
PARTE 1
Capítulo 1: El Aeropuerto de las Mentiras
El ruido en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México era ensordecedor, como un enjambre de abejas alteradas. Emily Hayes se quedó parada junto al enorme ventanal de vidrio, viendo cómo su mejor amiga, Ashley, desaparecía lentamente en la fila de seguridad. El vuelo a Cancún llevaba media hora de retraso, pero Ashley había insistido en que Emily no la esperara.
—Vete a casa con Noah —le dijo, dándole un abrazo fuerte—. Nos vemos en una semana, amiga.
Emily no tenía prisa por irse. Desde hacía unos meses, su casa en Las Lomas ya no se sentía como un hogar. Ethan, su esposo, siempre llegaba tarde del despacho en Santa Fe, alegando que tenía “casos urgentes” que cerrar. Y cuando estaba en casa, su mente parecía estar en otro lado, perdida en una galaxia donde Emily y su hijo no existían. Incluso la noticia de su segundo embarazo no había provocado la alegría que Emily esperaba.
“Quizás solo está estresado por el trabajo”, pensó mientras se acariciaba el vientre, apenas abultado. A sus 32 años, siendo médico familiar en una clínica privada, estaba acostumbrada a analizar síntomas. Pero cuando se trataba de su matrimonio, su intuición profesional parecía fallar.
Decidió comprar una botella de agua antes de enfrentar el tráfico de la ciudad. Caminó hacia una cafetería Starbucks cerca de las salas de espera VIP. Y allí, su mundo se derrumbó en un segundo.
En una esquina, medio oculto por una columna, estaba Ethan. El mismo Ethan que la noche anterior le había jurado que tenía un viaje de negocios a Monterrey para ver a unos clientes industriales. Pero no estaba solo. Estaba abrazando a una joven rubia con un traje sastre rosa chillón. La mujer se aferraba a él no como una colega, sino como una adolescente enamorada.
Emily sintió que el piso de mármol se hundía bajo sus pies. Su boca se secó al instante. Dio un paso atrás instintivamente, escondiéndose detrás de la columna más cercana. Ethan le decía algo al oído a la mujer mientras le acariciaba la mano con una familiaridad que a Emily le revolvió el estómago. La mujer rió, echando la cabeza hacia atrás.
Era Pamela. Emily la reconoció de inmediato. La pasante legal de 25 años del despacho de su marido. La misma “Pamela es brillante”, “Pamela se queda horas extra”, “Pamela tiene ideas innovadoras” que Ethan mencionaba constantemente en las cenas. Ahora estaba claro qué tipo de “horas extra” estaban haciendo.
Emily sintió una ola de náuseas, y no eran matutinas. Cinco años de matrimonio, un hijo hermoso, otro en camino. ¿Todo eso no valía nada? Quiso correr hacia ellos, gritar, armar un escándalo digno de una telenovela, pero algo la detuvo. Quizás fue su instinto de supervivencia o su disciplina médica de “primero el diagnóstico, luego el tratamiento”.
Se movió sigilosamente, ocultándose entre otros pasajeros y maletas, hasta quedar lo suficientemente cerca para escuchar.
—Ya casi está todo listo, nena —decía Ethan, con esa voz de abogado seguro de sí mismo—. En la corte sacaremos hasta el último centavo.
—¿Y si ella sospecha algo? —la voz de Pamela sonaba preocupada, aniñada.
—Emily es demasiado confiada. Es doctora, no abogada. No entiende las complejidades del derecho sucesorio —Ethan soltó una risita burlona—. Además, ahora está embarazada. Está emocionalmente inestable. Aunque entendiera algo, ¿quién le creería a una mujer hormonal?
Emily apretó los dientes tan fuerte que le dolió la mandíbula. “¿Emocionalmente inestable?”, pensó. “Te voy a enseñar lo que es inestabilidad, desgraciado”.
—¿Pero y si ve los documentos? —insistió Pamela.
—Los documentos, las pruebas, el testamento original… todo está en mi carpeta roja. Y esa carpeta está en mi oficina privada en Santa Fe, bajo llave. Ella no tiene acceso —dijo Ethan con arrogancia—. Después de la audiencia, seremos millonarios.
—¿Y tu esposa? ¿Tu hijo?
—Nos divorciaremos. Le dejaré lo suficiente para que no se muera de hambre, pero me quedaré con el niño. Noah necesita a su padre. Y el que viene en camino… —Ethan se encogió de hombros con una frialdad que heló a Emily—. Ya veremos. Con todo el estrés del divorcio, tal vez ni siquiera nazca.
Emily sintió que la sangre le hervía. Ese hombre estaba planeando fríamente destruir su vida, robarle a su hijo y deseaba la muerte de su bebé no nacido.
—Ya están llamando para abordar el vuelo a Miami —dijo Pamela, levantándose.
—Es hora de irnos. Miami, no Monterrey. Otra mentira para la colección —Ethan la besó. Un beso largo y apasionado, del tipo que no le daba a Emily hacía años—. En una semana, seremos libres y ricos.
Emily los vio alejarse hacia la puerta de embarque. Algo dentro de ella se rompió. Pero no fue su corazón; eso ya estaba entumecido. Lo que se rompió fue su ingenuidad. En su lugar, nació una rabia fría y calculadora.
Ethan había cometido un error fatal. Olvidó un pequeño detalle: Emily tenía un juego de llaves de emergencia de la oficina. Se lo había dado él mismo hacía tres años, “por si acaso”. Bueno, el “por si acaso” había llegado.
Emily sacó su celular y marcó el número de la Sra. Davis, la cuidadora de Noah.
—Sra. Davis, soy Emily. ¿Podría cuidar a Noah esta noche? Ha surgido algo… muy urgente.
Capítulo 2: La Carpeta Roja
La lluvia caía con fuerza sobre la Ciudad de México cuando Emily estacionó su camioneta frente al imponente edificio de cristal en Santa Fe donde se encontraba el despacho “Hayes & Asociados”. Eran las 10 de la noche. La zona corporativa estaba desierta, solo patrullada por guardias de seguridad privada.
Emily saludó al guardia del lobby, quien la conocía de las fiestas de Navidad.
—Buenas noches, Sra. Hayes. ¿Trabajando tarde?
—Ya sabe cómo es Ethan, olvidó unos documentos importantes para su viaje y me pidió que viniera por ellos —mintió con una sonrisa tensa.
El elevador subió silenciosamente hasta el piso 15. El despacho olía a cera para muebles y dinero viejo. Emily caminó por el pasillo oscuro hasta la oficina de la esquina, la de su esposo. Sus tacones resonaban en el mármol como un conteo regresivo.
Abrió la puerta con la llave plateada de su llavero. Encendió la lámpara del escritorio. Todo estaba impecable, ordenado. Buscó en los cajones. Nada. Buscó en el archivero. Nada. Entonces, su mirada cayó sobre un pequeño gabinete lateral cerrado con un candado simple. Probó varias llaves pequeñas del llavero de Ethan que había tomado de la casa. La tercera funcionó.
Ahí estaban. Varias carpetas rojas apiladas.
Su corazón latía desbocado. Tomó la primera. Etiqueta: “ANDRADE M.”
Al abrirla, vio un testamento. Una anciana dejaba un departamento en la Colonia Roma y una casa en Cuernavaca a… “mi estimado asesor legal, Ethan Hayes”.
Emily frunció el ceño. Abrió la segunda carpeta. “CASTRO P.N.”. Otro testamento, otra fortuna dejada a Ethan.
Tomó la tercera carpeta. “JENNINGS C.S.”.
Se le cortó la respiración. Catherine Jennings era su tía abuela. Había fallecido hacía seis meses. Era su única pariente viva materna. Emily sabía que la tía Catherine le había dejado todo a ella. Había visto el testamento original.
Pero el documento que tenía en sus manos decía otra cosa: “Lego todas mis propiedades, incluyendo el departamento en Polanco y mis cuentas de inversión, a mi amigo y consejero Ethan Hayes, en agradecimiento por sus servicios…”
—Maldito infeliz —susurró Emily.
Era una falsificación maestra. Ethan estaba usando su posición de notario y abogado para reemplazar las últimas voluntades de ancianos solitarios y quedarse con sus fortunas. Y ahora, iba por la herencia de su propia esposa.
Emily sacó su celular y comenzó a fotografiar cada página. Testamentos, correos impresos, transferencias bancarias a cuentas en las Islas Caimán. Encontró también un segundo celular en el cajón, bloqueado. Probó la fecha de nacimiento de Noah: 1205. Se desbloqueó.
Ahí estaban los mensajes con Pamela.
“Amor, el viejo Morales ni cuenta se dio de lo que firmó. La casa en el Pedregal es nuestra.”
“Ya casi, nena. Solo falta la herencia de la tía de Emily. Son 15 millones de pesos. Con eso nos vamos a Italia y dejamos a la doctora con sus pacientes.”
Emily sintió asco. Pero siguió buscando. En la última carpeta, encontró algo que la hizo temblar de terror real. No era sobre dinero. Era un documento redactado, listo para presentarse: una demanda de pérdida de patria potestad. Ethan alegaba que Emily sufría de “trastornos psiquiátricos severos” y era un peligro para Noah.
—Me quieres quitar a mi hijo… —Emily sintió que las lágrimas brotaban, pero se las secó con furia—. Sobre mi cadáver, Ethan.
Guardó todo exactamente como estaba. Cerró el gabinete con llave. Se llevó el celular extra y una USB que encontró conectada a la computadora. Salió de la oficina con la cabeza en alto.
Mientras manejaba de regreso a casa por la autopista urbana, acarició su vientre.
—Perdóname, bebé —susurró—. Papá no es quien creíamos. Pero mamá los va a proteger. A ti y a Noah.
Al llegar a casa, Noah dormía plácidamente. Emily se sirvió una copa de vino que no bebió, solo la sostuvo mientras miraba por la ventana hacia la ciudad iluminada. Tenía las pruebas. Sabía el plan. Ahora necesitaba un ejército.
PARTE 2
Capítulo 3: La Alianza de los Traicionados
A la mañana siguiente, Emily funcionó en modo automático pero con una precisión quirúrgica. Dejó a Noah en el kínder y le dio instrucciones estrictas a la directora: “Nadie, absolutamente nadie excepto yo o la Sra. Davis, puede recoger a Noah. Especialmente no su padre”.
Su primera llamada no fue a un abogado, sino a un investigador privado que una paciente le había recomendado una vez.
—Necesito todo sobre Pamela Serrano —le dijo—. Y necesito contactar a estas personas.
Le pasó la lista de los nombres que vio en las carpetas rojas. Las familias de los ancianos defraudados.
Luego, hizo la llamada más difícil.
Buscó en Facebook a Victor Serrano, el esposo de Pamela. En su perfil se veía como un hombre sencillo, ingeniero civil, con fotos abrazando a Pamela en Xochimilco y en fiestas familiares.
Le envió un mensaje: “Hola Víctor. Soy Emily Hayes. Necesitamos hablar urgentemente sobre tu esposa y mi marido. No es lo que piensas, es peor.”
Se reunieron a mediodía en un Vips discreto. Víctor llegó pálido. Cuando Emily le mostró las fotos del aeropuerto y los mensajes impresos, el hombre se derrumbó.
—Yo… yo trabajo doble turno para pagar nuestro departamento en la Del Valle —decía Víctor con la voz rota—. Ella me dijo que el despacho le exigía mucho tiempo.
—Le exigía tiempo para robar y planear su fuga —dijo Emily suavemente, pero firme—. Víctor, se van a ir a Italia con el dinero de mi herencia y de muchas otras familias. Y ella te va a dejar con las deudas.
Víctor se limpió las lágrimas con una servilleta de papel. Su dolor se transformó rápidamente en dignidad herida.
—¿Qué necesitas que haga? —preguntó.
—Necesito acceso a su computadora personal en tu casa. Y necesito que actúes normal cuando ella te llame.
Esa tarde, Emily se reunió con el Licenciado Constantine Roth, un abogado penalista temido en los tribunales de la CDMX. Roth revisó las pruebas en silencio, ajustándose los lentes.
—Señora Hayes, esto no es solo un divorcio. Esto es delincuencia organizada, fraude procesal, falsificación de documentos y lavado de dinero. Su marido no va a ir a terapia de pareja; va a ir al Reclusorio Norte.
—Eso es exactamente lo que quiero —respondió Emily.
Durante los siguientes dos días, Emily y Roth contactaron a las familias de las víctimas. Fue desgarrador. El nieto de la Sra. Andrade lloró al saber que su abuela no lo había desheredado, sino que Ethan había robado su legado. La hija del Sr. Castro estaba furiosa. En total, siete familias se unieron a la causa. El monto del fraude superaba los 50 millones de pesos.
Capítulo 4: La Trampa en el Juzgado
La semana pasó volando. Emily apenas dormía, preparándolo todo con el Detective Vargas de la Fiscalía General de Justicia.
El día que Ethan y Pamela regresaron de “Miami”, Emily los esperaba. No en el aeropuerto, sino en el lugar donde Ethan se sentía más poderoso: el Tribunal Superior de Justicia.
Esa mañana había una audiencia programada para la lectura del testamento de la tía Catherine. Ethan había aterrizado e ido directo al juzgado, arrogante, bronceado y seguro de su victoria.
Emily entró a la sala de audiencias. Llevaba un vestido negro impecable y lentes oscuros que se quitó al ver a su marido.
Ethan se sorprendió al verla.
—Emily, mi amor, ¿qué haces aquí? No tenías que venir, esto es puro trámite aburrido. Yo me encargo.
Pamela estaba sentada atrás, fingiendo revisar unos papeles, pero Emily notó cómo le temblaban las manos al verla.
—Vine a ver cómo trabajas, querido —dijo Emily con una sonrisa gélida—. Y a presentar una prueba nueva.
El juez entró. Ethan comenzó su discurso habitual sobre la última voluntad de la Sra. Jennings.
—Señoría, mi cliente, la Sra. Hayes, está muy afectada, pero el testamento es claro…
—Objeción —interrumpió el Licenciado Roth, entrando a la sala seguido por dos agentes de la Policía de Investigación.
—¿Quién es usted? —preguntó Ethan, perdiendo la compostura.
—Soy el abogado de la Sra. Hayes y de otras siete familias que usted ha estafado —dijo Roth.
El juez miró los documentos que Roth le entregó. Su rostro cambió de aburrimiento a indignación.
—Licenciado Hayes, ¿puede explicar por qué la firma de la difunta en este documento difiere de la registrada en sus documentos oficiales? ¿Y por qué hay transferencias de sus cuentas a una empresa fantasma a nombre de su asistente?
Ethan palideció. Miró a Pamela. Miró a Emily.
—Esto es un error… Emily, ¿qué hiciste?
—Hice lo que tú no hiciste, Ethan. Proteger a mi familia —respondió ella.
Los agentes se acercaron.
—Ethan Hayes, queda detenido por fraude, falsificación y delincuencia organizada. Pamela Serrano, usted también viene con nosotros.
El caos estalló en la sala. Pamela comenzó a gritar que ella solo seguía órdenes. Ethan trataba de negociar con los policías, invocando nombres de jueces amigos, pero nadie lo escuchaba. Lo esposaron frente a todos.
Cuando pasaron junto a Emily, Ethan la miró con odio puro.
—Te vas a arrepentir de esto. No sabes con quién te metiste.
—Sé exactamente con quién me metí —le susurró Emily—. Con un perdedor.