Capítulo 1: El eco del vacío en las paredes de cristal
La Ciudad de México siempre me ha parecido una bestia que ruge, pero dentro de nuestra casa en las Lomas, lo único que se escuchaba era el silencio. Ese silencio pesado, denso, que solo dejan las cunas vacías y las esperanzas rotas. Me llamo Gustavo, y si me ves por la calle, pensarías que lo tengo todo: un buen trabajo, una esposa hermosa y una posición social que muchos envidiarían. Pero la verdad es que yo vivía en un funeral perpetuo.
Josuani, mi esposa, era la luz de mi vida. Pero esa luz se estaba apagando. Cada mes era la misma rutina de pesadilla: la prueba de embarazo con su única línea roja burlándose de nosotros, el llanto inconsolable en el baño y luego el aislamiento. Habíamos intentado todo. Doctores en Houston, tratamientos carísimos en el Pedregal, remedios caseros que las tías sugerían por debajo del agua. Nada funcionaba.
“Nunca voy a poder ser madre, Gustavo”, me dijo una noche, con los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos. “Siento que estoy fallando como mujer, que esta casa es un mausoleo”. Yo la abrazaba, sintiendo su cuerpo temblar. “Te voy a seguir amando, con o sin hijos”, le prometía. Y lo decía de corazón. Para mí, ella era suficiente. Pero para su madre, Patricia, un matrimonio sin hijos era un error de la naturaleza, una mancha en el linaje familiar que debía borrarse a toda costa.
Doña Paty, mi suegra, es una mujer de esas que creen que el apellido es más importante que la ley de Dios. Para ella, las personas se dividen en dos categorías: los que mandan y los que sirven. Y en su mente, Mari Lolis, nuestra empleada doméstica de toda la vida, pertenecía a la segunda categoría, casi como si fuera un mueble más de la casa.
Mari Lolis acababa de pasar por su propio infierno. Su esposo, Jesús, había fallecido en su pueblo. Estaba destrozada. Yo, tratando de ser un ser humano decente, decidí llevarla a su pueblo para el funeral. Pero incluso en la tragedia, mi suegra no perdía su veneno. “Ten mucho cuidado, Gustavo. Conozco a los hombres y sé que tienen una debilidad por las chachas”, me soltó antes de irme, con esa sonrisa retorcida que me daba escalofríos.
El viaje al pueblo fue revelador. Vi a Mari Lolis en su elemento, una mujer llena de fe, de una bondad que no encajaba con la frialdad de nuestra mansión. Ella me miraba con gratitud, una gratitud que me hacía sentir incómodo porque yo solo estaba haciendo lo mínimo. Mientras tanto, en la ciudad, mi suegra estaba tejiendo una red de la que yo no podría escapar.
Cuando regresamos, la situación de Josuani había empeorado. Ella había caído en una depresión profunda, llegando a hacer cosas que pusieron en riesgo su vida. El doctor fue claro: si no encontraba una razón para vivir, la íbamos a perder. Y fue ahí donde Patricia vio su oportunidad. No era una oportunidad de sanar a su hija, sino de jugar a ser Dios con las vidas de todos nosotros.
Capítulo 2: El contrato de sangre bajo la luna de México
Una noche, recibí un mensaje de mi suegra. “Ven a mi estudio, tenemos que hablar de algo vital para la salud de Josuani”. Entré pensando en nuevos especialistas o quizás en la adopción, algo que ya habíamos discutido pero que ella siempre rechazaba por no ser “sangre de nuestra sangre”.
“Gustavo, ¿en verdad amas a mi hija?”, me preguntó, fumando uno de sus cigarrillos largos mientras miraba por la ventana hacia el jardín oscuro. “La amo más que a mi propia vida, Patricia. Usted lo sabe”, respondí con firmeza. “Entonces vas a hacer lo que te corresponde. He encontrado a la persona que les va a dar ese hijo que tanto anhelan”.
Mi corazón dio un vuelco. “¿Un vientre de alquiler? ¿Ya contactó a una agencia?”. Ella se rió, una risa seca y carente de humor. “No necesitamos agencias que nos cobren millones y nos metan en problemas legales. Tenemos a Mari Lolis”.
El mundo se detuvo. Sentí que el aire se volvía ácido en mis pulmones. “¿Qué está diciendo? Mari Lolis acaba de enviudar, es una mujer que confía en nosotros. Yo no podría engañar a Josuani de esa manera”. “No seas imbécil”, me gritó, acercándose tanto que pude oler su perfume caro mezclado con tabaco. “Es la oportunidad perfecta. Ella es fértil, es sana y nos debe todo. Quiero que vayas a su cuarto y hagas lo que tienes que hacer”.
Me negué. Mil veces me negué. Le dije que era una locura, que era un pecado, que era un delito. Pero Patricia sabía exactamente qué cuerdas tocar. Empezó a hablar de la fragilidad mental de mi esposa. Me recordó que Josuani ya había intentado hacerse daño y que el doctor dijo que no aguantaría otra decepción.
“Si no lo haces, Gustavo, me voy a desquitar con la criada”, me amenazó, clavando sus uñas en mi brazo. “Y sabes muy bien de lo que soy capaz. Olvídate de tus valores y demuestra que amas a mi hija”.
Caminé por el pasillo hacia el cuarto de servicio como si fuera al patíbulo. Cada paso me pesaba una tonelada. Mari Lolis estaba dormida, o al menos eso parecía después del té que mi suegra le había dado “para los nervios”. Era una trampa perfecta, una emboscada de la que no saldría nadie ileso.
Entré en esa habitación pequeña, oliendo a jabón de barra y a una tristeza que se podía cortar con un cuchillo. La vi ahí, indefensa, confiando plenamente en que en esa casa estaba segura. Cerré los ojos y, por un momento, quise salir corriendo, dejarlo todo, llevarme a Josuani lejos de esa mujer diabólica. Pero el miedo pudo más. El miedo a perder a mi esposa, el miedo al poder de mi suegra.
Lo que pasó esa noche es algo que he tratado de borrar de mi memoria cada segundo de mi existencia. Me sentí el ser más abyecto de la creación. No fue un acto de amor, ni siquiera de deseo; fue una ejecución de mi integridad. Al salir de ahí, en la madrugada, vi a Patricia esperándome en la cocina. No dijo nada, solo asintió con la cabeza, como quien confirma que un trato de negocios se ha cerrado con éxito.
Semanas después, los síntomas empezaron. Náuseas, mareos, un cansancio extremo en Mari Lolis. Josuani, irónicamente, fue la primera en notarlo. “Lolis, ¿no será que estás embarazada?”, le preguntó con una mezcla de envidia y ternura. La pobre mujer pensaba que era un “milagrito” de su difunto esposo Jesús, un último regalo antes de irse.
Y mientras mi esposa celebraba el embarazo de la sirvienta con una alegría que me partía el alma, yo sentía cómo la mentira crecía dentro de esa casa como un cáncer silencioso. Patricia sonreía, planeando ya cómo arrebatarle ese bebé a la madre real para dárselo a su hija. Yo era un cómplice, un cobarde que había comprado la paz de su hogar con el sacrificio de una mujer inocente. Pero el destino, en su infinita ironía, nos tenía preparada una sorpresa que ninguno de nosotros pudo prever. Porque en esa casa, los bebés no eran los únicos que se intercambiaban; también se intercambiaban las almas.
Capítulo 3: El milagro por partida doble y la sombra de la duda
La casa en las Lomas se convirtió en un lugar extraño tras aquella noche que juré olvidar. Mari Lolis caminaba por los pasillos como una sombra, con la mirada perdida en el recuerdo de su esposo fallecido, Jesús. No pasó mucho tiempo antes de que el cuerpo empezara a hablar lo que el alma callaba. La vi un martes por la mañana, pálida, sosteniendo un vaso de jugo con las manos temblorosas. “Qué raros están estos malestares que tengo”, murmuró para sí misma mientras intentaba subir el desayuno a la habitación.
Josuani, quien siempre había tenido un instinto especial a pesar de su tristeza, la observó con detenimiento. Notó las náuseas, los mareos y ese cansancio que parece doblar los huesos. “¿Lolis, no será que estás embarazada?”, le preguntó con una voz que oscilaba entre la sorpresa y una punzada de dolor. Mi esposa, en su inocencia, sacó cuentas rápidamente. Recordó que Mari Lolis había ido al pueblo a visitar a Jesús días antes de que él falleciera. “Estuviste con él, ¿no?”, insistió Josuani, buscando una explicación que no fuera la que yo cargaba en mi conciencia como una piedra de molino.
Llevamos a Mari Lolis a la farmacia por una prueba de embarazo. Cuando las dos rayas rojas aparecieron en el dispositivo, el aire se congeló en mis pulmones. Mari Lolis lloraba, pensando que la Virgencita le había mandado un “chilpayate” para no quedarse sola tras la muerte de su marido. Josuani la abrazó, pero vi en sus ojos un vacío que me desgarró. “Felicidades, Jesús. Vamos a ser padres, mi amor”, susurró ella mirando al cielo, aunque el hijo en el vientre de la sirvienta era, supuestamente, mío.
Pero el destino en México es caprichoso y, a veces, cruelmente generoso. Apenas un mes después de que se confirmara el embarazo de Mari Lolis, ocurrió lo imposible. Josuani, mi esposa, la mujer que los médicos habían desahuciado de la maternidad, entró a la sala con un papel en la mano y lágrimas corriendo por sus mejillas. “Amor, estoy embarazada”, sollozó. No podíamos creerlo. Fue un estallido de felicidad genuina que, por un momento, barrió las sombras de la manipulación de mi suegra. Mari Lolis, con su corazón de oro, se alegró como si el triunfo fuera suyo: “Fue la Virgencita… estos bebés van a ser como hermanos”.
Sin embargo, Patricia, mi suegra, no compartía esa alegría ingenua. Ella observaba a las dos mujeres con una frialdad analítica. Para ella, el embarazo de Josuani era una bendición, pero el de Mari Lolis era una póliza de seguro, un recurso que no pensaba desperdiciar. “Vas a ser papá únicamente del hijo de Josuani, estamos de acuerdo”, me siseó en privado, dejando claro que para ella, la vida de la sirvienta seguía siendo un instrumento descartable. Yo vivía en un estado de terror constante, atrapado entre el amor por mi esposa y el asco por lo que habíamos hecho. Lo que nadie sabía es que yo guardaba un secreto aún más profundo sobre aquella noche en el cuarto de Mari Lolis, un secreto que podía destruir todo el plan de Patricia.
Capítulo 4: La noche de los intercambios y el precio de la sangre
Los meses pasaron entre preparativos de cunas y ropita de bebé. La casa estaba llena de vida, pero la tensión era una cuerda a punto de romperse. Patricia se había encargado de que Mari Lolis no hiciera ningún esfuerzo, pero no por bondad, sino porque la consideraba una “incubadora” de su propiedad. Finalmente, la noche del parto llegó para ambas casi al mismo tiempo. El hospital se convirtió en el escenario de una tragedia griega vestida de blanco clínico.
Mientras Josuani luchaba en una sala de parto, Mari Lolis hacía lo propio en otra. Yo caminaba por los pasillos, rezando por primera vez en años. Fue entonces cuando Patricia salió de la habitación de su hija con el rostro desencajado, pero no por tristeza, sino por una resolución aterradora. El bebé de Josuani, mi verdadera hija, no había sobrevivido al parto; había nacido sin abrir los ojos.
“Lleva a esa niña con su mamá. Esta niña es hija tuya y de Josuani”, me ordenó Patricia, entregándome a la bebé recién nacida de Mari Lolis, que acababa de nacer fuerte y sana. Ella ya había arreglado todo con un doctor en el hospital público, usando su dinero y sus influencias para borrar la existencia de una tragedia y suplantarla con un robo.
“¡Ya no puedo más con esto! Le estamos haciendo mucho daño a Mari Lolis”, le grité en un susurro desesperado. Pero Patricia me miró con un odio que venía de décadas atrás. Me confesó que no odiaba a Mari Lolis por ser ella, sino por lo que representaba: una infancia donde su propia madre nunca la quiso y la dejó a cargo de una mujer que la maltrató. Estaba usando nuestra vida para vengar sus propios traumas infantiles.
Fue en ese momento de máxima tensión cuando finalmente solté la verdad que me quemaba la garganta. “¡No pude hacerlo, Patricia! Esa noche que me mandaste al cuarto de Mari Lolis, no pude… no la toqué”. La bebé que Patricia sostenía en sus brazos, la que quería hacer pasar por mi hija, no tenía ni una gota de mi sangre. Era verdaderamente la hija de Jesús, el difunto esposo de Mari Lolis.
Patricia se quedó lívida por un segundo, pero su maldad era más fuerte que la realidad. “Pues ahora con mayor razón te vas a quedar con esa niña y va a ser tuya y de mi hija”, sentenció, sin importarle que estuviera robando no solo una hija, sino una identidad completa. Entramos a la habitación donde Mari Lolis despertaba de la anestesia. Con una frialdad que me heló el alma, Patricia le entregó la noticia que la mataría en vida: “Tienes que ser fuerte… tu bebé no sobrevivió. Ahora es un angelito”.
Los gritos de Mari Lolis pidiendo a su hija resonaron por todo el hospital, desgarrando el silencio de la madrugada. Mientras tanto, en la otra habitación, Josuani abrazaba a una bebé que no era suya, creyendo que su sueño se había cumplido. Yo estaba allí, de pie entre las dos habitaciones, dándome cuenta de que acababa de convertirme en el cómplice del crimen más grande que se puede cometer contra una madre. La mentira estaba sellada con sangre y llanto, y el reloj de la justicia divina acababa de empezar a correr.
Capítulo 5: Las flores del desprecio y el eco de un fantasma
Diez años. Dicen que en una década las células del cuerpo humano se renuevan por completo, pero las mentiras, esas se quedan pegadas a los huesos como el sarro. Mi nombre es Gustavo, y aunque mi presencia en esta casa ahora es solo un recuerdo borroso enmarcado en una foto con listón negro, mi culpa sigue caminando por los pasillos. Morí en un accidente, perdido en el fondo de una botella porque no pude soportar el peso de lo que hicimos en aquel hospital. Dejé a Josuani sola con una niña que no era suya y a Mari Lolis cuidando a su propia hija sin saberlo.
Mitzi creció bajo la sombra de Patricia. Mi suegra se encargó de moldearla a su imagen y semejanza: soberbia, fría y clasista. A sus diez años, Mitzi ya no es la bebé que envolvíamos en mantas de seda; es una pequeña tirana que ve en Mari Lolis a un ser inferior. “No te metas, metiche”, le grita Mitzi a la mujer que pasó noches enteras velando su sueño cuando tenía fiebre. Mari Lolis aguanta. Siempre aguanta. Se queda en un rincón, con la mirada baja, aceptando las groserías de la niña con una resignación que rompe el corazón.
“Usted se ve muy bonita así al natural, mi niña”, le dice Mari Lolis con ternura, tratando de suavizar el maquillaje excesivo que Mitzi se pone para aparentar más edad. La respuesta de la niña es un látigo: “Te informo que no me interesa lo que pienses. Deja de tratarme como si tuviera cinco años”. Josuani, atrapada en su propio duelo eterno por mi partida y el amor ciego que le tiene a la niña, a veces intenta intervenir, pero el daño ya está hecho. Patricia ha ganado; ha creado un monstruo que desprecia su propia sangre sin saberlo.
Lo que nadie ve es que Patricia está perdiendo la cabeza. El silencio de la casa por las noches se llena con sus susurros. Ella jura que me ve, que mi fantasma le reclama la vida que le robamos a Mari Lolis. “¡Déjame en paz, Gustavo! Todo lo que hice fue por el amor que le tengo a Josuani”, grita en la oscuridad del estudio, peleando con sombras. La mansión de las Lomas, que antes era un símbolo de estatus, se ha convertido en una jaula de oro donde el aire huele a humedad y a secretos podridos.
Mari Lolis sigue ahí, no por el dinero que le dejé o por el techo sobre su cabeza, sino por ese lazo invisible que la une a Mitzi. Ella dice que Mitzi es su “felicidad” y lo que le da “fuerzas para seguir viviendo”, a pesar de que la niña le ha dicho que no quiere verla más en la casa. Es una tragedia mexicana en toda su extensión: una madre que sirve a su hija como si fuera una extraña, mientras la verdadera culpable se desmorona en su propia maldad.
Capítulo 6: El derrumbe de las mentiras y el juicio de los escalones
La tensión llegó a su punto de ebullición una tarde en la que el sol de la Ciudad de México se tiñó de un rojo violento. Todo empezó por un incidente insignificante en el parque. Mari Lolis, siempre protectora, defendió a Mitzi de un muchacho que la estaba maltratando. En lugar de gratitud, Mitzi regresó a casa furiosa, avergonzada de que “la sirvienta” se hubiera metido en sus asuntos.
“¡Ya no quiero verte más en esta casa!”, gritó Mitzi, y esas palabras fueron el detonante final. Patricia, viendo que su mundo de control se le escapaba de las manos, empezó a alucinar de nuevo con mi presencia. “Di la verdad, Pati, o no te dejaré nunca en paz”, parecía escuchar en cada rincón. El miedo a que Josuani la odiara y le quitara a su nieta la llevó al borde del abismo mental.
En un momento de caos absoluto, con Josuani tratando de entender qué pasaba, Patricia estalló. En medio de un ataque de pánico y culpa, las palabras que guardó por una década salieron como veneno puro. “¡Todo lo hice por tu bien! Para que tú fueras feliz, hija… Perdóname”, sollozaba mientras retrocedía hacia las escaleras. Josuani la miraba sin comprender, hasta que Patricia gritó la verdad que cambió el eje de la tierra: “Hace años tu hija no sobrevivió y nos quedamos con la de Mari Lolis”.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Josuani se quedó petrificada, mirando a la niña que había criado como propia, dándose cuenta de que su verdadera hija era solo un recuerdo en una tumba olvidada. Mari Lolis, que acababa de entrar a la sala, dejó caer la charola que traía. El ruido del cristal rompiéndose fue el eco de su propio corazón. “¿Qué está diciendo? ¿Cómo pudieron hacerme esto?”, susurró con una voz que venía desde lo más profundo de su dolor.
Patricia, en su desesperación por escapar de las miradas de juicio, dio un mal paso. El tiempo pareció detenerse mientras su cuerpo rodaba por la gran escalera de mármol, terminando en un montón inerte al final de los escalones. El castigo físico había llegado, pero no era nada comparado con el juicio que apenas comenzaba.
“¡Llamen a una ambulancia!”, gritó Josuani, pero sus ojos no se apartaban de Mari Lolis. La verdad ya no se podía ocultar. Mitzi, que lo había escuchado todo desde el pasillo, bajó lentamente, mirando a la mujer a la que siempre había humillado. El lazo de sangre, negado y pisoteado, reclamaba su lugar en medio de la tragedia. Patricia quedó paralítica, atrapada en un cuerpo que ya no respondía, pagando cada una de las lágrimas que le robó a una madre desesperada. La mansión de las Lomas ya no tenía secretos, solo una cruda realidad que debían aprender a reconstruir entre las cenizas de la traición.
Capítulo 7: El renacer de la madre y el juicio del silencio
El estrépito del cuerpo de Patricia golpeando el mármol fue el último sonido de la vieja era en la mansión de las Lomas. Mientras la ambulancia se llevaba a la mujer que había jugado a ser Dios con nuestras vidas, el silencio que quedó en la sala era diferente. Ya no era el silencio opresivo de los secretos, sino el vacío que queda después de un terremoto. Mari Lolis estaba de pie, con el rostro bañado en lágrimas, mirando a Mitzi como si la viera por primera vez.
“Mi verdadera niña… ella es mi verdadera hija”, susurró Mari Lolis, extendiendo una mano temblorosa que Mitzi, por primera vez, no rechazó. Josuani, envuelta en un dolor que la dejaba sin aliento, comprendió que su propia felicidad había sido construida sobre el robo más abyecto. Su madre le había quitado la oportunidad de llorar a su verdadera hija, la que no sobrevivió aquel día en el hospital.
La recuperación de Patricia fue un calvario lento. El diagnóstico fue definitivo: quedó paralítica y su mente, antes afilada como un cuchillo, se fragmentó en mil pedazos de culpa y confusión. Josuani, a pesar de todo el daño, tomó una decisión basada en la compasión que su madre nunca tuvo: no la denunció penalmente para que no muriera en la cárcel, pero la internó en un centro especializado donde recibiría atención, pero donde ya no podría dañar a nadie más. “La señora Patricia ya está pagando todo el mal que ha hecho”, decía Mari Lolis con esa sabiduría que solo da el sufrimiento.
El momento más difícil fue la reconciliación entre la madre biológica y la hija que había sido enseñada a odiarla. Mitzi, abrumada por la culpa de haber tratado a Mari Lolis como una “chacha”, se hundió en una depresión profunda. Fue Mari Lolis quien, con su infinita paciencia mexicana, se sentó a su lado día tras día. “Sanar no significa que el daño no existió, significa que hemos tomado la decisión de vivir el presente”, le decía mientras le peinaba el cabello, como debió hacerlo durante diez años.
Finalmente, un mediodía bajo el sol de Coyoacán, Mitzi rompió su coraza. Se arrodilló ante Mari Lolis y, con el corazón en la mano, le pidió perdón por cada desprecio, por cada palabra hiriente. “Gracias por aceptar ser mi mamá”, dijo Mitzi, y en ese abrazo se cerró una herida que parecía eterna. Josuani las observaba de lejos, aceptando su papel como la tía, la hermana, la mujer que siempre amaría a Mitzi pero que ahora reconocía el lugar sagrado de Mari Lolis. La “sirvienta” ya no existía; ahora era la jefa de su propio destino.
Capítulo 8: El ciclo del engaño y el heredero de la ambición
Pero mientras una familia encontraba la paz, el veneno de la ambición sembraba una nueva tragedia en otra parte del país. Coralia, una mujer poderosa obsesionada con el linaje, no podía aceptar que su nuera, Aid, hubiera tenido una niña. “Necesito un nieto para que sea la cabeza de mi empresa”, sentenciaba Coralia con una frialdad que recordaba peligrosamente a la difunta cordura de Patricia.
En una clínica privada, el dinero volvió a comprar conciencias. Coralia sobornó a una enfermera para cambiar a la recién nacida de Aid por un varón de los cuneros. “Cambiar bebés es un delito”, advirtió la enfermera, pero los fajos de billetes silenciaron su moral. Durante diez años, Iker creció en la opulencia, creyendo ser el heredero legítimo de una fortuna, mientras la verdadera hija de Aid y Gustavo, llamada Joan, crecía en la pobreza extrema, ayudando a su madre biológica a vender tamales para sobrevivir.
La verdad estalló por una simple prueba de sangre. Gustavo, el padre de Iker, sospechaba de la falta de parecido físico y realizó una prueba de ADN que resultó negativa. La acusación de infidelidad hacia Aid fue inmediata y cruel: “¡Te estuviste burlando de mí durante 10 años!”, le gritó antes de exigirle el divorcio. Pero el laboratorio entregó un dato que Gustavo no esperaba: el ADN tampoco coincidía con el de Aid. Iker no era hijo de ninguno de los dos.
La búsqueda de la verdad los llevó de vuelta al hospital, donde confrontaron a la enfermera que, acorralada por la culpa y los años, confesó el pecado de Coralia. “Su suegra me ofreció mucho dinero porque ella no quería que una niña se hiciera cargo de su empresa”, confesó entre sollozos. Aid y Gustavo sintieron que el mundo se desmoronaba; habían criado a un niño que no era suyo, mientras su propia hija pasaba hambre en algún lugar de México.
El encuentro final fue en una calle polvorienta, frente a una humilde casa donde el olor a masa de tamal llenaba el aire. Allí encontraron a Joan, una niña de ojos brillantes que era el vivo retrato de Aid. El choque de realidades fue brutal: los ricos que tenían todo menos a su hija, y la madre pobre que lo daría todo por no perder a la niña que amaba.
“No podemos permitir que nuestros hijos crezcan con esta mentira”, dijo Aid, mientras abrazaba a Iker y miraba con anhelo a Joan. Las dos familias, unidas por un crimen de cuna, entendieron que el amor de madre no entiende de pruebas de ADN, pero la justicia sí. Al final, decidieron que ambos niños tendrían dos madres y dos padres, rompiendo el ciclo de odio y propiedad que había destruido a la generación anterior. Porque en México, aunque la ambición intente cambiar la sangre, el corazón siempre reconoce su propio latido.
El Peso del Cempasúchil
El viaje hacia el pueblo fue un descenso hacia los recuerdos de una vida que parecía pertenecer a otra persona. Gustavo manejaba en silencio, sus manos apretando el volante con una fuerza innecesaria, mientras yo, Mari Lolis, miraba por la ventana cómo los edificios altos de la Ciudad de México se transformaban en campos de maíz y cerros polvorientos. Jesús se había ido. El hombre que me prometió una casita con flores y un patio para que nuestros hijos corrieran, ahora yacía en un cajón de madera corriente.
“Lo siento mucho, Mari Lolis”, dijo Gustavo, rompiendo el silencio tras horas de camino. Su voz no sonaba como la del patrón, sino como la de un hombre que también cargaba un peso muerto en el alma. En ese momento, no sabía que Gustavo estaba siendo devorado por la desesperación de Josuani, quien en la calle Nápoles 3542 se hundía en una depresión porque su vientre se negaba a dar vida.
Al llegar al pueblo, el olor a cempasúchil y a tierra mojada me golpeó el pecho. Las vecinas me abrazaron con esa fuerza que solo tienen las mujeres del campo. “Él te quería mucho, Lolis”, me decían. Yo lloraba, no solo por Jesús, sino por la incertidumbre. ¿Qué sería de mí ahora? Patricia, la madre de Josuani, siempre me había mirado con un desprecio que rayaba en lo inhumano. Para ella, yo no era una mujer, era una herramienta, una “chacha” que debía saber su lugar.
Durante el funeral, Gustavo se quedó a lo lejos, observando cómo enterrábamos a Jesús. Fue en ese pueblo donde, según él mismo confesaría después, todo se complicó. La tragedia de mi esposo fue la semilla que Patricia usó para plantar su plan perverso. Ella no veía mi luto; veía mi fertilidad. Veía en mi vientre la solución para el capricho de su hija.
La Sombra en la Calle Nápoles
Regresar a la mansión después del entierro fue como entrar en una nevera. Las paredes de mármol de la calle Nápoles 3542 parecían sudar frialdad. Josuani apenas me miró; estaba perdida en sus propios demonios, decretando y soñando con un bebé que no llegaba. Patricia, en cambio, me observaba con una intensidad rapaz.
Recuerdo la noche en que todo cambió. Patricia me preparó un té. Fue la primera y última vez que tuvo un gesto de “amabilidad” conmigo. “Para que concilies el sueño, Marilolis, has pasado por mucho”, me dijo con una voz que hoy reconozco como la de una serpiente. El té sabía amargo, pero yo, en mi ingenuidad y cansancio, lo bebí todo.
Esa noche, el sueño no fue un descanso, fue un abismo. No escuché cuando Gustavo entró a mi cuarto. No sentí la vergüenza ni el miedo que él debió sentir al seguir las órdenes de una suegra que lo amenazaba con la vida de su esposa. Cuando desperté a la mañana siguiente, me sentía extraña, pesada, como si algo se hubiera roto dentro de mí.
Semanas después, las náuseas llegaron. Yo pensaba en Jesús. Pensaba que Dios me había dado un “chilpayate” de mi esposo fallecido para que no estuviera sola. “Fue la Virgencita”, decía yo, mientras Josuani me miraba con una mezcla de envidia y lástima que me quemaba la piel. Lo que no sabía era que mi “milagrito” era el resultado de una traición orquestada en las sombras.
El Diario de una Madre Invisible
Cuando Mitzi nació, algo en el universo se desgarró. Patricia y el doctor se encargaron de la mentira final: “Tu bebé no sobrevivió”, me dijeron mientras yo aún estaba mareada por la anestesia. Mi hija, la que yo había sentido moverse, la que tenía el aroma de mis raíces, me fue arrebatada para ser entregada a Josuani.
Empecé a escribir en un cuaderno viejo. Era mi única forma de no volverme loca.
15 de mayo:
“Hoy Mitzi cumplió un año. La señora Josuani le compró un vestido de seda. Yo la bañé y sentí su piel suave. Se parece tanto a mis hermanas, pero nadie lo nota. Me duele el pecho de tanto callar este amor que no me dejan reclamar.”
Pasaron los años y el diario se llenó de manchas de lágrimas. Vi a Mitzi crecer. La vi convertirse en una niña soberbia bajo la educación de Patricia. Me dolía cada vez que me llamaba “metiche” o “sirvienta”. Me dolía que Josuani la malcriara tanto que la niña perdiera el corazón.
A veces, cuando la casa estaba en silencio, me acercaba a Mitzi mientras dormía. Le susurraba canciones que mi madre me cantaba en el pueblo. Ella, en sueños, sonreía. Era el único momento en que ella y yo éramos lo que debíamos ser: madre e hija. Pero al salir el sol, yo volvía a ser la mujer del uniforme y ella la señorita de la casa.
La Raíz del Odio de Patricia
Un día, mientras limpiaba el estudio, escuché a Patricia hablar sola frente a un espejo. Estaba ebria de su propio poder y de un amargo resentimiento. Ella odiaba lo que yo representaba. Me enteré de que su propia madre nunca la quiso, que la dejó al cuidado de una mujer humilde a la que Patricia siempre maltrató. Ella no me veía a mí; veía el fantasma de su propio abandono.
Patricia quería que Josuani fuera feliz, pero a un costo que nadie debería pagar. Ella robó mi vida para intentar sanar su propia infancia rota, pero solo logró crear un infierno nuevo. Gustavo, el patrón, no pudo con la culpa. Se perdió en la bebida. Yo lo veía llegar tambaleándose, con los ojos llenos de terror cada vez que miraba a Mitzi. Él sabía que esa niña no era suya, ni de Josuani, ni del linaje de Patricia.
El Presente y la Promesa
Ahora que la verdad ha salido a la luz, que Patricia está pagando en el silencio de su parálisis y que Mitzi sabe que mi sangre corre por sus venas, el diario ha llegado a su fin. El mármol de la calle Nápoles ya no se siente tan frío. Mitzi me pidió perdón y, por primera vez, me llamó “mamá”.
Sanar es un proceso lento, como el crecimiento del maíz. No olvido las humillaciones, no olvido el robo, pero elijo vivir. Porque al final del día, ninguna mansión y ningún apellido son más fuertes que el hilo rojo que une a una madre con su hija, ese hilo que ni siquiera Patricia pudo cortar.
