CAPÍTULO 1: El Café del Diablo
La lluvia en la Ciudad de México no limpia nada; solo hace que el smog se pegue más a la piel. Para Sara Jiménez, esa llovizna de martes por la mañana en Polanco no era clima, era una burla personal del universo.
Estaba parada bajo el toldo negro de “El Obsidiana”, el restaurante más mamón y exclusivo de Masaryk, tratando de sacudirse el agua de su delantal. Adentro, su celular vibró contra su cadera. No necesitaba sacarlo para saber quién era. BanCoppel, el casero de su departamento en la Doctores, o tal vez el banco recordándole que su tarjeta de crédito estaba tan roja que quemaba. La santísima trinidad de su existencia: Deuda, Desesperación y Desalojo.
—¡Sara! La mesa 4 quiere más chilaquiles y la 7 pregunta si los huevos son orgánicos o de gallinas que escuchan a Mozart —ladró Ricardo, el gerente, pasando a su lado con un altero de menús.
Ricardo era un tipo que sudaba ansiedad. Le tenía pavor a la clientela, porque “El Obsidiana” no era solo un lugar para desayunar; era la pasarela de la élite chilanga. Políticos, influencers y tech-bros de Santa Fe venían aquí a cerrar tratos.
—Voy —dijo Sara, forzando esa sonrisa falsa que ya le dolía en la cara.
Empujó las puertas de cristal y el olor a café tostado y perfume caro la golpeó. El sonido de los cubiertos contra la porcelana había sido el soundtrack de su vida por tres años. Sara tenía 26. Según el plan que escribió en la prepa, ahorita debería ser abogada junior en un despacho de Reforma, defendiendo causas justas. En lugar de eso, traía una charola con agua tibia y ganas de llorar.
Dejó la carrera cuando a su papá le dio cáncer. Las quimios se comieron la colegiatura, luego los ahorros, y al final, el futuro. Él murió hace seis meses, dejándola con nada más que un luto que pesaba toneladas y deudas que crecían mientras dormía.
—Disculpa, niña —la llamó una señora en la mesa 4, con una bolsa que costaba más que el Nissan Tsuru 2005 de Sara—. Esta mimosa es puro jugo. Pedí un splash.
—Una disculpa, señora. Se la cambio ahora mismo —mintió Sara con suavidad.
Mientras iba hacia la barra, el ambiente cambió. No fue un sonido, fue como si se hubiera ido el aire. El murmullo cesó. Las cabezas giraron. La puerta se abrió y dos gorilas con traje y chícharo en el oído entraron escaneando el lugar. Seguridad privada. Nivel pesado.
Y entonces entró él. Alejandro Sterling.
No necesitabas leer Expansión para saber quién era. 32 años, CEO de Ether Dynamics, la empresa de logística e Inteligencia Artificial que movía medio México. Si pedías algo por Amazon o Mercado Libre, el código de Sterling probablemente decidía la ruta.
Era guapo de una forma agresiva. Pelo oscuro, mandíbula tensa y ojos que parecían calcular cuánto valía tu alma en pesos devaluados. No esperó a la host. Caminó directo a la mejor mesa, la de la ventana, que estaba ocupada por una parejita de influencers tomándose fotos.
Ricardo casi se mata corriendo hacia ellos.
—¡Señor Sterling! No lo esperábamos. Qué honor… —Ricardo temblaba. Miró a la pareja y luego a Sterling. Los chavos, al ver quién era, agarraron sus iPhones y se largaron sin que nadie les dijera nada. El poder tiene ese efecto.
Alejandro ni los miró. Se sentó, sacó una tablet y empezó a teclear.
—Café, negro. Y huevos revueltos. Sin cebolla. Tres minutos —dijo. Su voz era grave, educada, pero fría como el mármol.
Ricardo se puso pálido.
—Sara —siseó, agarrándola del brazo—. La mesa uno. El señor Sterling. Si la riegas, no te molestes en venir mañana.
Sara miró al magnate. Sintió ese nudo familiar en el estómago, pero asintió.
—Ya voy, Ricardo.
Fue a la estación de café. Le temblaban las manos, no de miedo, sino de hambre. No había desayunado. Sirvió el café con cuidado quirúrgico. Se acercó a la mesa 1.
—Buenos días, señor Sterling —dijo, dejando la taza.
Él no levantó la vista. Siguió en su tablet. Sara suspiró. Estaba acostumbrada a ser invisible.
—Sus huevos salen en un momento.
Se dio la vuelta para irse, pero el sonido de la cerámica golpeando la madera la detuvo en seco.
—Esto está frío —dijo Sterling.
Sara se congeló. Se giró. Él finalmente la estaba mirando. Ojos grises, vacíos.
—Lo acabo de servir de la jarra, señor.
—No te pedí el pronóstico del tiempo —cortó él—. Dije que está frío. Llévatelo. Tráeme uno nuevo, y si sabe a lodo quemado como este, compro el edificio solo para despedirte yo mismo.
El restaurante se quedó mudo. Sara sintió la sangre subiéndole a las mejillas. No era el insulto; era la crueldad casual. La miraba como si ella fuera un error en su código.
—Una disculpa. Enseguida le traigo uno fresco.
Regresó a la cocina.
—Está de malas —susurró Marco, el cocinero—. Vi en las noticias que sus acciones cayeron 2% hoy. Anda buscando con quién desquitarse.
—Que no me use a mí —murmuró Sara. Preparó un Americano directo de la máquina, hirviendo. Lo mejor que podía hacer.
Salió. La tensión en el aire era insoportable. Puso la taza nueva frente a él.
—Aquí tiene.
Sterling tomó un sorbo. Pausó. Por un segundo, Sara pensó que ya la había librado.
Entonces, azotó la taza contra la mesa. El café hirviendo salpicó el mantel blanco inmaculado.
—¿Eres estúpida o te haces? —alzó la voz. No gritaba, pero su voz llenaba el lugar—. Dije café negro. Esto tiene espuma. Esto es un Americano. ¿Parezco alguien que quiere un espresso diluido? Quiero café de filtro, simple. ¿Es demasiado complejo para tu cerebro?
Sara se quedó ahí parada. Pensó en la orden de desalojo. Pensó en su papá, que trabajó de obrero toda su vida y jamás trató a nadie así. Pensó en los 200 pesos en su bolsa. Necesitaba este trabajo. De verdad lo necesitaba.
—Lo siento, señor —dijo con la voz tensa—. El café de la jarra está a la misma temperatura. Le hice un Americano para asegurar que estuviera caliente. Solo trataba de ayudar.
—No te pago para pensar —se burló Sterling, recargándose en la silla—. Sara… —leyó su gafete con asco—. Te pago para servir, y estás fallando en lo único para lo que sirves. Quita esto de mi vista.
Hizo un ademán con la mano, como espantando una mosca.
Sara miró el café derramado. Miró a Ricardo, que desde la esquina le hacía señas desesperadas para que se disculpara de rodillas si era necesario.
Pero algo dentro de Sara Jiménez se rompió. No fue un estallido. Fue un click silencioso.
No recogió la taza. Se enderezó. Sus manos dejaron de temblar.
—Dije… —repitió Sterling, bajando la voz peligrosamente—. Quita esto de mi vista.
—No —dijo Sara.
La palabra flotó en el aire como un disparo.
Sterling alzó las cejas. Por primera vez, la miró de verdad. Vio el uniforme desgastado, las ojeras, y la furia en sus ojos.
—¿Perdón? —preguntó él, con una sonrisa burlona—. ¿Me acabas de decir que no?
—Así es —dijo Sara, y su voz sonó fuerte, resonando en el local—. Le preparé una taza fresca. Usted la tiró. Si quiere que la limpie, puede pedirlo con educación o esperar al garrotero. Pero no soy su sirvienta personal ni soy un perro. Soy una mesera. Hay una diferencia.
El silencio era sepulcral. Una señora en la mesa 5 soltó un “Ay Dios”.
Sterling se puso de pie. Era alto, más de 1.85, y usó su altura para intimidarla.
—¿Tienes idea de quién soy?
—Sé perfectamente quién es —dijo Sara, alzando la barbilla—. Es Alejandro Sterling. Hizo 40 mil millones el año pasado revolucionando la logística. Y ahora mismo, es un bully haciendo un berrinche por una taza de café porque cree que su cuenta de banco le da derecho a tratar a la gente como basura.
La cara de Sterling se endureció.
—Estás caminando por una línea muy delgada, Sara. Podría hacer que te despidan en diez segundos. Podría asegurarme de que no vuelvas a trabajar en esta ciudad.
—Hágalo —dijo Sara. Sintió una liberación extraña. Ya estaba quebrada. Ya estaba sola. ¿Qué más le podía quitar este tipo?—. Despídame. Pero no me va a hablar así.
Sterling dio un paso más, invadiendo su espacio.
—Hablaré como yo quiera. Soy el cliente, y tú no eres nada más que…
—¡Gríteme otra vez! —lo interrumpió Sara, su voz baja pero cortante como una navaja—. Y esto se acaba.
Sterling paró en seco. Parecía genuinamente confundido.
—¿Qué se acaba?
Ella señaló el espacio entre los dos.
—El servicio. El respeto. La tolerancia a su comportamiento. Usted podrá ser el dueño de medio México, señor Sterling, pero no es dueño de mí. Así que le doy una advertencia: Gríteme otra vez, humílleme una vez más, y yo salgo por esa puerta y usted se sirve solo.
Ricardo llegó corriendo, casi hiperventilando.
—¡Señor Sterling! Mil disculpas, ella es nueva, está loca… Sara, ¡vete a la cocina! ¡Estás despedida! ¡Lárgate!
Sterling levantó una mano, callando a Ricardo al instante sin siquiera mirarlo. Mantuvo sus ojos fijos en Sara. Por diez segundos eternos, nadie se movió.
Sterling buscaba miedo en los ojos de ella. Buscaba arrepentimiento. No lo encontró.
De repente, la expresión del magnate cambió. La ira se drenó, reemplazada por algo ilegible. ¿Cálculo? ¿Curiosidad?
Se sentó lentamente. Tomó su servilleta de tela, limpió el café derramado él mismo y la dobló con calma.
—Deja los huevos —dijo Sterling en voz baja—. Tráeme la cuenta.
A Ricardo se le cayó la quijada. Los clientes no lo podían creer. Alejandro Sterling nunca retrocedía. Él destruía empresas por deporte.
—La cuenta, Sara —dijo él. Ya no la miraba. Miraba por la ventana hacia la calle Masaryk. Su tono no era de enojo. Era de cansancio.
Sara asintió, sintiendo que las piernas se le hacían de gelatina.
—Sí, señor.
Fue a la terminal.
—¿Qué hiciste? —le siseó Ricardo—. ¡Estás loca! Acabas de retar al hombre más poderoso del país. Tienes suerte de que no te sacara a golpes su seguridad.
—Pidió la cuenta —dijo ella, imprimiendo el ticket.
—Estás frita —escupió Ricardo—. En cuanto se vaya, vacías tu locker.
Sara tomó la carpeta con la cuenta. Regresó a la mesa 1. La dejó ahí.
Sterling no sacó su cartera. Sacó una tarjeta de metal negro, pesada. La puso en la charola.
—Cárgate 100,000 pesos de propina —dijo.
Sara se quedó helada.
—¿Qué?
—Cien mil —repitió él. Levantó la vista. La frialdad había desaparecido, reemplazada por una mirada escrutadora, intensa—. Considéralo tu liquidación. Tu gerente te va a correr en cuanto cruce esa puerta.
—No puedo aceptar eso —balbuceó Sara.
—Puedes y lo harás —dijo Sterling, poniéndose de pie y abrochándose el saco—. Porque tienes razón. Me comporté como un niño. Y eres la primera persona en cinco años que tiene los pantalones de decirme la verdad en la cara sin intentar venderme algo o acostarse conmigo.
Se inclinó cerca, bajando la voz para que solo ella escuchara.
—Pero Ricardo tiene razón. Estás despedida. Ya no puedes trabajar aquí.
Sara sintió un nudo en la garganta.
—Lo sé.
—Bien —dijo Sterling. Sacó de su bolsillo una tarjeta de presentación blanca, minimalista. Sin logo. Solo un nombre y un número.
—”Lucas”. Llama a este número mañana a las 9:00 AM —dijo, poniéndole la tarjeta en la mano—. No llegues tarde.
—¿Qué es esto? —preguntó Sara—. ¿Una prueba?
—Pasaste la primera ronda —dijo él enigmáticamente—. Veamos si sobrevives a la segunda.
Se dio la vuelta y salió del restaurante, sus guardaespaldas siguiéndolo. El lugar explotó en murmullos.
Ricardo corrió a la mesa y vio el voucher.
—¡¿Cien mil pesos?! —chilló. Miró a Sara con odio y envidia—. Lo estafaste. Te hiciste la víctima.
—Hice mi trabajo —dijo Sara, quitándose el delantal y arrojándolo sobre la mesa—. Y ya lo escuchaste, Ricardo. Estoy despedida.
Agarró su bolsa, con la tarjeta blanca quemándole la mano, y salió a la calle. No lo sabía aún, pero esos 100,000 pesos no eran un regalo, y la entrevista de trabajo no era para su empresa.
Alejandro Sterling no le había dado propina porque le cayera bien. Le dio propina porque necesitaba un señuelo.
CAPÍTULO 2: El Contrato del Diablo
A la mañana siguiente, el cielo de la Ciudad de México era una mancha grisácea que amenazaba tormenta.
Sara estaba sentada en la orilla de su colchón en la colonia Doctores, mirando la tarjeta blanca. Lucas. 55-5019-2xxx. Eran las 8:58 AM. Su depa estaba en silencio, salvo por el zumbido de un refri que pedía a gritos jubilación. En la mesa estaba la orden de desalojo.
Los 100,000 pesos de Sterling aparecían “En Proceso” en su app del banco. Un fantasma digital.
A las 9:00 AM en punto, marcó.
Sonó una vez.
—Señorita Jiménez —contestó una voz masculina, seca y eficiente—. Tenemos un auto esperando afuera de su edificio. Tiene tres minutos.
Colgaron.
Sara corrió a la ventana. Abajo, entre los baches y los puestos de tamales, había una camioneta Lincoln Navigator negra, blindada, que parecía una nave espacial estacionada en un basurero.
Se puso el único blazer decente que tenía (uno que compró en la paca para entrevistas de derecho que nunca ocurrieron) y bajó corriendo.
El chofer no habló. Le abrió la puerta y Sara subió a un interior de piel que olía a dinero y desinfectante. Manejaron en silencio, dejando atrás las calles rotas de la Doctores para subir hacia los rascacielos de vidrio de Reforma y luego hacia la zona corporativa de Santa Fe.
No fueron a las oficinas de Ether Dynamics. Entraron al estacionamiento subterráneo de un edificio brutalista de concreto, sin letreros.
—Elevador al piso 40 —dijo el chofer.
Sara subió, con el corazón golpeándole las costillas. Sentía que caminaba hacia una trampa, pero la desesperación a veces calla al instinto de supervivencia.
El piso 40 era una oficina abierta, estéril, blanca. Un solo hombre estaba sentado en un escritorio de cristal enorme. Era mayor que Sterling, unos 50 años, pelo canoso, traje impecable.
—Sara Jiménez —dijo sin levantarse—. Soy Lucas. El abogado personal de Alejandro.
—¿Esto es una entrevista de trabajo? —preguntó ella, apretando su bolsa.
—En cierto modo.
Lucas deslizó un documento grueso sobre el cristal.
—Esto es un Acuerdo de No Divulgación (NDA). Dice que cualquier cosa que veas, escuches o vivas en las próximas 48 horas nunca sale de este cuarto. Si lo rompes, me debes 10 millones de dólares. Cantidad que, viendo tu historial crediticio, asumo no tienes.
Sara sintió un chispazo de furia.
—¿Revisaron mi historial?
—Sabemos todo, Sara —dijo Lucas con calma—. Sabemos de la deuda del hospital de tu padre. Sabemos de los préstamos estudiantiles. Sabemos que debes tres meses de renta. Sabemos que tienes una brújula moral que te hace terca, pero una situación financiera que te hace vulnerable.
Le extendió una pluma.
—Fírmalo y podemos discutir cómo te ganas 2 millones de pesos en los próximos tres meses.
El número quedó flotando en el aire. Dos millones. Era suficiente para pagar todo. Para terminar la carrera. Era libertad.
Sara tomó la pluma.
—¿Es ilegal?
—No —dijo Lucas—. Pero es… poco convencional.
Ella firmó. Lucas tomó el papel y lo metió directo a una trituradora.
—Esta es la situación —empezó Lucas, cruzando las manos—. El incidente de ayer en el café fue grabado. Alguien en la mesa 5 estaba haciendo un live. El video tiene 4 millones de vistas esta mañana en TikTok.
El estómago de Sara se fue al suelo.
—Oh, Dios.
—La narrativa en redes es mala para el señor Sterling —continuó Lucas—. La gente le dice tirano. La junta directiva de Ether está nerviosa. Quieren quitarlo como CEO, dicen que su temperamento es un riesgo. Quieren poner a alguien que puedan controlar.
—¿Quiere que me disculpe públicamente? —adivinó Sara—. ¿Decir que fue mi culpa?
—No —dijo Lucas—. Eso se vería falso. El público odia a los bullies, Sara. Pero aman la pasión.
Lucas presionó un botón y una pantalla en la pared se encendió. Mostró el video de la pelea. Sara se vio a sí misma diciendo: “Gríteme otra vez y esto se acaba”.
—Los analistas están divididos —dijo Lucas—. La mitad cree que él abusa de su poder. La otra mitad… la mitad romántica… cree que parece una pelea de novios. Creen que la tensión entre ustedes no era de jefe-empleado, sino personal. Sexual.
Lucas la miró a los ojos.
—Alejandro necesita que esa segunda versión sea la verdad.
—¿Qué?
—Necesita que seas su novia.
Sara soltó una carcajada seca.
—Es una broma. Esa es la trama de una telenovela barata.
—Es una diversión estratégica —corrigió Lucas sin inmutarse—. La junta no puede despedirlo por una pelea doméstica con su pareja; se meterían en problemas legales. Si eres solo una mesera, él es un monstruo. Si eres la mujer con la que tiene una relación “complicada”, él es solo un hombre teniendo una mala semana.
—¿Y para qué?
—Nos compra tres meses. Eso es todo lo que necesita para cerrar la adquisición de Vidian Tech. Una vez que ese trato se cierre, él tiene el control total y la junta no puede tocarlo. Después de tres meses, fingimos una ruptura amigable. Te llevas el dinero. Desapareces.
—No soy actriz —dijo Sara—. Y definitivamente no puedo fingir que me cae bien un tipo que trata a la gente como basura.
—No tiene que caerte bien —dijo Lucas—. Solo tienes que pararte junto a él y parecer que eres la única persona en el mundo que puede controlarlo. Ya probaste que puedes hacer eso ayer. Por eso estás aquí.
Sara miró por la ventana hacia la ciudad gris. Pensó en las mesas que tendría que limpiar por los próximos diez años para pagar sus deudas.
—¿Dos millones? —preguntó—. ¿Libres de impuestos?
Lucas asintió.
—Más gastos. Vivirás en su casa en las Lomas. Te vestiremos. Serás, para todo el mundo, la señorita Sara Jiménez, futura pareja de un billonario.
—Tengo condiciones —dijo Sara, su voz endureciéndose.
Lucas alzó una ceja.
—No estás en posición de negociar.
—Soy la única que sale en el video —contraatacó Sara—. No pueden contratar a una actriz. Internet ya conoce mi cara. Tengo que ser yo. Así que… Condición uno: Él nunca me habla como ayer. Condición dos: Quiero la mitad del dinero hoy.
Lucas la miró un largo momento. Una pequeña sonrisa tocó sus labios.
—Hecho —dijo—. El auto te espera. Te mudas hoy mismo.
CAPÍTULO 3: La Jaula de Oro en Bosques de las Lomas
La camioneta blindada subió por las sinuosas calles de Bosques de las Lomas, dejando atrás el caos, el ruido de los cláxenes y el smog que asfixiaba el centro de la ciudad. Aquí arriba, el aire parecía más ligero, aunque el ambiente se sentía mucho más pesado. Las casas no eran casas; eran fortalezas escondidas detrás de muros de piedra volcánica de cinco metros de altura, coronados por cámaras de seguridad y cercas electrificadas.
Sara miraba por la ventana polarizada, apretando la correa de su bolsa vieja contra su pecho. Se sentía como una intrusa, una bacteria a punto de entrar en un quirófano estéril.
—Llegamos —anunció el chofer.
Un portón de acero negro, tan grueso como la puerta de una bóveda, se deslizó silenciosamente. La propiedad de Alejandro Sterling no se parecía a las mansiones de estilo colonial californiano de sus vecinos. Era una estructura brutalista de concreto gris y cristal, una serie de cubos superpuestos que desafiaban la gravedad, colgados sobre la barranca. No parecía un hogar; parecía el cuartel general de un villano de película de James Bond. O un mausoleo.
La camioneta se detuvo frente a la entrada principal. Sara bajó con su maleta de rueditas, esa que hacía un ruido infernal de clac-clac-clac porque una llanta estaba rota. El sonido hizo eco en la inmensa explanada de concreto, anunciando su pobreza con cada paso.
—No te pongas cómoda —resonó una voz desde las alturas.
Sara levantó la vista. Alejandro Sterling estaba de pie en un balcón interior que daba al vestíbulo de doble altura. Ya no llevaba el traje impecable de tres piezas con el que lo había conocido en el restaurante. Vestía unos jeans oscuros de diseñador y un suéter de cachemira gris que probablemente costaba más que la vida entera de Sara. Se veía engañosamente humano, casi accesible, si no fuera por la frialdad ártica en sus ojos.
Bajó por una escalera flotante de madera oscura, sin barandal, con una elegancia depredadora. Se detuvo tres escalones antes de llegar al suelo, manteniéndose físicamente por encima de ella.
—Lucas me dice que aceptaste el trato —dijo Alejandro, cruzándose de brazos—. Asumo que los dos millones fueron motivación suficiente para tragarme tu orgullo.
Sara sintió el pinchazo de la humillación, pero lo transformó en coraje. Enderezó la espalda.
—El dinero ayuda —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Pero, honestamente, vine porque quería ver si usted es así de “agradable” todo el tiempo, o si el martes fue una ocasión especial.
La mandíbula de Alejandro se tensó. Un músculo saltó en su mejilla.
—Reglas de convivencia, Sara. Escucha bien porque no las voy a repetir.
Bajó los últimos escalones y caminó alrededor de ella, inspeccionándola como si fuera un coche usado que acababa de comprar y del que ya se estaba arrepintiendo.
—Regla uno: Dentro de esta casa, no fingimos. No somos amigos. No somos “cariño” ni “mi amor”. Somos socios comerciales en una transacción hostil. Tú te quedas en el ala este; yo en el ala oeste. Esas áreas son privadas. Solo nos vemos para el desayuno y las apariciones programadas.
—Me parece perfecto —dijo Sara—. Entre menos lo vea, mejor cobro mi cheque.
Alejandro la ignoró y siguió caminando.
—Regla dos: No hablas con la prensa a menos que Lucas te haya dado un guion. No publicas en redes sociales; de hecho, dame tu celular ahora mismo. Te daremos uno encriptado y limpio. Y lo más importante: No traes a nadie aquí. Ni familia, ni novios, ni a tus amigas meseras.
—No tengo muchas amigas a quienes llamar —murmuró Sara, pensando en cómo la pobreza te va aislando poco a poco hasta que solo te queda tu sombra—. Y mi familia… bueno, ya sabe todo sobre mi padre, ¿no?
—Bien. El aislamiento es más seguro —dijo Alejandro, dándole la espalda sin mostrar ni un gramo de empatía—. Sígueme. Tenemos trabajo.
Caminó hacia el interior de la casa a un paso veloz. Sara tuvo que trotar un poco para alcanzarlo, arrastrando su maleta ruidosa por el suelo de mármol travertino.
Entraron a una cocina que parecía un laboratorio de la NASA. Todo era acero inoxidable, superficies negras y electrodomésticos empotrados que Sara no sabía ni para qué servían. Pero lo más intimidante no era la cocina, sino el pelotón de fusilamiento que la esperaba ahí.
Tres personas estaban de pie junto a una isla de granito, mirándola con una mezcla de lástima y horror profesional.
—Dios mío —dijo un hombre delgado con gafas de pasta roja y una bufanda de seda, a pesar de que estábamos a 25 grados—. Alejandro, no me dijiste que era un caso de emergencia nacional.
—Arréglenla —ordenó Alejandro, sentándose en un banco alto en la esquina y abriendo su laptop—. Tienen seis horas. Mañana es la Gala de Caridad de Ether y necesito que parezca que nació en cuna de oro, no que salió de una estación del metro.
Sara sintió cómo la sangre le hervía en la cara.
—Oiga, estoy aquí parada —espetó Sara, girándose hacia Alejandro—. Puedo escucharlo.
Alejandro ni siquiera levantó la vista de la pantalla.
—Ese es el punto, Sara. Ahora eres un lienzo. Deja que los profesionales trabajen.
Las siguientes horas fueron una tortura medieval disfrazada de sesión de belleza. El equipo consistía en Marcelo (el estilista dramático), una maquillista silenciosa llamada Luz, y una mujer mayor y severa llamada Doña Inés, que resultó ser “entrenadora de etiqueta y postura”.
No fue un cambio de imagen divertido como en las películas, con música pop y risas. Fue una demolición.
Marcelo criticó sus puntas abiertas mientras le aplicaba químicos que olían a amoniaco y dinero.
—El cabello dice “pobreza”, querida —decía mientras tiraba de un mechón—. Necesitamos un castaño profundo, rico, brillante. Algo que grite “heredera”, no “estudiante endeudada”.
Doña Inés era peor. La hacía caminar de un lado a otro de la cocina con un libro pesado sobre la cabeza. Cada vez que Sara encorvaba los hombros —un hábito adquirido tras años de cargar charolas pesadas y esconderse de las miradas lascivas de los clientes—, Doña Inés le daba un golpecito seco en los omóplatos con una regla de madera.
—¡Enderézate! —le regañaba la mujer—. Caminas como si estuvieras pidiendo perdón por existir. La mujer de Alejandro Sterling no pide perdón. Ella entra a una habitación y el aire cambia. Camina con propósito. Camina como si el piso fuera tuyo.
Mientras tanto, Alejandro seguía en su esquina, tecleando furiosamente. De vez en cuando, levantaba la mirada, no para admirarla, sino para auditar el progreso. Sus comentarios eran dardos precisos.
—Demasiado maquillaje —dijo en un momento, sin dejar de escribir—. Parece que va a un antro de Insurgentes. Quítale eso. Quiero que se vea limpia, inalcanzable.
—Ese vestido es muy corto —criticó después, cuando le probaron un diseño rojo—. No estoy comprando una acompañante, estoy presentando a una compañera. Pónganle el traje sastre blanco o el vestido azul medianoche. Estructura, quiero estructura.
Sara se sentía como una muñeca de trapo. Le dolía el cuero cabelludo, le dolían los pies de usar unos tacones Jimmy Choo que le quedaban medio número chicos, y sobre todo, le dolía el orgullo.
A las 8:00 PM, el equipo finalmente se fue. El silencio regresó a la casa, pesado y denso.
Sara se quedó de pie frente a un espejo de cuerpo entero en el pasillo. La mujer que le devolvía la mirada le resultaba extraña. Su cabello ahora caía en ondas suaves y brillantes sobre sus hombros. Su piel lucía luminosa, sin rastro de las ojeras de insomnio. Llevaba unos pantalones de seda negra y una blusa color crema que costaba más que el coche de su papá.
Se veía poderosa. Se veía rica. Pero se sentía vacía.
Caminó hacia la sala principal, donde un ventanal de diez metros de altura mostraba las luces de la Ciudad de México parpadeando a lo lejos, como un mar de lava eléctrica. Alejandro estaba ahí, con una copa de whisky en la mano, mirando la oscuridad.
—¿Por qué yo? —preguntó Sara. Su voz resonó en la habitación vacía.
Alejandro no se giró. Dio un trago lento a su bebida.
—Ya te lo dije. El video. La narrativa.
—No —dijo Sara, dando un paso hacia él. Los tacones resonaron en el concreto pulido—. Usted es un genio, ¿no? Eso dicen las revistas. Podría haber manipulado el video. Podría haber comprado a los medios. Podría haberme pagado para que desapareciera en Cancún y nadie me volviera a ver.
Se detuvo a unos metros de su espalda.
—Traerme a su casa, meterme en su vida, gastar una fortuna en ropa… Es demasiado esfuerzo para un simple control de daños de Relaciones Públicas. Hay algo que no me está diciendo. Y si voy a vivir aquí, necesito saber qué es.
Alejandro suspiró. Fue un sonido profundo, cansado, que pareció desinflar un poco su postura rígida. Se giró lentamente. La luz tenue de la sala se reflejó en sus ojos, y por un segundo, Sara vio algo que la asustó más que su ira: vio miedo. Un miedo controlado, enterrado, pero miedo al fin y al cabo.
—Hay una fuga —dijo él en voz baja.
Sara parpadeó, confundida.
—¿Una fuga? ¿De gas? ¿De agua?
—De datos —dijo Alejandro, acercándose a ella—. Algoritmos propietarios. Información sensible sobre nuestros drones de carga y las rutas de suministro automatizadas. Alguien está vendiendo los secretos de Ether Dynamics a un competidor extranjero. Y no es un hacker externo.
Alejandro dejó la copa sobre una mesa de cristal con un clac suave.
—Es alguien de adentro. Alguien de mi junta directiva. Alguien de mi círculo íntimo.
Sara sintió un escalofrío. Empezaba a entender, pero no quería creerlo.
—No entiendo… ¿qué tengo que ver yo con espionaje corporativo?
—Porque ellos me conocen —explicó Alejandro, su voz ganando intensidad—. Saben que soy una máquina. Saben que no dejo entrar a nadie. Saben que vivo para el trabajo. Si de repente traigo a una mujer a mi vida… una mujer por la que “perdí la cabeza” en un restaurante, una mujer pasional, “ordinaria” para sus estándares… ellos verán una debilidad.
Dio otro paso hacia ella. Ahora estaban tan cerca que Sara podía oler su colonia: madera, lluvia y algo metálico.
—Me verán distraído. Pensarán que bajé la guardia por amor o lujuria. Y tratarán de acercarse a ti, Sara. Pensarán que eres la mesera ingenua que se sacó la lotería. Tratarán de hacerse tus amigos, de sobornarte, o de manipularte para sacarte información sobre mí.
Sara retrocedió un paso, horrorizada. La realidad le cayó encima como un balde de agua helada.
—No soy solo una novia falsa —susurró—. Soy carnada.
—Eres un señuelo —corrigió Alejandro con frialdad—. Necesito que todos te miren a ti para que dejen de mirarme a mí. Eso me dará la libertad de movimiento que necesito para cazar al traidor. Mientras ellos intentan usarte para destruirme, yo encontraré quién está sangrando a mi compañía.
Sara sintió una oleada de indignación.
—¡Usted no puso eso en el contrato! —gritó—. ¡Esto es peligroso!
—Te lo estoy diciendo ahora —dijo Alejandro, inmutable—. Es peligroso, Sara. Estos hombres pierden miles de millones si yo tengo éxito. No juegan limpio. Ha habido… accidentes antes.
—¿Accidentes?
—Si quieres irte, hazlo ahora —dijo él, señalando la puerta—. Quédate con los primeros 50,000 que te deposité. Vete. Encontraré otra forma.
Alejandro la miró con esa misma expresión desafiante del café. Corre, niña. Vuelve a tu vida miserable.
Sara miró la puerta. Podía irse. Podía tomar un Uber, regresar a la Doctores, pagar un par de meses de renta y buscar otro trabajo de mesera. Seguiría siendo pobre, seguiría teniendo miedo cada fin de mes.
Pero luego miró a Alejandro. Estaba rodeado de lujo, en una casa que valía millones, con un ejército de seguridad afuera… y estaba completamente solo. Estaba rodeado de lobos disfrazados de socios.
Sara pensó en su padre, muriendo en una cama de hospital público porque el sistema estaba roto. Pensó en cómo el dinero de estos tipos movía el mundo mientras gente como ella era aplastada. Si se iba, seguía siendo una víctima. Si se quedaba… al menos estaría en el juego.
—No me voy a ir —dijo Sara. Su voz tembló un poco, pero se sostuvo.
Los ojos de Alejandro brillaron con sorpresa.
—Pero el precio acaba de subir —añadió ella rápidamente.
Una leve sonrisa, casi imperceptible, curvó la comisura de los labios de Alejandro.
—¿Cuánto más?
—No quiero más dinero —dijo Sara, cruzándose de brazos—. Quiero la verdad. Cuando estemos en privado, dentro de estas paredes, usted me responde todo. Sin secretos. Sin “reglas de socio”. Si voy a ser su carnada, necesito saber qué hay en el anzuelo. Quiero saber quiénes son, qué quieren y qué tan peligroso es esto realmente.
Alejandro la estudió un momento largo, evaluando el riesgo. Parecía estar calculando probabilidades en su cabeza.
—Trato hecho —dijo finalmente.
Se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras.
—Vete a dormir, Sara. Mañana es la Gala. Es tu debut ante la sociedad mexicana.
Se detuvo en el primer escalón y la miró por encima del hombro. Su rostro estaba en sombras.
—Y Sara…
—¿Sí?
—En esa fiesta, no confíes en nadie. Ni en las esposas amables, ni en los socios que te sonríen. Especialmente no confíes en los que te sonríen. Aquí arriba, los dientes se enseñan por dos razones: para sonreír o para morder. Y usualmente es la segunda.
Alejandro subió las escaleras y desapareció en la oscuridad del segundo piso, dejando a Sara sola en la inmensa sala de cristal, sintiéndose más pequeña y más aterrorizada que nunca, pero por primera vez en su vida, dueña de su propio destino.
CAPÍTULO 4: Tiburones en el Museo Soumaya
La Gala Benéfica de Ether Dynamics no se celebraba en un salón de hotel cualquiera. Se llevaba a cabo en el Museo Soumaya, esa imponente estructura de aluminio y curvas imposibles que se alza en el corazón de Nuevo Polanco. Bajo la llovizna nocturna, el edificio brillaba como una nave espacial plateada que acababa de aterrizar en medio del caos de la Ciudad de México.
Dentro de la limusina blindada, el silencio era tan denso que Sara podía escuchar su propio pulso martilleando en sus oídos.
—Mantente cerca —murmuró Alejandro, rompiendo el silencio mientras el auto se detenía en la fila de vehículos de lujo—. Mano en mi brazo, siempre. Sonríe, pero no demasiado. No estás feliz de estar aquí; estás acostumbrada a estar aquí. Eres inalcanzable. ¿Recuerdas lo que te dijo Doña Inés?
—Camina como si el piso fuera mío —repitió Sara, respirando hondo.
Llevaba un vestido color azul medianoche, una cascada de seda líquida que dejaba su espalda al descubierto y se ceñía a su cintura con una precisión arquitectónica. Se sentía desnuda y, al mismo tiempo, blindada. Los 100,000 pesos en su cuenta bancaria eran reales, pero este mundo de fantasía se sentía como un sueño febril del que podría despertar en cualquier momento, de vuelta en su catre de la colonia Doctores.
El chofer abrió la puerta y el mundo estalló en luz blanca.
Los flashes de los paparazzi eran cegadores. Una pared de gritos los golpeó al salir al aire húmedo de la noche.
—¡Alejandro! ¡Alejandro! ¿Es ella la chica del café?
—¡Señorita! ¿Es verdad que le tiró el café encima?
—¡Una foto! ¡Aquí, aquí!
Sara sintió una oleada de pánico, un instinto animal de correr y esconderse. Pero entonces sintió la mano de Alejandro en su cintura. No fue un toque romántico; fue un anclaje. Su agarre era firme, posesivo y extrañamente tranquilizador. Su bíceps bajo el esmoquin estaba tenso como una roca.
—Ignóralos —le susurró él al oído, guiándola por la alfombra roja con una fluidez practicada—. Mírame a mí o mira al frente. Nunca a las cámaras.
Entraron al vestíbulo del museo, donde la famosa escultura de El Pensador de Rodin recibía a los invitados. El ruido de la calle desapareció, reemplazado por un murmullo sofisticado, el tintineo de copas de cristal de Baccarat y un cuarteto de cuerdas tocando una versión suave de Vivaldi.
El ambiente cambió instantáneamente. Afuera era caos; adentro era depredación.
La sala estaba llena de hombres en esmoquin y mujeres envueltas en diamantes y diseñadores europeos. Pero Sara, que había pasado tres años sirviendo a esta clase de gente, notó algo más: las miradas. No eran de admiración. Eran de evaluación. La miraban como se mira a un animal exótico que acaba de ser introducido en el zoológico. Con curiosidad morbosa y envidia.
—Sonríe —ordenó Alejandro entre dientes, mientras saludaba con la cabeza a un grupo de ejecutivos—. Objetivo a las dos en punto. Roberto Vance, mi Director Financiero (CFO).
Un hombre bajo, robusto y con una calva brillante se acercó a ellos. Tenía una sonrisa que mostraba demasiados dientes y unos ojos pequeños y oscuros que no parpadeaban lo suficiente.
—¡Alejandro! —retumbó Roberto, extendiendo una mano regordeta y húmeda—. No creímos que vendrías. Las acciones cayeron otro punto esta tarde. Pensé que estarías encadenado a las terminales de Bloomberg.
—Fluctuaciones del mercado, Roberto —respondió Alejandro con una suavidad letal—. Nada que no pueda manejar. Quiero presentarte a Sara.
Roberto giró sus ojos hacia ella. La escaneó de arriba abajo, deteniéndose incómodamente en el escote de su vestido y luego en sus ojos. No había lujuria, sino tasación. Estaba calculando cuánto costaba, de dónde venía y qué amenaza representaba.
—Ah, la famosa Sara —dijo Roberto, tomando su mano. Su palma estaba fría y sudorosa—. Has causado bastante revuelo, querida. No es común que Alejandro deje que alguien lo distraiga de… la misión.
El tono era condescendiente, el tipo de tono que usaban los clientes para pedirle “más hielo” sin decir por favor. Sara sintió que su entrenamiento de mesera tomaba el control. Sabía cómo tratar con borrachos agresivos y con patanes sobrios.
—No soy una distracción, Roberto —dijo Sara, usando su voz más aterciopelada y firme. Mantuvo el contacto visual hasta que él parpadeó—. Soy la motivación. A veces, incluso las máquinas necesitan un operador humano que les recuerde por qué funcionan, ¿no cree?
Alejandro apretó ligeramente su cintura. Un signo de aprobación.
Roberto soltó una carcajada forzada que sonó como vidrio rompiéndose.
—Encantadora. Y con garras. Me gusta. Bueno, disfruten la noche. Estoy seguro de que será… educativa.
Mientras Roberto se alejaba hacia la barra libre, Alejandro se inclinó hacia ella.
—Bien hecho. No te dejaste intimidar.
—Es un baboso —susurró Sara—. Tiene las manos húmedas.
—Es brillante —contraatacó Alejandro, su rostro ensombreciéndose—. Maneja el dinero. Sabe dónde está cada centavo. Y es mi principal sospechoso de la filtración. Cree que eres una debilidad. Déjalo creerlo.
La noche avanzó lentamente. Sara interpretó su papel a la perfección. Rió de los chistes sin gracia de las esposas de los inversores, sostuvo su copa de champaña sin beber (Alejandro le había prohibido emborracharse) y se mantuvo pegada al costado de él como si fuera su sombra.
Pero alrededor de las 10:30 PM, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México apareció con su séquito y arrastró a Alejandro para una “foto oficial” frente a un mural de Diego Rivera.
—Quédate aquí —le ordenó Alejandro—. No deambules. Vuelvo en cinco minutos.
La dejó junto a una escultura de hielo que se derretía lentamente. Sara respiró hondo, escaneando el salón. Sin Alejandro a su lado, la sensación de peligro se multiplicó. Sentía los ojos de todos clavados en su nuca. Escuchaba los susurros. “Es la mesera”. “Dicen que es una cazafortunas”. “Mira sus zapatos, son de la colección pasada”.
—Parece que necesitas un trago de verdad.
Sara se giró sobresaltada.
Un hombre joven estaba parado junto a ella. No se parecía a los demás tiburones del salón. Tendría unos 28 años, con cabello rubio desordenado y una sonrisa encantadora y juvenil. No llevaba esmoquin, sino un traje azul moderno sin corbata.
Le extendía un vaso corto con líquido ámbar.
—Soy Víctor —dijo—. Trabajo en Investigación y Desarrollo (I+D). Soy el tipo al que Alejandro le grita cuando los drones no vuelan lo suficientemente rápido.
Sara dudó, pero tomó el vaso por cortesía.
—Sara. La chica a la que Alejandro le grita cuando el café no está lo suficientemente caliente.
Víctor rió. Sonó genuino, fresco en medio de tanta falsedad.
—Vi el video. Eres una leyenda en la cafetería de la empresa. Nadie le contesta al Rey.
—No es un rey —dijo Sara, recitando su guion—. Es solo… incomprendido.
—¿Lo es? —Víctor dio un paso más cerca, invadiendo sutilmente su espacio personal. El ruido de la fiesta pareció desvanecerse—. Mira, Sara, seré honesto. Te ves buena onda. Demasiado buena para este tanque de tiburones. Alejandro… él quema a la gente. Nos usa como baterías y cuando nos agotamos, nos tira.
—Pregúntale a su última asistente —continuó Víctor, bajando la voz a un susurro conspiratorio—. O a su cofundador.
Sara sintió un pinchazo de inquietud. Recordó lo que Alejandro le había dicho sobre la gente que intentaría manipularla.
—Puedo cuidarme sola —dijo ella, poniéndose a la defensiva.
—Estoy seguro de que puedes —dijo Víctor con una sonrisa triste—. Pero deberías saber en qué te metiste. Alejandro no está “protegiendo su compañía”. Está escondiendo algo. Hay rumores sobre los protocolos éticos en la nueva IA de conducción autónoma. Está tomando atajos. Atajos peligrosos que podrían matar gente.
Sara frunció el ceño.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque no quiero ver cómo te lastimas cuando la Fiscalía llegue a tocar la puerta —dijo Víctor.
Con un movimiento rápido, deslizó una servilleta de cóctel doblada en la mano de Sara que sostenía la copa.
—Si alguna vez quieres saber la verdad real sobre el hombre con el que duermes, llámame. Puedo mostrarte los archivos que él mantiene fuera del servidor.
Víctor le sonrió una vez más y, antes de irse, le dio dos palmaditas suaves en el hombro desnudo, justo donde terminaba el tirante de su vestido.
—Cuídate, Sara.
El joven se mezcló entre la multitud y desapareció con una facilidad inquietante.
Sara miró la servilleta en su mano. Su corazón latía a mil por hora. ¿Era esto? ¿Era Víctor la fuga? ¿O era un denunciante, un whistleblower, tratando de salvarla?
Miró al otro lado del salón. Alejandro ya no estaba con el político. Estaba mirándola a ella. Fijo. Sus ojos grises estaban abiertos con una intensidad aterradora. Había visto la interacción.
Sara se abrió paso entre la gente y llegó hasta él.
—¿Quién era ese? —preguntó Alejandro, su voz un gruñido bajo.
—Víctor —dijo Sara, mostrándole la servilleta—. Dijo que era de I+D.
Alejandro se quedó inmóvil. Su rostro perdió todo el color, volviéndose tan blanco como el mármol del museo.
—No tenemos a ningún Víctor en I+D —dijo.
Sara sintió que el suelo se movía.
—¿Qué? Pero él dijo… me dio su número.
Alejandro le arrebató la servilleta. La desdobló. No había un número de teléfono. Había una serie de números garabateados con tinta negra.
19.4326° N, 99.1332° W
Alejandro miró los números y luego alzó la vista, escaneando frenéticamente el segundo piso del museo.
—Esas no son un teléfono, Sara. Son coordenadas.
—¿Coordenadas para qué?
—Para una entrega —dijo Alejandro. La tomó del brazo, esta vez con fuerza, casi lastimándola—. Tenemos que irnos. Ahora.
—¡Alejandro, me estás lastimando! —se quejó ella.
—¡Cállate y camina! —siseó él. Por primera vez, Sara escuchó pánico real en su voz—. Ese hombre no era un empleado. Era un mensajero del Sindicato. Saben quién eres. Y te acaban de marcar.
—¿Marcarme?
Alejandro se detuvo en seco en medio del vestíbulo.
—Te tocó el hombro —dijo, mirando su brazo—. Lo vi. Te dio dos palmaditas. ¿Te tocó la piel?
—Sí, pero solo fue…
Alejandro soltó una maldición en voz alta, algo que hizo que varias cabezas voltearan. Agarró una botella de agua mineral de la bandeja de un mesero que pasaba y, sin ninguna explicación, la vació completa sobre el hombro de Sara.
—¡¿Qué haces?! —gritó ella, empapada y avergonzada.
Pero entonces lo escuchó. Un siseo. Como carne en una plancha caliente.
Del tirante de seda de su vestido, justo donde Víctor la había tocado, empezó a salir un humo blanco y acre. La tela azul comenzó a disolverse, volviéndose negra y agujereada.
—Veneno de contacto —dijo Alejandro con voz sombría, tirando la botella vacía—. Es un compuesto binario. Inofensivo en el guante de él, corrosivo cuando reacciona con el calor de tu piel y la humedad. Si no lo lavaba, habría llegado a tu torrente sanguíneo en diez minutos. Estarías muerta antes de los postres.
Sara miró el agujero humeante en su vestido de cien mil pesos. Miró su hombro, donde la piel estaba roja e irritada, a milímetros de haber sido quemada químicamente. El horror le subió por la garganta.
—¿Intentó matarme? —balbuceó, temblando incontrolablemente.
—No —dijo Alejandro, jalándola hacia la salida de emergencia, mientras su equipo de seguridad los rodeaba formando un muro humano—. Intentó advertirme. Me acaba de demostrar que puede tocarte cuando quiera, donde quiera. El juego cambió, Sara.
Salieron a la noche fría de la Ciudad de México. Las cámaras volvieron a disparar sus flashes, pero Sara ya no veía luces. Solo veía la oscuridad.
—¡Al auto! —gritó Alejandro.
Mientras la limusina arrancaba quemando llanta, Sara se dio cuenta de la verdad brutal. Acababa de vender su seguridad por dinero. Y el contrato que firmó no tenía cláusulas de rescisión para “intentos de asesinato”.
Alejandro sacó un teléfono satelital de una caja fuerte bajo el asiento.
—¿A dónde vamos? —preguntó Sara, abrazándose a sí misma.
—A desaparecer —dijo él, marcando un código—. La casa de Las Lomas ya no es segura. Estamos por nuestra cuenta.
CAPÍTULO 5: La Traición de César
La limusina blindada devoraba el asfalto de la autopista México-Toluca. La lluvia se había convertido en una tormenta torrencial que golpeaba el techo del vehículo como si miles de piedras quisieran entrar. Dentro, el silencio era más violento que el ruido exterior.
Sara estaba encogida en una esquina del asiento de piel, temblando. El olor a seda quemada y químicos ácidos llenaba la cabina. Su hombro, donde Víctor la había tocado, ardía. La piel estaba roja, irritada, palpitando al ritmo de su corazón acelerado.
—Déjame ver —ordenó Alejandro.
No esperó permiso. Se deslizó por el asiento y apartó con cuidado los restos carbonizados del tirante de su vestido. Sara siseó de dolor, pero no se apartó. Alejandro abrió un compartimento oculto en el reposabrazos, sacó un botiquín de primeros auxilios táctico y rompió una cápsula de gel neutralizante.
—Va a doler —advirtió.
Aplicó el gel sobre la quemadura. Sara soltó un grito ahogado y clavó las uñas en el muslo de él. El frío del gel chocó con el calor de la herida química.
—Maldita sea… —gimió ella, con los ojos llenos de lágrimas.
—Respira —dijo Alejandro, su voz extrañamente suave. Sus manos, usualmente tensas y agresivas, eran precisas y delicadas—. Ya pasó. El neutralizador detuvo la reacción. No penetró el tejido muscular.
Vendó la herida con movimientos rápidos y profesionales. Cuando terminó, no se alejó. Se quedó ahí, mirándola a los ojos, a centímetros de su cara. Por primera vez, Sara vio más allá del millonario arrogante. Vio a un hombre que había hecho esto muchas veces antes.
—¿Quiénes son? —preguntó Sara. Su voz ya no temblaba. Se había endurecido—. Y no me digas “competencia”. Un competidor te demanda, no intenta disolver a tu novia falsa con ácido en medio de un museo.
Alejandro se recargó en el asiento opuesto, pasándose una mano por el cabello perfecto, ahora despeinado.
—Apaga el teléfono —ordenó.
—¿Qué?
—¡El celular que te dimos! ¡Apágalo y sácale la batería! —gritó él, perdiendo la compostura por un segundo.
Sara obedeció torpemente. Alejandro hizo lo mismo con el suyo. Luego, presionó un botón en la consola y una luz roja se encendió en el techo.
—Inhibidor de señal activado. Ahora somos invisibles para el GPS.
—Alejandro, contéstame —insistió Sara—. ¿En qué me metiste?
El magnate miró por la ventana oscurecida hacia la nada.
—Se hacen llamar “El Sindicato”. No son un cártel de drogas, Sara. Son peores. Son un conglomerado de contratistas de defensa, políticos corruptos y tech-bros sin ética. Hombres que creen que el progreso no sirve si no se puede convertir en un arma.
Alejandro apretó los puños.
—Mi padre… él no murió de un infarto jugando tenis, como dijeron las noticias. Él fundó Ether para optimizar la distribución de alimentos y medicinas. Pero el Sindicato quería nuestra tecnología de drones. Querían usar nuestros algoritmos de entrega para sistemas de bombardeo autónomo. Mi padre se negó. Dos días después, su coche “perdió los frenos” en la carretera a Cuernavaca.
Sara sintió un hueco en el estómago.
—Lo mataron.
—Lo ejecutaron —corrigió Alejandro con frialdad—. Y yo heredé la empresa con una pistola en la cabeza. He pasado cinco años fingiendo que coopero, dándoles migajas, mientras en secreto construyo un sistema para blindar la tecnología y hacerla de código abierto. Si libero el código, pierde su valor comercial. Ya no podrán venderlo como arma exclusiva.
—Por eso la prisa —entendió Sara—. Por eso la adquisición de Vidian Tech.
—Exacto. Pero alguien les dijo mis planes. Alguien desde adentro. Y ahora saben que se les acaba el tiempo. Por eso atacaron hoy. Ya no quieren negociar. Quieren eliminarme y poner a un títere.
El auto dio un giro brusco, saliendo de la carretera principal hacia un camino de terracería. Las llantas crujieron sobre la grava mojada. Estaban entrando en la zona boscosa del Desierto de los Leones, un lugar de pinos altos, niebla eterna y soledad absoluta.
—¿A dónde vamos? —preguntó Sara.
—A la Casa Cero. Un búnker desconectado de la red. Nadie sabe que existe. Ni siquiera Lucas.
Sara se tensó al oír el nombre.
—Alejandro… sobre Lucas.
—¿Qué pasa con él? Es mi abogado. Es como mi tío.
—Cuando firmé el contrato —dijo Sara, hablando rápido mientras su cerebro conectaba los puntos—, Lucas dijo: “Sabemos todo. Sabemos la deuda exacta del hospital de tu padre”… Alejandro, esa deuda no estaba en el buró de crédito. Mi papá murió en un hospital privado, pero la deuda la absorbió una fundación benéfica al final. Esos registros son confidenciales. Médicos.
Sara lo miró fijamente.
—Para tener ese dato, Lucas no hizo una revisión de crédito. Tuvo que acceder a archivos protegidos o… alguien le dio la información para buscarme específicamente a mí.
Alejandro frunció el ceño.
—Lucas ha estado conmigo desde que yo tenía diez años. Él limpió mis rodillas cuando me caí de la bici. Él organizó el funeral de mi padre.
—Y Bruto era como un hijo para César —replicó Sara—. Piénsalo. Víctor, el chico de la fiesta, me dijo: “Pregúntale a su última asistente”. ¿Quién era?
—Emily —dijo Alejandro, su voz bajando de tono—. Murió en un accidente hace tres años.
—¿Y quién manejó la investigación policial y cerró el caso rápidamente para “proteger la imagen de la empresa”? —presionó Sara.
Alejandro se quedó callado. La verdad estaba ahí, flotando en el aire viciado de la camioneta, tan fea y evidente que dolía mirarla.
—Lucas —susurró él.
La camioneta se detuvo de golpe.
—Señor, llegamos —dijo el chofer.
Frente a ellos, oculta entre la densidad de los oyameles y la niebla, había una estructura que parecía un búnker de la Guerra Fría. Paredes de concreto gris, sin ventanas visibles, mimetizada con la montaña.
Bajaron corriendo bajo la lluvia helada. Alejandro tecleó un código en un panel oculto detrás de una roca falsa. La puerta de acero se abrió con un siseo hidráulico.
El interior era espartano. No había lujos aquí. Solo servidores parpadeando en azul, monitores, un catre militar y una pequeña cocineta. El aire estaba frío y olía a ozono.
Alejandro fue directo a la terminal principal. Sus dedos volaban sobre el teclado mecánico.
—Voy a revisar los registros de acceso —dijo, frenético—. Si Lucas es el traidor, tuvo que haber dejado una huella digital. Un acceso remoto, una descarga…
Sara se quedó de pie, abrazándose para entrar en calor. Sacó la servilleta que Víctor le había dado. El papel estaba húmedo y arrugado, pero los números seguían ahí.
19.4326, -99.1332
Había algo en esos números. Sara agarró un mapa físico de la Ciudad de México que estaba pegado en la pared. Buscó las coordenadas. No apuntaban a una bodega en Tepito. No apuntaban a una casa de seguridad.
Su dedo se detuvo sobre el punto exacto en el mapa. Polanco. Calle Masaryk.
—Alejandro —dijo ella.
—¡Espera! —gritó él, mirando la pantalla—. ¡Maldita sea! ¡Hubo una transferencia de datos masiva ayer a las 9:00 AM! Justo cuando…
—Justo cuando yo te llamé —terminó Sara—. Lucas sabía dónde estabas.
—Alejandro, mira esto —insistió Sara, golpeando el mapa—. Las coordenadas que me dio Víctor. No son un lugar para esconderse.
Alejandro se giró, con los ojos inyectados de adrenalina.
—¿Qué son?
—Son las coordenadas de “El Obsidiana” —dijo Sara, incrédula—. El café.
Alejandro se quedó paralizado.
—¿Por qué Víctor nos enviaría de regreso al café?
—Tal vez no es un lugar —dijo Sara, recordando algo—. Tal vez es… ¿tú estabas trabajando ahí esa mañana, verdad? Cuando te llevé el café frío. Estabas conectado al Wi-Fi del restaurante.
—Sí, estaba subiendo el paquete de encriptación final a la nube segura, pero la conexión era lenta…
—¿Y si no se subió a la nube? —teorizó Sara—. ¿Y si Víctor interceptó la subida y la escondió ahí mismo para que el Sindicato no la encontrara?
Antes de que Alejandro pudiera responder, las luces del búnker parpadearon.
Uno. Dos. Tres segundos.
Zzzzzzt.
Todo se apagó. El zumbido reconfortante de los servidores murió. La oscuridad total los tragó.
—Nos encontraron —susurró Alejandro en la negrura.
—Pero este lugar es secreto…
—Ya no —dijo él. Se escuchó el sonido metálico de un arma cargándose—. Al suelo, Sara. ¡Ahora!
¡CRASH!
El tragaluz del techo estalló. Una granada aturdidora cayó al centro de la habitación.
¡BOOM!
El mundo se volvió blanco y un pitido agudo taladró los oídos de Sara. La onda expansiva la lanzó contra la pared de concreto. Sintió el sabor a sangre en la boca.
A través del humo y el aturdimiento, vio sombras descendiendo con cuerdas desde el techo. Rayos láser rojos cortaban la niebla artificial de la explosión.
Alejandro estaba luchando. Sara lo vio golpear a un hombre con la culata de su pistola, moviéndose con una violencia desesperada. Pero eran demasiados. Tres hombres con equipo táctico negro se le echaron encima, inmovilizándolo contra el suelo.
—¡Aseguren el objetivo! —gritó una voz distorsionada.
Sara trató de gatear hacia la salida, pero una bota pesada le pisó la mano. Ella gritó. Alguien la levantó del pelo y la lanzó al centro de la habitación, junto a Alejandro, que sangraba por una ceja.
La puerta principal del búnker se abrió. No entraron más soldados. Entró un hombre caminando con calma, sacudiendo su paraguas negro antes de cerrarlo. Sus zapatos de piel italiana resonaron en el concreto.
Se ajustó la corbata de seda.
—Qué decepción, Alejandro —dijo la voz familiar—. Esperaba que fueras más difícil de cazar.
Sara levantó la vista, con la visión borrosa.
Era Lucas.
El abogado miró el búnker con desdén.
—Tanto dinero gastado en seguridad, y olvidaste cambiar los códigos de acceso de emergencia que configuré hace diez años.
—Lucas… —escupió Alejandro, con la cara pegada al suelo—. Eres un maldito traidor.
—Soy un hombre de negocios —corrigió Lucas, caminando hacia los servidores apagados—. Tú eras el que se estaba volviendo sentimental. Rechazaste los contratos de defensa. Querías “salvar el mundo”. El Sindicato ofrece orden, Alejandro. Y pagan muy, muy bien.
Lucas se giró hacia ellos. Sacó una pistola con silenciador de su saco. No apuntó a Alejandro. Apuntó directamente a la cabeza de Sara.
—Necesito la llave de encriptación del núcleo logístico. Sé que la tienes en una unidad local porque bloqueamos tu subida a la nube ayer.
Alejandro palideció.
—No la tengo.
—Mientes —dijo Lucas con suavidad. Quitó el seguro del arma. Click.—. Tienes tres segundos para decirme dónde está la unidad física. O voy a pintar esta pared gris con el cerebro de tu “novia”.
—¡Es solo una mesera! —gritó Alejandro, desesperado—. ¡Déjala ir! ¡Ella no sabe nada!
—Ella es un cabo suelto —dijo Lucas—. Y, francamente, es bastante molesta. Uno.
—¡No sé dónde está! —gritó Alejandro—. ¡La subida falló!
—Dos.
Sara miró el agujero negro del cañón del arma. El tiempo pareció detenerse. Su mente, extrañamente, no pensó en su muerte. Pensó en el café. Pensó en la máquina de espresso. Pensó en Alejandro tecleando furiosamente mientras ella le servía.
La subida falló.
Las coordenadas de Víctor.
El Wi-Fi del restaurante.
—¡Espera! —gritó Sara.
Lucas detuvo el dedo en el gatillo.
—¿Sí, querida?
—Sé dónde está —dijo Sara, respirando agitadamente—. Alejandro no la tiene. Yo sé dónde está.
Lucas sonrió, una sonrisa de tiburón.
—Soy todo oídos.
—Está en “El Obsidiana” —mintió Sara, o tal vez dijo la verdad, ni ella estaba segura—. Él la escondió en el sistema del restaurante antes de irse. Por eso Víctor nos dio las coordenadas.
Lucas la estudió por un momento eterno. Buscaba la mentira. Pero Sara había aprendido a mentirle a los cobradores de renta durante años. Su cara era una máscara de terror honesto.
—Si mientes, te mato ahí mismo —dijo Lucas. Bajó el arma—. Levántalos. Vamos a ir por un café nocturno.
Los mercenarios arrastraron a Alejandro y a Sara fuera del búnker, de regreso a la tormenta.
Mientras la empujaban hacia una camioneta negra, Sara cruzó miradas con Alejandro. Él estaba aterrorizado, pero en sus ojos había una pregunta silenciosa: ¿Qué estás haciendo?
Sara no respondió. Solo sabía una cosa: Si iban al restaurante, ella tenía una ventaja. Ese era su territorio. Y en su cocina, había más armas que pistolas.
CAPÍTULO 6: La Venganza se Sirve Hirviendo
El viaje de regreso a la Ciudad de México fue una alucinación borrosa de luces de neón y lluvia. Lucas iba en el asiento del copiloto de la camioneta, con el arma siempre visible, tarareando una melodía suave, casi alegre. Atrás, aprisionados entre dos mercenarios armados con rifles de asalto cortos, iban Alejandro y Sara.
El silencio entre ellos era pesado. Alejandro tenía las manos atadas con cinchos de plástico. Sangraba por un corte en la ceja que le nublaba la vista, pero su atención no estaba en su dolor, sino en Sara. La miraba con una mezcla de terror y asombro.
—No está ahí —susurró Alejandro, apenas moviendo los labios para que los guardias no lo notaran—. Sara, el archivo no está en el café. La subida falló. No hay nada. Cuando lleguemos y vean que la terminal está vacía… nos van a matar.
Sara miró al frente, hacia la avenida Masaryk que se acercaba, desierta y brillante bajo las farolas de las 3:00 AM. Las tiendas de Gucci y Tiffany pasaban como fantasmas de un mundo que ya no importaba.
—Lo sé —susurró ella de vuelta, con una calma que le heló la sangre a él—. Pero es el único lugar donde tengo ventaja. Tú eres el rey en la sala de juntas, Alejandro. Pero en esa cocina… en esa cocina mando yo.
La camioneta frenó en seco frente a “El Obsidiana”. El restaurante estaba oscuro, con las sillas sobre las mesas como esqueletos de madera.
—¡Bájense! —ordenó Lucas, abriendo la puerta.
El aire frío de la madrugada golpeó a Sara, pero en lugar de hacerla temblar, la despertó. Este era su territorio. Conocía cada baldosa floja, cada puerta que rechinaba.
Lucas disparó a la cerradura de vidrio templado. ¡CRACK! El sonido fue seco, contenido por el ruido de la lluvia. Empujó la puerta y entraron.
El olor familiar la envolvió al instante: granos de café rancio, desinfectante de limón barato y la humedad de las plantas decorativas. Para Alejandro, era solo un negocio más. Para Sara, era el campo de batalla donde había sobrevivido tres años de humillaciones.
—Luces —ordenó Lucas.
Uno de los mercenarios encontró el interruptor. Las luces ámbar del local parpadearon y se encendieron, revelando el desorden de la mañana anterior que nadie había limpiado tras el despido de Sara.
Lucas empujó a Sara hacia la barra principal.
—Muéstrame —dijo, apuntándole a la espalda baja con la pistola—. Y Alejandro… si ella hace un movimiento en falso, tu cerebro decorará esa cafetera italiana tan bonita.
Alejandro fue obligado a arrodillarse frente a la barra, con un cañón presionado contra su nuca. Sus ojos grises buscaron los de Sara, suplicantes. No lo hagas por mí.
Sara caminó detrás de la barra. Sus manos temblaban, pero su mente estaba enfocada como un láser. Se paró frente a “La Bestia”, la enorme máquina de espresso La Marzocco de tres grupos, una monstruosidad de cromo y calderas de cobre que siempre estaba encendida, manteniendo el agua a 94 grados centígrados las 24 horas del día.
—Está en la terminal de punto de venta —dijo Sara, señalando la pantalla táctil junto a la caja registradora—. Alejandro lo escondió en el registro de inventarios. Necesito el código de gerente para desbloquear el sistema.
—Escríbelo —ordenó Lucas, acercándose. Su avaricia lo hacía descuidado. Ya saboreaba los miles de millones que el Sindicato le pagaría.
Sara tecleó 1-2-3-4. La pantalla se iluminó.
—Entra a “Ajustes de Red” —instruyó Lucas, inclinándose sobre la barra para ver mejor la pequeña pantalla—. ¿Dónde está el archivo?
—Está oculto bajo la etiqueta “Mantenimiento de Caldera” —mintió Sara. Su mano derecha se deslizó lentamente hacia abajo, lejos de la pantalla, hacia la válvula de purga de vapor de la máquina—. Tengo que reiniciar el ciclo para que aparezca el menú oculto.
—Hazlo rápido.
—No lo veo… —dijo Sara, fingiendo pánico. Se inclinó más, obligando a Lucas a inclinarse también, acercando su rostro peligrosamente a la varilla de vapor industrial, esa que usaban para texturizar leche en segundos.
—¡Ahí! ¡Ese botón! —gritó Lucas, impaciente, señalando la pantalla.
—¿Este? —preguntó Sara.
Y entonces, giró la perilla roja al máximo.
No fue un siseo. Fue un rugido.
Un chorro de vapor a presión, mezclado con agua hirviendo a casi 100 grados, salió disparado de la varilla directamente hacia la cara de Lucas.
—¡AHHHHHHH!
El grito de Lucas fue primal, desgarrador. El vapor le quemó los ojos y la piel instantáneamente. Soltó el arma y se llevó las manos a la cara, tropezando hacia atrás, ciego y agonizando.
—¡Alejandro, ahora! —gritó Sara.
El caos estalló. Al ver a su jefe caer, el mercenario que custodiaba a Alejandro se distrajo un milisegundo. Fue suficiente. Alejandro, impulsado por la adrenalina pura, se lanzó hacia atrás, golpeando con su hombro las piernas del guardia. Ambos cayeron al suelo en una maraña de extremidades.
El segundo mercenario, el que estaba junto a la puerta, levantó su rifle apuntando a Sara.
Pero Sara ya no era la mesera asustada. Agarró lo primero que tuvo a mano: el portafiltro doble de latón macizo que estaba enganchado en la máquina. Pesaba casi un kilo de metal sólido.
Lucas, ciego y furioso, disparó su arma al azar. ¡BANG! ¡BANG! Las botellas de licor detrás de Sara estallaron, bañándola en vidrio y tequila.
—¡Te voy a matar, perra! —aulló Lucas, tratando de limpiar sus ojos quemados.
Sara saltó sobre la barra con una agilidad que no sabía que tenía. Aterrizó frente a Lucas. Él escuchó el sonido de sus zapatos sobre los cristales rotos y giró el arma hacia el sonido.
Pero fue muy lento.
—¡No hubo propina, cabrón! —gritó Sara.
Blandió el portafiltro como un martillo medieval. El golpe conectó seco contra la sien de Lucas. CRACK.
El abogado cayó como un costal de papas, inconsciente antes de tocar el suelo.
Al otro lado del salón, Alejandro había logrado rodar y tomar una botella de vino del suelo. Cuando el mercenario intentó levantarse, Alejandro le rompió la botella en la cabeza con una brutalidad salvaje. El hombre se desplomó.
El último guardia, viendo a su jefe y a su compañero caídos, dudó. Apuntó a Sara.
De repente, las luces azules y rojas inundaron el restaurante a través de los ventanales rotos. Sirenas. Muchas sirenas.
—¡POLICÍA DE LA CIUDAD DE MÉXICO! ¡TREN LAS ARMAS! —se escuchó por un megáfono afuera.
El mercenario maldijo, tiró el rifle y levantó las manos.
Sara se quedó de pie, respirando agitadamente, con el portafiltro apretado en su mano como si fuera el cetro de una reina guerrera. Miró a Lucas en el suelo, gimiendo débilmente.
Se agachó y le quitó el arma de la mano, asegurándola.
—Le dije… —susurró Sara al oído del hombre que había intentado destruir su vida—. Gríteme otra vez y esto se acaba.
Una hora después, la calle Masaryk parecía una escena de película de acción. Había patrullas, ambulancias y camiones de SWAT bloqueando la avenida más cara de América Latina.
A Lucas se lo llevaron en una camilla, con la cara vendada y esposado a la barandilla. Los paramédicos atendían a Alejandro, limpiando la sangre de su ceja y revisando sus muñecas magulladas.
Pero él no se quedó en la ambulancia. Se quitó la manta térmica que le habían puesto y caminó hacia la banqueta, donde Sara estaba sentada, mirando sus zapatos manchados de café y sangre.
Alejandro se sentó junto a ella en el borde de la acera, sin importarle que sus pantalones de 20,000 pesos se ensuciaran con el agua del charco.
Durante un largo minuto, ninguno dijo nada. Solo respiraron el aire frío de la madrugada, que por fin olía a limpio.
—Le pegaste con el filtro del café —dijo Alejandro finalmente, rompiendo el silencio. Su voz sonaba ronca, pero había una nota de incredulidad divertida.
—Era un portafiltro doble —corrigió Sara, sin mirarlo—. Pesa más.
Alejandro soltó una risa corta, que se transformó en una mueca de dolor cuando se tocó la ceja.
—Me salvaste la vida, Sara. Literalmente.
—Tú me salvaste primero en el museo —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Digamos que estamos a mano.
Alejandro miró hacia el interior del restaurante, donde los peritos tomaban fotos de la máquina de espresso.
—El archivo no estaba ahí, ¿verdad? —preguntó suavemente.
Sara negó con la cabeza.
—No. Nunca subiste nada. Vi la luz de error en tu tablet ese día. Sabía que la conexión falló. Solo necesitaba que Lucas se acercara a la caldera.
—¿Entonces dónde está la llave de encriptación? —preguntó él—. Si no está en la nube, y no está en mi oficina… el Sindicato seguirá buscándola.
Alejandro sonrió, metió la mano en el pequeño bolsillo relojero de sus jeans empapados y sacó una memoria USB diminuta, del tamaño de una uña.
—Siempre estuvo aquí. “Escondido a plena vista”, como dijiste. Lucas buscaba servidores, nubes, cajas fuertes. Nunca pensó que el código más valioso del mundo estaría en el bolsillo de mis pantalones sucios.
Sara lo miró, incrédula, y luego empezó a reírse. Una risa histérica, liberadora, que le sacó lágrimas. Alejandro se unió a ella. Se rieron como locos en medio de la tragedia, dos sobrevivientes en la banqueta de Polanco.
Cuando la risa se apagó, Alejandro se puso serio. Tomó la mano de Sara. Sus dedos estaban raspados, pero su agarre era cálido.
—Renuncio —dijo él.
—¿A qué?
—A ser CEO. A ser el blanco. Mañana mismo libero el código. Open Source. Todo el mundo tendrá acceso a la logística de Ether. Si todos lo tienen, nadie puede venderlo como arma. El Sindicato pierde su poder en el momento en que presione “Enter”.
—Vas a perder miles de millones —dijo Sara.
—Ya tengo suficiente dinero —dijo Alejandro, mirándola con una intensidad que hizo que el corazón de Sara diera un vuelco—. Pero me di cuenta de que no tengo nada más. Ni amigos, ni familia… ni a alguien que se atreva a golpearme con la verdad (o con utensilios de cocina) cuando me comporto como un idiota.
Se acercó un poco más.
—Voy a empezar de cero. Tal vez invertir en algo más tangible. Escuché que este lugar… —señaló “El Obsidiana”—… va a necesitar un nuevo dueño. El dueño anterior tiene problemas legales por permitir actividades criminales en su propiedad.
Sara alzó una ceja.
—El café aquí es terrible.
—Lo sé —dijo Alejandro—. Pero la gerencia tiene un potencial increíble.
Sara sonrió, una sonrisa verdadera que iluminó su rostro cansado.
—Tengo condiciones, Sterling.
Alejandro devolvió la sonrisa.
—Nómbralas.
—Uno: Termino mi carrera de Derecho. Tú pagas la matrícula, pero yo me gano las notas.
—Hecho.
—Dos: Nada de gritos. Nunca más. Ni a mí, ni a los empleados.
—Justo.
—Y tres… —Sara apretó su mano—. Tienes que aprender a hacer tu propio maldito café.
Alejandro Sterling, el ex rey de la logística global, recargó su cabeza en el hombro de la mesera que le había enseñado a ser humano.
—Creo que puedo manejar eso.
EPÍLOGO
Dicen que el poder corrompe, y que el dinero absoluto corrompe absolutamente. Pero en esta historia, el poder fue humillado por algo mucho más fuerte que una cuenta bancaria: la dignidad de alguien que no tiene nada que perder.
Sara Jiménez no solo sobrevivió a la prueba; reescribió las reglas del juego. Y Alejandro Sterling aprendió que la persona más fuerte en la habitación no es la que firma los cheques, sino la que se mantiene de pie cuando todo el mundo espera que se arrodille.
Al final, el dinero puede comprar silencio, puede comprar abogados y puede comprar balas. Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, puede comprar la lealtad de una mujer que sabe exactamente cuánto vale.
FIN
