GOLPEADA Y EMBARAZADA: ESCAPÉ A LA SIERRA Y HEREDÉ EL SECRETO DE LA MONTAÑA

CAPÍTULO 1: LA HUIDA

Me llamo Nora. Tenía 16 años, cinco meses de embarazo y tres días perdida en lo más profundo de la Sierra Tarahumara con nada más que la ropa que traía puesta y $500 pesos arrugados en el bolsillo. La bolsa de basura donde traía mis cosas se había rasgado cruzando un arroyo la noche anterior, y la corriente se llevó todo: mi cepillo de dientes, una muda de ropa y la única foto del ultrasonido que guardaba como un tesoro.

Todo se fue río abajo, tragado por el agua negra. Solo me quedó la chamarra de mezclilla, unas botas mineras dos tallas más grandes que saqué de un contenedor de donaciones, y un moretón del color de una tormenta que me cruzaba la cara desde la sien hasta la quijada. Ese golpe tenía tres días, pero me dolía cada vez que respiraba el aire helado de la sierra.

Fue el último regalo que me dio mi madre.

Nadie se mete al monte en octubre sola si no tiene una razón de peso. Yo crecí en una casa de interés social a las afueras de un pueblo maderero en Chihuahua, de esas casas donde las paredes son de papel y escuchas hasta cuando el vecino estornuda. Mi padre biológico se fue por cigarros cuando yo tenía cuatro años y nunca volvió. Mi madre, Carolina, se juntó con Damián dos años después.

Damián trabajaba en la obra cuando quería, y bebía con disciplina militar el resto del tiempo. Era un hombre grande, de manos toscas que siempre buscaban algo que corregir: la puerta que rechinaba, el perro que ladraba, o la niña que respiraba en su casa sin aportar dinero. Los golpes empezaron cuando cumplí ocho. No eran palizas de película, eran “correctivos”. Un zape en la nuca, un apretón de brazo que te cortaba la circulación.

Aprendí a ser un mueble. Entrar, callar, limpiar, desaparecer. Funcionó hasta que cumplí 16 y un novio de tres semanas me dejó un recuerdo en el vientre y se largó al norte.

Cuando se lo dije a mi madre, su cara pasó del shock al asco.
—No te lo vas a quedar —dijo ella.
—Sí me lo voy a quedar. Es mío.
—Tienes 16 años, Nora. Damián te va a matar.

El golpe de mi madre me rompió el labio. Pero la verdadera tormenta llegó cuando Damián entró esa noche. No preguntó, solo pegó. Su puño me dio en la cara, y cuando caí, su bota buscó mi espalda. Me hice bolita protegiendo mi panza.

—¡Lárgate! —gritó mi madre, no para defenderme, sino porque los vecinos ya estaban golpeando la pared.

Me levanté, escupí sangre y salí a la noche. Caminé hasta la carretera y no paré. Sabía que en la sierra había gente que vivía desconectada, lejos de los Damianes y de las Carolinas. Gente que no preguntaba.

CAPÍTULO 2: LA CABAÑA INVISIBLE

El hambre tiene etapas. Primero duele, luego marea, y al final te da una claridad extraña. Al tercer día en el monte, yo estaba en esa etapa. Los pinos aquí eran antiguos, gigantescos, columnas de una catedral verde y oscura.

Ya no sentía los pies. El frío de Chihuahua no es juego; es un cuchillo que se te mete entre las costillas. Me tropecé con una raíz y caí de rodillas. Fue ahí cuando lo olí: leña quemada.

Me levanté como pude y seguí el rastro del olor. Subí una loma y ahí estaba, abajo, en un valle pequeño rodeado de riscos: una cabaña. No era una ruina; era sólida, hecha de troncos gruesos oscurecidos por el tiempo, con una chimenea de piedra que escupía humo gris. No había caminos que llevaran a ella. Estaba escondida, invisible.

Bajé cojeando. En el porche había leña perfectamente apilada y una hacha clavada en un tronco. La puerta estaba un poco abierta y salía una luz ámbar, cálida. Iba a tocar, pero mis rodillas fallaron. Lo último que vi antes de desmayarme fue la puerta abriéndose y unas botas viejas acercándose a mí.

Desperté en el suelo, pero sobre una lona y tapada con una cobija de lana que olía a encino. Un hombre estaba sentado en una silla de madera al otro lado del cuarto, mirándome.

Era viejo, quizás sesenta y tantos, flaco como un coyote, con el pelo gris y largo y la piel curtida por el sol y el frío. No dijo nada. Me tendió una taza de peltre.
—Caldo de venado —dijo. Su voz sonaba como si no la hubiera usado en semanas—. Tómalo despacio.

Bebí. Sentí la vida volver a mi cuerpo.
—Estoy embarazada —solté de golpe. Quería que supiera que venía con problemas.
El viejo no parpadeó.
—Ya lo vi. Y vi el golpe en tu cara. ¿Marido?
—Padrastro.
Asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía del mundo.
—Me llamo Silvestre. Hay un catre atrás. Quédate esta noche. Mañana vemos.

CAPÍTULO 3: EL SILENCIO Y LA LEÑA

Me desperté con el sonido de un chasquido seco, como un hueso rompiéndose. Me senté de golpe en el catre, con el corazón martillándome la garganta y las manos protegiendo instintivamente mi vientre. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. No era el remolque en las afueras de Chihuahua, ni el piso sucio de la estación de autobuses.

Era el olor lo que me descolocaba. No olía a cerveza rancia ni a cigarro barato. Olía a ocote quemado, a ceniza fría y a algo más antiguo, como tierra húmeda.

El chasquido se repitió. Alguien estaba partiendo leña afuera.

Me quité la cobija de lana —pesada, rasposa, pero más caliente que cualquier cosa que hubiera tenido en mi vida— y puse los pies en el suelo. El frío del piso de madera se me subió por los tobillos como si fueran manos heladas. La cabaña estaba en penumbra, iluminada solo por la luz grisácea que entraba por una ventana pequeña y el resplandor moribundo de la estufa de hierro en la esquina.

Caminé hacia la puerta, arrastrando las botas mineras que me quedaban enormes. Al abrirla, el aire de la mañana me golpeó la cara con la fuerza de una cachetada.

Ahí estaba él. Don Silvestre.

Estaba de espaldas a mí, frente a un tronco de encino que servía de base. Llevaba una camisa de franela a cuadros rojos, arremangada hasta los codos a pesar del frío que congelaba el vapor de la respiración. Levantó el hacha con un movimiento fluido, sin esfuerzo aparente, y la dejó caer. El leño se partió en dos mitades perfectas que cayeron a la tierra con un sonido sordo.

No parecía un anciano en ese momento. Parecía una extensión del mismo bosque, algo hecho de corteza y nervios duros.

—Ya despertaste —dijo sin voltear. Su voz era rasposa, como si tuviera grava en la garganta.

—Sí —dije, abrazándome a mí misma para dejar de temblar—. ¿Cuánto tiempo dormí?

—Lo suficiente. —Clavó el hacha en el tronco y se giró. Sus ojos, de un gris pálido como el cielo nublado, me barrieron de arriba abajo—. Hay café en la estufa. No es del bueno, pero calienta. Y hay tortillas duras que puse en el comal.

Entré de nuevo, agradecida por huir del viento. Mientras comía, lo observé desde la ventana. Seguía partiendo leña con un ritmo hipnótico. Un golpe, un crujido. Un golpe, un crujido. No había desperdicio de energía. Cada movimiento tenía un propósito.

Cuando entró media hora después, traía una braza de leña en un brazo y una cubeta vacía en la otra mano. Dejó la leña junto a la estufa y puso la cubeta en el suelo, frente a mis pies. El metal resonó contra la madera.

—Aquí las cosas funcionan de una sola manera, chamaca —dijo, limpiándose las manos en el pantalón—. El que no trabaja, no come. Y el que no aporta, estorba.

Me quedé quieta, con el pedazo de tortilla a medio camino de mi boca. Sentí el instinto defensivo de siempre, esa rabia caliente que me subía cuando Damián me gritaba. Pero Silvestre no estaba gritando. No había malicia en su tono, solo una verdad absoluta, tan dura como las piedras del río.

—No soy una inútil —solté, levantando la barbilla. El moretón en mi mejilla palpitó al hablar.

—No dije que lo fueras —contestó él, sirviéndose café en una taza de peltre despostillada—. Dije cómo funcionan las cosas. Yo te di techo y comida anoche porque estabas medio muerta. Hoy ya respiras bien. Si te vas a quedar, tienes que jalar parejo.

Miré mi vientre abultado bajo la chamarra. Cinco meses. No era enorme todavía, pero ya me pesaba, ya me cambiaba el equilibrio.
—Estoy embarazada, no manca —dije, más para convencerme a mí misma que a él.

—El arroyo está a medio kilómetro bajando la loma —señaló la puerta con la cabeza—. El agua no tiene patas. No va a subir sola.

Tomé la cubeta. Me pesaba incluso vacía. Salí sin decir nada, decidida a demostrarle a este viejo ermitaño que yo no era una carga. Que Nora, la hija de nadie, podía sobrevivir.

El camino al arroyo fue un infierno. La bajada estaba llena de agujas de pino resbalosas y piedras sueltas escondidas bajo la escarcha. Mis botas grandes me hacían tropezar. Llegué al agua jadeando. El arroyo era cristalino, bordeado de hielo en las orillas. Llené la cubeta y, al intentar levantarla, sentí un tirón en la espalda baja que me hizo soltar un gemido.

Tiré la mitad del agua. Maldije en voz baja. “Maldita sea, maldita sea”.

Volví a llenarla, esta vez solo tres cuartos. El regreso fue peor. Subir la pendiente con el peso muerto del agua, cuidando no resbalar, sintiendo cómo el bebé se acomodaba incómodo contra mis costillas. Cada paso era una negociación con mi propio cuerpo. Me detuve cuatro veces a respirar, recargada en los troncos de los pinos gigantes, sintiendo que los pulmones me ardían por el aire helado.

Cuando finalmente puse la cubeta en la cocina, el agua se agitaba violentamente por el temblor de mis brazos. Me dejé caer en una silla, mareada.

Silvestre miró la cubeta. Luego me miró a mí, sudorosa y pálida.
—Tardaste mucho —dijo.
—Pero la traje —reviré, desafiante.
Él asintió, un movimiento casi imperceptible.
—Bien. Ahora hay que limpiar los frijoles.

Así pasaron los primeros días. Una rutina brutal que no perdonaba debilidades. Silvestre no me preguntaba cómo me sentía, ni de dónde venía, ni quién me había golpeado. Solo me daba tareas. Desgranar maíz, remendar la lona del techo, barrer el piso de tierra apisonada del porche.

El silencio entre nosotros era un tercer habitante en la cabaña. No era un silencio cómodo, pero tampoco hostil. Era el silencio de dos animales que comparten una cueva porque afuera la tormenta es peor.

Una tarde, mientras el sol empezaba a esconderse detrás de los picos de la sierra, intenté partir leña. Había visto a Silvestre hacerlo cien veces. Parecía fácil. Levanté el hacha, pesada y fría, y la dejé caer con toda mi fuerza sobre un tronco de encino.

El hacha rebotó, vibrando en mis manos hasta los hombros, y el tronco apenas se marcó.
Lo intenté de nuevo. ¡Clack! El filo se atoró a medio camino. Jaloneé el mango, frustrada, sintiendo las lágrimas de impotencia picándome los ojos. Odiaba mi debilidad. Odiaba depender de alguien. Odiaba este bosque y odiaba a Damián por obligarme a estar aquí.

—Le estás pegando con odio —dijo una voz a mis espaldas.

Salté del susto. Silvestre estaba ahí, fumando un cigarro de hoja, recargado en el barandal.
—¿Y qué importa? —le grité, la frustración desbordándose—. ¡Se supone que se tiene que romper!

Silvestre tiró el cigarro y lo pisó con su bota. Se acercó despacio y me quitó el hacha de las manos con una suavidad que no esperaba.
—La madera no es tu enemigo, Nora. No es el cabrón que te pegó. —Fue la primera vez que mencionó mi pasado desde la primera noche—. Si peleas con la madera, vas a perder. Ella es más dura que tú.

Puso otro tronco en la base. Señaló una línea casi invisible que recorría la corteza.
—¿Ves esto? Es la veta. Es por donde el árbol creció. Es su camino. Si le pegas en contra, se cierra. Si le pegas a favor… —Levantó el hacha, no muy alto, y la dejó caer. Crrrac. El tronco se abrió como un libro—. La madera te dice por dónde quiere romperse. Solo tienes que escucharla.

Me dio el hacha de nuevo.
—Inténtalo. Busca la veta. No uses fuerza, usa maña.

Respiré hondo. Miré el tronco. Busqué la línea, la grieta natural. Dejé de pensar en Damián, en mi madre, en el miedo. Solo vi la madera. Dejé caer el hacha. No fue perfecto, pero el tronco se partió.

Silvestre soltó un gruñido que podría haber sido de aprobación.
—Mejor. Sigue practicando. Mañana va a nevar y necesitamos el doble de esto.

Esa noche, el viento aulló como un lobo herido. La temperatura cayó en picada. Estábamos sentados frente a la estufa de hierro, la única fuente de calor en kilómetros a la redonda. La luz de una lámpara de queroseno proyectaba sombras largas en las paredes de troncos.

La cabaña estaba llena de cosas que no cuadraban. No había electricidad, pero en una repisa, ocultos detrás de manojos de hierbas secas (gordolobo, manzanilla, árnica), había libros. No novelas de vaqueros, sino libros gruesos, de pastas duras. Geología de la Sierra Madre OccidentalTratados de MineríaHistoria de los Derechos Agrarios en México.

—¿Usted los leyó todos? —pregunté, rompiendo el silencio. Silvestre estaba tallando un pedazo de madera con una navaja pequeña. Estaba haciendo un pájaro.

—Tengo mucho tiempo, chamaca. Doce años dan para leer mucho.
—¿Doce años sin bajar al pueblo?
—Bajo lo necesario. A por sal, harina, café. Lo demás lo da el monte.
—¿Por qué vive así? —insistí. La curiosidad me ganaba—. Esta cabaña… no está en ningún mapa. Cuando venía para acá, crucé la carretera nueva y ni se ve desde allá. Es como si no existiera.

La navaja de Silvestre se detuvo. Levantó la vista y sus ojos reflejaron la llama de la lámpara.
—Esa es la idea. Que no exista.
—¿Se esconde de la policía? —pregunté, pensando en las historias de narcos que se esconden en la sierra.

Silvestre soltó una risa seca, que terminó en una tos fea, profunda. Se cubrió la boca con un pañuelo gris que sacó del bolsillo. Tosió durante un minuto entero, un sonido húmedo y rasposo que hizo que se me erizara la piel. Cuando terminó, se limpió la boca y guardó el pañuelo rápido, pero no lo suficientemente rápido.

Vi la mancha roja. Sangre fresca y brillante sobre la tela gris.

—No me escondo de la ley —dijo, con la voz más débil que antes—. Me escondo de los que hacen la ley a su antojo. Y estoy aquí porque le hice una promesa a un muerto.
—¿A quién?
—Al hombre que construyó esto. Al hombre que sabía lo que hay debajo de tus pies.

Se levantó con dificultad, apoyándose en la mesa. Parecía haber envejecido diez años en ese minuto de tos.
—Ya es tarde. Apaga la lámpara cuando termines.

—Está enfermo —dije. No me moví—. Está tosiendo sangre, Don Silvestre. Mi tío murió de tuberculosis. Sé cómo se oye.
—Es el humo de la leña —mintió, y los dos supimos que era mentira.
—Necesita un doctor. En Creel debe haber una clínica, o bajamos hasta Chihuahua…
—¡No! —El grito retumbó en la pequeña cabaña. Fue la primera vez que alzó la voz de verdad—. Nadie baja. Y nadie sube. Si bajas, te encuentran. Y si te encuentran a ti, encuentran este lugar. Y si encuentran este lugar, todo se va al diablo.

Se acercó a mí, y por un momento tuve miedo. Pero no me iba a pegar. Me miró con una intensidad desesperada.
—Escúchame bien, Nora. Lo que tienes en la panza… ese niño… necesita un futuro. Si salimos de aquí, te comen viva. Si nos quedamos, tal vez tengas una oportunidad.
—¿Oportunidad de qué? ¿De morirnos de frío?
—De ser dueña de algo. De que nadie te vuelva a poner una mano encima.

Se dio la vuelta y caminó hacia la cortina que separaba su catre del resto del cuarto. Antes de entrar, se detuvo.
—Mañana te enseño el sótano. Pero ahora duérmete. El invierno apenas empieza y la sierra no perdona a los débiles.

Me quedé sola frente a la estufa. El fuego crepitaba, consumiendo la leña que yo misma había ayudado a traer. Afuera, la nieve comenzaba a caer, silenciosa y blanca, borrando los caminos, borrando mis huellas, encerrándonos en ese mundo de secretos, madera y sangre.

Puse una mano sobre mi vientre. El bebé dio una patada, fuerte y clara.
—Estamos solos, mija —susurré al fuego—. Tú, yo y el viejo. Y a ver quién aguanta más.

Esa noche soñé con árboles que se abrían solos y con un hombre que no tenía rostro pero que me dejaba una herencia enterrada en la piedra. Cuando desperté, la cabaña estaba helada y el silencio era absoluto, roto solo por esa tos seca y dolorosa que venía del otro lado de la cortina.

CAPÍTULO 4: EL DIARIO DE HERNÁN

Noviembre entró en la sierra como un animal hambriento, devorando la poca luz que quedaba y trayendo consigo un silencio blanco y absoluto. La nieve ya no era una curiosidad; era una pared de un metro de altura que bloqueaba la puerta y sepultaba las ventanas hasta la mitad.

Pero el frío más peligroso no estaba afuera. Estaba dentro de la cabaña, instalado en los pulmones de Don Silvestre.

Su tos había cambiado. Ya no era seca. Ahora sonaba húmeda, como si se estuviera ahogando en su propia sangre. Pasaba los días sentado en su silla, envuelto en tres cobijas, mirando la estufa con ojos vidriosos. Ya no tallaba madera. Sus manos, antes firmes como raíces de roble, temblaban tanto que tiraba el café.

Una noche, el sonido de su respiración se volvió un silbido agudo y desesperante. Me levanté del catre y puse más leña al fuego, aunque la cabaña ya estaba caliente.

—¿Don Silvestre? —susurré.

Él me hizo una seña con la mano, un gesto débil apuntando hacia la estantería de libros, justo detrás de los manojos de manzanilla seca.

—El libro… —dijo, y la voz le salió convertida en un gorgoteo—. El de cuero negro. Tráelo.

Me acerqué a la repisa. Entre los tratados de minería y las enciclopedias viejas, había un cuaderno grueso, encuadernado en piel oscura, con las esquinas desgastadas por el roce de muchas manos. Lo saqué. Pesaba. Olía a tabaco viejo y a papel guardado.

Se lo llevé. Silvestre puso su mano sobre la tapa, acariciando el cuero con una ternura que nunca le había visto usar con nada vivo.

—Siesta se acaba, Nora —dijo, mirándome directo a los ojos. El gris de sus pupilas se estaba apagando—. Yo ya no llego a la primavera. Lo sé y tú lo sabes.

Sentí un nudo en la garganta. Quise decirle que no, que íbamos a bajar al pueblo, que buscaríamos medicina. Pero él me cortó con la mirada.

—No me llores antes de tiempo. Escucha. —Empujó el libro hacia mí por encima de la mesa—. Tienes que saber dónde estás parada. Tienes que saber por qué diablos hay una cabaña donde los mapas dicen que no hay nada. Lee.

—¿Ahora?

—Ahora. En voz alta. Mis ojos ya no sirven para esa letra tan chica.

Me senté en el suelo, cerca del fuego para tener luz. Abrí el libro con cuidado. La primera página estaba fechada: 14 de abril de 1982. La letra era apretada, inclinada y meticulosa, escrita con una pluma fuente de tinta negra que apenas se había desvanecido.

“Bitácora de campo. Ingeniero Hernán Valenzuela. Proyecto Sierra Alta. Compañía Minera Roca Verde” —leí.

Miré a Silvestre. Él asintió, cerrando los ojos.

Continué leyendo. Al principio, eran datos técnicos que me costaba entender. Coordenadas, tipos de suelo, menciones de “estratos volcánicos” y “muestreo de núcleos”. Hernán Valenzuela era un hombre de ciencia. Escribía sobre la tierra como un médico escribe sobre un paciente: con distancia y precisión.

Pero al pasar las páginas, el tono cambiaba. Para junio de 1983, la letra se volvía más agresiva, más presionada contra el papel.

“4 de junio de 1983. Los resultados del laboratorio en Houston confirmaron mis sospechas. No es solo plata. Hay concentraciones anómalas de Tierras Raras. Lantano, Cerio, Neodimio. El depósito corre justo debajo de la Cuenca del Silencio. Es uno de los yacimientos más grandes que he visto en el hemisferio norte. Su valor es incalculable. Si Roca Verde se entera de la magnitud real, no van a hacer una mina; van a devorar la montaña entera.”

Me detuve.
—¿Tierras Raras? —pregunté.
—Minerales —murmuró Silvestre sin abrir los ojos—. Para hacer chips, teléfonos, misiles. Valen más que el oro. Sigue leyendo.

Avancé varias páginas. La angustia de Hernán crecía con cada entrada.

“20 de agosto de 1983. Presenté el informe preliminar a la junta directiva en la Ciudad de México. Omití los datos de las Tierras Raras. Reporté solo cobre y zinc de baja ley. Pero el Licenciado Montemayor, el director de operaciones, me miró como si supiera que miento. Me preguntó por los acuíferos. Le dije que cualquier extracción contaminaría el río que alimenta a los cinco ejidos de abajo. Se rió. Dijo: ‘El agua se compra, Hernán. Y los ejidatarios se mueven’. Me ofrecieron un bono para ‘ajustar’ el impacto ambiental. Salí de ahí con ganas de vomitar.”

“15 de septiembre de 1983. Renuncié. Me hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad que parece una sentencia de muerte. Si hablo, me demandan. Si publico los datos, me meten a la cárcel. Pero cometí un ‘error’ antes de irme. Me robé los núcleos de muestra y los mapas originales. Y encontré algo más: un error en el catastro federal de 1950. Hay una franja de tierra, una ‘zona ciega’ entre dos concesiones forestales. Legalmente, esta hondonada no existe. No es de nadie.”

La voz de Hernán en mi cabeza sonaba desesperada pero brillante. Había encontrado un hueco en el sistema.

“10 de octubre de 1983. He vuelto. No como ingeniero, sino como fantasma. Estoy construyendo una cabaña en la zona ciega. Voy a aplicar la ley a mi favor. La ‘Prescripción Positiva’. Si ocupo esta tierra de manera pacífica, continua y pública durante 20 años, se vuelve mía. Y si la tierra es mía, el subsuelo es mío. Roca Verde no podrá tocar este valle sin negociar conmigo. Y yo nunca voy a negociar. Voy a ser el guardián que esta montaña necesita. El cerro guarda lo que el mundo olvida.”

Cerré el libro un momento, procesando lo que leía.
—Veinte años… —susurré—. Por eso usted sigue aquí.
—Hernán aguantó nueve —dijo Silvestre, y un hilo de sangre le escurrió por la comisura del labio—. El cáncer se lo comió antes de que pudiera terminar. Yo tomé la guardia. Llevo doce años aquí, Nora. Doce años contando los días, guardando los recibos de la ferretería, tomando fotos para probar que alguien vive aquí. El plazo legal se cumplió el año pasado.

—¿Entonces ya ganamos?
—La tierra es nuestra por derecho, pero Roca Verde no lo sabe todavía. Creen que esto sigue vacío. Hernán dejó todo listo para el pleito legal: el dinero, los mapas, las pruebas del fraude ambiental. Todo está en la bóveda, abajo. Pero se necesita a alguien vivo para reclamarlo. Y yo… —se señaló el pecho con una mano temblorosa—… yo ya soy historia.

Volví al diario. Las últimas páginas, escritas con una letra temblorosa que se parecía mucho a la de Silvestre ahora, ya no hablaban de geología. Hablaban de arrepentimiento.

“Enero de 1992. Me queda poco tiempo. He pasado tanto tiempo protegiendo esta tierra que olvidé proteger a los míos. Pienso en Ruth. Pienso en el hijo que me negó. Tomás. Tenía sus ojos, decían. Fui a buscarlo hace años, antes de venirme al monte. Lo vi de lejos en un taller mecánico en Parral. No me atreví a bajarme del coche. ¿Qué le iba a decir? ‘Hola, soy el padre que nunca estuvo porque estaba muy ocupado salvando el mundo’? Cobarde. Fui un cobarde.”

El nombre me golpeó como una piedra. Tomás.
Sentí un zumbido en los oídos. Mi padre se llamaba Tomás. Pero Tomás es un nombre común. Había miles de Tomases en Chihuahua.

Seguí leyendo, con el corazón acelerado.

“Marzo de 1992. Contraté a un investigador privado con lo último que me quedaba de mis ahorros. Rastreó a Tomás hasta Ciudad Juárez y luego de vuelta al sur. Se casó. O se juntó, no está claro. La mujer se llama Carolina. Tuvieron una niña. El reporte dice que viven cerca de Delicias o Camargo. La niña nació en el 2010. Se llama Nora. Nora Valenzuela, aunque seguro usa otro apellido.”

El libro se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco.
El aire se me escapó de los pulmones.

—Nora… —leí en voz alta, pero sonó como si alguien más lo dijera.

Recordé la camioneta azul. Tenía cuatro años. Estaba parada en la ventana de la cocina, subida en una silla de plástico. Vi a mi padre, Tomás, subir a esa Ford vieja. La luz de freno izquierda estaba rota, tapada con cinta roja. Me dijo que iba a ver si había llegado el correo. Nunca volvió.

Busqué la página anterior. Hernán escribía:
“El investigador dice que Tomás maneja una Ford F-150 azul, modelo 79. Tiene un golpe en la defensa trasera y le falla una luz.”

Me llevé las manos a la boca. Las lágrimas me brotaron de golpe, calientes y rápidas. No eran de tristeza, eran de shock. De una sacudida sísmica que reordenaba todo mi universo.
Ese hombre, ese ingeniero que escribía sobre minerales y leyes, ese hombre que había muerto en esta misma cabaña hace años… era mi abuelo.
Y mi padre, el hombre que me abandonó, era el hijo perdido que él nunca tuvo el valor de conocer.

Levanté la vista hacia Silvestre. Él me miraba, y por primera vez en semanas, había algo parecido a una sonrisa en su rostro demacrado. No una sonrisa feliz, sino una sonrisa de paz. De misión cumplida.

—¿Usted sabía? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Cuando llegué? ¿Sabía quién era yo?

—No al principio —contestó suavemente—. Eras solo una niña golpeada que se cayó en mi porche. Pero luego me dijiste tu nombre. Y vi tus ojos. Tienes los ojos de Hernán. Esa mirada terca, de quien no se deja mandar.

Tosió de nuevo, un espasmo violento que lo dobló por la mitad. Cuando se recuperó, siguió hablando, casi en un susurro.

—Busqué en el diario. Confirmé las fechas. Confirmé los nombres. No creo en las coincidencias, Nora. Creo en la montaña. La montaña te trajo. Hernán no pudo darle nada a Tomás. Y Tomás no pudo darte nada a ti más que abandono. Pero Hernán te dejó esto.

Señaló el suelo, hacia donde estaba la entrada oculta al sótano.

—Todo esto… la cabaña, el bosque, los millones enterrados en papeles allá abajo… no es un regalo, chamaca. Es una deuda pagada. Es tu herencia. Eres la nieta del Guardián. Eres la dueña legítima de todo lo que pisas.

Me quedé mirando el fuego, sintiendo cómo el bebé se movía dentro de mí. Una patada fuerte, decidida.
Durante 16 años, yo había sido basura. La hija de un hombre que huyó. La hijastra de un borracho que pegaba. La niña estorbo. La “Nora inútil”.

Y de repente, en medio de la nada, con un diario viejo en el regazo, el mundo giró.
No era una fugitiva escondiéndose en una cabaña prestada.
Estaba en mi casa.

—¿Por qué no me lo dijo antes? —le reclamé, limpiándome las lágrimas con la manga de la franela.

—Porque tenías que ganártelo —dijo Silvestre, cerrando los ojos, agotado—. La sangre te hace pariente, Nora. Pero sudar la gota gorda cortando leña y cargando agua… eso te hace dueña. Y tú ya eres dueña.

El fuego crujió. Una viga del techo tronó por el peso de la nieve.
Me levanté, recogí el diario y lo abracé contra mi pecho. Sentí una fuerza nueva nacer en mi estómago, justo al lado del miedo.

—Me voy a quedar —dije. Y esta vez no sonó como una pregunta o una esperanza. Sonó como una sentencia—. Que venga la nieve. Que vengan los de la mina. Esta es mi tierra.

Silvestre no contestó. Su respiración se había vuelto lenta, rítmica. Se había quedado dormido, o tal vez se estaba yendo poco a poco, soltando las amarras ahora que había pasado el relevo.

Me acerqué a él y le acomodé la cobija sobre los hombros huesudos.
—Descanse, Don Silvestre —le susurré al oído—. Yo hago la guardia esta noche.

Me senté en la silla frente a la puerta, con el diario de mi abuelo en las piernas y la escopeta vieja recargada en la pared. Afuera, el viento aullaba buscando una grieta para entrar, pero la cabaña aguantaba. Estaba hecha de buena madera. Como yo.

CAPÍTULO 5: LA BÓVEDA

A la mañana siguiente, el aire dentro de la cabaña se sentía diferente. No más caliente, pero sí más pesado, cargado con esa electricidad estática que precede a las tormentas o a los finales. Don Silvestre no se levantó al amanecer para avivar el fuego. Fui yo quien tuvo que echar los leños al vientre de hierro de la estufa y soplar las brasas hasta que mis pulmones ardieron.

Cuando por fin salió de detrás de su cortina, arrastraba los pies. Su piel, curtida por años de sol y viento, tenía ahora el color de la cera vieja, amarillenta y traslúcida. Se apoyó en la mesa con ambas manos, respirando como si acabara de correr un maratón, aunque solo había caminado tres metros.

—Hoy es el día, Nora —dijo. Su voz era un susurro seco, como hojas muertas arrastrándose por el suelo.

—Siéntese, le traigo café —intenté ayudarlo, pero él negó con la cabeza, terco como una mula de carga.

—No. Si me siento, ya no me levanto. Y tenemos que bajar.

Se dirigió hacia la cocina. En el suelo, bajo una alfombra de trapo tejida que siempre me había parecido fea y vieja, había una trampa de madera. La había visto antes, por supuesto. Ahí guardábamos las papas y los frascos de duraznos en almíbar. Pero Silvestre nunca me había dejado bajar.

Con un esfuerzo que le hizo temblar hasta los dientes, se agachó y levantó la pesada tapa de roble. El olor que subió no era desagradable; olía a tierra fría, a humedad de piedra y a encierro.

—Agarra la lámpara —ordenó.

Tomé el quinqué de petróleo y bajé primero por la escalera de mano. Los escalones crujían bajo mi peso y el de mi panza. El sótano era pequeño, de unos tres metros por tres, con paredes de piedra rústica y estantes llenos de conservas. Parecía una despensa normal de cualquier ranchería pobre.

Silvestre bajó detrás de mí, paso a paso, con una lentitud agonizante. Cuando sus botas tocaron el suelo de tierra apisonada, tuvo que recargarse en la pared para recuperar el aliento.

—Mucha gente cree que esconder algo es ponerlo donde nadie lo vea —dijo, señalando la pared del fondo, detrás de los estantes de frascos de vidrio llenos de chiles en vinagre—. Tu abuelo Hernán decía que el mejor escondite es el que parece aburrido.

Movió dos frascos grandes de pepinillos. Detrás de ellos, la piedra parecía sólida, idéntica al resto del muro. Pero Silvestre metió los dedos en una grieta casi invisible entre dos rocas y presionó.

Se escuchó un clic mecánico, pesado. Un sonido de engranajes que no habían girado en mucho tiempo.

—Ayúdame a empujar —dijo.

Puse mi hombro junto al suyo. La sección de pared, que en realidad era una puerta de acero revestida de mampostería, giró hacia adentro sobre goznes ocultos y perfectamente engrasados.

El aire que salió de ahí era seco. Completamente seco.

Entramos.

No era una cueva. Era una cápsula del tiempo. Una habitación de dos metros por dos, excavada directamente en la roca madre de la montaña, pero revestida de concreto liso. No había humedad. Había estanterías de metal, de esas industriales grises, atornilladas al suelo.

—Bienvenida a la oficina de Hernán —dijo Silvestre.

Levanté la lámpara. La luz dorada iluminó filas de carpetas etiquetadas con una caligrafía perfecta. Había tubos de plástico sellados con tapas de rosca. Había cajas de archivo.

—¿Qué es todo esto? —pregunté, sintiendo que estaba profanando una tumba.

Silvestre se dejó caer sobre un banquito de metal que había en la esquina. Ya no podía estar de pie.
—Es la pólvora, niña. Las balas para la guerra que viene.

Señaló la primera estantería.
—Esos tubos son los núcleos de perforación originales. La prueba física de que aquí abajo hay una fortuna en Tierras Raras. Roca Verde tiene copias falsas, pero estos son los reales. Si un geólogo los analiza hoy, sabrá que Hernán no mentía.

Señaló las carpetas.
—Ahí está la cadena de custodia de la tierra. Recibos de predial de los terrenos colindantes, mapas topográficos del INEGI de hace cuarenta años, y la bitácora de ocupación. Cada día que Hernán pasó aquí, y cada día que yo pasé aquí, está documentado. Fotos, fechas, reparaciones. Eso prueba la posesión continua.

Luego señaló una caja fuerte pequeña, de esas antiguas de combinación, en el estante inferior.
—Ábrela. La combinación es la fecha de nacimiento de tu abuelo: 14-04-42.

Me agaché. Mis manos temblaban tanto que tuve que intentarlo tres veces. Derecha a 14, izquierda a 04, derecha a 42. La manija giró. La puerta pesada se abrió con un suspiro.

Adentro había fajos de billetes. Dólares viejos, de cara chica. Y pesos de los que tenían tres ceros más, pero también fajos de “Nuevos Pesos” de los noventa.
—Cuarenta y tres mil dólares —dijo Silvestre—. Y un poco más en moneda nacional. Hernán vendió todo lo que tenía antes de venirse al monte. Su casa en la ciudad, su camioneta, sus herramientas. Lo convirtió en efectivo y lo metió ahí.

—Es mucho dinero… —susurré. Nunca había visto tanto dinero junto. Para una niña que había huido con 500 pesos, esto parecía el tesoro de un rey.

—No es para que te compres vestidos, ni para que te vayas de vacaciones a Mazatlán —me cortó Silvestre con severidad—. Ese dinero tiene un solo propósito: abogados. Cuando los buitres de la mina vengan, vas a necesitar un abogado que no se asuste y que no se venda. Eso cuesta caro. Ese dinero es tu escudo.

Cerré la caja fuerte. Me sentía mareada. El peso de la responsabilidad caía sobre mis hombros más fuerte que el embarazo.
—¿Por qué yo? —pregunté, mirando las carpetas—. Soy una niña, Don Silvestre. No terminé la prepa. No sé hablar con abogados. No sé nada de minas.

Silvestre me miró desde el banquito. Sus ojos grises brillaban en la penumbra.
—Porque eres lo único que queda de él. Y porque llegaste. La montaña no le da sus secretos al más listo, ni al más fuerte. Se los da al que aguanta. Tú aguantaste el golpe de tu padrastro. Aguantaste el frío. Aguantaste mi mal genio. —Tosió un poco, limpiándose la boca—. Eres terca, Nora. Como tu abuelo. Esa terquedad es lo único que va a salvar este lugar.

Salimos de la bóveda. Cerramos la puerta falsa. El clic al cerrarse sonó definitivo.

Las semanas siguientes fueron una caída lenta y dolorosa.

El invierno apretó su agarre sobre la sierra. La nieve llegaba casi a las ventanas. Adentro, el mundo de Silvestre se encogía. Primero dejó de salir al porche. Luego dejó de sentarse en la mesa. Finalmente, dejó de levantarse del catre detrás de la cortina.

Yo me convertí en sus manos y sus pies.
Cortaba la leña, aunque mi vientre de siete meses me hacía moverme como un pato y la espalda me mataba al final del día.
Cocinaba los caldos, le daba de comer en la boca cuando sus manos temblaban demasiado para sostener la cuchara.
Le leía el diario de mi abuelo en voz alta mientras él miraba el techo de vigas oscuras, perdiéndose en recuerdos que no eran míos.

—¿Te duele? —le pregunté una noche. Se retorcía bajo las cobijas, sudando frío.
—Solo cuando respiro —intentó bromear, pero le salió como un gemido—. No tengas miedo, chamaca. Morirse es lo más natural del mundo. Lo jodido es vivir sin propósito. Yo ya cumplí el mío.

—No diga eso. Todavía falta que nazca la niña. Tiene que conocerla.
—La voy a conocer —susurró, con la mirada perdida—. Desde el otro lado.

Murió un jueves. Lo supe porque llevaba la cuenta de los días marcada con carbón en la pared, junto a la estufa.
Fue al atardecer. La luz naranja del sol se filtraba por la ventana, pintando el polvo que flotaba en el aire. Estaba tranquilo. No hubo discursos finales, ni estertores dramáticos. Solo un suspiro largo, como si soltara una carga muy pesada que llevaba cargando doce años, y luego… silencio.

Un silencio absoluto. Más profundo que el del bosque.

Me quedé sentada a su lado durante una hora, sosteniendo su mano fría y callosa. No lloré. No todavía. Sentía que si empezaba a llorar, me iba a romper en pedazos y no podría volver a armarme. Y tenía trabajo que hacer.

—Descansa, viejo —le dije, y le cerré los ojos.

Lo envolví en su cobija favorita, la de cuadros rojos y negros que olía a humo.
Lo difícil fue sacarlo.
Arrastrar un cuerpo muerto es infinitamente más pesado que ayudar a caminar a un vivo. Tuve que usar la lona del suelo como trineo. Tiré de él, centímetro a centímetro, con el vientre estorbándome, jadeando, pidiéndole perdón cada vez que su cuerpo golpeaba contra el marco de la puerta.

Afuera, el frío era un cuchillo.
Silvestre me había señalado el lugar semanas atrás.
—Bajo los tres cedros, al este. Ahí la tierra es más blanda y no se encharca.

Mentira. La tierra no era blanda. Estaba congelada.
Cavé la tumba con una pala y un pico, bajo la luz de la luna llena que se reflejaba en la nieve, convirtiendo el claro en un escenario de plata fantasmal.
Era un trabajo brutal.
Golpeaba la tierra con el pico, rompía la costra de hielo, sacaba dos paladas de tierra negra, y volvía a empezar.
Mi bebé se movía frenéticamente, tal vez asustada por mi esfuerzo, tal vez protestando por el frío.
—Ya casi, ya casi —nos decía a las dos.

Lloré mientras cavaba. Lloré de rabia. Lloré de miedo. Lloré porque estaba sola en el culo del mundo enterrando al único amigo que había tenido, y nadie sabía que yo existía.
Grité. Un grito largo y ronco que rebotó en los árboles y asustó a un búho que salió volando de una rama.
—¡¿Por qué me dejan sola?! —le grité a la luna, a mi madre, a mi abuelo, a Dios.

Nadie contestó. Solo el viento moviendo las ramas de los cedros.

Me tomó cuatro horas hacer un agujero decente. No era muy profundo, pero era lo mejor que podía hacer.
Rodé el cuerpo de Silvestre al interior. Cayó con un sonido suave, amortiguado por la cobija.
Bajé con cuidado. Le acomodé las manos sobre el pecho. Puse a su lado su navaja de tallar, esa con la que hacía pájaros de madera.
—Gracias —le dije. La palabra se congeló en el aire—. Gracias por no cerrarme la puerta.

Cubrí el cuerpo con tierra. Luego con piedras pesadas, muchas piedras, para que los coyotes no lo molestaran. Hice un montículo alto, un “cairn”, como él me había enseñado que hacían los antiguos.

Cuando terminé, mis manos sangraban a través de los guantes. Mi espalda era un nudo de dolor. Estaba empapada en sudor que se congelaba en mi piel.

Me paré frente a la tumba de piedras.
Miré la cabaña, con su chimenea humeante, sólida y oscura contra la nieve. Debajo de ella, la bóveda guardaba los secretos de mi sangre. Adentro de mí, la siguiente generación daba patadas exigiendo vida.

Me sequé la cara con la manga sucia de tierra.
Ya no era la niña que huía.
El miedo seguía ahí, sí. Pero ahora el miedo tenía compañía. Tenía un propósito.

—Ahora me toca a mí —le prometí a las piedras—. Usted descanse, Don Silvestre. Yo hago la guardia.

Di la vuelta y caminé hacia la cabaña. Entré, cerré la tranca de la puerta con fuerza, y me preparé para sobrevivir el resto del invierno. Sola.

CAPÍTULO 6: ROSA DE LA MONTAÑA

Enero no llegó; cayó sobre la cabaña como una lápida de hielo.

Si diciembre había sido difícil, enero fue una guerra de asedio. La temperatura se desplomó a niveles que yo no sabía que existían en México. No tenía termómetro, pero lo sentía en los clavos de las paredes, que se cubrían de una capa blanca de escarcha dentro de la misma habitación. Lo sentía en la madera de la cabaña, que gemía y tronaba por las noches como un barco viejo navegando en un mar congelado.

La soledad dejó de ser una circunstancia para convertirse en una presencia física. Era un animal pesado que se sentaba en mi pecho y dificultaba la respiración.

Para no volverme loca, hablaba. Hablaba todo el tiempo.

—Buenos días, señor Fuego —decía mientras soplaba las brasas moribundas a las cinco de la mañana, con el vapor de mi boca creando nubes en la penumbra—. Hoy tiene usted hambre, ¿verdad? Pues yo también.

Le hablaba a los frascos de duraznos en el estante. Le hablaba a la escopeta colgada en la pared. Pero, sobre todo, le hablaba a ella. A la inquilina inquieta que ya ocupaba todo el espacio entre mis costillas y mi cadera.

—No se te ocurra salir hoy, mija —le advertía mientras me ponía las botas, que ya me costaba un mundo abrochar—. Hoy está cayendo aguanieve y si sales, te congelas las nalgas. Aguanta. Aguanta un poco más.

Mi rutina se había simplificado a lo esencial: calor, agua, comida. Todo lo demás era lujo.

La leña que Silvestre había dejado cortada se estaba acabando. Tuve que salir. Me puse la chamarra de franela de él encima de mi chamarra de mezclilla, me envolví la cabeza con una bufanda vieja y salí al porche.

El mundo era blanco y gris. Los pinos, cargados de nieve, parecían gigantes encorvados por la tristeza.

Agarré el hacha. Mi vientre de ocho meses era un obstáculo enorme. No podía girar la cintura con fuerza. Tuve que aprender una técnica nueva: golpes cortos, usando el peso del hacha más que mis brazos, jadeando entre cada movimiento.

Crack. Descanso. Crack. Descanso.

—Uno para la estufa… —murmuraba—. Uno para la noche… Uno por si acaso…

Un día, mientras partía un tronco particularmente nudo, sentí un tirón en la espalda baja que me hizo soltar el hacha y caer de rodillas en la nieve.

—¡Ah, chingada madre! —grité. El dolor fue agudo, eléctrico.

Me quedé ahí, hincada, con la nieve mojándome los pantalones, llorando de pura frustración. Me sentí tan pequeña, tan inútil. ¿Qué estaba pensando? Una niña jugando a la casita en el infierno. Iba a morir ahí. Nos íbamos a morir las dos y nos encontrarían en primavera, hechas huesos y trapos viejos.

Entonces, sentí una patada. Fuerte. Justo debajo de las costillas. Y luego otra. No eran patadas de miedo. Eran patadas de reclamo. Levántate, parecía decirme. Tengo frío.

Me sequé los mocos con el guante sucio. Me agarré del barandal del porche y me obligué a ponerme de pie.

—Ya voy, ya voy —gruñí—. Qué carácter, cabrona. Igualita a tu abuelo.

Entré a la cabaña arrastrando la leña. Esa noche, busqué en los estantes de Silvestre algo más que historia. Encontré un libro viejo, de pastas azules deslavadas: Manual Merck de Diagnóstico y Terapia, edición de 1975.

Busqué el índice con dedos temblorosos. PartoObstetriciaEmergencias.

Leí hasta que me ardieron los ojos. Leí sobre la dilatación, sobre la expulsión, sobre el corte del cordón. Pero también leí sobre las cosas que no quería saber: hemorragias, presentación de nalgas, fiebre puerperal, preeclampsia.

Cerré el libro de golpe cuando llegué a la parte de “Mortalidad Materna”.

—Eso no nos va a pasar —dije en voz alta, para que las vigas de la cabaña me escucharan—. Aquí nadie se muere. Ya cumplimos la cuota de muertos con Silvestre.

Empecé a prepararme. Como una gata que hace su nido, junté todo lo que podía necesitar. Herví agua en la olla más grande y metí tiras de sábana vieja que lavé con jabón de lejía. Encontré una botella de alcohol de caña y metí ahí unas tijeras de costura y un cuchillo pequeño y afilado.

Acomodé el catre cerca de la estufa, pero no tanto como para quemarme. Puse la lámpara de queroseno en una silla al lado, junto con cerillos, agua limpia y los trapos estériles.

—Listo —le dije a mi panza—. Cuando tú digas.

Ella dijo que sí el 2 de febrero. Día de la Candelaria.

Empezó antes del amanecer. No fue dolor al principio, sino una presión extraña, como si la montaña misma me estuviera apretando la cintura. Me desperté y supe, con una certeza animal, que el tiempo se había acabado.

—Ok. Ok. Tranquila, Nora.

Me levanté. Lo primero no fue el miedo, fue la logística. Si esto iba a durar horas, necesitaba leña adentro. Mucha leña.
Entre contracción y contracción —que al principio venían cada veinte minutos— metí tanta madera como pude. Apilé troncos junto a la estufa hasta que pareció una barricada. Llené todas las ollas con agua y las puse a calentar.

Para el mediodía, las contracciones ya no eran una presión. Eran olas de fuego que me nacían en la espalda y me rompían hacia adelante.

Caminaba por la cabaña. Del catre a la puerta. De la puerta a la mesa. De la mesa al catre.

—Aaaah… —gemía, agarrándome del respaldo de la silla de Silvestre—. Hija de tu… cómo dueles…

El dolor te quita la civilización. Te quita el lenguaje. Para la tarde, ya no hablaba. Solo gruñía. Estaba en cuatro patas sobre el catre, sudando a pesar de que afuera estaba nevando otra vez.

El miedo intentó entrar. ¿Y si algo sale mal? ¿Y si me desmayo? ¿Y si no respira?

—¡No! —grité, golpeando el colchón—. ¡Aquí no!

Recordé lo que Silvestre me dijo sobre la madera. No pelees con ella. Busca la veta. Sigue el camino.
El dolor era la veta. No podía pelear contra el dolor. Tenía que ir con él. Tenía que dejar que me partiera para que ella pudiera salir.

Cayó la noche. La cabaña estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor rojo de la estufa abierta y la llama amarilla de la lámpara. Me sentía en un trance. El tiempo dejaba de existir. Solo existía el ritmo: dolor, descanso, dolor, descanso.

Y luego, las ganas de empujar.

No es algo que decides. Es como vomitar; tu cuerpo toma el control y tú solo eres un pasajero.
—¡Ya viene! —grité a la nada—. ¡Ya viene!

Me acomodé en el catre, semisentada, con la espalda apoyada en la pared de troncos. Abrí las piernas y sentí la cabeza. Estaba ahí.
Empujé. Empujé con todo el aire de mis pulmones, con toda la rabia acumulada de mi vida, con todo el miedo y toda la esperanza. Empujé pensando en Damián y en cómo nunca más me tocaría. Empujé pensando en Silvestre y en su tumba de piedras. Empujé pensando en mi abuelo Hernán y en su mina secreta.

—¡Saaaaaal! —rugí.

Sentí un ardor, un “aro de fuego” como decía el libro, que pensé que me iba a desgarrar entera. Y luego, una liberación repentina. Algo caliente y resbaloso se deslizó fuera de mí.

La atrapé yo misma. Mis manos fueron las primeras en tocarla.

La subí a mi pecho. Era pequeña. Estaba cubierta de sangre y vernix, esa grasa blanca que parecía queso. Estaba morada. Y estaba callada.

El silencio duró tres segundos. Tres segundos que fueron más largos que los nueve meses de embarazo.
—Respira… —supliqué, frotándole la espalda con frenesí—. Por favor, respira…

Y entonces, abrió la boca.
El llanto estalló en la cabaña. Un grito fuerte, indignado, agudo. Un grito de vida que cortó el aire viciado y llenó cada rincón oscuro.

Me eché a reír y a llorar al mismo tiempo, besándole la cabeza sucia y húmeda.
—¡Eso es! ¡Grita! ¡Que te oigan hasta Chihuahua!

Esperé a que el cordón dejara de latir, como decía el libro. Lo corté con el cuchillo desinfectado y le hice un nudo fuerte con una cinta de zapatos nueva que había guardado para esto.

La limpié con los trapos tibios, con una delicadeza que no sabía que tenía en mis manos toscas. La revisé. Diez dedos en las manos, diez en los pies. Ojos apretados. Nariz chata. Perfecta.

La envolví en la camisa de franela roja de Silvestre, la que él usaba para los días especiales. Le quedaba gigante, como un manto real.

Me recosté con ella en el pecho, tapándonos con tres cobijas. El agotamiento me cayó encima como una losa de concreto, pero no podía dejar de mirarla.
Afuera, el viento golpeaba las ventanas. Adentro, el fuego crepitaba.
Estábamos vivas. Las dos. Solas en el fin del mundo, pero vivas.

Le toqué la mejilla con un dedo. Tenía la piel suave, pero había fuerza en ella. Había sobrevivido al invierno dentro de mí, al hambre, a la huida, al dolor.

—No te vas a llamar como yo —le susurré—. Nora es nombre de niña asustada. Tú necesitas un nombre fuerte. Un nombre que aguante el frío.

Miré por la ventana. No se veía nada, solo oscuridad y nieve. Pero sabía que debajo de esa nieve, en la primavera, el monte se llenaría de vida.
Recordé un arbusto que crecía cerca del arroyo. Espinoso, duro, feo en invierno, pero que daba unas flores rosas salvajes que aguantaban hasta las heladas.

—Rosa —dije—. Te vas a llamar Rosa.

Ella se movió, buscando calor, buscando comida.

—Rosa de la Montaña. Porque floreciste en el hielo, cabrona. Y porque vas a tener espinas para que nadie te vuelva a lastimar nunca.

Le di el pecho. Se prendió con hambre, con instinto puro.
Cerré los ojos, sintiendo cómo mi vida fluía hacia la de ella.
Ya no tenía miedo. El miedo se había quedado en los trapos con sangre que tendría que quemar mañana. Ahora solo tenía una certeza absoluta, tan dura como el granito de la sierra:

Esta niña iba a ser dueña de todo. Del bosque, del agua, del mineral y de su propio destino. Y pobre del cabrón que intentara quitárselo, porque se iba a topar conmigo.

—Bienvenida a casa, Rosa —susurré, y por primera vez en meses, me permití dormir profundamente, arrullada por la respiración de mi hija y el calor de la estufa que no dejamos morir.

CAPÍTULO 7: EL REGRESO AL MUNDO

Marzo llegó a la sierra no con flores, sino con lodo.

La nieve, que durante meses había sido un sudario blanco y perfecto, comenzó a rendirse. Primero fue el goteo constante en los aleros del techo, un ploc-ploc-ploc que marcaba el ritmo de los días. Luego, aparecieron parches de tierra negra y húmeda en el claro, como heridas cicatrizando. Y finalmente, el arroyo recuperó su voz, rugiendo colina abajo, hinchado por el deshielo.

Era hora.

Yo sabía que no podía quedarme ahí para siempre con una recién nacida. Necesitábamos vacunas, suministros y, sobre todo, necesitábamos asegurar que nadie nos sacara de ahí cuando la primavera trajera a los talamontes o a los topógrafos de la mina.

Preparar la salida fue más difícil que sobrevivir al invierno. No por el esfuerzo físico, sino por el miedo. La cabaña era mi útero de madera; salir significaba exponer a Rosa a los virus, al ruido y a los hombres malos.

Bajé a la bóveda una última vez. El aire seco y estático me recibió como un viejo amigo.
—Solo lo necesario —murmuré, acomodando a Rosa en el rebozo que me había atado al pecho.

No toqué los núcleos de perforación; pesaban demasiado. Fui directo a las carpetas. Tomé el Estudio Geológico Original de 1983, el que tenía la firma de mi abuelo Hernán en tinta azul. Tomé la carpeta marcada como “Correspondencia Interna / Fraude”. Y finalmente, abrí la caja fuerte.

Saqué cuatro fajos de billetes. Dos de dólares viejos y dos de pesos. Los metí en una bolsa de plástico ziploc que encontré en la cocina, y luego esa bolsa la envolví en un trapo y la metí al fondo de mi mochila, debajo de los pañales de tela y las tortillas duras que me quedaban.

Cerré la puerta de acero. Empujé la piedra falsa. Cubrí todo con los frascos de pepinillos.
—Cuídame la casa, abuelo —le dije a la oscuridad—. Vuelvo pronto con los papeles en regla.

Salí de la cabaña al amanecer. Cerré la puerta principal y le puse el candado pesado que Silvestre usaba. Clavé tablones en las ventanas para que los osos —o los curiosos— no se metieran.

Me detuve en el linde del bosque, donde los árboles se tragaban el camino. Miré hacia atrás. La chimenea ya no humeaba. La cabaña se veía triste, solitaria.
—No te preocupes —le susurré a Rosa, que dormía contra mi corazón—. Vamos a volver. Y vamos a volver siendo las patronas.


El descenso fue brutal.
Lo que de subida había sido una huida desesperada llena de adrenalina, de bajada era una marcha lenta y calculada. El camino era un lodazal traicionero. El barro se pegaba a mis botas mineras como cemento fresco, añadiendo un kilo de peso a cada paso.

Tenía que tantear el terreno con un palo antes de pisar. Un resbalón con Rosa en el pecho podía ser fatal.
Tardé seis horas en bajar lo que un hombre sin carga hubiera bajado en dos.

Cuando los pinos empezaron a rales y vi la carretera de asfalto gris cortando el paisaje allá abajo, sentí ganas de vomitar. Era el mundo. Camiones de carga pasaban rugiendo, dejando estelas de humo negro.

Me ajusté el rebozo. Me limpié el lodo de la cara con la manga.
—Cabeza alta, Nora —me ordené—. Ya no eres la niña golpeada. Eres la dueña del cerro.

Caminé por la orilla de la carretera otros tres kilómetros hasta llegar a San Juanito. No era una ciudad, era un pueblo de paso. Casas de bloque sin pintar, talleres mecánicos con perros flacos en la entrada, y el olor constante a aserrín y diésel quemado.

La gente se me quedaba viendo. Y cómo no. Una chamaca de diecisiete años, con ropa de hombre dos tallas más grande, botas llenas de barro de montaña y un bulto en el pecho. Parecía una loca o una pordiosera. Pero me sostuvieron la mirada. Había algo en mis ojos —ese frío de invierno que se me había quedado dentro— que hacía que bajaran la vista rápido.

Entré al primer lugar que olía a comida. “Comedor Doña Chuy”, decía un letrero pintado a mano con una Coca-Cola descolorida al lado.

La campanita de la puerta sonó. El calor de adentro olía a guisado de puerco y café de olla. Me mareé un poco.
Había tres hombres en una mesa, camioneros por la pinta, que dejaron de hablar cuando entré. Me dirigí a la barra y me senté en un banco alto.

Una mujer salió de la cocina secándose las manos en un delantal de flores. Era grande, de brazos fuertes y cara amable pero cansada. Doña Chuy.
Me miró. Miró mis botas. Miró el bulto en mi pecho.

—Santa Madre de Dios —dijo, persignándose—. Tú eres la que subió en octubre.

Me quedé helada. Mi mano bajó instintivamente hacia la navaja que traía en el bolsillo.
—¿Cómo sabe?

—Porque te vi pasar —dijo la mujer, bajando la voz y acercándose—. Ibas que volabas, con la cara hecha un mapa de golpes y la panza apenas asomando. Mi marido dijo: “Esa niña va a morirse allá arriba”.

—Pues su marido se equivocó —dije, y descorrí un poco el rebozo para que viera la carita dormida de Rosa.

Doña Chuy soltó el trapo y se llevó las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Está viva! ¡Y traes cría! —Se estiró por encima de la barra y, sin pedir permiso, le tocó la manita a Rosa—. Está preciosa… y gorda. ¿Cómo…? ¿Cómo le hiciste con el frío que hizo?

—Con leña y terquedad —dije. Mi estómago rugió, un sonido vergonzoso y fuerte—. ¿Tiene café? Y huevos. Muchos huevos.

Doña Chuy se movió rápido. En cinco minutos tenía frente a mí un plato con huevos revueltos con chorizo, frijoles refritos, tortillas de harina recién hechas y una taza de café humeante.
Comí como un animal. No, comí como alguien que lleva cinco meses comiendo conejo hervido y frijoles de lata.
Doña Chuy me rellenaba el café sin preguntar. Espantó a los camioneros con un gesto cuando se quedaron mirándome mucho tiempo.

—¿Y ahora qué, mija? —preguntó cuando terminé y estaba limpiando el plato con la última tortilla—. ¿Vas a volver a tu casa?

Solté una risa seca.
—No tengo casa abajo. Mi casa está arriba. Pero necesito un abogado. Uno bueno. De esos que muerden y no sueltan.

Doña Chuy me estudió un momento. Vio que no estaba bromeando.
—Si buscas pleito legal, aquí en San Juanito no vas a hallar más que coyotes que te van a sacar la lana. Tienes que ir a Cuauhtémoc, o mejor, a Chihuahua capital.
—Tengo con qué pagar —toqué mi mochila.
—No lo dudo, pero ten cuidado. ¿A quién buscas?
—Silvestre… el señor que vivía arriba… me dijo un nombre antes de morir. Teresa Guerra.

Doña Chuy silbó bajito.
—La Licenciada Guerra. “La Dama de Hierro”. Sí, es famosa. Dicen que le ha ganado pleitos a los madereros y hasta al gobierno. Pero cobra caro y no recibe a cualquiera.

Saqué un billete de 500 pesos de mi bolsa —de los míos, no de los de la caja fuerte— y lo puse en la barra.
—Quédese con el cambio. ¿Dónde tomo el camión para Chihuahua?

Doña Chuy empujó el billete de regreso.
—Guarda tu dinero, niña. Lo vas a necesitar para los pañales. El camión pasa en veinte minutos frente a la farmacia. —Me dio una bolsa de papel—. Te puse unos burritos para el camino. Y… —dudó un momento, luego sacó un papelito y anotó un número—. Este es el teléfono de aquí. Si te ves en problemas, hablas.

La miré a los ojos. Había bondad en el mundo. Silvestre tenía razón: no todos eran Damián o Roca Verde.
—Gracias, Doña Chuy. Cuando regrese, le traigo un frasco de duraznos de los que hacemos arriba.


El viaje en autobús fue una tortura sensorial. El ruido del motor, la música de banda a todo volumen del chofer, el olor a humanidad encerrada. Rosa lloró la mitad del camino, asustada por el movimiento. La gente me miraba mal, pero me importaba un carajo. Yo iba en una misión.

Llegamos a Chihuahua capital al atardecer. La ciudad me pareció un monstruo de concreto y luces. Tomé un taxi.
—Al centro. Calle Victoria. Despacho jurídico Guerra y Asociados.

El edificio era viejo, de cantera rosa, con una puerta de madera pesada y una placa de bronce que necesitaba pulirse. No había elevador. Subí dos pisos con Rosa y la mochila, sintiendo cada escalón en mis pantorrillas endurecidas por la montaña.

La recepcionista era una mujer joven, muy maquillada, que me miró como si fuera una vendedora ambulante que se equivocó de puerta.
—Ya cerramos —dijo sin levantar la vista de su revista.

—Vengo a ver a la Licenciada Guerra.
—La Licenciada no atiende sin cita. Y menos a esta hora. Vuelva mañana… o mejor llame primero.

Me acerqué al escritorio. Puse mis manos sucias de tierra sobre la superficie de cristal inmaculado.
—Mire, señorita. Vengo desde la Sierra Tarahumara. Caminé seis horas en el lodo y me chuté cuatro horas de camión con una bebé recién nacida. No me voy a ir.

—Voy a llamar a seguridad —dijo ella, estirando la mano hacia el teléfono.

En ese momento, una puerta de caoba se abrió al fondo del pasillo.
Salió una mujer. Debía tener sesenta años. Pelo corto, gris acero, peinado hacia atrás. Traje sastre oscuro. Lentes colgados al cuello. Tenía una cara dura, llena de arrugas verticales, como si hubiera pasado la vida frunciendo el ceño. Sostenía un cigarro apagado en la mano.

—¿Qué es este escándalo, Marisa? —su voz era grave, potente.
—Esta… persona, Licenciada. Dice que quiere verla. Ya le dije que se vaya.

La Licenciada Teresa Guerra me miró. Sus ojos eran negros y agudos, como los de un cuervo. Me escaneó en dos segundos: las botas, la ropa vieja, el bebé, la mochila, la mirada.
Se detuvo en mis ojos.
—¿Tú eres la que viene de arriba? —preguntó. No “de la sierra”, sino “de arriba”.
—Vengo de la zona ciega —dije, usando las palabras de mi abuelo—. Del predio que no existe en el mapa.

La mujer se quedó inmóvil un segundo. Luego, soltó una carcajada corta y seca.
—Pásale. Marisa, tráenos café. Y cierra la puerta al salir.

Su oficina olía a libros viejos y tabaco. Había diplomas por todos lados y montañas de expedientes en el suelo.
—Siéntate.
Me senté. Rosa se había quedado dormida otra vez.
—Bien —dijo la abogada, sentándose detrás de un escritorio masivo—. Tienes tres minutos para que no te eche a patadas. ¿Quién eres y qué quieres?

—Me llamo Nora Valenzuela. Soy nieta de Hernán Valenzuela. Vengo a reclamar la posesión por prescripción positiva del predio “La Esperanza” en el municipio de Ocampo. Y vengo a denunciar a Minera Roca Verde por fraude, ocultamiento de información geológica y conspiración.

La Licenciada Guerra alzó una ceja.
—Esas son palabras grandes para una niña de campo. Hernán Valenzuela murió hace años. Y ese predio… es una leyenda urbana entre los abogados agrarios. Dicen que los papeles se perdieron.

—No se perdieron —dije. Abrí mi mochila. Saqué la bolsa ziploc con el dinero y la puse sobre el escritorio. El golpe de los fajos de billetes sonó pesado—. Aquí está su anticipo. Dólares viejos y pesos nuevos.

La abogada ni miró el dinero. Me seguía mirando a mí.
—El dinero no me impresiona, niña. Cualquiera puede robarse una caja fuerte. Pruebas. Necesito pruebas.

Saqué la carpeta azul. La deslicé sobre la caoba.
—El estudio original de 1983. Con las coordenadas reales del yacimiento de Tierras Raras. Y la bitácora de ocupación continua de mi abuelo, de Silvestre y mía. Treinta y dos años ininterrumpidos.

Teresa Guerra abrió la carpeta. Se puso los lentes.
El silencio en la oficina se alargó. Pasó una página. Pasó otra. Su respiración se detuvo por un momento cuando vio un mapa desplegable con anotaciones a mano.
Levantó la vista. Ya no había burla en sus ojos. Había fuego. El fuego de un depredador que acaba de oler sangre fresca.

—Hija de la chingada… —murmuró con reverencia—. Es real. Lo guardaron todo.

—Todo —confirmé—. Y hay más. Mucho más en la bóveda. Pero esto es suficiente para empezar el pleito, ¿no?

La Licenciada Guerra cerró la carpeta y puso una mano sobre ella, como si temiera que saliera volando. Sonrió, y fue una sonrisa terrorífica, llena de dientes y ambición.
—¿Suficiente? Nora, con esto no solo empezamos un pleito. Con esto vamos a hacer que Roca Verde desee nunca haber puesto un pie en Chihuahua.

Sacó una botella de tequila de un cajón y dos vasos pequeños.
—¿Tomas?
—Estoy lactando.
—Bien. Más para mí. —Se sirvió un trago y se lo tomó de golpe—. Bienvenida a la guerra, Nora Valenzuela. Vamos a necesitar muchas copias.

Me recargué en la silla de cuero, sintiendo el peso de Rosa contra mi pecho. Por primera vez en seis meses, mis hombros bajaron un centímetro. No estaba a salvo, no todavía. Pero ya no estaba sola. Tenía un ejército de papel, una generala de hierro y una montaña esperando mi regreso.

—¿Cuándo empezamos? —pregunté.
La Licenciada Guerra encendió su cigarro, exhaló el humo hacia el techo y dijo:
—Ayer era tarde. Empezamos ahora mismo.

CAPÍTULO 8: LA DEFENSA

La primavera en la sierra es engañosa. Parece suave, con sus flores silvestres brotando entre las rocas y el deshielo alimentando los arroyos, pero el suelo sigue estando frío y el aire tiene dientes.

Habían pasado dos semanas desde que regresé de Chihuahua. La Licenciada Guerra había cumplido su palabra: la demanda de Prescripción Positiva (Usucapión) y la denuncia por fraude federal habían caído sobre las oficinas de Roca Verde como una bomba atómica.

Yo sabía que vendrían. Teresa me lo advirtió.
“Nora, los abogados pelean en la corte, pero las empresas pelean en el terreno. Van a ir a asustarte. No firmes nada. No abras la puerta. Y si se ponen pesados, dispara al aire.”

Estaba lavando pañales de tela en una tina de metal en el porche, con Rosa dormida en su canasta a mi lado, cuando escuché el ruido. No era el viento, ni los coyotes. Era el rugido mecánico de motores diésel forzándose cuesta arriba por el viejo camino maderero que yo había limpiado apenas lo suficiente para que pasara mi vieja camioneta.

Me sequé las manos en el pantalón. El corazón se me aceleró, no de miedo, sino de una adrenalina fría y conocida.
—Ya llegaron, mija —le susurré a Rosa.

Tomé la escopeta de Silvestre, una Winchester vieja pero impecable, calibre 12. Cargué dos cartuchos. Me colgué la canasta de Rosa a la espalda, asegurándola con el rebozo, porque no iba a dejarla sola ni un segundo.

Dos camionetas negras, relucientes, con vidrios polarizados y el logotipo de una montaña estilizada en las puertas, entraron al claro. Se veían ridículas ahí, tan limpias en medio del lodo y los pinos milenarios. Se detuvieron frente a la cabaña, con los motores encendidos.

Bajaron cuatro hombres. Tres eran “gorilas”: tipos grandes, con chamarras tácticas y esa mirada de aburrimiento violento que tienen los ex policías contratados como seguridad privada. El cuarto era diferente. Traje gris impecable, zapatos de vestir (que ya se estaban hundiendo en el barro), y una carpeta de piel en la mano.

Caminó hacia el porche con una sonrisa ensayada. Se detuvo al pie de la escalera cuando vio el cañón de la Winchester apuntando a su pecho.

—Buenos días, señorita Valenzuela —dijo, alzando las manos con falsa inocencia—. Soy el Licenciado Russell Kendrick, jefe de Relaciones Comunitarias de Roca Verde. Bajé esa arma, por favor. Solo venimos a platicar.

—La propiedad privada empieza en la carretera, a cinco kilómetros de aquí —dije. Mi voz no tembló. Me sorprendió lo firme que sonó—. Ustedes están invadiendo. Tienen tres minutos para dar la vuelta.

Kendrick soltó una risita condescendiente.
—Nora… ¿puedo llamarte Nora? Mira dónde vives. Es una cabaña de madera podrida. No tienes luz, no tienes drenaje. Tienes un bebé ahí atrás. Nosotros no somos el enemigo. Venimos a ofrecerte una salida.

Hizo un gesto a uno de los gorilas, que sacó un portafolios del asiento trasero.
—Traemos un cheque certificado. Y las llaves de un departamento en la zona residencial de Chihuahua. Amueblado. Calefacción. Escuelas para la niña. Solo tienes que firmar un desistimiento de la demanda y cedernos los derechos de posesión.

—¿Cuánto? —pregunté, solo por curiosidad.

—Dos millones de pesos. Y el departamento. Es mucho dinero, Nora. Más del que vas a ver en diez vidas viviendo aquí como animal.

Dos millones. Era mucho dinero para la Nora que huyó de su casa con 500 pesos. Pero para la Nora que había leído los estudios geológicos de su abuelo, dos millones eran un insulto. Eran migajas. Lo que había debajo de mis pies valía cientos de millones de dólares.

—Dígale a sus jefes que sé lo que vale el Lantano —dije.

La sonrisa de Kendrick desapareció. Fue como si le hubieran apagado un interruptor. Su cara se volvió dura, fea.
—Mira, niña estúpida. Estás jugando con gente muy poderosa. Esa abogada tuya, la vieja Guerra, no te va a poder proteger aquí arriba. Un accidente le pasa a cualquiera. Un incendio forestal… una caída…

Dio un paso hacia el primer escalón. Los tres gorilas se tensaron, llevando las manos a sus cinturas.

No lo pensé. No dudé.
Martillé la escopeta. El sonido metálico —clack-clack— resonó en el silencio del bosque como un trueno. Apunté a la tierra, justo a diez centímetros de la bota lustrada de Kendrick, y jalé el gatillo.

¡BANG!

El disparo levantó una nube de lodo y astillas de piedra. Kendrick saltó hacia atrás, cayendo de nalgas en el fango, gritando como una niña. Los gorilas sacaron armas cortas, pero se detuvieron. No esperaban resistencia real. Esperaban a una adolescente asustada, no a una mujer dispuesta a matar.

—El siguiente va a la rodilla —dije, recargando el arma con un movimiento fluido que mis manos habían memorizado durante el invierno—. Y tengo dos cajas más de cartuchos adentro. Y no estoy sola.

Era mentira, estaba sola, pero ellos no lo sabían. Miraron hacia las ventanas tapiadas, hacia el bosque oscuro. La duda cruzó sus caras.

—¡Vámonos! —gritó Kendrick, arrastrándose hacia la camioneta, con el traje de diseñador arruinado por el lodo negro de mi montaña—. ¡Estás loca! ¡Te vamos a destruir en la corte! ¡Te vas a podrir en la cárcel!

—¡Lárguense! —rugué.

Se subieron a las camionetas atropellándose unos a otros. Las llantas patinaron en el barro antes de agarrar tracción. Se fueron, dejando atrás el olor a miedo y a gasolina.

Rosa empezó a llorar en mi espalda, despertada por el disparo. Me dejé caer sentada en el porche, temblando, no de miedo, sino de la descarga de energía. La abracé, la besé, y miré hacia el camino vacío.
—Que vengan —le dije—. Que vengan mil veces. No nos mueven.


La guerra legal duró once meses y fue más sucia que el lodo de la sierra.

Roca Verde intentó todo. Primero, alegaron que la tierra era federal y que mi abuelo era un invasor ilegal. La Licenciada Guerra contraatacó con los recibos de predial de los municipios colindantes y el error catastral de 1950 que dejaba la zona en un limbo que permitía la ocupación.

Luego, atacaron mi identidad. Dijeron que yo no era nieta de Hernán Valenzuela. Que era una oportunista. Tuvimos que exhumar el cuerpo de mi abuelo —un trámite doloroso que me costó lágrimas de sangre— para una prueba de ADN. El resultado fue positivo: 99.9% de coincidencia. Soy sangre de su sangre.

Finalmente, intentaron desacreditar la evidencia. Dijeron que los estudios geológicos eran falsos.

Fue ahí donde Teresa Guerra dio el golpe maestro.
En una audiencia en Chihuahua, frente a un juez federal que parecía aburrido, Teresa sacó una de las cartas que estaban en la bóveda. Una carta firmada en 1983 por el padre del actual CEO de Roca Verde, dirigida a mi abuelo.

“Ingeniero Valenzuela, entendemos su preocupación ética, pero los depósitos de Tierras Raras deben mantenerse en secreto hasta que aseguremos la tierra. Destruya las muestras.”

La sala se quedó en silencio. El abogado de la minera, un tipo de la Ciudad de México que cobraba por hora lo que yo gastaba en un año, se puso pálido. Eso era prueba de fraude. Prueba de conspiración. Y prueba de que sabían que el mineral estaba ahí desde hace 30 años.

El juez, un hombre viejo que odiaba que le hicieran perder el tiempo, miró al abogado de la minera.
—Licenciado, parece que su cliente ha estado jugando con este tribunal. Sugiero que lleguen a un acuerdo antes de que dicte sentencia y gire órdenes de aprehensión por fraude procesal.

El acuerdo se firmó tres días después.

No vendí la tierra. Teresa me lo explicó claro:
“Si vendes, te dan el dinero una vez y te quedas sin nada. Si rentas, eres dueña para siempre.”

Les otorgué una concesión de extracción subterránea. Solo pueden entrar por el lado norte de la montaña, lejos, muy lejos de la cabaña. No pueden tocar el bosque superficial. No pueden tocar el arroyo. Y por cada tonelada de mineral que sacan, un porcentaje va a un fideicomiso a nombre de Rosa Valenzuela.

El día que firmé los papeles, vi la cifra final. Era un número con tantos ceros que no me cabía en la cabeza.
—¿Eres rica, Nora? —me preguntó Teresa, encendiendo su cigarro de la victoria.
—No —le contesté—. Soy libre.


TRES AÑOS DESPUÉS

El sol de la tarde cae sobre el porche, dorando la madera que acabo de barnizar. La cabaña ya no es la misma, aunque por fuera guarda su esencia rústica.
El techo es nuevo, reforzado con lámina de acero y aislamiento térmico. En el techo hay paneles solares que alimentan el refrigerador, la bomba de agua y el internet satelital. Tengo una camioneta Ford Raptor 4×4 estacionada al lado, lista para bajar al pueblo cuando se me antoje, no cuando la necesidad me obligue.

Pero sigo cortando leña. Sigo calentando la casa con la estufa de hierro. Sigo usando las botas de trabajo.

Rosa tiene tres años y es un torbellino. Corretea por el claro persiguiendo a “Bolas”, un perro pastor que adoptamos en el pueblo. Tiene el pelo negro como el mío, pero los ojos… los ojos son grises. Grises como los de Silvestre. Grises como la piedra de la bóveda.

Camino hacia el linde del bosque, donde están los tres cedros. La tumba de Silvestre ya no es un simple montículo de piedras. Le mandé poner una placa de bronce, discreta, pegada a la roca más grande.

SILVESTRE
Guardián de la Montaña.
El hombre que cumplió su promesa.

Me siento en la hierba.
—¿Cómo ves, viejo? —le digo al viento—. Ya pusieron la luz en el camino de abajo. Dicen que van a pavimentar hasta el ejido. La civilización se acerca.

El viento mueve las ramas de los cedros. Parece un suspiro de aprobación.
—Pero aquí arriba no suben —continuo—. Compré las 500 hectáreas colindantes. Ahora todo el valle es nuestro. Nadie va a talar un solo árbol mientras yo respire.

A veces pienso en mi madre. En Carolina. Supe por Doña Chuy que Damián la dejó un año después de que yo me fui. Que vive sola, envejecida. A veces pienso en ir a verla. En llegar en mi camioneta nueva, bajarme con mi ropa limpia y mi hija sana, y mostrarle que no me morí. Que su “inútil” es millonaria.

Pero luego miro a Rosa, que se ríe intentando atrapar una mariposa, y se me pasa. El rencor es un peso que no sirve para subir la montaña. Ya lo solté.

Escucho un ruido en el camino. Es la camioneta de los ingenieros de la mina. Vienen una vez al mes a traerme los reportes de impacto ambiental y los cheques de regalías. Tienen que pedir permiso para entrar. Tienen que bajar la cabeza cuando me ven.

Me pongo de pie. Me sacudo la tierra de los jeans.
Tomo a Rosa en brazos. Ella me abraza el cuello y huele a sol y a pino.

—Vamos, mija. Vienen las visitas.
—¿Son los hombres de los trajes? —pregunta ella, con esa inteligencia precoz que asusta.
—Sí.
—¿Les vas a disparar?
Me río. Una risa fuerte, libre, que rebota en el cañón.
—Hoy no, mi amor. Hoy no hace falta. Ya saben quién manda aquí.

Camino hacia la cabaña, con la frente en alto.
En el pueblo cuentan historias sobre mí. Dicen que soy una bruja, o una narca, o un fantasma. Me llaman “La Patrona de la Sierra”.
Dejan que hablen. Mientras ellos cuentan cuentos, yo escribo la historia.

Soy Nora Valenzuela. Tengo 19 años. Tengo una montaña, una hija y una escopeta. Y por fin, después de tanto frío y tanto miedo, estoy en casa.

FIN

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