
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LÁGRIMAS BAJO LA LLUVIA
La lluvia había estado cayendo sobre la Ciudad de México durante tres horas seguidas, una cortina implacable que convertía el tráfico del Viaducto en un río de luces rojas y desesperación. Era esa clase de lluvia de octubre, fría y sucia, que se colaba por las costuras de las chamarras y te calaba hasta los huesos, recordándote que la ciudad, a pesar de su gente, podía ser un monstruo helado.
Emma Collins observaba las gotas correr una carrera suicida por el ventanal frontal de la cafetería. Su reflejo fantasmal la miraba desde el vidrio: ojeras marcadas, el uniforme con olor a grasa y café, y esa mirada de alguien que ha visto demasiados inviernos en solo veintiséis años. El letrero de neón de “Antojitos Doña Rosa” zumbaba intermitentemente sobre su cabeza, proyectando sombras rosas y azules sobre el pavimento mojado de la calle, ahora casi desierta.
—Emma, mija, ¿ya te vas? —La voz aguardentosa de Doña Rosa cortó sus pensamientos. La dueña, una mujer de 72 años que había visto pasar la historia de la colonia desde ese mostrador, limpiaba la superficie de formaica con el mismo trapo amarillo descolorido que parecía usar desde el mundial del 86.
Emma miró el reloj sobre la barra de la cocina. 10:47 p.m.
—Sí, Doña Rosa, nomás termino con la última mesa —gesticuló hacia el gabinete 7, donde un taxista con cara de no haber dormido en dos días cuidaba su tercer recarga de café de olla como si fuera agua bendita.
—Anda, vete, yo me encargo de él —dijo Rosa, espantándola con la mano—. Has estado de pie desde las 2 de la tarde. Eso es un turno doble, niña. No te me vayas a desmayar aquí.
Emma logró esbozar una pequeña sonrisa, aunque sentía que los músculos de su cara pesaban toneladas.
—Gracias, Rosa. Solo saco la basura de camino a mi camioneta.
—Siempre tan responsable —murmuró Rosa, pero había cariño maternal en su tono rasposo—. Y no se te olvide el paraguas esta vez, que luego andas tosiendo como perro de taller.
Emma descolgó su chamarra de lona gastada del gancho cerca de la cocina y agarró las dos bolsas negras de basura industrial que esperaban junto a la puerta trasera. El paraguas estaba justo donde lo había dejado esa mañana. Lo tomó, dudó un segundo, y lo volvió a dejar. El camino a su vieja Ford F-150 era de solo seis metros. Había sobrevivido a cosas peores que un poco de agua ácida de la capital.
Las luces fluorescentes de la cocina parpadearon cuando empujó la pesada puerta de metal hacia el callejón.
El golpe de la lluvia fue inmediato, frío e insistente, como una bofetada de realidad. Emma cargó las bolsas y se movió rápido hacia los contenedores al final del estrecho pasaje entre la cafetería y una fábrica textil abandonada que servía de lienzo para los grafiteros locales. La CDMX de noche tenía una cualidad particular, una mezcla de sirenas lejanas que nunca callaban, el zumbido constante de los generadores y ese ritmo de peligro latente que te obligaba a caminar rápido y mirar a todos lados.
Emma había vivido aquí toda su vida. Sabía qué calles de la Doctores evitar, qué atajos tomar y cómo mantener la cabeza baja y las llaves entre los dedos como un arma improvisada. Lanzó la primera bolsa al contenedor, el clang metálico resonó contra las paredes de ladrillo húmedo.
Al levantar la segunda bolsa, un sonido la hizo congelarse.
Llanto.
No era el maullido de un gato callejero ni el grito de una pelea de borrachos. Era el llanto hiposo y desesperado de un bebé.
El corazón de Emma se detuvo un instante. Soltó la bolsa de basura, su contenido desparramándose olvidado a sus pies entre los charcos aceitosos. El sonido venía de detrás del contenedor más grande, en la zona más profunda de las sombras, donde el callejón topaba con pared.
—¿Hola? —su voz salió incierta, tragada por el ruido de la lluvia—. ¿Hay alguien ahí?
El llanto se intensificó. Ahora distinguía claramente dos voces diferentes. Dos bebés.
Los pies de Emma se movieron antes de que su mente procesara completamente la estupidez que estaba cometiendo. Rodeó el contenedor, sus ojos luchando por ajustarse a la oscuridad casi total. El haz estrecho de la luz de seguridad de la puerta trasera apenas llegaba hasta allí, dibujando siluetas fantasmales.
Entonces los vio.
Dos portabebés estaban colocados sobre el asfalto mojado, protegidos parcialmente por el voladizo de una escalera de incendios oxidada. Los bebés dentro, que no podían tener más de ocho o nueve meses, lloraban con sus caritas rojas y arrugadas por la angustia.
Pero fue el hombre junto a ellos lo que hizo que a Emma se le cortara la respiración.
Estaba desplomado contra la pared de ladrillo, una mano aferrando el asa del portabebés más cercano con una desesperación de nudillos blancos. Incluso en la penumbra, Emma pudo ver la mancha oscura que se extendía por su hombro izquierdo, mezclándose con la lluvia que pegaba su cabello oscuro a la frente.
—Dios mío… —susurró Emma, cayendo de rodillas junto a él sin importarle el agua sucia que empapaba sus jeans al instante—. Señor… Señor, ¿me escucha?
Los ojos del hombre se abrieron con dificultad. Eran ojos oscuros, casi negros en las sombras, llenos de dolor y de algo más.
Terror.
No por él mismo, se dio cuenta Emma al instante, sino por las criaturas que lloraban a su lado.
—Por favor… —su voz era apenas un susurro ronco, teñido de un acento peculiar, tal vez norteño o extranjero, no lograba ubicarlo—. Por favor… no… hospital. Ellos… encontrarán…
Su cabeza cayó hacia un lado, la consciencia escapándosele como agua entre los dedos.
Las manos de Emma temblaron mientras las presionaba contra su hombro, sintiendo la humedad tibia y pegajosa filtrarse entre sus dedos. Sangre. Mucha sangre. Había visto heridas antes. Dos años de la carrera de Medicina en la UNAM antes de verse obligada a desertar le habían enseñado lo suficiente para saber que esto era grave.
La herida en su hombro seguía sangrando, aunque no con la fuerza de una arteria rota. Pero su piel estaba fría, demasiado fría, y su respiración era superficial y errática. Choque hipovolémico, diagnosticó su cerebro automáticamente.
—Necesito llamar al 911 —dijo Emma, más para sí misma que para él, buscando a tientas su celular con dedos manchados de rojo.
—¡No!
La mano del hombre salió disparada con una fuerza sorprendente, agarrando su muñeca. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad feroz, casi animal.
—No policía. No hospital. Ellos… matarán… a los niños.
—Necesita atención médica urgente —insistió Emma, pero su voz vaciló. Había algo en su desesperación que la frenó en seco.
—Por favor… —la palabra salió como un último suspiro.
La mente de Emma corría a mil por hora. Cada pensamiento racional le gritaba que pidiera ayuda, que hiciera lo correcto, lo legal. Que no se metiera en problemas en una ciudad donde “meterse en problemas” solía significar desaparecer.
Pero miró a los dos bebés, todavía llorando en sus sillas, vulnerables y solos. Y luego miró a este hombre que apenas se aferraba a la vida, pero que usaba su última reserva de energía para protegerlos.
Pensó en su padre, desangrándose en aquel accidente en la carretera a Cuernavaca hacía tres años, mientras ella sostenía su mano esperando ambulancias que llegaron demasiado tarde por el tráfico. Pensó en su madre, que sobrevivió al impacto solo para morir dos días después en una cama de hospital público, llamando a Emma con su último aliento.
Pensó en todas las noches que había pasado despierta preguntándose si podría haber hecho más. Si tan solo hubiera tenido el conocimiento, las habilidades, el coraje.
—Está bien —se escuchó decir Emma. La decisión estaba tomada—. Está bien, pero tenemos que moverlo. ¿Puede ponerse de pie?
Él asintió débilmente. Emma sabía que probablemente era mentira, pero tenían que intentarlo. Miró a los bebés.
—¿Son suyos?
—Mis hijos… —el orgullo parpadeó en sus ojos incluso a través del dolor—. Lucía… Marco.
—Okay. Lucía y Marco vienen con nosotros.
Emma actuó rápido, entendiendo en algún lugar de su mente que nada en su vida volvería a ser igual después de este momento. Agarró el primer portabebés. Lucía, adivinó por la cobijita rosa. Y luego a Marco. Eran más pesados de lo que esperaba, sólidos y reales en sus manos. Dejándolos cuidadosamente donde la lluvia no los alcanzara, regresó por el hombre.
—Voy a ayudarlo a levantarse. Mi camioneta está a unos pasos. ¿Puede hacerlo?
Él asintió de nuevo, y Emma deslizó su hombro bajo el brazo bueno de él, preparándose para el peso. Era alto, fácilmente 1.90, y sólidamente construido bajo ese traje arruinado.
—A la de tres —contó Emma—. Una… dos… tres.
Se levantaron juntos. El peso del hombre casi le dobla las rodillas a Emma. Él reprimió un gemido gutural, y ella sintió cómo temblaba por el esfuerzo de mantenerse erguido. Paso a paso, agonizante y lento, avanzaron hacia la boca del callejón donde la vieja pickup Ford de Emma descansaba bajo una farola rota.
—Espere aquí —jadeó ella, recargándolo contra el costado de la camioneta.
Corrió de vuelta por los bebés, agarrando ambos asientos. Sus brazos ardían, pero la adrenalina la empujaba hacia adelante. La puerta del copiloto chirrió al abrirse. Aseguró un asiento atrás, luego el otro, sus dedos torpes luchando con los cinturones de seguridad. Los bebés habían bajado el volumen a sollozos quedos, sus ojos grandes observándola con esa extraña consciencia que a veces tienen los niños.
—Está bien —les murmuró Emma, aunque no tenía idea de si eso era verdad—. Todo va a estar bien.
El hombre se había deslizado por el costado de la camioneta cuando ella regresó a él. El corazón de Emma martilleaba mientras lo ayudaba a subir al asiento del copiloto. Su cabeza cayó hacia atrás contra el reposacabezas. Respiraba con dificultad.
—Quédese conmigo —dijo Emma firmemente, cerrando la puerta y corriendo hacia el lado del conductor.
El motor tosió dos veces antes de arrancar con un rugido asmático. Las manos de Emma se aferraron al volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos mientras se alejaba de la cafetería, incorporándose al tráfico de la avenida.
Sus ojos iban del camino al hombre a su lado. Su etiqueta, podía verla ahora en el tenue brillo del tablero, simplemente decía “V. Moretti”. El reloj en su muñeca brillaba fugazmente al pasar bajo las luces de la ciudad; probablemente costaba más de lo que Emma ganaba en cinco años de propinas. Sus zapatos eran de piel italiana, ahora arruinados por el lodo de la capital.
¿En qué demonios se había metido?
CAPÍTULO 2: EL JURAMENTO DE LA DOCTORES
El trayecto a su departamento en la colonia Doctores usualmente tomaba veinte minutos a esa hora. Emma lo hizo en doce, pasándose dos semáforos en rojo en Eje Central y empujando su vieja camioneta a velocidades que hacían vibrar todo el chasis.
Habló todo el camino, en parte para mantenerlo consciente y en parte para evitar que el pánico la paralizara.
—Soy Emma, por cierto. Emma Collins. Bueno, mi papá era gringo, mi mamá mexicana. Vivo sola. Bueno, supongo que ya no. Al menos por esta noche. Mi depa es chico, pero está limpio. Tengo… tengo suministros médicos. Estudié medicina. ¿Le dije eso? Dos años en la UNAM antes de salirme. Mis padres murieron. Accidente de auto. Y yo no pude…
Tragó saliva, forzando las lágrimas hacia abajo.
—De todos modos, recuerdo lo suficiente. Creo… Dios, espero recordar lo suficiente.
El hombre, Moretti, hizo un sonido que podría haber sido un reconocimiento. En el asiento trasero, uno de los gemelos comenzó a llorar de nuevo. Un sonido cansado y asustado que hizo doler el pecho de Emma.
—Ya casi llegamos —les prometió a todos—. Ya casi.
Su edificio era una construcción vieja de cuatro pisos, de esas que sobrevivieron al temblor del 85 de milagro, donde todos los vecinos se metían en sus propios asuntos y el casero solo aparecía para cobrar la renta en efectivo.
Emma se estacionó lo más cerca posible de la entrada y se quedó sentada un momento, sus manos aún aferradas al volante, la realidad cayéndole encima como una losa de concreto. Acababa de traer a un extraño herido de bala y a dos bebés a su casa. No había llamado a la policía. No tenía idea de qué le había pasado, de quién huía, o por qué estaba tan desesperado por evitar los hospitales.
La mano de Moretti tocó su brazo, haciéndola saltar. Sus ojos estaban abiertos, más claros ahora, a pesar del dolor grabado en cada línea de su rostro.
—Gracias —dijo simplemente.
Esas dos palabras, dichas con una gratitud tan genuina y profunda, estabilizaron algo dentro de Emma. Ella asintió.
—Vamos a meterlo adentro.
Subirlo tres pisos por las escaleras estrechas fue una pesadilla logística. Moretti apenas podía mantenerse en pie, mucho menos escalar. Emma casi lo cargó, arrastrándolo, pausando cada pocos escalones para dejarlo respirar. La Señora Chen del 2B abrió su puerta ante la conmoción, los miró con ojos críticos, y la cerró de nuevo sin decir una palabra. Emma nunca había estado más agradecida por la indiferencia chilanga.
Para cuando llegaron a la puerta de su departamento, Emma temblaba de agotamiento. Batalló con las llaves, finalmente abrió, y guio a Moretti directo a su pequeño sofá de segunda mano. Él colapsó en él con un sonido que era parte alivio, parte agonía.
—Vuelvo enseguida —jadeó ella.
Corrió escaleras abajo por los bebés, bajando los escalones de dos en dos a pesar de que sus piernas ardían. Los gemelos estaban milagrosamente callados ahora, sus ojos cerrándose por el cansancio. Emma agarró ambos asientos y emprendió la subida de nuevo, su corazón latiendo tan fuerte que pensó que explotaría.
Dentro de su departamento, dejó a los bebés con cuidado en el suelo y cerró la puerta, pasando el cerrojo, la cadena y empujando una silla contra la perilla por si acaso.
Por un momento, solo se quedó allí, respirando con dificultad, mirando la escena.
Su pequeña sala, con sus muebles viejos y su colección de libros de medicina acumulando polvo, ahora contenía a un hombre herido de muerte sangrando en su sofá y a dos gemelos en su piso de linóleo. Lo absurdo de la situación la golpeó de repente, y tuvo que reprimir una risa histérica.
—Okay —dijo Emma en voz alta, forzándose a la acción—. Okay, suministros médicos primero.
Guardaba un botiquín debajo del lavabo del baño, uno bien surtido, un remanente de sus días de estudiante que nunca había sido capaz de tirar. “Uno nunca sabe”, solía decir su madre. Cuánta razón tenía. Emma lo agarró, junto con toallas limpias, alcohol del 96, y cada venda que tenía.
De vuelta en la sala, Moretti ya tenía los ojos cerrados, su respiración superficial. Emma se arrodilló junto al sofá y, con manos que intentaban no temblar, comenzó a desabotonar su camisa. La tela estaba empapada y pegada a la piel.
—Lo siento, esto le va a costar la camisa —murmuró.
Agarró las tijeras del botiquín y cortó la tela, revelando la herida. Emma contuvo el aliento. El proyectil había entrado por el frente del hombro y salido limpiamente por la espalda. Había visto diagramas de esto en su rotación de trauma. Si no había daño arterial mayor —y el hecho de que siguiera vivo sugería que no lo había—, las preocupaciones principales eran la infección y la pérdida de sangre.
—Esto va a doler —advirtió Emma.
Aunque no estaba segura de si él podía escucharla, limpió la herida lo más gentilmente posible, usando el alcohol a pesar de saber que ardería como fuego líquido. El cuerpo entero de Moretti se tensó, un gruñido bajo escapando entre sus dientes apretados, pero no gritó.
Emma trabajó rápido, taponando la herida con gasa estéril y vendándolo fuertemente para aplicar presión. Sus manos recordaban más que su mente. Los movimientos regresaron a ella: la forma de aplicar la presión, cómo asegurar el vendaje, los signos vitales que debía vigilar.
Para cuando terminó, sus manos estaban más firmes, pero manchadas de la sangre de un extraño. La fiebre de Moretti le preocupaba más; su piel ardía al tacto, el sudor perlando su frente a pesar de que el departamento estaba frío. Emma buscó un paño húmedo y lo colocó en su frente, luego lo cubrió con su cobertor de San Marcos, el de tigre, el más caliente que tenía.
Solo entonces volvió su atención a los bebés.
Lucía y Marco estaban despiertos, mirándola con ojos solemnes y oscuros que le recordaron dolorosamente a los de su padre. Necesitaban cambio, comida y consuelo, nada de lo cual Emma tenía.
—Diablos —susurró.
Buscó alrededor y encontró una pañalera de piel costosa que se le había pasado por alto, metida bajo el asiento de Marco. Adentro: pañales, toallitas húmedas, fórmula en polvo, biberones y cambios de ropa. Quienquiera que fuera este Moretti, estaba preparado para huir con sus hijos.
Emma nunca había cambiado un pañal en su vida, pero lo resolvió a prueba y error, hablándoles suavemente a los bebés mientras trabajaba.
—Perdón si lo hago mal, chicos. Probablemente están acostumbrados a nanas profesionales o algo así, ¿eh?
Marco agarró su dedo con su pequeño puño y algo en el pecho de Emma se rompió y se reparó al mismo tiempo.
Calentó agua en el microondas para la fórmula, probando la temperatura en su muñeca como había visto en las películas. Comieron con hambre, sus manitas buscando el calor. Cuando terminaron, los hizo eructar, sintiéndose ridículamente fuera de su elemento, pero ellos se calmaron.
Lucía se durmió primero, seguida por Marco. Emma armó una cama improvisada en el suelo usando cojines del sofá y almohadas, colocando ambos asientos en medio donde podía verlos desde cualquier punto del pequeño departamento.
Eran pasadas las 2:00 a.m. cuando Emma finalmente se permitió hundirse en el suelo, su espalda contra la pared, justo entre el sofá donde yacía el capo y los bebés dormidos.
La adrenalina se estaba disipando, dejándola temblorosa y mareada. Miró a Moretti, luego a los gemelos, luego a sus propias manos.
—¿Qué he hecho? —le susurró al cuarto vacío.
Moretti se movió, su mano colgando del borde del sofá. Emma observó el ascenso y descenso de su pecho, contando las respiraciones. Constantes. Vivo.
Sacó su celular, su pulgar flotando sobre el botón de llamada de emergencia. Debería llamar a alguien. Esto estaba más allá de sus capacidades. Este hombre necesitaba un cirujano y estos bebés necesitaban… ¿qué? ¿Familia? ¿El DIF?
Pero las palabras de él resonaron en su mente: Se los llevarán. Los matarán.
¿Quiénes eran “ellos”? ¿Y qué pasaría con Lucía y Marco si Emma hacía esa llamada?
Bajó el teléfono sin marcar.
Alrededor de las 4:00 a.m., la fiebre de Moretti subió. Emma despertó de una media siesta con el sonido de él murmurando en italiano, moviéndose débilmente en el sofá.
—Non toccarli… Sophia… —gemía.
Ella presionó el paño fresco contra su frente de nuevo, hablándole suavemente.
—Tienes que luchar. Esos bebés te necesitan. Yo necesito que despiertes y me expliques qué está pasando porque estoy aterrorizada y no tengo idea de qué estoy haciendo.
Su mano encontró la de ella en su delirio, agarrándola con una fuerza sorprendente. Emma se aferró, anclándolo a la realidad.
—No los dejes… —murmuró, perdido en sueños febriles—. Sophia… promesa.
—¿Proteger a Sophia? —preguntó Emma.
Pero él se había ido de nuevo, hundiéndose en la inconsciencia.
Emma encontró su cartera en la chamarra destrozada. Sabía que estaba invadiendo su privacidad, pero necesitaba saber algo, cualquier cosa. Adentro no había tarjetas de crédito, solo efectivo —mucho efectivo, pesos y dólares— y una foto gastada y arrugada.
La imagen mostraba a Moretti más saludable, sonriendo con una mujer. Ella era hermosa, con cabello largo y oscuro y una sonrisa cálida. Su mano descansaba sobre su vientre muy embarazado. La mano de Moretti cubría la de ella. Ambos llevaban anillos de boda.
Emma volteó la foto. Escrito en una caligrafía elegante decía: “Vicente, Sophia y nuestros milagros. 3 meses para conocerlos.”
Sophia. El nombre que él llamaba en su fiebre.
Emma miró a los bebés, el entendimiento cayendo sobre ella como un abrigo pesado. Estos eran sus hijos, y Sophia no estaba aquí.
Guardó la foto en la cartera y regresó a su lugar en el suelo. La lluvia finalmente había parado. A través de su ventana, podía ver los primeros indicios del amanecer aclarando el cielo contaminado sobre la ciudad.
Emma abrazó sus rodillas y observó a sus huéspedes inesperados.
Vicente Moretti. Tenía su nombre ahora. Un hombre que huía de algo lo suficientemente terrible como para arriesgarse a morir en un callejón antes que pisar un hospital. Y Lucía y Marco, dos bebés inocentes atrapados en cualquier tormenta que su padre estuviera enfrentando.
—Los mantendré a salvo —le prometió Emma a la habitación en silencio—. Sea lo que sea esto, seas quien seas… los mantendré a salvo.
La mano de Vicente se contrajo en su sueño, y en algún lugar de su inconsciencia febril, pareció escucharla. Su respiración se estabilizó ligeramente, las líneas de dolor en su rostro suavizándose solo una fracción.
Mientras el amanecer rompía sobre la Ciudad de México, Emma Collins se sentó en su pequeño departamento y se preguntó si acababa de salvar una vida o de arruinar la suya propia. Pero al mirar a esos dos bebés dormidos, supo que, sin importar el costo, había tomado la única decisión con la que podría vivir.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: UN DESAYUNO CON EL ENEMIGO
Emma despertó con el sonido de un llanto que no era de este mundo. O al menos, no de su mundo hasta hace unas horas. No eran los gemidos desesperados de la noche anterior, sino el reclamo insistente y gutural de dos estómagos vacíos que exigían atención inmediata.
La luz pálida de noviembre se filtraba a través de las cortinas delgadas que compró en el tianguis de la Lagunilla, y por un segundo maravilloso y fugaz, olvidó todo. Olvidó la sangre, la lluvia y al hombre en su sofá.
Entonces su cuello protestó por el ángulo imposible en el que había dormido contra la pared, y la realidad le cayó encima como cubeta de agua helada.
Se incorporó de golpe, cada músculo gritando. El reloj de pared en forma de gato (un regalo de broma de Doña Rosa) marcaba las 7:23 a.m. Había dormido tres horas, pero se sentían como tres minutos.
Marco era el más ruidoso, su cara estaba tan roja que parecía que iba a estallar. Lucía sollozaba a su lado, tomando aire para unirse al coro. Emma se tropezó con sus propios pies al acercarse.
—Ya va, ya va, los escucho —susurró, levantando a Marco primero. El bebé estaba caliente y sólido, y su llanto bajó de volumen al sentir el contacto humano—. Ya sé, chaparrito. Tienes hambre. Lo siento.
Lanzó una mirada nerviosa hacia el sofá.
Vicente Moretti yacía exactamente como lo había dejado, pero su pecho subía y bajaba con un ritmo constante. La fiebre, gracias al cielo y a las compresas frías, parecía haber cedido. Su rostro tenía un poco más de color, aunque seguía pálido bajo esa tez morena clara.
Emma calentó los biberones con una mano mientras mecía a Marco contra su hombro con la otra. El departamento estaba helado; se le había olvidado prender el calentador de paso y la mañana en la Ciudad de México calaba.
—Aguanta, Lucía, ya casi está tu turno —le dijo a la niña que seguía en el portabebés.
Se sentó en el suelo, recargada contra el sofá, acomodándose para alimentar a Marco. Estaba a la mitad del biberón cuando sintió un cambio en el aire. Una tensión repentina.
Vicente se movió. Fue sutil primero, un giro de cabeza, los dedos flexionándose. Luego, sus ojos se abrieron de golpe. Desenfocados, confundidos. Emma lo vio parpadear, su mirada recorriendo el techo desconocido con manchas de humedad, las paredes color crema, hasta aterrizar finalmente en ella.
Sus ojos se encontraron y Emma vio el momento exacto en que la memoria regresó a él.
Su cuerpo entero se puso rígido como una tabla. Su mano derecha bajó disparada hacia su cintura, buscando algo. La pistola.
—Está en el clóset —dijo Emma tranquilamente, sin dejar de darle el biberón a Marco—. La chamarra… y lo demás. Revisé que tuviera el seguro puesto y la guardé.
La mandíbula de Vicente se tensó tanto que Emma escuchó el rechinar de sus dientes. Intentó impulsarse para sentarse, pero su cuerpo lo traicionó. Un jadeo agudo de dolor escapó de sus labios y cayó de nuevo contra los cojines viejos.
—No lo hagas —advirtió Emma, su voz firme a pesar de que por dentro estaba temblando—. Perdiste mucha sangre. Tu hombro necesita tiempo y te vas a botar las suturas si te mueves así.
—¿Suturas? —Su voz sonaba como si hubiera tragado vidrios, ronca por la fiebre y el desuso.
—No podía dejarlo abierto. Tenía que cerrar la herida.
—¿Tú lo hiciste? —Vicente la miró con incredulidad mezclada con sospecha.
—Hice lo mejor que pude con lo que tenía. Hilo de seda y agujas esterilizadas. No va a quedar bonito, pero estás vivo.
Los ojos oscuros de Vicente la estudiaron durante un largo e incómodo minuto. Parecía estar calculando, evaluando si ella era una amenaza o un ángel. Luego, su mirada bajó al bebé en sus brazos, y la máscara de tipo duro se rompió.
—Marco… —su voz fue un hilo de aire.
—Está bien. Los dos están bien —Emma miró a Lucía, que se había quedado medio dormida esperando su turno—. Creo que solo estaban asustados y hambrientos. Durmieron casi toda la noche.
Vicente no despegaba la vista de sus hijos. Los escaneaba, buscando cualquier rasguño, cualquier señal de daño. Su mano temblaba ligeramente mientras la extendía hacia Marco, aunque la distancia era demasiada.
—¿Quiere cargarlo? —preguntó Emma—. ¿Cuando termine de comer?
Vicente asintió, incapaz de hablar. Emma podía ver la tormenta de emociones en su cara: alivio, terror, amor, culpa. Todo mezclado en una expresión devastadora.
Cuando Marco terminó su leche, Emma se movió con cuidado. Ayudó a Vicente a acomodarse, poniéndole una almohada bajo el brazo herido para darle soporte.
La transformación fue instantánea. En cuanto tuvo a Marco contra su pecho, el “jefe” desapareció y solo quedó el padre. Marco se acurrucó contra la camisa rota de Vicente, su manita agarrando la tela. Vicente cerró los ojos y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
—Gracias… —susurró contra el cabello de su hijo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó él después de un momento, sin abrir los ojos.
—¿Desde que lo encontré? Unas nueve horas. Tuvo fiebre alta a las 4 a.m. Estaba delirando.
—¿Dije algo? —Su tono se volvió cauteloso de inmediato.
—Llamaba a una tal Sophia. Y me hizo prometer que los protegería.
El silencio que siguió fue pesado. Vicente abrió los ojos y miró hacia la pequeña cocina.
—¿Café? —ofreció Emma, necesitando hacer algo con sus manos.
—Por favor. Negro.
Mientras el agua gorgoteaba en la cafetera vieja, Emma sintió su mirada en su espalda.
—Su cartera decía Vicente. Vicente Moretti.
—Sí. —La cautela seguía ahí, afilada como una navaja.
—Yo soy Emma. Emma Collins.
—Lo recuerdo. Dijiste que eras estudiante de medicina. Que tus padres murieron.
Emma se detuvo un segundo mientras servía el café. —Tiene buena memoria para alguien que estaba medio muerto.
—Es mi trabajo recordar detalles.
—¿Y qué trabajo es ese, señor Moretti? —Emma se giró, recargándose en la barra de la cocina con las dos tazas humeantes—. Porque la gente normal no anda corriendo por callejones de Iztapalapa con dos bebés y una bala en el hombro.
—Importaciones y exportaciones —dijo él, con la cara más seria del mundo.
Emma soltó una risa seca, sin humor.
—Claro. Y yo soy la Reina de Inglaterra. Mire, no me diga si no quiere, pero no me insulte con mentiras baratas. Arriesgué mi pellejo metiéndolo aquí. Podrían acusarme de complicidad, de secuestro, de quién sabe qué más.
—¿Por qué no llamó a la policía? —interrumpió él, mirándola fijamente. Sus ojos eran intensos, de un café tan oscuro que parecían negros—. Eso es lo que la gente “normal” hace.
—Porque usted me lo pidió. Y porque dijo que “ellos” se llevarían a los niños.
—¿Y me creyó?
—Creí en el miedo que vi en sus ojos. —Emma le pasó la taza de café, asegurándose de que pudiera agarrarla con la mano buena—. Conozco ese miedo. Es el miedo de saber que el sistema no siempre te salva.
Vicente tomó un sorbo de café. Hizo una mueca, tal vez por el calor, tal vez por el dolor al moverse.
—Tiene razón —dijo finalmente—. No son importaciones. Mi familia… mi familia tiene negocios. Algunos legales, otros no tanto. Hay gente que quiere ocupar mi lugar. Gente que no tiene códigos.
—¿Códigos?
—Reglas. Como no tocar a la familia. —Acarició suavemente la espalda de Marco—. Ayer rompieron todas las reglas.
Emma sintió un escalofrío. Estaba desayunando con un capo de la mafia, o algo muy parecido. Debería estar aterrada. Debería salir corriendo. Pero al verlo ahí, herido y vulnerable, dándole besitos en la cabeza a su hijo, no podía ver al monstruo.
—¿Estamos seguros aquí? —preguntó Emma, yendo al grano.
—Por ahora. No saben quién es usted. Nadie me vio subir a su camioneta. Creen que sigo en la zona o que ya estoy muerto.
—Tengo que ir a trabajar —dijo Emma, mirando el reloj. 8:15 a.m. Ya iba tarde—. Si falto, van a preguntar. Doña Rosa es… es muy metiche, pero porque se preocupa. Si no aparezco, capaz manda a alguien a buscarme.
Vicente asintió lentamente.
—Tiene que ir. Actúe normal. Si nos quedamos encerrados y usted desaparece, levantará sospechas.
—¿Va a estar bien con ellos? —Emma señaló a los bebés—. Apenas puede moverse.
—Me las arreglaré. He cuidado de ellos solo los últimos ocho meses.
—¿Dónde está la madre? —La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
La temperatura en el cuarto pareció bajar diez grados. El rostro de Vicente se cerró como una puerta blindada.
—Murió en el parto.
—Lo siento… —Emma se sintió una estúpida.
—Váyase a trabajar, Emma. Estaremos aquí cuando regrese. No abra la puerta a nadie. Si alguien toca, no estamos. Y por lo que más quiera… no le diga a nadie. Ni a su jefa, ni a su mejor amiga, a nadie.
—No soy tonta, Moretti. Sé que mi vida también depende de esto ahora.
Emma agarró sus llaves y su bolsa. Antes de salir, miró atrás. Vicente Moretti, el hombre peligroso, estaba intentando acomodar a Lucía en su regazo con un solo brazo, haciendo muecas de dolor pero sin soltarla.
—Hay fórmula en la alacena. Y pañales extra en la bolsa —dijo ella.
—Gracias —dijo él, sin mirarla.
Emma cerró la puerta y echó los tres cerrojos. Al salir al pasillo del edificio, sintió que dejaba su corazón del otro lado de la puerta.
CAPÍTULO 4: LA VISITA INESPERADA
El viaje en pesero hacia la cafetería fue una tortura psicológica. Emma se sentó pegada a la ventana, apretando su mochila contra el pecho. Cada vez que una camioneta negra pasaba cerca, su corazón daba un vuelco. Cada vez que alguien se subía al transporte y se quedaba mirándola un segundo más de lo normal, ella imaginaba que eran “ellos”.
La paranoia era un parásito que se alimentaba rápido.
Llegó a “Antojitos Doña Rosa” diez minutos tarde, entrando por la puerta trasera como siempre.
—¡Milagro que vienes! —gritó Doña Rosa desde la caja—. Ya te iba a poner falta, niña.
—El tráfico estaba horrible, Rosa. Hubo un choque en Tlalpan —mintió Emma con una facilidad que la asustó.
El turno fue eterno. Servir enchiladas, rellenar tazas de café, limpiar mesas pegajosas. La rutina, que solía ser reconfortante por su simplicidad, ahora se sentía como una actuación en una obra de teatro donde ella no se sabía el guion.
—¿Te sientes bien, flaca? —le preguntó Beto, el cocinero, mientras le pasaba una orden de molletes—. Estás pálida. Pareces fantasma.
—Mala noche —dijo Emma, forzando una sonrisa—. Insomnio.
—Deberías tomarte un té de tila, mija. O búscate un novio, eso también quita el insomnio —rio Beto.
Si supiera que tengo un mafioso italiano en mi sofá, pensó Emma.
A las 4:00 p.m., cuando terminó su turno, Emma hizo algo que nunca hacía: tomó un taxi de sitio en lugar del camión. No quería caminar las últimas cuadras sola. Le pidió al taxista que la dejara en el supermercado de la esquina de su casa.
Compró provisiones como para un apocalipsis zombie: dos paquetes grandes de pañales, fórmula, leche, huevos, pollo rostizado, tortillas y analgésicos fuertes. Gastó la mitad de su quincena sin pensarlo dos veces. Vicente le había ofrecido dinero de su cartera, pero ella, por orgullo o estupidez, no lo había tocado.
Caminó hacia su edificio con las bolsas pesando toneladas, mirando sobre su hombro cada cinco pasos.
Al llegar al tercer piso, se detuvo en seco frente a su puerta.
Estaba cerrada. Los cerrojos parecían intactos.
Pegó la oreja a la madera. Silencio.
Abrió con manos temblorosas.
—¿Vicente? —llamó en voz baja.
—Aquí.
Estaba en el sillón, pero algo había cambiado. Había movido la mesa de centro frente a la puerta, como una barricada improvisada. La pistola estaba sobre la mesa, a su alcance. Los bebés estaban en el suelo, detrás del sofá, protegidos por el cuerpo del mueble.
Emma cerró y aseguró la puerta rápidamente.
—¿Qué pasó? —preguntó, dejando las bolsas en la cocina.
—Alguien vino —dijo Vicente. Su voz era tensa, controlada—. Hace una hora.
Emma sintió que la sangre se le iba a los pies.
—¿Quién?
—Tocaron tres veces. Luego una pausa. Luego dos veces más. No es un toque normal.
—¿Vieron algo?
—No. Se anunciaron como “Revisión del Gas”.
—El gas lo revisaron el mes pasado —susurró Emma.
—Exacto. —Vicente intentó sentarse más derecho, haciendo una mueca—. Escuché voces en el pasillo. Dos hombres. Discutían si era el departamento correcto. Uno dijo “El patrón dijo 3C”.
—Este es el 3C —dijo Emma, sintiendo nauseas.
—Sí. Pero luego el otro dijo: “No, el reporte dice que la chica vive sola. No se escuchan niños”.
Emma miró a los gemelos. Estaban despiertos, jugando con unos calcetines que Vicente les había dado.
—¿Cómo hiciste para que no lloraran?
—Supe que venían antes de que tocaran. Escuché los pasos pesados en la escalera. Les di un poco de… —Vicente señaló el frasco de paracetamol infantil en la mesa—. Una dosis muy pequeña. Para calmarlos. Sé que no es lo ideal, pero no podían hacer ruido.
Emma no se enojó. Entendió la necesidad brutal de la supervivencia.
—¿Se fueron?
—Probaron la perilla. Vieron que estaba cerrada con pasador y cadena. Dijeron “Vámonos, aquí no hay nadie, regresamos luego”.
—Van a regresar —dijo Emma, dejándose caer en la silla del comedor.
—Sí. Pero no hoy. Creen que el departamento está vacío o que te fuiste a trabajar. Ganamos tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Un día. Tal vez dos.
Emma miró al hombre herido en su sala. Su vendaje tenía una mancha fresca de sangre; el esfuerzo de mover la mesa y cuidar a los niños le había cobrado factura.
—Tienes que comer —dijo ella, levantándose con una determinación que no sabía que tenía—. Traje pollo. Y antibióticos que conseguí en la farmacia de la esquina, de esos que te venden sin receta si les sonríes bonito.
—Emma… —Vicente la llamó por su nombre, y sonó diferente esta vez. Menos como una orden, más como una súplica—. Tienes que irte. Toma a los niños y llévalos a una iglesia, a un hospital, donde sea. Déjame aquí. Si me encuentran a mí, tal vez dejen de buscar.
Emma se detuvo con el pollo rostizado en la mano. Se giró lentamente.
—Ya tuvimos esta conversación. No voy a abandonarte para que te maten en mi sala. Mancharía la alfombra y es muy difícil sacar esas manchas.
Vicente la miró, atónito. Y entonces, por primera vez, una sonrisa torcida, pequeña y dolorosa apareció en su rostro.
—Eres increíblemente terca, dotoressa.
—Mexicana, señor Moretti. Somos necias por naturaleza.
Esa noche, cenaron tacos de pollo en el suelo de la sala, con la pistola entre los platos y los bebés durmiendo a su lado. Afuera, la ciudad rugía, y una camioneta negra con vidrios polarizados se estacionaba silenciosamente en la acera de enfrente, con el motor apagado y las luces muertas, esperando.
Emma se asomó por la rendija de la cortina y la vio.
—Están ahí —susurró.
Vicente se arrastró hasta la ventana, cuidando su hombro.
—Vigilancia. No van a entrar todavía. Están esperando confirmación o refuerzos. O están esperando a ver quién sale.
—Estamos atrapados.
—No —dijo Vicente, y sus ojos brillaron con una luz peligrosa—. Estamos atrincherados. Hay una diferencia. Y te prometo, Emma, que nadie va a tocar a estos niños mientras yo respire. Y nadie te va a tocar a ti tampoco.
Emma lo miró y, contra toda lógica, le creyó. En ese departamento de 40 metros cuadrados en la Doctores, se había formado una alianza. Y tal vez, solo tal vez, algo más peligroso que las balas comenzaba a crecer entre ellos.
—A dormir —dijo Emma—. Mañana será un día largo.
—Yo hago la primera guardia —dijo Vicente.
—Hacemos guardia juntos —corrigió ella, sentándose a su lado y pasándole una almohada.
Y así, bajo la sombra del peligro inminente, pasaron la segunda noche. Dos extraños unidos por el destino, protegiendo lo único puro que quedaba en su mundo: dos bebés que soñaban ajenos a que su padre y su nueva protectora estaban dispuestos a incendiar la ciudad por ellos.
CAPÍTULO 5: BAJO LA SOMBRA DEL VIADUCTO
El amanecer del cuarto día no trajo luz, sino una neblina gris y densa mezclada con el smog característico de la capital. Emma se despertó con el cuello entumecido; había dormido en el suelo otra vez, con la espalda recargada contra la puerta de entrada, una posición ridícula pero necesaria. Si intentaban forzar la cerradura, tendrían que pasar sobre ella primero.
Vicente estaba despierto. Siempre estaba despierto.
—Siguen ahí —dijo él desde la ventana. No había abierto la cortina, solo miraba por una rendija milimétrica donde la tela se separaba del marco.
Emma se frotó los ojos, sintiendo la arena del cansancio.
—¿La camioneta negra?
—Se fueron a las 4:00 a.m. Regresaron a las 6:00 a.m. con café y lo que parecen ser tortas de tamal. Es un equipo de vigilancia por turnos. Son profesionales.
—¿Profesionales de quién? —Emma se levantó, estirando las piernas doloridas. Los bebés seguían dormidos en su fuerte de almohadas.
Vicente se giró. Su hombro se movía mejor hoy, aunque la rigidez seguía ahí.
—De mi primo. Dante.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque quieto.
—¿Tu primo? —Emma sintió una oleada de náuseas—. ¿Tu propia sangre quiere matarte?
—La sangre en mi mundo es más delgada que el agua, Emma. Dante siempre quiso la silla grande. Cuando Sophia murió… él vio mi duelo como debilidad. Vio una oportunidad. Pensó que si me eliminaba y hacía parecer que fue un ataque de un cártel rival, él se quedaría con todo. El negocio, el territorio, el respeto.
—Y los niños… —susurró Emma.
—Los niños son herederos. Cabos sueltos. Dante no deja cabos sueltos.
Emma sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima. Miró a Marco y Lucía, tan pequeños, tan frágiles. La idea de que alguien quisiera hacerles daño por dinero o poder le revolvió el estómago.
—Necesitamos salir de aquí —dijo ella, firme—. Se me acaba la comida, se me acaban las mentiras con Doña Rosa, y si esos tipos deciden entrar en lugar de vigilar…
—No podemos salir los cuatro. No juntos. Seríamos un blanco demasiado fácil. —Vicente cojeó hasta la cocina—. Necesito hacer una llamada. Pero mi teléfono está muerto y rastreado. No puedo encenderlo.
—Yo tengo celular.
—No. Si llamo a mis contactos desde tu número, triangularán la señal en segundos. Dante tiene gente en la compañía telefónica, en la policía cibernética… tiene ojos en todos lados. Necesito un teléfono limpio. Un “cacahuate”. De esos desechables que venden en el Oxxo. Y necesito un chip nuevo, pagado en efectivo.
Emma entendió a dónde iba esto. Miró su uniforme de mesera colgado en la silla.
—Quieres que salga.
—No quiero —corrigió Vicente, y por primera vez, Emma vio terror real en su cara—. Odio pedirte esto. Pero eres mis manos y mis pies ahora. Si salgo yo, me reconocen. Si sales tú… eres solo una vecina más yendo a la tienda.
—¿Y si me detienen? ¿Y si me preguntan?
—No saben quién eres. Solo saben que este edificio es una posibilidad. Para ellos, eres invisible. Eres parte del paisaje urbano. Úsalo a tu favor.
Emma asintió, tragando el nudo en su garganta.
—Un teléfono barato. Un chip. Efectivo. ¿Qué más?
—Tienes que ir lejos. No al Oxxo de la esquina. Vete a otra colonia. Usa el Metro. El Metro es el mejor lugar para perder a alguien si te siguen. ¿Conoces la estación Chabacano?
—Transbordo ahí todos los días. Es un laberinto.
—Exacto. Entra, cambia de línea, sal por otra boca. Compra el teléfono en un puesto ambulante, no en una tienda con cámaras. Y regresa.
Vicente se acercó a ella. Estaba lo suficientemente cerca como para que Emma oliera el jabón barato que ella usaba y el aroma natural de él, algo como madera y peligro. Él levantó su mano buena y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. El gesto fue tan íntimo que Emma dejó de respirar un segundo.
—Si sientes que algo anda mal, si ves a alguien mirándote mucho, no regreses aquí. Vete a un lugar público. Llama a la policía si es necesario. Entrégales mi nombre. Di que te obligué. Sálvate tú.
—Ya cállate, Moretti —dijo Emma, su voz temblorosa pero desafiante—. Voy a volver. Y voy a traer ese maldito teléfono.
Emma se vistió con ropa de civil: jeans, una sudadera gris con capucha y tenis viejos. Se recogió el pelo y se puso unos lentes oscuros que tenía guardados.
—Cuídalos —dijo ella desde la puerta.
—Con mi vida —prometió él.
Emma abrió la puerta, respiró hondo, y salió al pasillo. El juego del gato y el ratón había comenzado.
CAPÍTULO 6: TRANSBORDE EN CHABACANO
La calle olía a tacos de canasta y escape de autobús. Era un lunes por la mañana en la Ciudad de México, lo que significaba caos. Gente corriendo hacia el trabajo, vendedores gritando, cláxones sonando en una sinfonía desafinada.
Emma caminó con la cabeza baja, mezclándose con la multitud. Al salir de su edificio, no miró a la camioneta negra. Actuó como si fuera invisible, tal como Vicente le había dicho. Caminó tres cuadras hacia la avenida principal, sintiendo una picazón en la nuca. La sensación de ser observada.
En el reflejo de un aparador de farmacia, lo vio.
Un hombre con gorra de béisbol y chamarra de cuero caminaba unos veinte metros detrás de ella. No era de la camioneta negra. Era uno de los de a pie.
“Mierda”, pensó Emma. “Mierda, mierda, mierda”.
Su corazón comenzó a latir contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Quería correr, pero recordó las instrucciones de Vicente: No corras. Correr llama la atención. Sé natural.
Siguió caminando, cruzando la calle con el semáforo en verde, mezclándose con un grupo de estudiantes de secundaria. Bajó las escaleras del Metro Hospital General. El aire caliente y viciado del subterráneo la golpeó en la cara, un olor familiar a humedad y frenos quemados.
El hombre de la gorra bajó detrás de ella.
Emma pasó su tarjeta, los torniquetes pitaron. Caminó hacia el andén dirección Universidad. El tren estaba llegando, naranja y ruidoso. La gente se empujaba para entrar. Emma esperó. El hombre se detuvo a unos metros, fingiendo mirar su celular.
Justo cuando las puertas comenzaron a emitir el pitido de cierre, Emma saltó dentro del vagón. Las puertas se cerraron detrás de ella, casi atrapando su mochila.
Miró por la ventana. El hombre se había quedado en el andén, maldiciendo.
Emma soltó el aire que contenía. Pero sabía que no era suficiente. Ese hombre tenía radio. Avisaría a otros.
Se bajó en Centro Médico y transbordó a la línea café. El túnel largo, la gente caminando rápido. Emma se movía como pez en el agua. Era chilanga, el Metro era su segunda casa.
Llegó a Chabacano. El monstruo de tres cabezas. Tres líneas de metro cruzándose, pasillos interminables, cientos de salidas. Era el lugar perfecto para desaparecer o para ser atrapada.
Salió del sistema hacia la calzada de Tlalpan, entre puestos de ropa, discos piratas y fundas de celular. Encontró un puesto pequeño atendido por un señor mayor.
—¿Tiene teléfonos de esos sencillos? —preguntó Emma, mirando a todos lados.
—Tengo este “cacahuate”. 300 pesos con 100 de tiempo aire.
—Démelo.
Pagó con un billete de 500 que Vicente le había dado. Ni esperó el cambio completo.
—El chip ya está activado, ¿verdad?
—Sí, güerita, nomás lo prende y jala.
Emma guardó el teléfono en su sostén, pegado a su piel. Ahora venía lo difícil: regresar.
No podía volver por la misma ruta. Tomó un taxi, pero se bajó diez cuadras antes de su casa. Caminó por calles traseras, callejones que conocía desde niña, patios de vecindades que conectaban una calle con otra.
Llegó a la esquina de su cuadra cuarenta minutos después. La camioneta negra seguía ahí. El hombre de la gorra no se veía por ningún lado.
Emma respiró hondo. Tenía que entrar como si nada hubiera pasado. Como si solo hubiera ido a comprar pan. Sacó una bolsa de bolillos que había comprado para despistar y caminó hacia la entrada.
Sintió las miradas desde la camioneta polarizada quemándole la piel.
—Solo soy una vecina. Solo soy una vecina —se repitió mentalmente.
Abrió la puerta del edificio. Entró. Subió las escaleras corriendo, olvidando el sigilo.
Llegó al 3C. Tres toques rápidos, pausa, uno más. La señal acordada.
La puerta se abrió inmediatamente y una mano fuerte la jaló hacia adentro. Vicente.
La abrazó. Fue un abrazo torpe, de un solo brazo, pero feroz. Emma se estrelló contra su pecho sano, sintiendo el latido acelerado del corazón de él.
—Tardaste demasiado —dijo él contra su pelo. Su voz estaba rota—. Pensé que te habían agarrado. Pensé que…
—Estoy bien —Emma se separó, jadeando, temblando por la adrenalina—. Me siguieron. Uno a pie. Lo perdí en el Metro.
—¿Estás segura?
—Nací aquí, Vicente. Conozco el Metro mejor que ellos.
Sacó el teléfono pequeño y barato de su ropa y se lo entregó.
—Aquí está. Tu línea de vida.
Vicente tomó el teléfono como si fuera el Santo Grial. Pero no dejó de mirar a Emma. Sus ojos recorrieron su cara, buscando daño, buscando miedo.
—Hiciste algo muy valiente, Emma. Y muy estúpido.
—De nada —respondió ella, dejándose caer en el sofá. Las piernas le fallaron y se sentó de golpe—. ¿Cómo están los niños?
—Marco lloró un poco. Lucía durmió. Les di de comer.
Vicente se sentó a su lado, con el teléfono en la mano pero sin marcar todavía.
—Voy a llamar a Tony —dijo—. Es el único en quien confío. Si él contesta y sigue vivo, tenemos una oportunidad de salir de esta. Si no…
—Si no, ¿qué?
—Si no, estamos solos contra todo el cártel.
—Marca —dijo Emma—. Quiero saber si tengo que empezar a empacar o a rezar.
Vicente encendió el teléfono. La pantalla azulada iluminó su rostro tenso. Marcó un número de memoria. Lo puso en altavoz volumen bajo.
Tuu… Tuu… Tuu…
Cada tono era una eternidad.
—¿Sí? —Una voz masculina, grave y cautelosa, contestó al cuarto timbre.
—Tony. Soy yo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, cargado de estática.
—¿Jefe? —La voz de Tony se quebró—. Madre mía… todos dicen que estás muerto. Dante está celebrando. Dicen que te encontraron en el río.
—Dante es un imbécil. Estoy vivo. Y tengo a los gemelos.
—Gracias a Dios. Jefe, ¿dónde estás? Tengo a los leales conmigo. Estamos escondidos, esperando órdenes. Pensamos que era el fin.
—Necesito extracción. Rápido. Estoy herido, no puedo moverme rápido. Tengo… tengo civiles conmigo.
Emma sintió el peso de la palabra “civiles”.
—Dime dónde y vamos por ti con todo el arsenal.
Vicente miró a Emma. Era el momento de la verdad. Si Tony los traicionaba, si Tony se había pasado al lado de Dante, dar la dirección sería su sentencia de muerte en cuestión de minutos.
Vicente sostuvo la mirada de Emma. Ella asintió, imperceptiblemente. Confía, decían sus ojos.
—Colonia Doctores —dijo Vicente al teléfono—. Calle Dr. Barragán. Te enviaré la ubicación exacta por mensaje encriptado en un minuto. Ven preparado para guerra, Tony. Hay vigilancia afuera.
—Entendido, Jefe. Aguanta. Vamos por ti.
La llamada se cortó.
Vicente dejó caer el teléfono en el sofá y echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
—¿Y ahora? —preguntó Emma.
—Ahora esperamos. Tony tardará una hora, tal vez menos. Cuando lleguen… va a haber ruido. Va a haber disparos, Emma. Tienes que estar lista.
—¿Lista para qué?
—Para correr. O para disparar.
Vicente se inclinó hacia la mesa, tomó su pistola Beretta, sacó el cargador, verificó las balas y lo volvió a meter con un clic metálico que resonó en el silencio del departamento.
Le tendió el arma a Emma.
—¿Sabes usar esto?
Emma miró el metal frío y negro. Sus manos, que habían curado heridas y cambiado pañales, ahora dudaban.
—No.
—Es fácil. Quitas el seguro aquí. Apuntas. Jalas el gatillo. No pienses, solo dispara si alguien que no soy yo entra por esa puerta.
Emma tomó el arma. Pesaba más de lo que imaginaba. Pesaba como una vida.
—Espero no tener que usarla.
—Yo también —dijo Vicente, y luego, sin previo aviso, tomó la mano libre de Emma y besó sus nudillos. No fue un beso de caballero, fue un beso de desesperación, de gratitud, de algo profundo y aterrador—. Gracias, Emma. Por todo.
—Dámelas cuando estemos a salvo —dijo ella, con el corazón en la garganta.
Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse. La hora final se acercaba. Y en el pequeño departamento 3C, una mesera y un capo esperaban el sonido de la guerra, unidos por el destino y dos bebés que dormían ajenos a la tormenta que estaba por desatarse.
CAPÍTULO 7: FUEGO EN LA DOCTORES
El tiempo se estiró como una liga a punto de romperse. Cincuenta minutos. Cincuenta y cinco.
La noche había caído por completo sobre la colonia Doctores. Las luces de la calle se encendieron, proyectando sombras largas y anaranjadas a través de las cortinas cerradas. Emma estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el muro que separaba la cocina de la sala, con Marco en un brazo y Lucía en el otro. La pistola pesaba en su regazo como un ladrillo de hielo.
Vicente estaba de pie junto a la ventana, inmóvil como una estatua, ignorando el dolor punzante de su hombro.
—Se mueven —susurró de pronto.
Emma levantó la vista, el corazón golpeándole las costillas.
—¿Tony?
—No. La camioneta negra. —Vicente cargó su peso sobre la pierna sana, listo para la acción—. Abrieron las puertas. Tres hombres bajan. Tienen armas largas.
—¿Saben que estamos aquí?
—Probablemente interceptaron una señal o se cansaron de esperar. —Vicente se giró hacia ella, su rostro una máscara de concentración letal—. Emma, toma a los niños y métete al baño. Métete a la tina y no salgas por nada del mundo.
—Pero…
—¡Ahora!
Emma no discutió. Arrastró los portabebés hacia el baño pequeño, metiéndolos en la tina de azulejos viejos. Se metió con ellos, acurrucandose sobre los bebés para cubrirlos con su propio cuerpo.
—Todo va a estar bien, shhh, todo bien —les susurró, aunque sus manos temblaban tanto que apenas podía acariciarlos.
Escuchó el sonido pesado de botas subiendo las escaleras del edificio. No intentaban ser sigilosos. Ya no.
PUM.
La puerta principal del edificio se abrió de una patada. Gritos en el pasillo. La señora Chen gritando en chino y luego un golpe seco que la calló.
Subían al tercer piso.
Emma apretó los ojos, cubriendo los oídos de Marco y Lucía.
En la sala, Vicente se posicionó detrás del sofá volcado. Respiró hondo, controlando el dolor, controlando el miedo. Solo existía el blanco. Solo existía la puerta.
Un golpe brutal sacudió la madera de la entrada del departamento. La barricada improvisada crujió.
—¡Abre, Moretti! ¡Sabemos que estás ahí, rata traidora! —La voz era desconocida, ronca.
Vicente no respondió. Alzó la Beretta con su mano buena.
Segundo golpe. La madera se astilló alrededor de la cerradura.
Tercer golpe. La puerta cedió, cayendo sobre la mesa de centro con un estruendo ensordecedor.
El primer hombre entró con un fusil de asalto levantado. No tuvo oportunidad. Vicente disparó dos veces. Dos truenos secos en el espacio cerrado. El hombre cayó hacia atrás, bloqueando la entrada.
—¡Fuego! —gritaron desde el pasillo.
El infierno se desató.
Las balas atravesaron las paredes de tablaroca como si fueran de papel. El yeso explotó en nubes de polvo blanco. Vicente se agachó, devolviendo el fuego con precisión quirúrgica, contando cada bala.
En el baño, Emma gritó cuando el espejo sobre el lavabo estalló en mil pedazos, alcanzado por una bala perdida que atravesó la pared. Los bebés comenzaron a llorar, un sonido agudo y terrorífico que se mezclaba con las detonaciones.
—¡Cállense, por favor, mis amores, cállense! —sollozaba Emma, protegiéndoles las cabezas.
—¡Se me acaba la munición! —rugió Vicente desde la sala, su voz apenas audible sobre el estruendo.
Había tres hombres más en el pasillo. Estaban a punto de entrar en masa. Vicente sabía que no podría detenerlos a todos. Miró hacia la puerta del baño, una despedida silenciosa en sus ojos.
Entonces, el sonido de la guerra cambió.
Desde la calle, un chirrido de llantas frenando a quemarropa. Luego, el sonido inconfundible de armas automáticas de grueso calibre.
TATATATATATA.
Los disparos en el pasillo cesaron abruptamente. Gritos de confusión.
—¡Emboscada! ¡Atrás, atrás!
—¡JEFE! —La voz de Tony retumbó desde las escaleras, poderosa y bienvenida—. ¡PISO AL SUELO!
Una explosión sorda sacudió el edificio. Una granada aturdidora.
Vicente aprovechó la confusión. Se levantó y disparó al hombre que intentaba huir por las escaleras.
—¡Limpio! —gritó Tony—. ¡Entrando!
Tres hombres vestidos con equipo táctico negro y chalecos antibalas irrumpieron en el departamento, pasando por encima de los cuerpos de los sicarios de Dante.
—¡Vicente! —Tony, un hombre bajo pero ancho como un ropero, corrió hacia él—. ¿Estás entero?
—Vivo. —Vicente señaló el baño—. ¡Sácalos! ¡Ahora!
Emma salió del baño, tosiendo por el polvo y el humo de pólvora, arrastrando los dos portabebés. Estaba cubierta de polvo blanco, con cortes pequeños en la cara por los vidrios, pero sus ojos estaban llenos de una furia protectora.
—¡Vámonos! —gritó Tony—. Hay más en camino. ¡Tenemos dos minutos antes de que llegue la policía o más gente de Dante!
Uno de los hombres de Tony tomó el portabebés de Marco. Emma se aferró al de Lucía. Vicente, apoyado en Tony, avanzó hacia la puerta.
El pasillo era una escena de pesadilla. Sangre en las paredes, el olor a cobre y muerte. Emma tuvo que saltar sobre el cuerpo de un hombre con tatuajes en el cuello para pasar. No miró. Se obligó a no mirar.
Bajaron las escaleras a tropezones.
Al salir a la calle, la escena era caos puro. La camioneta negra de los vigilantes estaba hecha un colador, humeando en medio de la calle. Una Suburban blindada gris estaba estacionada en la banqueta, con el motor rugiendo.
—¡Adentro! —ordenó Tony.
Emma subió a los bebés en la parte trasera. Vicente subió tras ella, haciendo un gesto de dolor agudo al golpear su hombro contra el marco de la puerta.
Tony saltó al volante.
—¡Sujétense!
La Suburban arrancó, subiéndose a la banqueta, derribando un bote de basura y acelerando hacia Eje Central.
Emma miró por la ventana trasera. Vio su edificio, su hogar, alejarse. Vio a los vecinos asomándose con miedo. Vio las primeras luces azules de las patrullas acercándose a lo lejos.
Su vida, tal como la conocía, se había quedado atrás, entre el humo y los casquillos percutidos del departamento 3C.
CAPÍTULO 8: SIN RETORNO
El silencio dentro de la camioneta blindada era absoluto, roto solo por la respiración agitada de todos y el zumbido de las llantas sobre el asfalto mojado. Tony conducía con una habilidad aterradora, zigzagueando entre el tráfico nocturno de la ciudad, cruzando semáforos en rojo como si no existieran.
Vicente se dejó caer contra el asiento de piel. Su camisa estaba manchada de sangre fresca; se le habían abierto los puntos.
—Estás sangrando —dijo Emma. Su voz sonaba extraña, lejana. Estaba en shock.
—Estoy bien —dijo él, buscando su mano en la oscuridad de la cabina. La encontró y la apretó fuerte—. ¿Los niños?
—Dormidos. Creo… creo que el movimiento del coche los calmó. O el shock.
Tony miró por el retrovisor.
—Jefe, ¿a dónde? La casa de seguridad en el Ajusco está quemada. Dante sabe de ella.
Vicente pensó un momento, cerrando los ojos.
—Puebla. La hacienda vieja. Nadie ha ido ahí en diez años. Está a nombre de una empresa fantasma que mi padre cerró. Dante no buscará ahí.
—Puebla será —dijo Tony, tomando la salida hacia la autopista Zaragoza.
Emma miraba por la ventana. Las luces de la Ciudad de México pasaban como estrellas fugaces. Iztapalapa, Santa Martha, la salida hacia los volcanes. Cada kilómetro la alejaba más de Doña Rosa, de sus estudios, de la tumba de sus padres.
—Emma… —Vicente le habló suavemente.
Ella se giró. En la penumbra, él se veía devastado, pero vivo.
—Lo siento —dijo él—. Por tu casa. Por tu vida.
—Ya no tenía casa —respondió Emma, y se dio cuenta de que era verdad. Ese departamento era solo un lugar donde dormía. Su vida se había detenido el día que murieron sus padres—. Solo eran cuatro paredes.
—No puedes volver. Lo sabes, ¿verdad? —La honestidad en los ojos de Vicente era brutal—. Dante buscará a la mujer que me ayudó. Tu foto, tu nombre… si regresas, eres hombre muerto. O mujer muerta.
—Lo sé. —Emma miró sus manos. Todavía tenía polvo de yeso en las uñas—. Soy una fugitiva.
—Eres una salvadora —corrigió él—. Y estás bajo mi protección. Mientras yo viva, nada te faltará. Te daré una identidad nueva. Dinero. Podrás irte a donde quieras. Europa, Canadá… donde quieras empezar de nuevo.
Emma miró a los bebés en los asientos de atrás. Luego miró a Vicente. Pensó en la forma en que él la miró cuando ella le trajo el teléfono. Pensó en la adrenalina, en el miedo compartido, en la extraña domesticidad de cambiar pañales mientras vigilaban una camioneta de sicarios.
Pensó en irse a París o a Toronto, sola. Segura, pero sola.
Y luego pensó en quedarse. En el peligro, sí. Pero también en la posibilidad de algo real.
—¿Y si no quiero irme a Canadá? —preguntó Emma, desafiante.
Vicente se quedó inmóvil.
—Emma, mi vida es… esto. Balas, huidas, sangre. No es lugar para alguien como tú. Eres luz, Emma. Yo soy oscuridad.
—Tal vez —dijo ella, inclinándose hacia él, ignorando a Tony y a los guardespaldas—. Pero acabamos de sobrevivir a un tiroteo juntos. Y curé tu hombro con vodka y un kit de costura. Creo que soy un poco más resistente de lo que crees.
Vicente levantó la mano y acarició su mejilla, limpiando una mancha de hollín con su pulgar.
—Estás loca.
—Puede ser.
La camioneta tomó la autopista, dejando atrás las luces de la capital, adentrándose en la oscuridad de la carretera y hacia un futuro incierto.
Emma Collins, la mesera que quería ser doctora, cerró los ojos. No sabía qué pasaría mañana. No sabía si sobrevivirían a Dante. Pero por primera vez en tres años, no se sentía sola. Tenía una misión. Tenía una familia, por extraña y rota que fuera.
Y tenía al hombre más peligroso de México sosteniendo su mano como si fuera lo más valioso del mundo.
—Descansa —le susurró Vicente—. Yo vigilo.
—Vigilamos juntos —murmuró ella, recargando su cabeza en el hombro bueno de él.
Mientras la Suburban desaparecía en la noche, Emma supo que no había vuelta atrás. Y extrañamente, eso le dio paz.
PARTE 3: LA HACIENDA DE LOS SUSURROS
CAPÍTULO 9: FANTASMAS EN PUEBLA
La carretera hacia Puebla fue un túnel de oscuridad y silencio, solo roto por las luces esporádicas de los tráileres que bajaban hacia Veracruz. La Suburban blindada se tragaba los kilómetros con una suavidad que contrastaba con el caos que habían dejado atrás en la Ciudad de México.
Emma no supo en qué momento se quedó dormida, vencida por la adrenalina, pero despertó cuando las llantas crujieron sobre grava.
—Llegamos —anunció Tony desde el asiento del conductor.
Emma parpadeó, despegándose del hombro de Vicente. Él ya estaba despierto, o tal vez nunca había dormido. Sus ojos escaneaban el perímetro a través de los vidrios polarizados.
Afuera, la madrugada azulada revelaba la silueta imponente de una hacienda antigua. Muros de piedra volcánica, bugambilias trepando por los arcos y un portón de hierro forjado que parecía capaz de resistir un asedio medieval. Estaban en medio de la nada, rodeados por campos de cultivo y la silueta lejana del volcán Popocatépetl exhalando una fumarola pálida bajo la luna.
—La Hacienda San Gabriel —murmuró Vicente—. Mi abuelo la compró para ocultar su dinero. Mi padre la usó para ocultar sus pecados. Yo la uso para ocultar a mi familia.
El portón se abrió electrónicamente y la camioneta entró al patio central.
Al bajar, el aire frío y limpio de la sierra golpeó a Emma, llenándole los pulmones. Nada que ver con el smog de la capital. Aquí olía a tierra mojada, a pino y a leña quemada.
—Bienvenida a tu jaula de oro, Emma —dijo Vicente, ofreciéndole su mano buena para bajar.
La casa era impresionante, pero fría. Muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían fantasmas en la penumbra. Tony y los otros dos hombres, a quienes llamaban “El Ruso” y “Lalo”, se movieron rápidamente, asegurando el perímetro, encendiendo luces, activando generadores.
—Lleva a los niños a la habitación principal —le indicó Vicente a Emma—. Es la más segura. Tiene muros de un metro de espesor.
Emma caminó por los pasillos de techos altos, cargando a Lucía mientras Tony cargaba a Marco y la pañalera. La habitación principal era enorme, con una cama con dosel y una chimenea de piedra.
—¿Dónde dormirás tú? —preguntó Emma cuando Tony salió, dejándolos solos.
Vicente se estaba quitando el saco, haciendo una mueca de dolor. La camisa blanca estaba pegada a su hombro por la sangre seca.
—En el despacho. Necesito coordinar la defensa. Dante no tardará en rastrear la camioneta o en interrogar a quien tenga que interrogar. Tenemos veinticuatro horas, tal vez cuarenta y ocho si tenemos suerte.
—No —dijo Emma. Dejó a Lucía en el centro de la cama gigante, rodeada de almohadas—. Tú vas a dormir aquí. O al menos, vas a dejar que te cure de nuevo antes de irte a jugar al general. Estás sangrando, Vicente.
Él intentó protestar, pero Emma ya estaba buscando el botiquín que Tony había traído.
—Siéntate.
Vicente obedeció, sentándose en el borde de la cama. Emma comenzó a desabotonar su camisa con cuidado. Cuando la tela se separó de la piel, ambos contuvieron el aliento.
La herida estaba irritada, los puntos tensos, algunos rotos.
—Eres un idiota —murmuró Emma, sus ojos llenándose de lágrimas de frustración—. Te dije que no te movieras. Te dije que te cuidaras.
—Tuve que disparar, Emma. Era eso o dejar que entraran.
—Lo sé. —Ella limpió la herida con manos temblorosas—. Lo sé, pero… odio esto. Odio ver cómo te lastimas.
Vicente levantó la mano y detuvo la de ella.
—Mírame.
Emma levantó la vista. Estaban tan cerca que podía contar las pestañas de él.
—Estoy vivo gracias a ti. Mis hijos están vivos gracias a ti. Esta herida es un precio pequeño.
El aire en la habitación cambió. Se volvió denso, eléctrico. La distancia entre ellos, que siempre había sido una línea borrosa, desapareció por completo.
Vicente se inclinó hacia adelante. Emma no se alejó.
Cuando sus labios se tocaron, no fue un beso de película romántica. Fue un beso desesperado, con sabor a sangre, a fatiga y a miedo. Fue el beso de dos personas que han visto la muerte a los ojos y necesitan confirmación de que siguen vivos.
Emma soltó el algodón y envolvió sus brazos alrededor del cuello de Vicente, atrayéndolo hacia ella. Él gimió, mitad por dolor, mitad por deseo, y la besó con una intensidad que le robó el aliento.
Se separaron solo cuando la falta de aire se hizo insoportable, sus frentes unidas.
—No debí hacer eso —susurró Vicente, con la voz ronca—. No puedo ofrecerte nada, Emma. Solo peligro.
—Ya estoy en peligro, Vicente. Ya estoy en tu mundo. —Emma le acarició la nuca—. Y deja de decidir por mí. Yo decido qué quiero. Y te quiero a ti.
Vicente la miró como si fuera un milagro que no merecía.
—Si salimos de esta… —empezó él.ines
—Cuando salgamos de esta —corrigió ella.
Esa noche, durmieron juntos en la cama gigante, vestidos, sobre las colchas, con los bebés en medio de un fuerte de almohadas a su lado. Vicente no la soltó en toda la noche, manteniendo una mano sobre su cintura como si temiera que ella se desvaneciera con la luz del sol.
CAPÍTULO 10: LA LOBA APRENDE A MORDER
La mañana en la hacienda trajo una falsa sensación de paz. El sol iluminaba el patio central, los pájaros cantaban, y si uno ignoraba a los hombres armados con rifles AR-15 patrullando los muros, parecía un retiro vacacional.
Emma encontró a Vicente en el patio trasero, disparando a unas botellas vacías alineadas en una barda de piedra. Disparaba con la mano izquierda, practicando, adaptándose a su lesión.
Bang. Bang. Bang.
Tres botellas estallaron en pedazos.
—Tienes buena puntería —dijo Emma, acercándose con dos tazas de café.
Vicente bajó el arma y la aseguró.
—Es necesario. Dante vendrá con todo. No enviará solo matones esta vez. Enviará a “Los Carniceros”. Su guardia de élite.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Tony interceptó comunicaciones. Saben que estamos en Puebla. No saben exactamente dónde, pero están peinando la zona. Es cuestión de tiempo.
Emma le entregó el café.
—Enséñame.
Vicente frunció el ceño.
—¿Qué?
—A disparar. De verdad. No solo “apunta y jala”. Enséñame a defenderme. Enséñame a defenderlos. —Señaló hacia la casa donde dormían los gemelos.
—No. —La negativa fue rotunda—. No voy a convertirte en un soldado, Emma. Tú eres la que los va a cuidar cuando yo… si yo no estoy.
—¡Deja de hablar como si ya estuvieras muerto! —Emma estrelló su taza contra el suelo. El café caliente salpicó sus botas y la cerámica se rompió—. ¡No voy a ser la viuda llorona, Vicente! ¡Y no voy a ser la damisela que se esconde en el baño mientras tú te desangras! Si vienen por nosotros, quiero pelear.
Vicente miró los fragmentos de la taza y luego a la mujer frente a él. Había fuego en sus ojos. Esa mesera asustada del callejón había desaparecido; en su lugar había una leona protegiendo a su manada.
—Está bien —dijo él, dejando su taza en una mesa de jardín—. Pero si vas a aprender, vas a aprender bien. Y no te va a gustar.
Las siguientes cuatro horas fueron brutales.
Vicente no fue suave. Le enseñó a cargar la Beretta, a quitar el seguro, a pararse correctamente para que el retroceso no la tirara. Le enseñó a apuntar no a la cabeza, sino al centro de masa.
—El pecho es más grande. Es más difícil fallar. Si les das en el pecho, caen. Si caen, no te disparan.
Emma disparó hasta que le dolieron los brazos y le zumbaban los oídos, a pesar de los protectores. Al principio fallaba todo. Sus manos temblaban. Pero pensaba en Marco y Lucía. Pensaba en el hombre que había intentado entrar a su departamento.
Para el mediodía, podía darle a una botella a diez metros de distancia, tres veces de cada cinco.
—Bien —dijo Vicente, asintiendo con aprobación—. Tienes instinto. No dudas al jalar el gatillo. Eso es lo más difícil de enseñar. La mayoría de la gente duda. Y esa duda te mata.
—No dudo porque sé lo que está en juego —dijo Emma, limpiándose el sudor de la frente.
Tony apareció corriendo desde la casa, con un teléfono satelital en la mano. Su cara estaba pálida.
—Jefe. Tenemos un problema.
Vicente se tensó, volviendo a ser el capo en un instante.
—Habla.
—Dante tiene a Doña Rosa.
El mundo de Emma se detuvo.
—¿Qué?
—La sacaron de la cafetería esta mañana —explicó Tony rápido—. Mandaron un video. La tienen en una bodega. Dicen que si no te entregas antes del atardecer… van a matarla en vivo.
Emma sintió que las piernas se le doblaban. Vicente la sostuvo antes de que cayera.
—Rosa… —balbuceó Emma—. Ella no tiene nada que ver. Es una anciana. ¡Dios mío, Vicente, la van a matar por mi culpa!
—Es una trampa —dijo Vicente, su voz fría como el hielo, aunque sus ojos mostraban la furia—. Quiere que salgamos de la fortaleza. Quiere que vayamos a él en terreno abierto.
—Tenemos que ir —dijo Emma, agarrando a Vicente de la solapa de su camisa—. No puedo dejar que la maten. Ella me dio trabajo cuando nadie más quería. Me daba comida cuando no me alcanzaba. Es lo más cercano a una madre que tengo.
—Emma, si vamos, nos matan a todos. A ti, a mí, y luego irán por los niños.
—¡No me importa! —gritó ella—. ¡Tiene que haber una forma! ¡Eres Vicente Moretti! ¡Eres el jefe! ¡Inventa algo!
Vicente la miró. Vio la desesperación y la culpa consumiéndola. Sabía que si Doña Rosa moría, Emma nunca se lo perdonaría. Y él nunca se perdonaría haber roto a Emma.
—Tony —dijo Vicente, con una calma aterradora—. Prepara el equipo. Llama a todos los favores que nos deban en la zona. Vamos a cazar.
—Jefe, es un suicidio —advirtió Tony.
—No. Es un rescate. —Vicente se giró hacia Emma—. Tú te quedas aquí con los niños. El Ruso y Lalo se quedan a cuidarlos.
—Voy contigo.
—No, Emma.
—Doña Rosa está ahí por mí. Yo voy. Y no me vas a detener. Además… —Emma levantó la Beretta que aún tenía en la mano—. Ya sé disparar al centro de masa.
Vicente la miró un largo segundo. Vio que no había forma de disuadirla. Si la dejaba, ella intentaría ir sola y moriría.
—Bien —dijo él—. Pero no te separas de mí ni un metro. Y si digo “corre”, corres. Si digo “tírate”, te tiras. Sin preguntas.
—Sin preguntas.
Vicente se volvió hacia Tony.
—¿Dónde la tienen?
—En una fábrica textil abandonada en Iztapalapa. Cerca de donde… cerca de donde Emma te encontró.
La ironía era cruel. Todo terminaba donde había empezado.
—Preparen la Suburban —ordenó Vicente—. Y traigan todo el arsenal pesado. Vamos a volver al infierno.
Emma corrió a la habitación. Besó a Marco y a Lucía, que jugaban en la cama ajenos al horror. Les prometió volver. Les prometió que mamá Emma volvería.
Al salir al patio, vestida con un chaleco antibalas que le quedaba grande y con la pistola en la cintura, Emma Collins ya no era una estudiante de medicina, ni una mesera. Era parte de la familia Moretti. Y estaba lista para la guerra.