EL SILENCIO DE LAS 3 AM: LA NOCHE QUE DESCUBRÍ QUE MI ESPOSA ERA UNA ASESINA ENCUBIERTA EN LA CIUDAD DE MÉXICO Y CÓMO MI PADRE DE LA CIA ME SALVÓ DE UNA EJECUCIÓN SEGURA. UNA HISTORIA DE TRAICIÓN, ESPIONAJE RUSO Y LA LUCHA DE UN PADRE POR PROTEGER A SU HIJO.

PARTE 1: EL DESPERTAR DEL CAOS

Capítulo 1: El Arquitecto de Mentiras

Mauricio “Mau” Fitzpatrick había construido su vida con la misma precisión milimétrica que aplicaba a sus planos arquitectónicos. A sus 35 años, sentía que finalmente había alcanzado esa paz que tanto anhelaba después de sus años en la inteligencia militar. Había cambiado los informes de seguridad por planos de edificios en la vibrante y caótica Ciudad de México. Su firma, ubicada en el corazón de Polanco, se especializaba en transformar estructuras antiguas en espacios modernos y funcionales.

Para Mau, había una especie de poesía en eso: darle una segunda oportunidad a las cosas rotas.

Esa mañana de martes parecía una más en el calendario. Javi, su hijo de ocho años, estaba sentado frente a él en la mesa del desayuno, concentrado en construir una torre de bloques de madera mientras Ximena servía el café con esa gracia natural que siempre lo había cautivado. Diez años de matrimonio, una casa hermosa en una de las mejores zonas de la ciudad y una carrera en ascenso. Mau sentía que se había ganado su lugar en el mundo.

—Papá, ¿los edificios pueden pensar? —preguntó Javi, sin despegar la vista de su construcción.

—¿Por qué lo preguntas, campeón?

—Tú siempre dices que los edificios te dicen cosas, lo que quieren ser.

Mau sonrió. Su hijo había heredado su mente analítica, esa capacidad de ver más allá de la superficie.

—Tienen memoria, Javi. Cada grieta, cada viga cuenta una historia. Solo tienes que aprender a escuchar.

Ximena dejó la taza frente a Mau y le acarició el hombro con delicadeza. Su sonrisa era, como siempre, perfecta. Todo en Ximena era perfecto: su cabello castaño siempre impecable, su calidez medida, la forma en que se había integrado a su vida hacía una década tras conocerse en una cena benéfica en Monterrey. En aquel entonces, ella trabajaba como asistente legal, una mujer ambiciosa y encantadora que cautivó a todos, incluido a su padre, Gerardo.

Gerardo, un hombre que rara vez aprobaba a alguien, le dio el visto bueno casi de inmediato. Pero Gerardo no era un suegro común. Era un hombre de la CIA, alguien que vivía sumergido en operaciones que Mau prefería no imaginar.

De repente, el celular de Mau vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Lucas Hunt, su antiguo compañero de la inteligencia militar: “¿Unos tequilas pronto? Ha pasado demasiado tiempo, hermano”.

—¿Trabajo? —preguntó Ximena, con una naturalidad que ahora, en retrospectiva, resultaba escalofriante.

—No, solo Lucas. Quiere vernos.

Una sombra casi imperceptible cruzó el rostro de Ximena. Fue tan rápido que Mau pensó que lo había imaginado.

—Deberías ir. Casi no ves a tus viejos amigos —dijo ella, retomando su tono dulce.

Después del desayuno, Mau llevó a Javi a la escuela y se dirigió a su oficina. El tráfico de la Ciudad de México siempre le daba tiempo para pensar. Su proyecto actual consistía en convertir un antiguo banco de los años 20 en un centro tecnológico. La bóveda se convertiría en la sala de juntas principal. Estaba inmerso en los detalles cuando su teléfono volvió a sonar.

Era Gerardo. Su padre nunca llamaba en horas de oficina a menos que fuera algo urgente.

—Papá, no puedo hablar mucho ahora —dijo Mau al contestar.

—¿Cómo está Javi? —la voz de Gerardo sonaba extraña, demasiado tensa.

—Bien, todo normal. ¿Pasa algo?

Hubo una pausa larga, cargada de una estática pesada.

—Solo… cuídense el uno al otro. Vigila tu espalda, Mau.

La línea se cortó. Mau se quedó mirando la pantalla, con un nudo formándose en su estómago. Gerardo Blevins no hacía llamadas de cortesía. Treinta años en la CIA lo habían convertido en un instrumento de precisión: nunca desperdiciaba una palabra, nunca cometía un error de cálculo. Esa llamada era una advertencia.

El resto del día transcurrió entre reuniones de rutina, pero los instintos de Mau, esos mecanismos de supervivencia que creía haber jubilado, comenzaron a susurrarle al oído. Notó que su socio, Beto Ochoa, le hacía preguntas inusuales sobre su agenda de la semana. Incluso creyó ver a Susana, la mejor amiga de Ximena, observando su oficina desde una cafetería al otro lado de la calle.

Para la noche, Mau estaba convencido de que algo andaba mal. Recogió a Javi del entrenamiento de futbol, escaneando el estacionamiento con hábitos que no había usado en años. Al llegar a casa, Ximena había preparado enchiladas, el plato favorito de Javi. Comieron juntos, riendo de las ocurrencias del niño. Todo era normal. Demasiado normal. Era una escena de película, impecable, casi artificial.

Después de que Javi se durmió, Mau se quedó en su estudio, fingiendo revisar planos, pero su mente estaba en otro lado. Su entrenamiento militar le había enseñado a reconocer patrones. Ximena había estado diferente últimamente: revisaba su teléfono más de lo normal, contestaba llamadas en otras habitaciones y hacía preguntas insistentes sobre la última visita de Gerardo.

A las 2:47 a.m., el silencio de la casa fue destrozado por el estruendo del celular. Era Gerardo.

—¿Estás en casa? —el tono de su padre era de pura urgencia operativa.

—Sí, durmiendo. ¿Qué pasa, papá?

—Bloquea cada puerta. Apaga todas las luces. Lleva a Javi al cuarto de visitas. Ahora.

—Me estás asustando…

—¡Hazlo! Y que tu esposa no se entere de nada. No cuelgues.

Mau se movió en piloto automático. El entrenamiento se impuso a la confusión. Se deslizó en la habitación de Javi, levantó a su hijo dormido en brazos.

—¿Papá? —murmuró el niño.

—Shh, es un juego, campeón. Tenemos que ser agentes secretos. No hagas ni un ruido.

Bajó las escaleras evitando el escalón que crujía y entró en el cuarto de visitas al fondo de la propiedad. Cerró la puerta con llave, acostó a Javi y se acercó a la ventana. Lo que vio a continuación le detuvo el corazón.

Capítulo 2: Protocolo Fantasma

Desde la ventana del cuarto de visitas, Mau tenía una línea de visión directa hacia su propia recámara principal a través del jardín interior. La luz de seguridad del vecino iluminaba parcialmente la escena.

Lo que vio redefinió su realidad por completo.

Ximena estaba en medio de la habitación, pero no vestía su pijama de seda. Llevaba ropa táctica negra, botas de combate y un arnés. Sostenía una pistola con silenciador con una facilidad profesional que solo se adquiere tras años de entrenamiento. Estaba registrando la habitación, moviéndose con una eficiencia letal. Se tocó el oído, hablando por un intercomunicador invisible, y luego se dirigió hacia el pasillo, hacia la habitación de Javi.

El teléfono de Mau vibró. Un mensaje de Gerardo:

“Tres hostiles afuera. Dos vehículos. Operación extranjera. Ximena es el activo principal, plantada hace 10 años. El objetivo siempre fui yo. Tú y Javi son daños colaterales. Quédate oculto. La ayuda va en camino”.

Diez años. Toda su vida matrimonial. Toda la vida de Javi. Las matemáticas encajaron en su mente con una claridad nauseabunda. Ximena había aparecido en su vida justo después de que Gerardo fuera ascendido a la división de tecnología de la CIA, la que supervisaba las ciberoperaciones y los sistemas clasificados. Mau no había sido el amor de su vida; había sido el punto de acceso, el puente inconsciente hacia su padre.

—Papá —susurró Javi—, ¿por qué nos escondemos?

Mau abrazó a su hijo con fuerza, cubriéndole la boca suavemente con la mano.

—¿Recuerdas el juego de los agentes secretos? —Javi asintió con los ojos muy abiertos—. Esto es de verdad. Necesito que no hagas ni un solo sonido. ¿Puedes hacerlo?

El niño asintió de nuevo, confiando ciegamente en él.

A través del cristal, Mau vio a Ximena salir por la puerta trasera de la casa. Estaba armada y avanzaba con precisión táctica hacia el cuarto de visitas. Los estaba cazando.

La mente de Mau trabajó a mil por hora. El cuarto de visitas solo tenía una salida, pero la ventana daba hacia la barda trasera que colindaba con un callejón. Tenía quizás dos minutos antes de que ella llegara. Su teléfono volvió a vibrar.

Gerardo: “Vehículo acercándose. Camioneta blanca, esquina noreste. Prepárate para correr”.

Mau tomó a Javi, abrió la ventana con el menor ruido posible y saltó al césped. Corrieron hacia la barda justo cuando se escucharon gritos detrás de ellos.

—¡Revisen el perímetro! Estarán por aquí —era la voz de Ximena. Esa misma voz que le había dicho “te amo” mil veces.

Una camioneta blanca frenó en seco en el callejón con las luces apagadas. Mau no lo pensó dos veces. La puerta lateral se deslizó y apareció un rostro conocido: Lucas Hunt.

—¡Sube, muévete! —gritó Lucas.

Mau lanzó a Javi al interior y se zambulló tras él. Lucas aceleró a fondo mientras se escuchaban los impactos de balas contra la carrocería. El vidrio trasero se estrelló, pero aguantó.

—¡Qué demonios, Lucas! —exclamó Mau, tratando de recuperar el aliento.

—Tu padre me llamó hace una hora. Me dio el informe completo —dijo Lucas mientras conducía de forma agresiva por las calles de la colonia—. Tu esposa es Ximena Dean, nombre real: Kadia Volkov. Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR). Ha estado minando información de tu padre a través de ti durante una década.

Javi temblaba al lado de Mau.

—¿Mamá es mala? —preguntó con la voz rota.

El corazón de Mau se hizo añicos en ese instante.

—Sí, Javi. Lo siento mucho… sí.

Llegaron a una casa de seguridad en la zona de Santa Fe, un departamento que Gerardo mantenía fuera de los registros oficiales. Al entrar, Lucas le entregó un teléfono a Mau. Su padre estaba en una videollamada. Se veía agotado, con ojeras profundas.

—Lo siento, hijo. Descubrí la operación hace apenas tres horas. Fue pura suerte. La NSA interceptó comunicaciones sobre una “extracción” esta noche y mencionaron tu dirección. Saqué todos los archivos. El nombre de Ximena ha sido una leyenda urbana en nuestros archivos por años. Nunca supimos a quién había marcado como objetivo.

—¿Cómo es que no la investigaron? —la voz de Mau era pura escarcha.

—Lo hicimos. Su identidad era perfecta. Una persona real, con un pasado real en México. Han estado construyendo su “leyenda” desde que tenía 16 años. Este fue un juego a largo plazo.

—¿Qué quieren? ¿A mí?

—No, Mau. Querían mi acceso, mi conocimiento. Pero esta noche era la terminación. Tú y Javi ya no eran útiles. Iban a extraer a Ximena y borrar los cabos sueltos.

Mau miró a Javi, que se había quedado hecho bolita en el sofá, abrazando un cojín. Su hijo inocente, cuya madre había planeado asesinarlo esa misma noche.

—¿Ahora qué? —preguntó Mau.

—¿Ahora? —Gerardo mostró una sonrisa amarga y peligrosa—. Ahora los vamos a quemar. A cada uno de ellos. Pero Mau, esto es profundo. Ximena no estaba sola. Tenía apoyo, infraestructura, contactos. Algunos podrían ser personas que conoces y en las que confías.

—Quiero todo —dijo Mau, y su voz se endureció de una forma que asustó incluso a Lucas—. Quiero cada archivo, cada nombre, cada ubicación.

—Ya no eres un agente, hijo.

—No —respondió Mau—. Soy algo peor. Soy un esposo traicionado con entrenamiento en inteligencia y absolutamente nada que perder. O me das lo que necesito, o lo encontraré por mi cuenta.

Gerardo guardó silencio por un momento y luego asintió.

—Lucas coordinará contigo. Te enviaré todo. Pero Mau, esto no es una operación oficial de la CIA. Esto es personal. Si vas tras ellos, estás solo.

—Mejor así —sentenció Mau—. Prefiero que sea así.

PARTE 2: EL CONTRAATAQUE

Capítulo 3: Deconstrucción

La casa de seguridad en Santa Fe se convirtió en el centro de operaciones de Mauricio. Mientras Javi dormía un sueño inquieto en la planta alta, Mau extendía archivos, fotografías y diagramas sobre la mesa del comedor. El brillo de las pantallas de las laptops iluminaba su rostro cansado, pero sus ojos ardían con una determinación gélida.

Lucas trajo café cargado y se sentó a su lado, tal como lo hacían años atrás en misiones que Mau creía haber dejado en el pasado.

—Ximena le reportaba directamente a Anton Romero —explicó Lucas, señalando una foto de vigilancia de un hombre canoso en un traje impecable—. Es un manejador del SVR basado en la Ciudad de México bajo cobertura diplomática. Ha estado moviendo los hilos de Ximena desde que ella llegó al país.

Pero lo que vino después hizo que el estómago de Mau se revolviera.

—Romero tiene contactos locales. Gente que ayudó a mantener la fachada de Ximena perfecta durante una década.

Lucas deslizó la primera fotografía. Era Susana, la mejor amiga de Ximena. La mujer que había estado en todos los cumpleaños de Javi, la que compartía cenas navideñas con ellos. Su nombre real era Svetlana Borisova, otra operativa de alto nivel.

La segunda foto fue el golpe de gracia: Beto Ochoa, el socio de Mau en su firma de arquitectura.

—Hijo de… —susurró Mau, apretando los puños—. Beto tenía acceso a mi agenda, a mis proyectos, a mis movimientos diarios. Él sabía exactamente cuándo yo estaba fuera de la ciudad.

—Es peor que eso, Mau. —Lucas abrió otra carpeta—. Tu firma trabajó en la remodelación de tres edificios gubernamentales en los últimos dos años. Beto copió los planos, los esquemas de seguridad y los puntos ciegos de las cámaras. Ximena le pasó todo a Romero.

Mau sintió una náusea profunda. Su trabajo, su arte, su pasión por construir, había sido convertido en un arma contra su propio país. Sus diseños eran ahora manuales de infiltración para una potencia extranjera.

—Están nerviosos —observó Lucas—. La operación de extracción de anoche falló estrepitosamente. Van a intentar sacar a sus activos del país o eliminarlos para no dejar rastro. Tenemos quizás 12 horas antes de que se desvanezcan.

—Entonces tenemos que movernos más rápido que ellos —dijo Mau, señalando un mapa digital de la zona metropolitana—. ¿Dónde está Romero?

—Oficialmente en la embajada, pero tiene una residencia privada en Las Lomas. La inmunidad diplomática lo hace intocable.

Mau mostró una sonrisa oscura y fría que hizo que incluso Lucas se estremeciera.

—Solo es intocable si decidimos usar la ley. Pero yo no soy la policía.

Durante las siguientes horas, Mau y Lucas trazaron un plan. No sería una operación militar convencional, sino algo más inteligente. El entrenamiento arquitectónico de Mau le había enseñado a pensar en sistemas. Cada estructura, física o social, tiene elementos de carga. Si quitas los correctos, todo el edificio se colapsa.

Primero, Mau llamó a Horacio, un investigador privado que solía contratar para verificar antecedentes de proveedores.

—Necesito vigilancia total, paquete completo y la quiero ya —ordenó Mau.

—¿Qué tan sucio, Mau? —preguntó Horacio al otro lado de la línea.

—Ilegal, caro y urgente.

—Música para mis oídos —respondió el investigador.

Para el amanecer, Horacio ya tenía equipos vigilando el departamento de Beto, la casa de Romero en Las Lomas y dos casas de seguridad del SVR en el Estado de México. Mau observaba las transmisiones en tiempo real. Veía el pánico de la red. Beto había hecho tres llamadas desde un teléfono desechable. Susana había salido de su departamento con dos maletas a toda prisa.

—Están huyendo —dijo Lucas.

—Déjalos. Van directo a la trampa.

Mau no había dormido, pero la adrenalina y la rabia lo mantenían más lúcido que nunca. Alrededor de las 7 a.m., Javi despertó. Mau le preparó unos hot cakes, manteniendo su voz suave y tranquila, aunque su mente calculaba matemáticas brutales de venganza.

—¿Cuándo vamos a regresar a la casa, pá? —preguntó Javi con voz pequeña.

—Todavía no, campeón. Pero estoy arreglando todo para que estemos seguros.

—¿Mamá va a ir a la cárcel?

Mau se arrodilló frente a su hijo.

—Sí, Javi. Lo que ella hizo estuvo muy mal. Lastimó a mucha gente, incluyéndonos a nosotros.

—¿Alguna vez nos quiso? —la pregunta dolió más que cualquier herida de combate.

Mau quiso mentir para preservar la inocencia del niño, pero Javi merecía la verdad.

—No lo sé, hijo. Tal vez una parte de ella sí. Pero la persona que ella realmente era… esa persona solo se preocupaba por su misión.

Javi asintió lentamente, procesando el dolor con una madurez que le partía el alma a Mau.

—¿Vas a detenerla?

—Sí. Lo voy a hacer.

El teléfono de Mau vibró. Era Horacio: “Romero se está moviendo. Convoy de dos camionetas negras dirigiéndose hacia la autopista a Querétaro”.

Mau abrió el mapa. Iban hacia un aeropuerto privado.

—Quieren sacarlo del país —dijo Mau—. No podemos tocarlo en el aeropuerto, habrá demasiada seguridad.

—Entonces no dejaremos que llegue —respondió Lucas—. Pero Mau, es un diplomático. Si lo matamos, habrá un incidente internacional.

—Yo no voy a matar a nadie —dijo Mau con voz de piedra—. La física lo hará por mí.

A las 8:30 a.m., Mau y Lucas estaban en posición cerca de una curva cerrada en la carretera. Horacio había conseguido un camión de volteo “prestado” de una obra cercana. Mau calculó el momento exacto.

Cuando la camioneta de Romero entró en la curva a 100 km/h, el camión de volteo, sin conductor (con el freno de mano liberado estratégicamente), rodó hacia el asfalto. El chofer de la camioneta giró el volante por puro instinto. El vehículo volcó, dio tres vueltas y terminó en un barranco.

Mau y Lucas se alejaron antes de que la segunda camioneta se detuviera. Los reportes dirían que fue un “trágico accidente” causado por un vehículo de construcción mal asegurado. Romero sobrevivió, pero con la columna destrozada. Nunca volvería a caminar. Nunca volvería a operar.

Pero Mau apenas estaba empezando.


Capítulo 4: Grietas en los Cimientos

Beto Ochoa cometió su primer gran error a las 9:47 a.m. Regresó a su departamento por dinero en efectivo.

Mau lo observaba desde el otro lado de la calle. Beto entró a su edificio en la colonia Roma, sudando a pesar del clima fresco, mirando por encima del hombro cada dos segundos.

—Es el eslabón débil —le dijo Mau a Lucas—. Beto no es un agente entrenado. Es un activo local, seguramente reclutado por dinero o chantaje. Tiene miedo.

—¿Cómo quieres manejarlo?

—Vamos a usar ese miedo en su contra.

Mau entró al edificio solo. Le tomó quince segundos abrir la cerradura del departamento de Beto. Cuando entró, encontró a su socio sentado en la mesa de la cocina, con la cabeza entre las manos.

—Hola, Beto.

Beto dio un salto, el terror inundando sus ojos al ver a Mau.

—¡Mau! Yo… yo no quería…

—Me has estado vendiendo por tres años —la voz de Mau era conversacional, casi amistosa, lo que lo hacía mucho más aterrador—. Cada proyecto, cada plano, cada detalle de mi vida. ¿Cuánto te pagaron?

—Dijeron que era espionaje industrial, Mau. Juraron que nadie saldría herido.

—Anoche intentaron matarme a mí y a mi hijo de ocho años. ¿Te mencionaron eso en su contrato?

Beto se puso pálido.

—No… no, te lo juro.

Mau dejó una laptop sobre la mesa.

—Aquí está tu problema, Beto. Tus manejadores rusos creen que les has estado robando. Tengo evidencia de transferencias bancarias a cuentas que ellos no conocen. Mensajes donde planeas traicionarlos.

—¡Eso no es cierto! Yo nunca…

—No importa si es cierto. Importa lo que ellos crean. Anton Romero está en terapia intensiva con la espalda rota. La red se está desmoronando y el SVR está en modo de “limpieza”. Están eliminando cabos sueltos para no dejar rastro. Y tú, Beto, eres un cabo suelto muy grande.

Beto comenzó a temblar visiblemente.

—¿Qué quieres?

—Todo. Cada contacto, cada lugar de reunión, cada protocolo. Dame eso y te daré una oportunidad de huir antes de que ellos lleguen a silenciarte.

La interrogación duró dos horas. Beto soltó todo: ubicaciones de casas de seguridad, métodos de comunicación encriptada y, lo más importante, reveló que la red era mucho más amplia. No solo era Ximena; había infiltrados en otras firmas, en el gobierno y en empresas de tecnología.

—Susana coordina la logística —confesó Beto—. Ella es la que mueve el dinero. Ximena era la estrella, la infiltrada profunda, pero Susana es la que mantiene el motor andando.

—¿Dónde está ahora?

—En una casa en Interlomas. Espera órdenes de extracción para salir del país.

Mau grabó cada palabra y luego cumplió su promesa.

—Tienes cuatro horas. Saca todo el efectivo que puedas y lárgate de la ciudad. Si vuelvo a ver tu cara, o si intentas advertirle a alguien, enviaré estos archivos tanto a la policía como a tus amigos rusos.

Beto salió corriendo como si su vida dependiera de ello. Porque así era.

De regreso en el auto, Lucas escuchó las grabaciones.

—Esto es más grande de lo que pensamos, Mau. Deberíamos llamar a las autoridades federales. Que ellos se encarguen.

—No —dijo Mau con voz de acero—. Si entra la ley, ellos usarán sus conexiones, pedirán asilo o se desvanecerán en la burocracia. Yo quiero justicia, no un juicio de diez años.

—Estás hablando de desmantelar una red de inteligencia extranjera tú solo.

—Exactamente.

Mau encendió el motor. Había pasado de ser la presa a ser el cazador. Usando la información de Beto, Mau implementó la Fase 2: Protocolo Omega.

Hackeó el sistema de comunicación de la red rusa usando códigos que Beto le entregó. Empezó a enviar mensajes falsos. A uno le decía que el otro era un informante de la Marina. Al otro le enviaba pruebas falsas de que su compañero se había quedado con el dinero de la operación.

Sembró la paranoia quirúrgicamente. En menos de tres horas, los operativos de la red empezaron a sospechar unos de otros. Algunos apagaron sus teléfonos y huyeron. Otros empezaron a pelearse por canales encriptados.

—Estás usando su propia desconfianza como arma —observó Lucas.

—Ellos pusieron a una mujer en mi cama durante diez años para engañarme —respondió Mau—. Se merecen cada segundo de este infierno.

Para la tarde, la red se estaba devorando a sí misma. Y mientras el caos reinaba, Mau puso su mira en el siguiente objetivo: Susana. La mujer que había cargado a su hijo en brazos mientras planeaba cómo dejarlo huérfano.

Ella no llegaría a Interlomas. Mau se aseguraría de eso.


Capítulo 5: Demolición Controlada

El auto de Susana se detuvo de repente en medio de la carretera hacia Toluca. El motor simplemente murió. Ella intentó llamar por su celular, pero no había señal; un bloqueador de frecuencias en el auto de Mau, estacionado a unos metros, se encargaba de eso.

Cuando Susana bajó del vehículo, frustrada y asustada, Mau salió de las sombras.

—Hola, Susana. O debería decir… ¿Svetlana?

Ella intentó correr, pero Lucas le cerró el paso. Estaban en un tramo solitario, rodeados de bosque. El escenario perfecto.

—Tú estuviste en mi casa —dijo Mau, acercándose lentamente—. Cargaste a mi hijo. Comiste en mi mesa mientras planeabas ayudar a Ximena a matarnos.

—Solo seguía órdenes —balbuceó ella, perdiendo la compostura—. Yo no tomo las decisiones.

—Pero las ejecutas. Y eso es suficiente.

Mau le mostró una tableta con sus estados de cuenta reales. El dinero que ella había estado desviando de la red para su propio retiro.

—Aquí está el trato —dijo Mau—. Vas a entregarte a la Fiscalía. Vas a confesar todo sobre la red, cada nombre, cada operación. Vas a hundirlos a todos.

—Me matarán si hablo.

—Y si no hablas, enviaré estos registros de tus robos al SVR. Ellos no perdonan a los traidores que les roban dinero. ¿Qué prefieres? ¿Una celda en México o un “accidente” como el de Romero?

Susana eligió vivir. En pocas horas, estaba bajo custodia federal, soltando información que haría caer a toda la estructura de espionaje en el país.

Pero el objetivo final seguía libre. Ximena. La mujer que Mau amaba, la madre de su hijo, la extraña que vivía en su propia casa. Ella estaba escondida, esperando el momento para dar el golpe final.

Mau regresó a su casa en Polanco. La casa que había huido hacía apenas tres días. Estaba solo. Javi estaba a salvo con su abuelo. La casa estaba llena de cámaras y sensores.

Mau se sentó en la sala, dejó los papeles del divorcio sobre la mesa y esperó. Sabía que ella vendría. Una profesional como ella no dejaría un trabajo sin terminar.

A las 11:43 p.m., los sensores detectaron movimiento. Alguien había forzado la cerradura trasera con una habilidad impecable.

Ximena entró a la cocina en total silencio, con el arma lista. Mau permaneció sentado, visiblemente desarmado, bajo la luz de una pequeña lámpara de pie.

—Hola, Mau.

—Kadia Volkov —dijo él sin mirarla—. Ese es tu nombre, ¿verdad?

—¿Realmente importa ahora?

Ximena entró a la sala. Seguía siendo hermosa, pero sus ojos estaban vacíos, despojados de toda la calidez que Mau había amado.

—Fuiste Ximena Fitzpatrick por diez años. Hiciste un gran papel. Casi me lo creo.

—Te amé, Mau —dijo ella, y por un segundo, su voz tembló—. Eso no era parte del plan.

—¿Y por eso intentaste matarnos anoche?

—Yo pedí que los extrajeran conmigo. Mis superiores ordenaron la terminación. Intenté darles tiempo para que huyeran… por eso dudé.

—¿Quieres que te dé las gracias por dudar antes de apretar el gatillo?

Ximena levantó el arma, apuntando directo al pecho de Mau.

—Firma los papeles. Dame la laptop con la información de la red y vete. Si lo haces, te dejaré vivir. Javi podrá tener a su padre.

Mau se puso de pie lentamente. No tenía miedo.

—No puedo hacer eso, Kadia. Porque mientras tú estés libre, mi hijo nunca dormirá tranquilo.

—Entonces tendré que terminar esto aquí.

—Mira tu pecho —dijo Mau con calma.

Tres puntos rojos de láser aparecieron sobre el corazón de Ximena. Francotiradores de la unidad táctica que Lucas había coordinado estaban posicionados en los edificios de enfrente.

—Estás rodeada, Kadia. Todo terminó. Romero está lisiado, Beto huyó, Susana está confesando ante la ley. No te queda nada.

Ximena miró los puntos rojos y luego a Mau. Sus ojos se llenaron de una tristeza genuina, quizás la primera verdad en diez años.

—Podría dispararte antes de que ellos me disparen a mí.

—Podrías. Pero entonces Javi crecería sabiendo que su madre asesinó a su padre a sangre fría. ¿Es ese el último recuerdo que quieres dejarle?

Lentamente, Ximena bajó el arma. Sus hombros se desplomaron. La fachada de la superagente se rompió, dejando ver a una mujer cansada de vivir una mentira.

Las puertas estallaron cuando el equipo táctico entró. La derribaron, la esposaron y se la llevaron. Antes de salir, se detuvo un segundo frente a Mau.

—De verdad te amé —susurró.

—El amor sin verdad es solo otra forma de manipulación —respondió él.

Mau se quedó solo en su sala, en la casa que él mismo había diseñado, dándose cuenta de que ahora tendría que rediseñar su vida entera, desde los cimientos.

PARTE 3: EL DERRUMBE FINAL Y LA RECONSTRUCCIÓN


Capítulo 6: Blancos Secundarios

El silencio que quedó en la casa después de que se llevaran a Ximena era ensordecedor. Mau se sentó en el suelo, recargado contra la pared de la sala que él mismo había diseñado. Las luces de las patrullas aún pintaban de rojo y azul las paredes. Su vida, tal como la conocía, se había evaporado.

Su teléfono sonó. No era una llamada cualquiera; era el tono encriptado que Gerardo usaba para emergencias de alto nivel.

—Se acabó, papá. Ya la tienen —dijo Mau, con la voz quebrada por el cansancio.

—No, hijo. Falta una pieza. La más peligrosa porque no usa armas, usa billetes.

Mau se incorporó, sintiendo que la rabia le inyectaba una nueva dosis de adrenalina.

—¿De qué hablas?

—Analizamos la inteligencia que soltó Susana antes de que sus abogados le cerraran la boca. La red de Ximena no se mantenía sola. Había un financiero, un empresario mexicano con nexos de altísimo nivel que lavaba el dinero de Moscú a través de desarrollos inmobiliarios en la Riviera Maya y Santa Fe.

—¿Quién es?

—Guillermo “Billy” Valenzuela.

Mau sintió un escalofrío. Billy Valenzuela era un titán del sector inmobiliario. Mau lo conocía; se habían saludado en cócteles de la industria, habían compartido mesas en eventos de caridad en el Club de Industriales.

—Valenzuela financió la operación que iba a matarme a mí y a Javi —afirmó Mau, más como una sentencia que como una pregunta.

—Exactamente. Y ahora que la red cayó, está borrando huellas. Si no lo detenemos esta noche, se irá a un país sin extradición y nunca pagará por lo que hizo. La fiscalía no tiene pruebas suficientes para una orden de aprehensión inmediata. Él tiene a los mejores abogados del país.

Mau miró el plano de la ciudad en su tableta.

—Billy cree que su dinero es su fortaleza. Pero el dinero es como el agua: si sabes por dónde fluye, puedes inundar toda la estructura.

A las 3:00 a.m., Mau y Lucas llegaron a un lujoso edificio corporativo en Santa Fe. Valenzuela estaba en su oficina del último piso, destruyendo documentos. Mau no entró con armas. Entró con una laptop y el conocimiento de un arquitecto que sabe dónde están las fallas estructurales de un imperio.

Entraron por el estacionamiento, usando el acceso de servicio que Mau conocía por haber diseñado edificios similares. Cuando llegaron al piso 42, el secretario privado de Valenzuela intentó detenerlos, pero Lucas lo inmovilizó con un movimiento rápido y silencioso.

Mau pateó la puerta de la oficina. Billy Valenzuela, un hombre de unos 60 años con un traje de seda de 50 mil pesos, levantó la vista, pálido.

—Fitzpatrick… ¿qué demonios haces aquí? —preguntó Valenzuela, tratando de recuperar su arrogancia.

—Vengo a hablar de tus cimientos, Billy. Están podridos.

—No sé de qué hablas. Vete de aquí o llamo a seguridad.

—Seguridad está ocupada viendo cómo tu imperio se quema —Mau puso la laptop sobre el escritorio de caoba—. Aquí tengo cada transferencia de las empresas fachada de la SVR hacia tus cuentas en las Islas Caimán. Pero eso no es lo que te va a hundir. Lo que te va a hundir es que yo sé que te quedaste con 20 millones de dólares que eran para la operación de extracción de Ximena.

Valenzuela tragó saliva. El sudor empezó a perlar su frente.

—Tus “socios” rusos no son muy comprensivos con los que les roban, Billy. Ya envié esta información a una dirección de correo en Moscú que Ximena me proporcionó. En este momento, ya saben que los traicionaste.

—¡Me van a matar! —gritó el empresario, perdiendo toda la compostura.

—Tienes dos opciones —dijo Mau, inclinándose sobre el escritorio—. O esperas a que los sicarios del SVR lleguen por ti, o vienes conmigo ahora mismo a la oficina de la Fiscalía, confiesas todo y pides protección como testigo cooperante. En la cárcel estarás a salvo. Afuera, eres un hombre muerto.

Quince minutos después, el gran Guillermo Valenzuela caminaba esposado hacia una camioneta blindada de la Marina, llorando y pidiendo clemencia. Había financiado el intento de asesinato de un niño de ocho años, y ahora pasaría el resto de sus días en una celda de alta seguridad, mirando por encima del hombro cada vez que se abriera una puerta.


Capítulo 7: El Juicio de las Sombras

Seis meses después, el ambiente en el juzgado federal de la Ciudad de México era tenso. Mau estaba sentado en la primera fila, vestido con un traje gris, manteniendo la espalda recta. A su lado, Lucas y Gerardo le brindaban un apoyo silencioso.

Ximena entró a la sala. Vestía un uniforme de reclusa color beige. Se veía más delgada, con el rostro pálido, pero sus ojos seguían manteniendo esa intensidad felina. Por primera vez en medio año, sus miradas se cruzaron. Mau no sintió odio, ni amor. Solo sintió una profunda y gélida indiferencia.

El juicio duró tres semanas. El país entero estaba conmocionado. La prensa lo llamaba “El Caso de la Esposa Fantasma”. Se revelaron detalles escabrosos: cómo Ximena había sido entrenada desde la adolescencia para infiltrarse en familias de objetivos estratégicos, cómo había fingido cada orgasmo, cada lágrima de alegría por el nacimiento de Javi, cada palabra de consuelo durante los momentos difíciles.

El testimonio más desgarrador fue el de Mau.

—Señoría —dijo Mau desde el estrado, mirando fijamente a la mujer que alguna vez llamó esposa—, lo más difícil no fue descubrir que me quería muerto. Lo más difícil fue explicarle a mi hijo de ocho años que los besos de su madre eran parte de una estrategia militar. Ella no solo traicionó a un país; traicionó el concepto mismo de humanidad.

Ximena bajó la cabeza por primera vez durante todo el proceso.

Al final, la sentencia fue contundente. Kadia Volkov fue condenada a 60 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional por espionaje, conspiración para homicidio y falsificación de documentos oficiales. Al salir de la sala, ella intentó decirle algo a Mau, pero los guardias la jalaron con fuerza.

—Dile a Javi que… —susurró ella.

—Javi ya no tiene madre —la interrumpió Mau con voz de piedra—. Tiene un padre que lo ama y una vida por delante donde tú no eres más que un mal sueño.

Esa noche, Mau regresó al nuevo departamento que había comprado en Coyoacán. Javi estaba esperándolo con un dibujo que había hecho en la escuela. Era un edificio alto, con muchas ventanas y un sol brillante arriba.

—Es para nuestra nueva casa, papá —dijo el niño, abrazándolo por la cintura.

Mau lo cargó y lo apretó contra su pecho. El camino a la sanación apenas comenzaba, pero por primera vez en mucho tiempo, podía ver la luz al final del túnel.


Capítulo 8: Reconstrucción y Legado

Mau decidió cerrar su antigua firma de arquitectura. Los recuerdos asociados a ese lugar eran demasiado dolorosos. En su lugar, fundó una organización sin fines de lucro llamada “Cimientos de Verdad”. Se dedicaba a ayudar a víctimas de trauma por violencia y a colaborar con agencias de seguridad para diseñar refugios seguros para testigos protegidos.

Su experiencia única como arquitecto y ex-agente de inteligencia lo convirtió en un consultor invaluable. Un año después del juicio, recibió una visita inesperada en su oficina.

Era una mujer de aspecto severo, vestida de civil pero con un aura de autoridad innegable. Se presentó como la Agente Rocha, de la unidad de contrainteligencia de la Guardia Nacional.

—Señor Fitzpatrick, hemos estado siguiendo su trabajo. Su capacidad para detectar patrones de infiltración es… asombrosa. Supera a muchos de nuestros analistas veteranos.

—No me interesa volver al servicio activo —respondió Mau, sin despegar la vista de sus planos.

—No queremos que use un arma. Queremos que use su mente. Hemos detectado otras tres “leyendas” activas en el país. Mujeres y hombres plantados hace años que están a punto de activarse. Familias mexicanas que no saben que están durmiendo con el enemigo.

Mau guardó silencio. Miró la foto de Javi que tenía en su escritorio. Javi ahora era un niño feliz, que iba a terapia pero que volvía a sonreír y a jugar futbol.

—¿Cuántos niños hay en esas familias? —preguntó Mau.

—Al menos cinco que hemos identificado.

Mau suspiró y cerró su computadora.

—Empezaremos mañana. Pero bajo mis condiciones: yo elijo mi equipo y mi hijo es la prioridad absoluta.


Capítulo 9: El Edificio de la Vida

Dos años después de aquella fatídica llamada a las 3 a.m., Mau se encontraba en la inauguración de un centro comunitario en una de las zonas más necesitadas de la ciudad. Era un edificio hermoso, lleno de luz natural, con paredes que parecían abrazar a quienes entraban.

Gerardo estaba ahí, luciendo orgulloso su retiro. Lucas estaba cerca, siempre vigilante, pero con una sonrisa en el rostro.

Mau había aprendido que la vida no se trata de evitar que las estructuras se caigan, sino de saber cómo reconstruirlas cuando el terremoto de la traición las derriba.

Esa tarde, al llegar a casa, encontró un sobre sin remitente en su buzón. Lo abrió con precaución. Era una hoja de papel pequeña, con caligrafía elegante:

“El edificio que construiste es hermoso, Mau. Desde aquí puedo ver las fotos en los periódicos. Tenías razón, los edificios cuentan historias. La nuestra fue una tragedia, pero espero que la de Javi sea una epopeya. Perdón por no ser lo suficientemente fuerte para elegirte sobre mi patria. Atentamente, K.”

Mau leyó la nota dos veces. Sintió una punzada de melancolía, un eco de la vida que pudo ser. Pero luego, tomó un encendedor y quemó el papel en el fregadero de la cocina. Las cenizas desaparecieron por el drenaje.

—¡Papá, ya llegaron los tacos! —gritó Javi desde la sala, donde veía una película con Lucas.

—¡Ya voy, campeón! —respondió Mau.

Salió de la cocina, dejando atrás el pasado de sombras y espías. Se sentó en el sofá, rodeado de la gente que realmente lo amaba, en una casa construida sobre la verdad. El arquitecto finalmente había terminado su obra más importante: una familia real.

La historia de Mauricio Fitzpatrick no terminó con una explosión, sino con el sonido de las risas de su hijo. Porque al final, no importa cuántas mentiras te cuenten, la verdad siempre encuentra una forma de ser el cimiento más fuerte de todos.

FIN.

HISTORIA LATERAL: EL ECO DE LAS SOMBRAS EN MONTERREY

Capítulo Especial: La Estructura del Engaño

La lluvia golpeaba con una fuerza implacable contra los cristales del hotel en San Pedro Garza García. Mauricio Fitzpatrick observaba las luces de Monterrey desde el piso 30, sintiendo que el frío del cristal se le filtraba hasta los huesos.

Hacía apenas ocho meses que su vida en la Ciudad de México se había desmoronado, y aunque el juicio contra Ximena —Kadia— había terminado, el arquitecto que solía ser seguía enterrado bajo los escombros de la traición.

En su mano sostenía una tablet con un expediente que le había entregado la Agente Rocha de la Guardia Nacional esa misma mañana. Era su primera incursión oficial como “consultor externo”.

El objetivo: Valeria Santoscoy. Lugar: Monterrey, Nuevo León. Perfil: Filántropa, esposa de un alto ejecutivo de una empresa de telecomunicaciones que manejaba los cables de fibra óptica más importantes del norte del país.

—Es el mismo patrón, Mau —había dicho Rocha por teléfono—. Apareció hace doce años en un evento en Houston. Sin familia, sin pasado claro, pero con una “leyenda” tan pulida que nadie se atrevió a dudar.

Mauricio suspiró. Odiaba lo familiar que le resultaba todo.

Sabía que, en algún lugar de esa ciudad llena de montañas y ambición, otra familia estaba a punto de ser destruida por el mismo veneno que casi mata a su hijo Javi.

No lo hacía por el gobierno. Lo hacía por el niño que seguramente dormía en la habitación de al lado de Valeria, ajeno a que su madre era una construcción de laboratorio.


El Ritual de la Caza

Mauricio bajó al lobby. Lucas lo esperaba en una camioneta negra blindada. Su viejo amigo se había convertido en su sombra, su ancla con la realidad.

—¿Listo para otra dosis de realidad retorcida, compadre? —preguntó Lucas, pasando una mano por el volante.

—Solo quiero terminar esto y volver con Javi. Mi padre dice que ya sabe sumar, quiero estar ahí para verlo —respondió Mau, con la voz cargada de una fatiga que no era física.

Conducir por San Pedro era como navegar por una vitrina de cristal. Casas monumentales, seguridad privada en cada esquina. El lugar perfecto para que un agente extranjero se escondiera a plena vista.

Valeria Santoscoy estaba organizando una gala benéfica en el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO). Mauricio iba a entrar no como agente, sino como lo que mejor sabía ser: un arquitecto exitoso interesado en donar.

—Tienes el auricular puesto —dijo Rocha desde la base en CDMX—. Mau, recuerda: solo necesitamos la confirmación de que está usando el enlace satelital que detectamos. No intentes confrontarla.

—Ya me conoces, Rocha —murmuró Mau—. Me gusta revisar los cimientos antes de decidir si el edificio debe caer.


La Gala de los Espejos

El MARCO estaba lleno de la élite regia. Hombres con trajes a medida de miles de dólares y mujeres con joyas que podrían alimentar a un pueblo entero. Mau se movía entre ellos con una elegancia que ocultaba sus sentidos alerta.

Vio a Valeria en el centro de un círculo de empresarios. Era hermosa, de una belleza nórdica pero con un acento regio perfectamente ensayado. Reía, tocaba el brazo de su esposo, saludaba a todos por su nombre.

“Es idéntica a ella”, pensó Mau, sintiendo un escalofrío. “La misma mirada que parece cálida pero que nunca llega a los ojos”.

Se acercó lentamente, con una copa de vino en la mano que no pensaba beber.

—Señora Santoscoy —dijo Mau, usando su mejor tono de relaciones públicas—. He oído maravillas de su fundación. Mauricio Fitzpatrick, de Ciudad de México.

Valeria se giró. Sus ojos lo escanearon con una rapidez que solo alguien entrenado detectaría. Fue un microsegundo de evaluación táctica disfrazado de cortesía social.

—Fitzpatrick… el arquitecto —dijo ella, con una sonrisa deslumbrante—. He visto su trabajo en la remodelación del centro histórico. Es impresionante cómo logra preservar lo antiguo mientras inyecta lo moderno.

—Se trata de entender qué partes de la estructura son reales y cuáles son solo decorativas —respondió Mau, lanzando el primer anzuelo.

Valeria no parpadeó.

—A veces, lo decorativo es lo que mantiene la ilusión de que todo está bien, ¿no cree? —replicó ella.

En ese momento, Mau lo supo. No necesitaba más archivos. Era la misma arrogancia, la misma seguridad de quien cree que su mentira es una obra de arte impenetrable.


El Quiebre Estructural

Mientras la música de cámara llenaba el salón, Mau se excusó y se dirigió hacia las oficinas administrativas del museo, donde sabía que Valeria había estado pasando tiempo antes de la gala.

—Estoy dentro —susurró Mau al micrófono oculto en su solapa.

—Tienes tres minutos antes de que el guardia de seguridad haga su ronda —advirtió Lucas desde la camioneta.

Mau no buscaba documentos. Buscaba la señal. Sacó un escáner de frecuencias de bolsillo, una de las “juguetes” que su padre Gerardo le había enviado. El dispositivo empezó a vibrar con una intensidad roja.

Valeria no estaba ahí para recolectar dinero. Estaba usando la red de fibra óptica de la empresa de su esposo para transmitir datos de inteligencia sobre los movimientos de cargamentos estratégicos en el norte del país hacia un servidor en Lyon, Francia. Esta vez no eran los rusos; era una red europea de espionaje industrial.

De repente, la luz de la oficina se encendió.

Mau se giró con calma. Valeria estaba en el marco de la puerta. Ya no sonreía. Su postura había cambiado: sus pies estaban ligeramente separados, su centro de gravedad bajo. Estaba lista para matar.

—Eres más persistente de lo que me dijeron, Mauricio —dijo ella. Su acento regio había desaparecido, reemplazado por un tono neutro y gélido—. Kadia me advirtió sobre ti desde la prisión.

—¿Kadia? Vaya, parece que el club de las “esposas perfectas” tiene una red de apoyo muy eficiente —dijo Mau, guardando el escáner con parsimonia—. ¿Vale la pena, Valeria? ¿El niño que tienes en casa también es parte de la decoración?

El rostro de Valeria se contrajo. Un nervio en su mandíbula saltó.

—Él es mi hijo. Eso es lo único real.

—Eso es lo que ella decía —Mau dio un paso adelante—. Pero ella también tenía una pistola bajo la almohada y órdenes de ejecutarme a las 3 de la mañana. ¿Qué órdenes tienes tú para esta noche?

Valeria sacó una pequeña cuchilla cerámica de su bolso de noche. Un arma que no detectan los metales.

—Tengo la orden de asegurar que la transmisión termine. Y tú eres un obstáculo estructural.


Fuerza contra Diseño

Valeria se lanzó hacia él con una velocidad aterradora. Mau no era un peleador de élite, pero conocía la física. Sabía cómo usar el peso y los ángulos. Esquivó el primer tajo, sintiendo el aire del acero pasar a milímetros de su cuello.

—¡Rocha, ahora! —gritó Mau mientras derribaba una estantería para bloquear el paso de la mujer.

—¡Estamos entrando, aguanta! —la voz de la agente resonó en su oído.

Valeria era ágil, pero Mau jugaba en casa. Conocía el diseño del museo; él mismo había estudiado sus planos antes de entrar. Corrió hacia el pasillo de servicio, atrayéndola hacia una zona con sensores de presión que él sabía que activarían el sistema de supresión de incendios.

Cuando ella saltó para alcanzarlo, Mau activó la alarma manual. Una nube de gas inerte y polvo químico inundó el pasillo. Valeria tosió, perdiendo la visión por un segundo. Fue suficiente.

Mau la embistió, usando su peso para proyectarla contra una pared de concreto. La mujer cayó, golpeándose la cabeza, pero antes de quedar inconsciente, miró a Mau con un odio puro.

—No ganaste, Mauricio —susurró ella entre dientes—. Solo… retrasaste el derrumbe.

Segundos después, los agentes de la Guardia Nacional inundaron el pasillo. Rocha llegó al frente, con su arma en alto.

—Buen trabajo, arquitecto —dijo ella, viendo cómo esposaban a la mujer—. La transmisión fue interceptada. Tenemos los nombres de toda la red en Lyon.

Mau se limpió el polvo del traje. Sus manos temblaban ligeramente.

—Sáquenla de aquí antes de que su hijo la vea así —dijo Mau, dándose la vuelta.


El Regreso a los Cimientos

Dos días después, Mau estaba de regreso en su departamento de Coyoacán. El sol de la tarde bañaba la sala, y el olor a chocolate caliente llenaba el aire.

Javi estaba sentado en el suelo, rodeado de libros.

—Papá, ¿por qué te fuiste a Monterrey? —preguntó el niño, sin levantar la vista.

Mau se sentó a su lado y le revolvió el cabello.

—Fui a revisar un edificio, Javi. Tenía algunas fallas y quería asegurarme de que fuera seguro para la gente que vive ahí.

Javi asintió, conforme con la explicación. Para él, su padre seguía siendo el hombre que construía cosas hermosas. Mau quería que así fuera por el mayor tiempo posible.

Esa noche, mientras Javi dormía, Mau recibió una foto en su celular. Era de Lucas. En la imagen, se veía a los agentes de la Guardia Nacional desmantelando la red de telecomunicaciones en el norte.

Mauricio Fitzpatrick ya no era solo un arquitecto de espacios. Se había convertido en el arquitecto de una nueva forma de justicia. Una que no siempre salía en los periódicos, pero que mantenía el país en pie, una estructura a la vez.

Miró por la ventana hacia las calles de la Ciudad de México. Sabía que había más “leyendas” allá afuera. Más familias viviendo en casas construidas sobre mentiras explosivas.

No se sentía un héroe. Se sentía como un hombre que finalmente entendía que, para que un edificio sea eterno, sus cimientos deben ser de verdad, por más dolorosa que esta sea.

Y él estaba listo para seguir escarbando.


Epílogo del Relato Lateral

La Agente Rocha llamó a la medianoche.

—Mau, el expediente de Monterrey se cerró. Pero surgió algo en Cancún. Una empresa de logística marítima con una directora que no tiene registros de nacimiento antes del 2012.

Mau suspiró, cerró los ojos y pensó en la torre de bloques de Javi.

—Dime dónde y cuándo —respondió.

La guerra de las sombras continuaba, pero Mauricio Fitzpatrick ya no tenía miedo. Porque ahora, él era el que sostenía los planos del juego.

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