Capítulo 1: El rastro del traidor
La noche en la Ciudad de México siempre tiene un peso distinto en las alturas de los rascacielos. En el piso 50 del Corporativo Moretti, el silencio era tan pesado que se sentía en los huesos. Veinte de los expertos financieros más cotizados del país, hombres que cobraban en una hora lo que yo ganaba en tres meses, estaban derrotados. Llevaban setenta y dos horas encerrados, intentando descifrar cómo es que millones de pesos se estaban evaporando de las cuentas del “Imperio Moretti”.
La sala de juntas era un caos de tazas de café vacías de Starbucks, cajas de pizza y el olor agrio del sudor y la desesperación. Eran mentes brillantes, armadas con el software más sofisticado del mundo, y aun así, no podían ver lo que estaba frente a sus ojos.
Yo entré a las tres de la mañana con mi carrito de limpieza. Para ellos, yo era menos que el mobiliario. Mi nombre es Isabella Reyes. Soy una “invisible”. Alguien que vive en una pequeña habitación en una vecindad de Iztapalapa donde las paredes sudan humedad y el ruido de los camiones es la única música. Trabajo en tres lugares diferentes: mesera por la mañana, limpieza de casas los fines de semana y afanadora nocturna aquí. Todo para mantener a mi hermana Sophia, de 17 años, cuyo corazón está fallando y necesita una cirugía que cuesta más de lo que veré en toda mi vida.
Me detuve a trapear cerca de la gran pantalla que proyectaba gráficas complejas. Esos hombres hablaban de algoritmos y encriptaciones de alto nivel. Yo, que tuve que dejar la carrera de Finanzas en el tercer año porque la muerte de mi madre me dejó sepultada en deudas médicas, simplemente miré los números.
En menos de un minuto, mientras pasaba el trapo por la mesa de caoba, mis ojos conectaron los puntos. El dinero no se estaba “evaporando” por un hackeo; estaba fluyendo a través de un patrón de comportamiento humano, una debilidad que solo alguien que ha tenido que estirar cada peso reconoce: la avaricia perezosa. El traidor estaba usando códigos de transacciones idénticos cada día 15 de mes, camuflándolos como pagos de mantenimiento que nadie revisaba dos veces.
Tomé una nota adhesiva amarilla y, con un bolígrafo barato, escribí tres líneas rápidas que exponían la ruta del dinero. Lo dejé sobre el escritorio principal y seguí con mi labor. Lo que no sabía era que, desde la penumbra de la oficina privada, unos ojos grises me observaban con una intensidad depredadora. Vincent Moretti, el jefe del clan más poderoso y temido de la ciudad, estaba ahí, viéndome actuar.
Capítulo 2: El pacto con el monstruo
El sonido de unos zapatos de cuero italiano rompió mi ritmo. Eran pasos lentos, calculados. Un escalofrío me recorrió la espalda antes de que escuchara su voz.
—¿Quién te dio permiso de tocar mis cosas? —La voz de Vincent era como un susurro de muerte, fría, sin rastro de duda.
Me sobresalté tanto que la cubeta de agua jabonosa se volcó. El agua sucia se extendió rápidamente por el piso, empapando sus zapatos de diseñador. Me quedé petrificada. Vincent Moretti era un hombre cuya sola mención hacía que los políticos temblaran. Se decía que no tenía corazón, que su pecho era una bóveda de hielo y que nunca dejaba un cabo suelto.
—¡Perdón! ¡Lo siento tanto, señor! —me agaché desesperada, tratando de secar sus zapatos con mi trapo de limpieza—. No sabía que había alguien… yo solo…
Vincent se hizo a un lado con un movimiento fluido, pero su mirada no estaba en sus zapatos arruinados, sino en la nota amarilla.
—¿Qué es esto que escribiste? —preguntó, su tono ahora era de una calma aterradora.
Tragué saliva, sintiendo que el aire se me escapaba. Estaba en el despacho de un hombre que controlaba el destino de miles de personas y yo acababa de “corregir” sus finanzas.
—Solo… me pareció que los números estaban sucios, señor —dije, tratando de recuperar un poco de dignidad mientras me ponía de pie—. Es un defecto que tengo. Cuando veo suciedad, quiero limpiarla. Incluso si la suciedad está en una cuenta bancaria.
Vincent se acercó tanto que pude oler su perfume: maderas, tabaco caro y algo metálico que solo podía describir como peligro. Por primera vez en mi vida, alguien con tanto poder me miraba directamente a los ojos, no como a una empleada, sino como a un enigma.
—¿Crees que esto es un juego? —me preguntó, su sombra devorando mi pequeña figura.
—No, señor. Si revisa la cuenta que anoté ahí, la que termina en 3829, verá que su contador, el señor Rulfo, le ha estado robando dos millones cada trimestre desde hace dos años. Es metódico, pero predecible.
Vincent guardó silencio por un momento que pareció eterno. Luego, sacó su teléfono. —Marco, sube ahora mismo.
Dos minutos después, entró su mano derecha, un hombre cuya cicatriz en la mejilla contaba historias de batallas urbanas. Vincent le entregó mi nota. Marco se sentó frente a la computadora principal y sus dedos volaron sobre el teclado. El silencio en la sala era tan tenso que podía escuchar los latidos de mi propio corazón golpeando contra mis costillas.
—Jefe… ella tiene razón —dijo Marco con la voz ronca por el asombro—. El dinero está en una cuenta de prestanombres en las Bahamas. Rulfo nos traicionó.
La temperatura de la habitación pareció bajar diez grados. Vincent no gritó, no golpeó la mesa. Solo dijo tres palabras: —Encárgate de él.
Sabía que eso no significaba que lo iban a despedir. En el mundo de los Moretti, la traición se pagaba con la vida. Marco salió de la habitación, dejándome a solas con el hombre que toda la ciudad temía.
—Me acabas de ahorrar una fortuna —dijo Vincent, caminando hacia el ventanal que daba a Reforma—. ¿Quién eres?
—Soy Isabella Reyes, señor. Solo limpio pisos.
—No te pregunté tu oficio. Te pregunté quién eres —se giró y sus ojos grises parecieron leer cada uno de mis secretos.
En ese momento, decidí que no tenía nada que perder. Le conté mi historia: cómo mi padre fue asesinado en un asalto, cómo mi madre murió de cáncer dejándome con deudas impagables, y cómo mi hermana Sophia se estaba muriendo porque no tengo los 200 mil pesos que piden para su operación. Le hablé de “El Alacrán”, el prestamista de la colonia que me amenaza con llevarse a mi hermana si no le pago lo que le debo.
Vincent me escuchó sin interrumpir. Había algo en su expresión que se suavizó, apenas un fragmento de humanidad que nadie más parecía haber visto jamás.
—Mañana a las diez de la mañana te quiero en mi oficina —dijo con voz firme—. No quiero que vuelvas a tocar un trapeador en este edificio. A partir de ahora, vas a ser mi asesora especial. Te daré un sueldo diez veces mayor al que tienes, seguro médico completo para tu hermana y un departamento donde los ratones no sean tus únicos vecinos.
—¿Es una orden? —pregunté, desafiante a pesar del miedo.
Vincent dejó escapar una pequeña sonrisa, la primera que alguien en ese edificio veía en años.
—Es una invitación, Isabella. Pero sospecho que eres demasiado inteligente para decir que no.
Salí de ese edificio con las piernas temblando, dándome cuenta de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Entre el tiburón que me acechaba en mi barrio y el rey que me ofrecía un trono de cristal, había elegido al rey. Pero los reyes siempre cobran un precio, y yo aún no sabía cuál sería el mío.
Capítulo 3: El Trono de Cristal y las Serpientes
El trayecto de Iztapalapa a Paseo de la Reforma fue el más largo de mi vida. Mientras la combi se abría paso entre el tráfico, yo me miraba en un pequeño espejo roto, intentando convencerme de que pertenecía a ese nuevo mundo. El edificio de Moretti Holdings se alzaba como un monumento al poder, una torre de cristal que parecía querer perforar el cielo de la Ciudad de México.
Al entrar al lobby, el lujo me golpeó como una bofetada. El mármol blanco del piso estaba tan pulido que podía ver mi reflejo borroso. Los cuadros en las paredes seguramente valían más que toda la vecindad donde crecí. Me acerqué al mostrador de recepción, tratando de que no se notara que mis zapatos eran viejos.
—Tengo una cita con el señor Vincent Moretti a las diez —dije, forzando una seguridad que no sentía.
El guardia me miró de arriba abajo con un desprecio evidente. Para él, yo seguía siendo la afanadora que debía entrar por la puerta de servicio.
—¿Tú? ¿Con el jefe? —se burló—. Mejor date la vuelta antes de que llame a seguridad para que te saquen por revoltosa.
Iba a responder cuando el elevador privado se abrió y salió Marco Benedetti. El guardia se puso pálido y se cuadró de inmediato. Marco solo me asintió y me indicó que lo siguiera. En el elevador, el silencio era absoluto, roto solo por el pitido de los pisos subiendo a toda velocidad.
—Le causaste una buena impresión al jefe —dijo Marco con su voz ronca—. No cualquiera logra eso.
—No intentaba impresionar a nadie —respondí con sinceridad—. Solo dije la verdad sobre esos números.
Llegamos al último piso y las puertas se abrieron a un mundo que solo había visto en las películas. La oficina de Vincent era una fortaleza de cristal con una vista impresionante de toda la ciudad. Él estaba sentado detrás de un escritorio de nogal macizo, viéndose más letal que la noche anterior.
Me llevó a la sala de juntas contigua, donde diez personas vestidas con trajes de miles de dólares se pusieron de pie al verlo entrar. Vincent me señaló la silla justo a su derecha.
—Ella es Isabella Reyes —dijo, y su voz llenó la habitación como un trueno—. Fue la única que detectó el robo que todos sus expertos financieros ignoraron por tres años.
Una mujer de unos treinta años, con un traje rojo impecable y una mirada cargada de veneno, soltó una risa llena de odio. Era Giana Costa, la jefa de contabilidad.
—Con todo respeto, señor Moretti, pero es una afanadora —dijo Giana, mirándome como si fuera basura—. Yo misma la he visto trapeando los pasillos. ¿De verdad cree que alguien así tiene algo que enseñarnos a nosotros?.
Vincent no se inmutó. Simplemente me miró. —Explícales.
Caminé hacia la pantalla gigante donde estaban las gráficas financieras. Sabía que mi vida y la de Sophia dependían de lo que dijera en los próximos cinco minutos.
—No soy experta ni tengo un título del extranjero —comencé, sintiendo cómo el miedo se transformaba en adrenalina—. Pero sé cuándo alguien miente. El dinero es como el agua: siempre deja una marca de humedad si se sale del camino.
Les mostré el patrón. No era un hackeo brillante, era la flojera de un traidor que creía que nadie lo vigilaba. Les señalé cómo cada mes, en la misma fecha, se desviaba la misma cantidad exacta bajo un código de operación que nunca cambiaba. Cuando terminé, la sala se quedó en un silencio sepulcral. Incluso Giana no pudo decir nada; su cara estaba roja de la furia y la vergüenza.
Al final de la reunión, Vincent despidió a todos y me pidió que me quedara. Me ofreció el puesto de asesora especial, con un sueldo que me hizo marear y beneficios médicos que significaban la vida para mi hermana.
—Acepto —le dije, mirándolo directo a esos ojos grises—. Pero tengo una condición: no me des órdenes. No soy tu esclava ni tu súbdita. Si quieres mi talento, me tratarás con respeto.
Vincent se quedó mudo por un segundo. Luego, soltó una carcajada corta y genuina.
—Tenemos un trato, Reyes —sentenció.
Capítulo 4: El Precio de la Lealtad
Mi primera semana trabajando para los Moretti fue como caminar sobre un campo minado. Me dieron una oficina pequeña pero privada, justo al lado de la sala de conferencias. Marco se convirtió en mi guía, enseñándome quién era aliado y quién era enemigo en ese nido de víboras.
Trabajaba de ocho de la mañana a ocho de la noche, a veces más tarde, perdiéndome entre estados de cuenta y proyecciones fiscales. En solo tres días encontré dos debilidades más en el sistema que otros ejecutivos habían pasado por alto. Vincent leía cada uno de mis reportes con una atención que, según Marco, no le dedicaba a nadie más.
En casa, las cosas empezaban a cambiar. Ya no llegaba con las manos sangrando por los químicos de limpieza ni con los hombros caídos por el cansancio físico. Podía comprarle comida decente a Sophia y medicinas que antes eran un lujo inalcanzable.
Sin embargo, Giana Costa no se quedaba de brazos cruzados. Cada vez que me encontraba en el pasillo, me dedicaba una sonrisa que era más bien una amenaza.
—No te acostumbres demasiado a esa silla, Isabella —me susurró un día—. Las caídas desde tan alto suelen ser mortales.
Pero Giana no era mi única preocupación. “El Alacrán”, el prestamista que me tenía asfixiada, seguía enviándome mensajes. Me envió una foto de Sophia saliendo de la escuela con el texto: “El tiempo se acaba, Reyes. O pagas los 50 mil dólares o me cobro con tu hermanita”.
Esa noche, me quedé trabajando hasta tarde, intentando ignorar el terror que me carcomía. A las cuatro de la mañana, Vincent entró a mi oficina con dos tazas de café. Me sorprendió verlo despierto a esa hora.
—Trabajas demasiado —me dijo, sentándose frente a mí.
—Tú también —respondí, tomando un sorbo del café caliente.
Nos quedamos en silencio un largo rato, observando las luces de la ciudad. Fue entonces cuando vi al verdadero Vincent Moretti. No al jefe de la mafia, sino a un hombre cargado de cicatrices invisibles. Me confesó que no recordaba la última vez que había dormido una noche entera y que la soledad era el precio de su poder.
—La gente te tiene miedo —le dije suavemente—. Y el miedo es muy solitario. ¿Alguna vez hablas con alguien como un ser humano normal?.
Vincent me miró como si le hubiera dado un golpe bajo. Nadie se atrevía a cuestionar su soledad.
—Tengo a Marco —respondió finalmente.
—Marco es tu empleado. Lealtad no es lo mismo que conexión —le dije.
Él no supo qué contestar. En ese momento, sentí que algo se rompía entre nosotros: la barrera de jefe y empleada estaba desapareciendo para dar paso a algo más profundo y peligroso.
Lo que yo no sabía era que, mientras nosotros hablábamos, Vincent ya había puesto en marcha un plan para protegerme. Había ordenado a Marco investigar a “El Alacrán”. Dos días después, el prestamista desapareció. Sus oficinas fueron cerradas y nadie volvió a saber de él.
Cuando me enteré de que la amenaza contra Sophia se había esfumado, supe que Vincent Moretti era mi salvador, pero también mi perdición. Estaba en deuda con un monstruo, y en este mundo, todas las deudas se pagan con sangre o con el corazón.
Capítulo 5: El milagro a las tres de la mañana
El sueño siempre ha sido un lujo que no puedo permitirme, pero esa noche el agotamiento me venció por un par de horas. El silencio de nuestra pequeña habitación en Iztapalapa era absoluto, hasta que un golpe seco contra el suelo me hizo saltar de la cama. Sophia estaba en el piso, encogida, con una mano en el pecho y la otra extendida hacia mí.
—Hermana… no puedo… no puedo respirar —susurró, y el terror en sus ojos me heló la sangre.
Sus labios, usualmente pálidos, se estaban tornando de un azul violáceo. Cada inhalación era una batalla épica, un esfuerzo que hacía que sus costillas se marcaran contra su piel delgada. No sé cómo tuve la fuerza para cargarla, cómo mis dedos lograron marcar el número de la ambulancia sin fallar. Solo recuerdo el sonido de la sirena cortando la noche y el frío del hospital público al que nos llevaron porque era el único que cubría su seguro básico.
Pero la realidad en México es cruel para los que no tienen dinero. Los doctores me dijeron lo que ya temía: su condición cardiaca congénita había llegado a un punto de no retorno. Necesitaba una cirugía de altísima complejidad de inmediato, pero el hospital no tenía el equipo. Debían trasladarla a un centro privado de especialidades, uno de esos donde el suelo brilla más que mi futuro.
—El costo estimado, entre la cirugía, la unidad de cuidados intensivos y los medicamentos, supera los 200,000 dólares —me dijo el médico con una lástima que me dolió más que un insulto —. Requerimos un depósito de 50,000 por adelantado para iniciar el traslado.
Sentí que el mundo se abría bajo mis pies. Llevaba semanas trabajando para Vincent, ahorrando cada peso, pero solo tenía 20,000. Supliqué, rogué, me humillé ante los administrativos, pero las reglas eran muros de piedra. Me senté en una silla de plástico en el pasillo y, por primera vez en años, permití que el dique se rompiera. Lloré por mi madre, por mi padre y por la injusticia de que mi hermana muriera por falta de unos papeles con números impresos.
Entonces, sentí una presencia. Un aroma a tabaco caro y autoridad inundó el pasillo. Levanté la vista y vi a Vincent Moretti. No parecía el hombre impecable del corporativo; su abrigo estaba abierto y sus ojos grises reflejaban una preocupación que no intentaba ocultar.
—Marco me avisó —dijo en voz baja—. No te preocupes por el dinero, Isabella.
Lo vi caminar hacia el doctor. No escuché lo que dijeron, pero vi cómo la expresión del médico pasaba de la indiferencia al respeto absoluto, casi al miedo. Vincent no solo pagó el depósito; ordenó el traslado inmediato. En menos de una hora, un helicóptero médico aterrizó en la azotea y nos llevó al mejor hospital de la ciudad.
Durante las seis horas que Sophia estuvo en el quirófano, Vincent no se alejó ni un metro de mí. Se sentó a mi lado, un gigante de hierro protegiéndome del mundo. Cuando mis manos temblaban tanto que no podía sostener un vaso de agua, él las envolvió con las suyas. A las cuatro de la mañana, cuando el doctor salió para decirnos que la cirugía había sido un éxito y que Sophia estaba fuera de peligro, mi cuerpo simplemente cedió.
Me lancé a sus brazos y lloré de puro alivio. Sentí cómo sus brazos, los mismos que decían que habían apretado gatillos sin piedad, me sostenían con una delicadeza infinita, como si yo fuera algo precioso que pudiera romperse. En ese momento, en la penumbra del hospital, supe que estaba perdida: amaba al monstruo que me había devuelto la vida de mi hermana.
Capítulo 6: La sombra de la corona rusa
La recuperación de Sophia fue un milagro. Una semana después de la cirugía, ya estaba sentada en la cama, riendo y recuperando el color en sus mejillas. Yo regresé a Moretti Holdings con el corazón lleno de una gratitud que empezaba a transformarse en algo más profundo. Cada vez que veía a Vincent en el pasillo, mi pulso se aceleraba y el recuerdo de su hombro sosteniéndome en el hospital me quemaba la piel.
Pero en el mundo de la mafia, la felicidad es una tregua corta. El viernes por la tarde, mientras revisaba unos reportes en mi oficina, escuché el sonido de unos tacones que no pertenecían a ninguna empleada del edificio. Eran pasos seguros, arrogantes. Miré a través del cristal y vi a una mujer que parecía haber salido de la portada de una revista de alta costura.
Era rubia, con el cabello cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros descubiertos por un vestido rojo que gritaba poder. Sus ojos eran de un azul tan frío que hacían que los ojos grises de Vincent parecieran cálidos. Natasha Vulov no caminaba por el pasillo; era dueña del aire que respiraba. Vi con horror cómo Marco, el hombre que no le abría la puerta a nadie sin una orden, le permitía el paso a la oficina de Vincent con una inclinación de cabeza.
—¿Quién es ella? —le pregunté a una colega que miraba con la misma fascinación.
—Es Natasha Vulov —respondió Giana Costa, apareciendo detrás de mí con una sonrisa triunfal que disfrutaba mi dolor—. Es la hija del jefe de la mafia rusa. Ella y el señor Moretti han estado comprometidos desde que eran niños. Es un matrimonio pactado para unir a las dos familias más poderosas del continente. Se casan en unos meses.
El mundo se volvió borroso. A través del cristal, vi a Natasha sentarse frente a Vincent, inclinándose hacia él con una familiaridad íntima, tocando su mano con el derecho de quien sabe que le pertenece. Me sentí pequeña, ridícula en mis ropas sencillas, una afanadora que había cometido el error de creer en los cuentos de hadas.
Salí de la oficina casi corriendo, buscando aire. Me encerré en el cubo de las escaleras y dejé que el dolor me atravesara. Lo amaba. Amaba al hombre que me trajo café a las cuatro de la mañana, al hombre que escuchó mis sueños rotos y que salvó a mi hermana. Pero él ya tenía una reina, y su corona estaba forjada en alianzas de sangre que yo nunca podría igualar.
A partir de ese momento, decidí retirarme. Dejé de quedarme tarde, dejé de aceptar sus cenas y empecé a tratarlo con una frialdad profesional que me desgarraba por dentro. Vincent notó el cambio; veía la confusión y el dolor en sus ojos cada vez que yo evitaba su mirada, pero no podía hacer nada. Él era un prisionero de su propio imperio, atado a una mujer que no amaba por un deber que no podía ignorar.
—Tú la amas, jefe —le dijo Marco una noche mientras Vincent miraba por la ventana hacia donde yo solía estar—. Y ella se está muriendo por dentro porque cree que la has cambiado por la rusa.
Vincent no respondió, pero sus puños se apretaron hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Estábamos atrapados en un baile de lealtades y traiciones, sin saber que una tormenta mucho más oscura, liderada por su propio hermano y la envidia de Giana, estaba a punto de desatarse sobre nosotros.
Capítulo 7: Sombras en el estacionamiento
La distancia que puse entre Vincent y yo tras la llegada de la “princesa rusa” era un veneno que me consumía lentamente. Yo me obligaba a salir a las seis en punto, evitando las cenas nocturnas y las charlas sobre arquitectura que tanto nos habían unido. Pero mientras yo intentaba salvar mi corazón, Giana Costa estaba planeando cómo destruirme.
Giana no estaba sola. Se había aliado con Luca Moretti, el hermano menor de Vincent que vivía exiliado en México tras traicionar a la familia años atrás. Luca era el espejo oscuro de Vincent: tenía sus mismos rasgos, pero una mirada podrida por la envidia y la locura. Giana le dio todo lo necesario: los puntos ciegos de las cámaras, el horario de mis salidas y la ubicación del coche que Vincent me había regalado para que no tuviera que usar el transporte público.
El martes por la tarde, el aire en el estacionamiento subterráneo del corporativo se sentía inusualmente frío. Apenas puse la mano en la manija de mi coche, sentí una presencia detrás de mí. Una mano callosa y fuerte me tapó la boca antes de que pudiera gritar. Un pañuelo impregnado con un químico asfixiante me nubló la vista. Lo último que vi antes de que el mundo se apagara fue el reflejo de las luces de neón en el pavimento.
Desperté horas después, con un dolor de cabeza que sentía como si me estuvieran clavando agujas en las sienes. Estaba atada de pies y manos a una silla de madera en un sótano que olía a moho y humedad. Luca apareció frente a mí, rodeándome como un tiburón que ha olido sangre.
—Isabella, Isabella… mi hermano tiene gustos muy particulares —dijo con una voz que me hizo querer vomitar —. Necesito los códigos de las cuentas offshore y que me digas dónde está la caja fuerte que mi padre le heredó a Vincent.
—No sé de qué hablas —respondí, intentando que mi voz no temblara.
La respuesta de Luca fue un golpe seco con una barra de hierro en mi estómago. El aire se escapó de mis pulmones y sentí que la vida se me iba. Luego vino un golpe en las costillas y otro en la cara que me abrió el labio.
—¡Dímelo! —gritaba Luca, perdiendo los estribos.
Escupí sangre al piso y lo miré con el poco orgullo que me quedaba. Sabía que si hablaba, Vincent perdería su imperio, y si no hablaba, yo perdería mi vida. Elegí el silencio. Lo amaba tanto que incluso bajo tortura, su nombre era lo único que mantenía mi mente cuerda.
Capítulo 8: Un demonio buscando su luz
Vincent Moretti nunca ha sido un hombre de mucha paciencia, pero esa tarde, su instinto se encendió como una alarma de incendio. Cuando llamó por quinta vez y yo no contesté, supo que algo terrible había pasado; yo siempre contestaba por miedo a que fuera algo sobre Sophia.
En diez minutos, Marco ya tenía las grabaciones del estacionamiento. Vincent vio el video de mi secuestro y, según cuenta Marco, el edificio entero pareció temblar ante su furia. Pero no era solo ira; era miedo real, un sentimiento que Vincent no había sentido desde que vio a su padre morir en sus brazos.
—Encuéntrenla —ordenó con una voz que no era humana, sino la de un animal herido —. Si le pasa algo, voy a quemar cada rincón de esta ciudad.
Mientras sus hombres peinaban los bajos mundos de la CDMX y Querétaro, Vincent se quedó solo en su oficina, apoyado contra el ventanal. Marco lo encontró hincado, rezando con la frente pegada al cristal. El hombre que había matado sin que le temblara el pulso estaba suplicando por la vida de una ex-afanadora de Iztapalapa.
Gracias a un infiltrado, dieron con la bodega donde Luca me tenía cautiva. El ataque fue brutal. Vincent no esperó a sus hombres; él mismo tiró la puerta de un golpe y entró disparando como si no tuviera nada que perder. Cuando llegó a la habitación del fondo y me vio—rota, ensangrentada y atada—sus ojos grises se llenaron de lágrimas que nunca llegaron a caer.
Luca intentó usarme como escudo, apuntando una pistola a la sien de Vincent mientras gritaba sobre cómo siempre fue el hijo olvidado. Pero Vincent no dudó. En un movimiento que apenas vi, sacó su arma y le disparó a su propio hermano directo al pecho. Luca cayó sin vida, con la misma mirada de asombro que seguramente tuvo su padre al morir.
Vincent me cargó en sus brazos como si fuera lo más valioso del universo. Me llevó al hospital más caro de la ciudad, donde pasé tres días en cuidados intensivos. Cuando desperté, él estaba ahí, sin haberse bañado ni afeitado en días.
—Perdóname —susurró, cayendo de rodillas junto a mi cama de hospital —. Te amo, Isabella. Te amo desde que me desafiaste con ese trapo en la mano. No puedo perderte. He terminado mi compromiso con Natasha. Nada importa más que tú.
Lo toqué, sintiendo su barba rasposa, y por primera vez no tuve miedo del futuro. Le dije que lo amaba también, sellando un pacto que iba más allá de los negocios o la mafia. Sin embargo, la furia de una mujer despechada como Natasha Vulov estaba por estallar sobre nosotros, y esta vez, el campo de batalla sería nuestra propia felicidad.
Capítulo 9: Fuego en Nochebuena
La tregua que siguió al rescate de las garras de Luca fue solo la calma antes de la tempestad más grande que jamás vería la Ciudad de México. Vincent había tomado su decisión: me eligió a mí, una ex-afanadora de Iztapalapa, por encima de Natasha Vulov y la alianza con la mafia rusa. Pero la humillación de una mujer como Natasha no se paga con disculpas, se paga con sangre.
Natasha regresó a Nueva York llena de rabia y veneno. Le mintió a su padre, el zar de la mafia rusa, diciéndole que Vincent la había despreciado públicamente para poner a una “sirvienta” en su trono. Esa mentira fue la chispa que incendió el polvorín. Los rusos se aliaron con los restos del grupo de Luca, hombres que solo buscaban venganza.
Llegó diciembre y el ambiente en el Corporativo Moretti era de una falsa seguridad. Todos estaban enfocados en las fiestas, en las posadas y en cerrar el año. Pero mi instinto, ese que perfeccioné en las calles más duras de la CDMX, me decía que algo estaba mal. Una tarde, mientras revisaba los reportes financieros que ahora eran mi responsabilidad, noté un flujo de efectivo inusual. Pequeñas cantidades de dinero entrando desde Nueva York a cuentas fantasma en Chicago y México, divididas para no levantar sospechas.
—Natasha no se ha rendido —le dije a Vincent esa noche mientras compartíamos una cena tardía en su oficina. —Ella sabe que no tiene lugar aquí —respondió él, pero su mirada de acero me dijo que estaba alerta.
Gracias a mi descubrimiento, Marco pudo confirmar que un ataque masivo estaba planeado para la noche de Navidad, cuando la guardia de los Moretti estuviera baja. Pero Vincent Moretti no es de los que esperan a que el enemigo toque a su puerta.
La Nochebuena no hubo paz. Vincent lideró a sus hombres hacia una bodega en las afueras donde los rusos y los traidores se estaban concentrando. Yo no pude quedarme atrás; desobedecí sus órdenes y seguí a Marco, temiendo que esta fuera la última noche de Vincent.
El enfrentamiento fue un infierno de balas y metal. En medio del humo, Natasha apareció frente a mí. Sus ojos azules, antes gélidos, ahora estaban inyectados de una locura homicida. Levantó su arma con una sonrisa macabra. —Si no eres mía, no serás de nadie —gritó, pero no se refería a ella, sino al imperio que yo le había “quitado”.
Justo cuando su dedo apretaba el gatillo, Vincent surgió de la oscuridad como un ángel exterminador. Un solo disparo certero de su arma puso fin a la amenaza de Natasha. Ella cayó sin vida, y Vincent me jaló hacia su pecho mientras los últimos ecos de la batalla se apagaban. —Nadie te toca —me susurró al oído con una voz que temblaba de alivio—. Eres lo único real que tengo en este mundo.
Capítulo 10: El sueño restaurado
Con la muerte de Natasha y la expulsión definitiva de Giana Costa —quien fue desterrada de todo territorio Moretti por su traición—, el imperio finalmente conoció la paz. Pero la victoria más grande no ocurrió en una bodega, sino en un hospital. Un mes después de aquella Navidad sangrienta, Sophia entró a su cirugía definitiva.
Esta vez no hubo miedo. Vincent contrató a los mejores especialistas del mundo para que la operaran en el hospital más avanzado de México. Cuando el doctor salió y nos dijo que su corazón ahora funcionaba a la perfección, lloré en los brazos de Vincent, pero esta vez eran lágrimas de una felicidad que nunca creí merecer. Sophia viviría. Mi promesa a mi madre estaba cumplida.
Vincent decidió que el legado de su padre no podía seguir manchado de sangre. Bajo mi asesoría, comenzó a transformar sus negocios en empresas legítimas, abandonando las operaciones oscuras para que nuestros futuros hijos pudieran caminar por la calle sin guardaespaldas.
Tres meses después, Vincent me pidió que lo acompañara a Iztapalapa. Yo no quería volver, me dolía recordar la miseria. Pero al llegar a la calle de mi infancia, me quedé sin aliento. La vieja casa ruinosa donde viví con mi madre y Sophia había sido reconstruida piedra por piedra. Ya no había moho ni paredes cayéndose; era una casa hermosa, con un jardín lleno de cempasúchil y rosas.
—Quiero que recuperes tus sueños en el mismo lugar donde los perdiste —me dijo Vincent, arrodillándose en el césped fresco mientras abría una cajita con un diamante que brillaba más que las luces de la ciudad. —Isabella Reyes, ¿quieres ser mi esposa?
No pude hablar, solo asentí mientras él deslizaba el anillo en mi dedo. Nos casamos ahí mismo, en el patio de esa casa, en una ceremonia íntima. Sophia fue mi dama de honor, radiante y sana. Marco fue el padrino, y por primera vez vi al hombre de la cicatriz secarse una lágrima de alegría.
Cinco años han pasado desde ese día. Ahora me siento en mi oficina de la Fundación “Segunda Oportunidad”, una organización que Vincent y yo creamos para dar becas a jóvenes que, como yo, tuvieron que dejar sus estudios por falta de dinero.
La puerta se abre y entra Vincent cargando a nuestro pequeño de tres años, mientras nuestra hija de cinco corre hacia mis brazos gritando que “Papá prometió helado hoy”. Sus ojos cafés son idénticos a los míos, pero brillan con una inocencia que yo nunca tuve.
Vincent me mira y sonríe, esa sonrisa que solo me da a mí y que la Ciudad de México nunca creyó que existiera en su rostro. —¿Te acuerdas cuando pensabas que te iba a matar? —me pregunta divertido. —Casi lo haces —respondo riendo—. Pero terminaste salvándome de todas las formas posibles.
Nuestra historia es la prueba de que el talento no tiene clase social y que el amor puede florecer incluso en el pavimento más frío de una vecindad. Fui la afanadora invisible que nadie miraba, y hoy soy la mujer que cambió el corazón del hombre más temido de México.
LA DEUDA DE SANGRE: EL SECRETO DEL PADRE
INTRODUCCIÓN
Han pasado cinco años desde que Isabella Reyes se convirtió en Isabella Moretti. La vida parece perfecta: una fundación exitosa, hijos sanos y un esposo que dejaría el mundo en cenizas por ella. Pero el pasado en México nunca se entierra por completo; solo espera a que te descuides para salir de la tierra. Esta es la historia de cómo un viejo archivo en una caja fuerte olvidada estuvo a punto de destruir lo que el amor construyó.
Capítulo 1: El fantasma en la caja fuerte
La neta, nunca te acostumbras del todo al silencio de una mansión. En Iztapalapa, el silencio no existe; siempre hay un perro ladrando, una cumbia a lo lejos o el rechinido de un camión. Pero aquí, en nuestra casa en Lomas de Chapultepec, el silencio a veces pesa más que el ruido.
Eran las dos de la mañana y Vincent no llegaba. “Negocios de última hora”, me había dicho por mensaje. Ya no eran negocios sucios —o eso me juraba él—, pero el viejo hábito de la preocupación no se me quitaba. Bajé al despacho privado de Vincent, ese santuario de madera y cuero donde guardaba los papeles de la “nueva era” legal de las empresas. Buscaba mi pasaporte para el viaje a Disney con los niños, pero al mover una pila de carpetas en su escritorio, algo cayó al suelo.
No era una carpeta nueva. Era un sobre manila viejo, amarillento, manchado de café o… ¿sangre? Lo levanté. En la etiqueta, escrita con una máquina de escribir antigua, se leía un nombre que hizo que se me helara la sangre: “Operación: Reyes. 1998”.
Mis manos empezaron a temblar. 1998. El año en que mataron a mi papá.
—No mames… —susurré, sintiendo un hueco en el estómago.
Abrí el sobre. No había dinero, solo fotos y reportes de vigilancia. Fotos de mi papá, joven, vestido con su uniforme de obrero, hablando con un hombre que reconocí de inmediato por los retratos en el pasillo: Dante Moretti, el padre de Vincent.
Leí el primer documento.
“Sujeto: Antonio Reyes. Cargo: Enlace sindical. Estado: Amenaza para la expansión. Solución recomendada: Eliminación silenciosa. Ejecutor asignado: L.M.”
Me tuve que agarrar del escritorio para no caerme. Mi papá no había muerto en un asalto al azar por quitarle la quincena, como siempre creímos. Mi papá fue ejecutado. Y la orden venía de la familia del hombre con el que dormía todas las noches.
El ruido de la puerta principal abriéndose me sacó de mi shock. Escuché los pasos de Vincent en el mármol del recibidor. Pasos que antes me daban seguridad y ahora me sonaban a traición. Guardé el sobre bajo mi blusa, sintiendo que el papel me quemaba la piel, y apagué la luz. Esa noche, cuando Vincent me abrazó en la cama, no sentí su calor. Sentí que estaba durmiendo con el enemigo.
Capítulo 2: La duda que envenena
A la mañana siguiente, fingí que tenía migraña para no desayunar con él. No podía verle a los ojos sin pensar: ¿Tú lo sabías?. Vincent me conocía mejor que nadie; notó mi distancia.
—¿Estás bien, amor? —preguntó, intentando tocar mi frente.
—Solo es estrés, wey. La fundación me trae loca —mentí, usando el “wey” para sonar casual, pero mi voz salió tensa.
En cuanto él se fue al corporativo, llamé a Marco. Marco Benedetti, el padrino de mis hijos, el hombre que me vio limpiar pisos y me trató con respeto. Si alguien sabía la verdad, era él.
Nos vimos en una cafetería discreta en la Condesa, lejos de los ojos de los guardaespaldas de Vincent. Marco llegó con esa cara de perro guardián que siempre tiene, pero se suavizó al verme.
—¿Qué pasa, Isabella? Te ves pálida.
Le aventé el sobre en la mesa. Marco ni parpadeó, pero vi cómo se tensaba su mandíbula.
—Dime que esto es mentira, Marco. Dime que el papá de Vincent no mandó matar al mío.
Marco suspiró, un sonido largo y cansado. Tomó un sorbo de su espresso antes de hablar.
—Isabella… el viejo Dante era un hijo de puta. Tú lo sabes. En los 90, tu papá estaba organizando una huelga en la planta de acero que los Moretti querían comprar para lavar dinero. Antonio Reyes no aceptó sobornos. Se puso terco.
—¿Y por eso lo mataron? —mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia—. ¿Por ser honesto?
—Así funcionaban las cosas antes. Pero escúchame bien: Vincent tenía 12 años cuando eso pasó. Él no tuvo nada que ver.
—¿Pero lo sabía? —insistí, golpeando la mesa—. ¿Sabía que su padre mató a mi padre y aun así se casó conmigo? ¿Soy su forma de pagar culpas? ¿Soy su pinche obra de caridad?
Marco se quedó callado. Ese silencio fue peor que una confesión.
—Él se enteró cuando te investigó, antes de contratarte como asesora —admitió Marco en voz baja—. Encontró el archivo. Por eso te protegió tanto al principio. Por eso pagó la operación de Sophia sin dudarlo. Sentía que te debía una vida.
Me levanté de la mesa, sintiendo que me faltaba el aire. Todo mi matrimonio, todo este cuento de hadas, estaba construido sobre la tumba de mi papá.
—No le digas que hablé contigo —le advertí a Marco—. Necesito pensar qué voy a hacer. Porque ahorita, neta, siento que quiero quemar todo este imperio.
Capítulo 3: Regreso al origen
No regresé a la mansión. Necesitaba pensar, y para eso, necesitaba volver a donde todo empezó. Manejé hasta Iztapalapa, a la casa que Vincent había reconstruido para mí. Mi hermana Sophia estaba ahí, estudiando para su examen de medicina.
Al verme entrar hecha un caos, Sophia soltó los libros.
—¿Isa? ¿Qué traes? Pareces zombie.
Le conté todo. No podía guardármelo. Sophia, que siempre fue la más dulce de las dos, se puso pálida, pero luego hizo algo que no esperé: me abrazó fuerte.
—Hermanita, respira. A ver, no mames. ¿Crees que Vincent te ama por culpa? —me dijo, tomándome de los hombros—. Ese cabrón se enfrentó a la mafia rusa por ti. Casi se muere por ti. Sí, su papá fue un monstruo, pero Vincent no es Dante.
—Pero me lo ocultó, Sophia. Cinco años. Cinco años viéndome llorar en el aniversario de papá, sabiendo que el asesino estaba en su árbol genealógico.
—¿Y qué iba a hacer? ¿Decirte “Oye, mi papá mató al tuyo, quieres ir al cine”? —Sophia rodó los ojos—. Tenía miedo de perderte, wey. Es un pendejo por no decirte, sí, pero no es el asesino.
En ese momento, mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
“Sé lo que encontraste. Si quieres justicia real, ven a la vieja bodega de Azcapotzalco a medianoche. Tengo al hombre que jaló el gatillo. – Un amigo del pasado.”
Mi corazón se aceleró. El archivo decía “Ejecutor asignado: L.M.”. Siempre asumí que era un sicario cualquiera. Pero si el asesino seguía vivo… tenía que verlo a los ojos.
—¿A dónde vas? —preguntó Sophia al verme agarrar las llaves.
—A cerrar un ciclo. No le avises a Vincent. Si se entera, va a querer protegerme y esto es algo que tengo que hacer yo sola.
Capítulo 4: La trampa del pasado
La lluvia en la Ciudad de México no cae, golpea. Esa noche, el cielo parecía haberse abierto para ahogar la ciudad entera, convirtiendo las calles en ríos de asfalto negro y reflejos distorsionados. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos, casi translúcidos. El limpiaparabrisas iba a máxima velocidad, luchando inútilmente contra el diluvio, marcando un ritmo frenético que competía con los latidos desbocados de mi corazón.
«Si quieres justicia real, ven a la vieja bodega de Azcapotzalco…»
El mensaje seguía brillando en la pantalla de mi celular, colocado en el tablero. Cada vez que lo miraba, sentía una náusea profunda, una mezcla tóxica de miedo y una necesidad visceral de verdad. Había dejado a Sophia en la casa de seguridad con una excusa barata y me había escapado como una ladrona en la noche. Sabía que era una estupidez. Sabía que Vincent me mataría él mismo si supiera que me estaba metiendo en la boca del lobo sin escolta, sin Marco, sin nada más que mi rabia y un bote de gas pimienta en el bolso.
Pero esto era personal. Era sangre de mi sangre. Vincent podía darme el mundo, podía comprarme hospitales y fundaciones, pero no podía devolverme a mi padre. Y si el hombre que jaló el gatillo seguía respirando, yo tenía que verlo. Tenía que verle la cara al fantasma que había destruido mi infancia.
El GPS me guio hacia una zona industrial abandonada en Azcapotzalco, un cementerio de fábricas que la modernidad había olvidado. Las calles estaban desiertas, iluminadas apenas por farolas parpadeantes que zumbaban como insectos eléctricos. Finalmente, el camino terminó frente a una estructura colosal de lámina oxidada y concreto roto. La bodega.
Apagué el motor. El silencio repentino, solo roto por el martilleo de la lluvia sobre el techo del coche, fue ensordecedor. Respiré hondo, intentando canalizar a la Isabella de Iztapalapa, la que no le tenía miedo a los cholos de la esquina, la que sobrevivió al hambre y a la desesperación. Esa Isabella seguía ahí, debajo de la ropa de diseñador y las joyas finas.
—Por ti, papá —susurré.
Bajé del auto y el agua me empapó en segundos. El frío me caló hasta los huesos, pero mi sangre ardía. Caminé hacia la entrada principal, una cortina de acero entreabierta que gemía con el viento. Encendí la linterna de mi celular y entré.
El interior olía a humedad añeja, a aceite de motor viejo y a algo más… algo metálico y dulce que mi instinto reconoció de inmediato: peligro. La luz de mi teléfono cortaba la oscuridad, revelando montañas de cajas podridas y maquinaria desmantelada que parecían esqueletos de bestias prehistóricas.
—¿Hola? —grité. Mi voz rebotó en las paredes metálicas, regresando a mí como un eco burlón.
Nadie respondió. Solo el goteo constante del agua filtrándose por el techo agujereado. Ploc. Ploc. Ploc.
Avancé más, mis botas de cuero resonando en el concreto sucio. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Mi mano derecha estaba metida en mi bolso, aferrando el gas pimienta como si fuera un salvavidas.
—Dijiste que tenías respuestas —grité de nuevo, esta vez con más furia que miedo—. ¡Sal de una puta vez! ¡No tengo toda la noche!
—Qué impaciencia… —una voz rasposa, quebrada, surgió de todas partes y de ninguna. Me giré bruscamente, apuntando con la luz hacia las sombras, pero no vi nada.
—La paciencia es una virtud de los ricos, Isabella. Y tú, en el fondo, sigues siendo una pobretona con suerte —la voz se rió, un sonido seco, como hojas muertas arrastrándose por el suelo—. ¿Te gusta el lugar? Aquí es donde venimos a tirar lo que ya no sirve. La basura.
—Muéstrate —exigí, sintiendo cómo el pánico empezaba a trepar por mi garganta.
Un chirrido metálico a mi izquierda me hizo voltear. De detrás de una columna de concreto, una figura emergió cojeando. Vestía harapos que alguna vez fueron ropa cara, ahora manchados de grasa y suciedad. Llevaba una capucha que ocultaba su rostro, pero su postura… esa arrogancia torcida en sus hombros, la reconocería en cualquier parte.
El hombre se detuvo a unos cinco metros de mí y, lentamente, se bajó la capucha.
Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito.
Era Luca Moretti. Pero no el Luca que recordaba. El hombre guapo y cruel que intentó secuestrarme hace cinco años había desaparecido. En su lugar había un monstruo. Una cicatriz queloide, gruesa y morada, le cruzaba desde la mandíbula hasta desaparecer bajo el cuello de la camisa, deformando su labio en una mueca perpetua. Le faltaba un pedazo de oreja. Su ojo izquierdo estaba nublado, blanco, ciego.
—Sorpresa, cuñadita —dijo, abriendo los brazos como si esperara un abrazo. Su sonrisa era una pesadilla de dientes rotos—. ¿Creíste que vieron un fantasma?
—Tú… Vincent te mató —tartamudeé, retrocediendo un paso instintivamente. —Yo vi cómo te disparó. Te vi caer.
—Vincent… —escupió el nombre con un odio tan puro que casi pude sentir el calor—. Mi santurrón hermanito tiene mala puntería cuando se pone sentimental. La bala me perforó el pulmón, sí, y me rozó el corazón. Estuve en coma tres meses en una clínica clandestina en Tepito. Me costó cada centavo que tenía escondido, pero sobreviví. Me arrastré desde el infierno solo para este momento.
—¿Por qué? —pregunté, tratando de ganar tiempo, tratando de entender—. ¿Por qué traerme aquí? ¿Para matarme?
Luca soltó una carcajada que terminó en una tos húmeda y enfermiza.
—Matarte sería demasiado fácil, Isabella. Demasiado rápido. No… yo quiero que sufras. Quiero romperte. Quiero que Vincent sienta lo que es perderlo todo, tal como yo lo perdí todo por tu culpa. Pero antes de eso… querías saber la verdad, ¿no? Querías saber sobre papi.
Sentí un escalofrío. El archivo. L.M.
—Fuiste tú —dije, y la afirmación salió de mi boca con un peso de plomo—. Tú mataste a mi padre. El archivo decía “L.M.”. Luca Moretti.
Luca asintió lentamente, disfrutando el momento como quien saborea un vino caro.
—Tenía dieciséis años, Isabella. Dieciséis. ¿Sabes lo que es crecer a la sombra de Vincent? Él era el perfecto, el genio, el heredero dorado. Yo era el segundón, el impulsivo, el inútil. Necesitaba probarle a papá que yo tenía los huevos para el negocio. Que yo podía hacer lo que Vincent dudaba en hacer: ensuciarse las manos.
Empezó a caminar hacia mí, arrastrando su pierna mala. El sonido de su cojera, arrastra-golpea, arrastra-golpea, resonaba en la bodega.
—Tu padre, Antonio… era un hombre terco. Muy terco. —Luca chasqueó la lengua—. Papá solo quería comprar la planta de acero. Era un negocio simple de lavado de dinero. Pero tu padre se puso en plan de héroe sindical. “No se vende”, decía. “La dignidad no tiene precio”, decía. ¡Qué pendejada! Todo tiene un precio.
—Él era un hombre honesto —le grité, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos—. ¡Algo que tú nunca serás!
—Era un estorbo —corrigió Luca, deteniéndose a dos metros de mí—. Cuando lo intercepté esa noche, saliendo de la fábrica, pensé que iba a pelear. Llevaba una llave inglesa en la mano. Pero cuando vio mi pistola… oh, Isabella, deberías haber visto su cara. No miedo por él. Miedo por ustedes.
Luca se lamió los labios, sus ojos —el bueno y el ciego— fijos en mí con una intensidad sádica.
—Me rogó. Se puso de rodillas en el lodo, igual que estás tú ahora en tu interior. “Tengo dos niñas”, me dijo llorando. “Sophia está enferma, Isabella es muy chica, no las dejes solas”. Me ofreció su reloj, su cartera, su vida a cambio de que no las tocara a ustedes.
Un sollozo se me escapó del pecho. La imagen de mi papá, fuerte, invencible, arrodillado ante este psicópata adolescente suplicando por nosotras, me rompió el corazón en mil pedazos.
—¿Y qué hiciste? —pregunté, mi voz temblando de pura ira.
—Le dije que no se preocupara —sonrió Luca—. Le prometí que cuidaría de sus huerfanitas. Y luego… bang. Justo entre los ojos. Fue poético. Cayó hacia atrás, con los ojos abiertos mirando al cielo, como preguntándose por qué Dios no lo salvó.
—¡Maldito animal! —El grito salió de mis entrañas. Ya no me importaba el miedo. Ya no me importaba el plan. Solo quería borrar esa sonrisa de su cara deforme.
Saqué el gas pimienta y lo rocié directo a su cara. Luca gritó y se llevó las manos a los ojos, retrocediendo y tropezando con sus propios pies.
—¡Aghhh! ¡Puta perra! —bramó.
No esperé. Me lancé sobre él con una furia ciega. No era una pelea técnica; era una pelea callejera. Lo golpeé con la linterna en la cabeza, una, dos veces, sintiendo cómo el metal impactaba contra su cráneo. Luca cayó al suelo, manoteando el aire. Lo pateé en las costillas, en su pierna mala, queriendo causarle todo el dolor que mi padre no pudo devolverle.
—¡Esto es por Antonio! —grité, pateándolo otra vez—. ¡Esto es por Sophia! ¡Y esto es por mí, cabrón!
Pero subestimé la fuerza de la locura. Y subestimé el tamaño de Luca.
A pesar del gas y los golpes, su mano se cerró alrededor de mi tobillo como un cepo de acero. Tiró de mí con una fuerza brutal y caí de espaldas contra el concreto duro. El aire se me escapó de los pulmones. Antes de que pudiera recuperarme, Luca estaba encima de mí. Su peso me aplastaba, el olor a sudor rancio, lluvia y odio llenaba mi nariz.
—¡Te voy a matar! —rugió, con los ojos rojos e hinchados por el químico, las lágrimas corriendo por sus mejillas mezcladas con la sangre de la herida en su frente.
Intenté empujarlo, arañé su cara, clavé mis uñas en su cicatriz, pero él ni se inmutó. Me soltó un bofetón con el dorso de la mano que hizo que mi cabeza rebotara contra el suelo. El mundo se llenó de estrellas blancas. El sabor a cobre inundó mi boca.
—Te iba a dar una muerte rápida, Isabella —jadeó Luca, sacando una navaja de muelle de su bolsillo. La hoja brilló bajo la luz de mi celular caído—. Pero cambie de opinión. Voy a hacer que grites tanto que Vincent te escuche desde su maldita oficina de cristal.
Me inmovilizó los brazos con sus rodillas. Sentí el filo frío de la navaja presionando contra mi mejilla, justo debajo del ojo.
—Empecemos por esa carita bonita que compró mi herencia —susurró.
El terror me paralizó. No podía moverme. No podía respirar. Pensé en mis hijos. En Mateo y su sonrisa chimuela. En Valentina y sus rizos. Pensé en Vincent, en cómo se rompería si me encontraba así.
—Hazlo —le dije, mirándolo a los ojos con todo el desprecio que me quedaba—. Mátame. Pero sabe una cosa, Luca: Vincent te va a encontrar. Y cuando lo haga, te va a hacer desear haberte muerto en ese charco hace cinco años. No va a dejar ni tus huesos.
Luca se detuvo un segundo. Su sonrisa vaciló. Por un instante, vi el miedo del hermano menor, el miedo al “Rey”. Pero la envidia ganó.
—Que venga —gruñó, levantando la navaja para dar el tajo.
Cerré los ojos, preparándome para el dolor, pidiéndole perdón a mi papá por fallarle.
¡CRAAAAASH!
El sonido fue como una explosión. La pared de lámina a unos metros de nosotros se dobló hacia adentro con un estruendo metálico ensordecedor. Un par de faros de xenón cegadores iluminaron la bodega como si fuera de día, acompañados por el rugido furioso de un motor V12 que conocía mejor que mi propia respiración.
Un auto deportivo negro había embestido la entrada lateral, llevándose por delante metal, concreto y cajas, deteniéndose a escasos metros de nosotros. El motor seguía rugiendo, como una bestia lista para atacar.
Luca se congeló, con la navaja aún en el aire, tapándose los ojos ante la luz cegadora.
La puerta del conductor se abrió de una patada. Y entonces lo vi.
No era Vincent el empresario. No era Vincent el esposo amoroso. Era Vincent Moretti, el capo, el Ángel de la Muerte. Bajó del coche bajo la lluvia, sin saco, con la camisa blanca empapada y pegada al cuerpo, los puños cerrados y una expresión en el rostro que prometía el fin del mundo. No traía armas. No las necesitaba. Él era el arma.
—¡LUCA! —El grito de Vincent fue tan gutural, tan cargado de una violencia primitiva, que sentí vibrar el suelo bajo mi espalda.
Luca se levantó de encima de mí, olvidándose de su venganza, olvidándose de todo excepto del depredador que acababa de entrar en su jaula.
—Mierda… —susurró Luca, retrocediendo.
Vincent no corrió. Caminó hacia él. Pasos largos, pesados, imparables. Sus ojos grises estaban fijos en su hermano, ignorando todo lo demás. Ignorando la lluvia, ignorando el peligro. Solo existía el objetivo.
Me arrastré hacia atrás, buscando refugio, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salir. Sabía que la pesadilla no había terminado, pero al ver la espalda ancha de mi esposo interponerse entre el monstruo y yo, supe que la verdadera batalla acababa de comenzar. Y esta vez, la sangre que se derramaría no sería la mía.
Capítulo 5: La verdad nos hace libres
La entrada de Vincent no fue una llegada; fue un evento sísmico. El aire en la bodega cambió instantáneamente, cargándose de una electricidad estática que erizaba la piel. Luca, quien segundos antes sostenía mi vida en la punta de una navaja con arrogancia sádica, ahora parecía encogerse. La sombra de su hermano mayor, proyectada por los faros del auto contra la pared de lámina, parecía devorarlo entero.
Vincent no gritó de nuevo. El silencio que siguió a su rugido inicial fue mucho más aterrador. Caminaba bajo la lluvia torrencial con una calma predatoria, sus zapatos de suela dura aplastando los charcos y los vidrios rotos. No miró la navaja en la mano de Luca. No miró a los lados. Sus ojos grises, oscuros como el cielo de tormenta, estaban clavados en el rostro deforme de su hermano.
—Aléjate de ella —dijo Vincent. Su voz no era alta, pero tenía una resonancia metálica, absoluta. No era una petición, era una sentencia.
Luca, acorralado y desesperado, soltó una risa nerviosa, bailando sobre su pierna sana.
—¡Mira quién llegó! El Rey de Roma —gritó Luca, agitando la navaja frente a él—. ¿Vienes a terminar el trabajo, hermanito? ¿Vienes a dispararme otra vez? ¡Vamos! ¡Saca tu pistola! ¡Hazlo como un hombre!
Vincent se detuvo a tres metros de él. Se pasó una mano por el cabello empapado, quitándose los mechones de la frente, y luego extendió los brazos a los costados, mostrando las palmas abiertas.
—No traigo armas, Luca —dijo Vincent con frialdad—. Para matar a una rata, no necesito balas. Mis manos son suficientes.
La ofensa golpeó a Luca más fuerte que un puñetazo. Rugió de furia y se lanzó hacia adelante, impulsado por años de envidia y odio acumulado. La navaja brilló en un arco mortal dirigido al cuello de Vincent.
Grité, intentando levantarme, pero mi cuerpo estaba demasiado golpeado. —¡Vincent, cuidado!
Pero Vincent no se movió hasta el último segundo. Fue un movimiento fluido, económico, brutalmente eficiente. Esquivó el tajo con un giro de cintura y atrapó la muñeca de Luca en el aire. Se escuchó un crujido seco, repugnante. El hueso cediendo.
Luca aulló, soltando el arma, pero Vincent no lo soltó. Con una fuerza que parecía sobrenatural, le dio una patada en la rodilla de la pierna buena, derribándolo al suelo de lodo y aceite. Luca cayó de cara, escupiendo agua sucia.
—¡Me la debías! —gritó Luca desde el suelo, tratando de arrastrarse—. ¡Papá siempre te prefirió a ti! ¡Yo hice el trabajo sucio! ¡Yo maté al sindicalista por él! ¡Yo me manché las manos para que tú pudieras jugar a ser el empresario legítimo!
Vincent lo levantó del cuello de la camisa como si fuera un muñeco de trapo y lo estampó contra una columna de concreto. El golpe le sacó el aire a Luca. Vincent acercó su rostro al de su hermano, tan cerca que sus narices casi se tocaban.
—Tú no mataste a Antonio Reyes por la familia —susurró Vincent, y cada palabra destilaba veneno—. Lo mataste porque eres un psicópata débil que necesitaba sentirse poderoso. Papá no te pidió que lo hicieras. Encontré sus diarios, Luca. Él quería comprarlo, no matarlo. Tú tomaste esa decisión. Tú manchaste nuestro apellido con la sangre de un hombre inocente.
Los ojos de Luca se abrieron con sorpresa y terror. La narrativa que se había contado a sí mismo durante años se desmoronaba.
—Eso… eso es mentira…
—No eres mi hermano —sentenció Vincent, soltándolo con asco, dejando que cayera al suelo—. Eres una enfermedad que debí haber curado hace cinco años.
Luca intentó levantarse una última vez, buscando una piedra, cualquier cosa para atacar. Pero las luces rojas y azules inundaron la bodega. Marco y un equipo táctico de seguridad entraron corriendo, armados hasta los dientes.
—¡Asegúrenlo! —ordenó Marco.
Dos guardias inmovilizaron a Luca, quien gritaba maldiciones y promesas de venganza mientras lo arrastraban hacia una camioneta blindada. Marco se detuvo un momento frente a Vincent, intercambiaron una mirada rápida, un entendimiento silencioso entre soldados.
—¿La prisión federal? —preguntó Marco.
—El hoyo más profundo y oscuro que encuentres —respondió Vincent sin mirar atrás—. Que se pudra en vida. La muerte es demasiado misericordiosa para él.
En cuanto se llevaron a Luca, la postura de hierro de Vincent se rompió. Corrió hacia donde yo estaba, arrodillándose en el suelo sucio sin importarle sus pantalones de diseñador. Sus manos, que segundos antes habían roto huesos, ahora temblaban incontrolablemente mientras recorrían mi rostro, buscando heridas.
—Isabella… Dios mío, Isabella —su voz se quebró. Ya no era el jefe de la mafia; era mi esposo, el hombre que me amaba—. ¿Qué te hizo? ¿Dónde te duele?
—Estoy bien… solo son golpes —susurré, y entonces, la adrenalina me abandonó de golpe. Empecé a llorar, un llanto histérico y liberador.
Vincent me envolvió en sus brazos, apretándome contra su pecho empapado. Podía sentir el latido frenético de su corazón contra mi oído. Me mecía como a una niña, besando mi cabello lleno de lodo, mi frente sangrante, mis manos.
—Perdóname —repetía una y otra vez contra mi cuello—. Perdóname por no llegar antes. Perdóname por todo.
Me aparté un poco para mirarlo a los ojos. La lluvia había disminuido a una llovizna fría.
—Sabías lo de mi papá —dije. No era una pregunta. Necesitaba escucharlo de él, ahí, sin más secretos.
Vincent cerró los ojos y asintió, una lágrima solitaria escapó y se mezcló con la lluvia en su mejilla.
—Lo supe el día que te investigué, antes de contratarte. Vi el archivo. Vi el nombre de Luca. Quise despedirte, darte dinero y que te fueras lejos para que nunca estuvieras cerca de la familia que destruyó la tuya.
—¿Por qué no lo hiciste? —le pregunté, tocando su rostro.
—Porque el día que entraste a mi oficina y me desafiaste… me enamoré de ti —confesó, abriendo los ojos. Eran grises, honestos y llenos de dolor—. Y fui egoísta. Tenía pánico, Isabella. Pánico de que si te decía la verdad, me mirarías y verías a Luca. Verías a mi padre. Verías a un monstruo. Y no podía soportar la idea de que me odiaras.
—Eres un pendejo, Vincent Moretti —le dije, soltando una risa ahogada entre lágrimas—. Un grandísimo pendejo.
—Lo sé.
—No eres tu padre. Y definitivamente no eres Luca —le tomé la cara con ambas manos, obligándolo a mirarme—. Tú eres el hombre que salvó a mi hermana. El hombre que construyó una fundación para niños pobres. Eres el padre de mis hijos.
Vincent apoyó su frente contra la mía, respirando hondo, como si fuera la primera vez que respiraba en cinco años.
—Te juro, Isabella, que voy a pasar el resto de mi vida compensándote por lo que mi sangre te quitó.
—No me debes nada, Vincent. Solo la verdad. De ahora en adelante, sin secretos. ¿Trato?
—Trato —selló la promesa besándome. Un beso que sabía a lluvia, a sangre y a libertad.
Tres días después, el sol brillaba sobre el Panteón Civil de Iztapalapa, un contraste brutal con la tormenta de aquella noche. El aire olía a tierra mojada y a flores frescas.
Vincent y yo caminábamos tomados de la mano entre las tumbas, seguidos a una distancia respetuosa por Marco y Sophia. Vincent llevaba un ramo enorme de rosas blancas y girasoles, las favoritas de mi papá. Yo llevaba una caja de metal en la otra mano: el archivo original de la “Operación: Reyes”.
Llegamos a la tumba de Antonio Reyes. La lápida estaba limpia; Vincent había mandado restaurarla meses atrás en secreto, otro detalle que yo no había notado hasta ahora.
Vincent colocó las flores con un cuidado reverencial. Luego, hizo algo que nunca esperé. Se arrodilló en la tierra, sin importarle ensuciar su traje italiano impecable. Bajó la cabeza, con humildad, frente a la piedra fría.
—Señor Reyes —empezó Vincent, con voz firme pero suave—. No tuve el honor de conocerlo. Sé que fui parte de la oscuridad que se lo llevó, aunque yo era solo un niño. Vengo aquí, no a pedirle perdón, porque hay cosas imperdonables, sino a pedirle permiso.
Sophia se acercó a mi lado y me tomó del brazo. Ambas mirábamos, conteniendo el aliento.
—Le prometo, aquí frente a sus hijas —continuó Vincent—, que mientras yo tenga vida, a ellas nunca les faltará nada. Que su nieto y su nieta crecerán sabiendo que su abuelo fue un hombre valiente y honesto, un héroe que no se vendió. Y le prometo que el apellido Moretti, que tanto daño le hizo, ahora servirá para honrar su memoria. Cuidaré de Isabella con mi vida, señor. Descanse en paz.
Vincent se levantó y me miró. Sacó un encendedor de plata de su bolsillo. Yo abrí la caja de metal y saqué los papeles amarillentos, las fotos de vigilancia, la orden de ejecución firmada por su padre.
—¿Estás lista? —me preguntó.
—Sí —respondí sin dudar.
Encendí la esquina del primer documento. El fuego prendió rápido, devorando las letras mecanografiadas, consumiendo el odio, la traición y el dolor de décadas. Dejamos caer los papeles en un pequeño contenedor de metal que habíamos traído. Vimos cómo el archivo “Operación: Reyes” se convertía en cenizas grises que el viento suave de la tarde se llevaba, dispersándolas sobre las flores.
Cuando la última hoja se consumió, sentí que un peso de toneladas se levantaba de mis hombros. Miré a Vincent. Ya no había sombras en sus ojos. El fantasma de Dante y la locura de Luca ya no estaban entre nosotros.
—Vámonos a casa, amor —le dije, entrelazando mis dedos con los suyos.
—Vámonos a casa —repitió él, besando mi mano.
Caminamos hacia la salida, con Sophia y Marco bromeando delante de nosotros. El sol de la tarde nos daba en la cara, cálido y brillante. La deuda de sangre estaba saldada. El pasado estaba enterrado. Y por primera vez, el futuro era una página en blanco, lista para que nosotros escribiéramos nuestra propia historia, sin miedo, sin deudas, y con la certeza absoluta de que el amor, cuando es verdadero, puede sobrevivir incluso al infierno.
FIN
