
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA CALMA ANTES DEL CAOS
El Vuelo 447 de Aerovías de México despegó puntualmente del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) con destino a Monterrey. Era una tarde de martes cualquiera. El sol brillaba sobre el Valle de México y, a 30,000 pies de altura, el cielo parecía un lienzo infinito de color azul profundo.
A bordo iban 156 pasajeros y seis tripulantes. Ejecutivos revisando correos, familias planeando su carne asada para el fin de semana, y estudiantes regresando a casa. El zumbido de los motores era una canción de cuna monótona y tranquilizadora.
En el asiento 17C, Mía Cárdenas balanceaba sus pies, que apenas rozaban el suelo alfombrado. Tenía 11 años, unos ojos grandes y oscuros como el café de olla, y dos trencitas perfectamente peinadas que caían sobre sus hombros.
—¿Todo bien, mi hija? —le preguntó la azafata, una mujer amable llamada Patricia, deteniéndose junto a ella—. ¿Se te antoja algo? ¿Unas papitas, un juguito?
Mía levantó la vista de su libro de colorear. Estaba pintando el vestido de una princesa con un cuidado meticuloso.
—Juguito de manzana, por favor —respondió con esa educación que le habían inculcado en casa—. Y gracias.
Patricia sonrió, sintiendo esa ternura instintiva que provocan los niños que viajan solos.
—¡Claro que sí, corazón! ¿Vas a ver a tus papás?
—No, voy con mis abuelitos a San Pedro —dijo Mía, tomando su vaso con las dos manos—. Me prometieron llevarme al Parque Fundidora y a comer cabrito si sacaba buenas calificaciones.
—¡Qué premio! —rió Patricia, dándole una palmadita en el hombro—. Eres muy valiente viajando solita. Si necesitas algo, lo que sea, solo aprieta este botoncito, ¿vale? Aquí estoy para cuidarte.
Mía asintió y volvió a su dibujo. La señora del asiento de al lado, una ejecutiva regiomontana impecablemente vestida, la miró con simpatía.
—Es tu primera vez volando sola, ¿verdad, mija?
—Sí, señora —respondió Mía.
—No te preocupes. Ya casi llegamos. Monterrey está a la vuelta de la esquina. Tú sigue pintando y verás qué rápido pasa.
Para todos en ese avión, Mía era exactamente lo que parecía: una niña inocente, dulce y completamente dependiente de los adultos a su alrededor. Una niña que necesitaba que le abrieran la bolsa de galletas.
Nadie podía imaginar que, debajo de esas trencitas y esa mochila de unicornio, había una mente entrenada para el desastre.
El padre de Mía, el Capitán Roberto Cárdenas, había sido una leyenda en la aviación comercial mexicana durante 23 años. Un “Águila Azteca” del aire. Pero hacía 18 meses, un derrame cerebral devastador lo había dejado en una silla de ruedas, con la mitad de su cuerpo paralizado y sus alas cortadas para siempre.
Incapaz de volar, Roberto había canalizado todo su dolor, su pasión y su miedo en una sola misión: enseñar a su única hija a sobrevivir.
—El mundo está loco, Sarita —le decía a su esposa cuando ella se quejaba—. El conocimiento nunca estorba. Si ella sabe, está lista. Si no sabe… —dejaba la frase en el aire, pero el miedo en sus ojos lo decía todo.
Así, mientras las amigas de Mía iban a clases de ballet o jugaban con muñecas, Mía pasaba horas en el estudio de su papá, rodeada de manuales de vuelo, cartas de navegación y un simulador profesional.
—¿Qué haces si pierdes los motores sobre la sierra? —le preguntaba él durante la cena, como si fuera la tabla del siete.
—Mantengo velocidad de planeo, busco un terreno plano, evito las cañadas —respondía Mía mecánicamente mientras comía su sopa.
—¿Y si los pilotos no responden?
—Código 7600 en el transpondedor, intento contactar por cualquier frecuencia, verifico el piloto automático.
Mía había practicado aterrizajes de emergencia cientos de veces en la computadora. Sabía leer instrumentos que la mayoría de los adultos ni siquiera sabían que existían.
—Ojalá nunca lo necesites, mi amor —le había dicho su papá antes de despedirla en el aeropuerto esa mañana, con lágrimas en los ojos—. Pero si lo necesitas, recuerda: el avión quiere volar. No pelees con él.
Mía pensó que su papá exageraba. Hasta que las luces de la cabina parpadearon.
CAPÍTULO 2: EL SILENCIO
Fue algo sutil. Un parpadeo rápido, como cuando va a llover y la luz de la casa baja de intensidad. La mayoría de los pasajeros ni siquiera levantaron la vista de sus celulares. Pero Mía se tensó. En el simulador, las luces no parpadeaban “porque sí”.
Miró hacia el panel superior. La señal de cinturones estaba apagada. Todo parecía normal. “Seguro no es nada”, pensó, intentando convencerse.
Pero entonces sucedió de nuevo. Y esta vez, el zumbido constante del aire acondicionado cambió de tono. Se volvió más grave, más… hueco.
Patricia, la azafata, frunció el ceño en el pasillo. Levantó el teléfono del interfono para llamar a la cabina.
—Capitán, aquí cabina. ¿Me copia?
Silencio.
Patricia colgó y volvió a intentar.
—Capitán, ¿me escucha?
Nada. Mía vio cómo el rostro de Patricia cambiaba. Esa sonrisa cálida de hace unos minutos se había esfumado, reemplazada por una mueca de confusión y miedo contenido. La azafata caminó rápido hacia el frente del avión.
En la cabina de mando, la situación era una pesadilla. El Capitán y el Primer Oficial se miraban con incredulidad.
—Perdí la radio —dijo el Capitán, golpeando sus audífonos—. Torre México, aquí Vuelo 447, ¿me copian?
Estática pura.
—El transpondedor está muerto, Capi —dijo el copiloto, con la voz temblorosa—. No tenemos salida de señal. Nada. Ni GPS, ni radios, ni interfono. Estamos volando a ciegas y sordos.
Era un fenómeno rarísimo, una interferencia electromagnética brutal causada por una tormenta solar invisible que chocó con los sistemas del avión en el peor ángulo posible.
—Mantén el rumbo —ordenó el Capitán—. Vamos a intentar reiniciar los sistemas de comunicación. No podemos…
No terminó la frase.
Una descarga invisible, un pulso de energía acumulada, recorrió el panel de instrumentos y, por una falla en el sellado de la cabina, se combinó con una despresurización lenta pero tóxica. Fue instantáneo. Ambos pilotos se desplomaron en sus asientos, inconscientes, con los ojos en blanco.
El avión, ahora un ataúd de metal a 800 kilómetros por hora, siguió volando en piloto automático. Recto. Sin nadie al mando.
En la cabina de pasajeros, Mía sintió que el estómago se le hacía nudo. El avión no se movía. Iba demasiado recto. Demasiado perfecto. Llevaban diez minutos sin un solo ajuste, sin ese ligero vaivén normal del vuelo.
Patricia y otra azafata estaban golpeando la puerta de la cabina. Habían metido el código de emergencia tres veces. Nada.
—¡Tienen que abrir! —susurró Patricia, desesperada—. ¡Voy a usar la llave maestra!
Cuando la puerta se abrió, el grito ahogado de Patricia heló la sangre de los pasajeros de las primeras filas.
Los pilotos estaban desmayados.
Patricia salió de la cabina pálida como un fantasma. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el micrófono del sistema de anuncios (que milagrosamente, funcionaba solo para el interior del avión).
—Damas y caballeros… —su voz se quebró—. Necesito su atención, por favor. Tenemos una emergencia médica grave. Nuestros pilotos… no pueden volar el avión en este momento.
El silencio se rompió. Un grito desgarrador salió de la parte trasera. La gente se levantó de golpe.
—¿Cómo que no pueden? —gritó un hombre de traje—. ¿Quién está manejando esto?
—¡Por favor, calma! —suplicó Patricia, con lágrimas en los ojos—. ¿Hay algún piloto a bordo? ¿Alguien sabe volar? ¡Por favor!
Silencio absoluto. 156 caras de terror. Nadie levantó la mano. Solo se escuchaban los rezos atropellados de una señora mayor: “Ave María Purísima, sin pecado concebida…”
—¡Yo volé helicópteros en el ejército hace veinte años! —dijo un hombre alto, poniéndose de pie en primera clase—. Pero nunca he tocado un jet comercial.
—¡Venga, por favor! —le gritó Patricia.
Mía, desde su asiento 17C, sintió que el corazón le iba a explotar. Su conejo de peluche estaba siendo estrangulado por sus manos. Ella sabía. Ella sabía qué hacer. Su papá se lo había enseñado. Pero… era una niña.
La señora de al lado la abrazó, llorando.
—Ay, diosito santo, vamos a morir. Ciérra los ojos, mija, ciérralos.
—No —dijo Mía. Su voz sonó extraña, ajena—. No vamos a morir.
Se soltó del abrazo de la señora y se puso de pie en el pasillo. Era tan bajita que nadie la notó al principio.
—¡Yo sé! —gritó.
Nadie la escuchó entre el caos.
—¡YO SÉ VOLAR! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones de 11 años.
El avión se quedó en silencio por un segundo. Varias cabezas se giraron. Vieron a una niña con una playera de Frozen y trencitas, parada en medio del pasillo con los puños apretados.
—Ay, nena, siéntate —dijo un señor, con lástima—. Esto no es un juego.
—¡Mi papá es el Capitán Roberto Cárdenas! —insistió Mía, avanzando hacia el frente, empujando las piernas de los adultos que le estorban—. ¡Sé usar el piloto automático! ¡Sé leer el PFD y el ND! ¡Sé que si no hacemos algo en dos horas nos vamos a quedar sin combustible!
Patricia se detuvo en seco. Esas no eran palabras de una niña jugando. Eran términos técnicos.
La azafata miró a Mía a los ojos. Vio miedo, sí. Pánico puro. Pero también vio algo más: determinación. La misma mirada de acero que había visto en cientos de capitanes antes de un vuelo difícil.
—¿De verdad sabes? —preguntó Patricia, arrodillándose frente a ella.
—Sí —dijo Mía, temblando—. Déjenme pasar. Por favor.
Patricia no lo dudó. Agarró la manita de Mía y la jaló hacia la cabina.
—Ven. Dios nos ayude, ven.
Mía cruzó el umbral de la cabina. El olor a ozono y miedo era insoportable. Vio los cuerpos de los pilotos, ahora movidos a un lado por el señor de los helicópteros. Vio el panel de instrumentos brillando con cientos de luces.
Era igual que el simulador de su papá. Pero mil veces más grande. Mil veces más real. Y allá afuera, a través del cristal, no había píxeles. Había nubes reales. Y abajo, muy abajo, estaba México.
Mía trepó al asiento del copiloto. Sus pies quedaron colgando.
—Hola, avión —susurró, tal como su papá le había enseñado a saludar a la máquina—. Soy Mía. Por favor, ayúdame.
Y puso sus manos en los controles.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: UN MUNDO SIN VOZ
El sonido del seguro de la puerta de la cabina al cerrarse detrás de ellos sonó definitivo, como el golpe de un martillo de juez dictando sentencia. Click.
De repente, el zumbido constante y tranquilizador de la cabina de pasajeros, con sus murmullos nerviosos y el llanto de los bebés, quedó amortiguado, reemplazado por un tipo de silencio muy diferente. No era un silencio de ausencia de ruido, sino un silencio de ausencia de vida.
Lo único que se escuchaba allí dentro era el rugido del viento, mucho más fuerte en la punta del avión que en la cola, golpeando contra el parabrisas reforzado a novecientos kilómetros por hora. Era un sonido crudo, violento, una recordatorio constante de que afuera, a treinta mil pies de altura, la atmósfera era un lugar hostil, un desierto de hielo y falta de oxígeno donde los humanos no debían estar.
Mía Cárdenas se quedó paralizada un segundo, aferrando la correa de su mochila de unicornio hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El olor la golpeó primero. No olía a perfume barato ni a café recalentado como en la cabina de pasajeros. Olía a ozono, a plástico caliente, a sudor agrio de hombre y, muy sutilmente, a algo metálico, como el olor de la sangre seca o la electricidad estática acumulada antes de una tormenta.
Frente a ella, la realidad era una pesadilla grotesca.
El Capitán, un hombre corpulento de cabello canoso que Mía había visto saludar alegremente al abordar, estaba desplomado hacia adelante. Su cabeza descansaba sobre el pecho en un ángulo antinatural, retenida solo por los arneses de seguridad de cinco puntos. Su brazo derecho colgaba inerte al costado del asiento, balanceándose ligeramente con las vibraciones del fuselaje. A su lado, la Primer Oficial, una mujer joven, estaba recostada contra la ventanilla lateral, con la boca ligeramente abierta y los ojos cerrados, como si hubiera caído en un sueño profundo y repentino en medio de una conversación.
—Dios mío… Dios mío… —susurraba Patricia, la azafata. Su voz temblaba tanto que parecía castañetear los dientes—. ¿Están…?
Martín, el hombre que había dicho volar helicópteros hace veinte años, se adelantó con pasos torpes. El espacio en la cabina de un Boeing 737 es sorprendentemente estrecho, un armario lleno de interruptores donde apenas caben dos personas de pie. Martín se inclinó sobre el Capitán y puso dos dedos en su cuello, buscando el pulso carótida con una urgencia desesperada.
Mía contuvo la respiración. El tiempo pareció estirarse.
—Están vivos —dijo Martín, exhalando un aire que parecía haber estado reteniendo por minutos—. El pulso es débil, muy débil. Y la respiración es superficial. Pero están vivos.
—¿Qué les pasó? —preguntó Patricia, con lágrimas de pánico brotando en sus ojos—. ¿Fue la comida? ¿Fue un gas?
—No lo sé —respondió Martín, secándose el sudor de la frente con la manga de su camisa—. Pero no van a despertar pronto. Mira sus pupilas. No reaccionan a la luz. Estamos solos.
La palabra solos rebotó en la mente de Mía. Solos.
Martín se giró hacia el panel de instrumentos. Era un muro intimidante de luces, pantallas de cristal líquido, perillas, palancas e interruptores. Para un ojo no entrenado, era un caos indescifrable. Martín levantó las manos, dudando, como quien intenta desactivar una bomba sin saber qué cable cortar.
—Bueno… bueno… —murmuró Martín, tratando de sonar autoritario, aunque su voz lo traicionaba—. He volado Bell 206. Rotores, cíclico, colectivo. Esto es… esto es un avión de ala fija. Los principios de aerodinámica son los mismos. Sustentación, empuje, resistencia, peso. Tiene que ser igual.
Extendió la mano hacia el Yoke (la columna de control en forma de “W”) del lado del Capitán. Iba a agarrarlo.
—¡No lo toque! —El grito salió de la garganta de Mía con una ferocidad que sorprendió a los dos adultos. No fue el grito de una niña asustada; fue una orden militar.
Martín retiró la mano como si el volante estuviera al rojo vivo. Se giró hacia ella, con el ceño fruncido, una mezcla de confusión y ofensa en su rostro sudoroso.
—Escucha, niña. Sé que estás asustada. Yo también. Pero necesito ver si los controles responden. Necesito sentir el avión.
—Si toca el Yoke ahora, con el piloto automático en modo Command, la computadora va a interpretar que está luchando contra ella —dijo Mía. Hablaba rápido, atropelladamente, pero las palabras eran precisas, extraídas directamente de los manuales que su padre le había obligado a memorizar—. Si aplica suficiente fuerza, va a desconectar el servo del piloto automático. Y si hace eso sin estar trimado (compensado), el avión puede dar un latigazo. A esta altitud y velocidad, podríamos entrar en exceso de velocidad o en pérdida estructural en segundos.
Martín parpadeó. Abrió la boca para replicar, pero no salió nada. Miró a Patricia, luego a Mía, y finalmente al panel.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué es trimado? En el helicóptero solo ajustas el cíclico…
—Esto no es un helicóptero, señor —dijo Mía, dando un paso adelante. Sus piernas temblaban, pero su mente estaba entrando en un estado que su padre llamaba “El Túnel”. En el Túnel no hay miedo, solo procedimientos. Solo listas de chequeo—. Es un Boeing 737-800 Next Generation. Y si no sabe lo que es el Stabilizer Trim, nos va a matar a todos antes de que podamos siquiera intentar bajar.
Patricia miró a la niña. Vio sus trencitas, su camiseta de colores pastel, sus zapatillas con luces en los talones. Y luego vio sus ojos. Eran ojos viejos. Ojos que habían visto miles de desastres simulados en la pantalla de una computadora en un estudio oscuro.
—Martín —dijo Patricia, poniendo una mano en el brazo del hombre—. Déjala.
—¿Que la deje? —Martín estaba incrédulo—. ¡Tiene once años, por el amor de Dios! ¡Debe estar en quinto de primaria!
—Mi papá es el Capitán Roberto Cárdenas —repitió Mía, como si ese nombre fuera un escudo mágico—. Él voló estos aviones veintitrés años. Él me enseñó. Él me enseñó todo.
Mía no esperó permiso. Se deslizó por el estrecho espacio entre la consola central y el asiento del Primer Oficial. La mujer inconsciente seguía allí. Mía sintió una punzada de terror al tener que tocarla, pero la necesidad era mayor.
—Perdón, señora, perdón —susurró Mía mientras buscaba la palanca de liberación del asiento.
Con un clack metálico, logró deslizar el asiento del copiloto hacia atrás lo máximo posible. Con cuidado, y con la ayuda de Patricia, movieron el cuerpo inerte de la Primer Oficial. No podían sacarla de la cabina; no había espacio ni tiempo. Con mucho esfuerzo, lograron acomodarla en el pequeño asiento plegable de observación (el jumpseat) detrás de la silla del Capitán, asegurándola torpemente con el cinturón.
El asiento del copiloto quedó vacío.
Mía se subió. El asiento era enorme. La lana áspera de la tapicería gris le raspó las piernas. Cuando se sentó, se dio cuenta de la primera gran diferencia con el simulador de su casa: la escala. Todo era grande. Para alcanzar los pedales del timón de dirección (rudder pedals), tuvo que deslizarse hasta el borde del asiento, y aun así, apenas los tocaba con la punta de sus dedos de los pies.
—No alcanzo bien los pedales —murmuró, sintiendo el primer golpe frío de pánico real. En el simulador de su papá, él había puesto cojines. Aquí no había cojines.
—Usa mi bolsa —dijo Patricia rápidamente, pasándole su bolso de tripulante—. Y esto… —agarró el manual de procedimientos de vuelo que estaba en una ranura lateral—. Pon esto en tu espalda.
Con el manual grueso y el bolso detrás de su espalda, Mía quedó empujada hacia adelante. Ahora sus pies tocaban los pedales firmemente y sus manos llegaban al Yoke sin tener que estirar demasiado los brazos.
Respiró hondo. El olor a ozono era más fuerte aquí. Tenía frente a ella el santuario prohibido. El Glass Cockpit.
—Okey —dijo Mía en voz baja. Cerró los ojos un segundo. Imagina que estás en el estudio. Papá está atrás tomando café. Es domingo. Es solo una práctica.
Abrió los ojos. El mundo se volvió datos.
—Analizando situación —dijo en voz alta. Su voz sonó pequeña en la inmensidad del ruido del viento—. Señor Martín, siéntese en el asiento del Capitán. No toque nada. Solo mire lo que yo le diga.
Martín, vencido por la absurda autoridad de la niña, obedeció. Se sentó con cuidado, evitando golpear el cuerpo del Capitán inconsciente que seguía a su lado, aunque Patricia intentaba asegurarlo mejor.
—PFD, Primary Flight Display —comenzó Mía, señalando la pantalla principal frente a ella—. Horizonte artificial nivelado. Estamos volando recto. Inclinación cero grados.
—Altitud… —Mía entrecerró los ojos para leer los números magenta—. 30,000 pies exactos.
—Velocidad… 280 nudos indicados. Mach 0.74. Estamos en crucero rápido.
—Rumbo… 340 grados. Nor-noroeste. Estamos yendo hacia la frontera, hacia Estados Unidos, pero del lado del Pacífico.
—Eso es bueno, ¿no? —preguntó Patricia, aferrada al respaldo del asiento de Mía—. Todo se ve normal.
—No todo —dijo Mía. Su dedo pequeño señaló el panel superior, el MCP (Mode Control Panel)—. Miren aquí. Las luces del piloto automático. Está encendido el CMD A. El LNAV y VNAV están activos. El avión sabe a dónde ir porque sigue la computadora de vuelo. Pero miren abajo.
Mía señaló la pantalla de navegación (ND).
—¿Ven esa línea punteada magenta? Es nuestra ruta. Debería haber datos aquí en la esquina. Distancia al siguiente Waypoint. Tiempo estimado. No hay nada. La pantalla parpadea.
—¿Qué significa? —preguntó Martín.
—Significa que el FMS, la computadora de gestión de vuelo, está teniendo errores. Pero lo peor no es eso. —Mía tragó saliva. Su garganta estaba seca—. Lo peor es el silencio.
Mía levantó la mano y tocó el panel de audio.
—Señor Martín, póngase los audífonos. Los que tiene el Capitán.
Martín se los puso con manos temblorosas.
—¿Escucha algo?
—Solo estática. Un ruido blanco, como lluvia.
—Exacto.
Mía movió el selector de frecuencias. VHF 1. Nada. VHF 2. Nada. HF. Nada.
Intentó sintonizar la frecuencia de emergencia universal: 121.500 MHz.
—Mayday, Mayday, Mayday. Aquí Vuelo 447. ¿Alguien me copia?
Silencio. Solo el siseo burlón de la estática.
—El radio está muerto —sentenció Mía, sintiendo un frío en el estómago—. No solo el nuestro. Parece que todo el sistema eléctrico de comunicaciones se frió. No recibimos ni transmitimos.
—¿Y el transpondedor? —preguntó Martín, recordando algo de sus días de helicópteros—. El radar de tierra… ellos nos ven, ¿no? Nos ven como un puntito.
Mía señaló el pequeño panel digital cerca de las palancas de potencia. La pantalla estaba negra.
—Está apagado. O fundido. Si no emitimos señal, para los controladores aéreos somos un fantasma. Un Skin Paint primario, tal vez, si tienen buen radar, pero no saben quiénes somos, ni a qué altura vamos, ni que tenemos una emergencia.
—Dios mío —susurró Patricia—. Estamos invisibles.
—Estamos en condición NORDO —dijo Mía. No Radio. Su padre le había hecho practicar esto. Pero en el simulador, siempre había una voz al final: la de su papá diciendo “Bien hecho, Mía, ahora recupéralo”. Aquí no había voz.
—¿Qué hacemos? —preguntó Martín. La arrogancia se le había esfumado. Ahora miraba a Mía no como a una niña, sino como al único salvavidas en un océano en tormenta—. Tú eres la que sabe. ¿Qué hacemos?
Mía miró el mapa digital congelado. Luego miró por la ventana. Las nubes abajo se estaban rompiendo. Se veían parches de tierra marrón y verde oscuro. Montañas.
—No podemos seguir así —dijo Mía, pensando en voz alta—. Si seguimos en piloto automático, el avión volará hasta que se acabe el combustible o hasta que la computadora cometa un error por los fallos eléctricos. Y si llegamos a Monterrey a esta altura, no vamos a poder bajar a tiempo.
—¿Entonces?
—Tenemos que desconectar el piloto automático —dijo Mía.
El silencio en la cabina se profundizó.
—¿Desconectarlo? —Patricia casi gritó—. Mía, cariño, ¿no es más seguro dejar que la máquina vuele? Tú eres… eres muy chiquita.
—La máquina no tiene ojos, Patricia —dijo Mía, girándose para mirarla. Sus ojos marrones estaban llenos de lágrimas contenidas, pero su voz era firme—. La máquina no sabe que los pilotos están dormidos. La máquina no puede ver una montaña. La máquina no puede buscar un aeropuerto.
Mía volvió a mirar al frente. Sus manos flotaron sobre el Yoke.
—Papá siempre decía: En una emergencia, lo primero es volar el avión. Lo segundo es navegar. Lo tercero es comunicar. No podemos comunicar. La navegación está fallando. Solo nos queda volar.
—Pero… —Martín dudaba—. ¿Has volado alguna vez un avión real? ¿De verdad? No en la computadora.
—Nunca —admitió Mía. La verdad cayó como una piedra—. Solo en el simulador.
Martín se pasó las manos por la cara, desesperado.
—Es una locura. Es un suicidio.
—¡No tenemos opción! —gritó Mía, golpeando el reposabrazos con su puño pequeño—. ¡Mire el combustible! —Señaló el indicador—. El flujo es normal, pero si seguimos a esta altura, los vientos en contra nos van a frenar. Necesitamos descender. Necesitamos ver dónde estamos. Necesitamos encontrar una carretera.
—¿Una carretera? —preguntó Martín.
—Navegación visual. IFR a VFR. Seguimos la carretera hasta una ciudad. Buscamos el aeropuerto. Aterrizamos. Es la única manera.
Mía vio que los adultos estaban paralizados por el miedo. El miedo paraliza, le había dicho su papá. El miedo te mata porque te roba segundos. Y a 800 kilómetros por hora, un segundo son doscientos metros.
—Lo voy a hacer —dijo Mía.
Se acomodó en el asiento. Ajustó sus pies sobre los pedales. Sintió la textura del volante bajo sus palmas sudorosas. Era más grueso que el de su casa. Más frío.
Recordó la lección número uno: Trim. El avión debe estar equilibrado.
—Señor Martín, escúcheme bien —dijo Mía, adoptando un tono que imitaba el de su padre cuando se ponía serio—. Cuando desconecte el automático, el avión se va a mover. Va a sentirse pesado. Muy pesado. No se asuste. No agarre el volante a menos que yo le diga. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Martín, con voz ronca.
—Patricia, necesito que se siente en el jumpseat y se abroche. Si esto se pone feo, no quiero que salga volando.
Patricia obedeció, sentándose detrás de Mía y abrochándose el cinturón de cuatro puntos con manos temblorosas.
—Virgencita de Guadalupe, cuídanos —susurró.
Mía fijó la vista en el horizonte artificial. La línea blanca que separaba el cielo azul de la tierra marrón digital. Esa línea era su vida ahora.
Su dedo pulgar se posó sobre el botón rojo en el cuerno izquierdo del volante. El botón de desconexión.
El botón del miedo.
—Voy a tomar control manual en tres… —contó Mía. Su corazón latía en sus oídos como un tambor de guerra. Bum-bum. Bum-bum.
—Dos…
¿Y si no puedo?, pensó. Una voz insidiosa en su cabeza, la voz de la niña de once años que le tenía miedo a la oscuridad. ¿Y si soy muy débil? ¿Y si estrello el avión y mato a todos?
Entonces, otra voz surgió. La voz grave y cálida de Roberto Cárdenas.
No pelees con el avión, Mija. El avión quiere volar. Solo guíalo. Tú eres el capitán ahora.
—Uno.
Mía apretó el botón.
¡CLACK-CLACK-CLACK!
Una alarma estridente sonó en la cabina, un sonido repetitivo y urgente, conocido como la “Carga de Caballería”. Era el sonido de la desconexión del piloto automático. Una luz roja parpadeó frente a ella: A/P P/RST.
Inmediatamente, el avión cobró vida.
Fue como si una bestia dormida hubiera despertado. El Yoke dio un tirón violento hacia la izquierda. El avión se inclinó.
—¡Ay! —gritó Patricia.
Mía sintió el peso. Dios mío, el peso. En el simulador, los resortes ofrecían resistencia, pero esto era diferente. Esto era fuerza aerodinámica real. Toneladas de metal cortando el aire. El avión quería girar, quería caer.
—¡Sosténlo! —gritó Martín, instintivamente llevando las manos al volante.
—¡Déjelo! —gritó Mía, luchando con sus propios brazos. Sus músculos se tensaron al máximo. Apretó los dientes—. ¡Tengo el control!
Mía giró el volante a la derecha para contrarrestar el alabeo. El avión respondió, pero lento, pesado, como una ballena girando en el océano. Se pasó un poco. El avión se inclinó a la derecha.
—¡Cuidado! —gritó Martín.
—¡Estoy corrigiendo! —Mía respiraba agitadamente.
Miró el horizonte artificial. Estaba inclinado. Tenía que nivelarlo. Movió el volante con más suavidad esta vez. Izquierda… centro.
El avión se estabilizó. Dejó de sacudirse.
Mía exhaló. Sus brazos le ardían. Apenas habían pasado diez segundos y ya sentía el esfuerzo físico.
—Está… está pesado de nariz —dijo, jadeando—. Quiere bajar la nariz.
Su mano derecha voló a la rueda de compensación (Trim Wheel) en la consola central. Era una rueda grande, blanca y negra.
—Tengo que trimar —dijo—. Trimando hacia atrás.
Mía movió el interruptor eléctrico del compensador en el volante con su pulgar. Clic-clic-clic. La rueda grande giró sola ruidosamente. Whirrr-whirrr.
Sintió cómo la presión en sus brazos disminuía. El avión dejaba de “querer” bajar la nariz. Se equilibraba.
—Eso es… —dijo Mía, sintiendo un alivio momentáneo—. Ya está trimado.
Miró a Martín. El hombre estaba pálido, aferrado a los reposabrazos de su asiento.
—¿Lo tienes? —preguntó él.
Mía asintió. Sus manos pequeñas sujetaban el control de una máquina de setenta toneladas. Sentía las vibraciones de los motores a través de las palmas de sus manos. Sentía las micro-corrientes de aire golpeando las alas.
Por primera vez en su vida, Mía no estaba jugando.
Estaba volando.
—Tengo el control —repitió, y esta vez, se lo creyó un poco más—. Altitud 30,000 pies. Rumbo estable.
Pero la calma duró poco.
—Ahora viene lo difícil —dijo Mía, mirando el horizonte—. Tenemos que bajar. No puedo ver nada desde aquí arriba. Y si no veo, no sé dónde estamos. Y si no sé dónde estamos…
Dejó la frase en el aire. No necesitaba terminarla. Todos sabían el final.
—¿Cómo bajamos? —preguntó Patricia.
—Tengo que reducir potencia y empujar la nariz abajo. Pero suave. Si bajo muy rápido, la velocidad aumentará y el avión puede romperse. Si bajo muy lento, gastamos combustible.
Mía miró las palancas de empuje (Thrust Levers). Eran grandes, diseñadas para manos de hombres adultos.
—Señor Martín —dijo Mía—, necesito su ayuda ahora sí.
—Dime.
—Usted va a controlar la potencia. Yo no puedo soltar el volante con una mano y mover las palancas con la otra. Mis brazos son muy cortos y necesito las dos manos en el volante para mantenerlo estable.
—Okey. ¿Qué hago?
—Ponga su mano en las palancas blancas. Esas. Cuando yo le diga “Potencia fuera”, jálelas hacia atrás despacio hasta que yo le diga “Alto”. ¿Entendido?
—Entendido.
Mía respiró hondo. Visualizó el procedimiento de descenso de emergencia.
Throttle Idle. Pitch down 10 degrees. Monitor Speed.
—¿Lista, capitana? —preguntó Martín. La palabra “capitana” no sonó a burla esta vez. Sonó a respeto. O a desesperación compartida.
—Lista —dijo Mía. Miró el cielo azul oscuro allá afuera. Se despidió de la seguridad de la altura—. Vamos a bajar al mundo real.
—Potencia fuera, ahora.
Martín jaló las palancas hacia atrás. El rugido de los motores disminuyó hasta convertirse en un susurro. La cabina se volvió inquietantemente silenciosa, solo el viento aullando.
Mía empujó el volante hacia adelante.
El estómago se le subió a la garganta cuando la gravedad disminuyó. El morro del avión bajó, apuntando hacia la tierra lejana, hacia las montañas marrones que esperaban abajo como dientes de piedra.
El altímetro empezó a desenrollarse.
29,900… 29,800… 29,700…
—Iniciando descenso —anunció Mía a la cabina vacía de respuestas—. Buscando referencia visual.
Mientras el avión caía controladamente hacia las nubes, Mía tuvo un pensamiento fugaz, absurdo en medio del peligro: Espero que a mi abuelita no se le enfríe la cena.
Y luego, la nube los tragó. El mundo se volvió gris, turbulento y ciego. Mía apretó el volante y aguantó la respiración. La verdadera prueba acababa de comenzar.
CAPÍTULO 4: LA SOMBRA DE LA SIERRA
El mundo exterior había desaparecido.
Hacía apenas unos segundos, el cielo era un domo azul infinito, brillante y seguro. Ahora, el Boeing 737-800 se había sumergido en una sopa gris, densa y turbulenta. Las nubes no eran el algodón suave que parecían desde el suelo; a ochocientos kilómetros por hora, eran un muro de humedad violenta que golpeaba el fuselaje con la fuerza de un torrente físico.
Mía Cárdenas sintió cómo el estómago se le comprimía. Era la sensación de caída libre, aunque sus instrumentos decían que el descenso era controlado.
—No veo nada —dijo Martín, con la voz estrangulada por el pánico—. Mía, no se ve absolutamente nada. Es como si hubieran pintado las ventanas de gris.
—No mire afuera —ordenó Mía, sin apartar la vista de la Pantalla Principal de Vuelo (PFD)—. Si mira afuera, se va a marear. Su oído interno le va a mentir. Le va a decir que estamos girando cuando estamos rectos, o que estamos subiendo cuando estamos bajando.
Mía recordaba la voz de su padre en las lecciones sobre la desorientación espacial. “Tu cuerpo es tonto en el aire, Mija. Tu cuerpo evolucionó para caminar en la sabana, no para volar en nubes. Si le haces caso a tu estómago, te matas. Hazle caso a la máquina. La máquina no siente vértigo.”
—Mire el horizonte artificial —instruyó Mía, señalando la línea blanca en la pantalla frente a Martín—. ¿Ve que está nivelado? Estamos bien.
Pero no estaban “bien”. El avión se sacudía como un perro mojado intentando secarse. La turbulencia dentro de la capa de nubes era brutal. El Yoke (la columna de control) daba tirones en las manos de Mía, izquierda, derecha, arriba, abajo, como si tuviera vida propia y estuviera furioso por haber sido despertado.
—Siento hielo —dijo Mía de repente.
—¿Hielo? —preguntó Patricia desde el asiento trasero (jumpseat), aferrada a sus correas—. ¿Cómo puedes sentir hielo?
—El avión se siente… pesado. Lento de respuesta. —Mía miró la temperatura exterior en la pantalla—. Estamos a menos veinte grados. Hay humedad visible. Se está formando hielo en las alas. Eso destruye la sustentación.
Mía señaló un panel sobre la cabeza de Martín.
—Señor Martín, arriba, a su izquierda. Busque los interruptores que dicen WING ANTI-ICE y ENGINE ANTI-ICE.
Martín levantó la vista, desorientado por el movimiento del avión. El techo de la cabina estaba lleno de cientos de interruptores.
—¡No los veo! ¡Hay demasiados!
—¡Busque luces apagadas que digan ANTI-ICE! —gritó Mía, luchando para mantener las alas niveladas mientras una ráfaga de aire golpeaba el costado del avión—. ¡Están junto a los interruptores de las luces!
Martín escaneó frenéticamente el panel Overhead.
—¡Aquí! ¡Los tengo!
—¡Actívelos! ¡Ya!
Martín movió los interruptores. Unas luces azules se encendieron momentáneamente.
—Están encendidos.
—Bien. Eso evitará que el hielo nos tire del cielo —dijo Mía, exhalando un poco. Pero sus brazos empezaban a arder. El piloto automático usaba sistemas hidráulicos potentes para hacer micro-correcciones. Mía tenía que hacerlas con sus propios músculos, y sus músculos eran los de una niña que apenas podía cargar su mochila escolar llena de libros.
—Estamos acelerando —advirtió Martín, mirando el velocímetro—. 320 nudos. Mía, vamos muy rápido.
Mía miró la cinta de velocidad. La línea roja de “Exceso de Velocidad” estaba acercándose peligrosamente a su indicador actual. Al bajar la nariz para descender, la gravedad los empujaba, acelerando el avión como un trineo cuesta abajo.
—¡La inercia! —masculló Mía—. Es demasiado pesado. Señor Martín, palancas de potencia, ¡asegúrese de que estén totalmente atrás! ¡En IDLE!
—¡Están al tope de atrás! —confirmó Martín, revisando las palancas blancas—. ¡Los motores están al mínimo, pero seguimos acelerando!
El sonido del viento exterior cambió. Se volvió un aullido agudo, penetrante. El avión estaba cortando el aire demasiado rápido. Si llegaban a la velocidad de Overspeed, la estructura podría sufrir daños, o peor, los controles podrían bloquearse por la presión aerodinámica.
—¡Frenos de velocidad! —gritó Mía—. Necesito los Speed Brakes.
—¿Cuáles son? —Martín miraba la consola central, desesperado.
—La palanca a la izquierda de las potencias. La que tiene una manija plana. —Mía no podía soltar el volante. El avión quería alabear a la izquierda y ella tenía que mantenerlo derecho con ambas manos—. ¡Jálela hacia atrás y arriba! ¡Despacio!
Martín agarró la palanca del Speed Brake y tiró de ella.
El efecto fue inmediato y violento.
¡BRRRRUUUUUMMM!
El avión entero vibró como si estuvieran conduciendo sobre piedras. Los paneles de la cabina traquetearon. Patricia soltó un grito ahogado.
—¿Qué rompimos? —gritó Martín.
—¡Nada! —respondió Mía, alzando la voz sobre el estruendo—. Son los alerones levantándose en las alas para romper el flujo de aire. Es resistencia pura. ¡Está funcionando!
La velocidad comenzó a bajar. 310… 300… 290…
—¡Guardelos! —ordenó Mía—. ¡Abajo la palanca! ¡Ya frenamos suficiente!
Martín empujó la palanca hacia abajo. La vibración cesó de golpe. El silencio relativo volvió, solo roto por el golpeteo de la lluvia o granizo contra el parabrisas.
—20,000 pies —cantó Martín, leyendo el altímetro—. Seguimos bajando a 2,000 pies por minuto.
—Estamos entrando en la zona peligrosa —dijo Mía. Su voz se volvió sombría—. Estamos sobre la Sierra Madre Oriental.
Patricia se inclinó hacia adelante, su cara pálida visible entre los dos asientos.
—¿Qué significa eso, mi amor?
—Significa montañas —dijo Mía—. Picos de tres mil, cuatro mil metros. Y nosotros estamos volando a ciegas hacia ellos. Si el altímetro está mal calibrado por la presión atmosférica… podríamos estar más bajos de lo que creemos.
De repente, el avión dio un salto hacia arriba, como si un gigante le hubiera dado una patada desde abajo.
Mía salió disparada de su asiento unos centímetros, detenida solo por el cinturón de seguridad que se le clavó en las caderas. Su cabeza rebotó contra el respaldo.
—¡Dios santo! —gritó Martín, agarrándose del panel glare shield.
El avión cayó en un pozo de aire. La sensación de gravedad cero (G negativa) hizo que el estómago de Mía flotara. El manual de vuelo que tenía en la espalda se deslizó.
—¡Es onda de montaña! —gritó Mía, peleando con el Yoke. El volante se sacudía violentamente en sus manos—. ¡El viento choca contra la sierra y sube, creando turbulencia severa!
—¡No puedo ver los números! —gritó Martín. La vibración era tan fuerte que los instrumentos se veían borrosos.
En la cabina de pasajeros, aunque no podían escucharlo, el caos debía ser absoluto. Pero aquí, en la soledad de la cabina de mando, la lucha era técnica, fría y brutal.
—¡Mía, el rumbo! —advirtió Martín—. ¡Nos estamos desviando al Oeste!
El avión, golpeado por las corrientes, había girado diez grados a la izquierda. Eso los llevaba directo al corazón de la cordillera.
—¡Corrigiendo! —Mía giró el volante a la derecha. Estaba pesadísimo. Sentía que sus brazos se iban a romper. Era como tratar de doblar una barra de acero con las manos desnudas.
—¡Ayúdame! —gritó Mía, perdiendo la compostura de “capitán” por un segundo. Volvió a ser una niña pequeña pidiendo ayuda—. ¡Señor Martín, ayúdeme a girar! ¡No puedo sola!
Martín no lo dudó. Puso sus manos grandes y sudorosas sobre su propio Yoke (que se movía en sincronía con el de Mía).
—¡A la derecha! —gritó él—. ¡Vamos!
Juntos, el ex-piloto de helicópteros y la niña de once años empujaron el control. El sistema hidráulico gimió. Los alerones mordieron el aire turbulento. El avión, regañadientes, obedeció. El horizonte se niveló.
—¡Suéltelo! —dijo Mía en cuanto estuvieron rectos—. ¡Si aplicamos mucha fuerza lo sobre-corregimos!
Martín soltó el volante, jadeando.
—15,000 pies —dijo, mirando el altímetro con terror—. Mía… si hay una montaña ahí abajo…
—Lo sé. —Mía tenía lágrimas en los ojos por el esfuerzo y el miedo. El radar de terreno (EGPWS) debería mostrarles el mapa de las montañas en colores rojo y amarillo en la pantalla de navegación. Pero la pantalla estaba negra, llena de errores por el fallo eléctrico. Estaban ciegos de verdad.
—Tengo que confiar en la carta —murmuró Mía. Miró el mapa de papel que tenía abierto sobre sus rodillas, temblando por la vibración. Había trazado una línea mental desde su última posición conocida.
—Si mis cálculos están bien… deberíamos estar pasando entre Saltillo y Linares. Debería haber un valle. Un pasillo.
—¿Y si tus cálculos están mal? —preguntó Patricia en un susurro.
Mía no respondió. Si sus cálculos estaban mal, morirían en los próximos tres minutos, estrellados contra una pared de granito a 600 kilómetros por hora. No sentirían nada. Sería instantáneo.
—12,000 pies —anunció Martín. Su voz sonaba resignada—. Estamos llegando a la altura de los picos más altos.
—Sigue bajando —dijo Mía. Apretó los dientes—. Tengo que ver el suelo. No puedo aterrizar si no veo el suelo.
La tensión en la cabina era tan densa que se podía masticar. El sonido de la lluvia se intensificó. Tac-tac-tac-tac. Era granizo pequeño.
Mía miraba el altímetro, hipnotizada. La aguja giraba al revés.
11,500… 11,000… 10,800…
—¡TERRAIN! ¡TERRAIN! —bramó una voz sintética en la cabina.
El grito electrónico hizo que los tres saltaran. Era la voz del sistema de advertencia de proximidad al suelo. Funcionaba con un radioaltímetro independiente que rebotaba señales contra la tierra directamente debajo de ellos.
—¡PULL UP! ¡PULL UP! —gritó la voz robótica, imperativa, aterradora.
—¡Estamos muy cerca! —gritó Martín—. ¡Súbelo, Mía! ¡Súbelo!
Mía vio la luz roja de PULL UP parpadear en su cara. El instinto le gritaba que jalara el volante hacia atrás y subiera al cielo, lejos de las rocas. Pero si subía, volvía a las nubes. Volvía a la ceguera. Y se les acabaría el combustible.
—¡No! —gritó Mía. Tomó una decisión que ningún piloto cuerdo tomaría, pero era la única carta que le quedaba—. ¡Es un pico aislado! ¡El radioaltímetro está leyendo una cima debajo de nosotros, pero estamos pasando!
—¡TE VAS A ESTRELLAR! —gritó Martín, intentando agarrar el volante para subir.
—¡NO LO TOQUE! —Mía le dio un manotazo en el brazo—. ¡Confíe en mí!
La voz robótica siguió gritando: TERRAIN… TERRAIN…
Y luego, tan rápido como empezó, se calló.
El silencio volvió.
—Pasamos —susurró Mía, temblando violentamente—. Pasamos por encima de algo. Muy cerca.
—Estás loca… —Martín se dejó caer en el respaldo, respirando como si hubiera corrido un maratón—. Estás completamente loca.
—10,000 pies —dijo Mía. Su voz era un hilo—. Deberíamos salir de las nubes en cualquier momento. El techo de nubes en el reporte meteorológico decía 9,000 pies roto.
—9,500 pies… —leyó Martín.
De repente, la grisura uniforme del parabrisas se rompió. Fue como si alguien hubiera rasgado un velo.
Primero vieron jirones de niebla pasar a velocidad vertiginosa. Luego, parches de oscuridad. Y finalmente, el mundo apareció.
—¡Tierra! —gritó Patricia.
Salieron de la base de las nubes a 9,000 pies.
La vista era sobrecogedora y aterradora a la vez. No estaban en el cielo abierto. Estaban en un cañón de nubes y rocas.
A la izquierda, una pared de montaña masiva, verde oscura y marrón, se alzaba casi a su misma altura. A la derecha, otra cordillera se perdía en la bruma.
Y abajo… abajo había un valle.
—¡Estamos encajonados! —dijo Martín, mirando la montaña de la izquierda—. ¡Mía, vira a la derecha! ¡Aléjate de esa pared!
Mía inclinó el avión suavemente a la derecha, alejándose del gigante de piedra. Ahora que tenía referencias visuales, su cerebro dejó de sentir vértigo. El mundo tenía sentido otra vez. Arriba era cielo (aunque gris), abajo era tierra.
—¿Dónde estamos? —preguntó Mía, escaneando el terreno desesperadamente.
Buscaba una ciudad. Edificios. Luces.
Pero solo veía matorrales, desierto y montañas. Era un paisaje inhóspito, salvaje.
—Busquen una carretera —ordenó Mía—. Una línea gris larga. O una vía de tren. Cualquier cosa recta. La naturaleza no hace líneas rectas.
El avión seguía descendiendo. 8,000 pies. Ahora que veían el suelo, la sensación de velocidad era mucho mayor. El terreno pasaba zumbando debajo de ellos.
—¡Allí! —señaló Patricia, estirando el dedo entre los dos asientos—. ¡A las dos en punto! ¿Ven eso?
Mía siguió la dirección del dedo. A lo lejos, entre la bruma, se veía una cinta gris que serpenteaba por el valle.
—Es una autopista —dijo Martín—. Y hay camiones. Veo puntitos que se mueven.
—Esa debe ser la Carretera Nacional —dijo Mía, su mente trabajando a mil por hora comparando lo que veía con el mapa en sus rodillas—. Si esa es la carretera que viene de Linares… entonces Monterrey está al norte.
—¿Hacia dónde es el norte? —preguntó Martín. La brújula magnética analógica en el centro del parabrisas bailaba.
—Allá —dijo Mía, señalando hacia donde la carretera se ensanchaba—. Hacia donde el valle se abre.
Mía viró el avión para alinearse con la carretera. Era una locura. Estaba usando una carretera para coches como guía para un jet de pasajeros de 70 toneladas, volando a 500 kilómetros por hora entre montañas.
—Mantengan los ojos abiertos —dijo Mía—. Busquen el cerro. El Cerro de la Silla. Si no lo encontramos, no encontramos el aeropuerto.
Volaron siguiendo la carretera durante tres minutos eternos. El paisaje empezó a cambiar. De matorrales y desierto, empezaron a aparecer casas dispersas. Granjas. Luego, fábricas. Naves industriales con techos blancos.
—Estamos llegando a la civilización —dijo Patricia, con un tono de esperanza en la voz.
Y entonces, emergiendo de la bruma como un rey en su trono, apareció.
Era inconfundible. Una montaña majestuosa, solitaria, con dos picos distintivos que formaban una silla de montar perfecta. Se alzaba sobre la ciudad de Monterrey, protegiéndola, imponente, eterna.
—¡El Cerro de la Silla! —gritó Mía. Nunca en su vida había estado tan feliz de ver una montaña—. ¡Lo encontramos! ¡Estamos en Monterrey!
Martín soltó una carcajada nerviosa, casi histérica.
—¡Lo encontramos! ¡Maldita sea, lo encontramos!
Patricia empezó a llorar de nuevo, pero esta vez de alivio.
—Gracias, Dios mío. Gracias.
Pero la alegría de Mía duró exactamente dos segundos.
Porque al ver el Cerro, su cerebro de piloto procesó la siguiente información: ubicación del aeropuerto.
El Aeropuerto Internacional Mariano Escobedo estaba al noreste de la ciudad.
Mía miró su altímetro: 6,000 pies.
Miró su velocidad: 280 nudos.
Miró la distancia visual al aeropuerto (que aún no veía, pero sabía dónde debía estar).
Estaban demasiado altos. Y demasiado rápido.
—No celebren todavía —dijo Mía, y su voz heló la sangre de los adultos—. Tenemos un problema grave.
—¿Qué? —la sonrisa de Martín se borró—. Ya estamos aquí. Solo aterriza.
—No es “solo aterriza” —replicó Mía, frustrada—. Miren la velocidad. Vamos a casi 500 kilómetros por hora. Si intento bajar el tren de aterrizaje ahora, el viento lo arrancará. Si intento bajar los flaps, se romperán.
—Pues frena —dijo Martín.
—¡Ya tengo los motores al mínimo! —gritó Mía—. ¡No puedo frenar más! El avión es muy aerodinámico. Quiere seguir corriendo. Y estamos muy cerca. El aeropuerto está detrás de esa loma, a menos de diez millas.
Mía hizo el cálculo mental. Para aterrizar, necesitaba estar a 140 nudos. Estaba al doble de eso. Necesitaba estar a 2,000 pies para alinearse. Estaba al triple de eso.
Tenía demasiada energía potencial y cinética. Si intentaba bajar directo a la pista, pasaría volando sobre ella a mitad de altura y se estrellaría en el pueblo del otro lado.
—Tengo que perder energía —dijo Mía—. Tengo que hacer un 360.
—¿Un qué? —preguntó Patricia.
—Una vuelta completa en círculo —explicó Mía, moviendo la mano—. Girar para perder altura y velocidad antes de encarar la pista.
—Mía… —Martín señaló por la ventana—. Mira alrededor. Hay montañas por todos lados. Si haces un círculo y te metes en una nube… o calculas mal el giro… nos estrellamos contra el cerro.
Tenía razón. Hacer una maniobra de 360 grados en un valle rodeado de montañas, sin radar y con un avión pesado, era una sentencia de muerte si no salía perfecta. El radio de giro de un 737 a esa velocidad era de varios kilómetros. No había espacio suficiente en el valle estrecho.
—No puedo girar —se dio cuenta Mía con horror—. No quepo.
—¿Entonces?
Mía miró al frente. La ciudad de Monterrey se extendía abajo. Veía los edificios altos de San Pedro, las avenidas llenas de tráfico. Veía la vida normal sucediendo abajo, ajena al drama que ocurría sobre sus cabezas.
—Vamos a tener que hacer una aproximación sucia —dijo Mía. Recordó un término que su papá usaba para cuando tenía que aterrizar en pistas cortas en la selva en sus tiempos de piloto de carga.
—¿Sucia? —preguntó Patricia.
—Voy a sacar todo lo que tenga el avión para frenar. Todo. Tren de aterrizaje, flaps, frenos de velocidad. Todo al mismo tiempo. Va a ser ruidoso. Va a vibrar mucho. El avión va a querer caerse del cielo.
—¿Es seguro? —preguntó Martín.
Mía lo miró a los ojos. Tenía 11 años, pero en ese momento, parecía tener cien.
—No. No es seguro. Pero es la única forma de no estrellarnos al final de la pista.
Mía respiró hondo. Sus manos apretaron el volante.
—Señor Martín, necesito que esté listo. Cuando yo le diga “Tren abajo”, usted baja la palanca aunque suene la alarma de exceso de velocidad. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Martín, tragando saliva.
—Buscando el aeropuerto —dijo Mía, inclinando el avión hacia la izquierda para rodear el centro de la ciudad.
Y ahí estaba. A lo lejos, entre la bruma industrial y el sol que empezaba a querer salir.
Dos líneas de concreto paralelas. Las pistas del Aeropuerto del Norte (demasiado cortas) y más allá, las del Internacional (largas y seguras).
—Pista a la vista —anunció Mía. Su corazón latía en su garganta.
Estaba viendo el lugar donde iba a vivir o morir en los próximos cinco minutos.
—Prepárense —dijo Mía—. Vamos a tirar el ancla.
Mía empujó la nariz hacia abajo, apuntando directamente al asfalto lejano, y se preparó para la pelea más dura de su corta vida. El descenso final había comenzado.
CAPÍTULO 5: LA APROXIMACIÓN IMPOSIBLE
El Aeropuerto Internacional Mariano Escobedo de Monterrey se extendía frente a ellos como un oasis de concreto en medio del desierto. Dos pistas paralelas, largas y grises, brillaban bajo el sol que intentaba atravesar la bruma industrial. Para cualquier piloto, esa vista significaba “casa”. Para Mía Cárdenas, significaba la prueba final.
Pero había un problema. Un problema enorme, visible y aterrador.
—Mía, hay aviones en la pista —dijo Martín, señalando a través del parabrisas con un dedo tembloroso—. Mira.
Mía entrecerró los ojos. A pesar de la distancia, podía distinguir las formas. Un avión de carga estaba rodando lentamente hacia la cabecera de la pista 11. Otro avión, más pequeño, parecía estar esperando autorización para despegar. Y en el cielo, a lo lejos, se veía la luz estroboscópica de otro tráfico en aproximación final.
El aeropuerto estaba vivo. Estaba operando. Y ellos eran un misil invisible de 70 toneladas cayendo hacia él sin invitación.
—No saben que estamos aquí —susurró Mía. El terror frío volvió a instalarse en su pecho—. No tenemos radio. No tenemos transpondedor. Para ellos, no existimos hasta que nos vean por la ventana.
—Si intentamos aterrizar ahora, chocaremos con ese avión de carga —dijo Patricia, con la voz ahogada por el miedo—. Mía, no podemos bajar.
—Lo sé —dijo Mía. Su mente corría a mil por hora, repasando las lecciones de emergencia de su padre.
Escenario NORDO (Sin Radio). Procedimiento estándar: Sobrevolar el campo, esperar señales de luz de la torre, unirse al patrón de tráfico.
—No podemos aterrizar directo —anunció Mía, tomando una decisión que hizo que sus manos sudaran aún más sobre el Yoke—. Tengo que avisarles. Tengo que hacer que nos vean.
—¿Cómo? —preguntó Martín—. ¿Haciendo luces con los faros?
—No es suficiente. Es de día, no las verán bien. —Mía tragó saliva. Lo que iba a proponer era una locura, una maniobra que solo se veía en festivales aéreos, no en un Boeing 737 lleno de pasajeros—. Vamos a hacer un paso bajo.
—¿Un qué?
—Un Low Pass. Vamos a volar justo encima de la pista y de la torre de control. Rápido y bajo. Vamos a mover las alas. Es la señal internacional de “Tengo problemas de radio”. Cuando nos vean, detendrán todo el tráfico.
Martín la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Quieres zumbarle la torre a los controladores? ¿Como en Top Gun? ¡Mía, esto es un avión de pasajeros!
—¡Es la única forma de que despejen la pista! —gritó Mía, su voz quebrándose por la presión—. ¡Si aterrizo ahora, mato a todos los que están en ese avión de carga y a nosotros! ¡Tengo que limpiar la pista!
Mía no esperó aprobación. Empujó el Yoke hacia adelante.
—Sujétense —ordenó—. Vamos a bajar rápido.
EN LA TORRE DE CONTROL
En la Torre de Control de Monterrey, el ambiente era rutinario. El controlador de aproximación, un veterano llamado Héctor, bebía su café mientras miraba la pantalla de radar.
—Aeroméxico 402, autorizado para despegar pista 11, viento calma —dijo al micrófono.
—Autorizado despegue, Aeroméxico 402 —respondió el piloto.
Héctor miró distraídamente por el ventanal panorámico. Todo parecía normal.
Entonces, vio algo en su pantalla de radar primario. Un “eco fantasma”. Un punto sin etiqueta, sin datos de altura, sin código de transpondedor. Apareció de la nada, bajando de las montañas a una velocidad absurda.
—¿Qué es eso? —murmuró Héctor, ajustando la ganancia del radar. El punto se movía rápido. Demasiado rápido.
—¿Qué pasa? —preguntó su supervisor.
—Tengo un primario a cinco millas. Viene directo hacia nosotros. No contesta.
Héctor levantó los binoculares. Miró hacia el horizonte brumoso, hacia el Cerro de la Silla.
Al principio no vio nada. Luego, vio un destello metálico.
Un avión. Grande.
—¡Tengo tráfico no identificado! —gritó Héctor, poniéndose de pie—. ¡Tráfico pesado en final corta! ¡No tiene tren abajo!
El supervisor le arrebató los binoculares.
—¡Madre mía! ¡Es un 737! ¡Viene a toda velocidad!
El controlador agarró el micrófono de la frecuencia de emergencia.
—¡A TODAS LAS ESTACIONES, DETENGAN TRÁFICO! ¡AEROMÉXICO 402, ABORTE DESPEGUE INMEDIATO! ¡ABORTE! ¡ABORTE! ¡PISTA OCUPADA!
En la pista, el avión de Aeroméxico, que ya estaba acelerando, frenó de golpe, chillando neumáticos.
—¡Torre, ¿qué pasa?! —gritó el piloto de Aeroméxico.
—¡Miren arriba! —fue lo único que pudo decir el supervisor.
EL ZUMBIDO
En la cabina del Vuelo 447, el mundo se había convertido en un túnel de velocidad.
—¡Velocidad 280 nudos! —gritó Martín.
—¡Está bien! —respondió Mía—. ¡Necesito energía para volver a subir!
El suelo se acercaba a una velocidad vertiginosa. Mía podía ver los coches en la carretera perimetral del aeropuerto. Podía ver las caras de los operarios de equipaje que se detenían a mirar el cielo.
—¡La torre! —gritó Patricia—. ¡Ahí está la torre!
Era un edificio alto de concreto con vidrios inclinados. Mía apuntó la nariz del avión ligeramente a la derecha de la torre. No quería golpearla, quería que le vieran la matrícula en la panza.
—¡Ahora! —dijo Mía.
A solo 500 pies de altura (unos 150 metros), Mía giró el volante violentamente a la izquierda y luego a la derecha. El avión de 70 toneladas se balanceó en el aire. Alabeo izquierdo. Alabeo derecho.
El rugido de los motores a esa altura debió ser ensordecedor para los que estaban en tierra.
Pasaron sobre la pista 11 como un rayo de plata. Mía vio el avión de Aeroméxico detenido abajo. Vio los camiones de bomberos.
—¡Nos vieron! —gritó Mía—. ¡Vi las luces rojas de los bomberos moverse!
—¡Súbelo! —urgió Martín—. ¡Se acaba la pista!
—¡Potencia máxima! —ordenó Mía—. ¡Empuje las palancas, Martín! ¡Todo adelante! TO/GA!
Martín empujó las palancas de empuje hasta el tope. Los motores CFM56 rugieron con furia. La aceleración pegó a Mía contra su asiento.
Ella tiró del Yoke hacia atrás. El avión levantó la nariz, apuntando de nuevo al cielo gris, alejándose del suelo que casi habían tocado.
—Subiendo… —dijo Mía, jadeando—. Ascenso positivo.
El altímetro empezó a girar hacia arriba de nuevo. 1,000 pies… 2,000 pies…
Mía inició un giro amplio a la izquierda.
—Ahora sí —dijo, con la voz temblorosa pero decidida—. Ahora saben que tenemos una emergencia. Ahora nos van a dejar pasar. Vamos a dar la vuelta y aterrizar de verdad.
EL CÍRCULO DE LA MUERTE
El avión ascendió a 3,000 pies y se niveló. Mía estaba exhausta. El “low pass” había consumido gran parte de su adrenalina, pero lo más difícil estaba por venir. Ahora tenía que configurar el avión para el aterrizaje real, y tenía que hacerlo rápido, antes de que el estrés o el cansancio le hicieran cometer un error fatal.
Miró hacia abajo. El aeropuerto era un hervidero de luces parpadeantes. Camiones de bomberos, ambulancias y patrullas estaban corriendo hacia la pista, posicionándose. Habían entendido el mensaje. La pista estaba despejada.
—Okey —dijo Mía, tratando de calmar su respiración—. Vamos a hacer un patrón de tráfico visual. “Downwind leg”. Vamos paralelos a la pista, damos vuelta en U y aterrizamos.
—¿Estás lista? —preguntó Martín. El hombre estaba empapado en sudor, su camisa pegada al cuerpo.
—No —admitió Mía—. Pero el avión no va a aterrizar solo.
Mía visualizó el procedimiento. Configuración sucia. Necesitaba frenar.
—Velocidad actual: 240 nudos. Necesito llegar a 140 para tocar tierra. Tengo que perder 100 nudos en tres minutos.
—Dime qué hago —dijo Martín.
—Flaps 1 —ordenó Mía.
Martín movió la palanca de flaps a la primera muesca. Se escuchó el zumbido eléctrico de los motores de los bordes de ataque. El avión se sacudió ligeramente al aumentar la sustentación.
—Velocidad bajando… 220 nudos.
—Flaps 5.
El avión “globó” (tendió a subir) por el aumento de sustentación. Mía tuvo que empujar el volante hacia adelante con fuerza para mantener la altura. Sus brazos le dolían terriblemente. Era una lucha física constante.
—Está muy pesado —se quejó Mía, gruñendo por el esfuerzo—. ¡Ayúdeme a trimar! ¡Ruede la rueda hacia adelante!
Martín giró la rueda del compensador manualmente. El esfuerzo en el volante disminuyó un poco.
Estaban volando paralelos a la pista, pero en dirección contraria. Mía miró por la ventana lateral. Vio la pista alejarse.
—Okey… momento de girar. “Base leg”.
Mía giró el Yoke a la izquierda. El avión se inclinó.
—Tren de aterrizaje abajo —dijo Mía. Esta era la gran resistencia.
Martín agarró la palanca con la rueda de plástico al final y la bajó con un golpe seco.
¡CLUMP!
El sonido de las compuertas abriéndose fue fuerte. El viento rugió al golpear las ruedas.
¡THUMP-THUMP!
El avión se frenó como si hubiera chocado contra una pared de agua. La resistencia aerodinámica era brutal.
—Tres verdes —confirmó Martín, señalando las luces—. Tren abajo y asegurado.
—Flaps 15… Flaps 30… Flaps 40. —Mía pidió todo. Full flaps. Quería ir lo más lento posible.
El avión vibraba. Parecía un pájaro herido tratando de mantenerse en el aire. La velocidad bajó a 150 nudos.
—Estamos en la curva final —dijo Mía.
Frente a ellos, la pista apareció de nuevo. Pero esta vez, no estaban pasando por encima. Estaban alineados con ella. Una larga tira de concreto gris que se hacía más ancha cada segundo.
LA FINAL CORTA
—Estás alta —dijo Martín de repente—. Mía, estás muy alta. Mira las luces PAPI.
A un lado de la pista, había cuatro luces que indicaban la senda de planeo. Deberían ser dos rojas y dos blancas.
Eran cuatro blancas.
Blanco sobre blanco, estás volando muy alto.
—Lo sé —dijo Mía—. Tengo que picar.
Empujó la nariz hacia abajo. El suelo empezó a correr hacia ellos alarmantemente rápido.
La tasa de descenso aumentó.
—¡Sink Rate! ¡Sink Rate! —advirtió la computadora.
—¡Cállate! —le gritó Mía a la máquina.
Necesitaba bajar rápido y nivelar en el último segundo. Era una maniobra peligrosa. Si calculaba mal, se estrellarían antes de la pista. Si no bajaba suficiente, se comerían toda la pista y saldrían por el otro lado.
—Tres rojas, una blanca —dijo Martín—. Estás recuperando la senda.
—Dos rojas, dos blancas. Perfecto.
Ahora estaban en “el slot”. La posición perfecta.
Pero el viento cruzado de Monterrey apareció. Una ráfaga golpeó la cola del avión, empujando la nariz hacia la derecha, sacándolos de la línea central.
—¡El viento! —gritó Mía.
Tuvo que aplicar timón de dirección (rudder). Pisó el pedal izquierdo con toda la fuerza de su pierna pequeña, casi poniéndose de pie sobre él, mientras giraba el volante a la derecha (alerones cruzados) para mantener las alas niveladas.
Era una maniobra de “cangrejo” (crab). El avión avanzaba de lado hacia la pista.
—500 pies… —cantó Martín.
—Estable —dijo Mía. Mentira. No estaba estable. Sus manos temblaban. Sus ojos ardían por el sudor que le caía de la frente.
—400…
Mía vio la pista llenando todo su campo de visión. Vio las marcas de neumáticos de otros aviones. Vio los números “11” pintados en blanco.
Esto es real. Esto es real.
—300…
—Señor Martín, cuando toquemos, necesito reversas al máximo. ¡Al máximo! ¿Entendido?
—Entendido. Mi mano está en las palancas.
—200…
—100…
El suelo ya no era un mapa. Era concreto corriendo a 250 kilómetros por hora bajo sus pies.
—50…
—40…
—30…
Mía sintió el “efecto suelo”. El colchón de aire que se forma entre las alas y la pista. El avión no quería bajar. Quería flotar.
—¡Abajo, maldita sea! —murmuró Mía.
Cortó la potencia.
—¡Potencia fuera! —gritó.
Martín tiró las palancas a IDLE.
—20…
—10…
Mía jaló el volante hacia atrás para hacer el flare (el redondeo). Levantó la nariz para tocar con las ruedas traseras primero. Pero jaló demasiado fuerte. El avión subió un poco.
—¡Flotaste! —gritó Martín.
El avión cayó esos últimos tres metros de golpe.
¡BAM!
El impacto fue brutal. Mucho más fuerte que en el simulador. Los dientes de Mía chocaron. Todo el panel de instrumentos vibró violentamente. Las máscaras de oxígeno en la cabina de pasajeros cayeron.
El avión rebotó. Saltó de nuevo al aire.
—¡Rebote! —gritó Mía, aterrada. Si entraban en pánico, el avión podía caer de nariz y romper el tren delantero.
—¡Sosténlo! —Mía mantuvo el volante firme, evitando corregir en exceso.
El avión cayó por segunda vez.
¡BAM!
Esta vez, se quedó pegado al suelo. Los neumáticos chirriaron humeando.
—¡REVERSAS! —gritó Mía con toda su alma.
Martín jaló las palancas de empuje inverso.
¡ROAAAARRRRR!
El sonido fue apocalíptico. Los motores se abrieron y desviaron el flujo de aire hacia adelante. La desaceleración fue tan violenta que Mía fue lanzada hacia adelante contra los cinturones. El bolso de Patricia salió volando y golpeó el panel.
—¡Frenos! —Mía pisó los pedales con ambos pies, usando todo su peso. Sentía el sistema anti-skid (ABS) vibrando en las plantas de sus pies, soltando y agarrando los frenos mil veces por segundo para evitar que las ruedas se bloquearan y reventaran.
El avión temblaba como una lavadora centrifugando piedras.
—¡No paramos! ¡No paramos! —gritó Martín, viendo el final de la pista acercarse. Las luces rojas del final se hacían más grandes.
—¡Sí paramos! —Mía empujó los pedales hasta que le dolieron los tobillos.
La velocidad bajaba. 100 nudos… 80 nudos… 60 nudos…
El rugido de las reversas bajó de tono.
A mitad de la pista, el avión finalmente dejó de pelear. La velocidad bajó a un rodaje controlable.
Mía soltó los frenos poco a poco.
El avión siguió rodando suavemente unos metros más y se detuvo por completo justo en frente de una salida rápida, donde tres camiones de bomberos amarillo fosforescente los esperaban con los cañones de agua apuntando.
El silencio volvió.
Pero esta vez, no era el silencio terrorífico de la altura. Era el silencio de la tierra firme. Se escuchaba el tic-tic-tic del metal caliente de los frenos enfriándose. Se escuchaba el zumbido lejano de una sirena.
Mía soltó el volante. Sus manos se quedaron con la forma de garra, rígidas por el calambre.
Miró a Martín. El hombre estaba pálido, con los ojos desorbitados, respirando por la boca.
Miró hacia atrás. Patricia estaba llorando en silencio, con las manos juntas en posición de rezo.
Mía intentó hablar, pero no pudo. Solo salió un sollozo.
Luego, una risa nerviosa.
Y luego, el llanto.
La puerta de la cabina se abrió de golpe desde afuera (los bomberos no esperaron). Un hombre con traje plateado de aproximación al fuego asomó la cabeza, esperando ver humo o fuego.
Se quedó helado al ver la escena.
Dos pilotos inconscientes atados a los asientos. Un pasajero sudando en el asiento del capitán.
Y en el asiento del copiloto, una niña pequeña con trencitas, abrazada a un manual de vuelo, llorando desconsoladamente.
—¿Quién…? —empezó a decir el bombero.
Martín, recuperando el aliento, señaló a Mía con un dedo tembloroso.
—No pregunten —dijo con la voz rota—. Solo… saquen a la capitana de aquí. Quiere ver a su mamá.
Mía se desabrochó el cinturón. Sus piernas fallaron al tocar el suelo. Patricia la atrapó antes de que cayera.
—Lo hiciste, mi vida —le susurró al oído—. Nos bajaste del cielo.
Mía miró por la ventana una última vez. El Cerro de la Silla se alzaba imponente bajo el sol. Ya no daba miedo.
—Papá tenía razón —susurró Mía, mientras la cargaban hacia la salida—. El avión quería volar. Solo necesitaba que alguien se lo pidiera por favor.
CAPÍTULO 6: LA NIÑA QUE TOCÓ EL CIELO
El silencio que siguió al apagado de los motores fue, paradójicamente, el sonido más fuerte que Mía había escuchado en su vida.
Durante las últimas dos horas, sus oídos habían estado llenos del rugido del viento a 800 kilómetros por hora, del zumbido de los sistemas hidráulicos y de las alarmas estridentes. Ahora, con el avión detenido en la intersección de la pista de aterrizaje del Aeropuerto Internacional de Monterrey, el mundo se redujo al sonido metálico de las turbinas enfriándose (tic… tic… tic) y a su propia respiración entrecortada.
Mía soltó el volante (Yoke). Fue un acto físico doloroso. Sus dedos se habían quedado rígidos, curvados en forma de garra, como si el plástico duro del control se hubiera fusionado con su piel. Al separarlos, sintió un calambre agudo que recorrió sus antebrazos hasta el cuello.
—Lo apagaste… —susurró Martín. El hombre estaba desplomado en el asiento del Capitán, mirando el panel de instrumentos con los ojos vidriosos, como si acabara de ver un fantasma. Su camisa estaba empapada en sudor, pegada a su pecho como una segunda piel.
Mía miró las palancas de corte de combustible (Fuel Cutoff Levers) que acababa de jalar instintivamente.
—Lista de chequeo de apagado… —murmuró Mía, con la voz rota. Estaba temblando. No era un temblor normal; era una vibración que venía desde la médula de sus huesos—. Motores cortados. Luces estroboscópicas apagadas. Freno de estacionamiento puesto.
Intentó alcanzar el interruptor de la batería para apagar todo el avión, pero su brazo no respondió. Simplemente cayó sobre su regazo, inerte. La adrenalina, esa droga natural que le había permitido funcionar como una máquina de precisión durante la emergencia, se estaba evaporando de golpe, dejándola vacía.
Dejó de ser el Capitán Cárdenas. Volvió a ser Mía. Una niña de once años, sola, lejos de casa, con ganas de ir al baño y un miedo atroz.
—Mamá… —gimió bajito.
Patricia, la azafata que había estado rezando en el asiento trasero (jumpseat), se soltó el cinturón con manos torpes y se abalanzó sobre Mía. No la abrazó con delicadeza; la abrazó con la desesperación de quien se aferra a un salvavidas en medio del océano.
—¡Estás viva! ¡Estamos vivos! —lloraba Patricia, besando la cabeza de la niña, mojando sus trencitas con lágrimas y mocos—. ¡Lo hiciste, mi niña, lo hiciste!
—Me duelen las manos, Paty —sollozó Mía, escondiendo la cara en el uniforme azul marino de la azafata, que olía a perfume barato y miedo rancio—. Me duelen mucho las piernas.
—Ya pasó, ya pasó —repetía Patricia, meciéndola.
De repente, un golpe brutal sacudió la puerta de la cabina desde el exterior. No pidieron permiso. No hubo código de seguridad. La puerta fue forzada con una barra de metal.
¡CRACK!
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared del pasillo. Un haz de luz cegador entró en la cabina oscura.
—¡POLICÍA FEDERAL! ¡MANOS ARRIBA! —gritó una voz ronca y autoritaria.
Entraron dos hombres con trajes tácticos negros y armas largas, seguidos por un bombero con traje plateado de aproximación al fuego. Esperaban encontrar terroristas. Esperaban encontrar secuestradores que habían matado a los pilotos. O esperaban encontrar una masacre.
El primer oficial de policía apuntó su rifle al interior. Sus ojos barrieron la escena en un segundo, pero su cerebro tardó varios segundos más en procesar lo que veía.
Vio al Capitán Morrison inconsciente, con la cabeza colgando. Vio al copiloto (que habían movido antes) tirado en el suelo. Vio a un civil gordo y sudoroso (Martín) con las manos en alto, temblando.
Y en el asiento del copiloto, vio a una niña pequeña, abrazada a una azafata, llorando.
El policía bajó el arma lentamente, confundido.
—¿Quién…? —balbuceó—. ¿Quién está a cargo de la aeronave?
Martín, recuperando un poco de aliento, señaló a Mía con un dedo tembloroso.
—Ella —dijo, con una mezcla de incredulidad y reverencia—. Ella es el piloto.
El jefe de bomberos, un hombre robusto con casco amarillo, se abrió paso a empujones.
—¿De qué estás hablando? ¿Dónde está el piloto que aterrizó esto? Vimos la maniobra. Fue un aterrizaje de emergencia controlado. ¿Quién lo hizo?
—Fue la niña —insistió Martín, casi gritando—. ¡Maldita sea! ¡Fue la niña!
El bombero miró a Mía. Vio sus zapatillas Skechers con luces que no llegaban al suelo. Vio su mochila de unicornio tirada a sus pies. Vio el manual de vuelo abierto en sus rodillas.
—¿Tú? —preguntó el bombero, agachándose para quedar a su altura.
Mía levantó la vista. Tenía los ojos hinchados y rojos.
—Quiero a mi papá —dijo con un hilo de voz—. Quiero irme a mi casa.
El bombero se quitó el guante y le tocó la mejilla con una ternura inesperada para un hombre de su tamaño.
—Te vamos a llevar a casa, hija. Pero primero tenemos que sacarte de aquí.
EL PASEO DE LOS HÉROES
Sacar a Mía de la cabina fue una operación delicada. Sus piernas no funcionaban. El estrés muscular había sido tan intenso que sus rodillas se doblaban como gelatina. El jefe de bomberos, cuyo nombre era Comandante Rivas, la levantó en brazos como si fuera una muñeca de porcelana.
—Vamos para afuera —dijo Rivas.
Al salir de la cabina de mando y entrar en la cabina de pasajeros, Mía se preparó para el ruido. Pero lo que encontró fue un silencio sepulcral.
Ciento cincuenta y seis pasajeros estaban sentados, algunos todavía con las máscaras de oxígeno colgando frente a ellos, otros abrazados a sus seres queridos. El aire olía a sudor ácido, a vómito y a oración.
Cuando vieron al bombero salir con la niña en brazos, nadie dijo nada al principio. Muchos pensaron que estaba herida.
Entonces, Patricia, que venía detrás limpiándose las lágrimas, alzó la voz.
—¡Es ella! —gritó, con la voz quebrada por la emoción—. ¡Ella nos salvó! ¡Ella aterrizó el avión!
La información viajó como una onda expansiva por el pasillo. Los pasajeros de las primeras filas se pusieron de pie.
—¿La niña? —preguntó una señora mayor—. ¿Esa cosita?
—¡Sí! —gritó Martín, que venía detrás—. ¡Ella tomó los controles! ¡Ella sola!
Y entonces, el silencio se rompió.
Comenzó con un aplauso tímido de un hombre de negocios en la fila 3. Luego, una mujer empezó a llorar y a aplaudir. Y en cuestión de segundos, la cabina estalló.
No eran vítores de estadio de fútbol. Eran gritos de desahogo, alaridos de gratitud, llantos histéricos de personas que habían aceptado su muerte minutos antes y ahora se daban cuenta de que tenían una segunda oportunidad.
—¡Bravo! ¡Gracias! ¡Dios te bendiga!
Mía escondió la cara en el hombro del bombero. No se sentía una heroína. Se sentía pequeña. Le daba vergüenza que la miraran.
Mientras el bombero caminaba por el pasillo hacia la salida delantera, la gente intentaba tocarla.
—Gracias, mija, gracias.
—Eres un ángel.
La mujer del asiento 17B, la ejecutiva que horas antes le había dicho condescendientemente “deja que los adultos se encarguen”, estaba parada en el pasillo, bloqueando el paso. Tenía el maquillaje corrido y los ojos desorbitados.
Cuando el bombero se acercó, la mujer agarró la mano de Mía, que colgaba inerte. La besó.
—Perdóname —lloró la mujer—. Perdóname por no creerte. Me salvaste la vida. Salvaste a mis hijos. Perdóname.
Mía solo asintió, aturdida.
—Está bien, señora —susurró.
Al llegar a la puerta del avión, el tobogán de emergencia no había sido desplegado porque había escaleras móviles ya conectadas. El aire caliente de Monterrey la golpeó en la cara. Eran las cuatro de la tarde y el sol brillaba con una intensidad que lastimaba los ojos.
Abajo, en la pista, era un caos organizado. Docenas de ambulancias, patrullas, camiones de bomberos y vehículos del aeropuerto rodeaban al Boeing 737. Había gente corriendo con camillas hacia la parte trasera del avión para sacar a los pilotos.
El Comandante Rivas bajó las escaleras con Mía en brazos.
Al pisar el asfalto, una nube de paramédicos y oficiales de traje se acercó.
—¿Está herida? ¿Tiene lesiones? —preguntó un médico de urgencias.
—Está en shock —dijo Rivas—. Pero físicamente parece estar bien. Solo está agotada.
Un hombre de traje gris, con una identificación de la Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC) colgada al cuello, se abrió paso entre los médicos. Tenía cara de no haber dormido en días, aunque apenas era de tarde.
—¿Esta es la niña? —preguntó el funcionario, mirando a Mía con escepticismo—. Necesito hablar con ella ahora mismo. Esto es un incidente federal.
—¡Déjenla en paz! —intervino Patricia, poniéndose entre el funcionario y Mía como una leona defendiendo a su cachorro—. ¡Acaba de aterrizar un avión! ¡Es una niña! ¡Necesita agua y a sus padres, no un interrogatorio!
—Señora, entienda la gravedad… —empezó el funcionario.
—¡Me vale madre la gravedad! —gritó Patricia, sorprendiendo a todos con su lenguaje—. ¡Si la toca, lo demando!
Mía miró la escena como si fuera una película. Se sentía desconectada de su cuerpo. Veía el Cerro de la Silla a lo lejos, majestuoso e indiferente.
—Tengo sed —dijo Mía. Fue lo único que pudo articular.
Alguien le puso una botella de agua fría en las manos. Mía bebió con desesperación, derramando agua sobre su camiseta de Frozen. El agua fría la trajo de vuelta a la realidad. Sintió el calor del asfalto a través de sus suelas. Sintió el dolor en sus brazos.
—Quiero llamar a mi mamá —dijo, con más fuerza.
EL INTERROGATORIO
La llevaron a la sala VIP del aeropuerto, que había sido convertida en un centro de mando improvisado. El aire acondicionado estaba demasiado frío. Mía estaba sentada en un sofá de cuero enorme, envuelta en una manta térmica dorada que crujía cada vez que se movía.
Frente a ella había tres hombres y una mujer. El funcionario de la AFAC, un representante de la aerolínea, un psicólogo y el jefe de operaciones del aeropuerto.
Martín y Patricia estaban sentados a su lado, negándose a abandonarla.
—Mía, soy el Licenciado Torres —dijo el funcionario de la AFAC, tratando de sonar amable pero con la grabadora de voz encendida sobre la mesa—. Necesitamos entender qué pasó allá arriba. Sé que es difícil, pero… ¿quién tocó los controles primero?
Mía miraba sus zapatillas.
—Yo.
—¿El señor Martín te ayudó?
—Él movió las palancas de potencia y el tren de aterrizaje. Yo manejé el Yoke y los pedales.
El Licenciado Torres intercambió una mirada escéptica con el piloto jefe de la aerolínea que acababa de llegar.
—Mía —intervino el piloto jefe, un hombre canoso con cuatro barras doradas en el hombro—. Aterrizar un 737 es… complejo. Incluso para nosotros. ¿Cómo sabías la velocidad de aproximación? ¿Cómo sabías configurar los flaps?
Mía levantó la vista. Al ver el uniforme del piloto, algo en ella se enderezó. Era el mismo uniforme de su papá. Ese era su idioma.
—Calculé el VREF basándome en el peso estimado —dijo Mía, con voz clara—. Asumí que teníamos 5,000 kilos de combustible y carga media. Usé 140 nudos para la final con Flaps 40.
El piloto jefe parpadeó. Abrió la boca y la cerró.
—¿Y el descenso? —preguntó, probándola—. ¿Cómo sabías dónde estabas sin instrumentos de navegación?
—Navegación visual —respondió Mía—. Reconocí el Cerro de la Silla. Hice un patrón de tráfico izquierdo para la pista 11. Tuve que hacer un low pass primero para que la torre viera que no tenía tren abajo y despejaran la pista, porque no tenía radio.
Hubo un silencio absoluto en la sala. Los adultos se miraron entre sí. La jerga técnica, dicha con la voz aguda de una niña de primaria, era surrealista.
—El low pass… —murmuró el jefe de operaciones—. Pensamos que ibas a estrellarte. Fue una maniobra… muy arriesgada.
—Era la única opción —dijo Mía, defendiéndose—. Había un avión de carga en la cabecera. Si aterrizaba directo, chocábamos.
El piloto jefe se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo. Sonrió, una sonrisa de incredulidad absoluta.
—Capitán… —dijo, usando el título con total seriedad—. Tienes razón. Era la única opción. Lo hiciste de libro.
El Licenciado Torres apagó la grabadora.
—Creo que no hay nada más que preguntar por ahora. Esta niña… esta niña es un prodigio.
—No soy un prodigio —dijo Mía, encogiéndose en la manta—. Mi papá me enseñó. Solo hice lo que él me dijo.
EL REENCUENTRO
Dos horas después, la puerta de la sala se abrió de nuevo.
Mía estaba medio dormida, recargada en el hombro de Patricia. El agotamiento la había vencido.
—¿Mía?
La voz de su madre la despertó como un choque eléctrico.
Mía saltó del sofá.
En la puerta estaba Sara, su mamá. Tenía los ojos rojos, el maquillaje corrido y el pelo despeinado. Detrás de ella, empujando su propia silla de ruedas con una fuerza furiosa, venía Roberto, su papá.
—¡MAMÁ! —gritó Mía.
Corrió hacia ella. Sara cayó de rodillas al suelo y atrapó a su hija en el aire. El abrazo fue tan fuerte que a Mía le dolió, pero no le importó. Se aferraron la una a la otra llorando, gimiendo, tocándose para asegurarse de que era real.
—¡Mi niña, mi bebé! —lloraba Sara—. ¡Pensé que te perdía! ¡Vi las noticias y pensé que te morías!
Roberto se acercó con la silla de ruedas. Estaba llorando en silencio, con lágrimas gruesas rodando por sus mejillas paralizadas parcialmente.
—Papá… —Mía se soltó de su madre y se lanzó a los brazos de su padre. Se sentó en su regazo, enterrando la cara en su cuello, oliendo su loción de siempre, olor a tabaco y menta.
—Lo hiciste, Mía —susurró Roberto, con la voz ahogada—. Lo hiciste.
—Tuve mucho miedo, papá —confesó Mía, temblando de nuevo—. El avión pesaba mucho. Y el viento… el viento era muy fuerte en la sierra.
—Lo sé, hija, lo sé. La Sierra Madre es una bestia. Pero tú fuiste más fuerte.
Roberto le tomó las manos. Vio las marcas rojas en sus palmas, los callos incipientes por haber apretado el volante con tanta fuerza. Besó sus manos.
—Perdóname —dijo Roberto, mirando a su esposa y luego a su hija—. Perdóname por robarte tu infancia con los simuladores. Perdóname por ser tan duro.
—No, Roberto —intervino Sara, limpiándose las lágrimas—. No pidas perdón. Le salvaste la vida. Tu locura le salvó la vida a ella y a todos esos pasajeros.
Mía miró a su papá a los ojos.
—¿Hice bien el flare, papá? —preguntó, preocupada—. Reboté dos veces. Fue un aterrizaje feo.
Roberto soltó una carcajada entre lágrimas, una risa que rompió la tensión en la habitación.
—Mía, cualquier aterrizaje del que puedas salir caminando es un buen aterrizaje. Y si puedes usar el avión otra vez, es un aterrizaje excelente. Bueno… tal vez tengan que cambiarle los frenos y las llantas a ese 737, pero a quién le importa. ¡Aterrizaste, carajo! ¡Aterrizaste!
LA MAREA MEDIÁTICA
Los días siguientes fueron una borrosidad de luces de cámaras y micrófonos. El mundo se volvió loco con la historia de la “Niña Piloto”.
CNN, BBC, Televisa, todos querían una pieza de Mía. Su cara estaba en todos los periódicos desde Tokio hasta Nueva York. “EL MILAGRO DE MONTERREY”. “LA CAPITANA DE 11 AÑOS”.
Pero Mía no quería salir. Se encerró en el hotel con sus padres. Tenía pesadillas.
Soñaba que jalaba el volante y el avión no subía. Soñaba con el silencio de la cabina. Soñaba con la montaña acercándose y la voz robótica gritando PULL UP, PULL UP.
Se despertaba gritando, sudando frío.
—No quiero ser famosa —le dijo a su papá una noche, mientras veían desde la ventana del hotel cómo los periodistas acampaban afuera—. Solo quiero ir a la escuela. Quiero ver a mis amigas.
—Lo sé, Mija —dijo Roberto, mirando la multitud abajo—. Pero el mundo necesita héroes. Y por accidente, te convertiste en uno.
—Pero no me siento héroe. Me siento… cansada.
Roberto la miró con seriedad.
—Escucha, Mía. Lo que hiciste… te va a cambiar. No puedes des-vivir eso. Viste la muerte a los ojos y le ganaste. Eso te quita un poco de inocencia, sí. Pero te da algo más. Te da la certeza de que puedes con todo.
—¿Crees que pueda volver a ser normal?
—¿Normal? —Roberto sonrió—. No. Nunca vas a ser normal. Vas a ser extraordinaria. Pero sí vas a volver a ser una niña. Te lo prometo. Mañana nos vamos a casa. Y esconderé el simulador por un tiempo, ¿te parece?
Mía sonrió por primera vez en tres días.
—Sí. Quiero jugar Roblox. No quiero ver un avión en mucho tiempo.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
La vida, eventualmente, encontró su cauce. La locura mediática bajó de intensidad, aunque la gente todavía la reconocía en el supermercado y le pedía selfies.
Mía volvió a la escuela. Al principio, sus compañeros la trataban como a un extraterrestre. ¿Cómo le hablas a la niña que salió en la portada de la revista Time? Pero luego, cuando vieron que seguía fallando en matemáticas y que se reía de los mismos chistes tontos, la normalidad regresó.
Una tarde de domingo, Mía entró al estudio de su papá.
El simulador estaba apagado, cubierto con una sábana, como un mueble viejo.
Roberto estaba leyendo un libro junto a la ventana.
—Papá —dijo Mía.
—¿Qué pasa, hija?
—¿Crees que… crees que podemos encenderlo?
Roberto la miró, sorprendido.
—¿Estás segura? Dijiste que no querías volar nunca más.
—Lo sé —dijo Mía, acercándose a la máquina que le había enseñado a salvar vidas—. Pero anoche soñé con el vuelo. Y no fue una pesadilla. Soñé que estaba arriba, sobre las nubes, y todo estaba tranquilo. El sol brillaba. Y no tenía miedo.
Roberto sonrió, esa sonrisa torcida que el derrame le había dejado, pero que para Mía era la más hermosa del mundo.
—El cielo siempre llama, Mía. Una vez que pruebas el vuelo, siempre caminarás por la tierra con la vista mirando hacia arriba.
—Da Vinci —dijo Mía, reconociendo la frase.
—Da Vinci —asintió su padre.
Mía quitó la sábana del simulador. Se sentó en la silla, que ahora le quedaba un poquito menos grande. Había crecido un centímetro en estos seis meses.
Tocó el volante. Ya no sentía el terror frío del día del accidente. Sentía respeto.
—¿Qué quieres volar hoy? —preguntó Roberto, acercándose con su silla de ruedas al panel de control del instructor.
Mía pensó un momento.
—Vamos a Seattle —dijo—. Nunca llegué a ver la Space Needle con los abuelos. Quiero terminar el vuelo.
Roberto configuró la ruta.
—Aeropuerto de San Francisco a Seattle Tacoma. Clima despejado. Sin viento. Sin fallas.
—Sin fallas —repitió Mía—. Solo un vuelo aburrido, papá.
—Vuelo aburrido autorizado. Despega cuando estés lista, Capitana.
Mía empujó las palancas de potencia. Los motores digitales rugieron en los altavoces.
El avión virtual aceleró por la pista.
—V1… Rotate.
Mía jaló el volante suavemente. En la pantalla, el mundo cayó y el cielo azul llenó su visión.
Mía Cárdenas, la niña que había vencido a la muerte, estaba volando de nuevo. Y esta vez, no volaba para sobrevivir.
Volaba porque quería. Volaba porque, a pesar de todo, el cielo era su hogar.
Y mientras el avión ascendía, Mía supo que no importaba lo que pasara en el futuro. Podía ser doctora, maestra o astronauta. Pero siempre, en lo más profundo de su corazón, sería el piloto que trajo a todos a casa.
FIN.