“ESTO ES FALSO”: LA MESERA QUE DESAFIÓ A LA MAFIA EN CDMX Y SALVÓ 150 MILLONES DE DÓLARES CON UNA SOLA FRASE EN SICILIANO QUE NADIE ESPERABA

PARTE 1: LA CHICA INVISIBLE

Capítulo 1: Fantasmas en Polanco

Ella debía ser invisible. Ámbar Rodríguez, 23 años, genio de la historia del arte convertida en mesera, tenía una sola misión en “El Palazzo”: servir el vino, retirar los platos y desaparecer. Pero esta noche, en la suite privada más exclusiva del restaurante, Fabiano Pinto, el empresario más temido de la Ciudad de México —y quizás el hombre con los nexos más oscuros del país— estaba a punto de firmar un contrato de 150 millones de dólares para reclamar las propiedades ancestrales de su familia en Sicilia.

El documento parecía perfecto. Los expertos juraban por su vida que era auténtico. La tinta era correcta. La antigüedad del papel era correcta. El sello era correcto.

Excepto que no lo era.

Y Ámbar, parada en las sombras con una jarra de agua y una memoria fotográfica para la iconografía renacentista, tenía exactamente una oportunidad para hacer lo imposible: pronunciar seis palabras en siciliano que detendrían un fraude catastrófico, expondrían una conspiración mortal y revelarían que la mesera invisible en el rincón sabía más sobre su herencia que sus propios historiadores.

La lluvia de noviembre en la Ciudad de México era teatral, de esas que convierten a Reforma y Polanco en escenarios de película noir, donde las luces de los rascacielos se derriten en el asfalto mojado. En Masaryk, donde los Bentleys y las Suburbans blindadas esperaban en doble fila y los escoltas usaban guayaberas tácticas o trajes impecables, “El Palazzo” se alzaba como una fortaleza de cantera y poder del viejo mundo trasplantado al corazón de México.

Llamarlo restaurante era técnicamente correcto, pero espiritualmente insuficiente.

“El Palazzo” era donde los oligarcas cerraban tratos, donde senadores y líderes sindicales hacían acuerdos en lo oscurito, donde conversaciones que nunca aparecerían en el Diario Oficial de la Federación sucedían sobre botellas de vino de 10,000 pesos. No había código de vestimenta publicado porque si tenías que preguntar, no pertenecías ahí. Y moviéndose a través de este templo de poder cada noche, cargando charolas y vistiendo un uniforme que bien podría haber sido camuflaje urbano, estaba Ámbar Rodríguez.

A sus 23 años, Ámbar se había convertido en una experta en el arte de la anulación. Su cabello oscuro siempre estaba jalado hacia atrás tan fuerte que le latían las sienes. Su uniforme —camisa blanca abotonada hasta arriba, chaleco negro, pantalones de vestir negros— estaba siempre prístino. Su expresión era siempre agradable pero vacía. Se movía por el comedor como el agua, llenando huecos, anticipando necesidades, nunca llamando la atención.

Era invisible por necesidad, porque si alguien miraba demasiado de cerca, podría reconocerla. O al menos, reconocer la promesa de lo que fue.

Tres años atrás, Ámbar había sido la persona más joven en recibir la beca Wyeth en estudios del Renacimiento Italiano. Su tesis de licenciatura en la UNAM sobre técnicas de falsificación en documentos papales del siglo XVI había sido publicada en dos revistas académicas internacionales. Le habían ofrecido puestos de investigación en el Museo Soumaya, en el Met de Nueva York y en el Getty.

Entonces su madre enfermó.

Cáncer de páncreas, etapa 4. La Dra. Elena Rodríguez no creía en pronósticos de seis meses. Creía en tratamientos experimentales que costaban 80,000 pesos al mes y que, por supuesto, el seguro básico no cubría. Ámbar tomó una decisión.

Las becas académicas pagaban prestigio, pero el prestigio no paga quimioterapias en el Hospital ABC. Los meseros de la zona VIP de “El Palazzo”, con propinas de gente que gastaba dinero como si se fuera a acabar el mundo, ganaban eso en tres meses. Así que desapareció. Fantasmeó a sus asesores académicos, dejó de contestar correos de casas de subastas, guardó sus títulos en un cajón junto con sus sueños y se puso un delantal.

Eso fue hace tres años. Su madre seguía viva, terca y costusamente viva, y Ámbar seguía siendo invisible.

—Rodríguez —la voz del Sr. Benedetti, el gerente general del restaurante, sonaba como una lija fina—. Suite privada, tercer piso, 7:00 p.m. Fabiano Pinto no tolera errores.

El nombre provocó un escalofrío en la cocina. El sous-chef se persignó discretamente al escucharlo. Fabiano Pinto. No era solo dinero viejo; era poder real, denso y peligroso.

A las 6:45 p.m., Ámbar se presentó en el punto de control de seguridad del tercer piso. Un hombre construido como una pared de concreto la escaneó con un detector de metales, revisó su identificación y le hizo un gesto para que pasara sin decir una palabra.

La suite privada era impresionante. Techos artesonados, papel tapiz de seda, ventanales con vista al Bosque de Chapultepec y a las luces infinitas de la CDMX. Una sola mesa puesta para siete dominaba el espacio.

A las 7:00 p.m. en punto, Fabiano Pinto llegó.

Era más joven de lo que ella esperaba, a mediados de sus 30, con el tipo de presencia física que hacía que los trajes caros parecieran armaduras. Cabello oscuro, ojos oscuros, rasgos mediterráneos que pertenecían a una pintura de Caravaggio pero con la dureza de quien ha crecido en la jungla de asfalto mexicana. Se movía con la confianza de alguien a quien nunca se le ha dicho que no, o al menos, de alguien a quien nadie ha sobrevivido diciéndole que no.

Con él venía un séquito: un hombre mayor con cabello gris acero, una mujer en sus 40 cargando un maletín, y dos hombres más jóvenes que eran claramente seguridad a pesar de sus trajes a la medida. Ámbar sirvió agua, natural, no mineral, y se desvaneció en la esquina.

A las 7:15, llegaron los invitados. Richard Sterling, estadounidense, 50 años, traje caro, sonrisa de depredador. Con él estaba la Dra. Julia Santoro, una mujer italiana severa aferrando un portafolios de piel como si contuviera códigos de lanzamiento nuclear.

—Sr. Pinto —la voz de Sterling era whisky tibio y cálculo frío—. Esta noche será histórica.

El apretón de manos de Fabiano fue breve.
—Muéstrame.

Capítulo 2: El Error de los 150 Millones

La Dra. Santoro colocó su portafolios sobre la mesa con gravedad ceremonial. Dentro, anidado en espuma de archivo, había un documento que hizo que a Ámbar se le cortara la respiración.

Pergamino genuino, amarillento, cubierto de densa escritura a mano en italiano antiguo, un gran sello de cera en la parte inferior, carmesí y ornamentado.

—La Concesión Pinto de 1485 —anunció la Dra. Santoro—. Firmada por el Papa Inocencio VIII confirmando los derechos hereditarios de su familia a las propiedades del Castello di Monteverde en Sicilia. Autenticado por los Archivos Vaticanos, la Universidad de Bolonia y la Sociedad Histórica Siciliana.

Ámbar se suponía que debía estar arreglando los platos del pan. En cambio, cada célula de su cuerpo se puso en alerta máxima. Conocía ese sello papal. Había pasado seis meses estudiando las bulas de Inocencio VIII para su tesis. Podía dibujar ese sello de memoria.

Y algo en él estaba mal.

Sterling continuó suavemente:
—Con este documento, tiene usted la base legal para reclamar propiedades con un valor estimado de 300 millones de dólares. Todo lo que necesita es firmar el contrato y transferir el precio de compra. 150 millones. Una ganga por su legado.

El hombre mayor, Russo, se inclinó hacia adelante, estudiando el pergamino a través de lentes de lectura.
Sembra autentico. Parece auténtico.

Parecía auténtico porque era auténtico. El pergamino era vitela real del siglo XV. La tinta era ferrogálica de la época. Incluso la cera era cera de abejas genuina del siglo XV.

Pero el documento en sí era mentira.

Ámbar había estudiado obsesivamente las bulas papales de Inocencio VIII. Sus sellos usaban un formato específico: llaves cruzadas debajo de la tiara de tres niveles. La llave de oro siempre miraba hacia la diestra (derecha desde la perspectiva del espectador).

Este sello mostraba la llave de oro mirando hacia la siniestra (izquierda).

Era microscópico. El tipo de detalle que incluso los expertos podrían pasar por alto si estaban deslumbrados por la calidad del material. El tipo de error que ocurría cuando los falsificadores trabajaban a partir de fotografías sin entender las convenciones heráldicas. Alguien había tomado un documento en blanco genuino del siglo XV y había añadido texto fraudulento, luego lo había sellado con un sello técnicamente correcto para la época, pero simbólicamente incorrecto para un Papa.

Era brillante, casi perfecto. Una mentira de 150 millones de dólares.

Fabiano tomó una pluma fuente, pesada, de oro, del tipo que firma tratados o sentencias de muerte.

—Una vez que firme y transfiera los fondos —dijo Sterling, deslizando los papeles hacia adelante—, el documento es legalmente suyo.

La pluma flotó sobre el papel.

Ámbar tenía tres segundos para decidir quién iba a ser. La mesera invisible que mantenía la cabeza baja y pagaba el tratamiento de su madre. O la académica que no podía ver cómo ocurría un fraude maestro sin hablar.

La voz de su madre, débil por la quimio pero feroz, resonó en su mente: “La verdad importa, Ámbar. Cuando deja de importar, dejamos de ser humanos.”

La pluma tocó el papel.

Aspetta un momento.

Espera un momento.

Su voz fue apenas un susurro, pero en el silencio de esa habitación, fue un disparo.

Todos voltearon. Las manos de seguridad se movieron hacia el interior de sus sacos. La sonrisa de Sterling se congeló. La Dra. Santoro parecía confundida. Y Fabiano Pinto, muy lentamente, dejó la pluma y se giró para mirarla.

Su expresión era ilegible. Su voz fue suave, peligrosa.
Chi sei tu? ¿Quién eres tú?

El corazón de Ámbar martilleaba. Sus manos temblaban. Su vida entera estaba a punto de implosionar, pero el fraude en esa mesa no podía sostenerse. Dio un paso adelante, saliendo de las sombras, saliendo de la invisibilidad.

—Soy la mesera —dijo. Luego, cambiando al siciliano, el dialecto que su abuelo le había enseñado, el lenguaje de la verdad en esa habitación—: Stu documentu è fausu. Este documento es un fraude.

La habitación estalló. Sterling gritó. La Dra. Santoro jadeó. La seguridad se movió, pero Fabiano levantó una mano. Todos se congelaron. Él miró a Ámbar como si fuera un rompecabezas.

Spiega. Explica.

—El sello del Papa Inocencio VIII —dijo Ámbar, con la voz más firme ahora, aferrándose a los hechos—. La llave de oro debería mirar a la diestra, derecha desde la perspectiva del espectador. Protocolo heráldico estándar para las bulas papales del siglo XV. Su sello muestra que mira a la siniestra.

Dio otro paso, ignorando las miradas asesinas de Sterling.

—Es un sello real, probablemente correcto para la época, pero es diocesano, no papal. Alguien tomó un documento en blanco genuino, añadió texto fraudulento y lo selló con el sello equivocado. Es una falsificación de clase A.

Silencio cristalino. La tensión en la habitación era tan espesa que se podía masticar.

Entonces Fabiano sonrió. Una sonrisa afilada, peligrosa.
E come lo sai? ¿Y cómo sabes tú esto?

Ámbar tomó aire.
—Porque antes de empezar a servirle agua, pasé cuatro años estudiando falsificación papal en la UNAM y Columbia. Mi madre autenticaba manuscritos para el Vaticano antes de enfermarse. Ese sello está mal.

Fabiano se volvió hacia la Dra. Santoro.
—¿Tiene razón?

Las manos de la doctora temblaban mientras examinaba el documento con una lupa que sacó apresuradamente. Finalmente, apenas audible:
. La llave de oro… mira a la izquierda.

La temperatura en la habitación cayó diez grados bajo cero. Fabiano recogió el documento, lo estudió, y luego lo dejó suavemente. Se volvió de nuevo hacia Ámbar.

—¿Cuál es tu nombre?

—Ámbar Rodríguez.

Amuretta. Pequeño amor en siciliano.

Sentati. Siéntate.

No fue una petición. Ámbar se sentó.

Fabiano hizo un gesto a Russo.
—Llévalos al sótano. Averigua para quién trabajan.

En segundos, Sterling y Santoro desaparecieron, sus protestas desvaneciéndose mientras eran arrastrados fuera de la suite de lujo hacia la realidad brutal del mundo de Fabiano.

Fabiano sirvió vino, deslizó una copa hacia Ámbar.
—Acabas de ahorrarme 150 millones y probablemente mi vida.

Levantó su copa.
—Bebe.

Las manos de Ámbar temblaban, pero bebió. Era excepcional. Un Barolo que probablemente costaba más que su renta.

—Durante tres años —dijo Fabiano—, has sido invisible. Esta noche, entraste en la luz. ¿Por qué?

—Porque la verdad importaba más que la seguridad.

Algo parpadeó en sus ojos oscuros. Respeto.
—¿Qué quieres, Ámbar Rodríguez?

—Mi trabajo de vuelta. El tratamiento de mi madre es en dos semanas.

Basta. —Sacó su teléfono, escribió algo—. Ya no trabajas para Benedetti. Trabajas para mí. Autenticación, colecciones, encontrar mentiras.

Se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal, oliendo a colonia cara y peligro.
—Necesito a alguien que vea lo que otros pierden.

—No soy una criminal —susurró ella.

—Tampoco yo. Oficialmente. —Su sonrisa fue afilada—. ¿Cuánto paga?

Su abogado, que había permanecido en silencio, deslizó un papel. El número hizo que Ámbar se atragantara con el vino.

—Por semana —aclaró Fabiano—. Más cobertura médica completa. Cualquier tratamiento, cualquier médico, en cualquier lugar. Incluso en Suiza si es necesario.

Ámbar miró el número. Era la vida de su madre. Era el fin del miedo financiero.

—¿Cuál es el precio? —preguntó ella.

—Lealtad. Verdad, incluso cuando sea inconveniente. —Sus ojos sostuvieron los de ella—. ¿Puedes hacer eso?

Ámbar pensó en su madre. En las facturas. En tres años de invisibilidad. Pensó en la descarga de adrenalina cuando la verdad se encontró con el poder y el poder escuchó.

—Sí.

Fabiano extendió su mano.
Benvenuta nella famiglia, Amuretta. Bienvenida a la familia.

Afuera, la lluvia había parado. La Ciudad de México brillaba como un mar de joyas eléctricas, y Ámbar Rodríguez, invisible por tres años, era finalmente, terriblemente, gloriosamente vista.

Lo que ella no sabía era que al aceptar esa mano, no solo estaba salvando a su madre. Estaba entrando en una guerra donde los documentos antiguos eran armas y la traición tenía la cara de la familia.

Capítulo 3: El Códice de la Traición

Tres días después de que Ámbar Rodríguez dejara de ser invisible, se encontró en un penthouse que hacía que la suite de “El Palazzo” pareciera una estación del Metro Pantitlán en hora pico.

La oficina de Fabiano ocupaba el piso 42 de la Torre Virreyes, el icónico edificio en forma de “dorito” que desafiaba la gravedad sobre el Bosque de Chapultepec. Los ventanales ofrecían una vista de la Ciudad de México que parecía un render de arquitectura imposible: todo torres brillantes, tráfico lejano y la inmensidad del valle bajo un cielo gris acero.

Los muebles eran de ese tipo de modernismo de mediados de siglo que costaba más que la hipoteca promedio en la colonia Del Valle. Todo era crema, cromo y perfección fría. Excepto la sala de conferencias, que parecía el matrimonio entre un búnker y el Museo Nacional de Antropología.

Las paredes estaban revestidas con vitrinas climatizadas que exhibían artefactos que probablemente no deberían existir fuera de Italia: un boceto de Bellini, lo que parecía sospechosamente un estudio perdido de Tiziano, y un icono bizantino que Ámbar estaba bastante segura había sido listado como “desaparecido” por la Interpol desde 1943.

Ella no preguntó. Esa era la regla número uno de su nuevo empleo: No preguntes de dónde vienen las cosas.

La mesa misma era una losa de nogal negro rodeada de doce sillas de piel que gritaban “poder”. En la cabecera estaba Fabiano, vestido con un traje color carbón que lo hacía parecer recién salido de un retrato renacentista titulado Retrato del Poder Absoluto.

A su alrededor: Russo, el consigliere, que parecía el tío peligroso de todos; Elena, la abogada, con su tablet y una expresión de cálculo permanente; dos guardaespaldas cuyos nombres Ámbar desconocía (y sospechaba que era mejor no saber); y Marco, un traductor que hablaba seis idiomas y tenía la energía de un conejo asustado.

Y luego estaba Ámbar, sentada tres lugares a la izquierda de Fabiano, usando un vestido gris tórtola que Elena había conseguido en su talla exacta en menos de 18 horas. Intentaba con todas sus fuerzas parecer que pertenecía a una habitación donde el servicio de café probablemente costaba más que los medicamentos mensuales de su madre.

“¿Quién compra castillos en martes?”, pensó, observando a Fabiano revisar documentos con la intensidad de un cirujano. “¿Y por qué se ve como si fuera a negociar un tratado de paz en lugar de cometer lo que técnicamente son varios delitos federales?”

—Llegan tarde —gruñó Russo, revisando un reloj que parecía lo suficientemente vintage como para ser históricamente significativo.

—Están haciendo una entrada —respondió Fabiano sin levantar la vista de sus papeles. Su voz era tranquila, casi aburrida—. Sterling cree que el teatro es lo mismo que la credibilidad.

Sterling. El nombre hizo que el estómago de Ámbar se apretara. Richard Sterling, el intermediario que había intentado venderle a Fabiano la bula papal falsa. Fabiano lo había dejado ir después de 12 horas de “conversación” en lo que Russo llamaba eufemísticamente la “sala de entrevistas del sótano”. Al parecer, Sterling había proporcionado información extremadamente detallada sobre sus proveedores a cambio de conservar todos sus dedos.

Ahora, inexplicablemente, Sterling estaba de regreso. Con un nuevo trato. Un trato mejor. Una “oportunidad de 200 millones de dólares que cambiará todo”, según el correo electrónico sin aliento que Elena le había mostrado a Ámbar esa mañana.

“Engáñame una vez, culpa tuya. Engáñame dos veces, y aparentemente soy Fabiano Pinto”, pensó Ámbar. Inmediatamente se sintió culpable. Le pagaban una cantidad obscena de dinero específicamente para asegurarse de que no lo engañaran dos veces.

A las 2:00 p.m. en punto, el elevador privado sonó. Los guardaespaldas se tensaron. Fabiano ni siquiera parpadeó.

Richard Sterling entró como si estuviera llegando a su propia coronación. Todo colonia cara y dientes blanqueados. Con él venía un nuevo experto, no la Dra. Santoro —quien Ámbar sospechaba había sido “fuertemente alentada” a retirarse del negocio de la autenticación—. Este era el Profesor Edmund Ashford. Setenta y tantos años, credenciales de Oxford, el tipo de gravedad académica que venía con tres décadas de libros publicados y un título honorífico de la Reina.

Detrás de ellos, un asistente rodaba una caja de seguridad del tamaño de un ataúd pequeño.

—Sr. Pinto —ronroneó Sterling, extendiendo la mano.

Fabiano la estrechó con exactamente la cantidad de presión requerida para transmitir civilidad sin calidez.
—Gracias por esta segunda oportunidad. Le aseguro que, después de nuestro… malentendido, he sido extraordinariamente cuidadoso.

—Muéstrame —dijo Fabiano.

El Profesor Ashford se aclaró la garganta con la autoridad de alguien que ha pasado su vida dando conferencias a gente obligada a escuchar.
—Sr. Pinto, lo que estoy a punto de presentar representa quizás el documento histórico más significativo relacionado con su familia que ha surgido en un siglo.

“Ah, bien”, pensó Ámbar. “Empezamos con hipérboles. Siempre es una gran señal”.

Con precisión teatral, Ashford desbloqueó la caja. Dentro, acolchado en terciopelo burdeos, yacía un manuscrito que hizo que a Ámbar se le cortara la respiración a pesar de su cinismo.

Era un códice encuadernado, tal vez 30 páginas. La vitela amarilleada al color de la crema vieja, la encuadernación de cuero agrietado que había visto siglos. La cubierta llevaba un sello repujado: un león coronado sosteniendo una espada, rodeado de texto en elaborada escritura gótica.

—El Códice Pinto —anunció Ashford—. Compilado en 1478 por el notario siciliano Giovanni da Messina. Documenta tres generaciones de concesiones de tierras, alianzas matrimoniales y dispensas papales otorgadas a la familia Pinto. Esto no es simplemente una escritura. Es un registro genealógico y legal que establece su reclamo legítimo al Ducado de Altavilla, incluyendo la fortaleza de Castello y aproximadamente 40,000 acres de territorio siciliano.

Ámbar estaba rellenando los vasos de agua, moviéndose con la invisibilidad practicada que había perfeccionado durante tres años, pero sus ojos estaban clavados en el manuscrito.

Era hermoso. La caligrafía era exquisita, trabajo real del siglo XV. Podía notarlo por el ritmo de la escritura, la forma en que ciertas letras se conectaban. La vitela era genuina, envejecida adecuadamente con la textura sutil que solo los siglos podían crear.

Pero algo estaba mal.

—La procedencia —interrumpió Sterling suavemente— es impecable. Recuperado de la biblioteca privada del Marqués de Palermo, cuya familia sirvió como custodios de los registros nobles sicilianos durante cuatro siglos. El Profesor Ashford ha pasado ocho meses en la autenticación.

Ashford asintió con la gravedad de Moisés presentando las tablas.
—La datación por carbono sitúa la vitela entre 1465 y 1485. La tinta es un compuesto ferrogálico apropiado para el período. La técnica de encuadernación coincide con las prácticas documentadas de encuadernación siciliana del siglo XV. Tengo análisis molecular, datos espectroscópicos y estudios paleográficos comparativos.

“¿Quién necesita un castillo con tanta urgencia?”, se preguntó Ámbar, viendo la cara de Fabiano permanecer perfectamente compuesta mientras Sterling citaba un precio que tenía ocho cifras. “Espera, ¿40,000 acres en Sicilia? Eso no es un castillo. Eso es un pequeño país con muy buena pasta”.

Russo estaba examinando el códice ahora, pasando las páginas con manos enguantadas de blanco. Su expresión mostraba una admiración a regañadientes.
—La escritura es estilo cortesano siciliano, late quattrocento.

—Precisamente —sonrió Ashford—. Note el distintivo…

La mano de Ámbar se congeló a mitad del vertido.

La inscripción en el sello. El texto que rodeaba al león coronado. Lo había estado leyendo subconscientemente mientras trataba de parecer que no prestaba atención.

SIGILLVM FAMILIAE DE PINTO DVCE ALTAVILLA

Era latín. Latín limpio, formal, de libro de texto.

Y estaba completamente mal.

En la Sicilia del siglo XV, especialmente en sellos oficiales y documentos relacionados con familias nobles, el idioma no era latín puro. Era una estructura híbrida con inserciones vernáculas sicilianas, reflejando la mezcla cultural única de influencias normandas, árabes e italianas que definían a la nobleza de la isla. Un sello real de 1478 habría incluido marcadores lingüísticos sicilianos. Habría usado DI en lugar de DE, habría incorporado convenciones de ortografía locales.

Este sello estaba escrito en el tipo de latín que un falsificador usaría si lo hubiera aprendido en Oxford en lugar de estudiando documentos sicilianos reales en archivos polvorientos.

Era una cosa diminuta, microscópica. El tipo de detalle que alguien como el Profesor Ashford, con todas sus credenciales, podría pasar por alto si hubiera pasado su carrera estudiando documentos ingleses e italianos peninsulares, pero no específicamente sicilianos.

El corazón de Ámbar comenzó a martillear. Su mano tembló ligeramente al dejar la jarra de agua.

“No digas nada”, gritó la parte racional de su cerebro. “Llevas tres días empleada. Sterling ya sospecha de ti después del incidente de la bula papal. Si te equivocas, pareces una idiota. Si tienes razón, vas a humillar a un profesor de Oxford y volar un trato de 200 millones de dólares”.

Fabiano estaba alcanzando su pluma. Sterling estaba deslizando el contrato hacia adelante, su sonrisa haciéndose más amplia.

“El sello está mal”, insistió su experiencia. “El latín es demasiado formal. Es una falsificación”.

Pero ella estaba a tres días en un trabajo que pagaba los tratamientos de su madre. Tres días de no ser invisible. Tres días de tener un propósito más allá de sobrevivir.

“Si te equivocas, pierdes todo”.

Fabiano destapó la pluma. El sonido pareció imposiblemente fuerte.

“Si tienes razón y te quedas callada, no eres la académica que tu madre crio. Eres solo otra persona que dejó sobrevivir una mentira porque la verdad era inconveniente”.

La pluma tocó el papel.

La boca de Ámbar se abrió y la habitación contuvo el aliento, esperando que la chica invisible hablara.

Non è vero. È falso.

No es verdad. Es falso.

Las palabras salieron de la boca de Ámbar antes de que su cerebro pudiera detenerlas. Cinco palabras en italiano que detonaron en la sala de conferencias como una granada aturdidora.

El tiempo no se ralentizó. Se detuvo.

La sonrisa de Sterling se congeló a mitad de la expansión. La mano del Profesor Ashford, alcanzando para señalar algún detalle en el manuscrito, quedó suspendida en el aire. Los ojos de Russo se clavaron en Ámbar con la intensidad de un francotirador adquiriendo un objetivo. Las manos de los guardaespaldas se movieron hacia sus sacos en un movimiento sincronizado que habría sido hermoso si no fuera aterrador.

Y Fabiano… Fabiano simplemente se detuvo. La pluma, a milímetros del papel, se mantuvo perfectamente quieta. No se dio la vuelta, no se movió.

El silencio fue tan completo que Ámbar podía escuchar su propio latido tronando en sus oídos. Podía escuchar el leve zumbido del sistema de aire acondicionado. Podía escuchar la respiración de Sterling detenerse como un hombre que acaba de ver una granada rodar bajo su silla.

“Oh Dios”, pensó Ámbar, su cuerpo entero inundándose de adrenalina helada. “¿Qué acabo de hacer?”

Entonces Fabiano habló. Su voz era suave. El tipo de suavidad que hacía que hombres adultos confesaran crímenes que no cometieron.

Chi ha parlato? ¿Quién habló?

Nadie se movió. Nadie respiró. Las piernas de Ámbar se habían convertido en agua. Sus manos temblaban tanto que tuvo que agarrar la jarra de agua para no dejarla caer. Cada instinto le gritaba que se quedara callada, que dejara que alguien más tomara la culpa, que desapareciera de nuevo en la invisibilidad donde era seguro.

Pero ella ya había saltado. Más valía disfrutar la caída.

—Yo —dijo, su voz vergonzosamente inestable—. Señor.

Fabiano giró en su silla lentamente. Deliberadamente. Con la precisión mecánica de una torreta de cañón rastreando un objetivo. Sus ojos encontraron los de ella a través de la mesa y Ámbar sintió como si estuviera siendo examinada bajo un microscopio, o posiblemente a través de una mira telescópica.

—Repite.

—Dije… —Ámbar tragó saliva, su garganta repentinamente seca como el desierto—. Dije que no es verdad. Es falso.

La habitación explotó.

—¡Esto es indignante, Sr. Pinto! —Sterling se lanzó hacia adelante, su barniz pulido agrietándose como pintura barata—. ¡Esta chica es claramente…!

Silenzio.

La voz de Fabiano cortó el ruido como una hoja a través de la seda. Todos se callaron al instante. Sus ojos nunca dejaron la cara de Ámbar.

Spiega. Explica.

El cerebro de Ámbar le gritaba en varios idiomas, ninguno de ellos útil. Estaba a punto de salvarle a Fabiano 200 millones o hacerse matar de una manera creativa y probablemente irrastreable.

—Lo siento —dijo, apuntando a lo profesional y aterrizando en algún lugar cerca del pánico—. Mala costumbre. Tengo esta necesidad compulsiva de corregir la gramática de la gente. Me dicen que soy insoportable en las fiestas.

La expresión de Fabiano no cambió, pero algo parpadeó en sus ojos. Posiblemente diversión, posiblemente el preludio al asesinato. Difícil de decir.

—El sello —continuó Ámbar, gesticulando con la jarra de agua porque aparentemente su cuerpo había decidido que la utilería haría esto menos demente—. La inscripción alrededor del león, está en latín.

El Profesor Ashford se irguió con la dignidad ofendida de la academia bajo ataque.
—Por supuesto que está en latín. Todos los sellos nobles del período…

—Estaban escritos en un híbrido siciliano-latino —interrumpió Ámbar, lo cual fue valiente o suicida—. No latín formal. Sicilia en el siglo XV era un crisol cultural. Influencias normandas, árabes, italianas. Los documentos oficiales, especialmente los sellos nobles, reflejaban eso. Usaban inserciones vernáculas.

Señaló el códice, olvidando por un momento que señalaba a un objeto de 200 millones de dólares.

—Su sello dice DE Pinto. Construcción latina formal. Un sello real siciliano de 1478 diría DI Pinto, con convenciones de ortografía sicilianas. Este latín es demasiado limpio, demasiado de libro de texto. Es lo que alguien escribiría si aprendiera latín en una universidad inglesa, no estudiando documentos sicilianos reales.

Dejó la jarra de agua porque sus manos temblaban demasiado.

—La vitela puede ser real. La tinta puede ser precisa para el período. Pero el lenguaje está mal. Es una falsificación usando materiales auténticos.

El silencio que siguió podría haber roto diamantes.

Sterling encontró su voz primero.
—Esto es absurdo. El Profesor Ashford es uno de los principales expertos mundiales…

—Leí sus publicaciones, profesor —dijo Ámbar, su terror transmutándose en algo peligrosamente cercano a la confianza—. Son brillantes. De verdad. Su trabajo sobre documentos de la era Tudor es innovador. Pero, ¿cuántos sellos nobles sicilianos ha autenticado?

La cara de Ashford pasó de rosa a carmesí.
—He examinado docenas de documentos italianos de Florencia, Venecia, Roma…

—No sicilianos —Ámbar se volvió hacia Fabiano, quien observaba este intercambio con la intensidad de un depredador decidiendo qué presa valía la pena—. Sicilia no es Italia. No en el siglo XV. Diferentes patrones lingüísticos, diferentes influencias culturales. Un falsificador trabajando desde plantillas italianas no sabría eso. Usarían latín formal porque eso es lo que usaban los nobles italianos.

Russo había recogido el códice, examinando el sello con nuevos ojos. Sacó un teléfono, escribió algo, esperó. Su expresión se oscureció.

Capo —dijo en voz baja—. Podría tener razón.

La máscara de Sterling finalmente resbaló por completo.
—¡Esto es ridículo! ¿Vas a confiar en una mesera sobre uno de los mejores de Oxford?

—Ex mesera —corrigió Ámbar—. Actual… lo que sea que soy ahora. Pedante gramatical profesional.

Los labios de Fabiano se crisparon. No fue una sonrisa, pero estuvo cerca. Luego se volvió hacia el Profesor Ashford con una expresión que hizo caer la temperatura diez grados.

—Profesor, ¿verificó personalmente los patrones lingüísticos de la inscripción del sello contra documentos sicilianos autenticados del siglo XV?

Ashford abrió la boca, la cerró.
—El… el sello coincidía con los patrones estilísticos generales…

—Esa no es lo que pregunté.

Los hombros del profesor se hundieron.
—No. No lo comparé específicamente con patrones lingüísticos sicilianos.

Fabiano dejó su pluma con la finalidad de un mazo de juez.
—Entonces tenemos un problema.

Sterling hizo una última jugada desesperada.
—Sr. Pinto, seguramente no va a permitir…

—Fuera.

La voz de Fabiano fue ártica.

—Toma tu códice, toma a tu experto y sal de mi edificio antes de que decida que el intento de fraude merece una respuesta más permanente que la vergüenza.

Sterling y Ashford se apresuraron a guardar el caso con la energía desesperada de hombres que acaban de recibir un indulto inesperado de ejecución. Los guardaespaldas los escoltaron al elevador.

Las puertas se cerraron. La suite quedó devastadoramente silenciosa.

Ámbar se dio cuenta de que seguía de pie, sosteniéndose por pura fuerza de voluntad.

Fabiano giró su silla para mirarla completamente.
—Entonces —dijo conversacionalmente—. Acabas de costarme un trato de 200 millones.

—Acabo de salvarte de un fraude de 200 millones —corrigió Ámbar.

—Interrumpiste una negociación.

—Corregí un error gramatical.

—Humillaste a un profesor de Oxford.

—Él se humilló a sí mismo por no hacer su tarea.

Fabiano se puso de pie y los instintos de supervivencia de Ámbar finalmente despertaron y comenzaron a gritar. Caminó hacia ella con la gracia casual de alguien que nunca ha tenido que apresurarse. Se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca como para que ella tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás.

Amuretta —dijo suavemente—. ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?

—¿Demostrar valor como empleada? —ofreció ella débilmente—. ¿Posiblemente firmar mi propia sentencia de muerte?

Él sonrió entonces. Realmente sonrió.
—Acabas de probar que todos en esta habitación, incluyéndome a mí, estábamos equivocados al subestimarte.

Se volvió hacia Russo.
—Duplica su salario. Capo, duplica. Duplícalo. Y averigua quién está suministrando estas falsificaciones. Alguien se está volviendo muy bueno usando materiales auténticos. Quiero saber quién.

Russo asintió y desapareció en su teléfono.

Fabiano se volvió hacia Ámbar.
—Tienes un don para hacer que los hombres poderosos parezcan tontos.

—¿Eso va a hacer que me maten?

—¿Eventualmente? Probablemente. —Su sonrisa era afilada—. Pero no por mí. Por mí, vas a ser ascendida.

Ámbar dejó escapar un suspiro tembloroso y se dejó caer en la silla más cercana.
Grazie a Dio.

—No agradezcas a Dios todavía —dijo Fabiano—. Agradécele cuando encontremos quién está creando estas falsificaciones. Porque mañana vamos a cazar.

En ese momento, Russo volvió a entrar, con el teléfono en la mano y la cara pálida.
Capo. Spariti. Desaparecieron.

La cara de Fabiano se volvió fría.
—¿Sterling y Ashford?

—Teníamos hombres siguiéndolos. Se subieron a un auto en Constituyentes. Tres cuadras después, el auto estaba vacío. Extracción profesional. Sabían que iríamos por ellos.

—Peor —Russo miró a Ámbar, luego a Fabiano—. El códice que dejaron atrás. Hicimos que forense lo mirara. La vitela es real, pero hay un dispositivo de rastreo incrustado en la encuadernación. Alguien quería saber exactamente dónde se guardaba ese documento.

La temperatura en la habitación cayó en picada.

—No estaban tratando de estafarme —dijo Fabiano lentamente—. Estaban tratando de colocar vigilancia en mi colección… o confirmar tu ubicación.

De repente, un pequeño punto rojo apareció en la ventana detrás del escritorio de Fabiano. Bailó sobre la silla de cuero donde había estado sentado momentos antes, buscando.

Luego encontró el pecho de Ámbar.

Capítulo 4: Francotiradores y Fuego

El tiempo se detuvo.

Fabiano se movió con velocidad inhumana, tacleando a Ámbar fuera de la silla justo cuando el ventanal explotaba en una lluvia de cristal templado.

La bala pasó por el espacio donde la cabeza de ella había estado un latido antes, enterrándose en la pared con un sonido como un martillo golpeando carne. Cayeron al suelo duro, Fabiano cubriendo su cuerpo con el suyo mientras dos disparos más perforaban las ventanas, el distintivo crac-thump de un rifle suprimido haciendo eco en la oficina.

—¡Abajo! —gritó Russo, lanzándose detrás del escritorio—. ¡Francotirador! ¡Edificio en construcción cruzando Reforma!

Fabiano arrastró a Ámbar detrás del pesado escritorio de nogal, su cuerpo todavía escudándola. Ella podía sentir su corazón martilleando contra su espalda, podía oler la pólvora y la colonia cara, podía escucharlo respirar en conteos medidos, como si hubiera hecho esto antes.

—¿Estás bien? —preguntó él, su voz firme a pesar del caos.

—¿Define bien? —logró decir Ámbar, su voz temblando—. No estoy disparada, pero me están disparando. Así que, reseña mixta.

Él casi sonrió. Entonces su teléfono vibró. Lo revisó y su expresión se volvió oscura.

—¿Qué? —preguntó Ámbar.

Le mostró la pantalla. Un mensaje de texto de un número desconocido:
LA CHICA VIO DEMASIADO. LA PRÓXIMA VEZ NO FALLAREMOS.

Ámbar miró el mensaje. Su brillante mente académica finalmente alcanzando su realidad actual. Alguien no quería que Fabiano comprara las falsificaciones. Alguien quería saber dónde guardaba su colección. Y alguien acababa de intentar matarla para mantenerla callada.

—Así que —dijo ella, su voz temblando solo un poco—. Cuando dijiste que este trabajo venía con pago por riesgo, ¿te referías a esto?

La risa de Fabiano fue oscura.
—Bienvenida al negocio familiar, Amuretta.

Afuera, las sirenas comenzaban a aullar.

—¿Cuántos disparos? —la voz de Fabiano era calmada. Aterradoramente calmada.

—Tres confirmados —respondió uno de los guardaespaldas, pegado al suelo—. Calibre pesado. Profesional.

—¿Pueden devolver el fuego?

—Demasiado lejos. 500 metros.

Otro disparo atravesó lo que quedaba de los ventanales, lo suficientemente cerca como para que Ámbar sintiera el aire desplazado besar su cabello. Hizo un sonido que probablemente se suponía que era un grito, pero salió como un silbido asmático.

—Respira —dijo Fabiano en voz baja, su boca cerca de su oído—. Inhala por la nariz. Estás bien.

—Me están disparando —jadeó Ámbar—. Eso es literalmente lo opuesto a estar bien. Si buscas “no estar bien” en el diccionario, probablemente haya una foto de este momento exacto.

—Estás balbuceando.

—Es un mecanismo de defensa. Alguna gente reza. Yo proporciono comentarios en vivo.

A pesar de todo, las balas, el caos, la posibilidad muy real de muerte por francotirador, lo escuchó reír.
Capo —llamó Russo—. Necesitamos movernos. El edificio no es seguro. Si hay un tirador, podría haber más. Planta baja ahora. Los elevadores son trampas mortales. Escaleras de servicio. Adesso.

Fabiano levantó a Ámbar, manteniéndose bajo, su mano agarrando su brazo con fuerza suficiente para dejar marca.
—Quédate detrás de mí. Haz exactamente lo que yo diga. ¿Entendido?

—¿Es “Por favor no dejes que me muera” una respuesta aceptable?

Andiamo. Vámonos.

Se movieron en formación cerrada hacia las escaleras de servicio, sus pasos resonando en el concreto. Tres pisos abajo, el teléfono de Russo vibró. Contestó, escuchó, su expresión oscureciéndose.

Merda. Tienen el lobby cubierto. Dos hombres, posiblemente tres. Configuración profesional.

—¿La salida de la cocina? —preguntó Fabiano.

—El muelle de carga conecta con el restaurante de al lado. Debería estar activo. Muchos civiles, lo que significa que no pueden disparar libremente.

—Corre.

Irrumpieron por la puerta marcada ACCESO COCINA B2 hacia un pasillo húmedo que olía a especias y gas. Los sonidos de una cocina de restaurante ocupada los golpearon. Ollas chocando, órdenes gritadas, el siseo de sartenes sobre llama alta.

Entraron rompiendo las puertas batientes hacia el caos. Una cocina de alta gama en plena hora pico de la cena. Diez cocineros de blanco moviéndose en caos sincronizado. Llamas saltando. Vapor subiendo. Todos se congelaron al ver a hombres armados en trajes caros invadiendo su área de preparación.

—¡POLICÍA FEDERAL! —gritó Russo con autoridad, mostrando algo que podría haber sido una placa o una tarjeta de crédito muy convincente—. ¡Amenaza activa! ¡Despejen las salidas!

Para su crédito, el personal de cocina de la CDMX reaccionó con la eficiencia hastiada de quienes han visto cosas más raras. Se dispersaron hacia el comedor, llevándose sus cuchillos con ellos.

—¡Allí! —Fabiano señaló una puerta de metal pesado que conducía a los callejones de servicio, a los contenedores de basura, al Manhattan “detrás de escena” que los turistas nunca veían.

Golpearon la puerta a toda velocidad, emergiendo a un callejón mojado por la lluvia que parecía diseñado específicamente para escenas de persecución dramáticas. Un Mercedes negro ya estaba allí, motor encendido. El conductor tenía la puerta trasera abierta antes de que hubieran salido completamente del edificio.

Dentro.

Russo empujó a Ámbar hacia el auto. Ella se zambulló en el asiento trasero, Fabiano justo detrás de ella. El auto aceleró antes de que las puertas estuvieran completamente cerradas, las llantas gritando sobre el pavimento mojado de Polanco.

Ámbar fue lanzada contra Fabiano mientras tomaban la curva a una velocidad que era definitivamente ilegal y posiblemente suicida.

—¡Estado! —demandó Fabiano, su brazo instintivamente rodeando a Ámbar para evitar que rebotara por el asiento trasero como una muñeca de trapo.

—Dos tiradores confirmados en el lobby —informó Russo—. Equipo profesional, se dispersaron cuando llegaron las patrullas.

El auto se desvió de nuevo, tomando un paso a desnivel hacia el Periférico. A través de las ventanas rayadas por la lluvia, Ámbar podía ver las luces de la ciudad, hermosas, brillantes, completamente indiferentes al hecho de que le habían disparado hace aproximadamente siete minutos.

—Así que —dijo ella, su voz temblando solo un poco—. En una escala de “riesgo laboral” a “activamente planeando mi funeral”, ¿qué tan preocupada debería estar?

Fabiano la miró. Realmente la miró.
—Acabas de sobrevivir a un intento de asesinato profesional. La mayoría de la gente estaría llorando o catatónica.

—La mayoría de la gente no creció con una madre cuya idea de conversación en la cena era discutir los métodos que usaban los envenenadores medievales para evitar ser detectados —Ámbar tomó un respiro tembloroso—. Además, absolutamente voy a tener un colapso nervioso más tarde. Ahorita estoy funcionando con adrenalina y negación.

—Eres extraordinaria.

—Soy un desastre sostenido por deudas estudiantiles y rencor.

El auto entró en un estacionamiento subterráneo en Interlomas, no uno público, sino uno de esos que requieren acceso biométrico y tienen cámaras en cada superficie. Descendieron tres niveles hacia el concreto y la luz fluorescente.

—Casa de seguridad —explicó Russo—. Nadie conoce esta ubicación excepto el núcleo de la familia. Nos reagruparemos.

El auto se detuvo. Todos salieron con la velocidad eficiente de quienes han hecho esto antes. Ámbar tropezó ligeramente cuando sus piernas recordaron que estaban hechas de gelatina, y Fabiano atrapó su brazo.

—Tranquila.

—Estoy bien —mintió Ámbar. Luego, porque aparentemente las experiencias cercanas a la muerte destruían su filtro por completo—: Así que, la primera cita va genial. Realmente superó las expectativas. Cinco estrellas en TripAdvisor.

Fabiano la miró por un segundo. Luego se rio. Realmente se rio. El sonido haciendo eco en el garaje de concreto.
—¿Primera cita?

—Bueno, me compraste vino. Tuvimos conversación. Alguien intentó matarnos. Eso es básicamente una primera cita en la Ciudad de México, ¿no?

Dio mio —murmuró Russo—. Capo, está loca.

—Está en shock —corrigió Fabiano, pero sus ojos eran cálidos—. Y tiene razón. Esto va genial.

Mantuvo su mano en su brazo mientras caminaban hacia una puerta de acero sin marcar. Su toque era firme, la única cosa que mantenía a Ámbar anclada a la tierra.

—Ámbar —dijo en voz baja, para que solo ella pudiera escuchar—. Necesito que entiendas algo. Que probablemente voy a morir. Que tú eres la única persona que vio lo que estaba mal con esos documentos, lo que te convierte en la única testigo en la que puedo confiar.

Su expresión era seria ahora, el humor desaparecido.
—Todos los demás en mi organización, mis expertos, mis asesores, incluso mi familia… podrían estar comprometidos. Pero tú, tú no tienes ninguna razón para mentirme, ninguna agenda excepto sobrevivir y la verdad.

—Esa es una base terrible para la confianza.

—Es la única base para la confianza. —Su agarre se apretó ligeramente—. Lo que significa que hasta que encontremos quién está detrás de esto, no te apartas de mi vista. ¿Entendido?

Ámbar debería haber estado aterrorizada. Debería haber exigido ser llevada a casa. En cambio, miró a este hombre peligroso y complicado que acababa de escudar su cuerpo con el suyo y dijo:
—Entendido.

La puerta de acero se abrió hacia una escalera que conducía hacia abajo, más profundo en su mundo, y Ámbar Rodríguez, académica y ex mesera, siguió a Fabiano Pinto hacia la oscuridad, porque la verdad valía la pena protegerla, incluso si la mataba.

Capítulo 5: El Enemigo en Casa

La casa de seguridad no era una casa. Era una fortaleza disfrazada de penthouse en Santa Fe.

Ocupaba el último piso de una de esas torres de cristal que rasguñan el cielo en la zona más moderna y exclusiva de la Ciudad de México. El tipo de dirección que no aparece en Waze y requiere tres huellas dactilares diferentes solo para que el elevador se digne a moverse.

El departamento parecía diseñado por alguien que había visto demasiadas películas de James Bond y tenía el presupuesto de un pequeño país europeo para hacerlas realidad. Ventanas a prueba de balas (espesor militar), puertas de acero reforzado revestidas de caoba, una habitación de pánico oculta detrás de una cava de vinos y muebles que lograban ser estratégicos y obscenamente cómodos al mismo tiempo. Todo posicionado con líneas de visión claras hacia las entradas. Nada bloqueaba las rutas de escape.

—Déjame adivinar —dijo Ámbar, observando el espacio con el desapego exhausto de alguien cuyo cerebro había alcanzado su capacidad máxima de terror hace una hora—. Tienes seis de estos esparcidos por la CDMX, completamente abastecidos, con aire purificado y probablemente con arsenales escondidos en los muros falsos.

—Nueve —corrigió Fabiano, quitándose el saco destrozado. Había un corte en la manga donde el vidrio lo había alcanzado, una pequeña mancha de sangre floreciendo en la tela blanca de su camisa—. Y las armas están en el piso, no en las paredes. Las paredes son el primer lugar donde la gente busca.

—Por supuesto que lo son.

Ámbar se derrumbó en un sofá de cuero italiano que probablemente costaba más que toda la carrera de Historia en la UNAM.

Russo había desaparecido en otra habitación, con el teléfono pegado a la oreja, coordinando lo que sea que uno coordina después de que un equipo de sicarios profesionales intenta asesinar a tu jefe en plena Reforma. Los guardaespaldas estaban haciendo chequeos perimetrales, hablando en voz baja en italiano sobre ángulos de tiro y rutas de extracción hacia Toluca o Cuernavaca si la cosa se ponía fea.

Y Ámbar estaba sola con Fabiano en un espacio que de repente se sentía mucho más pequeño de lo que indicaban los metros cuadrados.

—Deberías limpiar eso —dijo ella, señalando su brazo.

—No es nada. Apenas sangra.

—¿Tienes una necesidad patológica de minimizar las lesiones o es una cosa de machismo latino-italiano?

Sus labios se curvaron levemente.
—Ambas.

Ella se levantó y cruzó hacia él con la decisión de alguien que había pasado tres años lidiando con clientes borrachos y chefs ególatras. Sabía que los hombres con poder eran básicamente niños pequeños con trajes más caros.

—¿Dónde está tu botiquín?

—Baño principal. Debajo del lavabo.

—Por supuesto que sabes exactamente dónde está. Apuesto a que tu arsenal en el piso está alfabetizado también.

—Por calibre, en realidad.

Ámbar regresó con el botiquín, que era menos un kit de farmacia y más un hospital de campo portátil, y señaló imperiosamente una silla.
—Siéntate.

Para su sorpresa, él lo hizo sin discutir, sin la postura de macho alfa que ella esperaba. Ella le remangó la camisa con cuidado, examinando el corte. No era profundo, pero era sucio, un tajo irregular causado por el vidrio templado, del tipo que dejaría una cicatriz fea si no se trataba bien.

Lo limpió con antiséptico, sus manos firmes a pesar de la adrenalina que todavía cantaba en sus venas como electricidad estática.

—Eres buena en esto —observó él en voz baja, mirando sus manos.

—Mi madre tuvo quimio por tres años. Aprendes medicina de campo bastante rápido cuando el sistema de salud te falla. —Aplicó ungüento antibiótico con precisión—. Quédate quieto.

—Estoy quieto.

—Estás tenso. Como un gato que ve un puntero láser. ¿Es una cosa de control? ¿No puedes soportar que alguien más esté a cargo?

Sus ojos oscuros encontraron los de ella. Había diversión ahí, y algo más cálido.
—Estás disfrutando esto inmensamente.

—No es frecuente que pueda darle órdenes a alguien que probablemente tiene al Jefe de Gobierno en marcación rápida.

Terminó de vendar su brazo con la eficiencia de una enfermera de trauma.
—Listo. Trata de que no te disparen de nuevo por al menos 24 horas. Órdenes de la doctora.

—No eres doctora.

—Tengo una maestría en Historia del Arte, lo que me hace más calificada para analizar la composición de tu sangre que la mayoría. —Se recargó en el respaldo, repentinamente consciente de lo cerca que estaban—. ¿Y ahora qué?

Fabiano se puso de pie, caminó hacia un gabinete y sacó una laptop. No una MacBook comercial, sino algo robusto, negro mate, de grado militar. La puso sobre la mesa del comedor.

—Ahora —dijo— averiguamos quién está tratando de matarnos, empezando con cada adquisición de documentos que he hecho en los últimos dos años.

Abrió la laptop, escribió una contraseña que probablemente tenía más caracteres que la Constitución.

—Dijiste que las falsificaciones eran sofisticadas. Eso significa que quien las está creando tiene acceso a materiales auténticos, falsificadores expertos y un conocimiento detallado de mis intereses.

—Trabajo interno —dijo Ámbar, moviéndose para sentarse a su lado.

La pantalla de la laptop mostraba una base de datos. Cientos de entradas, cada una documentando adquisiciones, procedencia, reportes de autenticación.

—Probablemente. —Su mandíbula se tensó—. Lo que significa que alguien en quien confío me ha estado traicionando durante meses, tal vez años.

Ámbar acercó la laptop, escaneando las entradas con la intensidad enfocada que la había convertido en la estudiante estrella de su generación. Cada documento estaba meticulosamente catalogado. Fecha de adquisición, vendedor, experto autenticador, precio pagado.

—Espera —dijo ella, deteniéndose en una entrada de hace ocho meses—. Esta. La carta de los Médici que compraste a esa galería en Roma. ¿Quién la autenticó?

—Elena.

La expresión de Fabiano se oscureció.
—Mi abogada. Tiene una maestría en derecho del arte renacentista.

Los dedos de Ámbar volaron sobre el teclado, sacando más entradas.
—Y este, el manuscrito bizantino. También Elena. La escritura veneciana de hace seis meses. Elena otra vez.

Levantó la vista hacia él. El silencio se estiró como un cable a punto de romperse.

—Fabiano, ella ha autenticado el 30% de tus adquisiciones en los últimos dos años. Y todas las que he visto de reojo en tus vitrinas… tienen detalles que me hacen ruido.

—Ha estado conmigo siete años —dijo él, su voz peligrosamente tranquila—. Confío en ella.

—¿Confiabas? —corrigió Ámbar suavemente—. Tiempo pasado. Porque o es incompetente, lo cual dudo dadas sus credenciales, o está comprometida.

Fabiano se puso de pie, caminó hacia el ventanal. La vista de Santa Fe de noche era espectacular, un mar de luces artificiales flotando sobre la oscuridad de las barrancas.

—Mi padre construyó este imperio de la nada —dijo, su voz cargando un peso que no tenía nada que ver con el volumen—. Vino de Sicilia con nada y la reputación de ser un hombre que no perdonaba. Todo lo que tengo, cada negocio, cada conexión, cada dólar, lo heredé de un hombre que no confiaba en nadie y sobrevivió gracias a eso.

Se giró para mirarla.
—Y yo confié en Elena. Lo que me hace un tonto o blando. Probablemente ambos.

Ámbar escuchó el dolor bajo las palabras. La carga del legado.
—No eres blando —dijo ella—. Eres cuidadoso. Hay una diferencia. La gente cuidadosa no espera ser traicionada por su propia abogada. La gente cuidadosa contrata a autenticadores brillantes que detectan las falsificaciones que todos los demás pierden.

Se levantó y caminó hacia él.
—Tú no fallaste. Ella lo hizo. Y quien sea que esté moviendo sus hilos cometió un error crítico.

—¿Cuál es ese?

—Asumieron que no contratarías a alguien más lista que sus expertos. —Ámbar sonrió levemente—. Sorpresa.

Él soltó una risa corta, cansada pero genuina.
—Tienes un don para hacer que los desastres suenen como victorias.

—Es mi especialidad. También desvío con humor y hago chistes inapropiados durante situaciones de crisis.

Se quedaron ahí, lo suficientemente cerca para compartir el aire. La adrenalina se estaba desvaneciendo, dejando algo más en su estela. Conciencia. Conexión. El tipo de química que ocurre cuando dos personas sobreviven algo terrible juntas.

—Ámbar —dijo Fabiano—. ¿Por qué detuviste el trato? El primero. Podrías haberte quedado callada.

Ella pensó en mentir. En dar alguna respuesta noble sobre la integridad académica. Pero le habían disparado hace una hora. Estaban más allá de las mentiras nobles.

—Porque pasé tres años siendo invisible —dijo—. Tres años fingiendo que no era la persona más lista en la habitación. Tres años fallando en lo único en lo que alguna vez fui buena: ver la verdad. Y tenía tanto miedo de que si me quedaba callada una vez más, desaparecería por completo.

Tragó saliva.
—No hablé porque fuera valiente. Hablé porque quedarme callada se sentía como morir.

La mano de él subió, acunó su rostro con sorprendente gentileza.
—Estás aterrorizada constantemente. Pero lo haces de todos modos.

—¿Qué opción tengo?

Amuretta. Tienes todas las opciones. Podrías correr. Pero no lo harás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque eres como yo. —Su voz era ronca ahora, íntima—. Preferirías morir visible que vivir como un fantasma.

El momento se estiró entre ellos, eléctrico, inevitable. Su pulgar rozó el pómulo de ella. El espacio entre sus bocas se había vuelto medible en milímetros.

—Esto es una idea terrible —susurró Ámbar.

—Probablemente la peor que he tenido en toda la semana.

—Trabajo para ti. Esto viola aproximadamente doce políticas de Recursos Humanos.

—No tengo departamento de Recursos Humanos.

—Esa no es la defensa que crees que es.

Él sonrió. Lenta, devastadoramente.
—Dime que pare.

Ella debería. Absolutamente debería. Esto era una locura.

—Yo…

La explosión sacudió el edificio como si un gigante lo hubiera pateado.

Las ventanas vibraron. Las luces parpadearon y murieron, reemplazadas instantáneamente por luces rojas de emergencia. Abajo, en el estacionamiento subterráneo, las alarmas de los coches comenzaron a gritar.

La actitud de Fabiano cambió en un latido de íntima a táctica. Tiró de Ámbar detrás de él.

Russo irrumpió por la puerta, arma en mano.
Capo. Estacionamiento. Coche bomba. Tres niveles abajo. Bajas civiles mínimas, pero el mensaje es claro.

Russo se veía pálido bajo la luz roja.
—Nos encontraron. Encontraron la casa de seguridad.

La sangre de Ámbar se heló. Porque las casas de seguridad se suponía que eran secretas.

—Trabajo interno confirmado —dijo Fabiano, su voz mortalmente tranquila—. Alguien les dijo dónde estábamos.

Su mandíbula se apretó.
—¿Cuántas personas conocían esta ubicación?

—Siete —dijo Russo—. Tú, yo, los guardias. —Hizo una pausa—. Y Elena. La llamé cuando cambiamos de ubicación. Protocolo estándar.

El silencio fue absoluto.

Fabiano sacó su teléfono, marcó un número. Esperó. Cuando alguien contestó, su voz fue hielo puro.
—Elena. Tenemos que hablar. Ahora.

Colgó. Miró a Ámbar. La calidez de hace momentos se había ido, reemplazada por el cálculo frío de un hombre que acababa de confirmar sus peores sospechas.

—Toma tus cosas —dijo—. Nos vamos.

—¿A dónde?

Su sonrisa fue afilada y absolutamente aterradora.
—A tener una conversación con mi abogada sobre el costo de la traición.

Capítulo 6: Cócteles Molotov y Verdades

No llegaron a Elena. Elena llegó a ellos. O más bien, la trampa que ella había ayudado a poner se cerró antes de que pudieran salir de la zona.

La segunda ubicación no era una casa de seguridad de lujo. Era un plan de contingencia sucio. Un loft industrial en la colonia Doctores, una zona de talleres mecánicos y bodegas viejas, lejos del glamour de Santa Fe. Era un espacio convertido, ladrillo expuesto, vigas de acero y suficiente equipo de vigilancia para poner celoso al C5 de la policía.

Habían estado allí exactamente 43 minutos reagrupándose cuando la luz se cortó. No parpadeó. Se cortó. Oscuridad total.

Merda —siseó Russo, moviéndose hacia la ventana cubierta con persianas de acero.

—Cortaron la línea eléctrica —dijo Fabiano en voz baja. Ya tenía un arma en la mano. ¿De dónde sacaba tantas armas?—. Equipo profesional. Planearon esto.

—¿Cuántos? —preguntó Ámbar.

—Desconocido. Pero no cortan la luz a menos que tengan números.

Le puso un arma fría y pesada en las manos a Ámbar.
—El seguro está aquí. Apunta y dispara. Al centro de la masa. No dudes.

—Nunca he disparado un arma en mi vida.

—Felicidades. Hoy aprendes.

Se movió hacia las sombras.
—Russo. Salidas.

—Puerta principal: zona de muerte. Escalera de incendios en el lado este. Pero esperarán eso. Escaleras de servicio al techo.

Cristal roto. No por balas esta vez, sino por algo lanzado desde la calle. Una botella con un trapo en llamas, girando en la oscuridad como una estrella caída.

—Cóctel Molotov —suministró el cerebro de Ámbar servicialmente.

La botella golpeó el suelo de madera vieja y explotó en llamas. El loft industrial, lleno de polvo y madera seca, comenzó a arder con un entusiasmo aterrador.

—¡Al techo, adesso! —gritó Fabiano.

Corrieron hacia las escaleras de servicio, pero la puerta reventó antes de que llegaran.

Tres hombres, no vestidos de traje, sino con equipo táctico, caras cubiertas, armas largas que parecían militares. Irrumpieron a través del humo.

Los guardaespaldas de Fabiano devolvieron el fuego. El sonido en el espacio cerrado fue ensordecedor, apocalíptico. Los oídos de Ámbar zumbaban. Sus manos temblaban. El arma que Fabiano le dio se sentía como si pesara mil kilos. Uno de los guardaespaldas cayó, gritando.

Russo estaba disparando y gritando órdenes. Fabiano estaba disparando con una precisión fría.

Y Ámbar… Ámbar vio el estante de vinos.

Era una de esas cosas pretenciosas de diseño industrial, llena de botellas que probablemente costaban miles de pesos cada una. Vega Sicilia. Casa Madero Gran Reserva. Alcohol. Alcohol caro que ardía.

La voz de su madre resonó en su cabeza: “Leonor de Aquitania defendió su castillo con aceite hirviendo y pura audacia. A veces, Ámbar, la mejor arma es la que nadie espera”.

—¡Cúbranme! —gritó ella, sin saber si alguien podía oírla sobre el tiroteo.

Corrió hacia el estante, agarró tres botellas pesadas. Rompió una contra el suelo, empapó su bufanda de seda en el charco de vino tinto y alcohol, y la encendió con las llamas que ya devoraban el sofá.

Cóctel Molotov improvisado con una cosecha del 98. “Perdón, sommelier”, pensó.

Lo lanzó hacia la puerta donde los atacantes avanzaban. La botella se hizo añicos, esparciendo fuego líquido y vidrio, obligando a los hombres tácticos a retroceder con gritos de sorpresa.

—¡Ámbar! —La voz de Fabiano sonó entre horrorizada e impresionada.

Hizo dos más. Las lanzó con la precisión de quien jugó softbol en la prepa antes de que la academia consumiera su vida. Más fuego. Más caos. Más tiempo.

—¡Ventana este! —gritó Russo—. ¡Escalera de incendios!

Corrieron. Ámbar agarró el brazo del guardaespaldas herido, ayudándolo a tropezar hacia la ventana. Fabiano rompió el cristal con el codo, despejó los fragmentos.

Russo salió primero. Luego el herido. Luego Ámbar.

Entonces vino el disparo.

Desde el techo del edificio de enfrente. Alguien había estado esperando. Paciente.

La bala atrapó a Fabiano en el hombro, girándolo a medias. Soltó su arma, se tambaleó, se atrapó contra el marco de la ventana.

El tiempo hizo esa cosa donde deja de significar algo. Ámbar lo vio caer, vio la sangre, demasiada sangre, oscura y brillante contra su camisa blanca. Vio su cara ponerse pálida.

El entrenamiento se activó. Tres años de ver enfermeras, de aprender a mantener la calma cuando todo se desmoronaba.

Lo agarró, lo arrastró con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡Muévete!

—¡Ámbar, déjame!

—¡Cállate!

Lo sacó a la escalera de incendios. El metal resonaba con los pasos de los atacantes abajo.

—Presión —dijo ella, presionando sus manos sobre la herida. Estaba caliente y pegajosa—. Necesito detener el sangrado.

Se arrancó lo que quedaba de su bufanda quemada, se quitó el saco.
—Felicitaciones —dijo, su voz temblando pero sus manos firmes—. No te vas a morir en mi turno. Me niego a tener eso en mi currículum: “Ex empleador: fallecido por malas decisiones de vida”.

A pesar del dolor, él soltó una risa ahogada.
—Estás loca.

—Soy ingeniosa. Hay una diferencia.

Lograron bajar al callejón. Un auto diferente los esperaba, algo discreto y rápido. Russo conducía como si estuviera audicionando para Rápido y Furioso: CDMX Drift.

Ámbar mantenía presión sobre la herida de Fabiano en el asiento trasero. Sus manos estaban rojas. Todo era rojo.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella.

—Central de Abastos —dijo Russo con gravedad—. Tenemos una bodega vieja ahí. Territorio neutral. Nadie buscará ahí.

Miró a Fabiano por el retrovisor.
Capo, ¿estás bien?

—He estado mejor —la voz de Fabiano era tensa, sudor frío en su frente—. Pero he estado peor.

Miró a Ámbar. Sus ojos luchaban por enfocarse.
—Lanzaste cócteles Molotov con mi Vega Sicilia.

—Era necesario.

—Ese vino costaba 20,000 pesos la botella.

—Tu vida vale un poco más. Creo.

—Eres… increíble.

Llegaron a la bodega en la Central de Abastos. El olor a fruta podrida y camiones diésel era un cambio bienvenido al olor a pólvora.

El equipo médico de emergencia de la familia (porque por supuesto tenían uno) ya estaba ahí. Suturaron a Fabiano sobre una mesa de metal bajo luces fluorescentes parpadeantes. Ámbar no se apartó de su lado, sosteniendo su mano buena mientras el doctor sacaba la bala.

Una hora después, Fabiano estaba sentado, pálido pero vivo, con el brazo en cabestrillo.

Russo entró, con el teléfono en la mano y una expresión que prometía violencia.

Capo —dijo—. Encontramos a Elena.

—¿Y?

—Cantó. Antes de que pudiéramos siquiera presionarla. Estaba aterrorizada. Dijo que no tenía opción.

Fabiano cerró los ojos.
—¿Quién? ¿Quién la obligó?

Russo hizo una pausa. Miró a Ámbar, luego a Fabiano.
—Cristiano.

El nombre cayó en la bodega como una lápida.

Cristiano —susurró Fabiano. La palabra cargaba el peso de la traición bíblica—. ¿Mi primo?

—Tu primo —confirmó Russo—. Él encargó las falsificaciones. Usó a Elena para autenticarlas. Plantó los rastreadores. Y cuando el fraude falló… envió a los sicarios.

La mandíbula de Fabiano se apretó hasta que pareció que se rompería.
—Quiere el imperio. Siempre lo quiso. Papá me lo dejó a mí y él nunca lo perdonó.

—Está en la Casona Vieja —dijo Russo—. En Tlalpan. La propiedad que tu padre te dejó. Está ahí ahora mismo, Capo. Está haciendo una declaración. Cree que ya ganó. Cree que estás muerto en ese loft en la Doctores.

Fabiano se puso de pie, tambaleándose un poco. Ámbar instintivamente se movió para ayudarlo, pero él levantó una mano.

—Reúne a todos —dijo Fabiano. Su voz era baja, terrible—. A todos los leales. Vamos a Tlalpan.

—¿Ahora? —preguntó Ámbar—. ¡Te acaban de disparar!

—Termina esta noche —dijo él, mirándola. Sus ojos ardían con fiebre y furia—. Él trató de matarme. Trató de matarte a ti.

Tomó la cara de Ámbar con su mano buena.
—Eso termina ahora.

Ámbar debería haber dicho que no. Debería haber pedido que la llevaran a un hotel, a la policía, a cualquier lugar lejos de esta vendetta shakespeariana en el sur de la Ciudad de México.

En cambio, se puso su chaqueta manchada de sangre y hollín.

—Voy contigo —dijo.

—No. Es demasiado peligroso.

—Dijiste que soy la única testigo en la que confías. Me necesitas ahí. Además —levantó la barbilla, canalizando cada gramo de terquedad mexicana—, alguien tiene que asegurarse de que no te arranques los puntos.

Fabiano la miró. Y por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.
Sei pazza. Estás loca.

—Estamos a mano. Vámonos por tu primo traidor antes de que recupere el sentido común y salga corriendo.

Subieron a las camionetas blindadas. La caravana de la muerte se dirigió hacia el sur, hacia Tlalpan, hacia la confrontación final. Y Ámbar Rodríguez se dio cuenta de que algunas verdades valían más que la supervivencia. Algunas verdades valían la guerra.

Capítulo 7: Sangre en la Cantera

La propiedad Pinto en Tlalpan parecía sacada de una novela de Juan Rulfo, si Rulfo hubiera escrito sobre mafiosos italianos.

Muros altos de piedra volcánica, portones de hierro forjado cubiertos de bugambilias salvajes y un silencio denso que pesaba más que la atmósfera contaminada de la ciudad. La casona colonial, una herencia de los tiempos en que el abuelo de Fabiano llegó a México, estaba oscura, excepto por las luces que brillaban en la biblioteca del ala este.

Una invitación. Un desafío. Un escenario listo para el acto final.

—Quiere audiencia —murmuró Russo, revisando su arma con eficiencia—. Cree que ya ganó.

—Tal vez lo hizo —dijo Fabiano en voz baja. Su hombro herido estaba vendado apretado bajo una camisa limpia que uno de los guardias le había prestado. Se veía pálido bajo las luces del tablero—. Tal vez esto siempre iba a terminar aquí.

—No —dijo Ámbar bruscamente desde el asiento trasero—. No te atrevas a ponerte filosófico conmigo. Estamos entrando en lo que es muy obviamente una trampa, y te necesito enfocado, no componiendo tu monólogo final trágico.

A pesar de todo, él sonrió.
—Sí, doctora.

Habían traído a seis hombres, todos “familia”, todos leales a la memoria del padre de Fabiano. Pero Fabiano había sido claro: “Esto es entre Cristiano y yo. Ustedes son respaldo, no el evento principal”.

Ámbar tenía su teléfono en el bolsillo, la aplicación de grabación ya corriendo. Lo que sea que pasara en esa biblioteca, habría evidencia.

“Los académicos medievales no corren hacia el peligro”, pensó mientras las camionetas cruzaban el portón abierto. “Se quedan en bibliotecas con aire acondicionado y se quejan de la calidad del café. ¿Por qué no me dediqué a la docencia? Ah, cierto, porque los docentes no salvan a jefes de la mafia de falsificaciones y definitivamente no se enamoran de hombres peligrosos con heridas de bala”.

“¿Enamorarse?”, susurró su cerebro. “¿En serio? ¿Lo estamos llamando así ahora?”

“Cállate”, se dijo a sí misma. “Crisis existencial más tarde. Supervivencia ahora”.

La puerta principal estaba abierta. Otro mensaje: Entren. Estoy esperando.

Se movieron por la casa como fantasmas, pasando por un vestíbulo con candelabros polvorientos y retratos familiares cuyos ojos parecían seguirlos. Subieron una gran escalera de cantera que crujía con la edad y los secretos.

La puerta de la biblioteca estaba abierta. Luz cálida se derramaba hacia el pasillo.

Fabiano se detuvo en el umbral, miró a Russo.
—Dos minutos. Si los disparos empiezan antes, significa que la diplomacia falló.

Capo

—Dos minutos —repitió Fabiano. Luego a Ámbar—: Quédate detrás de mí.

—Obviamente. Yo soy suave y vulnerable. Tú eres grande y recientemente resistente a las balas.

Él casi se rio. Luego entró en la biblioteca, y Ámbar lo siguió, su teléfono grabando cada segundo.

Cristiano Pinto estaba sentado en un sillón de cuero como si fuera un trono. Era más joven que Fabiano, tal vez 28 años, con el mismo cabello oscuro y rasgos afilados, pero más suaves de alguna manera. Guapo de una forma que probablemente le conseguía lo que quería hasta que se topaba con algo que no podía ser encantado.

Sostenía una pistola casualmente, como si fuera una copa de coñac.

Cugino —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Primo, te ves terrible. ¿Alguien te disparó?

—¿Alguien lo intentó? —Fabiano se movió más adentro de la habitación, poniéndose entre Cristiano y Ámbar. Siempre protegiendo, siempre el escudo—. Tu gente, asumo.

—Mi gente. —La sonrisa de Cristiano se amplió—. Me gusta cómo suena eso. Mi gente. Como si estuviera construyendo algo. Lo cual estoy haciendo, en realidad. Estoy construyendo lo que debió ser mío desde el principio.

—Papá me dejó el negocio a mí.

—Papá te dejó todo. —El encanto se rompió, revelando pura rabia debajo—. El negocio, las propiedades, el respeto, el legado. ¿Y qué obtuve yo? Una mensualidad y un asiento en la mesa de los niños durante las reuniones familiares.

Se puso de pie, el arma ahora apuntando más deliberadamente.
—Soy más inteligente que tú. Mejor educado. Pero tú eras su favorito, su heredero, su perfecto hijo soldado.

—Así que intentaste destruirme. —La voz de Fabiano era tranquila, pero Ámbar podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que su mano derecha flotaba cerca de su arma oculta—. Las falsificaciones, los dispositivos de rastreo, los intentos de asesinato. Todo porque estás celoso.

—Soy realista —corrigió Cristiano—. Tú eres débil, Fabiano. Contratas extraños. —Sus ojos se movieron hacia Ámbar con desprecio—. Confías en gente que no es sangre. Intentas legitimar lo que el abuelo construyó en lugar de expandirlo. Nos estás volviendo blandos.

—Nos estoy manteniendo vivos —dijo Fabiano—. Los métodos del abuelo funcionaban en los 80. Esto es diferente.

—Esto es rendición. —La voz de Cristiano subió—. Has olvidado lo que somos. Sangre y miedo. —Hizo un gesto con el arma—. Voy a recordárselo a todos. Empezando contigo.

El corazón de Ámbar martilleaba, pero sus manos estaban firmes sobre el teléfono en su bolsillo. “Solo mantenlo hablando”, pensó. “Confesión de conspiración, intento de homicidio y ser un sociópata general. Eso debería servir”.

—Tú encargaste las falsificaciones —dijo Fabiano. No fue una pregunta.

—Usar a Elena fue fácil —dijo Cristiano con un encogimiento de hombros—. La deuda hace a la gente flexible. Y ella ha estado enamorada de ti por años, lo que hizo que traicionarte fuera aún más dulce para ella.

—¿Y cuando no acepté los documentos?

—Plan B: matarte. Hacer que parezca un cártel rival. Entrar yo como el primo afligido que estabiliza todo. —La sonrisa de Cristiano era venenosa—. Habría funcionado perfectamente si tu pequeña mesera no hubiera metido su nariz donde no le importaba.

—No —la voz de Fabiano llevó una advertencia.

—¿Qué? ¿No insulte a tu mascota académica? —La risa de Cristiano fue fea—. Ella es una debilidad, Fabiano. El hecho de que la trajeras aquí lo prueba. El viejo tú la habría encerrado en algún lugar seguro. El nuevo tú… la mantienes cerca porque eres blando.

—La mantengo cerca porque es la única persona que ha sido honesta conmigo —dijo Fabiano en voz baja—. Lo cual es más de lo que puedo decir de mi propia sangre.

Las palabras golpearon como un puñetazo físico. La expresión de Cristiano se retorció en algo horrible. Odio, dolor y furia mezclados.

—Entonces hagamos esto simple —dijo, levantando el arma—. Te mato a ti. La mato a ella. Le digo a todos que los rivales llegaron a ti antes de que pudiéramos intervenir. Trágico. Y tomo lo que siempre debió ser mío.

Todo sucedió a la vez.

Cristiano disparó.

Fabiano se movió, tratando de escudar a Ámbar, pero ella ya se estaba lanzando hacia un lado, sus años de ser pequeña y rápida en restaurantes abarrotados finalmente pagando dividendos letales. La bala falló a ambos, enterrándose en una estantería de caoba. Primeras ediciones invaluables explotaron en confeti.

Russo y los guardias irrumpieron por la puerta. La gente de Cristiano —porque por supuesto tenía gente escondida— emergió de las sombras.

La biblioteca se convirtió en una zona de guerra.

Ámbar golpeó el suelo detrás de un escritorio pesado, sus oídos zumbando por los disparos. Podía ver a Fabiano al otro lado de la habitación, cubriéndose detrás de una mesa volcada, devolviendo el fuego con precisión fría a pesar de su hombro herido.

Y entonces Cristiano estaba ahí.

Se había movido entre el caos, flanqueando la posición. Se cernía sobre Ámbar, su arma apuntando a su cara, su expresión triunfante.

—Debiste quedarte invisible —dijo.

La boca de Ámbar se abrió. Su cerebro, corriendo con terror y adrenalina, cambió de idioma.

Si ‘n vigliaccu —dijo en perfecto siciliano. Eres un cobarde.

Un vigliaccu ca mancu sapi tradiri comu si deve. Un cobarde que ni siquiera sabe traicionar propiamente.

Cristiano se congeló, el shock reemplazando la rabia. ¿Qué hacía esta chica mexicana hablándole en el dialecto de su abuela?

—Mi abuelo me enseñó siciliano —continuó Ámbar, poniéndose de pie lentamente, manos levantadas pero voz firme—. Y me dijo que los traidores son siempre los primeros en morir porque la familia siempre recuerda.

Estaba ganando tiempo. Segundos preciosos.

—Fabiano no es débil —dijo ella—. Es lo suficientemente fuerte para confiar en quienes no son sangre. Tu nun lu si. Tú no lo eres.

—¡Cállate! —Cristiano levantó el arma.

Fabiano apareció detrás de él como un fantasma vengativo.
—Cristiano.

Su primo se giró. El arma osciló hacia Fabiano. Estaban a dos metros de distancia.

—No lo hagas —dijo Fabiano—. Cugino, no me obligues.

Cristiano disparó.

El tiempo hizo esa cosa cristalina de nuevo. Ámbar vio el fogonazo. Vio el cuerpo de Fabiano torcerse. Lo vio caer. Sangre, demasiada sangre, en su pecho esta vez.

Ámbar gritó. No recordó haber empezado, pero el sonido se rasgó de su garganta mientras se lanzaba hacia Cristiano con la furia de alguien que había pasado tres años siendo invisible y había terminado. Terminó de ser silenciosa.

Lo tacleó. Todo su peso, toda su rabia, contra sus rodillas. Cristiano, sorprendido y desequilibrado, cayó hacia atrás. El arma se deslizó lejos.

Russo estaba ahí instantáneamente, inmovilizando a Cristiano con brutalidad eficiente.

Pero a Ámbar no le importaba Cristiano. Gateó hacia Fabiano.

—No, no, no.

Sus manos encontraron la herida. Pecho alto. Sangrando mal. Su respiración era superficial y errática.

—Presión —se dijo a sí misma, sollozando—. Presión.

—No te puedes morir —le dijo, presionando con fuerza—. Me prometiste una cena. Una cena cara. No puedes morir antes de pagar tus deudas. Eso es mal negocio.

Los ojos de él se abrieron, encontraron los de ella. Trató de sonreír y logró algo que fue mitad mueca, mitad diversión genuina.

—Arruinaste mi reunión de negocios —murmuró, su voz un hilo.

—Te salvé la vida dos veces. De nada.

Las lágrimas corrían por la cara de Ámbar, mezclándose con la sangre.
—Quédate despierto. Quédate conmigo. Por favor, Fabiano. Per favore.

Amuretta —susurró él.

—No te atrevas a decirme “pequeño amor” y luego morirte. Eso es manipulación emocional. Tienes que quedarte.

Su mano encontró la de ella, apretó con sorprendente fuerza débil.
—No eres invisible. Nunca lo fuiste. Desde el primer momento… te vi.

—Cállate. Guarda tu aliento. La ambulancia viene.

—Te amo —dijo él. Simple. Final. Verdadero—. Tenía que decirlo.

Sus ojos se cerraron.

—¡No! —El grito de Ámbar desgarró la biblioteca—. ¡Fabiano!

Russo estaba gritando por paramédicos. Alguien estaba haciendo compresiones. Y Ámbar sostenía su mano, su mente brillante completamente inútil contra la realidad del hombre que amaba desangrándose en el suelo de una casona en Tlalpan.

“Por favor”, susurró. “No ahora. No así”.

Capítulo 8: La Verdadera Autenticidad

Seis semanas después, el titular de Reforma leía: “Desmantelan red masiva de falsificación de arte. Investigación federal descubre fraude de 150 millones de dólares” . El Universal fue con “Falsificaciones renacentistas trazadas a red criminal internacional”.

Ámbar los ignoró todos.

Tenía mejores cosas que hacer que leer sobre ella misma en tercera persona. Como explicarle a su madre por qué estaba renunciando a su trabajo en “El Palazzo”.

—¿Vas a hacer qué? —La Dra. Elena Rodríguez estaba sentada en su pequeña cocina en la colonia Narvarte, viéndose más saludable de lo que había estado en años. El tratamiento estaba funcionando.

—Voy a tomar un nuevo puesto —repitió Ámbar, sirviendo té—. Consultora cultural para una colección privada. La paga es… sustancial.

—¿Qué tan sustancial?

Ámbar le dijo el número. Su madre casi escupe el té.

—Eso no es un salario, Ámbar. Eso es un premio de lotería. ¿Qué tipo de colección paga eso?

—El tipo que requiere a alguien que pueda detectar falsificaciones que engañan a todos los demás.

—¿Y esto no tiene nada que ver con el muy guapo empresario ítalo-mexicano cuya vida salvaste? ¿El que ha estado enviando arreglos florales gigantes a este departamento cada semana?

—Está siendo educado. Evité que lo asesinaran.

—Educado es una tarjeta de agradecimiento. Flores semanales es cortejo. —Su madre sonrió—. ¿Cuándo lo conozco?

—Mamá…

—Si está pagando eso y enviando flores, lo voy a conocer. Son las reglas. Estoy muriendo, tengo derecho a exigir cosas.

—No te estás muriendo, te estás recuperando.

—Detalles. Cena el domingo.

El penthouse en Reforma había sido reconstruido. Nuevos vidrios, nueva seguridad, y nuevas obras de arte en las paredes. Cada pieza ahora autenticada por Ámbar misma.

Había pasado las últimas seis semanas haciendo inventario. 42 piezas habían sido falsificaciones. El daño total prevenido: incalculable.

Cristiano estaba en una prisión federal de máxima seguridad. Elena, la abogada traidora, era testigo protegido.

Y Fabiano…

Fabiano estaba en el balcón, mirando la lluvia caer sobre el Paseo de la Reforma.

Se había recuperado bien. La herida del pecho había requerido cirugía y semanas de recuperación que él había soportado con la paciencia de un tigre enjaulado.

—Estás pensando muy fuerte —dijo él sin voltear, cuando escuchó la puerta abrirse.

—No estoy pensando, estoy meditando.

—¿Cuál es la diferencia?

—Pensar es productivo. Meditar es estético.

Ámbar se paró a su lado. Él llevaba un suéter negro simple y jeans. Se veía… humano.

—¿Cómo te sientes?

—Como si me hubieran disparado dos veces y viviera para quejarme. —Sonrió—. Gracias a ti.

—Gracias a la medicina moderna y a tu constitución aparentemente sobrehumana.

Él se movió más cerca.
—Podrías haberte ido hace seis semanas. El Museo Soumaya llamó. Christie’s llamó. Pero sigues aquí.

—La paga es excelente. Y el seguro médico es inmejorable.

—¿Esa es la única razón?

—La compañía no es terrible tampoco. —Ámbar miró hacia la ciudad—. Y me gusta el desafío. Mantenerte alejado de Botticellis falsos es un trabajo de tiempo completo.

Él tomó su mano, entrelazando sus dedos.
—Hablaba en serio en la biblioteca. Antes de desmayarme dramáticamente.

El corazón de Ámbar dio un vuelco.
—Estabas desangrándote. La gente dice cosas.

—Lo decía en serio —repitió firmemente—. No eres invisible, Ámbar. Nunca lo fuiste. Te amo.

La miró con una vulnerabilidad que nadie más en el mundo podía ver.
—Te amo. Tiempo presente. Condición continua. Sin fecha de expiración.

La lluvia caía más fuerte ahora, convirtiendo las luces de Reforma en un río de oro y rojo.

—Yo también te amo —susurró Ámbar. Y fue la verdad más fácil que había dicho—. Aunque seas un ex-mafioso con problemas de control.

Reformado —corrigió él—. Voy por el camino legítimo. Eres una terrible influencia para mi lado criminal.

—Soy una excelente influencia. Solo no estás acostumbrado a tener conciencia.

—No estoy acostumbrado a tenerte a ti.

Se inclinó y la besó. Sabía a lluvia, a promesas cumplidas y a segundas oportunidades.

Desde adentro, se escuchó el tintineo de copas. Russo había dejado champán.

Fabiano levantó su copa.
—Por la mesera que dijo “Esto es falso”.

Ámbar levantó la suya, sonriendo.
—Por el jefe que escuchó.

Bebieron. El champán era excepcional.

La ciudad brillaba abajo. Ocho millones de personas viviendo sus historias, y ahí arriba, una académica y un hombre peligroso escribían la suya.

Porque la verdad era que Ámbar Rodríguez había dejado de ser invisible en el momento en que eligió hablar. Y Fabiano Pinto había dejado de estar solo en el momento en que eligió escuchar.

Y el amor, como el arte auténtico, no podía ser falsificado. Solo podía ser reconocido, protegido y valorado.

Todo lo demás era solo una imitación barata.

FIN

TÍTULO: LA COLECCIÓN PERDIDA DE SAN MIGUEL

Capítulo 1: Carretera y Reliquias

La carretera hacia San Miguel de Allende serpenteaba como una cicatriz de asfalto a través del paisaje semidesértico de Guanajuato. El sol de la tarde convertía los campos de cactus y mezquites en un borrón dorado.

Ámbar Rodríguez miró por la ventana del pasajero del Aston Martin vintage (porque, por supuesto, Fabiano no conducía nada que no pareciera salido de una película de espías de los años 60) y suspiró.

—Si vamos a morir en una curva porque te niegas a bajar de 140 kilómetros por hora, quiero que conste en mi testamento que fue tu culpa y que Russo se queda con mis libros.

Fabiano Pinto, con gafas de sol de aviador y una mano relajada sobre el volante forrado en cuero, sonrió de lado. Esa sonrisa que, meses atrás, solía aterrorizarla y ahora simplemente le provocaba un vuelco en el estómago que se negaba a clasificar como “mariposas”.

—Nadie va a morir, Amuretta. El coche está impecable. Además, tenemos una cita. Don Sebastián de la Garza no es conocido por su paciencia.

—Don Sebastián de la Garza —repitió Ámbar, probando el nombre como si fuera leche agria—. Suena a villano de telenovela de los noventa.

—Es más bien un villano de la vida real con un patrimonio neto que rivaliza con el PIB de un país pequeño. —Fabiano cambió de marcha, el motor rugiendo con satisfacción—. Dice que tiene un Miguel Cabrera inédito. Una Virgen del Apocalipsis que ha estado en su familia desde el siglo XVIII. Si es real, será la pieza central de la Fundación Elena Rodríguez.

Ámbar se enderezó, su instinto académico despertando instantáneamente.
—Un Cabrera inédito es raro, Fabiano. La mayoría de su obra está catalogada o en iglesias. Que aparezca uno en una colección privada, de repente, en 2026… es sospechoso.

—Por eso te traigo a ti. —Él le lanzó una mirada rápida, llena de esa confianza inquebrantable que todavía la desconcertaba—. Tú eres mi detector de mentiras. Si Don Sebastián intenta venderme un lienzo pintado la semana pasada en un taller de Tepito, quiero saberlo antes de firmar el cheque.

—Y si intenta estafarte, ¿qué hacemos? —Ámbar miró hacia el asiento trasero, donde Russo dormitaba (o fingía dormir) con la mano cerca de su saco—. ¿Le disparamos? Porque te recuerdo que estamos tratando de ser legítimos. “Legítimo” generalmente implica menos tiroteos.

—Si intenta estafarme —dijo Fabiano con voz suave—, simplemente nos vamos. Y luego me aseguro de que nadie en el mundo del arte vuelva a comprarle ni una servilleta. Hay formas de matar a un hombre sin balas, Ámbar. Matar su reputación es a veces más efectivo.

Llegaron a la entrada de la “Hacienda Las Sombras” justo cuando el sol comenzaba a ocultarse. El nombre era apropiado. La propiedad era una estructura masiva de piedra cantera rosa y muros altos cubiertos de enredaderas que parecían estrangular la arquitectura. No había guardias visibles, lo cual, en la experiencia reciente de Ámbar, significaba que había francotiradores invisibles o que Don Sebastián era tan poderoso que no necesitaba mostrar sus dientes.

Un mayordomo que parecía haber sido desempolvado junto con los muebles los recibió en el patio central.
—El Patrón los espera en la biblioteca —dijo con una voz que sonaba a madera seca.

Fabiano ofreció su brazo a Ámbar. Ella lo tomó, sintiendo la dureza del músculo bajo la tela fina de su saco.
—¿Lista? —susurró él.

—Tengo mi lupa y mi sarcasmo. Nací lista.

Capítulo 2: El Aristócrata y la Académica

La biblioteca de Don Sebastián de la Garza olía a tabaco caro, cuero viejo y ese aroma dulce y rancio del papel que se está descomponiendo lentamente. Era un espacio impresionante, dos pisos de estanterías repletas de volúmenes encuadernados en piel, con una chimenea lo suficientemente grande como para asar un jabalí entero.

Don Sebastián estaba de pie junto a la chimenea. Era un hombre bajo, robusto, con una cabellera blanca impecable y un bigote que parecía desafiar la gravedad. Vestía un traje de lino color crema que gritaba “dueño de la mitad del estado”.

—Señor Pinto —dijo, extendiendo una mano llena de anillos de oro—. Un placer finalmente conocer al hombre que está sacudiendo el mercado de arte en la Ciudad de México.

—Don Sebastián. —Fabiano estrechó la mano con firmeza—. El placer es mío. Permítame presentarle a mi consultora principal y directora de la Fundación, la Dra. Ámbar Rodríguez.

Don Sebastián apenas le dirigió una mirada a Ámbar. Fue un barrido rápido, despectivo, de arriba a abajo.
—Ah, sí. La asistente. Puede esperar en el pasillo si se aburre, señorita. Los negocios de caballeros pueden ser tediosos.

El silencio que siguió fue breve pero gélido. Ámbar sintió que Fabiano se tensaba a su lado. Sabía, por la forma en que su mandíbula se apretó, que estaba a punto de decir algo que podría terminar con la negociación y posiblemente con la nariz de Don Sebastián rota.

Ella apretó su brazo sutilmente. Déjamelo a mí.

—No soy asistente, Don Sebastián —dijo Ámbar con una sonrisa dulce, del tipo que se da antes de destripar académicamente a alguien—. Y créame, no me aburro fácilmente. Especialmente cuando hay un Cabrera de por medio. La iconografía novohispana es mi especialidad. Sería una lástima que “los caballeros” discutieran precios sin saber si lo que están comprando es una obra maestra o un ejercicio de escuela de arte.

Don Sebastián parpadeó, sorprendido de que el mueble decorativo hablara. Soltó una risa condescendiente.
—Tiene espíritu. Me gusta. Muy bien, niña. Ven a ver.

Caminó hacia un caballete cubierto con una tela de terciopelo rojo en el centro de la sala. Con un gesto teatral, retiró la tela.

Ahí estaba.

Ámbar contuvo el aliento. Incluso a tres metros de distancia, la pintura tenía presencia. Era una Virgen del Apocalipsis, tal como se había prometido. Los colores eran vibrantes: azules profundos obtenidos de lapislázuli, rojos de cochinilla, dorados que captaban la luz de la chimenea. El estilo era inconfundiblemente Cabrera: las caras dulces, casi de porcelana, las manos delicadas, la composición dinámica de ángeles rodeando a la figura central.

—Impresionante —dijo Fabiano, pero no se acercó. Esperó a Ámbar.

Ella sacó sus guantes de algodón blanco de su bolso (nunca salía de casa sin ellos) y su lupa de joyero. Se acercó al lienzo como un médico a un paciente.

—¿Puedo? —preguntó, aunque ya estaba inclinándose.

—Con cuidado —advirtió Don Sebastián—. Esa tela tiene trescientos años.

Ámbar ignoró el comentario y se sumergió en el mundo de la pintura. Examinó las pinceladas. Fluidas, seguras. El craquelado (las grietas en la pintura) parecía consistente con la edad. No había señales obvias de repinte moderno bajo la luz UV portátil que sacó a continuación.

—El pigmento azul —murmuró Ámbar—. Es añil, no azul de Prusia. Correcto para la época. Cabrera usaba mucho añil en sus obras tardías.

Se movió hacia la esquina inferior derecha, buscando la firma. Ahí estaba: Michl Cabrera pinx. La caligrafía coincidía con los ejemplos que ella tenía memorizados.

Se enderezó, frunciendo el ceño.

—¿Problemas, doctora? —preguntó Fabiano.

—Es auténtico —dijo Ámbar.

Don Sebastián sonrió triunfante.
—Por supuesto que es auténtico. No invito a gente a mi casa para venderles basura, señor Pinto. El precio es de cuatro millones de dólares. No negociables.

—Es un Cabrera auténtico —repitió Ámbar, girándose para enfrentar al anciano—. Pero hay un problema, Don Sebastián.

—¿Qué problema? —El bigote del hombre se crispó.

—El problema es que esta pintura no debería estar aquí.

Ámbar caminó hacia la parte trasera del caballete.
—¿Me permite ver el reverso?

—No veo por qué sea necesario…

—Es necesario —intervino Fabiano. Su voz había bajado una octava, convirtiéndose en ese tono suave y peligroso que hacía que la gente reconsiderara sus opciones de vida.

Don Sebastián hizo un gesto irritado. Ámbar giró el cuadro con cuidado. El bastidor de madera era antiguo, oscurecido por el tiempo. Había varias etiquetas pegadas: exposiciones en París en 1920, una casa de subastas en los 50.

Pero Ámbar estaba buscando algo más. Sacó una pequeña linterna de luz rasante y la pasó por el borde superior del bastidor, donde la madera estaba más carcomida.

—Aquí —señaló—. Hay una marca de fuego. Apenas visible, alguien intentó lijarla, pero la madera absorbió el carbón.

Don Sebastián se puso rígido.
—Eso es daño normal por el tiempo.

—No —dijo Ámbar—. Es la marca de inventario del Convento de Santa Clara en Puebla. Específicamente, el símbolo que usaban para catalogar los bienes confiscados durante las Leyes de Reforma en el siglo XIX, que luego fueron devueltos a la custodia de la Iglesia en los años 30.

Ella se volvió hacia Fabiano.
—Esta pintura no está “perdida”, Fabiano. Fue robada. Hubo un robo famoso en la sacristía de Santa Clara en 1995. Se llevaron tres lienzos. Dos se recuperaron en un mercado negro en Alemania. Este, la Virgen del Apocalipsis, nunca apareció. Hasta hoy.

La atmósfera en la biblioteca cambió instantáneamente. El aire se volvió denso, eléctrico.

Don Sebastián dejó de sonreír. Sus ojos se entrecerraron, perdiendo cualquier rastro de calidez aristocrática.
—Acusaciones graves, niña. Tienes una imaginación muy activa. Esta pintura ha estado en mi familia por generaciones. Tengo papeles.

—Papeles falsificados —dijo Ámbar con calma—. Probablemente creados por el mismo tipo de gente que trabajaba para tu primo Cristiano, Fabiano. Puedo ver que el papel de la procedencia es viejo, pero la tinta de la máquina de escribir es de polímero, no de cinta de tela. Anacronismo.

—Basta. —Don Sebastián dio un paso hacia un botón en la pared, probablemente para llamar a seguridad—. Salgan de mi casa. El trato se cancela.

—No toques ese botón —dijo Russo.

Ámbar ni siquiera había visto entrar a Russo. El consigliere estaba de repente en la puerta, con las manos relajadas a los costados, pero con una presencia que llenaba la habitación.

—Don Sebastián —dijo Fabiano, caminando tranquilamente hacia el cuadro—. Creo que no entiende la situación. Mi consultora acaba de decirme que usted está tratando de venderme propiedad robada de la Iglesia y patrimonio nacional. Eso es un delito federal. Y, lo que es más ofensivo para mí, intentó engañarme.

—Usted es un Pinto —escupió Don Sebastián—. No me venga con moralidad. Su familia hizo su fortuna con contrabando.

—Mi padre hizo muchas cosas —concedió Fabiano—. Pero tenía un código. Y yo estoy tratando muy duro de limpiar el apellido. Comprar arte robado no ayuda a mi imagen.

Fabiano se paró frente al anciano. Era diez centímetros más alto y treinta años más joven, pero la diferencia real era la depredación. Fabiano era un lobo; Don Sebastián era solo un perro viejo y malhumorado.

—Esto es lo que va a pasar —dijo Fabiano—. Usted va a donar esta pintura a mi Fundación. Nosotros nos encargaremos de restaurarla y devolverla al Convento de Santa Clara, con una placa que diga “Recuperado gracias a la generosidad anónima de la familia De la Garza”.

—¡Está loco! ¡Vale cuatro millones!

—Y su libertad vale más —intervino Ámbar—. Porque si salimos de aquí sin el cuadro, mi siguiente llamada no es a un coleccionista. Es al INAH y a la Fiscalía General de la República. Tengo fotos de la marca de inventario en mi nube, subidas automáticamente hace treinta segundos.

Levantó su teléfono y le mostró la pantalla.
—La tecnología es una maravilla, ¿no cree?

Don Sebastián miró el teléfono, luego a Fabiano, luego a Russo en la puerta. Se puso rojo, luego pálido. Sabía que estaba acorralado. No por armas, sino por información.

—Llévensela —gruñó finalmente, agitando la mano con desdén—. Sáquenla de mi vista. Malditos advenedizos.

—Un placer hacer negocios —dijo Fabiano.

Hizo una señal a Russo, quien con sorprendente delicadeza tomó el cuadro.

Capítulo 3: Tacos y Triunfos

Dos horas después, estaban sentados en una taquería al borde de la carretera, bajo la luz parpadeante de un letrero de neón que decía “Los Mejores Tacos del Mundo (Probablemente)”.

El cuadro estaba seguro en el maletero, envuelto en mantas de protección.

Ámbar mordió un taco de pastor con la ferocidad de quien no ha comido en ocho horas.
—Dios mío, esto sabe a gloria. Mucho mejor que los canapés de caviar que seguramente nos iba a dar el viejo gruñón.

Fabiano la observaba desde el otro lado de la mesa de plástico rojo, con una botella de Coca-Cola de vidrio en la mano. Se veía incongruente en ese lugar, con su traje de diseñador y sus modales perfectos, pero parecía extrañamente cómodo.

—Estuviste brillante ahí dentro —dijo él.

—Estuve aterrorizada —admitió Ámbar, limpiándose una gota de salsa de la barbilla—. Cuando se acercó al botón de seguridad, pensé que íbamos a tener que huir corriendo por los viñedos.

—Russo lo tenía controlado.

—Russo siempre lo tiene controlado. A veces creo que es un robot.

Russo, que estaba comiendo tres tacos de suadero en la mesa de al lado mientras vigilaba el auto, gruñó algo que podría haber sido una risa o una amenaza.

—Lo de la marca de fuego… —dijo Fabiano—. ¿Realmente la viste o estabas blofeando?

Ámbar sonrió.
—La vi. Estaba ahí. Pero lo de la carga automática a la nube… eso fue mentira. No hay señal en esa hacienda. Mi teléfono estaba muerto.

Fabiano se rio, un sonido rico y cálido que hizo que la mesera de la taquería se tropezara un poco.
—Eres peligrosa, Ámbar Rodríguez. Mientes con la cara de un ángel.

—Aprendí del mejor. —Ella le guiñó un ojo—. Además, técnicamente no robamos el cuadro. Lo liberamos. Es una repatriación cultural agresiva.

—”Repatriación cultural agresiva”. Me gusta. Deberíamos ponerlo en las tarjetas de presentación.

Fabiano extendió la mano sobre la mesa y tomó la de ella. Sus dedos se entrelazaron, cálidos y familiares.

—Gracias —dijo él—. Por no dejar que comprara un problema de cuatro millones de dólares. Y por no dejar que mi temperamento ganara cuando me llamó “advenedizo”.

—Tu temperamento está mejorando. Solo apretaste la mandíbula tres veces. Eso es un récord.

—Contigo es fácil mantener la calma. —Él acarició el dorso de su mano con el pulgar—. Me das… perspectiva.

—Te doy dolores de cabeza.

—Esos también. Pero son mis dolores de cabeza favoritos.

Ámbar apretó su mano. Miró alrededor: la taquería barata, la noche oscura, el coche de lujo afuera con una obra maestra robada (recuperada) en la cajuela, y el ex jefe de la mafia que la miraba como si ella fuera la única obra de arte que importaba.

Su vida era extraña. Era peligrosa. Definitivamente no era lo que sus profesores de la universidad habían imaginado para ella.

Pero mientras Fabiano le sonreía y le pasaba otra servilleta, Ámbar supo que no cambiaría esta locura por ninguna biblioteca silenciosa del mundo.

—Entonces —dijo ella, tomando otro taco—. ¿Qué sigue, jefe? ¿Recuperamos un códice maya de un yate en Cancún? ¿Buscamos el penacho de Moctezuma en un sótano en Austria?

Fabiano sonrió, esa sonrisa afilada y llena de promesas.
—Mañana es domingo. Mañana vamos a comer con tu madre. Ella quiere saber por qué saliste en las noticias sociales junto a un “aristócrata caído en desgracia”.

Ámbar gimió y dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Prefiero el cártel. Enfréntame a sicarios. Mi madre con preguntas sobre nietos es mucho más aterradora.

—No te preocupes —dijo Fabiano, levantando su mano para besar sus nudillos—. Yo me encargo de Elena. Tú encárgate del arte. Juntos somos intocables.

Y bajo el cielo estrellado de Guanajuato, con el sabor del pastor y la promesa de aventuras por venir, Ámbar le creyó.

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