PARTE 1
Capítulo 1: El Abismo
La oscuridad en Guadalajara no es como en otros lados; cuando te falta todo, la noche parece tener dientes. María caminaba arrastrando los pies por las calles empedradas de la colonia La Aurora, sintiendo cómo el frío de octubre se colaba por los agujeros de su suéter gris, ese que ya tenía los codos raídos de tanto tallar ropa ajena.
—Mami, ya no quiero caminar —gimoteó Miguelito, de cuatro años, jalándole la mano con sus deditos helados.
María se detuvo y tragó saliva. No tenía saliva, en realidad; tenía la boca seca de angustia y de sed. Miró a sus cuatro hijos. Diego, el mayor, de nueve años, cargaba a la pequeña Lupita en brazos. El niño ya no parecía niño; tenía la mirada dura de un hombrecito que ha visto demasiado. Sofía, de siete, se abrazaba a sí misma, tiritando. Y Miguelito… Miguelito arrastraba sus zapatitos rotos, esos donde el dedo gordo ya saludaba al pavimento.
—Ya casi llegamos, mi amor. Aguanta tantito —mintió María.
No iban a ningún lado. No tenían a dónde ir.
Hacía tres meses, su vida era otra. No eran ricos, pero en la mesa había frijoles calientes y tortillas. Roberto, su esposo, trabajaba en la obra y ella hacía costuras. Eran una familia. O eso creía ella. Hasta esa mañana maldita en la que el lado de la cama de Roberto amaneció frío.
No hubo gritos, ni peleas previas. Solo silencio. Y esa nota en la mesa de la cocina, escrita en una servilleta, que María todavía guardaba en su bolsa como un recordatorio de su desgracia: “Ya no aguanto esta vida. Perdóname”.
Se llevó los seis mil pesos que tenían ahorrados bajo el colchón. Se llevó la dignidad de María. Se llevó el futuro de sus hijos.
El mundo se les vino encima rápido. Sin dinero para la renta, el casero, un hombre con cara de bulldog y corazón de piedra, no esperó ni una semana.
—O me pagas o te largas. Aquí no es beneficencia —le gritó frente a los vecinos.
Y así, con unas bolsas de plástico llenas de ropa vieja y juguetes rotos, terminaron en la calle. Si no fuera por Doña Carmen, una viejita santa que vivía sola y les prestó un cuartito de triques en su patio trasero, habrían dormido en la banqueta.
El cuartito no tenía ventanas, olía a humedad y el techo de lámina goteaba, pero era un refugio. Allí, en un colchón viejo tirado en el piso, dormían los cinco, hechos bola para darse calor.
Pero el techo no quita el hambre.
Esa noche, el estómago de María rugía, pero el dolor más fuerte era escuchar los estómagos de sus hijos. Llevaban dos días comiendo solo pan duro reblandecido con agua.
—Dios mío, si estás ahí, por favor… no por mí, por ellos —susurró María al cielo negro. Pero el cielo no respondió. Solo se escuchaba el ladrido lejano de los perros y el viento moviendo la basura.
La basura.
María sintió una punzada de vergüenza tan fuerte que le dieron náuseas. Pero miró a Lupita, que lloraba en silencio en el hombro de Diego, y la vergüenza se convirtió en determinación.
—Espérenme aquí con Diego —les dijo, señalando una banca de concreto cerca del mercado cerrado.
—¿A dónde vas, ma? —preguntó Diego, asustado.
—Voy a… voy a buscar la cena.
Capítulo 2: El Banquete de los Olvidados
El Mercado de La Aurora a las diez de la noche es un cementerio de olores. Huele a cilantro podrido, a sangre de carnicería seca y a fruta fermentada. Para la mayoría, es un olor que hace arrugar la nariz. Para María, esa noche, era el olor de la supervivencia.
Se deslizó hacia la parte trasera, donde los locatarios tiraban lo que “ya no servía”. Las sombras eran largas y fantasmales. María sentía que los ojos de todo el mundo la miraban, aunque no había nadie. Se sentía pequeña, sucia, indigna.
“¿En esto me convertí? ¿En una pepenadora?”, pensó, mientras las lágrimas le nublaban la vista.
Se acercó al contenedor grande. El olor la golpeó como una bofetada.
—Perdóname, Diosito, perdóname —murmuraba mientras metía las manos en las bolsas negras.
Sus dedos, ásperos y agrietados, palparon algo suave. Un plátano. Lo sacó. La mitad estaba negra y aplastada, pero la otra mitad… la otra mitad servía. Lo limpió con su suéter y lo metió en su bolsa de mandado.
Siguió buscando. Encontró dos jitomates golpeados, una cebolla a la que le habían quitado las capas podridas y tres naranjas que parecían balones desinflados. Cada hallazgo era una pequeña victoria y, al mismo tiempo, una derrota humillante.
De repente, escuchó pasos.
María se congeló. El corazón le latía en la garganta. ¿Un policía? ¿Un vagabundo peligroso? Se giró lentamente, abrazando su bolsa contra el pecho como si llevara diamantes.
Al final del callejón, bajo la luz parpadeante de un farol, había un hombre.
No era policía. No parecía vagabundo.
Era alto, delgado. Llevaba el pelo largo hasta los hombros. Pero lo que hizo que María se quedara sin aire fue su ropa. Vestía completamente de blanco. Pantalón de manta blanco, camisa blanca impecable, huaraches de cuero. En medio de la mugre del mercado, él brillaba. Literalmente.
El hombre no caminaba con prisa. Se acercó a ella con una calma que a María le erizó la piel.
—Buenas noches, María —dijo él.
María dio un paso atrás, chocando contra el contenedor.
—¿Cómo… cómo sabe mi nombre? —balbuceó. No conocía a ese hombre. Nunca lo había visto en el barrio.
El hombre sonrió. No era una sonrisa de burla, ni de coqueteo. Era una sonrisa que transmitía una paz tan inmensa que María sintió ganas de llorar de nuevo, pero de alivio.
—Te ves cansada —dijo el hombre, ignorando su pregunta. Su voz era suave, como música bajita—. Y tus hijos tienen hambre.
María sintió que las piernas le fallaban.
—Señor, no tengo dinero. No tengo nada que darle. Solo… solo buscaba algo para los niños.
—Lo sé —dijo él, mirándola a los ojos. Tenía los ojos oscuros, profundos, como pozos de agua infinita—. No he venido a pedirte nada. He venido a darte algo.
María apretó la bolsa. La desconfianza luchaba con la desesperación. En la calle, nadie da nada gratis.
—¿Quién es usted?
—Alguien que ha escuchado tu llanto —respondió él—. Ven. Tus hijos no deben comer eso.
El hombre señaló la bolsa de basura que María tenía en la mano. Luego, se giró y comenzó a caminar hacia la salida del callejón, hacia donde estaba el puesto de Doña Lupita, la señora de los tamales que a veces se ponía en la noche para los trabajadores nocturnos.
—Vamos —insistió él, sin voltear.
María dudó un segundo. ¿Debía seguir a un extraño? Pero pensó en Miguelito y en su pancita vacía. Pensó en la mitad de plátano negro en su bolsa. No tenía nada que perder.
Corrió por sus hijos a la banca.
—¡Vengan, rápido!
—¿Qué pasó, ma? —preguntó Diego, alarmado.
—Un señor… un señor nos va a invitar a cenar.
Los niños abrieron los ojos como platos. Caminaron rápido tras la figura blanca que los esperaba frente al puesto de tamales. El vapor de la olla salía hacia el cielo frío, oliendo a masa de maíz y chile.
—Buenas noches, joven —dijo Doña Lupita, sirviendo un atole—. ¿Qué le doy?
—Deme tamales para todos. Y atole. Que coman hasta que se llenen —dijo el hombre de blanco.
María y los niños se sentaron en los banquitos de plástico. Doña Lupita les sirvió tamales verdes, de rajas, de dulce. El olor era embriagador.
—Coman, hijos, coman —les dijo María, con la voz quebrada.
Diego devoró su tamal. Sofía comía con los ojos cerrados. Miguelito se manchó toda la cara de atole de chocolate. Era la primera comida caliente en semanas.
María no comía. Solo miraba al hombre. Él estaba parado a un lado, observando a los niños con una ternura infinita.
—¿Usted no va a comer? —preguntó ella.
—Mi alimento es otro —respondió él misteriosamente. Luego, metió la mano en su bolsillo y sacó un papel doblado—. María, toma esto.
Ella se limpió las manos en el suéter y tomó el papel.
—¿Qué es?
—Es una dirección. Ve mañana a las 9 de la mañana. No faltes.
—Pero… ¿para qué? ¿Qué hay ahí?
—Tu bendición —dijo él—. Confía. Solo confía.
Pagó la cuenta. María intentó ver de dónde sacaba el dinero, pero fue rápido.
—Tengo que irme —dijo el hombre.
—¡Espere! —gritó María—. ¡Ni siquiera sé su nombre! ¡Ni cómo pagarle esto!
El hombre se detuvo un momento y la miró con esa intensidad que le desnudaba el alma.
—Ya nos veremos, María. Cuida a esos niños. Son tesoros.
Y así, caminó hacia la oscuridad de la calle y, cuando pasó un camión, simplemente desapareció de la vista. María se quedó con el sabor dulce del atole en la boca y un papelito arrugado en la mano que decía: Avenida Juárez 453, Oficina 2011. Tu destino te espera.
No sabía si estaba soñando, pero por primera vez en meses, María no tuvo miedo de despertar.
PARTE 2
Capítulo 3: La Prueba de Fe
Esa noche, en el cuartito de Doña Carmen, María no pudo pegar el ojo. Miraba el techo de lámina, escuchando la respiración tranquila de sus hijos. Miguelito ya no lloraba de hambre; dormía con la panza llena y una sonrisa de chocolate seca en la comisura de los labios.
El papelito quemaba en su mano.
—Avenida Juárez 453… —repitió en susurros.
¿Y si era una trampa? La gente mala se aprovecha de la necesidad. ¿Y si llegaba y le pedían algo a cambio? ¿Algo indecente? El miedo, ese viejo conocido, intentó colarse en su pecho. Pero entonces recordaba los ojos del hombre. Esa paz. Nadie que tuviera maldad podía mirar así.
—Mañana voy —decidió—. Que sea lo que Dios quiera.
A la mañana siguiente, el sol salió tímido sobre Guadalajara. María se levantó antes que todos. Lavó la cara de sus hijos con el agua fría de la pila, les peinó el cabello con los dedos y les puso la ropa menos sucia que tenían.
—Mami, ¿a dónde vamos? —preguntó Sofía, todavía adormilada.
—A buscar un milagro, mi amor.
Se despidió de Doña Carmen, quien la persignó en la puerta.
—Ve con cuidado, mija. Ese hombre tenía algo especial, yo también lo sentí.
Caminaron casi una hora. No tenían para el camión. La Avenida Juárez era zona de oficinas, gente de traje, coches limpios. María se sentía minúscula con sus zapatos rotos. La gente la miraba feo, apartándose como si la pobreza fuera contagiosa. Ella apretó la mano de Diego y siguió caminando con la cabeza en alto.
Llegaron al número 453. Era un edificio blanco, imponente.
—Es aquí —dijo María, con el corazón galopando.
El guardia de la entrada, un señor bigotón con uniforme azul, les bloqueó el paso.
—¿A dónde va, señora? Aquí no se pide limosna.
María sintió que la cara le ardía.
—No vengo a pedir limosna. Vengo a la oficina 2011. Tengo una cita.
El guardia la miró de arriba abajo con desdén.
—¿Cita usted? A ver…
Revisó una lista en su mostrador con desgana. De repente, su dedo se detuvo. Sus ojos se abrieron como platos. Miró a María, luego a la lista, luego a María otra vez. Su actitud cambió en un segundo.
—Ah… disculpe, señora María López. Sí, aquí está. Pase, pase por favor. Elevador al segundo piso.
María entró temblando al elevador. Los niños miraban los botones con fascinación. Nunca habían subido a uno.
Al llegar al piso 2, buscaron la puerta 2011. Tenía un letrero dorado: “Fundación Esperanza Nueva”.
María tocó suavemente.
—Adelante —dijo una voz amable.
Entraron. Era una oficina pequeña pero elegante, con aire acondicionado y olor a lavanda. Detrás de un escritorio grande estaba una mujer de unos cincuenta años, con lentes y una sonrisa maternal.
—Buenos días. ¿Usted es María?
—Sí, señora. Un… un señor de blanco me dijo que viniera.
La mujer, que se llamaba Rosario, asintió emocionada.
—Lo estábamos esperando. Siéntese, por favor.
María se sentó en la orilla de la silla, abrazando a Lupita.
—Señora, no entiendo nada. ¿Quién era ese hombre?
Rosario suspiró y sacó un sobre grueso de manila del cajón.
—Ese hombre vino ayer personalmente. Nos dejó instrucciones muy precisas sobre usted y sus hijos. Nos dijo que usted es una mujer de fe inquebrantable que solo necesita una oportunidad.
—¿Y qué… qué es eso? —señaló María el sobre.
—María —dijo Rosario, inclinándose hacia adelante—, esto es una beca integral.
Abrió el sobre. Sacó un cheque. María vio la cifra y casi se desmaya. Eran ceros. Muchos ceros.
—Esto cubre la renta de una casa por dos años, la inscripción de todos sus hijos en la escuela privada del colegio, uniformes, despensa mensual y… un capital semilla para que usted inicie su propio negocio.
El silencio en la habitación fue absoluto. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
María empezó a llorar. No un llanto suave, sino un llanto profundo, desgarrador, de esos que salen cuando has aguantado el peso del mundo demasiado tiempo y de repente te lo quitan.
—¿Por qué? —sollozó—. ¿Por qué a mí? Yo no soy nadie.
—Para ese hombre, usted lo es todo —dijo Rosario, con lágrimas en los ojos—. Él dijo que usted tiene un don. Que sus manos, esas que buscaban en la basura, están hechas para crear cosas hermosas.
Capítulo 4: El Castillo de los Sueños
El trayecto hacia la nueva vida de María comenzó en el asiento trasero del auto de Rosario. Era un sedán gris, impecable, con asientos que olían a limón y aire acondicionado que secaba el sudor frío del miedo que María aún sentía en la nuca.
Los niños iban en silencio, con los ojos pegados a las ventanillas. Diego, que iba cargando a Lupita, no dejaba de mirar los edificios que pasaban rápido, como si temiera que, si parpadeaba, el auto se detendría y los bajarían de nuevo en la calle sucia de donde venían.
—Señora Rosario… —murmuró María, apretando su bolsa vieja contra el pecho, sintiéndose pequeña en aquel auto limpio—. ¿Está segura de que no es un error? Nosotros… nosotros no podemos pagar nada de esto. Ni siquiera tengo para la gasolina de este viaje.
Rosario, conduciendo con calma, la miró por el espejo retrovisor. Sus ojos detrás de los lentes transmitían una seguridad que María necesitaba desesperadamente.
—María, escúchame bien —dijo con voz firme pero suave—. El hombre que vino ayer dejó todo pagado. No solo la renta. Dejó instrucciones precisas de que no te faltara ni un peso. Esto no es un préstamo, es un regalo. Un regalo de alguien que ve en ti algo que quizás tú misma olvidaste que tenías.
—¿Qué cosa? —preguntó María, bajando la vista a sus manos agrietadas.
—Dignidad, mujer. Y una fuerza de madre que mueve montañas.
El auto dejó atrás el centro ruidoso de Guadalajara. Poco a poco, el paisaje cambió. Las calles llenas de baches y basura quedaron atrás. Empezaron a aparecer avenidas con camellones verdes, árboles frondosos y banquetas limpias donde la gente paseaba perros con correa.
—¡Mami, mira! —gritó Miguelito, señalando por la ventana—. ¡Esas casas son de colores!
Entraron al fraccionamiento “Vista Hermosa”. El nombre no mentía. Era un lugar tranquilo, donde el silencio no daba miedo, sino paz. No se oían gritos, ni sirenas de patrullas, ni música estridente. Solo el canto de algunos pájaros y el sonido de las hojas moviéndose con el viento.
Rosario detuvo el auto frente a una casa de una planta, pintada de un color amarillo pálido, cálido como la yema de un huevo, con tejas color terracota y una pequeña reja de hierro forjado pintada de blanco. Tenía un jardín delantero pequeño, pero el pasto estaba verde, recién cortado, y había un rosal con tres rosas rojas abiertas, vibrantes bajo el sol de la tarde.
—Llegamos —anunció Rosario, apagando el motor.
Los niños no se movieron. Estaban paralizados. Para ellos, acostumbrados a cuartos de lámina y pisos de tierra, esto parecía una nave espacial o un castillo de cuento.
—¿Es esa? —preguntó Sofía en un susurro, como si hablar fuerte pudiera romper el encanto.
—Es esa, mi amor —respondió María, sintiendo un nudo en la garganta tan grande que apenas podía respirar.
Bajaron del auto. El aire aquí olía diferente. Olía a limpio, a flores y a tierra mojada. Rosario caminó hacia la reja, la abrió sin esfuerzo y les hizo señas para que pasaran. María avanzó lento, arrastrando los pies por costumbre, hasta que pisó el sendero de concreto limpio que llevaba a la puerta principal.
Rosario sacó un llavero con dos llaves plateadas y se lo extendió a María.
—Ten. Ábrela tú. Es tu casa.
María tomó las llaves. Sus manos temblaban violentamente. Intentó meter la llave en la cerradura, pero el metal chocaba contra el metal por el temblor.
—Yo te ayudo, ma —dijo Diego, acercándose. Puso su manita sobre la mano de su madre, deteniendo el temblor. Juntos, giraron la llave.
Click.
El sonido fue seco y definitivo. La puerta de madera barnizada se abrió suavemente, sin rechinar.
Lo que vieron al entrar les robó el aliento a todos.
No era una mansión lujosa, pero para María, era Versalles. La sala estaba inundada de luz natural que entraba por una ventana grande con cortinas blancas translúcidas. El piso no era de tierra, ni de cemento pulido; era de loseta cerámica brillante, color crema.
Había un sofá. Un sofá de verdad, color café, con cojines mullidos. Una mesa de centro de madera. Una lámpara de pie.
Los niños se quedaron parados en el tapete de la entrada, mirando sus propios zapatos rotos y sucios, y luego mirando el piso impecable.
—¿Podemos pasar? —preguntó Miguelito, con miedo—. Vamos a ensuciar, mami.
A María se le partió el corazón al escuchar eso. Sus hijos habían aprendido a sentirse sucios, a sentirse ajenos a lo bonito. Se agachó frente a ellos, ignorando a Rosario por un momento, y los miró a los ojos.
—Escúchenme bien, mis amores —dijo con la voz entrecortada—. Esta mugre en los zapatos se quita. Pero ustedes… ustedes son limpios por dentro. Esta es su casa. Pueden pisar donde quieran. Pueden sentarse donde quieran. Es de ustedes.
—¿De verdad? —preguntó Sofía.
—De verdad. ¡Corran!
Como si hubieran dado un disparo de salida, los tres niños mayores salieron disparados. Diego corrió hacia las recámaras, Sofía se lanzó de panza al sofá gritando “¡Es suave, es suave!”, y Miguelito corrió en círculos por la sala riendo como loco.
María se levantó y miró a Rosario, quien se limpiaba discretamente una lágrima debajo de los lentes.
—Venga, María, quiero mostrarle la cocina —dijo Rosario.
Caminaron hacia el fondo. La cocina era pequeña pero perfecta. Tenía gabinetes de madera blanca y una barra de desayuno. Pero lo que hizo que María se cubriera la boca con las manos no fueron los muebles, sino lo que había sobre ellos.
Había bolsas del supermercado. Muchas.
Y el refrigerador… Rosario abrió la puerta del refrigerador grande y plateado.
Estaba lleno.
Cartones de leche, jugo de naranja, paquetes de jamón, queso, salchichas, yogures de fresa, verduras frescas, carne, pollo. En la alacena había cajas de cereal, bolsas de arroz, frijol, aceite, azúcar, café.
Diego y Miguelito entraron corriendo a la cocina y se frenaron en seco al ver el refrigerador abierto. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El hambre, esa compañera constante y cruel de los últimos meses, se hizo presente en sus miradas, pero esta vez con esperanza.
—Mami… —susurró Miguelito, señalando un yogur—. ¿Ese es para nosotros?
—Todo es para nosotros, mi vida —lloró María, ya sin poder contenerse—. Todo.
—¿Me puedo comer uno? —preguntó el niño, salivando.
—¡Sí! ¡Cómetelo! ¡Cómete dos si quieres!
Rosario les ayudó a sacar las cosas. Los niños se sentaron en el piso de la cocina, comiendo jamón directo del paquete y bebiendo leche en vasos de vidrio que María sacó con miedo de romperlos. Verlos comer con esa ansiedad, pero también con esa alegría, fue el momento más doloroso y feliz de la vida de María.
Después de que calmaron el hambre voraz, exploraron las recámaras.
Eran tres.
—Esta es la de los niños —dijo Rosario, abriendo una puerta.
Había dos camas individuales con edredones de carritos y balones de fútbol. Una mesita de noche con una lámpara azul. Y un clóset vacío esperando ropa.
—¡Yo pido la de arriba! —gritó Miguelito, aunque no eran literas, saltando sobre una cama.
Diego se acercó a la otra cama. Pasó la mano por el edredón suavemente, como si tocara algo sagrado. Se sentó en la orilla y rebotó un poco. Miró a María y sonrió, una sonrisa genuina que le quitó cinco años de encima y lo hizo ver como el niño de nueve años que realmente era.
La habitación de las niñas era color lila. Tenía muñecas sobre las camas. Sofía abrazó una muñeca y se tiró en la cama, enterrando la cara en la almohada que olía a lavanda.
—Huele a rico, mami. Ya no huele a humedad.
Finalmente, la recámara principal. Una cama matrimonial con una colcha beige, elegante y sencilla. Un espejo grande. Un baño propio.
María entró sola. Cerró la puerta un momento y se recargó en ella. El silencio era absoluto. Se miró en el espejo. Vio su suéter desgastado, su cabello revuelto, sus ojos hinchados de llorar. Pero por primera vez en mucho tiempo, no vio a una víctima. Vio a una sobreviviente.
—Se acabó —le dijo a su reflejo—. Se acabó buscar en la basura. Se acabó el frío.
Salió y encontró a Rosario en la sala, dejando unas llaves extra sobre la mesa.
—María, tengo que irme. Mañana vendré para llevarte a inscribir a los niños a la escuela. En la mesa te dejé dinero en efectivo para cualquier urgencia y mi número de celular.
María tomó las manos de Rosario y las besó.
—Gracias, señora Rosario. Que Dios la bendiga. No tengo cómo pagarle.
—No me agradezcas a mí. Agradece a Aquel que te envió aquí. Disfruta tu noche, María. Es la primera del resto de tu vida.
Cuando Rosario se fue, la casa se sintió inmensa. Pero ya no era un espacio vacío; estaba lleno de risas.
Esa noche, María decidió estrenar la estufa. Tenía miedo de prenderla, miedo de que fuera demasiado complicado, pero giró la perilla y la flama azul brotó con fuerza. Puso un sartén nuevo, rompió huevos frescos —no podridos, no regalados—, cortó jamón en cuadritos y cebolla.
El aroma de la cebolla friéndose en aceite limpio inundó la casa. No olía a sobras. Olía a hogar. Olía a familia.
—¡A cenar! —gritó, y su propia voz le sonó extraña, fuerte, cantarina.
Se sentaron los cinco alrededor de la mesa del comedor. No en el suelo. En una mesa. Con sillas.
Sirvió los platos colmados de huevo humeante, frijoles refritos con queso fresco encima y vasos de leche con chocolate caliente.
—Gracias Dios por estos alimentos —dijo Diego, juntando sus manos espontáneamente antes de empezar.
Todos cerraron los ojos.
—Gracias Dios —repitieron en coro los pequeños.
Cenaron entre risas, manchándose los bigotes de chocolate. Sofía contaba chistes que había escuchado en la calle, Miguelito intentaba hacer burbujas con la leche. María los miraba, grabando cada detalle en su memoria: la luz dorada de la lámpara sobre sus cabezas, el brillo en sus ojos, la seguridad en sus gestos.
Después de la cena, llegó la hora del baño.
El baño tenía azulejos blancos y una regadera cromada. María abrió la llave del agua caliente. Al principio salió fría, pero luego, el vapor comenzó a llenar el cuarto.
¡Agua caliente! Sin tener que calentar ollas en la estufa.
Metió a los cuatro niños, uno por uno. Los talló con una esponja suave y jabón que olía a avena. Les lavó el cabello con champú de verdad, sacando la mugre del mercado, el polvo de la calle, el olor a tristeza.
—¡Está calientita, mami! —decía Lupita, chapoteando y riendo.
Los secó con toallas gruesas y esponjosas que raspaban delicioso contra la piel limpia. Les puso las pijamas nuevas que venían en los cajones: una de dinosaurios para Miguel, una de princesas para Sofía.
Cuando los acostó en sus camas, el cansancio finalmente los venció. La emoción había sido demasiada.
María arropó a Diego.
—Descansa, mi hombrecito valiente. Ya no tienes que cuidar a nadie hoy. Yo cuido.
Diego la miró con los ojos pesados.
—Mami… ¿el señor de blanco es un ángel?
María le acarició la frente, apartándole el pelo.
—No lo sé, mi amor. Pero nos trajo el cielo a la tierra. Duerme.
Fue cuarto por cuarto, besando frentes, apagando luces.
Cuando la casa quedó en silencio, María no se fue a dormir. No podía.
Se sirvió un vaso de agua fría del refrigerador y se sentó en el sofá de la sala, a oscuras, solo iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana.
Miró alrededor. Las sombras aquí no daban miedo. Eran sombras amigas.
Pensó en Roberto, su esposo que la abandonó. Por primera vez, no sintió odio. Sintió lástima. “Mira lo que te perdiste, Roberto. Mira lo que Dios tenía guardado para nosotros si tan solo hubieras aguantado un poco más”.
Sacó de su bolsa el papelito arrugado con la dirección. Lo alisó sobre su pierna.
—Gracias —habló en voz alta a la habitación vacía, sabiendo que Él la escuchaba—. No sé quién eres. No sé por qué me elegiste a mí entre tanta gente que sufre. Pero te prometo algo… te prometo por la vida de mis hijos que no voy a desperdiciar esto.
María se levantó, caminó hacia la ventana y miró la calle tranquila de Vista Hermosa.
Mañana inscribiría a los niños a la escuela. Mañana buscaría dónde comprar más harina. Mañana empezaría a construir ese futuro que el hombre de blanco le había prometido.
Se fue a su recámara, se quitó la ropa vieja que olía a pasado y se deslizó entre las sábanas de algodón egipcio de su cama matrimonial. El colchón la abrazó.
Y por primera vez en tres años, María López cerró los ojos y no soñó con caer en un abismo. Soñó que volaba. Y que sus alas eran blancas, enormes y olían a pan recién horneado.
