PARTE 1: El Final y el Comienzo
CAPÍTULO 1: La Tinta Aún Fresca
Los papeles del divorcio quedaron finalizados un martes gris y contaminado en la Ciudad de México. Apenas cuatro días después, se registró una nueva acta de matrimonio en el Registro Civil. Daniel Montes ni siquiera le dio tiempo a la tinta de nuestro divorcio de secarse.
Sara Castillo recordaba ese día con una claridad dolorosa, casi cinematográfica. Salía del Tribunal Superior de Justicia, bajando las escalinatas de piedra con los documentos firmados apretados en su mano derecha. El ruido del tráfico de la Avenida Niños Héroes le taladraba los oídos, pero su mente estaba en silencio total. Daniel había tomado su copia con la indiferencia de alguien que cancela un contrato de televisión por cable.
—Listo, Sara. Ya está hecho —dijo él, ajustándose el saco de su traje italiano que, por cierto, ella le había regalado la Navidad pasada—. No me busques. Cada quien que viva su vida.
Ni un “lo siento”. Ni un “gracias por estos veinte años”. Ni una mirada de remordimiento por la mujer que lo había apoyado cuando no tenía ni un peso en la bolsa. Daniel le dio la espalda y caminó hacia su auto, un sedán deportivo del año, sin mirar atrás ni una sola vez.
Sara lo vio alejarse y soltó una risa. Fue un sonido hueco, amargo, que se perdió entre el claxon de un pesero que pasaba a toda velocidad. Veinte años de matrimonio, de construir un patrimonio, de cenas familiares, de Navidades en casa de su suegra… y ese fue su adiós.
Regresó a su departamento en Polanco, se sirvió una copa de tequila y trató de llorar, pero las lágrimas no salían. El shock era un anestésico poderoso.
Cuatro días después, un sábado por la tarde, su celular vibró sobre la mesa de centro. Era un mensaje de WhatsApp de Lucía, una vieja amiga en común.
“Sara, amiga… ¿sabías que Daniel se casó hoy? Acabo de ver que subieron fotos de una sesión de boda en una hacienda en Cuernavaca. No lo puedo creer.”
Sara leyó el mensaje sin que se le moviera un músculo de la cara. En el fondo, lo esperaba.
Camila. Esa era la razón.
Él y esa mujer, una chica de veintitantos años que trabajaba como edecán en exposiciones, llevaban viéndose más de un año. Sara lo sabía, pero había intentado salvar el matrimonio hasta que la dignidad no le dio para más.
Abrió Instagram. Ahí estaba. La cuenta de Camila ya era pública.
Una foto de ella vestida de blanco, con un vestido entallado y escote profundo, abrazando a Daniel bajo un arco de flores exóticas.
El pie de foto decía: “Al fin libres. El amor verdadero no conoce tiempos ni esperas. #ReciénCasados #MiAlmaGemela #AmorReal”.
Sara sintió una punzada en el estómago, pero no era dolor. Era asco.
Esa misma tarde, Sara se fue a su refugio: su oficina.
Era la Directora General de “Distribuidora del Valle”, una empresa mediana de distribución de alimentos orgánicos que ella había cofundado con Daniel hacía quince años. Aunque técnicamente eran socios al 50% en los papeles, Sara era el cerebro, el corazón y el músculo del negocio. Daniel solo era la cara bonita que iba a las comidas de negocios y firmaba cheques.
El edificio estaba vacío, en silencio, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado. Sara se preparó un café cargado, abrió su laptop y respiró hondo.
—Muy bien, Daniel —murmuró para sí misma—. Quieres “vivir tu vida”. Vamos a ver cómo te va viviendo sin mi cerebro.
Comenzó a revisar los archivos de personal. No los de cualquiera, sino los de la familia.
Marcela Montes. Gerente de Soporte de Operaciones. Empleada desde hacía 5 años. La hermana menor de Daniel. Su ex cuñada.
Sara hizo scrolldown lentamente por los registros de trabajo de Marcela. Evaluaciones de desempeño (siempre aprobadas por Daniel), bitácoras de gestión de clientes, órdenes de compra.
Al abrir cada archivo, empezaron a saltar inconsistencias extrañas, como cucarachas cuando prendes la luz de la cocina.
—¿Qué es esto? —susurró Sara, frunciendo el ceño.
En la columna de “Contacto de Cliente”, donde debía ir el número del conmutador de la empresa o los correos institucionales de los compradores, había puros números de celular.
Sara cruzó las bases de datos.
Todos los contactos de los clientes más grandes —restaurantes de lujo en la Condesa, hoteles boutique en la Riviera Maya— estaban vinculados al número personal de Marcela. Y los correos de contacto… todos eran cuentas de Gmail o Hotmail personales de Marcela.
Sara guardó el archivo y miró por el ventanal hacia las luces de la Ciudad de México que empezaban a encenderse.
Su respiración se calmó. La tristeza se evaporó y en su lugar quedó una frialdad calculadora.
Marcela no estaba trabajando para la empresa. Marcela estaba usando la infraestructura de “Distribuidora del Valle” para construir su propia agenda de clientes. Estaba secuestrando la información. Si Marcela se iba mañana, se llevaba a los clientes con ella porque ellos ni siquiera sabían que trataban con la empresa; pensaban que trataban con Marcela.
—Ah, familia… —dijo Sara con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Piensan que soy tonta.
Guardó todo en una carpeta encriptada llamada “Evidencia”.
Lloraría por su matrimonio muerto después. Ahora mismo, tenía un imperio que proteger.
CAPÍTULO 2: La Suegra y la Estrategia
Mientras Sara descubría el robo hormiga de su cuñada, al otro lado de la ciudad, en la colonia Del Valle, Doña Bety —Bárbara Montes, la matriarca del clan— estaba en plena cháchara con sus vecinas frente a la panadería “La Espiga”.
Doña Bety era de esas señoras que siempre andan impecables, con el pelo teñido de un rubio cenizo perfecto y joyas que parecían caras pero no lo eran.
—Sí, mi Danielito está empezando de nuevo —anunció con orgullo, acomodándose el chal—. Conoció a una muchacha maravillosa, mucho más joven, llena de vida.
—¡Ay, Bety! ¿Y qué pasó con su esposa? ¿Con Sara? —preguntó Doña Clara, la vecina chismosa del 402.
—Uy, no… Sara siempre fue muy fría —dijo Bety soltando un suspiro teatral, como si ella fuera la víctima—. Nunca le gustó el hogar, siempre metida en esa oficina, obsesionada con el dinero. Eso cansa a un hombre, ¿sabes? Un hombre necesita atención, cariño, un plato caliente… no una mujer que se cree la jefa de todo.
Doña Bety encuadró la situación perfectamente: todo era culpa de Sara. Nunca mencionó, ni por error, que su hijo había estado metiendo a la amante a hoteles de paso pagados con la tarjeta de crédito empresarial durante el último año.
—Aun así, un divorcio tan rápido… se ve feo —insistió otra vecina.
—Ay, cosas que pasan —desestimó Bety con un gesto de mano—. Mientras mi hijo sea feliz, eso es lo que importa. Además, Camila, la nueva chica, es un encanto. Ya me prometió que me va a llevar a Cancún.
No había ni una pizca de arrepentimiento o simpatía en su voz. Solo justificación para la nueva vida de su “bebé” de 45 años.
Al día siguiente, el Instagram de Camila, la nueva esposa, parecía un catálogo de tienda departamental de lujo.
Una foto mostraba el sofá del nuevo departamento de Daniel (un departamento cuya renta, Sara sabía, era carísima) cubierto de bolsas de Palacio de Hierro, Louis Vuitton y Gucci.
El texto decía:
“Regalo de bodas de mí para mí. Mi vida empieza hoy. #DíaFeliz #NuevosComienzos #Consintiéndome #PatrocinadoPorMiEsposito”.
En sus historias, Camila chirriaba con esa voz chillona y aniñada:
—¡Miren chicas! Hora del unboxing. Estos son regalitos que me merezco. Dicen que en el matrimonio hay que hacer sacrificios, ¡pero yo no! Yo soy la protagonista de mi vida.
Hablaba con una prepotencia desafiante, como si pagar todo eso con la tarjeta American Express de Daniel —que estaba vinculada a las cuentas de la sociedad conyugal aún no liquidadas del todo en la mente de Sara— fuera un detalle trivial.
Esa noche, Sara estaba en su casa, cenando una ensalada sencilla. El silencio de su departamento era reconfortante, no solitario.
Su celular vibró. Era el chat familiar de WhatsApp: “Familia Montes”. El grupo incluía a Doña Bety, Daniel, Marcela y un par de primos lejanos. Sara no se había salido todavía por inercia.
Hizo scroll hacia arriba, leyendo los mensajes viejos como quien lee un libro de historia antigua.
Sara: “Yo me encargo de llevar el pavo para Navidad.”
Sara: “Bety, ya le deposité lo de su cita con el cardiólogo.”
Sara: “Marcela, ya revisé tu reporte, te corregí las fórmulas de Excel para que no te regañen.”
Eran puros mensajes de ella dando, solucionando, pagando.
Las respuestas de ellos siempre eran breves, secas, casi obligadas.
Daniel: “Ok.”
Marcela: “Va.”
Bety: “Gracias hija.” (Y a los dos minutos pedía otra cosa).
Sara dejó de leer. Sintió una vergüenza ajena por su yo del pasado. Había estado comprando afecto, pagando una suscripción a una familia que nunca la quiso.
Con el dedo índice, presionó “Salir del grupo”.
Apareció el mensaje del sistema: Sara Castillo salió del grupo.
Esperó un minuto. Nadie le escribió en privado. Nadie preguntó “¿Qué pasó?”.
Perfecto. El silencio era su confirmación.
Entonces, Sara abrió la aplicación de comunicación interna de la empresa, Slack, y publicó un anuncio breve y profesional en el canal general “Avisos Importantes”.
Asunto: Próxima reunión sobre reestructuración organizacional.
Equipo, se les informa que habrá cambios en la estructura operativa para optimizar recursos. Los detalles se compartirán en breve. Favor de estar atentos.
Fue un mensaje corporativo estándar, carente de emoción. Sus empleados no vieron nada inusual, quizás pensaron en algún cambio de software o de horarios. Pero para Sara, el plan ya estaba en marcha. Era el primer movimiento de ajedrez.
Dos días después, el teléfono de su oficina sonó. La pantalla mostraba: “Suegra” (aún no le cambiaba el nombre).
Sara contestó con su voz de CEO, no de nuera.
—Distribuidora del Valle, habla Sara.
—Sara, soy yo, Bety —la voz sonaba melosa pero con un trasfondo de alerta—. Oye, tú sabes que nuestra Marcelita es una trabajadora excelente, ¿verdad?
—¿A qué se debe la llamada, Bárbara? Estoy ocupada.
—Me están llegando rumores raros de la empresa. Marcela me dijo que hay un ambiente tenso. No estarás pensando en despedirla, ¿verdad? —La voz de Bety se afiló, la sospecha goteando en cada sílaba.
—Bárbara, eso es un asunto estrictamente de la empresa.
—Necesitas separar lo personal de lo profesional, Sara. No seas vengativa.
—¿Personal y profesional? —Sara soltó una risa seca—. ¿Es eso lo que me pides ahora? Cuando te pagaba las medicinas, ¿era personal o profesional?
—¡Éramos familia! —chilló Bety—. ¡Y Marcela sigue siendo tu cuñada, bueno, ex cuñada, pero es sangre! ¡Lleva años ahí! ¡No puedes correr a la gente solo porque estás ardida con mi hijo!
—Tienes razón —dijo Sara con una frialdad que congeló la línea—. No se despide a la gente por capricho. Por eso, Marcela será juzgada única y exclusivamente por su desempeño.
Colgó antes de que Bety pudiera replicar.
Sara podía imaginar a Bety al otro lado, roja de coraje, apretando su teléfono. Pero Sara ya había pasado página.
Presionó el botón del intercomunicador.
—Licenciada Torres, de Recursos Humanos, venga a mi oficina, por favor.
Cinco minutos después, la jefa de RH estaba sentada frente a ella.
—Por favor, redacta un memorándum sobre la reestructuración del equipo de Soporte de Operaciones —dijo Sara sin levantar la vista de sus papeles.
—Claro, licenciada. ¿Hay algún área de enfoque particular?
—Listas de contacto de clientes. Quiero que toda la información de los clientes migre de cuentas personales al sistema central CRM de la empresa. Que sea prioridad absoluta. Auditoría de correos y teléfonos hoy mismo.
La gerente de RH asintió, tomando notas frenéticamente.
Sara sacó otro archivo y lo extendió sobre su escritorio de caoba. Era la lista de clientes que “gestionaba” Marcela.
—Mira esto —señaló Sara—. Cada contacto es el celular personal de Marcela. Cada correo vinculado es su Gmail. Está tratando los activos de la empresa como si fueran su propiedad privada.
La gerente de RH abrió los ojos como platos.
—Eso es una violación directa a la cláusula de confidencialidad y propiedad intelectual de su contrato.
—Exacto —una pequeña sonrisa de satisfacción, casi imperceptible, tocó los labios de Sara—. Ahora entiendo por qué Marcela se siente tan intocable. Cree que tiene a los clientes secuestrados. Cree que si la despido, la empresa se cae porque ella “tiene los contactos”.
Sara cerró la carpeta con un golpe seco.
—Vamos a recuperar lo que es nuestro. Prepara la documentación. El escenario está listo para revelar la verdadera competencia de Marcela… o la falta de ella.
PARTE 2: El Derrumbe del Castillo de Naipes
CAPÍTULO 3: El Despido y el Escándalo
Después de decidir recuperar la red de clientes que Marcela había secuestrado, Sara pasó una semana entera en modo “auditoría forense”. Fue una semana de noches largas, café negro y silencio absoluto en su despacho.
Recopiló registros de comunicación con clientes, aprobaciones de órdenes de compra, confirmaciones de pago… todo. La evidencia era abrumadora: Marcela desviaba sistemáticamente el flujo de trabajo hacia sus canales personales. Usaba su WhatsApp personal para cerrar tratos y su correo de Gmail para enviar facturas (que a veces tenían “errores” sospechosos). No era solo desorden; era una estrategia deliberada para volverse indispensable.
El lunes por la mañana, el aire en la sala de juntas de “Distribuidora del Valle” estaba gélido, y no por el aire acondicionado.
Sara estaba sentada en la cabecera de la mesa de vidrio. Frente a ella, una carpeta gruesa.
—Licenciada Castillo, Marcela está aquí —anunció la secretaria por el interfón.
—Hazla pasar.
La puerta se abrió y entró Marcela. Traía un vaso de Starbucks en la mano y caminaba con esa arrogancia relajada de quien se siente dueña del lugar por derecho de sangre.
—¿Qué onda, Sara? —dijo Marcela, dejándose caer en la silla sin pedir permiso—. ¿Para qué tanto misterio? Tengo un desayuno con el cliente de Grupo Restaurantero Bajío en una hora, así que hazlo rápido.
Sara la miró con una calma que desconcertó a su ex cuñada.
—Toma asiento y deja el celular, por favor.
Sara empujó la pila de documentos hacia el centro de la mesa. Marcela les echó un vistazo superficial, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—¿Y esto qué es?
—Esta reunión es para informarte sobre la reestructuración organizacional de la que se avisó la semana pasada.
—¿Reestructuración? —El tono de Marcela se afiló, pasando de la indiferencia a la sospecha en un segundo—. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Como parte de esta estrategia para optimizar recursos, el puesto de “Gerente de Soporte de Operaciones” ha sido eliminado por redundancia —dijo Sara con voz firme y clara—. Tu relación laboral con la empresa termina con efecto inmediato. Aquí está tu finiquito y la propuesta de liquidación conforme a la ley.
Marcela se puso pálida. El vaso de café tembló en su mano.
—¿Qué? ¿Me estás corriendo? ¿Estás loca?
—Estamos consolidando roles para evitar duplicidades. La justificación es administrativa y financiera.
—¿Duplicidades? —Marcela soltó una risa nerviosa y aguda—. ¡Por favor, Sara! No me vengas con cuentos corporativos. ¿Quién va a manejar mis clientes sin mí? ¿Tú? No tienes ni idea de lo que hago.
—A partir de ahora, toda la gestión de clientes se centralizará a través del sistema CRM de la empresa —respondió Sara, imperturbable—. La práctica de usar cuentas personales y celulares privados queda estrictamente prohibida y bloqueada.
—¡Eso es un problema para mí! ¡Es mi forma de trabajar!
—No es un problema, Marcela. Es una mejora. Permitir que un solo empleado monopolice los activos de la empresa crea un riesgo inaceptable. Y tú eres ese riesgo.
La mirada de Sara era un muro de concreto. Marcela entendió que no había negociación. Su cara pasó del shock a la furia pura. Tiró los papeles al suelo y se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás.
—¡Eres una ardida! —gritó, señalándola con un dedo lleno de anillos—. ¡Haces esto porque mi hermano te dejó! No soportas ver que él es feliz con Camila y tú te quedaste sola con tus gatos y tu oficina. ¡Esto es venganza personal!
—Firma los papeles, Marcela. O no habrá cheque hoy.
—¡Bien! ¡Me voy! —Marcela agarró su bolso—. Pero te vas a arrepentir. Cuando veas cómo me va de increíble en otro lado y cómo se te cae el negocio sin mí, vas a venir a rogarme de rodillas.
—Quizás —dijo Sara, recargándose en su silla—. Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos al río.
—¡Púdrete!
Marcela salió hecha una furia, azotando la puerta de cristal tan fuerte que los empleados de afuera brincaron en sus asientos. El eco del portazo resonó en todo el piso ejecutivo.
Pero el drama no terminó ahí.
A eso de las tres de la tarde, la recepción de la empresa se convirtió en un escenario de telenovela.
Doña Bety llegó. Y no llegó sola; traía la indignación de toda una matriarca mexicana ofendida.
Entró marchando al área de cubículos abiertos, con su bolso de marca (falso) colgado del brazo.
—¡Sara Castillo! —gritó a todo pulmón—. ¡Da la cara! ¡Sal de tu escondite!
Los empleados, programadores, contadores y agentes de ventas, levantaron la vista de sus monitores al unísono. El silencio fue sepulcral.
Doña Bety abrió la puerta de la oficina de Sara sin tocar.
—¡Bárbara! —Sara se puso de pie de inmediato—. No puedes entrar así. Estás en un lugar de trabajo.
—¿Lugar de trabajo? —Bety estaba roja del coraje—. ¡Tienes el descaro de correr a mi hija! ¡A tu familia!
—Ex familia, Bárbara. Y sí, tengo el descaro y la autoridad. Soy la Directora General.
—¿Autoridad? ¡Eres una mujer fría y sin corazón! —Bety manoteaba en el aire—. ¿Tienes idea de lo mucho que Marcela ha trabajado por este negocio? ¡Ella levantó esta empresa!
Sara caminó alrededor de su escritorio y cerró la puerta de su oficina para no dar más espectáculo, aunque sabía que las paredes de vidrio no ocultaban mucho.
—Bárbara, esto es un asunto de negocios. No se va a resolver con gritos ni con chantajes emocionales. Marcela violó políticas de la empresa. Punto.
—¿Políticas? ¡Tú lo que quieres es vernos en la calle! —Bety golpeó el escritorio con la palma de la mano—. ¡Desgraciada! Después de todo lo que hicimos por ti, de cómo te acogimos… ¡así nos pagas! Corres a la niña y te quedas con todo.
Sara la miró fijamente, sin parpadear.
—¿Me acogieron? Bety, yo pagué la hipoteca de tu casa los últimos tres años. Yo pagué la boda de Marcela que duró dos días. Yo pagué tus cirugías. No me “acogieron”, me exprimieron. Y se acabó.
Bety se quedó con la boca abierta, balbuceando. No esperaba que Sara le echara en cara el dinero. En su mente, ese dinero era su derecho divino por ser la suegra.
Al ver que sus gritos no surtían efecto, y que Sara no iba a soltar ni una lágrima ni un cheque, Bety resopló.
—Te vas a quedar sola, Sara. Sola y amargada con tu dinero. Dios te va a castigar.
—Que te vaya bien, Bárbara. Seguridad te acompañará a la salida.
Cuando Bety salió, arrastrando los pies pero con la nariz en alto, Sara se dejó caer en su silla. Le temblaban las manos, pero no de miedo, sino de adrenalina.
Esperó a que su ritmo cardíaco bajara y tomó el teléfono.
—Comunícame con el Gerente de Contabilidad. Ahora.
Minutos después, el contador entró, pálido por haber escuchado los gritos.
—Licenciada, ¿todo bien?
—Todo excelente —mintió Sara—. Quiero que inicies una auditoría completa de gastos. Vamos a blindar esto. Implementa un nivel extra de autorización para cualquier pago y marca con bandera roja cualquier transferencia a cuentas personales, viáticos no comprobados o “gastos varios”.
—Entendido. ¿Alguna sospecha?
—Solo quiero asegurarme de que, ahora que Marcela no está, no haya… fugas. Quiero tapar todos los agujeros por donde se pueda escapar un solo peso.
Sara sabía que la guerra apenas empezaba. Con Marcela fuera, tenía que asegurarse de que no hubiera dejado “bombas de tiempo” financieras.
CAPÍTULO 4: La Realidad Golpea Dos Veces
Al día siguiente, el chat de Slack de la empresa (“Radio Pasillo”, como le decían los empleados en secreto) estaba en llamas. Apareció un mensaje anónimo en un canal no oficial:
“Sobre el despido de MM. Se dice que fue venganza personal de la jefa porque se divorció del hermano. ¿Será que ahora nos van a correr a todos los que le caigamos mal? Qué miedo.”
Los rumores se esparcieron como pólvora. “¿Es Sara una tirana?”, se preguntaban en la cocineta.
Sara vio los mensajes. Sabía que Marcela todavía tenía amigos dentro que estaban sembrando cizaña. Pero no cayó en la trampa de dar explicaciones emocionales.
En lugar de eso, envió una directiva a Recursos Humanos.
—Quiero una revisión completa de los manuales de operación. Vamos a publicar un organigrama claro de deberes y autoridades para cada puesto. Que se distribuya a todos hoy mismo.
—¿Hoy? Es mucho trabajo, licenciada.
—Hoy. Quiero que quede perfectamente claro quién es responsable de qué. Transparencia total.
Esa tarde, todos los empleados recibieron el nuevo “Manual de Operatividad y Transparencia”. Detallaba, con precisión quirúrgica, cómo se debían gestionar los clientes, cómo se reportaban los gastos y cuáles eran las métricas de evaluación.
Las tareas de gestión de clientes que Marcela antes manejaba como “magia negra” o “contactos personales” ahora estaban desglosadas en procesos simples.
Los empleados leyeron el manual y empezaron a asentir.
—Ah, con razón cambió el sistema —comentó un vendedor joven—. Mira, aquí dice que centralizar los datos evita que perdamos historial si alguien se enferma. Tiene sentido.
—Sí, y la neta, cuando Marcela llevaba todo, nunca sabíamos qué estaba pasando con los pedidos. Todo era “pregúntale a Marcela”. Ahora está todo en el sistema.
Los rumores se apagaron solos. Sara no peleó con chismes; respondió con estructura. El orden mató al drama.
Mientras tanto, en una reunión familiar del lado de los Montes, Bety sostenía su propia corte.
—¿Saben lo que hizo esa mujer? —decía Bety, sirviendo café aguado—. Corre a mi niña por puro despecho. Está manejando esa empresa como si fuera Hitler.
—¿Qué pasó? —preguntó una tía lejana.
—Es venganza por el divorcio. No soporta que mi Daniel sea feliz.
Los parientes chasqueaban la lengua y hablaban mal de Sara. “Pobre Marcelita”, decían. Pero curiosamente, nadie le preguntó a Marcela por qué la habían despedido específicamente. Nadie preguntó por los números.
Unos días después, Marcela fue a la oficina a recoger sus cosas personales. Caminó por el pasillo con la cabeza alta, ignorando las miradas. Al pasar frente a la oficina de cristal de Sara, se detuvo y dijo lo suficientemente fuerte para que la escucharan:
—Me voy, pero te aviso: me llevo a más de la mitad de la cartera de clientes. No digas que no te lo advertí. ¡Se van conmigo porque confían en mí!
Salió del edificio sintiéndose victoriosa.
Sara la vio irse desde su ventana y suspiró.
Esa misma tarde, su teléfono sonó.
—Licenciada Castillo, habla Roberto, de “Alimentos Gourmet Apex”.
—Roberto, qué gusto. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. Oye, una molestia. Estoy tratando de confirmar la factura de este mes, pero le marco a Marcela y no me contesta. ¿Está de vacaciones?
—Marcela ya no labora con nosotros, Roberto. A partir de hoy, yo personalmente voy a supervisar tu cuenta para asegurar que todo fluya perfecto.
—¿Ah, sí? —Hubo una pausa, y luego un suspiro de alivio al otro lado de la línea—. Pues qué bueno que me dices. La verdad, licenciada, siempre preferimos tratar con usted. Marcela… bueno, a veces era un poco desorganizada y difícil. Nos daba largas. Qué bueno que ya estás tú al frente.
Sara colgó y revisó su registro de llamadas. Otros tres clientes grandes ya habían llamado al conmutador preguntando por ella, no por Marcela.
Sonrió con ironía.
Marcela creía que ella era la relación. Pero la realidad era que los clientes toleraban a Marcela porque confiaban en la empresa que Sara había construido. Marcela solo era la intermediaria, el “mal necesario”.
La amenaza de “me llevo a los clientes” era una pistola de agua.
Pero Sara tenía curiosidad por algo más.
¿Qué tan reales eran los reportes de “alto desempeño” de los que Marcela tanto presumía?
Ese sábado, Marcela estaba sentada con Bety en la sala, con una sonrisa de oreja a oreja.
—No te preocupes, mamá. Ya me llamaron de la competencia.
—¿En serio? ¿Quién? —Los ojos de Bety brillaron.
—”Provisiones Estrella”. El director de ventas vio mi currículum y me llamó de inmediato. El lunes empiezo. Y me van a pagar más.
—¡Esa es mi niña! —Bety aplaudió—. El talento se reconoce. Sara se va a dar de topes contra la pared.
—Obvio. Se van a hundir sin mí. Y voy a hacer que “Provisiones Estrella” aplaste a “Distribuidora del Valle”. Es mi venganza.
El lunes, Marcela llegó a su nuevo trabajo en “Provisiones Estrella”. Como era una “contratación estrella” con experiencia, su capacitación fue mínima.
Ella llegó armada con una memoria USB (que había sacado ilegalmente antes de irse) llena de archivos de su antigua empresa: reportes de ventas, plantillas de gestión, análisis de mercado.
—Aquí traigo material que desarrollé en mi puesto anterior —le dijo a su nuevo jefe, un tipo calvo y serio llamado Ingeniero Rivas—. Son metodologías mías.
—Muy preparada, Marcela. Nos gusta esa iniciativa —dijo Rivas—. Esperamos grandes cosas.
Marcela se infló como pavo real. “Les voy a enseñar cómo se hace”, pensó.
Al mismo tiempo, en “Distribuidora del Valle”, Sara estaba limpiando las carpetas compartidas que Marcela había dejado en el servidor.
Hizo clic en un archivo titulado “Reporte de Ventas Q2 2024”.
Miró las “Propiedades del Documento”.
Autor: Marcela Montes.
Última modificación por: Sara Castillo.
Tiempo total de edición de Sara: 14 horas.
Abrió otro. “Encuesta de Satisfacción de Clientes”.
Última modificación por: Sara Castillo. (Nota al margen: “Corregí toda la ortografía y reajusté las gráficas que estaban mal hechas”).
Abrió otro más. “Propuesta de Nuevo Sistema de Compras”.
Última modificación por: Sara Castillo.
El patrón era idéntico en todos. Marcela hacía un borrador mediocre, lleno de errores, datos copiados y pegados sin sentido. Y Sara, noche tras noche, entraba a los archivos, corregía los números, pulía el lenguaje, arreglaba las fórmulas de Excel y dejaba el documento impecable. Marcela presentaba el trabajo final y se llevaba el crédito, y Sara, por mantener la paz familiar y “apoyar a la cuñada”, nunca decía nada.
—Dios mío… —susurró Sara—. Ella de verdad se cree que es competente. No sabe que yo era su correctora de estilo, su contadora y su analista. Ella solo ponía el nombre.
Marcela había entrado a la guerra sin municiones. Creía que sus reportes eran su arma, pero no sabía que el arma la había fabricado Sara.
Mientras la bomba de tiempo laboral de Marcela empezaba a hacer tic-tac, la bomba financiera de Daniel ya había explotado.
Camila, la nueva y flamante esposa, estaba en una misión. Su misión se llamaba: “Recuperar el tiempo perdido”.
Desde la primera semana de casados, Camila arrasó con las boutiques de Masaryk.
—¡Son regalos de boda de mí para mí! —declaraba en cada tienda.
Se probaba zapatos de suela roja, bolsas italianas y vestidos de seda.
Daniel caminaba detrás de ella, cargando las bolsas como un botones glorificado. Al principio, se reía. “Es la emoción de la luna de miel”, pensaba. Quería demostrarle (y demostrarse a sí mismo) que él podía darle la vida que Sara, según él, le negaba por ser tan “coda”.
Pero el miércoles, Daniel revisó la app de su banco.
Se le bajó la presión.
—Mi amor… —dijo Daniel con voz temblorosa durante la cena—. Oye, has gastado casi 60,000 pesos solo esta semana en ropa. No podemos seguir este ritmo, ¿o sí?
Camila soltó el tenedor y lo miró con esos ojos grandes y maquillados que ahora parecían menos dulces y más depredadores.
—¿Qué? —dijo ella—. Casi no compré nada. ¿Es un problema? Apenas nos casamos y ¿ya me estás contando los centavos? Quiero que la gente vea que nos va bien. Quiero presumir nuestra nueva vida.
—Sí, pero… 60 mil en una semana… Es mucho.
—Daniel, me prometiste que ibas a cuidarme. ¿Acaso me mentiste? ¿O es que tu ex esposa te tiene tan traumado que no sabes disfrutar el dinero?
—No, no es eso… —Daniel se achicó. No quería pelear. No tan pronto.
El viernes, Doña Bety, aburrida y queriendo presumir a su nuera, llamó a Camila.
—¡Camilita, hija! ¿Por qué no vienes a comer el fin de semana? Hice mole poblano, el que le gusta a Daniel.
Camila, que estaba haciéndose las uñas, contestó con el altavoz.
—Ay, Bety, qué hueva. Mi agenda está full esta semana.
—¿Qué? —Bety parpadeó, incrédula—. ¿Cómo que “qué hueva”? Soy tu suegra.
—Pues sí, pero estoy ocupada. Tengo spa y luego voy a ver a mis amigas.
—Pero ya estás casada, mijita. Tienes que hacer tiempo para la familia de tu esposo.
—Ay, señora, no empiece con dramas de telenovela. Voy cuando tenga ganas, ¿va? Bye.
Y le colgó.
Bety se quedó mirando el teléfono fijo como si fuera un objeto extraterrestre.
Apenas una semana de casados y ¿ya le colgaba el teléfono? ¿A ella?
Sara nunca le había colgado. Sara iba todos los domingos, aunque estuviera cansada. Sara se comía el mole aunque no le gustaba el picante y siempre llevaba postre.
“Bueno… es que Camila es joven, es moderna”, se dijo Bety a sí misma, tratando de tragar el coraje. “Seguro está estresada por la boda”.
Pero una semilla de duda, fría y dura, acababa de plantarse en el estómago de la matriarca.
De vuelta en “Distribuidora del Valle”, el ambiente era… ligero.
—Oigan, qué paz se siente sin los gritos de Marcela, ¿no? —susurró la recepcionista.
—Sí, y con el nuevo manual ya sé exactamente qué tengo que hacer. Nadie me cambia las órdenes a última hora.
Sara observaba a su equipo trabajar desde su oficina. Veía sonrisas, veía eficiencia.
No había cambiado los sentimientos de la gente; había cambiado la estructura. Y al sacar la pieza tóxica (Marcela), la maquinaria había empezado a zumbar con una precisión hermosa.
Pero en “Provisiones Estrella”, Marcela estaba a punto de tomar su primera llamada con un cliente difícil. Y esta vez, Sara no estaría ahí para susurrarle las respuestas.
PARTE 3: Errores de Cálculo
CAPÍTULO 5: El Precio de la Incompetencia
Era viernes por la mañana en las oficinas de “Provisiones Estrella”. Marcela se sentía la reina del mundo. Tenía un escritorio nuevo, una silla ergonómica y, según ella, todo el conocimiento necesario para brillar.
Su teléfono sonó.
—Bueno, ¿quién habla? —contestó Marcela sin el protocolo de la empresa.
—Habla el Gerente de Compras de “Alimentos Tritón”. Necesito hablar con quien lleva mi cuenta ahora.
—Soy yo, Marcela Montes. Dígame.
—Mire, señorita Montes. Estoy revisando la factura de este mes y el precio unitario del aguacate hass está mal. Me lo están cobrando un peso más caro por kilo que lo acordado.
Marcela rodó los ojos y abrió el archivo de precios que tenía en su escritorio (el que se había robado de su antigua empresa).
—Permítame… No, fíjese que el precio es correcto. Aquí lo tengo en mi lista.
—¿Cómo que es correcto? —La voz del cliente se tensó—. El acuerdo que firmamos el mes pasado estipulaba un precio fijo por trimestre. ¿No leyó el contrato?
—Ay, señor, un peso no es nada. Seguro subió el mercado. Yo revisé y está bien.
—¿Que un peso no es nada? —El cliente alzó la voz—. Compramos cinco toneladas a la semana. ¡Haga la cuenta! ¿Así revisa usted las cosas? ¿Qué clase de operación de quinta tienen ahí?
El cliente colgó con un golpe seco.
Marcela se quedó mirando el auricular, ofendida.
—Qué tipo tan grosero —murmuró.
Su nuevo jefe, el Ingeniero Rivas, que pasaba por ahí, se detuvo.
—¿Qué pasó, Marcela? Te escuché discutir.
—Nada, jefe. Un cliente de “Alimentos Tritón” que dice que el precio está mal, pero yo sé que está bien. Es un exagerado.
—¿Tritón? —La cara de Rivas se puso blanca—. Ellos son de los clientes más meticulosos del mercado. Si dicen que hay un error, el 99% de las veces tienen razón. ¿Verificaste el contrato vigente o solo la lista de precios general?
Marcela parpadeó. ¿Contrato vigente? Ella solo miraba la lista de Excel.
Rivas corrió a su computadora, tecleó furiosamente y giró la pantalla hacia ella.
—Aquí está el anexo firmado. Precio congelado hasta diciembre. Les acabas de querer cobrar de más y encima le dijiste que “un peso no es nada”.
Marcela sintió un hueco en el estómago.
—Es que… en mi otra empresa no eran tan delicados.
—¡Deja de hablar de tu otra empresa! —Rivas golpeó la mesa—. Esto es un error básico. Arréglalo. Llama y discúlpate, o perdemos la cuenta.
Marcela intentó llamar, pero no le contestaron.
Lo que ella no sabía era que, en “Distribuidora del Valle”, cada vez que había un problema con Tritón, Sara intervenía personalmente.
“Hola, Roberto. Mil disculpas, hubo un error de dedo en el sistema. Ya te mandé la nota de crédito y un descuento extra para el siguiente pedido. Gracias por tu paciencia.”
Sara siempre era el escudo. Sara era el filtro. Marcela nunca supo cuántas balas había esquivado gracias a su ex cuñada. Ahora, sin el chaleco antibalas, el primer disparo le había dado de lleno.
Esa misma tarde, el desastre se duplicó.
Llegó un pedido urgente de una cadena de restaurantes para el día siguiente.
—Marcela, ¿puedes sacar esto hoy? —preguntó Rivas, ya con desconfianza.
—Claro, jefe. Pan comido.
Marcela abrió el sistema, ingresó los códigos de los productos a toda velocidad para irse temprano, y mandó la orden al almacén.
En su prisa, usó la lista de precios del mes anterior. No se dio cuenta de que la harina había subido un 15% esa semana debido a la inflación.
—Orden enviada —anunció triunfal.
Rivas revisó la confirmación en su pantalla y cerró los ojos con fuerza.
—Marcela… ¿cobraste la harina a precio viejo?
—Sí, al que estaba en el sistema… creo.
—La actualización de precios se mandó por correo el lunes. ¿No lees tus correos?
—Es que… he estado muy ocupada.
—Acabas de venderle al cliente por debajo del costo. Vamos a perder casi 40,000 pesos en esta sola operación porque ya se emitió la factura y no podemos retractarnos sin vernos como idiotas.
El silencio en la oficina fue sepulcral. Los compañeros de Marcela, que al principio la miraban con curiosidad, ahora la miraban con lástima y molestia.
—Lo siento —susurró Marcela, sintiendo que la cara le ardía—. Fue un error.
—Un error de novata —dijo Rivas con voz gélida—. Se supone que tienes 5 años de experiencia. Empiezo a dudar de qué hacías exactamente en tu otro trabajo.
Marcela se sentó, temblando. La humillación era física.
Mientras tanto, Sara estaba en su oficina, cerrando el mes.
Su teléfono sonó. Era Roberto, de Tritón.
—Sara, perdona que te moleste. Solo quería decirte que… bueno, intentamos trabajar con la nueva empresa de tu ex cuñada.
—Ah, ¿sí? —Sara mantuvo la voz neutra.
—Un desastre. Nos quiso cobrar de más y me trató como si yo fuera un estúpido. Solo quería decirte que regresamos el 100% de nuestras compras contigo. No vamos a arriesgarnos por allá.
—Gracias por la confianza, Roberto. Aquí te cuidamos.
Sara colgó.
—Jaque mate —susurró.
Le dio una orden al equipo de contabilidad: “Manden un recordatorio de la lista de precios actualizada a todos los clientes. Prevención ante todo”.
Ella sabía lo que estaba pasando. El mercado es un pañuelo. Las noticias de la incompetencia de Marcela estaban viajando más rápido que la luz. Y ella no tenía que hacer nada más que sentarse y esperar.
CAPÍTULO 6: La “Sponsorship” Matrimonial
El fin de semana llegó, y con él, la realidad doméstica de Daniel.
Estaba en la sala de su departamento (que, recordemos, rentaba a un precio exorbitante en Santa Fe), mirando el estado de cuenta de su tarjeta de crédito.
La cifra al final de la página lo hizo hiperventilar.
$158,000.00 MXN.
Ciento cincuenta y ocho mil pesos. En un mes.
—¡Camila! —gritó, con la voz quebrada.
Camila salió de la recámara, envuelta en una bata de seda, con una mascarilla facial puesta.
—¿Qué pasa, bebé? ¿Por qué gritas?
—¿Qué es esto? —Daniel agitó el papel—. ¿Ocho mil pesos en Sephora? ¿Doce mil en una cena? ¿Treinta mil en… qué es esto? ¿Un bolso?
—Ah, sí. Es que necesitaba cosas para la casa y para mí. Ya sabes, para verme bonita para ti.
—¿Ciento cincuenta mil pesos, Camila? ¡Nos vamos a ir a la quiebra! ¡Apenas ganamos eso entre los dos… bueno, lo que yo gano, porque tú no trabajas!
La cara de Camila cambió. La dulzura se evaporó.
—¿Y? Tú eres el hombre, ¿no? Tú eres el proveedor. Me dijiste que eras un empresario exitoso. ¿O me mentiste?
—Soy empresario, pero no soy el Banco de México. Sara nunca gastaba así. Con Sara ahorrábamos…
—¡No me compares con esa vieja! —gritó Camila, arrancándose la mascarilla—. ¡Ella era una tacaña aburrida! Yo soy joven, yo tengo clase. Si quieres una mujer trofeo, ¡el trofeo cuesta mantenimiento, mi rey!
—¿Trofeo? —Daniel se quedó mudo.
—Sí. ¿Creíste que me casé contigo por tu linda cara? Tienes 45 años y panza, Daniel. Yo tengo 25. Haz las matemáticas. Si quieres esto —se señaló a sí misma—, paga la factura y cállate.
Camila dio media vuelta y se encerró en el cuarto, dando un portazo.
Daniel se dejó caer en el sofá de diseño italiano (que también debía).
El eco de sus propias palabras le retumbó en la cabeza. “Con Sara ahorrábamos”.
Sara administraba. Sara invertía. Sara le decía “no” cuando él quería comprar estupideces, y él la llamaba “controladora”. Ahora entendía que no era control; era protección. Y ahora estaba a la intemperie.
El domingo, Bety llamó, furiosa porque nadie la había ido a ver.
—Daniel, es mi cumpleaños la próxima semana. Quiero que vengan tú y Camila a comer. Y quiero un buen regalo, eh.
—Mamá… no sé si podamos. Camila dice que tiene planes con su mamá.
—¿Otra vez con su madre? —Bety chilló—. ¡Esa niña se la pasa metida en casa de sus padres! ¿Y yo qué? Soy tu madre. ¡Exijo respeto!
—Hablaré con ella —mintió Daniel.
Colgó y miró el techo. Estaba atrapado. En el trabajo, las cosas iban “bien” (o eso creía, porque no sabía el desastre que Marcela estaba causando en la reputación de los Montes en general), pero en casa era un rehén. Un rehén con la tarjeta de crédito topada.
A mitad de semana, en “Provisiones Estrella”, se llevó a cabo la junta mensual de ventas.
Marcela se paró al frente para presentar su “Estrategia de Crecimiento”. Proyectó sus diapositivas.
Un gerente senior, un hombre con lentes gruesos sentado en primera fila, entrecerró los ojos.
—Marcela, esa plantilla… se me hace conocida.
—Ah, la diseñé yo —mintió Marcela con una sonrisa nerviosa.
—No, no la diseñaste. —El gerente se levantó y señaló la esquina inferior derecha de la proyección—. Ahí, en marca de agua muy tenue. Dice “Propiedad Confidencial – DV”. DV… Distribuidora del Valle.
Marcela se congeló. Había olvidado borrar el pie de página de las diapositivas que se había robado.
—¿Estás usando material robado de tu competencia? —preguntó el gerente, escandalizado—. Eso es ilegal. Nos puedes meter en una demanda por propiedad intelectual.
—No, no es robado… es que… yo lo hice allá, así que es mío.
—Si lo hiciste allá, es de ellos. ¿Sabes algo de leyes laborales? —intervino Rivas, su jefe—. Y aparte de eso… los números de tu proyección no cuadran. Estás prometiendo un crecimiento del 20% basado en clientes que ya nos rechazaron por tu mal servicio.
La sala se llenó de murmullos.
—¿De verdad es tan buena como decían?
—Me huele a fraude.
—Se trajo los vicios de su familia.
Marcela sintió que el suelo se abría. Quería gritar, quería culpar a Sara, quería decir que la estaban boicoteando. Pero no había nadie a quien culpar. Ahí estaba la proyección, con el logo de su ex empresa, burlándose de ella.
—Si vuelves a usar material que no es tuyo, te vas —sentenció Rivas—. Y más te vale recuperar la cuenta de Tritón, o tu periodo de prueba termina antes de tiempo.
Marcela salió de la junta temblando. Fue al baño y se encerró en un cubículo a llorar de rabia.
“Maldita Sara”, pensó. “Hasta en mis diapositivas me persigue”.
No se daba cuenta de que Sara no la perseguía; Sara simplemente había hecho el trabajo tan bien que la mediocridad de Marcela brillaba por contraste.
Esa noche, Sara estaba en su casa revisando estados de cuenta antiguos para su declaración anual de impuestos.
Algo le llamó la atención en los movimientos de 2022.
Transferencia a Bárbara Montes: $10,000. Concepto: Ayuda médica.
Transferencia a Bárbara Montes: $15,000. Concepto: Emergencia casa.
Transferencia a Bárbara Montes: $20,000. Concepto: Medicinas.
Sara frunció el ceño. Recordaba esas transferencias. Bety siempre lloraba diciendo que estaba muy enferma o que se le había roto la tubería.
Pero luego, cruzó esas fechas con el Facebook de Marcela (que todavía tenía acceso porque Marcela, en su arrogancia, no la había bloqueado).
Fecha de la transferencia de “Ayuda médica”: 15 de marzo.
Foto de Marcela el 16 de marzo: “¡Estrenando iPhone! #Regalito #MeLoMerezco”.
Fecha de la transferencia de “Emergencia casa”: 20 de julio.
Foto de Marcela el 21 de julio: “Fin de semana en Acapulco con las amigas. ¡Barra libre! 🍹🌊”.
Sara sintió una náusea repentina.
No era para medicinas. No era para la casa.
Bety le pedía dinero a Sara con mentiras de salud para financiar los caprichos de Marcela.
Sara había estado pagando los celulares, las borracheras y los viajes de su cuñada, todo canalizado a través de la “pobre viejita enferma” de su suegra.
—Me vieron la cara de estúpida durante años —dijo Sara en voz alta en la soledad de su sala.
La ira le subió por el cuello, caliente y roja. Pero luego, respiró.
Ese dinero ya se había ido. No lo iba a recuperar.
Pero la satisfacción de saber que el grifo estaba cerrado para siempre… eso no tenía precio.
Ahora, Bety no tenía a quién pedirle. Y Marcela no tenía quién le pagara la tarjeta. Y Daniel… Daniel estaba a punto de descubrir que su nueva esposa tenía el mismo apetito voraz que su hermana, pero con gustos mucho, mucho más caros.
El ciclo de parásitos se estaba comiendo a sí mismo.
—Buen provecho —brindó Sara al aire con su taza de té.
PARTE 4: La Cosecha
CAPÍTULO 7: El Despertar Tardío
Un mes después de la boda, Daniel estaba en la cocina, mirando su estado de cuenta bancario con la desesperación de un náufrago.
Había otro cargo.
$25,000 MXN – Agencia de Viajes “Mundo Total”.
—¿Camila? —llamó, sintiendo un dolor agudo en la sien.
Camila apareció comiéndose un yogurt, despreocupada.
—¿Qué pasó?
—¿Qué es este cargo de 25 mil pesos en la agencia de viajes? No tenemos vacaciones planeadas.
—Ah, eso. Le regalé un viaje a mi mamá a Cancún. Pobrecita, estaba muy estresada.
—¿Le regalaste un viaje a tu mamá… con mi tarjeta? —Daniel sintió que le faltaba el aire—. Camila, ¡no tengo dinero! ¡Estoy pagando la boda todavía!
—Ay, no seas llorón. Es mi mamá. Tú le dabas dinero a la tuya, ¿no?
—¡Pero eran 5 mil pesos al mes, no un viaje a Cancún de golpe!
—Pues qué codo eras con tu mamá. Yo a la mía la trato como reina. Además, es un préstamo, luego te lo pago… o no sé, trabaja más. Eres el hombre, resuelve.
Camila se dio la media vuelta y se fue.
Daniel se quedó ahí, paralizado.
En ese momento, su teléfono vibró. Era su madre, Bety.
—Daniel, ¿ya viste lo que publicó tu mujer?
—No, mamá, ¿qué?
—Está en Instagram diciendo que “un hombre que no puede mantener a su familia no es hombre”. ¡Es una indirecta para ti! ¡Qué vergüenza, Daniel! Mis amigas lo van a ver.
Daniel abrió la red social. Ahí estaba. Una selfie de Camila haciendo “pucheros”, con esa frase y el hashtag #MerezcoMas.
Daniel sintió que algo se rompía dentro de él. No fue su corazón; fue su paciencia y, por primera vez en años, su estupidez.
Se dio cuenta de que no tenía una esposa. Tenía una garrapata más joven y más bonita que la anterior, pero mucho más hambrienta.
Sara nunca lo exhibió. Sara nunca le exigió lujos absurdos. Sara construyó una empresa con él.
Camila solo estaba ahí para consumir lo que quedaba.
Esa noche, cuando Camila llegó con más bolsas de compras, Daniel la esperó sentado en la sala, con las luces apagadas.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Ay, qué miedo. ¿Qué quieres?
—Quiero el divorcio.
Camila soltó una carcajada.
—¿Estás loco? Llevamos un mes.
—No me importa. No puedo pagarte. No puedo mantenerte. Y no te soporto.
—Ah, bueno —Camila dejó de reír y su cara se transformó en una máscara de frialdad—. Si quieres divorcio, va. Pero te va a costar. Me vas a dar una pensión compensatoria por el “daño moral” de hacerme perder mi tiempo y mi juventud. Quiero 500 mil pesos o te demando y te hago un escándalo en redes que te va a destruir.
Daniel se hundió en el sofá.
Estaba atrapado. Sin Sara para salvarlo, sin dinero, y con una extorsionadora en casa.
Mientras tanto, en “Provisiones Estrella”, el destino de Marcela también llegaba a su fin.
Después del desastre de los precios y el robo de diapositivas, la tenían bajo la lupa.
El golpe final llegó un martes.
Marcela tenía que enviar una orden de compra masiva de lácteos perecederos. Estaba tan estresada y paranoica que, al llenar el formulario, confundió las celdas de “Cantidad” con “Código de Producto”.
En lugar de pedir 50 cajas, pidió 500.
El camión llegó al día siguiente. El almacén colapsó. No había dónde meter tanto producto. La mitad se echó a perder en el patio de maniobras bajo el sol.
Pérdida total: $200,000 pesos.
El Ingeniero Rivas la llamó a su oficina. No hubo gritos esta vez. Solo un silencio mortal.
—Estás despedida, Marcela.
—¡No fue mi culpa! —chilló ella—. ¡El sistema es confuso! ¡En mi otra empresa no era así!
—¡Lárgate! —Rivas golpeó la mesa—. ¡Vete antes de que te demande por negligencia! ¡Eres la persona más incompetente que he conocido en mi vida!
Marcela salió del edificio llorando, con su caja de cosas.
Se subió a su coche (que ya debía dos mensualidades) y golpeó el volante.
—¡Maldita Sara! ¡Todo esto es su culpa! ¡Ella me echó la sal!
No había autocrítica. No había “yo me equivoqué”. Solo odio hacia la mujer que, durante años, había cubierto sus espaldas.
CAPÍTULO 8: El Intento de Regreso y el Portazo Final
La familia Montes estaba en ruinas.
Daniel, en proceso de su segundo divorcio y endeudado hasta el cuello.
Marcela, desempleada y boletinada en el gremio como “tóxica e incompetente”.
Bety, avergonzada ante sus vecinas y sin su “cajero automático” (Sara).
La desesperación los llevó a cometer el último error: buscar a la fuente original.
Un martes por la tarde, la recepcionista de “Distribuidora del Valle” llamó a Sara.
—Licenciada, la señora Bárbara está aquí. Dice que es urgente.
Sara suspiró. Sabía que esto pasaría.
—Hazla pasar. Pero deja la puerta abierta.
Bety entró. Se veía más vieja, más cansada. Ya no traía esa arrogancia de antes.
—Sara… —empezó con voz temblorosa.
—Si vienes a pedir dinero, la respuesta es no.
—No, no es dinero… bueno, no solo eso. Sara, tienes que ayudarnos. La familia se está desmoronando.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo, Bárbara?
—¡Daniel se está divorciando otra vez! ¡Esa mujer, Camila, es una bruja! ¡Le quiere quitar todo! Y a mi pobre Marcelita la corrieron injustamente de su nuevo trabajo. Están desesperados.
Bety se acercó al escritorio, con lágrimas en los ojos (esta vez, quizás, reales).
—Sara, tú eres lista. Tú sabes arreglar cosas. Habla con Daniel, ayúdalos. A lo mejor… si tú y Daniel hablaran… podrían volver. Él te extraña, yo lo sé. Se equivocó, pero es hombre, los hombres se equivocan. Tú eres la mujer fuerte, tú puedes perdonar.
Sara la miró con una incredulidad que pronto se transformó en una calma absoluta.
—Bárbara, escúchame bien —dijo Sara, poniéndose de pie—. ¿Me estás pidiendo que rescate al hombre que me engañó y me dejó por una niña? ¿Me pides que recontrate a la mujer que me robaba y casi destruye mi reputación con los clientes?
—¡Es familia! —suplicó Bety—. ¡La sangre llama!
—No, Bárbara. Tú misma me lo dijiste una vez: “Hay que separar lo personal de lo profesional”.
Bety se quedó helada. Recordaba esa frase. Se la había dicho a Sara cuando Sara quería faltar al trabajo para cuidar a su propio padre enfermo hace años. Bety le había dicho que no descuidara el negocio.
—Estoy siguiendo tu consejo —continuó Sara—. Profesionalmente, ustedes son un riesgo. Y personalmente… personalmente ya no existen para mí.
—¡Eres una malagradecida! —Bety estalló, volviendo a su verdadera naturaleza—. ¡Después de todo lo que te dimos! ¡Te vas a podrir en tu dinero!
Sara presionó el botón del intercomunicador.
—Seguridad, por favor escolten a la señora a la salida. Y que no vuelva a entrar.
—¡No me puedes echar! —gritó Bety mientras dos guardias entraban amablemente pero con firmeza.
—Ya lo hice. Adiós, Bárbara.
Sara vio cómo se llevaban a su ex suegra. No sintió culpa. No sintió pena. Sintió una ligereza inmensa, como si se hubiera quitado una mochila de piedras de la espalda.
EPÍLOGO: La Vista desde la Cima
Seis meses después.
Daniel tuvo que vender su coche y pedir un préstamo bancario para pagarle a Camila y que firmara el divorcio. Ahora vivía de arrimado en casa de su mamá, durmiendo en su antigua habitación de adolescente.
Marcela seguía sin empleo. Nadie la contrataba porque las referencias de “Provisiones Estrella” y “Distribuidora del Valle” eran nefastas. Ahora vendía pasteles por Facebook, y se quejaba en sus estados de lo “injusta que es la vida”.
Bety ya no salía a chismear con las vecinas. Le daba vergüenza que le preguntaran por sus hijos.
Y Sara…
Sara estaba en su oficina, brindando con su equipo.
—¡Salud por el contrato con la cadena hotelera! —dijo, levantando una copa de sidra.
La empresa había crecido un 30% desde que sacó a la familia Montes. El ambiente era sano, productivo y feliz.
Sara miró por el ventanal hacia la Ciudad de México iluminada.
Se había comprado un departamento nuevo, solo para ella, decorado a su gusto, sin muebles heredados de la suegra ni trofeos de fútbol del esposo.
Tenía paz. Tenía éxito. Y lo más importante: tenía su dignidad intacta.
Sonrió, dio un sorbo a su copa y pensó:
—La mejor venganza no es destruir al otro. Es ser inmensamente feliz sin ellos.
FIN
TÍTULO: Crónicas del Desastre: El Infierno en la Casa de Mamá
CAPÍTULO 1: El Retorno del Hijo Pródigo (y Arruinado)
El olor a naftalina y humedad golpeó a Daniel en la cara en cuanto cruzó el umbral. No era un olor nuevo; era el olor de su infancia, el olor de la colonia Narvarte en un edificio viejo que Doña Bety se negaba a remodelar. Pero esta vez, el aroma no le trajo nostalgia, sino una náusea profunda y existencial.
Daniel arrastraba dos maletas. Una contenía su ropa de diseñador —la poca que Camila no había tijereteado o vendido— y la otra, documentos legales, demandas y estados de cuenta en números rojos.
—Pásale, mijo, pásale —dijo Bety, abriendo la puerta con esa mezcla de lástima y reproche que solo las madres mexicanas dominan a la perfección—. Tu cuarto está igualito a como lo dejaste.
Daniel entró a la habitación. “Igualito” era un eufemismo piadoso. El cuarto era un mausoleo a la adolescencia de un hombre de 45 años. Había un póster descolorido de la Selección Mexicana del 98, una repisa con trofeos de fútbol oxidados y esa cama individual, estrecha y dura, donde había soñado con ser millonario.
—Gracias, mamá —murmuró, dejando caer las maletas.
Se sentó en el borde de la cama y los resortes chirriaron, un sonido agudo que pareció burlarse de su situación. Hace un mes, dormía en un colchón King Size de memory foam importado, en un departamento con vista a Santa Fe. Hoy, dormía bajo el techo con goteras de su madre, debiéndole al banco hasta la risa.
La primera noche fue la peor. El silencio de la casa era opresivo. Daniel se quedó mirando el techo, repasando mentalmente la última conversación con el abogado de Camila.
“El acuerdo es claro, señor Montes. O paga los 250,000 pesos de compensación y liquidación de la sociedad conyugal express, o mi clienta publica los videos de sus discusiones en TikTok. Ella tiene una base de seguidores creciente. Usted decide: pobreza anónima o pobreza viral.”
Daniel había elegido la pobreza anónima. Vendió el Audi. Vendió los relojes. Pidió un préstamo personal con una tasa de interés criminal. Le dio el dinero a Camila, y ella, con la frialdad de una sicaria, firmó y se fue a Cancún con su madre.
Daniel se giró en la cama, buscando una posición cómoda que no existía.
—Maldita sea —susurró—. Maldita sea todo.
En su mente, la culpa no era suya. No era de su infidelidad, ni de su debilidad de carácter. En la retorcida narrativa que su cerebro construía para sobrevivir, la culpa seguía siendo de Sara.
“Si Sara no hubiera sido tan dura con la división de bienes… si Sara me hubiera perdonado… si Sara no hubiera blindado la empresa…”
Era más fácil odiar a su ex esposa exitosa que mirarse al espejo y ver a un fracasado de mediana edad.
CAPÍTULO 2: La Reina sin Trono
Dos semanas después de la llegada de Daniel, el timbre sonó.
Era Marcela.
Pero no la Marcela arrogante que llegaba en Uber Black a las fiestas familiares. Era una Marcela ojerosa, cargando cajas de cartón llenas de artículos de oficina robados (grapadoras, post-its, una cafetera) y su ropa personal.
—Me corrieron del departamento —dijo, sin saludar—. La rentera es una bruja. No quiso esperarme ni una semana con la renta.
Bety se llevó las manos a la boca.
—¡Ay, Dios mío! ¡Mis hijos! ¿Qué les están haciendo? ¡Es una conspiración!
Marcela entró, empujando a Daniel que estaba en el pasillo.
—Quítate, estorbas —le espetó ella.
—Oye, respétame, soy tu hermano mayor.
—Eres un arrimado, igual que yo. Cállate.
La convivencia se volvió un campo de batalla desde el primer desayuno.
La mesa del comedor, cubierta con un mantel de plástico floreado, se convirtió en el tribunal de las miserias.
Bety servía chilaquiles (ahora con salsa de tomate genérica y totopos rancios, porque el presupuesto no daba para más) y miraba a sus dos “retoños”.
—Bueno, y ¿qué vamos a hacer? —preguntó Bety, rompiendo el silencio incómodo—. La pensión de tu papá apenas alcanza para la luz y el gas. Ustedes tienen que aportar.
Marcela bufó, picando la tortilla con desgano.
—Yo estoy buscando, mamá. Pero está difícil.
—¿Difícil? —intervino Daniel—. Llevas un mes acostada viendo Netflix en tu celular.
—¡Cállate tú! —gritó Marcela, golpeando la mesa—. ¡Tú eres el que nos metió en esto! Si no hubieras engañado a Sara, seguiríamos viviendo bien. ¡Yo tendría mi puesto de gerente!
—¡Ah, ahora es mi culpa! —Daniel se puso rojo—. ¡Tú te robaste a los clientes! ¡Tú hiciste los pedidos mal! ¡Sara te corrió por inútil, no por mi culpa!
—¡Basta! —gritó Bety—. ¡No peleen! La culpa es de esa mujer. Ella planeó todo. Seguro le puso una trampa a Marcelita con los pedidos. Ella hackeó el sistema, estoy segura. Sara es muy lista para la maldad.
Los tres asintieron. Era la mentira reconfortante que necesitaban. Convertir a Sara en una villana de James Bond capaz de hackear sistemas y alterar precios a distancia era más fácil que admitir que Marcela no sabía usar Excel.
Esa tarde, Marcela tuvo una entrevista de trabajo. Se vistió con su mejor traje sastre (que ya le quedaba un poco apretado por la ansiedad de comer pan dulce) y salió decidida.
La entrevista era en una empresa de logística en la zona industrial de Vallejo. Lejos, fea y gris. Pero Marcela necesitaba dinero.
El entrevistador, un hombre joven de unos 30 años, revisó su currículum con el ceño fruncido.
—Veo que estuviste en Distribuidora del Valle y luego en Provisiones Estrella… Ambas son empresas grandes. ¿Por qué duraste tan poco en la segunda?
—Diferencias creativas —mintió Marcela con su mejor sonrisa falsa—. Mi visión estratégica era demasiado avanzada para su estructura arcaica.
El joven levantó una ceja.
—Ya veo. Marcela, voy a ser honesto contigo. Este gremio es muy pequeño. Mi cuñado trabaja en Provisiones Estrella.
Marcela sintió un frío en la espalda.
—¿Ah, sí?
—Sí. Me contó lo de los quesos. Las 500 cajas. Y lo de la lista de precios de 2023.
Marcela se puso pálida.
—Eso fue un malentendido. El sistema estaba…
—Y también hablé con alguien de RH de Distribuidora del Valle —interrumpió él—. Dicen que te liquidaron por conflicto de interés y manejo indebido de datos. Marcela, estás “quemada”. Nadie te va a contratar en un puesto de gerencia con esas referencias.
Marcela sintió que las lágrimas picaban sus ojos, pero su orgullo era más fuerte. Se levantó, indignada.
—¡Son puros chismes! ¡Me tienen envidia! ¡Ustedes se lo pierden!
Salió de la oficina dando un portazo, pero esta vez, el portazo no sonó a poder. Sonó a desesperación.
En el trayecto de regreso, en un microbús atestado de gente sudorosa, Marcela se dio cuenta de la verdad: su “carrera” había sido una ilusión sostenida únicamente por el nepotismo de Sara. Sin Sara, ella no era una gerente. Era desempleada.
CAPÍTULO 3: Emprendedores del Fracaso
Al verse acorralados, los hermanos Montes decidieron “emprender”.
La idea surgió de una noche de insomnio y desesperación financiera. Daniel había intentado vender seguros, pero su actitud depresiva espantaba a los clientes. Marcela no conseguía ni entrevistas.
—Pasteles —dijo Marcela—. Siempre me han dicho que mis brownies son ricos.
—Son de cajita, Marcela —dijo Daniel desde el sofá.
—¡Pero les pongo nuez! El punto es que la comida siempre vende. Vamos a poner un negocio de “Postres Gourmet” en Facebook e Instagram. Tú haces las entregas y yo horneo.
—¿Yo de repartidor? —Daniel se ofendió—. Fui copropietario de una empresa millonaria.
—¡Eras el esposo de la dueña, que es diferente! Y ahora eres un desempleado que le roba monedas a su mamá para cigarros. Así que vas a repartir.
Con un préstamo que Bety pidió a una agiotista del barrio (porque los bancos ya no les prestaban), compraron insumos: chocolate belga (o eso creían), moldes caros y empaques “aesthetic”.
Nació “Delicias Montes”.
El primer problema fue la producción. Marcela no estaba acostumbrada a trabajar de verdad. Hornear dos bandejas de brownies le parecía un trabajo esclavizante.
—Ay, qué calor hace en esta cocina —se quejaba, abanicándose—. Mamá, termina tú de batir, me duele la muñeca.
Bety, con su artritis, terminaba batiendo la mezcla mientras Marcela diseñaba el logo en Canva.
El segundo problema fue el precio.
—Vamos a vender la caja de 6 brownies en 400 pesos —decidió Marcela.
—¡Estás loca! —dijo Daniel—. En la pastelería de la esquina valen 150.
—Pero estos son gourmet, Daniel. Es para gente bien. No para la chusma de aquí.
Lanzaron la página. Invitaron a todos sus contactos.
La mayoría de sus antiguos amigos “fresas” los habían bloqueado o silenciado. Solo un par de tías lejanas y algún ex compañero de la prepa dieron like por lástima.
Recibieron su primer pedido: Una ex vecina de Polanco que quería apoyar.
—Daniel, tienes que llevarlo a Bosques de las Lomas.
—¿En qué? No tengo coche.
—En metro y luego caminas. O pide prestada la bicicleta del hijo de la vecina.
Daniel Montes, ex empresario que vestía trajes Hugo Boss, se subió a una bicicleta oxidada prestada, con una caja rosa amarrada en la parrilla trasera.
Pedaleó bajo el sol de mediodía, sudando, sintiendo cómo la dignidad se le escurría por los poros.
Al llegar a la caseta de seguridad de Bosques, el guardia lo detuvo.
—Entrada de proveedores por allá atrás, joven. Identificación.
—Vengo a ver a la señora Claudia… soy amigo suyo.
—Proveedor es proveedor. Pásale a la revisión.
Daniel tuvo que dejar su INE, esperar 20 minutos bajo el sol y luego entregar la caja a una empleada doméstica que ni siquiera lo miró a los ojos.
—Dice la señora que gracias, que ahí le deposita.
Daniel regresó a casa humillado, con las piernas temblando.
Pero el golpe final al emprendimiento llegó tres días después.
La señora Claudia publicó una reseña en Facebook.
“Quería apoyar el emprendimiento de unos conocidos, pero qué decepción. Los brownies llegaron derretidos, estaban secos y sabían a refrigerador viejo. Además, carísimos. 0/10, no recomiendo.”
Marcela leyó la reseña y gritó.
—¡Maldita vieja! ¡Seguro Sara le dijo que pusiera eso!
—Nadie le dijo nada, Marcela —dijo Daniel, tirado en el sillón, mirando el techo—. Simplemente somos malos en esto. Acéptalo. No servimos para nada.
Esa noche, no cenaron. Se comieron los brownies secos que sobraron, tragándose su propio fracaso con cada bocado amargo.
CAPÍTULO 4: La Guerra Civil
Al tercer mes, el dinero se acabó por completo.
La agiotista empezó a llamar a Bety amenazando con venir a cobrar “a la mala”.
La tensión en la casa era insoportable. Cualquier cosa detonaba una batalla campal.
Una mañana, el conflicto fue por un rollo de papel higiénico.
—¿Quién se acabó el papel? —gritó Marcela desde el baño.
—Pues tú, que te la pasas ahí metida llorando —respondió Daniel desde su cuarto.
—¡Mamá! ¡Dile a Daniel que compre papel!
—¡No tengo dinero! —gritó Daniel—. ¡Pídeselo a tu novio imaginario, el millonario que dices que vas a conseguir!
Bety estaba en la cocina, contando monedas para comprar medio kilo de huevo. Escuchar a sus hijos, ya cuarentones, pelear como niños de cinco años, le provocó un dolor agudo en el pecho. No era un infarto, era la angustia de la realidad.
Ella los había criado así. Ella les había dicho que eran especiales, que merecían todo, que los demás debían servirlos. Y ahora, el mundo les estaba cobrando la factura de esa crianza.
Bety entró a la sala y se sentó, derrotada.
—Hijos… tenemos que vender algo.
—¿Vender qué? —dijo Marcela, saliendo del baño—. Ya vendimos la tele grande. Ya vendimos las joyas de la abuela.
—Queda el coche de tu papá. El vochito viejo que está en el garaje.
—Esa chatarra no vale nada —desestimó Daniel.
—Nos pueden dar unos 15 mil pesos. Con eso pagamos a la agiotista y comemos un mes.
Vendieron el coche. El dinero duró tres semanas.
La decadencia física empezó a notarse. Daniel había engordado diez kilos por comer pura pasta y pan. Se había dejado la barba, pero no por estilo, sino por desidia; tenía canas y se veía diez años más viejo. Marcela, sin sus tintes de salón y sus cremas caras, lucía apagada, con la raíz del cabello negra contrastando con el rubio oxigenado de las puntas.
Una tarde, mientras veían la televisión (una pequeña pantalla vieja que Bety tenía en su cuarto), apareció un reportaje en el noticiero local de negocios.
“Empresas mexicanas que triunfan en el extranjero. Hoy hablamos con Sara Castillo, CEO de Distribuidora del Valle, que acaba de abrir operaciones en Texas…”
La imagen de Sara llenó la pantalla. Se veía espectacular. Llevaba un traje blanco impecable, el cabello corto y moderno, y una sonrisa que irradiaba seguridad.
—“La clave del éxito,” decía Sara en la entrevista, “es rodearse de gente competente y eliminar lo que no suma. A veces, hay que hacer podas drásticas para que el árbol crezca.”
En la sala de la casa Montes, el silencio era sepulcral.
La “poda drástica” eran ellos.
Bety empezó a llorar en silencio. Daniel apagó la tele.
—Mírala —susurró Marcela con veneno—. Se operó. Seguro se operó.
—No se operó, Marcela —dijo Daniel con una voz hueca—. Simplemente es feliz. Y nosotros somos miserables.
—¡Es una perra! —gritó Marcela, lanzando un cojín a la pantalla apagada—. ¡Nos robó nuestra vida!
—¡Ya cállate! —Daniel estalló, poniéndose de pie—. ¡Nadie nos robó nada! ¡Yo la engañé! ¡Tú eras una inútil en el trabajo! ¡Y tú, mamá…!
Daniel señaló a Bety con un dedo tembloroso.
—¡Tú nos hiciste así! “Mi Danielito se merece todo”, “Mi Marcelita es una princesa”. ¡Nunca nos dejaste esforzarnos! ¡Sara trabajaba 12 horas diarias mientras yo jugaba golf! ¡Tú me decías que eso estaba bien, que ella tenía que servirme!
—¡No le hables así a tu madre! —chilló Bety—. ¡Yo solo los amé!
—¡Nos inutilizaste! —Daniel se agarró la cabeza—. Somos unos parásitos, mamá. Eso somos. Y ahora que el huésped se libró de nosotros, nos estamos muriendo de hambre.
Marcela se tapó los oídos.
—¡No quiero oír! ¡Lalala! ¡Voy a conseguir un marido rico y me voy a largar de este chiquero!
—¿Quién te va a querer así, Marcela? —dijo Daniel cruelmente—. Mírate. Míranos. Damos asco.
Esa noche, la familia Montes no durmió. Cada uno en su rincón, masticando la verdad que Daniel había escupido. Era la primera vez que la verdad entraba en esa casa, y dolía más que el hambre.
CAPÍTULO 5: El Encuentro Final
Un mes después, ocurrió el encuentro que selló el destino psicológico de Daniel.
Tuvo que ir al centro a tratar de negociar una deuda vieja de una tarjeta departamental antes de que lo embargaran. Iba caminando por Reforma, con su traje viejo que ya le quedaba apretado y los zapatos sucios.
De repente, vio salir a Sara de un edificio corporativo de cristal.
Daniel se congeló. Su primer instinto fue esconderse detrás de un puesto de periódicos, pero sus pies no le respondieron.
Sara no iba sola. Iba acompañada de un grupo de empresarios y de un hombre. Un hombre alto, distinguido, que la tomaba del brazo con delicadeza, no con posesión. Sara reía. Era una risa que Daniel no había escuchado en los últimos cinco años de su matrimonio.
Ella caminaba con una seguridad magnética. La gente se apartaba a su paso.
Daniel sintió el impulso de gritarle. “¡Sara! ¡Soy yo! ¡Mírame!”
Quería que ella lo viera, que viera su sufrimiento, que sintiera lástima. Si tan solo sintiera lástima, tal vez le daría algo. Un cheque. Un trabajo. Una mirada.
Pero entonces, Sara giró la cabeza.
Sus ojos pasaron por donde estaba Daniel.
Él contuvo la respiración.
Pero la mirada de Sara no se detuvo. Pasó de largo, como si él fuera parte del mobiliario urbano, un poste de luz, un bote de basura.
No lo reconoció. O peor aún, lo reconoció y no le importó en lo absoluto.
Era invisible para ella.
Sara subió a una camioneta negra blindada. El hombre le abrió la puerta. La camioneta arrancó y se perdió en el tráfico de la ciudad.
Daniel se quedó parado en la banqueta, con el sol cayendo a plomo sobre su cabeza.
Sintió una lágrima correr por su mejilla, mezclándose con el sudor.
—Ya no existo —murmuró.
Regresó a casa arrastrando los pies.
Al entrar, encontró a Bety y a Marcela peleando por un recibo de luz vencido.
—¡Te dije que apagaras la luz del pasillo! —gritaba Bety.
—¡Ay, ya cállate vieja loca! —respondía Marcela.
Daniel pasó de largo, entró a su cuarto y cerró la puerta. Se acostó en la cama individual, mirando el póster de la Selección del 98.
Escuchó los gritos afuera. Eran el soundtrack de su nueva vida. Una vida circular, pequeña y gris.
Cerró los ojos y trató de recordar cómo se sentía ser importante, pero el recuerdo se le escapaba como agua entre los dedos.
Solo quedaba el olor a naftalina. Y la certeza de que el infierno no era fuego y azufre; el infierno era vivir con las consecuencias de tus propios actos, encerrado en el cuarto de tu adolescencia, para siempre.
EPÍLOGO PARALELO: Un Año Después
La casa de la colonia Narvarte sigue igual, quizás con la pintura un poco más descascarada.
Dentro, la rutina se ha solidificado como cemento.
Marcela consiguió trabajo como recepcionista en una clínica dental de mala muerte. Gana poco, odia a su jefe y llega a casa todos los días quejándose de que el mundo no reconoce su talento. Sigue soltera, amargada y gastando lo poco que gana en tintes baratos para mantener la ilusión de ser rubia.
Daniel trabaja de chofer de aplicación en un auto rentado. Pasa 12 horas al volante, escuchando las conversaciones de gente exitosa en el asiento trasero. A veces, cuando pasa por Polanco, mira hacia el balcón de su antiguo departamento. Ha aprendido a ser invisible. Ha aprendido a agachar la cabeza. Su deuda sigue ahí, comiéndoselo poco a poco.
Bety envejeció diez años en uno solo. Ya no tiene amigas. Su única actividad es ver telenovelas y criticar a los personajes. Cuando alguien le pregunta por Sara, ella finge demencia. “No sé de quién me hablas”, dice. Pero en las noches, cuando no puede dormir, revisa el perfil de Facebook de Sara desde una cuenta falsa, mirando las fotos de sus viajes a Europa, de sus premios, de su vida perfecta.
Y en ese silencio digital, Bety le da “like” a una foto por error, y luego, aterrorizada, lo quita rápidamente.
Es el único contacto que tendrán jamás con la luz que dejaron apagar por su propia estupidez.
La familia Montes sigue unida, como tanto quería Bety. Unidos en la miseria, unidos en el rencor, y unidos en el olvido.
FIN
