PARTE 1: LA CAÍDA
Capítulo 1: La Firma de la Traición
Los papeles de divorcio cayeron sobre la mesa de mármol con un sonido seco, definitivo. Antes de que el dolor de la traición pudiera siquiera registrarse en mi pecho, mi exesposo, Ethan, sacó su teléfono con una frialdad que me heló la sangre. Estaba completamente convencido de que mi padre estaba en la ruina, de que el imperio Prescott se había desmoronado.
Marcó el número de mi padre, enunciando cada palabra con una fuerza venenosa, asegurándose de que yo escuchara cada sílaba.
—Señor Prescott —dijo, con una sonrisa torcida—, necesita venir a recoger a su hija. Se ha vuelto una carga muerta. Si sigue aquí en una hora, no respondo por lo que pase.
No lloré en ese momento. Simplemente me quedé mirando el reloj de pared, contando los segundos en silencio. Ethan y su madre, Carolina, se servían copas de vino, celebrando mi desgracia, celebrando que finalmente se habían deshecho del “lastre”. Lo que ellos no sabían, mientras reían con esa arrogancia que da la ignorancia, era que no era yo quien estaba a punto de ser expulsada de ese penthouse en Polanco.
Sabía que la obra maestra que mi padre había estado tejiendo meticulosamente durante meses estaba a punto de llegar a su gran final. Treinta minutos. Eso era todo lo que faltaba para que sus vidas de parásitos se desmoronaran.
Capítulo 2: Un Castillo de Naipes en Polanco
Cinco años atrás, yo, Sofía Prescott, tuve la boda del año. Fue un evento fastuoso en una hacienda histórica, la envidia de toda la alta sociedad mexicana. Yo era la única hija de Ricardo Prescott, el CEO de Grupo Prescott, una de las desarrolladoras inmobiliarias más importantes del país. Ethan, por otro lado, era solo un director de ventas en una constructora mediana. A pesar del abismo entre nuestros estatus familiares, lo amaba con un corazón puro e ingenuo.
El día de nuestra boda, el regalo más grande que mis padres nos dieron fue este espléndido penthouse en el corazón de Polanco, con vista al Bosque de Chapultepec.
—Esto, hija mía —dijo mi padre entregándome las llaves—, es su base. Un hogar para que construyan su vida.
Las escrituras se pusieron a nombre de ambos, una confirmación tangible de la felicidad que estábamos destinados a compartir. Durante los siguientes años, mi vida fue un sueño. Ethan era el marido perfecto; ambicioso, romántico, atento. Mi suegra, Carolina, quien al principio me miraba con recelo pensando que una “niña rica” no sabría llevar una casa, comenzó a tratarme con calidez al ver cuánto apoyo recibía su hijo de mi poderosa familia.
Me consideraba la mujer más feliz del mundo. Pero la tormenta se avecinaba, una tormenta masiva diseñada para arrancar todas las falsas pretensiones.
Todo cambió hace unos meses, durante una cena familiar. Recibí una llamada de mi padre.
—Sofía, escúchame bien —su voz sonaba cansada, llena de una desesperación que jamás le había escuchado—. La empresa… Grupo Prescott está en quiebra. Lo perdí todo. Concurso mercantil.
—¿Papá? ¿Es una broma? —tartamudeé, sintiendo que el piso se abría.
—No es broma, cariño. Confié en la gente equivocada. Los bancos me están asfixiando. Lo siento, mi niña, ya no puedo hacer nada por ti.
El teléfono se deslizó de mi mano. Ethan y mi suegra me miraron, y cuando Ethan escuchó la noticia, vi cómo la máscara de amor se derretía instantáneamente, revelando una mueca de cálculo y horror. Esa noche, por primera vez, no hubo consuelo. Solo un silencio frío y una distancia que crecía como un cáncer entre nosotros.
PARTE 2: LA VENGANZA
CAPÍTULO 3: LA MÁSCARA SE ROMPE
La mañana siguiente a la llamada de mi padre, desperté con esa pesadez en el pecho que solo te da la certeza de que la pesadilla de la noche anterior no fue un sueño. Mis ojos estaban hinchados de tanto llorar. Me giré en la cama esperando encontrar el calor de Ethan, ese abrazo matutino que solía ser mi ancla, mi recordatorio de que, pasara lo que pasara, nos teníamos el uno al otro.
Pero el lado de su cama estaba vacío. Las sábanas, frías.
Me levanté arrastrando los pies, sintiendo cómo el lujoso mármol de nuestro penthouse en Polanco, que antes me parecía un símbolo de nuestro éxito compartido, ahora se sentía gélido, casi hostil. Bajé las escaleras hacia el comedor. El sol de la Ciudad de México entraba por los ventanales de piso a techo, iluminando el polvo que flotaba en el aire, pero la atmósfera en la casa era tan densa que casi costaba respirar.
Al entrar al desayunador, encontré a mi suegra, Carolina, sentada en la cabecera de la mesa. Normalmente, a esa hora, ella me recibía con un “Buenos días, querida” y una sonrisa ensayada, preguntándome sobre mis planes de caridad o mis compras. Hoy, ni siquiera levantó la vista de su tablet.
Ethan estaba sentado frente a ella, tomando su café negro en silencio. Su postura era rígida, los hombros tensos.
—Buenos días… —susurré, con la voz aún ronca.
Nadie respondió. El silencio se estiró, incómodo y violento. Me senté en mi lugar habitual y estiré la mano para tomar una tostada. Mis manos temblaban ligeramente. Apenas tenía hambre, mi estómago era un nudo de ansiedad por mi padre, por su empresa, por el futuro incierto. Solo logré dar un pequeño bocado al pan seco.
Fue ese sonido, el crujido del pan, lo que pareció detonar la bomba.
Carolina soltó un suspiro exagerado, dejó la tablet sobre la mesa con un golpe seco y me miró. Ya no había rastro de la mujer amable que adulaba mi apellido. Su rostro era una máscara de desdén puro.
—Vaya, vaya —dijo, curvando los labios en una mueca de asco—. Parece que a la princesita Prescott se le ha ido el apetito. ¿Qué pasa, Sofía? ¿El pan de caja no es lo suficientemente bueno para tu paladar refinado?
Me congelé, con la tostada a medio camino de la boca.
—¿Perdón? —pregunté, confundida. Carolina nunca me había hablado con ese tono.
—Lo que oíste —replicó ella, cruzándose de brazos—. Supongo que estás acostumbrada a desayunos de hotel cinco estrellas, con chefs privados y caviar. Ahora que tus papis están en la calle y no tienes a nadie en quien recostarte, supongo que la vida ha perdido su sabor, ¿no?
Sentí como si me hubiera abofeteado. Miré a Ethan, buscando su defensa, esperando que él saltara y le dijera a su madre que se detuviera, como siempre hacía cuando ella tenía algún comentario pasivo-agresivo.
—Ethan… —supliqué con la mirada—. ¿No vas a decir nada?
Ethan siguió mirando su taza de café, como si el líquido negro contuviera los secretos del universo. Murmuró algo entre dientes, casi inaudible:
—Mamá, ya…
—¿”Mamá ya” qué? —estalló Carolina, golpeando la mesa con la palma de la mano, haciendo tintinear la vajilla—. ¡No me calles, Ethan! Alguien tiene que decir las verdades en esta casa. Llevas cinco años soportando sus caprichos, sus aires de grandeza, todo porque era “la hija de Ricardo Prescott”. Y ahora mírala. Su padre es un viejo fracasado que lo perdió todo.
Se giró hacia mí, y sus ojos brillaban con una malicia que me heló la sangre.
—Déjame decirte algo, querida. Esta casa no es un hotel para mantener parásitos. Mi hijo se mata trabajando todo el día para sostener este estilo de vida, y ahora parece que va a tener que cargar con el peso muerto de tu familia también. Así que más te vale que te bajes de tu nube. Empieza a comportarte como la nuera de una familia normal y deja de gastar dinero en estupideces. Se acabaron las “niñas bien”.
Las lágrimas, calientes y humillantes, empezaron a rodar por mis mejillas.
—Yo… yo nunca he sido un parásito, Carolina. Esta casa fue un regalo de mi padre…
—¡Fue! —me interrumpió ella con un grito agudo—. ¡Fue un regalo! Ahora es un gasto. Y tu padre ya no es nadie.
Incapaz de soportar la tensión, Ethan se levantó de golpe. La silla rasgó el suelo con un chillido.
—Se me hace tarde para la oficina.
Tomó su maletín y caminó hacia la salida sin siquiera mirarme. No hubo beso de despedida. No hubo un “todo estará bien”. Simplemente huyó, dejándome sola en la jaula de los leones.
—Ethan, espera… —intenté seguirlo, pero escuché el portazo de la entrada principal antes de que pudiera levantarme.
Desde ese día, mi vida en el penthouse se transformó en un infierno doméstico. Dejé de ser Sofía, la esposa amada; me convertí en el objetivo de todas las frustraciones de Carolina.
—Sofía, el salón está asqueroso. No puedo ni verlo —me decía dos horas después, señalando el suelo inmaculado—. La chica de la limpieza no viene hoy. Ponte a limpiar. Y hazlo bien, no como esas inútiles que no saben agarrar una escoba.
—Sofía, mi ropa sigue en la lavadora desde la mañana. ¿Esperas que se seque sola? Muévete.
Pasé de ser la dueña de la casa a ser la servidumbre no remunerada. Limpiaba, cocinaba, lavaba. Y cada error, por mínimo que fuera, era motivo de un sermón sobre mi “inutilidad” y mi “educación consentida”. Lo hacía, no porque no tuviera dignidad, sino porque en mi mente ingenua, pensaba que si aguantaba lo suficiente, si demostraba que podía ser “útil” y humilde, la tormenta pasaría. Pensaba que Ethan volvería a ser el de antes.
Pero Ethan no volvía. Llegaba cada noche más tarde, con olor a alcohol y a cansancio, y se encerraba en su estudio.
Una semana después, la situación era insostenible. Decidí que tenía que hablar con él. Lo esperé en la sala, con las luces bajas, ensayando en mi mente lo que le diría. Cuando escuché la llave en la cerradura, mi corazón dio un vuelco.
Ethan entró, aflojándose la corbata con gesto de fastidio. Al verme ahí sentada, su expresión se endureció.
—Ethan, tenemos que hablar —dije, tratando de que mi voz sonara firme.
—Estoy muy cansado, Sofía. ¿No puede esperar a mañana? —respondió él, caminando hacia las escaleras.
—No, no puede esperar —me levanté y me interpuse en su camino—. Es sobre tu madre. No puedo seguir así, Ethan. Me trata como si fuera basura. Me insulta, me hace limpiar sus desastres… ¡Soy tu esposa, no la muchacha de servicio! Tienes que ponerle un límite.
Ethan soltó un suspiro largo y teatral, pasándose la mano por el cabello. Me miró con una mezcla de lástima y condescendencia que me dolió más que los gritos de su madre.
—Sofía, por favor… Conoces a mi mamá. Tiene un carácter fuerte, eso es todo. Probablemente solo está preocupada por mí, por nosotros. Sabe que la situación de tu papá es crítica y tiene miedo de que eso nos arrastre.
—¿Miedo? —repliqué, incrédula—. ¡Me dijo que soy un parásito! ¡Se burló de la quiebra de mi papá! Eso no es miedo, Ethan, es crueldad.
—¡Estás exagerando! —me gritó de repente, haciéndome retroceder—. ¡Siempre eres tan dramática! Mi madre solo intenta que seas más… práctica. Ahora que no tienes tus millones, te viene bien aprender a llevar una casa de verdad. ¿Es tan difícil darle por su lado? ¿Es tan difícil tener un poco de paciencia mientras yo me parto el lomo trabajando para mantenernos a flote?
—¿Tener paciencia? —mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez—. ¿Quieres que aguante que me humillen en mi propia casa?
—¡Basta! —rugió él—. ¡No quiero oír más quejas! Tengo suficientes problemas reales como para lidiar con tus peleas de gatas. Si no vas a ayudar, al menos no estorbes.
Subió las escaleras dejándome ahí, ahogada en un sollozo seco. Esa noche entendí que estaba sola. Completamente sola. Entre su madre y yo, él ya había elegido.
O eso creí. Porque unos días después, la táctica cambió. Y fue mucho más peligrosa que los gritos.
Era un martes por la noche. Después de una cena silenciosa donde Carolina criticó la sal de la sopa, Ethan me pidió que fuera a su estudio. Su comportamiento era extraño; ya no estaba furioso ni distante. Parecía… suave.
—Siéntate, Sofía —dijo, señalando el sillón de cuero frente a su escritorio.
Me senté con cautela. Él sirvió un vaso de agua y me lo puso enfrente. Luego, rodeó el escritorio y se sentó a mi lado, tomando mis manos entre las suyas. Sus manos estaban cálidas. Me miró a los ojos con esa intensidad que solía tener cuando éramos novios, esa mirada que me hacía sentir que yo era lo único que importaba en el mundo.
—Sé que ha sido un infierno para ti estos días —comenzó, su voz suave y aterciopelada—. Lo siento mucho, mi amor. Fui un estúpido al no consolarte. He estado tan estresado… tenía miedo de perderte, de perder lo que tenemos.
Sentí cómo mis defensas se desmoronaban. Estaba tan hambrienta de afecto, tan desesperada por una palabra amable, que me bebí sus disculpas como agua en el desierto.
—Oh, Ethan… —sollocé, dejándome caer en su hombro—. Te extrañé tanto. Pensé que ya no me querías.
—Jamás pienses eso —me acarició el cabello—. Escúchame. He estado pensando mucho. No puedo ver a tu padre así, arruinado. Sé cuánto lo amas y sé que él nos dio todo esto —hizo un gesto abarcando la habitación—. No podemos darle la espalda.
Me separé un poco para mirarlo. —¿De qué hablas?
—He estado reuniéndome con algunos socios y asesores financieros —mintió con una naturalidad espeluznante—. La deuda de tu padre es enorme, sí, pero si le inyectamos capital líquido ahora, puede reestructurar y salvar la empresa. Puede volver a levantarse.
—¿Pero cómo? —pregunté, con una chispa de esperanza encendiéndose en mi pecho—. Papá dijo que lo perdió todo. Nosotros no tenemos esa cantidad de dinero en efectivo.
Ethan sonrió, esa sonrisa tranquilizadora que yo tanto amaba.
—Nosotros no. Pero esta casa sí.
El aire se detuvo un segundo.
—¿La casa?
—Sí, mi amor. Este penthouse vale millones. Es nuestro mayor activo. He hablado con el banco y, debido a que la propiedad está libre de gravamen, podemos solicitar un préstamo hipotecario de liquidez inmediata. Un préstamo muy fuerte. Con ese dinero, tu padre puede pagar a los acreedores más agresivos y ganar tiempo.
Me quedé helada. Hipotecar la casa. El regalo de bodas. Nuestro refugio.
—Pero Ethan… es nuestro hogar. Si algo sale mal…
Él apretó mis manos con más fuerza, interrumpiendo mis dudas.
—Nada saldrá mal. Confía en mí. Yo me encargaré de los pagos. Tu padre es un genio, Sofía, solo tuvo mala suerte. En uno o dos años, él recuperará el dinero, pagaremos el préstamo y todo volverá a la normalidad. ¿No crees que vale la pena el riesgo por salvar a tu familia? ¿Por salvar el honor de tu apellido?
Sus palabras fueron dardos precisos directos a mi culpa y a mi lealtad filial. Me estaba ofreciendo la salvación, la oportunidad de no ser la “hija inútil”, sino la heroína que ayudó a su padre.
—Lo hago porque te amo, Sofía —susurró, mirándome con ojos de cordero—. Quiero quitarte esa carga de encima.
Yo, ciega de amor y desesperación, asentí.
—Tienes razón. Papá haría lo mismo por nosotros. ¿Qué tengo que hacer?
La cara de Ethan se iluminó. Se levantó rápidamente y fue a su escritorio. Sacó una carpeta gruesa, repleta de documentos con pestañas de colores y post-its amarillos señalando líneas de firma.
—Ya preparé todo. Como eres copropietaria, necesito tu firma en varios formularios. Solicitudes de crédito, avalúos, poderes notariales para que yo pueda gestionar los trámites en el banco sin que tengas que ir tú y enfrentarte a esa burocracia horrible.
Puso la pila de papeles frente a mí y me entregó su pluma Montblanc pesada y fría.
Empecé a leer la primera página. Letras chiquitas, términos legales complejos: gravamen, garantía hipotecaria, poder amplio y cumplido. Mi cabeza, nublada por días de llanto y estrés, apenas procesaba las oraciones.
—No te agobies leyendo todo eso, amor —dijo Ethan, con un tono de urgencia apenas disimulado—. Son formatos estándar del banco, pura paja legal. Lo importante es que firmemos ya. El valuador viene mañana temprano y necesitamos meter la solicitud antes del mediodía para que liberen los fondos esta misma semana. Tu papá no tiene tiempo que perder.
Tu papá. La mención de mi padre fue el empujón final.
—Está bien —dije, sintiéndome culpable por dudar de mi esposo salvador.
Tomé la pluma. Ethan pasaba las páginas con agilidad.
—Firma aquí… aquí… iniciales aquí… y una firma completa acá.
Firmé una, dos, diez veces. Mi firma, clara y elegante, quedaba plasmada en cada hoja. Confiaba en él. Le estaba entregando el control para salvarnos.
Llegamos a una página que parecía diferente. Tenía un encabezado en negritas, pero antes de que pudiera leerlo bien, Ethan puso su mano suavemente sobre el borde de la hoja, alisándola, distrayéndome.
—Esta es la más importante. Es la autorización final para el desembolso. Con esto, tu papá estará a salvo.
Miré sus ojos. Brillaban. Creí que brillaban de emoción por ayudar. No vi el brillo codicioso del depredador que ve caer a su presa en la trampa.
Bajé la pluma y firmé.
En realidad, no era una autorización de desembolso. Era un contrato de Cesión de Derechos de Propiedad a Título Gratuito y un acuerdo de separación de bienes post-nupcial.
En ese momento, con el trazo final de mi pluma, dejé de ser la dueña de mi casa. Me convertí en una indigente en mi propio hogar.
Ethan recogió los papeles con una rapidez asombrosa, casi arrebatándomelos. Revisó las firmas una última vez y soltó un suspiro de satisfacción profunda.
—Hecho —dijo, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Todo va a estar bien, Sofía. Te lo prometo. Ya no tendrás que preocuparte por nada.
Me abrazó, y yo le devolví el abrazo con fuerza, llorando de gratitud en su hombro. Sentí su corazón latir contra mi pecho.
Pensé que latía de amor.
En realidad, latía de adrenalina. Acababa de cometer el robo perfecto.
