que hacer. Si alguien se cruza, no te detengas.

Ximena escuchó esas palabras y sintió náuseas. Ese era el hombre que compartía su sangre: alguien capaz de ordenar pasar por encima de quien fuera para lograr su objetivo. En ese momento, las luces de la ciudad empezaron a desaparecer conforme se internaban en una zona de bodegas abandonadas para despistar a los perseguidores.

El refugio de cristal

Cuarenta minutos después, el convoy cruzó un pesado portón de acero en las faldas de la Sierra Madre. Era una “casa de seguridad” que parecía más una fortaleza de cristal. Rodeada de cámaras térmicas y guardias armados con equipo táctico, la propiedad gritaba riqueza y paranoia a partes iguales.

Al bajar del auto, el silencio de la montaña era absoluto, pero para Ximena, el ruido de su propia mente era ensordecedor. Vicente intentó acercarse a ella para ofrecerle apoyo, pero ella lo esquivó, llevando a Perlita del brazo hacia la entrada.

—¿Estás contenta ahora, “Luna”? —se dijo a sí misma en un susurro amargo—. De la fundición a una jaula de oro.

Dentro de la casa, el lujo era insultante. Pisos de mármol blanco, techos altos y ventanales que daban a los riscos de piedra. Vicente se paró en medio de la sala, quitándose la corbata con un gesto de cansancio infinito.

—Aquí estarán a salvo. Nadie entra a este sector sin que mis sistemas lo detecten a kilómetros. Patricia ya viene en camino con ropa nueva para ambas y médicos para revisar a Perlita.

—No quiero tu ropa, Vicente. Y Perlita no necesita médicos de ricos, necesita su paz —replicó Ximena, plantándose frente a él. Sus ojos oscuros, manchados todavía por el hollín de la fábrica, lo desafiaban—. ¿Hasta cuándo vamos a estar aquí? ¿Qué sigue después de esto?

Vicente suspiró y se sirvió un whisky con manos temblorosas. El cristal del vaso tintineó contra la botella.

—Sigue acabar con esto. Antonio Treviño no se va a detener. Él cree que yo le robé su vida, y ahora quiere la tuya. No es solo dinero, Ximena. Es un odio que se ha cocinado por veintitrés años. Él sabe que te encontré, y sabe que eres mi único punto débil.

—¿Tu único punto débil? —Ximena soltó una carcajada seca—. Hace seis horas no sabías ni que existía. No me uses como excusa para tus guerras de mafia. Tú nos pusiste en la mira. Tú destruiste la tranquilidad de mi abuela.

La confesión de Perlita

Perlita, que se había mantenido en silencio observando las pinturas caras de la sala, caminó lentamente hacia ellos, apoyándose en su bastón. Miró a Vicente con una mezcla de lástima y reproche.

—Vicente tiene razón en algo, mi niña —dijo la anciana, haciendo que Ximena guardara silencio—. El odio de esos hombres es como el cáncer; no se detiene hasta que lo consumes todo. Tu madre, mi pobre Raquel, vivía con el corazón en la mano. Cada vez que pasaba una camioneta negra por la vecindad, se ponía blanca como el papel. Ella sabía que esto pasaría.

—¿Por qué no me lo dijeron antes? —preguntó Ximena con lágrimas en los ojos—. Podríamos habernos ido a otro estado, a otro país…

—Porque pensamos que el tiempo borra las huellas —respondió Perlita—. Pero en este mundo de hombres poderosos, el tiempo solo afila los cuchillos.

De pronto, el teléfono de la casa, un aparato de línea segura, comenzó a sonar. El sonido metálico rebotó en las paredes de mármol. Vicente lo miró como si fuera una serpiente venenosa. Caminó hacia él y puso el altavoz.

—Habla Castellanos —dijo con voz de piedra.

Una risa áspera, como de alguien que ha fumado toda su vida, surgió del otro lado. Era una voz que Vicente no había escuchado en dos décadas, pero que reconoció al instante.

Vaya, Vicente. Veo que todavía tienes buen gusto para las guaridas. La Huasteca es hermosa en esta época del año, ¿no crees?

—Antonio —dijo Vicente, y el nombre sonó como una maldición—. Deja de jugar. Ya tienes lo que querías: sabes que ella está conmigo. Déjalas fuera de esto. Ponle precio a mi cabeza y terminemos esto de una vez.

¿Precio? No, hermanito. Tu cabeza no vale lo que vale la de ella —la voz de Antonio Treviño se volvió fría y cortante—. Me enteré de que la tenías trabajando como una perra en tu propia fábrica. Qué ironía, ¿verdad? El gran magnate usando a su propia sangre para generar utilidades. Eres un asco, Vicente.

Ximena escuchaba, con el corazón martilleando contra sus costillas. La voz de Antonio era el sonido puro de la maldad.

Escúchame bien —continuó Antonio—. El Toro, tu supervisor, resultó ser un hombre muy cooperativo. Me contó todo sobre la “obrera rebelde”. Mañana, a mediodía, vas a recibir unas coordenadas. Vas a venir tú solo, con los documentos de transferencia de todas tus propiedades y empresas. Si veo un solo escolta, un solo dron o una patrulla, la vieja y la muchacha van a sufrir de formas que ni tu dinero podrá curar. Y Vicente… recuerda que yo sé dónde está enterrada Raquel. No me hagas profanar su tumba también.

Vicente apretó el auricular con tanta fuerza que el plástico crujió. Antonio colgó.

El abismo de la duda

El silencio que siguió a la llamada fue más aterrador que las amenazas. Vicente se desplomó en el sillón, cubriéndose la cara. Ximena se acercó a la mesa, mirando a ese hombre poderoso reducido a nada.

—Dijo que El Toro lo ayudó —dijo Ximena, su voz temblando de rabia—. El hombre que me humillaba todos los días, el que tú golpeaste… él les dio nuestra ubicación.

—La gente tiene un precio, Ximena —respondió Vicente sin levantar la vista—. Y el odio de un hombre humillado es barato.

Ximena sintió una rabia fría apoderarse de ella. Se dio cuenta de que su padre estaba dispuesto a rendirse, a entregar su imperio por culpa. Pero ella no era una víctima, no después de diez años de trabajar en la fundición, de aguantar el calor extremo y de luchar por cada centavo.

—No vas a entregar nada, Vicente —sentenció ella, haciendo que él levantara la vista, sorprendido.

—Ximena, no entiendes… Antonio no tiene límites.

—No, tú no entiendes —replicó ella, acercándose—. Durante años, yo aprendí a manejar máquinas que pueden aplastar un camión como si fuera una lata de refresco. Aprendí a leer planos, a entender estructuras y a saber cuándo algo está a punto de colapsar. Tu imperio puede estar en peligro, pero yo no soy una moneda de cambio.

Se volvió hacia Perlita, quien la miraba con orgullo.

—Abuela, tú siempre me dijiste que los García no nos rajamos. Vicente podrá tener el dinero, pero nosotros tenemos la dignidad y el conocimiento de las calles.

Ximena miró a Vicente, y por primera vez, él no vio en ella a la niña perdida “Luna”, sino a una mujer forjada en el fuego de la necesidad.

—Llama a tu investigador, a Marcos —ordenó Ximena—. Si Antonio quiere una reunión, se la vamos a dar. Pero no será bajo sus términos. Vamos a usar la propia fábrica. Es el único lugar que yo conozco mejor que nadie, y el único lugar donde él cree que yo soy débil.

Vicente la miró, con una chispa de esperanza mezclada con terror. En ese momento comprendió que recuperar a su hija no significaba recuperar a una niña obediente, sino enfrentarse a una fuerza de la naturaleza que él mismo, indirectamente, había ayudado a forjar.

El plan para el día siguiente comenzó a trazarse en medio del lujo de la casa de seguridad, mientras afuera, las sombras de los Treviño se movían entre los pinos de la sierra, esperando el momento exacto para devorar lo que quedaba de la familia Castellanos. La guerra final estaba por desatarse, y el escenario sería el mismo lugar donde todo comenzó: el rugiente corazón de acero de la fundición.

CAPÍTULO 7: EL SACRIFICIO DEL PATRÓN

El aire en la planta de Santa Catarina era distinto esa madrugada. No existía el estruendo habitual de las prensas ni el rugido de los hornos; en su lugar, reinaba un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el goteo de las tuberías y el silbido del viento colándose por las láminas del techo. El olor a metal frío y aceite viejo era más penetrante que nunca.

Vicente y Ximena avanzaron por el pasillo principal. La luz de la luna se filtraba por los tragaluces altos, proyectando sombras alargadas que parecían garras sobre el suelo de concreto. Vicente empuñaba su Beretta con una mano que, por primera vez en años, no temblaba. A su lado, Ximena caminaba con la frente en alto, vestida nuevamente con su uniforme de trabajo; no como una sumisión a su pasado, sino como su armadura.

—Quédate detrás de mí, Luna —susurró Vicente, usando su nombre real como un talismán—. Si algo sale mal, corre hacia la zona de carga. Marcos tiene un equipo esperando en los silos.

—No me voy a ir, Vicente —respondió ella, con una calma que lo sorprendió—. Esta es mi planta. Yo sé dónde cruje cada tornillo aquí. Antonio cree que tiene el control, pero este lugar es mío.

Llegaron a la zona de la fundición principal. Allí, bajo una luz mortecina de emergencia, estaba la escena que Vicente más temía. Antonio Treviño estaba sentado en una silla de oficina, con las piernas cruzadas y una sonrisa torcida que deformaba las cicatrices de su rostro. A su lado, amarrada a una silla de metal, estaba la abuela Perlita. Tenía un trapo en la boca y los ojos llenos de una furia silenciosa. Dos hombres armados, con el rostro cubierto, flanqueaban la escena.

—Puntual como siempre, Castellanos —dijo Antonio, su voz resonando con un eco metálico—. Veo que trajiste a la joya de la corona.

—¡Suéltala, Antonio! —rugió Vicente, apuntando con su arma—. Ya estoy aquí. El problema es conmigo, no con una anciana que no sabe nada de tus rencores.

Antonio soltó una carcajada seca que sonó como piezas de metal chocando entre sí. Se puso de pie lentamente y caminó hacia Perlita, pasando la hoja de un cuchillo por el respaldo de la silla, cerca del cuello de la anciana.

—¿No sabe nada? Esta vieja ayudó a esconder lo que más me dolía perder: la oportunidad de verte sufrir. Durante veintitrés años, ella te robó la oportunidad de ser padre, y a mí la oportunidad de cobrarme la muerte de mi hermano Salvatore. Ella es tan culpable como tú.

Ximena dio un paso adelante, ignorando el brazo de Vicente que intentaba detenerla.

—¡Déjala ir, cobarde! —gritó Ximena—. ¿Quieres justicia? Aquí estoy. Soy la sangre de Vicente Castellanos. Si vas a cobrarte algo, hazlo conmigo, pero deja a la mujer que me enseñó lo que es la decencia, algo de lo que tú no tienes ni idea.

Antonio miró a Ximena con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—Vaya, Vicente. Realmente tiene tus ojos… y la boca de su madre. Es una lástima que tenga que terminar así. Pero antes de las despedidas, tenemos un negocio pendiente.

Antonio sacó un fajo de documentos de su abrigo y los lanzó sobre una mesa de trabajo manchada de grasa.

—Fírmalos. Todos. El traspaso del cincuenta y uno por ciento de las acciones de Aceros Castellanos, el título de la mansión de San Pedro y el control de las cuentas en el extranjero. Quiero que cuando mueras, lo hagas sabiendo que dejas a tu “Luna” en la calle, mendigando como vivió toda su vida.

Vicente miró los papeles y luego a su hija. El imperio que le había tomado una vida entera construir, los rascacielos, los millones, el prestigio… todo estaba allí, en esas hojas de papel bond.

—Vicente, no lo hagas —suplicó Ximena—. Es lo que él quiere. No le des el gusto.

Vicente dejó caer su arma al suelo. El sonido del metal contra el concreto fue definitivo. Miró a Ximena con una sonrisa triste, una que ella nunca olvidaría.

—Luna… cuando eras bebé, pensé que mi misión era construirte un castillo de acero. Me equivoqué. Mi misión era estar ahí para protegerte. Si este dinero sirve para que tú y Perlita salgan caminando de aquí, entonces es el dinero mejor gastado de mi vida.

Vicente se acercó a la mesa, tomó una pluma y, con un trazo firme, firmó cada una de las hojas. Antonio observaba con los ojos brillando de codicia pura. Al terminar, Vicente empujó los papeles hacia él.

—Ya está. Tienes mi imperio. Ahora suéltalas.

Antonio tomó los documentos, los revisó con lentitud y luego se guardó la pluma en el bolsillo. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una frialdad absoluta.

—Eres un idiota, Vicente. ¿De verdad creíste que te dejaría ir? Si te dejo vivo, buscarás la forma de recuperarlo. No. El trato era que yo ganaba todo. Y ganar todo significa borrarte del mapa a ti y a cualquier heredera que pueda reclamar este trono. ¡Muchachos, acaben con ellos!

Los hombres armados levantaron sus fusiles. Ximena sintió que el corazón se le detenía, pero en ese segundo de terror, su mente de ingeniera se activó. Miró hacia arriba, hacia la válvula de alivio de presión del tanque de nitrógeno líquido que estaba justo detrás de los hombres de Antonio.

—¡Papá, al suelo! —gritó Ximena.

Antes de que los sicarios pudieran apretar el gatillo, Ximena lanzó una pesada llave inglesa que había tomado de un estante cercano. El impacto no fue contra los hombres, sino contra la válvula de seguridad que ella conocía perfectamente.

Un estruendo ensordecedor sacudió la planta. Una nube de gas a presión, blanca y gélida, estalló sobre los hombres de Antonio, cegándolos y lanzándolos al suelo por la fuerza del impacto. El nitrógeno líquido empezó a cristalizar todo lo que tocaba.

—¡Ahora, Vicente! —gritó Ximena mientras corría hacia Perlita.

Vicente no perdió un segundo. Recuperó su Beretta del suelo y disparó contra la lámpara principal, sumergiendo la zona en una penumbra total, rota solo por los destellos del gas escapando. El caos se apoderó de la fundición. Antonio, gritando de rabia, disparó a ciegas hacia donde estaba Vicente, pero las sombras de la fábrica eran ahora las aliadas de los Castellanos.

Ximena llegó hasta Perlita y cortó sus ataduras con una navaja de bolsillo. La anciana se arrancó el trapo de la boca y, a pesar del terror, tomó la mano de su nieta con una fuerza asombrosa.

—¡Vámonos de aquí, mi niña! —dijo Perlita.

—¡Por la zona de hornos! —ordenó Ximena—. ¡El túnel de mantenimiento sale directo al estacionamiento sur!

Vicente cubría su retirada, disparando ráfagas cortas para mantener a raya a los hombres de Antonio que intentaban reagruparse entre la niebla de nitrógeno.

—¡Vayan ustedes! —gritó Vicente—. ¡Yo los detengo aquí!

—¡No te vamos a dejar, Vicente! —respondió Ximena, deteniéndose en seco—. ¡O salimos todos o no sale nadie! ¡Es lo que hace una familia, ¿no?!

Vicente se detuvo un segundo, impactado por las palabras de su hija. “Familia”. La palabra que había estado vacía durante veintitrés años finalmente tenía un peso real. Sonrió, recargó su arma y se unió a ellas en la carrera hacia la libertad.

Detrás de ellos, la voz de Antonio Treviño resonaba como un demonio herido entre las máquinas de acero: “¡No pueden huir! ¡Ese dinero es mío! ¡Los voy a encontrar!”. Pero mientras se internaban en los túneles de la fábrica que Ximena conocía palmo a palmo, ella supo que el imperio de su padre podía haber caído, pero el hombre que lo construyó acababa de ganar algo que ningún contrato podía comprar.

El sacrificio de Vicente no había sido el dinero; había sido su orgullo. Y en el frío de la madrugada regiomontana, entre el olor a gas y metal, la verdadera Luna Castellanos estaba guiando a su padre fuera de la oscuridad.

CAPÍTULO 8: UNA NUEVA LUNA SOBRE EL CERRO DE LA SILLA

El sol comenzó a asomarse por detrás de las crestas de la Sierra Madre, tiñendo el cielo de Monterrey con pinceladas de color naranja y violeta. Afuera de la planta de Santa Catarina, las luces rojas y azules de las patrullas de la Fuerza Civil iluminaban el pavimento mojado por el rocío de la madrugada. El estruendo de la batalla industrial había cesado, reemplazado por el sonido de las radios policiales y el murmullo de los paramédicos.

Vicente Castellanos estaba sentado en la parte trasera de una ambulancia. Tenía el hombro vendado y una manta térmica sobre la espalda, pero sus ojos no se apartaban de la figura que estaba a unos metros de él. Ximena estaba abrazada a la abuela Perlita, quien, a pesar de lo ocurrido, se negaba a subir a una camilla.

—Te dije que los García no nos rajamos, mi niña —susurraba Perlita, acariciando el rostro manchado de hollín de Ximena—. Ese hombre de las cicatrices no sabía que esta vieja todavía tiene fuerza en los brazos.

Vicente se levantó con esfuerzo y caminó hacia ellas. Los oficiales intentaron detenerlo, pero una mirada suya fue suficiente para que le abrieran paso. Se detuvo frente a las dos mujeres que, sin saberlo, habían sido su único motor durante veintitrés años de soledad.

—Luna… Ximena… —Vicente se corrigió a sí mismo, entendiendo que el nombre no importaba tanto como la persona—. No tengo palabras para agradecerles. Especialmente a usted, Doña Perlita. Usted protegió lo que yo no supe cuidar.

Perlita lo miró a los ojos, y esta vez, el juicio había desaparecido. Había visto a Vicente arriesgar su vida y su fortuna en ese baldío y en la fundición.

—Lo que importa ahora, Vicente, es que el pasado ya no tiene dónde esconderse —dijo la anciana—. Antonio Treviño pasará el resto de sus días en una celda, y esos papeles que te obligó a firmar no valen ni el fuego que los va a quemar. La policía ya los tiene como evidencia de extorsión. Tu imperio sigue siendo tuyo.

Ximena se separó de su abuela y miró a Vicente. El silencio entre ellos era denso, lleno de preguntas que tardarían años en responderse.

—No quiero tu imperio, Vicente —dijo Ximena con voz firme—. No quiero las mansiones de San Pedro ni los carros de lujo si vienen con una bala pegada a la espalda. Yo soy feliz con mis planos y mi soldadura.

Vicente asintió, con el corazón apretado.

—Lo entiendo. Pero mi imperio va a cambiar. Ya no será una fortaleza de acero y secretos. A partir de hoy, Aceros Castellanos va a construir algo diferente. Y me gustaría… me gustaría que me ayudaras a diseñarlo. No como mi heredera, sino como la ingeniera que demostró tener más agallas que todos mis ejecutivos juntos.

Ximena esbozó una pequeña sonrisa, la primera que Vicente sentía genuina desde que la encontró.

—Tal vez acepte —dijo ella—. Pero bajo mis condiciones. Primera condición: El Toro no vuelve a pisar una fábrica en este estado. Segunda: Vamos a abrir un centro comunitario en la colonia, con becas para que las muchachas no tengan que dejar la escuela para comprar medicinas.

—Trato hecho —respondió Vicente, y por primera vez en dos décadas, sintió que podía respirar sin dolor.

Seis meses después: El jardín de los recuerdos

La nueva casa de la abuela Perlita no era una mansión en las colinas, sino una hermosa construcción de una planta en una zona tranquila de Monterrey, con un jardín lleno de buganvillas y un árbol de naranjo que Vicente mismo ayudó a plantar. Era una casa con cimientos de amor, no de miedo.

Era domingo, el día de la carne asada. El humo del carbón subía al cielo y el sonido de las risas llenaba el aire. Marcus, el investigador que nunca se rindió, compartía una cerveza con Vicente cerca de la parrilla.

—¿Quién lo diría, jefe? —comentó Marcus, mirando hacia la mesa—. El hombre más temido de la construcción, volteando cortes de carne en un delantal.

Vicente rió, una risa profunda y limpia.

—Es el mejor contrato que he firmado en mi vida, Marcus.

En la mesa, Ximena revisaba unos planos con un joven ingeniero llamado Derek, a quien había conocido en la planta. Derek la miraba no por ser la “hija del dueño”, sino con la admiración de quien reconoce a una mente brillante. Perlita servía salsas caseras y tortillas hechas a mano, moviéndose con una agilidad que parecía haber recuperado milagrosamente.

De pronto, Vicente sacó de su bolsillo un pequeño objeto envuelto en papel de seda. Se acercó a Ximena y se lo entregó.

—Es para ti. Un regalo de graduación adelantado por tu maestría.

Ximena lo abrió. Era un colgante de oro sólido en forma de media luna, con un pequeño diamante en el centro. En el reverso, tenía grabada una inscripción en italiano: “Dormi, dormi, piccola Luna”.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Ximena. Se puso el colgante y abrazó a Vicente. Fue un abrazo largo, uno que borró los años de frío, las jornadas de hambre y el hollín de la fábrica.

—Gracias, papá —susurró ella.

Esa palabra, “papá”, golpeó a Vicente con más fuerza que cualquier éxito empresarial. Se quedaron así un momento, bajo el sol de la tarde regiomontana.

—¿Sabes qué es lo más increíble? —dijo Vicente, separándose un poco—. Que el mundo pensó que yo te había encontrado para “salvarte”. Pero la verdad es que tú me salvaste a mí. Me sacaste de esa oficina de cristal donde me estaba muriendo de soledad.

Ximena miró hacia el Cerro de la Silla, que se alzaba majestuoso en el horizonte.

—Mi mamá siempre decía que la luna no brilla por sí sola, que necesita el reflejo del sol para que la veamos. Supongo que ahora los dos tenemos un poco de luz propia.

La tarde cayó lentamente. Vicente, Ximena y Perlita se sentaron en el porche, viendo cómo las primeras estrellas aparecían en el firmamento. Vicente empezó a tararear, casi sin darse cuenta, aquella vieja melodía italiana. Ximena cerró los ojos y se recostó en el hombro de su padre, reconociendo finalmente que el ritmo de esa canción era el mismo ritmo de su propio corazón.

En algún lugar de la ciudad, la planta de Aceros Castellanos seguía funcionando, pero ahora sus muros albergaban una guardería y una clínica gratuita. El nombre de Raquel Martínez Castellanos adornaba la fachada del nuevo centro de capacitación para mujeres trabajadoras.

La historia de la obrera y el millonario había terminado, pero la historia de la familia Castellanos apenas comenzaba. Una historia donde el acero no servía para construir muros, sino puentes. Puentes entre el pasado y el futuro, entre el perdón y el amor.

Bajo la luz de la verdadera luna, Vicente finalmente comprendió que su mayor imperio no estaba hecho de concreto, sino de los recuerdos que ahora podía crear junto a su hija. La búsqueda había terminado. La familia estaba completa. Y por primera vez en veintitrés años, Vicente Castellanos pudo cerrar los ojos y dormir, sabiendo que su pequeña Luna estaba a salvo, en casa.

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