
CAPÍTULO 1: EL CAMPO DE BATALLA EN POLANCO
La hora pico en “Le Jardin”, uno de los restaurantes franceses más pretenciosos de Polanco, en la Ciudad de México, no era un servicio; era una zona de guerra. Marina López se limpió una gota de sudor de la frente con el dorso de la mano, cuidando de no arruinar el maquillaje que el gerente la obligaba a retocar cada hora.
Sus pies palpitaban dentro de sus zapatos negros baratos que había comprado en el tianguis. Llevaba nueve horas de pie y aún le faltaban tres para terminar el turno y correr a tomar el pesero que la dejaría cerca de donde la señora Lupe cuidaba a su hijo.
—¡Mesa cuatro necesita agua, Marina! ¡Muévete, no te pago por soñar despierta! —ladró el señor Hernández, chasqueando los dedos.
Hernández era un hombre bajo, con un complejo de superioridad enorme y una loción barata que olía a vainilla quemada y desesperación. Odiaba a Marina porque ella nunca se reía de sus chistes machistas ni se quedaba tiempo extra sin paga.
—Enseguida, señor Hernández —dijo Marina, tragándose su orgullo.
Mientras servía agua a una pareja de socialités que ni siquiera la voltearon a ver, la mente de Marina estaba en otro lado. En el bolsillo de su delantal, el aviso de la farmacia quemaba como una brasa. Mateo, su hijo de cinco años, tenía un defecto cardíaco congénito y el seguro social no cubría el nuevo medicamento importado. Necesitaba $4,000 pesos para el viernes. Hoy era miércoles y apenas llevaba $400 en la bolsa.
—Tierra llamando a Marina —se burló Jessica, pasando a su lado con una charola de martinis.
Jessica era más joven, más bonita y mucho más cruel. Se llevaba las mejores propinas coqueteando con los empresarios de Santa Fe e ignoraba a las familias.
—¿Qué pasa, Jess? —preguntó Marina, cortando pan.
—El reservado VIP —Jessica sonrió con malicia, señalando la mesa del rincón, oculta tras cortinas de terciopelo—. Acaba de llegar Sebastián Montalvo.
Marina sintió un escalofrío. Todos en la CDMX conocían a Sebastián Montalvo. El “Rey del Software”, un magnate conocido por despedir ejecutivos por Zoom y por su corazón de hielo.
—¿Por qué no lo atiendes tú? —preguntó Marina, sospechando. Jessica mataría por una propina de Montalvo.
—¿Estás loca, güey? —rió Jessica—. La última vez devolvió un corte tres veces porque las marcas de la parrilla no eran simétricas. No da propina, da sermones. Yo me quedo con los diputados borrachos de la mesa seis, son dinero fácil. Tú atiende a la Bestia.
Jessica le empujó el menú en el pecho y se fue. Marina no tenía opción. Si rechazaba la mesa, Hernández la correría. Respiró hondo, pensó en la sonrisa de Mateo y caminó hacia el reservado.
CAPÍTULO 2: LA PRUEBA DEL LIMÓN
Sebastián Montalvo miraba su celular, con el rostro iluminado por la luz azul. Era guapo, de esa manera intimidante y severa de las telenovelas, pero sin la calidez. Su traje costaba más de lo que Marina ganaría en cinco años.
—Buenas noches, señor —dijo Marina con su mejor voz de servicio—. Bienvenido a Le Jardin. Soy Marina. ¿Gusta comenzar con…?
—Agua mineral —la interrumpió sin mirarla—. Al tiempo. Sin hielo. Y una rodaja de limón. Pero escúchame bien: quiero que le quites la cáscara. Toda. No quiero el amargor del aceite en mi agua.
Marina parpadeó. Era una petición ridícula, una muestra de poder absurda. Pero asintió.
—Por supuesto, señor. Agua al tiempo, limón sin cáscara.
—Y Marina —agregó él, clavándole unos ojos grises como el acero—, no te tardes. Tengo una junta en Zoom en 40 minutos y detesto esperar.
Marina corrió a la barra. Sus manos temblaban mientras pelaba el limón con un cuchillo, quitando cada rastro de piel verde hasta dejar solo la pulpa desnuda. Cuando regresó y colocó el vaso, Montalvo lo levantó contra la luz, lo examinó como si fuera un diamante y dio un sorbo.
—Aceptable —dijo—. Quiero el Coq au Vin, pero dile al chef que cambie las cebollas por chalotas y reduzca la salsa cinco minutos extra.
La cocina fue un infierno. El chef francés gritó maldiciones cuando Marina le dio la orden, pero lo hizo. Cuando Marina llevó el plato, Montalvo comió en silencio. Luego, dejó los cubiertos y la miró.
—Dime, ¿qué hace una mujer como tú aguantando a un gerente patán y a compañeras víboras? —preguntó de la nada.
—Tengo un hijo —soltó Marina antes de poder detenerse—. Está enfermo. Necesito el dinero.
Montalvo la miró con frialdad.
—Confiar en la lástima es una mala estrategia de negocios, Marina.
—No confío en la lástima, señor. Confío en mi trabajo. Tengo dos empleos y duermo cuatro horas. Hago lo que sea necesario.
Montalvo no respondió. Pidió la cuenta.
Cuando se fue, Marina abrió la carpeta de cuero. La cuenta era de $3,500 pesos.
En la línea de propina, había una raya negra. Cero.
Marina sintió que el mundo se le venía encima. Jessica se acercó y soltó una carcajada cruel.
—Te lo dije. El Rey de Hielo ataca de nuevo. Ni un peso, amiga. Qué horror.
Marina recogió la mesa con rabia, las lágrimas nublándole la vista. Fue entonces cuando levantó el plato base y vio la tarjeta blanca.
No había dinero. Solo una nota escrita con pluma fuente:
“Dices que harás lo que sea necesario. Demuéstralo. Bodega 7, Zona Industrial Vallejo. Medianoche. Ven sola. – S.M.”
CAPÍTULO 3: CITA EN LA BOCA DEL LOBO
El reloj digital junto a la cama marcaba las 11:15 de la noche. En el pequeño departamento de Iztapalapa, el silencio solo era interrumpido por el zumbido rítmico y sibilante del nebulizador de Mateo. Marina se quedó parada en el umbral de la habitación, observando el pecho de su hijo subir y bajar con un esfuerzo que le partía el alma. Dormía con la boca ligeramente abierta, su piel pálida brillando por una fina capa de sudor frío.
Marina apretó el aviso de la farmacia en su mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos. $4,000 pesos para el viernes. O si no, no habría medicina. Y sin medicina, el corazón de Mateo, ese pequeño motor defectuoso que ella amaba más que a su propia vida, podría detenerse.
—Voy a volver, mi amor. Te lo prometo —susurró al aire viciado del cuarto.
Besó la frente del niño, acomodó las cobijas y salió cerrando la puerta con suavidad. En la cocina, bajo la luz parpadeante de un foco ahorrador, sacó la tarjeta blanca que el millonario había dejado bajo el plato.
Bodega 7, Zona Industrial Vallejo. Medianoche.
Era una locura. Vallejo a esa hora era tierra de nadie. Un laberinto de concreto, fábricas cerradas y tráileres estacionados donde los asaltos eran moneda corriente. Ir sola, citada por un extraño que la había humillado horas antes, sonaba al guion de una noticia roja del periódico La Prensa. “¿Y si es una trampa?”, pensó. “¿Y si Sebastián Montalvo es un psicópata que se divierte jugando con la gente pobre?”.
Pero luego miró la mesa de la cocina, donde se apilaban las facturas vencidas de la luz, el gas y la renta. El miedo a morir en una bodega oscura era terrible, sí; pero el miedo a ver a Mateo morir en sus brazos por falta de dinero era insoportable.
Marina tomó su abrigo, un suéter de lana gris que ya tenía bolitas por el uso, y salió a la noche fría de la Ciudad de México.
El viaje en taxi fue una tortura silenciosa. El conductor, un hombre mayor con bigote canoso que escuchaba boleros en la radio, la miraba de vez en cuando por el retrovisor con preocupación.
—Jovenaza, ¿está segura de que va para allá? —preguntó el taxista cuando cruzaron Circuito Interior y se adentraron en las avenidas anchas y desoladas de la zona industrial—. Por aquí no hay nada abierto a esta hora. Está muy solo.
—Tengo… tengo un trabajo nocturno, señor. En una de las paqueterías —mintió Marina, aunque su voz tembló.
—Tenga cuidado. No se baje hasta que vea que es seguro. Dios la bendiga.
El taxi se detuvo frente a una reja ciclónica de tres metros de altura coronada con alambre de púas. Un letrero oxidado rezaba: “PROPIEDAD PRIVADA – ACCESO RESTRINGIDO”. Detrás de la reja, la oscuridad era casi total, salvo por una única lámpara de vapor de sodio que bañaba en luz naranja la entrada de una bodega inmensa de lámina corrugada. El número “7” estaba pintado en la puerta corrediza con pintura negra descarapelada.
Marina pagó, contando las monedas con dolor, y bajó del auto. El viento soplaba fuerte, levantando polvo y basura de la calle. Olía a diésel quemado y a humedad. Cuando el taxi arrancó y sus luces traseras desaparecieron en la avenida, Marina sintió una soledad absoluta. Estaba expuesta. Vulnerable.
De pronto, los faros de una camioneta SUV negra, estacionada en las sombras junto a la entrada, se encendieron, cegándola momentáneamente. El motor rugió al cobrar vida. Marina dio un paso atrás, lista para correr, con el corazón martilleándole en la garganta.
La ventanilla del copiloto bajó lentamente. Un hombre con cuello de toro, traje oscuro y un auricular en la oreja la examinó con indiferencia.
—¿Nombre? —ladró el hombre.
—Marina… Marina López.
El guardia consultó una lista en una tableta electrónica. No mostró ninguna emoción.
—El patrón la espera. Pase por la puerta peatonal. Siga la línea amarilla en el suelo hasta el centro. No se desvíe.
La reja eléctrica se abrió con un chirrido metálico que resonó como un lamento en la calle vacía. Marina tragó saliva, apretó su bolso contra el pecho como si fuera un escudo y cruzó el umbral.
El interior de la bodega era cavernoso. El techo estaba tan alto que se perdía en la oscuridad. Filas y filas de contenedores marítimos estaban apiladas a los lados, formando pasillos estrechos y amenazantes. El lugar estaba helado, mucho más frío que la calle. Sus pasos resonaban con un eco metálico: clac, clac, clac.
Caminó durante lo que parecieron horas, siguiendo la línea amarilla pintada en el concreto manchado de aceite. Finalmente, llegó a un claro en el centro del almacén.
Ahí, bajo un banco de luces industriales blancas y potentes que zumbaban como un enjambre de abejas, había una escena surrealista.
No había sillas de tortura ni armas. Había una mesa plegable de plástico blanco, de esas que se usan en las fiestas infantiles, y dos sillas de metal. Sobre la mesa, una montaña de documentos, carpetas y planos arquitectónicos. Y sentado detrás de ella, con la misma elegancia fría que tenía en el restaurante, estaba Sebastián Montalvo.
Ya no llevaba el saco de diseñador. Su camisa blanca estaba arremangada hasta los codos, revelando unos antebrazos sorprendentemente fuertes. Tenía unos lentes de lectura puestos y escribía furiosamente en una libreta, ignorando por completo la presencia de Marina.
Ella se detuvo a unos pasos de la mesa. No sabía si hablar, si toser, si salir corriendo. El silencio se alargó, volviéndose denso y pesado.
—Llegas dos minutos tarde —dijo Sebastián, sin levantar la vista del papel. Su voz retumbó en el espacio vacío, carente de cualquier calidez.
Marina sintió una oleada de indignación que superó momentáneamente a su miedo. ¿La había hecho venir hasta el fin del mundo a medianoche para regañarla por el tráfico?
—El tráfico en la ciudad es impredecible, señor Montalvo —respondió ella, obligándose a que su voz no temblara—. Y el transporte público a esta hora no es precisamente eficiente.
Sebastián dejó de escribir. Lentamente, se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa. Levantó la vista. Sus ojos grises la recorrieron de pies a cabeza, no con lascivia, sino con una curiosidad analítica, como si ella fuera un problema matemático que no lograba resolver.
—Siéntate —ordenó, señalando la silla de metal frente a él.
Marina dudó un segundo, pero obedeció. La silla estaba fría. Se sentó con la espalda recta, las manos sobre las rodillas, lista para levantarse al menor movimiento brusco.
—¿Por qué estoy aquí, señor? —preguntó directamente—. Si es para despedirme o para burlarse más de mí, pudo hacerlo por teléfono. O pudo habérselo dicho al señor Hernández para que él disfrutara el espectáculo.
Sebastián soltó una risa corta, seca, sin humor.
—Tienes agallas, Marina. Eso es raro. La mayoría de la gente se rompe cuando la presiono. Tú no. Tú te enojas, pero funcionas.
Se recargó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No te llamé para despedirte. Te llamé porque pasaste una prueba que ni siquiera sabías que estabas tomando.
—¿La prueba de aguantar groserías de gente rica? —espetó Marina, la rabia de la noche anterior burbujeando—. Porque si es eso, créame, tengo un doctorado. Llevo cinco años sirviendo mesas en Polanco.
—No —interrumpió él, su tono volviéndose serio, casi académico—. La prueba de la atención al detalle.
Sebastián se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Sus ojos brillaban con intensidad.
—Pedí agua al tiempo. Sin hielo. Con una rodaja de limón sin cáscara. Es una petición estúpida, lo sé. La hago a propósito. El 99% de los meseros ignoran la parte de la cáscara. Me traen el limón entero, o me traen lima, o simplemente lo olvidan. Están tan ocupados odiándome o tratando de coquetear conmigo que no escuchan.
Hizo una pausa, observando su reacción.
—Pero tú no. Tú fuiste a la barra, tomaste un cuchillo y quitaste cada milímetro de esa cáscara amarga. Vi tus manos. No temblaban. Lo hiciste con precisión quirúrgica a pesar de que tenías ganas de lanzarme el vaso a la cara. Y luego… —Sebastián señaló la mesa imaginaria entre ellos—. Colocaste la copa de vino a mi izquierda.
Marina parpadeó, confundida.
—¿Y eso qué importa?
—Soy zurdo, Marina —dijo Sebastián—. Casi nadie lo nota. Todo el mundo pone la copa a la derecha por protocolo. Tú observaste cómo firmé el voucher de la tarjeta la última vez que estuve ahí, o cómo tomé el menú, y ajustaste el servicio sin que nadie te lo pidiera.
Marina se quedó callada. Lo había hecho por instinto. Años de cuidar a Mateo, de vigilar cada cambio en su respiración, cada tono de su piel, la habían convertido en una observadora obsesiva. Los detalles eran la diferencia entre una buena noche y una visita a urgencias.
—Mis ejecutivos —continuó Sebastián con desprecio, señalando las pilas de papeles— tienen maestrías en Harvard y Wharton. Cobran millones al año. Y son ciegos. Están tan obsesionados con el “panorama general” y las gráficas de colores que no ven las grietas en los cimientos. No ven la cáscara del limón. Y por eso, mi empresa se está desangrando.
Sebastián tomó una carpeta gruesa de color azul y la lanzó sobre la mesa. El golpe resonó como un disparo. Se deslizó hasta detenerse frente a las manos de Marina.
—¿Qué es esto? —susurró ella.
—Estos son los manifiestos de carga y descarga de mi división de logística en el puerto de Veracruz de los últimos tres meses —explicó Sebastián, su voz bajando de volumen pero ganando en intensidad—. Estamos perdiendo dinero. Mucho dinero. Millones de pesos en mercancía desaparecen cada trimestre. Mi director financiero dice que es merma natural. Mi jefe de seguridad dice que son errores administrativos. Yo digo que me están robando en mis narices.
Miró a Marina fijamente, desafiándola.
—Tú ves lo que otros no ven, Marina. Tú ves los detalles. Quiero que mires estos números.
—Señor Montalvo… yo soy mesera. Apenas terminé la preparatoria. No sé nada de logística internacional ni de contabilidad. Esto es ridículo.
—Los números son universales —cortó él—. Entradas y salidas. Peso bruto y peso neto. Si puedes administrar un hogar con el salario mínimo en esta ciudad, puedes entender esto mejor que mis inútiles sobrinos.
Sebastián sacó algo del bolsillo interior de su camisa. Una chequera. Sacó una pluma fuente dorada, desenroscó la tapa y la dejó suspendida sobre el papel.
—Tienes una hora —dijo con frialdad—. Revisa los registros. Encuentra el patrón. Encuentra dónde está la fuga. Si no encuentras nada, te daré $500 pesos para el Uber de regreso a tu casa y no nos volveremos a ver.
Marina sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. $500 pesos. Eso no servía de nada.
—Pero… —continuó Sebastián, y por primera vez, una sombra de algo parecido a la humanidad cruzó su rostro—, si encuentras el error, si me dices quién me está robando, escribiré un cheque ahora mismo por el monto total de la cirugía de Fontan que necesita tu hijo Mateo.
Marina se puso de pie de un salto, la silla chirriando contra el suelo. El miedo se transformó en pánico puro.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó, retrocediendo—. ¿Cómo sabe el nombre de mi hijo? ¿Cómo sabe de su cirugía? ¿Me ha estado investigando? ¡Usted está enfermo!
—Soy un hombre de negocios, Marina. La información es mi moneda. Hice una verificación de antecedentes básica en cuanto saliste del restaurante. Sé que eres viuda. Sé que vives en Iztapalapa. Sé que tu hijo tiene cinco años y nació con síndrome de corazón izquierdo hipoplásico. Sé que el seguro social te ha puesto en lista de espera y que no tienes tiempo. Sé que necesitas $150,000 pesos más gastos hospitalarios.
Sebastián golpeó la chequera con el dedo índice. Tac, tac, tac.
—Puedo salvarle la vida a tu hijo esta noche, Marina. Pero no doy caridad. Pago por resultados. Demuéstrame que vales la pena. Demuéstrame que no me equivoqué contigo.
Marina miró al hombre frente a ella. Era arrogante, invasivo y cruel. Había escarbado en su vida privada sin permiso. En cualquier otra circunstancia, le habría escupido y se habría largado.
Pero luego pensó en Mateo. Pensó en su risa, en sus manitas frías, en cómo se cansaba solo por subir las escaleras. Pensó en la impotencia de ver las facturas médicas apilarse. Este hombre, este diablo con traje, le estaba ofreciendo un milagro envuelto en un insulto.
Marina respiró hondo, cerró los ojos un segundo para centrarse, y volvió a sentarse.
Acercó la carpeta azul. La abrió. El olor a papel viejo y tinta la golpeó. Eran cientos de filas. Números. Códigos. Fechas. Un caos para cualquiera. Pero Marina había aprendido a encontrar orden en el caos.
—Una hora —dijo ella, sin mirarlo, su dedo ya trazando la primera columna de cifras—. Y quiero que el cheque incluya los medicamentos postoperatorios por seis meses.
Sebastián sonrió. Una sonrisa depredadora, pero aprobatoria.
—Trato hecho. El reloj corre.
El silencio volvió a caer sobre la bodega, pero esta vez no era un silencio vacío. Era un silencio eléctrico, cargado de tensión, roto solo por el sonido de las páginas al pasar y la respiración contenida de una madre dispuesta a quemarse las pestañas para salvar a su hijo.