PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA NOCHE EN QUE MORÍ
El viento de noviembre no soplaba, cortaba. Era una navaja envuelta en hielo que recorría las calles vacías de la colonia, llevando consigo ese frío húmedo que se te mete debajo de la piel y se instala en los huesos para no irse nunca. Las farolas parpadeaban con un zumbido eléctrico sobre las banquetas mojadas, proyectando sombras largas y nerviosas sobre el pavimento agrietado de la Ciudad de México.
A lo lejos, una sirena de patrulla aullaba y se desvanecía en la nada, parte de la banda sonora eterna de esta ciudad que nunca duerme, pero que a veces, solo a veces, parece muerta.
En una banca oxidada de una parada de autobús desierta, una mujer joven estaba sentada, encorvada, con los brazos envueltos tan fuertemente alrededor de su cuerpo que parecía estar tratando de sostener sus propios pedazos para que no se desmoronaran contra el suelo.
Su abrigo era delgado, corriente, apenas le cubría los codos. Tenía las rodillas pegadas al pecho y los hombros enroscados hacia adentro. Parecía que quería desaparecer, que deseaba con todas sus fuerzas que la noche abriera la boca y se la tragara entera.
En sus manos temblorosas, aferraba un pequeño anillo de plata. La banda estaba desgastada y rayada por años de uso. Era todo lo que le quedaba. Era de su madre. El último hilo que la conectaba con algo que alguna vez se sintió como amor.
Su nombre era Viviana Cole. Veintisiete años. Cabello castaño, enredado y opaco por la suciedad y el descuido. Ojos de un gris azulado que ahora parecían dos pozos vacíos y distantes. Un moretón descolorido rodeaba su muñeca izquierda como una sombra que se negaba a abandonarla, un brazalete de dolor.
Últimamente, su nombre no se sentía suyo. No después de que su esposo, Tyler, se lo gritara como si fuera una maldición, un insulto sucio.
—¡Inútil! ¡Rota! ¡Defectuosa!
Esas palabras retumbaban en su cabeza más fuerte que el trueno. Tyler las había escupido antes de empujarla fuera de la puerta principal de su casa en Bosques, cerrando la puerta con doble llave detrás de ella.
Eso había sido hace tres noches. O tal vez cuatro. El tiempo se había desdibujado en una niebla espesa a través de la cual no podía ver.
No había comido. No había dormido. Un boleto de autobús arrugado la había llevado de regreso al centro de la ciudad, lejos de la zona residencial donde vivía su pesadilla, pero una vez que llegó, se dio cuenta de que no tenía a dónde ir. Así que caminó. Caminó por las calles de la ciudad monstruo.
Alguien le había robado su bolsa en una gasolinera en la salida a Cuernavaca. Su teléfono, su cartera, sus últimos doscientos pesos, todo desaparecido.
Ahora estaba sentada en la oscuridad, con los labios partidos y sangrando, el cuerpo doliéndole en lugares que ya había dejado de contar. El estómago hueco, el pecho aún más vacío. La cicatriz en su muñeca palpitaba con el frío, un recordatorio permanente de la noche en que Tyler la había agarrado con tanta fuerza que el moretón nunca sanó del todo.
Había perdido dos bebés. Dos.
Al primero, lo lloró con la inocencia de quien cree que el dolor tiene un límite. Al segundo, lo perdió desangrándose sola en el piso frío del baño de visitas, mientras Tyler veía el fútbol en la sala de al lado, con el volumen alto. Nunca la llevó al hospital. Dijo que ella “no valía la cuenta de la clínica privada”.
Después de eso, algo dentro de Viviana simplemente dejó de intentar sobrevivir.
“No queda nada”, pensó, y sus dedos se apretaron alrededor del anillo hasta que el metal se le clavó en la palma, mordiendo la piel. “Nada por lo que valga la pena aguantar un minuto más”.
No lloró. Sus lágrimas se habían secado en algún lugar de la carretera, mientras miraba su propio reflejo en la ventana rayada por la lluvia. La mujer que le devolvía la mirada era una extraña. Mejillas hundidas, ojos muertos. Un fantasma usando su piel.
El viento cortó más agudo, una ráfaga que olía a lluvia y a smog. Se ajustó el abrigo, pero fue inútil. El frío ya no estaba afuera; estaba dentro de ella.
Entonces aparecieron los faros.
Una luz blanca, cegadora, cortó la oscuridad. Una camioneta Escalade negra, enorme, blindada y silenciosa como un depredador, redujo la velocidad en la esquina. Las llantas aplastaron los charcos con un siseo suave. Se detuvo justo frente a ella.
La puerta trasera se abrió.
Pasos. Se acercaban. Medidos, sin prisa. El clic-clac de zapatos caros, suela de cuero italiano contra el concreto mojado. Y luego, una voz.
Baja, calmada. Peligrosa de una manera que no era amenazante, sino absoluta. Como la voz de alguien que no necesita gritar para ser obedecido.
—Te vas a congelar aquí afuera.
Viviana no se movió. No levantó la vista. Su cuerpo había aprendido hacía mucho tiempo, a base de golpes, que los hombres que se acercan en la oscuridad rara vez traen algo bueno. Pero esta voz no exigía. Esperaba.
Lentamente, con el cuello rígido por el frío, levantó la cabeza.
El hombre estaba parado a unos metros de distancia. Alto, de hombros anchos que llenaban el espacio. Cabello oscuro peinado hacia atrás, revelando un rostro que parecía tallado en piedra, endurecido por la vida pero suavizado solo por una capa de agotamiento profundo.
Sus ojos, de un café muy oscuro, casi negro, no tenían lástima. No había juicio en ellos. Solo reconocimiento. Era como si él supiera exactamente cómo se veía perderlo todo, porque él también había estado allí.
Se quitó el abrigo. Un abrigo largo de lana negra que probablemente costaba más que un año de renta en cualquier departamento de la ciudad. Lo sostuvo hacia ella.
—No te voy a lastimar.
Viviana no lo tomó. Su voz salió como un rasguido, rota por días de silencio.
—¿Por qué me ayudaría?
Él se quedó callado un momento. Su mirada bajó al anillo apretado en las manos de ella. Al moretón en su muñeca. A la forma en que ella se estremeció aunque él no se había movido ni un centímetro.
—Porque sé cómo se ve cuando a alguien lo han tirado a la basura —dijo él, y su tono era tan plano, tan real, que le heló la sangre—. Y sé lo que se siente no tener nada que perder.
Dejó caer el abrigo sobre los hombros de ella sin tocarla. Estaba caliente. Olía a sándalo, a tabaco fino y a algo que ella no podía nombrar. Seguridad, tal vez. O peligro disfrazado de amabilidad.
—Me llamo Doménico Rossi.
El nombre la golpeó como una ola de agua helada.
Todos en la ciudad conocían ese apellido. Se susurraba en los cuartos traseros de los restaurantes de lujo y aparecía en los titulares de los periódicos, siempre ligado a “negocios”, a “influencias”, a cosas que nadie se atrevía a decir en voz alta.
La Familia Rossi. Dinero viejo, sangre aún más vieja. El tipo de poder que no venía de las juntas directivas, sino de las sombras.
Debería haber tenido miedo. Debería haber corrido. Pero el miedo requería una energía que ella ya no tenía.
—Hay un lugar no muy lejos de aquí —continuó él. Su voz nunca subía, nunca empujaba. Era un ancla—. Caliente. Seguro. Tengo tres hijos que necesitan a alguien… y tú necesitas un lugar a donde ir.
Ella lo miró fijamente, tratando de encontrar la trampa.
—No estoy pidiendo nada —dijo él, leyendo su mente—. Te estoy ofreciendo una puerta. Puedes cruzarla, o puedes quedarte aquí y dejar que el frío termine lo que él empezó.
Los dedos de Viviana se apretaron alrededor del anillo. Pensó en Tyler. Pensó en el piso del baño. Pensó en las dos vidas que se le habían escapado de entre las piernas antes de tener siquiera una oportunidad. Pensó en su madre, que había usado este anillo hasta el día en que murió, y que le había susurrado a una Viviana adolescente: “Cuando no te quede nada, hija, es cuando descubres quién eres en realidad”.
Miró al hombre parado frente a ella. Un extraño. Un hombre peligroso. Un hombre que, por razones que ella no entendía, se había detenido.
Y lentamente, dolorosamente, se puso de pie. Sus piernas temblaban como hojas secas.
No tomó su mano. Pero lo siguió.
Subió a la camioneta y la puerta se cerró con un sonido sordo, sellando el mundo exterior.
La Escalade se deslizó suavemente por las calles vacías, y las luces de la ciudad proyectaban su resplandor a través de las ventanas polarizadas como rayas tenues y brumosas de luz.
Viviana se sentó en silencio en el asiento trasero, todavía envuelta en el abrigo de Doménico. El olor persistente a sándalo y humo de cigarro flotaba a su alrededor como un velo extrañamente protector.
Adelante, un hombre calvo con hombros tan anchos como una pared conducía sin decir una palabra. De vez en cuando, la estudiaba por el espejo retrovisor con una mirada evaluadora, vigilante pero no hostil. Un guardaespaldas. Un sicario. Quién sabe.
Doménico se sentó a su lado, tranquilo, mirando por la ventana, sin preguntar nada, sin presionar nada, como si la presencia de una mujer vagabunda en su camioneta de lujo fuera la cosa más ordinaria del mundo.
Unos quince minutos después, el auto se detuvo frente a un pequeño restaurante escondido en un callejón de la colonia Roma, lejos del bullicio de los antros. Un viejo letrero de madera leía “La Famiglia” en letras cursivas descoloridas, y adentro, una luz cálida y tenue se derramaba a través de los cristales empañados.
Doménico abrió la puerta del auto. No le ofreció la mano, simplemente se paró y esperó. Viviana bajó por su propia cuenta, sus piernas temblando sobre el pavimento mojado.
La puerta del restaurante se abrió y un hombre mayor, italiano, con el cabello blanco como la nieve y la espalda encorvada, salió a recibirlos. Cuando vio a Doménico, hizo una reverencia profunda, casi doblándose sobre sí mismo.
—Señor Rossi —dijo con una voz temblorosa, cargada de reverencia—. Es un honor recibirlo.
Doménico solo dio un ligero asentimiento, puso una mano en la espalda del viejo en un gesto familiar y guio a Viviana adentro.
El restaurante estaba casi vacío. Solo un hombre estaba sentado en una esquina lejana, bebiendo de un vaso corto. Sus ojos se dirigieron hacia ellos por un segundo antes de bajarlos rápidamente.
Viviana reconoció esa mirada. No era curiosidad. Era miedo.
Era el tipo de respeto reservado para alguien que tiene el poder de vida o muerte.
Observó en silencio la forma en que el dueño sacó la silla de Doménico. La forma en que bajó la voz al hablar con el mesero. La forma en que todos en esa habitación trataban de no mirar a los ojos al hombre sentado frente a ella.
Doménico Rossi no era simplemente un nombre. Era una fuerza de la naturaleza.
Se sentaron uno frente al otro en el rincón más apartado del restaurante. Doménico ordenó caldo tlalpeño, pan caliente y agua tibia sin pedirle su opinión. Viviana no protestó. Ya no tenía fuerzas para protestar nada.
Mientras esperaban la comida, atrapó su propio reflejo en un espejo antiguo colgado en la pared. La mujer que le devolvía la mirada era un espectro. Cabello enredado, mejillas hundidas, ojos reducidos a dos pozos vacíos. El moretón en su muñeca resaltaba bajo la luz amarilla, violáceo y feo. Parecía algo que había sido desechado. Porque lo había sido.
La sopa llegó. El vapor se elevó del tazón, y el olor familiar hizo que su estómago se retorciera de hambre y náuseas al mismo tiempo. Levantó la cuchara, su mano temblando tanto que casi la derrama.
Comieron en silencio. Doménico no preguntó de dónde venía. No preguntó quién era. No preguntó qué había pasado. Simplemente se sentó allí, tomando sorbos ocasionales de café, con la mirada fija en la ventana como si su mente estuviera en otro lugar, muy lejos de allí.
Después de un rato, habló. Su voz era baja y cansada.
—Tengo tres hijos. Mi esposa murió hace tres años.
Viviana levantó la vista, sorprendida por la confesión repentina. Doménico no la miraba. Miraba su café como si hablara consigo mismo.
—Desde entonces, he tratado de hacer todo. Padre, madre, protector. Pero no soy bueno en esas cosas. Los niños necesitan a alguien. No a alguien para reemplazar a su madre. Solo… alguien que esté ahí. Que no se vaya.
Se calló, luego la miró por primera vez directamente a los ojos desde que se sentaron.
—¿Y tú?
Viviana bajó la mirada. Las palabras se atoraron en su garganta. Sin embargo, había algo en los ojos de él, en la forma en que preguntaba sin exigir, que la hizo soltar las palabras que pensó que había enterrado para siempre.
—No puedo tenerlos —dijo, su voz cruda y ronca—. Perdí dos. Y por eso… por eso me echaron a la calle como una cosa rota.
Doménico no mostró lástima. No mostró esa tristeza artificial y practicada a la que ella estaba acostumbrada. Solo la miró, y luego dijo con una certeza firme:
—No fuiste desechada. Escapaste.
Viviana parpadeó. Nadie le había hablado nunca así.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Necesito a alguien que ayude a cuidar a los niños. Tú necesitas un lugar donde quedarte. Sin lazos, sin condiciones. Puedes irte cuando quieras. Te doy mi palabra.
Ella lo miró, su corazón latiendo lentamente dentro de un pecho vacío.
—¿Por qué? —preguntó por segunda vez esa noche—. ¿Por qué me ayuda a mí?
Doménico guardó silencio durante mucho tiempo. Luego dijo tan suavemente que ella casi no lo escuchó:
—Porque sé lo que se siente estar parado en la oscuridad y no tener ninguna razón para seguir adelante.
Viviana no respondió. Miró el tazón de sopa, ahora medio frío. Luego levantó la cuchara y siguió comiendo, una cucharada a la vez, hasta que se terminó. Fue la primera vez en muchos días que terminaba una comida.
Y cuando dejó la cuchara, asintió. Solo un pequeño asentimiento, pero fue todo lo que Doménico necesitaba.
La cuenta estaba pagada antes de que ella se diera cuenta. Salieron de nuevo a la noche, pero esta vez, el frío no se sentía tan mortal. Había una promesa, aunque fuera pequeña, de calor.
CAPÍTULO 3: LA FORTALEZA DE LOS ROSSI
El silencio dentro de la Escalade era absoluto, una burbuja hermética que separaba a Viviana del caos de la ciudad. Afuera, el paisaje urbano de rascacielos y luces de neón comenzó a desvanecerse, reemplazado por avenidas arboladas, anchas y solitarias, donde las mansiones se ocultaban detrás de muros altos cubiertos de hiedra.
Viviana miraba por la ventana, viendo pasar el mundo como si fuera una película ajena. Sus párpados pesaban toneladas. El calor de la calefacción y el suave aroma a cuero y sándalo la adormecían, pero su instinto de supervivencia la mantenía alerta, con los músculos tensos bajo el abrigo de lana prestado.
Veinte minutos después, el vehículo redujo la velocidad.
Frente a ellos se alzaba una reja de hierro forjado monumental, negra y coronada con puntas de lanza doradas. Dos pilares de piedra maciza flanqueaban la entrada, custodiados por leones de bronce congelados en un rugido eterno. No era una simple entrada residencial; era la boca de una fortaleza.
Viviana notó las cámaras de seguridad. No eran las típicas cámaras de vigilancia de una casa rica; eran lentes industriales, con luces infrarrojas parpadeando como ojos rojos de depredadores en la oscuridad, cubriendo cada ángulo muerto.
Un hombre vestido de traje negro salió de una caseta de vigilancia blindada. No hizo preguntas. Al reconocer la matrícula y ver al conductor, inclinó la cabeza con respeto marcial y presionó un botón. Las enormes puertas se abrieron lentamente, gimiendo con el peso del metal.
El corazón de Viviana comenzó a latir con fuerza contra sus costillas. ¿En qué me he metido?, pensó. Esto no era la casa de un empresario exitoso. Esto era poder. Poder del tipo que no pide permiso.
La camioneta avanzó por un largo camino de adoquines, flanqueado por jardines que, incluso bajo la luz de la luna invernal, se veían impecables, recortados con una precisión quirúrgica. Y entonces, la casa apareció.
Era inmensa. Tres pisos de arquitectura de estilo italiano clásico, con columnas de piedra blanca, balcones curvos y ventanales altos y estrechos. Luz cálida se derramaba desde el interior, pero no lograba suavizar la presencia fría y dominante del edificio. Era hermosa, sí, pero era una belleza intimidante, como la de un arma bien pulida.
Doménico abrió la puerta y bajó primero. El aire nocturno golpeó a Viviana en la cara cuando él le hizo un gesto para que descendiera.
—Tienes que saber algo —dijo él, su voz grave cortando el silencio de la noche—. Aquí estarás segura. Nadie entra sin mi permiso. Nadie.
Viviana bajó, sus tenis sucios y desgastados haciendo un contraste ridículo con el piso de piedra importada. Levantó la vista y vio sombras moviéndose en el perímetro. Hombres. Guaruras. Estaban apostados estratégicamente en las esquinas de la propiedad, inmóviles, con las manos cruzadas al frente o cerca de sus cinturones. Sus ojos barrieron a Viviana rápidamente, catalogándola como “no amenaza”, antes de volver a vigilar la oscuridad.
Ella entendió de golpe que este era el mundo de Doménico Rossi. Un mundo de muros altos y armas ocultas. Un mundo al que ella nunca debería haber entrado. Pero al recordar la calle fría, la banca del parque y la voz de Tyler gritándole “inútil”, supo que prefería este peligro desconocido al infierno que ya conocía.
Subieron los escalones de la entrada principal. Antes de que Doménico pudiera sacar una llave, la puerta doble de madera tallada se abrió desde adentro.
Una mujer de unos cincuenta y tantos años estaba parada allí. Robusta, con el cabello negro entreverado de gris recogido en un chongo impecable en la nuca. Su rostro era severo, marcado por líneas de carácter, pero no desagradable. Llevaba un uniforme sencillo, negro y blanco, y sus ojos oscuros y agudos escanearon a Viviana de pies a cabeza en un segundo.
No juzgaba. Solo evaluaba. Sucia. Herida. Asustada.
—Esta es Rosa Martínez —dijo Doménico, entrando al vestíbulo—. Ella maneja todo en esta casa. Si Rosa no lo sabe, no sucede.
Luego se volvió hacia la ama de llaves.
—Rosa, ella es Viviana. Se va a quedar con nosotros.
Rosa asintió lentamente. Su mirada se detuvo por una fracción de segundo en el moretón violáceo que asomaba bajo la manga del abrigo de Viviana, y su expresión se suavizó imperceptiblemente.
—Bienvenida, niña —dijo Rosa, y su voz fue más cálida de lo que su apariencia sugería—. Sígame.
Viviana miró a Doménico, buscando una señal, una confirmación. Él solo asintió levemente, con esa economía de movimientos que parecía caracterizarlo, y luego se dio la vuelta hacia un pasillo lateral, perdiéndose en las sombras de su propia casa.
—Por aquí —insistió Rosa suavemente.
Viviana la siguió a través de un vestíbulo que parecía sacado de un museo. El piso de mármol estaba tan pulido que reflejaba los candelabros de cristal que colgaban del techo altísimo. Había pinturas al óleo en las paredes, muebles que parecían antigüedades invaluables, jarrones con flores frescas. Pero faltaba algo.
No había desorden. No había juguetes tirados. No había ese olor a vida, a comida casera, a ruido. La casa era perfecta y fría, como un mausoleo de lujo.
Subieron una escalera curva y recorrieron un largo pasillo en el segundo piso, lleno de puertas cerradas que parecían guardar secretos. Rosa se detuvo al final del pasillo, abrió una puerta y se hizo a un lado.
—Esta será su habitación.
Viviana entró y se le cortó la respiración.
No era un cuarto enorme, pero era el lugar más acogedor que había visto en años. Una cama matrimonial vestida con sábanas blancas inmaculadas y un edredón grueso color crema dominaba el espacio. Había cortinas pesadas que bloqueaban la noche, una pequeña mesa de lectura junto a la ventana y una lámpara de buró que proyectaba una luz dorada y suave.
—Tiene baño privado —señaló Rosa, indicando otra puerta—. Y lo más importante: tiene seguro por dentro. Nadie puede entrar si usted no quiere.
Esa frase golpeó a Viviana más fuerte que cualquier lujo. Seguridad. La capacidad de cerrar una puerta y saber que nadie la abriría a patadas.
Se quedó parada en medio de la alfombra, sin saber qué hacer, sintiéndose sucia y pequeña en medio de tanta limpieza.
Escuchó pasos detrás de ella. Se giró. Doménico estaba en el marco de la puerta. Se había quitado el saco y aflojado la corbata, y por primera vez, se veía humanamente cansado.
—Descansa esta noche —dijo él. Sus ojos oscuros recorrieron su rostro, asegurándose de que estuviera bien—. Mañana conocerás a los niños.
—Gracias —susurró ella. La palabra se sintió insuficiente, ridícula.
Él sostuvo su mirada un momento más, luego asintió y se dio la vuelta, sus pasos alejándose por el pasillo. Rosa la miró una última vez, con una mezcla de curiosidad y lástima, y cerró la puerta suavemente.
El clic del cerrojo fue el sonido más hermoso del mundo.
Viviana se quedó sola en el silencio. Se acercó a la cama, temblando, y rozó la sábana con la yema de los dedos. Suave. Limpia. Real.
Entró al baño. La luz blanca y brillante del espejo fue despiadada. Vio su reflejo y casi no se reconoció. Una mujer esquelética, con el cabello enmarañado como un nido de pájaros, la piel cenicienta, los labios partidos. Y ese moretón… ese maldito moretón en la muñeca que parecía una marca de propiedad de Tyler.
Esto es lo que él hizo de mí, pensó. Cuatro años de infierno y esto es lo que queda.
Abrió la llave de la regadera. El agua salió caliente, vaporosa. Se desnudó, dejando caer la ropa sucia al suelo como si estuviera mudando de piel, y se metió bajo el chorro.
Cuando el agua caliente tocó su piel congelada, algo se rompió dentro de ella.
No fue un llanto escandaloso. Fue un colapso silencioso. Se deslizó por la pared de azulejos hasta quedar sentada en el piso de la ducha, abrazando sus rodillas, mientras el agua mezclaba sus lágrimas con la suciedad del camino.
Lloró por los dos bebés que nunca pudo cargar. Lloró por la niña que alguna vez fue, la que creía en el amor eterno. Lloró por la vergüenza, por el miedo, por el hambre. Lloró hasta que se quedó vacía, hasta que no hubo nada más que sacar.
Se lavó. Talló su piel hasta que quedó roja, tratando de quitarse la sensación de las manos de Tyler, del frío de la calle, de la derrota.
Cuando salió, envuelta en una toalla gruesa y esponjosa, encontró un pijama de algodón limpio doblado sobre la cama. Rosa debió haber entrado sigilosamente mientras ella se bañaba. Se lo puso; le quedaba un poco grande, pero se sentía como un abrazo.
Se metió en la cama, se cubrió hasta la barbilla y apretó el anillo de su madre en su puño cerrado. Por primera vez en meses, su cuerpo dejó de estar en alerta roja.
Y en la oscuridad cálida de esa habitación desconocida, en la casa del hombre más peligroso de la ciudad, Viviana Cole durmió.
La luz del sol se coló por las rendijas de las cortinas, trazando una línea dorada sobre sus ojos.
Viviana despertó de golpe, con el corazón martilleando, sentándose en la cama con el pánico agolpado en la garganta. Sus ojos barrieron la habitación, buscando la amenaza, buscando a Tyler.
Sábanas blancas. Cortinas crema. Silencio.
No estaba en Pensilvania. No estaba en el departamento oscuro. Estaba a salvo.
Exhaló un suspiro tembloroso y miró su mano. El anillo había dejado una marca roja en su palma de tanto apretarlo durante la noche. Se levantó, lavó su cara con agua fría y usó un peine que Rosa había dejado en el tocador para intentar domar su cabello. Todavía se veía demacrada, pero sus ojos ya no tenían ese rojo inyectado de sangre del agotamiento extremo.
Abrió la puerta y salió al pasillo.
A la luz del día, la mansión era menos tétrica, pero igual de imponente. El silencio seguía allí, pesado. Bajó las escaleras guiada por el olor a café recién hecho y tocino. Atravesó la sala principal, inmensa y vacía, hasta encontrar la cocina.
Era un espacio amplio, moderno, con islas de granito y electrodomésticos de acero inoxidable que parecían no haber sido usados nunca. Rosa estaba frente a la estufa, volteando huevos en un sartén con destreza.
Al escuchar los pasos, la mujer se giró.
—Buenos días —dijo Rosa. Su tono era neutral, pero había puesto un lugar en la mesa de la cocina para ella—. ¿Dormiste bien?
Viviana asintió, acercándose tímidamente a la silla.
—Mejor que en mucho tiempo. Gracias, Rosa.
Rosa sirvió un plato con huevos revueltos, pan tostado y unas rebanadas de aguacate, y lo puso frente a ella junto a un vaso de jugo de naranja.
—Come. Necesitas fuerza. Estás en los huesos, muchacha.
Viviana se sentó y dio el primer bocado. El sabor de la comida caliente, real y casera, casi la hizo llorar de nuevo. Comió despacio al principio, y luego con más avidez, recordando lo que era sentirse llena.
Mientras comía, Rosa se recargó en la barra, cruzando los brazos sobre su pecho, observándola.
—Debería contarte sobre los niños antes de que bajen —dijo la ama de llaves, bajando un poco la voz—. Para que no te tomen por sorpresa.
Viviana dejó el tenedor y prestó atención.
—Marco es el mayor. Tiene nueve años —empezó Rosa, y su expresión se oscureció un poco—. Es… difícil. Frío. No confía en nadie desde que murió su madre. Ha hecho renunciar a cuatro niñeras en los últimos dos años. Las odia a todas.
Viviana asintió. Un niño herido. Eso lo entendía.
—Isabella, le decimos Bella. Tiene seis. Es muy sensible. Llora por todo, tiene pesadillas. Casi no habla con extraños, pero observa todo. Es como un ratoncito asustado.
Rosa suspiró y una pequeña sonrisa apareció en sus labios por primera vez.
—Y Leo. El pequeño terremoto. Tiene cuatro años. Es el más dulce, siempre sonriendo, pero es el que menos recuerda a su mamá. Era un bebé cuando pasó. Él solo quiere que alguien lo quiera.
—Cuando pasó… —repitió Viviana suavemente—. ¿Qué pasó?
El rostro de Rosa se cerró. Miró hacia la ventana, hacia los jardines perfectos.
—Lucía. La señora. Era un ángel. Murió hace tres años en un… incidente. Estaban apuntando al Señor Doménico, pero le dieron a ella. Enfrente de los niños.
Viviana sintió un nudo en el estómago. Ahora entendía el frío de la casa. Entendía la mirada vacía de Doménico. Entendía por qué esa mansión era una fortaleza: era una jaula dorada construida por la culpa y el miedo.
Antes de que pudiera preguntar más, un estruendo de pasos rápidos rompió la solemnidad.
¡Pum, pum, pum!
Un niño pequeño irrumpió en la cocina como un torbellino. Tenía rizos castaños disparados en todas direcciones, mejillas sonrosadas y llevaba un pijama de Spider-Man que le quedaba un poco corto. Frenó en seco al ver a Viviana.
Sus ojos, grandes y redondos como monedas de chocolate, se abrieron aún más. Se quedó con la boca abierta.
—¿Quién eres? —preguntó, sin una pizca de timidez—. ¿Eres una princesa? Te ves triste como las princesas de las películas cuando pierden su zapato.
Viviana parpadeó, sorprendida por la franqueza. Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina, aunque débil, curvó sus labios.
—No, no soy una princesa. Solo soy Viviana.
El niño ladeó la cabeza, evaluándola.
—Vivi. ¿Puedo decirte Vivi? “Viviana” es muy largo.
Ella asintió.
—Claro. Vivi está bien.
El niño sonrió ampliamente, mostrando un hueco donde le faltaba un diente frontal.
—Yo soy Leo. Tengo cuatro. ¿Te gustan los superhéroes? A mí me encantan. Mi papá es un superhéroe, ¿sabías? Pero él no usa capa porque dice que se atora en las puertas.
Rosa deslizó un plato de fruta hacia él, ocultando una sonrisa.
—Siéntate a comer, Leo. Deja de molestar a la señorita Viviana.
Leo trepó a la silla junto a Viviana, sus piernitas colgando y balanceándose. La miraba con una curiosidad pura, sin filtros, como si ella fuera el descubrimiento más fascinante de la mañana.
En ese momento, una figura pequeña apareció en el umbral de la puerta. Una niña de cabello negro, largo y lacio, con ojos inmensos y temerosos. Se escondía medio cuerpo detrás del marco, observando a Viviana como si fuera un animal salvaje que podría morder.
—Bella —llamó Rosa con suavidad—. Ven, mi amor. Saluda a la señorita Viviana.
La niña no respondió. Apretó los labios y abrazó un cuaderno de dibujo contra su pecho como si fuera un escudo. Viviana no la presionó. Sabía lo que era querer esconderse. Solo le ofreció una sonrisa suave y volvió su atención a su plato, dándole espacio.
—No te preocupes —le susurró Leo a Viviana, con la boca llena de melón—. Bella cree que eres una bruja disfrazada. Pero yo creo que eres buena.
Y entonces, el aire en la cocina cambió. La temperatura pareció bajar unos grados.
—¿Quién eres tú?
La voz era infantil, pero el tono era cortante, lleno de veneno.
Viviana levantó la vista. Un niño estaba parado en la entrada. Era más alto que los otros, delgado, con el cabello negro idéntico al de Doménico y un rostro anguloso que ya mostraba los rasgos de su padre. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entrecerrados con sospecha y desprecio.
Marco. Nueve años.
Su mirada barrió a Viviana, deteniéndose en su ropa barata, en su aspecto cansado.
—¿Otra niñera nueva? —soltó con una risa seca, sarcástica—. ¿En serio? ¿Cuánto vas a durar? ¿Una semana? ¿Dos días antes de salir corriendo llorando?
El silencio en la cocina fue absoluto. Rosa dejó de cocinar. Bella se encogió más. Leo dejó de masticar.
Viviana dejó su tenedor sobre la mesa con calma. Giró su cuerpo para enfrentar al niño. Vio el dolor detrás de la rabia. Vio la muralla que había construido para que nadie pudiera volver a lastimarlo. Ella conocía esa muralla. Ella había vivido detrás de una igual.
—No vine aquí para reemplazar a nadie, Marco —dijo Viviana, mirándolo directamente a los ojos, sin flaquear, sin miedo—. Y no me asustas.
Marco se tensó. No esperaba que le respondieran. La mayoría de las niñeras trataban de ser dulces o se ofendían. Ella simplemente le sostuvo la mirada.
Él soltó un bufido de desdén.
—Bien. Porque nadie puede reemplazarla. Y no te quiero aquí.
Dio media vuelta y salió de la cocina, sus pasos resonando con fuerza, una declaración de guerra.
Leo miró por donde se había ido su hermano y luego miró a Viviana con preocupación.
—A Marco no le cae bien nadie. Está muy enojado siempre.
—Lo sé —murmuró Viviana, sintiendo una punzada de empatía.
Unos pasos pesados, de adulto, sonaron detrás de ella.
Viviana giró la cabeza. Doménico estaba parado en el umbral, vestido con un traje impecable, listo para salir. Se había recargado en el marco de la puerta y estaba observando la escena. Había visto el enfrentamiento con Marco.
Sus ojos oscuros se encontraron con los de Viviana. Por un segundo, ella temió que la regañara por hablarle así a su hijo. Pero no.
Doménico le dio un asentimiento corto. Casi imperceptible.
Era aprobación. Era respeto.
Sin decir una palabra, él se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida, dejando a Viviana con el corazón acelerado y la extraña sensación de que acababa de pasar su primera prueba en la casa de los Rossi.
CAPÍTULO 4: ESTRELLAS DE PAN Y PESADILLAS
Los días en la mansión Rossi adquirieron un ritmo propio, una cadencia silenciosa pero constante que, poco a poco, comenzó a calmar el ruido estático de pánico que había habitado en la cabeza de Viviana durante meses.
Una semana había pasado. Siete días sin gritos. Siete días sin golpes. Siete días durmiendo en una cama que no olía a miedo.
Cada mañana, Viviana se despertaba antes de que el sol se atreviera a tocar las ventanas. Era un hábito de supervivencia —en su vida anterior, despertarse antes que Tyler significaba poder prepararse mentalmente para el día o evitar un conflicto temprano—, pero ahora lo usaba para algo diferente. Bajaba a la cocina en silencio, con los pies descalzos sobre el mármol frío, y encontraba a Rosa ya despierta, preparando el café.
Al principio, Rosa intentó disuadirla.
—No tienes que hacer esto, niña —le había dicho la ama de llaves el segundo día, intentando quitarle un cuchillo de las manos—. El Señor Doménico te trajo para cuidar a los niños, no para ser cocinera.
—Necesito hacer algo, Rosa —había respondido Viviana, con una honestidad que desarmó a la mujer mayor—. Si me quedo quieta, pienso. Y si pienso, me hundo. Déjame ayudar. Por favor.
Rosa la miró a los ojos, vio la desesperación tranquila detrás del gris azulado, y asintió. Desde entonces, se convirtieron en un equipo silencioso.
Viviana aprendió rápido los códigos secretos de la casa. Aprendió que a Leo le gustaba la leche tibia, no caliente, con exactamente media cucharada de azúcar. Aprendió que Marco odiaba que los alimentos en su plato se tocaran entre sí; los huevos debían estar a kilómetros de distancia del tocino.
Y aprendió sobre Bella.
—Ella no come las orillas del pan —le susurró Rosa una mañana mientras batía huevos—. Y si puedes… córtaselo en formas. Estrellas, corazones. Es la única forma en que come algo sólido.
Esa mañana, Viviana tomó el cortador de galletas del cajón. Cuando Bella bajó, arrastrando los pies y abrazada a un conejo de peluche gastado, se encontró con un plato donde el pan tostado no eran simples rebanadas, sino un pequeño cielo de estrellas doradas con mantequilla.
La niña se detuvo. Miró el plato. Luego miró a Viviana de reojo, escondida tras su cortina de cabello negro. Viviana no dijo nada, simplemente siguió lavando trastes, dándole espacio. Por el rabillo del ojo, vio cómo una pequeña mano se extendía, tomaba una estrella y le daba un mordisco.
Fue una victoria minúscula, invisible para el mundo, pero monumental para Viviana.
El viaje a la escuela era otro ritual.
Vin, el enorme guardaespaldas calvo que rara vez hablaba, conducía la camioneta blindada. Viviana se sentaba atrás, en medio de la tormenta y la calma.
A su izquierda siempre iba Leo. El niño de cuatro años había decidido que Viviana era su nueva mejor amiga, le gustara a ella o no. Se pasaba el trayecto de veinte minutos hablando sin respirar, llenando el silencio denso del vehículo con su voz aguda.
—Vivi, ¿sabías que los tiranosaurios tenían brazos chiquitos porque no necesitaban abrazar? Pero yo creo que es triste. Todo el mundo necesita abrazar. ¿Tú crees que mi papá es fuerte como un T-Rex? Yo creo que sí, pero él sí tiene brazos largos.
Viviana lo escuchaba con una atención devota, asintiendo y respondiendo suavemente.
—Yo creo que tu papá es más fuerte, Leo. Y los abrazos son importantes.
A su derecha, pegado a la ventana opuesta, iba Marco.
El niño de nueve años era un témpano de hielo. Se ponía audífonos grandes que cubrían sus orejas, aunque Viviana sospechaba que muchas veces no tenían música, solo los usaba para bloquear al mundo. Miraba hacia afuera con el ceño fruncido, ignorando deliberadamente la existencia de Viviana. Si sus miradas se cruzaban por el retrovisor o al bajar del auto, él le lanzaba dagas de desprecio puro.
«Intrusas», decían sus ojos. «No durarás».
Viviana no se lo tomaba personal. Veía en Marco el reflejo de su propio dolor. La ira era mejor que la tristeza; la ira te mantenía de pie. Ella lo sabía bien.
Por las tardes, la rutina cambiaba. Después de recogerlos, venía la hora de la tarea en la mesa del comedor.
Leo no tenía tareas reales, así que se sentaba junto a Viviana con hojas de papel y crayones, dibujando garabatos frenéticos que él juraba eran batallas épicas.
—¡Mira, Vivi! ¡Este es el hombre de fuego! ¡Y esta eres tú, porque tienes el pelo café!
Bella hacía su tarea en el extremo opuesto de la mesa. Al principio, se sentaba lo más lejos posible. Pero con el paso de los días, la distancia se fue acortando. Un centímetro el martes. Una silla más cerca el jueves.
A veces, Viviana sentía la mirada de la niña sobre ella. Pesada, analítica. Cuando volteaba, Bella apartaba la vista rápidamente, volviendo a concentrarse en sus sumas y restas. Pero una tarde, al terminar, Bella dejó un papel sobre la mesa, cerca de la mano de Viviana, y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera decir nada.
Viviana tomó el papel. Era un dibujo simple, hecho con trazos inseguros. Una flor morada y una mariposa. No había dedicatoria, no había nombre. Pero era una ofrenda de paz. Viviana guardó el dibujo en el cajón de su buró como si fuera un tesoro invaluable.
Con Marco, sin embargo, no había flores ni dibujos.
Él se encerraba en su habitación en cuanto llegaban. Portazo. El sonido de la llave girando.
Viviana subía una hora después con una bandeja de fruta picada o un sándwich. Tocaba suavemente.
—Marco —decía a través de la madera—. Te traje algo de comer.
Silencio.
—Lo voy a dejar aquí afuera, en el piso. Por si te da hambre.
Silencio.
Viviana se alejaba, pero se quedaba oculta en el recodo del pasillo, esperando. Minutos después, escuchaba el clic del cerrojo. La puerta se abría una rendija, una mano rápida salía, tomaba el plato y la puerta se cerraba de nuevo.
Cuando ella volvía por el plato más tarde, siempre estaba vacío. Nunca había un “gracias”. Nunca había una nota. Pero comía. Y mientras comiera, Viviana sentía que estaba cumpliendo su promesa muda a Doménico: mantenerlos vivos, mantenerlos cuidados.
Hacía otras cosas por él, en secreto. Entraba a su cuarto cuando él estaba en la escuela. No para husmear, sino para ordenar el caos. Recogía la ropa sucia del suelo, tendía la cama con esquinas perfectas, organizaba sus libros de la escuela en el escritorio. Lo hacía sabiendo que él probablemente odiaba que ella tocara sus cosas, pero también sabiendo que un niño que vive en el caos interno necesita orden externo para no desmoronarse.
Era una guerra fría de cuidados unilaterales. Y Viviana tenía la paciencia infinita de quien no tiene nada más que perder.
Entonces llegó la noche que lo cambió todo.
Eran las dos de la mañana. La casa estaba sumergida en esa oscuridad densa y aterciopelada de las mansiones aisladas. Viviana dormía un sueño ligero, siempre alerta, cuando un sonido la arrancó de la almohada.
No fue un grito. Fue algo peor. Un sollozo ahogado, estrangulado, como de alguien que intenta gritar debajo del agua.
Viviana saltó de la cama, el corazón latiéndole en la garganta. Salió al pasillo descalza, guiada por el instinto. El sonido venía de la habitación de Bella.
Empujó la puerta. La luz tenue de una lámpara de noche con forma de luna iluminaba la escena. Bella estaba sentada en medio de la cama, hecha un ovillo pequeño y tembloroso, con los brazos envueltos alrededor de una almohada. Su cuerpo se sacudía violentamente.
—Mamá… —susurró la niña, un sonido roto, lleno de una angustia que ninguna niña de seis años debería conocer—. Mamá, no te vayas… hay mucha sangre… mamá…
El corazón de Viviana se detuvo y luego se rompió en mil pedazos. La pesadilla. La memoria del día en que murió Lucía.
Viviana se acercó lentamente. Sabía, por experiencia propia con Tyler, que tocar a alguien en medio de un terror nocturno podía ser peligroso; podían reaccionar con pánico.
—Bella —dijo suavemente, hincándose junto a la cama.
La niña no pareció oírla. Seguía meciéndose, con los ojos muy abiertos pero sin ver nada, perdidos en el horror del recuerdo.
—No te vayas… tengo miedo…
Viviana sintió una presión en el pecho. No podía reemplazar a su madre. Nunca podría. Pero no podía dejarla sola en esa oscuridad.
Se sentó en el borde del colchón, manteniendo una distancia respetuosa. Y entonces, sin pensarlo, hizo lo único que su propia madre hacía cuando el mundo se ponía demasiado feo.
Empezó a cantar.
No tenía una gran voz. Era ronca, pequeña, oxidada por años de silencio y llanto. Pero la melodía salió de ella, antigua y visceral. Una canción de cuna que su madre le cantaba en español.
“A la roro niña, a la roro ya… duérmase mi niña, duérmase mi sol…”
Siguió cantando, bajito, una y otra vez, como un mantra contra los monstruos.
*”…que los angelitos, la verán dormir…”*over
Poco a poco, el llanto de Bella se transformó en hipidos. El temblor de su cuerpo comenzó a disminuir. Sus ojos desenfocados parpadearon y, lentamente, enfocaron el rostro de Viviana iluminado por la luz de la luna artificial.
Había miedo en esos ojos oscuros. Confusión.
—¿Mami? —preguntó Bella, con un hilo de voz.
Viviana negó con la cabeza suavemente, tragándose el nudo en la garganta. No mentiría.
—No, cielo. Soy Vivi. Estoy aquí. No estás sola.
Bella la miró durante un largo, eterno segundo. Evaluando. Decidiendo si era seguro.
Luego, una mano pequeña, fría y húmeda por las lágrimas, salió de debajo de la almohada y buscó la mano de Viviana.
Viviana la tomó. Envolvió los dedos diminutos con los suyos, ofreciendo un calor firme.
—Estoy aquí —repitió—. No voy a dejar que nada malo entre a este cuarto. Te lo prometo.
Bella no dijo nada más. Pero no soltó su mano. Se recostó de nuevo en la almohada, sin dejar de mirar a Viviana, como si temiera que si parpadeaba, ella desaparecería como humo.
Viviana se acomodó en el suelo, recargando la espalda contra el costado de la cama, manteniendo sus manos unidas. Siguió tarareando la melodía, muy suave, hasta que la respiración de Bella se volvió profunda y rítmica.
La niña se durmió, pero Viviana no se movió. Se quedó allí, sentada en la alfombra, vigilando el sueño de una niña que no era suya, en una casa que no era suya, sintiendo por primera vez en años que estaba exactamente donde tenía que estar.
A la mañana siguiente, la luz del sol inundaba la cocina con una claridad que parecía limpiar los fantasmas de la noche anterior. Viviana estaba cortando fruta, sus movimientos un poco más lentos por la falta de sueño, cuando sintió una presencia a su lado.
Bajó la vista.
Bella estaba allí parada. Ya estaba vestida con su uniforme escolar, con su mochila rosa en la espalda. Estaba jugando nerviosamente con el borde de su suéter, mirando al suelo.
—Buenos días, Bella —dijo Viviana con naturalidad, como si no hubiera pasado la noche en el suelo de su habitación.
La niña levantó la vista. Sus ojos marrones, grandes y líquidos, la estudiaron con una intensidad nueva. Ya no había miedo. Había algo más. Una esperanza frágil.
—¿Te vas a ir? —preguntó Bella. Su voz era tan baja que Viviana tuvo que inclinarse para escucharla.
—¿Ir a dónde? —preguntó Viviana, dejando el cuchillo.
—Las otras se fueron —dijo Bella, y la simpleza de la frase cargaba un dolor inmenso—. Dijeron que Marco era malo. O que la casa estaba triste. Y se fueron.
Viviana se secó las manos en el delantal y se agachó hasta quedar a la altura de los ojos de la niña. La miró fijamente, queriendo que entendiera que esto no era una promesa vacía de adulto.
—Yo no tengo a dónde ir, Bella —dijo Viviana, con una verdad brutal pero suave—. Y aunque tuviera… no me iría. Me gusta estar aquí. Me gusta hacerte estrellas de pan.
—¿De verdad?
—De verdad.
Bella la estudió un momento más. Pareció buscar cualquier rastro de mentira. Al no encontrarlo, hizo algo que dejó a Viviana sin aliento.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, tímida, mostrando unos dientes de leche blancos. Fue como ver el sol salir detrás de una nube de tormenta.
—¿Me haces otra estrella? —pidió.
Viviana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero sonrió de vuelta, radiante.
—Te haré todas las estrellas que quieras.
Desde la puerta, sin que ellas lo vieran, Doménico Rossi observaba la escena. Tenía el saco colgado al hombro y las llaves en la mano, listo para irse a su guerra diaria. Pero se detuvo. Vio la sonrisa de su hija, una sonrisa que pensó que había muerto junto con Lucía tres años atrás.
Miró a la mujer arrodillada en el suelo de su cocina, la mujer que él había recogido de la calle como a un perro perdido. Y sintió algo extraño en el pecho. Algo que no era dolor.
Asintió para sí mismo, un movimiento solemne, y salió de la casa sin hacer ruido, sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, dejaba su hogar en buenas manos.
CAPÍTULO 5: GRIETAS EN EL MURO Y WHISKY A MEDIANOCHE
Dos semanas habían pasado desde que Viviana cruzó las puertas de hierro de la fortaleza Rossi.
La casa había comenzado a cambiar, aunque los cambios eran casi imperceptibles para un ojo ajeno. Había un dibujo nuevo de Bella pegado en la puerta del refrigerador con un imán. Había juguetes de dinosaurios olvidados en la alfombra persa de la sala, que Rosa, con una sonrisa cómplice, “olvidaba” recoger inmediatamente. Había ruido. Había vida.
Pero había un rincón de la casa donde el invierno seguía instalado, inamovible y gélido: Marco.
El niño de nueve años seguía siendo una fortaleza dentro de la fortaleza. Trataba a Viviana como si fuera un fantasma molesto, una presencia transparente que ensuciaba el aire de su hogar. Si se cruzaban en el pasillo, él miraba a través de ella, clavando la vista en la pared detrás de su cabeza.
Viviana nunca se rendía. Era una guerra de desgaste, y ella tenía la paciencia de quien ha tenido que esperar años por un poco de paz.
Cada noche, subía las escaleras con una bandeja. Un sándwich cortado en triángulos perfectos (sin orillas, como le gustaba, aunque él nunca lo admitiría), un vaso de leche y una manzana pelada. Tocaba la puerta. Toc, toc.
—Marco, tu cena —decía suavemente.
Nadie respondía.
—La dejo aquí. Que descanses.
A la mañana siguiente, el plato estaba vacío y dejado fuera de la puerta. Esa era su única comunicación. Un plato vacío. Un “comí lo que me diste, pero no esperes que te dé las gracias”.
Viviana también se encargaba de su ropa. Doblaba sus camisetas con precisión militar, emparejaba sus calcetines y los dejaba sobre su cama mientras él estaba en la escuela. Nunca movía sus cosas personales, nunca tocaba los libros en su escritorio ni desordenaba sus colecciones de figuras. Respetaba su territorio como se respeta el de un animal herido que podría morder si te acercas demasiado.
Ella entendía a Marco mejor que nadie. Entendía esa rabia silenciosa. Entendía la necesidad de construir un muro de ladrillos alrededor del corazón para que nadie pudiera volver a entrar y destrozarlo todo. Ella había sido esa niña. Y, de muchas formas, seguía siéndolo.
Una tarde de martes, el sol caía pesado y dorado sobre el jardín trasero.
Leo había caído rendido en una siesta después de correr como loco persiguiendo al perro del jardinero. Bella estaba en su habitación, inmersa en su mundo de crayones y papel. La casa estaba sumida en ese silencio espeso de las cuatro de la tarde.
Viviana salió al jardín para respirar. El aire estaba fresco, limpio, con ese olor a pasto recién cortado y tierra húmeda que le recordaba que, a pesar de todo, el mundo seguía girando.
Caminó hacia la parte trasera, donde un enorme arce extendía sus ramas como un paraguas gigante, creando una isla de sombra fresca. Y allí lo vio.
Marco.
Estaba sentado en una banca de piedra antigua, con la espalda encorvada y la cabeza gacha. No estaba leyendo, lo cual era raro. Tenía el teléfono celular en las manos, y la luz de la pantalla iluminaba su rostro con un resplandor azulado en la penumbra del árbol.
Viviana se detuvo en seco. Sus instintos le gritaron que diera media vuelta y se fuera antes de que él la viera y levantara sus defensas. Pero algo en su postura, algo en la caída de sus hombros, la detuvo. Se veía tan pequeño. Tan solo.
Se acercó unos pasos, lo suficiente para ver la pantalla por encima de su hombro, aunque mantuvo la distancia.
Era una fotografía.
En la imagen, una mujer de belleza impactante, con el cabello negro cayendo en cascada y una sonrisa que parecía iluminar los pixeles, sostenía a un bebé en brazos. El bebé reía, con las manos regordetas aferradas al cabello de su madre.
Lucía y Marco.
El corazón de Viviana se contrajo dolorosamente.
No hizo ruido, pero Marco sintió su presencia. Se tensó de inmediato. Su dedo pulgar se movió rápido para bloquear la pantalla, pero se detuvo a la mitad. No se giró para gritarle. No se levantó para irse. Simplemente se quedó ahí, congelado, esperando el ataque.
Viviana no lo atacó. No le preguntó “¿qué haces?” ni “¿estás bien?”.
En silencio, caminó hacia otra banca de piedra situada a unos tres metros de distancia. Se sentó, girando su cuerpo ligeramente hacia el jardín, dándole la espalda a medias, ofreciéndole privacidad dentro de la compañía.
Miró hacia los rosales. Suspiró. No dijo nada.
Pasaron los minutos. Uno. Cinco. Diez. El viento movió las hojas del arce, creando un susurro suave, shhh, shhh. Un pájaro cantó a lo lejos.
Viviana pensó que él se iría. Siempre se iba. Pero no lo hizo.
Entonces, una voz pequeña rompió el silencio. Era la voz de un niño, no la del pequeño tirano que fingía ser.
—Mi mamá se sentaba ahí.
Viviana no giró la cabeza bruscamente. Mantuvo sus movimientos lentos, fluidos.
—¿Aquí? —preguntó suavemente, mirando el árbol.
—Sí. Justo donde estás tú —dijo Marco. Su voz sonaba lejana, atrapada en el recuerdo—. Venía todas las tardes a leer. Decía que este era el único lugar de la casa donde no se escuchaban los teléfonos ni los gritos de papá. Era… su lugar de paz.
Viviana sintió el peso de la confesión. Estaba pisando tierra sagrada.
—¿Quieres que me quite? —preguntó, lista para levantarse.
Hubo un silencio largo. Viviana contuvo la respiración.
—No —dijo Marco finalmente.
El viento sopló de nuevo, un poco más frío ahora que el sol comenzaba a esconderse detrás de los muros de la propiedad.
—Ella cantaba —dijo Marco de repente. Su voz se quebró en la última sílaba, un sonido áspero que delataba el nudo en su garganta—. Nos cantaba todas las noches. Una canción en italiano. Ninna nanna. Mi abuela se la enseñó. Ella nos la enseñó a nosotros.
Marco bajó la mirada a su teléfono apagado, acariciando el cristal negro con el pulgar.
—Ahora hay demasiado silencio. Ya nadie canta en esta casa. Papá no canta. Rosa no canta. Se siente… vacío.
Viviana sintió que sus propios ojos se llenaban de lágrimas. Miró la espalda de ese niño de nueve años que cargaba con un luto demasiado grande para sus hombros estrechos. Vio la soledad de quien ha perdido su ancla en el mundo.
—Yo no puedo reemplazar a tu mamá, Marco —dijo Viviana. Su voz era firme, honesta—. Nunca voy a intentarlo. Nadie podría. Ella suena maravillosa.
Marco levantó la cabeza y la miró. Por primera vez, sus ojos oscuros no tenían odio. Tenían curiosidad. Tenían la mirada de un niño que ha estado esperando mucho tiempo en una estación de tren por alguien que no va a volver.
—Pero… —continuó Viviana, tragando saliva—, puedo sentarme aquí contigo. Si tú quieres. Para que no haya tanto silencio.
Marco no respondió. Volvió a mirar su teléfono. Pero sus hombros, que habían estado tensos como cuerdas de violín, bajaron un centímetro. No se levantó. No se fue.
Y Viviana tampoco.
Se quedaron allí, dos extraños unidos por el hilo invisible de la pérdida, viendo cómo el cielo pasaba de azul a naranja, y de naranja a un violeta profundo, hasta que las luces automáticas del jardín se encendieron y Rosa salió al porche a llamarlos para cenar.
Esa noche, cuando Viviana hizo su ronda habitual para dejar la bandeja de cena, se detuvo en seco frente a la habitación de Marco.
La puerta no estaba cerrada con llave. Ni siquiera estaba cerrada del todo.
Estaba entreabierta. Una rendija de apenas cinco centímetros, pero suficiente para dejar escapar una línea de luz amarilla hacia el pasillo oscuro.
Era una invitación. O al menos, una tregua.
Viviana dejó la bandeja en el suelo con más cuidado que nunca, asegurándose de no hacer ruido. Se quedó de pie un momento, con la mano sobre el corazón, sintiendo una calidez que no había sentido en años.
Al darse la vuelta, vio a Rosa al final del pasillo, doblando toallas limpias. La ama de llaves miraba la puerta entreabierta y luego a Viviana. Sus ojos brillaban.
—Ese niño no ha hablado de su madre con nadie en tres años —susurró Rosa cuando Viviana pasó a su lado—. Ni una palabra. Cerró esa puerta el día del funeral.
Viviana bajó la mirada, humilde.
—Solo lo escuché, Rosa.
—Hiciste más que eso, niña —dijo Rosa, palmeándole el brazo—. Hiciste una grieta en el muro. Y eso… eso es un milagro.
Esa misma noche, el insomnio atacó a Viviana con la ferocidad de un animal salvaje.
Eran las tres de la mañana. Viviana daba vueltas en la cama, enredada en las sábanas de hilo egipcio que se sentían como cadenas. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Tyler. Escuchaba el sonido de la puerta cerrándose. Sentía el frío del piso del baño.
Inútil. Rota. Estéril.
Se levantó, bañada en sudor frío. Necesitaba agua. Necesitaba salir de esa habitación antes de que los recuerdos la asfixiaran.
Bajó las escaleras en silencio, como un fantasma, guiada por la luz de la luna que entraba por los ventanales inmensos de la sala. La casa estaba en penumbra, una catedral de sombras y silencio.
Al llegar a la cocina, se detuvo. No estaba sola.
En la mesa del comedor informal, una figura estaba sentada en la oscuridad. Solo el brillo ámbar de una botella de whisky medio vacía y un vaso de cristal captaban la poca luz ambiente.
Doménico.
Estaba sentado de espaldas a la entrada, inmóvil como una estatua. No había encendido ninguna luz. Solo estaba ahí, bebiendo la oscuridad.
Viviana dio un paso atrás, lista para huir a su habitación, pero la madera del suelo crujió bajo su pie.
—Tú tampoco puedes dormir.
La voz de Doménico fue baja, rasposa. No era una pregunta. No se giró para mirarla, pero sabía que estaba ahí.
Viviana dudó un segundo. Luego, exhaló y entró.
—No. A veces el silencio es demasiado ruidoso —respondió ella.
Caminó hacia el dispensador de agua, se sirvió un vaso y se quedó allí, parada junto a la isla de la cocina, manteniendo una distancia prudente.
Doménico giró el vaso en sus manos. El hielo chocó contra el cristal, clink, clink. Llevaba una camisa blanca desabotonada en el cuello y las mangas arremangadas hasta los codos. Se veía agotado, con esa clase de cansancio que no se cura durmiendo, sino olvidando.
—Lucía —dijo él de repente. El nombre flotó en el aire como humo—. Mi esposa. Ella murió por mi culpa.
Viviana se quedó inmóvil, con el vaso de agua a medio camino de sus labios.
—Fue el día del cumpleaños número seis de Marco —continuó Doménico. Hablaba lento, como si cada palabra le costara sangre—. Ella iba manejando al restaurante para encontrarse conmigo. Llevaba a los niños en el auto.
Hizo una pausa, tomó un trago largo de whisky y golpeó el vaso contra la mesa, un sonido seco en la noche.
—Iban por mí. Los Moretti. Querían mi cabeza para quedarse con el territorio del norte. Pero dispararon al auto equivocado. Le dispararon a ella.
Viviana sintió que la sangre se le helaba. Imaginó la escena. Los niños gritando. El caos.
—Salí corriendo del restaurante cuando escuché los disparos —dijo Doménico, y su voz se volvió un susurro de horror—. Estaba ahí, en la banqueta. Había sangre por todas partes. Marco lo vio todo. La sostuve en mis brazos hasta que llegó la ambulancia, pero ya no había nada que hacer. Se me fue ahí, Viviana. Se me fue en las manos mientras yo le prometía que todo iba a estar bien.
Se giró en la silla y la miró. Sus ojos negros brillaban en la oscuridad, húmedos, llenos de una culpa tan antigua y pesada que parecía capaz de aplastar el mundo.
—Maté a los hombres que lo hicieron —dijo con frialdad, una frialdad que daba más miedo que sus gritos—. A cada uno de ellos. Lenta, dolorosamente. Los hice pagar. Pero eso no la trajo de vuelta. No borró lo que mis hijos vieron. Y no me ha dado ni una sola noche de sueño en tres años.
El silencio se estiró entre los dos, denso y cargado de dolor compartido.
Luego, Doménico la miró con intensidad, rompiendo su propia barrera.
—¿Y tú? ¿Qué es lo que no te deja dormir a ti?
Viviana bajó la vista a su vaso de agua. Sus dedos temblaban ligeramente. Pensó en mentir. Pensó en decir “nada” y subir corriendo. Pero él se había abierto en canal frente a ella. Le había mostrado su herida más profunda. Ella le debía la verdad.
—Mi esposo —comenzó, su voz apenas un hilo—. Tyler.
Levantó la cabeza y miró hacia la oscuridad del jardín a través de la ventana.
—Al principio no me pegaba. Al principio eran solo palabras. “Estúpida”. “Torpe”. “Nadie más te va a querer”. —Giró el anillo de plata en su dedo—. Luego fueron empujones. Luego bofetadas. Luego… el infierno.
Doménico no se movió. No la interrumpió. Escuchaba con la intensidad de un juez, o tal vez de un verdugo esperando nombre.
—Estuve embarazada dos veces —dijo Viviana, y sintió que las lágrimas comenzaban a arder en sus ojos—. La primera vez, lo perdí después de que él me empujó por las escaleras porque la cena estaba fría. Dijo que me tropecé. Le dije a los doctores que me tropecé.
Tomó aire, un respiro tembloroso que dolió en sus pulmones.
—La segunda vez… —Su voz se quebró—. Estaba en el piso del baño. Había sangre. Tanta sangre. Yo gritaba su nombre. Él estaba en la sala de al lado, viendo un partido de fútbol. Le subió al volumen a la tele para no escucharme.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Cuando salí, horas después, vacía… él me miró y me dijo que no valía la pena gastar dinero en el hospital. Que era mi culpa por ser “defectuosa”. —Viviana soltó una risa amarga y rota—. Me echó a la calle porque no podía darle un hijo, como si yo fuera una lavadora que dejó de funcionar. Me quitó todo. Mi dinero, mi familia, mi dignidad. Me hizo creer que yo no existía.
Doménico dejó el vaso sobre la mesa con un golpe sordo. Se levantó.
Viviana se tensó por instinto, esperando un golpe, un grito, algo violento. Pero él solo rodeó la mesa y se detuvo frente a ella. Estaba cerca. Podía oler el whisky y el sándalo, y el calor que emanaba de su cuerpo.
—Mírame —ordenó él.
Viviana levantó la vista.
Los ojos de Doménico no tenían lástima. No había esa compasión condescendiente que ella odiaba. Había furia, sí, pero era una furia dirigida hacia un fantasma llamado Tyler. Y hacia ella, había algo más. Respeto.
—Eres más fuerte de lo que crees, Viviana Cole —dijo él, pronunciando su nombre completo como si fuera un título nobiliario.
—No soy fuerte —susurró ella—. Estoy rota. Míreme. Estoy temblando.
—Sobreviviste —dijo él, implacable—. Aguantaste cuatro años de infierno y no te rompiste. Saliste. Caminaste en el frío. Estás parada aquí, en mi cocina, contándome tu historia. Eso no es debilidad. Eso es acero.
Él levantó una mano, dudando por un segundo, y luego, con una gentileza sorprendente para un hombre que mataba con esas mismas manos, le apartó un mechón de cabello de la cara.
—Tyler es un hombre muerto —dijo Doménico, no como una amenaza, sino como un hecho consumado—. Él no sabe con quién se metió al dejarte ir. Pero tú… tú estás a salvo ahora.
Sus miradas se sostuvieron en la penumbra. Dos sobrevivientes de naufragios diferentes, encontrando tierra firme el uno en el otro.
—Vete a dormir, Viviana —dijo él suavemente, bajando la mano—. Mañana es otro día. Y nadie te va a hacer daño aquí. Te lo juro por mi vida.
Viviana asintió, incapaz de hablar. Se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras, sintiendo la mirada de él en su espalda, protegiéndola.
Esa noche, cuando volvió a cerrar los ojos, la cara de Tyler no apareció. En su lugar, vio los ojos oscuros de Doménico en la oscuridad, diciéndole que era de acero. Y por primera vez en cuatro años, Viviana durmió sin soñar.
