
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Olor del Silencio
—Puedo curarlo en dos minutos.
La voz cortó la tensión de la habitación como un cuchillo afilado. Cada cabeza se giró al unísono. El equipo de especialistas con sus batas blancas impecables, los ejecutivos preocupados con sus relojes Rolex, y la asistente personal del millonario; todos clavaron sus ojos en la intrusa.
Catalina “Cata” Guzmán estaba parada en el umbral de la puerta gigante de caoba. Su uniforme azul de limpieza todavía tenía una mancha de sudor en la espalda y sus manos, ásperas por el cloro y el trabajo duro, apretaban un trapo gris.
Algunos doctores soltaron una risa burlona, un sonido seco y despectivo. Otros sacaron sus celulares, listos para llamar a seguridad.
—¿No es usted la señora de la limpieza? —susurró alguien con veneno en la voz.
Lo que sucedió después fue una transformación que nadie en ese rascacielos de Santa Fe esperaba. Pero para entender ese momento, tenemos que regresar a donde todo realmente comenzó. Al piso 52 de la Torre Paradox, donde un hombre que podía comprar medio México se estaba muriendo de algo que ningún dinero podía curar.
Don Humberto Casillas estaba parado frente a los ventanales panorámicos de su oficina. La Ciudad de México se extendía a sus pies, una alfombra de concreto y smog bajo el cielo gris de invierno. A sus 52 años, Humberto tenía esa presencia que hacía temblar las salas de juntas. Cabello plateado peinado hacia atrás con gel caro, ojos oscuros y penetrantes, y una mandíbula tensa que hablaba de generaciones de poder y privilegio.
Su traje gris marengo, hecho a la medida por un sastre en Polanco, se ajustaba a su cuerpo todavía atlético. Pero hoy, algo estaba mal. Sus manos, usualmente firmes como el acero, temblaban ligeramente mientras intentaba abrocharse las mancuernillas de platino. Una capa fina de sudor frío le cubría la frente, a pesar de que el aire acondicionado mantenía el lugar gélido.
—Los resultados, Doctor Phillips.
La voz de Humberto cargaba su autoridad habitual, aunque un observador cuidadoso podría haber notado la grieta de pánico en el fondo.
El Dr. Jonathan Phillips, jefe de oncología del Hospital ABC, se removió incómodo en el sillón de piel italiana. Había dado miles de diagnósticos en su carrera, pero este se sentía diferente. No era cualquier paciente. Era Humberto Casillas, el hombre cuya farmacéutica había revolucionado los tratamientos oncológicos en Latinoamérica.
—La resonancia magnética no muestra tumores, Don Humberto. —El médico titubeó—. Pero sus análisis de sangre son… peculiares. Su conteo de glóbulos blancos fluctúa diariamente sin ningún patrón lógico. La fatiga crónica, las fiebres intermitentes, la pérdida de peso brutal… no encaja con ninguna patología conocida en los libros.
Humberto se giró desde la ventana. Su rostro era una máscara de furia controlada.
—He ido a la Clínica Mayo, al Johns Hopkins, he visto a chamanes en Tepoztlán y a especialistas en Alemania. Diecinueve especialistas, doctor. Diecinueve de las mentes más brillantes de la medicina, ¿y usted me está diciendo que no tienen ni idea de qué me está matando?
La palabra “matando” flotó en el aire como el humo de un cigarro.
—No estamos seguros de que sea terminal… —empezó el médico.
—¡Yo lo siento! —La voz de Humberto bajó a un susurro aterrador—. Algo me está comiendo por dentro. Me despierto cada mañana más débil que la anterior. Mi cuerpo me está traicionando, y su ciencia médica no sirve para nada.
Cuarenta pisos abajo, Catalina Guzmán bajaba del pesero en la parada de Santa Fe, su aliento formando nubes pequeñas en el aire frío de la mañana. A sus 38 años, Cata se movía con la eficiencia silenciosa de alguien acostumbrado a ser invisible. Llevaba su cabello castaño recogido en un chongo apretado, revelando unos pómulos altos y unos ojos color miel que no perdían detalle.
Cata había estado limpiando el penthouse de Don Humberto por tres años. En todo ese tiempo, habían intercambiado quizá cincuenta palabras. Para él, ella era parte del mobiliario, como la cafetera o el escritorio.
Pero Cata conocía a Humberto mejor de lo que él se imaginaba.
Sabía que tomaba su café negro y sin azúcar exactamente a las 6:30 a.m. Sabía que trabajaba hasta la medianoche casi todos los días para no tener que irse a su casa vacía en Las Lomas. Y sabía que guardaba una fotografía enmarcada en plata de una niña pequeña, escondida al fondo del cajón derecho de su escritorio, debajo de los reportes financieros.
Mientras subía en el elevador de servicio al piso 52, Cata vio su reflejo en el metal pulido. La voz de su abuela resonó en su memoria: “Mija, el cuerpo habla con los que saben escuchar. Los doctores oyen con máquinas, pero las curanderas oímos con el corazón”.
Su abuela había sido una sanadora respetada en su pueblo en Veracruz. Le había enseñado a Cata a leer las señales sutiles. Cómo cambiaba el color de la piel cuando el espíritu estaba enfermo. El olor que rodeaba a aquellos cuyos cuerpos luchaban batallas invisibles.
Desde hacía cuatro semanas, Cata había notado el cambio en el patrón. La forma en que se agarraba del lavabo de mármol cuando creía que nadie lo veía. La comida intacta en la basura. Los frascos de pastillas multiplicándose en su baño.
Pero lo más revelador era el olor. No era su loción cara. Era algo debajo de eso. Un olor a metal oxidado y tierra húmeda. Su abuela lo hubiera reconocido de inmediato: Susto. Pesadumbre. Muerte chiquita.
Cata entró al penthouse con su tarjeta de acceso. El lugar era un monumento al éxito: un piano de cola que nadie tocaba, obras de arte originales en las paredes, muebles que costaban más que la casa entera de Cata en Iztapalapa. Pero hoy, se sentía como un mausoleo.
Encontró a Humberto colapsado en su silla de cuero, el Dr. Phillips ya se había ido. Humberto miraba un folder marcado como “CONFIDENCIAL”. Su cabello perfecto estaba despeinado, su corbata aflojada. Por primera vez, el gran Humberto Casillas parecía un simple mortal.
Cata comenzó su rutina de limpieza, pero sus ojos no podían dejar de mirar a su jefe. Su respiración era superficial, irregular. Su piel tenía ese tono grisáceo que le recordaba a su tío antes de morir de tristeza.
Mientras sacudía el polvo de la estantería, vio la foto escondida. La había sacado del cajón. La niña no podía tener más de siete años, con los mismos ojos oscuros de Humberto y una sonrisa chimuela. Al reverso, con tinta desvanecida, decía: “Anita, 7 años. Navidad”.
El corazón de Cata se estrujó.
Humberto alzó la vista de repente, sintiendo su mirada. Por un momento, sus ojos se encontraron a través de la inmensa habitación. Cata vio algo que nunca había visto en él: no era arrogancia, ni desprecio. Era miedo. Miedo puro y profundo.
—Cata —dijo él. Ella saltó. Nunca había usado su nombre.
—Sí, Don Humberto.
Él abrió la boca como para decir algo importante, pero luego pareció arrepentirse. Sacudió la cabeza.
—Nada. Gracias por… por estar aquí.
No era mucho, pero era más vulnerabilidad de la que Humberto Casillas había mostrado en años. Cata asintió y siguió trabajando. Pero algo había cambiado en el aire ese día. Una barrera invisible había empezado a romperse.
Afuera, el viento de la ciudad golpeaba los cristales. Adentro, dos vidas estaban a punto de chocar de una manera que ninguno podía imaginar.
CAPÍTULO 2: La Caída del Titán
La sala de juntas de Casillas Pharmaceuticals ocupaba todo el piso 48. Paredes de cristal de piso a techo ofrecían una vista dominante del Paseo de la Reforma. Veinticuatro ejecutivos estaban sentados alrededor de una mesa de caoba kilométrica, sus rostros iluminados por el brillo de las iPads.
En la cabecera, Humberto comandaba la atención, a pesar del temblor en sus manos que intentaba esconder bajo la mesa.
—El último trimestre muestra un incremento del 12% en nuestra división de biotecnología —anunció Humberto. Su voz sonaba firme, pero el sudor le bajaba por la sien. El sol de diciembre se sentía como fuego en su piel.
—Humberto, el cronograma de aprobación de la COFEPRIS me preocupa —interrumpió Patricia Holt, una socia minoritaria con un blazer rojo chillante—. ¿Podemos acelerarlo?
El mundo se inclinó hacia la derecha.
Humberto se agarró del borde de la mesa mientras la habitación comenzaba a girar. Su visión se nubló en los bordes, como si estuviera viendo a través de un túnel. Las voces a su alrededor se volvieron distantes, acuosas, como si estuviera bajo el agua en una alberca profunda.
Su pecho se cerró. Cada respiración era una batalla.
—Don Humberto… —La voz de Patricia parecía venir desde kilómetros de distancia.
Él intentó responder, pero las palabras se atoraron en su garganta. Su camisa blanca, perfectamente almidonada, estaba empapada. La mesa de caoba se precipitó hacia su cara mientras sus piernas cedían.
Humberto Casillas, el titán de la industria, el amo de su universo, se desplomó frente a dos docenas de testigos.
—¡Llamen al 911! —gritó alguien—. ¡Traigan al médico de la planta!
Humberto no escuchó nada. La consciencia se le escapó como arena entre los dedos, dejándolo flotando en un vacío oscuro donde el dinero y el poder no valían ni un centavo.
Cuatro pisos abajo, Cata empujaba su carrito de limpieza por los pasillos ejecutivos. Había terminado el penthouse antes de lo usual y decidió adelantar trabajo en el nivel de las salas de juntas.
El zumbido silencioso de las ruedas de su carrito fue interrumpido por la conmoción arriba. Las sirenas de emergencia empezaron a aullar en la distancia, acercándose por la autopista Chamapa-La Venta. El corazón de Cata comenzó a latir con un presentimiento inexplicable. Había sentido esto antes. La misma certeza fría que la invadió la mañana que su papá murió en el pueblo, cuando despertó sabiendo que la muerte había entrado a la casa.
Las puertas del elevador se abrieron y Cata vio pasar a los paramédicos corriendo con su equipo. Reconoció a Patricia Holt, pálida, hablando por teléfono.
—¿Está consciente? —preguntaba Patricia.
La sangre de Cata se heló. “Él”. Solo había un “él” que causaría este nivel de pánico.
Abandonando su carrito, Cata siguió el alboroto hasta la sala de juntas. A través de las paredes de cristal, vio a Humberto tirado en la alfombra, su cabello plateado oscuro por el sudor, su cara del color de la ceniza.
—La presión está cayendo —gritó un paramédico—. ¡Tenemos que moverlo ya!
Cata se pegó al cristal. El entrenamiento de su abuela se activó automáticamente. Observó la respiración de Humberto: demasiado superficial, demasiado rápida. El tinte azulado alrededor de sus labios.
Pero fue otra cosa lo que la hizo jadear. Algo que los paramédicos no podían ver.
El olor. Incluso a través de las puertas de cristal, Cata lo percibió. Tenue pero inconfundible. No era el olor metálico de una enfermedad física. Era más profundo. Su abuela lo llamaba “el olor del alma quemada”. El hedor agrio de un espíritu que se consume a sí mismo desde adentro.
—¿Qué hace aquí?
Cata giró para encontrarse con Patricia Holt mirándola con ojos sospechosos.
—Usted es de limpieza, ¿no? Esta área está restringida.
—Yo… estaba limpiando los pisos de abajo —tartamudeó Cata, sintiéndose pequeña en su uniforme frente a los trajes de diseñador—. Escuché las sirenas y pensé…
—Pues piense en otro lado. Este es un asunto privado.
Cata asintió, retrocediendo, pero sus ojos seguían fijos en Humberto mientras lo subían a la camilla. Justo cuando lo levantaban, la cabeza de él cayó hacia un lado y su mirada desenfocada pareció encontrarla a través del cristal.
Por una fracción de segundo, ella no vio al millonario arrogante. Vio a un hombre asustado, roto, ahogándose en algo que ninguna medicina podía arreglar.
Los paramédicos se lo llevaron hacia los elevadores. Cata se quedó parada, congelada. Su mente corría con posibilidades que la ciencia médica descartaría como superstición.
“Cuando el cuerpo habla y los doctores no escuchan, nos toca a nosotras escuchar, mija”.
Esa noche, Cata tomó una decisión imposible. En lugar de tomar el Metro hacia Iztapalapa, caminó hacia el Hospital ABC de Santa Fe.
El ala VIP estaba vigilada, pero Cata sabía algo que la gente rica a menudo olvidaba: el personal de limpieza es invisible. Encontró un clóset de suministros, tomó una bata prestada y se movió por los pasillos con la misma eficiencia silenciosa de siempre.
La habitación 302 estaba custodiada por un guardia de seguridad privada, pero estaba distraído viendo el fútbol en su celular. Cata se deslizó adentro con una cubeta y un trapeador.
Humberto yacía conectado a monitores que pitaban con precisión electrónica. Su cara estaba en paz, pero Cata podía ver la tensión en sus hombros. Incluso inconsciente, estaba peleando.
Ella se acercó en silencio. Sacó un frasquito de su bolsa. Aceite de lavanda y romero que su abuela le había enseñado a preparar, infusionado bajo la luna llena para calmar espíritus turbados. Puso una cantidad minúscula en la almohada de Humberto, apenas para que su mente inconsciente registrara el aroma.
—Ya sé qué lo está enfermando —susurró, su voz apenas audible sobre el zumbido de las máquinas—. Su cuerpo le está tratando de decir algo, pero usted no escucha. No se está muriendo de ninguna enfermedad, Don Humberto. Se está muriendo de un corazón roto.
La respiración de Humberto cambió, volviéndose más profunda. La tensión en su cara se suavizó. Cata se dio la vuelta para irse, pero los ojos de Humberto se abrieron de golpe, enfocándola con una claridad sorprendente.
—Tú —dijo él, con voz rasposa pero alerta—. Eres Cata. Del penthouse.
—No debería estar aquí —susurró ella, mirando hacia la puerta—. Solo quería asegurarme de que…
—No te vayas.
La desesperación en su voz la detuvo en seco.
—Por favor. Todos los demás me miran y ven signos de pesos o protocolos de tratamiento. Tú me miras y ves otra cosa. ¿Qué ves?
Cata dudó, sabiendo que sus próximas palabras podrían costarle el trabajo, o algo peor.
—Veo a un hombre que ha estado corriendo del dolor por tanto tiempo que el dolor se lo empezó a comer vivo. Veinte doctores no lo pueden curar porque están tratando su cuerpo, patrón. Pero es su alma la que está enferma.
Humberto la miró fijamente. Por primera vez en cinco años, alguien le había dicho una verdad que le cortó hasta el hueso.
Afuera, el Dr. Phillips se acercaba con nuevos resultados, sin saber que el diagnóstico real acababa de ser entregado por una mujer sin título médico, pero con una sabiduría infinita sobre el corazón humano.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: La Huida hacia Ninguna Parte
El Dr. Phillips irrumpió en la habitación 302 con la energía de un hombre que acaba de descubrir la pólvora. Su tableta brillaba con nuevos resultados de laboratorio, sus ojos iluminados con esa emoción científica que solo tienen los médicos cuando resuelven un rompecabezas imposible.
—¡Don Humberto! —exclamó—. Tenemos que discutir su plan de tratamiento, acabo de notar algo en…
Se detuvo en seco. La habitación estaba vacía.
Las sábanas de algodón egipcio estaban revueltas. Los monitores, apagados. Solo quedaba el leve rastro de un aroma floral, lavanda y romero, flotando en el aire estéril del hospital.
—¿Dónde está mi paciente? —le exigió a una enfermera que pasaba.
—El Sr. Casillas se dio de alta hace una hora —respondió ella, revisando su expediente—. En contra de la recomendación médica, por supuesto. Su chofer pasó por él a las 6:00 a.m. Dijo que tenía negocios urgentes.
El Dr. Phillips sintió que la sangre le subía a la cara.
—¿Qué? ¡El hombre colapsó ayer! Sus enzimas cardíacas estaban por las nubes. ¡Se está matando!
A veinte kilómetros de allí, en el piso 52 de la Torre Paradox en Santa Fe, Humberto Casillas estaba parado bajo la regadera, dejando que el agua hirviendo golpeara sus hombros. Intentaba quitarse el olor a hospital, pero lo que realmente quería lavar era el recuerdo de las palabras de Cata.
“Su alma es la que está enferma”.
—Ridículo —murmuró, girando la llave para que el agua saliera aún más caliente—. Supersticiones de pueblo. Tonterías de una mujer que limpia escusados para vivir.
Pero incluso mientras despreciaba sus palabras, su reflejo en el espejo empañado le devolvía la mirada de un fantasma. Ojeras profundas, piel pálida. Se vistió con su armadura de guerra: un traje azul marino de Ermenegildo Zegna, zapatos italianos y una corbata de seda que costaba más de lo que Cata ganaba en tres meses. Si se veía poderoso, tal vez volvería a sentirse poderoso.
Su celular vibró sobre el mármol del baño. “Dr. Phillips” parpadeaba en la pantalla por quinta vez. Humberto lo ignoró.
Marcó a su asistente.
—Patricia, quiero que agendes citas con todos los especialistas que nos faltan. Dicen que en Múnich hay una clínica nueva, el Instituto Hartman. Tratan a la realeza europea. Consígueme un lugar.
—Don Humberto… —La voz de Patricia sonaba preocupada—. Quizá debería descansar hoy. El Dr. Phillips ha llamado tres veces…
—¡El Dr. Phillips ya tuvo su oportunidad! —gritó Humberto, sorprendiéndose a sí mismo por la violencia en su voz—. ¡Veinte doctores han tenido su oportunidad! No me voy a rendir porque una mucama cree que estoy “emocionalmente perturbado”. Quiero estar en un avión a Alemania mañana mismo.
Doce pisos abajo, Cata Guzmán estaba en el elevador de servicio, sus artículos de limpieza tintineando con el movimiento. Apenas había dormido, repitiendo la conversación del hospital en su cabeza. La mirada en los ojos del patrón cuando ella mencionó su dolor: reconocimiento, miedo y… esperanza.
El elevador hizo “ding” en el piso 52.
Cata entró al penthouse y de inmediato sintió el cambio. El aire estaba cargado, eléctrico, como antes de una tormenta en el Valle de México.
Humberto estaba despierto y moviéndose. Se escuchaban cajones abriéndose y cerrándose con fuerza en la recámara principal.
—Llegas tarde.
La voz de Humberto cortó el silencio. Estaba parado en el marco de la puerta, impecable pero disminuido. Su traje le quedaba grande, como si hubiera perdido peso durante la noche.
—Perdón, patrón. El tráfico en Constituyentes estaba…
—No me interesan tus excusas —la interrumpió, caminando hacia el ventanal—. Quería hablar de lo que pasó ayer en el hospital.
Cata detuvo su trapo sobre la mesa de centro.
—Por supuesto.
—Te excediste —dijo él con esa frialdad aristocrática que usaba para intimidar a sus socios—. Aprecio tu… preocupación, pero no requiero análisis psicológicos amateurs del personal de limpieza.
Las palabras dolieron, pero Cata se las esperaba. Su abuela siempre decía: “La verdad quema, mija, y cuando quema, la gente grita”.
—Entiendo —dijo ella en voz baja, volviendo a limpiar.
—¿Entiendes? —Humberto se giró, sus ojos echando chispas—. Porque tu “diagnóstico” ha sido muy disruptivo. Tengo cinco llamadas perdidas de psiquiatras esta mañana. Como si hablar de mis sentimientos fuera a curar una falla sistémica en mi sistema inmunológico.
Cata dejó el trapo y lo miró a los ojos.
—Su cuerpo está enfermo, Don Humberto. Eso es real. Pero a veces el cuerpo grita lo que la boca calla.
—Mi corazón está perfecto. Tengo tres electrocardiogramas que lo prueban.
—No hablo de ese corazón.
El silencio se estiró entre ellos, tenso y vibrante. Humberto apretó la mandíbula. Estaba peleando una guerra interna: el deseo de correrla a gritos contra la parte de él que sabía que ella tenía razón.
—Mi hija murió hace cinco años —soltó de repente, con voz plana—. Un conductor borracho se pasó un alto en Reforma. Ya procesé el duelo, Sra. Guzmán. Seguí adelante. Construí un imperio farmacéutico. Doné millones al Hospital Infantil. No necesito “sanar mi corazón” porque mi corazón está bien.
Cata no retrocedió.
—¿Cuándo fue la última vez que visitó su tumba?
La pregunta golpeó a Humberto como una bofetada física. Palideció.
—Eso… eso es completamente inapropiado.
—¿Cuándo fue la última vez que dijo su nombre en voz alta? No en una junta de beneficencia, no en un reporte fiscal. ¿Cuándo fue la última vez que dijo “Anita” y se permitió recordar su voz diciéndole “papá”?
—¡Basta! —Humberto golpeó la mesa. Sus manos temblaban violentamente—. ¡Tú no sabes de lo que hablas! Eres una mujer de la limpieza con cuentos de pueblo. ¡Yo voy a ir a Múnich mañana! ¡Ellos tienen ciencia, no hierbas ni supersticiones!
—Vaya a Alemania, patrón —dijo Cata con una tristeza infinita—. Vaya a China si quiere. Pero Múnich no lo va a curar tampoco. Porque usted no está huyendo de una enfermedad. Está huyendo de ella. Y ella vive en su memoria, no en un hospital.
Humberto la miró con furia, respirando agitadamente.
—Cuando regrese de Europa, espero que hayamos vuelto al profesionalismo. O tendré que buscar a alguien más para limpiar este piso.
Cata asintió lentamente.
—Que Dios lo acompañe, Don Humberto.
Humberto salió azotando la puerta, convencido de que estaba corriendo hacia su salvación, sin saber que solo estaba corriendo en círculos dentro de su propia jaula dorada.
CAPÍTULO 4: Cenizas en la Cocina
El Salón VIP de Aeroméxico en la Terminal 2 del Aeropuerto Benito Juárez era un oasis de lujo, pero para Humberto se sentía como una prisión.
Llevaba seis horas sentado en el mismo sillón de piel. Su vuelo a Múnich, con conexión en Frankfurt, había sido retrasado tres veces. Primero una falla mecánica, luego problemas de tripulación, y ahora, una tormenta invernal masiva que cubría el centro de Europa.
—Sr. Casillas —la encargada del mostrador se acercó con cara de tragedia—. Me temo que Lufthansa ha cancelado todos los vuelos transatlánticos hasta mañana por la tarde. La tormenta es histórica.
Humberto sintió que el piso se abría.
—¡Necesito llegar a esa clínica! —gritó, importándole poco que la gente lo mirara—. ¡Rente un jet privado! ¡Pago lo que sea!
—Ya lo intentamos, señor. Nadie está volando hacia allá. El espacio aéreo está cerrado.
Derrotado, Humberto se dejó caer en el asiento. Su cuerpo le dolía. Sentía los huesos de cristal. Estaba atrapado en la Ciudad de México, atrapado con sus pensamientos, atrapado con la verdad que Cata le había lanzado esa mañana.
Regresó al penthouse a las 9:00 p.m. El departamento estaba oscuro y silencioso.
Humberto tenía hambre, pero la idea de pedir comida o llamar al chef le repugnaba. Quería algo… casero. Algo que lo hiciera sentir menos frío por dentro.
Caminó hacia la cocina de mármol que parecía nunca haber sido usada. Abrió la alacena. Encontró un paquete de fideos, unas latas de puré de tomate.
Sopita de fideo.
Anita amaba la sopa de fideo. Los domingos, cuando vivían en la casa vieja de Coyoacán, antes de tanto dinero y tanta soledad, cocinaban juntos. Ella se subía a un banquito para alcanzar la estufa.
Humberto puso una olla al fuego. Vació el aceite. Intentó recordar los pasos. Dorar el fideo. Licuar el jitomate con ajo y cebolla.
Pero sus manos temblaban demasiado. Tiró el aceite. Se le cayó un diente de ajo. Su mente estaba nublada por la fatiga y la enfermedad. Se sentó en el suelo, recargado en el refrigerador Sub-Zero, esperando a que el fideo se dorara.
Cerró los ojos un segundo. Solo un segundo.
Se despertó con el aullido de la alarma de incendios.
El humo llenaba la cocina. Humo negro y espeso. Humberto tosió, intentando levantarse, pero sus piernas no le respondían.
—¡Don Humberto!
La puerta de servicio se abrió de golpe. Cata entró corriendo, cubriéndose la boca con su suéter. No llevaba su uniforme, sino unos jeans y una chamarra gruesa.
Corrió a la estufa, apagó el fuego y metió la olla humeante bajo el chorro de agua fría. Un silbido de vapor llenó el cuarto. Luego abrió las ventanas para dejar salir el humo.
Cuando el aire se aclaró un poco, se giró hacia él. Humberto seguía en el suelo, con el traje de viaje arruinado, la cara manchada de hollín y lágrimas.
—Me llamaron de mantenimiento —dijo Cata, respirando agitadamente—. Dijeron que la alarma se activó y que usted no contestaba. Pensé… pensé que algo le había pasado.
Humberto miró la olla quemada en el fregadero. Lo que debía ser una sopa reconfortante era ahora una masa negra y carbonizada. Como su vida.
—Se canceló el vuelo —dijo él con voz rota—. Iba a ir a Múnich. Iba a curarme. Y ni siquiera puedo hacer una maldita sopa de fideo.
Cata se agachó a su lado, ignorando la jerarquía, el dinero, y la distancia que los separaba.
—¿Desde cuándo no cocina, patrón?
—Cinco años —susurró él—. Cinco años, cuatro meses y dieciocho días.
La precisión de la fecha le rompió el corazón a Cata.
—Anita me ayudaba. Le gustaba con cuadritos de queso panela y crema. Decía que la sopa de papá era mágica.
Era la primera vez que decía su nombre sin que pareciera una maldición.
—¿Qué pasó esa noche, Don Humberto? —preguntó Cata suavemente.
—Íbamos al cine. Ella quería ver esa película de princesas por quinta vez. —Humberto miraba un punto fijo en el suelo—. Estábamos parados en el semáforo. Ella estaba cantando. Y luego… luces. Ruido de metal. Silencio.
Las lágrimas comenzaron a caer sobre su camisa de diseñador, dejando surcos en el hollín de su cara.
—Desperté en el hospital. Ella estaba en el quirófano. Luchó por tres días. Yo recé a todos los dioses que conocía. Prometí regalar todo mi dinero. Prometí ser bueno. Prometí cambiar.
Humberto sollozó, un sonido feo y gutural que había estado conteniendo por media década.
—Y Dios no me escuchó, Cata. Se la llevó. Y me dejó a mí aquí, con todo este dinero que no sirve para nada.
—Y por eso lo regaló —dijo Cata, entendiendo todo de golpe—. Las donaciones. El hospital. Usted siente que es dinero sucio.
—Es dinero de sangre. Si no pude salvarla a ella, tenía que salvar a otros. Pero no funciona. Sigo vacío. Sigo enfermo.
—Usted no es Dios, Humberto —dijo Cata, tomando sus manos temblorosas entre las suyas. Estaban frías como el hielo—. Usted no controla a los borrachos que se pasan los altos. Usted no controla la muerte.
—Pero soy su papá. Mi trabajo era protegerla.
—Y su trabajo ahora es honrarla. No matándose poco a poco. ¿Cree que a Anita le gustaría verlo así? ¿Solo en una torre de cristal, comiéndose por dentro?
Humberto negó con la cabeza, incapaz de hablar.
—¿Dónde está ella? —preguntó Cata.
—Panteón Francés. En Legaria.
—¿Ha ido?
—Pagué el mantenimiento perpetuo. Mando flores cada semana. Rosas amarillas. Eran sus favoritas.
—¿Pero usted ha ido?
—No. —La palabra salió como un gemido—. Si voy… si veo su nombre en la piedra… entonces es real. Y si es real, no sé cómo voy a sobrevivir.
Cata le apretó las manos con fuerza.
—Usted ya no está sobreviviendo, Don Humberto. Se está muriendo. Su cuerpo está gritando “basta”. Tiene que ir. Tiene que despedirse para poder empezar a saludar a la vida otra vez.
—No puedo ir solo. Tengo miedo.
Humberto Casillas, el hombre que negociaba fusiones millonarias sin parpadear, estaba aterrorizado de una tumba pequeña.
—No va a ir solo —dijo Cata con firmeza—. Yo lo llevo.
—¿Ahora?
—Mañana temprano. Antes de que se arrepienta. Antes de que intente huir a Alemania otra vez.
Humberto la miró. Sus ojos color miel brillaban con una determinación feroz. Por primera vez en cinco años, sintió que no se estaba ahogando solo en medio del océano. Alguien le había lanzado un salvavidas.
—Está bien —susurró él—. Vamos mañana.
Cata le ayudó a levantarse del suelo de la cocina. Limpiaron juntos el desastre de la sopa quemada. Y esa noche, mientras la tormenta azotaba la ciudad, Humberto durmió por primera vez sin pastillas, sabiendo que al amanecer tendría que enfrentar al monstruo más grande de todos: su propio dolor.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: El Jardín de los Recuerdos
El sol de la mañana apenas calentaba el aire frío de la Ciudad de México cuando el modesto Honda Civic de Cata se detuvo frente a las imponentes puertas de hierro del Panteón Francés de San Joaquín.
Humberto iba en el asiento del copiloto, con las manos apretadas sobre sus rodillas tan fuerte que los nudillos se le veían blancos. Llevaba un abrigo largo de lana negra y unos lentes oscuros, intentando esconderse del mundo, o quizás, de sí mismo.
—Podemos dar la vuelta —dijo Cata suavemente, sin apagar el motor—. No hay vergüenza en no estar listo, Don Humberto.
Humberto miró hacia las avenidas arboladas del cementerio, donde mausoleos de mármol y ángeles de piedra guardaban el sueño de miles.
—He tenido cinco años para estar listo —respondió con voz temblorosa—. Si me voy ahora, nunca voy a volver.
Bajaron del coche. El silencio del lugar contrastaba con el ruido lejano del Periférico. Caminaron por los senderos adoquinados. Humberto sabía exactamente dónde estaba, aunque nunca la había visitado. Su asistente pagaba las facturas de mantenimiento; él conocía la ubicación: Avenida de los Cipreses, Lote 14.
Mientras caminaban, Humberto empezó a hablar. Al principio eran frases cortas, nerviosas.
—Le encantaba correr. Tenía una energía inagotable. En el parque Lincoln, se subía a los árboles más altos… Su mamá decía que era una cabrita de monte.
Cata lo escuchaba en silencio, dejándolo sacar los recuerdos que habían estado pudriéndose en su interior.
—Era terca también. Si decidía que quería tacos al pastor para cenar, armaba un debate como si fuera abogada. Presentaba evidencia, citaba precedentes de cenas anteriores…
Cata sonrió.
—Suena a que heredó el carácter de su papá.
Llegaron a una curva en el camino y Humberto se detuvo en seco.
A unos treinta metros, bajo la sombra de un fresno enorme, una tumba de granito gris brillaba bajo la luz moteada del sol. Pero lo que le robó el aliento a Humberto no fue la piedra, sino el color.
Estaba rodeada de amarillo.
Rosas amarillas, girasoles, margaritas. Un estallido de vida vibrante en medio del gris del cementerio.
—Alguien ha estado aquí —susurró Humberto, confundido—. ¿Quién…?
Se acercaron lentamente. La inscripción en la piedra era simple y devastadora:
ANITA CASILLAS MONTEMAYOR
2014 – 2021
Iluminaste el mundo con tu risa.
Al pie de la lápida, había un ramo fresco de narcisos amarillos atado con un listón blanco. Junto a las flores, un libro infantil gastado por el sol y un pequeño elefante de peluche.
Humberto cayó de rodillas sobre el pasto. El impacto de ver su nombre tallado en piedra fue como un golpe físico.
—Pensé… pensé que si no venía, ella seguiría viva en algún lugar —dijo entre sollozos, quitándose los lentes oscuros—. Estúpido, lo sé.
—No estúpido —dijo Cata, arrodillándose a su lado y poniendo una mano en su hombro—. Humano.
Humberto acarició las letras frías con sus dedos temblorosos.
—Hola, mi niña… —su voz se quebró—. Perdón por tardarme tanto. Papá está aquí.
Entonces vio algo más. Una pequeña placa de bronce incrustada en el suelo, cerca de las flores: “Este jardín es mantenido con amor por la Fundación Infantil Casillas”.
Humberto miró a Cata, con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo pagué esto. Sin saberlo.
—Usted la ha estado cuidando todo este tiempo, patrón —dijo Cata con ternura—. Incluso cuando no podía venir, se aseguró de que estuviera rodeada de belleza. Su amor nunca se fue, solo cambió de forma.
Humberto tomó el libro que estaba junto a las flores. Era una copia de El Principito. Al abrirlo, cayó un sobre hecho a mano con crayones.
Humberto lo abrió con manos temblorosas. Adentro había un dibujo: un hombre de palitos con traje y una niña con vestido amarillo, ambos bajo un arcoíris gigante. Al reverso, con letra infantil e inestable, decía:
“Gracias Sr. Casillas por las medicinas nuevas. Mi mamá dice que usted es un ángel. P.D. Creo que a su hija le gustaría saber que usted ayuda a los niños.” – Mateo, 8 años.
Humberto leyó la nota una y otra vez. Las lágrimas caían sobre el papel, mezclándose con el crayón.
—He estado tan obsesionado con que no pude salvarla —dijo, con la voz llena de asombro—, que nunca me di cuenta de que la estaba honrando al salvar a otros.
—Mateo está vivo gracias a su investigación, Don Humberto. Anita sigue ayudando a otros niños a través de usted.
Humberto asintió, respirando profundamente. El aire se sentía más ligero, como si un peso de toneladas hubiera desaparecido de su pecho. Miró el libro en sus manos.
—Yo le leía este libro todas las noches. Se sabía la parte del zorro de memoria.
—¿Quiere leérselo ahora?
Humberto miró a Cata, sorprendido, y luego a la tumba. Se aclaró la garganta, abrió el libro en el capítulo XXI y comenzó a leer en voz alta.
—“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo…”
Al principio su voz temblaba, pero conforme avanzaba, ganaba fuerza. Leía con entonación, haciendo las voces de los personajes, tal como lo hacía hace cinco años en la recámara de su hija.
Cata se sentó en una banca cercana y lo observó. Vio cómo la tensión abandonaba los hombros de Humberto. Vio cómo el color regresaba a sus mejillas pálidas.
Por primera vez en un lustro, Humberto Casillas no era el millonario atormentado ni el CEO implacable. Era simplemente un papá amando a su hija.
Cuando terminó el capítulo, cerró el libro y besó la tapa.
—Voy a volver la próxima semana —prometió al aire—. Te voy a leer el final.
Se levantó y se giró hacia Cata. Sus ojos, antes apagados por la enfermedad y la culpa, brillaban con una claridad nueva. Paz. No era felicidad completa todavía, pero era el comienzo de la paz.
—Gracias —le dijo a Cata.
—No me agradezca a mí —respondió ella sonriendo—. Usted hizo todo el trabajo difícil.
Mientras caminaban de regreso al coche, Humberto tomó la mano de Cata. Fue un gesto natural, instintivo. Y mientras salían del cementerio, Cata supo que el milagro había ocurrido. No con medicinas alemanas, sino con un libro viejo y un ramo de flores amarillas.
CAPÍTULO 6: La Verdad en un Folder Amarillo
Los siguientes dos días fueron, en una palabra, mágicos.
La transformación física de Humberto desafiaba toda lógica médica. El temblor de sus manos desapareció. Su apetito regresó con voracidad; devoraba los chilaquiles que Cata le preparaba por las mañanas como si fuera un adolescente. Su piel perdió ese tono grisáceo de muerte y recuperó su color natural.
El penthouse del piso 52 dejó de ser un mausoleo. Se escuchaba música clásica suave, el aroma a café recién hecho llenaba la cocina y, lo más increíble de todo, se escuchaban risas.
Cata y Humberto habían caído en una rutina cómoda, casi doméstica. Hablaban durante horas. Él le contaba sobre la fundación de la empresa, sobre sus sueños de joven. Ella le contaba sobre su vida en el pueblo, sobre las hierbas de su abuela, sobre lo difícil que era la vida en la ciudad para alguien que venía de la tierra.
Había una conexión eléctrica entre ellos. Una gratitud que se estaba transformando rápidamente en algo más profundo, algo peligroso para una empleada y su patrón.
La tarde del jueves, Cata estaba terminando de limpiar la biblioteca cuando Humberto entró. Llevaba un sobre manila grueso en la mano y su expresión, que había sido tan abierta y cálida en las últimas 48 horas, se había cerrado de golpe.
Era el rostro del CEO otra vez. Frío. Distante.
—Cata, tenemos que hablar.
El estómago de Cata dio un vuelco. El tono de voz era el mismo que usaba cuando la regañaba por el polvo, pero peor. Había hielo en sus palabras.
—Claro, Don Humberto. ¿Pasa algo?
Humberto caminó hacia su escritorio de caoba y arrojó el sobre sobre la superficie pulida. Se deslizó hasta detenerse frente a ella.
—Mi equipo de seguridad hace revisiones periódicas de todo el personal cercano a mí. Es protocolo estándar. Especialmente cuando… cuando la relación cambia.
Cata sintió que la sangre se le iba a los pies. Ella sabía lo que había en ese sobre. Había esperado, rezado, para que Humberto la conociera lo suficiente antes de ver esos papeles.
—Me llegó el reporte actualizado esta mañana —dijo Humberto, su voz temblando, no de enfermedad, sino de furia contenida—. ¿O debería decir, Catalina María O’Sullivan?
Cata cerró los ojos.
—Me cambié el nombre legalmente después de…
—¿Después de salir de la cárcel preventiva? —la cortó Humberto, abriendo el folder y sacando una hoja con su foto policial—. Arrestada hace dos años en el Hospital General por invasión de propiedad y alteración del orden.
—¡Estaba tratando de ver a mi papá! —gritó Cata, las lágrimas brotando—. Se estaba muriendo en urgencias y los guardias no me dejaban pasar porque se acabó la hora de visita. ¡Me volví loca de desesperación!
—El reporte dice más —continuó Humberto, implacable como un fiscal—. Dice que te han despedido de tres casas en Las Lomas y Pedregal. La familia Hendersson. La familia Washington. Siempre el mismo patrón: llegas a una casa en crisis, te ganas la confianza de la familia con tus “remedios” y tu “sabiduría popular”, te vuelves indispensable…
—¡Yo solo trataba de ayudar!
—¡Los Hendersson te dejaron 500 mil pesos en su testamento antes de darse cuenta de quién eras! —Humberto golpeó el escritorio—. ¿Es eso lo que buscas aquí? ¿Viste al millonario moribundo y pensaste: “aquí está mi jubilación”?
—¡Regresé ese dinero! —sollozó Cata—. ¡Nunca toqué un centavo! Y con usted… Humberto, por Dios, míreme.
Él la miró, pero sus ojos eran muros de piedra.
—Míreme. Lo que pasó en el cementerio… ¿cree que eso fue fingido? ¿Cree que mis lágrimas eran falsas?
—Ya no sé qué creer —dijo Humberto con amargura—. Eres muy buena, Cata. Casi me convenciste. Me hiciste sentir que… que a alguien le importaba yo, no mi cartera.
—¡A mí me importas tú! —Cata dio un paso hacia él, pero él retrocedió como si ella tuviera lepra—. Me importas tú, el hombre que le lee cuentos a su hija muerta. El hombre que sufre. Me enamoré de ese hombre, idiota.
La confesión quedó flotando en el aire. La palabra “enamoré” resonó en la biblioteca silenciosa.
Humberto parpadeó, sorprendido por un segundo, pero luego su cinismo volvió a tomar el control. El miedo a ser herido era más fuerte que su deseo de creer.
—Qué conveniente —dijo con una sonrisa cruel—. La mucama se enamora del millonario justo cuando él está más vulnerable. Es el golpe perfecto.
Cata sintió que algo se rompía dentro de su pecho. No era su corazón, era su dignidad. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se enderezó. Recuperó la compostura de la mujer fuerte que había sobrevivido a la pobreza y a la soledad.
—Está bien, Don Humberto. Si eso es lo que quiere creer, no voy a tratar de convencerlo. El miedo es un amo muy celoso, y usted acaba de volver a ser su esclavo.
Se quitó el delantal del uniforme y lo dobló cuidadosamente sobre una silla.
—Me voy. No se preocupe por mi liquidación. No quiero nada de su dinero.
—Cata… —Humberto empezó a decir algo, su voz vacilando por un instante.
—Solo le voy a decir una cosa más —lo interrumpió ella, mirándolo directo a los ojos desde la puerta—. Usted se va a volver a enfermar. Y no porque yo le haya hecho brujería, ni porque los doctores fallaron. Se va a enfermar porque acaba de elegir el miedo en lugar del amor. Y el miedo, patrón, es el veneno más lento que existe.
Cata salió del penthouse y las puertas del elevador se cerraron, llevándose con ella la luz que había llenado el lugar.
Humberto se quedó solo en su torre de marfil, rodeado de sus millones y sus reportes de seguridad. Se sintió victorioso por un momento, seguro de haber evitado una estafa.
Pero entonces, sus manos empezaron a temblar.
Un sudor frío le recorrió la espalda. Las piernas le fallaron y tuvo que agarrarse del escritorio. La tos regresó, seca y dolorosa.
En menos de una hora, Humberto Casillas estaba tirado en el suelo de su baño, vomitando, mientras su sistema inmunológico colapsaba de nuevo bajo el peso de un corazón que acababa de romperse por segunda vez.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: La Recaída y la Revelación
El Hospital ABC de Santa Fe olía a antiséptico y desesperación. Humberto Casillas estaba de vuelta en la misma cama, en la misma habitación 302, pero esta vez se veía peor que nunca.
Habían pasado dos semanas desde que Cata se fue. Dos semanas en las que su cuerpo se había marchitado a una velocidad aterradora.
El Dr. Phillips revisaba los monitores con el ceño fruncido.
—Es increíble —murmuró—. Tus niveles de cortisol están por las nubes. Tu sistema inmune básicamente ha decidido dejar de trabajar. Hace dos semanas estabas casi curado, Humberto. ¿Qué demonios pasó?
Humberto miraba al techo, con los ojos hundidos en cuencas oscuras. A su lado, en la mesita de noche, estaba el reporte de seguridad de Cata, arrugado y manoseado.
—Cometí un error, Jonathan —dijo con voz rasposa—. Un error de cálculo.
—¿En los negocios?
—En la vida. —Humberto tosió, un sonido seco y doloroso—. Pensé que estaba protegiéndome de una estafa, pero solo me estaba protegiendo de ser feliz.
El Dr. Phillips se sentó en la orilla de la cama, rompiendo el protocolo médico.
—Háblame de ella. La mujer de la limpieza.
—Cata. —El nombre sabía a ceniza en su boca—. Ella me llevó a la tumba de Anita. Me hizo leerle El Principito. Por dos días, Jonathan, me sentí vivo. No solo sano, vivo. Y luego…
Humberto señaló el reporte con una mano temblorosa.
—Investigué su pasado. Encontré errores. Encontré que se involucraba demasiado con sus patrones. Me asusté. Pensé que me estaba manipulando para sacarme dinero. La corrí. Le dije cosas horribles.
—¿Y crees que te estaba manipulando? —preguntó el médico.
Humberto cerró los ojos y recordó. Recordó la calidez de su mano en el cementerio. La forma en que cocinaba chilaquiles cantando bajito. La mirada de dolor genuino cuando él la acusó.
—No —susurró—. Mi cerebro paranoico lo creyó por un día. Pero mi corazón nunca lo creyó. Ella me amaba, Jonathan. Y yo la destruí.
—Bueno —dijo el Dr. Phillips, poniéndose de pie y alisando su bata—. Como tu médico, te doy mi diagnóstico profesional: eres un idiota.
Humberto soltó una risa débil que terminó en tos.
—Tu cuerpo se está apagando porque perdiste tu ancla, Humberto. La medicina puede mantenerte vivo un poco más, pero si no tienes una razón para vivir… bueno, ya sabes cómo termina esto.
Mientras tanto, en un pequeño departamento en la colonia Portales, Cata empacaba sus cosas.
Había aceptado un trabajo en Guadalajara cuidando a una señora mayor. Necesitaba irse de la Ciudad de México. Cada esquina, cada parque, el smog mismo le recordaba a Humberto.
Su teléfono sonó. Era un número desconocido.
—¿Bueno?
—¿Sra. Guzmán? Habla el Dr. Phillips. Soy el médico de Humberto Casillas.
El corazón de Cata se detuvo.
—¿Está bien? ¿Le pasó algo?
—Se está muriendo, Cata. De verdad esta vez. —La voz del doctor era grave—. Y no deja de hablar de usted. Sé que él la trató muy mal, y entendería si me cuelga ahora mismo. Pero creo que usted es la única medicina que le queda a este hombre testarudo.
Cata miró las cajas de cartón apiladas. Miró su boleto de autobús a Guadalajara para esa noche. Su orgullo le gritaba que colgara, que dejara que el millonario se pudriera en su torre de dinero. Él la había humillado. Él había dudado de ella.
Pero luego pensó en el hombre arrodillado en el pasto, llorando por su hija. Pensó en el amor que había sentido, tan real y tangible como la tierra bajo sus pies.
—Dígale que es un viejo necio —dijo Cata, con la voz quebrada—. Y dígale que voy para allá.
CAPÍTULO 8: El Milagro de Navidad
Era Nochebuena. La ciudad estaba tranquila, preparándose para la cena. En el hospital, el ambiente era silencioso.
Humberto estaba medio dormido cuando escuchó la puerta abrirse. Pensó que era la enfermera con otra ronda de medicamentos inútiles.
—Espero que le gusten los tamales, porque no pienso comer sola en Navidad.
Humberto abrió los ojos de golpe.
Ahí estaba ella. No llevaba uniforme. Llevaba un vestido sencillo de lana verde y una bolsa de plástico que olía a gloria: hoja de maíz y salsa verde.
—Cata… —Humberto intentó sentarse, pero estaba demasiado débil.
Ella se acercó a la cama, dejó los tamales en la mesita y lo miró con esa mezcla de severidad y ternura que solo ella tenía.
—Mírese nada más. Parece un fantasma. Le dije que se iba a enfermar.
—Tenías razón —susurró él. Las lágrimas empezaron a correr por sus sienes—. Tenías razón en todo. Soy un cobarde. Tuve miedo de quererte.
Cata suspiró y se sentó en la silla junto a la cama. Le tomó la mano. Su tacto fue como una descarga eléctrica para el sistema moribundo de Humberto.
—Leí el reporte completo, Humberto. —Cata sacó el papel arrugado—. Sí, me cambié el nombre. Sí, me arrestaron por querer ver a mi papá. Y sí, devolví el dinero de los Hendersson. Pero usted no leyó esa parte, ¿verdad? Se detuvo en lo malo.
—Fui un estúpido. El miedo me cegó. —Humberto apretó su mano con las pocas fuerzas que le quedaban—. Perdóname, Cata. Por favor. No quiero morirme siendo el hombre que dejó ir al amor de su vida.
Cata le acarició el cabello plateado.
—No se va a morir hoy, viejo necio. Tenemos tamales que comer. Y tenemos que ir a ver a Anita la próxima semana. Le prometió que le leería el final del libro.
—¿Nosotros? —Humberto la miró con esperanza desesperada.
—Nosotros. Si usted promete dejar de ser un idiota miedoso.
Humberto sonrió, y por primera vez en semanas, la sonrisa llegó a sus ojos.
—Lo prometo. Te lo juro por mi vida… la que me queda, que es tuya.
Esa noche, en la habitación del hospital, ocurrió el segundo milagro. Mientras compartían tamales y atole de champurrado que Cata había metido de contrabando, los monitores de Humberto empezaron a cambiar. Su ritmo cardíaco se estabilizó. Su presión arterial bajó a niveles normales.
El Dr. Phillips, observando desde la estación de enfermeras, solo movió la cabeza y sonrió.
—Ciencia —murmuró—. A veces no sabes nada.
EPÍLOGO: Un Año Después
El sol de diciembre brillaba sobre el jardín de la nueva clínica en Iztapalapa. No era un hospital frío y estéril. Era una casa grande, llena de luz, plantas y color.
El letrero en la entrada decía: “Centro de Sanación Integral Anita Casillas”.
Humberto Casillas cortó el listón rojo. Se veía diez años más joven. Su traje ya no era una armadura, sino simplemente ropa. A su lado, Cata, radiante con un vestido amarillo, sostenía su mano.
La clínica era única en el mundo: combinaba la mejor medicina alopática —financiada por la fortuna de Humberto— con la medicina tradicional y el apoyo emocional que Cata coordinaba. Trataban el cuerpo, pero primero, escuchaban el alma.
—¿Listo, doctor? —le preguntó Cata, burlona.
—Listo, directora —respondió él, besándole la mano.
Humberto miró al cielo. Podía sentir, casi podía jurar, que una niña se estaba riendo entre las nubes, feliz de ver a su papá finalmente sano, finalmente amado, y finalmente libre.
—Vamos a trabajar —dijo Humberto—. Hay mucha gente con el corazón roto allá afuera.
Y juntos, el millonario y la mucama, entraron a sanar al mundo, un corazón a la vez.
FIN
LA SINFONÍA DEL SILENCIO: UN CASO PARA EL CENTRO ANITA CASILLAS
INTRODUCCIÓN
Seis meses habían pasado desde aquel milagro navideño en el hospital. La vida de Humberto Casillas había dado un giro de 180 grados, uno tan violento que a veces, al despertar, todavía buscaba instintivamente su BlackBerry y su agenda de reuniones con inversionistas japoneses. Pero lo que encontraba ahora era el aroma a café de olla, el sonido de los gallos lejanos (algo impensable en su antiguo penthouse de Santa Fe) y el calor del cuerpo de Catalina Guzmán a su lado.
Habían abierto el “Centro de Sanación Integral Anita Casillas” en una casona restaurada en el corazón de Iztapalapa, lejos de los rascacielos de cristal, pero cerca de la gente que más lo necesitaba. Sin embargo, la transición de “Tiburon Corporativo” a “Sanador Humanitario” no estaba siendo tan suave como los finales felices de las películas sugerían.
Esta es la historia de su primer gran desafío: un paciente que no podía ser curado ni con hierbas ni con medicina nuclear, y que obligaría a Humberto a enfrentar el último fantasma que le quedaba: su propia ambición.
CAPÍTULO 1: EL CHOQUE DE DOS MUNDOS
El lunes por la mañana en el Centro Anita Casillas comenzó con el caos habitual que a Humberto le crispaba los nervios.
—¡Cata! —gritó Humberto desde la oficina administrativa, que en realidad era una antigua recámara adaptada con escritorios de segunda mano—. ¡El sistema de citas se cayó otra vez! Y el proveedor de oxígeno dice que no entra a esta calle porque le robaron los espejos la semana pasada.
Cata apareció en el umbral, secándose las manos en su delantal. Llevaba el cabello suelto, algo que a Humberto le encantaba, pero su expresión era de paciencia agotada.
—Buenos días a ti también, mi amor —dijo ella con sarcasmo—. Primero, baja la voz, que Doña Chonita está en terapia de reiki y necesita silencio. Segundo, el sistema de citas es un cuaderno Scribe porque el internet aquí falla cuando llueve. Y tercero, yo arreglo lo del oxígeno. El chofer es primo de mi comadre.
Humberto se dejó caer en la silla giratoria, que chirrió en protesta.
—No podemos operar así, Cata. Necesitamos eficiencia. Necesitamos protocolos. Ayer vi a una gallina cruzando el patio de espera. ¡Una gallina! Esto es una clínica, no una granja.
Cata se acercó y le dio un beso en la frente, calmando instantáneamente la tormenta en su cabeza.
—Es la gallina de Don Pepe, el jardinero. Se llama Gertrudis y pone huevos azules. Y sobre la eficiencia… Humberto, aquí el tiempo corre diferente. En Santa Fe el tiempo es dinero. Aquí, el tiempo es vida. Deja de querer controlar todo.
—No quiero controlar todo —rezongó él, aunque sabía que mentía—. Solo quiero que funcione. Puse la mitad de mi fortuna líquida en este lugar.
—Y la otra mitad la estás gastando en máquinas que no usamos —señaló Cata, apuntando a un rincón donde un escáner de retina de última generación acumulaba polvo—. La gente viene aquí porque los escuchamos, no porque los escaneamos.
La discusión fue interrumpida por el sonido de la campana de la entrada. No era el timbre eléctrico que Humberto quería instalar, sino una vieja campana de bronce que resonaba con gravedad.
—Llegó el paciente de las diez —dijo Cata, su tono cambiando instantáneamente a uno profesional—. Y este caso… este caso es especial, Humberto. Necesito que vengas.
—¿Yo? Tú eres la que lee las almas. Yo solo firmo los cheques y leo los expedientes médicos.
—Hoy no. Hoy necesito al padre, no al financiero.
CAPÍTULO 2: EL NIÑO DE LA MANO DE PIEDRA
En la sala de consultas, que estaba pintada de un amarillo suave (el color de Anita) y olía a copal y lavanda, esperaban dos personas.
Un hombre alto, rígido, con un traje que había visto mejores días pero que estaba impecablemente planchado. Tenía esa dignidad tensa de la clase media que lucha por mantener las apariencias. Se presentó como el Ingeniero Roberto Alatorre.
A su lado, sentado en la orilla de la silla con la cabeza gacha, estaba Julián.
Julián tenía catorce años, era delgado y pálido. Su brazo derecho descansaba sobre un cojín, envuelto en una venda elástica.
—Buenos días —dijo Humberto, adoptando su postura de autoridad—. Soy Humberto Casillas. ¿En qué podemos ayudarlos?
El Ingeniero Alatorre se puso de pie de inmediato y estrechó la mano de Humberto con demasiada fuerza.
—Es un honor, Señor Casillas. He leído todo sobre usted en Forbes. Sé que usted es un hombre de resultados. Por eso vinimos. Hemos ido al Seguro, a particulares, incluso a un huesero… nadie da con el problema.
—¿Cuál es el síntoma? —preguntó Cata suavemente, sentándose frente al chico.
—Parálisis —respondió el padre antes de que el hijo pudiera abrir la boca—. Total y absoluta en la mano derecha. Desde hace tres meses. No hay dolor, no hubo golpe, no hay daño nervioso según los neurólogos. Simplemente… la mano se murió.
Humberto observó al chico. Julián no miraba a nadie. Sus ojos estaban fijos en sus zapatos escolares gastados.
—Julián es violinista —continuó el padre, sacando un folder lleno de diplomas y recortes de periódico—. No un violinista cualquiera. Es un prodigio. Ganó el Concurso Nacional el año pasado. Tiene una audición para el Conservatorio de Viena en dos meses. Es la oportunidad de su vida. De nuestra vida.
Humberto sintió un escalofrío familiar. La intensidad en la voz del padre, esa mezcla de orgullo y desesperación, era un espejo de su propio pasado. Recordó cómo presionaba a sus ejecutivos, cómo se presionaba a sí mismo para que Casillas Pharmaceuticals fuera la número uno.
—¿Puedo ver la mano? —preguntó Humberto.
Julián asintió levemente. Cata desenrolló la venda. La mano se veía anatómicamente perfecta. Piel joven, dedos largos y callosos en las yemas por las cuerdas del violín.
—Muévela, Julián —ordenó el padre.
El chico cerró los ojos. Se vio el esfuerzo en su cuello, la tensión en su hombro. Pero la mano permaneció inerte, como si fuera de mármol.
—¿Lo ven? —dijo el padre, frustrado—. Es algo mental, estoy seguro. O un virus raro. Usted tiene acceso a laboratorios experimentales, ¿verdad, Sr. Casillas? Necesitamos una inyección, una terapia de choques, lo que sea. Tiene que tocar en Viena. No podemos perder esa beca.
Cata tomó la mano inerte de Julián entre las suyas. Cerró los ojos un momento, “escuchando” como le había enseñado su abuela.
—La mano no está muerta —dijo Cata después de un momento—. Está callada.
—¿Callada? —El Ingeniero Alatorre soltó una risa nerviosa—. Señora, con todo respeto, necesitamos ciencia, no metáforas. Por eso buscamos al Sr. Casillas.
Humberto sintió la mirada de Cata sobre él. Una mirada que decía: “Cuidado”. Pero el viejo Humberto, el solucionador de problemas, el hombre que arreglaba todo con recursos, tomó el control.
—Ingeniero, no se preocupe. Vamos a hacerle una resonancia magnética funcional de alta resolución. Tengo un contacto en Houston que puede revisar los escaneos en tiempo real. Si hay un bloqueo nervioso, lo encontraremos.
El rostro del padre se iluminó. El rostro de Julián, sin embargo, se oscureció aún más. Y Cata… Cata suspiró con una decepción que le dolió a Humberto más que cualquier golpe.
CAPÍTULO 3: LA MÁQUINA DE LOS MILAGROS
Durante las siguientes dos semanas, Humberto convirtió el Centro en una sucursal de la NASA.
Trajo equipos portátiles de diagnóstico. Hizo que Julián pasara horas conectado a electrodos. Contrató a un neurólogo privado para que viniera a Iztapalapa. El Ingeniero Alatorre estaba encantado, supervisando cada prueba como si fuera el capataz de una obra.
—¡Más voltaje en el estimulador! —decía el padre—. Él aguanta, ¿verdad, hijo? Es fuerte.
Julián solo asentía, mudo, mientras su mano recibía descargas eléctricas que hacían que sus dedos se contrajeran espasmódicamente, pero que no devolvían el movimiento voluntario.
Cata observaba desde lejos. Se negaba a participar en lo que ella llamaba “el circo”.
Una noche, después de que el último especialista se fue y Julián y su padre se marcharon (el padre cargando el estuche del violín como si fuera el Santo Grial, el hijo caminando tres pasos atrás), Cata explotó.
Humberto estaba en la cocina de la clínica, revisando facturas.
—¿Estás feliz? —preguntó ella, entrando como un huracán.
—No hemos encontrado la causa todavía, pero estamos descartando…
—¡Estás torturando a ese niño, Humberto! —Cata golpeó la mesa—. Tú y su padre. Son tal para cual.
—¿Yo? —Humberto se puso de pie, ofendido—. Estoy tratando de curarlo. Estoy usando mis recursos para darle un futuro. Esa beca en Viena…
—¡Al diablo con Viena! —gritó Cata. Era la primera vez que le gritaba así desde que se casaron—. ¿Le has preguntado a Julián qué quiere? ¿Una sola vez, entre todas tus máquinas y tus doctores gringos, le has preguntado al niño si quiere tocar el maldito violín?
—Es un prodigio, Cata. Nació para eso. Es como si yo hubiera desperdiciado mi talento para los negocios.
—Tú desperdiciaste tu vida en los negocios hasta que te mataron por dentro. ¿No lo ves? Estás proyectando tu ambición en él. Estás viendo al Ingeniero Alatorre y ves a un “hombre de éxito” que quiere lo mejor para su hijo. Pero yo veo a un hombre que está aplastando el alma de su hijo para llenar sus propios vacíos.
—Eso es injusto.
—¿Lo es? —Cata bajó la voz, y eso fue peor—. Julián huele a miedo, Humberto. Huele a pánico. Su mano no se mueve porque es la única parte de su cuerpo que tuvo el valor de decir “no”. Y tú, en lugar de escuchar el “no”, estás tratando de forzar un “sí” con electricidad.
Cata se dio la vuelta para salir.
—Mañana no voy a estar en la consulta. Si quieres seguir jugando a ser Dios con el Ingeniero, hazlo solo. Pero no cuentes conmigo para romper a ese niño.
Humberto se quedó solo en la cocina. El silencio de la clínica era pesado. Miró por la ventana hacia el jardín oscuro. Vio la sombra del árbol donde habían colgado un columpio para los niños de la colonia.
Recordó a Anita. Recordó las clases de ballet a las que la inscribió a los cuatro años. Ella lloraba cada vez que tenía que ponerse el tutú. Él le decía: “Es disciplina, mi amor. Te servirá para el futuro”. Ella lo dejó a los cinco, cuando su mamá intervino. Pero él siempre pensó que había sido una debilidad permitirle renunciar.
¿Y si Cata tenía razón? ¿Y si la “disciplina” era a veces solo una palabra bonita para el control?
CAPÍTULO 4: LA FUGA
Al día siguiente, Cata cumplió su amenaza. No apareció por la clínica. Se fue al mercado a comprar hierbas, dejándole claro a Humberto que él estaba a cargo del “desastre”.
A las diez en punto, llegaron Julián y su padre.
—Hoy es el día, Don Humberto —dijo el Ingeniero Alatorre, frotándose las manos—. Siento que hoy vamos a lograr el avance. Traje partituras nuevas. En cuanto mueva un dedo, quiero que empiece a practicar los escalas de Paganini.
Julián se sentó en la silla de siempre. Se veía más ojeroso que nunca.
Humberto miró las máquinas. Miró al padre ansioso. Y luego miró al niño. Realmente lo miró, como Cata le había enseñado. Vio los hombros encorvados hacia adentro, protegiendo el corazón. Vio las uñas mordidas de la mano izquierda (la sana).
—Ingeniero —dijo Humberto de repente—, necesito que me deje a solas con Julián.
—¿Cómo? Pero yo necesito supervisar…
—Es un nuevo protocolo. —Humberto improvisó—. Biofeedback confidencial. La presencia de terceros altera las lecturas alfa del cerebro. Vaya por un café a la esquina. Yo invito.
Humberto le dio un billete de quinientos pesos. El padre dudó, pero la autoridad de Humberto (y el dinero) ganaron.
—Está bien. Tienes veinte minutos, hijo. Concéntrate. Haz lo que el señor te diga.
Cuando la puerta se cerró, el silencio llenó el consultorio.
Humberto no encendió ninguna máquina. Se sentó frente a Julián, rodilla con rodilla.
—Julián —dijo suavemente—. A la mierda el violín.
El chico levantó la cabeza de golpe. Sus ojos grandes se abrieron con incredulidad.
—¿Qué?
—Dije que a la mierda el violín. Y a la mierda Viena. Y a la mierda Paganini.
Julián parpadeó. Una esquina de su boca se levantó en una sonrisa temblorosa.
—Mi papá te mataría si te oyera.
—Tu papá me tiene miedo porque tengo más dinero que él. Pero eso no importa ahora. Julián, quiero que me digas la verdad. No al doctor, no al amigo de tu papá. Al hombre que casi se muere por no decir su verdad.
Humberto se inclinó hacia adelante.
—¿Odias tocar?
Julián tragó saliva. Miró su mano paralizada.
—No —susurró—. No odio la música. Amo la música. Pero… odio el escenario. Odio los concursos. Odio que cuando toco, mi papá no me escucha a mí, escucha “el futuro”. Escucha el dinero que no tenemos. Escucha el éxito que él no tuvo.
Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas del chico.
—Cada vez que levanto el arco, siento que me falta el aire. Siento que si fallo una nota, mi papá dejará de quererme. Y hace tres meses… simplemente… me desperté y mi mano dijo “ya no más”. Y sentí alivio. Sentí tanto alivio de no poder tocar. ¿Soy un monstruo?
—No —dijo Humberto con firmeza, sintiendo un nudo en la garganta—. Eres increíblemente sabio. Tu cuerpo te salvó. Tu cuerpo puso el freno de emergencia que tu boca no se atrevía a jalar.
—Pero si no toco… ¿qué soy? —sollozó Julián—. Mi papá dice que soy especial por el violín. Sin el violín, soy solo Julián.
—Solo Julián es suficiente —dijo Humberto. Pensó en Anita. ¿Qué daría él por tener a “solo Anita” cinco minutos más? Sin ballet, sin escuela privada, sin futuro brillante. Solo ella—. Julián, escúchame. No vas a ir a Viena. Y no vas a ser un fracasado. Pero esto tiene que parar hoy.
—No puedo decírselo. Me va a odiar. Ha sacrificado todo. Vendió el coche para pagar mis clases. Trabaja doble turno.
—Lo sé. El amor de los padres a veces pesa toneladas. Pero tú no puedes cargar sus sueños en tu espalda, ni en tu mano.
En ese momento, la puerta se abrió. El Ingeniero Alatorre entró, con el café en la mano y la impaciencia en el rostro.
—Ya pasaron veinte minutos. ¿Hubo progreso? ¿Movió los dedos?
Humberto se puso de pie. Se alisó el saco, no el traje italiano de antes, sino un saco de pana más humilde, pero se sintió más alto que nunca.
—Sí, Ingeniero. Hubo un progreso enorme. Encontramos la cura.
—¡Gracias a Dios! —El padre corrió hacia Julián—. A ver, hijo, muévela.
—No va a moverla hoy —interrumpió Humberto, poniéndose entre el padre y el hijo—. Y probablemente no la mueva mañana. Porque la cura no es medicina. La cura es que usted deje de obligarlo a tocar.
El silencio que siguió fue absoluto. La cara del Ingeniero pasó de la euforia a la ira roja.
—¿De qué está hablando? ¿Usted también me va a salir con cuentos hippies como su esposa? Le estoy pagando para que cure a mi hijo, no para que le dé consejos de crianza.
—No me está pagando nada, Roberto —dijo Humberto, usando su nombre de pila por primera vez—. Yo invité las consultas. Y le voy a decir por qué. Porque cuando lo veo a usted, me veo a mí hace cinco años.
Humberto caminó hacia la ventana, dándoles la espalda un momento para controlar su emoción.
—Yo tenía una hija. Anita. Quería darle el mundo. Quería que fuera perfecta, exitosa, feliz. Trabajé 18 horas diarias para construir un imperio para ella. Y en mi afán de darle “todo”, me perdí de quién era ella realmente.
Se giró. Sus ojos estaban húmedos.
—Mi hija murió, Roberto. Y todo mi dinero, todo mi éxito, toda mi “disciplina”, no sirvieron para nada. Daría cada centavo de mi fortuna por verla sentada en ese sillón comiendo helado y sin hacer nada productivo.
El Ingeniero Alatorre estaba pálido.
—Lo siento por su pérdida, Sr. Casillas. Pero mi hijo está vivo. Y tiene un don. Desperdiciarlo es un pecado.
—El pecado es matar el espíritu de su hijo en nombre del talento —dijo Humberto con voz de trueno—. Julián no tiene la mano paralizada por una enfermedad. La tiene paralizada porque está aterrorizado de fallarle a usted. Su cuerpo está gritando “no” porque usted no acepta un no por respuesta.
Roberto miró a su hijo. Julián estaba temblando, pero sostenía la mirada de su padre por primera vez.
—¿Es cierto? —preguntó el padre, con voz apenas audible—. ¿Me tienes miedo?
Julián asintió, las lágrimas cayendo libremente.
—No quiero ir a Viena, papá. Quiero… quiero jugar fútbol. Y quiero dibujar. Y quiero que me quieras aunque no sea un genio.
El Ingeniero Alatorre se tambaleó como si lo hubieran golpeado. Se dejó caer en la silla del médico. Se cubrió la cara con las manos.
—Yo solo quería… quería que tuvieras una vida mejor que la mía. Que no fueras un mediocre como yo.
—Tú no eres mediocre, papá —dijo Julián, levantándose y acercándose a él con su mano sana—. Eres mi papá. Eso es todo lo que necesito.
Humberto salió silenciosamente del consultorio y cerró la puerta. Se recargó en la pared del pasillo y exhaló un aire que llevaba reteniendo días.
Al final del pasillo, Cata estaba parada con una bolsa de mandado. Había escuchado todo.
Dejó la bolsa en el suelo y caminó hacia él. No dijo nada. Solo lo abrazó. Un abrazo fuerte, sólido, que olía a cilantro y a hogar.
—Lo hiciste bien, patrón —susurró ella en su oído.
—Aprendí de la mejor —respondió él, escondiendo la cara en su cuello.
CAPÍTULO 5: LA SINFONÍA FINAL
Dos meses después, el Centro de Sanación Integral tenía una pequeña fiesta en el jardín. Habían inaugurado un área de arteterapia para niños.
Entre los invitados estaban Roberto y Julián.
Julián ya no llevaba la venda. Su mano derecha se movía con naturalidad mientras sostenía un vaso de agua de jamaica. No estaba tocando el violín. Estaba dibujando en un cuaderno con carboncillo, riendo con otros niños.
Roberto se acercó a Humberto, que estaba supervisando la parrilla de las hamburguesas (una habilidad nueva que estaba perfeccionando).
—Se ve feliz —dijo Roberto, mirando a su hijo.
—Se ve libre —corrigió Humberto.
—Vendí el violín —confesó Roberto, tomando un sorbo de cerveza—. Compramos una bicicleta de montaña. Salimos los domingos al Ajusco.
—¿Y Viena?
—Viena seguirá ahí. Quizá vaya algún día como turista. O quizá no. —Roberto sonrió, una sonrisa relajada que le quitaba diez años de encima—. ¿Sabe qué descubrí, Don Humberto? Que soy muy bueno dibujando también. Julián me está enseñando.
—Nunca es tarde para cambiar de sueño, Roberto.
Cata se acercó con una bandeja de elotes preparados.
—¿De qué hablan los hombres serios?
—De bicicletas y dibujos —dijo Humberto, pasando un brazo por la cintura de su esposa.
—Ah, cosas importantes entonces. —Cata le guiñó un ojo.
Más tarde, cuando el sol se ponía sobre Iztapalapa, pintando el cielo de tonos naranjas y morados (tan hermosos como cualquier atardecer en Santa Fe, pensó Humberto), se quedaron solos en el jardín.
Humberto sacó algo de su bolsillo. Un pequeño estuche.
—¿Qué es eso? —preguntó Cata.
—Vendí el escáner de retina —dijo él—. Y la máquina de biofeedback. Y con el dinero compré esto.
Abrió el estuche. Era un collar sencillo de oro con un dije en forma de girasol.
—Para recordarme que la luz viene del sol, no de la electricidad —dijo él, abrochándoselo al cuello.
Cata tocó el dije, conmovida.
—Humberto Casillas, creo que por fin te graduaste.
—¿Ya soy un curandero oficial?
—No, todavía te falta aprender a diferenciar el epazote del cilantro. Pero ya eres un sanador. Porque entendiste que sanar no es arreglar lo que está roto, es amar lo que está herido hasta que se cure solo.
Humberto la besó bajo la luz de las primeras estrellas. A lo lejos, se escuchaba música. No era un concierto de violín perfecto y tortuoso. Era una radio lejana tocando cumbias, eran risas de vecinos, era el sonido de la vida real.
Y para Humberto, sonaba mejor que cualquier sinfonía de Beethoven.
Había encontrado su lugar en el mundo. No en la cima de una torre, sino aquí, con los pies en la tierra, las manos en el barro y el corazón abierto de par en par.
FIN DEL SPIN-OFF