
CAPÍTULO 1: El Encuentro en la Roma
Me quedé allí, paralizada, sintiendo cómo el agua mineral de marca escurría por mi cabello y empapaba mi vestido. Enfrente de mí, Vivian Cross, la dueña de la marca de moda más pretenciosa de México, me miraba con una sonrisa de satisfacción cruel. Lo que ella —y el resto de la élite de la Ciudad de México reunida en ese penthouse— no sabían, era que el hombre discreto en la esquina, ese que había presenciado cada segundo de mi humillación, no solo era un billonario, sino mi esposo desde hace tres años.
Mi nombre es Mariana. Si alguien me hubiera dicho hace unos años que terminaría en medio de este drama de telenovela en la vida real, jamás lo habría creído. Mi vida antes de Daniel era sencilla. Soy diseñadora gráfica y siempre me ha gustado encontrar la belleza en lo simple.
Conocí a Daniel Harrison en una cafetería de especialidad en la Roma Norte. Yo estaba estresada con un proyecto para una panadería artesanal y él estaba en la fila, esperando un americano. Llevaba unos jeans gastados y una sudadera gris. Nada de logos, nada de relojes que cuestan lo mismo que una casa en el Pedregal. Empezamos a platicar sobre el mural medio extraño que decoraba la pared del café. Hubo un clic inmediato.
Salimos durante ocho meses. Íbamos por elotes a Coyoacán, caminábamos por Reforma los domingos y cenábamos tacos en puestos de la calle. Me enamoré de Daniel, el chico tranquilo y observador.
No fue hasta casi un año después que me soltó la bomba.
—Mariana, tengo que decirte algo —me dijo una noche, visiblemente nervioso.
Yo pensé lo peor. ¿Estaba casado? ¿Tenía hijos secretos?
—Soy dueño de Grupo Harrison —confesó.
Casi me ahogo con mi esquite. Grupo Harrison no era una empresa cualquiera; eran dueños de aplicaciones, empresas de logística y tecnología que usaba medio país. Daniel no tenía dinero; Daniel tenía poder. Pero junto con la confesión vino la petición: quería privacidad. Su vida estaba bajo el microscopio de inversionistas y medios financieros. Si hacíamos pública nuestra relación, los paparazzi no nos dejarían en paz. Acepté. Nos casamos en una ceremonia íntima en Valle de Bravo, solo con nuestras familias.
CAPÍTULO 2: Una Vida Doble
Durante tres años, vivimos una doble vida perfecta. Para el mundo, yo seguía siendo Mariana, la freelance que a veces llegaba en Uber a las reuniones. En privado, vivíamos en una burbuja de comodidad y amor, pero siempre bajo perfil. Daniel odiaba la ostentación. Decía que el dinero hace ruido, pero la riqueza susurra.
Todo funcionaba de maravilla hasta el martes pasado.
Llegué a nuestro departamento y encontré un sobre grueso, color crema, con letras doradas en relieve.
“Una Velada de Moda y Lujo – Anfitriona: Vivian Cross. Marca: Lujo Carmesí”.
El lugar: Un penthouse exclusivo en Lomas de Chapultepec.
Me quedé mirando la invitación por horas. ¿Cómo había llegado a mí? Quizás alguien vio mi portafolio de diseño en línea, o tal vez fue un error del correo. Parte de mí sentía curiosidad. Había evitado el mundo de Daniel por tres años, ese mundo de galas benéficas y cenas de negocios. ¿Me estaba perdiendo de algo? ¿Era hora de salir de mi zona de confort?
Daniel estaba de viaje de negocios en Monterrey y regresaría justo esa noche, así que no pude consultarlo. Decidí ir. Quería ver, solo por una noche, cómo era ese otro lado de la moneda.
CAPÍTULO 3: La Oveja Negra en Las Lomas
La invitación color crema seguía sobre la mesa de centro de mi sala, brillando bajo la luz de la lámpara como si tuviera vida propia. Las letras doradas en relieve, “Una Velada de Moda y Lujo – Anfitriona: Vivian Cross”, parecían burlarse de mí. Llevaba dos horas mirándola, caminando de un lado a otro de mi departamento con una taza de té que ya se había enfriado hace mucho.
Daniel no estaba. Había volado a Monterrey esa misma mañana para cerrar una negociación importante con una armadora de autos y no regresaría hasta la noche, probablemente directo al evento si es que decidía ir, aunque lo dudaba. Él odiaba estas cosas. “Feria de vanidades”, solía llamarlas mientras rodaba los ojos. Pero yo… yo sentía una curiosidad que me picaba en la piel. Durante tres años había respetado escrupulosamente los límites de nuestro acuerdo: cero prensa, cero eventos públicos, cero exposición. Pero esa tarjeta no había llegado a la oficina de Daniel; había llegado a nuestra casa, con mi nombre: Mariana.
—Solo es una fiesta, Mariana. No es un juicio final —me dije en voz alta, intentando convencerme.
Mi voz resonó en el silencio del departamento. Me acerqué a la ventana y miré las luces de la ciudad. Una parte de mí, esa parte rebelde que nunca se había sentido cómoda siendo “la esposa secreta”, quería ver de qué se trataba ese mundo que mi marido despreciaba pero dominaba. Quería ver si encajaba. O tal vez, solo quería demostrarme a mí misma que podía estar en una habitación llena de millonarios sin sentirme menos.
Tomé la decisión con un suspiro tembloroso. Iría.
El problema real comenzó cinco minutos después, frente a mi clóset abierto de par en par. Lo que para cualquier mujer normal sería un guardarropa decente, funcional y hasta bonito, de repente me pareció una colección de trapos viejos e inadecuados. Pasé las manos por las perchas, descartando opciones con una velocidad desesperada.
—Muy oficina… muy casual… este tiene una mancha de vino de la Navidad pasada… muy corto… —murmuraba, tirando prendas sobre la cama.
Mi ropa era de marcas accesibles: Zara, Mango, algunas piezas bonitas de H&M y un par de tesoros encontrados en bazares de la Roma. Pero no tenía nada que gritara “lujo”. No había seda italiana, ni cortes de diseñador parisino, ni esa calidad de tela que parece pesar y flotar al mismo tiempo. Me probé un vestido negro, pero me hacía ver como si fuera a un funeral. Me probé uno rojo, pero la tela sintética brillaba de una forma barata bajo la luz del espejo.
Me senté al borde de la cama, rodeada de ropa, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a picar en mis ojos. ¿Qué estaba pensando? Yo no pertenecía a ese mundo. Ellos olerían mi “normalidad” desde la entrada. Estaba a punto de cancelar el Uber y ponerme la pijama cuando vi, asomando tímidamente al fondo del armario, la tela blanca de algodón y lino.
Lo saqué. Era un vestido midi, de corte sencillo, con tirantes finos y una caída suave que favorecía mi figura sin ser vulgar. Lo había comprado hacía un mes en una pequeña boutique de diseño independiente en la Condesa, apoyando a una diseñadora local. Me había costado unos 800 pesos, una ganga para la calidad que tenía, o al menos eso pensaba yo.
Me lo puse. La tela fresca se sentía bien contra mi piel. Me miré al espejo y, por primera vez en la última hora, me reconocí. No parecía una millonaria, no. Parecía yo. Mariana. Limpia, sencilla, digna.
—Es suficiente —declaré al reflejo, alzando la barbilla—. Si no les gusta, es su problema.
Combiné el vestido con unas sandalias color nude, básicas pero cómodas, y unos aretes de plata pequeños que mi madre me había regalado cuando me gradué de la universidad. Me recogí el cabello en un chongo bajo, un poco despeinado a propósito para darle un toque “chic”, o al menos eso esperaba. Me puse un poco de rímel, un labial discreto y pedí el Uber.
El viaje hacia Lomas de Chapultepec fue una transición lenta y dolorosa entre dos realidades. A medida que el auto subía por Paseo de la Reforma y nos adentrábamos en las calles arboladas y exclusivas de Las Lomas, el paisaje urbano cambiaba. Las tiendas de conveniencia y los puestos de tacos desaparecían, reemplazados por muros altos cubiertos de enredaderas, cámaras de seguridad en cada esquina y casetas de vigilancia privada.
Mi conductor, un señor amable que escuchaba noticias en la radio, rompió el silencio.
—Va a una fiesta elegante, ¿eh, señorita? Esta zona es de puro machuchón.
Sonreí nerviosamente desde el asiento trasero.
—Algo así. Es un evento de trabajo —mentí. No quería explicarle que iba a meterme en la boca del lobo.
Cuando llegamos a la dirección, sentí el primer golpe de realidad. La entrada del edificio era imponente, una torre de cristal y acero que desafiaba la gravedad. Pero lo peor no fue el edificio, sino la fila de autos. Delante de mi modesto Uber Versa gris, había un desfile de maquinaria europea: un Ferrari rojo, dos camionetas Mercedes negras blindadas con escoltas, un Porsche convertible.
—Uy, señorita, creo que mejor la dejo aquí adelantito para no estorbarles a estos —dijo el conductor, intimidado por los valets que corrían abriendo puertas de autos que costaban más que su casa entera.
—Está bien, aquí está perfecto. Gracias.
Bajé del auto sintiendo cómo las miradas de los valets se clavaban en mí. No con admiración, sino con confusión. Era la única persona que llegaba en un auto “común” y que no traía chofer. Enderecé la espalda, ajusté la correa de mi bolso —que afortunadamente era pequeño y discreto— y caminé hacia la entrada de cristal.
El lobby olía a dinero. Literalmente. Una mezcla de aire acondicionado helado, cuero caro y un perfume ambiental a base de maderas finas y lirios frescos. El guardia de seguridad, un hombre corpulento de traje negro, me detuvo antes de que pudiera llegar a los elevadores.
—¿Señorita? La entrada de servicio es por el sótano dos. Proveedores y catering, por favor usen el montacargas.
La frase me golpeó en el estómago como un puñetazo físico. Sentí que la sangre se me subía a las mejillas, caliente y punzante. Asumió, sin siquiera dudarlo, que yo estaba allí para servir, no para asistir.
—Soy invitada —dije, tratando de que mi voz no temblara. Saqué la invitación color crema de mi bolso y se la extendí—. Mariana… Harrison.
Casi digo mi apellido de soltera, pero me corregí al último segundo. Aunque usaba mi apellido de soltera profesionalmente, en situaciones legales o formales, era Harrison.
El guardia tomó la tarjeta, la miró, me miró a mí de arriba a abajo escaneando mis sandalias y mi vestido de lino, y luego volvió a mirar la tarjeta. Parecía buscar una señal de que fuera falsa. Finalmente, a regañadientes, asintió y desbloqueó el acceso a los elevadores.
—Piso PH. El último botón. Disfrute la velada.
Su tono dejaba claro que no creía que yo fuera a disfrutar nada.
El viaje en el elevador fue solitario y vertiginoso. Mis oídos se taparon por la altura. Cuando las puertas de acero pulido se abrieron en el Penthouse, el ruido me golpeó de frente. No era un ruido estridente, sino ese murmullo constante y zumbante de cincuenta conversaciones simultáneas, mezclado con música jazz suave y el tintineo de cristal fino.
Di un paso adelante y me quedé sin aliento. El lugar era espectacular, obscenamente hermoso. Ventanales de seis metros de altura ofrecían una panorámica de 360 grados de la Ciudad de México nocturna. Las luces de la ciudad parecían un mar de estrellas a nuestros pies. El piso era de mármol blanco inmaculado, tan brillante que reflejaba las siluetas de los invitados como un espejo de agua.
Pero en cuanto aparté la vista de la arquitectura y me enfoqué en la gente, el pánico real se instaló en mi pecho.
Estaba rodeada de pavoreales humanos. Las mujeres llevaban vestidos de gala que parecían sacados directamente de las pasarelas de París o Milán: sedas, lentejuelas, plumas, escotes vertiginosos. Los hombres lucían impecables en trajes a medida, con relojes que brillaban bajo los candelabros de cristal.
Caminé lentamente hacia el interior, aceptando una copa de champán que un mesero me ofreció con una bandeja de plata. La copa estaba fría, y me aferré a ella como si fuera un salvavidas.
Intenté mezclarme, volverme invisible. Me acerqué a un grupo de mujeres que reían cerca de una escultura moderna, fingiendo admirar la obra de arte para escuchar de qué hablaban.
—…y entonces le dije a Roberto que ni loca me subía a un vuelo comercial, aunque fuera primera clase. O sea, ¿qué tal si me contagio de algo? El jet privado es la única forma de viajar a Aspen en temporada alta —decía una mujer rubia con un collar de esmeraldas que parecía pesar medio kilo.
—Totalmente, amiga. Por cierto, ¿ya viste a Carla? Se operó la nariz otra vez. Le quedó fatal, pobrecita. Se ve súper artificial —respondió otra, mientras sorbía su bebida con desdén.
—Bueno, pero con ese marido que tiene, necesita toda la ayuda posible para retenerlo, ¿no crees?
Me alejé discretamente, sintiendo una náusea repentina que no tenía nada que ver con el champán. La superficialidad de la conversación era tan densa que casi se podía masticar. No hablaban de nada real. Todo era estatus, posesiones, críticas y veneno disfrazado de preocupación.
Seguí deambulando, sintiéndome como una intrusa, una espía en territorio enemigo. Mis sandalias hacían un sonido suave, casi inaudible, sobre el mármol, en contraste con el tac-tac-tac autoritario de los tacones de aguja de las demás invitadas. Cada vez que cruzaba la mirada con alguien, sus ojos hacían el mismo recorrido: de mi cara a mi vestido, de mi vestido a mis zapatos, y luego una mueca de desinterés total. Era como si, al ver que no llevaba marcas, me volvieran transparente. No existía para ellos. No era nadie importante, por lo tanto, no valía la pena ni un saludo.
Llegué a la zona de exhibición de la marca Crimson Luxury. Tengo que admitir que el montaje era impresionante. Maniquíes dorados lucían las prendas de la nueva colección de Vivian Cross. Me detuve frente a un blazer estructurado de terciopelo azul noche con bordados en hilo de plata. Como diseñadora, podía apreciar el trabajo. Las costuras eran perfectas, el corte era magistral.
—Es hermoso —murmuré para mí misma, estirando la mano instintivamente para sentir la textura de la tela.
—Por favor, no tocar si no va a comprar —dijo una voz seca a mi lado.
Retiré la mano como si me hubiera quemado. Una asistente de ventas, vestida completamente de negro y con una tablet en la mano, me miraba con severidad.
—Lo siento —murmuré.
—El precio está en la etiqueta —dijo ella, señalando con la barbilla antes de darse la vuelta para atender a una señora que llevaba un bolso Louis Vuitton.
Movida por una curiosidad masoquista, busqué la etiqueta pequeña que colgaba de la manga. Le di la vuelta.
$85,000 MXN.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Ochenta y cinco mil pesos por un saco. Eso era más de lo que yo ganaba en cuatro meses de proyectos freelance buenos. Miré a mi alrededor. La gente tomaba las prendas, se las probaba por encima, reía y pedía “dos en diferente color” como si estuvieran comprando chicles en la tienda de la esquina.
La brecha económica entre ellos y yo no era un abismo; era una galaxia entera. Y aunque estaba casada con un hombre que podría comprar todo ese edificio sin pestañear, en ese momento, parada allí con mi vestido de 800 pesos, nunca me había sentido más pobre.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —pensé, sintiendo el impulso urgente de correr hacia el elevador, bajar al lobby, pedir otro Uber y refugiarme en mi sofá con mi pijama vieja—. Esto fue un error. Un estúpido error de ego.
Estaba a punto de dar media vuelta y huir, aceptando mi derrota, cuando escuché esa voz. Una voz que goteaba arrogancia y que cortó el aire como un cuchillo de hielo.
—¡Vivian! ¡Querida, el evento es un éxito absoluto! —exclamó alguien.
—Por supuesto que lo es —respondió otra voz, más profunda, más controlada, pero con un matiz metálico que me erizó la piel—. Aunque, debo admitir, estoy un poco decepcionada con la… calidad de algunos elementos que se colaron esta noche.
Me giré lentamente. Y ahí estaba ella. Vivian Cross. No me había visto aún, pero su presencia llenaba la habitación. Y supe, con un instinto visceral que me revolvió el estómago, que mi noche estaba a punto de empeorar drásticamente. La “oveja negra” había sido detectada por el lobo.
CAPÍTULO 4: El Primer Ataque
Fue entonces cuando la vi realmente. No solo como una figura lejana en el centro del salón, sino como el agujero negro gravitacional que absorbía toda la energía del lugar. Vivian Cross era imposible de ignorar, y ella lo sabía. De hecho, diseñaba su existencia entera para asegurarse de que nadie pudiera apartar la mirada.
Estaba parada bajo el candelabro principal de cristal de Baccarat, cuya luz se fragmentaba en mil arcoíris que parecían bailar exclusivamente para ella. Era alta, escultural, con una postura tan rígida y perfecta que parecía dolorosa. Su cabello plateado no era señal de vejez, sino de un estatus intocable, cortado en un bob asimétrico tan afilado que temí que pudiera cortar el aire mismo.
Llevaba un vestido color borgoña de terciopelo y seda, una pieza arquitectónica que abrazaba su cuerpo y luego caía en una cascada dramática. Pero lo que realmente intimidaba eran sus ojos. Eran grises, del color del acero frío o de un cielo de tormenta antes de que caiga el granizo. Y en ese momento, esos ojos estaban escaneando el salón como un depredador busca al miembro más débil de la manada.
A su alrededor orbitaba un grupo de aduladores. Hombres de negocios con risas forzadas y mujeres que asentían con la cabeza tan rápido que parecían muñecos de resorte. Todos reían cuando ella reía, callaban cuando ella hablaba. Era una corte real moderna, y Vivian era la reina indiscutible.
—Es impresionante, ¿verdad? —escuché que alguien susurraba cerca de mí—. Dicen que despide a sus asistentes si no la miran a los ojos cuando habla, o si la miran demasiado. Es una genio, pero está loca.
Traté de hacerme pequeña, girando mi cuerpo hacia una vitrina que exhibía bolsos de mano incrustados con cristales Swarovski. Mi instinto de supervivencia me gritaba que me mantuviera fuera de su radar. Si lograba ver la colección, tomar otra copa de champán y salir de ahí en veinte minutos, podría decir que asistí y volver a mi vida segura.
Pero el destino, o más bien la crueldad calculada de la alta sociedad, tenía otros planes.
Mientras fingía estar fascinada por un bolso clutch minúsculo (que costaba lo mismo que un auto compacto), sentí una presencia a mi lado. No era Vivian, no todavía. Era su vanguardia. Su primera línea de defensa.
Una mujer de unos cuarenta años se materializó a mi izquierda. Llevaba un blazer color crema impecable, pantalones de lino a juego y tantos accesorios dorados que tintineaba suavemente al moverse. Su cabello rubio estaba peinado en ondas perfectas y su rostro estaba congelado en una expresión de amabilidad plástica, cortesía del exceso de bótox.
—Disculpa, querida —dijo. Su voz era aguda, empalagosa, goteando una dulzura falsa que me revolvió el estómago.
Me giré, aliviada de que alguien me hablara. Pensé, ingenuamente, que quizás era una persona amable intentando socializar.
—Hola —respondí, esbozando mi mejor sonrisa—. Buenas noches.
La mujer no me devolvió la sonrisa. Sus ojos, delineados con precisión quirúrgica, bajaron lentamente. Recorrieron mi cuello desnudo (sin collar de diamantes), mi vestido de algodón (sin etiqueta de diseñador), mis manos (sin anillos de compromiso de cinco quilates) y terminaron en mis sandalias. Hizo una pausa dramática en mis pies, como si hubiera encontrado algo sucio en su alfombra persa. Luego, volvió a subir la mirada a mis ojos, y la sonrisa plástica se ensanchó, volviéndose depredadora.
—¿Estás perdida, corazón? —preguntó, inclinando la cabeza ligeramente—. ¿Estás buscando a alguien del equipo de organización?
Parpadeé, confundida.
—No, yo… solo estaba viendo los bolsos. Son hermosos.
Ella soltó una risita suave, como si hubiera dicho algo adorablemente estúpido.
—Ay, qué linda. Pero creo que hay una confusión. Mira, la entrada para el personal de servicio y catering está por la parte de atrás, junto a la cocina. Si te apuras, todavía llegas a tiempo para que te den tu uniforme antes de que empiecen a servir los canapés calientes.
El mundo se detuvo por un segundo. Sentí cómo la sangre drenaba de mi cara para luego regresar de golpe, caliente y furiosa, encendiendo mis mejillas en un rojo violento. No fue un error inocente. Lo vi en sus ojos. Ella sabía perfectamente que yo no era mesera. No llevaba uniforme, llevaba un vestido de cóctel. Su comentario estaba diseñado meticulosamente para decirme: “Tu mejor ropa es lo que nosotros consideraríamos un uniforme de servicio”.
Me enderecé. Sentí un temblor en las manos y apreté la copa de champán con fuerza para controlarlo. Recordé a Daniel. Recordé cómo él trataba a todos, desde el CEO hasta el conserje, con el mismo respeto absoluto. Y recordé quién era yo. No era solo la esposa de un billonario; era Mariana, una profesional, una mujer honesta.
—Creo que te equivocas —dije, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz, a pesar del nudo en mi garganta—. No soy del catering. Soy una invitada.
La mujer arqueó una ceja perfectamente depilada, fingiendo una sorpresa exagerada.
—¿Invitada? —repitió la palabra como si fuera un concepto extranjero—. ¡Oh! Vaya… qué… sorpresa.
Me miró de nuevo, esta vez con desdén abierto, sin molestarse en ocultarlo.
—Bueno —continuó, arrastrando las vocales con ese acento “fresa” tan característico de cierta élite mexicana—, supongo que la lista de invitados se ha vuelto bastante… inclusiva últimamente. Qué generosa es Vivian al abrir las puertas a todo tipo de público.
Antes de que pudiera responder a ese insulto velado, la mujer ya se había dado la vuelta. Pero no se alejó lo suficiente. Se unió a un grupo de dos hombres y otra mujer a un metro de distancia. La vi inclinarse hacia ellos, susurrar algo detrás de su mano manicurada y señalarme discretamente con la cabeza. El grupo entero volteó a verme. Hubo risas contenidas. Risitas crueles, de esas que te hacen sentir de nuevo en la secundaria, sola en la cafetería.
Escuché fragmentos: “…declive total…”, “…de dónde salió…”, “…parece de tianguis…”
Sentí ganas de llorar. Era una presión física detrás de los ojos. La humillación es un sentimiento frío que te entra en los huesos. Quería dejar la copa en la mesa más cercana y correr hacia el elevador. Quería desaparecer. ¿Por qué había venido? Daniel tenía razón. Este mundo era tóxico.
Pero entonces, algo dentro de mí hizo clic. Tal vez fue el recuerdo de mi padre diciéndome que nunca bajara la cabeza ante nadie. O tal vez fue la injusticia de la situación. No había hecho nada malo. No era grosera, no estaba sucia, no era indigna. Solo tenía menos dinero visible que ellos.
—No —susurré para mí misma—. No me voy a ir. Si me voy ahora, les doy la razón.
Levanté la barbilla. Bebí un sorbo largo de champán, sintiendo las burbujas quemar mi garganta seca, y decidí seguir caminando. Iba a ver toda la maldita exposición. Iba a ver cada vestido, cada joya, y me iba a ir cuando yo quisiera.
Fue esa pequeña rebelión, ese momento de enderezar la espalda, lo que selló mi destino esa noche. Porque mi negativa a encogerme llamó la atención de la jefa final.
Vivian Cross se separó de su grupo. La vi por el rabillo del ojo. Se movía con una elegancia fluida, casi líquida. Su vestido borgoña se arrastraba suavemente por el mármol. No caminaba hacia mí; se deslizaba. Y a medida que avanzaba, el silencio caía a su alrededor. La gente se apartaba, abriendo un camino directo entre ella y yo.
El aire pareció volverse más denso. El aroma de su perfume —algo pesado, almizclado y floral, probablemente nardos y ámbar— llegó a mí antes que ella.
Se detuvo a medio metro de distancia. Demasiado cerca para ser cómodo, lo suficiente para invadir mi espacio personal. Era más alta que yo, gracias a unos tacones de aguja vertiginosos, así que tuvo que bajar la mirada para verme. Sus ojos grises eran gélidos, sin una pizca de calidez humana.
—No creo que nos hayan presentado —dijo. Su voz era suave, modulada, perfecta para la oratoria, pero tenía un filo metálico. No me tendió la mano. Simplemente se quedó allí, esperando, obligándome a hablar primero.
—Buenas noches —dije, extendiendo mi mano por cortesía, aunque sabía que era un error. Vivian miró mi mano extendida por un segundo eterno, como si fuera un pescado muerto, antes de tocarla brevemente con la punta de sus dedos fríos y retirarla de inmediato—. Soy Mariana. Gracias por organizar este evento, el lugar es espectacular.
Vivian no respondió al cumplido. Simplemente ladeó la cabeza, estudiándome como un científico estudia a un insecto bajo el microscopio.
—Mariana… —repitió, probando el nombre en su boca como si tuviera mal sabor—. Solo Mariana.
—Así es.
—Dime, Mariana —comenzó, cruzando los brazos sobre su pecho, haciendo brillar una pulsera de diamantes que podría alimentar a una familia por un año—. ¿Qué te trae a un evento de este calibre? Mi equipo de relaciones públicas suele ser muy… selectivo. ¿Eres periodista de moda? ¿Blogger?
La pregunta era una trampa. Estaba buscando una justificación para mi apariencia. Si era periodista, mi ropa sencilla podría perdonarse bajo la excusa de ser una “observadora intelectual”.
—No —respondí, manteniendo la voz firme—. Recibí una invitación a mi domicilio. Me interesa mucho la moda y quería ver tu nueva colección en persona.
Las cejas de Vivian, dibujadas a la perfección, se alzaron.
—¿Una invitación? Qué… curioso.
Dio un paso alrededor de mí, rodeándome lentamente. Me sentí como una presa siendo evaluada antes del sacrificio.
—¿Y a qué te dedicas, si no te importa que pregunte? Porque, verás, mis clientes suelen ser coleccionistas de arte, herederas, empresarias internacionales…
No quería decirlo. Sabía cómo sonaría. Pero no iba a mentir.
—Soy diseñadora gráfica. Trabajo de manera independiente.
—Ah —exclamó Vivian, deteniéndose frente a mí de nuevo. Una sonrisa torcida apareció en sus labios rojos—. Una freelance. Qué pintoresco.
La palabra “pintoresco” sonó como un insulto mortal.
—Bueno —continuó, elevando el volumen de su voz lo suficiente para que las personas cercanas, que ya estaban escuchando descaradamente, no perdieran detalle—, espero que estés encontrando la velada… educativa. Siempre es bueno que las personas aspiren a ver cosas bellas, aunque estén fuera de su alcance.
Sentí el golpe. Era directo.
—Las piezas son muy hermosas —dije, tratando de desviar el ataque hacia el arte—. Tienen un trabajo artesanal increíble.
—Sí, bueno —Vivian soltó una risa corta y seca—. El talento y la exclusividad van de la mano, querida. Pero debo advertirte, solo para que no te lleves una desilusión… o un susto. La mayoría de nuestras piezas “básicas” comienzan en los cinco mil dólares. Y eso es por los accesorios pequeños.
Señaló el vestido que llevaba un maniquí cercano.
—Ese de ahí, por ejemplo, cuesta ciento veinte mil pesos.
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio de nuevo, y susurró con una falsa confidencialidad que, paradójicamente, todo el mundo escuchó:
—Solo te lo digo para que sepas lo que estás mirando. No me gustaría que te sintieras incómoda al preguntar precios que… bueno, claramente no son para tu demografía.
La implicación era cristalina: Eres pobre. No puedes pagar esto. Estás manchando mi evento con tu pobreza.
La ira empezó a burbujear en mi pecho, caliente y violenta. No era vergüenza ya; era indignación. ¿Quién se creía esta mujer? ¿Quién le daba derecho a juzgar mi valor humano por la etiqueta de mi vestido? Estaba a punto de contestarle algo, algo que probablemente me hubiera hecho expulsar de inmediato, cuando vi movimiento al fondo del salón.
Detrás del hombro desnudo de Vivian, a través de la multitud de trajes y vestidos brillantes, vi una figura familiar cerca de una columna.
Estaba medio oculto por una planta decorativa enorme, con una copa de agua en la mano. Llevaba su traje gris carbón, el que usaba para las juntas aburridas de los martes, sin corbata, con la camisa blanca desabotonada en el cuello. Su rostro estaba serio, casi inexpresivo, pero sus ojos oscuros estaban fijos en mí.
Daniel.
Había llegado. Estaba ahí.
Nuestras miradas se cruzaron por un milisegundo. Vi cómo sus ojos se movieron hacia Vivian, y vi ese ligero tic en su mandíbula que solo aparecía cuando estaba furioso de verdad. Hizo un micro-movimiento para avanzar, para venir a rescatarme.
Pero yo le sostuve la mirada y negué imperceptiblemente con la cabeza. No todavía, le dije con los ojos. No me salves todavía. Puedo aguantar un poco más.
Vivian, al notar que yo no estaba mirando sus joyas sino algo detrás de ella, chasqueó los dedos frente a mi cara para recuperar mi atención.
—¡Hola! ¿Sigues aquí? —dijo con impaciencia—. Te estaba hablando de estándares, querida. Algo que parece que necesitas aprender urgentemente.
Respiré hondo. Daniel estaba aquí. Él sabía quién era yo. Eso era lo único que importaba. Volví a mirar a Vivian a los ojos, y esta vez, no sentí miedo. Sentí lástima.
—Te escucho perfectamente, Vivian —dije, y mi voz sonó más fuerte esta vez—. Pero creo que confundes el precio con el valor. Son cosas muy diferentes.
La sonrisa de Vivian desapareció. Sus ojos se entrecerraron. El juego había terminado. Ahora, era la guerra. Y ella no estaba acostumbrada a que nadie, mucho menos una “nadie” en un vestido de algodón, le respondiera.
—¿Disculpa? —siseó ella, y la multitud a nuestro alrededor contuvo el aliento—. ¿Te atreves a darme lecciones de valor a mí, en mi propio evento?
Oh, sí. La tormenta acababa de estallar.
CAPÍTULO 5: El Juicio Público
El silencio que siguió a mi respuesta fue absoluto, pesado y casi asfixiante. Era ese tipo de silencio que precede a una explosión, donde el aire se carga de estática y los vellos de la nuca se erizan por instinto de supervivencia. Al decirle a Vivian Cross que confundía “precio” con “valor”, había cometido el pecado capital en su templo del materialismo: la había desafiado intelectualmente frente a sus fieles.
Vivian no parpadeó. Sus ojos grises se oscurecieron, perdiendo ese brillo de burla superficial para dar paso a una frialdad calculadora, mucho más peligrosa.
—Qué adorable —dijo finalmente. Su voz bajó una octava, volviéndose suave, casi íntima, lo cual la hacía mucho más aterradora—. Una filósofa de barrio. Qué refrescante.
Se giró hacia el grupo de personas que nos rodeaba, que para este punto ya no disimulaban su interés. Habían formado un semicírculo perfecto, como espectadores en un coliseo romano esperando ver a los leones devorar al cristiano. Vi cómo varios sacaban sus teléfonos celulares. Las pantallas brillantes se alzaron como luciérnagas tecnológicas, listas para documentar mi destrucción.
—Saben —continuó Vivian, dirigiéndose a su audiencia y dándome la espalda momentáneamente, como si yo fuera un objeto inanimado que ya había analizado—, lo curioso de la “exclusividad” es que es un concepto muy frágil. Se basa en la confianza. Mis clientes confían en que, cuando vienen a un evento de Crimson Luxury, estarán rodeados de sus pares. De gente que entiende el lenguaje del refinamiento.
Volvió a girarse hacia mí con un movimiento brusco, haciendo que la seda de su vestido latigueara el aire.
—Y tú, querida, eres como una nota discordante en una sinfonía perfecta. Me pregunto… —Dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio personal de nuevo—. ¿Cómo entraste aquí realmente? Porque soy una mujer muy meticulosa. Reviso cada nombre. Y definitivamente no recuerdo haber aprobado una invitación para… —hizo un gesto vago con la mano hacia mi cuerpo— …esto.
Mi estómago se revolvió. Estaba cuestionando mi honestidad. Estaba llamándome colada, intrusa, mentirosa.
—Tengo una invitación —repetí, odiando cómo mi voz tembló ligeramente al principio antes de encontrar firmeza—. Llegó a mi casa la semana pasada.
—¿Ah, sí? —Vivian arqueó una ceja, incrédula—. Pues me encantaría verla. Ahora mismo.
El desafío estaba lanzado. Si no la mostraba, era una mentirosa. Si la mostraba, me sometía a su juicio. Pero no tenía opción. Con manos que sentía torpes y sudorosas, abrí el broche de mi pequeño bolso cruzado. El sonido del clic metálico pareció resonar como un disparo en el salón silencioso.
Busqué dentro, apartando mi celular y mi labial económico, hasta que mis dedos tocaron la cartulina gruesa y texturizada. La saqué lentamente. Era una invitación legítima, color crema, con las letras doradas brillando bajo la luz de los candelabros.
—Aquí está —dije, extendiéndola hacia ella.
Vivian no la tomó de inmediato. Dejó mi mano extendida en el aire durante unos segundos eternos, obligándome a sostener el gesto, haciéndome sentir como una sirvienta ofreciendo una carta a la reina. Finalmente, con un suspiro de aburrimiento teatral, la tomó con la punta de sus dedos, cuidando de no tocar mi piel.
La examinó con una lentitud exasperante. La levantó hacia la luz, revisó el grosor del papel, pasó la uña por el relieve dorado. Parecía estar buscando desesperadamente una señal de falsificación, una mancha de tinta, un error ortográfico, cualquier cosa que le permitiera llamar a seguridad y arrastrarme fuera de allí.
El murmullo de la multitud creció.
—Seguro es falsa —susurró un hombre con esmoquin a mi izquierda.
—O se la robó a alguien —contestó su acompañante—. Mira cómo viste. No hay forma de que esté en la base de datos de Vivian.
Mis mejillas ardían. Quería gritarles. Quería decirles que mi esposo podía comprar este edificio y convertirlo en un estacionamiento si quisiera. Pero miré de reojo hacia la esquina donde estaba Daniel. Él había dado un paso al frente, saliendo de la sombra de la planta decorativa. Sus puños estaban cerrados a los costados, los nudillos blancos por la presión. Estaba listo. Solo necesitaba una señal mía. Una mirada de súplica y él acabaría con esto.
Pero el orgullo es una fuerza poderosa. No quería ser salvada todavía. No quería que dijeran: “Ah, claro, está aquí por el hombre rico”. Quería que mi derecho a estar ahí fuera válido por mí misma. Así que volví a mirar a Daniel y negué imperceptiblemente con la cabeza. Aguanta, le pedí mentalmente.
Vivian bajó la invitación. Parecía decepcionada al no encontrar fallas obvias.
—Vaya —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Parece auténtica.
Me devolvió la tarjeta con un movimiento despectivo de la muñeca, casi tirándola al suelo, obligándome a reaccionar rápido para atraparla antes de que cayera.
—Qué misterio tan fascinante —prosiguió Vivian, volviéndose hacia la multitud con los brazos abiertos—. Damas y caballeros, parece que tenemos un pequeño rompecabezas. La invitación es real. Lo cual solo nos deja una explicación lógica.
Hizo una pausa dramática, asegurándose de que cada cámara de celular estuviera enfocada en su rostro.
—Un error administrativo —declaró—. A veces, cuando compramos bases de datos para ampliar nuestro alcance de marketing, ocurren estos… deslices. El sistema envía correos automáticos a zonas, digamos, en desarrollo. A códigos postales que no se alinean con la demografía de Crimson Luxury.
La humillación me golpeó como una ola física. No solo me estaba insultando a mí; estaba insultando mi hogar, mi origen. Estaba diciendo que mi presencia allí era un “error del sistema”, un fallo en la Matrix de su mundo perfecto.
—No fue un error —dije, y mi voz sonó sorprendentemente fuerte en el salón—. Vivo en una zona perfectamente buena. Y pertenezco aquí tanto como cualquiera de estas personas.
La máscara de cortesía de Vivian se rompió por completo. La diversión desapareció de su rostro, reemplazada por una ira pura y dura. Dio dos pasos rápidos hacia mí, cerrando la distancia hasta que pude oler el alcohol de su champán y la menta de su aliento.
—¿Perteneces? —preguntó, escupiendo la palabra con veneno—. ¿De verdad crees eso? Mírate, niña. Mírate bien.
Me señaló de pies a cabeza con un dedo acusador, invitando a todos a unirse a la inspección.
—Estamos en un evento donde el código de vestimenta es “Gala Vanguardista”. Y tú vienes vestida con… ¿qué es eso? ¿Algodón? —Agarró un pliegue de mi falda entre sus dedos y lo soltó con asco—. Es un trapo de treinta dólares de alguna cadena de moda rápida. Probablemente lo cosieron en un sótano y lo vendieron en rebaja.
—Es de una diseñadora independiente mexicana —repliqué, defendiendo mi elección, aunque sentía las lágrimas picando detrás de mis ojos.
—¡Ah, claro! “Independiente” es la palabra clave para “amateur” y “barato” —se burló ella, provocando risas crueles en la multitud—. Y esos zapatos… Dios mío, ¿son sandalias de playa? ¿Pensaste que venías a un picnic en Chapultepec?
Cada crítica era una estocada. Sentía cómo la gente me desnudaba con la mirada, juzgando cada centímetro de mi ser. Me sentía sucia, inadecuada, pequeña.
—Y ni hablemos de la joyería —continuó Vivian, implacable. Se acercó a mi rostro y miró mis pequeños aretes de plata—. Plata genérica. Sin gemas. Sin diseño. He visto mejores piezas en las tiendas de regalos del aeropuerto.
—Tienen valor sentimental —susurré, tocando instintivamente uno de los aretes.
Vivian soltó una carcajada estridente, un sonido agudo que rebotó en las paredes de mármol.
—¡Valor sentimental! —gritó a la multitud—. ¡Escuchen eso! Ella trae “valor sentimental” a un evento de alta costura. Querida, en este mundo, el sentimiento no paga las facturas y definitivamente no compra el buen gusto.
El círculo de gente se había cerrado más. Me sentía atrapada. Las luces de los flashes de los celulares me cegaban intermitentemente. Podía escuchar los comentarios susurrados:
—Qué vergüenza…
—¿Por qué no se va?
—Pobre chica, Vivian la está destrozando.
—Se lo merece por venir así.
Vivian se estaba alimentando de la energía de la sala. Se sentía poderosa, validada por la crueldad colectiva.
—El problema con gente como tú —dijo, bajando la voz de nuevo a un tono profesoral, como si me estuviera dando una lección de vida—, es que creen que la democracia se aplica a todo. Creen que porque tienen una invitación, tienen el derecho de estar aquí. Pero el lujo no es democrático, Mariana. El lujo es elitista por definición. Es excluyente. Se trata de mantener fuera a la gente que no entiende, a la gente que no puede, a la gente… ordinaria.
Me miró directo a los ojos, y vi el vacío en su alma.
—Y tú eres extraordinariamente ordinaria. Eres una mancha gris en mi lienzo colorido. Estás arruinando la estética de mi noche, estás incomodando a mis invitados reales y, francamente, estás ofendiendo mi vista.
Miré hacia Daniel. Ya no estaba quieto. Había empezado a moverse a través de la multitud. No corría, pero caminaba con una determinación depredadora. La gente se apartaba instintivamente a su paso, aunque no sabían quién era; simplemente sentían la energía oscura que emanaba de él. Vi sus ojos fijos en Vivian, y supe que estaba calculando exactamente cómo destruirla.
Pero Vivian no lo vio. Estaba demasiado ocupada disfrutando de su triunfo sobre mí.
—Creo que ya ha sido suficiente espectáculo —dije, mi voz temblando por el esfuerzo de no llorar. La dignidad era lo único que me quedaba, y me aferraba a ella con uñas y dientes—. Claramente, este no es un lugar donde se valoren a las personas por lo que son, sino por lo que tienen puesto. Y sinceramente, Vivian, me das lástima. Debes ser muy insegura para necesitar humillar a alguien para sentirte poderosa.
El salón contuvo el aliento colectivamente. Hubo un “Ooh” ahogado. Nadie le hablaba así a Vivian Cross. Nadie.
El rostro de Vivian se transformó. La burla desapareció, reemplazada por una furia fría y rígida. Sus pómulos se tensaron y sus ojos se convirtieron en rendijas. Había tocado un nervio. Había dicho la verdad en voz alta.
—¿Lástima? —repitió ella en un susurro peligroso—. ¿Tú me tienes lástima a mí?
Caminó lentamente hacia una mesa alta cercana, donde los meseros habían dispuesto una elegante fila de vasos de cristal tallado llenos de agua mineral importada, adornados con rodajas de pepino y menta fresca.
—Creo que no has entendido nada —dijo, tomando uno de los vasos pesados. El hielo tintineó contra el cristal—. Necesitas una lección más clara sobre tu lugar en la cadena alimenticia. Necesitas que te limpien esa arrogancia barata.
Se giró hacia mí, con el vaso en la mano. La multitud retrocedió un paso, anticipando la violencia. El aire se detuvo. Mi corazón latía desbocado en mi garganta. Sabía lo que venía. Podía ver la intención en sus músculos tensos, en la forma en que apretaba el cristal.
Miré a Daniel. Estaba a solo cinco metros, pero la multitud era densa.
—Vivian, no te atrevas —advertí, pero mis palabras sonaron frágiles ante la amenaza inminente.
—Oh, me atrevo a todo —sonrió ella. Una sonrisa terrible, vacía de humanidad—. Porque yo soy la dueña de este mundo, y tú solo eres la basura que se metió por la puerta trasera.
Y con un movimiento fluido y violento, alzó el brazo. El líquido brilló bajo la luz del candelabro por una fracción de segundo, suspendido en el aire como una promesa de humillación total, antes de lanzarse hacia mí.