PARTE 1: EL ECO DEL DOLOR EN LAS LOMAS
CAPÍTULO 1: LA SÉPTIMA RECAMARERA
El rugido del motor del pesero parecía sincronizarse con los latidos de mi corazón. Eran las dos de la tarde y el sol de la Ciudad de México caía como plomo sobre el pavimento, pero yo sentía un frío glacial recorriéndome la espalda. Me miré en el reflejo de la ventana empañada. Ahí estaba yo: Liliana Rojas, veintisiete años, con una blusa blanca impecable y el miedo asomándose por mis ojos cafés.
Me bajé en una esquina de las Lomas de Chapultepec. El contraste era un golpe directo al estómago. Yo venía de un cuarto alquilado en una colonia donde el agua llegaba dos veces por semana, y ahora caminaba frente a muros de piedra volcánica de cuatro metros de alto, protegidos por cercas electrificadas y cámaras que me seguían como ojos de buitre.
Caminé tres cuadras hasta llegar al número 400. La Mansión De la Mora.
Frente a mí, los portones de hierro forjado se alzaban como las fauces de un monstruo negro. Antes de que pudiera tocar el timbre, dos hombres con trajes oscuros y lentes negros salieron de una caseta blindada. No eran simples guardias de seguridad. Eran muros de carne con el bulto inconfundible de una Glock 17 bajo el saco.
—Identifícate —dijo uno, con una voz que no admitía réplicas.
—Soy… soy Liliana. Vengo de la agencia “Servicios de Excelencia”. Soy la nueva recamarera de limpieza.
El hombre me escaneó de arriba abajo. Sacó un detector de metales y lo pasó por mi cuerpo. El aparato pitó cerca de mi anteojo izquierdo, donde guardaba una pequeña medalla de la Virgen que me dio mi madre. Me obligó a mostrarla. Luego, su mirada se detuvo en la cicatriz que asomaba por la manga de mi blusa. Una marca larga, blanquecina, que cruzaba mi antebrazo.
—¿Eso qué es? —preguntó con sospecha.
—Un accidente… de hace mucho tiempo —mentí. Mi voz tembló. El guardia no sabía que esa cicatriz era el autógrafo de Ricardo, mi exmarido, el hombre que me enseñó que el amor podía oler a pólvora y sangre en una noche cerrada en Veracruz.
—Pásale. Pero si te vemos haciendo algo raro, no sales de aquí en una pieza —dijo, mientras los portones se abrían con un chirrido pesado y metálico.
Caminé por el sendero de gravilla. El jardín era inmenso, lleno de jacarandas que pintaban el suelo de color lila, pero el aire se sentía pesado, como si el oxígeno fuera más denso en esa propiedad. Y entonces, lo escuché.
Al principio pensé que era un animal herido. Un aullido largo y desgarrador que cortaba la tarde. Pero mientras más me acercaba a la puerta principal de madera tallada, el sonido se volvía más humano. Era un llanto. Pero no el llanto de un bebé que tiene hambre o sueño. Era el llanto de un alma que está siendo torturada.
Entré al vestíbulo. El lujo me cegó por un segundo. Pisos de mármol de Carrara, candelabros de cristal que parecían diamantes congelados, y cuadros al óleo que seguramente costaban más que toda mi colonia. Pero nada de eso importaba ante el grito que rebotaba en las cúpulas de la casa.
—¡Bella! ¡Sofía! ¡Por el amor de Dios, cállense ya! —escuché un grito masculino desde lo alto de la escalera.
Me quedé petrificada. Harold, el mayordomo, un hombre de unos cincuenta años con un porte que recordaba a los antiguos aristócratas mexicanos, se me acercó con paso rápido. Llevaba una libreta de piel en la mano, desgastada por el uso. Sus ojos estaban rojos, llenos de unas ojeras que parecían surcos de dolor.
—Tú debes ser Liliana —dijo, sin saludar, con una desesperación mal contenida—. Eres la séptima este mes. Las otras no pasaron de la primera noche. Algunas salieron corriendo a las tres de la mañana jurando que la casa estaba maldita.
—¿Qué les pasa a las niñas, señor? —pregunté, sintiendo que el sonido me perforaba los tímpanos.
—Nadie lo sabe. Cuatro meses. Cuatro meses de gritos día y noche. La señora murió en el parto y desde entonces, la paz se fue de esta casa. El patrón está perdiendo la cabeza.
Harold me guio hacia el centro de la estancia. De repente, el sonido de pasos pesados contra el mármol me hizo girar.
Ahí estaba él. Gabriel De la Mora.
Lo había visto en las noticias, siempre impecable, el “Rey del Acero”, un hombre que manejaba los hilos de la economía y, según se decía en voz baja, de la seguridad nacional. Pero el hombre que bajaba las escaleras no era un rey. Era un león herido de muerte.
Tenía el cabello castaño revuelto, la barba de tres días le cubría la mandíbula y su camisa de seda, que probablemente costaba miles de pesos, estaba arrugada y desabotonada. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos. Eran dos pozos negros de agotamiento y desesperanza.
—¡Harold! —rugió Gabriel—. ¿Dónde está el doctor Fuentes? ¿Dónde está la pediatra? ¡Diles que vengan ahora mismo! ¡No puedo más!
—Señor, el doctor estuvo aquí hace dos horas. Dice que fisiológicamente están bien, que es un cólico… —Harold intentó calmarlo.
—¡Un cólico no dura cuatro meses! —Gabriel golpeó el barandal con una fuerza que hizo eco en todo el salón—. ¡Sienten algo! ¡Algo les duele y nadie me dice qué es! Soy el hombre más poderoso de este maldito país y no puedo hacer que mis propias hijas dejen de sufrir. ¿De qué me sirve el dinero? ¿De qué me sirve el poder?
Se detuvo en el último escalón y sus ojos chocaron con los míos. Por un instante, el aire se congeló. Me sentí como una gacela frente a un depredador que ya no tiene nada que perder.
—¿Quién es esta? —preguntó, con una voz que me hizo vibrar los huesos.
—La nueva recamarera, señor. Liliana —respondió Harold.
Gabriel se me acercó. Pude oler el whisky rancio en su aliento y el aroma a tabaco caro. Me miró con una mezcla de desprecio y lástima.
—¿Tienes hijos, Liliana? —me preguntó, invadiendo mi espacio personal.
Sentí que un nudo se formaba en mi garganta. El recuerdo de mi pequeño Miguel, el hijo que perdí a los cinco meses de embarazo por culpa de los golpes de Ricardo, me golpeó como un mazo. Casi podía sentir el peso de su ausencia en mis brazos vacíos.
—No, señor. No tengo —respondí, intentando que mi voz no se rompiera.
—Entonces no sabes nada. No sabes lo que es sentir que tu propia sangre se te escapa entre los dedos y no poder hacer nada. Vete a la cocina. Haz tu trabajo. Limpia la sangre de las paredes si es necesario, pero no me mires con esa cara de lástima. Aquí la lástima está prohibida.
Gabriel pasó a mi lado como una ráfaga de viento helado. Lo vi sacar un celular y marcar un número.
—¡Victoria! ¡Ven a la casa ahora! No me importa que tengas consulta. Mis hijas están gritando de nuevo. Si no vienes en quince minutos, yo mismo voy por ti.
Se encerró en su despacho y el estruendo de la puerta al cerrarse fue como un disparo.
Harold suspiró y me puso una mano en el hombro. —No lo tomes personal, niña. Es un hombre que está viendo morir su alma poco a poco. Las gemelas, Bella y Sofía, son todo lo que le queda de Serena, su esposa. Si ellas no se callan, él terminará haciendo una locura.
Me quedé sola en el vestíbulo, escuchando el llanto de las niñas. Cerré los ojos y, por un momento, me permití recordar. Recordé mi propia habitación en Veracruz, el sonido del mar a lo lejos y el dolor que sentí cuando mi bebé dejó de moverse. En ese momento, entendí algo que ni Gabriel ni los doctores parecían comprender.
Esas niñas no tenían hambre. No tenían cólicos.
Esas niñas tenían miedo. Miedo de la oscuridad, miedo de la ausencia, miedo de un padre que irradiaba violencia y desesperación en lugar de paz.
Miré hacia el piso superior, hacia donde se encontraba la habitación de las cunas plateadas. Mi mano derecha, de forma inconsciente, empezó a frotar la cicatriz de mi antebrazo.
“Tranquilo, Miguelito”, susurré, como si todavía pudiera hablarle a mi hijo perdido.
Sabía que mi misión en esa casa no sería limpiar el polvo de los muebles finos. El destino me había traído desde la miseria y el maltrato hasta esta jaula de oro por una razón. En el fondo de mi corazón, sentí que esas niñas me estaban llamando a mí. A la mujer que conocía el infierno y que, de alguna manera, había aprendido a caminar entre las llamas sin quemarse.
—Prepárate, Liliana —me dije a mí misma en voz baja—. Porque en esta casa, el silencio es el lujo más caro de todos, y tú eres la única que sabe cómo comprarlo.
Caminé hacia la zona de servicio, sintiendo que la mirada de los guardias me seguía desde las cámaras. Pero ya no tenía miedo de ellos. El verdadero peligro no estaba en las armas, sino en ese llanto que no se detenía, un llanto que prometía destruir a cualquiera que intentara ignorarlo.
Harold me alcanzó de nuevo en el pasillo. —Tu cuarto está al fondo. Empiezas mañana a las seis. Pero Liliana… un consejo: si escuchas que los gritos suben de tono en la noche, no salgas. El patrón suele caminar por los pasillos armado cuando no puede dormir. No querrás que te confunda con una intrusa.
Asentí. Entré a mi pequeño cuarto de servicio. Era digno, limpio, mejor que cualquier lugar donde hubiera dormido en años. Pero el eco de las niñas llegaba hasta ahí, atravesando las paredes de concreto como si fueran de papel.
Me senté en la orilla de la cama y me quité los zapatos. Mis pies me dolían de tanto caminar, pero mi alma me dolía más. Abrí mi pequeña maleta y saqué una fotografía vieja, arrugada, de una ecografía que apenas se distinguía.
—Voy a ayudarlas, Miguel —susurré contra el papel—. Voy a ayudarlas porque nadie ayudó a mamá cuando tú gritabas dentro de mí.
Afuera, un trueno hizo vibrar los cristales. La tormenta de la Ciudad de México estaba por comenzar, y yo sabía que esa lluvia solo sería el preludio de la tempestad que estaba por desatarse dentro de esos muros de mármol.
CAPÍTULO 2: EL AROMA DE LAS ROSAS Y EL SILENCIO
La mañana del martes en la mansión De la Mora no comenzó con el canto de los pájaros, sino con el mismo estruendo de agonía que había marcado los últimos cuatro meses. Yo me había despertado antes de que el sol asomara por detrás de los volcanes, con el cuerpo entumecido en la pequeña cama de mi cuarto de servicio. Me puse el uniforme —un vestido gris oscuro con delantal blanco que me quedaba un poco grande— y me recogí el cabello en una trenza apretada.
Al salir al pasillo, el sonido me golpeó de frente. Las gemelas estaban en su punto más alto de desesperación. Era un llanto que no parecía humano; era un grito que venía de lo más profundo de sus pequeños pulmones, una demanda de algo que nadie en esa casa de mármol y oro sabía darles.
Me asignaron la limpieza de la galería del segundo piso. Harold me entregó los suministros: ceras importadas, paños de microfibra y una advertencia silenciosa en su mirada.
—No te acerques al ala sur a menos que sea estrictamente necesario —me susurró Harold mientras revisaba su infaltable libreta de piel—. El patrón no ha dormido ni veinte minutos. Está… volátil.
Asentí y comencé mi tarea. El pasillo era una exhibición de poder y muerte. Los cuadros al óleo mostraban a los antepasados de Gabriel De la Mora: hombres de mirada dura, con bigotes afilados y manos apoyadas sobre empuñaduras de pistolas o bastones de mando. Parecían vigilarme, juzgando mi presencia en su templo. El aire estaba cargado de un incienso caro que intentaba, sin éxito, ocultar el olor a rancio que deja el cansancio extremo en una casa.
A medida que avanzaba con el trapo, mis pensamientos volaban hacia Veracruz. Recordé las mañanas en que yo soñaba con ser maestra. Imaginaba un salón lleno de niños, risas y colores. Pero Ricardo se había encargado de quemar esos sueños. “Tú no sirves para nada más que para servirme a mí”, me decía mientras me sujetaba del brazo con tanta fuerza que mis dedos perdían la sensibilidad. Esa cicatriz que ahora ocultaba bajo la manga era el mapa de mi supervivencia.
A media mañana, el silencio cayó sobre la casa de forma abrupta. Era un silencio artificial, casi aterrador.
Harold apareció al final del pasillo, caminando con una urgencia que no le conocía. —Liliana, aprovecha ahora. El patrón acaba de salir con las niñas hacia el hospital ABC. Les van a hacer otro estudio neurológico de emergencia. Tienes una hora, tal vez menos, para limpiar la nursery. Nadie ha podido entrar a fondo ahí en tres días porque el llanto no permitía ni pasar la aspiradora.
—Sí, señor Harold. Voy de inmediato —respondí, sintiendo un vuelco en el estómago.
Caminé hacia la última puerta del pasillo. Era una puerta diferente a las demás, de un color rosa pálido, casi blanco, decorada con pequeñas estrellas de plata que brillaban bajo la luz de los candelabros. Era el único rincón de la mansión que intentaba parecer un hogar, pero al abrir la puerta, la realidad me golpeó.
La habitación olía a una mezcla asfixiante de talco para bebé, leche agria y desinfectante hospitalario. Había juguetes por todas partes: osos de peluche gigantes, caballitos de madera, móviles de cristal que colgaban del techo… pero todos estaban intactos. Eran juguetes que nadie usaba porque las niñas nunca habían dejado de llorar lo suficiente para jugar.
Empecé a trabajar con una eficiencia frenética. Sacudí el polvo de las repisas, acomodé las sábanas de seda de las cunas y limpié las huellas dactilares de los cristales. Me sentía como una intrusa en un santuario de dolor.
Llegué a una repisa alta donde reposaban varios frascos de cristal. Eran perfumes y aceites esenciales que, supongo, usaban para intentar relajar a las bebés. Entre ellos había un frasco de cristal tallado, antiguo, que contenía una esencia de rosas intensamente roja. Me llamó la atención porque era idéntico al que mi madre guardaba en su pequeño altar en Veracruz.
Estiré el brazo para limpiar la base de madera. En ese momento, un escalofrío recorrió mi espalda. Un recuerdo de Ricardo gritando mi nombre fuera de la casa me distrajo por un segundo. Mi mano tembló. El frasco resbaló de mis dedos.
El tiempo pareció detenerse. Vi el cristal girar en el aire, reflejando la luz de la mañana, hasta que impactó contra el suelo de madera noble.
¡CRASH!
El sonido fue como un disparo en medio de la paz de la habitación. El frasco se hizo mil pedazos y un líquido denso y rojo se esparció por el suelo, inundando el aire con un aroma a rosas tan potente que casi me marea.
—¡No, no, no! —sollocé, cayendo de rodillas.
Empecé a recoger los vidrios con las manos desnudas, sin importarme si me cortaba. El pánico me dominaba. Si Gabriel De la Mora regresaba y encontraba este desastre, me echaría a la calle en ese mismo instante, o algo peor. Sabía que hombres como él no perdonaban los errores, por pequeños que fueran.
Fue entonces cuando escuché el rugido de un motor en el patio principal. Chirrido de llantas. Portazos. Y luego, el sonido que más temía: el llanto. Pero esta vez era diferente. No era solo llanto, eran gritos de puro terror.
Las puertas de la mansión se abrieron con violencia. Escuché los pasos pesados de Gabriel subiendo las escaleras de dos en dos.
—¡Es inútil, Harold! ¡Los doctores son unos imbéciles! ¡Dicen que no tienen nada! ¡Escúchalas, maldita sea, escúchalas! —la voz de Gabriel estaba rota, cargada de una furia que rozaba la locura.
Me quedé paralizada en el suelo, con un trozo de vidrio entre los dedos y la sangre empezando a brotar de mi palma. La puerta de la nursery se abrió de par en par.
Gabriel entró como un torbellino. Cargaba a Bella contra su pecho; la niña tenía la cara de un color púrpura alarmante y sus ojos estaban desorbitados. Harold venía detrás, sosteniendo a Sofía, quien se retorcía con tal violencia que el mayordomo apenas podía sujetarla.
Gabriel se detuvo en seco al verme arrodillada en medio del charco rojo y el olor penetrante a rosas. Sus ojos se clavaron en los míos. El aire en la habitación se volvió eléctrico.
—¿Qué… qué es esto? —preguntó Gabriel. Su voz era un susurro peligroso, el tipo de calma que precede a un huracán—. ¿Qué has hecho en el cuarto de mis hijas?
—Señor… patrón… yo… fue un accidente, estaba limpiando y… —las palabras se me atoraban en la garganta.
Él dio un paso hacia mí, con Bella gritando todavía más fuerte, como si el olor de las rosas la estuviera alterando. Gabriel levantó una mano, no supe si para golpearme o para señalar la salida, pero en ese momento, el instinto que había estado enterrado bajo capas de miedo y trauma despertó.
Miré a Bella. Vi sus pequeñas manos cerradas en puños, su pecho subiendo y bajando con dificultad. Vi el mismo dolor que yo había sentido cuando me dijeron que mi hijo ya no latía.
—Démela —dije. Mi propia voz me sorprendió. No era la voz de una criada asustada. Era la voz de una madre.
Gabriel se quedó mudo. —¿Qué dijiste?
—Démela, patrón. Por favor. Confíe en mí un segundo. Solo un segundo —me puse de pie, ignorando el dolor del vidrio clavado en mi mano.
Gabriel me miró como si estuviera loca. Harold, detrás de él, palideció. —Señor, tal vez deberíamos… —empezó a decir el mayordomo.
—¡Cállate, Harold! —Gabriel me estudió. Vio la sangre en mi mano, vio las lágrimas en mis ojos, y vio algo más que no pudo explicar. Estaba tan desesperado, tan al borde del abismo, que cualquier mano que se le extendiera parecía una salvación.
Lentamente, como si estuviera entregando el tesoro más frágil del universo, puso a Bella en mis brazos.
En cuanto el cuerpo de la bebé tocó el mío, sentí una descarga eléctrica. Ella gritó una vez más, un grito que me vibró en los huesos. Yo no me moví. No me puse nerviosa. Simplemente la pegué a mi pecho, justo encima de donde latía mi corazón, y empecé a caminar lentamente por la habitación, esquivando los vidrios rotos.
Empecé a tararear. No era una canción de cuna de esas que venden en discos caros. Era una melodía que mi madre me cantaba en el campo, entre los cafetales de Veracruz.
“A la rurru niño, a la rurru ya… duérmase mi vida, que el sol ya se va…”
Mi voz era un susurro ronco, cargado de todo el amor que nunca pude darle a mi Miguel. Empecé a mecerme con un ritmo constante, casi hipnótico. El olor a rosas, que antes parecía agresivo, empezó a suavizarse en mi mente, convirtiéndose en el aroma de un jardín al atardecer.
Entonces, ocurrió el milagro.
El llanto de Bella se cortó de tajo. No fue disminuyendo poco a poco; fue como si alguien hubiera apagado un interruptor. La pequeña soltó un suspiro largo, tembloroso, y su cabecita cayó pesadamente sobre mi hombro. Sus manos se relajaron, abriéndose como pétalos.
Gabriel se quedó petrificado, con la mano aún extendida en el aire. No se atrevía ni a respirar.
Sofía, en brazos de Harold, dejó de retorcerse. Sus ojos, idénticos a los de su hermana, se fijaron en mí. Harold, comprendiendo lo que pasaba, se acercó con cuidado y me la entregó también.
Sostuve a las dos. Una en cada brazo. Un peso que se sentía como la redención.
Seguí cantando, ahora con palabras que salían de mis recuerdos más profundos. “Duérmanse mis ángeles, que la noche es paz… mamá está con ustedes, ya no sufran más…”
Caminé hacia las cunas y, con una delicadeza que no sabía que poseía, las deposité sobre las sábanas de seda. Las gemelas se acomodaron, buscaron sus dedos con la boca y, por primera vez en cuatro meses de infierno, se hundieron en un sueño profundo y real.
El silencio que siguió no fue el silencio tenso de antes. Era un silencio sagrado.
Me giré hacia Gabriel. Él seguía en el mismo lugar, pero algo en él se había roto. Su máscara de jefe implacable se había desintegrado. Se dejó caer de rodillas ahí mismo, sobre el suelo manchado de perfume y sangre. Sus hombros empezaron a sacudirse. Estaba llorando. El hombre más temido de la ciudad estaba sollozando en el suelo de una nursery.
Harold estaba recargado contra la pared, con las lágrimas rodando por sus mejillas, escribiendo frenéticamente en su libreta con una mano que le temblaba como una hoja al viento.
—¿Cómo…? ¿Cómo lo hiciste? —preguntó Gabriel con una voz que apenas era un hilo.
—No lo sé, señor —respondí, sintiendo que el cansancio me golpeaba de golpe—. Solo… solo les dije lo que yo necesitaba escuchar cuando estaba sola.
Gabriel levantó la vista. Me miró de una forma en la que ningún hombre me había mirado jamás. No era deseo, no era autoridad. Era una gratitud tan inmensa que me asustó.
—Tú no eres una recamarera —dijo él, poniéndose de pie con dificultad—. No sé quién eres ni de dónde vienes realmente, Liliana Rojas… pero a partir de hoy, eres la persona más importante de esta casa.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo.
Una mujer de unos treinta años, rubia, con un traje sastre de un azul eléctrico perfecto y una bata blanca de seda sobre los hombros, entró con paso decidido. Era la doctora Victoria Ashford. Traía su maletín médico y una expresión de superioridad profesional que se congeló en cuanto vio la escena.
Vio a Gabriel llorando. Vio a las niñas durmiendo. Y me vio a mí, con las manos ensangrentadas y el delantal manchado de rojo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Victoria. Su voz era como un látigo de hielo—. Gabriel, te dije que no dejaras que el personal de servicio entrara a la nursery sin supervisión. ¡Mira este desastre! ¡Hay vidrios, hay sangre! ¡Esto es una negligencia criminal!
Victoria se acercó a las cunas con la intención de despertar a las niñas para revisarlas. Gabriel se interpuso en su camino con una rapidez felina.
—No las toques, Victoria —dijo Gabriel. Su voz había recuperado el filo, pero ahora era un filo protector, no agresivo.
—Pero Gabriel, tengo que ver por qué están dormidas. Podrían haber sido intoxicadas por ese olor, o…
—Están dormidas porque ella las curó —Gabriel me señaló.
Victoria me miró. En sus ojos vi algo que me dio más miedo que cualquier arma: un odio puro, destilado, el odio de una mujer que acaba de perder su territorio. Ella me escaneó de arriba abajo, deteniéndose en mi cicatriz y en mi uniforme barato.
—¿Ella? —Victoria soltó una risa burlona—. Gabriel, por favor. Es una empleada doméstica. Lo que ha pasado aquí es una casualidad, o peor aún, ha usado algún remedio casero peligroso de esos que usan en los pueblos.
—Me da igual cómo lo hizo —respondió Gabriel, dando un paso hacia la doctora—. Por primera vez en meses, mis hijas no sufren. Harold, mañana mismo quiero que el contrato de Liliana cambie. Ya no limpiará un solo piso más.
Victoria apretó los puños, sus nudillos se pusieron blancos. —Gabriel, piénsalo bien. No sabes nada de esta mujer. Mira sus manos… está herida. Podría haber contaminado a las niñas.
—Limpiaré esto ahora mismo, señor —dije, intentando calmar las aguas.
—No —ordenó Gabriel—. Harold llamará a alguien más para limpiar. Tú vas a ir a que te curen esa mano. Y luego, quiero que te instales en la habitación de invitados contigua a la nursery.
Victoria soltó un jadeo de indignación. —¡Esa habitación es para los especialistas, Gabriel! ¡No puedes meter a una criada ahí!
Gabriel ignoró a la doctora. Se acercó a mí, tomó mi mano herida con una delicadeza asombrosa y me miró a los ojos. —Bienvenida a la familia De la Mora, Liliana. Espero que estés lista, porque este mundo no es fácil. Pero mientras mis hijas duerman, tú serás intocable.
Victoria salió de la habitación sin decir una palabra más, pero el sonido de sus tacones contra el mármol del pasillo sonaba como una declaración de guerra.
Yo me quedé ahí, de pie entre el patrón y las cunas, sintiendo que el aroma a rosas se mezclaba con el olor de mi propia sangre. Había sobrevivido a Ricardo, había sobrevivido a la pérdida, pero al ver la mirada de Gabriel, supe que mi verdadera prueba acababa de comenzar.
Había silenciado el llanto, sí. Pero en esa casa, el silencio a veces es mucho más peligroso que cualquier grito.
Harold se acercó a mí cuando Gabriel salió del cuarto para escoltar a la doctora. El mayordomo me miró con una mezcla de admiración y lástima. —Tenga cuidado, licenciada… perdón, Liliana. En esta casa, los milagros se pagan caros. Y la doctora Victoria no es de las que olvida una humillación.
—Solo quiero que las niñas estén bien, señor Harold —respondí con sinceridad.
Harold asintió y escribió una última línea en su cuaderno antes de cerrarlo con un golpe seco. —Entonces rece, Liliana. Rece mucho. Porque acaba de entrar al nido de las víboras, y su única defensa son dos bebés que todavía no saben hablar.
Esa noche, mientras me instalaban en mi nueva y lujosa habitación, no pude dormir. Miraba el techo artesonado y pensaba en las gemelas. Pensaba en Gabriel. Pero sobre todo, pensaba en el aroma de las rosas.
Había pasado de ser una sombra que limpiaba rincones a ser el pilar de una dinastía. Pero en la oscuridad de la noche, el eco del llanto de las niñas seguía vibrando en mis oídos, recordándome que el pasado nunca se queda atrás del todo.
Ricardo me había dicho que yo no servía para nada. Gabriel me había dicho que yo lo era todo.
Y entre esas dos verdades, yo solo era una mujer con una cicatriz en el brazo y una canción de cuna en el alma, esperando a ver qué me traería el amanecer en las Lomas de Chapultepec.
CAPÍTULO 3: EL PACTO DE SANGRE Y CENIZA
Habían pasado apenas cuarenta y ocho horas desde que el silencio regresó a la mansión De la Mora, pero para mí, el tiempo se había estirado como una liga a punto de romperse. Me encontraba en mi nueva habitación, un espacio que triplicaba el tamaño del departamento donde vivía en Veracruz. Las cortinas de seda color crema caían desde el techo hasta el suelo de madera de ingeniería, y la cama tenía tantas almohadas que me sentía perdida en una nube. Pero no podía disfrutarlo. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba el eco del cristal rompiéndose y sentía el peso de las gemelas en mis brazos.
El sol de la mañana entraba por el ventanal, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. De pronto, tres golpes secos en la puerta me sacaron de mi ensimismamiento.
—Adelante —dije, tratando de sonar más segura de lo que me sentía.
Harold entró con su habitual elegancia gélida, pero sus ojos denotaban un respeto que no estaba ahí el primer día. Llevaba una bandeja con café recién hecho y pan dulce. —Buenos días, Liliana. El patrón la espera en su despacho. Dejó instrucciones claras de que no se demore. Se ha bañado, ha desayunado y, por primera vez en meses, no parece un hombre a punto de cometer un asesinato.
—Gracias, señor Harold. ¿Cómo están las niñas? —pregunté mientras me calzaba unos zapatos modestos pero limpios.
—Duermen. O juegan en silencio. Es un milagro que la medicina no pudo explicar, pero que la casa agradece. Sin embargo, no se confíe. En este lugar, la calma es solo la antesala de la tormenta.
Caminé detrás de Harold por los pasillos alfombrados. El trayecto hacia el despacho de Gabriel se sentía como una marcha hacia el patíbulo. Pasamos frente a la nursery, donde una nueva enfermera —esta vez una mujer mayor y de aspecto severo enviada por Tony Russo— vigilaba a las niñas. Al llegar a las pesadas puertas de roble del despacho, Harold se detuvo.
—Un consejo, niña —me susurró—. Sea honesta. Él ya sabe la respuesta de cada pregunta que le va a hacer. No intente jugar con un hombre que inventó las reglas del juego.
Harold abrió las puertas y me anunció. Entré y el aroma a tabaco, cuero y colonia cara me envolvió. Gabriel estaba sentado detrás de su escritorio de caoba negra, iluminado por una lámpara de banquero que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes llenas de libros y armas de colección.
—Siéntate, Liliana —dijo Gabriel sin levantar la vista de unos documentos. Su voz ya no era un rugido, sino un barítono profundo y controlado que me erizó la piel.
Me senté en la silla de cuero frente a él. Mis manos descansaban sobre mis muslos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Gabriel finalmente levantó la vista. Ya no tenía las ojeras profundas de la semana pasada, y su cabello estaba perfectamente peinado hacia atrás. Se veía imponente, como un emperador de los tiempos modernos.
—He pasado las últimas cuarenta y ocho horas observándote a través de las cámaras —comenzó, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. He visto cómo les hablas a mis hijas. He visto cómo las miras. No eres una oportunista, Liliana. Tienes algo que el dinero no puede comprar: alma. Y mis hijas necesitan esa alma para sobrevivir.
—Solo hice lo que sentí que era correcto, patrón —respondí con voz temblorosa.
—No me llames patrón. Al menos no por ahora —me interrumpió con un gesto seco—. He decidido que dejarás de ser parte del personal de limpieza. A partir de hoy, eres la nana privada de Bella y Sofía. Vivirás aquí, tendrás seguridad las veinticuatro horas y tu sueldo será diez veces mayor al que te ofreció la agencia.
Me quedé boquiabierta. Era una fortuna. Una cantidad de dinero que me permitiría borrar mis deudas y empezar de nuevo. Pero el miedo era más grande que la ambición.
—Señor… no sé si puedo aceptar —dije, bajando la mirada—. Yo soy una mujer sencilla. Sé quién es usted. Sé lo que dicen las noticias… y lo que se dice en las calles. Este mundo es demasiado peligroso para alguien como yo. Solo quiero una vida tranquila.
Gabriel soltó una risa amarga y se puso de pie. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines. —¿Tranquila? ¿Crees que la tranquilidad existe para alguien como tú, Liliana? —Se giró bruscamente y me lanzó una carpeta amarilla sobre el escritorio—. Ábrela.
Con las manos temblorosas, abrí la carpeta. Lo primero que vi fue una fotografía de mi boda en Veracruz. Yo sonreía, ignorante del monstruo que tenía al lado. Luego, vi reportes médicos, fotos de mis lesiones y, finalmente, un documento que me detuvo el corazón: una ficha policial de Ricardo Lawson.
—Tu exmarido, Ricardo, no era solo un golpeador de mujeres —dijo Gabriel, acercándose a mí—. Era un mensajero de Francisco “El Padrino” Castellano. El dinero que supuestamente “perdió” antes de escapar de Veracruz no fue un robo de delincuentes comunes. Él se quedó con cincuenta mil dólares de mercancía que le pertenecía al cartel de los Castellano. Y como él desapareció, la deuda cayó sobre tus hombros.
Sentí que el mundo giraba. Las lágrimas empezaron a nublar mi vista. —Yo no sabía… yo pensé que era dinero de apuestas…
—No seas ingenua, Liliana —su voz se suavizó, pero seguía siendo firme—. Castellano es un hombre que no olvida. Sus cobradores te han estado siguiendo desde que llegaste a la Ciudad de México. La razón por la que cambiaste de departamento tres veces en dos meses no fue por “malos vecinos”. Fue porque sabías, en tu instinto, que te estaban pisando los talones.
Me cubrí la cara con las manos y empecé a sollozar. La vergüenza y el terror me asfixiaban. Mi pasado, ese que intenté enterrar bajo capas de limpieza y anonimato, estaba ahí, expuesto sobre el escritorio de un capo de la mafia.
—Victoria, la doctora, sugirió que te investigara —continuó Gabriel, rodeando el escritorio para quedar frente a mí—. Ella esperaba que encontrara algo para echarte. Y lo encontré. Encontré que eres una víctima, una mujer que ha pasado por el infierno y que, aun así, tiene la ternura suficiente para calmar a mis hijas.
Gabriel se inclinó, apoyando las manos en los brazos de mi silla, atrapándome en su espacio. —Aquí está mi trato, Liliana. Te quedas. Cuidas de mis hijas como si fueran tuyas. A cambio, yo compro tu deuda con los Castellano. Nadie volverá a buscarte por ese dinero. Y respecto a Ricardo… si vuelve a poner un pie en esta ciudad para molestarte, te prometo que deseará no haber nacido. Te ofrezco la protección del apellido De la Mora. ¿Sabes lo que eso significa en México? Significa que te vuelves intocable.
Levanté la vista hacia él. Sus ojos eran oscuros, insondables, pero había una extraña sinceridad en ellos. —¿Por qué haría tanto por una empleada? —susurré.
—Porque tú hiciste por mí lo que nadie más pudo —dijo él, y por un segundo vi una grieta en su armadura—. Me devolviste el sueño. Me devolviste la cordura. Mis hijas son lo único que me queda de la mujer que amé, y tú eres su única conexión con la paz. No es un favor, Liliana. Es una inversión en la vida de mis hijas.
Me quedé en silencio por lo que pareció una eternidad. Podía aceptar el trato y vivir en una jaula de oro, protegida por hombres armados y un jefe implacable, o podía volver a las calles, a esconderme en departamentos húmedos, esperando el día en que los hombres de Castellano me encontraran para cobrarme con sangre lo que Ricardo robó.
—Tengo una condición —dije, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Gabriel arqueó una ceja, sorprendido por mi audacia. —Te escucho.
—Nunca me pida hacer algo ilegal. No quiero ver armas cerca de las niñas. Y… si algún día decido que esto es demasiado para mí, me dejará ir sin represalias.
Gabriel guardó silencio un momento, luego extendió su mano derecha hacia mí. —Tienes mi palabra de honor. Cuidarás de mis hijas, y yo cuidaré de ti. Eso es todo.
Estreché su mano. Era grande, cálida y firme. En ese momento, sentí que estaba firmando un pacto con el diablo, pero un diablo que, al menos, parecía querer protegerme del resto de los demonios.
Esa noche, después de cenar en mi cuarto, no podía dormir. Salí al balcón a mirar las luces de la ciudad. La mansión estaba en silencio, interrumpido solo por el rumor del viento en las jacarandas y el paso lejano de los guardias por el perímetro.
De pronto, escuché voces que venían del jardín, justo debajo de mi balcón. Me asomé con cuidado. Gabriel estaba ahí, hablando con un hombre alto, de hombros anchos y mirada de halcón. Era Tony Russo, su jefe de seguridad.
—Dime que tienes más —decía Gabriel, encendiendo un cigarro.
—Lo tengo, jefe —respondió Tony en voz baja—. Investigamos más a fondo a Ricardo Lawson. No solo era un mensajero. Antes de huir, tuvo contacto directo con uno de los hombres de confianza de Castellano en la Ciudad de México. Se llama “El Cuervo”. Y hay algo más… parece que Lawson ha estado alardeando en los bajos fondos de que tiene una “mina de oro” escondida en las Lomas.
Gabriel soltó una nube de humo y miró hacia mi balcón. Me escondí rápidamente detrás de la cortina, pero estoy segura de que me vio.
—Vigila a Liliana —ordenó Gabriel—. Pero no solo para protegerla. Quiero saber si ella tiene contacto con Lawson. Si esto es una trampa de los Castellano usando a una mujer herida como caballo de Troya, quiero saberlo antes de que sea demasiado tarde.
—¿Y si ella es inocente, jefe? —preguntó Tony.
—Si es inocente, Tony, entonces es la mujer más valiente que he conocido. Porque entrar a esta casa sabiendo quién soy, con ese pasado a cuestas, requiere más agallas que las que tienen muchos de mis hombres.
Me alejé de la ventana, con el corazón martilleando contra mis costillas. La protección de Gabriel venía con un precio: la sospecha. Yo no era solo la nana; era una pieza en un tablero de ajedrez que apenas empezaba a comprender.
Caminé hacia la nursery para ver a las gemelas. La enfermera dormitaba en un sillón. Me acerqué a la cuna de Bella y acaricié su mejilla. La pequeña suspiró en sueños y se aferró a mi dedo.
—No voy a dejar que les pase nada —susurré—. Ni por culpa de mi pasado, ni por culpa del presente de su padre.
En ese momento, la puerta de la nursery se abrió silenciosamente. Era Gabriel. Ya no llevaba el saco, solo la camisa blanca con las mangas arremangadas. Se detuvo al verme allí.
—¿Tampoco puedes dormir? —preguntó en un susurro.
—Solo quería asegurarme de que estaban bien.
Se acercó a la otra cuna, donde estaba Sofía. El hombre que hace unas horas hablaba de deudas de sangre y espionaje, ahora miraba a su hija con una ternura que me partía el alma.
—A veces me pregunto si Serena me perdonaría por criarlas en este mundo —dijo él, sin mirarme—. Ella era luz, Liliana. Pura luz. Yo soy… lo que el mundo me obligó a ser.
—Ella las amaba —dije suavemente—. Y mientras usted las ame, siempre habrá una oportunidad de que ellas sean diferentes.
Gabriel me miró intensamente. En la penumbra de la habitación, sus ojos parecían brillar con una emoción contenida. —Gracias por quedarte, Liliana. Sé que no es fácil.
—No lo es, señor. Pero ya me cansé de correr.
Él asintió lentamente. —Descansa. Mañana empieza tu nueva vida. Y recuerda: en esta casa, las paredes oyen, pero yo soy el único que decide qué hacer con lo que escuchan.
Salió de la habitación con la misma elegancia felina de siempre. Me quedé allí, sola con las gemelas, dándome cuenta de que mi vida en Veracruz se sentía como una vida anterior. El nombre de Ricardo ya no me daba miedo; me daba asco. El nombre de Miguel me daba fuerzas. Y el nombre de Gabriel De la Mora… ese nombre empezaba a significar algo que todavía no me atrevía a nombrar.
Regresé a mi cuarto y, por primera vez en años, caí en un sueño profundo. Pero en mis sueños, un hombre con una máscara de cuervo me perseguía por un jardín de rosas rojas que, al tocarlas, se convertían en sangre. Y en medio del jardín, Gabriel me extendía una mano que, al tomarla, quemaba como el hielo.
La guerra estaba declarada, aunque yo todavía no sabía que yo era el premio principal.
PARTE 2: EL MILAGRO Y LA SOMBRA
CAPÍTULO 4: EL NIDO DE LAS VÍBORAS Y EL DESPERTAR DEL MIEDO
La luz del jueves entró en la mansión De la Mora con una claridad casi insultante. Había pasado una semana desde que Gabriel me nombró oficialmente la nana de las gemelas, y mi cuerpo empezaba a acostumbrarse a los lujos, aunque mi alma seguía en estado de alerta. Mi nueva rutina era un baile delicado entre la devoción y el miedo. Me despertaba a las cinco de la mañana, antes de que el sol acariciara las cúpulas de las Lomas, para estar presente cuando Bella y Sofía abrieran sus ojos.
Esa mañana, el silencio en la nursery era absoluto, un testimonio silencioso de mi victoria sobre el caos. Me acerqué a la cuna de Sofía y la vi estirar sus manitas hacia el móvil de cristal que colgaba sobre ella. Ya no había gritos. Ya no había ese llanto desgarrador que parecía querer romper los cristales de la casa.
—Buenos días, mis amores —susurré, sintiendo esa calidez en el pecho que solo ellas lograban provocar.
Pero la paz en esa casa siempre era el preludio de un ataque.
A las nueve de la mañana, mientras preparaba las mamilas con la precisión de un cirujano, la puerta se abrió sin previo aviso. No fue el toque educado de Harold, ni el paso firme de Gabriel. Fue un golpe seco y arrogante.
La doctora Victoria Ashford entró como si fuera la dueña del aire que respirábamos. Vestía un traje sastre de seda color marfil y sostenía su maletín de cuero con una fuerza que hacía que sus nudillos resaltaran. Sus ojos, verdes y fríos como monedas antiguas, se clavaron en mí antes de siquiera mirar a las niñas.
—Vaya, la “niñera milagrosa” sigue aquí —dijo Victoria, con una voz que destilaba un sarcasmo ácido—. Pensé que para estas alturas Gabriel ya se habría dado cuenta de que el efecto de los “remedios de pueblo” se desvanece rápido.
Dejé la mamila sobre la mesa y me giré para enfrentarla. Ya no era la muchacha asustada del primer día. Gabriel me había dado un lugar, y yo iba a defenderlo.
—Buenos días, doctora. Las niñas durmieron toda la noche y despertaron con muy buen apetito. Si gusta revisarlas, adelante, pero le pido que baje la voz. Están tranquilas.
Victoria soltó una risita seca, caminando hacia la cuna de Bella. —No me des órdenes, Liliana. No olvides que yo he cuidado de esta familia desde mucho antes de que tú supieras que las Lomas de Chapultepec existían. Yo estuve aquí cuando Serena murió. Yo sostuve a Gabriel cuando él no podía sostenerse solo. ¿Tú qué eres? Una curita en una herida de bala. Útil por un momento, desechable al siguiente.
—Si soy tan desechable, ¿por qué le molesta tanto mi presencia? —pregunté, manteniendo la calma.
Victoria se detuvo y se giró hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume costoso, un aroma a gardenias que se sentía pesado y asfixiante. —Me molesta la mediocridad. Me molesta que un hombre como Gabriel, con el imperio que maneja, confíe lo más sagrado que tiene a una mujer que viene de la basura, con un pasado que huele a cárcel y a deudas de sangre. ¿Crees que no lo sé? Sé quién es Ricardo Lawson. Sé que eres la sombra de un delincuente de poca monta.
El nombre de Ricardo me golpeó como un latigazo, pero no bajé la vista. —Gabriel sabe todo de mi pasado. Él fue quien me ofreció protección. Si usted tiene algún problema con eso, debería hablarlo con él, no conmigo.
Victoria estiró la mano y, con un movimiento rápido, me sujetó del brazo, justo encima de la cicatriz. Sus uñas se enterraron en mi piel. —Escúchame bien, gata —susurró, con el rostro a centímetros del mío—. Gabriel es un hombre de impulsos. Ahora está deslumbrado porque callaste a las niñas, pero los hombres como él siempre regresan a su nivel. Yo soy de su nivel. Tú eres solo un experimento. Disfruta tu habitación de seda mientras puedas, porque yo misma me voy a encargar de que regreses al fango de donde saliste.
—Suélteme —dije, con una frialdad que me sorprendió a mí misma.
—¿O qué? ¿Vas a ir a llorarle a Gabriel? Hazlo. Así él verá lo débil que eres realmente.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Gabriel entró, deteniéndose al ver la escena. Su presencia llenó la habitación de inmediato, una energía eléctrica que hizo que Victoria me soltara al instante, transformando su rostro de furia en una máscara de preocupación profesional en menos de un segundo.
—¿Pasa algo aquí? —preguntó Gabriel. Su mirada saltó de la mano de Victoria a mi brazo, donde se empezaban a marcar los dedos de la doctora.
—Nada, Gabriel querido —dijo Victoria, con una voz melosa que me dio náuseas—. Solo le explicaba a Liliana la importancia de mantener la esterilización en la nursery. A veces la gente de… ciertos orígenes… olvida los protocolos médicos básicos.
Gabriel no respondió de inmediato. Caminó hacia nosotros, ignorando a Victoria, y me tomó del brazo con una suavidad que contrastaba con su imagen de hombre duro. Revisó las marcas rojas en mi piel y luego clavó sus ojos en la doctora.
—Victoria, te pedí que vinieras a revisar a mis hijas, no a dar lecciones de higiene a mi personal —dijo Gabriel. Su voz era baja, pero tenía el filo de una guillotina—. Liliana no es “personal de servicio” común. Es la nana de mis hijas y tiene mi absoluta confianza. Si tienes algo que decir sobre su desempeño, me lo dices a mí. En mi despacho. ¿Fui claro?
Victoria palideció, pero asintió con una elegancia forzada. —Por supuesto, Gabriel. Solo me preocupa la seguridad de las bebés. Es mi deber profesional.
—Tu deber profesional terminó por hoy. Harold te acompañará a la salida. Ya revisaré yo el reporte de las niñas más tarde.
Victoria tomó su maletín, me lanzó una última mirada cargada de un odio que prometía venganza, y salió de la habitación. El sonido de sus tacones alejándose fue el único ruido durante varios segundos.
Gabriel suspiró, soltando mi brazo. Se veía cansado, pero sus ojos estaban fijos en mí. —¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, señor. Estoy bien. No es nada que no haya pasado antes.
Gabriel caminó hacia la ventana, mirando hacia el jardín donde Tony Russo entrenaba a los nuevos reclutas. —Victoria es una mujer peligrosa, Liliana. No porque tenga armas, sino porque tiene acceso. Conoce los secretos de esta familia. Pero no voy a permitir que te intimide. Sin embargo… necesito que estés preparada.
—¿Preparada para qué?
Él se giró. —Ricardo Lawson ha sido visto en la ciudad. Tony recibió un reporte anoche. Está moviéndose en los círculos de Castellano. Parece que no solo quiere el dinero, parece que su orgullo está herido porque su “propiedad” está bajo mi techo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. —Él nunca me dejará en paz, ¿verdad?
Gabriel se acercó y, por primera vez, tomó mis manos entre las suyas. Eran manos grandes, curtidas, manos que sabían cómo destruir, pero que en ese momento solo me transmitían una fuerza inmensa.
—Escúchame, Liliana. En este mundo, el miedo es una herramienta, pero no puede ser tu dueña. A partir de hoy, Tony te dará unas lecciones básicas de seguridad. No quiero que seas una experta, pero quiero que sepas qué hacer si suena una alarma, cómo identificar un vehículo que te sigue y cómo usar un botón de pánico.
—¿Llegaremos a eso? —pregunté, con la voz quebrada.
—Espero que no. Pero prefiero que seas una mujer preparada en una casa segura, que una víctima sorprendida. Mis hijas te necesitan viva y fuerte. Y yo… —se detuvo, como si las palabras se le hubieran trabado en la garganta—, yo no podría perdonarme que algo te pasara bajo mi guardia.
Esa tarde, la mansión se transformó. Lo que antes veía como un palacio de lujo, empezó a revelarse como una fortaleza de guerra. Tony Russo me llevó al sótano, a una habitación llena de monitores que mostraban cada centímetro de la propiedad.
—Mira bien, Liliana —dijo Tony, señalando las pantallas—. Tenemos treinta y dos cámaras de alta definición. Sensores de movimiento en las bardas. Vidrios blindados nivel siete. Si alguien intenta entrar, lo sabremos antes de que pongan un pie en el jardín. Pero la tecnología falla. Tu instinto no.
—¿Qué debo buscar, Tony?
—Cosas que no encajen. Un coche estacionado dos veces en la misma esquina. Un repartidor que no lleva el uniforme correcto. El silencio repentino de los perros. Pero sobre todo, Liliana, necesito que confíes en nosotros. Si ves algo, por pequeño que sea, me avisas a mí o a Gabriel. No intentes ser una heroína.
Regresé a la nursery con la cabeza dándome vueltas. El mundo de Gabriel De la Mora no era solo dinero y poder; era una vigilancia constante, una vida vivida en las sombras de la sospecha.
Por la noche, después de acostar a las gemelas, me quedé mirando por la ventana de mi habitación. La Ciudad de México brillaba a lo lejos, un mar de luces que ocultaba a miles de depredadores. Pensé en Ricardo. Imaginé su rostro lleno de odio, su obsesión por controlarme. Y luego pensé en Gabriel.
Dos hombres tan diferentes, y sin embargo, ambos manejaban el destino de las personas con una palabra. Uno quería destruirme; el otro, por razones que aún no terminaba de comprender, quería salvarme.
De pronto, un movimiento en el jardín captó mi atención. Una sombra se movía cerca de la fuente de piedra. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Recordé las palabras de Tony: “Instinto”.
No era un guardia. Los guardias caminaban con un ritmo específico, con radios que brillaban ocasionalmente. Esta sombra era errática, agachada.
Corrí hacia el teléfono de la habitación y marqué la extensión de Gabriel. —Señor… hay alguien en el jardín. Cerca de la fuente —susurré, con el miedo apretándome la garganta.
—Quédate en tu cuarto. Bloquea la puerta. Voy para allá —la voz de Gabriel fue un latigazo de adrenalina.
Escuché el sonido sordo de las alarmas silenciosas. Luces rojas empezaron a parpadear débilmente en el pasillo. Me pegué a la puerta, escuchando el caos controlado que se desataba afuera. Gritos ahogados, el sonido de pies corriendo sobre la gravilla, y luego, un silencio sepulcral que duró lo que parecieron horas.
Finalmente, tres golpes suaves en mi puerta. —Soy yo, Liliana. Abre.
Abrí la puerta. Gabriel estaba ahí, con una pistola en la mano y el rostro cubierto de una frialdad aterradora. Detrás de él, Tony Russo sujetaba a un hombre joven, despeinado y tembloroso. No era Ricardo.
—¿Quién es? —pregunté, tratando de recuperar el aliento.
—Un mensajero —dijo Gabriel, guardando el arma en su cinturón—. Logró saltar la barda trasera. No venía a matar a nadie. Venía a entregar esto.
Gabriel me tendió un sobre de papel estraza, manchado de tierra. Con manos temblorosas, lo abrí. Adentro había una sola cosa: un pequeño zapatito de bebé, viejo y gastado. El zapatito que yo había guardado como el único recuerdo de mi hijo Miguel, y que pensé que se había perdido en mi huida de Veracruz.
En el zapatito había una nota escrita con una letra que conocía demasiado bien: “Lo que es mío, siempre vuelve a mí. Disfruta de tus nuevas muñecas, Liliana, porque pronto te daré una razón de verdad para llorar. – R.”
Me derrumbé en el suelo, abrazando el zapatito contra mi pecho. El pasado no estaba en Veracruz. El pasado había saltado la barda de la mansión más segura de México.
Gabriel se arrodilló a mi lado y me rodeó con sus brazos. No dijo nada, pero sentí su pecho firme contra mi espalda, una muralla de carne y hueso que intentaba protegerme de un fantasma.
—Él sabe dónde estoy —sollocé—. Sabe lo de las niñas.
—Lo sabe —dijo Gabriel, y su voz sonó como el trueno antes de la tormenta—. Pero cometió un error. Al enviarte esto, me dio una razón legal y personal para terminar con él. Mañana empezamos la cacería, Liliana. Nadie amenaza lo que es mío y vive para contarlo.
Esa noche, no dormí en mi cama. Gabriel ordenó que pusieran un colchón en el suelo de la nursery, y él mismo se quedó sentado en el sillón de la esquina, con la mirada fija en la puerta y el arma sobre su regazo.
Miré a las gemelas durmiendo, ajenas al mundo de sangre y amenazas que las rodeaba. Y miré a Gabriel, el hombre que había jurado protegernos.
La guerra no solo era entre familias de la mafia. La guerra era por mi alma, y por primera vez en mi vida, sentí que tenía un ejército de mi lado. Pero el precio de esa protección era algo que todavía me daba miedo imaginar.
Victoria Ashford tenía razón en algo: yo era un experimento. Pero lo que ella no sabía es que, en los experimentos más peligrosos, a veces es el sujeto el que termina controlando al científico.
Y yo estaba dispuesta a todo para que ese zapatito fuera lo último que Ricardo Lawson enviara en su vida.
CAPÍTULO 5: LA CACERÍA DEL LOBO Y EL SANTUARIO DE CRISTAL
El amanecer en las Lomas de Chapultepec no trajo la luz habitual, sino una neblina densa y fría que se filtraba por los jardines de la mansión De la Mora. Yo no había cerrado los ojos en toda la noche. Me encontraba sentada en la alfombra de la nursery, con la espalda apoyada en la cuna de Sofía. En mi mano derecha apretaba el pequeño zapatito de bebé que el mensajero de Ricardo había dejado como una sentencia de muerte. El cuero viejo del zapato se sentía frío contra mi piel, pero para mí, era como sostener un trozo de carbón encendido que me quemaba el alma.
Cada sombra que se proyectaba en la pared me parecía un intruso. Cada crujido de la madera noble de la mansión me hacía saltar. Mi mente volaba de regreso a Veracruz, a esas noches de terror donde Ricardo llegaba oliendo a alcohol y a traición, y donde yo solo podía rezar para que no me encontrara. Pero ahora era distinto. Ahora había dos vidas inocentes dependiendo de mi cordura.
La puerta se abrió suavemente. No necesité mirar para saber quién era. El aroma a tabaco y sándalo lo precedía. Gabriel entró, ya vestido con un traje oscuro, pero sin la corbata. Se veía imponente, una montaña de determinación en medio de mi naufragio.
—Sigues despierta —dijo Gabriel. No era una pregunta, era una observación llena de una extraña empatía.
—No puedo dormir, señor. Siento que si cierro los ojos, él va a entrar por esa ventana y se va a llevar lo último que me queda de dignidad —respondí, con la voz ronca de tanto silencio.
Gabriel se acercó y se sentó en el sillón frente a mí. En la penumbra, su rostro parecía tallado en piedra volcánica. —Escúchame bien, Liliana. Ricardo Lawson cometió el error más grande de su miserable vida. Cree que está jugando con una mujer indefensa en una casa cualquiera. No sabe que al tocarte a ti, ha puesto una diana en su pecho frente a toda mi organización. Tony ya tiene a diez hombres rastreando cada cámara de la ciudad. No va a encontrar un lugar donde esconderse, ni siquiera debajo de la tierra.
—Él no tiene miedo, Gabriel —dije su nombre por primera vez sin el “señor”, y él no me corrigió—. Él disfruta del miedo de los demás. Es un parásito que se alimenta del dolor. Ese zapatito… él lo guardó solo para este momento. Para recordarme que nunca seré libre.
Gabriel se inclinó hacia adelante, tomando suavemente la mano con la que yo apretaba el zapato. Sus dedos eran cálidos y fuertes. —Hoy serás libre, Liliana. Te lo prometo por la memoria de mi esposa y por la vida de mis hijas. Pero necesito que seas fuerte. No puedes desmoronarte ahora.
A las diez de la mañana, la mansión se había transformado en un centro de comando de guerra. El despacho de Gabriel estaba lleno de pantallas táctiles y mapas digitales de la Ciudad de México y el área metropolitana. Tony Russo dirigía a un grupo de hombres jóvenes, expertos en informática y vigilancia, que tecleaban sin descanso.
—Jefe, tenemos algo —dijo Tony, señalando una pantalla que mostraba el video de una cámara de seguridad de una gasolinera en la salida hacia Puebla—. Identificamos el vehículo que dejó al mensajero anoche. Es un Chevy modelo viejo, placas del Estado de México, reportado como robado hace tres días. Pero mira quién baja a comprar cigarros diez minutos después de la entrega.
La imagen se amplió. Pixeleada y granulada, pero inconfundible. Ricardo Lawson. Tenía el mismo aspecto descuidado, la misma sonrisa cínica de hombre que se cree intocable. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y miraba directamente a la cámara como si supiera que lo estábamos observando.
Gabriel se acercó a la pantalla, sus ojos brillando con una furia fría. —¿Dónde está ahora?
—Perdimos el rastro en los límites de Iztapalapa, pero estamos cruzando datos con los informantes de Castellano —respondió Tony—. Nadie se mueve en esa zona sin que alguien hable por unos cuantos billetes. Lo vamos a tener antes de que anochezca.
Yo estaba de pie en la puerta, observando todo con una mezcla de fascinación y horror. Ese era el mundo de Gabriel. Un mundo donde la tecnología y la violencia se mezclaban para impartir una justicia que no conocía de leyes ni de jueces.
De pronto, Harold apareció a mi lado. —Liliana, la doctora Victoria está en la entrada. Dice que tiene unos resultados urgentes de laboratorio para las niñas. El patrón dio órdenes de que nadie pase sin ser revisado, pero ella está insistiendo de forma muy… vocal.
—Dile que pase, Harold —dijo Gabriel sin apartar la vista de los mapas—. Quiero tenerla cerca. Tony, mantén un ojo en ella mientras revisa a las niñas. No confío en sus “urgencias”.
Victoria entró a la mansión minutos después. No parecía una doctora que trajera buenas noticias; parecía una reina que venía a reclamar un trono perdido. Cuando pasó junto a mí en el pasillo, se detuvo y me miró con una sonrisa que me heló la sangre.
—Aún estás aquí, Liliana. Qué resistencia —susurró Victoria, asegurándose de que nadie más escuchara—. Me enteré de que hubo un “incidente” anoche. Un intruso. Qué lástima que la seguridad de Gabriel sea tan… porosa cuando se trata de protegerte a ti.
—La seguridad es perfecta, doctora —respondí, manteniendo la barbilla en alto—. El intruso está muerto de miedo ahora mismo, porque sabe que Gabriel lo está cazando.
Victoria soltó una carcajada cristalina. —¿Cazando? Gabriel está perdiendo el tiempo contigo. Ricardo Lawson es solo un síntoma. El verdadero problema es que tú atraes la tragedia como un pararrayos. Mientras estés en esta casa, las niñas nunca estarán seguras. ¿No te sientes culpable, Liliana? ¿No te duele saber que por tu culpa Bella y Sofía podrían pagar el precio de tu pasado?
Sus palabras fueron como dardos envenenados. Era exactamente lo que yo pensaba en la oscuridad de la noche. Victoria sabía dónde golpear para hacerme sangrar por dentro.
—Vaya a revisar a las niñas, doctora —dije, tratando de que no notara el temblor en mis manos—. Eso es para lo que le pagan, ¿no?
Victoria se alejó con un movimiento elegante de sus hombros. Yo me quedé ahí, sintiendo que el aire se me escapaba. Fui hacia la cocina por un vaso de agua, pero antes de llegar, Tony me interceptó.
—No la escuches, Liliana —dijo Tony con su voz áspera—. Esa mujer tiene más veneno que una nauyaca. Gabriel sabe lo que hace. Ella solo está celosa porque tú lograste en una noche lo que ella no pudo en cinco años: que el jefe volviera a sentir algo más que rabia.
—¿Qué quieres decir, Tony?
Tony miró hacia el despacho de Gabriel y luego a mí. —Gabriel no está cazando a Ricardo solo por la seguridad de la casa. Lo está haciendo por ti. Nunca lo había visto así por nadie desde Serena. Ten cuidado, porque el amor en este mundo es un objetivo muy fácil de atacar.
A mediodía, Gabriel me llamó al jardín trasero. Estaba junto a la fuente de piedra, donde anoche había aparecido el intruso. El sol brillaba con fuerza, pero él parecía envuelto en una sombra permanente.
—Toma esto —dijo, tendiéndome un objeto pequeño y pesado. Era un botón de pánico disfrazado de llavero plateado—. Si alguna vez te sientes en peligro, si ves algo que no te gusta, si la doctora se pasa de la raya… presiónalo. Tony y yo recibiremos una señal inmediata en nuestros teléfonos.
—Gracias, Gabriel —dije, guardando el objeto en mi bolsillo—. ¿Ya saben dónde está él?
Gabriel asintió. —Está escondido en una casa de seguridad en Ciudad Neza. Cree que está protegido por los restos de la gente de Castellano. No sabe que sus propios protectores ya me vendieron su ubicación a cambio de que no queme su vecindario completo.
—¿Vas a ir tú? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
—Tengo que hacerlo, Liliana. Necesito mirar a los ojos al hombre que te hizo esa cicatriz. Necesito que entienda que en el momento en que decidió enviarte ese zapatito, firmó su sentencia.
—No te arriesgues por mí… —susurré, dando un paso hacia él sin darme cuenta.
Gabriel me tomó del rostro con ambas manos. Su tacto fue inesperadamente dulce. —No es solo por ti. Es por lo que representas. Eres la primera luz que ha entrado en esta casa en mucho tiempo. No voy a dejar que un parásito como Lawson la apague. Quédate aquí, con Harold y los guardias. No salgas por nada del mundo. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —dije, cerrando los ojos y dejando que mi frente descansara contra la suya por un breve segundo. En medio de la guerra, ese momento de paz se sintió como una eternidad.
Gabriel se dio la vuelta y caminó hacia las camionetas blindadas que ya lo esperaban en la entrada con los motores encendidos. Tony le entregó un chaleco antibalas y un arma larga. Los vi partir en una procesión de acero y vidrios polarizados, dejando la mansión en un silencio tenso.
La tarde se volvió eterna. Me quedé en la nursery con las niñas, tratando de distraerme jugando con ellas, pero mis oídos estaban sintonizados a cualquier ruido exterior. Victoria se había ido después de una revisión rápida, lanzándome una mirada de triunfo que no comprendí en ese momento.
Harold me trajo de comer, pero apenas pude probar bocado. —Tranquila, Liliana. El patrón es un hombre que no deja cabos sueltos. Esa gente de Neza no tiene oportunidad contra él.
—No es eso lo que me preocupa, Harold. Es lo que viene después. Si Gabriel mata a Ricardo, ¿seré libre o estaré encadenada a esta deuda de gratitud para siempre?
Harold me miró con sabiduría. —Usted ya no es una prisionera de su pasado, Liliana. Pero el amor de un hombre como Gabriel… eso es una cadena de otro tipo. Una que uno elige llevar.
De repente, el silencio de la tarde fue roto por el sonido de una alarma. Pero no era la alarma perimetral. Era una alarma interna, proveniente del ala de servicios.
Corrí hacia el pasillo, con el corazón en la boca. Los guardias se movían rápidamente hacia la cocina. —¡¿Qué pasa?! —grité.
—Hubo una explosión en el cuarto de máquinas, señorita —dijo uno de los guaruras mientras desenfundaba su arma—. Parece un sabotaje. Quédese en la nursery, ¡ahora!
Regresé corriendo a la habitación de las niñas y bloqueé la puerta con la pesada silla de madera. Tomé el botón de pánico en mi mano, lista para presionarlo. Pero entonces, escuché un ruido que me heló la sangre. No venía del pasillo. Venía de adentro de la nursery.
Un panel de madera en la pared, oculto detrás de la estantería de libros, se deslizó lentamente. Era un pasadizo de servicio que yo no sabía que existía.
De la oscuridad del pasadizo surgió una figura. No era Ricardo. Era un hombre joven, con el rostro cubierto por un pasamontañas, pero sus ojos eran salvajes. En su mano llevaba una jeringa llena de un líquido lechoso.
—No hagas ruido, preciosa —dijo con un acento chilango marcado—. La doctora dijo que si colaboras, no te pasará nada. Solo queremos a las chamacas.
¡Victoria! Todo era una trampa coordinada. Ella había aprovechado la distracción de la cacería de Gabriel para enviar a alguien por el pasadizo que ella, como médica de la familia, conocía perfectamente.
No lo pensé. El miedo que me había paralizado toda la vida se convirtió en una furia ciega. Agarré una lámpara de cerámica pesada de la mesa de noche y, antes de que el hombre pudiera reaccionar, se la estrellé en la cabeza con toda mi fuerza.
El hombre cayó al suelo, aturdido. La jeringa voló por el aire. Presioné el botón de pánico con todas mis fuerzas, una, dos, tres veces.
El intruso intentó levantarse, maldiciendo, pero yo ya estaba sobre él, golpeándolo con mis puños, con mis uñas, con cada gramo de odio que le tenía a Ricardo, a Victoria y a todos los que habían intentado hacerme daño. Estaba protegiendo a mis hijas.
—¡Con las niñas no! —gritaba yo mientras lo golpeaba—. ¡Con ellas no!
La puerta de la nursery fue derribada por Harold y dos guardias. En segundos, redujeron al hombre en el suelo. Harold me tomó de los hombros, tratando de calmarme. Yo estaba temblando, con el cabello desordenado y las manos manchadas de la sangre del intruso.
—Ya pasó, Liliana. Ya pasó —decía Harold—. Están a salvo.
Minutos después, mi teléfono sonó. Era Gabriel. Su voz sonaba agitada, se escuchaban disparos de fondo y sirenas. —¡Liliana! ¡Recibí la señal! ¿Están bien? ¡Dime que están bien!
—Estamos bien, Gabriel. Intentaron llevárselas, pero los detuvimos. Victoria… Victoria los ayudó.
Se hizo un silencio gélido al otro lado de la línea. —Tony se queda aquí para terminar con Lawson. Yo voy de regreso. Si Victoria Ashford sigue en la ciudad, le juro a Dios que no llegará al amanecer.
Colgué el teléfono y me desplomé junto a las cunas. Bella y Sofía me miraban con sus grandes ojos, sin entender el caos, pero por primera vez, no estaban llorando. Me miraban como si supieran que su madre acababa de ganar su primera batalla.
Me di cuenta de que Gabriel tenía razón. Ya no era una víctima. La mansión De la Mora ya no era mi escondite, era mi fortaleza. Y yo ya no era solo la nana. Era la mujer que defendería ese santuario con garras y dientes.
La cacería de Ricardo Lawson estaba terminando en Ciudad Neza, pero la guerra contra Victoria Ashford acababa de comenzar en el corazón de las Lomas. Y esta vez, yo no iba a quedarme mirando desde las sombras.
CAPÍTULO 6: EL JUICIO DE LAS SOMBRAS Y EL FIN DEL PASADO
El aire dentro de la nursery todavía olía a miedo y a la esencia metálica de la sangre. Yo estaba sentada en el suelo, con la espalda pegada a la cuna de madera de cedro de Bella, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba mi cuerpo, dejándome un temblor que no podía controlar. Harold estaba junto a la puerta, hablando por radio con los equipos de seguridad que revisaban centímetro a centímetro los pasadizos secretos de la mansión. El intruso, aquel hombre que había intentado arrebatarnos la paz, ya no estaba; se lo habían llevado los hombres de Tony, pero su sombra parecía seguir proyectada en las paredes.
De pronto, el sonido de neumáticos derrapando sobre la gravilla del jardín rompió el silencio del exterior. Fue un estruendo de portazos y órdenes gritadas con autoridad. Sabía quién era. Solo un hombre podía mover la energía de ese lugar de esa manera.
Gabriel De la Mora entró en la habitación como una tormenta de furia y acero. Su camisa blanca estaba manchada de hollín y sangre, y sus ojos eran dos carbones encendidos. No miró a Harold, no miró al guardia en la puerta. Sus ojos se clavaron directamente en mí.
—¡Liliana! —gritó, su voz rompiéndose por primera vez—. ¡Dime que estás bien! ¡Dime que no les pasó nada!
Me puse de pie con dificultad, apoyándome en la cuna. Gabriel acortó la distancia en dos zancadas y me tomó por los hombros, revisándome el rostro, las manos, el alma. Cuando vio mis nudillos heridos y la mancha de sangre en mi delantal, soltó un gruñido de dolor puro.
—Estoy bien, Gabriel —susurré, dejando que mis manos descansaran sobre su pecho, sintiendo su corazón galopando bajo la tela fina de su camisa—. Las niñas están bien. No dejaron que se las llevaran.
Él me atrajo hacia sí en un abrazo tan apretado que casi no podía respirar. Era un abrazo que no pedía permiso, un refugio de carne y hueso. Gabriel hundió el rostro en mi cuello y soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que salió hacia Ciudad Neza.
—Si algo les hubiera pasado… si algo te hubiera pasado a ti por mi culpa… —balbuceó contra mi piel—. Juro que hubiera quemado esta ciudad entera.
—¿Y Ricardo? —pregunté, temiendo la respuesta.
Gabriel se separó un poco, sus ojos se volvieron fríos de nuevo. —Ricardo Lawson ya no es un problema, Liliana. Tony se encargó de que su camino terminara en Neza. Ya no hay deudas, ya no hay zapatitos de bebé, ya no hay amenazas. Pero el verdadero enemigo no estaba afuera. Estaba tomando café en nuestra mesa.
Se giró hacia Harold, quien mantenía una postura rígida. —¿Dónde está ella?
—La tenemos en el despacho principal, señor —respondió Harold con voz grave—. Tony la interceptó cuando intentaba salir por la puerta de servicio de la cocina. Decía que se le habían olvidado unas llaves, pero llevaba un pasaporte y una maleta con efectivo en el asiento trasero de su coche.
—Tráela —ordenó Gabriel—. Y trae también al infeliz que Liliana noqueó. Quiero que se miren a la cara antes de que los mande al infierno.
Diez minutos después, el despacho de Gabriel se convirtió en el escenario de un juicio implacable. La luz de la lámpara de escritorio era la única fuente de iluminación, creando sombras largas que hacían que el lugar pareciera una catedral de justicia oscura.
Victoria Ashford estaba sentada en una silla de cuero, con las manos esposadas a los brazos del mueble. Ya no era la mujer impecable y elegante de las mañanas. Su cabello rubio estaba desordenado, su maquillaje corrido y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de pánico y un orgullo herido que no se doblaba. Al otro lado de la habitación, el intruso —un joven de unos veinte años llamado “El Pelón”— estaba custodiado por Tony Russo, quien no le quitaba la vista de encima.
Yo estaba de pie junto a Gabriel, sintiendo su mano en mi cintura, una presencia constante que me daba la fuerza necesaria para no salir corriendo.
—Victoria —comenzó Gabriel, caminando lentamente alrededor de ella—. Te conozco desde hace diez años. Cuidaste de mi esposa. Cuidaste de mis hijas desde que estaban en el vientre de Serena. Te abrí las puertas de mi casa, de mi confianza, de mi familia. ¿Por qué?
Victoria soltó una risa amarga, mirando hacia el techo. —¿Confianza, Gabriel? Nunca confiaste en mí. Siempre fui “la doctora”. La mujer que estaba ahí para resolver tus problemas médicos mientras tú seguías llorando por Serena. Yo te amaba. Yo estuve en cada noche de insomnio, en cada crisis de salud de las niñas. Pero entonces llegó ella —me señaló con la barbilla, con un desprecio que me quemó—. Una gata que limpia pisos. Una mujer con un pasado criminal. Y tú, el gran Gabriel De la Mora, caíste a sus pies porque sabe cantar un par de canciones de cuna.
—No se trata de ella, Victoria —rugió Gabriel, golpeando el escritorio—. Se trata de que intentaste secuestrar a mis hijas. Usaste el pasadizo de servicio que solo tú y yo conocíamos. ¡Pusiste a mis bebés en manos de un mercenario!
—¡No les iba a pasar nada! —gritó Victoria, perdiendo la compostura—. Solo quería que desaparecieran por unos días. Quería que vieras que esa mujer era incapaz de protegerlas. Quería que regresaras a mí, que me pidieras ayuda, que te dieras cuenta de que yo soy la única que pertenece a tu mundo.
—¿Y qué hay de Serena? —preguntó Tony Russo desde la sombra, su voz como un latigazo.
El silencio que siguió fue absoluto. Victoria se quedó helada. Gabriel se detuvo en seco, mirando a su jefe de seguridad.
—¿De qué hablas, Tony? —preguntó Gabriel con una voz peligrosamente baja.
Tony lanzó una carpeta sobre el escritorio. Eran reportes de laboratorio privados que él mismo había mandado a hacer con las muestras de sangre que aún se conservaban de la difunta esposa de Gabriel. —Investigué a Victoria en cuanto Liliana me dijo lo del pasadizo. Revisé las bitácoras de la farmacia personal de la doctora. Durante los últimos meses del embarazo de Serena, Victoria le estuvo administrando dosis pequeñas de un anticoagulante mezclado con sus vitaminas. No lo suficiente para matarla de inmediato, pero lo suficiente para asegurar que, durante el parto, la hemorragia fuera incontrolable.
Gabriel se tambaleó como si hubiera recibido un disparo. Miró a Victoria, cuya mirada se había vuelto salvaje, como la de un animal acorralado.
—¿Tú… tú mataste a Serena? —susurró Gabriel, su voz era un hilo de agonía pura.
Victoria no lo negó. Se echó hacia atrás en la silla y empezó a reír, una risa histérica que resonó en todo el despacho. —¡Ella no te merecía! Era débil, Gabriel. Era una niña rica que no sabía nada de tu mundo. Yo podía darte herederos fuertes, yo podía estar a tu lado en la guerra. La envenené, sí. Y lo haría mil veces más. Pero el destino es una basura, porque te dejó a esas dos mocosas que solo sirven para recordarte a ella.
Gabriel sacó su arma en un movimiento tan rápido que apenas pude verlo. Le puso el cañón directamente en la frente a Victoria. Ella cerró los ojos, pero no dejó de sonreír.
—¡Hazlo, Gabriel! —gritó ella—. ¡Mátame! ¡Conviértete en el monstruo que ella tanto temía! ¡Demuéstrale a tu “nanita” quién eres en realidad!
Yo vi el dedo de Gabriel tensarse en el gatillo. Vi la vena de su cuello saltar por la presión. El aire estaba cargado de muerte. En ese momento, no pensé en la justicia, ni en la ley. Pensé en las gemelas. Pensé en el hombre que me había rescatado del miedo y en cómo esa bala iba a destruir lo último que quedaba de su humanidad.
—Gabriel, no —dije, poniendo mi mano sobre la suya, bajando suavemente el arma—. No lo hagas por ella. Hazlo por Bella y Sofía. No dejes que sus manos huelan a la misma sangre que mató a su madre. Ella no vale tu libertad. Ella no vale que te conviertas en lo que ella quiere.
Gabriel me miró. Vi la lucha en sus ojos, el deseo de venganza chocando contra la luz que yo intentaba darle. Fueron los segundos más largos de mi vida. Finalmente, soltó un suspiro pesado y bajó el arma.
—Tony —dijo Gabriel, dándole la espalda a Victoria—. Llévatela. Entrega todas las pruebas a la Federal. Tengo amigos ahí que se encargarán de que Victoria Ashford nunca vuelva a ver la luz del sol. Quiero que pase el resto de sus días en una celda de tres por tres, pensando en cómo perdió todo por su propia locura.
Tony asintió y, junto con dos guardias, levantó a Victoria. Ella empezó a gritar insultos, maldiciones contra mí, contra Gabriel, contra la memoria de Serena, hasta que su voz se perdió en los pasillos de la mansión.
Cuando el despacho quedó en silencio, Gabriel se desplomó en su silla. Ocultó el rostro entre sus manos y se quedó ahí, inmóvil. Me acerqué a él y lo rodeé con mis brazos, dejando que apoyara su cabeza en mi vientre.
—Se acabó, Gabriel —le susurré, acariciando su cabello—. El pasado ya no tiene garras.
—La tuve en mi casa todos estos días, Liliana… —dijo él con la voz quebrada—. La mujer que mató a mi esposa estaba cargando a mis hijas. Siento que he fallado en todo.
—No fallaste. Sobreviviste. Y gracias a ti, ellas están a salvo. Ahora podemos empezar de verdad.
Él levantó la vista y me miró con una profundidad que me hizo vibrar. —Tony me dijo algo antes de que tú entraras. Dijo que Ricardo Lawson intentó vender tu ubicación a los Castellano antes de morir. Pero cuando lo encontramos… él no pedía dinero. Pedía perdón. Dijo que tú eras lo único bueno que había tenido en su vida y que el odio lo había vuelto ciego.
—¿Qué le pasó? —pregunté, sintiendo un último rastro de tristeza por el hombre que una vez amé.
—Tony le dio una oportunidad de irse en paz. Se fue rápido. Ya no tienes que mirar por encima del hombro, Liliana. Ricardo Lawson ya no existe. El mundo de Veracruz se quemó hoy.
Esa noche, la mansión De la Mora tuvo una atmósfera diferente. Los guardias seguían ahí, las cámaras seguían encendidas, pero el peso de la sospecha se había evaporado. Gabriel y yo nos quedamos en la nursery hasta la madrugada, viendo dormir a Bella y Sofía.
En medio de la penumbra, Gabriel me tomó de la mano. —No sé qué nos depara el futuro, Liliana. Mi mundo sigue siendo peligroso, y mis enemigos no han desaparecido todos. Pero sé que no quiero caminar por este sendero solo.
—No estás solo, Gabriel. Nunca más.
Él se inclinó y me dio un beso suave en la frente. —Mañana llamaremos a los mejores abogados. Quiero que legalmente seas la tutora de mis hijas conmigo. Quiero que lleves el apellido De la Mora. No como una empleada, ni como una protegida… sino como lo que eres. La mujer que salvó a esta familia.
Miré a las niñas, luego a Gabriel, y finalmente a mis propias manos, que ya no temblaban. La cicatriz de mi brazo seguía ahí, un mapa de mi dolor, pero ahora era también un recordatorio de mi fuerza. Había entrado a la mansión de un capo buscando un sueldo, y había encontrado un destino.
La guerra contra las sombras había terminado. Pero la vida, la verdadera vida junto a Gabriel y las gemelas, apenas comenzaba a escribirse bajo el cielo estrellado de las Lomas.
CAPÍTULO 7: EL RENACER DE LAS JACARANDAS Y EL GRITO DEL PASADO
Habían pasado seis meses desde que el nombre de Victoria Ashford se convirtió en un susurro prohibido en los pasillos de la mansión De la Mora. Seis meses desde que el eco de los disparos en Ciudad Neza se extinguió, llevándose consigo la sombra de Ricardo Lawson. La Ciudad de México nos recibía ahora con una primavera explosiva; las jacarandas habían teñido las calles de las Lomas con un alfombra violeta que parecía querer ocultar la sangre derramada en el pasado.
Yo ya no era la mujer que entró temblando por el portón de hierro. Mi cuerpo había sanado, pero mi alma era la que había experimentado la verdadera metamorfosis. Ya no vestía el uniforme de servicio. Ahora, mis mañanas transcurrían en el jardín trasero, rodeada de rosas blancas, viendo cómo Bella y Sofía daban sus primeros pasos sobre el césped perfectamente cortado.
Esa mañana, el sol calentaba con una dulzura inusual. Me encontraba sentada en una manta de picnic, observando a Sofía intentar atrapar una mariposa con sus manitas regordetas.
—¡Cuidado, mi amor! No te vayas a tropezar —dije, sintiendo una sonrisa que ya no era forzada.
—¡Ma… ma! —balbuceó Sofía, girándose hacia mí con una risa cristalina.
El mundo se detuvo por un segundo. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un nudo en la garganta. No era la primera vez que lo decían, pero cada vez que esa palabra salía de sus labios, era como si una herida invisible se cerrara en mi pecho. Yo, que había perdido a mi Miguel antes de conocer su voz, ahora recibía el regalo más sagrado de la vida.
—¿Escuchaste eso, Harold? —pregunté al mayordomo, que estaba a unos metros supervisando el servicio de té.
Harold bajó la mirada, limpiándose discretamente una lágrima de la mejilla con su pañuelo de seda. —Lo escuché, señorita Liliana. Y si me permite la impertinencia, es el sonido más justo que ha resonado en esta casa en veinticinco años. Ellas saben quién es su verdadera madre, la que el destino les envió.
En ese momento, Gabriel apareció en el porche. Ya no usaba los trajes oscuros y rígidos de antes. Llevaba una camisa de lino azul claro con las mangas arremangadas, revelando los tatuajes que contaban la historia de un hombre que había sobrevivido a mil batallas. Se acercó a nosotros y se agachó para cargar a Bella, que corría hacia él gritando “¡Baba!”.
Gabriel la besó en la frente y luego me miró a mí. Su mirada ya no tenía el frío del acero; tenía la calidez de un hogar encontrado en medio de la guerra.
—Tony dice que los negocios en el norte están tranquilos —dijo Gabriel, sentándose a mi lado en la manta—. He decidido delegar el mando operativo de la organización. Quiero estar aquí, Liliana. Quiero verlas crecer. No quiero que su primer recuerdo de mí sea el de un hombre que solo sabe dar órdenes de muerte.
—¿Hablas en serio, Gabriel? —pregunté, tomando su mano—. Ese mundo no te deja ir tan fácil.
—Lo sé. Pero por ellas, y por ti… estoy dispuesto a quemar todos los puentes que sean necesarios. Ya no quiero ser el “Rey del Acero” o el “Patrón de las Lomas”. Solo quiero ser el hombre que te ama y el padre que ellas merecen.
Esa tarde, Gabriel me pidió que lo acompañara al mirador del jardín, un lugar desde donde se veía todo el valle de México. El cielo estaba teñido de naranja y oro, un atardecer que parecía pintado por la mano de Dios.
Gabriel se detuvo y me tomó de ambas manos. Estaba nervioso; lo notaba en la forma en que su mandíbula se tensaba levemente. —Liliana, hace un año, tú entraste a mi casa como una extraña que solo buscaba sobrevivir. Yo era un hombre muerto por dentro, un fantasma que habitaba una mansión vacía. Tú no solo callaste el llanto de mis hijas; tú silenciaste los demonios de mi cabeza.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó una caja de terciopelo rojo. La abrió y un diamante de una claridad absoluta brilló bajo la luz del ocaso. —No tengo un pasado limpio que ofrecerte, y sé que mi nombre siempre traerá sombras. Pero te ofrezco mi vida, mi lealtad y todo el amor que Serena me enseñó y que tú hiciste renacer. ¿Quieres casarte conmigo? ¿Quieres que seamos una familia de verdad ante Dios y ante los hombres?
Las lágrimas me nublaron la vista. Recordé a Ricardo, recordé el dolor, recordé el miedo. Y luego lo miré a él, el hombre que me había dado una razón para no rendirme. —Sí, Gabriel. Un millón de veces sí.
Nos abrazamos bajo el cielo de las Lomas, sellando una promesa que parecía invencible. Pero en México, la felicidad de los grandes hombres siempre tiene un precio de sangre.
La semana siguiente, mientras preparábamos los detalles de la boda, una llamada rompió la paz. Yo estaba en la sala, revisando catálogos de flores con Harold, cuando el teléfono de la casa sonó. Harold contestó, pero su rostro se transformó en una máscara de terror absoluto en cuestión de segundos.
—Señorita Liliana… es para usted —dijo con la voz temblorosa, extendiéndome el auricular.
—¿Bueno? —dije, con un presentimiento amargo en el estómago.
—¿Liliana Rojas? —Una voz ronca, con un acento del norte marcado y frío, resonó al otro lado—. Qué bonita vida te estás dando en la capital, mientras tu familia paga tus deudas en el fango.
—¿Quién es? ¿Qué quiere? —pregunté, sintiendo que el aire se me escapaba.
—Soy lo que queda de los Castellano. Tu “patrón” pensó que nos había acabado, pero las raíces de la maleza son profundas. Tenemos a tu tía Margaret. La sacamos de su casa en Veracruz esta mañana. Dice que te extraña mucho… y que no sabe por qué tiene que morir por culpa de una sobrina malagradecida que se acuesta con el enemigo.
Escuché un grito ahogado de fondo. Era la voz de mi tía Margaret, la mujer que, a pesar de sus errores, era lo único que me quedaba de mi sangre.
—¡No le hagan nada! ¡Por favor! —supliqué, cayendo de rodillas.
—Mañana a medianoche. Puerto de Veracruz, almacén número siete. Gabriel De la Mora debe venir solo con cinco millones de dólares en efectivo. Si vemos una sola patrulla o a Tony Russo cerca, le mandamos a la vieja en pedacitos a tu mansión de lujo. Tú decides, Liliana.
La llamada se cortó. Me quedé abrazando el teléfono, sollozando con una desesperación que pensaba que nunca volvería a sentir. Gabriel entró corriendo, alertado por los gritos de Harold.
—¿Qué pasó? ¡Dime qué pasó! —exigió, levantándome del suelo.
Le conté todo. El secuestro, la amenaza, los Castellano. Gabriel se quedó en silencio, con la mirada fija en la pared. Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que sus nudillos crujieron.
—Es una trampa —dijo Tony Russo, que acababa de entrar al salón—. Los Castellano no quieren el dinero. Quieren tu cabeza, Gabriel. Saben que estás débil emocionalmente. Si vas solo a Veracruz, no saldrás vivo de ese almacén.
—Es mi tía, Gabriel… —lloré, aferrándome a su camisa—. Es mi familia. No puedo dejar que muera por mi culpa. Ya perdí a mi hijo, ya perdí a mis padres… no puedo cargar con su muerte también.
Gabriel me tomó del rostro y me obligó a mirarlo a los ojos. —Escúchame, Liliana. No voy a dejar que muera. Pero tampoco voy a dejar que nos destruyan ahora que estamos a un paso de la libertad. Tony, convoca a los equipos. No vamos a ir a Veracruz como corderos. Vamos a ir como lo que somos: los dueños de este juego.
El viaje a Veracruz fue un descenso al infierno. Gabriel decidió que yo me quedaría en la mansión bajo la protección de la mitad del equipo de seguridad, pero yo me negué. No podía quedarme sentada esperando una llamada que me dijera que Gabriel estaba muerto. Al final, accedió a que yo fuera en una de las camionetas de apoyo, siempre y cuando no bajara del vehículo.
Llegamos al puerto cerca de la medianoche. El olor a salitre y a humedad era asfixiante. El puerto estaba en sombras, interrumpido solo por las luces de los barcos lejanos. Las camionetas blindadas se detuvieron a una distancia prudente del almacén siete.
Gabriel se puso su chaleco antibalas y cargó su pistola. Se veía como el hombre de antes: frío, calculador, letal. —Quédate aquí, Liliana. Pase lo que pase, no abras la puerta. Tony tiene órdenes de sacarte de aquí si algo sale mal.
—Vuelve —le dije, con el corazón en la mano—. Vuelve porque las niñas te esperan. Porque yo te espero.
Él me dio un beso rápido, un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo, y bajó de la camioneta. Lo vi caminar solo hacia la boca oscura del almacén, cargando una maleta que supuestamente contenía el dinero.
Tony y sus hombres se movían como sombras por los alrededores, posicionándose en los techos y detrás de los contenedores de carga. Yo miraba por el vidrio polarizado, rezando a cada santo que conocía.
De pronto, un grito rompió el silencio de la noche, seguido por el sonido seco de una ráfaga de metralleta. ¡RAT-TAT-TAT-TAT!
—¡Fuego! —gritó Tony por el radio.
El puerto se convirtió en una zona de guerra. Explosiones, destellos de disparos y gritos de dolor llenaron el aire. Yo veía sombras corriendo, hombres cayendo. No sabía dónde estaba Gabriel. No sabía si mi tía seguía viva.
La camioneta donde yo estaba fue blanco de disparos. Los vidrios blindados crujían bajo el impacto de las balas. Tony corrió hacia el almacén, abriendo fuego contra dos hombres que custodiaban la entrada.
—¡Gabriel! —grité, golpeando el vidrio, aunque nadie pudiera oírme.
Fueron quince minutos de un caos absoluto. El almacén parecía una hoguera de disparos. De repente, una figura salió de entre las sombras del edificio. Era Gabriel. Caminaba cojeando, apoyando su peso sobre Tony, pero en su otro brazo llevaba a mi tía Margaret, asustada y herida, pero viva.
Los hombres de los Castellano que sobrevivieron huyeron hacia los muelles, perseguidos por el equipo de Tony. Gabriel llegó hasta la camioneta y Tony abrió la puerta.
Subieron a mi tía, que no dejaba de llorar y pedir perdón. Pero cuando Gabriel intentó subir, se desplomó en el asiento. Tenía una mancha roja que crecía rápidamente en su costado izquierdo, justo debajo del chaleco.
—¡Gabriel! ¡No! —grité, tomándolo en mis brazos—. ¡Tony, ayúdame!
—Estoy bien… solo es un rasguño —dijo Gabriel, aunque su rostro estaba pálido como la cera—. Te dije que volvería…
—¡Arranca! ¡Vámonos de aquí ahora! —ordenó Tony al chofer.
Mientras la camioneta se alejaba del puerto a toda velocidad, yo presionaba mi delantal contra la herida de Gabriel, sintiendo su sangre caliente entre mis dedos. Mi tía me tomaba de la mano, sollozando.
—Perdóname, Lili… me obligaron a decir esas cosas… —decía mi tía Margaret.
—Shh, tía, ya pasó. Todo va a estar bien —respondí, aunque mis ojos estaban fijos en Gabriel, que luchaba por no cerrar los ojos.
—Liliana… —susurró él, buscándome la mano—. ¿Las niñas están bien?
—Están a salvo en casa, mi amor. Tienes que resistir. Tenemos una boda que celebrar, ¿recuerdas?
Gabriel sonrió débilmente, una sonrisa que me llenó de una esperanza dolorosa. —No voy a morir hoy. He pasado demasiados años en la oscuridad como para perderme el primer día de sol junto a ti.
La camioneta atravesó la noche veracruzana, huyendo de los restos de un pasado que se negaba a morir. Pero mientras miraba a Gabriel, supe que esta era la última batalla. No porque los enemigos hubieran terminado, sino porque nosotros ya no éramos los mismos. Habíamos pagado nuestra deuda con el dolor.
Llegamos a un hospital privado propiedad de un aliado de Gabriel en Xalapa. Los médicos lo entraron de urgencia a quirófano. Me quedé en la sala de espera junto a mi tía Margaret, ambas cubiertas de polvo y cansancio.
—Él realmente te ama, Lili —dijo mi tía, después de un largo silencio—. Nunca vi a un hombre caminar hacia la muerte con tanta calma solo por salvar a alguien relacionado contigo. Ese hombre ya no es un mafioso. Es un hombre enamorado.
Asentí, limpiándome las lágrimas. —Lo sé, tía. Y por eso, de ahora en adelante, voy a proteger este amor con todo lo que tengo.
Tres horas después, el cirujano salió. Gabriel estaba fuera de peligro. La bala no había tocado órganos vitales. Estaría en recuperación unas semanas, pero viviría.
Entré a su habitación al amanecer. Gabriel estaba despierto, conectado a un monitor, pero con una mirada serena.
—Hola, futura señora De la Mora —dijo con voz ronca.
Me senté a su lado y lo besé con toda la ternura de mi alma. —Ya no más, Gabriel. Ya no más deudas de sangre.
—Prometido —dijo él—. Mañana mismo, Tony empezará el proceso de disolución total de la rama armada. Nos vamos a dedicar al acero legal, a la construcción… y a ser felices.
Miré por la ventana del hospital. El sol estaba saliendo sobre las montañas de Veracruz, iluminando un mundo que ya no me parecía una amenaza. Habíamos sobrevivido a la traición, al secuestro y a la muerte.
La historia de la pobre empleada y el jefe temido estaba llegando a su fin, para darle paso a una historia nueva. Una historia donde el llanto no era de dolor, sino de alegría. Donde las cunas ya no estaban rodeadas de miedo, sino de canciones de cuna y promesas cumplidas.
El pasado se había quedado en el puerto de Veracruz, hundiéndose en el mar. Nosotros, en cambio, estábamos listos para volar.
CAPÍTULO 8: EL TRIUNFO DEL AMOR Y EL LEGADO DE LA PAZ
La luz del sol de junio en la Ciudad de México tenía una textura diferente; era una claridad que no hería, una calidez que parecía abrazar los muros de piedra volcánica de la mansión en las Lomas de Chapultepec. Habían pasado tres meses desde la noche sangrienta en el puerto de Veracruz. Las heridas físicas de Gabriel habían sanado, dejando apenas una marca plateada en su costado, una más en el mapa de su cuerpo, pero esta vez, esa cicatriz no contaba una historia de guerra, sino una de sacrificio por amor.
Me encontraba en el gran salón, frente a un espejo de cuerpo entero con marco dorado. El vestido de novia, una obra de arte en seda y encaje diseñada por manos mexicanas, me hacía sentir como si estuviera habitando un sueño del que temía despertar. Pero el peso de la tela y el frío de la diadema de brillantes en mi frente me recordaban que esto era real.
—Te ves… simplemente perfecta, Liliana —susurró una voz detrás de mí.
Me giré y vi a mi tía Margaret. Llevaba un vestido color lavanda y sus ojos, antes cargados de resentimiento y amargura, ahora brillaban con una paz que nunca creí ver en ella. Gabriel le había permitido quedarse en la casa pequeña del norte de la ciudad, protegida y cuidada, y ella había pasado los últimos meses pidiendo perdón de rodillas, no con palabras, sino con actos.
—Gracias, tía —respondí, tomando sus manos—. Gracias por estar aquí.
—No, gracias a ti, hija. Por no haberme dejado en ese almacén. Por haber visto en mí algo que ni yo misma veía. Ese hombre, Gabriel… él no solo te salvó a ti. Nos salvó a todos de la oscuridad en la que vivíamos.
Harold entró en la habitación, impecable en su frac negro. Al verme, se detuvo y se llevó una mano al corazón. El viejo mayordomo, que había sido el cronista silencioso de esta tragedia, parecía haber rejuvenecido diez años.
—Señorita Liliana… el jardín está listo. Los invitados han llegado. Pero sobre todo, el señor Gabriel la espera con una impaciencia que nunca le había conocido. Dice que si no baja en cinco minutos, él mismo subirá a buscarla entre los aplausos de todos.
Solté una risa nerviosa. —Ya voy, Harold. Solo… necesito un momento más.
Harold asintió y se acercó a mí, extendiéndome un pequeño sobre de papel antiguo. —Antes de que baje, el patrón me pidió que le entregara esto. Es algo que encontró en la caja de seguridad de la señora Serena hace poco. Ella dejó una nota diciendo que solo debía abrirse el día que el señor Gabriel volviera a encontrar la luz.
Con las manos temblorosas, abrí el sobre. Adentro había una fotografía de Serena, sonriendo, y una nota escrita con una caligrafía elegante: “Gabriel, si estás leyendo esto, es porque alguien ha logrado sanar el vacío que dejé. No te sientas culpable por amar de nuevo. Cuida a mis hijas, y permite que la mujer que esté a tu lado les enseñe que el mundo no solo es de acero, sino de flores. Gracias por ser feliz”.
Lloré silenciosamente, pero no de tristeza. Era el último cabo suelto del pasado, la bendición que Gabriel necesitaba para dejar de ser un viudo eterno y convertirse en un esposo presente.
El descenso por la gran escalera de mármol fue cinematográfico. Cada peldaño que bajaba era un paso más lejos de la Liliana que limpiaba baños en Veracruz y un paso más cerca de la mujer que iba a gobernar un imperio de paz. Al final de la escalera, Tony Russo me esperaba para escoltarme. Tony ya no llevaba un arma a la vista; ahora era el director legal de las empresas De la Mora, el hombre encargado de transformar el dinero gris en negocios blancos y prósperos.
—Estás radiante, jefa —me dijo Tony con su voz ronca, ofreciéndome el brazo—. El patrón tiene mucha suerte. Y yo también, por tener a alguien que le ponga los pies en la tierra.
—Gracias por todo, Tony. Por Veracruz, y por cuidarnos.
—Es mi trabajo, Liliana. Pero hoy, mi trabajo es solo disfrutar de ver a mi mejor amigo ser feliz.
Salimos al jardín. La decoración era un homenaje a México: miles de rosas blancas, arreglos de orquídeas de Chiapas y el aire perfumado con copal y flores de azahar. Una orquesta de cámara tocaba una melodía suave mientras los invitados —ahora empresarios, políticos y amigos reales, no solo socios del bajo mundo— se ponían de pie.
Al final del pasillo de flores, debajo de un arco de jacarandas y rosas, estaba él. Gabriel De la Mora. Se veía imponente en su esmoquin hecho a medida. Pero lo que me desarmó fue su rostro. Al verme, sus labios temblaron y sus ojos se humedecieron. El hombre que había enfrentado a carteles enteros estaba vulnerable ante la visión de una mujer vestida de blanco.
Y entonces, ocurrió lo que hizo que todos los presentes soltaran un suspiro de asombro. Bella y Sofía, que ya caminaban con más firmeza en sus vestiditos de seda blanca y coronas de flores, corrieron hacia mí a mitad del pasillo.
—¡Mama! ¡Mama! —gritaron al unísono, abrazándose a mis piernas y enredándose en el tul de mi vestido.
Me detuve, me agaché y las besé a ambas bajo el sol de la tarde. No hubo protocolo que valiera. La escena era la representación pura del triunfo de la vida. Gabriel caminó hacia nosotros, rompiendo la tradición de esperar en el altar, y nos rodeó a los tres con sus brazos.
—Te amo —me susurró al oído, frente a todo el mundo—. Gracias por no rendirte conmigo.
—Te amo, Gabriel. Gracias por darme una familia.
La ceremonia fue breve pero cargada de significado. El juez, un viejo amigo de la familia, habló de la resiliencia y de cómo el amor puede reconstruir incluso las ruinas más profundas. Cuando intercambiamos los anillos, Gabriel tomó mi mano y dijo sus votos con una voz que resonó en todo el jardín:
—Liliana, no te ofrezco un pasado libre de sombras, porque ambos sabemos de dónde venimos. Pero te ofrezco un futuro donde el único acero que toquemos sea para construir escuelas y hospitales. Te ofrezco mi lealtad eterna, mi protección y mi corazón, que desde hoy te pertenece a ti y a nuestras hijas. No eres mi esposa por contrato, eres mi esposa por destino.
Yo respondí con la voz entrecortada por la emoción: —Gabriel, prometo ser tu calma en la tormenta y tu luz en la oscuridad. Prometo amar a Bella y Sofía como la sangre de mi propia sangre, y prometo que en nuestra casa nunca volverá a reinar el silencio del miedo, sino el ruido de la risa. Eres mi hogar, y hoy mi viaje termina en tus brazos.
Cuando nos declararon marido y mujer, una lluvia de pétalos de rosa cayó desde los balcones de la mansión. Harold, en un rincón, cerró su libreta con un sello de cera roja, marcando el final del volumen más doloroso de la historia de los De la Mora y el inicio de uno nuevo.
EPÍLOGO: CINCO AÑOS DESPUÉS
La mansión De la Mora ya no es una fortaleza de guerra. Sigue teniendo seguridad, por supuesto, pero los guardias ahora usan uniformes más amables y pasan más tiempo ayudando a bajar juguetes de los árboles que vigilando posibles ataques. Las cercas electrificadas han sido reemplazadas por muros cubiertos de hiedra y buganvilias de colores vibrantes.
Me encontraba sentada en el porche, disfrutando de un café de olla. Bella y Sofía, ahora de cinco años, corrían por el jardín con su hermano menor, Miguel Ángel, un pequeño de tres años que tenía los ojos de Gabriel y la sonrisa traviesa que yo solía tener de niña. Miguel llevaba el nombre de mi hijo perdido, pero ya no era un nombre de luto, sino un nombre de renacimiento.
Gabriel salió de la casa, cargando una bandeja con fruta picada. Se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con su brazo.
—Tony dice que la fundación De la Mora ha terminado de construir el tercer orfanato en Veracruz —me comentó, besándome la sien—. Y que la escuela de música que abriste en la colonia ya tiene cien alumnos inscritos.
—Me hace feliz, Gabriel. Pensar que de tanto dolor pudimos construir algo bueno para otros niños.
Él miró a sus hijos jugar y luego me miró a mí. —A veces todavía me despierto en la noche y me pregunto si todo esto es real. Si realmente soy este hombre que desayuna fruta y se preocupa por las clases de ballet de sus hijas.
—Es real, mi amor. Porque tú elegiste que fuera real —le respondí, recargando mi cabeza en su hombro—. Elegiste dejar el arma y tomar la mano de tu familia.
—Tú me enseñaste cómo hacerlo, Liliana. Tú fuiste la que entró a esa nursery hace años y, sin saberlo, no solo hiciste dormir a dos bebés; hiciste despertar a un hombre que estaba muerto.
De pronto, Bella corrió hacia nosotros, sosteniendo una flor morada de jacaranda. —¡Mira, mami! ¡Es para ti! —dijo, poniéndola en mi cabello.
—Es hermosa, mi vida. Como tú.
Harold apareció en la puerta, con su cabello ahora completamente blanco, pero con una sonrisa que nunca se borraba. —Señores, la cena está servida. Y el joven Miguelito dice que si no entran pronto, él mismo se comerá todos los postres.
Nos levantamos y caminamos juntos hacia el interior de la mansión. Al pasar por el vestíbulo, miré el gran espejo donde hace años me vi vestida de novia. Ya no era la pobre empleada asustada. Era Liliana De la Mora, la mujer que había transformado un imperio de sombras en un santuario de luz.
La historia de la nana que salvó a las gemelas del jefe de la mafia se había convertido en una leyenda urbana en México. Pero para nosotros, no era una leyenda. Era la verdad más simple y poderosa del mundo: que no importa qué tan oscuro sea tu pasado, siempre hay un milagro esperando a la vuelta de la esquina, si tienes el valor de estirar la mano y sostenerlo.
El llanto se había ido para siempre. Ahora, lo único que se escuchaba en las Lomas de Chapultepec era el sonido de una familia que, después de mucha sangre y muchas lágrimas, por fin había aprendido a ser feliz.
FIN.
