ENTERRÉ A MI HIJO HACE 12 AÑOS, PERO AYER SU TELÉFONO ME ESCRIBIÓ: “PAPÁ, ¿ERES TÚ?

PARTE 1

CAPÍTULO 1: El Zumbido en la Cocina

El martes comenzó como cualquier otro martes de los últimos doce años en mi casa de la colonia Obispado, en Monterrey. Gris, silencioso y con ese peso en el pecho que nunca se quita, solo se acomoda.

Me levanté a las 6:00 a.m., no porque tuviera prisa, sino porque el sueño hace mucho que dejó de ser mi amigo. Puse la cafetera, esa vieja Oster que mi esposa Elena compró antes de fallecer, y escuché el gorgoteo del agua hirviendo mientras miraba por la ventana hacia el Cerro de la Silla. El cielo estaba encapotado, amenazando con una de esas lluvias que solo ensucian los coches y alborotan el tráfico en Constitución.

Mientras el café terminaba de colar, abrí el cajón de “las cosas importantes” en la cocina. Ahí guardo las facturas de la luz, las escrituras de la casa y eso. Un iPhone 4 con la pantalla estrellada en la esquina superior derecha. El teléfono de Tomás.

Lo conecto cada noche. Pago la factura religiosamente cada mes en el OXXO. Quinientos pesos para mantener activa una línea que nadie usa, conectada a un buzón de voz que nadie escucha, perteneciente a un hombre que está tres metros bajo tierra en el panteón Valle de la Paz. La gente me dice que estoy loco. Mi hermana dice que es masoquismo. Yo digo que es lo único que me queda.

Serví el café en mi taza favorita, esa que dice “El Mejor Papá del Mundo” —un regalo del Día del Padre de 2010—, y fue entonces cuando sucedió.

Bzzzt. Bzzzt.

El sonido fue sordo, ahogado por la madera del cajón, pero en el silencio sepulcral de mi cocina sonó como un disparo. Me congelé. La taza se quedó a medio camino de mi boca.

Nadie tiene ese número. Nadie. Los cobradores dejaron de llamar hace una década. Los amigos de Tomás se casaron, tuvieron hijos y siguieron con sus vidas. Ese teléfono no había sonado en doce años.

Bzzzt. Bzzzt.

Dejé la taza sobre la encimera con tanto cuidado como si fuera una bomba. Abrí el cajón lentamente. La pantalla se iluminó, brillando con esa luz artificial que lastima los ojos en la penumbra de la mañana.

Notificación de WhatsApp.
Remitente: Tomás (Hijo)

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El aire se escapó de mis pulmones. Mis manos empezaron a temblar, un temblor violento, incontrolable, que subía desde mis dedos hasta mis hombros.

Agarré el teléfono. Estaba frío al tacto. Deslicé el dedo para desbloquearlo, fallando dos veces porque mis dedos no respondían. Finalmente, la aplicación se abrió.

El mensaje era simple. Siete palabras. Siete puñales.

“Papá, ¿eres tú? Por favor contesta.”

El mundo se inclinó. Me tuve que agarrar del borde de la granito para no caer. Mi taza de café, que había dejado mal puesta, resbaló y se estrelló contra el suelo. El líquido oscuro salpicó mis pantuflas, los fragmentos de cerámica volaron por todas partes, pero ni siquiera parpadeé.

Mi mente viajó de golpe al 7 de octubre de 2013.

Recuerdo el sonido de la sirena a lo lejos. Recuerdo las luces rojas y azules rebotando en la fachada de mi casa a las 3:00 a.m. Recuerdo al oficial de la Federal de Caminos, un hombre joven, moreno, con bigote recortado, que no se atrevía a mirarme a los ojos.
—Señor Roberto Garza… lamentamos informarle… accidente en la Carretera Nacional… a la altura de El Faisán… el auto volcó… incendio… necesitamos que venga al Universitario a identificar…

Recuerdo el olor del SEMEFO. Ese olor a limpio que no es limpio, a químicos y a muerte. Recuerdo entrar en esa sala fría, con el zumbido de las lámparas fluorescentes taladrándome el cerebro. El médico forense levantó la sábana.

La cara estaba golpeada, hinchada, con cortes profundos por el parabrisas. Pero era él. Tenía que ser él. El cabello castaño, la complexión, la ropa… esa camisa de franela a cuadros que yo mismo le había regalado.
—Es mi hijo —dije, y mi voz sonó como si saliera del cuerpo de otro hombre—. Es Tomás.

Lo enterramos tres días después. Hubo mariachis que tocaron “Amor Eterno”. Hubo llanto. Hubo un padre destrozado echando el primer puño de tierra sobre el ataúd de caoba.

Doce años. Doce malditos años de ir cada domingo a limpiar la lápida, a ponerle cempasúchil en noviembre, a hablarle a la piedra fría.

Y ahora, el teléfono en mi mano vibraba de nuevo.

“¿Hola? Veo que lo leíste. Ayúdame.”

—Esto es una broma —susurré, mi voz ronca rompiendo el silencio—. Es una estafa. Alguien clonó el número. Alguien quiere dinero.

La parte lógica de mi cerebro gritaba que era imposible. Tomás estaba muerto. Yo vi el cuerpo. Yo pagué el funeral. Yo tengo el acta de defunción en el mismo cajón donde guardo el teléfono.

Pero el corazón… el corazón es un animal estúpido y traicionero. El corazón empezó a latir con una fuerza que dolía, golpeando mis costillas como queriendo salirse.

Mis dedos, torpes y sudorosos, teclearon una respuesta.

“¿Quién eres? ¿Qué clase de enfermo eres para jugar con esto?”

La respuesta llegó casi al instante. Los tres puntos suspensivos aparecían y desaparecían, burlándose de mi ansiedad.

“No sé quién soy. Encontré este número guardado en mis contactos como ‘DA’. Solo tengo dos contactos. Tú y mi jefe. Me llamo Javier… creo. Pero anoche soñé que me decías Tommy.”

Tommy.
Nadie le decía Tommy desde la secundaria. Él odiaba ese apodo. Decía que era de niño gringo. Solo su madre y yo… y a veces, cuando se enojaba, yo lo llamaba así para molestarlo.

Me dejé caer al suelo de la cocina, sin importarme el café derramado ni los vidrios rotos que se clavaban en mi pantalón de pijama.

—No puede ser —gemí, llevándome el teléfono a la frente—. Dios mío, no puede ser.

CAPÍTULO 2: El Fantasma en la Carretera

Me quedé en el suelo de la cocina mirando el teléfono durante veinte minutos. El sol empezaba a salir, iluminando el desastre de café y cerámica a mi alrededor, pero yo no podía moverme.

Si esto era una estafa, era la más cruel y elaborada de la historia. Pero había algo en la forma en que escribía. Tomás tenía una maña: nunca usaba signos de interrogación al principio, solo al final, aunque yo siempre le corregía la ortografía.

Revisé los mensajes.
“Papá, ¿eres tú? Por favor contesta.”
“¿Hola? Veo que lo leíste. Ayúdame.”

Un estafador pediría dinero ya. “Papá, estoy secuestrado, deposita en OXXO”. “Papá, tuve un accidente, necesito para la grúa”. Ya me habían llegado esos mensajes antes, de números desconocidos, y siempre los borraba con rabia.

Pero este venía de su número. Del chip que yo tenía físicamente en la mano… Espera. No. El teléfono que yo tenía en la mano era el viejo iPhone 4 que recuperamos del accidente. Estaba destrozado, pero funcionaba. Yo le había sacado el chip original hace años y lo puse en un teléfono barato Nokia que guardaba cargado solo “por si acaso”, y ese era el que estaba sonando.

No, espera. El mensaje llegaba a mi celular personal. El mensaje venía del número de Tomás.
Eso significaba que alguien, en algún lugar, tenía un teléfono con el chip de mi hijo. O había duplicado el número.

Me armé de valor y escribí de nuevo.

“¿Dónde estás? ¿De dónde sacaste este número?”

“Estoy en Saltillo. Trabajo en la Maderería Los Pinos, cerca del Mercado de Abastos. Este número… no sé. Desperté con este teléfono en el bolsillo hace 6 años en un hospital de la Cruz Roja. No recordaba nada. Ni mi nombre.”

Saltillo. A menos de una hora de Monterrey.
Saltillo, la ciudad vecina, conectada por esa carretera maldita llena de niebla y curvas.

Le escribí, mis dedos volando ahora, la adrenalina reemplazando al miedo.

“Dices que te llamas Javier. ¿Javier qué?”

“Javier Méndez. Así me pusieron en el hospital porque no traía identificación. Pero no se siente como mi nombre. Oiga… señor… ¿usted es mi papá? Cuando vi la foto de contacto en el WhatsApp, sentí un golpe en el pecho. Usted se ve… se ve como alguien que me cargaba cuando yo tenía sueño.”

La foto de mi WhatsApp. Es una foto vieja, de Elena y yo en la Cola de Caballo, hace 15 años. Tomás la tomó.

Las lágrimas empezaron a correr por mi cara sin que yo me diera cuenta. Calientes, pesadas.

“Javier… o quien quiera que seas. Necesito verte. Hoy. Ahora.”

Los puntos suspensivos bailaron otra vez. Una eternidad.

“Tengo miedo. No sé qué está pasando. Tengo miedo de que usted me diga que estoy loco.”

“No estás loco. Yo estoy más asustado que tú. Dime dónde nos vemos.”

“Salgo a comer a las 2:00 pm. Hay un Vips en la entrada de Saltillo, por el bulevar Venustiano Carranza. ¿Sabe cuál es?”

¿Que si sabía cuál es? Habíamos parado ahí mil veces a desayunar molletes cuando íbamos de viaje a Real de Catorce.

“Ahí estaré. A las 2:00. Espérame.”

Me levanté del suelo como si tuviera resortes. Ignoré el desorden. Corrí a mi habitación. Me quité la pijama y me puse unos jeans y una camisa, la primera que encontré. Me puse las botas. Agarré las llaves de la camioneta.

Eran las 11:00 a.m. Tenía tiempo de sobra, pero sentía que llegaba tarde a mi propia vida.

Me subí a mi Cheyenne 2015. El motor rugió. Salí de la cochera casi arrancando el espejo retrovisor.
Tomé Constitución hacia el poniente, rumbo a la salida a Saltillo.

Mientras manejaba, pasando por Santa Catarina y viendo las montañas secas y grises a mi alrededor, la duda me asaltó de nuevo.
¿Qué estaba haciendo? Iba a encontrarme con un extraño. Un estafador. Un loco.
Mi hijo está muerto. Yo lo enterré. Yo toqué su piel fría.

¿Pero y si no?

Esa pequeña voz, esa chispa de esperanza que es más peligrosa que una pistola cargada, se encendió en mi pecho.
Recordé el accidente. El auto volcó. Hubo fuego. Los cuerpos estaban maltratados. El forense dijo que la identificación visual era difícil, pero la ropa coincidía, la cartera estaba ahí (aunque quemada), el auto era el suyo.
¿Y si hubo un error?

La carretera a Saltillo sube y baja, serpenteando entre cerros. Pasé por el letrero de “Bienvenidos a Coahuila”. La niebla empezaba a bajar, como siempre lo hace en esa zona, cubriendo el camino con un manto blanco y fantasmal.

Puse la radio para no pensar, pero todas las canciones sonaban tristes. Apagué la radio.
Hablé en voz alta, solo en la cabina.
—Elena, mi amor, si estás ahí arriba… dame una señal. Dime que no me estoy volviendo loco. Dime que no voy a que me rompan el corazón otra vez.

Llegué al Vips a la 1:30 p.m. Estacioné la camioneta lejos de la entrada, en una esquina donde podía vigilar la puerta sin que me vieran de inmediato.
Me senté a esperar. Mis manos sudaban sobre el volante.
Cada hombre que entraba al restaurante me hacía saltar el corazón.
¿Sería ese? No, muy bajo.
¿Aquel? No, muy viejo.

A la 1:55 p.m., una camioneta de carga de una maderería se estacionó. Bajó un hombre.
Sentí un golpe físico en el estómago, como si me hubieran dado un batazo.

Era más alto de lo que recordaba a Tomás. Más ancho de hombros, más robusto. Tenía barba cerrada, algo que Tomás nunca pudo dejarse crecer bien. Llevaba una gorra sucia de aserrín y botas de trabajo gastadas. El pelo lo traía largo, amarrado en una coleta.

Pero caminaba igual.
Esa forma de arrastrar un poco el pie derecho, producto de una lesión jugando fútbol en la Prepa Tec. La forma en que se metía las manos a los bolsillos traseros del pantalón mientras miraba a los lados.

Se quitó la gorra para entrar al restaurante.
Y vi su perfil.
La nariz. Esa nariz ligeramente aguileña que heredó de mi abuelo.

No podía respirar. El aire en la cabina de la camioneta se acabó de golpe.
Abrí la puerta y casi me caigo al asfalto. Mis piernas eran de gelatina.
Caminé hacia la entrada del Vips. Sentía que caminaba hacia el patíbulo o hacia la gloria, no sabía cuál.

Entré. El aire acondicionado me golpeó la cara. El olor a café y enchiladas suizas llenaba el lugar.
Él estaba parado cerca de la caja, buscando a alguien con la mirada.
Sus ojos recorrieron el lugar y se detuvieron en mí.

Eran los ojos de Elena. Verdes, profundos, con esa mancha café en el iris izquierdo que solo ella y Tomás tenían.

El tiempo se detuvo. El ruido de los cubiertos, las risas de los comensales, la música de fondo… todo desapareció.
Solo estábamos él y yo.

Él dio un paso vacilante hacia mí. Su labio inferior tembló.
—¿Señor Roberto? —preguntó, con una voz que era más grave que la de mi hijo, más rasposa por el cigarro o el polvo, pero que tenía la misma cadencia.

Me quité los lentes porque las lágrimas ya no me dejaban ver.
—Tomás —dije, en un susurro que apenas salió de mi garganta—. Mijo… ¿eres tú?

Él me miró con una mezcla de terror y anhelo.
—No sé —dijo, y vi cómo se le quebraba la voz—. No sé quién soy. Pero siento que lo conozco de toda la vida.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: Café y Fantasmas en Saltillo

Nos sentamos en una de esas periqueras del Vips, aislados del ruido del área familiar. La mesera, una señora amable de nombre “Lupita” según su gafete, nos sirvió café americano. Yo ni lo probé. Mis ojos no podían despegarse de la cara del hombre frente a mí.

—Dime todo —le exigí, sin rodeos. Mis manos apretaban la mesa con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos.

Javier (así insistía en llamarse, aunque para mí era Tomás) tomó un sorbo de café con las manos temblorosas. Sus uñas estaban manchadas de barniz y aserrín. Manos de trabajador. Tomás tenía manos de estudiante, suaves, sin callos. Pero habían pasado doce años. Doce años de vida dura que yo no vi.

—Mire, don Roberto… —empezó, esquivando mi mirada—. Es una locura. Hace seis años desperté en el Hospital General de Saltillo. Traumatismo craneoencefálico severo, dijeron los doctores. No traía cartera, ni INE, nada. Solo ropa hecha girones y este teléfono en el bolsillo del pantalón.

Sacó el viejo iPhone 4 y lo puso sobre la mesa. Era como ver un objeto de otro siglo.

—Nadie preguntó por mí —continuó, con la voz quebrada—. Pasé meses en recuperación. Los de Trabajo Social me ayudaron a tramitar una identidad nueva porque en el sistema no aparecía nadie con mis huellas. Me puse Javier Méndez porque… no sé, sonaba bien.

—¿Y la memoria? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Nada. Vacío total. Es como si mi vida hubiera empezado ese día en la cama del hospital. Pero… —hizo una pausa y se frotó la sien, un gesto que Tomás hacía cuando tenía migraña. Mi corazón dio un vuelco—. Tengo sueños. Pesadillas, más bien. Fuego. Mucho fuego. Y dolor. Y luego, calma.

—¿Qué más sueñas? —insistí.

—Una casa —dijo, cerrando los ojos—. Una casa vieja, grande, con fachada de piedra y un portón negro. Hay un árbol enorme en el patio, un nogal creo. Y adentro huele a… a guiso de puerco con chile colorado. Y hay una mujer cantando. No veo su cara, pero sé que me quiere. Siento… paz.

Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas sin control.
—Mi casa en el Obispado es de piedra —susurré—. Tenemos un nogal de cincuenta años en el patio trasero. Y Elena… mi esposa… tu madre… hacía asado de puerco todos los sábados. Y siempre cantaba boleros mientras cocinaba. “Sabor a mí”. Esa era su favorita.

Javier abrió los ojos de golpe. Estaban rojos.
—¿”Sabor a mí”? —preguntó con un hilo de voz—. Tanto tiempo disfrutamos este amor… —tarareó la melodía, desafinado, tal como lo hacía Tomás.

Me cubrí la boca con la mano para ahogar un sollozo. Saqué mi cartera y busqué la foto que siempre llevo conmigo. Una foto pequeña, gastada por los años. Tomás en su graduación del Tec de Monterrey, con toga y birrete, sonriendo como si fuera dueño del mundo.

—Mírala —le dije, deslizando la foto sobre la mesa—. Mírate.

Javier tomó la foto como si fuera de cristal. La acercó a sus ojos. Su respiración se aceleró.
—Ese soy yo —dijo, pálido como un papel—. Pero no recuerdo ese día. No recuerdo ser feliz así.

—Ese día me dijiste que ibas a ser el mejor arquitecto de Nuevo León —le conté, con la voz rota—. Tenías 24 años. Eras brillante, Tomás. Eras mi orgullo.

—Yo soy carpintero —murmuró él, confundido—. Hago muebles. Me gusta la madera. Siempre me ha gustado.

—Claro que te gusta —reí entre lágrimas, una risa histérica—. Tu abuelo era ebanista. Te pasabas los veranos en su taller en Santiago. Decías que la arquitectura era solo “carpintería grande”.

Javier dejó la foto y se agarró la cabeza con ambas manos.
—Me duele —dijo—. Me duele la cabeza cuando trato de forzarlo. Don Roberto… si yo soy su hijo… ¿por qué nadie me buscó? ¿Por qué me dejaron solo?

Esa pregunta fue como una cuchillada en el estómago.
—Porque te enterramos, hijo —dije, y el silencio que siguió fue más pesado que la muerte misma—. Porque el gobierno me entregó un cuerpo. Porque me dijeron que habías muerto en el accidente. Llevo doce años llevándote flores a una tumba vacía.

CAPÍTULO 4: El Regreso al Obispado

—Necesito una prueba de ADN —dijo Javier, después de un largo silencio—. No puedo… no puedo simplemente creerlo. Necesito saber que es ciencia y no solo coincidencia.

—Lo haremos —aseguré—. Vamos a un laboratorio privado en Monterrey ahora mismo. Pago lo que sea para que nos den los resultados express.

Salimos del Vips. Javier dejó su camioneta de trabajo ahí y se subió a mi Cheyenne. El viaje de regreso a Monterrey fue tenso, cargado de una electricidad estática. Él miraba por la ventana, observando las montañas de la Huasteca como si las viera por primera vez y a la vez, como si las reconociera.

—Esa curva… —señaló cuando pasamos por la zona de “La Huasteca”—. Siento que… siento que he manejado por aquí mil veces.

—Íbamos a la presa los domingos —le dije suavemente.

Entramos a Monterrey por Morones Prieto. El tráfico era el habitual, infernal y ruidoso, pero para mí todo se movía en cámara lenta. Fuimos directo a un laboratorio clínico en la zona de doctores, cerca del Hospital San José.
Pedí la prueba de paternidad más rápida y costosa que tenían. Nos tomaron muestras de sangre y saliva.
—Resultados en 48 horas —dijo la enfermera.

—¿Te quieres quedar en mi casa? —le ofrecí cuando salimos—. Hay… hay mucho espacio. Tu cuarto sigue ahí.

Javier dudó. Se veía abrumado, asustado.
—No sé si estoy listo para ver el cuarto —admitió—. Pero… me gustaría ver la casa. La del nogal.

Manejé hacia el Obispado. Es una colonia vieja, de casonas grandes y calles empinadas. Cuando giré en la calle Hidalgo y la fachada de piedra apareció a la vista, Javier se tensó en el asiento del copiloto.

—El portón negro —susurró.

Estacioné. Bajamos. El aire olía a lluvia inminente.
Javier caminó hacia la entrada como un sonámbulo. Puso la mano sobre la piedra rugosa de la pared. Cerró los ojos.
—Aquí me caí de la bici —dijo de repente—. Me rompí el diente.

Me quedé helado.
—Tenías siete años. Fue justo ahí, en la banqueta. Lloraste tres horas hasta que tu mamá te dio nieve de limón.

Javier abrió los ojos y me miró. Había terror en su mirada, pero también asombro.
—Nieve de limón —repitió—. Sí. Me acuerdo del frío en la boca.

Abrí la puerta principal. El interior de la casa estaba en penumbra. Olía a encierro y a lavanda, el aroma que usaba la señora de la limpieza.
Javier entró. Sus botas de trabajo resonaron en el piso de mármol.
Caminó directo a la cocina. Se detuvo en el umbral.

—Amarilla —dijo, señalando las paredes—. En mi sueño las paredes eran amarillas.

—Las pintamos de blanco hace cinco años —expliqué—. Pero eran amarillas cuando tú vivías aquí. Tu mamá amaba ese color. Decía que era como tener sol adentro de la casa.

Javier se acercó a la estufa. Pasó la mano por los quemadores apagados. Luego se giró hacia la ventana que daba al patio trasero. Ahí estaba el nogal, inmenso, majestuoso, meciendo sus ramas con el viento.

—Es real —dijo, y su voz se quebró—. Todo es real. No estoy loco.

Se dejó caer en una de las sillas del antecomedor y rompió a llorar. No un llanto silencioso como en el restaurante, sino un llanto profundo, desgarrador, el llanto de un niño perdido que por fin encuentra su casa.
Me acerqué y, por primera vez en doce años, abracé a mi hijo.
Olía a madera, a sudor y a tabaco barato. Pero debajo de eso, olía a Tomás.

—Bienvenido a casa, mijo —le dije al oído, llorando con él—. Bienvenido a casa.

CAPÍTULO 5: El Papel que Cambió la Historia

Los dos días siguientes fueron una tortura de espera. Javier —Tomás— se quedó en la casa, pero durmió en el cuarto de huéspedes. No se atrevió a entrar a su antigua habitación. Decía que sentía que estaba invadiendo la privacidad de un fantasma.

Hablamos mucho. Me contó de su vida como carpintero en Saltillo, de la soledad, de la sensación constante de que le faltaba una pieza del rompecabezas. Yo le conté de su madre, de cómo se nos fue por el cáncer dos años antes de su accidente, de cómo él y yo nos habíamos quedado solos cuidándonos el uno al otro.

Le enseñé videos caseros. Navidad del 98. Su cumpleaños número 15.
Él miraba la pantalla con avidez, tratando de forzar a su cerebro a recordar. A veces sonreía. A veces solo negaba con la cabeza, frustrado.

El jueves por la mañana sonó mi celular. Era el laboratorio.
—Señor Garza, los resultados están listos.

Fuimos juntos. El silencio en la camioneta era absoluto.
En el consultorio, el doctor nos entregó un sobre cerrado.
—La probabilidad es del 99.999% —nos adelantó, con una sonrisa profesional—. No hay duda alguna.

Javier tomó el papel. Leyó las letras pequeñas, los números, las gráficas.
Se le escapó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante seis años.

—Papá —dijo, mirándome.
No “Señor Roberto”. No “Don Roberto”.
Papá.

Esa palabra resonó en mis oídos como la música más hermosa del mundo.
—Hijo —respondí.

Nos abrazamos ahí mismo, en medio de la oficina estéril del doctor. Sentí su cuerpo sólido, vivo. Ya no era el recuerdo etéreo que visitaba en el panteón. Era carne y hueso.
Mi hijo estaba vivo. El milagro era real.

Pero con la alegría, llegó la furia. Una furia fría y oscura que empezó a crecer en mi estómago.

Si Tomás estaba aquí, abrazándome… ¿a quién diablos había estado llorando yo durante doce años?
¿De quién era el cuerpo calcinado que el Estado de Nuevo León me entregó?
¿Quién estaba en la tumba de Valle de la Paz con el nombre de mi hijo grabado en granito?

—Tenemos que saber —dijo Tomás, como si me leyera la mente, mientras salíamos del laboratorio—. Si yo estoy vivo, alguien más murió esa noche. Y su familia… su familia quizás lo está buscando.

—Lo vamos a averiguar —le prometí, y mi voz sonó peligrosa—. Voy a averiguar qué pasó esa noche en la Carretera Nacional, aunque tenga que demandar a todo el gobierno del estado.

CAPÍTULO 6: La Tumba Equivocada

Esa misma tarde contacté a la Licenciada Sarah Castillo. Era una investigadora privada recomendada por un amigo abogado penalista. Una mujer dura, de las que no se asustan con nada, experta en casos de corrupción y negligencia en Nuevo León.

Nos citamos en mi despacho en la casa. Sarah escuchó la historia sin parpadear, tomando notas en una libreta negra. Cuando le mostramos la prueba de ADN, soltó un silbido bajo.

—Esto es dinamita pura, Don Roberto —dijo—. Si esto sale a la luz, van a rodar cabezas en el SEMEFO y en la Fiscalía. Pero primero necesitamos hechos.

—Quiero saber quién está en la tumba de mi hijo —exigí.

—Empecemos por el expediente del accidente —propuso Sarah—. Octubre de 2013. Carretera Nacional. Tramo Santiago-Monterrey.

Sarah se movió rápido. Tenía contactos en Tránsito y en la Fiscalía. En 48 horas, tenía copias de los informes originales, fotos de la escena y reportes de autopsia que yo nunca tuve el estómago para leer en detalle hace doce años.

Nos reunimos de nuevo el sábado en la noche. Tomás estaba presente, sentado en un sillón, con la cara pálida.

—Aquí está lo que encontré —dijo Sarah, desplegando documentos sobre la mesa de caoba—. Esa noche hubo confusión. Mucha confusión. Hubo un choque múltiple, no solo el auto de Tomás.

—A mí me dijeron que él perdió el control y chocó contra el muro de contención —dije.

—Y así fue —corrigió Sarah—. Pero no me dijeron todo. Unos segundos después de que el auto de Tomás volcara, una motocicleta que venía a exceso de velocidad se impactó contra el vehículo en llamas. El motociclista salió proyectado.

Tomás se inclinó hacia adelante.
—¿Una moto?

—Sí. El cuerpo del motociclista quedó… irreconocible. Igual que el conductor del auto. Los servicios de emergencia llegaron. Era de noche, llovía a cántaros. Levantaron dos cuerpos. Etiquetaron uno como “Conductor Auto” y otro como “Conductor Moto”.

Sarah señaló una foto borrosa del reporte.
—Pero aquí está el error. El informe de toxicología y las notas del forense de esa semana… fue la semana que hubo un paro laboral en el SEMEFO, ¿recuerdan? Estaban trabajando con personal suplente. Pasantes, básicamente.

—Maldita sea —masculleu.

—Intercambiaron las etiquetas —dijo Sarah con frialdad—. O los cuerpos. Asumieron que el cuerpo que estaba más cerca del auto era Tomás. Pero la física del accidente sugiere que Tomás, al no llevar cinturón (según el reporte), salió disparado hacia los matorrales, lejos del fuego. El motociclista fue el que quedó cerca del auto.

—Entonces… —Tomás tenía la voz temblorosa— el que está en mi tumba…

—Es el motociclista —confirmó Sarah—. Su nombre, según logré rastrear en los reportes de personas desaparecidas de esa fecha que nunca se cruzaron con los de accidentes, probablemente sea Marcos Vega. Un chico de 22 años, de Montemorelos. Su familia reportó su desaparición, pero como su moto no tenía placas y quedó destrozada, nunca la vincularon. Creyeron que se había ido de “mojado” a Estados Unidos.

Sentí un escalofrío. Marcos Vega. Un muchacho de 22 años.
—¿Y yo? —preguntó Tomás—. ¿Cómo llegué a Saltillo?

—Ahí es donde la historia se pone extraña —dijo Sarah, sacando otro folder—. Encontré un reporte de ambulancia de la Cruz Verde de Santa Catarina esa misma noche. Recogieron a un joven “deambulando” por la orilla de la carretera, a kilómetros del accidente. Sangrando, confundido, con traumatismo craneal. Lo llevaron al Hospital Universitario, pero estaba saturado por el mismo accidente múltiple. Lo derivaron al Hospital General de Saltillo por falta de camas. Lo registraron como “Desconocido Masculino”.

—Nadie cruzó los datos —dije, sintiendo una rabia impotente—. Nadie buscó. Asumieron que Tomás estaba muerto en la plancha y que el desconocido de Saltillo era algún indigente o drogadicto.

—Exacto —dijo Sarah—. El sistema falló en cada paso posible.

Me levanté y caminé hacia la ventana. Miré hacia el jardín oscuro.
—Tenemos que arreglar esto —dije—. Marcos Vega… su familia merece saberlo. Merecen enterrar a su hijo. Y mi hijo… mi hijo merece recuperar su nombre.

Tomás se levantó y se puso a mi lado.
—Papá —dijo—. Vamos a hacerlo. Pero tengo miedo.

—Yo también —le contesté—. Pero ya te recuperé a ti. Ahora vamos a recuperar la verdad.

El lunes siguiente, iniciamos el proceso legal para la exhumación. La noticia corrió como pólvora. Los medios locales se enteraron. “El muerto que revivió”, titulaba el periódico El Norte. Las televisoras acampaban afuera de mi casa.

Pero lo más difícil no fue la prensa. Lo más difícil fue contactar a la madre de Marcos Vega, una señora humilde que vivía en un ejido cerca de Allende, y decirle que su hijo no se había ido al norte. Que su hijo había estado doce años recibiendo las flores y las oraciones de otro padre.

PARTE 3

CAPÍTULO 7: Dos Madres, Un Hijo y Una Tumba

El camino hacia Allende, Nuevo León, se sintió más largo que cualquier viaje que hubiera hecho en mi vida. Tomás iba al volante de mi camioneta. Insistió en manejar. Decía que necesitaba sentir el control, que necesitaba enfrentar la carretera que casi nos destruye a ambos.

Sarah, la investigadora, iba en el asiento trasero revisando papeles, pero el silencio en la cabina era pesado, cargado de una angustia que se nos atoraba en la garganta. Íbamos a ver a la señora Doña Carmen Vega. Íbamos a romperle el corazón para luego intentar sanarlo con la verdad.

Llegamos a una casa pequeña, pintada de un azul descarapelado, con un patio de tierra barrida y macetas hechas de botes de pintura llenas de geranios. Un perro flaco ladró desde la sombra de un mezquite.

Bajé primero. Tomás se quedó un momento en la camioneta, respirando hondo. Vi cómo sus manos apretaban el volante hasta que los nudillos se pusieron blancos. Tenía miedo. No lo culpaba. Iba a conocer a la madre del hombre que ocupó su lugar en la muerte.

Doña Carmen salió secándose las manos en el delantal. Era una mujer baja, de piel curtida por el sol, con el cabello completamente blanco recogido en un chongo. Sus ojos eran oscuros, cansados, pero tenían una chispa de curiosidad temerosa.

—¿Señor Garza? —preguntó. Sarah ya la había contactado por teléfono, pero no le había dado detalles. Solo le dijo que teníamos noticias sobre Marcos.

—Sí, señora Carmen. Buenas tardes —dije, quitándome el sombrero—. Gracias por recibirnos.

Tomás bajó de la camioneta y se paró a mi lado. Doña Carmen lo miró y luego volvió la vista a mí.
—Pasen, pasen. Está fuerte el sol.

Nos sentamos en una mesa de plástico en el porche. Ella nos sirvió vasos de agua de jamaica. El hielo tintineaba contra el vidrio, el único sonido en esa tarde calurosa.

—Señora —empecé, y sentí que la voz me fallaba—. No sé cómo decir esto sin causarle dolor. Pero es sobre su hijo, Marcos.

Ella suspiró y miró hacia el camino de tierra.
—Mi Marcos… Hace doce años que no sé de él. Se fue un octubre. Dijo que iba a buscar jale al norte. Nunca llamó. Yo… yo en mi corazón siempre pensé que se había cruzado y que hizo vida allá. O que… —se le quebró la voz— que se lo tragó la tierra.

—No se fue al norte, señora —dijo Tomás. Su voz era suave, respetuosa.

Doña Carmen lo miró fijamente.
—¿Tú conociste a mi muchacho?

Tomás negó con la cabeza y me miró. Yo tomé aire.

—Señora Carmen… hace doce años hubo un accidente en la Carretera Nacional. Mi hijo… Tomás… se suponía que había muerto ahí. Yo enterré un cuerpo. Lloré a ese cuerpo por doce años. Le puse flores cada domingo. Le recé cada noche.

Hice una pausa, buscando la fuerza para soltar la bomba.
—Hace una semana, mi hijo apareció. Está vivo. Es él —señalé a Tomás—. Perdió la memoria, pero está aquí.

Doña Carmen frunció el ceño, confundida.
—¿Y eso qué tiene que ver con mi Marcos? Bendito sea Dios que su hijo está bien, pero…

—Hubo un error, señora —intervino Sarah, con su tono profesional pero suave—. Un error terrible del forense. El cuerpo que el Señor Garza enterró… el cuerpo que ha estado descansando en el Valle de la Paz, cuidado y amado como un hijo… las pruebas de ADN confirman que es Marcos.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni los grillos, ni el perro, ni el viento se atrevieron a sonar.
Doña Carmen se quedó inmóvil. Su rostro no mostró expresión por unos segundos, como si su cerebro se negara a procesar las palabras.
Luego, se llevó las manos a la boca. Un gemido, agudo y doloroso, escapó de entre sus dedos.

—¿Mi muchacho? —sollozó—. ¿Mi Marcos está aquí? ¿No se fue? ¿No me abandonó?

—No la abandonó —dije rápido, inclinándome para tomarle la mano—. Murió en el accidente, señora. Fue instantáneo. No sufrió. Y quiero que sepa algo… nunca estuvo solo.

Ella levantó la vista, con los ojos inundados de lágrimas.

—Yo no sabía que era él —continué, llorando también—. Pero yo cuidé esa tumba como si fuera la de mi propia sangre. Nunca le faltaron flores. Nunca le faltó una oración. En Navidad, le ponía una nochebuena. En su cumpleaños… bueno, en el cumpleaños de Tomás… le llevaba un pastelito. Su hijo fue amado, señora. Fue amado por un padre que no sabía que lo estaba cuidando.

Doña Carmen se soltó a llorar abiertamente. Tomás se levantó y, en un impulso, la abrazó. Ella, pequeña y frágil, se aferró a ese extraño robusto, a ese hombre que estaba vivo mientras su hijo estaba muerto.

—Gracias —susurró ella entre el llanto, aferrada a la camisa de Tomás—. Gracias por no dejarlo solo en la tierra de nadie. Gracias por cuidarlo cuando yo no pude.

Esa tarde, en ese porche humilde de Allende, dos familias rotas por la tragedia se unieron. Acordamos todo. Marcos sería exhumado. Le daríamos su nombre de vuelta. Doña Carmen decidió que quería que sus restos descansaran ahí, en el panteón del pueblo, cerca de ella.

—Yo pago todo —insistí—. El traslado, el funeral, la lápida. Es lo menos que puedo hacer por el muchacho que… de alguna forma… salvó a mi hijo al tomar su lugar. Sé que suena horrible decirlo así, pero siento que Marcos cuidó el sitio de Tomás hasta que él pudiera regresar.

CAPÍTULO 8: El Último Adiós y el Nuevo Comienzo

El día de la exhumación fue gris y lluvioso, como si el cielo de Monterrey entendiera el respeto que requería el momento. El panteón Valle de la Paz estaba cerrado al público, solo estábamos nosotros, Doña Carmen, sus hijas que habían venido de Estados Unidos, y los peritos.

Ver cómo levantaban la losa de granito con el nombre “Tomás Guillermo Garza” fue surrealista. Tomás estaba de pie a mi lado, sosteniendo un paraguas negro sobre mi cabeza. Estaba viendo su propia tumba abrirse.

—Es raro —murmuró—. Siento que estoy viendo una película de mi vida, pero yo soy un extra.

Cuando sacaron el ataúd, el tiempo pareció detenerse. Doña Carmen se acercó. Puso su mano sobre la madera desgastada por la humedad de doce años.
—Ya vamonos a casa, mijo —le susurró al féretro—. Ya vino tu mamá por ti.

Hicimos los trámites. El cuerpo fue trasladado a Allende esa misma tarde. El funeral de Marcos Vega fue sencillo pero hermoso. Todo el pueblo asistió. Hubo música norteña, hubo llanto, pero también hubo una sensación de paz. Marcos ya no era un desaparecido. Ya no era un fantasma. Estaba en casa.

De regreso en Monterrey, Tomás y yo nos quedamos parados frente al hueco vacío en el Valle de la Paz. La tierra estaba revuelta.
—¿Qué vas a hacer con esto? —preguntó Tomás, señalando el espacio.

—Nada —dije—. Voy a devolver el terreno. No quiero tumbas vacías. No quiero lápidas con nombres de gente viva. Cuando me muera, quiero que me cremen y me echen al viento en la Huasteca, contigo y con tu madre. Ya tuve suficiente de cementerios.

Los meses siguientes fueron de reconstrucción. No fue fácil. La prensa nos acosó por un tiempo, llamándonos “El Milagro de Saltillo”. Nos ofrecieron entrevistas, libros, películas. Dijimos que no a todo. Queríamos paz.

Tomás… o Javier, como todavía le decían algunos amigos del trabajo, tuvo que volver a aprender a ser Tomás. Recuperar su identidad legal fue una pesadilla burocrática. Tuvo que “resucitar” ante el Registro Civil, ante el SAT, ante el banco.

Pero lo más importante fue recuperar su vida.
No recuperó la memoria de sus primeros 24 años. Los doctores dijeron que el daño era permanente. Esos recuerdos se habían ido para siempre. Tomás no recordaba su graduación, ni su primer beso, ni los viajes que hicimos.

Al principio, eso me dolía. Sentía que había perdido a mi hijo y había ganado a un extraño que se le parecía mucho.
Pero luego, entendí algo.

Un domingo por la mañana, estábamos en la cocina. El olor a café y a machacado con huevo llenaba la casa. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando las paredes que habíamos vuelto a pintar de amarillo, tal como él lo soñó.
Tomás estaba dibujando en la mesa. Había dejado la carpintería industrial y había empezado a diseñar muebles. Bocetos finos, elegantes. La arquitectura que llevaba en la sangre estaba saliendo a flote a través de la madera.

—Papá —dijo, sin levantar la vista del papel—. ¿Cómo le gustaba el café a mi mamá?

—Con mucha leche y dos de azúcar —respondí—. Decía que el café negro era para gente amargada.

Tomás sonrió. Se levantó, echó un chorro de leche a su taza y le puso dos cucharadas de azúcar. Probó el café y cerró los ojos.
—Sabe a ella —dijo—. No me acuerdo de ella, pero sabe a ella.

En ese momento comprendí que no importaba el pasado que se había borrado. Importaba el presente que estábamos escribiendo.
Tengo un hijo que no recuerda mi nombre, pero que eligió llamarme “Papá” cuando la prueba de ADN lo confirmó.
Tengo un hijo que tiene las manos callosas de un carpintero y el talento de un artista.
Tengo un hijo que sobrevivió a la muerte, al olvido y al sistema.

A veces, todavía voy al panteón, pero no a la tumba vacía. Voy a la de Elena. Me siento en el pasto y le platico.
“Vieja”, le digo. “No vas a creer lo que pasó. El muchacho regresó. Es diferente, pero es igual. Tiene tus ojos y mi terquedad. Y está bien. Estamos bien.”

El celular de Tomás, ese viejo iPhone 4 con la pantalla rota, lo guardé de nuevo en el cajón. Pero esta vez, apagado. Ya no necesito esperar un mensaje de ultratumba.
Ahora, cuando quiero hablar con mi hijo, solo tengo que gritar hacia el taller que instaló en el patio trasero:
—¡Tomás! ¡Ya está la comida!

Y él responde, con esa voz fuerte y viva:
—¡Voy, papá!

Y eso… eso es mejor que cualquier recuerdo. Eso es vida.

FIN

TÍTULO: EL HOMBRE SIN SOMBRA: Los Años Perdidos de Javier Méndez

CAPÍTULO 1: El Nacimiento en Blanco

Octubre de 2013. Hospital General de Saltillo.

El primer sonido que escuchó no fue una voz humana, sino el pitido rítmico de una máquina. Un bip… bip… bip… que se clavaba en su cerebro como una aguja caliente.

Abrió los ojos. La luz era cegadora, blanca, agresiva. Intentó levantar la mano para cubrirse la cara, pero su brazo pesaba una tonelada. Había tubos. Cables. Dolor. Un dolor sordo y profundo en todo el cuerpo, como si lo hubieran desarmado hueso por hueso y lo hubieran vuelto a armar mal.

—Doctor, el de la cama 4 está despertando —dijo una voz de mujer, lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo.

Un hombre con bata blanca se inclinó sobre él. Le revisó las pupilas con una linterna.
—¿Me escuchas? —preguntó el médico con acento norteño, golpeado—. Parpadea si me escuchas.

Parpadeó. Una, dos veces.

—Bien. Has estado en coma cinco semanas. Tuviste un accidente muy feo. ¿Sabes cómo te llamas?

El paciente abrió la boca para contestar. Su garganta estaba seca, rasposa. Intentó buscar su nombre en el archivo de su mente. Buscó la etiqueta que decía “YO”.

Pero el archivo no estaba.
No había nada.
Era como entrar a una habitación oscura y tantear las paredes buscando un interruptor que no existe.

—No… —graznó—. No sé.

El médico frunció el ceño, pero no pareció sorprendido. Anotó algo en su tabla.
—Es normal. Amnesia postraumática. Puede ser temporal. Descansa.

Pero no fue temporal.
Pasaron los días. La policía vino a verlo. Le tomaron huellas dactilares. Le tomaron fotos de la cara, aún hinchada y amoratada.
—No coincide con nadie en la base de datos criminal —dijo un oficial aburrido—. Y no hay reportes de desaparecidos que encajen con la descripción.

—¿Entonces quién soy? —preguntó él, mirando sus propias manos como si fueran las de un extraño.

—Por ahora, eres el Paciente 304 —dijo la enfermera con lástima—. Pero necesitamos ponerle un nombre para el expediente de Trabajo Social.

—Javier —dijo él. No sabía por qué. Simplemente fue la primera palabra que le vino a la mente. Tal vez había escuchado a alguien llamarse así en el pasillo.
—¿Javier qué?
Miró por la ventana. Un camión de reparto pasaba por la avenida. Decía “Méndez e Hijos”.
—Méndez —dijo—. Javier Méndez.

Y así, en un segundo, Tomás Garza dejó de existir para el mundo, y Javier Méndez nació en una cama de hospital prestada, sin pasado, sin familia y con un miedo que le calaba hasta los huesos.

CAPÍTULO 2: El Fantasma de la Carpintería

2015. Dos años después.

La vida de Javier Méndez era pequeña. Cabía en una mochila.
Vivía en un cuarto de azotea en la colonia Landín, en Saltillo. Un cuarto barato, caliente en verano y helado en invierno, que pagaba con lo que ganaba haciendo “chambitas”.

Había intentado trabajar de mesero, pero se le caían las cosas. El ruido de los platos rompiéndose le provocaba ataques de pánico que lo dejaban temblando en el suelo.
Había intentado trabajar en una obra de construcción, cargando bultos de cemento, pero su espalda, lastimada en el accidente, no aguantó.

Ahora barría aserrín en la “Maderería Los Pinos”.
El dueño, Don Chuy, era un viejo cascarrabias que le dio trabajo por lástima, al ver a ese muchacho alto y perdido sentado en la banqueta mirando los tablones de pino como si fueran oro.

—Oye, tú, el nuevo —gritó Don Chuy una tarde—. Deja de mirar la sierra y ponte a lijar estas sillas.

Javier tomó el bloque de lija. Tomó la silla de madera cruda.
Y entonces, sucedió.
Sus manos se movieron solas. No tuvo que pensar. Sus dedos sabían exactamente cuánta presión aplicar, cómo seguir la veta de la madera para dejarla suave como la seda. Era… instinto. Era memoria muscular.

El olor del cedro recién cortado le llenó la nariz y, por una fracción de segundo, tuvo un flashback.
Vio unas manos más viejas, arrugadas, guiando las suyas sobre un cepillo de carpintero. Escuchó una risa grave. “Así no, mijo, con cariño. La madera se trata como a una mujer, con suavidad”.

—¿Quién te enseñó a lijar así? —preguntó Don Chuy, que se había acercado sin hacer ruido.

Javier soltó la lija, asustado, como si lo hubieran atrapado robando.
—Nadie… no sé. Creo que… creo que ya sabía.

Don Chuy lo miró con ojos entrecerrados, evaluándolo.
—Mañana no vas a barrer. Mañana vas a empezar con los cortes. Veamos si sirves para algo más que estorbar.

Ese fue el día que Javier encontró su ancla. La madera.
Cuando trabajaba, el ruido en su cabeza se apagaba. La ansiedad desaparecía.
Hacía mesas, sillas, marcos. Con el tiempo, empezó a hacer cosas más complicadas. Incrustaciones. Detalles finos.
A veces, mientras tallaba una pata de mesa, se le venían imágenes.
Una cocina amarilla.
Una mujer tarareando.
Un hombre alto poniéndole una mano en el hombro.

Pero cuando intentaba enfocar las caras, se disolvían como humo.
Esas noches, Javier despertaba gritando, empapado en sudor, con la sensación de que se estaba ahogando en un mar negro y nadie le tiraba una cuerda.

CAPÍTULO 3: El Objeto Prohibido

En el fondo de su cajonera de plástico, envuelto en una calceta vieja, estaba El Objeto.
Su única herencia de la vida anterior.
El iPhone 4 con la pantalla estrellada.

Cuando salió del hospital, la enfermera le entregó una bolsa de plástico con sus pertenencias.
—Esto traías en el pantalón —le dijo—. Estaba apagado. No tiene carga. Y la pantalla está rota, pero igual y sirve.

Javier nunca lo encendió.
Le tenía pánico a ese teléfono.
Era la caja de Pandora.
¿Y si lo encendía y descubría que era un criminal? ¿Un narco? ¿Un asesino que huía de la justicia?
¿Y si lo encendía y descubría que tenía una esposa y hijos que lo odiaban?
O peor aún… ¿y si lo encendía y descubría que nadie lo había llamado en dos años?

Prefería ser Javier, el carpintero sin pasado, que arriesgarse a ser alguien que no quería conocer.
Así que el teléfono se quedó ahí, en la oscuridad del cajón, cargándose de polvo y de silencio.

Pero el teléfono tenía una presencia. Javier sentía que lo miraba.
A veces, en sus días más oscuros, cuando la soledad en Saltillo era tan grande que le dolía el pecho, sacaba el teléfono y lo sostenía.
Era frío, pesado.
Pasaba el dedo por la grieta de la pantalla.
—¿Quién eras? —le susurraba al aparato muerto—. ¿Eras feliz?

CAPÍTULO 4: La Noche de los Muertos

2 de Noviembre de 2025.

Saltillo estaba vestido de cempasúchil y papel picado. Era Día de Muertos.
Javier caminaba por el centro de la ciudad, viendo los altares monumentales en la Plaza de Armas.
Veía las fotos de los difuntos. Abuelos, padres, hijos.
La gente reía, comía pan de muerto, recordaba a los suyos con amor.

Javier se sintió más fantasma que nunca.
Él no tenía a quién ponerle un altar.
Y lo que era peor: él estaba seguro de que nadie le había puesto un altar a él.
Porque si alguien lo amara, lo habrían buscado. Habrían encontrado al “John Doe” del hospital.

Se sentó en una banca, viendo a una familia acomodar las ofrendas. Un niño pequeño le preguntaba a su papá: “¿Y el abuelito va a venir a comerse el pan?”.
—Sí, hijo —contestaba el padre—. Esta noche vienen todos.

Javier sintió una lágrima correr por su mejilla.
—Yo no tengo a dónde ir —pensó—. Si me muero hoy, nadie se va a enterar. Soy un error en el sistema.

Regresó a su cuarto. El silencio era aplastante.
Abrió una cerveza, pero le supo a metal.
Miró la cajonera.
La curiosidad, alimentada por la tristeza de la fecha, fue más fuerte que el miedo.

Sacó el teléfono.
Buscó entre sus herramientas un cable viejo de 30 pines que había encontrado en un tianguis hace meses, “por si acaso”.
Lo conectó a la corriente.

Esperó.
Un minuto. Dos minutos.
Nada.
—Está muerto —pensó Javier—. La batería debe estar inservible después de doce años.

Iba a desconectarlo cuando apareció.
El icono de la batería roja.
Una pequeña línea roja en un fondo negro.
Javier contuvo la respiración.
El corazón le martilleaba contra las costillas.
Esperó diez minutos más.
Luego, apareció la manzana plateada.

El teléfono vibró.
Se encendió.

CAPÍTULO 5: El Mensaje de la Botella

La pantalla de bloqueo tenía una foto.
Era un perro. Un Golden Retriever viejo, echado en un jardín verde.
Javier no reconoció al perro, pero sintió una punzada de ternura.
—Hola, amigo —susurró.

Deslizó el dedo. No tenía código.
El sistema era antiguo, lento.
Javier fue directo a “Contactos”.

Estaba vacío. O casi vacío.
No había nombres de amigos. No había “Mamá”. No había “Amor”.
Solo había tres contactos guardados en la tarjeta SIM.

  1. DA
  2. Oficina
  3. Pizza Domino’s

¿DA?
¿Qué significaba DA?
¿Daniel? ¿David? ¿Damián?
¿O era… Dad? (Papá en inglés).
Javier sabía inglés. No sabía cómo ni dónde lo aprendió, pero entendía las películas sin subtítulos y a veces soñaba en inglés.

Le temblaban las manos.
Entró a WhatsApp.
La aplicación pidió actualizarse, pero no tenía internet. Conectó el Wi-Fi a la red abierta de la vecina (que él usaba a veces).
El teléfono empezó a zumbar.
Notificaciones viejas. Correos de spam de 2013.

Pero en WhatsApp, el chat con “DA” estaba vacío.
No había historial.
Seguramente lo había borrado antes del accidente. O tal vez “DA” nunca le escribía.

Javier se quedó mirando esas dos letras. D A.
Si era su papá… ¿seguiría vivo? ¿Tendría el mismo número después de 12 años?
Era imposible. Nadie guarda un número tanto tiempo.

Pero la soledad del Día de Muertos lo empujó. Necesitaba saber. Necesitaba lanzar una botella al mar, aunque nadie la recogiera.

Escribió:
Papá, ¿eres tú?

Lo borró. Sonaba estúpido.
Escribió:
Hola, encontré este teléfono.

Lo borró. Sonaba a estafa.
Miró la hora. Eran las 11:00 p.m.
Si no lo hacía ahora, no lo haría nunca. Mañana volvería a ser Javier el carpintero y guardaría el teléfono para siempre.

Sus dedos, callosos y manchados de barniz, teclearon con torpeza.
Se dejó llevar por el niño asustado que vivía dentro de él desde que despertó en el hospital.

“Papá, ¿eres tú? Por favor contesta.”

Presionó enviar.
Apareció un check gris.
Luego dos.
Luego… se pusieron azules.

Javier soltó el teléfono sobre la cama como si quemara.
Lo leyeron.
Alguien lo leyó. Al instante.

—Dios mío —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. Dios mío, hay alguien del otro lado.

El teléfono vibró.
Javier lo miró con terror.
DA está escribiendo…

Esos tres puntos suspensivos fueron los segundos más largos de su vida.
Eran el puente entre la muerte y la vida. Entre Javier y Tomás.

Llegó la respuesta:
“¿Quién eres? ¿Qué clase de enfermo eres para jugar con esto?”

Javier leyó la rabia en las palabras. El dolor.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que no era un número equivocado.
Ese hombre estaba sufriendo.
Ese hombre creía que su hijo estaba muerto.

—Estoy muerto —comprendió Javier de golpe—. Para él, yo estoy muerto.

Empezó a escribir, llorando, sin poder ver bien las teclas por las lágrimas.
“No sé quién soy… ayúdame.”

CAPÍTULO 6: El Encuentro en el Espejo

Horas después del primer mensaje.

Javier no durmió esa noche.
Se quedó sentado en el borde de la cama, mirando la foto que el hombre (Roberto, su padre) había puesto en su perfil de WhatsApp.
Era una pareja. Un hombre y una mujer.
El hombre se parecía a él.
Tenía la misma frente. La misma barbilla.
La mujer…
Javier acercó la pantalla a sus ojos.
La mujer tenía una sonrisa que le provocó un dolor físico en el pecho.
—Mamá —susurró, y la palabra salió con una naturalidad que lo asustó.

Cuando amaneció, Javier se bañó con agua fría para quitarse el aturdimiento. Se vistió con su mejor ropa: unos jeans limpios, una camisa de franela a cuadros que le gustaba mucho (sin saber que era idéntica al estilo que usaba Tomás) y sus botas de trabajo.

Se miró al espejo pequeño y manchado de su cuarto.
Vio sus ojos. Verdes. Con una mancha café en el izquierdo.
—Vas a conocer a tu padre —se dijo a sí mismo—. O vas a conocer a un loco que te va a matar. De cualquier forma, esto se acaba hoy.

Salió a la calle. Saltillo amanecía con neblina.
Subió a su vieja camioneta de la maderería, pidiendo permiso a Don Chuy por teléfono con una excusa barata de ir al médico.
Manejó hacia el Vips.

Mientras esperaba en el estacionamiento, vio llegar una Cheyenne blanca con placas de Nuevo León.
Vio bajar a un hombre mayor.
Caminaba lento, como si llevara el peso del mundo en los hombros.
Javier sintió que el aire se le iba.
Reconoció ese caminar.
No era un recuerdo visual. Era un recuerdo rítmico.
Pum, pum, pum. Los pasos de su padre en el pasillo de la casa cuando llegaba del trabajo.
Pum, pum, pum. Seguridad. Casa.

Javier bajó de su camioneta.
Sus piernas temblaban.
Entró al restaurante.
El hombre estaba ahí.
Sus miradas se cruzaron.

Y en ese momento, en medio del olor a café y el ruido de los platos, Javier Méndez murió un poco.
Y Tomás Garza empezó a respirar de nuevo.

—¿Señor Roberto? —preguntó, con miedo a que todo fuera un sueño cruel.

El hombre se quitó los lentes. Lloraba.
—Tomás… mijo… ¿eres tú?

Javier no recordaba su nombre. No recordaba su infancia. No recordaba el accidente.
Pero al ver las lágrimas de ese viejo, supo la verdad más importante de todas:
No era un desconocido.
Era amado.
Y eso era suficiente para empezar de nuevo.

—No sé —dijo Javier, y por primera vez en doce años, sintió esperanza—. Pero creo que sí.


FIN DE LA HISTORIA PARALELA

Related Posts

Our Privacy policy

https://topnewsaz.com - © 2026 News