La afanadora que humilló a los genios y terminó bajo la protección del Rey de la Mafia en México

Capítulo 1: El rastro del traidor

La noche en la Ciudad de México siempre tiene un peso distinto en las alturas de los rascacielos. En el piso 50 del Corporativo Moretti, el silencio era tan pesado que se sentía en los huesos. Veinte de los expertos financieros más cotizados del país, hombres que cobraban en una hora lo que yo ganaba en tres meses, estaban derrotados. Llevaban setenta y dos horas encerrados, intentando descifrar cómo es que millones de pesos se estaban evaporando de las cuentas del “Imperio Moretti”.

La sala de juntas era un caos de tazas de café vacías de Starbucks, cajas de pizza y el olor agrio del sudor y la desesperación. Eran mentes brillantes, armadas con el software más sofisticado del mundo, y aun así, no podían ver lo que estaba frente a sus ojos.

Yo entré a las tres de la mañana con mi carrito de limpieza. Para ellos, yo era menos que el mobiliario. Mi nombre es Isabella Reyes. Soy una “invisible”. Alguien que vive en una pequeña habitación en una vecindad de Iztapalapa donde las paredes sudan humedad y el ruido de los camiones es la única música. Trabajo en tres lugares diferentes: mesera por la mañana, limpieza de casas los fines de semana y afanadora nocturna aquí. Todo para mantener a mi hermana Sophia, de 17 años, cuyo corazón está fallando y necesita una cirugía que cuesta más de lo que veré en toda mi vida.

Me detuve a trapear cerca de la gran pantalla que proyectaba gráficas complejas. Esos hombres hablaban de algoritmos y encriptaciones de alto nivel. Yo, que tuve que dejar la carrera de Finanzas en el tercer año porque la muerte de mi madre me dejó sepultada en deudas médicas, simplemente miré los números.

En menos de un minuto, mientras pasaba el trapo por la mesa de caoba, mis ojos conectaron los puntos. El dinero no se estaba “evaporando” por un hackeo; estaba fluyendo a través de un patrón de comportamiento humano, una debilidad que solo alguien que ha tenido que estirar cada peso reconoce: la avaricia perezosa. El traidor estaba usando códigos de transacciones idénticos cada día 15 de mes, camuflándolos como pagos de mantenimiento que nadie revisaba dos veces.

Tomé una nota adhesiva amarilla y, con un bolígrafo barato, escribí tres líneas rápidas que exponían la ruta del dinero. Lo dejé sobre el escritorio principal y seguí con mi labor. Lo que no sabía era que, desde la penumbra de la oficina privada, unos ojos grises me observaban con una intensidad depredadora. Vincent Moretti, el jefe del clan más poderoso y temido de la ciudad, estaba ahí, viéndome actuar.

Capítulo 2: El pacto con el monstruo

El sonido de unos zapatos de cuero italiano rompió mi ritmo. Eran pasos lentos, calculados. Un escalofrío me recorrió la espalda antes de que escuchara su voz.

—¿Quién te dio permiso de tocar mis cosas? —La voz de Vincent era como un susurro de muerte, fría, sin rastro de duda.

Me sobresalté tanto que la cubeta de agua jabonosa se volcó. El agua sucia se extendió rápidamente por el piso, empapando sus zapatos de diseñador. Me quedé petrificada. Vincent Moretti era un hombre cuya sola mención hacía que los políticos temblaran. Se decía que no tenía corazón, que su pecho era una bóveda de hielo y que nunca dejaba un cabo suelto.

—¡Perdón! ¡Lo siento tanto, señor! —me agaché desesperada, tratando de secar sus zapatos con mi trapo de limpieza—. No sabía que había alguien… yo solo…

Vincent se hizo a un lado con un movimiento fluido, pero su mirada no estaba en sus zapatos arruinados, sino en la nota amarilla.

—¿Qué es esto que escribiste? —preguntó, su tono ahora era de una calma aterradora.

Tragué saliva, sintiendo que el aire se me escapaba. Estaba en el despacho de un hombre que controlaba el destino de miles de personas y yo acababa de “corregir” sus finanzas.

—Solo… me pareció que los números estaban sucios, señor —dije, tratando de recuperar un poco de dignidad mientras me ponía de pie—. Es un defecto que tengo. Cuando veo suciedad, quiero limpiarla. Incluso si la suciedad está en una cuenta bancaria.

Vincent se acercó tanto que pude oler su perfume: maderas, tabaco caro y algo metálico que solo podía describir como peligro. Por primera vez en mi vida, alguien con tanto poder me miraba directamente a los ojos, no como a una empleada, sino como a un enigma.

—¿Crees que esto es un juego? —me preguntó, su sombra devorando mi pequeña figura.

—No, señor. Si revisa la cuenta que anoté ahí, la que termina en 3829, verá que su contador, el señor Rulfo, le ha estado robando dos millones cada trimestre desde hace dos años. Es metódico, pero predecible.

Vincent guardó silencio por un momento que pareció eterno. Luego, sacó su teléfono. —Marco, sube ahora mismo.

Dos minutos después, entró su mano derecha, un hombre cuya cicatriz en la mejilla contaba historias de batallas urbanas. Vincent le entregó mi nota. Marco se sentó frente a la computadora principal y sus dedos volaron sobre el teclado. El silencio en la sala era tan tenso que podía escuchar los latidos de mi propio corazón golpeando contra mis costillas.

—Jefe… ella tiene razón —dijo Marco con la voz ronca por el asombro—. El dinero está en una cuenta de prestanombres en las Bahamas. Rulfo nos traicionó.

La temperatura de la habitación pareció bajar diez grados. Vincent no gritó, no golpeó la mesa. Solo dijo tres palabras: —Encárgate de él.

Sabía que eso no significaba que lo iban a despedir. En el mundo de los Moretti, la traición se pagaba con la vida. Marco salió de la habitación, dejándome a solas con el hombre que toda la ciudad temía.

—Me acabas de ahorrar una fortuna —dijo Vincent, caminando hacia el ventanal que daba a Reforma—. ¿Quién eres?

—Soy Isabella Reyes, señor. Solo limpio pisos.

—No te pregunté tu oficio. Te pregunté quién eres —se giró y sus ojos grises parecieron leer cada uno de mis secretos.

En ese momento, decidí que no tenía nada que perder. Le conté mi historia: cómo mi padre fue asesinado en un asalto, cómo mi madre murió de cáncer dejándome con deudas impagables, y cómo mi hermana Sophia se estaba muriendo porque no tengo los 200 mil pesos que piden para su operación. Le hablé de “El Alacrán”, el prestamista de la colonia que me amenaza con llevarse a mi hermana si no le pago lo que le debo.

Vincent me escuchó sin interrumpir. Había algo en su expresión que se suavizó, apenas un fragmento de humanidad que nadie más parecía haber visto jamás.

—Mañana a las diez de la mañana te quiero en mi oficina —dijo con voz firme—. No quiero que vuelvas a tocar un trapeador en este edificio. A partir de ahora, vas a ser mi asesora especial. Te daré un sueldo diez veces mayor al que tienes, seguro médico completo para tu hermana y un departamento donde los ratones no sean tus únicos vecinos.

—¿Es una orden? —pregunté, desafiante a pesar del miedo.

Vincent dejó escapar una pequeña sonrisa, la primera que alguien en ese edificio veía en años.

—Es una invitación, Isabella. Pero sospecho que eres demasiado inteligente para decir que no.

Salí de ese edificio con las piernas temblando, dándome cuenta de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Entre el tiburón que me acechaba en mi barrio y el rey que me ofrecía un trono de cristal, había elegido al rey. Pero los reyes siempre cobran un precio, y yo aún no sabía cuál sería el mío.

Capítulo 3: El Trono de Cristal y las Serpientes

El trayecto de Iztapalapa a Paseo de la Reforma fue el más largo de mi vida. Mientras la combi se abría paso entre el tráfico, yo me miraba en un pequeño espejo roto, intentando convencerme de que pertenecía a ese nuevo mundo. El edificio de Moretti Holdings se alzaba como un monumento al poder, una torre de cristal que parecía querer perforar el cielo de la Ciudad de México.

Al entrar al lobby, el lujo me golpeó como una bofetada. El mármol blanco del piso estaba tan pulido que podía ver mi reflejo borroso. Los cuadros en las paredes seguramente valían más que toda la vecindad donde crecí. Me acerqué al mostrador de recepción, tratando de que no se notara que mis zapatos eran viejos.

—Tengo una cita con el señor Vincent Moretti a las diez —dije, forzando una seguridad que no sentía.

El guardia me miró de arriba abajo con un desprecio evidente. Para él, yo seguía siendo la afanadora que debía entrar por la puerta de servicio.

—¿Tú? ¿Con el jefe? —se burló—. Mejor date la vuelta antes de que llame a seguridad para que te saquen por revoltosa.

Iba a responder cuando el elevador privado se abrió y salió Marco Benedetti. El guardia se puso pálido y se cuadró de inmediato. Marco solo me asintió y me indicó que lo siguiera. En el elevador, el silencio era absoluto, roto solo por el pitido de los pisos subiendo a toda velocidad.

—Le causaste una buena impresión al jefe —dijo Marco con su voz ronca—. No cualquiera logra eso.

—No intentaba impresionar a nadie —respondí con sinceridad—. Solo dije la verdad sobre esos números.

Llegamos al último piso y las puertas se abrieron a un mundo que solo había visto en las películas. La oficina de Vincent era una fortaleza de cristal con una vista impresionante de toda la ciudad. Él estaba sentado detrás de un escritorio de nogal macizo, viéndose más letal que la noche anterior.

Me llevó a la sala de juntas contigua, donde diez personas vestidas con trajes de miles de dólares se pusieron de pie al verlo entrar. Vincent me señaló la silla justo a su derecha.

—Ella es Isabella Reyes —dijo, y su voz llenó la habitación como un trueno—. Fue la única que detectó el robo que todos sus expertos financieros ignoraron por tres años.

Una mujer de unos treinta años, con un traje rojo impecable y una mirada cargada de veneno, soltó una risa llena de odio. Era Giana Costa, la jefa de contabilidad.

—Con todo respeto, señor Moretti, pero es una afanadora —dijo Giana, mirándome como si fuera basura—. Yo misma la he visto trapeando los pasillos. ¿De verdad cree que alguien así tiene algo que enseñarnos a nosotros?.

Vincent no se inmutó. Simplemente me miró. —Explícales.

Caminé hacia la pantalla gigante donde estaban las gráficas financieras. Sabía que mi vida y la de Sophia dependían de lo que dijera en los próximos cinco minutos.

—No soy experta ni tengo un título del extranjero —comencé, sintiendo cómo el miedo se transformaba en adrenalina—. Pero sé cuándo alguien miente. El dinero es como el agua: siempre deja una marca de humedad si se sale del camino.

Les mostré el patrón. No era un hackeo brillante, era la flojera de un traidor que creía que nadie lo vigilaba. Les señalé cómo cada mes, en la misma fecha, se desviaba la misma cantidad exacta bajo un código de operación que nunca cambiaba. Cuando terminé, la sala se quedó en un silencio sepulcral. Incluso Giana no pudo decir nada; su cara estaba roja de la furia y la vergüenza.

Al final de la reunión, Vincent despidió a todos y me pidió que me quedara. Me ofreció el puesto de asesora especial, con un sueldo que me hizo marear y beneficios médicos que significaban la vida para mi hermana.

—Acepto —le dije, mirándolo directo a esos ojos grises—. Pero tengo una condición: no me des órdenes. No soy tu esclava ni tu súbdita. Si quieres mi talento, me tratarás con respeto.

Vincent se quedó mudo por un segundo. Luego, soltó una carcajada corta y genuina.

—Tenemos un trato, Reyes —sentenció.

Capítulo 4: El Precio de la Lealtad

Mi primera semana trabajando para los Moretti fue como caminar sobre un campo minado. Me dieron una oficina pequeña pero privada, justo al lado de la sala de conferencias. Marco se convirtió en mi guía, enseñándome quién era aliado y quién era enemigo en ese nido de víboras.

Trabajaba de ocho de la mañana a ocho de la noche, a veces más tarde, perdiéndome entre estados de cuenta y proyecciones fiscales. En solo tres días encontré dos debilidades más en el sistema que otros ejecutivos habían pasado por alto. Vincent leía cada uno de mis reportes con una atención que, según Marco, no le dedicaba a nadie más.

En casa, las cosas empezaban a cambiar. Ya no llegaba con las manos sangrando por los químicos de limpieza ni con los hombros caídos por el cansancio físico. Podía comprarle comida decente a Sophia y medicinas que antes eran un lujo inalcanzable.

Sin embargo, Giana Costa no se quedaba de brazos cruzados. Cada vez que me encontraba en el pasillo, me dedicaba una sonrisa que era más bien una amenaza.

—No te acostumbres demasiado a esa silla, Isabella —me susurró un día—. Las caídas desde tan alto suelen ser mortales.

Pero Giana no era mi única preocupación. “El Alacrán”, el prestamista que me tenía asfixiada, seguía enviándome mensajes. Me envió una foto de Sophia saliendo de la escuela con el texto: “El tiempo se acaba, Reyes. O pagas los 50 mil dólares o me cobro con tu hermanita”.

Esa noche, me quedé trabajando hasta tarde, intentando ignorar el terror que me carcomía. A las cuatro de la mañana, Vincent entró a mi oficina con dos tazas de café. Me sorprendió verlo despierto a esa hora.

—Trabajas demasiado —me dijo, sentándose frente a mí.

—Tú también —respondí, tomando un sorbo del café caliente.

Nos quedamos en silencio un largo rato, observando las luces de la ciudad. Fue entonces cuando vi al verdadero Vincent Moretti. No al jefe de la mafia, sino a un hombre cargado de cicatrices invisibles. Me confesó que no recordaba la última vez que había dormido una noche entera y que la soledad era el precio de su poder.

—La gente te tiene miedo —le dije suavemente—. Y el miedo es muy solitario. ¿Alguna vez hablas con alguien como un ser humano normal?.

Vincent me miró como si le hubiera dado un golpe bajo. Nadie se atrevía a cuestionar su soledad.

—Tengo a Marco —respondió finalmente.

—Marco es tu empleado. Lealtad no es lo mismo que conexión —le dije.

Él no supo qué contestar. En ese momento, sentí que algo se rompía entre nosotros: la barrera de jefe y empleada estaba desapareciendo para dar paso a algo más profundo y peligroso.

Lo que yo no sabía era que, mientras nosotros hablábamos, Vincent ya había puesto en marcha un plan para protegerme. Había ordenado a Marco investigar a “El Alacrán”. Dos días después, el prestamista desapareció. Sus oficinas fueron cerradas y nadie volvió a saber de él.

Cuando me enteré de que la amenaza contra Sophia se había esfumado, supe que Vincent Moretti era mi salvador, pero también mi perdición. Estaba en deuda con un monstruo, y en este mundo, todas las deudas se pagan con sangre o con el corazón.

Capítulo 5: El milagro a las tres de la mañana

El sueño siempre ha sido un lujo que no puedo permitirme, pero esa noche el agotamiento me venció por un par de horas. El silencio de nuestra pequeña habitación en Iztapalapa era absoluto, hasta que un golpe seco contra el suelo me hizo saltar de la cama. Sophia estaba en el piso, encogida, con una mano en el pecho y la otra extendida hacia mí.

—Hermana… no puedo… no puedo respirar —susurró, y el terror en sus ojos me heló la sangre.

Sus labios, usualmente pálidos, se estaban tornando de un azul violáceo. Cada inhalación era una batalla épica, un esfuerzo que hacía que sus costillas se marcaran contra su piel delgada. No sé cómo tuve la fuerza para cargarla, cómo mis dedos lograron marcar el número de la ambulancia sin fallar. Solo recuerdo el sonido de la sirena cortando la noche y el frío del hospital público al que nos llevaron porque era el único que cubría su seguro básico.

Pero la realidad en México es cruel para los que no tienen dinero. Los doctores me dijeron lo que ya temía: su condición cardiaca congénita había llegado a un punto de no retorno. Necesitaba una cirugía de altísima complejidad de inmediato, pero el hospital no tenía el equipo. Debían trasladarla a un centro privado de especialidades, uno de esos donde el suelo brilla más que mi futuro.

—El costo estimado, entre la cirugía, la unidad de cuidados intensivos y los medicamentos, supera los 200,000 dólares —me dijo el médico con una lástima que me dolió más que un insulto —. Requerimos un depósito de 50,000 por adelantado para iniciar el traslado.

Sentí que el mundo se abría bajo mis pies. Llevaba semanas trabajando para Vincent, ahorrando cada peso, pero solo tenía 20,000. Supliqué, rogué, me humillé ante los administrativos, pero las reglas eran muros de piedra. Me senté en una silla de plástico en el pasillo y, por primera vez en años, permití que el dique se rompiera. Lloré por mi madre, por mi padre y por la injusticia de que mi hermana muriera por falta de unos papeles con números impresos.

Entonces, sentí una presencia. Un aroma a tabaco caro y autoridad inundó el pasillo. Levanté la vista y vi a Vincent Moretti. No parecía el hombre impecable del corporativo; su abrigo estaba abierto y sus ojos grises reflejaban una preocupación que no intentaba ocultar.

—Marco me avisó —dijo en voz baja—. No te preocupes por el dinero, Isabella.

Lo vi caminar hacia el doctor. No escuché lo que dijeron, pero vi cómo la expresión del médico pasaba de la indiferencia al respeto absoluto, casi al miedo. Vincent no solo pagó el depósito; ordenó el traslado inmediato. En menos de una hora, un helicóptero médico aterrizó en la azotea y nos llevó al mejor hospital de la ciudad.

Durante las seis horas que Sophia estuvo en el quirófano, Vincent no se alejó ni un metro de mí. Se sentó a mi lado, un gigante de hierro protegiéndome del mundo. Cuando mis manos temblaban tanto que no podía sostener un vaso de agua, él las envolvió con las suyas. A las cuatro de la mañana, cuando el doctor salió para decirnos que la cirugía había sido un éxito y que Sophia estaba fuera de peligro, mi cuerpo simplemente cedió.

Me lancé a sus brazos y lloré de puro alivio. Sentí cómo sus brazos, los mismos que decían que habían apretado gatillos sin piedad, me sostenían con una delicadeza infinita, como si yo fuera algo precioso que pudiera romperse. En ese momento, en la penumbra del hospital, supe que estaba perdida: amaba al monstruo que me había devuelto la vida de mi hermana.

Capítulo 6: La sombra de la corona rusa

La recuperación de Sophia fue un milagro. Una semana después de la cirugía, ya estaba sentada en la cama, riendo y recuperando el color en sus mejillas. Yo regresé a Moretti Holdings con el corazón lleno de una gratitud que empezaba a transformarse en algo más profundo. Cada vez que veía a Vincent en el pasillo, mi pulso se aceleraba y el recuerdo de su hombro sosteniéndome en el hospital me quemaba la piel.

Pero en el mundo de la mafia, la felicidad es una tregua corta. El viernes por la tarde, mientras revisaba unos reportes en mi oficina, escuché el sonido de unos tacones que no pertenecían a ninguna empleada del edificio. Eran pasos seguros, arrogantes. Miré a través del cristal y vi a una mujer que parecía haber salido de la portada de una revista de alta costura.

Era rubia, con el cabello cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros descubiertos por un vestido rojo que gritaba poder. Sus ojos eran de un azul tan frío que hacían que los ojos grises de Vincent parecieran cálidos. Natasha Vulov no caminaba por el pasillo; era dueña del aire que respiraba. Vi con horror cómo Marco, el hombre que no le abría la puerta a nadie sin una orden, le permitía el paso a la oficina de Vincent con una inclinación de cabeza.

—¿Quién es ella? —le pregunté a una colega que miraba con la misma fascinación.

—Es Natasha Vulov —respondió Giana Costa, apareciendo detrás de mí con una sonrisa triunfal que disfrutaba mi dolor—. Es la hija del jefe de la mafia rusa. Ella y el señor Moretti han estado comprometidos desde que eran niños. Es un matrimonio pactado para unir a las dos familias más poderosas del continente. Se casan en unos meses.

El mundo se volvió borroso. A través del cristal, vi a Natasha sentarse frente a Vincent, inclinándose hacia él con una familiaridad íntima, tocando su mano con el derecho de quien sabe que le pertenece. Me sentí pequeña, ridícula en mis ropas sencillas, una afanadora que había cometido el error de creer en los cuentos de hadas.

Salí de la oficina casi corriendo, buscando aire. Me encerré en el cubo de las escaleras y dejé que el dolor me atravesara. Lo amaba. Amaba al hombre que me trajo café a las cuatro de la mañana, al hombre que escuchó mis sueños rotos y que salvó a mi hermana. Pero él ya tenía una reina, y su corona estaba forjada en alianzas de sangre que yo nunca podría igualar.

A partir de ese momento, decidí retirarme. Dejé de quedarme tarde, dejé de aceptar sus cenas y empecé a tratarlo con una frialdad profesional que me desgarraba por dentro. Vincent notó el cambio; veía la confusión y el dolor en sus ojos cada vez que yo evitaba su mirada, pero no podía hacer nada. Él era un prisionero de su propio imperio, atado a una mujer que no amaba por un deber que no podía ignorar.

—Tú la amas, jefe —le dijo Marco una noche mientras Vincent miraba por la ventana hacia donde yo solía estar—. Y ella se está muriendo por dentro porque cree que la has cambiado por la rusa.

Vincent no respondió, pero sus puños se apretaron hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Estábamos atrapados en un baile de lealtades y traiciones, sin saber que una tormenta mucho más oscura, liderada por su propio hermano y la envidia de Giana, estaba a punto de desatarse sobre nosotros.

Capítulo 7: Sombras en el estacionamiento

La distancia que puse entre Vincent y yo tras la llegada de la “princesa rusa” era un veneno que me consumía lentamente. Yo me obligaba a salir a las seis en punto, evitando las cenas nocturnas y las charlas sobre arquitectura que tanto nos habían unido. Pero mientras yo intentaba salvar mi corazón, Giana Costa estaba planeando cómo destruirme.

Giana no estaba sola. Se había aliado con Luca Moretti, el hermano menor de Vincent que vivía exiliado en México tras traicionar a la familia años atrás. Luca era el espejo oscuro de Vincent: tenía sus mismos rasgos, pero una mirada podrida por la envidia y la locura. Giana le dio todo lo necesario: los puntos ciegos de las cámaras, el horario de mis salidas y la ubicación del coche que Vincent me había regalado para que no tuviera que usar el transporte público.

El martes por la tarde, el aire en el estacionamiento subterráneo del corporativo se sentía inusualmente frío. Apenas puse la mano en la manija de mi coche, sentí una presencia detrás de mí. Una mano callosa y fuerte me tapó la boca antes de que pudiera gritar. Un pañuelo impregnado con un químico asfixiante me nubló la vista. Lo último que vi antes de que el mundo se apagara fue el reflejo de las luces de neón en el pavimento.

Desperté horas después, con un dolor de cabeza que sentía como si me estuvieran clavando agujas en las sienes. Estaba atada de pies y manos a una silla de madera en un sótano que olía a moho y humedad. Luca apareció frente a mí, rodeándome como un tiburón que ha olido sangre.

—Isabella, Isabella… mi hermano tiene gustos muy particulares —dijo con una voz que me hizo querer vomitar —. Necesito los códigos de las cuentas offshore y que me digas dónde está la caja fuerte que mi padre le heredó a Vincent.

—No sé de qué hablas —respondí, intentando que mi voz no temblara.

La respuesta de Luca fue un golpe seco con una barra de hierro en mi estómago. El aire se escapó de mis pulmones y sentí que la vida se me iba. Luego vino un golpe en las costillas y otro en la cara que me abrió el labio.

—¡Dímelo! —gritaba Luca, perdiendo los estribos.

Escupí sangre al piso y lo miré con el poco orgullo que me quedaba. Sabía que si hablaba, Vincent perdería su imperio, y si no hablaba, yo perdería mi vida. Elegí el silencio. Lo amaba tanto que incluso bajo tortura, su nombre era lo único que mantenía mi mente cuerda.

Capítulo 8: Un demonio buscando su luz

Vincent Moretti nunca ha sido un hombre de mucha paciencia, pero esa tarde, su instinto se encendió como una alarma de incendio. Cuando llamó por quinta vez y yo no contesté, supo que algo terrible había pasado; yo siempre contestaba por miedo a que fuera algo sobre Sophia.

En diez minutos, Marco ya tenía las grabaciones del estacionamiento. Vincent vio el video de mi secuestro y, según cuenta Marco, el edificio entero pareció temblar ante su furia. Pero no era solo ira; era miedo real, un sentimiento que Vincent no había sentido desde que vio a su padre morir en sus brazos.

—Encuéntrenla —ordenó con una voz que no era humana, sino la de un animal herido —. Si le pasa algo, voy a quemar cada rincón de esta ciudad.

Mientras sus hombres peinaban los bajos mundos de la CDMX y Querétaro, Vincent se quedó solo en su oficina, apoyado contra el ventanal. Marco lo encontró hincado, rezando con la frente pegada al cristal. El hombre que había matado sin que le temblara el pulso estaba suplicando por la vida de una ex-afanadora de Iztapalapa.

Gracias a un infiltrado, dieron con la bodega donde Luca me tenía cautiva. El ataque fue brutal. Vincent no esperó a sus hombres; él mismo tiró la puerta de un golpe y entró disparando como si no tuviera nada que perder. Cuando llegó a la habitación del fondo y me vio—rota, ensangrentada y atada—sus ojos grises se llenaron de lágrimas que nunca llegaron a caer.

Luca intentó usarme como escudo, apuntando una pistola a la sien de Vincent mientras gritaba sobre cómo siempre fue el hijo olvidado. Pero Vincent no dudó. En un movimiento que apenas vi, sacó su arma y le disparó a su propio hermano directo al pecho. Luca cayó sin vida, con la misma mirada de asombro que seguramente tuvo su padre al morir.

Vincent me cargó en sus brazos como si fuera lo más valioso del universo. Me llevó al hospital más caro de la ciudad, donde pasé tres días en cuidados intensivos. Cuando desperté, él estaba ahí, sin haberse bañado ni afeitado en días.

—Perdóname —susurró, cayendo de rodillas junto a mi cama de hospital —. Te amo, Isabella. Te amo desde que me desafiaste con ese trapo en la mano. No puedo perderte. He terminado mi compromiso con Natasha. Nada importa más que tú.

Lo toqué, sintiendo su barba rasposa, y por primera vez no tuve miedo del futuro. Le dije que lo amaba también, sellando un pacto que iba más allá de los negocios o la mafia. Sin embargo, la furia de una mujer despechada como Natasha Vulov estaba por estallar sobre nosotros, y esta vez, el campo de batalla sería nuestra propia felicidad.

Capítulo 9: Fuego en Nochebuena

La tregua que siguió al rescate de las garras de Luca fue solo la calma antes de la tempestad más grande que jamás vería la Ciudad de México. Vincent había tomado su decisión: me eligió a mí, una ex-afanadora de Iztapalapa, por encima de Natasha Vulov y la alianza con la mafia rusa. Pero la humillación de una mujer como Natasha no se paga con disculpas, se paga con sangre.

Natasha regresó a Nueva York llena de rabia y veneno. Le mintió a su padre, el zar de la mafia rusa, diciéndole que Vincent la había despreciado públicamente para poner a una “sirvienta” en su trono. Esa mentira fue la chispa que incendió el polvorín. Los rusos se aliaron con los restos del grupo de Luca, hombres que solo buscaban venganza.

Llegó diciembre y el ambiente en el Corporativo Moretti era de una falsa seguridad. Todos estaban enfocados en las fiestas, en las posadas y en cerrar el año. Pero mi instinto, ese que perfeccioné en las calles más duras de la CDMX, me decía que algo estaba mal. Una tarde, mientras revisaba los reportes financieros que ahora eran mi responsabilidad, noté un flujo de efectivo inusual. Pequeñas cantidades de dinero entrando desde Nueva York a cuentas fantasma en Chicago y México, divididas para no levantar sospechas.

—Natasha no se ha rendido —le dije a Vincent esa noche mientras compartíamos una cena tardía en su oficina. —Ella sabe que no tiene lugar aquí —respondió él, pero su mirada de acero me dijo que estaba alerta.

Gracias a mi descubrimiento, Marco pudo confirmar que un ataque masivo estaba planeado para la noche de Navidad, cuando la guardia de los Moretti estuviera baja. Pero Vincent Moretti no es de los que esperan a que el enemigo toque a su puerta.

La Nochebuena no hubo paz. Vincent lideró a sus hombres hacia una bodega en las afueras donde los rusos y los traidores se estaban concentrando. Yo no pude quedarme atrás; desobedecí sus órdenes y seguí a Marco, temiendo que esta fuera la última noche de Vincent.

El enfrentamiento fue un infierno de balas y metal. En medio del humo, Natasha apareció frente a mí. Sus ojos azules, antes gélidos, ahora estaban inyectados de una locura homicida. Levantó su arma con una sonrisa macabra. —Si no eres mía, no serás de nadie —gritó, pero no se refería a ella, sino al imperio que yo le había “quitado”.

Justo cuando su dedo apretaba el gatillo, Vincent surgió de la oscuridad como un ángel exterminador. Un solo disparo certero de su arma puso fin a la amenaza de Natasha. Ella cayó sin vida, y Vincent me jaló hacia su pecho mientras los últimos ecos de la batalla se apagaban. —Nadie te toca —me susurró al oído con una voz que temblaba de alivio—. Eres lo único real que tengo en este mundo.

Capítulo 10: El sueño restaurado

Con la muerte de Natasha y la expulsión definitiva de Giana Costa —quien fue desterrada de todo territorio Moretti por su traición—, el imperio finalmente conoció la paz. Pero la victoria más grande no ocurrió en una bodega, sino en un hospital. Un mes después de aquella Navidad sangrienta, Sophia entró a su cirugía definitiva.

Esta vez no hubo miedo. Vincent contrató a los mejores especialistas del mundo para que la operaran en el hospital más avanzado de México. Cuando el doctor salió y nos dijo que su corazón ahora funcionaba a la perfección, lloré en los brazos de Vincent, pero esta vez eran lágrimas de una felicidad que nunca creí merecer. Sophia viviría. Mi promesa a mi madre estaba cumplida.

Vincent decidió que el legado de su padre no podía seguir manchado de sangre. Bajo mi asesoría, comenzó a transformar sus negocios en empresas legítimas, abandonando las operaciones oscuras para que nuestros futuros hijos pudieran caminar por la calle sin guardaespaldas.

Tres meses después, Vincent me pidió que lo acompañara a Iztapalapa. Yo no quería volver, me dolía recordar la miseria. Pero al llegar a la calle de mi infancia, me quedé sin aliento. La vieja casa ruinosa donde viví con mi madre y Sophia había sido reconstruida piedra por piedra. Ya no había moho ni paredes cayéndose; era una casa hermosa, con un jardín lleno de cempasúchil y rosas.

—Quiero que recuperes tus sueños en el mismo lugar donde los perdiste —me dijo Vincent, arrodillándose en el césped fresco mientras abría una cajita con un diamante que brillaba más que las luces de la ciudad. —Isabella Reyes, ¿quieres ser mi esposa?

No pude hablar, solo asentí mientras él deslizaba el anillo en mi dedo. Nos casamos ahí mismo, en el patio de esa casa, en una ceremonia íntima. Sophia fue mi dama de honor, radiante y sana. Marco fue el padrino, y por primera vez vi al hombre de la cicatriz secarse una lágrima de alegría.

Cinco años han pasado desde ese día. Ahora me siento en mi oficina de la Fundación “Segunda Oportunidad”, una organización que Vincent y yo creamos para dar becas a jóvenes que, como yo, tuvieron que dejar sus estudios por falta de dinero.

La puerta se abre y entra Vincent cargando a nuestro pequeño de tres años, mientras nuestra hija de cinco corre hacia mis brazos gritando que “Papá prometió helado hoy”. Sus ojos cafés son idénticos a los míos, pero brillan con una inocencia que yo nunca tuve.

Vincent me mira y sonríe, esa sonrisa que solo me da a mí y que la Ciudad de México nunca creyó que existiera en su rostro. —¿Te acuerdas cuando pensabas que te iba a matar? —me pregunta divertido. —Casi lo haces —respondo riendo—. Pero terminaste salvándome de todas las formas posibles.

Nuestra historia es la prueba de que el talento no tiene clase social y que el amor puede florecer incluso en el pavimento más frío de una vecindad. Fui la afanadora invisible que nadie miraba, y hoy soy la mujer que cambió el corazón del hombre más temido de México.

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