
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA
Fue un día común de octubre cuando mi vida, tal como la conocía, dio un vuelco irreversible. Recuerdo que me levanté temprano, como siempre, antes de que el sol terminara de salir sobre los techos de la colonia. Preparé el café para Jorge, cargado y sin azúcar, tal cual le gustaba, cumpliendo con esa coreografía silenciosa que habíamos perfeccionado durante las últimas cuatro décadas.
Lo vi salir al trabajo con su impecable traje azul marino, ese que le habíamos comprado para la boda de nuestra hija Ana hace dos años. Le di un beso en la mejilla, un beso rutinario, seco, de esos que se dan más por costumbre que por pasión, y le deseé un buen día.
—No me esperes despierta, Elena. Hoy tengo auditoría y llegaré tarde —me dijo sin mirarme a los ojos, ajustándose la corbata frente al espejo del recibidor.
—Está bien, Jorge. Cuídate —respondí, viendo cómo se cerraba la puerta.
Después de tanto tiempo juntos, nuestra rutina era como un río tranquilo en temporada seca: predecible, lento, sin grandes sorpresas. O al menos, eso era lo que yo creía en mi santa ingenuidad.
Esa mañana, mientras ordenaba nuestro dormitorio, sacudiendo las sábanas que aún guardaban su olor, encontré una tarjeta arrugada en el bolsillo del saco gris que Jorge había usado el día anterior. La iba a tirar a la basura, pensando que era algún recibo viejo, pero algo me detuvo. La alisé con cuidado sobre la cómoda. Era una invitación interna.
“40º Aniversario de la Corporación Financiera del Norte. Celebración de Honor.”
Sonreí, una sonrisa boba y nostálgica. Jorge siempre olvidaba estas fechas, o fingía hacerlo para no darle importancia. Pero 40 años… casualmente los mismos años que llevábamos de casados. Pensé en cómo podría sorprenderlo. Hacía tiempo que no visitaba su oficina; él siempre decía que “el trabajo es el trabajo y la casa es la casa”, marcando una línea divisoria que yo, sumisa y respetuosa, nunca me atreví a cruzar en los últimos años.
Pero ese día la idea surgió naturalmente, como un brote de esperanza. Le llevaría sus dulces favoritos de la pastelería “La Suiza” del barrio, esa que tanto nos gustaba cuando éramos novios, y aparecería sin avisar a la hora del almuerzo.
Nuestro matrimonio andaba un poco tibio últimamente, por no decir frío. Jorge llegaba cada vez más tarde, siempre cansado, siempre con la mente en otro lado. Yo lo atribuía a la edad, al estrés de la dirección, a la crisis del país. “Es normal”, me decían mis amigas en el café de los martes. “Los hombres se ponen gruñones con la vejez”.
Quizás un gesto romántico, algo espontáneo, era exactamente lo que necesitábamos para reavivar aquella llama que parecía estarse apagando bajo el peso de la rutina.
Pasé el resto de la mañana arreglándome con un cuidado que ya no era habitual en mí. Me duché con mis jabones de esencia de lavanda, esos que guardaba para ocasiones especiales. Saqué del fondo del armario mi mejor vestido floreado, uno de tela suave que Jorge siempre decía que realzaba el color miel de mis ojos. Me miré al espejo y vi a una mujer de 60 años, sí, con arrugas que contaban historias y caderas ensanchadas por la maternidad, pero todavía me sentía viva.
Recogí mis cabellos grises en un elegante moño bajo, sujetándolo con la peineta de nácar que fue de mi madre. Y, en un acto de audacia, me puse un labial rojo. Hacía años que no usaba rojo. Me sentí coqueta, me sentí bonita.
La pastelería quedaba a pocas cuadras de casa. El aire de otoño en la Ciudad de México era fresco y el cielo estaba de un azul intenso. Compré una caja grande con los bombones de chocolate amargo rellenos de licor que tanto le gustaban a Jorge.
—¿Es para un regalo, Doña Elena? —me preguntó el joven dependiente, que me conocía de toda la vida.
—Sí, mijo. Para mi esposo. Vamos a celebrar —le respondí con orgullo.
Él los envolvió en un papel elegante, plateado, y le puso una cinta dorada con un lazo perfecto.
—Perfecto —pensé, imaginando la expresión de sorpresa en el rostro de Jorge. Imaginé que se le iluminarían los ojos, que quizás, solo quizás, me invitaría a almorzar ahí mismo y nos reiríamos recordando viejos tiempos.
Tomé un taxi hacia el centro empresarial, en la zona de Santa Fe. El tráfico estaba pesado, como siempre en esta ciudad monstruosa, pero ni los cláxons ni el smog podían nublar mi buen humor. Apreté la caja de bombones contra mi regazo, cuidándola como si fuera un tesoro.
El edificio de la empresa era imponente, una torre gigantesca de vidrio y concreto que reflejaba el sol de la tarde, hiriendo la vista. Jorge trabajaba allí desde hacía más de 30 años; había comenzado como un simple asistente contable, cargando cajas y haciendo café, hasta llegar a la dirección financiera. Yo estaba muy orgullosa de su trayectoria, de su dedicación.
Él siempre decía: “Todo lo que hago, Elena, es por nosotros. Por ti, por los chicos, por nuestro futuro”. Y yo le creía. Le creía ciegamente porque era mi marido, el padre de mis hijos.
Bajé del taxi, alisé mi vestido y respiré hondo. Mi corazón latía acelerado, una mezcla de nervios y emoción. Caminé hacia las puertas giratorias con la expectativa de la sorpresa bailando en mi pecho.
No sabía que estaba cruzando el umbral hacia el fin de mi vida.
CAPÍTULO 2: “LA OTRA SEÑORA MONTEIRO”
El vestíbulo era un mundo aparte. Aire acondicionado gélido, olor a limpio y a dinero, pisos de mármol tan pulidos que podía ver mi propio reflejo distorsionado en ellos. Gente de traje caminaba apresurada, hablando por celulares de última generación, con esa importancia que da la prisa en el mundo corporativo.
Me sentí un poco pequeña con mi vestido floreado y mi caja de bombones en medio de tanta formalidad gris y negra, pero enderecé la espalda. Yo era la esposa del Director Financiero. Tenía derecho a estar allí.
Me dirigí a la recepción. Detrás del mostrador de granito negro había un guardia de seguridad de mediana edad, robusto, con el nombre “Silva” grabado en su placa metálica. Estaba revisando unos monitores con gesto aburrido.
—Buenos días —dije, tratando de sonar firme pero amable.
El hombre levantó la vista. Me escaneó rápido, sin mucho interés.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
—Me gustaría visitar a mi esposo, Jorge Monteiro. Él es el director del departamento financiero —dije, y no pude evitar que una sonrisita de orgullo se me escapara al pronunciar su cargo.
El guardia, el tal Silva, me miró de arriba a abajo. Su expresión cambió de indiferencia a una curiosidad extraña, casi incómoda. Frunció el ceño.
—¿Jorge Monteiro? —repitió, como si quisiera asegurarse de haber oído bien—. ¿Tiene algún documento de identificación, señora?
Me pareció extraño. Yo había estado allí otras veces, por supuesto, no recientemente, quizás hacía tres o cuatro años para la fiesta de Navidad, pero Jorge era un directivo. Pensé que tal vez las normas de seguridad se habían endurecido por la violencia en la ciudad.
—Claro —dije. Saqué mi INE de la cartera y se la entregué a través del cristal.
Silva tomó la credencial y leyó en voz alta, arrastrando las sílabas:
—Elena… Monteiro.
Luego levantó la vista y me encaró con los ojos entornados, como si estuviera resolviendo un acertijo matemático complejo.
—Disculpe la pregunta, señora, ¿pero usted dice que es la esposa del señor Monteiro?
—Sí, oficial. Estamos casados desde hace 40 años —respondí, comenzando a sentirme incómoda con su tono. Sentí un calor subirme por el cuello. ¿Por qué me interrogaba así?
Silva soltó una risita nerviosa y negó con la cabeza, devolviéndome la identificación.
—Eso es imposible, señora.
Me quedé helada. —¿Cómo dice?
—Digo que debe haber un error. Conozco a la esposa del señor Monteiro. La veo todos los días.
Mi mente intentó racionalizarlo rápidamente. Una confusión. Quizás Jorge tenía una nueva secretaria a la que llamaban “señora” por respeto. O tal vez había otro Monteiro en el edificio. Sí, eso debía ser. Monteiro es un apellido común.
—Debe haber algún error, oficial. Yo soy Elena Monteiro. Mi esposo es Jorge Monteiro, director financiero, tiene 62 años, cabello canoso… —insistí, mi voz ahora traicionando mi incertidumbre, temblando ligeramente.
El guardia suspiró, claramente pensando que yo era una loca o una estafadora. Levantó la mano y señaló hacia la zona de los elevadores, a mis espaldas.
—Espere, no necesito discutir con usted. Puede verlo usted misma. Mire, por ahí viene la señora Monteiro ahora. Justo a tiempo para el almuerzo, como siempre.
Me giré lentamente, con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro atrapado.
Las puertas de uno de los elevadores ejecutivos se abrieron.
Y la vi.
No era yo. Definitivamente no era yo.
Era una mujer mucho más joven, debía tener unos 40 o 45 años. Cabello castaño, brillante, perfectamente alaciado, cayendo sobre sus hombros. Llevaba un vestido ejecutivo azul marino, entallado, que le quedaba como un guante, muy parecido al tono de los trajes que Jorge solía usar. Caminaba con una confianza abrumadora, el taconeo de sus zapatos resonando con autoridad en el mármol.
Caminaba como si fuera la dueña del edificio. Como si perteneciera a ese lugar. Como si perteneciera a él.
Pasó cerca de la recepción sin detenerse, pero lo suficiente para que yo escuchara su voz.
—Buenos días, señor Silva —dijo con una sonrisa encantadora—. Saldré a almorzar rápido. Por favor, si llega paquetería para Jorge, avísele que estaré de vuelta a las dos.
—Ciertamente, señora Monteiro. Que tenga un buen almuerzo —respondió el guardia con una familiaridad que me revolvió el estómago.
“Señora Monteiro”.
Las palabras flotaron en el aire, pesadas, tóxicas. Me quedé paralizada, incapaz de moverme, incapaz de respirar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. La mujer pasó junto a mí, dejando una estela de perfume caro, una fragancia floral y agresiva que nunca había olido en la ropa de Jorge… ¿o sí?
De repente, un recuerdo fugaz: una camisa de Jorge en el cesto de la ropa sucia hace unos meses, con un aroma dulce que él juró que era del nuevo detergente de la lavandería.
La caja de bombones se me resbaló de las manos temblorosas, pero logré sujetarla contra mi pecho en el último segundo, arrugando el papel plateado.
Cuando finalmente conseguí recuperar la voz, ella ya había salido del edificio por las puertas giratorias, perdiéndose en el bullicio de la calle.
—¿Quién… quién es esa mujer? —pregunté con la voz ahogada, un hilo de sonido que apenas salió de mi garganta.
El guardia Silva me miró ahora con una mezcla de confusión y, lo que fue peor, pena. Esa mirada de lástima que se le da a un animal herido en la carretera.
—Es Claudia Monteiro, la esposa del director financiero —respondió él, bajando la voz—. Viene aquí casi diario desde hace años.
—¿Años? —susurré.
—Sí, señora. ¿Está segura de que estamos hablando de la misma persona? Quizás su esposo es otro Jorge.
Mi mente intentaba procesar la información, pero las piezas no encajaban. ¿Cómo podría haber dos esposas? ¿Cómo podía Jorge, mi Jorge, el hombre que roncaba a mi lado, que se quejaba del dolor de rodillas, tener una “Claudia Monteiro” que venía a su oficina todos los días?
¿Era una broma macabra? ¿Una alucinación?
—Necesito verlo —dije de pronto. La urgencia me invadió. No podía quedarme con la duda. Tenía que verle la cara. Tenía que saber si el hombre en esa oficina era mi marido o un impostor.
—Lo siento mucho, señora, pero sin autorización previa no puedo dejarla subir. Y menos con… bueno, con esta situación —dijo el guardia, rascándose la nuca, visiblemente incómodo. Claramente no quería ser el responsable de un escándalo en el lobby.
En ese momento, algo dentro de mí cambió. El shock inicial dio paso a una frialdad desconocida. Una Elena que no sabía que existía tomó el control. Me sequé una lágrima traicionera que corría por mi mejilla y enderecé la espalda.
No me iría de allí como una loca rechazada. No me iría sin la verdad.
—Entiendo, oficial —dije, forzando una calma que no sentía. Mi voz sonó metálica—. Tiene razón. Probablemente me equivoqué de edificio o de empresa. Qué vergüenza.
El guardia suspiró aliviado. —Suele pasar, señora. No se preocupe.
—Pero, ya que estoy aquí… en realidad, también tenía una cita para una entrevista en el departamento de Recursos Humanos en el tercer piso para una vacante de limpieza. ¿Podría indicarme dónde queda? Tal vez pueda aprovechar el viaje.
Era una mentira estúpida, improvisada, pero el guardia estaba tan desesperado por deshacerse de mí y de la situación incómoda que no lo cuestionó.
—Ah, claro. Recursos Humanos. Tercer piso. Tome el elevador de servicio a la derecha, por favor.
—Gracias, es usted muy amable.
Le dediqué una sonrisa trémula y me dirigí hacia donde me indicó. Pero apenas doblé la esquina y quedé fuera de su vista, cambié el rumbo. Me metí en el primer elevador que se abrió, ignorando que fuera de servicio o no.
Dentro del cubículo metálico, presioné con fuerza el botón del octavo piso. El piso de la dirección.
Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo retumbar en mis oídos, marcando una cuenta regresiva.
Cuatro décadas de matrimonio. Dos hijos. Una vida entera.
El elevador comenzó a subir, y con cada piso que avanzaba, sentía que descendía un escalón más hacia el infierno.
¿Cómo era posible? ¿Qué más me estaba escondiendo?
Las puertas se abrieron en el octavo piso con un suave ding. El pasillo estaba silencioso, alfombrado, elegante. Olía a café recién hecho y a traición.
Caminé lentamente, aferrando la caja de bombones como si fuera un escudo. Sabía dónde estaba la oficina. Al final del pasillo.
Ahí estaba la placa dorada: Jorge Monteiro – Director Financiero.
Me detuve frente a la puerta de vidrio esmerilado. Iba a entrar. Iba a gritar. Iba a exigir una explicación. Pero entonces, escuché voces.
Me escondí rápidamente detrás de una enorme maceta con una planta ornamental, justo cuando la puerta se abría.
Era Carlos, el colega de Jorge de toda la vida. Carlos, que había ido a cenar a mi casa docenas de veces. Carlos, que había cargado a mis hijos cuando eran bebés.
—…no te preocupes, Jorge —decía Carlos, saliendo de la oficina—. Ya le dije a la secretaria que no te pase llamadas. Disfruta el almuerzo con Claudia.
Y entonces escuché la voz de Jorge. Esa voz grave y familiar que me había dado las buenas noches ayer.
—Gracias, compadre. Sí, ya se adelantó. Nos vemos en el restaurante de siempre. Oye, ¿le recordaste a contabilidad lo del depósito para la colegiatura de Luisa?
—Sí, ya está hecho. No te preocupes por la niña.
Me tapé la boca con la mano para ahogar un sollozo.
Luisa.
¿Quién demonios era Luisa?
Colegiatura. Niña. Claudia.
Las lágrimas me nublaron la vista. No era una amante cualquiera. Jorge pagaba colegiaturas. Jorge tenía una rutina. “El restaurante de siempre”.
Esperé a que Carlos se alejara hacia los elevadores. El pasillo quedó desierto de nuevo.
Salí de mi escondite. Mis piernas temblaban tanto que apenas me sostenían, pero la rabia… la rabia es un combustible poderoso.
Caminé hacia la puerta de su oficina. No toqué.
Giré el picaporte y empujé la puerta de golpe.
Jorge estaba sentado en su escritorio, guardando unos documentos en su maletín, sonriendo. Seguramente pensando en su almuerzo con Claudia.
Cuando me vio, la sonrisa se le congeló en el rostro. Su piel perdió todo el color, volviéndose gris ceniza. Se le cayó el maletín de las manos.
—¿Elena? —susurró, como si estuviera viendo a un fantasma.
Dejé caer la caja de bombones al suelo. El sonido seco del cartón golpeando la alfombra rompió el silencio. Los chocolates, esos que elegí con tanto amor esa mañana, quedaron esparcidos por el suelo como escombros de mi matrimonio.
—Feliz aniversario, Jorge —dije, y mi voz sonó aterradoramente tranquila—. Vine a traerte un regalo, pero veo que ya tienes “regalos” más jóvenes esperándote abajo.
Él tragó saliva, aterrorizado.
—Elena… no es lo que piensas.
—No me digas —di un paso adelante, sintiendo cómo el fuego me consumía por dentro—. ¿Entonces Claudia Monteiro no existe? ¿Y Luisa? ¿Quién es Luisa, Jorge?
El silencio que siguió fue la confirmación más brutal que pude haber recibido. Jorge bajó la mirada.
En ese momento supe que la guerra apenas comenzaba.
CAPÍTULO 3: EL DERRUMBE DE UN CASTILLO DE NAIPES
El sonido de la caja de bombones golpeando el suelo fue seco, definitivo, como el ruido de un hueso al quebrarse. La cinta dorada se soltó y los chocolates artesanales —esos que había elegido con tanto mimo esa misma mañana, imaginando cómo se derretirían en la boca de mi esposo— rodaron por la alfombra gris de la oficina, escondiéndose debajo de los sillones de cuero como pequeñas cucarachas huyendo de la luz.
Jorge se había quedado petrificado a mitad del gesto de levantarse. Sus manos, usualmente firmes y seguras cuando firmaba contratos millonarios, ahora temblaban suspendidas en el aire. Su rostro había perdido todo rastro de color, pasando de un tono saludable a un gris ceniza enfermizo. Parecía haber envejecido diez años en diez segundos.
A su lado estaba Carlos. Carlos, nuestro “amigo”. El hombre que había brindado en mi mesa en Navidad, el que había cargado a mis hijos en brazos, el que nos había acompañado en el funeral de mi madre. Él estaba allí, de pie, con una carpeta apretada contra el pecho como si fuera un escudo, mirando alternativamente a Jorge y a mí con los ojos desorbitados.
—Elena… —la voz de Jorge salió estrangulada, un susurro ronco que apenas rompió el zumbido del aire acondicionado—. ¿Qué… qué haces aquí?
La pregunta era tan estúpida, tan insultante, que sentí una risa histérica burbujear en mi garganta, aunque mis ojos ardían con lágrimas que me negaba a derramar.
—¿Qué hago aquí? —repetí, avanzando un paso dentro de la oficina. Mis tacones se hundieron en la alfombra lujosa—. Vine a celebrar nuestro aniversario, Jorge. Cuarenta años. ¿Te acuerdas? O tal vez esa fecha ya no cabe en tu agenda, ahora que tienes almuerzos programados con “Claudia”.
El nombre cayó en la habitación como una granada.
Vi cómo Carlos hacía una mueca de dolor, como si lo hubieran golpeado físicamente. Bajó la cabeza, incapaz de sostenerme la mirada.
—Elena, por favor, baja la voz —suplicó Jorge, mirando hacia la puerta abierta, aterrorizado de que sus empleados escucharan—. Cierra la puerta. Hablemos como gente civilizada.
—¿Civilizada? —sentí el calor subir por mi cuello, una llamarada de indignación—. ¿Civilizada es tener una esposa en la casa y otra en la oficina? ¿Civilizada es que el guardia de seguridad me impida el paso porque cree que soy una impostora?
Jorge rodeó el escritorio, con las palmas hacia arriba en un gesto de pacificación que solo logró enfurecerme más.
—Mi amor, estás malinterpretando las cosas. Déjame explicarte…
—¡No me llames “mi amor”! —grité, y esta vez no me importó quién escuchara. Mi voz rebotó en las paredes de cristal—. Y no te atrevas a decirme que estoy malinterpretando. Escuché a Carlos. Los escuché hablar de ella. Escuché el nombre… Luisa.
Al mencionar ese nombre, Jorge se detuvo en seco. Fue como si le hubiera dado una bofetada. Se apoyó en el borde de su escritorio de caoba, como si las piernas le hubieran fallado repentinamente.
Me giré hacia Carlos, que intentaba hacerse invisible contra el librero.
—Y tú —dije, señalándolo con un dedo acusador que temblaba de rabia—. Tú lo sabías. Todo este tiempo, viniendo a mi casa, comiendo mi comida, sonriéndome a la cara… tú sabías que él tenía otra vida.
Carlos se puso rojo hasta la raíz del cabello. Balbuceó algo ininteligible, se ajustó la corbata y miró hacia la salida.
—Jorge… creo… creo que esto es algo que tienen que resolver ustedes dos —murmuró apresuradamente, sin atreverse a mirarme—. Elena, lo siento. De verdad.
Y con esa disculpa cobarde, salió casi corriendo de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave que nos dejó encerrados en una atmósfera irrespirable.
Nos quedamos solos. Marido y mujer. O mejor dicho, dos extraños que habían compartido cama durante cuatro décadas.
Jorge se pasó la mano por el cabello, desordenándolo, un gesto nervioso que yo conocía de memoria. Lo hacía cuando perdía las llaves, cuando el mercado de valores caía… y ahora, cuando su vida de mentiras se desmoronaba.
—Siéntate, Elena. Por favor —dijo, señalando una de las sillas frente a su escritorio.
—Prefiero estar de pie. Así puedo irme más rápido cuando termine de escuchar tus mentiras. ¿Quién es ella, Jorge? Quiero la verdad. Toda la verdad. Y si me mientes una sola vez más, te juro por la memoria de mis padres que saldré de aquí y gritaré tu historia en cada pasillo de este edificio.
Él suspiró, un sonido profundo y derrotado, como un neumático perdiendo aire. Se aflojó el nudo de la corbata como si se estuviera asfixiando.
—Se llama Claudia —comenzó, sin mirarme—. Claudia Monteiro. O al menos así se hace llamar aquí.
—¿Monteiro? —sentí una punzada en el estómago—. ¿Le diste tu apellido? ¿Te casaste con ella?
—No, no legalmente —se apresuró a aclarar, como si eso minimizara el pecado—. Pero… para efectos prácticos, aquí en la empresa, en su círculo social… sí. Todos creen que estamos casados.
—¿Desde cuándo? —pregunté, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.
Jorge dudó. Miró por la ventana, hacia los rascacielos de la Ciudad de México, evitando mis ojos a toda costa.
—Jorge, mírame —exigí—. ¿Desde cuándo?
—Quince años —susurró.
El número me golpeó con la fuerza de un tren. Retrocedí un paso, tambaleándome hasta chocar con el respaldo de la silla.
—¿Quince… años? —repetí, mi voz quebrándose—. ¿Quince años? Jorge, eso es… eso es casi la mitad de la vida de nuestros hijos. Ana se graduó hace quince años. Lucas se casó hace doce.
Mi mente comenzó a rebobinar la película de nuestra vida a una velocidad vertiginosa. Las noches que él llegaba tarde alegando “cierres de mes”. Los fines de semana que se iba a congresos en Monterrey o Guadalajara. Las llamadas que no contestaba. Los mensajes borrados.
—No fue planeado, Elena —dijo él, con esa voz suplicante que me daba náuseas—. Fue en un viaje a Acapulco. Un congreso. Ella era joven, asistente de ventas. Pasó… simplemente pasó. Pensé que sería una sola vez. Un error. Pero…
—Pero te gustó el error —escupí con veneno—. Te gustó tanto que decidiste construirle una casa y darle un apellido.
—Se complicó —intentó justificarse—. Ella… ella quedó embarazada.
El aire salió de mis pulmones. Aunque había escuchado el nombre “Luisa” en el pasillo, oírlo confirmarlo de su propia boca fue devastador.
—Una hija —dije, sintiendo las lágrimas finalmente desbordarse, calientes y amargas—. Tienes una hija con ella.
—Luisa. Tiene catorce años —admitió él, bajando la cabeza—. Elena, te juro que intenté decírtelo. Mil veces estuve a punto de confesarlo todo. Pero te veía tan tranquila, tan feliz con los nietos, con tu vida… no quería destruirte. No quería romper nuestra familia.
—¿No querías romper nuestra familia? —Grité, y una risa histérica, casi demente, escapó de mis labios—. ¡Jorge, tú ya habías roto la familia! ¡La rompiste el día que te acostaste con ella! ¡La rompiste cada día que llegabas a casa oliendo a otro jabón y te metías en mi cama!
—Lo hice para protegerte… —murmuró, una excusa tan patética que me dieron ganas de golpearlo.
—¡Lo hiciste para protegerte a ti! —Le interrumpí, golpeando su escritorio con la palma de la mano—. ¡Eres un cobarde! Querías tenerlo todo: la esposa devota que te plancha las camisas y te cuida cuando tienes gripe, y la amante joven para sentirte poderoso y viril. Viviste dos vidas porque no tuviste los pantalones para elegir una.
Jorge se quedó en silencio. Sabía que yo tenía razón. No había defensa posible para quince años de duplicidad.
En ese momento, el picaporte de la puerta giró.
Ambos nos congelamos.
La puerta se abrió con suavidad y una voz femenina, alegre y cantarina, llenó la habitación tensa.
—Mi amor, perdona la tardanza, el elevador estaba lentísimo y…
Claudia entró.
Era ella. La mujer del vestíbulo. De cerca era aún más impactante. Su piel estaba perfectamente maquillada, su cabello brillaba bajo las luces halógenas. Llevaba un bolso de diseñador colgado del brazo y una sonrisa radiante que se desvaneció en el instante en que sus ojos se posaron en mí.
Se detuvo en seco, a medio paso. Su mirada viajó de mí a Jorge, y luego a los chocolates esparcidos en el suelo.
No hubo gritos de su parte. No hubo confusión.
Hubo reconocimiento.
Esa fue la daga final en mi corazón. Ella no preguntó “¿quién es esta señora?”. Ella sabía perfectamente quién era yo.
—Elena —dijo ella. No fue una pregunta. Fue una afirmación. Su voz era suave, educada, pero carente de cualquier rastro de vergüenza.
Me quedé mirándola, fascinada por su audacia. Allí estaba la mujer que me había robado a mi esposo, parada frente a mí con la naturalidad de quien se encuentra a una conocida en el supermercado.
—Tú debes ser Claudia —dije, sorprendiéndome de la frialdad de mi propia voz. Me sentía entumecida, como si estuviera viendo la escena desde fuera de mi cuerpo—. La “esposa” de la oficina.
Claudia apretó los labios y miró a Jorge con una mezcla de reproche y resignación.
—Te dije que esto pasaría algún día, Jorge —le dijo a él, ignorándome por un momento. Hablaba con la autoridad de una pareja establecida, con una intimidad que me revolvió el estómago—. Te dije que no podías mantener esto eternamente.
—Claudia, por favor, ahora no… —suplicó Jorge, pasándose las manos por la cara, atrapado en medio de sus dos mundos que acababan de colisionar violentamente.
Ella se volvió hacia mí. Sus ojos oscuros me escrutaron, no con odio, sino con una extraña curiosidad clínica.
—No quería que te enteraras así —dijo ella, con una calma que me pareció psicópata—. De verdad. Nunca fue mi intención hacerte daño personal. Jorge me prometió que…
—¡Cállate! —La interrumpí, alzando la mano para detener sus palabras. No podía soportar escuchar su voz, esa voz razonable y calmada tratando de normalizar lo abominable—. No te atrevas a hablarme de tus intenciones. Sabías que estaba casado. Sabías que tenía hijos. Sabías que yo existía cada minuto de estos quince años.
—Lo sabía —admitió ella, levantando la barbilla desafiante—. Pero el amor es complicado, Elena. Jorge no era feliz contigo. Él necesitaba…
—¡Basta! —grité, sintiendo que si escuchaba una palabra más iba a vomitar o a desmayarme—. No voy a quedarme aquí para que la amante de mi marido me explique por qué mi matrimonio era infeliz.
Miré a Jorge una última vez. Estaba encorvado, derrotado, un hombre pequeño y patético entre dos mujeres fuertes. Ya no veía al gran Director Financiero. Veía a un mentiroso compulsivo. Veía a un extraño.
—Quédate con él —le dije a Claudia, mi voz temblando por el esfuerzo de no romperme en pedazos allí mismo—. Te lo regalo. Llévatelo a tus almuerzos, lávale su ropa sucia, aguanta sus ronquidos. Es todo tuyo. Porque el hombre con el que yo me casé murió hace quince años.
Tomé mi bolso con fuerza, mis nudillos blancos por la presión.
—Elena, espera… —Jorge intentó rodear el escritorio para alcanzarme, estirando una mano hacia mí.
—¡No me toques! —retrocedí violentamente, como si su contacto fuera contagioso—. No te me acerques. No vuelvas a casa. No me llames. Hablarás con mi abogado.
Di media vuelta y caminé hacia la puerta, pasando junto a Claudia sin mirarla, aunque podía sentir su perfume invadiendo mis fosas nasales, un olor que recordaría con odio por el resto de mi vida.
Salí al pasillo.
—¡Elena! ¡Elena, por favor! —escuché los gritos de Jorge a mis espaldas, patéticos y desesperados.
No me detuve. Caminé rápido, casi corriendo, mis tacones resonando como martillazos en el mármol. Las lágrimas finalmente brotaron, calientes y cegadoras, empañando mi visión.
Llegué a los elevadores y presioné el botón frenéticamente.
Por favor, ábrete. Por favor, sácame de aquí.
Las puertas se abrieron y me lancé dentro. Jorge apareció al final del pasillo, corriendo, con la corbata deshecha.
—¡Elena!
Presioné el botón de “cerrar puerta” una y otra vez, golpeándolo con el puño.
Las puertas de metal comenzaron a deslizarse. Vi a Jorge detenerse a unos metros, jadeando, mirándome con ojos de súplica.
—Lo siento… —pude leer en sus labios justo antes de que las puertas se cerraran con un golpe sordo, cortando la conexión visual entre nosotros.
El elevador comenzó a descender.
Me apoyé contra la pared fría de la cabina y me dejé deslizar hasta el suelo. Me abracé las rodillas y, allí, sola en esa caja de metal descendente, solté el grito que había estado conteniendo. Un grito desgarrador, animal, el sonido de cuarenta años de vida rompiéndose en mil pedazos.
Abajo me esperaba la calle, el sol, la gente normal viviendo sus vidas normales. Pero yo sabía que al salir de ese edificio, Elena Monteiro, la esposa feliz, ya no existiría. Solo quedaba una mujer destrozada que tendría que aprender a respirar de nuevo.
CAPÍTULO 4: EL MUSEO DE LAS MENTIRAS
El descenso en el elevador pareció durar una eternidad, como si estuviera bajando al centro mismo de la tierra. Cuando las puertas de metal finalmente se abrieron en el vestíbulo, el guardia Silva me miró desde su mostrador. Ya no había burla ni sospecha en su rostro, solo una incomodidad palpable. Seguramente había notado mi carrera hacia el elevador, o quizás mi cara descompuesta y el rímel corrido le decían todo lo que necesitaba saber.
Bajé la mirada, avergonzada de mi propia desgracia, y caminé hacia la salida. Las puertas giratorias de cristal me escupieron a la calle.
El sol de la tarde en la Ciudad de México me golpeó con violencia. Era un día insultantemente hermoso. El cielo estaba despejado, los oficinistas reían mientras compraban café, el tráfico rugía con su habitual vitalidad en Paseo de la Reforma. El mundo seguía girando, indiferente, ruidoso y brillante, mientras mi universo personal acababa de implosionar en silencio en un octavo piso.
Me sentí mareada, disociada. Era como si estuviera viendo la escena a través de un vidrio sucio. La mujer que había entrado allí hace menos de una hora con una caja de bombones y el corazón lleno de esperanzas ya no existía. En su lugar había un cascarón vacío, una mujer de sesenta años que caminaba sin rumbo, arrastrando los pies como una sonámbula.
No tomé un taxi. No podía soportar la idea de encerrarme en un auto y tener que responder al “¿A dónde la llevo, seño?” de un conductor amable. Necesitaba aire. Necesitaba moverme para que la adrenalina tóxica que corría por mis venas no me matara de un infarto.
Caminé sin dirección fija. Mis tacones repiqueteaban en la acera, un ritmo monótono que acompañaba mis pensamientos fragmentados.
Claudia. Luisa. Quince años.
Las palabras rebotaban en mi cráneo. Quince años.
Pasé frente a escaparates de tiendas de lujo, vi mi reflejo fugaz en los vidrios: una señora elegante, con un vestido de flores y un moño deshecho, con los ojos de alguien que acaba de ver un accidente mortal.
Terminé en un parque cercano, tal vez la Alameda, tal vez uno más pequeño, no lo sé. Me dejé caer en una banca de madera, ignorando el frío del metal en mi espalda. Frente a mí, en el área de juegos, un grupo de niños corría y gritaba. Había un padre, un hombre joven de unos treinta años, empujando a su hija en el columpio.
—¡Más alto, papá! ¡Más alto! —gritaba la niña, riendo con esa pureza que solo tienen los que no conocen la traición.
El hombre reía con ella, mirándola con adoración absoluta.
Sentí una náusea repentina. Pensé en Luisa, la hija de catorce años.
¿Jorge la empujó en los columpios también? ¿Fue a sus festivales escolares?
Mi mente viajó al pasado, buscando grietas, señales que no quise ver. Recordé el cumpleaños número diez de Lucas, mi hijo menor. Jorge no llegó a partir el pastel. “Una crisis en la oficina”, me dijo por teléfono, con esa voz estresada que yo siempre compadecía.
¿Estaba en la oficina? ¿O estaba cambiando pañales en la casa de Claudia?
Recordé nuestro aniversario número 30. Un viaje a Cancún que canceló dos días antes. “Auditoría federal”, juró. Yo deshice las maletas llorando en silencio, sintiéndome culpable por exigirle tiempo a un hombre tan trabajador.
¿Estaba con la auditoría? ¿O estaba construyendo castillos de arena con su otra familia?
La traición no era solo sexual. Eso hubiera dolido, sí, pero esto… esto era sistémico. Me había robado tiempo. Me había robado recuerdos. Había manchado el pasado, reescribiendo nuestra historia con tinta invisible. Cada momento de soledad que yo había soportado estoicamente como una “buena esposa” era, en realidad, tiempo que él le regalaba a otra mujer.
Mi celular vibró en mi bolso como un insecto furioso. Lo saqué con manos temblorosas.
La pantalla brillaba con un nombre: Jorge (Casa).
El cinismo. Todavía tenía el descaro de llamarme.
El teléfono sonó una, dos, tres veces. Imaginé su desesperación al otro lado, en su oficina de cristal, con Claudia probablemente llorando en un rincón o, peor aún, consolándolo.
Apagué el celular. Sentí una pequeña satisfacción al ver la pantalla oscurecerse. No. No iba a darle el privilegio de escuchar mi voz, ni mis gritos, ni mi llanto. No todavía.
Me quedé en ese parque hasta que el sol comenzó a bajar y el aire se volvió frío. Las sombras se alargaron, cubriendo la ciudad con un manto gris que coincidía con mi alma. Cuando el alumbrado público se encendió, supe que tenía que volver. No a mi hogar, porque eso ya no existía, sino a la escena del crimen: nuestra casa.
El trayecto de regreso fue una tortura. Cada calle, cada esquina de nuestra colonia tenía un recuerdo. La panadería donde comprábamos el pan los domingos, el parque donde paseábamos al perro que ya murió, el restaurante donde celebramos la graduación de Ana. Todo parecía falso ahora, como un escenario de cartón piedra montado para una obra de teatro mediocre.
Llegué al edificio. El portero de la noche, Don Manuel, me saludó con su habitual amabilidad.
—Buenas noches, Doña Elena. ¿Todo bien? La veo un poco pálida.
—Solo un dolor de cabeza, Don Manuel. Gracias —mentí. Otra mentira más en un día lleno de ellas.
Subí al apartamento. La llave giró en la cerradura con su clic familiar, un sonido que durante años significó seguridad, refugio, familia. Ahora sonaba como el cerrojo de una celda.
Abrí la puerta y el olor de nuestra casa me golpeó. Olor a cera para madera, a suavizante de ropa, a los lirios que había puesto en el jarrón de la entrada. Todo estaba inmaculado. Perfecto.
Caminé por el pasillo como una intrusa.
El sofá donde veíamos películas los viernes. La mesa del comedor donde ayudé a los chicos con sus tareas de matemáticas. Las paredes llenas de fotografías enmarcadas.
Me detuve frente a una de ellas. Era de hace cinco años. Jorge y yo en la boda de un sobrino. Él me abrazaba por la cintura, sonriendo a la cámara con esa sonrisa confiada y patriarcal. Yo me veía radiante a su lado, segura de ser la mujer de su vida.
—Mentiroso —susurré en la oscuridad del pasillo.
Arranqué el cuadro de la pared. El vidrio se rompió al chocar contra el suelo, un estallido satisfactorio.
Ese sonido rompió el dique.
La tristeza dio paso a una furia volcánica, caliente y roja. Una rabia que no sabía que era capaz de sentir.
Corrí al dormitorio principal. Encendí la luz, esa luz cálida que solía invitar al descanso, y ahora me parecía un reflector de interrogatorio.
Fui directo al armario de Jorge.
Abrí las puertas de par en par. Allí estaban. Sus trajes. Decenas de trajes impecables, organizados por color. Azul marino, gris, negro. Las camisas planchadas con almidón, tal como le gustaban. Las corbatas de seda italiana.
La fachada del hombre respetable. El disfraz del esposo perfecto.
Con un grito gutural, agarré el primer traje que encontré y lo arranqué de la percha. La tela se resistió un poco antes de ceder. Lo tiré al suelo. Agarré otro, y otro.
—¡Falso! ¡Maldito falso! —gritaba, mientras mis manos trabajaban con una fuerza que no reconocía como mía.
Arranqué las camisas, haciendo saltar los botones, que repiquetearon en el piso de madera como granizo. Tiré los pantalones, las corbatas, los sacos. En cuestión de minutos, el piso del dormitorio desapareció bajo una montaña de ropa cara, ahora convertida en trapos inútiles.
No era suficiente. Quería borrar su rastro. Quería arrancarlo de mi vida como se arranca una hierba mala.
Abrí los cajones de la cómoda. Ropa interior, calcetines perfectamente doblados. Volqué los cajones sobre la cama, esparciendo todo.
Fue entonces, entre el caos de calcetines negros y grises, que escuché un sonido diferente. Algo pesado y sólido golpeó el colchón.
Me detuve, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente.
Era una caja de madera. Pequeña, de caoba, con una pequeña cerradura dorada.
Nunca la había visto antes. Y yo conocía cada rincón de esa casa. Yo limpiaba esos cajones. Yo organizaba esa ropa.
La tomé entre mis manos. Estaba escondida al fondo del cajón de los calcetines de invierno, esos que casi nunca usaba.
Intenté abrirla. Cerrada con llave.
—¿Qué más escondes, Jorge? —murmuré, sintiendo un sudor frío en la nuca.
Busqué a mi alrededor. En la mesita de noche estaba el abrecartas de plata que le regalé hace años. Lo tomé y lo clavé en la cerradura, haciendo palanca con desesperación. La madera crujió, se astilló, y finalmente, el mecanismo cedió.
Levanté la tapa.
Lo que había dentro no eran joyas ni dinero. Eran papeles. Y fotos. Muchas fotos.
Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlas.
La primera foto era de Jorge, más joven, con menos canas. Estaba en una playa, usando un bañador que yo no reconocí. Tenía a una niña pequeña, de unos tres años, sobre sus hombros. Ambos reían a carcajadas.
Sentí una punzada física en el corazón, como si me hubieran clavado un cuchillo.
Pasé a la siguiente. Un cumpleaños. Un pastel con cinco velas. Jorge y Claudia abrazados, soplando las velas con la niña. Parecían… felices. Parecían una familia.
Había más. Jorge en un festival escolar. Jorge en una cena de Navidad (¿qué año fue ese? ¿Fue el año que dijo que tenía guardia?).
Luego, los documentos.
Un contrato de arrendamiento de un departamento en la Colonia del Valle. Una zona cara. A nombre de Jorge Monteiro.
Estados de cuenta bancarios de una cuenta en un banco que nosotros no usábamos. Los saldos eran altos. Transferencias mensuales. Colegiaturas. Clases de ballet. Ortodoncista.
Mientras yo buscaba ofertas en el supermercado para ahorrar para nuestra jubilación, mientras yo reciclarba ropa y cuidaba cada centavo… él mantenía una casa de lujo al otro lado de la ciudad.
Me senté en el suelo, en medio del desastre de ropa desgarrada, rodeada de las pruebas de su traición.
Leí una carta. Una tarjeta del Día del Padre, hecha con letra infantil y dibujos de crayones.
“Para el mejor papá del mundo. Te extraño cuando te vas a tu otra casa, pero sé que trabajas mucho. Te quiero, Luisa.”
Tu otra casa.
Para esa niña, yo era “la otra casa”. Yo era el obstáculo. Yo era el trabajo que mantenía a su papá alejado.
El llanto volvió, pero esta vez fue silencioso, profundo, un dolor que venía desde las entrañas. No lloraba por él. Lloraba por mí. Lloraba por la Elena estúpida que había creído en el cuento de hadas. Lloraba por mis hijos, que adoraban a un padre que era un fantasma.
Me quedé allí, sentada en el ojo del huracán que yo misma había creado, dejando que la oscuridad de la noche entrara por la ventana. No encendí más luces. No me moví. Solo esperé.
Sabía que él vendría.
No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez una hora, tal vez tres. La ciudad afuera se calmó, el tráfico disminuyó.
Y entonces, lo oí.
El sonido del elevador en el pasillo exterior. Pasos lentos, pesados.
El sonido de la llave en la puerta principal.
Se detuvo un momento antes de entrar. Podía imaginarlo al otro lado de la puerta, tomando aire, preparando su discurso, ensayando su cara de arrepentimiento.
La puerta se abrió.
—¿Elena? —su voz resonó en el apartamento silencioso, cargada de miedo y cautela—. ¿Estás aquí?
No respondí. Apreté la foto de la niña en mi mano hasta arrugarla.
Escuché sus pasos acercándose por el pasillo. Vio el cuadro roto en el suelo. Se detuvo.
—Elena, por favor, no hagas locuras. Tenemos que hablar.
Siguió caminando hasta llegar al umbral del dormitorio.
Encendió la luz del pasillo y me vio.
Me vio sentada en el suelo, como una reina destronada en medio de las ruinas de su reino, rodeada de sus trajes destrozados y con su caja de secretos abierta en mi regazo.
Su rostro palideció aún más que en la oficina. Sus ojos fueron de la ropa rota a la caja en mis manos.
Entendió que ya no había más secretos. Entendió que el daño era total.
Levanté la vista y lo miré a los ojos. Ya no había lágrimas en los míos. Solo había un desierto árido y frío.
—Bienvenido a casa, Jorge —dije, y mi voz sonó tan tranquila que hasta yo misma sentí miedo—. O debería decir… bienvenido a tu “otra casa”.
Él dio un paso atrás, como si temiera que yo fuera a atacarlo físicamente.
—Elena… puedo explicarte…
—No —lo corté, poniéndome de pie lentamente, sintiendo crujir mis rodillas entumecidas. Dejé caer las fotos al suelo, sobre sus camisas rotas—. Se acabaron las explicaciones. Hoy se acabó todo.
La confrontación final había comenzado.