
PARTE 1: EL TRATO DEL DESIERTO
CAPÍTULO 1: LA VISITA INESPERADA
El día que ella apareció en mi rancho, yo estaba cubierto hasta los codos de grasa de motor, con el sudor bajándome por la espalda como si fuera un río, y mi única preocupación era si la vieja bomba de agua aguantaría otra semana sin reventar. No tenía ni la menor idea de que, en menos de veinticuatro horas, mi existencia solitaria y polvorienta iba a dar un giro de ciento ochenta grados por culpa de una sola frase pronunciada por una mujer que jamás había visto en mi vida.
Me llamo Mateo Flores. Tengo veintisiete años y, durante los últimos tres, he estado manejando solo el rancho de mi familia en las afueras de Cuauhtémoc, en la vasta y árida geografía de Chihuahua. No es una hacienda de telenovela. Son apenas unas cien hectáreas de maíz y nogales, algo de ganado flaco y una tierra que ha pasado de generación en generación, aferrándose a la vida con las uñas.
Mis padres murieron en un accidente en la carretera a Parral en el invierno de 2022. Una pipa se quedó sin frenos. Fue rápido, me dijeron. De la noche a la mañana, todo lo que ellos habían construido con sudor y lágrimas aterrizó sobre mis hombros. Me quedé porque este rancho es la única pieza de ellos que me queda viva. Venderlo para que hicieran fraccionamientos o naves industriales nunca fue una opción, aunque las deudas me respiraran en la nuca.
La vida aquí es sencilla, pero te cobra caro. Me levanto antes de que el sol pinte de rojo la sierra, alimento a los animales, remiendo cercas que el viento del norte insiste en tirar, y rezo para que la sequía nos tenga piedad. No soy rico. A veces, apenas saco para el diésel, pero sobrevivo.
La mayoría de los días somos solo yo, la tierra seca y ese cielo infinito de Chihuahua que te hace sentir pequeño. Esa tarde de finales de marzo no parecía diferente. Hacía un calor inusual, casi treinta grados, y el aire seco traía ese olor a polvo y rastrojo quemado. Estaba detrás del granero, peleándome con el tractor John Deere del año del caldo, con un corrido de Los Cadetes de Linares sonando bajito en la radio de pilas.
Entonces lo escuché. El crujido inconfundible de llantas caras sobre la grava del camino de entrada.
Eso solo bastó para ponerme en alerta. Aquí no viene nadie a menos que se haya perdido o vengan a cobrar algo. Me limpié las manos en un trapo lleno de aceite y me asomé. Lo que vi me dejó helado: una camioneta SUV negra, blindada, impecable. Brillaba tanto bajo el sol que lastimaba la vista. Era el tipo de vehículo que ves en San Pedro Garza García o en Polanco, no en un camino de terracería lleno de baches como el mío.
La puerta del conductor se abrió y bajó ella.
Era alta, vestida con un traje sastre que costaba más que mi camioneta entera, y unos tacones que inmediatamente se hundieron en la tierra suelta. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta perfecta, pero noté que le temblaban las manos cuando cerró la puerta. Lo que más me impactó fueron sus ojos. Eran oscuros, profundos, pero estaban rodeados de sombras, como si no hubiera dormido en una semana. Caminó hacia mí con pasos calculados, tratando de mantener la compostura en un terreno que no perdonaba la debilidad.
—¿Eres Mateo Flores? —preguntó. Su voz era firme, pero tenía un borde de ansiedad.
Asentí, quitándome el sombrero por instinto, aunque seguía confundido y con la llave inglesa en la mano.
—Ese soy yo. ¿En qué le puedo ayudar, oiga?
Ella tomó una respiración profunda, miró el corral, el granero despintado, y luego me clavó la mirada.
—Mi nombre es Clara De la Garza. Necesito un esposo para mañana.
Me quedé de piedra. El trapo se me resbaló de la mano y cayó al suelo, levantando una nubecita de polvo. Por un segundo, pensé que era una broma de mal gusto, alguna youtuber haciendo retos o una estafa nueva. Pero su cara era pura seriedad. No había sonrisa, ni burla. Solo urgencia.
—Perdón… —dije lentamente, sintiendo que el sol me estaba afectando el cerebro—. ¿Necesita qué?
En lugar de retractarse o explicarlo suavemente, metió la mano en su bolso de diseñador y sacó una carpeta gruesa de color beige. Me la extendió con decisión.
—Si no estoy legalmente casada antes de mi cumpleaños número veintinueve, que es mañana, pierdo el control de la empresa de mi familia.
Abrí la carpeta con mis manos sucias, tratando de no manchar los papeles. Eran documentos legales, un testamento notariado, recortes de periódicos financieros. “Grupo Agroindustrial De la Garza”. Conocía ese nombre. Era un monstruo corporativo con base en Monterrey, pero con operaciones en todo el norte del país. Tenían silos, empacadoras y miles de hectáreas, algunas colindando con los ejidos vecinos.
Ella me observaba como un halcón.
—Mi abuelo, Don Evaristo, construyó el imperio. Su testamento tiene una cláusula arcaica: debo estar casada para retener la presidencia del consejo. Si no, el control total pasa a mi primo, Ricardo De la Garza.
Le devolví la carpeta, sintiendo que la cabeza me daba vueltas.
—¿Y por qué yo? —pregunté, sintiendo una mezcla de ofensa y curiosidad—. Usted ni me conoce, señorita. Podría ser un narco, o un loco.
Ella dudó por primera vez. Bajó la mirada a sus zapatos llenos de polvo y luego volvió a mirarme.
—Tu rancho colinda con una de nuestras propiedades experimentales. Te investigué, Mateo. Sé que te has negado a venderle a las desarrolladoras tres veces, aunque te ofrecieron buen dinero. Sé que eres independiente, que no estás metido en la política del sindicato agrícola y, lo más importante… no eres alguien que se pueda comprar.
Dio un paso más cerca, ignorando el olor a grasa y sudor que yo emanaba.
—Mi ex prometido se fue la semana pasada. Ricardo lo compró. Le ofreció un puesto en la mesa directiva si me dejaba plantada antes de la fecha límite. Si Ricardo toma el control, va a desmantelar la visión de mi abuelo. Va a vender las tierras a mineras extranjeras y va a aplastar a los pequeños productores como tú para quedarse con el agua.
Me recargué en la cerca, tratando de procesarlo. Había escuchado rumores sobre Ricardo De la Garza. Tácticas de presión, pozos ilegales, gente forzada a abandonar sus tierras. El mismo tipo de gente contra la que mis padres lucharon toda su vida.
—Entonces… ¿qué me está pidiendo exactamente? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Un matrimonio civil —respondió sin pestañear—. Vamos al registro mañana. Mis abogados se encargan de todo. Una vez que asegure mi puesto en el consejo directivo, podemos anularlo discretamente en unos meses o divorciarnos. Te pagaré…
—No quiero su dinero —la corté en seco.
Ella parpadeó, sorprendida.
—Mateo, te estoy ofreciendo saldar las deudas de este lugar. Sé que tienes hipotecas.
—Le dije que no quiero su dinero por casarme —repetí, con la voz más dura de lo que pretendía—. Si hago esto, no va a ser por un cheque. Mi apellido no está a la venta.
Clara se quedó en silencio, analizándome. Por primera vez, vi que sus hombros bajaban un poco, la tensión liberándose mínimamente.
—Entonces, ¿por qué lo harías?
Miré hacia mis tierras, hacia las hileras de nogales que mi padre plantó con sus propias manos. Pensé en los vecinos, gente buena que ya estaba sufriendo por la falta de agua, y en lo que pasaría si un tipo como Ricardo De la Garza tuviera el poder absoluto de la región.
—Porque si ese tal Ricardo es quien creo que es, va a acabar con todos nosotros tarde o temprano —dije, volteando a verla—. Si acepto, hay condiciones. Nada de mentiras entre nosotros. Y si esto se vuelve real ante la ley, es porque los dos estamos de acuerdo en protegernos. Somos aliados, no empleados.
Ella me miró con una mezcla de asombro y respeto. Extendió su mano, fina y cuidada, hacia mí.
—Trato hecho, Mateo.
Nos dimos la mano ahí mismo, junto al granero viejo. Su palma estaba fría y suave contra mi piel callosa y áspera. No lo sabía entonces, pero ese apretón de manos fue el momento exacto en que mi vida dejó de ser mía.
CAPÍTULO 2: EL JUEZ Y LA MENTIRA PIADOSA
La mañana siguiente se sintió como si me moviera dentro de un sueño febril, de esos que tienes cuando te da insolación. Clara había pasado la noche en el único hotel decente del pueblo, y llegó a recogerme justo cuando el sol empezaba a despuntar sobre los cerros.
Yo me había puesto lo mejor que tenía: unos pantalones de mezclilla oscura sin roturas, mis botas de los domingos bien boleadas y una camisa blanca que mi madre me había planchado hace años y que yo guardaba en plástico. Me sentía ridículo. Me sentía como un impostor en mi propia piel.
El viaje hacia la ciudad de Chihuahua fue silencioso. El interior de su camioneta olía a cuero nuevo y a un perfume floral muy suave, un contraste violento con el olor a tierra y café quemado de mi camioneta vieja. Ella manejaba con precisión, pero sus nudillos estaban blancos sobre el volante.
—¿Nerviosa? —pregunté, rompiendo el hielo que parecía llenar la cabina.
—Aterrorizada —admitió, sin apartar la vista de la carretera—. Ricardo ya sabe que estoy tramando algo. Ha estado llamando a mis abogados toda la mañana. Si no presentamos el acta de matrimonio antes de las cinco de la tarde, convoca a la junta y me destituye.
—Llegaremos —dije, tratando de sonar seguro.
El Registro Civil no era el lugar romántico que uno imagina. Era un edificio gubernamental de ladrillo, con gente haciendo fila para sacar actas de nacimiento y caras de aburrimiento. El abogado de Clara, un hombre calvo y sudoroso llamado Licenciado Monroy, nos esperaba en la entrada con un portafolios y cara de urgencia. Junto a él estaba Don Chuy, mi vecino del rancho de al lado, a quien le había pedido que fuera mi testigo.
Don Chuy me miró con los ojos como platos cuando vio a Clara.
—Mijo, me dijiste que te ibas a casar, pero no me dijiste que era con una artista de cine —me susurró, dándome un codazo.
—Luego le explico, Don Chuy. Solo firme y no haga preguntas, por favor.
La ceremonia fue un trámite burocrático, frío y rápido. El juez, un hombre con bigote que claramente quería irse a almorzar, leyó los artículos de la ley con voz monótona. No hubo anillos de diamantes, ni votos escritos a mano, ni lágrimas de emoción.
—¿Acepta usted a Clara De la Garza como su legítima esposa?
Miré a Clara. En ese momento, bajo la luz fluorescente de la oficina, se veía vulnerable. Ya no era la empresaria intocable; era una mujer acorralada luchando por la memoria de su abuelo.
—Acepto —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
—Acepto —respondió ella, casi en un susurro.
Firmamos. El sello golpeó el papel con un sonido seco que resonó en mi pecho como un disparo. Pum. Y así, sin más, estaba casado con una desconocida millonaria.
Salimos del edificio con el acta en la mano. El Licenciado Monroy ya estaba escaneando el documento con su celular para enviarlo a la junta directiva.
—Está hecho, Doña Clara. El consejo ha recibido la notificación. Ricardo está furioso, pero legalmente no puede hacer nada hoy. Usted sigue siendo la presidenta.
Clara soltó el aire que parecía haber estado conteniendo durante veinticuatro horas. Se recargó contra la pared del edificio y cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, me miró de una forma diferente. Ya no había cálculo, solo un inmenso alivio… y algo de culpa.
—Gracias, Mateo —dijo suavemente—. Te acabo de meter en un lío enorme.
—Ya estamos en el baile, ahora hay que bailar —respondí, ajustándome el sombrero—. ¿Ahora qué sigue?
—Ahora… —dudó—. Ahora tengo que ir a tu rancho.
—¿Cómo dice?
—Ricardo no se va a quedar quieto. Va a mandar investigadores. Si esto parece un matrimonio falso, me demandará por fraude. Necesito vivir contigo. Necesito que esto parezca real las veinticuatro horas del día.
Sentí un nudo en el estómago. Una cosa era firmar un papel, y otra muy distinta era meter a una mujer como ella en mi casa, donde el techo goteaba cuando llovía fuerte y el único entretenimiento era ver crecer el maíz.
—Clara, mi casa no es… no es a lo que estás acostumbrada. No hay aire acondicionado central, el agua caliente tarda en salir y hay coyotes que aúllan en la noche.
Ella se enderezó, recuperando esa postura de acero que había tenido el día anterior.
—No me importa, Mateo. Puedo dormir en el suelo si es necesario. Pero no voy a dejar que Ricardo gane. ¿Nos vamos a casa, esposo?
La palabra “esposo” sonó extraña en su boca, ajena.
Regresamos al rancho en silencio, pero esta vez la tensión era diferente. Ya no éramos extraños. Éramos cómplices en un delito que no era delito, socios en una mentira que tenía que volverse verdad a la fuerza.
Cuando entramos a la casa, el aire estaba viciado y caliente. Ella dejó sus maletas Luis Vuitton en la sala, junto a mi viejo sofá con la tapicería desgastada. Miró a su alrededor: las fotos de mis padres en la pared, el crucifijo de madera, el polvo flotando en los rayos de luz.
—Esta es la habitación de huéspedes —dije, señalando la puerta del cuarto que había sido de mis papás. No había podido entrar ahí en meses, pero lo mantuve limpio—. Hay sábanas limpias.
—Gracias —dijo ella, sin queja alguna.
Esa noche, no pude dormir. Escuchaba los crujidos de la casa vieja, el viento golpeando las ventanas, y era consciente de cada sonido que venía de la otra habitación. Sabía que ella estaba despierta también.
Me levanté por un vaso de agua y vi luz saliendo por debajo de su puerta. Escuché su voz, baja y tensa, hablando por teléfono.
—…Sí, ya estoy aquí. No, Ricardo no sabe dónde es exactamente… No, no tengo miedo… Sí, lo sé. Si descubren que es una farsa, voy a la cárcel. Lo tengo claro.
Me quedé helado en el pasillo con el vaso en la mano. Cárcel. Nadie había mencionado la cárcel.
Regresé a mi cuarto y me senté en la orilla de la cama, mirando mis manos callosas. Había metido al lobo a la cueva, o tal vez, yo me había metido voluntariamente en la boca del lobo. De cualquier forma, ya no había vuelta atrás. Mañana empezaría la verdadera prueba. Y tenía el presentimiento de que Ricardo De la Garza no iba a jugar limpio.
Lo que no sabía era que el peligro no solo vendría de fuera. El verdadero peligro iba a ser convivir con ella, descubrir quién era realmente Clara De la Garza, y tratar de no olvidar que todo esto era, supuestamente, solo un negocio.
CAPÍTULO 3: DOS MUNDOS BAJO UN TECHO DE LÁMINA
Los primeros días de nuestra “vida matrimonial” fueron tan incómodos como tratar de caminar con una piedra en el zapato. Si alguien hubiera puesto una cámara en la casa, habría pensado que éramos dos especies diferentes obligadas a compartir jaula en un zoológico mal administrado.
Nuestras rutinas eran polos opuestos que se repelían con violencia. Yo me levantaba a las cuatro y media de la mañana, cuando el cielo todavía estaba negro y el frío del desierto calaba hasta los huesos. Me ponía las botas, me echaba un café negro cargado que parecía chapopote y salía a pelearme con el día. Mi oficina era el corral, el campo de alfalfa seca y el taller lleno de herramientas oxidadas.
Clara, por otro lado, empezaba su día cuando el sol ya estaba alto.
Desde el corral, podía escucharla. Su voz, educada en las mejores escuelas de Monterrey y el extranjero, retumbaba a través de las paredes delgadas de la casa vieja. Se pasaba las mañanas en videollamadas interminables, peleando con la señal inestable de mi internet satelital, hablando de “activos”, “fusiones” y “estrategias de mitigación de riesgo”.
Yo entraba a la casa alrededor del mediodía, cubierto de polvo, oliendo a gasóleo y sudor, buscando desesperadamente un vaso de agua fría y un taco de frijoles. Y ahí estaba ella, sentada en la mesa de mi cocina —una mesa que mi abuelo había tallado a mano—, vestida impecablemente con blusas de seda, tecleando furiosamente en su laptop plateada.
—El internet se cayó tres veces, Mateo —me decía sin levantar la vista, como si fuera una queja al departamento de sistemas.
—Bienvenida a la sierra, Clara. Aquí las nubes tapan la señal —le contestaba yo, secándome la cara con la manga—. ¿Quieres comer algo? Voy a calentar gorditas de ayer.
Ella arrugaba la nariz ligeramente.
—No, gracias. Ya me tomé un batido de proteína. Sigue con lo tuyo.
Era como tener a un fantasma corporativo viviendo en mi cocina. No hablábamos de nada personal. Éramos dos extraños jugando a la casita por necesidad. Yo sentía que ella me juzgaba; juzgaba la pobreza de los muebles, el polvo que entraba por las rendijas de las ventanas, la falta de aire acondicionado. Y yo, para ser honesto, la juzgaba a ella. Pensaba que era una “fresa” inútil que no aguantaría ni una semana sin su estilo de vida de lujos.
Pero había momentos en los que la fachada se le caía.
Una noche, me levanté al baño y la vi en la sala. Estaba sentada en el sofá a oscuras, solo iluminada por la luz azul de su celular. No estaba trabajando. Estaba viendo una foto vieja en la pantalla. Se veía tan pequeña, tan frágil en medio de esa casa que le era ajena. Sus hombros, siempre rectos y orgullosos durante el día, estaban caídos.
—¿Todo bien? —pregunté desde el marco de la puerta.
Ella saltó del susto y bloqueó el teléfono rápidamente.
—Sí. Solo… revisando correos.
—A las dos de la mañana no llegan correos buenos, Clara. Deberías dormir. Mañana tengo que ir a revisar el cerco norte, y vas a tener la casa sola todo el día.
Ella asintió, pero no se movió.
—Mateo… —dudó—. ¿Crees que esto va a funcionar? Ricardo mandó hoy una auditoría sorpresa a las cuentas de la fundación. Está buscando cualquier excusa.
Me acerqué un poco. Pude ver el miedo real en sus ojos. No era miedo a perder dinero; los ricos siempre tienen dinero guardado. Era miedo a fallarle a la memoria de su familia.
—Mira, no sé nada de auditorías ni de fundaciones —le dije con honestidad—. Pero sé que si un coyote quiere comerse a tus gallinas, no dejas de vigilar el corral solo porque está oscuro. Aguantas. Y nosotros vamos a aguantar.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos y, por primera vez, vi una chispa de gratitud genuina.
—Gracias, Mateo. Buenas noches.
—Descansa.
Al día siguiente, la dinámica cambió sutilmente. Dejó de quejarse del internet. Empezó a preguntar cosas básicas: “¿A qué hora vuelves?”, “¿Necesitas que compre algo en el pueblo si bajo con el chofer?”. Eran intentos torpes de convivencia, pero eran intentos.
Sin embargo, la realidad de nuestra situación nos golpeó de frente el viernes. Yo estaba batallando con una bomba de agua que se negaba a arrancar. Estaba de mal humor, cansado y preocupado porque la sequía estaba matando los pocos brotes de avena que tenía.
Entré a la casa buscando una herramienta y me encontré con una escena surrealista. Clara estaba en la cocina, con un delantal de mi madre puesto sobre su ropa de marca, intentando encender la estufa vieja de gas con un cerillo.
—¿Qué haces? —pregunté, alarmado.
—Intento hacer café. Se acabó el de la cafetera eléctrica y quería usar esa olla de barro que tienes ahí.
—Clara, esa estufa tiene maña. Si le abres mucho al gas te vas a volar las cejas.
Me acerqué, le quité los cerillos con suavidad y encendí el quemador con un movimiento rápido. El fuego azul brotó con fuerza. Ella dio un paso atrás, asustada.
—Solo quería ser útil —dijo, cruzándose de brazos a la defensiva—. Me siento como un mueble caro en esta casa, Mateo. No estoy acostumbrada a no hacer nada físico. Mi cerebro va a mil por hora, pero mi cuerpo está encerrado aquí.
La miré. Realmente la miré. No vi a la heredera mimada. Vi a una mujer llena de energía contenida, frustrada por la impotencia, queriendo demostrar que valía más que su firma en un cheque.
—¿Quieres ser útil? —le pregunté, retándola.
—Sí.
—Bien. Olvida el café. Ponte unos jeans que no te importe romper y unas botas, si es que tienes algo que no tenga tacón de aguja. Vamos a arreglar cercas.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Ahora?
—Ahora. Las vacas no esperan a que cierre la bolsa de valores, Clara. ¿Vienes o te quedas?
Vi cómo su mandíbula se tensaba. El orgullo de los De la Garza salió a flote.
—Dame cinco minutos.
Sonreí para mis adentros mientras salía al porche. Pensé que duraría diez minutos bajo el sol antes de pedir regresar al aire acondicionado del coche. Qué equivocado estaba.
CAPÍTULO 4: SANGRE, SUDOR Y LA VERDAD EN EL ALAMBRE
El sol de Chihuahua no acaricia, golpea. A las dos de la tarde, el campo era un horno a cielo abierto. El aire vibraba sobre la tierra seca y el polvo se te metía hasta en los pensamientos.
Clara salió vestida con unos jeans de diseñador —que seguramente costaban más que mi tractor— y una camisa blanca de lino. Llevaba unas botas de equitación que se veían demasiado limpias para este terreno. Se había amarrado el pelo y traía unos lentes oscuros enormes.
—Lista —dijo, aunque noté cómo tragaba saliva al sentir el calor.
Subimos a la camioneta vieja y manejé hasta el lindero norte. Ahí, el ganado del vecino siempre intentaba meterse porque mi pasto, aunque escaso, era mejor que el de allá. El alambre de púas estaba caído en un tramo de cincuenta metros.
—El trabajo es simple pero pesado —le expliqué, bajando las herramientas, los postes de madera y el rollo de alambre—. Yo estiro el alambre con la “perra” —le mostré la herramienta tensora—, y tú tienes que clavar la grapa en el poste cuando yo te diga. ¿Crees poder con el martillo?
Ella tomó el martillo, sopesándolo.
—No soy de cristal, Mateo. Enséñame.
Los primeros diez minutos fueron un desastre. Ella golpeaba el poste, se golpeaba el dedo, soltaba maldiciones en inglés y en francés que me hacían gracia, y sudaba como nunca la había visto sudar. Pero no se rindió.
—¡Dale fuerte! —le gritaba yo mientras tensaba el alambre con todo mi peso—. ¡Sin miedo!
Poco a poco, le agarró el ritmo. Golpe, golpe, grapa adentro. Golpe, golpe, grapa adentro.
Pasó una hora. Luego dos. Su camisa blanca estaba manchada de tierra roja y óxido. Tenía rasguños en los brazos por las ramas de mezquite. Su cara estaba roja por el esfuerzo y el calor, pero sus ojos brillaban con una intensidad nueva. Estaba concentrada, peleando contra la tierra, contra el alambre, y de alguna forma, sentí que estaba peleando contra todos los que le decían que no podía.
En un momento, el tensor se resbaló. El alambre de púas chicoteó violentamente hacia atrás.
—¡Cuidado! —grité.
Fue muy rápido. El alambre le rozó el antebrazo antes de que yo pudiera detenerlo. Clara soltó un grito ahogado y se agarró el brazo. La sangre empezó a brotar, manchando la manga de lino.
Solté todo y corrí hacia ella. El pánico me golpeó el pecho. Si le pasaba algo grave, era mi culpa.
—Déjame ver, déjame ver —dije, tomándole el brazo con cuidado.
Ella respiraba agitadamente, con los ojos llenos de lágrimas de dolor, pero no lloraba. La herida era un rasguño largo y feo, pero no profundo. Sangraba mucho, como todos los cortes en la piel, pero no necesitaba puntos.
—Estoy bien —dijo ella, apretando los dientes—. Es solo un rasguño.
—No es solo un rasguño, Clara. Tenemos que limpiarlo. Se puede infectar con el óxido. Vámonos.
—¡No! —me detuvo, poniendo su mano sana sobre mi pecho. Su toque me paralizó—. Falta el último tramo. Si no lo terminamos, las vacas se van a salir en la noche.
La miré a los ojos. Estaba sucia, herida y despeinada, y juro por Dios que nunca la había visto tan hermosa como en ese momento de terquedad absoluta.
—Eres necia como una mula, mujer —le dije, pero había admiración en mi voz. Saqué un pañuelo limpio de mi bolsillo trasero y le vendé el brazo provisionalmente—. Terminamos este tramo y nos vamos. Ni un minuto más.
Ella asintió y volvió a tomar el martillo con la mano buena.
Terminamos el cerco. Cuando cayó la última grapa, nos sentamos en la caja de la camioneta a tomar agua tibia de mi termo. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de naranja y violeta. El silencio ya no era incómodo; era un silencio compartido, de cansancio y satisfacción.
—Mi abuelo empezó así —dijo ella de repente, mirando el horizonte—. Don Evaristo. No nació rico. Empezó pizcando algodón en Tamaulipas. Me contaba que sus manos siempre sangraban.
—Mi papá decía que la tierra solo te da lo que le das —respondí—. Si le das sangre y sudor, te da vida. Si no le das nada, te seca.
Clara volteó a verme. Se quitó los lentes oscuros.
—Ricardo, mi primo… él nunca ha tocado la tierra. Para él, todo esto son números en una hoja de Excel. Quiere vender las reservas de agua a una cervecera. Quiere secar los ejidos vecinos para obligarlos a vender barato. Por eso necesito detenerlo, Mateo. No es por el dinero. Es porque si él gana, todo esto… —señaló el paisaje— se muere.
En ese momento entendí. Realmente entendí. No estaba protegiendo una herencia; estaba protegiendo un legado, una responsabilidad. Y yo, sin querer, me había convertido en su guardián.
—No vamos a dejar que gane —le prometí. Y esta vez, no fue por el contrato. Fue por ella.
Regresamos a la casa ya de noche. Ella se metió a bañar y yo preparé la cena. Algo sencillo: huevos con chorizo y tortillas de harina.
Cuando salió de la ducha, con el pelo mojado y ropa limpia de algodón, se veía renovada, aunque hacía muecas de dolor al mover el brazo vendado.
—Huele delicioso —dijo, sentándose a la mesa.
—Es comida de pobres, pero llena la tripa —bromeé, sirviéndole un plato.
Ella probó un bocado y cerró los ojos.
—Sabe a gloria. Y… perdón por casi incendiar tu cocina hoy.
Nos reímos. Fue la primera vez que nos reímos juntos. Una risa genuina que rompió la tensión de días.
Pero la paz duró poco.
Mientras lavábamos los platos, escuché el sonido de un motor afuera. No era un camión de paso. Era un motor que se acercaba despacio y se detenía en la entrada del rancho, justo donde empieza mi propiedad privada.
Me sequé las manos y apagué la luz de la cocina para ver hacia afuera sin ser visto. Clara se tensó a mi lado.
—¿Qué es? —susurró.
Me asomé por la cortina. A unos cien metros, en el camino oscuro, había una camioneta negra parada con las luces apagadas. De repente, una luz roja parpadeó en la oscuridad. Un dron se elevó desde la camioneta, zumbando como un mosquito gigante, y empezó a volar hacia la casa.
—Están vigilando —dije, sintiendo la rabia subirme por el cuello—. Ricardo no está perdiendo el tiempo.
Clara se acercó a la ventana, su mano instintivamente buscando mi brazo en la oscuridad.
—Nos están buscando errores, Mateo. Quieren pruebas de que esto es falso.
El dron se acercó a la ventana de la sala, su cámara brillando con una luz verde, invadiendo nuestra privacidad, nuestra casa.
—Pues vamos a darles algo que ver —dije impulsivamente.
Me giré hacia ella. Clara me miró, entendiendo lo que pasaba por mi mente, pero vi duda en sus ojos. El zumbido del dron estaba justo afuera del vidrio.
—Si no actuamos como un matrimonio ahora, mañana tendremos una demanda en la puerta —le susurré.
Sin darle tiempo a pensar demasiado, pasé mi brazo por su cintura y la pegué a mí. Ella se tensó un segundo y luego, exhalando, se dejó ir. Apoyó la cabeza en mi pecho, justo donde el dron pudiera vernos a través de la ventana sin cortinas.
Nos quedamos así, abrazados en la penumbra, fingiendo intimidad para una cámara voladora. Pero mientras sentía el calor de su cuerpo contra el mío y olía su cabello húmedo, me di cuenta de algo peligroso: mi corazón estaba latiendo demasiado rápido, y no era por el miedo a ser descubiertos.
Era por ella.
El dron se quedó estático unos segundos más, zumbando amenazante, y luego dio la vuelta y regresó a la oscuridad.
Cuando se fue, nos separamos lentamente. El aire entre nosotros había cambiado. Ya no era solo camaradería laboral. Había una electricidad estática, una tensión densa que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Buenas noches, Mateo —dijo ella con voz ronca, y se refugió en su cuarto casi corriendo.
Me quedé en la cocina oscura, mirando hacia el camino vacío, sabiendo que la guerra acababa de empezar. Y lo peor de todo era que mi mayor debilidad ya no era el rancho. Era la mujer que dormía en la habitación de al lado.
CAPÍTULO 5: CUANDO EL AGUA SE VUELVE SANGRE
Los días siguientes al incidente del dron pasaron con una calma tensa, de esas que preceden a las tormentas eléctricas en el desierto. El cielo estaba despejado, un azul insultante sobre nuestras cabezas, pero el aire se sentía pesado. Clara y yo seguíamos con nuestra rutina extraña: ella peleando guerras corporativas desde la mesa de la cocina y yo peleando contra el sol en el campo.
Pero algo había cambiado. Ya no me escondía en el granero para evitarla. Ahora, cuando entraba a tomar agua, me quedaba unos minutos recargado en el marco de la puerta, escuchándola hablar en inglés con inversores de Nueva York o en un español afilado con los abogados de la Ciudad de México. Me sorprendía su fuerza. Era una leona defendiendo su territorio, aunque su territorio fuera, por el momento, una mesa de pino llena de rayones.
El golpe llegó un martes por la mañana.
Me levanté como siempre, a las cuatro y media. Salí a revisar el sistema de riego por goteo que alimentaba a los nogales jóvenes, la inversión más grande que mis padres habían hecho antes de morir. Esos árboles eran mi futuro. Si lograban dar nuez en un par de años, podría pagar la hipoteca del banco.
Cuando llegué a la sección norte, sentí que el suelo se me desaparecía bajo las botas.
No había goteo. Había un pantano.
Alguien había entrado en la noche. Con saña, con odio. Habían macheteado las mangueras principales cada dos metros. El agua, ese oro líquido por el que nos matamos en el norte, se había estado tirando durante horas, inundando una sección y dejando seca la otra. Pero no solo eso. El depósito principal tenía un olor químico, acre.
Me acerqué al tanque de almacenamiento y vi bidones vacíos de herbicida tirados alrededor. Habían envenenado el agua.
—¡Hijos de su mal dormir! —grité al aire, pateando la tierra con una rabia que me quemaba la garganta.
Caí de rodillas. El daño era catastrófico. No solo había perdido el agua de la semana; los químicos matarían a los árboles jóvenes en cuestión de días si no lograba limpiar el sistema, cosa que costaba un dinero que yo no tenía.
Escuché el motor de la cuatrimoto acercándose a toda velocidad. Clara llegó derrapando, bajándose casi antes de frenar. Llevaba una pijama de seda y una chamarra mía que había agarrado de la entrada, y el pelo revuelto.
—¡Escuché tus gritos desde la casa! ¿Qué pasó? —preguntó, corriendo hacia mí.
Se detuvo en seco cuando vio el desastre. El agua envenenada brillaba con un tono aceitoso bajo el sol naciente. Las mangueras destrozadas parecían vísceras abiertas sobre la tierra.
—Dios mío… —susurró, llevándose las manos a la boca.
Me puse de pie, sintiendo que me temblaban las piernas, no de miedo, sino de una furia ciega.
—Fue él —dije, con la voz rota—. Fue tu primo. Saben dónde golpear. Saben que los nogales son mi única esperanza de salir de deudas. Esto no es una advertencia, Clara. Esto es una ejecución.
Clara caminó entre el lodo, ignorando que sus pantuflas caras se estaban arruinando. Miró los bidones de herbicida. Su rostro se transformó. La culpa la golpeó como un mazo, y vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Mateo… esto es por mi culpa. Te están atacando para quebrarme a mí. Si tú caes en bancarrota, dirán que te casaste conmigo por dinero para salvar el rancho, y usarán eso para anular el matrimonio.
Se giró hacia mí, agarrándome de los hombros con desesperación.
—Te voy a pagar todo. Lo juro. Voy a transferir dinero de mi cuenta personal ahora mismo para reparar esto, para traer pipas de agua limpia, para…
—¡No! —La aparté bruscamente. Mi orgullo herido hablaba por mí—. Si aceptas dinero ahora, les das la razón. Si hay un solo movimiento bancario tuyo a mi cuenta, Ricardo gana. ¿No lo entiendes? Nos tienen vigilados.
—¡Entonces qué quieres que haga! —gritó ella, frustrada, llorando abiertamente—. ¡No puedo ver cómo destruyen tu vida por mi guerra familiar! ¡No es justo para ti! ¡Tus padres construyeron esto!
El silencio cayó entre nosotros, solo roto por el sonido del agua contaminada goteando de las mangueras rotas. Verla llorar, verla tan rota por mi dolor y no por el suyo, apagó mi enojo hacia ella. Ella no era el enemigo. Éramos nosotros dos contra ellos.
Respiré hondo, tratando de calmar el latido en mis sienes.
—No quiero tu dinero, Clara —dije más suave, acercándome a ella—. Quiero que los destruyas. Quiero que uses esa cabeza brillante que tienes para encontrar la forma de que Ricardo pague por cada gota de agua que se tiró hoy. ¿Puedes hacer eso?
Ella se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, manchándose la cara de tierra. Enderezó la espalda. Esa mirada de acero volvió, pero ahora estaba mezclada con algo más oscuro: venganza.
—Lo voy a hacer trizas —prometió—. Voy a contratar seguridad privada. Nadie vuelve a entrar a este rancho sin mi permiso.
—Hazlo —dije—. Pero por ahora, ayúdame a cerrar las válvulas manuales. Tenemos que salvar lo que queda.
Trabajamos hombro con hombro bajo el sol, llenos de lodo y químicos, cerrando el paso al veneno. Esa mañana, Clara dejó de ser la “patrona” y se convirtió en mi compañera de trinchera. Y yo supe que, pase lo que pase, ya no podía dejarla ir.
CAPÍTULO 6: FUEGO EN LA MADRUGADA
Si pensamos que el agua era el límite, nos equivocamos. Ricardo De la Garza no conocía límites. La desesperación de perder el control del imperio lo estaba volviendo imprudente, peligroso.
Pasó una semana. Clara había cumplido su palabra. Dos guardias de seguridad privada patrullaban el perímetro del rancho en turnos de doce horas. Eran tipos grandes, exmilitares, que no hacían preguntas. Eso nos dio una falsa sensación de seguridad.
La noche del jueves, una tormenta eléctrica seca azotaba la sierra. Rayos sin lluvia. El cielo se iluminaba con latigazos blancos y el trueno retumbaba haciendo vibrar las ventanas de la casa.
Estábamos en la sala. Clara estaba leyendo un libro en el sofá, con los pies subidos en mis piernas. Se había vuelto una costumbre tácita: el contacto físico inocente pero constante. Yo estaba revisando facturas, tratando de cuadrar los números después del desastre del riego.
—¿Crees que llueva? —preguntó ella, mirando por la ventana.
—Ojalá. La tierra lo pide a gritos.
En ese momento, las luces parpadearon y se fueron. La casa quedó en tinieblas absolutas.
—Maldita sea —murmuré—. Debió caer un poste. Voy por la linterna.
Me levanté a tientas. Pero antes de llegar a la cocina, un olor llegó a mi nariz. No era olor a ozono de la tormenta. Era humo. Humo de madera, de paja, de diésel.
Corrí a la ventana trasera.
El granero estaba ardiendo.
Las llamas ya lamían el techo de madera vieja, subiendo con una voracidad aterradora impulsadas por el viento de la tormenta.
—¡Fuego! —grité, y el terror en mi voz hizo que Clara saltara del sofá.
—¡Llama a los bomberos! —gritó ella, buscando su celular.
—¡Tardarán una hora en llegar desde el pueblo! ¡Para entonces no quedará nada!
Salí corriendo de la casa, con el corazón golpeándome las costillas. En el granero no solo estaba el tractor. Estaba “Canelo”, mi caballo, y las pocas vacas lecheras que guardaba ahí por la tormenta.
—¡Mateo, espera! —escuché a Clara gritar detrás de mí, pero no me detuve.
El calor era insoportable al acercarme. El rugido del fuego competía con los truenos. Los animales chillaban adentro, un sonido que te hiela la sangre.
—¡Abran el portón! —le grité a uno de los guardias de seguridad que corría hacia mí con un extintor inútil.
Me cubrí la cara con la camisa y entré. El humo era denso, negro, asfixiante. Mis ojos ardían. A tientas, llegué a la caballeriza de Canelo. El caballo estaba loco de miedo, pateando la madera.
—¡Quieto, quieto! —tosí, tratando de desatar el nudo con manos temblorosas.
Logré soltarlo y le di una palmada fuerte en el anca. El caballo salió disparado hacia la puerta, casi atropellando a Clara, que estaba parada en la entrada con una manguera de jardín, mojándose la ropa para tratar de entrar.
—¡Sal de ahí, Clara! —le rugí, empujando a una vaca hacia la salida.
—¡No te voy a dejar! —gritó ella, tosiendo violentamente.
El techo crujió. Una viga transversal, envuelta en llamas, se desprendió justo encima de donde estaba el tractor viejo. Me lancé hacia adelante por instinto para sacar la última ternera, pero el calor me golpeó como una pared sólida. Sentí un ardor agudo en el hombro derecho y en el brazo. La viga cayó, bloqueando el paso hacia el fondo del granero.
—¡Mateo!
Sentí unas manos pequeñas pero fuertes agarrándome de la camisa y jalándome hacia atrás. Clara. Había entrado al infierno por mí.
Salimos trastabillando al aire fresco de la noche, cayendo al suelo de tierra mientras el granero terminaba de ser consumido por las llamas. El tractor, las herramientas de mi padre, las semillas almacenadas… todo se estaba convirtiendo en ceniza frente a nuestros ojos.
Me quedé tirado en la tierra, respirando con dificultad, con el pulmón lleno de humo y el brazo palpitando de dolor. Clara estaba a mi lado, de rodillas, con la cara manchada de hollín y lágrimas.
—Estás herido —sollozó, tocando mi hombro quemado con dedos temblorosos—. Estás quemado.
—Estoy bien… estoy vivo —dije, tratando de sentarme, pero el mundo me dio vueltas.
Los guardias de seguridad miraban el fuego con impotencia. No había nada que hacer. El granero estaba perdido.
Clara me tomó el rostro con ambas manos. Sus ojos, iluminados por el reflejo de las llamas, estaban llenos de un terror absoluto, pero no por la empresa, ni por la herencia.
—Pensé que te morías —susurró, con la voz quebrada—. Cuando cayó la viga… pensé que te perdía.
—No te vas a librar de mí tan fácil, patrona —intenté bromear, pero salió como un gemido de dolor.
Ella no se rió. Se inclinó y me besó la frente, un gesto tan íntimo, tan desesperado, que me dejó sin aliento más que el propio humo.
—Esto se acabó —dijo ella, separándose y mirando el fuego con una frialdad aterradora—. Ricardo cruzó la línea. Casi te mata. Mañana mismo voy a convocar a la prensa. Voy a exponer todo. Si tengo que quemar mi propia empresa para acabar con él, lo haré.
—No —le agarré la mano, deteniéndola—. No vamos a quemar nada. Vamos a ganar.
—¿Cómo puedes decir eso? —me miró, incrédula—. Mira esto, Mateo. Te está destruyendo.
—No me destruyó —dije, mirando las ruinas humeantes—. Solo me quitó cosas. Pero lo importante… lo importante está aquí.
La miré a los ojos y supe que ella entendía. Lo importante éramos nosotros. Esa noche, entre las sirenas de los bomberos que se escuchaban a lo lejos y el olor a madera quemada, el contrato se disolvió. Ya no era un trato comercial. Era una promesa de sangre.
Me ayudó a levantarme y caminamos hacia la casa, apoyados el uno en el otro. Ella no me soltó en toda la noche. Mientras curaba mis quemaduras en la cocina, con una delicadeza que no sabía que tenía, me di cuenta de que el incendio se había llevado el granero, pero había encendido algo mucho más peligroso e incontrolable entre nosotros dos.
Y esta vez, yo no quería apagarlo.
PARTE 3: LA COSECHA DEL DESTINO
CAPÍTULO 7: 48 HORAS ANTES DEL ABISMO
El olor a quemado tardó tres días en irse del rancho, pero el miedo a perderlo todo seguía ahí, pegado a nosotros como una segunda piel. Mi hombro derecho estaba vendado, palpitando con un dolor sordo cada vez que intentaba levantar el brazo, pero el dolor físico era lo de menos. Lo que me quitaba el sueño era ver a Clara.
Después del incendio, ella entró en un estado de concentración absoluta. Ya no era solo la empresaria; era una general en tiempos de guerra.
—Ricardo convocó a una audiencia de emergencia del consejo —me dijo esa mañana, cerrando su laptop con fuerza. Estábamos en la cocina, tomando café en tazas despostilladas. Sus ojos estaban rojos por el humo y la falta de sueño, pero su mirada era letal—. Dice que el incendio fue un “montaje” nuestro para cobrar el seguro y ganar simpatía pública.
Solté una risa amarga y golpeé la mesa con mi mano sana.
—¡Qué descaro tiene ese infeliz! Casi nos mata y ahora dice que nosotros prendimos el cerillo.
—Tiene a la mitad del consejo en el bolsillo, Mateo. La audiencia es en 48 horas. Si votan que nuestro matrimonio es un fraude o que somos inestables para manejar la empresa, pierdo la presidencia al instante. Y tú… a ti te van a demandar por conspiración y fraude corporativo. Te quieren meter a la cárcel.
Me levanté y caminé hacia la ventana. Afuera, los trabajadores que contratamos estaban limpiando los escombros del granero. Era un cementerio de madera negra y metal retorcido.
—Entonces necesitamos pruebas —dije, girándome hacia ella—. No papeles, Clara. Necesitamos la bala humeante.
—Los investigadores privados no han encontrado nada que lo vincule directamente. Ricardo es sucio, pero es listo. Usa prestanombres.
—Tal vez sus papeles estén limpios —dije, recordando algo—, pero aquí en la sierra, el polvo siempre deja huella.
Salí de la casa y busqué al jefe de seguridad que Clara había contratado, un exmilitar llamado Comandante Rivas. Estaba revisando el perímetro donde había iniciado el fuego.
—Comandante, la noche del incendio… ¿las cámaras de sus patrullas estaban grabando?
Rivas asintió, serio.
—Siempre graban, patrón. Pero las patrullas estaban del otro lado del rancho cuando empezó el fuego. Para cuando llegamos, el pirómano ya se había ido.
—No me importa el pirómano —le dije, sintiendo una corazonada—. Quiero ver qué grabaron las cámaras de tablero en el camino vecinal una hora antes del incendio. Aquí nadie pasa de noche a menos que vaya a algún lado. Si alguien entró, tuvo que salir.
Pasamos las siguientes seis horas encerrados en la pequeña oficina de la casa, revisando cuadros de video granulados en una pantalla. Clara estaba a mi lado, mordiéndose las uñas, algo que jamás hubiera hecho cuando llegó.
—Ahí —señaló de repente.
En la esquina de la pantalla, a las 2:15 AM, una camioneta Ford Lobo gris pasaba por el camino de terracería con las luces apagadas. Solo se veía la luz de freno cuando pisó un bache.
—Congélalo —ordené.
Rivas hizo zoom. La placa estaba cubierta de lodo, casi ilegible. Pero en la puerta del conductor había una calcomanía, un logo borroso.
—¿Puedes limpiar la imagen? —preguntó Clara, con la voz temblorosa.
Rivas tecleó un rato, aplicando filtros de contraste. El logo se aclaró. Era un escudo simple: “Seguridad Privada Centurión”.
Clara soltó el aire de golpe.
—Centurión… es la empresa de seguridad que cuida el penthouse de Ricardo en Monterrey. Son sus gorilas personales.
—Ahí está —dije, sintiendo una mezcla de triunfo y repulsión—. No fue un sicario cualquiera. Fue su gente.
Clara tomó su teléfono inmediatamente.
—Rivas, necesito esa grabación certificada por un perito forense ya. Y necesito el registro de GPS de esa camioneta. Si logramos probar que un vehículo de su seguridad personal estaba aquí la noche del incendio…
—Se acabó para él —terminé la frase.
Esa noche, la última antes de la audiencia, el ambiente en la casa cambió. Ya no era pánico. Era la calma de quien sabe que va a disparar la última bala.
Salimos al porche a ver las estrellas. El cielo de Chihuahua, ajeno a nuestros dramas, estaba espectacular, cuajado de luces blancas sobre la negrura de los cerros. Nos sentamos en la banca de madera, hombro con hombro.
—¿Qué pasa si perdemos? —preguntó ella en un susurro, rompiendo el silencio—. A pesar del video, si compran al juez, si el consejo decide ignorarlo… ¿qué pasa con nosotros?
Me giré para verla. La luz de la luna le iluminaba el perfil. Ya no veía a la extraña de la ciudad. Veía a la mujer que había vendado mis heridas, que había paleado estiércol, que había entrado al fuego por mí.
—Si perdemos la empresa, perdemos el dinero —dije suavemente—. Pero yo sigo teniendo mis manos. Tengo esta tierra, aunque esté quemada. Y tengo frijoles en la olla. No nos vamos a morir de hambre.
Ella sonrió, una sonrisa triste pero dulce.
—No me refiero al dinero, Mateo. Me refiero a… esto. Al contrato. Si pierdo la empresa, el contrato ya no sirve. Ya no tendrías razón para estar casado conmigo.
Sentí una opresión en el pecho. Era la verdad. Nuestro acuerdo tenía fecha de caducidad.
—El contrato se quemó en el granero, Clara —le dije, tomando su mano. Sentí cómo se estremecía—. Yo no me metí al fuego por una socia comercial. Y tú no te quedaste a cuidarme porque fuera tu empleado.
Ella levantó la vista, sus ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—¿Entonces por qué?
—Porque en algún momento entre el registro civil y el incendio, dejé de fingir. —Le acaricié la mejilla con el pulgar, sintiendo la suavidad de su piel—. Mañana vamos a pelear, pero no por tu empresa. Vamos a pelear por nuestro futuro. Pase lo que pase en esa pantalla, tú no te vas de aquí si no quieres irte.
Clara soltó un sollozo y se lanzó a mis brazos. La besé. No fue un beso de película, fue un beso desesperado, con sabor a lágrimas y a promesa, bajo el testigo silencioso de un millón de estrellas. Esa noche no hubo contrato, ni abogados, ni herencias. Solo un hombre y una mujer aferrándose el uno al otro antes de la batalla final.
CAPÍTULO 8: LA VERDAD Y LA PROMESA
La audiencia fue virtual. No íbamos a arriesgarnos a viajar a Monterrey y dejar el rancho solo. Convertimos el comedor en una sala de conferencias improvisada. Clara vestía su mejor traje negro, impecable, maquillada para ocultar las ojeras, con esa armadura de “Doña Clara” puesta de nuevo. Yo me puse una camisa limpia y mi sombrero, negándome a disfrazarme de algo que no soy.
La pantalla se encendió. Doce rostros serios nos miraban desde una sala de juntas de cristal en Monterrey. Y en el centro, con una sonrisa de suficiencia que me revolvió el estómago, estaba Ricardo De la Garza.
—Buenos días, consejeros —dijo Ricardo, su voz melosa destilando veneno—. Lamento que tengamos que reunirnos por circunstancias tan… vergonzosas. Pero la estabilidad de Grupo De la Garza está en riesgo por las acciones erráticas de mi prima y su… “esposo”.
Ricardo ni siquiera me miró. Para él, yo era mobiliario.
—Hemos recibido reportes —continuó Ricardo— de que el matrimonio es una farsa para eludir el testamento de Don Evaristo. Además, el reciente “accidente” en el rancho sugiere negligencia criminal o fraude de seguros. Solicito la destitución inmediata de Clara y la transferencia de poderes a mi persona.
El presidente del consejo, un hombre mayor de pelo blanco, tomó la palabra.
—Clara, las acusaciones son graves. ¿Qué tienes que decir?
Clara se puso de pie frente a la cámara. No tembló.
—Lo que tengo que decir, señores, es que Ricardo ha subestimado dos cosas: la lealtad de la gente de campo y la estupidez de su propia arrogancia.
Ricardo soltó una risa burlona.
—Por favor, Clara, ahórranos el melodrama de telenovela.
—Licenciado Monroy, ponga el video —ordenó Clara, ignorándolo.
La pantalla de la sala de juntas en Monterrey cambió. Apareció el video granulado de la noche del incendio. La camioneta gris. El logo de “Seguridad Centurión”. Y luego, un documento nuevo: una transferencia bancaria de la cuenta personal de Ricardo a la cuenta del jefe de operaciones de Centurión, fechada el día anterior al incendio, bajo el concepto “Servicios Especiales Norte”.
La sonrisa de Ricardo se borró. Su cara se puso del color de la cera.
—Eso… eso es falso —balbuceó Ricardo—. ¡Es un montaje de IA!
—El perito forense digital de la Fiscalía del Estado no opina lo mismo —intervine yo, acercándome a la cámara. Me quité el sombrero para que me vieran bien los ojos—. Ese hombre pagó para que quemaran mi patrimonio. Mató animales inocentes. Y casi mata a su propia prima. Aquí en el norte, a eso le llamamos intento de homicidio, no “estrategia corporativa”.
El silencio en la sala de juntas era sepulcral. Los consejeros miraban a Ricardo con horror.
—Además —continuó Clara, su voz resonando con poder—, en cuanto a mi matrimonio… Ricardo dice que es una farsa porque me casé con un granjero pobre. Dice que Mateo no tiene nada que ofrecer a esta empresa.
Ella me miró, y su expresión se suavizó frente a todos.
—Mateo Flores tiene más integridad en su dedo meñique que Ricardo en toda su vida. Él me enseñó que la tierra no se traiciona. Este hombre defendió su hogar con su cuerpo mientras Ricardo firmaba cheques desde un escritorio con aire acondicionado. Si eso no es el tipo de liderazgo que Don Evaristo quería para esta empresa, entonces no quiero la empresa.
El presidente del consejo carraspeó. Miró a Ricardo, que estaba tratando de enviar mensajes frenéticamente bajo la mesa.
—Seguridad —dijo el presidente con voz helada—. Escolten al señor Ricardo fuera del edificio. La policía lo estará esperando abajo.
—¡No pueden hacerme esto! —gritó Ricardo mientras dos guardias lo levantaban de la silla—. ¡Soy un De la Garza! ¡Ese granjero es un nadie!
La pantalla se apagó cuando lo sacaron arrastrando.
Clara se dejó caer en la silla, exhalando todo el aire de sus pulmones. El silencio volvió a la cocina del rancho.
—Ganamos —susurró, incrédula.
Me acerqué y la abracé por la espalda, enterrando mi cara en su cuello.
—Ganamos, patrona. Ganamos.
UN AÑO DESPUÉS
El rancho no se veía igual, pero se sentía igual.
Habíamos reconstruido el granero, más grande y mejor ventilado. Los nogales jóvenes, los que sobrevivieron al veneno gracias al lavado de raíces que hicimos juntos, estaban dando sus primeras nueces. El sistema de riego era nuevo, pagado con las ganancias legítimas de la primera cosecha que trabajamos juntos, sin tocar un centavo de la herencia de Clara para gastos personales.
Esa tarde de abril, el sol caía dorado sobre la sierra. Había gente por todos lados. No eran socios de negocios ni gente de la alta sociedad de Monterrey. Eran mis vecinos, Don Chuy con su guayabera nueva, los trabajadores del rancho con sus familias, y algunos amigos íntimos de Clara que habían demostrado ser leales.
Habíamos puesto mesas largas bajo los árboles, con manteles blancos que se movían con el viento. Había barbacoa, música de mariachi en vivo y barriles de cerveza fría.
Clara salió de la casa. No llevaba un vestido de diseñador de París. Llevaba un vestido blanco sencillo, de algodón bordado a mano por artesanas locales, con flores de colores en el escote. Llevaba el pelo suelto, y en lugar de tacones que se hunden en la tierra, llevaba unas botas blancas preciosas.
Se veía radiante. Se veía libre.
Caminó hacia mí, donde el juez del pueblo —el mismo que nos casó en aquella oficina gris— nos esperaba sonriendo bajo un arco de flores.
—Te tardaste —le dije cuando llegó a mi lado, tomándole las manos.
—Estaba negociando con el mariachi —rio ella—. Querían tocar otra de desamor y les dije que hoy no se permite nada triste.
El juez carraspeó.
—Bueno, muchachos. La ley ya dice que están casados desde hace un año. Pero me dijeron que querían hacerlo bien esta vez. Sin contratos, sin prisas y sin miedos.
—Así es —dijo Clara, mirándome a los ojos con esa intensidad que me enamoró.
—Mateo —empezó ella, con la voz clara y fuerte—, llegué aquí buscando un esposo para salvar mi herencia. Te pedí que firmaras un papel. Pero tú, con tu terquedad y tu corazón noble, reescribiste todo. No solo salvaste mi legado, me salvaste a mí de una vida vacía. Prometo estar contigo en las sequías y en las cosechas, cuando el tractor se rompa y cuando los nogales den fruto. Te elijo a ti, hoy y todos los días, no porque tenga que hacerlo, sino porque no puedo imaginar mi vida sin ti.
Sentí un nudo en la garganta. Apreté sus manos.
—Clara… cuando vi esa camioneta negra entrar, pensé que venían problemas. Y sí, trajiste un montón —la gente rio—, pero también trajiste luz a esta casa vieja. Me enseñaste que se puede ser fuerte sin perder la ternura. Prometo cuidarte, respetarte y nunca dejarte sola, ni frente al fuego ni frente al mundo. Eres mi patrona, mi socia y el amor de mi vida.
El juez sonrió.
—Pues, como ya están casados, solo me queda decir… ¡que empiece la fiesta! ¡Puede besar a la novia, joven!
La besé, y los aplausos y los gritos de los mariachis llenaron el aire.
Mientras bailábamos el vals —un corrido lento, como debe ser—, miré hacia la entrada del rancho. Ya no había camionetas negras amenazantes, ni drones, ni miedo. Solo el camino abierto bajo el cielo infinito de Chihuahua.
Clara recargó su cabeza en mi pecho.
—¿En qué piensas? —me preguntó.
—En que soy el hombre con más suerte del mundo —le dije al oído—. Y en que mañana hay que levantarse a las cinco. Las vacas no saben que estamos de fiesta.
Ella soltó una carcajada y me abrazó más fuerte.
—Ahí estaré, esposo. Ahí estaré.
Y supe que era verdad. Lo que empezó como una mentira desesperada se había convertido en la verdad más pura que jamás había conocido. Éramos nosotros dos, y la tierra, para siempre.
FIN