
CAPÍTULO 1: LA TORMENTA PERFECTA
La lluvia en la Ciudad de México no perdona. Cuando decide caer, lo hace con la furia de mil dioses aztecas enojados, convirtiendo las avenidas en ríos de asfalto negro y desesperanza. Esa noche del 23 de octubre, el cielo se estaba cayendo a pedazos, y mi mundo, ese pequeño y frágil mundo que había construido con tanto esfuerzo sobre las ruinas de mi pasado, estaba a punto de colapsar con él.
Me llamo Fernanda Morales. Tengo veintisiete años, aunque mis manos, ásperas por el cloro y el detergente del Hotel Imperial, dicen que he vivido cuarenta. Aquella noche, mi turno había terminado tarde. Había limpiado quince habitaciones, doblado sesenta toallas y soportado los gritos de un gerente que cree que por pagar el salario mínimo tiene derecho a nuestra dignidad. Llegué a mi pequeño departamento en la colonia Doctores, empapada y exhausta, soñando solo con quitarme los zapatos y besar la frente de mi razón de vivir: Sofía.
Sofía, mi niña de cuatro años. Mi milagro de ojos verdes.
Entré al departamento sigilosamente para no despertar a mi prima Lucía, que roncaba en el sofá cama. Me acerqué a la cuna improvisada donde dormía Sofi. Pero no dormía.
Se retorcía.
—¿Mami? —gimió, y su voz sonó como un cristal rompiéndose.
La toqué y retiré la mano por instinto. Estaba hirviendo. No tenía fiebre; era un incendio humano.
—Shhh, mi amor, aquí está mamá —susurré, tratando de que mi voz no temblara, pero el pánico ya me trepaba por la garganta como una araña.
De repente, su pequeño cuerpo se arqueó y vomitó violentamente. No era normal. No era una gripe. Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo y sentí el terror más puro y helado que una madre puede sentir. El terror de la pérdida.
—¡Lucía! ¡Despierta! —grité, olvidando el sigilo.
Lucía saltó del sofá, con los ojos desorbitados. En cinco minutos, estábamos en la calle. No había Uber disponible por la lluvia, las tarifas dinámicas eran impagables para alguien que cuenta los pesos para las tortillas. Corrimos hacia la avenida Cuauhtémoc. El agua me empapaba hasta los huesos, pero yo solo sentía el calor antinatural de Sofía contra mi pecho.
—¡Taxi! ¡Por favor! —le grité a un Tsuru blanco y rosa que pasó salpicando agua sucia.
Se detuvo. El conductor, un hombre mayor con bigote canoso, nos miró por el retrovisor con lástima.
—Al Hospital General, jefe. Rápido, mi niña se quema —supliqué.
El trayecto fue una tortura. Cada semáforo en rojo era una puñalada. Sofía ya no lloraba, y eso me aterraba más que sus gritos. Estaba letárgica, un muñeco de trapo en mis brazos.
Yo le hablaba, le cantaba esa canción de cuna que él solía tararear cuando ella aún estaba en mi vientre, aunque él nunca llegó a conocerla.
—Duérmete mi niña, duérmete ya… —cantaba yo, mientras las lágrimas se mezclaban con el agua de lluvia en mi cara.
Llegamos a Urgencias a las 11:45 p.m. La sala de espera era el purgatorio habitual: niños llorando, ancianos tosiendo, el olor inconfundible a alcohol, sudor y miedo. Me abrí paso a empujones hacia la recepción.
—¡Mi hija no reacciona! —le grité a la enfermera de triaje.
Me miró, vio el color cenizo de Sofía y la fiebre en el termómetro digital marcó rojo.
—Pásela de inmediato. Consultorio siete. ¡Corra!
Mis piernas, que habían estado temblando por el esfuerzo y el frío, encontraron una fuerza nueva. Corrí por el pasillo de linóleo blanco, abrazando a mi hija como si quisiera fundirla de nuevo en mi cuerpo para protegerla.
Consultorio Siete.
La puerta estaba entreabierta. Entré sin tocar, jadeando, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado.
—Doctor, ayúdela, por favor… —supliqué antes de siquiera ver quién estaba ahí.
El médico estaba de espaldas, revisando un expediente en una carpeta azul. Era alto. De hombros anchos. Su postura… había algo en la curva de su espalda, en la manera en que inclinaba la cabeza hacia la izquierda, que me golpeó el pecho con la fuerza de un mazo.
—Pase y siéntela en la camilla, por favor —dijo.
Esa voz.
El mundo se detuvo. El ruido de la lluvia afuera, los gritos del pasillo, el llanto de los otros niños, todo desapareció. Solo quedó esa voz. Profunda. Cálida. Una voz que había escuchado mil veces decir “Te amo”, y una última vez, hace cinco años, en un mensaje de voz que escuché hasta que la cinta de mi memoria se gastó.
No podía ser.
Él estaba muerto. Yo había visto el acta de defunción. Yo había ido a la iglesia. Yo había rezado por su alma cada noche durante mil ochocientos veinticinco días.
El médico giró sobre su silla giratoria.
La luz fluorescente le iluminó el rostro.
Era él.
Diego Santana.
No era un fantasma. Los fantasmas no usan batas bordadas con su nombre. Los fantasmas no tienen canas prematuras en las sienes. Los fantasmas no te miran.
Pero él me miró.
Sus ojos verdes, esos mismos ojos que yo veo todos los días en el rostro de mi hija, se clavaron en los míos.
Me quedé congelada. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Quise gritar su nombre, quise golpearlo, quise besarlo.
“¡Estás vivo!”, gritó mi mente. “¡Maldita sea, estás vivo y me dejaste sola!”
Pero él no parpadeó. No hubo el brillo de reconocimiento. No hubo la sonrisa torcida que solía darme cuando llegaba tarde a nuestras citas.
Me miró como se mira a una pared. Como se mira a un extraño.
—Señora, ¿me escucha? —preguntó, frunciendo el ceño con impaciencia profesional—. Necesito que coloque a la niña en la camilla. Ahora.
CAPÍTULO 2: EL FANTASMA EN LA BATA BLANCA
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. El instinto de madre es más fuerte que el shock de ver a un muerto resucitar. Caminé hacia la camilla como un autómata, mis manos temblando tanto que apenas pude desabrochar la manta húmeda que envolvía a Sofía.
Diego se levantó.
Se acercó a nosotras.
El olor. Dios mío, el olor.
Una mezcla de jabón quirúrgico y esa colonia de sándalo y cítricos que yo le regalé en nuestro primer aniversario. El aroma me golpeó como una bofetada física, transportándome instantáneamente cinco años atrás, a nuestra pequeña cama en el departamento de estudiantes, donde ese olor era mi refugio.
Él estaba a centímetros de mí. Podía ver el pequeño lunar cerca de su oreja izquierda. Podía ver las finas líneas de expresión alrededor de sus ojos que no estaban ahí antes. Estaba más guapo, más maduro, pero era indudablemente Diego.
—¿Se encuentra bien, señora? —repitió, deteniéndose un momento antes de tocar a Sofía. Me miró con una mezcla de curiosidad y preocupación clínica—. Está muy pálida. ¿Necesita sentarse?
—Yo… yo… —tartamudeé.
Mi voz se rompió. ¿Qué le dices? “Hola, soy Fernanda, la mujer con la que te ibas a casar, y esta niña que vas a revisar es tu hija, la que tu madre dijo que nunca existió”.
Pero él no me recordaba. Sus ojos me recorrían sin encontrar un solo punto de anclaje. Para él, yo era solo una madre angustiada más en una noche de guardia.
—Estoy bien —mentí, tragándome un grito de dolor que me quemaba la garganta—. Por favor, atienda a mi hija.
Diego asintió, volviendo su atención a lo único que importaba en ese momento: Sofía.
Sacó su estetoscopio. Calentó la membrana metálica frotándola contra la palma de su mano antes de colocarla sobre el pecho de Sofía. Ese gesto. Ese maldito gesto de delicadeza. Siempre decía que odiaba poner el metal frío sobre la piel de los niños.
Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas sin control. No podía detenerlas. Estaba viendo a un hombre muerto cuidar a la hija que nunca supo que tenía.
—Hola, princesa —susurró Diego, suavizando su voz hasta convertirla en terciopelo.
Sofía abrió los ojos pesadamente. Sus ojos verdes se encontraron con los ojos verdes de él. Fue como verse en un espejo a través del tiempo.
Diego se detuvo.
Su mano, que sostenía el estetoscopio sobre el corazón de ella, se quedó inmóvil.
Vi cómo sus pupilas se dilataban. Vi cómo tragaba saliva con dificultad.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó a la niña, y su voz sonó extraña, ronca.
—Sofía —respondió ella con un hilo de voz.
—Sofía —repitió él. Saboreó el nombre. Lo dejó rodar por su lengua como si fuera una palabra sagrada que había olvidado y acababa de recuperar.
Levantó la vista y me miró de nuevo. Esta vez, la mirada fue diferente. Ya no era solo el médico. Había confusión. Había una tormenta eléctrica formándose detrás de sus iris.
Se llevó una mano a la sien, como si le doliera la cabeza de repente.
—¿Nos conocemos? —preguntó de golpe, sin apartar la vista de mí.
El aire salió de mis pulmones. El consultorio se quedó en silencio, salvo por el zumbido del monitor cardíaco.
Mi corazón latía tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo a través de su estetoscopio, incluso desde esa distancia.
Si le decía que sí, ¿qué pasaría? Victoria, su madre, la mujer que me amenazó con destruirme si me acercaba a él, la mujer que me dijo que él había sido cremado… ella todavía tenía poder. Si Diego estaba vivo y no me buscó, es porque ella ganó. O porque él tuvo amnesia.
Recordé las palabras de Victoria en el hospital hace cinco años: “Él murió, Fernanda. Y si intentas reclamar algo, te juro que te haré la vida imposible. Tienes suerte de que no te meta a la cárcel por intentar estafar a mi hijo”.
Miré a Sofía. Estaba indefensa, enferma. No tenía dinero, no tenía poder, no tenía nada más que mi verdad. Y la verdad, a veces, no es suficiente contra los monstruos ricos.
—No —susurré, y la mentira me supo a ceniza—. No, doctor. No nos conocemos.
Diego me sostuvo la mirada unos segundos más, buscando, escarbando. Parecía decepcionado. Parecía… triste.
Sacudió la cabeza levemente, como para despejar una niebla.
—Disculpe —murmuró, volviendo a centrarse en Sofía—. Tengo… a veces tengo esta sensación de déjà vu. Es extraño. Su rostro… me resulta dolorosamente familiar.
Dolorosamente. La palabra se me clavó en el pecho.
Comenzó el examen físico. Sus manos grandes y seguras palparon el abdomen de Sofía. Revisó su garganta con la linterna.
—Es una infección viral fuerte —diagnosticó, escribiendo rápidamente en la computadora—. La garganta está muy inflamada, eso provoca el vómito y la fiebre alta. No es apendicitis, gracias a Dios. Pero necesita hidratación y control térmico inmediato.
Se giró hacia mí, arrancando la receta de la impresora.
Al extenderme el papel, nuestros dedos se rozaron.
Fue como tocar un cable de alta tensión. Ambos retiramos la mano de golpe.
Él me miró, asustado. Yo me abracé a mí misma para no desmoronarme.
Esa electricidad. Esa química. Eso no muere. Eso no se olvida. La mente puede borrar rostros, pero la piel… la piel tiene memoria.
—Le voy a poner una inyección para cortar el vómito y bajar la fiebre aquí mismo —dijo, su voz un poco más acelerada—. Luego podrá llevarla a casa, pero vigílela de cerca.
Llamó a la enfermera. Mientras preparaban la inyección, Diego no dejaba de mirar a Sofía.
—Tiene unos ojos hermosos —dijo de la nada, sin mirarme—. Muy… particulares.
—Tienen el color de los de su padre —dije antes de poder morderme la lengua.
Diego se tensó.
—¿Y el padre? —preguntó, girándose lentamente—. ¿Está esperando afuera?
Sentí un impulso suicida de gritarle: ¡Está parado frente a mí, idiota!
Pero bajé la cabeza.
—Su padre murió —dije con voz firme—. Murió antes de que ella naciera. En un accidente.
Vi cómo el color desaparecía del rostro de Diego. Se puso pálido como el papel. Se tuvo que apoyar en el escritorio.
—Lo siento —murmuró, y su voz sonó hueca—. Lo siento mucho.
Cuando terminó todo, cuando la fiebre de Sofía empezó a bajar y la enfermera nos dio el alta, tomé a mi hija en brazos. Pesaba, pero no tanto como el secreto que me llevaba.
Caminé hacia la puerta.
—Señora Morales —me llamó Diego.
Me detuve con la mano en el pomo de la puerta. No me giré. No podía. Si lo veía una vez más, me tiraría a sus pies a suplicarle que recordara.
—Tome —dijo. Sentí que se acercaba por detrás. Me tendió una tarjeta personal. No la del hospital. Una personal—. Si la niña no mejora… o si necesita algo… cualquier cosa… llámeme. A este número. A cualquier hora.
Tomé la tarjeta.
—Gracias, doctor Santana —dije.
Salí del consultorio y caminé por el pasillo interminable sin mirar atrás. Solo cuando llegué a la sala de espera, donde Lucía me esperaba con cara de angustia, me permití colapsar.
Me deslicé por la pared hasta el suelo, abrazando a Sofía, y lloré.
Lloré no por la enfermedad de mi hija, sino porque acababa de ver a un fantasma.
Diego estaba vivo.
Y no tenía ni la menor idea de quiénes éramos.
Pero mientras miraba la tarjeta blanca en mi mano temblorosa, supe una cosa: esto no había terminado. La tormenta apenas comenzaba.
CAPÍTULO 3: EL PESO DE UNA TUMBA VACÍA
Salir del hospital fue como emerger de un naufragio y darse cuenta de que la tormenta afuera era peor que la que acababa de hundir el barco. La lluvia en la Ciudad de México había amainado un poco, transformándose en una llovizna fría y constante, de esa que te cala los huesos y te congela el alma.
Caminé hacia la salida con Sofía profundamente dormida en mis brazos, su respiración ahora rítmica y tranquila gracias al medicamento. Pesaba, pero no por sus cuatro años de edad, sino porque ahora, cada vez que la miraba, ya no veía solo a mi hija. Veía la prueba viviente de una mentira monstruosa. Veía los ojos de Diego. Veía al hombre que acababa de dejar atrás en ese consultorio aséptico, al hombre que supuestamente era cenizas en una urna de mármol y que, sin embargo, me había extendido una tarjeta con manos tibias y vivas.
Lucía estaba esperándome en la sala de espera, mordiéndose las uñas, un hábito nervioso que tenía desde niña. En cuanto me vio cruzar las puertas batientes, saltó de la silla de plástico naranja y corrió hacia nosotras.
—¡Fer! —exclamó, sus ojos escaneando frenéticamente a Sofía y luego a mí—. ¿Cómo está? ¿Qué pasó? Tardaron muchísimo. Estaba a punto de entrar a buscarte a gritos.
—Está bien —respondí, y mi voz sonó ajena, como si saliera de una radio vieja y mal sintonizada—. Fue una infección viral. Le bajaron la fiebre. Ya está durmiendo.
Lucía soltó un suspiro que pareció desinflar todo su cuerpo.
—Gracias a Dios. Ay, flaca, me tenías con el alma en un hilo. Vámonos de aquí, este lugar me da escalofríos. Huele a muerte y a cloro.
Muerte. La palabra me provocó una náusea repentina. Lucía tomó la pañalera de mi hombro y me guio hacia la salida, parando un taxi libre que pasaba por la avenida. Nos subimos en silencio.
Durante el trayecto de regreso a la colonia Doctores, miré por la ventana empañada. Las luces de la ciudad se corrían como acuarelas sucias. El Ángel de la Independencia brillaba a lo lejos, indiferente a mi tragedia. Mi mente era un torbellino de imágenes fragmentadas: la bata blanca, el estetoscopio, la forma en que Diego frunció el ceño, el roce de sus dedos.
Está vivo.
La frase rebotaba en mi cráneo.
Victoria me dijo que estaba muerto. Me prohibió ir al funeral. Me dijo que lo habían cremado.
Sentí una rabia tan caliente y densa que tuve miedo de quemar a Sofía si la abrazaba más fuerte.
Llegamos a nuestro edificio, un bloque de departamentos de interés social con la pintura descascarada y escaleras que olían a humedad. Subimos los tres pisos en silencio. Solo cuando entramos al departamento, cerré la puerta y puse el seguro, sentí que las rodillas me fallaban.
Acosté a Sofía en su cama, le quité los zapatitos con cuidado y la cubrí con su colcha de princesas. Le besé la frente; estaba fresca. El peligro médico había pasado, pero el verdadero peligro acababa de entrar en nuestras vidas.
Fui a la pequeña cocina-comedor. Lucía ya estaba ahí, poniendo agua a hervir para un té. Se giró para decirme algo, probablemente una broma para aligerar la tensión, pero se detuvo en seco al ver mi cara bajo la luz cruda del foco pelón.
—Fernanda… —su tono cambió instantáneamente de alivio a alarma—. ¿Qué pasa? Sofía ya está bien, ¿no? ¿Por qué tienes esa cara? Pareces… pareces como si hubieras visto un fantasma.
Me dejé caer en una de las sillas de plástico, cubriéndome el rostro con las manos. Un sollozo, que había estado conteniendo desde el consultorio siete, se escapó de mi garganta, un sonido animal, roto.
—Porque lo vi, Lucía —sollocé, las lágrimas finalmente brotando a borbotones—. Lo vi.
Lucía se acercó rápidamente, arrodillándose a mi lado y tomando mis manos.
—¿A quién viste? ¿A quién, mija? ¿Al papá de Sofía? ¿A algún pariente de esos ricos desgraciados?
Negué con la cabeza violentamente, incapaz de formar las palabras. Tomé aire, tratando de estabilizarme, pero el temblor en mi cuerpo era incontrolable.
—Vi a Diego —susurré.
Lucía se quedó congelada. Parpadeó una, dos veces, como si no hubiera entendido el idioma en el que le hablaba.
—¿A Diego? —repitió lentamente—. ¿Diego Santana? Fer… Diego está muerto. Hace cinco años. Tú misma fuiste a la misa. Tú misma le has llorado cada cumpleaños.
—¡No! —grité, y luego bajé la voz, mirando hacia el cuarto de Sofía—. ¡No está muerto, Lucía! ¡Eso es lo que esa maldita bruja de su madre me hizo creer! ¡Pero no está muerto!
Me levanté de la silla, caminando de un lado a otro en la pequeña cocina, gesticulando frenéticamente.
—El médico que atendió a Sofía… el médico de guardia… era él. Era Diego. Estaba ahí, Lucía. Respirando. Caminando. Hablando. Me dio una receta. Revisó a su propia hija.
Lucía se levantó también, con la boca abierta, el shock pintado en su rostro.
—No manches, Fernanda… ¿Estás segura? A veces el cansancio, el estrés… a lo mejor se parecía mucho…
—¡Sé quién es el amor de mi vida, carajo! —la interrumpí, sacando la tarjeta de mi bolsillo y arrojándola sobre la mesa de formica—. ¡Mírala! ¡Mira el nombre!
Lucía tomó la tarjeta blanca. Leyó en voz alta, con voz temblorosa:
—”Dr. Diego Santana. Pediatría. Hospital General de México”.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el silbido de la tetera que empezaba a hervir. Lucía dejó caer la tarjeta como si le quemara los dedos.
—Hijo de su… —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. Está vivo. Ese desgraciado está vivo. ¿Y te reconoció? ¿Qué te dijo? ¿Por qué diablos no te buscó en cinco años?
Me abracé a mí misma, sintiendo el frío de la soledad más profunda.
—No me reconoció —dije, y decirlo en voz alta dolió más que cualquier herida física—. No sabía quién era yo. Me miró como si fuera una desconocida. Me preguntó si nos conocíamos porque le resultaba “familiar”, pero no había nada en sus ojos, Lucía. Nada.
—¿Cómo que no te reconoció? —Lucía estaba indignada, su instinto protector encendiéndose—. ¿Se hizo el loco? ¿Para no pagar pensión? ¡Porque si es así voy ahorita y le rompo la cara!
—No, no estaba fingiendo —negué con tristeza—. Lo conozco. Sé cuando miente. Estaba genuinamente confundido. Parecía… perdido. Creo que tiene amnesia. O algo le pasó en ese accidente que le borró la memoria.
Lucía apagó la estufa con un movimiento brusco y sirvió el té, derramando un poco en su prisa. Me puso la taza enfrente y se sentó, mirándome fijamente.
—Cuéntamelo todo. Desde el principio. Necesito entender cómo es posible que un hombre “muerto” esté dando consultas en la colonia Roma.
Tomé un sorbo de té caliente, tratando de calmar el nudo en mi estómago.
—Recuerdas cuando fue el accidente… Victoria, su madre, me llamó tres días después. Yo estaba en el hospital, en la sala de espera, porque no me dejaban pasar a verlo. Ella salió, vestida de negro impecable, con esos lentes oscuros de marca… Se paró frente a mí y ni siquiera se los quitó.
Cerré los ojos, transportándome a ese pasillo de hospital de hace cinco años. Podía escuchar el taconeo de Victoria Santana, podía oler su perfume caro y sofocante.
—Me dijo: “Diego falleció esta madrugada. Complicaciones respiratorias”. Yo me caí al suelo, Lucía. Sentí que me moría ahí mismo. Le supliqué verlo, le supliqué despedirme. Y ella… ella me miró con ese asco con el que siempre me veía, como si yo fuera una mancha en su zapato.
—Maldita vieja —masculló Lucía.
—Me dijo que ya lo habían trasladado, que iba a ser cremado inmediatamente por “protocolos del hospital” debido a las heridas. Me dijo: “El funeral será estrictamente familiar. No te quiero ahí. No eres nadie. Eres una cazafortunas que se aprovechó de mi hijo”. Me amenazó, Lucía. Me dijo que si intentaba acercarme a la familia o reclamar algo, me destruiría. Que tenía abogados, que tenía influencias… y yo… yo solo era una estudiante embarazada y asustada de veintidós años.
Las lágrimas volvieron a caer, silenciosas y amargas.
—Le creí. ¿Por qué mentiría una madre sobre la muerte de su propio hijo? Le creí y huí. Me vine a esconder aquí, a criar a Sofía sola, pensando que él me estaba cuidando desde el cielo. Y todo este tiempo… todo este tiempo él ha estado aquí. A unos kilómetros de nosotras. Viviendo su vida.
Lucía golpeó la mesa con el puño, haciendo tintinear las tazas.
—¡Esa mujer es el diablo! Lo hizo para separarlos. Sabía que estabas embarazada, sabía que Diego te amaba y prefirió “matarlo” para ti antes que dejar que se casara con la hija de un jardinero. ¡Es de telenovela, pero de las perversas!
—Y funcionó —dije con amargura—. Funcionó perfectamente. Él no me recuerda, así que probablemente ella le contó otra historia. Quizás le dijo que no tenía novia. Quizás borró todo rastro de mí en su vida.
—Pero Sofía… —Lucía señaló hacia el cuarto—. Sofía es su vivo retrato. Fernanda, cuando ese hombre la vio, tuvo que sentir algo. La sangre llama.
—Sintió algo —admití, recordando el momento en que Diego tocó a Sofía—. Se quedó pasmado cuando la vio a los ojos. Me preguntó su nombre como tres veces. Estaba… inquieto. Me dio su tarjeta personal y me dijo que lo llamara a cualquier hora. Eso no lo hace un médico normal con cualquier paciente.
—Ahí está —dijo Lucía, inclinándose hacia adelante con determinación—. Ahí está la grieta en su mentira. Fernanda, tienes que hacer algo.
—¿Hacer qué? —pregunté, sintiendo el pánico subir—. ¿Ir y decirle: “Oye, tu mamá es una psicópata que te secuestró de mi vida y por cierto, aquí está tu hija”? ¡Me va a tomar por loca! O peor, Victoria se va a enterar. Si se entera de que nos vimos, de que Sofía existe… ella tiene dinero, Lucía. Podría quitármela. Podría decir que soy una inepta, que vivo en un cuchitril… podría robarme a mi hija.
El miedo a Victoria Santana era algo real, físico. Era un miedo que me había mantenido en las sombras durante un lustro.
—No te la va a quitar —dijo Lucía con firmeza, agarrándome del brazo—. Porque ahora la situación es diferente. Diego está vivo y es adulto. Si él recupera la memoria, o si simplemente te cree… Victoria no podrá hacer nada contra su propio hijo.
—¿Y si no me cree? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. No tengo pruebas. Perdí mi celular viejo. No tengo fotos impresas. No tengo cartas. Todo se quedó en el departamento que compartíamos y Victoria mandó cambiar la cerradura al día siguiente del accidente. Me quedé sin nada, Lucía. Solo tengo mi palabra contra la dueña de medio Polanco.
—Tienes a Sofía —insistió Lucía—. Una prueba de ADN no miente. Esos ojos no mienten.
Me levanté y fui hacia la ventana que daba a la calle oscura. La lluvia seguía cayendo, limpiando la ciudad, pero no mi conciencia.
—No sé si tengo la fuerza para pelear esta guerra, Lucía. Apenas sobrevivimos al día a día.
Lucía se levantó y se puso a mi lado, pasando un brazo por mis hombros.
—Eres la mujer más fuerte que conozco. Sacaste a esa niña adelante limpiando escusados ajenos. No te rompiste cuando él “murió”. No te vas a romper ahora que está vivo. Piénsalo, Fer. Sofía merece a su papá. Y tú… tú mereces la verdad. Ese hombre te amaba. Yo los vi juntos. La forma en que te miraba… eso no se borra con un golpe en la cabeza, no del todo.
Miré la tarjeta blanca sobre la mesa. Dr. Diego Santana.
Era una invitación. Una puerta abierta a un pasado que creía cerrado con cemento.
—Me dio su número —dije suavemente.
—Pues úsalo —sentenció Lucía—. No hoy. Hoy descansa. Pero mañana… mañana es otro día. Y el destino te lo puso enfrente por algo. Dios no hace las cosas a lo menso, prima. Si te lo devolvió, es para que lo recuperes.
Esa noche, me acosté junto a Sofía. Escuché su respiración suave y puse mi mano sobre su pequeño pecho, sintiendo el latido de su corazón. Un corazón que era mitad mío y mitad de él.
Cerré los ojos y vi a Diego en el consultorio. Vi su confusión. Vi esa chispa de algo en su mirada cuando me tocó la mano.
Lucía tenía razón. Tenía miedo, sí. Estaba aterrorizada de Victoria, del rechazo, del dolor de volver a perderlo. Pero al mirar a mi hija, supe que no tenía opción. No podía condenar a Sofía a una vida sin padre solo por mi cobardía.
Diego estaba vivo. Y mientras hubiera vida, había esperanza.
Me quedé dormida con la tarjeta apretada en mi puño, como si fuera un amuleto, o un arma. Mañana sería otro día. Y tal vez, solo tal vez, sería el día en que empezaría a recuperar mi vida.
CAPÍTULO 4: LA VOZ EN EL TELÉFONO
Las siguientes cuarenta y ocho horas no fueron tiempo; fueron una tortura lenta y meticulosa, diseñada para desgastar mi cordura.
Sofía se recuperaba con esa rapidez milagrosa que solo tienen los niños. Al día siguiente de la visita al hospital, la fiebre había desaparecido, reemplazada por su energía habitual y una curiosidad incesante. Mientras yo le daba su medicina triturada en puré de manzana, ella me hacía preguntas que se sentían como pequeñas agujas clavándose en mi piel.
—Mami, ¿el doctor va a venir a jugar? —preguntó, balanceando sus piernitas desde la silla alta.
Me detuve con la cuchara a medio camino.
—No, mi amor. Los doctores no van a las casas a jugar. Ellos trabajan en el hospital curando a otros niños.
Sofía hizo un puchero, decepcionada.
—Pero él era bueno. Tenía ojos verdes, como yo. Y me dijo “princesa”. Me cayó bien, mami. ¿A ti no te cayó bien?
Tuve que darme la vuelta hacia el fregadero para que no viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Si supieras, mi vida. Si supieras que ese “doctor bueno” es el hombre por el que rezas todas las noches mirando al cielo.
—Sí, mi cielo —respondí con la voz estrangulada—. Me cayó muy bien.
Durante esos dos días, la tarjeta de presentación de Diego quemaba en mi bolsillo. La sacaba a escondidas en el baño, acariciaba el relieve de las letras, memorizaba el número hasta que bailaba en mi cabeza: 55-48… Lo marcaba en mi celular y me quedaba con el dedo temblando sobre el botón de llamar, paralizada por el terror.
¿Y si Victoria contestaba? ¿Y si él se arrepentía de habérmela dado? ¿Y si al escuchar mi voz se daba cuenta de que yo era “la cazafortunas” de la que seguramente su madre le había advertido?
El miedo a Victoria Santana era un animal vivo que vivía en mi estómago. Esa mujer no solo tenía dinero; tenía maldad. Me había arrebatado al amor de mi vida con una mentira y me había condenado a la pobreza y a la soledad. Si descubría que Diego y yo habíamos tenido contacto, era capaz de cualquier cosa.
Así que no llamé.
Guardé la tarjeta y me obligué a seguir con mi rutina, esa rutina gris y pesada que me mantenía a flote.
El tercer día, regresé al trabajo. El Hotel Imperial no perdona ausencias, ni siquiera por hijos enfermos. Me asignaron el piso 20, las suites ejecutivas. Es irónico: pasaba mis días limpiando el lujo que nunca podría tener, doblando sábanas de hilo egipcio donde dormían personas que gastaban en una noche lo que yo ganaba en seis meses.
Estaba en la suite 204, una habitación inmensa con vista al Paseo de la Reforma. El sol de la tarde entraba por los ventanales, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire. Estaba sola, con el carrito de limpieza bloqueando la puerta, luchando por cambiar la funda de un edredón king size que pesaba más que yo.
Mi mente estaba en otro lado. Estaba en un consultorio médico. Estaba recordando la calidez de una mano sobre mi brazo.
De repente, mi celular vibró contra mi cadera.
Me sobresalté tanto que solté la almohada.
Nadie me llamaba a esa hora. Lucía sabía que no podía usar el teléfono en horas de trabajo a menos que fuera una emergencia real.
Saqué el aparato con manos temblorosas. La pantalla estaba rota en una esquina, pero el número era legible.
Era un número desconocido.
Pero no era cualquier número.
Mi corazón dio un vuelco brutal, golpeando mis costillas con violencia. Reconocí los primeros dígitos.
Era él.
Me quedé mirando la pantalla como si fuera una bomba a punto de estallar. Contesta, Fernanda. Contesta o te vas a arrepentir el resto de tu miserable vida.
Deslicé el dedo. Me llevé el teléfono a la oreja, pero no pude hablar. Mi garganta se había cerrado.
—¿Bueno? —dijo una voz al otro lado.
Esa voz.
Incluso a través de la estática de la línea, su voz tenía ese tono profundo, grave y ligeramente rasposo que solía hacerme temblar las rodillas.
—¿Sí? —logré susurrar, apoyándome en la pared para no caerme.
—¿Señora Morales? —preguntó la voz, ahora con un tono más formal, pero con un deje de vacilación—. Habla el doctor Diego Santana. Del Hospital General.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás, pegándola contra el papel tapiz de lujo de la suite.
—Doctor Santana —dije, tratando de sonar como una madre normal, no como una ex prometida al borde del colapso—. Hola.
—Hola —respondió él, y hubo un silencio incómodo, cargado de electricidad—. Disculpe que la llame a su número personal. Solo… estaba revisando mis expedientes y… quería saber cómo sigue Sofía. ¿Ha bajado la fiebre?
Era una excusa. Lo sabía. Él lo sabía. Los médicos de urgencias en hospitales públicos saturados no llaman a los pacientes tres días después para ver “cómo siguen”. No tienen tiempo. A menos que…
—Sí —respondí, aclarando mi garganta—. Está mucho mejor. La fiebre se fue ayer. Ya está comiendo bien y… y jugando. La medicina funcionó de maravilla. Gracias por preguntar.
—Me alegro —dijo Diego. Pude escuchar el sonido de fondo, como si estuviera caminando por un pasillo o quizás en su oficina—. Me alegro mucho. Es una niña muy fuerte. Y… muy valiente.
—Lo es.
El silencio volvió, más pesado esta vez. Sabía que debía colgar. Él había preguntado por la paciente, yo había respondido. Fin de la interacción profesional. Pero ninguno de los dos cortaba la llamada. Podía escuchar su respiración al otro lado de la línea, rítmica, viva.
—Fernanda —dijo de repente.
Mi nombre.
No “Señora Morales”.
Fernanda.
Dicho con esa entonación particular, alargando ligeramente la última vocal, tal como solía hacerlo cuando me despertaba por las mañanas. El sonido de mi nombre en sus labios rompió la última barrera de mi compostura. Me llevé la mano a la boca para ahogar un sollozo.
—Dígame, doctor —respondí, mi voz temblando peligrosamente.
—Mire, voy a ser totalmente honesto con usted, aunque suene poco profesional y… francamente, un poco loco —empezó Diego, y noté que hablaba más rápido, nervioso—. No he podido dejar de pensar en ustedes. En usted y en Sofía.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía.
—¿Por qué? —pregunté, aunque sabía la respuesta. O al menos, esperaba saberla.
—No lo sé —admitió él, con una frustración palpable—. Es la cosa más extraña que me ha pasado. Veo cientos de pacientes a la semana, Fernanda. Cientos. Rostros que olvido al terminar el turno. Pero el suyo… el de su hija… se han quedado grabados en mi mente. Cierro los ojos y las veo ahí, en mi consultorio.
Hizo una pausa, como buscando las palabras correctas.
—Desde que se fueron, tengo esta sensación en el pecho. Una opresión. Como ansiedad, pero… diferente. Como si hubiera perdido algo importante, algo vital, y no supiera dónde buscarlo. Sé que suena absurdo. Somos completos extraños.
No somos extraños, grité en mi mente. Soy la mujer que amaste. Soy la madre de tu hija.
—A veces… —dije, arriesgándome a cruzar la línea—, a veces las personas nos resultan familiares por razones que no entendemos, doctor.
—Diego —corrigió él inmediatamente—. Por favor, llámeme Diego. Cuando me dice “doctor”, siento que hay una pared entre nosotros y… necesito derribar esa pared. Necesito entender qué es esto.
—Diego —repetí. El nombre se sintió dulce en mi lengua, como miel sobre una herida abierta.
—Escuche, Fernanda. Sé que esto es inapropiado. Sé que apenas nos conocemos. Pero necesito pedirle algo. ¿Podríamos vernos? No en el hospital. No como médico y paciente.
El pánico y la esperanza chocaron dentro de mí como dos trenes a toda velocidad. Vernos. A solas. Sin batas blancas, sin la urgencia de una enfermedad. Vernos como hombre y mujer.
—¿Vernos? —repetí, ganando tiempo—. ¿Para qué?
—Para hablar —dijo él—. Para tomar un café. Para que usted me diga si estoy perdiendo la cabeza o si… si usted también sintió lo que yo sentí cuando nuestras manos se tocaron. Porque lo sintió, ¿verdad? No fui solo yo. Vi cómo me miró. Vi cómo temblaba.
No podía mentirle. No ahora.
—Lo sentí —susurré.
Escuché cómo soltaba el aire, un suspiro de alivio profundo.
—Gracias a Dios. Pensé que me estaba volviendo loco. Por favor, acépteme un café. Solo media hora. Si después de eso quiere que la deje en paz, lo haré. Lo prometo. Pero necesito verla de nuevo.
Miré alrededor de la lujosa suite del hotel. Miré mi uniforme gris de camarista. Pensé en Victoria Santana y su poder destructivo. Pero luego pensé en los ojos tristes de Diego, en su confusión, en esa conexión invisible que la amnesia no había podido cortar.
Cinco años de miedo eran suficientes.
—Está bien —dije, y al decirlo sentí que saltaba al vacío sin paracaídas—. Está bien, Diego.
—¿Sí? —Su voz se iluminó—. Perfecto. ¿Cuándo? ¿Puede mañana? Tengo el turno de la mañana, salgo a las cuatro.
—Mañana puedo —asentí. Era mi día libre—. Pero no puede ser cerca del hospital. Ni cerca de… —me detuve antes de decir “de tu casa”—, ni cerca del centro.
—Entiendo —dijo él, aunque probablemente no entendía nada—. Hay un lugar… anoche estuve buscando cafeterías tranquilas y encontré una en la colonia Roma que me llamó la atención. Se ve acogedora, antigua. Me dio una buena vibra. Se llama “Café del Recuerdo”. ¿Lo conoce?
El teléfono casi se me cae de la mano.
El Café del Recuerdo.
Por supuesto.
Era nuestra cafetería. El lugar donde pasábamos las tardes lluviosas cuando éramos estudiantes. El lugar donde me pidió que fuera su novia. El lugar donde dibujamos nuestros nombres en una servilleta que yo todavía guardaba en una caja de zapatos.
Él no lo recordaba conscientemente. Su cerebro había borrado el dato. Pero su alma… su alma había buscado “cafeterías” y había elegido esa. La brújula rota de su memoria seguía apuntando hacia el norte: hacia nosotros.
Las lágrimas empezaron a correr por mi cara, calientes y silenciosas.
—Sí —dije con la voz quebrada—. Sí conozco el lugar.
—¿Le parece bien ahí? ¿A las cinco de la tarde?
—Es perfecto —respondí—. Ahí estaré.
—Gracias, Fernanda. De verdad. No sabe lo que esto significa para mí. Hasta mañana.
—Hasta mañana, Diego.
Colgué. Me quedé mirando el teléfono negro, sintiendo cómo la realidad de lo que acababa de hacer se asentaba sobre mis hombros.
Acababa de pactar una cita con mi esposo muerto.
Acababa de desafiar al destino y a la familia Santana.
Me dejé caer sentada en la orilla de la cama king size, arrugando las sábanas perfectas que tanto me había costado estirar. Una risa nerviosa, histérica, burbujeó en mi garganta.
—Café del Recuerdo —murmuré a la habitación vacía—. Tienes un sentido del humor muy retorcido, Dios.
Recogí mis cosas con una energía nueva. El miedo seguía ahí, agazapado en las sombras, pero por primera vez en cinco años, la esperanza brillaba más fuerte. Mañana, a las cinco de la tarde, me sentaría frente al hombre que amaba y tendría que decidir cuánto de la verdad podía soportar.
Pero una cosa era segura: ya no iba a huir. Él había buscado el lugar. Él había hecho la llamada.
Era hora de que yo hiciera mi parte.
CAPÍTULO 5: CAFÉ, RECUERDOS Y MENTIRAS
El armario estaba abierto de par en par, una boca oscura que se burlaba de mi pobreza. Mis manos recorrían las pocas prendas colgadas en la barra de metal: tres uniformes grises del hotel, unos jeans desgastados por el cloro, dos blusas que habían visto días mejores y un suéter de lana que tenía un pequeño agujero en el codo.
¿Cómo te vistes para una cita con un fantasma? ¿Qué ropa usas para sentarte frente al hombre que te propuso matrimonio hace cinco años y que hoy no sabe ni tu apellido?
—Ese —dijo Lucía desde la puerta, señalando con la barbilla—. El azul.
Saqué el vestido. Era sencillo, de algodón azul marino, con botones al frente y un lazo en la cintura. Lo había comprado en un remate hacía dos años para la fiesta de Navidad del hotel, un pequeño lujo que me costó una semana de propinas.
—Está viejo, Lucía —murmuré, alisando la tela con nerviosismo—. Se ve… barato. Él está acostumbrado a mujeres que visten seda y marcas que ni siquiera sé pronunciar. Su madre siempre se burlaba de mi ropa.
Lucía entró al cuarto y me giró por los hombros para enfrentarme al espejo de cuerpo entero, el que tenía una grieta en la esquina inferior.
—Mírate, Fernanda. Olvídate de la ropa. Mira tu cara. Estás ojerosa, sí, estás flaca, también. Pero tienes algo que ninguna de esas mujeres ricas tiene. Tienes dignidad. Y tienes la mirada de una madre leona. Si ese hombre tiene algo de cerebro ahí dentro, no va a ver el vestido. Te va a ver a ti.
Me puse el vestido. Me maquillé ligeramente para ocultar las sombras moradas bajo mis ojos, resultado de noches sin dormir pensando en este momento. Me solté el pelo, dejando que mis ondas naturales cayeran sobre mis hombros, tal como a Diego le gustaba. O le gustaba antes.
Sofía estaba en la sala, sentada en el suelo dibujando garabatos frenéticos en un cuaderno.
—¿A dónde vas, mami? —preguntó sin levantar la vista.
—A resolver algo importante, mi amor —dije, agachándome para besar su cabeza, inhalando su olor a champú de manzanilla. Ese olor me dio la fuerza que necesitaba—. Voy a ver a un amigo.
—¿Al doctor? —preguntó ella, astuta como solo los niños pueden serlo.
Me congelé por un segundo.
—Sí, al doctor.
—Dile que le mando saludos. Y dile que mi panza ya no duele.
—Se lo diré, princesa.
Salí a la calle con el corazón en la garganta. El trayecto hacia la colonia Roma fue un viaje en el tiempo. Cada estación de metrobús me acercaba más a mi antigua vida, a la Fernanda universitaria que soñaba con ser enfermera y casarse con el amor de su vida.
Al bajar en la Avenida Álvaro Obregón, el aire cambió. Aquí no olía a smog y prisa; olía a café tostado, a lluvia reciente sobre adoquines y a jacarandas. Caminé las tres cuadras hasta la calle de Orizaba, mis tacones repiqueteando en la acera como un conteo regresivo.
Ahí estaba. El Café del Recuerdo.
No había cambiado nada. El letrero de madera tallada colgaba sobre la puerta de cristal biselado. Las mesas de hierro forjado en la pequeña terraza estaban vacías por la humedad, pero el interior brillaba con una luz cálida y acogedora.
Diego lo había elegido sin saber. Su subconsciente lo había traído aquí, al epicentro de nuestra historia. Eso tenía que significar algo. Tenía que ser una señal de que no todo estaba perdido.
Llegué quince minutos antes. Elegí la mesa del rincón, junto a la ventana, la misma mesa donde solíamos sentarnos para compartir un pay de limón y soñar con nuestro futuro. Me senté de espaldas a la pared, observando la puerta, sintiendo cómo mis manos sudaban frío.
A las 5:00 p.m. en punto, la campanilla de la puerta sonó.
Entró él.
Ver a Diego sin su bata de médico fue un golpe diferente. Llevaba unos jeans oscuros, una camisa blanca arremangada hasta los codos y una chamarra de cuero café que le daba un aire rebelde y juvenil. Se veía peligrosamente parecido al Diego estudiante de veinticinco años, solo que más ancho de hombros, más hombre.
Buscó con la mirada hasta que me encontró. Su rostro se iluminó con una sonrisa tentativa, nerviosa, que hizo que mi estómago diera un vuelco.
Se acercó a la mesa.
—Hola —dijo, su voz suave—. Gracias por venir. Pensé que tal vez te arrepentirías a último momento.
—Hola, Diego —respondí, sorprendiéndome de lo firme que sonó mi voz—. Casi lo hago. Pero aquí estoy.
Él se sentó frente a mí. La mesa era pequeña, íntima. Sus rodillas rozaron las mías por accidente y ambos nos apartamos como si nos hubiéramos quemado.
—Te ves… te ves hermosa —dijo, y vi sinceridad en sus ojos. No miró mi vestido barato; me miró a los ojos.
—Tú te ves diferente sin la bata —comenté, tratando de romper el hielo.
—Me siento diferente —admitió, pasando una mano por su cabello en ese gesto desordenado que yo conocía tan bien—. Me siento como un adolescente en su primera cita, lo cual es ridículo para un hombre de treinta y dos años.
Una mesera se acercó.
—Buenas tardes. ¿Qué les sirvo?
—Un café americano, negro, sin azúcar —dijo Diego automáticamente.
—Y un té de manzanilla con miel para la señorita —añadí yo antes de que pudiera detenerme.
Diego se quedó helado. La mesera anotó y se fue. Él me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabías que ibas a pedir eso? Y más importante… ¿cómo sabías que yo tomo el café negro? Ni siquiera lo pensé, solo lo pedí.
Me encogí de hombros, sintiendo que caminaba por un campo minado.
—Intuición —mentí a medias.
Diego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo mi espacio personal con su intensidad.
—Fernanda, tengo que decirte algo antes de que sigamos con esta charla educada. Cuando entré aquí… cuando vi el letrero, las mesas, el color de las paredes… sentí un golpe en el pecho.
Se llevó la mano al corazón, apretando la tela de su camisa.
—Sé dónde está el baño sin preguntar. Sé que el piso de madera cruje cerca de la barra. Sé que hacen el mejor pay de limón de la ciudad, aunque no recuerdo haberlo probado nunca. —Me miró fijamente, sus ojos verdes oscurecidos por la confusión—. Anoche busqué este lugar en Google Maps como si alguien me guiara la mano. ¿Es posible tener recuerdos de una vida que no recuerdas haber vivido?
El momento había llegado. Podía seguir jugando a ser la desconocida misteriosa, o podía darle la llave para abrir la caja de Pandora.
Tomé aire, llenando mis pulmones con el aroma a café y a su colonia.
—No es otra vida, Diego —dije suavemente—. Es esta vida. Tu vida.
Él frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de que tu instinto no se equivoca. Conoces este lugar. Conocías el crujido del piso. Y sabías que el pay de limón es el mejor porque solíamos pedir una rebanada para compartir cada viernes por la tarde durante dos años.
El silencio que cayó sobre la mesa fue absoluto. Diego palideció visiblemente.
—¿Qué?
—Y tomas el café negro porque decías que el azúcar arruinaba el sabor del grano. Y yo tomo té de manzanilla porque el café me pone nerviosa.
Diego negó con la cabeza lentamente, una sonrisa de incredulidad y miedo curvando sus labios.
—Espera… ¿Me estás diciendo que…? ¿Nosotros…?
—Sí —corté su tartamudeo—. Nos conocemos, Diego. No somos extraños.
—Pero… —Él miró alrededor, como si las paredes pudieran darle respuestas—. ¿Cómo? ¿Cuándo? Tuve un accidente. Hace cinco años. Perdí la memoria de los dos años previos al choque. Los médicos dijeron que era amnesia retrógrada lacunar.
—Lo sé —dije, sintiendo una punzada de dolor—. Olvidaste los dos años que pasamos juntos. Olvidaste cómo nos conocimos en la biblioteca de la universidad. Olvidaste que te ayudaba a estudiar anatomía. Olvidaste que nos enamoramos aquí, en esta misma mesa.
Diego se dejó caer contra el respaldo de la silla, como si hubiera recibido un golpe físico.
—Dios mío… —susurró—. Lo sabía. ¡Maldita sea, lo sabía! No estaba loco.
Se pasó las manos por la cara con frustración.
—Pero mi madre… Ella me contó todo sobre el accidente. Me dijo que estaba solo. Que estaba centrado en mi carrera. Que no tenía novia, ni compromisos. Me dijo que era un soltero dedicado a la medicina.
Sentí la bilis subir por mi garganta al escuchar las mentiras de Victoria.
—Tu madre te mintió, Diego. Te mintió en todo.
Él me miró, y por primera vez vi un destello de la ira de los Santana en sus ojos.
—¿Por qué haría eso? Es mi madre. Puede ser controladora, sí, pero… ¿borrar a una persona de mi vida? ¿Por qué?
—Porque yo no encajaba en su plan —dije con amargura—. Yo era una becada de enfermería. Hija de un jardinero y una cocinera. Pobre. Sin apellido. Ella pensaba que yo estaba contigo por tu dinero. Me lo dijo muchas veces.
Diego me miraba, escaneando mi rostro, buscando la verdad en mis facciones.
—¿Y lo estabas? —preguntó. La pregunta dolió, pero era justa. Él no recordaba.
—No —dije firmemente—. Te amaba. Te amaba tanto que dolía. Éramos felices, Diego. Teníamos planes. Íbamos a casarnos.
Él abrió la boca, sorprendido.
—¿Casarnos?
—Sí. Me diste un anillo. Un anillo sencillo, de plata, porque no querías usar el dinero de tus padres. Dijiste que querías que nuestra vida empezara con algo que fuera solo nuestro.
Diego miró sus manos vacías sobre la mesa.
—No tengo ese anillo.
—No. Se perdió en el accidente. O tu madre se deshizo de él.
Llegaron las bebidas. El vapor del café subía entre nosotros como una cortina de humo. Diego no tocó su taza.
—Si nos amábamos tanto… —empezó, su voz temblando ligeramente—, si nos íbamos a casar… ¿Por qué no estabas ahí cuando desperté? ¿Por qué no me buscaste? ¿Por qué dejaste que pasaran cinco años?
Esa era la pregunta. La pregunta que me hacía culpable a sus ojos.
Bajé la mirada a mi té, removiendo la bolsita de manzanilla.
—Porque ella me dijo que habías muerto.
Escuché a Diego jadear.
—¿Qué?
Levanté la vista. Mis ojos estaban llenos de lágrimas.
—Tres días después del accidente, fui al hospital. Tu madre salió a la sala de espera. Me dijo que habías tenido complicaciones durante la noche. Me dijo que habías fallecido.
—No… —Diego se puso de pie de golpe, tirando la silla hacia atrás con un ruido estridente que hizo que varios clientes voltearan a vernos. No le importó—. Eso no puede ser cierto. Eso es… eso es monstruoso.
—Siéntate, por favor —le supliqué en un susurro—. La gente mira.
Diego se volvió a sentar, pero su cuerpo estaba tenso como un arco a punto de disparar. Su rostro estaba rojo de furia e incredulidad.
—¿Me estás diciendo que mi propia madre me declaró muerto ante la mujer que amaba para separarnos?
—Me dijo que te habían cremado. Me prohibió ir al funeral. Me amenazó con destruirme si intentaba acercarme a la familia. Yo estaba sola, Diego. Tenía veintidós años. Estaba destrozada. Te lloré. Te juro que te lloré. Fui a misa. Te puse un altar. Viví cinco años pensando que el amor de mi vida era cenizas.
Diego extendió la mano a través de la mesa y tomó la mía. Su agarre era fuerte, desesperado.
—Fernanda… perdóname. Perdóname por no recordar. Perdóname por dejarte sola en ese infierno.
Su tacto rompió mi dique. Las lágrimas cayeron libremente.
—No fue tu culpa. Tú eras una víctima tanto como yo.
Él acarició mis nudillos con su pulgar, un gesto tan íntimo y familiar que me hizo estremecer.
—Pero hay algo que no entiendo —dijo, mirándome con una intensidad renovada—. Si creías que estaba muerto… si ella te amenazó… ¿por qué te fuiste tan rápido? ¿Por qué desapareciste del mapa? Mi madre dijo que te habías ido “con el primero que pasó”.
—Me fui porque tenía que proteger lo único que me quedaba de ti —dije, mi voz apenas un hilo.
Diego se quedó inmóvil. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, y vi cómo los engranajes de su mente empezaban a girar, conectando puntos, sumando fechas.
Recordó el hospital.
Recordó a la niña.
Recordó los ojos verdes de Sofía.
Recordó mi pánico cuando me preguntó por el padre.
—Fernanda… —su voz se quebró—. La niña. Sofía.
Asentí, incapaz de hablar.
—Me dijiste que su padre había muerto en un accidente antes de que ella naciera.
—Sí. Eso le dije.
—Tiene cuatro años.
—Cuatro años y tres meses.
—Los tiempos… —Diego tragó saliva, sus ojos llenándose de lágrimas—. Los tiempos coinciden.
Apreté su mano más fuerte, dándole el ancla que necesitaba para no ahogarse en la revelación.
—Ella no es hija de otro hombre, Diego. Sofía es tu hija.
El mundo pareció detenerse en el Café del Recuerdo. El ruido de las tazas, las conversaciones ajenas, la música de jazz de fondo, todo se desvaneció. Solo quedamos él y yo, y la verdad gigante que acababa de nacer entre nosotros.
Diego se llevó la otra mano a la boca, cubriendo un sollozo.
—Tengo una hija —susurró, no como una pregunta, sino como una plegaria—. Tengo una hija y estuve muerto para ella toda su vida.
—Estás vivo ahora —dije con firmeza—. Estás aquí.
Diego levantó la vista, y en sus ojos ya no vi al médico confundido, ni al extraño. Vi al hombre que amaba, despertando de una larga pesadilla.
—Cuéntame de ella —exigió, con una urgencia feroz—. Cuéntame todo. Quiero saber cada segundo que me perdí.
Y ahí, en esa pequeña mesa de café, empecé a devolverle a Diego Santana la vida que le habían robado, palabra por palabra, recuerdo por recuerdo.
CAPÍTULO 6: LA SANGRE LLAMA
Saqué mi teléfono del bolso, un modelo viejo con la pantalla estrellada en una esquina, y lo desbloqueé. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae sobre la mesa del café. Abrí la galería.
—Mira —le dije, deslizando el aparato sobre la madera barnizada hacia él.
Diego lo tomó como si fuera una reliquia sagrada. En la pantalla brillaba una foto de Sofía recién nacida, envuelta en una manta amarilla barata del hospital público de San Miguel de Allende. Estaba roja, arrugada y gritando, pero Diego la miró como si fuera la obra de arte más exquisita del Louvre.
—Ese fue su primer día —expliqué, con la voz ahogada—. Nació a las 3:15 de la madrugada. Pesó tres kilos cien. Estaba lloviendo, igual que cuando nos conocimos.
Diego deslizó el dedo para ver la siguiente foto. Sofía con seis meses, sonriendo con sus dos primeros dientes inferiores. Sofía dando sus primeros pasos inestables en el pequeño jardín de mis padres. Sofía soplando la vela de su tercer cumpleaños, con la cara manchada de merengue.
Vi cómo una lágrima solitaria, pesada y silenciosa, rodaba por la mejilla de Diego y caía sobre la pantalla del teléfono, mezclándose con la imagen de nuestra hija.
—Me lo perdí —susurró, y el dolor en su voz era tan crudo que tuve que apartar la mirada—. Me perdí sus primeros pasos. Me perdí su primera palabra. Me perdí todo, Fernanda. Cinco años. Cinco malditos años robados.
—Ella preguntó por ti —dije suavemente—. Cuando empezó a hablar, veía a los papás de otros niños en el parque y me preguntaba dónde estaba el suyo. Yo… yo le dije que su papá era una estrella en el cielo. Que nos cuidaba desde arriba.
Diego apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Ya no soy una estrella —dijo con una determinación feroz, levantando la vista. Sus ojos verdes ardían con una mezcla de furia contra su madre y amor desesperado—. Soy de carne y hueso. Y estoy aquí.
Se limpió la cara con el dorso de la mano y me devolvió el teléfono. Luego, sacó el suyo.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Cancelando el resto de mi día —respondió mientras tecleaba rápidamente—. Tengo una reunión con el director del hospital y dos consultas privadas. Que esperen. Que el mundo entero espere. Quiero conocerla, Fernanda. Quiero verla ahora. No como su médico. Como… como alguien que quiere ser parte de su vida.
El pánico me asaltó de nuevo.
—Diego, espera. No podemos llegar y decirle: “Hola, soy tu papá que resucitó”. La vas a confundir. Es muy pequeña.
—Lo sé —dijo él, respirando hondo para calmarse—. No le diré hoy. Seré el Doctor Diego. El amigo de mamá. Me ganaré su confianza. No voy a forzar nada, te lo prometo. Pero necesito verla. Necesito asegurarme de que es real, de que no voy a despertar mañana en mi cama vacía y descubrir que todo esto fue un sueño provocado por el exceso de trabajo.
Asentí. Entendía esa necesidad. Yo había vivido con el miedo a que él fuera un sueño durante años.
—Está bien. Vamos.
Salimos del Café del Recuerdo. La lluvia había cesado, dejando un olor a tierra mojada y ozono. Diego me guio hacia su auto, un sedán alemán negro, elegante y brillante, estacionado en la esquina. Al abrirme la puerta, me sentí cohibida. Mi vestido barato, mis zapatos desgastados… no encajaban con ese cuero impecable y ese tablero digital.
Él notó mi vacilación.
—Es solo un coche, Fer —dijo, usando mi apodo por primera vez. Me miró con esa ternura que derretía mis defensas—. Sube. Por favor.
El trayecto hacia la colonia Doctores fue silencioso, pero no incómodo. Era un silencio cargado de anticipación. Diego conducía con una mano en el volante y la otra tamborileando nerviosamente sobre su muslo. Yo le daba indicaciones: “A la derecha en el siguiente semáforo”, “Cuidado con ese bache, es un cráter”.
A medida que nos acercábamos a mi barrio, el paisaje cambiaba. Los cafés hípsters y los edificios Art Déco de la Roma daban paso a vecindades grises, grafitis en las paredes y puestos de tacos callejeros bajo lonas de plástico. Sentí vergüenza. Vergüenza de que él viera dónde vivía, de que comparara esto con la mansión de Las Lomas donde creció.
—Es aquí —señalé el edificio de tres pisos con la fachada despintada.
Diego estacionó el lujoso auto entre un vocho oxidado y una camioneta de reparto. Apagó el motor y se giró hacia mí.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por dejarme entrar. Sé que tienes miedo. Sé que mi familia te hizo daño. El hecho de que me permitas cruzar esa puerta… no tienes idea de lo que significa para mí.
Bajamos y subimos las escaleras estrechas. Olía a cebolla frita y a humedad. En el segundo piso, un perro ladró detrás de una puerta. Llegamos al tercero. Me detuve frente a la puerta 302, con la llave en la mano.
—Diego —susurré—, mi prima Lucía está adentro. Ella… ella sabe la verdad. Y te odia un poquito. Bueno, odia a tu madre, pero a ti te tiene rencor por “morirte”.
Diego soltó una risa breve y nerviosa.
—Me lo merezco. Enfrentaré a Lucía. Enfrentaré a quien sea.
Abrí la puerta.
—¡Ya llegué! —anuncié.
Lucía estaba en la sala, doblando ropa limpia sobre el sofá. Sofía estaba viendo caricaturas en la pequeña televisión que nos habían prestado.
—Qué bueno que llegas, mujer, Sofi estaba preguntando si le trajiste… —Lucía se giró y se quedó muda. La camiseta que estaba doblando cayó al suelo.
Sus ojos se abrieron como platos. Su boca formó una “O” perfecta. Se puso pálida, luego roja, luego pálida otra vez.
—Santa Madre de Dios —susurró, persignándose—. Es él. Es el difunto.
Diego dio un paso adelante, con una humildad que nunca le había visto antes.
—Hola, Lucía. Soy Diego. Y… bueno, no estoy tan difunto como parece.
Lucía lo miró de arriba abajo, evaluándolo, buscando la trampa, buscando al fantasma. Luego me miró a mí, y yo asentí levemente.
—No manches —exhaló Lucía—. Estás vivo de verdad. Y estás… aquí. En mi sala.
Pero antes de que Lucía pudiera decir algo más o lanzarse a interrogarlo, una vocecita rompió la tensión.
—¿Mami?
Sofía se asomó desde detrás del sillón. Llevaba su pijama de ositos y el pelo revuelto. Vio a Diego.
Se quedó quieta.
Diego también se congeló. Vi cómo su nuez de Adán subía y bajaba al tragar saliva.
—Hola, Sofía —dijo él. Su voz se rompió un poco, así que carraspeó y lo intentó de nuevo, más suave, más dulce—. Hola, pequeña.
Sofía ladeó la cabeza, estudiándolo con esos ojos verdes enormes.
—Tú eres el doctor —dijo, no con miedo, sino con reconocimiento—. El que me curó la panza.
—Sí —dijo Diego, y lentamente, muy lentamente, se puso de rodillas en el suelo de linóleo gastado. No le importó ensuciar sus pantalones de marca. Quería estar a su altura. Quería verla a los ojos—. Soy yo. ¿Te acuerdas de mi nombre?
Sofía se chupó el dedo índice un momento, pensando.
—Doctor… ¿Diego?
Diego sonrió, y fue la sonrisa más triste y feliz que había visto en mi vida.
—Exacto. Tienes muy buena memoria.
Sofía salió de su escondite y se acercó unos pasos, cautelosa pero curiosa.
—¿Viniste a ponerme otra inyección? —preguntó con recelo.
—No, no, para nada —se apresuró a decir Diego, levantando las manos en señal de paz—. Las inyecciones son solo para cuando estás muy enferma. Hoy vine… vine porque soy amigo de tu mamá. Y quería ver si seguías sintiéndote bien.
—Ya estoy bien —declaró Sofía, dando un saltito—. Ya comí gelatina.
—¡Eso es excelente! La gelatina es medicina mágica —dijo Diego, siguiéndole el juego.
Sofía se rió. Ese sonido, la risa cristalina de mi hija, pareció llenar el departamento, borrando la humedad, la pobreza y el miedo.
—¿Te gustan los bloques? —preguntó ella de repente, porque la lógica de los niños salta de un tema a otro sin previo aviso.
—Me encantan los bloques —mintió Diego. O tal vez no mentía. En ese momento, creo que le habría encantado hasta limpiar el baño si eso significaba estar con ella.
—Tengo una torre —anunció Sofía, y corrió a su rincón de juguetes. Regresó con un puñado de bloques de plástico de colores desgastados.
Se sentó en el suelo, frente a él. Diego no lo dudó. Se sentó con las piernas cruzadas en la alfombra fina, frente a su hija.
—A ver, enséñame cómo se construye —dijo él.
Me quedé de pie junto a la puerta, sintiendo que las piernas me fallaban. Lucía se acercó a mí y me agarró del brazo con fuerza.
—Fer… —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. Míralos. Son idénticos. Es como ver fotocopias. La forma en que fruncen el ceño al concentrarse… los dos hacen lo mismo.
Observé la escena. Diego tomaba un bloque rojo con sus manos grandes de cirujano y lo colocaba con una delicadeza infinita sobre la torre inestable que Sofía construía. Ella le daba instrucciones serias, mandona, tal como Diego solía ser cuando estudiaba.
Él la escuchaba como si estuviera recibiendo una cátedra magistral de medicina. Se reía de sus ocurrencias. La miraba como si quisiera memorizar cada peca de su nariz, cada rizo de su cabello.
—¿Tu mamá te lee cuentos? —preguntó Diego después de que la torre inevitablemente colapsara entre risas.
—Sí, pero ya me sé todos —suspiró Sofía con dramatismo—. El de la Cenicienta ya me aburrió.
Diego metió la mano en el bolsillo interior de su chamarra. No sacó un libro, pero sacó su celular.
—¿Sabes? Yo me sé una historia sobre una niña valiente que vivía en un castillo mágico. ¿Quieres que te la cuente?
Sofía asintió con entusiasmo, sus ojos brillando. Se acomodó mejor en el suelo, acercándose instintivamente a él. Diego no la tocó, respetando su espacio, pero se inclinó hacia ella, creando un mundo privado entre los dos.
—Había una vez… —empezó Diego, inventando sobre la marcha, su voz envolvente y cálida llenando la habitación.
Lucía y yo nos retiramos silenciosamente a la cocina pequeña, que estaba separada de la sala por una barra.
—No puedo creerlo —dijo Lucía, sirviéndome un vaso de agua porque me vio pálida—. ¿Qué vas a hacer, Fer? ¿Qué va a pasar con la bruja mayor?
—No lo sé —admití, bebiendo el agua como si fuera vida—. Victoria se va a enterar. Es cuestión de tiempo. Pero mira eso, Lucía. Mira a Diego.
Diego estaba haciendo voces diferentes para los personajes del cuento. Sofía se carcajeaba, agarrándose la panza. En un momento de espontaneidad, ella puso su manita sobre la rodilla de él para apoyarse. Diego se quedó inmóvil un segundo, mirando esa mano pequeña sobre su pantalón, y vi cómo cerraba los ojos brevemente, luchando por no romperse a llorar ahí mismo.
—La sangre llama —sentenció Lucía—. Ese hombre no se va a ir a ningún lado. Ni aunque venga el ejército. Ya la encontró.
—Tengo miedo, Lucía —confesé—. Miedo de que esto sea demasiado bueno para ser verdad. Miedo de que recupere la memoria y se dé cuenta de que ya no me ama, que solo está aquí por ella.
—Si no te amara —dijo Lucía, señalando con la cabeza hacia la sala—, no te miraría como te mira cuando cree que no te das cuenta.
Miré hacia allá. Diego había levantado la vista del juego un momento y me buscaba. Cuando nuestros ojos se encontraron a través de la habitación, me sonrió. No era la sonrisa educada del doctor. Era la sonrisa de Diego. Una sonrisa de gratitud, de complicidad, de promesa.
—Mamá es la princesa del cuento, ¿verdad? —preguntó Sofía en voz alta, sacándonos de nuestro trance.
—Sí —respondió Diego, sin dejar de mirarme—. Mamá es la reina valiente que salvó el castillo ella sola.
El corazón me dio un vuelco.
Pasaron dos horas. Dos horas en las que el tiempo se suspendió. Cuando Diego finalmente se levantó para irse, porque ya era hora de cenar y no quería interrumpir nuestra rutina, Sofía hizo algo que nos dejó helados a todos.
Él estaba en la puerta, despidiéndose.
—Adiós, Sofía. Fue un gusto jugar contigo.
Sofía corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.
—No te vayas —pidió—. Quédate a cenar. Hay quesadillas.
Diego se agachó y la envolvió en sus brazos. Fue un abrazo torpe al principio, temeroso, pero luego la apretó contra su pecho, enterrando la cara en su cuello.
—Tengo que irme hoy, pequeña. Pero… si tu mamá me deja, volveré mañana.
Sofía me miró suplicante.
—¿Puede, mami?
—Claro que puede —dije, con la garganta cerrada.
Diego se puso de pie. Tenía los ojos rojos.
—Gracias —me susurró al pasar a mi lado—. Gracias por el mejor día de mi vida en cinco años.
Salió al pasillo oscuro. Cerré la puerta y me apoyé en ella, escuchando sus pasos alejarse. Pero esta vez, a diferencia de hace cinco años, sabía que esos pasos volverían. Esta vez, no se estaba yendo para siempre. Se estaba yendo para prepararse para la batalla que venía. Porque ambos sabíamos que Victoria Santana no se quedaría tranquila. Pero ahora, al menos, ya no estábamos solos.
CAPÍTULO 7: LA VERDAD BAJO LA ALFOMBRA
Los días siguientes fueron una especie de luna de miel surrealista, una burbuja frágil que flotaba sobre un campo de espinas. Diego venía todos los días. A las cuatro en punto, su auto negro aparecía frente a nuestro edificio despintado, una incongruencia de lujo en medio de la colonia Doctores que ya empezaba a generar murmullos entre los vecinos.
Pero a mí no me importaba. A Sofía tampoco. Para ella, Diego era su nuevo “mejor amigo grande”. Para mí, era una mezcla agridulce entre el hombre que amé y un extraño que intentaba desesperadamente encajar en un molde que había olvidado cómo llenar.
Una tarde, mientras Sofía dormía su siesta, nos sentamos en el pequeño balcón de mi departamento. Era un espacio minúsculo, donde apenas cabían dos sillas de plástico y mis macetas con geranios, pero tenía vista a los tendederos de la vecindad y, más allá, a un pedazo de cielo gris de la Ciudad de México.
Diego sostenía una taza de café (negro, por supuesto) y miraba a la nada, con el ceño fruncido en esa expresión de concentración intensa que yo conocía tan bien.
—Fui al hospital hoy temprano —dijo de repente, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado entre nosotros.
Me tensé. Cada vez que mencionaba el hospital o su “otra vida”, sentía que el suelo se movía.
—¿Ah, sí? ¿Tuviste una guardia pesada?
—No, no fui a trabajar. Fui a Archivo —giró la cabeza para mirarme, y sus ojos estaban oscuros, serios—. Pedí mi expediente médico. El del accidente.
Dejé mi taza sobre la baranda oxidada, sintiendo un frío en el estómago.
—¿Y? ¿Qué encontraste?
—Leí los reportes de enfermería. Los de las primeras semanas, cuando estaba en coma inducido y luego cuando desperté desorientado. —Diego se pasó una mano por el cabello, un gesto de frustración—. Mi madre siempre me dijo que en esos días yo solo balbuceaba incoherencias. Que el trauma craneoencefálico me hacía decir cosas sin sentido.
Hizo una pausa, como si le costara pronunciar las siguientes palabras.
—Pero las enfermeras escribieron otra cosa. En las notas de evolución, hay registros repetidos. “El paciente se agita y llama a alguien”. “El paciente pregunta persistentemente por Fernanda”.
Se me cortó la respiración. Me llevé una mano a la boca.
—¿Me llamabas?
—Te llamaba a gritos, al parecer —dijo Diego con amargura—. Y cada vez que lo hacía, si mi madre estaba presente, ella les decía a los médicos que era un delirio. Que “Fernanda” debía ser alguna alucinación o quizás una mascota de la infancia. Les prohibió indagar. Les dijo que no me siguieran la corriente para “no confundirme más”.
—Dios mío… —susurré. Imaginé a Diego, herido, asustado, en una cama de hospital, gritando mi nombre, y a su madre parada allí, borrándome de su existencia con la frialdad de un cirujano extirpando un tumor.
—Hay más —continuó él, y su voz se endureció—. Encontré una nota de una trabajadora social. Al parecer, una mujer joven, embarazada, intentó verme tres días después del accidente. La descripción coincide contigo, Fer. La nota dice que la madre del paciente le informó del deceso y le negó el acceso.
—Esa fui yo —confirmé, las lágrimas picándome los ojos—. Fue el día que me dijo que habías muerto.
Diego apretó el puño sobre la mesa de plástico hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ella lo orquestó todo. No fue un malentendido. No fue protección maternal. Fue una operación militar para sacarte de mi vida. Sabía que estabas embarazada. Sabía que yo te buscaba. Y decidió jugar a ser Dios.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté con miedo. Conocía la furia de los Santana. Era una furia fría, calculadora.
—Voy a confrontarla —dijo Diego, y no había duda en su voz—. Pero no solo. Esta vez no. Quiero que vengas conmigo.
Me eché hacia atrás instintivamente.
—No, Diego. No puedo. Esa mujer me odia. Si me ve… y peor, si sabe de Sofía… es capaz de cualquier cosa.
—Ya no —dijo él, inclinándose hacia adelante y tomando mis manos entre las suyas. Su agarre era firme, cálido, seguro—. Ya no tiene poder sobre mí. Tengo treinta y dos años, Fernanda. Tengo mi propio dinero, mi propia carrera. No dependo de ella. Y no voy a permitir que siga controlando mi narrativa.
—Pero…
—Escúchame —me interrumpió suavemente—. Necesito que estés ahí. No para pelear con ella, sino para que ella vea que no ganaste. Que no desapareciste. Que estamos juntos. Y necesito que ella vea a Sofía.
—¡Estás loco! —exclamé en un susurro gritado—. ¡No voy a llevar a mi hija a la guarida del lobo!
—Es su nieta, Fer. Aunque Victoria sea una bruja, Sofía tiene derecho a saber quién es su familia. Y mi padre… mi padre, Mauricio, no es como ella. Él es débil, sí, siempre ha dejado que mi madre mande, pero no es malo. Él merece conocerla.
Lo miré a los ojos. Vi la determinación, pero también vi la necesidad. Diego necesitaba cerrar ese capítulo, y necesitaba hacerlo con nosotros a su lado. Era su manera de reclamar su vida, de decir “esta es mi familia, te guste o no”.
—Está bien —cedí, sintiendo que cometía una locura—. Pero si ella dice una sola palabra contra Sofía, nos vamos. En ese mismo instante.
—Te lo prometo —dijo Diego, besando mis manos—. Te prometo que nadie las va a lastimar nunca más.
La tarde siguiente, el ambiente en el auto era denso. Sofía iba en el asiento trasero, en una silla infantil nueva que Diego había comprado esa misma mañana. Iba cantando bajito, ajena a la tensión que electrificaba el aire entre Diego y yo.
—¿A dónde vamos? —preguntó Sofía cuando entramos a la zona de Las Lomas. Las casas aquí eran fortalezas: muros altos, cámaras de seguridad, portones eléctricos. Un mundo aparte de nuestra colonia.
—A visitar a la abuela —dijo Diego, mirándola por el retrovisor.
—¿Tengo una abuela? —preguntó Sofía sorprendida—. Pensé que solo tenía a la abuela Rosa en el pueblo.
—Tienes dos —respondió Diego—. Esta abuela vive en una casa muy grande. Pero no te preocupes, tú solo tienes que ser tú misma.
Llegamos a la mansión de los Santana. Era tal como la recordaba: imponente, fría, de arquitectura moderna con mucho concreto y cristal. Una casa que gritaba dinero pero susurraba soledad.
El portón se abrió automáticamente. Diego estacionó frente a la entrada principal.
—¿Estás lista? —me preguntó, apagando el motor.
—No —admití—. Pero vamos.
Bajamos. Tomé a Sofía de la mano tan fuerte que ella se quejó.
—Me lastimas, mami.
—Perdón, mi amor. No me sueltes, ¿ok?
La puerta principal se abrió. No fue una empleada quien nos recibió. Fue ella.
Victoria Santana.
Cinco años no habían pasado por ella. Seguía igual de elegante, igual de altiva, con su cabello rubio perfectamente peinado y ese aire de realeza que siempre me hizo sentir pequeña. Llevaba un traje sastre color crema que costaba más que todo mi departamento.
Nos vio.
Su mirada pasó de Diego a mí, y luego bajó a Sofía.
Por un segundo, solo un segundo, vi una grieta en su máscara de hielo. Vi shock. Vi reconocimiento. Sofía era la viva imagen de Diego a esa edad, y Victoria lo sabía.
—Diego —dijo ella, ignorándome completamente—. ¿Qué significa esto? ¿Por qué traes a… estas personas a mi casa?
Diego no se amilanó. Rodeó mi cintura con su brazo, un gesto posesivo y protector, y nos hizo avanzar hasta quedar frente a ella.
—”Estas personas” tienen nombres, madre. Ella es Fernanda. La mujer con la que me iba a casar. Y ella es Sofía. Mi hija.
Victoria soltó una risa seca, sin humor.
—Por favor, Diego. No seas ridículo. ¿Tu hija? Esa niña podría ser de cualquiera. Seguramente esta mujer te buscó, vio que tenías amnesia y decidió aprovecharse para colgarte un hijo ajeno. Es el truco más viejo del libro.
Sentí la ira subirme por la garganta, pero Diego me apretó la cintura, pidiéndome silencio.
—No, madre. No me buscó. Yo la encontré. Fui yo quien insistió. Y la niña es mía. Tiene mis ojos. Tiene mi sonrisa. Y lo más importante: tengo los registros del hospital, madre. Sé que Fernanda vino a verme. Sé que le dijiste que había muerto.
El rostro de Victoria se puso blanco, pero no de miedo, sino de furia contenida.
—Hice lo que tenía que hacer —siseó—. Te salvé. Te salvé de arruinar tu vida con una mucama. Te salvé de atarte a una muerta de hambre cuando tenías un futuro brillante por delante. ¡Mírate ahora! Eres un cirujano respetado. ¿Crees que habrías logrado eso cambiando pañales en un departamento de interés social?
—Hubiera sido feliz —replicó Diego, su voz vibrando con dolor—. Hubiera sido padre. Hubiera estado con la mujer que amaba. Tú no tenías derecho a elegir mi vida, Victoria. Me robaste cinco años. Me robaste a mi hija.
—¡Lo hice por ti! —gritó ella, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Para protegerte de esta cazafortunas!
—¡No soy una cazafortunas! —exploté, incapaz de quedarme callada. Di un paso al frente, soltando a Sofía un segundo para encararla—. Nunca le pedí un centavo a Diego. Crie a mi hija sola, limpiando baños, doblando sábanas, comiendo sobras a veces para que ella tuviera leche. No vine aquí a pedirles nada. Solo vine porque Diego me lo pidió.
Victoria me miró con asco puro.
—Qué discurso tan conmovedor. ¿Cuánto quieres? ¿Eh? ¿Cuánto quieres para largarte y dejar a mi hijo en paz? ¿Un millón? ¿Dos? Te doy el cheque ahora mismo si firmas una renuncia de paternidad y desapareces.
Sofía, asustada por los gritos, se escondió detrás de las piernas de Diego y empezó a llorar bajito.
Diego se agachó y la cargó en brazos. Se irguió cuan alto era, mirando a su madre con una frialdad que me heló la sangre. Era la mirada de alguien que acaba de cortar un lazo vital.
—Guárdate tu dinero, madre —dijo Diego con voz mortalmente tranquila—. No queremos tu dinero. Fernanda no lo quiere y yo tampoco. Tengo mi propia práctica. Tengo mis propios recursos. Y tengo a mi familia.
Se giró hacia mí.
—Vámonos, Fer.
—Si cruzas esa puerta con ellas —amenazó Victoria, temblando de rabia—, olvídate de esta casa. Olvídate de tu herencia. Olvídate de que tienes madre. Te desheredaré, Diego. Te dejaré sin nada.
Diego se detuvo en el umbral. Se giró lentamente.
—Ya me dejaste sin nada hace cinco años, Victoria. Me quitaste mis recuerdos y mi amor. El dinero… el dinero no me importa. Quédate con tu mansión y tus millones. Yo me quedo con mi hija.
Y entonces, una voz masculina habló desde la penumbra del pasillo interior.
—Victoria, basta.
Era Mauricio, el padre de Diego. Un hombre canoso, de aspecto cansado, que siempre había vivido a la sombra de su esposa. Caminó hacia nosotros, apoyándose en un bastón.
—Mauricio, no te metas —advirtió Victoria.
Mauricio la ignoró. Se acercó a Diego y miró a Sofía, que sollozaba en el hombro de su padre. Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas.
—Es igualita a ti, hijo —murmuró—. Es… es una Santana, sin duda.
—Lo es, papá —dijo Diego, suavizando el tono.
Mauricio levantó una mano temblorosa y tocó la manita de Sofía.
—Perdóname, hijo. Yo sabía… yo sospechaba que tu madre ocultaba algo, pero nunca tuve el valor de enfrentarla. Soy un cobarde.
—No, papá —dijo Diego—. Pero ahora tienes una oportunidad. Esta es tu nieta. Si quieres conocerla, eres bienvenido en nuestra vida. Pero ella —señaló a Victoria con la cabeza— no. Hasta que no pida perdón y acepte lo que hizo, no quiero volver a verla.
Diego me tomó de la mano.
—Vámonos.
Salimos de la mansión bajo la mirada atónita y furiosa de Victoria. Caminamos hacia el auto bajo el sol de la tarde, dejando atrás el lujo frío y vacío.
Cuando subimos al auto, Diego se quedó un momento con la frente apoyada en el volante, respirando agitadamente.
—¿Estás bien? —le pregunté, poniendo una mano en su hombro.
Él levantó la cabeza y me miró. Tenía lágrimas en los ojos, pero también una sonrisa de alivio inmenso.
—Soy libre, Fer —dijo—. Por primera vez en mi vida, soy realmente libre. Y las tengo a ustedes.
Desde el asiento trasero, Sofía dejó de llorar.
—¿Ya no vamos a ver a la abuela mala? —preguntó.
Diego se rió, una risa liberadora.
—No, princesa. Ya no.
Arrancó el auto y nos alejamos de Las Lomas, conduciendo hacia un futuro incierto, sin herencias ni mansiones, pero lleno de algo que el dinero de Victoria nunca podría comprar: verdad.
CAPÍTULO 8: MEMORIAS DEL FUTURO
El silencio en el auto después de salir de la mansión de Las Lomas no era vacío; estaba lleno de adrenalina y de una extraña ligereza. Era como si hubiéramos estado cargando sacos de cemento durante cinco años y, de repente, alguien hubiera cortado las cuerdas.
Diego conducía con una mano en el volante y la otra aferrada a la mía sobre la palanca de cambios, como si temiera que yo fuera a desvanecerme si me soltaba.
—¿A dónde vamos? —pregunté suavemente, mirando cómo los edificios de cristal quedaban atrás y la ciudad real, la nuestra, empezaba a aparecer.
Diego me miró de reojo. Sus ojos ya no tenían la sombra de la confusión. Brillaban.
—A casa —dijo—. Pero no al departamento de la Doctores. Vamos por tus cosas. Y las de Sofía. Esta noche se quedan en un hotel. Mañana… mañana buscaremos nuestro propio lugar.
Sofía, que había estado extrañamente callada en el asiento trasero, se inclinó hacia adelante, metiendo su cabecita entre los dos asientos delanteros.
—Oye, Diego… —dijo, con esa seriedad solemne que ponen los niños cuando van a hacer una pregunta importante.
—Dime, princesa.
—La abuela mala dijo… —Sofía dudó, jugando con un mechón de su cabello—. Dijo que tú eras mi papá. ¿Es verdad?
El aire se congeló en el coche. Diego frenó suavemente en un semáforo en rojo y se giró para mirarla. Yo contuve el aliento. Habíamos planeado decírselo poco a poco, con ayuda de un psicólogo infantil tal vez, pero la vida, como siempre, tenía sus propios planes.
Diego se desabrochó el cinturón de seguridad para poder girarse mejor. Tomó la manita de Sofía.
—Sofía, mírame.
Ella lo miró, y la similitud entre sus ojos verdes era tan potente que dolía.
—Sí, mi amor —dijo Diego, con la voz quebrada por la emoción—. Soy tu papá. No lo sabía antes, porque tuve un accidente y me olvidé de muchas cosas, pero ahora lo sé. Y soy el papá más feliz del mundo por encontrarte.
Sofía procesó la información. Sus ojos recorrieron la cara de Diego, buscando la verdad. Luego, una sonrisa pequeña, tímida, apareció en sus labios.
—¿Entonces ya no te vas a ir?
—Nunca —prometió Diego—. Ni aunque se caiga el cielo. Nunca me voy a ir.
Sofía asintió, satisfecha.
—Está bien. Pero me debes un helado. De chocolate.
Diego soltó una carcajada, liberando la tensión acumulada.
—Trato hecho. El helado más grande que encuentres.
Los meses siguientes fueron un torbellino de cambios. Diego cumplió su palabra. Renunció a la ayuda financiera de su madre, pero su prestigio como pediatra era suyo y le bastaba para darnos una vida cómoda. Nos mudamos a un departamento luminoso en la Colonia Del Valle, cerca de parques y escuelas.
Pero Diego no solo quería ser proveedor; quería ser compañero.
Una noche, mientras cenábamos después de que Sofía se durmiera, él puso un folleto sobre la mesa.
—¿Qué es esto? —pregunté, limpiándome las manos con una servilleta.
—Es la inscripción para la UNAM —dijo él—. El semestre empieza en enero.
—Diego… —suspiré—. Ya hablamos de esto. No puedo. Tengo que trabajar. No quiero ser una carga para ti. Quiero aportar a la casa.
Diego se levantó, rodeó la mesa y se arrodilló junto a mi silla.
—Fer, mírame. No eres una carga. Eres mi socia. Eres la madre de mi hija. Te robaron tu sueño hace cinco años. Tuviste que dejar la carrera para limpiar pisos y mantener a Sofía con vida. Hiciste el sacrificio más grande que alguien puede hacer.
Me tomó las manos y las besó.
—Ahora me toca a mí. Déjame cubrir la retaguardia. Déjame pagar las cuentas y cuidar los fines de semana mientras tú estudias. Quiero verte graduada. Quiero verte siendo la enfermera increíble que naciste para ser. No es caridad, mi amor. Es justicia.
Lloré. Lloré porque durante cinco años me había acostumbrado a ser la fuerte, la que no necesitaba a nadie, y tener a alguien que me dijera “yo te sostengo” fue el regalo más grande.
Acepté.
Y así, volví a las aulas. Fue difícil. Hubo noches de desvelo, estudiando farmacología mientras Diego mecía a Sofía porque había tenido una pesadilla. Hubo fines de semana en los que él se llevaba a la niña al zoológico para que yo pudiera preparar exámenes. Pero cada vez que llegaba a casa y los veía dormidos en el sofá, con la televisión encendida, sabía que valía la pena.
Un año después del reencuentro, Diego me llevó al Bosque de Chapultepec.
Era una tarde dorada de octubre, irónicamente cerca de la fecha de nuestro aniversario “original”, ese que él no recordaba. Caminamos hasta el lago, viendo los patos nadar, hasta que llegamos a un ahuehuete viejo y enorme.
Diego se detuvo.
—Me dijiste que aquí fue —dijo, mirando el árbol con una mezcla de melancolía y esperanza.
—Sí —asentí, sintiendo un nudo en la garganta—. Aquí me diste el primer anillo. El de plata. Llovía a cántaros ese día.
Diego asintió, pasándose la mano por el cuello.
—He intentado recordarlo, Fer. Te juro que lo he intentado. He venido aquí solo, he cerrado los ojos, he tratado de forzar a mi cerebro a que me devuelva ese momento.
Me miró con tristeza infinita.
—Pero no está. Se fue. Esa memoria se perdió para siempre.
Me acerqué a él y puse mis manos en su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón.
—No importa, Diego. El pasado ya pasó.
—Importa —insistió él—. Porque te mereces a alguien que recuerde cada segundo contigo.
—Tengo a alguien que está aquí ahora. Eso es mejor.
Diego sonrió, y de su bolsillo sacó una cajita de terciopelo azul. No era plata esta vez. Era un diamante pequeño pero brillante, elegante, eterno.
Se arrodilló. La gente que paseaba se detuvo a mirar. Unos niños señalaron.
—No puedo darte el recuerdo de la primera vez —dijo Diego, su voz clara y firme—. Pero puedo darte esta vez. Fernanda Morales, me enamoré de ti dos veces en una sola vida. La primera fue el destino; la segunda fue una elección. Te elijo a ti. Te elijo hoy, con mis memorias rotas y mi corazón remendado. Te elijo para que seas mi esposa, mi compañera y el amor de mi vida hasta que yo también sea un fantasma de verdad.
—¿Te casarías conmigo… otra vez?
Las lágrimas me nublaron la vista.
—Sí —logré decir—. Sí, Diego. Mil veces sí.
Él se levantó y me besó. Y en ese beso, bajo el mismo árbol que nos vio nacer como pareja, sentí que el ciclo se cerraba. No estábamos recuperando el pasado; estábamos inaugurando el futuro.
La boda fue pequeña. No hubo prensa, ni sociedad de Las Lomas. Fue en un jardín en Coyoacán. Mis padres vinieron desde San Miguel, llorando de orgullo al ver a su hija vestida de blanco. Lucía fue mi dama de honor, por supuesto, y se pasó la fiesta amenazando en broma a Diego con golpearlo si volvía a “morirse”.
Para sorpresa de todos, Mauricio llegó. Venía solo, apoyado en su bastón. Se acercó a nosotros durante el brindis.
—Victoria no vendrá —dijo con voz cansada—. Sigue… sigue en su mundo. Pero les manda esto.
Nos entregó un sobre. Dentro había una escritura. La casa de campo de la familia, un lugar que Diego amaba de niño.
—Dice que es para Sofía —explicó Mauricio—. Es su forma de pedir perdón sin decir las palabras. Es orgullosa, hijo. Quizás demasiado. Pero los extraña.
Diego tomó el sobre y miró a su padre.
—Gracias por venir, papá. Eso es lo que importa.
Cuando bailamos el vals, Sofía se metió en medio, abrazándose a nuestras piernas. Diego la cargó y bailamos los tres, girando bajo las luces de las guirnaldas, una familia imperfecta, remendada, pero indestructible.
EPÍLOGO: DIEZ AÑOS DESPUÉS
El sol entra por la ventana de la cocina. Estoy preparando café (negro para él, té para mí) cuando escucho risas en el jardín.
Miro hacia afuera. Diego, con algunas canas más en la barba pero igual de guapo, está enseñándole a andar en bicicleta a Mateo, nuestro hijo de seis años. Mateo se cae al pasto y se ríe. Tiene mi nariz, pero la tenacidad de su padre.
Sofía, que ya es una adolescente de catorce años hermosa y aguda, está sentada en el columpio leyendo un libro, fingiendo que no le importa, pero sonriendo cada vez que su hermano grita “¡Papá, mira!”.
He terminado mi carrera. Soy jefa de enfermeras en el área de pediatría, trabajando codo a codo con mi esposo. A veces, en los pasillos del hospital, nos cruzamos, él con su bata y yo con mi uniforme, y nos guiñamos un ojo. Es nuestro secreto. El secreto de los que han vencido a la muerte.
Ayer, limpiando el estudio, encontré una foto vieja. Era de nosotros en la universidad. Nos vemos tan jóvenes, tan inocentes. Diego la vio y se quedó callado un largo rato.
—¿Todavía te duele? —le pregunté.
—A veces —admitió—. Me da coraje que me robaran esos años. Pero luego… luego miro esto.
Señaló a la ventana, a nuestros hijos jugando, a la vida que hemos construido ladrillo a ladrillo sobre las ruinas de la mentira.
—Si no hubiera perdido la memoria… tal vez no valoraríamos esto tanto —dijo—. Tal vez seríamos una pareja normal que da por sentado su amor. Pero nosotros… nosotros sabemos lo que es perderlo todo. Y por eso, cada día es un regalo.
Me abrazó por la espalda, apoyando su barbilla en mi hombro.
—Te amo, Fernanda. Más que ayer.
—Y yo a ti, Diego. Más que mañana.
Victoria falleció hace dos años. Al final, en su lecho de muerte, pidió ver a Diego. Fui con él. No hubo grandes discursos, solo un apretón de manos débil y una mirada a Sofía que parecía arrepentimiento. Diego lloró, pero fue un llanto de paz. Había perdonado. No por ella, sino por él mismo.
Miro mi reloj. Es hora de ir al turno.
—¡Diego, niños! —grito—. ¡El desayuno está listo!
Entran corriendo, llenando la cocina de ruido, de vida, de caos maravilloso. Diego me besa, un beso rápido que sabe a café y a promesas cumplidas.
Esta es nuestra historia. No la historia de un hombre que murió y volvió. Sino la historia de un amor que se negó a ser enterrado. Un amor que sobrevivió al olvido para enseñarnos que, al final, lo único que la memoria no puede borrar es lo que siente el corazón.
(FIN)