
PARTE 1: LA ARROGANCIA DEL ARQUITECTO
Capítulo 1: El código secreto
Adrián Colunga creía que sus miles de millones le daban derecho a reescribir la realidad, a tratar a las personas como pañuelos desechables y a hablar en código frente a quienes consideraba “inferiores”. Era el socio director de Colunga-Vance Capital, el “tiburón” de la Avenida Reforma, un hombre que a sus 42 años veía el mundo no como un lugar para vivir, sino como un mercado para explotar.
Esa noche, en el exclusivo restaurante Cielo, ubicado en el piso 50 de una de las torres más pretenciosas de la Ciudad de México, el aire olía a trufa negra, dinero viejo y miedo.
Para Viviana, era la noche número 14 de turnos dobles consecutivos. Sus pies palpitaban con un dolor sordo y constante. Se ajustó el delantal en el pasillo trasero, revisando su reflejo en el acero inoxidable del refrigerador industrial. El uniforme le quedaba grande, colgando de sus hombros delgados. Su cabello castaño estaba recogido en un chongo severo y práctico, y las ojeras bajo sus ojos eran lo suficientemente oscuras como para contar la historia de alguien que apenas sobrevive.
—La mesa 4 es tuya —espetó Enrique, el maitre, chasqueando los dedos sin siquiera mirarla—. Es Adrián Colunga. No lo arruines, Viviana. Ya devolvió el agua porque los hielos no eran “simétricos”. No estoy bromeando. Si respira mal, estás fuera.
Viviana asintió, manteniendo la cabeza baja.
—Sí, Enrique.
Adrián Colunga. El nombre era una mala palabra en el distrito financiero de Santa Fe. Conocido por sus adquisiciones hostiles, compraba empresas familiares, las desmantelaba, vendía las partes y dejaba a miles de obreros mexicanos en la calle mientras él compraba otra casa de verano en Tulum.
Cuando Viviana se acercó a la mesa 4, la atmósfera ya estaba gélida. Adrián estaba sentado con dos hombres. Uno era Gregorio, un asociado joven y nervioso que se secaba el sudor de las manos en la servilleta de lino. El otro era un hombre mayor, robusto, de tez roja, claramente un inversionista suizo al que Adrián intentaba impresionar.
—Buenas noches, caballeros —dijo Viviana, con su voz suave y ensayada—. Mi nombre es Viviana y los atenderé esta noche. ¿Puedo comenzar con…?
Adrián ni siquiera levantó la vista de su iPhone 15. Hizo un gesto con la mano, como si espantara una mosca molesta en un mercado.
—Con gas. Y no el agua de la llave que filtran en el sótano. Trae la carta de vinos. La real, no la que le dan a los turistas gringos.
—Por supuesto, señor —dijo Viviana. Su rostro era una máscara de imparcialidad.
En los tres meses que llevaba trabajando allí, se había vuelto una experta en ser invisible. Era un fantasma con chaleco. Regresó momentos después con el pesado libro de piel y una botella de San Pellegrino. Mientras servía, Adrián finalmente se dignó a hablar con su mesa, aunque continuó ignorando la presencia de ella por completo.
—El problema con este país —anunció Adrián, su voz resonando lo suficiente como para molestar a la pareja de la mesa 5—, es que se celebra la mediocridad. Miren este lugar. Cobran tres mil pesos por un risotto y el personal parece reclutado de la salida del metro Indios Verdes.
Gregorio, el asociado, soltó una risa nerviosa.
—Bueno, la vista es increíble, Adrián.
—La vista es lo único que no me decepciona, Greg —se burló Adrián. Cerró la carta de vinos de golpe y la empujó hacia Viviana sin mirarla, casi tirando la botella de su mano—. El Margaux del 82. Decántalo por 30 minutos. Y si veo una sola migaja de corcho en la copa, compro este restaurante solo para despedirte.
—Muy bien, señor —dijo Viviana. Su mano no tembló. Tomó la lista y se retiró.
Capítulo 2: Los ladrillos y el muro
De vuelta en la estación de servicio, María, una compañera mayor que llevaba años en el gremio, la miró con lástima.
—Es un monstruo, mija. Solo aguanta el servicio. Dos horas más.
—Estoy bien, María —dijo Viviana, aunque sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la charola—. He lidiado con cosas peores que Adrián Colunga.
—¿Ah sí? —susurró María—. Ese tipo vale tres mil millones de dólares. Se cree Dios.
—El dinero no te hace Dios, María —murmuró Viviana, sacando la costosa botella de la cava. Inspeccionó la etiqueta, y por un segundo, sus ojos perdieron ese cansancio opaco y brillaron con una intensidad extraña, casi peligrosa—. Solo hace que tus errores sean más caros.
Regresó a la mesa para realizar el ritual de decantar el vino. La vela parpadeaba mientras trabajaba; sus movimientos eran precisos, casi quirúrgicos. Adrián estaba inmerso en la conversación, bajando la voz a un nivel conspirativo.
—La adquisición avanza —le dijo Adrián al inversionista suizo—. Vamos a destripar a Logística Olvera. La familia que la maneja es débil. El viejo está muriendo en el Hospital Español. Y la hija… nadie ha visto a la hija en cinco años. Probablemente está muerta o en algún centro de rehabilitación en Europa gastándose la fortuna de papi.
Viviana se congeló, solo por una fracción de segundo. El hilo de vino vaciló.
—¡Cuidado! —ladró Adrián, golpeando la mesa.
Viviana se recuperó al instante.
—Disculpe, señor.
Adrián la fulminó con la mirada. La miró realmente por primera vez, no como persona, sino como un fallo en su sistema.
—¿Eres sorda o solo estúpida? Estoy discutiendo negocios. Sirve el vino y desaparece.
—Sí, señor.
Terminó de servir, dejó el decantador y retrocedió a las sombras. Pero no desapareció. Se quedó en su estación, a dos metros de distancia, puliendo cubiertos. Necesitaba escuchar esto.
Logística Olvera. Conocía ese nombre. Lo conocía mejor que los latidos de su propio corazón.
Adrián miró alrededor. Las mesas estaban cerca. A su izquierda, unos turistas. A su derecha, una pareja de ancianos. Y cerca, la mesera “del metro”.
Adrián se inclinó hacia Gregorio y el inversionista, con una sonrisa engreída curvando sus labios. Cambió de idioma sin esfuerzo.
No era francés, el idioma del menú. No era inglés.
Adrián comenzó a hablar en Schwyzerdütsch, alemán suizo. Un dialecto tan distinto y gutural que incluso los alemanes nativos de Berlín luchan por entender. Era el lenguaje secreto de la élite bancaria de Zúrich, un club al que Adrián había pasado años intentando entrar.
—Lueg mal zue (Escuchen bien) —dijo Adrián, las consonantes ásperas rodando por su lengua—. Mir müend d’Büecher frisiere vor d’Revisore chömed. (Tenemos que maquillar los libros antes de que lleguen los auditores).
Gregorio parecía perdido, pero el inversionista, el Herr Müller, asintió lentamente, impresionado.
—D’Tochter isch kes Problem (La hija no es problema) —continuó Adrián, goteando arrogancia. Hizo un gesto para que Viviana rellenara su copa, sin romper su ritmo lingüístico—. Ich han en Detektiv engaschiert. Mir wüssed, dass si z’Europa isch und Droge nimmt. (Contraté a un detective privado. Sabemos que está en Europa drogándose).
Viviana se acercó a la mesa. Alcanzó la botella. Su rostro era un lienzo en blanco. Adrián la observó mientras hablaba, sintiendo una emoción perversa al insultarla en su cara en un código que ella jamás podría romper. La miró directamente y cambió a un tono burlón, todavía en suizo-alemán.
—Lueg die aa (Mira esto) —le dijo a Müller, señalando a Viviana con su copa—. Ella no tiene idea de que estoy hablando de cómo destruiría la empresa de su padre si tuviera uno con dinero. Es una Niemer (una nadie). Esa es la diferencia entre nosotros y ellos, Müller. Nosotros somos los arquitectos. Ellos son los ladrillos.
Viviana sirvió el vino. El líquido rojo se arremolinó en el cristal. Adrián sintió una oleada de superioridad tan potente que era casi embriagadora. Era el amo del universo, sentado sobre la Ciudad de México, hablando una lengua secreta, planeando un robo billonario mientras una “sirvienta” le servía.
—Und s’Bescht isch (Y lo mejor es) —Adrián se inclinó, bajando la voz a un susurro para dar el golpe final—, morn am elfi, wänn mir de Priis manipuliert händ (mañana a las once, cuando hayamos manipulado el precio…).
Viviana dejó de servir.
No retrocedió. No hizo una reverencia.
Colocó la botella sobre el mantel blanco con un golpe seco y deliberado que cortó el ruido ambiental del restaurante. El sonido fue lo suficientemente fuerte como para que Gregorio saltara.
Adrián se detuvo a mitad de la frase, molesto. Levantó la vista, listo para despellejarla viva por su torpeza.
—¿Qué diablos te pasa? —espetó en español—. Dije suavemente.
Viviana lo miró.
Por primera vez en toda la noche, no miró su barbilla ni su corbata. Lo miró directamente a los ojos. Su postura cambió. La curvatura de la mesera exhausta desapareció. Sus hombros se cuadraron, su barbilla se levantó. La opacidad en sus ojos color avellana se evaporó, reemplazada por una inteligencia fría y afilada como una navaja.
Tomó aire. Y entonces habló.
No habló en español. No habló con la vacilación de alguien que recuerda una clase de la preparatoria.
Habló en un Züritüütsch (alemán de Zúrich) perfecto, nativo, con un acento más refinado y aristocrático que la propia afectación aprendida de Adrián.
—Si sötted vorsichtig sii, Herr Cole (Debería tener cuidado, Señor Cole) —dijo ella, su voz bajando una octava, suave como la seda y fría como el hielo—. Wänn Si über Marktmanipulation reded, sötted Si sicher sii, dass niemert zuelost, wo d’Nummere vo de CNBV uswändig kännt. (Cuando habla de manipulación de mercado, debería estar seguro de que nadie está escuchando que sepa el número de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores de memoria).
El silencio que siguió fue absoluto.
Adrián se congeló. Su boca quedó ligeramente abierta, su copa a medio camino de sus labios. Su cerebro se detuvo, incapaz de procesar los datos. La mesera. La chica “del metro”. Estaba hablando el código.
Gregorio miraba entre ambos, confundido.
—¿Qué? ¿Qué dijo?
Pero Adrián no podía responder. Estaba paralizado.
Viviana no había terminado. Se inclinó ligeramente, colocando una mano plana sobre la mesa, un movimiento de poder, invadiendo su espacio.
—Und übrigens (Y por cierto) —continuó, sus ojos taladrando los de él—, d’Tochter isch nöd z’Europa und si nimmt keni Droge. (La hija no está en Europa y no toma drogas). Si serviert Ihne grad Wii, während Si probiered, s’Lebeswärch vo irem Vater z’chlaue. (Ella le está sirviendo vino mientras usted intenta robar el legado de su padre).
Herr Müller soltó su tenedor. El metal golpeó ruidosamente contra la porcelana.
La cara de Adrián se drenó de color, volviéndose de un tono gris enfermizo.
El nombre Olvera. La hija. Los rumores de una prodigio que desapareció.
Viviana sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Era una sonrisa de tiburón, reflejando la que Adrián había usado solo momentos antes.
—¿Le traigo la carta de postres, Sr. Cole? —preguntó, cambiando de vuelta a un español mexicano perfecto y educado—. ¿O prefiere la cuenta antes de que lleguen las autoridades?
PARTE 2: EL DERRUMBE DEL IMPERIO
CAPÍTULO 3: LA NEGACIÓN DEL ARQUITECTO
El silencio que descendió sobre la mesa 4 no fue simplemente una pausa en la conversación; fue un evento físico, pesado y sofocante, como si todo el oxígeno hubiera sido succionado repentinamente de ese rincón del restaurante Cielo.
A solo unos metros de distancia, la realidad seguía su curso habitual. El tintineo de la plata contra la porcelana fina continuaba su danza rítmica. El sumiller descorchaba un Cabernet de cosecha antigua dos mesas más allá, y el murmullo bajo de las conversaciones educadas sobre golf, bienes raíces y vacaciones en Vail flotaba en el aire perfumado con trufa. Pero en la mesa 4, el tiempo se había deformado. La burbuja de impunidad en la que Adrián Colunga había vivido durante cuarenta y dos años acababa de estallar, no con una explosión, sino con una frase en un dialecto que él creía exclusivo de su club de intocables.
Adrián permanecía congelado, con la mano aún flotando cerca de su copa de vino. Su cerebro, habitualmente una supercomputadora capaz de calcular riesgos, apalancamientos y márgenes de beneficio en nanosegundos, estaba atascado en un bucle de error fatal.
Es imposible, gritaba su mente, rechazando la evidencia de sus propios oídos. La chica Olvera es un mito. Es una drogadicta perdida en algún callejón de Berlín o Praga. No es esta… esta persona parada aquí con un uniforme de poliéster que le queda grande y una mancha de salsa en el dobladillo.
Intentó tragar saliva, pero su garganta estaba seca, rasposa. Miró a Viviana. Realmente la miró. Buscó alguna señal de engaño, algún cable oculto, algún auricular. Pero solo encontró esos ojos color avellana, que ya no tenían la opacidad sumisa de la servidumbre. Ahora brillaban con una inteligencia depredadora, una claridad que lo atravesaba como un láser.
Pero lo que más lo aterraba no era lo que ella había dicho, sino cómo lo había dicho. Ese dialecto específico de Zúrich, el Züritüütsch, no era algo que pudieras aprender en una aplicación de idiomas en tus ratos libres. No podías fingir esa cadencia arrastrada, esa pronunciación gutural y aristocrática que gritaba dinero viejo, internados en los Alpes suizos y veranos en Gstaad.
Herr Müller fue el primero en romper la parálisis estática. El corpulento inversionista suizo, cuya cara roja habitualmente denotaba buen vino y alta presión arterial, ahora estaba pálido. Empujó su silla hacia atrás lentamente, el sonido de las patas de madera raspando contra el piso de mármol sonó como un grito en la quietud de la mesa.
Müller miró a Adrián, y luego a la joven mujer que sostenía la botella de vino como si fuera un cetro real. En los ojos del suizo había una mezcla de horror y una súbita, terrible comprensión. Él conocía ese tono. Él reconocía a uno de los suyos, incluso disfrazado de sirviente.
—¿Adrián? —preguntó Müller, su voz temblando ligeramente, perdiendo toda la fanfarronería de la cena—. ¿Did she just…? ¿Ella acaba de decir que…?
—¡Está mintiendo! —soltó Adrián de golpe.
Su propia voz lo sorprendió. Salió demasiado fuerte, demasiado aguda, rompiéndose con una desesperación histérica que no había sentido desde que era un pasante aterrorizado cometiendo su primer error bursátil. La negación lo inundó como una marea caliente. No podía ser verdad. Porque si era verdad, él ya estaba muerto.
Se volvió hacia Viviana con ojos maníacos, inyectados de sangre y pánico.
—¡Estás mintiendo! —repitió, señalándola con un dedo que no paraba de temblar—. ¡Eres solo una gata chismosa! ¡Una empleada resentida que ha estado escuchando detrás de las puertas! ¿Quién te paga? ¿Eh? ¿La competencia? ¿Te contrató BlackRock para asustarme?
Gregorio, el joven asociado, miraba la escena como si estuviera presenciando un accidente automovilístico en cámara lenta.
—Adrián, baja la voz, la gente está mirando… —susurró, tirando de la manga de su jefe.
—¡No me toques! —ladró Adrián, sacudiéndose el agarre—. Esta mujer es un fraude. ¿Crees que puedes venir a mi mesa, recitar tres frases que te memorizaste de alguna película y extorsionarme? ¿Es eso lo que quieres? ¿Dinero?
La idea se aferró a su mente como un salvavidas. Sí, eso tenía que ser. Era una extorsión. Era solo una camarera pobre tratando de sacarle provecho a una conversación que no debería haber escuchado. Todo el mundo tenía un precio. Él lo sabía mejor que nadie; había comprado a senadores, jueces y competidores. Una mesera no sería diferente.
—¿Cuánto quieres para cerrar la boca y largarte? —siseó Adrián, su mano buscando torpemente el interior de su saco Armani. Sus dedos resbalaban sobre la seda del forro, incapaces de encontrar la billetera por el temblor incontrolable de sus manos.
Finalmente, logró sacar el clip de billetes de plata. Sin siquiera contar, arrancó un fajo de billetes de quinientos y mil pesos.
—¿Quieres propina? ¡Aquí tienes tu maldita propina!
Arrojó los billetes con violencia. El dinero no voló como en las películas; se dispersó desordenadamente, algunos billetes cayendo en el plato de risotto a medio terminar, otros aterrizando suavemente sobre el mantel blanco inmaculado, y uno deslizándose hasta el suelo, cerca de los zapatos ortopédicos y desgastados de Viviana.
—¡Tómalo! —siseó Adrián, su rostro contorsionado en una mueca de desprecio y miedo—. ¡Agárralo, cómprate algo bonito y lárgate de mi vista antes de que haga que te arresten por acoso!
La escena atrajo miradas. En la mesa contigua, la pareja de ancianos dejó de comer. El aire se sentía eléctrico, cargado de esa violencia latente que precede a una tormenta.
Viviana no se movió. No miró los billetes de colores esparcidos sobre la mesa como confeti de una fiesta triste. No parpadeó. Permaneció erguida, con las manos cruzadas detrás de la espalda, en la postura perfecta de servicio que le habían exigido. Sin embargo, algo había cambiado fundamentalmente en la geometría del poder. Ya no estaba parada junto a la mesa; se cernía sobre ella. Parecía haber crecido diez centímetros.
Lentamente, bajó la mirada hacia Adrián. No había ira en su rostro. No había la humillación que Adrián esperaba provocar. Había algo mucho peor: lástima. Una lástima fría, distante, como la que uno siente por un animal atropellado en la carretera.
—Guarde su dinero, Adrián —dijo ella.
El cambio fue devastador. Su voz ya no tenía el timbre suave y servicial de “Viviana, su mesera”. Era una voz educada en las mejores escuelas privadas, modulada, calmada y con una autoridad natural que no se puede comprar. Habló en un español mexicano perfecto, pero cada palabra caía como un martillazo sobre el cristal de la realidad de Adrián.
—No necesito su caridad —continuó, manteniendo el contacto visual, obligándolo a sostenerle la mirada—. Tengo mi propio fideicomiso. Es cierto que está congelado temporalmente por los abogados de mi padre, precisamente para protegerlo de buitres corporativos como usted, pero le aseguro que es bastante sustancial. Probablemente, más líquido que el suyo en este momento.
Gregorio soltó un pequeño sonido estrangulado, como si estuviera a punto de vomitar. Se llevó una mano a la boca, sus ojos saltando de Viviana a Adrián.
—Adrián… —gimió el asociado, su voz un hilo de pánico—. Si ella es quien dice ser… las reglas de la CNBV… el uso de información privilegiada… Dios mío, lo dijimos todo frente a ella. Todo.
—¡Cállate, Gregorio! —gritó Adrián, golpeando la mesa con el puño cerrado. El agua en las copas de cristal vibró, creando ondas concéntricas—. ¡No digas una palabra más!
Pero el dique ya se había roto. Viviana dio medio paso más hacia la mesa. Invadió el espacio personal de Adrián, rompiendo la barrera invisible que separa al cliente del servicio. Bajó la voz, un susurro conspirativo que los obligó instintivamente a inclinarse hacia ella, apretando la soga alrededor de sus cuellos.
—Usted mencionó la auditoría del lunes —dijo Viviana, y comenzó a recitar los detalles con la precisión clínica de un fiscal leyendo cargos—. Dijo, cito textualmente: “Tenemos que maquillar los libros antes de que lleguen los auditores”. Dijo que la estrategia era esconder la deuda tóxica.
Adrián sintió que el piso se abría bajo sus pies. El color de su rostro pasó de un rojo furioso a un blanco cenizo, casi translúcido.
—Específicamente —continuó Viviana, implacable—, está buscando ocultar el déficit de flujo de efectivo transfiriéndolo a las subsidiarias fantasma que creó en las Islas Caimán el mes pasado. “Proyecto Buitre”. ¿No es así como lo llama en sus memos internos encriptados? ¿O prefiere el término técnico que usó con sus abogados: “Reestructuración creativa de pasivos”?
Proyecto Buitre.
El nombre golpeó a Adrián como una bala física en el pecho. Le faltó el aire. Ese nombre nunca se había pronunciado en voz alta fuera de su oficina blindada. Estaba en discos duros encriptados, en servidores seguros a los que solo tres personas tenían acceso.
—¿Cómo…? —susurró Adrián, su voz reducida a un raspado aterrorizado—. ¿Cómo sabes ese nombre? Eso es… eso es imposible.
—Porque mi padre no está tan senil como usted cree, Adrián —respondió Viviana. Su tono se endureció, dejando ver el acero bajo la seda—. Él sabía que alguien estaba filtrando información desde dentro. Sabía que los tiburones estaban circulando, oliendo sangre. Solo que no sabía cuál de sus “leales” directivos lo estaba traicionando.
Hizo una pausa, dejando que la información se asentara.
—Así que me envió a mí. No a Europa a “drogarme”, como tan elocuentemente sugirió su investigador privado de descuento. Me envió aquí. Al nivel del suelo. A las trincheras. A esperar. A escuchar.
Viviana levantó una mano y señaló discretamente hacia el salón lleno de gente, hacia los meseros que pasaban con bandejas, hacia los ayudantes de camarero que llenaban vasos de agua.
—La gente nunca mira al servicio, Adrián. Es el defecto fatal de los hombres como usted. Su arrogancia los deja ciegos. Usted mismo lo dijo hace diez minutos: “Somos mobiliario”. “Somos invisibles”. “Nadie reclutado en una parada de autobús podría entender las finanzas globales”.
Se inclinó aún más cerca, su rostro a centímetros del de él. Adrián podía oler el jabón neutro de su uniforme, un olor limpio y honesto que contrastaba con su propia colonia de quinientos dólares que ahora apestaba a sudor rancio.
—¿Tiene idea de cuánto he escuchado en tres meses mientras sirvo agua con gas? —preguntó ella suavemente—. ¿Cuántos secretos derraman los hombres poderosos porque asumen que la persona que sostiene la botella es demasiado estúpida o demasiado pobre para entender lo que dicen? He escuchado sobre fusiones ilegales, sobre amantes ocultas, sobre sobornos a senadores. Pero usted, Adrián… usted fue el premio mayor. Usted me dio el mapa completo, las llaves de la bóveda y la combinación, todo porque quería impresionar a un inversionista con su dominio de un dialecto suizo.
Herr Müller se puso de pie abruptamente, con tanta fuerza que su silla casi se vuelca. Agarró su servilleta de lino y la arrojó sobre su plato, cubriendo los restos de su cena como si fuera un cadáver.
—Me voy —anunció el suizo. Su voz era dura, cortante.
—¡Espera, Müller! —suplicó Adrián, estirando una mano hacia él, pero su autoridad se había evaporado—. ¡No puedes irte! ¡Tenemos un trato! ¡El financiamiento!
—No hay trato —escupió Müller. Miró a Adrián con un desprecio absoluto, como si estuviera viendo algo pegado en la suela de su zapato—. Yo no acordé manipulación ilegal, Adrián. Me dijiste que era una fusión estándar, una adquisición limpia. No voy a poner el dinero de mis clientes en una empresa que está a punto de ser investigada por el gobierno federal. ¡Esto es radiactivo!
—¡Müller, por favor! ¡Siéntate! —ordenó Adrián, intentando recuperar el control, pero sonó patético, como un niño haciendo un berrinche—. ¡Ella está mintiendo! ¡Es una trampa!
—Me voy a mi hotel —dijo Müller, ignorándolo por completo. Su acento suizo ahora estaba cargado de asco y formalidad—. Y mañana a primera hora llamaré a mis abogados en Zúrich para cancelar la carta de intención.
El inversionista se giró hacia Viviana. Se detuvo, juntó los talones de sus zapatos y le hizo una reverencia formal, rígida, una señal de respeto anticuado que jamás le había mostrado a Adrián en todas sus reuniones.
—Entschuldigung, gnädigi Frau (Mis disculpas, graciosa señora) —dijo Müller en voz baja—. No sabía con quién estaba tratando. Me avergüenza haber sido parte de esta mesa.
—Vaya con Dios, Herr Müller —respondió Viviana suavemente, cambiando al alemán estándar sin esfuerzo—. Si coopera plenamente con las autoridades mexicanas y estadounidenses, los abogados de la familia Olvera podrían recomendar indulgencia con respecto a su participación en esta conspiración. Tenga eso en mente durante su vuelo de regreso.
Müller asintió, pálido como un fantasma, y salió marchando del restaurante a paso veloz, dejando un hueco enorme y bochornoso en la mesa 4.
Adrián vio a su inversionista —y con él, a los trescientos millones de dólares de financiamiento que necesitaba desesperadamente para cubrir sus propias deudas— salir por la puerta giratoria. Sintió una punzada aguda en el pecho, un dolor físico real.
Se giró lentamente hacia Viviana. La ira había desaparecido. La negación se había desmoronado. Lo que quedaba en los ojos de Adrián Colunga era puro, destilado y absoluto terror.
El depredador se había dado cuenta, demasiado tarde, de que había entrado nadando voluntariamente en la boca del megalodón.
CAPÍTULO 4: EL JAQUE MATE
La conmoción en la mesa 4 no había pasado desapercibida, aunque el resto del restaurante fingiera cortesía. Pero había un par de ojos que no se perdían nada: Enrique, el maître.
Desde su podio de madera de caoba cerca de la entrada, Enrique había estado vigilando la mesa de Adrián Colunga como un halcón cuidando su nido. Era un hombre de unos cincuenta años, delgado y nervioso, que vivía con el terror perpetuo de que una mala reseña en Google o el capricho de un millonario le costara su puesto. Para Enrique, el restaurante Cielo no era un lugar de comida; era un escenario de teatro, y él era el director. Su trabajo era mantener la ilusión de perfección, asegurándose de que la “chusma” —como él llamaba a los cocineros y meseros en su mente— no arruinara la experiencia de la “realeza”.
Vio los billetes volar por el aire. Vio al inversionista suizo, Herr Müller, salir disparado hacia el elevador con la cara roja de furia. Vio a Gregorio, el asociado, encogido en su silla. Y vio a Viviana, la chica nueva, la callada, la que nunca se quejaba, parada inmóvil frente al VIP más importante y volátil del restaurante.
En la mente de Enrique, la narrativa se escribió sola en un segundo: La mesera colapsó. Seguro derramó algo, o contestó mal, o tuvo un ataque de nervios y le gritó al cliente. Está arruinando la noche. Está arruinando mi reputación.
Se ajustó el nudo de su corbata, se pasó una mano por el cabello engominado para asegurarse de que ni un pelo estuviera fuera de lugar, y comenzó a marchar a través del comedor. Sus pasos eran rápidos y furiosos, el sonido de sus zapatos de suela dura resonando como tambores de guerra. Necesitaba extirpar el cáncer antes de que hiciera metástasis. Necesitaba sacrificar a Viviana para salvar al cliente.
Llegó a la mesa con una sonrisa tensa, plástica, una mueca de disculpa ensayada mil veces, dirigida únicamente a Adrián Colunga.
—Señor Colunga —arrulló Enrique, su voz rezumando una preocupación profesional empalagosa—. Lo siento terriblemente. He visto al señor Müller salir muy alterado. ¿Ha habido algún problema con el servicio? ¿Esta… chica… lo ha estado molestando?
Adrián levantó la vista. En los ojos de Enrique, vio un salvavidas. Vio una oportunidad, por pequeña que fuera, de reescribir lo que acababa de pasar. Si lograba desacreditar a Viviana ahora mismo, si lograba convencer al mundo de que ella estaba loca, de que era una empleada descontenta y delirante, tal vez podría salvar la narrativa. Podía alegar que todo lo que ella “creía” haber escuchado eran desvaríos de una mente enferma.
El instinto de supervivencia de Adrián se activó. El miedo se transformó en una actuación desesperada.
—¡Sí! —exclamó Adrián, encontrando su voz, aunque le salió un poco más aguda de lo normal. Se puso de pie, tambaleándose ligeramente, y apuntó un dedo tembloroso hacia el rostro de Viviana—. ¡Gracias a Dios que llegas, Enrique! Esta mujer… esta mujer está completamente trastornada.
Adrián miró a su alrededor, asegurándose de que las mesas cercanas lo escucharan.
—Nos ha estado acosando toda la noche. Se quedó parada aquí escuchando nuestras conversaciones privadas y luego comenzó a lanzar acusaciones salvajes, inventando historias ridículas sobre mi empresa. ¡Está tratando de extorsionarme!
Adrián señaló frenéticamente los billetes que aún yacían esparcidos sobre el mantel y el suelo.
—¡Mira eso! —gritó, con una indignación fingida—. ¡Exigió una propina exorbitante, prácticamente un rescate! Y cuando se la di, solo para que nos dejara en paz, le dio un ataque de histeria y tiró el dinero. ¡Es peligrosa, Enrique! ¡Llama a la policía!
Enrique jadeó, llevándose una mano al pecho como si hubiera recibido un golpe físico. Se giró hacia Viviana, su rostro contorsionado en una máscara de furia y asco. Ya no veía a una empleada; veía a una plaga.
—¡Viviana! —bramó Enrique, olvidando por un momento el volumen adecuado para un restaurante de lujo—. ¿Qué significa esto? ¿Has perdido la cabeza? Estás avergonzando al establecimiento. ¡Estás atacando a nuestros huéspedes más distinguidos!
Viviana no se inmutó. No retrocedió ante los gritos de Adrián ni ante la furia de Enrique. Los miró a ambos con una calma sobrenatural, una quietud que contrastaba violentamente con el caos que ellos proyectaban.
—Yo no he tocado el dinero, Enrique —dijo Viviana. Su voz era tranquila, pero tenía un filo de acero que Enrique nunca había escuchado antes—. Puedes revisar las huellas dactilares en los billetes si quieres llamar a la policía. O puedes revisar las cámaras de seguridad y ver quién arrojó los billetes a quién.
—¡No me contestes! —siseó Enrique, acercándose a ella amenazadoramente—. ¡No tienes derecho a hablar! Estás despedida. Inmediatamente. Lárgate de mi piso. Ve por tus cosas, entrega tu uniforme y sal por la puerta de servicio antes de que llame a seguridad para que te arrastren fuera de aquí. Sabía que fue un error contratar a alguien con tu… falta de pedigrí.
Gregorio, el asociado de Adrián, miraba la escena con los ojos desorbitados, sabiendo que cada palabra que decían estaba cavando su tumba más profunda, pero demasiado cobarde para intervenir.
—Yo no haría eso si fuera tú, Enrique —dijo Viviana. No sonó como una amenaza, sino como un consejo amistoso.
—¿Me estás amenazando ahora? —se burló Enrique, con una risa incrédula—. ¡Seguridad! ¡Llamen a seguridad ahora mismo!
—Enrique —la voz de Viviana cortó el aire, no por volumen, sino por autoridad. Fue un comando—. Cállate un momento y mira el teléfono del caballero.
Enrique parpadeó, confundido por el cambio de tono. —¿Qué?
—El teléfono del Sr. Colunga —repitió Viviana, señalando con la barbilla el iPhone 15 Pro Max que descansaba boca arriba sobre el mantel blanco—. Todavía está grabando. O más bien, lo estaba hasta hace un momento.
Adrián se puso pálido de nuevo, su actuación de víctima olvidada instantáneamente.
—Pero mi teléfono… —continuó Viviana.
Llevó su mano al bolsillo delantero de su delantal manchado. Era una violación cardinal de la política del restaurante tener un teléfono personal en el piso. Enrique abrió la boca para reprenderla por enésima vez, pero las palabras murieron en su garganta cuando ella sacó el dispositivo.
Lo sostuvo en alto, entre ellos dos. La pantalla estaba oscura, pero en la parte superior, una pequeña luz roja virtual parpadeaba en la interfaz de una aplicación.
—Inicié la aplicación de notas de voz en el momento en que me acerqué a la mesa para decantar el Margaux —dijo Viviana.
Era una mentira.
Viviana no había grabado nada. Sabía que una grabación ilegal sería inadmisible en un juicio y podría meterla en problemas. Pero también sabía algo fundamental sobre hombres como Adrián Colunga: su propia culpa los hacía paranoicos. Creían que el mundo entero conspiraba contra ellos porque ellos conspiraban contra el mundo. La luz roja ni siquiera era de una grabación, era una notificación de batería baja, pero en ese momento, bajo la luz tenue del restaurante, parecía el ojo de Sauron.
—¿Grabaste… grabaste una conversación privada? —chilló Adrián, su voz rompiéndose en un falsete. Se aferró al borde de la mesa como si el suelo se estuviera inclinando—. ¡Eso es ilegal! ¡Es un delito federal en México! ¡Violación de privacidad! ¡Te voy a demandar hasta que no tengas ni para comer!
—¿Lo es? —preguntó Viviana, ladeando la cabeza con una curiosidad fingida—. Es un área gris interesante, Adrián. Usted afirma que era una conversación privada, pero estaba gritándole a su personal en un lugar público, con mesas a menos de un metro de distancia. No hay expectativa razonable de privacidad cuando uno está gritando abusos a los cuatro vientos.
Hizo una pausa y dio un paso adelante, obligando a Adrián a retroceder hasta chocar con su silla.
—Y además, Adrián, está perdiendo el punto. No necesito esta grabación para un tribunal de justicia. No la necesito para la policía.
Sus ojos se clavaron en los de él, oscuros y despiadados.
—La necesito para la Junta Directiva de Colunga-Vance Capital.
El nombre de su propia empresa golpeó a Adrián más fuerte que cualquier insulto.
—Me pregunto cómo reaccionarán sus socios mayoritarios —continuó Viviana, implacable— cuando escuchen el archivo de audio de su CEO, el rostro de la compañía, discutiendo detalladamente cómo planea sobornar a auditores externos y cometer fraude fiscal internacional, todo explicado en un dialecto suizo que pensó que nadie entendería.
Adrián abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—¿Cree que la “Cláusula de Moralidad” de su contrato cubre eso? —preguntó Viviana suavemente—. Porque yo leí los estatutos de su empresa, son públicos. La sección 4, párrafo B, dice que cualquier conducta que traiga “deshonra o descrédito público” a la firma es causa de despido inmediato sin indemnización y la pérdida de todas sus acciones conferidas.
Adrián se desplomó en su silla. Fue un colapso total. Sus piernas simplemente dejaron de funcionar. La pelea se drenó de él, dejando solo un cascarón vacío y tembloroso. Sabía que ella tenía razón. Un escándalo así, con audio, no solo lo enviaría a la cárcel; lo dejaría en la calle. Lo borraría.
Enrique miraba entre ellos, sintiendo que el mundo se había vuelto loco. El equilibrio de poder se había invertido tan violentamente que se sentía mareado. Miró a Adrián, derrotado, destruido en su silla. Luego miró a Viviana. Realmente la miró.
Vio la postura. Vio la confianza. Vio la forma en que ella sostenía el silencio. Esta no era la chica que fregaba la estación de café y comía sobras en la cocina de pie.
—Viviana… —preguntó Enrique, su voz temblando, llena de incertidumbre y un miedo creciente—. ¿Qué… qué está pasando aquí?
Viviana se giró lentamente hacia su jefe. Su expresión se suavizó, pero no perdió su autoridad.
—Mi nombre no es solo Viviana, Enrique —dijo ella—. Es Viviana Olvera.
Enrique frunció el ceño, procesando el apellido.
—Olvera… —susurró. Y entonces, sus ojos se abrieron como platos.
El camión de reparto que llegaba todas las mañanas con el pescado fresco decía Logística Olvera. Las facturas que él firmaba cada semana decían Logística Olvera. Era una de las empresas más grandes del país. Un titán de la industria.
—La… ¿la heredera? —tartamudeó Enrique, sintiendo que le faltaba el aire.
—La hija —corrigió Viviana—. Y la CEO interina efectiva desde esta mañana a las 9:00 AM, cuando mi padre firmó el poder notarial completo en su cama del Hospital Español.
El silencio en el restaurante era absoluto. Incluso las mesas vecinas habían dejado de fingir que no escuchaban.
Viviana llevó las manos a su cintura. Con movimientos lentos y deliberados, desató el nudo apretado de su delantal negro. El sonido de la tela deslizándose fue el único ruido en la sala. Se quitó el delantal manchado de vino y salsa, la prenda que la había marcado como “invisible” durante tres meses.
Lo dobló cuidadosamente en cuatro partes. No lo tiró al suelo. Lo trató con respeto, porque ella respetaba el trabajo, solo despreciaba a quienes abusaban de los trabajadores. Lo colocó suavemente sobre el respaldo de la silla vacía donde había estado sentado Herr Müller.
Debajo del delantal, llevaba una camisa blanca sencilla de botones y unos pantalones negros de vestir. Pero sin la prenda de servicio, la transformación fue completa. De repente, ya no parecía una empleada. Parecía la dueña del edificio. Parecía alguien capaz de comprar la manzana entera.
—No terminaré mi turno esta noche, Enrique —dijo Viviana, alisándose la camisa—. Tengo una junta directiva a la que asistir de emergencia. Y creo que vas a necesitar buscar un reemplazo para la estación 4.
Se giró hacia Adrián por última vez. Él estaba mirando el mantel, respirando superficialmente, como si el aire fuera demasiado denso para sus pulmones. Gregorio estaba escribiendo furiosamente en su teléfono debajo de la mesa, probablemente actualizando su perfil de LinkedIn o enviando su currículum a la competencia.
—Adrián —dijo Viviana.
Él no levantó la vista.
—¡Míreme! —ordenó. La voz resonó con la fuerza de un latigazo.
Lenta, dolorosamente, Adrián alzó los ojos. Parecía un hombre que había envejecido diez años en diez minutos. Sus ojos, antes llenos de arrogancia depredadora, ahora estaban vacíos, vidriosos.
—Usted nos llamó ladrillos —dijo Viviana. Su voz estaba desprovista de ira, lo cual la hacía mucho más aterradora. Estaba llena de una verdad fría y dura—. Dijo que usted y sus amigos eran los arquitectos, y que nosotros, la gente que trabaja, la gente que sirve, éramos solo los ladrillos. Que estábamos hechos para ser pisados.
Viviana estiró la mano y tomó la botella de Château Margaux 1982. La levantó a la luz, admirando el color rubí profundo del vino que Adrián no había llegado a probar.
—Pero olvidó una cosa fundamental sobre los ladrillos, Adrián.
Dejó la botella sobre la mesa con un clac definitivo.
—Si los apilas mal… se caen. Y cuando caen, tienen la mala costumbre de aplastar al arquitecto que construyó mal los cimientos.
Viviana metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un billete arrugado de veinte pesos. Eran sus propinas del turno de la comida. Lo alisó contra el borde de la mesa y lo colocó suavemente frente a Adrián, justo al lado de su mano temblorosa.
—Por el agua con gas —dijo—. Yo siempre pago mis deudas. Y le sugiero que empiece a preocuparse, muy seriamente, por cómo va a pagar las suyas.
Sin decir una palabra más, Viviana Olvera dio media vuelta. Sus pasos resonaron firmes y seguros sobre el mármol mientras caminaba hacia la salida. No miró atrás. No necesitaba hacerlo. Sabía que dejaba ruinas a su espalda.
Enrique se apartó de su camino, casi haciendo una reverencia instintiva mientras ella pasaba. Adrián Colunga se quedó solo en la mesa, rodeado de copas caras, dinero tirado y el eco de su propia destrucción.
La guerra había terminado. Y la mesera había ganado.
CAPÍTULO 5: LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS
Adrián Colunga no regresó a casa. Regresar a su ático en Lomas de Chapultepec habría significado admitir que el día había terminado, y si el día terminaba, la pesadilla del mañana comenzaría.
En su lugar, salió del restaurante Cielo como un hombre que huye de un incendio invisible. El viaje en el elevador fue una tortura silenciosa. Gregorio, su asociado, se mantuvo pegado a la esquina de metal, mirando fijamente los números que descendían, evitando respirar el mismo aire que su jefe.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo de mármol, Gregorio se detuvo.
—Adrián —dijo, su voz carente de la sumisión habitual.
Adrián se giró, con los ojos inyectados en sangre. —¿Qué? ¿Vas a llamar al chofer o te vas a quedar ahí parado como un idiota?
Gregorio se ajustó el saco. Por primera vez en cinco años, no parecía asustado. Parecía cansado.
—No voy a llamar al chofer, Adrián. Voy a pedir un Uber. Y mañana no voy a ir a la oficina.
—¿De qué estás hablando? —escupió Adrián—. Si no estás en tu escritorio a las 7:00 AM, estás despedido.
—No puedes despedirme —dijo Gregorio, sacando su teléfono—. Acabo de enviar mi renuncia por correo electrónico hace dos minutos, mientras estábamos en el elevador. Copié a Recursos Humanos y al Oficial de Cumplimiento. No voy a caer contigo, Adrián. Tengo una hipoteca. Tengo una hija. No voy a ir a la cárcel por tus “estructuras creativas” en las Islas Caimán.
—¡Eres un cobarde! —gritó Adrián, su voz resonando en el vestíbulo vacío—. ¡Yo te hice! ¡Eras un analista de cuarta categoría hasta que te saqué de la basura!
—Y tú acabas de ser destruido por una mesera —replicó Gregorio con frialdad—. Buenas noches, Adrián.
Gregorio salió por las puertas giratorias hacia la lluvia de la Ciudad de México, dejando a Adrián solo. Completamente solo.
Treinta minutos después, Adrián entró en su oficina en el piso 40 de la Torre Colunga-Vance en Paseo de la Reforma. El edificio estaba en silencio, salvo por el zumbido distante de los servidores y el paso ocasional del personal de limpieza que, al verlo entrar con la cara desencajada, bajaban la mirada y se apartaban rápidamente. Sabían reconocer a un animal herido.
Adrián entró en su santuario de cristal y acero. La ciudad se extendía bajo sus pies, una red infinita de luces ámbar y rojas, indiferente a su pánico. Habitualmente, esta vista lo hacía sentir como un dios del Olimpo, un titán moviendo piezas en un tablero gigante. Esta noche, la ciudad parecía una boca abierta esperando para tragárselo.
Fue directo al mueble bar. Sus manos temblaban tan violentamente que, al intentar servirse un whisky —un Macallan de 30 años que reservaba para celebrar adquisiciones—, la botella chocó contra el vaso de cristal. El líquido ámbar se derramó sobre su escritorio de caoba, empapando una pila de documentos de fusión.
—¡Maldita sea! —gritó Adrián.
Lanzó el vaso contra la pared opuesta. El cristal estalló con un sonido satisfactorio, dejando una mancha húmeda y una estrella de fragmentos brillantes en el costoso papel tapiz importado.
Se dejó caer en su silla ergonómica de cien mil pesos. Respiraba con dificultad, como si hubiera corrido un maratón.
—Es un bluff —murmuró para sí mismo, su voz sonando pequeña en la inmensidad de la oficina—. Tiene que ser un bluff. Viviana Olvera está loca. Es una mentira.
Necesitaba confirmarlo. Necesitaba ver la verdad con sus propios ojos.
Encendió su computadora con dedos torpes. Entró en la base de datos privada de Kroll, la agencia de inteligencia corporativa a la que pagaba una fortuna mensual para investigar a sus rivales.
Tecleó el nombre con furia: VIVIANA OLVERA.
La pantalla parpadeó y arrojó los resultados. Adrián sintió que la bilis le subía por la garganta mientras leía.
No había reportes de clínicas de rehabilitación. No había fotos de fiestas en Ibiza.
Lo que había era un currículum que humillaba al suyo.
- Educación: Universidad de Stanford, Licenciatura en Economía, Summa Cum Laude.
- Posgrado: London School of Economics, Maestría en Finanzas Corporativas.
- Idiomas: Español (Nativo), Inglés (Nativo), Francés (Fluido), Alemán (Nativo – Certificación C2), Italiano (Conversacional).
- Historial: Desapareció de la vida pública hace 5 años tras la muerte de su madre. Ubicación desconocida hasta la fecha. Se presume sabático.
Adrián tomó el reporte físico que tenía sobre su escritorio, el que le había entregado su investigador privado hace dos meses. Ese papel decía: “Sujeto localizado en Praga. Posible consumo de estupefacientes. Alejada del negocio familiar.”
Adrián agarró el papel y lo rompió en dos, luego en cuatro, luego en pedazos diminutos que lanzó al aire.
—Me vieron la cara —susurró, sintiendo un vértigo nauseabundo—. El investigador era un flojo, o peor… tal vez los Olvera le pagaron para darme información falsa.
Adrián se dio cuenta, con un terror que le heló la sangre, de que no había caminado hacia una trampa esa noche. Había estado viviendo dentro de una trampa durante meses. Viviana no era una casualidad. Era un misil teledirigido que había estado esperando pacientemente a que él encendiera su propio radar.
Tomó su teléfono para llamar a Müller por décima vez.
—El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio.
Bloqueado.
El financiamiento suizo se había evaporado. Y sin ese dinero, la compra de Logística Olvera no solo era imposible; las deudas de su propia empresa, Colunga-Vance, quedarían expuestas. Había apalancado todo basándose en esta fusión. Si el trato fallaba, los auditores no mirarían a Olvera; mirarían a Colunga. Y encontrarían el agujero de doscientos millones de dólares que él había estado escondiendo.
Adrián miró su reflejo en el ventanal oscuro. Vio a un hombre pálido, sudoroso, con la corbata deshecha. Ya no parecía el “Tiburón de Reforma”. Parecía un pez boqueando fuera del agua.
Al otro lado de la ciudad, lejos del glamour estéril de los rascacielos, la atmósfera era muy diferente.
La zona industrial de Vallejo olía a diesel, a lluvia ácida y a trabajo duro. Aquí no había mármol ni valets parking. Había concreto agrietado, tráileres de dieciocho ruedas durmiendo como bestias metálicas bajo la llovizna, y naves industriales que se extendían por cuadras enteras.
Un taxi Nissan Tsuru, viejo y ruidoso, se detuvo frente a la reja de seguridad principal de Logística Olvera.
Viviana bajó del auto.
Había pasado al baño de una gasolinera para cambiarse. El uniforme de mesera, la camisa blanca y el pantalón negro, habían desaparecido. Ahora vestía unos jeans desgastados, botas de trabajo Timberland y una sudadera gris con el logo desvaído de la empresa de su padre. Se había soltado el pelo, que ahora caía húmedo sobre sus hombros.
Se veía cansada, pero sus ojos ardían con una energía nuclear.
Se acercó a la caseta de vigilancia. Don Paco, un hombre de sesenta años con bigote canoso que había trabajado para su padre desde que la empresa tenía solo tres camiones, entrecerró los ojos a través del cristal empañado.
—Estamos cerrados, señorita —retumbó la voz de Paco por el interfón—. No hay entregas hasta las 6:00 AM.
Viviana se acercó a la luz amarilla de la caseta. Se quitó la capucha de la sudadera.
—Ábreme, Paco. Soy yo.
Paco dejó caer su termo de café. Se ajustó los lentes, pegando la cara al vidrio.
—¿Niña Viviana? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Es usted? ¡Virgen Santísima! ¡Pensamos que… que no volvería!
—Hola, Paco —dijo Viviana, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa genuina, aunque triste, tocó sus labios—. Han sido años largos.
—Su padre… el Patrón… —Paco salió de la caseta, ignorando la lluvia, para abrir la reja manual pequeña—. Está en el hospital, niña. Las cosas aquí… están mal. Dicen que van a vender. Que nos van a correr a todos. Ese tal Colunga…
El nombre hizo que la sonrisa de Viviana se endureciera.
—Nadie va a vender nada, Paco. Y nadie te va a correr.
Entró por la reja. El sonido de sus botas sobre el asfalto mojado era firme.
—¿Están encendidas las luces en la oficina de papá?
—Siempre, señorita. Nadie entra ahí. Pero… el servidor central está en mantenimiento. Está el ingeniero David ahí adentro todavía.
—Perfecto —dijo Viviana—. Necesito que despiertes a David si se durmió. Dile que es un Código Rojo. Y Paco…
El guardia se cuadró, como si estuviera ante un general. —¿Mande?
—Si ves llegar un auto negro, un Mercedes o un BMW, con un tipo que parece que el traje le costó más que tu casa… no le abras. Ni aunque traiga una orden judicial. Esta noche, esta es una fortaleza.
—Aquí no entra nadie más que usted, Patrona —prometió Paco, cerrando la reja con un golpe metálico definitivo.
El interior del edificio corporativo de Logística Olvera era un contraste brutal con las oficinas de Adrián. Aquí no había arte abstracto ni sillas de diseño. Había fotos enmarcadas de los primeros camiones de 1980, reconocimientos de “Cero Accidentes” y mapas de rutas pegados con cinta adhesiva en las paredes. Olía a café viejo y a papel.
Viviana caminó por los pasillos que había recorrido de niña. Pasó su mano por los escritorios vacíos de los despachadores. Sintió el fantasma de la actividad frenética que solía llenar este lugar.
Entró a la oficina ejecutiva. Estaba polvorienta. Su padre no había tenido fuerzas para venir en seis meses. Se sentó en la silla de cuero vieja, que crujió con un sonido familiar, casi como un saludo.
Puso su teléfono sobre el escritorio. La aplicación de notas de voz estaba abierta.
No había ninguna grabación.
Suspiró y cerró los ojos un momento. Había sido un riesgo enorme mentirle a Adrián en el restaurante. Si él hubiera pedido escuchar el audio en ese momento, si hubiera tenido la sangre fría para desafiarla, todo se habría derrumbado. Pero Viviana apostó a la psicología del culpable: el miedo llena los vacíos con la peor realidad posible. Adrián no necesitaba escuchar la grabación; su propia conciencia ya la estaba reproduciendo en bucle en su cabeza.
Pero ella tenía algo mejor que una grabación. Tenía su memoria. Y tenía los datos.
La puerta se abrió y entró David, el director de TI. Era un hombre joven, brillante, pero con ojeras profundas y aspecto de no haber dormido bien en meses debido a los rumores de despidos masivos. Llevaba una camiseta de Star Wars y una laptop bajo el brazo.
—¿Viviana? —preguntó, frotándose los ojos—. Paco me llamó por el radio. Creí que estaba alucinando.
—Hola, David —dijo ella, abriendo la laptop de su padre—. Siéntate. Tenemos mucho trabajo y muy poco tiempo. La junta directiva es a las 8:00 AM.
—Viviana, la junta es para firmar la venta —dijo David, con voz derrotada—. Tu padre firmó el acuerdo preliminar. No hay dinero. Las cuentas están secas. Colunga nos tiene acorralados.
—Mi padre firmó bajo coacción y con información incompleta —dijo Viviana, tecleando rápidamente su contraseña de administradora. El sistema la reconoció de inmediato: Bienvenida, V. Olvera.—. Y en cuanto al dinero… Colunga cree que estamos en quiebra porque él bloqueó nuestras líneas de crédito con rumores falsos. Pero esta noche vamos a devolverle el favor.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó David, acercándose a la pantalla.
—Adrián Colunga cometió el error de darme las coordenadas exactas de dónde están sus cadáveres —dijo Viviana, sus ojos reflejando la luz azul del monitor—. Mencionó “Proyecto Buitre”. Mencionó subsidiarias en las Islas Caimán. Mencionó la manipulación de precios para mañana a las 11:00.
David abrió los ojos como platos. —¿Te dijo todo eso? ¿Por qué?
—Porque pensó que yo no hablaba suizo-alemán —dijo Viviana con una media sonrisa—. Y porque cree que los meseros son sordos.
Viviana comenzó a dictar órdenes.
—David, necesito que entres al registro público de comercio internacional. Cruza los nombres de las empresas fantasma que te voy a dictar con los registros de propiedad de Colunga-Vance. Busca patrones de deuda. Busca transferencias no reportadas.
—Eso me va a tomar horas —dijo David, abriendo su propia laptop—. Y es… bueno, es hackeo gris.
—No es hackeo si la información es pública y solo estamos conectando los puntos —dijo Viviana—. Y si es gris, yo asumo la responsabilidad. Esta noche no estamos preparando una defensa, David. Estamos preparando una acusación.
Durante las siguientes seis horas, mientras Adrián Colunga se emborrachaba y rompía muebles en su torre de cristal, Viviana Olvera trabajó.
No durmió. Bebió el café horrible de la máquina de la oficina. Analizó hojas de cálculo, reportes fiscales y movimientos bursátiles. Con cada hora que pasaba, el mapa del fraude de Adrián se hacía más claro. Era un esquema Ponzi glorificado, una estructura de naipes que se mantenía en pie solo gracias a la adquisición depredadora de empresas sanas como la de su padre para cubrir los huecos.
A las 4:30 de la mañana, David soltó un silbido bajo.
—Lo encontré —susurró—. Santa madre de Dios. Aquí está. Vulture Holdings Ltd. Registrada en Gran Caimán. El beneficiario final no es la empresa… es Adrián Colunga a título personal. Está usando los fondos de pensiones de las empresas que compra para pagar sus deudas de juego en el mercado de derivados.
Viviana miró la pantalla. Ahí estaba. La prueba irrefutable. El arma humeante.
—Esto es nuclear, Viviana —dijo David, mirando a su jefa con temor—. Si presentamos esto, la Comisión Nacional Bancaria va a cerrar Colunga-Vance antes del mediodía. Pero…
—¿Pero qué?
—Si hacemos esto, nuestra fusión se cae. El precio de nuestras acciones se va a desplomar mañana porque el mercado esperaba la compra. Vamos a perder el 40% del valor en horas.
Viviana se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia había parado. El cielo sobre la Ciudad de México comenzaba a teñirse de un violeta amoratado, el color de un moretón antes de sanar.
Pensó en los meseros de Cielo. Pensó en Paco en la puerta. Pensó en los choferes de los camiones. Pensó en los ladrillos.
—Que se desplome —dijo Viviana suavemente—. Es mejor ser un barco hundido que un barco pirata. Podemos reconstruir desde el fondo, David. Tenemos los camiones, tenemos las rutas y tenemos a la gente. Pero no voy a dejar que ese hombre nos desmantele para comprarse otro yate.
Se giró hacia David. Su rostro estaba pálido por el cansancio, pero su expresión era de una resolución aterradora.
—Imprímelo. Imprime todo. Tres copias. Y llama al abogado de la familia.
—¿A dónde vamos? —preguntó David, enviando los archivos a la impresora.
Viviana tomó su chaqueta.
—A Reforma. Tenemos una junta directiva que invadir. Y creo que voy a necesitar una silla en la cabecera de la mesa.
Mientras la impresora escupía las hojas calientes llenas de datos incriminatorios, el sol comenzó a salir sobre los volcanes, iluminando la ciudad donde dos arquitectos estaban a punto de colisionar. Uno construido de mentiras y cristal, y la otra forjada en hierro y verdad.