PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL ENCUENTRO EN PERISUR
El sábado en el centro comercial Perisur era un caos organizado. El zumbido de la gente, las ofertas de temporada y el aroma inconfundible a café tostado y perfumes caros llenaban los pasillos. Pero Mara Ellison apenas notaba el bullicio. Su atención estaba completamente fija en Leo, su hijo de seis años, que examinaba con reverencia una torre de libros infantiles en la entrada de la librería Gandhi.
—Mamá, ¿podemos llevar el del espacio? —preguntó Leo, jalando suavemente la manga de su suéter desgastado—. Prometo que este sí lo voy a cuidar.
Mara sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. El dinero estaba apretado, como siempre, pero los libros eran sagrados.
—Está bien, mi amor. Pero tú lo cargas.
Nada en ese momento, tan ordinario y dulce, le advirtió que su pasado estaba a punto de estrellarse contra ella con la fuerza de un tren de carga.
Nathan no la vio al principio. Él caminaba con la seguridad de quien es dueño del piso que pisa. Traje italiano a medida, corte de cabello impecable y esa aura de frialdad ejecutiva que había perfeccionado con los años. A su lado, Carlota, su prometida y heredera de una de las familias más ricas de Monterrey, parloteaba sobre la lista de invitados para su boda en el St. Regis.
Entonces, Leo dio un paso hacia la luz del pasillo central, sosteniendo su libro como un trofeo.
Y Nathan se congeló.
Fue un frenazo físico, seco. Carlota dio dos pasos más antes de darse cuenta de que hablaba sola. Nathan había dejado de respirar. Sus ojos, acostumbrados a analizar hojas de balance y debilidades de la competencia, estaban clavados en el niño.
El niño que era su espejo.
Los mismos ojos color avellana que Nathan veía cada mañana al rasurarse. La misma barbilla partida. La misma forma curiosa de ladear la cabeza. Era imposible. Era una alucinación.
—¿Mara? —su voz salió como un rasguido, una mezcla de incredulidad y terror.
Mara se tensó. Ese tono. Ese maldito tono que no había escuchado en siete años, desde la noche en aquel departamento de la colonia Roma cuando él le puso un cheque en la mesa y le dijo que “solucionara el problema”.
Lentamente, como en una pesadilla, se giró.
Al cruzar miradas, el color huyó del rostro de Mara. El corazón le golpeó las costillas con violencia. Recuerdos que había enterrado bajo capas de trabajo duro y terapia barata salieron a flote: la frialdad de él, la firma en el documento, la soledad absoluta en la sala de espera de un hospital público donde decidió, contra todo, levantarse e irse.
Nathan dio un paso, ignorando a la gente que los rodeaba.
—¿Quién…? ¿Quién es él?
Mara reaccionó por instinto. Se movió rápido, poniendo su cuerpo como escudo entre el hombre y el niño.
—Vámonos, Leo —dijo, tomando la mano de su hijo con fuerza.
Pero Leo, inocente y curioso, se asomó por detrás de la pierna de su madre.
—Mamá, ¿por qué el señor me mira así? ¿Lo conoces?
La garganta de Mara se cerró. Carlota, finalmente notando la tensión, se acercó, mirando con desdén la ropa sencilla de Mara.
—Nathan, ¿qué pasa? ¿Conoces a esta mujer?
Nathan no podía contestar. Estaba viendo lo imposible. Su mentira, su secreto, su “problema” resuelto, estaba ahí parado, respirando, con sus propios ojos.
—Mara —repitió él, su voz ganando fuerza, recuperando ese tono de mando—. Dime quién es ese niño.
—Eso no te importa —escupió ella. La adrenalina empezaba a reemplazar al miedo—. No tienes ningún derecho a preguntar.
Nathan tragó saliva, su manzana de Adán moviéndose bruscamente. La semejanza era una burla cruel.
—Es mío, ¿verdad? —susurró, pero sonó como un grito en el silencio que se había formado entre ellos.
Mara lo miró con un odio que había madurado durante siete años.
—Perdiste el derecho a usar esa palabra el día que me dijiste que un bebé arruinaría tu precioso futuro.
Carlota jadeó, llevándose una mano a la boca. La gente comenzaba a detenerse, el morbo mexicano operando a toda marcha.
—¿Por qué no me dijiste? —siseó Nathan, el pánico empezando a agrietar su máscara—. ¡Mara!
—¡Tú dejaste muy claro que no querías saber nada! —le gritó ella, sin importarle quién mirara—. ¡Me hiciste firmar! ¡Me pagaste para que me fuera!
—Mamá, me estás lastimando la mano —dijo Leo, asustado por el tono de su madre.
Mara aflojó el agarre de inmediato, agachándose para abrazarlo.
—Perdón, mi amor. Vámonos. Ya.
Ella intentó caminar hacia las escaleras eléctricas, pero Nathan, movido por una desesperación tóxica, le bloqueó el paso.
—No te vas a ir así. Tenemos que hablar. Ahora.
—No —dijo una voz grave, calmada, pero cargada de acero.
Nathan parpadeó, desconcertado. Un hombre se había materializado al lado de Mara. Alto, con una chamarra sencilla pero de buena calidad, y una presencia que irradiaba una autoridad tranquila.
Era el Dr. Harris, un cliente frecuente de la librería donde Mara trabajaba. Llevaba una bolsa de Gandhi en una mano.
—Creo que la señora dijo que se iba —dijo Harris, mirando a Nathan directamente a los ojos.
—¿Y tú quién diablos eres? —ladró Nathan, intentando recuperar el control.
—Alguien que no va a dejar que acorrales a una mujer y a un niño en medio de un centro comercial —respondió Harris, sin alterarse. Dio un paso sutil, colocando su hombro delante de Mara.
Nathan miró a Harris, luego a Mara, y finalmente a Leo. El miedo en sus ojos se transformó en algo más oscuro: cálculo.
—Esto no se acaba aquí, Mara —amenazó en voz baja, para que la gente no escuchara—. No tienes idea de lo que acabas de empezar.
Harris no se movió hasta que Nathan, jalado por una Carlota histérica, retrocedió.
Cuando se perdieron entre la multitud, Mara sintió que las piernas le fallaban. Harris la sostuvo suavemente por el codo.
—Respira, Mara. Ya se fue.
Pero Mara sabía la verdad. Nathan no se había ido. Nathan acababa de llegar. Y venía por todo.
CAPÍTULO 2: LA SOMBRA DEL PODER
El departamento de Mara en la colonia Santa María la Ribera era pequeño, antiguo y frío, pero era suyo. Las paredes estaban decoradas con dibujos de Leo y estantes hechos con huacales pintados de colores. Era un hogar construido con amor y sacrificio.
Pero esa noche, se sentía como una trampa.
Mara cerró la puerta con doble cerrojo y corrió las cortinas. Leo estaba sentado en el sofá, abrazando su mochila, todavía confundido.
—Mami, ¿ese señor era malo?
Mara se sentó a su lado y le acarició la cara. ¿Cómo explicarle a un niño de seis años que su padre no era un monstruo de cuento, sino algo peor: un hombre con poder y sin escrúpulos?
—No, mi amor. Solo… es alguien que no sabe ser amable. ¿Tienes hambre? Te haré quesadillas.
Mientras Leo comía, el celular de Mara vibró. Un número desconocido.
Lo ignoró.
Vibró de nuevo.
Y otra vez.
Finalmente, un mensaje de texto iluminó la pantalla rota de su Android.
“Sé dónde vives. Calle Nogal #45. Necesitamos hablar de términos legales. No me obligues a mandar a mis abogados. – N.”
El teléfono se le resbaló de las manos. Sabía que Nathan tenía recursos, pero encontrarla en menos de tres horas era aterrador.
En el exclusivo penthouse de Nathan en Polanco, la escena era muy distinta. Nathan caminaba de un lado a otro, con un vaso de whisky en la mano. La ciudad brillaba a sus pies, pero él sentía que el suelo se abría.
Carlota estaba sentada en el sillón de piel blanca, con los ojos rojos.
—¿Es tuyo? —preguntó por décima vez.
Nathan se detuvo y miró su reflejo en el ventanal.
—Fue hace mucho tiempo, Carlota. Yo era un estúpido becario. Ella era… nadie. Un desliz.
—Ese “nadie” tiene un hijo que es tu clon —respondió ella con veneno—. Y mi padre… ¡Dios mío, Nathan! Si mi padre se entera de que tienes un hijo ilegítimo y que trataste de ocultarlo… cancelará la fusión de las empresas. Te destruirá.
Nathan bebió el whisky de un trago. El ardor en su garganta no era nada comparado con el pánico en su estómago.
—No se va a enterar. Voy a arreglarlo.
—¿Cómo? —gritó ella—. ¿Vas a comprarla? ¿Vas a amenazarla?
—Voy a hacer lo que sea necesario —dijo él, y sus ojos tenían un brillo peligroso—. Ese niño es un problema. Y yo soy experto resolviendo problemas.
Mientras tanto, en una casa tranquila en la colonia Condesa, el Dr. Harris no podía dormir. Estaba sentado en su estudio, rodeado de libros de medicina y leyes. Había visto el terror en los ojos de Mara. No era el miedo de un encuentro incómodo; era el miedo de una presa que ve al cazador.
Harris había conocido a Mara hacía dos años en la librería. Admiraba su fuerza, su dedicación a Leo, su sonrisa triste. Nunca había cruzado la línea profesional, pero hoy, al ver a ese tipo amenazarla, algo se había roto en su propia contención.
Abrió su laptop y tecleó un nombre en un buscador privado de antecedentes penales y civiles: “Nathan de la Colina”.
Los resultados no eran públicos, pero Harris tenía acceso a bases de datos que la gente común no. Lo que encontró le heló la sangre. Demandas laborales por acoso silenciadas con dinero. Acuerdos de confidencialidad con ex-empleadas. Un patrón de conducta: usar, desechar, silenciar.
Harris cerró la computadora.
—No esta vez, imbécil —murmuró para sí mismo.
A la mañana siguiente, Mara llegó a la librería con ojeras profundas. Estaba acomodando la sección de novedades cuando su jefe la llamó.
—Mara, hay alguien que quiere verte en la oficina.
El corazón se le paró. Pensó en huir, pero sabía que no tenía caso. Caminó hacia la oficina con las piernas temblando.
Al abrir la puerta, no encontró a Nathan. Encontró a un hombre de traje gris, con un maletín sobre el escritorio.
—Señorita Ellison —dijo el hombre con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Soy el licenciado Monroy, represento al Sr. de la Colina.
Mara se aferró al marco de la puerta.
—No tengo nada que hablar con él.
El abogado abrió el maletín y sacó un sobre grueso.
—Mi cliente es un hombre generoso. Aquí hay un cheque por quinientos mil pesos. Y un contrato de confidencialidad. También estipula que usted y el niño se mudarán a… digamos, Mérida. Lejos.
Mara miró el sobre como si fuera una serpiente venenosa.
—¿Quiere que me vaya? ¿Quiere… comprar a mi hijo?
—Quiere proteger su privacidad —corrigió el abogado—. Y evitarle a usted la vergüenza de un juicio donde, seamos honestos, una cajera de librería no tiene oportunidad contra la familia de la Colina. Le quitaremos al niño, Mara. Alegaremos inestabilidad económica, falta de figura paterna… usted sabe cómo funciona la justicia en este país.
Las lágrimas de impotencia picaron en los ojos de Mara. Era verdad. En México, el dinero mandaba. Podían quitarle a Leo. Podían destruirla.
—Tiene 24 horas —dijo el abogado, dejando el sobre en la mesa—. Piénselo. Es esto, o la guerra.
Mara salió de la oficina corriendo, ignorando los llamados de su jefe. Salió a la calle, boqueando por aire, sintiendo que el mundo se cerraba sobre ella.
—¿Mara?
La voz de Harris la detuvo en la banqueta. Él estaba ahí, recargado en su coche, con esa calma inquebrantable. Al verla llorar, su expresión se endureció.
—¿Qué pasó?
—Me van a quitar a Leo —sollozó ella, rompiéndose finalmente—. Me van a quitar a mi bebé si no me voy de la ciudad.
Harris se acercó, pero no la abrazó. Sabía que ella necesitaba fuerza, no lástima.
—Nadie te va a quitar a nadie —dijo él.
—Tienen dinero, Harris. Tienen abogados. Yo no tengo nada.
Harris la miró a los ojos, y por primera vez, Mara vio quién era él realmente. No solo el doctor amable que compraba libros de historia. Había un poder en él, una seguridad letal.
—Tú no tienes nada —admitió Harris suavemente—. Pero yo sí. Y acabo de decidir que odio a los bullyies.
Abrió la puerta de su coche.
—Sube. Vamos por Leo. No van a dormir en su casa hoy.
—¿A dónde vamos? —preguntó Mara, asustada pero sintiendo una extraña chispa de esperanza.
—A preparar tu defensa —respondió Harris, arrancando el motor—. Si Nathan quiere guerra, le vamos a dar una que nunca va a olvidar.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL ASEDIO INVISIBLE
El trayecto de regreso desde el centro comercial Perisur hasta la colonia Santa María la Ribera fue un borrón de luces de neón y angustia contenida. Mara había pedido un Uber, un lujo que raramente se permitía y que desajustaría su presupuesto de la semana, pero la idea de subirse al Metrobús, expuesta, vulnerable, con la sensación de que los ojos de Nathan seguían clavados en su nuca, le resultaba insoportable.
Leo iba en el asiento trasero, abrazado a su nuevo libro sobre el sistema solar, pero no lo había abierto. Sus pequeños ojos avellana, esos ojos que eran la condena y la bendición de Mara, la observaban a través del espejo retrovisor.
—Mamá —dijo, con esa voz suave que siempre lograda desarmarla—, ¿sigues asustada por el señor del traje?
Mara se obligó a sonreír, aunque sentía los músculos de la cara rígidos, como si estuvieran hechos de yeso.
—No, mi amor. No estoy asustada. Solo… me dolió un poco la cabeza. Ya sabes cómo se pone mamá con tanta gente.
Leo asintió, pero no parecía convencido. A sus seis años, tenía una inteligencia emocional que a veces asustaba a Mara; absorbía las emociones de ella como una pequeña esponja.
Cuando llegaron a su edificio, una construcción antigua de los años 50 con la pintura descarapelada y una puerta de herrería negra que siempre rechinaba, Mara sintió un alivio momentáneo. Este era su refugio. Aquí, entre estas paredes húmedas y techos altos, habían construido su vida. Subieron los tres pisos por las escaleras, y al entrar, Mara cerró la puerta y pasó los tres cerrojos: el de la chapa, el pasador y la cadena de seguridad.
El departamento estaba en silencio, oliendo a suavizante barato y a la madera vieja de los muebles que ella misma había restaurado. Dejó las llaves en el plato de cerámica de la entrada y se recargó contra la puerta, cerrando los ojos.
Estás a salvo, se dijo a sí misma. Él no sabe dónde vives. La ciudad es enorme. Eres una aguja en un pajar.
Pero el alivio duró poco.
—Tengo hambre, má —dijo Leo, dejando su libro en la mesita de centro hecha con huacales barnizados.
—Sí… sí, claro. Vamos a cenar algo rico. ¿Quesadillas con jamón?
Se movió hacia la cocina, intentando ocupar sus manos, intentando que la rutina ahuyentara al pánico. Encendió la estufa, sacó las tortillas, el queso Oaxaca. El acto de deshebrar el queso solía relajarla, pero hoy sus dedos temblaban tanto que apenas podía sostener las hebras.
De repente, su celular, que había dejado sobre la mesa del comedor, vibró.
El sonido, normalmente inofensivo, resonó en el pequeño departamento como un disparo. Mara se congeló. Nadie me escribe a esta hora. Mi jefa ya me dio el horario de la semana. Harris sabe que estoy llegando.
Se acercó al teléfono con cautela, como si fuera un artefacto explosivo. La pantalla iluminó la habitación en penumbra.
Número Desconocido.
Mara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Deslizó el dedo para desbloquear la pantalla y abrió el mensaje.
“Nogal #45, Interior 302. Bonito edificio. Un poco viejo para alguien que cuida a un niño, ¿no crees? Nathan.”
El celular se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco. El ruido hizo que Leo se asomara desde la sala.
—¿Mamá? ¿Qué pasó?
Mara se agachó rápidamente, recogiendo el aparato con manos torpes y heladas. El terror ya no era una sombra; era una garra fría apretándole la garganta. ¿Cómo? ¿Cómo la había encontrado tan rápido? Apenas habían pasado dos horas.
—Nada, mi cielo. Se me resbaló. Ve a lavarte las manos, ya casi está la cena.
En cuanto Leo entró al baño, el teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje.
“No puedes esconderte, Mara. Tengo investigadores que encuentran gente que no quiere ser encontrada en cuestión de minutos. No compliques las cosas. Necesitamos hablar de la custodia. O cooperas, o te destruyo. Tú eliges.”
Mara corrió a la ventana que daba a la calle y, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo, separó apenas un centímetro la cortina.
Ahí estaba.
No era Nathan. Era una camioneta Suburban negra, estacionada justo enfrente, con los vidrios polarizados. El motor estaba encendido, las luces de posición brillando como ojos de depredador en la oscuridad de la calle. No estaban haciendo nada. Solo estaban ahí. Vigilando. Recordándole que su privacidad, su seguridad y sus cerrojos no valían nada contra el dinero de los De la Colina.
Mara sintió una náusea violenta. Corrió al baño, apenas esquivando a Leo que salía secándose las manos, y se encerró. Abrió el grifo del lavabo para que el ruido del agua ahogara sus sollozos.
Se miró al espejo. Vio a la mujer cansada, con ojeras, el cabello revuelto. Y detrás de esa imagen, vio a la chica de 20 años, sentada en una silla de piel en la oficina de Nathan, firmando un papel mientras lloraba, creyendo que no tenía opción.
—Es lo mejor para los dos, Mara —le había dicho él, con esa voz suave y falsa—. Yo tengo mi carrera, tú no tienes nada. Un bebé solo arruinaría tu vida. Toma el dinero. Empieza de nuevo. Olvida.
—Maldito seas —susurró Mara al espejo, con lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas—. Maldito seas mil veces.
Salió del baño, se lavó la cara con agua fría y regresó a la cocina. Sirvió la cena de Leo con una calma que no sentía. Se sentó frente a él y lo vio comer, memorizando cada gesto, cada peca, cada mancha de queso en la comisura de sus labios.
—Mamá, ¿tú no vas a comer?
—No tengo mucha hambre hoy, flaco.
De repente, un golpe en la puerta principal.
No fue un toque suave. Fueron tres golpes secos, autoritarios. Toc. Toc. Toc.
Leo soltó la quesadilla. Mara se puso de pie de un salto, poniéndose instintivamente delante de su hijo.
—¿Quién es? —preguntó Leo, asustado.
—Shhh. Ve a tu cuarto, Leo. Ahora.
—Pero mamá…
—¡Leo, por favor! —su voz salió más brusca de lo que pretendía. El niño, con los ojos llenos de miedo, corrió a su habitación.
Mara caminó hacia la puerta. Sus piernas parecían de plomo. Miró por la mirilla.
Suspiró, y el aire salió de su cuerpo como si le hubieran quitado un peso de encima. No era la policía. No eran los abogados de Nathan. No eran sicarios.
Era Harris.
Quitó los cerrojos con manos temblorosas y abrió la puerta. El Dr. Harris Wynne estaba ahí, con su abrigo largo color carbón y una expresión que mezclaba preocupación y una furia contenida.
—Sabía que él no tardaría —dijo Harris sin preámbulos, entrando al departamento y cerrando la puerta tras de sí con firmeza—. Vi la camioneta afuera. Son seguridad privada de alto nivel.
Mara retrocedió hasta chocar con la pared del pasillo y, finalmente, se dejó caer. Se deslizó hasta el suelo, abrazando sus rodillas, y rompió a llorar. No el llanto silencioso que usaba para proteger a Leo, sino un llanto feo, ruidoso, desgarrador, el sonido de siete años de diques rompiéndose.
Harris no le dijo que se calmara. No le dijo que todo estaría bien. Simplemente se quitó el abrigo, lo dejó en el perchero y se sentó en el suelo, justo a su lado, hombro con hombro, en el estrecho pasillo de su departamento.
Esperó. Esperó hasta que los sollozos de Mara se convirtieron en hipidos cansados.
—Me encontró, Harris —susurró ella, con la voz rota—. Me mandó mensajes. Sabe dónde vivimos. Dice que me va a destruir.
Harris le pasó un pañuelo limpio que sacó de su bolsillo.
—Lo sé. Investigué a sus abogados mientras venía para acá. Son tiburones, Mara. Se especializan en intimidación. Quieren que entres en pánico. Quieren que cometas un error.
Mara se limpió la cara con rabia.
—¿Qué error puedo cometer? Ya cometí el peor error de mi vida al creerle hace siete años.
Se giró hacia Harris, sus ojos inyectados en sangre buscando respuestas.
—¿Sabes qué me dijo esa vez? Yo estaba en la universidad, becada. Él era el príncipe de la facultad. Cuando le dije que estaba embarazada, ni siquiera parpadeó. Me llevó a cenar, me sirvió vino aunque sabía que no podía beber, y me puso un contrato enfrente. Dijo que su padre lo desheredaría. Dijo que yo sería una madre soltera miserable que no podría darle ni zapatos a mi hijo. Me hizo sentir tan pequeña, Harris… tan insignificante.
Harris escuchaba, su mandíbula apretada, sus ojos oscuros fijos en la pared de enfrente.
—El miedo es una herramienta poderosa —dijo él con voz grave—. Y él es un experto en usarla. Pero tú ya no eres esa niña de 20 años, Mara.
—Me siento igual —confesó ella, bajando la voz—. Me siento igual de pequeña. Él tiene millones. Tiene influencias. Yo soy cajera en una librería. Si él quiere quitarme a Leo, lo hará. Dirá que soy pobre, que soy inestable…
—No —la cortó Harris. Se giró para mirarla, y la intensidad de su mirada la detuvo—. No lo hará. Porque esta vez la ecuación ha cambiado.
—¿Qué ha cambiado? —preguntó ella, desesperada.
—Que ya no estás sola —respondió Harris. No era una frase hecha; lo decía con la certeza de un hecho científico—. Escúchame bien, Mara. Nathan opera en la oscuridad. Su poder depende de que tú tengas miedo y guardes silencio. Él cree que te va a aislar, que te va a acorralar en este departamento hasta que firmes lo que él quiera. Por eso puso esa camioneta afuera. Para que sepas que te vigila.
Harris se puso de pie y le tendió la mano.
—Levántate.
Mara dudó un segundo, pero tomó su mano. El agarre de Harris era cálido y fuerte, un ancla en medio de la tormenta. La ayudó a levantarse.
—No se van a quedar aquí esta noche —dijo él, adoptando un tono práctico y ejecutivo—. Esa camioneta es solo el principio. Mañana vendrán los reporteros, o peor, los actuarios con notificaciones falsas para asustarte. Necesitamos sacarte de su radar.
—No tengo a dónde ir, Harris. Mi familia está en Veracruz, no puedo llevarle este problema a mis padres.
—Irás a mi casa —dijo él. Al ver que Mara abría la boca para protestar, levantó una mano—. No es una invitación romántica, Mara. Es una medida de seguridad táctica. Mi casa en Lomas de Chapultepec tiene seguridad las 24 horas, muros altos y está a nombre de una corporación, no al mío. Nathan no te buscará ahí porque no sabe quién soy yo realmente. Para él, solo soy un tipo que se metió en su camino en el centro comercial.
Mara miró hacia el pasillo donde estaba la habitación de Leo. Pensó en su hijo, durmiendo con miedo, preguntando si el hombre malo volvería. Pensó en la camioneta negra afuera, como un buitre esperando.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, su voz apenas un hilo—. Apenas nos conoces. Eres un cliente. Compras libros de historia y tomas café amargo. No tienes por qué meterte en una guerra contra una de las familias más ricas de México. Te van a destruir a ti también.
Harris se acercó un paso. Su expresión se suavizó, y por un momento, la máscara de frialdad estratégica cayó.
—Tengo mis propios demonios, Mara. Y tengo una regla: no soporto a los hombres que usan su poder para aplastar a los que creen más débiles. Nathan cree que el mundo le pertenece. Cree que las personas son desechables. Alguien tiene que enseñarle que está equivocado.
Hizo una pausa, y luego añadió, más suave:
—Y en cuanto a conocerlos… Leo me cuenta sobre sus dibujos cada vez que vengo. Tú me guardas los libros que sabes que me gustan sin que te lo pida. Sé quiénes son. Son personas buenas. Y las personas buenas merecen ser defendidas.
Mara sintió un nudo en la garganta. Asintió, incapaz de hablar.
—Empaca una maleta pequeña —ordenó Harris suavemente—. Solo lo esencial. Ropa para tres días, documentos importantes, el juguete favorito de Leo. Yo esperaré aquí.
Veinte minutos después, Mara salió de la habitación con una mochila al hombro y Leo en brazos, medio dormido, aferrado a su peluche de astronauta.
—¿A dónde vamos, mami? —balbuceó el niño.
—A una aventura, mi amor. A casa del amigo de los libros.
Harris tomó la mochila de Mara.
—Vamos a salir por la entrada de servicio del edificio, la que da al callejón. Mi coche está a la vuelta. No vamos a pasar frente a la camioneta.
Bajaron las escaleras en silencio. Al salir al aire frío de la noche, Mara sintió un escalofrío, pero esta vez no era solo miedo. Era la sensación eléctrica de que su vida acababa de cambiar de dirección. Ya no era la víctima escondida en un departamento viejo. Ahora estaba en movimiento.
Subieron al auto de Harris, un sedán alemán sobrio y blindado. Mientras se alejaban de la colonia Santa María la Ribera, dejando atrás la camioneta negra y los recuerdos de una vida tranquila que acababa de romperse, Mara miró a Harris conducir con esa calma imperturbable.
Nathan había declarado la guerra. Pero no sabía que Mara acababa de conseguir a su propio general.
—Descansa, Mara —dijo Harris, mirándola de reojo—. La noche será larga, pero te prometo algo: cuando amanezca, no estarás peleando sola.
Mara recargó la cabeza en el vidrio frío. Por primera vez en siete años, se permitió creerle a un hombre. Y mientras el auto se perdía en la inmensidad de la Ciudad de México, una pequeña llama de furia comenzó a arder en su pecho, justo al lado del miedo. Nathan quería una pelea. Pues la tendría.
CAPÍTULO 4: EL ECO DE LOS FANTASMAS
El sedán blindado de Harris se deslizó silenciosamente a través de las calles arboladas de Lomas de Chapultepec. El contraste era violento: hace apenas una hora, Mara estaba en su pequeño departamento escuchando los ruidos de la vecindad; ahora, el silencio de estas calles era casi absoluto, solo roto por el suave zumbido del motor y la lluvia fina que comenzaba a caer sobre la Ciudad de México.
Leo se había quedado profundamente dormido en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en su mochila de Spider-Man. Mara lo miró a través del retrovisor, sintiendo esa mezcla punzante de amor feroz y culpa corrosiva. Lo había arrancado de su cama, de su seguridad, para arrastrarlo a una casa extraña huyendo de un hombre que debería haberlo amado.
—No te preocupes por el protocolo —dijo Harris, rompiendo el silencio. Su voz era baja, diseñada para no despertar al niño—. Mi casa no es un museo. Es solo… una casa grande.
El auto se detuvo frente a un portón de acero negro imponente. Harris presionó un control remoto y las puertas se abrieron sin hacer ruido, revelando una residencia de arquitectura moderna, líneas rectas, concreto y cristal, rodeada de muros altos cubiertos de hiedra. Parecía menos un hogar y más una fortaleza.
—¿Vives aquí solo? —preguntó Mara, incrédula, mientras entraban al garaje subterráneo.
—El espacio es útil cuando necesitas pensar —respondió él de forma críptica.
Al bajar del auto, Harris cargó a Leo con una delicadeza que sorprendió a Mara. El niño ni se movió. Subieron por un elevador privado que se abría directamente a una sala de estar minimalista, con ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de las luces de la ciudad.
—La habitación de huéspedes está al final del pasillo a la derecha —indicó Harris—. Tiene baño propio. Acomódalo. Yo prepararé algo caliente. Estás temblando, Mara.
Mara no se había dado cuenta, pero era cierto. Sus manos vibraban como si tuviera fiebre.
Veinte minutos después, con Leo arropado bajo un edredón de plumas que costaba más que el sueldo mensual de Mara, ella salió a la sala. Harris estaba en la cocina abierta, sirviendo dos tazas de té humeante. La iluminación era tenue, cálida, contrastando con la lluvia que ahora golpeaba los cristales con fuerza.
—Té de manzanilla con miel —dijo él, extendiéndole una taza—. Ayudará a los nervios.
Mara tomó la taza, agradeciendo el calor en sus palmas frías. Se sentó en uno de los sofás de cuero, sintiéndose pequeña en aquel espacio tan vasto.
—Harris, esto… todo esto es demasiado. No sé cómo voy a pagarte. No tengo…
Harris se sentó en el sillón frente a ella, inclinándose hacia adelante, con los codos en las rodillas. Su postura ya no era la del médico amable de la librería; era la de un estratega en su cuarto de guerra.
—Olvida el dinero, Mara. El dinero es lo que Nathan usa para controlar a la gente. Aquí, es irrelevante. Lo que necesito de ti es la verdad. Toda la verdad. Sin filtros, sin vergüenza.
Mara miró el líquido dorado en su taza.
—Ya te conté lo que pasó.
—Me diste el resumen —la corrigió Harris suavemente, pero con firmeza—. Me dijiste qué pasó. Necesito saber cómo pasó. Necesito saber qué palabras usó. Necesito saber dónde guardas los documentos. Necesito saber sus debilidades. Si vamos a entrar al ring con la familia De la Colina, necesito saber dónde golpear.
Mara cerró los ojos y, por primera vez, dejó caer la barrera.
—Él no siempre fue un monstruo —comenzó, su voz temblando—. Al principio, en la universidad, era encantador. Brillante. Me hacía sentir elegida. Yo era la chica becada de Iztapalapa y él era el heredero. Parecía un cuento de hadas.
Tomó aire, el dolor de la memoria tan fresco como si hubiera sido ayer.
—Cuando le mostré la prueba de embarazo… su cara cambió. No fue miedo, Harris. Fue asco. Como si yo hubiera roto algo valioso. Me dijo que yo era egoísta. Que si lo amaba de verdad, no le arruinaría la vida con un “error de cálculo”.
Harris apretó la mandíbula, pero no la interrumpió.
—Me llevó a una clínica privada en Satélite —continuó Mara, las lágrimas resbalando por sus mejillas—. Ni siquiera entró conmigo. Se quedó en el coche, revisando correos en su BlackBerry. Me dio un sobre con dinero y ese contrato. “Fírmalo”, me dijo. “Es para asegurarnos de que estamos en la misma página”. Decía que yo renunciaba a cualquier reclamo futuro, que el procedimiento era voluntario…
—Coacción —murmuró Harris—. Coacción pura y dura.
—Estuve en la sala de espera una hora. Vi a otras mujeres, algunas tristes, otras aliviadas. Pero yo… yo sentía que me moría. Sentí a Leo. Sé que suena loco, apenas eran unas semanas, pero sentí que él se aferraba a mí. Así que me levanté, salí por la puerta trasera y corrí. Corrí hasta que me dolieron los pulmones. Nunca volví a contestarle el teléfono. Cambié mi número, me mudé tres veces. Pensé que si desaparecía, él lo olvidaría.
—Él no olvidó —dijo Harris, su voz cargada de un acero frío—. Él simplemente archivó el problema. Y ahora que el problema reapareció, quiere triturarlo.
Harris se levantó y caminó hacia un escritorio de caoba en la esquina de la sala. Abrió su laptop y tecleó algo con furia.
—Mara, ven a ver esto.
Ella se acercó, limpiándose las lágrimas. En la pantalla había una serie de documentos digitales, fotos y recortes de prensa.
—Llevo horas investigando a Nathan —explicó Harris—. No eres la única.
Mara sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
—Nathan tiene un patrón. Encontré tres demandas por acoso laboral en los últimos cinco años. Todas desestimadas o arregladas fuera de la corte. Todas con acuerdos de confidencialidad. Pero hay rumores en foros anónimos de ex-empleados. Hablan de un ejecutivo en Grupo Coblanco que “gestiona” a las mujeres como si fueran activos desechables.
—Dios mío… —susurró Mara.
En ese momento, el teléfono de Mara, que estaba sobre la mesa de centro, se iluminó. No era una llamada. Era una notificación de Facebook Messenger.
Mara se tensó.
—¿Es él?
Harris miró la pantalla.
—No. Es una solicitud de mensaje de alguien que no tienes agregada. “Clara Rivas”.
Mara frunció el ceño.
—No conozco a ninguna Clara Rivas.
—Yo sí —dijo Harris, y su expresión se oscureció—. Fue noticia de sociales hace tres años. La “novia fugitiva”. Se suponía que se casaría con Nathan en la boda del año, pero canceló todo dos semanas antes. La prensa dijo que ella tuvo una crisis nerviosa. Nathan salió como el novio dolido y comprensivo.
Harris tomó el teléfono de Mara.
—Léelo.
Mara abrió el mensaje con dedos temblorosos.
“Hola, Mara. Sé que no me conoces, pero yo te conozco a ti. O al menos, conozco tu historia. Vi la foto que se filtró en Twitter del centro comercial. Vi cómo te miraba él. Sé dónde estás parada porque yo estuve ahí. Si él te ha amenazado con quitarte al niño, por favor, no firmes nada. No estás loca. Él te hace creer que estás loca. Necesito hablar contigo. Tengo algo que te pertenece. Algo que debí usar hace años.”
Mara levantó la vista, pálida.
—Dice que tiene algo para mí. Harris, ¿es una trampa? ¿Y si Nathan la mandó para saber dónde estamos?
Harris caminó hacia el ventanal, mirando la lluvia caer sobre la ciudad. Su mente trabajaba a mil por hora, calculando riesgos, probabilidades, escenarios.
—Si Nathan la mandara, no usaría su nombre real. Clara desapareció de la vida pública después de la ruptura. Si está saliendo de las sombras ahora, es porque te vio y se vio a sí misma.
Se giró hacia Mara.
—Dile que venga. Le daré la dirección de la caseta de seguridad de la entrada. Mis guardias la revisarán. Si está limpia, la dejaremos pasar. Es un riesgo, Mara, pero en la guerra, la información es la munición más valiosa. Y Clara Rivas es una bomba nuclear que Nathan dejó sin desactivar.
Una hora después, el interfono sonó.
—Señor Wynne —dijo la voz distorsionada del guardia de seguridad—, hay una señorita Rivas aquí. Viene en un taxi. Está sola. No trae armas, solo un bolso de mano. Se ve… alterada, señor.
—Hágala pasar —ordenó Harris.
Mara esperaba sentada en el borde del sofá, con las manos apretadas entre las rodillas. Cuando el elevador se abrió, apareció una mujer que parecía el fantasma de lo que alguna vez fue una socialité.
Clara Rivas era hermosa, rubia y alta, pero tenía esa delgadez frágil de quien vive con ansiedad crónica. Su ropa de marca estaba arrugada, su cabello húmedo por la lluvia pegado a la frente. Parecía un animal asustado. Sus ojos recorrieron la lujosa sala hasta detenerse en Mara.
Hubo un silencio denso, pesado. Dos mujeres de mundos opuestos: Mara, con sus jeans desgastados y su suéter de lana; Clara, con su abrigo de diseñador y sus joyas discretas. Y, sin embargo, en sus ojos había exactamente el mismo dolor.
Clara dio un paso vacilante.
—Tú eres Mara.
—Sí —dijo Mara, poniéndose de pie—. Y tú eres la prometida.
Clara soltó una risa amarga, rota.
—La casi prometida. La loca. La inestable. Eso es lo que él le dijo a todos, ¿verdad?
Se dejó caer en el sillón más cercano, como si las piernas ya no pudieran sostenerla. Harris le sirvió un vaso de agua, pero sus manos temblaban tanto que derramó un poco al intentar beber.
—Gracias por recibirme —dijo Clara, mirando a Harris con desconfianza—. No sabía a dónde más ir. Cuando vi las noticias… cuando vi su cara en esa foto… fue como revivirlo.
Miró a Mara directamente.
—Él te dijo que un bebé arruinaría su futuro, ¿cierto?
Mara asintió, sintiendo un escalofrío.
—Sí.
—Te dijo que eras egoísta. Que lo hacías para atraparlo. Que nadie te creería si hablabas.
—Palabra por palabra —susurró Mara.
Clara cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a brotar.
—Tiene un guion, Mara. Es un depredador con un libreto. Conmigo fue igual. Quedé embarazada tres meses antes de la boda. Pensé que él estaría feliz. Éramos la pareja perfecta, ¿no? Pero se puso furioso. Dijo que el momento era pésimo, que distraería a los inversionistas, que yo me vería gorda en el vestido… vanidades estúpidas mezcladas con amenazas reales.
Clara respiró hondo, un sonido estremecedor.
—Me obligó a ir a una clínica en Houston. Dijo que si no lo hacía, cancelaría la boda y le diría a mi familia que yo le había sido infiel. Mi padre es muy conservador… Nathan sabía exactamente dónde presionar. Yo… yo no fui tan fuerte como tú, Mara. Yo cedí.
El silencio en la habitación era sepulcral. Mara se acercó instintivamente y se sentó junto a Clara, poniendo una mano sobre su hombro. El contacto físico hizo que Clara se rompiera. Lloró con la desesperación de quien ha guardado un secreto venenoso por años.
—Lo siento tanto —dijo Mara.
—Después del… procedimiento —continuó Clara, limpiándose la cara con el dorso de la mano—, él cambió. Se volvió frío. Dijo que ya no podía verme igual, que yo “había matado la magia”. Canceló la boda y me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad a cambio de no destruir la reputación de mi familia financiera.
De repente, la expresión de Clara cambió. El dolor dio paso a una chispa de rabia. Abrió su bolso de mano Hermès y sacó algo pequeño y metálico.
Una memoria USB plateada.
—Pero fui más lista de lo que él pensaba —dijo Clara, apretando el dispositivo en su puño—. Durante esas semanas de infierno, cuando me llamaba para gritarme, para amenazarme, para decirme paso a paso lo que tenía que hacer… grabé todo.
Harris se enderezó, sus ojos brillando con intensidad.
—¿Todo?
—Llamadas, correos de voz, incluso una conversación en su oficina donde admite haber sobornado a un juez para silenciar a otra chica antes que yo —Clara extendió la mano y le ofreció la USB a Harris—. Lo guardé como un seguro de vida. Pensé que si algún día venía por mí de nuevo, lo usaría. Pero tú tienes un hijo, Mara. Tu hijo es la prueba viviente que yo no pude tener.
Mara miró la pequeña pieza de metal. Era tan pequeña, pero pesaba tanto. Contenía la verdadera cara del monstruo.
—Si usamos esto —dijo Harris, tomando la USB con reverencia—, no habrá vuelta atrás. Esto no es solo para ganar la custodia, Clara. Esto es para meterlo a la cárcel. Tu nombre saldrá a la luz. Tu familia lo sabrá.
Clara se puso de pie, y por un momento, la fragilidad desapareció. Se irguió, alta y digna.
—Que lo sepan. He vivido con vergüenza tres años, protegiendo el “honor” de un hombre que no tiene ninguno. Ya me cansé de tener miedo.
Se giró hacia Mara.
—Él cree que estás sola, Mara. Cree que eres débil porque eres pobre y él es rico. Pero no sabe lo que nosotras sabemos.
Mara sintió una energía nueva recorrerle el cuerpo. Ya no era miedo. Era fuego. Miró a Harris, luego a Clara.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Mara.
Harris conectó la USB en su laptop. La pantalla se llenó de archivos de audio y carpetas de documentos. Miró a las dos mujeres con una determinación feroz.
—Ahora —dijo Harris—, dejamos de correr. Él quería una guerra legal para aplastarte en silencio. Bien. Vamos a darle una guerra pública. Vamos a hacer tanto ruido que ni todo el dinero de los De la Colina podrá silenciarlo.
Harris tecleó un comando y abrió un archivo de audio al azar. La voz de Nathan llenó la sala, fría, cruel, inconfundible.
“No me importa lo que llores, Clara. Resuelve eso o te juro que haré que tu padre quiebre en una semana. No vas a arruinar mi ascenso.”
Mara sintió un escalofrío, pero esta vez no bajó la mirada.
—Vamos a destruirlo —dijo ella.
Y afuera, la tormenta rugía sobre la Ciudad de México, pero la verdadera tormenta estaba a punto de estallar dentro de la vida perfecta de Nathan de la Colina.
CAPÍTULO 5: LA ESTRATEGIA DEL TIBURÓN
El amanecer sobre Lomas de Chapultepec no trajo luz, sino una bruma gris y pesada que se adhería a los ventanales de la mansión de Harris como un sudario. Dentro, el aire estaba cargado de cafeína y electricidad estática. Nadie había dormido realmente.
Mara estaba sentada en la isla de granito de la cocina, con una taza de café que ya se había enfriado entre las manos. Sus ojos estaban hinchados, pero secos. El tiempo de llorar había terminado; ahora estaba en ese estado de entumecimiento hipervigilante que conocía bien, el modo de supervivencia que había activado cuando huyó de la clínica hace siete años.
A su lado, Clara Rivas parecía un espectro de alta sociedad. Con el maquillaje corrido y el cabello rubio atado en un chongo desordenado, revisaba obsesivamente su celular, esperando el ataque inevitable de Nathan o, peor aún, de su propia familia.
—¿Crees que ya sepa que estoy aquí? —preguntó Clara, rompiendo el silencio. Su voz era un susurro rasposo.
Mara negó con la cabeza lentamente.
—Nathan es arrogante, Clara. Él cree que tú eres parte de su pasado conquistado. No se imagina que sus víctimas se hablan entre ellas. Para él, somos NPCs en su videojuego; no tenemos vida cuando él no está mirando.
Harris entró en la cocina en ese momento. Se había cambiado la ropa del día anterior por una camisa blanca impecable y pantalones oscuros, pero su rostro mostraba la fatiga de una noche entera frente a la computadora. Traía una tablet en la mano y su expresión era grave.
—No necesitamos esperar a que Nathan actúe —dijo Harris, colocando la tablet sobre la mesa con un golpe seco—. Ya lo hizo.
Mara sintió que el estómago se le iba a los pies. Se inclinó para ver la pantalla. Era un correo electrónico reenviado por un contacto de Harris en el Poder Judicial.
ASUNTO: NOTIFICACIÓN DE DEMANDA – JUICIO ORDINARIO CIVIL – CUSTODIA Y PÉRDIDA DE PATRIA POTESTAD.
—Lo presentó a las 8:00 AM en punto, apenas abrieron los juzgados —explicó Harris, su voz controlada pero vibrando con furia—. Es una demanda de custodia total con solicitud de medida cautelar urgente.
—¿Qué significa eso? —preguntó Mara, sintiendo que le faltaba el aire.
—Significa que está pidiendo que le entreguen a Leo hoy mismo —Harris señaló un párrafo resaltado en amarillo—. Alega que vives en condiciones de pobreza extrema, que el niño sufre desnutrición —Mara soltó un jadeo indignado—, y lo peor: alega que sufres de inestabilidad mental y que secuestraste al menor ocultando su paternidad biológica maliciosamente.
—¡Es mentira! —gritó Mara, golpeando la mesa. La taza de café tembló—. ¡Él no lo quiso! ¡Él me dio el dinero para matarlo!
—Lo sé, Mara. Nosotros lo sabemos. Pero el juez no —Harris la miró fijamente—. Nathan ha contratado al despacho Santamarina & Asociados. Son los perros de presa más caros de Santa Fe. Su estrategia es clara: golpearte tan fuerte y tan rápido con burocracia y miedo que te rindas antes de llegar a la primera audiencia. Quieren que entregues a Leo para evitar que te metan a la cárcel por “sustracción de menores”.
Clara se llevó las manos a la boca, horrorizada.
—Es exactamente lo que me amenazó con hacerme si tenía al bebé. Dijo que me declararía loca e incapaz.
Mara sintió que el pánico, esa bestia negra que vivía en su pecho, comenzaba a despertar.
—Tengo que irme. Tengo que tomar a Leo e irme a otro estado, a otro país…
—No —la voz vino desde la entrada de la sala.
No era Harris. Era una mujer que acababa de entrar, guiada por el personal de seguridad de la casa.
Era imponente. Llevaba un traje sastre color vino tinto, tacones de aguja que resonaban como martillazos en el piso de mármol y un corte de cabello bob tan afilado que parecía capaz de cortar vidrio. Sostenía un maletín de piel negro como si fuera un arma.
—Si corres, le das la razón —dijo la mujer, caminando hacia ellos con una seguridad depredadora—. Si huyes, te conviertes en la secuestradora que él dice que eres. Y entonces sí, la policía te buscará, te encontrará y le entregarán al niño en bandeja de plata.
Harris suspiró, visiblemente aliviado.
—Mara, Clara… ella es Dana Mondragón. La mejor abogada litigante en derecho familiar de la Ciudad de México. Y la única persona que odio tener en mi contra en una discusión.
Dana Mondragón no sonrió. No era una mujer que regalara sonrisas. Se acercó a Mara y la escaneó de arriba abajo, no con juicio, sino con evaluación táctica.
—¿Tú eres la madre?
—Sí —respondió Mara, irguiéndose a pesar del miedo.
—Bien. Deja de temblar. El miedo huele, y los abogados de Nathan tienen el olfato muy fino.
Dana soltó el maletín en la mesa y sacó una laptop ultradelgada.
—Harris me envió el resumen a las 4 de la mañana. He leído la demanda de Nathan. Es una obra de arte de la ficción. Vil, cruel, pero legalmente sólida si no se contesta en 72 horas.
—¿Podemos ganarle? —preguntó Clara, con voz tímida.
Dana se giró hacia Clara, reconociéndola al instante. Una ceja perfectamente depilada se arqueó.
—Tú eres la ex-prometida. La que desapareció. Vaya, Harris, sí que sabes armar una fiesta.
Dana miró a ambas mujeres.
—Escúchenme bien. En un juicio normal, Nathan ganaría. Tiene dinero, tiene el apellido De la Colina y tiene un ejército de abogados. En México, lamentablemente, la justicia suele tener precio. Él espera que Mara llegue con un abogado de oficio, asustada, y que firme un acuerdo extrajudicial donde renuncia al niño a cambio de una pensión miserable y silencio.
Dana se inclinó sobre la mesa, apoyando las manos con manicura perfecta sobre la superficie fría.
—Pero él cometió un error. Un error fatal.
—¿Cuál? —preguntó Mara.
—La arrogancia —dijo Dana, y por primera vez, una sonrisa lobuna cruzó su rostro—. Él cree que está peleando contra una cajera de librería sola. No sabe que la cajera tiene a Clara Rivas y a Harris Wynne en su esquina.
Dana se dirigió a Clara.
—Harris me dijo que tienes una USB. Dámela.
Clara sacó la memoria de su bolso y se la entregó. Dana la conectó, se puso unos audífonos y comenzó a escuchar.
La habitación quedó en silencio. Mara miraba a Leo, que jugaba en la alfombra de la sala ajeno a que su destino se decidía en esa mesa de cocina. Pasaron cinco minutos. Diez. El rostro de Dana, normalmente una máscara de hierro, comenzó a cambiar. Sus ojos se entrecerraron. Su mandíbula se tensó.
Finalmente, se quitó los audífonos y miró a Harris.
—Esto es dinamita pura.
—¿Es suficiente para la custodia? —preguntó Mara.
—¿Para la custodia? —Dana soltó una carcajada seca y sin humor—. Querida, con esto no solo nos quedamos con la custodia. Con esto podemos procesarlo por violencia de género, coacción, intento de soborno y daño moral. Aquí hay una grabación donde admite haber pagado a un juez cívico para borrar un antecedente de agresión. Eso es un delito federal.
Dana cerró la laptop de golpe.
—El plan cambia. No vamos a defendernos. Vamos a atacar.
Mientras tanto, en el piso 40 de la Torre Virreyes, las oficinas corporativas de Grupo Coblanco eran un monumento al poder. Mármol, cristal, vistas de 360 grados de la ciudad. Nathan de la Colina estaba de pie frente a la ventana, mirando la ciudad como si fuera su tablero de ajedrez personal.
Se sentía… bien. Poderoso. La noche anterior había tenido dudas, sí, el pánico lo había tocado. Pero esta mañana, con sus abogados confirmando que la demanda estaba interpuesta y que la notificación estaba en camino, sentía que recuperaba el control.
La puerta se abrió y entró Marcelo, su abogado principal. Un hombre calvo, con traje gris brillante y una sonrisa untuosa.
—Está hecho, Nathan. La notificación fue entregada en el domicilio de la colonia Santa María la Ribera. No había nadie, así que se dejó el citatorio con el vecino. Tienen tres días.
—¿Y si no aparece? —preguntó Nathan sin voltear.
—Mejor para nosotros. Se le declara en rebeldía. El juez emite la orden de búsqueda y localización del menor. La policía va por el niño y te lo entregan en custodia provisional. Para el fin de semana, el niño estará viviendo contigo.
Nathan asintió, satisfecho.
—¿Y la madre?
—Si intenta pelear, la aplastamos con los tests psicológicos. Tengo a dos peritos pagados que testificarán que ella sufre de trastorno límite de la personalidad o lo que tú quieras. Si se porta bien… bueno, podemos ofrecerle un régimen de visitas supervisadas. Una vez al mes. Para que no diga que somos monstruos.
Nathan sonrió. Era perfecto. Limpio. Quirúrgico.
—Solo hay un detalle —dijo Marcelo, dudando por un segundo.
Nathan se giró, con el vaso de agua mineral en la mano.
—¿Qué?
—El investigador privado… dice que la mujer no durmió en su casa anoche. Hubo movimiento. Al parecer, la recogió un auto blindado.
El vaso de Nathan se detuvo a medio camino de su boca.
—¿Qué tipo de auto?
—Un Audi A8. Negro. Placas diplomáticas o corporativas, no pudieron ver bien. Se la llevaron a Lomas. A una zona muy exclusiva.
El ceño de Nathan se frunció.
—Ella es una cajera, Marcelo. No conoce a nadie en Lomas. Debe ser un Uber, o algún novio chofer que tenga.
—Probablemente —coincidió el abogado, restándole importancia—. Pero mantendré los ojos abiertos. Por cierto, tu suegro, Don Ricardo, quiere verte a las 12. Está nervioso por los rumores en redes sociales.
—Dile a Ricardo que todo está bajo control. El niño es mío. La madre es una oportunista que será neutralizada legalmente. No habrá escándalo.
Nathan se volvió hacia la ventana. Todo bajo control, pensó. Pero una pequeña espina de duda se clavó en su mente. Un auto blindado. Lomas. La imagen del hombre en el centro comercial, el que se había interpuesto entre él y Mara, cruzó su mente.
Harris. Así le había dicho ella.
Nathan sacó su celular y marcó a su investigador.
—Quiero que averigües quién es un tal “Harris”. Estaba con ella en Perisur. Búscalo. Quiero saber hasta qué marca de cereal come.
De vuelta en la casa de seguridad, la atmósfera había cambiado de pánico a una fría determinación militar. La mesa del comedor estaba cubierta de papeles. Dana Mondragón dirigía la orquesta.
—Clara, necesito una declaración jurada notariada sobre la autenticidad de estos audios. Harris tiene un notario de confianza que vendrá en una hora.
—Lo haré —dijo Clara, sin dudar.
—Mara —Dana se giró hacia ella, suavizando levemente la voz—. Tú tienes la parte más difícil. Necesito que escribas tu historia. No la versión corta. La versión completa. Desde el día que lo conociste hasta ayer en el centro comercial. Fechas, lugares, montos de dinero, nombres de médicos. Si te duele recordar, escríbelo llorando, pero escríbelo. Eso será la base de nuestra contestación y de nuestra contrademanda.
—Lo haré —dijo Mara. Miró hacia el jardín, donde Harris estaba jugando futbol con Leo bajo la llovizna ligera. El hombre millonario y serio corría detrás de la pelota, dejándose ganar por el niño, riendo.
Mara sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el miedo.
—Dana —dijo Mara de repente—. Él cree que va a ganar porque tiene dinero.
—Así es.
—Pero no sabe que el dinero no compra la lealtad —Mara señaló a Clara, que escribía furiosamente en una libreta, y luego a Harris afuera—. Él está solo. Rodeado de gente que paga, pero solo.
Dana sonrió, cerrando una carpeta.
—Exacto. Y un hombre solo, por más rico que sea, es vulnerable. Vamos a hacerle una oferta que no podrá rechazar, pero no será de dinero.
—¿Qué le vamos a ofrecer? —preguntó Mara.
—Le vamos a ofrecer una salida —dijo Dana con frialdad—. Le vamos a dar la oportunidad de retirarse, renunciar a la paternidad y desaparecer de tu vida para siempre. Y si no la toma… entonces publicaremos los audios de Clara y destruiremos su fusión corporativa, su boda y su vida.
—No la va a tomar —dijo Mara, conociendo a Nathan—. Su ego no lo dejará.
—Cuento con eso —respondió Dana, sus ojos brillando con anticipación—. Porque, honestamente, tengo muchas ganas de verlo arder.
En ese momento, el interfono de la casa sonó. Harris entró corriendo desde el jardín, con el cabello húmedo, y contestó. Escuchó por unos segundos y su rostro se puso pálido.
—¿Qué pasa? —preguntó Mara, alarmada.
Harris colgó y miró a las tres mujeres.
—Es Elisa.
—¿Quién es Elisa? —preguntó Clara.
—Elisa Monroe —dijo Harris, mirando su celular donde acababa de recibir un mensaje—. Fue asistente personal de Nathan hace dos años. Yo la encontré en mis búsquedas de LinkedIn y le mandé un mensaje anónimo ayer. No pensé que contestaría.
—¿Qué dice? —exigió Dana.
—Dice que tiene correos electrónicos. Dice que Nathan la obligó a falsificar facturas para cubrir gastos médicos de “procedimientos especiales” para tres mujeres diferentes. Y dice que está abajo, en la caseta. Quiere hablar.
Mara se llevó una mano al pecho.
—Tres mujeres…
Dana Mondragón soltó una carcajada de incredulidad, golpeando la mesa con la palma abierta.
—¡Bingo! No tenemos solo un caso de custodia, señoras. Tenemos un depredador en serie. Y acabamos de encontrar el arma humeante.
Harris miró a Mara.
—¿Estás lista para esto? Esto se va a poner muy feo antes de ponerse mejor.
Mara miró a través del cristal. Leo acababa de meter un gol imaginario y levantaba los brazos en triunfo, buscando la aprobación de su madre.
Mara se giró hacia Harris, y en sus ojos ya no había rastro de la víctima asustada. Había una madre leona.
—Que pase Elisa —dijo Mara con voz firme—. Que pasen todas. Si Nathan quiere guerra, vamos a traerle el infierno a su puerta.
El equipo estaba completo. La evidencia estaba lista. Y el reloj para el fin de Nathan de la Colina acababa de empezar a correr.
CAPÍTULO 6: LA CAJA DE PANDORA
La lluvia en la Ciudad de México se había transformado en una tormenta eléctrica que hacía vibrar los ventanales de la mansión en Lomas de Chapultepec. Pero la verdadera turbulencia estaba ocurriendo dentro, en la sala principal, donde el aire se sentía denso, cargado de una gravedad que apenas dejaba respirar.
Elisa Monroe estaba sentada en el borde de un sillón de terciopelo gris, con las manos aferradas a una carpeta de plástico azul barato, como si fuera un escudo antibalas. Era joven, no más de 25 años, vestida con ropa de oficina sencilla que denotaba prisa y miedo. Su cabello castaño estaba empapado, pegado a sus sienes, y sus ojos se movían nerviosamente de Mara a Clara, y luego a Harris, quien se mantenía de pie junto a la chimenea, vigilante.
—Gracias por dejarme entrar —dijo Elisa, su voz apenas un hilo—. Sé que suena loco. Sé que no me conocen.
—Te conocemos más de lo que crees —dijo Mara, acercándose con una manta seca y colocándosela sobre los hombros. El gesto maternal hizo que Elisa soltara un sollozo ahogado—. Estás a salvo aquí, Elisa. Nathan no puede tocarte.
—Él dijo que me destruiría si hablaba —susurró Elisa, mirando la carpeta—. Dijo que me boletinaría en todas las empresas de Recursos Humanos del país. Que nunca volvería a conseguir trabajo ni de limpieza.
Dana Mondragón, que había estado observando la escena con la frialdad de una cirujana antes de operar, se acercó.
—Las amenazas son el arma de los cobardes, querida. Pero tú traes algo mejor que amenazas. ¿Qué hay en esa carpeta?
Elisa tomó aire, temblando, y abrió el plástico.
—Yo fui asistente ejecutiva de Nathan durante dos años, justo después de que Clara se fuera. —Miró a la rubia con disculpa—. Él estaba… furioso después de la ruptura. Paranoico. Me hacía monitorear tus redes sociales, Clara. Quería saber si hablabas.
Clara se estremeció, abrazándose a sí misma.
—Pero eso no es todo —continuó Elisa—. Nathan maneja un presupuesto discrecional en Grupo Coblanco. “Gastos de representación”, lo llaman. Se supone que es para cenas con clientes, viajes, regalos corporativos. Pero él… él lo usaba para limpiar sus desastres.
Elisa sacó un fajo de correos impresos y estados de cuenta bancarios con anotaciones a mano.
—Aquí están las transferencias. Tres clínicas privadas en los últimos cuatro años. Pagos a abogados penalistas para silenciar denuncias de acoso en las fiestas de la empresa. Y lo peor… —Elisa tragó saliva, buscando valor—. Hace seis meses, una pasante de 19 años intentó denunciarlo en Recursos Humanos. Nathan usó 500,000 pesos de la empresa para pagarle a su padre y que retiraran la denuncia. Lo disfrazó como una “consultoría externa”.
El silencio en la sala fue absoluto. Solo se escuchaba el crepitar de la leña en la chimenea y la lluvia afuera.
Dana tomó los papeles. Sus ojos se movían a una velocidad vertiginosa, escaneando fechas, montos, firmas.
—Esto es peculado —murmuró Dana, y una sonrisa depredadora comenzó a formarse en sus labios—. Esto es fraude corporativo, abuso de confianza y falsificación de documentos.
Se giró hacia el grupo, con los ojos brillando.
—Escúchenme bien. El abuso emocional y la coacción son delitos graves, pero difíciles de probar en un sistema judicial machista. A veces los jueces dicen “es su palabra contra la de ella”. Pero esto… —agitó los papeles en el aire—. Esto es dinero. Esto es robarle a los accionistas. Esto es tocarle el bolsillo a su suegro, Don Ricardo. Y los ricos perdonan muchas cosas, pero nunca perdonan que les roben.
Harris se adelantó, mirando los documentos.
—Si esto sale a la luz, no solo perderá la custodia. Irá a la cárcel. Y Grupo Coblanco tendrá que distanciarse de él públicamente para no hundirse con él.
Mara miró a Elisa, a Clara, y sintió una oleada de náuseas mezclada con una furia volcánica.
—Usó el dinero de su empresa para tapar lo que nos hizo. Para comprar nuestro silencio.
—Convirtió nuestro dolor en una línea de gastos deducibles de impuestos —dijo Clara con amargura.
—Pues se acabó —sentenció Mara. Miró a Harris—. ¿Estamos listos?
Harris asintió, sacando su teléfono.
—Dana prepara la demanda. Yo voy a preparar el escenario.
Mientras la tormenta azotaba la ciudad, Nathan de la Colina disfrutaba de la calma climatizada de su oficina privada. Estaba reclinado en su silla ergonómica de piel italiana, con los pies sobre el escritorio, sosteniendo una copa de cristal con whisky Macallan 18.
Frente a él, su abogado Marcelo se veía menos relajado. Se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de seda.
—Nathan, insisto. La mujer no está en su casa. El citatorio fue entregado, pero no tenemos control sobre su ubicación. Y ese auto blindado… me pone nervioso.
—Marcelo, por Dios, relájate —dijo Nathan, con esa sonrisa arrogante que solía desarmar a sus oponentes—. Es una táctica de miedo. Probablemente consiguió un novio narco o algún “sugar daddy” de medio pelo que le prestó el coche. No importa. Mañana se vence el plazo. Si no presenta a Leo, la denuncio por secuestro. Tengo al comandante de la policía ministerial en mi nómina. Irán por ella, patearán la puerta y me traerán a mi hijo.
—Tu suegro está preguntando de nuevo —advirtió Marcelo—. Don Ricardo recibió una llamada anónima sobre “irregularidades” en el departamento de contabilidad.
Nathan se tensó por un milisegundo, pero recuperó la compostura de inmediato.
—Ricardo es un viejo paranoico. Mis cuentas están impecables. Elisa, mi ex-asistente, dejó todo cuadrado antes de que la despidiera por incompetente. Nadie va a encontrar nada porque no hay nada que encontrar.
Bebió un trago largo de whisky. El calor del alcohol le daba seguridad. Se imaginaba ya con Leo. Lo vestiría con ropa de Brooks Brothers. Lo inscribiría en el Colegio Americano. Sería el padre del año en las revistas de sociales. “El magnate y su heredero perdido”. Era una narrativa perfecta de redención. Mara sería una nota al pie de página, la madre biológica triste y desequilibrada que no pudo con la carga.
—Vete a casa, Marcelo —ordenó Nathan—. Mañana será un gran día. Mañana recupero lo que es mío.
Marcelo asintió, no muy convencido, y salió de la oficina.
Nathan se quedó solo. Se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de la Reforma bajo la lluvia.
—Nadie me dice que no, Mara —susurró al vidrio—. Nadie.
En ese momento, su celular vibró.
No era una llamada. Era una notificación de Twitter. Luego otra. Luego diez. Luego cien. En cuestión de segundos, su teléfono parecía estar convulsionando sobre el escritorio.
Frunciendo el ceño, Nathan lo levantó.
Tendencia #1 en México: #ElDepredadorDeCoblanco
El corazón de Nathan dio un vuelco doloroso. Abrió la aplicación.
El primer tweet era de una cuenta recién creada llamada “JusticiaParaTodas”. Tenía un archivo de audio adjunto.
Nathan pulsó play.
Su propia voz, clara, nítida y cruel, llenó la oficina silenciosa:
“¡Eres una inútil, Clara! ¡Deshazte de eso o te juro que haré que tu padre quiebre en una semana! No vas a arruinar mi ascenso con un bebé bastardo.”
Nathan soltó el teléfono como si le quemara.
—No… —jadeó—. No, eso es imposible. Clara… Clara está muerta socialmente. Ella firmó. Ella tiene miedo.
Pero el hilo de Twitter seguía.
Tweet 2: Foto de un correo electrónico. Remitente: Nathan de la Colina. Asunto: “Limpieza de problema”. Cuerpo del mensaje: “Transfiere 200k a la cuenta del Lic. Rojas. Necesito que esa denuncia de acoso desaparezca hoy.”
Tweet 3: Un video corto. No se veía la cara de quien hablaba, pero la voz era inconfundiblemente la de Mara.
“Durante siete años viví con miedo. Me dijo que un hijo destruiría su futuro. Hoy sé que su futuro no vale más que la dignidad de mi hijo. No soy la única. Somos muchas. Y ya no tenemos miedo.”
El teléfono de la oficina, la línea fija privada que solo tenían los altos ejecutivos y la familia, comenzó a sonar. El sonido era estridente, como una alarma de incendio.
Nathan miró la pantalla del identificador.
DON RICARDO – MÓVIL.
Nathan retrocedió, chocando contra su escritorio. El whisky se derramó sobre los papeles, manchando de marrón los contratos inmaculados.
Su imperio, construido sobre mentiras, amenazas y dinero robado, no se estaba agrietando. Estaba explotando.
En la casa de Lomas, el ambiente era de una calma electrizante.
Dana Mondragón cerró su laptop con satisfacción.
—La bomba ha detonado. El audio de Clara tiene 50,000 reproducciones en diez minutos. Los bots que Harris contrató para amplificar la señal hicieron su trabajo, pero la indignación orgánica de la gente es lo que lo está haciendo viral.
Mara estaba sentada en el sofá, con Leo dormido en su regazo. Miraba su propio celular, viendo cómo los mensajes de apoyo comenzaban a inundar las redes.
—La gente… la gente nos cree —dijo, con lágrimas en los ojos—. No me dicen que soy una interesada. Me dicen que soy valiente.
Elisa estaba revisando los comentarios.
—Están etiquetando a la Fiscalía. Están etiquetando a la Unidad de Inteligencia Financiera. Nathan no puede borrar esto. Es demasiado grande.
Harris entró desde el pasillo, guardando su teléfono.
—Acabo de hablar con mi contacto en la redacción de Reforma. Mañana la portada no será la fusión de Coblanco. Será el desfalco y las denuncias de abuso. Y algo más…
Harris se acercó a Mara y se acuclilló frente a ella, quedando a la altura de sus ojos.
—Don Ricardo acaba de convocar a una junta de emergencia del Consejo de Administración para esta misma noche. A medianoche. Quieren cortar la cabeza antes de que el cuerpo se infecte.
—¿Qué significa eso para nosotros? —preguntó Mara, acariciando el cabello de Leo.
—Significa que Nathan está acorralado —dijo Harris suavemente—. Mañana no irá al juzgado a pedir la custodia. Mañana estará luchando por no ir a la cárcel. Pero no podemos confiarnos. Un animal herido es cuando es más peligroso.
Dana se puso de pie, alisándose la falda.
—Harris tiene razón. Nathan intentará una última jugada desesperada. Probablemente intentará huir o venir a buscarte violentamente.
—Que venga —dijo Mara. Levantó la vista, y en sus ojos avellana había una determinación de acero—. Ya no soy la chica que corrió de la clínica. Tengo a las pruebas, tengo a la verdad y los tengo a ustedes. Si viene por mi hijo, se va a encontrar con una madre dispuesta a todo.
Harris le sostuvo la mirada, y hubo un momento de entendimiento profundo entre ellos. Él puso su mano sobre la de ella, un gesto de protección y promesa.
—No dejaré que se acerque a menos de cien metros de ti, Mara. Esta noche, tú descansa. Nosotros hacemos guardia.
Mara asintió. Por primera vez en siete años, el miedo al futuro se había disipado. Sabía que la batalla final sería al día siguiente, pero esa noche, viendo a Clara y Elisa dormir en los sillones, viendo a Dana trabajar incansablemente y a Harris vigilar la puerta, Mara supo algo con certeza: Nathan de la Colina ya había perdido. Solo que él todavía no lo aceptaba.
Afuera, la tormenta comenzaba a ceder, dejando un aire limpio y frío sobre la ciudad. La limpieza había comenzado.
CAPÍTULO 7: EL JUICIO DE LOS LOBOS
La medianoche en la Ciudad de México tiene un peso específico, especialmente cuando llueve. En el piso 40 de la Torre Virreyes, las luces de la sala de juntas principal de Grupo Coblanco estaban encendidas a una hora en la que normalmente solo los fantasmas y el personal de limpieza recorren los pasillos.
Nathan de la Colina caminaba hacia las puertas dobles de caoba. Sus pasos, usualmente firmes y sonoros, eran amortiguados por la alfombra persa, pero el ruido en su cabeza era ensordecedor. Su teléfono no había dejado de vibrar en su bolsillo: notificaciones de Twitter, llamadas de periodistas, mensajes de amigos que fingían preocupación para obtener chismes.
Se detuvo un segundo antes de entrar. Se ajustó la corbata, se pasó la mano por el cabello perfecto y compuso su rostro en esa máscara de frialdad ejecutiva que tan bien le había servido.
Es un malentendido, ensayó mentalmente. Son ataques de bots. Es una campaña de desprestigio. Puedo manejarlo.
Abrió las puertas.
La sala estaba helada. El aire acondicionado zumbaba bajo, pero el frío real provenía de las doce personas sentadas alrededor de la inmensa mesa ovalada. No había café, no había agua, no había sonrisas protocolarias.
En la cabecera, Don Ricardo Coblanco, su suegro y mentor, lo miraba no con ira, sino con algo mucho peor: decepción absoluta. A su lado, Carlota tenía los ojos rojos, hinchados, y miraba sus manos entrelazadas sobre la mesa como si estuviera rezando para desaparecer.
—Siéntate, Nathan —dijo Don Ricardo. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una guillotina.
Nathan obedeció, tomando el asiento en el extremo opuesto. La distancia física entre él y el presidente del consejo nunca había parecido tan vasta.
—Ricardo, sé lo que has visto en redes. Es una fabricación. Hoy en día, con la Inteligencia Artificial, cualquiera puede falsificar una voz…
—Cállate —dijo Ricardo. No gritó. Simplemente soltó la palabra como quien tira una piedra—. No nos insultes.
El director financiero, un hombre llamado Velasco que siempre había envidiado el ascenso meteórico de Nathan, deslizó una carpeta negra por la mesa. Se deslizó suavemente hasta detenerse frente a Nathan.
—La voz se puede falsificar, Nathan —dijo Velasco con una satisfacción apenas disimulada—. Pero los rastros bancarios no.
Nathan abrió la carpeta. Sus manos empezaron a sudar frío.
Ahí estaban. Las transferencias autorizadas con su token digital. Los conceptos maquillados como “Consultoría Estratégica”, “Logística de Eventos”, “Gastos de Representación”. Y al lado, las facturas reales recuperadas de los servidores de respaldo: Clínicas privadas. Despachos penalistas. Pagos en efectivo a jueces cívicos. Y el nombre de Elisa Monroe apareciendo una y otra vez como la ejecutora forzada.
—Quinientos mil pesos para silenciar una denuncia de acoso sexual —leyó Ricardo en voz alta, sin mirar el papel—. Doscientos mil para un procedimiento médico no autorizado de una empleada. Y la lista sigue.
Ricardo se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.
—Nathan, te abrí las puertas de mi empresa. Te abrí las puertas de mi casa. Ibas a casarte con mi hija. Y usaste mi dinero para limpiar tu basura moral.
—¡Lo hice por la empresa! —estalló Nathan, poniéndose de pie. La silla cayó hacia atrás con un estruendo—. ¡Todo lo que hice fue para proteger la reputación de Coblanco! ¡Si esos escándalos salían, las acciones habrían caído!
—Las acciones están cayendo ahora mismo —intervino Carlota. Su voz temblaba, pero cuando levantó la vista, sus ojos estaban secos y duros como diamantes—. Trending Topic número uno, Nathan. “#ElDepredadorDeCoblanco”. La gente no está enojada por el dinero. Está enojada por lo que les hiciste a esas mujeres. A Clara. A esa chica, Mara.
Nathan miró a su prometida, buscando un aliado, pero solo encontró un muro.
—Carlota, por favor. Tú sabes cómo son estas mujeres. Quieren dinero. Quieren fama.
Carlota se quitó el anillo de compromiso. El diamante de tres quilates brilló bajo la luz fría de la sala antes de que ella lo dejara sobre la mesa de caoba. El sonido clic del metal contra la madera resonó como un disparo.
—Escuché el audio de Clara —dijo Carlota suavemente—. Escuché cómo le gritabas. Y me di cuenta de algo aterrador: me has gritado así a mí. Cuando elegí mal el color de las flores. Cuando llegué tarde a una cena. Siempre pensé que era estrés. Ahora sé que es lo que eres.
Se levantó, tomó su bolso y caminó hacia la salida.
—Carlota, espera… —Nathan intentó alcanzarla.
—¡No la toques! —bramó Don Ricardo, golpeando la mesa con el puño.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
—El Consejo ha votado —dijo Ricardo, recuperando su tono gélido—. Estás despedido, Nathan. Con efecto inmediato. Se te revoca el acceso a todas las instalaciones, cuentas y servidores de Grupo Coblanco.
Nathan sintió que el piso se movía.
—No puedes hacerme esto. Tengo acciones. Tengo contrato.
—Tus acciones están congeladas bajo la cláusula de “Conducta Moral” que tú mismo insististe en endurecer el año pasado —dijo el abogado de la empresa—. Y en cuanto a tu contrato… bueno, estás bajo investigación interna por desfalco. Si tienes suerte, solo te demandaremos civilmente. Si no, prepárate para la cárcel.
Nathan miró alrededor de la mesa. Rostros que ayer le sonreían, que celebraban sus chistes, que brindaban con él, ahora lo miraban como si fuera un leproso. La manada había expulsado al lobo enfermo.
—Esto es un error —diseñó Nathan, retrocediendo hacia la puerta. Su respiración era agitada—. Me necesitan. Yo construí la división de logística. Sin mí, esto se cae.
—Vete, Nathan —dijo Ricardo, dándole la espalda—. Y reza para que Mara Ellison tenga más piedad contigo de la que nosotros tendremos.
Nathan salió al pasillo, desorientado. Los guardias de seguridad, hombres a los que él ni siquiera saludaba por las mañanas, lo esperaban.
—Señor de la Colina, necesitamos su credencial y su celular corporativo. Lo escoltaremos a la salida.
Fue la caminata más larga de su vida. Bajar los 40 pisos en el elevador, cruzar el lobby de mármol bajo la mirada de los recepcionistas nocturnos que ya habían visto las noticias, y salir a la calle lluviosa, sin chofer, sin prometida, sin empresa.
Solo.
A kilómetros de distancia, en la casa de seguridad de Harris, la escena no podía ser más distinta.
No había lujo frío, sino calor humano. Dana Mondragón había pedido pizzas y refrescos. Estaban sentados en la sala, rodeados de papeles, laptops y cables, pero el ambiente era de una camaradería casi festiva.
Dana revisaba su celular con una sonrisa satisfecha.
—El comunicado de prensa de Coblanco acaba de salir. “El Sr. Nathan de la Colina ha sido separado de sus funciones con efecto inmediato. La empresa condena enérgicamente cualquier tipo de violencia… bla, bla, bla”.
—Lo echaron —susurró Mara. Estaba sentada en el suelo, abrazando sus rodillas. No podía creerlo. El gigante había caído.
—Y esto es solo el comienzo —dijo Elisa, mordiendo una rebanada de pizza—. Mi teléfono no deja de sonar. Ex-compañeras de trabajo. Mujeres que sabían cosas pero tenían miedo de hablar. Me están mandando mensajes. “Yo vi cuando le gritó a tal”, “Yo supe cuando falsificó tal firma”. Se abrió la presa.
Harris, que había estado en el balcón hablando por teléfono, entró en la sala. Su semblante era serio, pero sus ojos brillaban con orgullo al ver a Mara.
—Hablé con el fiscal —anunció—. Con la evidencia del desfalco y los audios de coacción, han emitido una orden de presentación. Quieren interrogarlo mañana a primera hora.
Mara se levantó, sintiendo que las piernas le temblaban.
—¿Eso significa que… ya no vendrá por Leo?
—Significa que si se acerca a Leo, lo arrestan en el acto —dijo Harris. Se acercó a ella y, sin importarle la presencia de las demás, le puso las manos en los hombros—. Ganaste, Mara. No tuviste que huir. No tuviste que esconderte. Le ganaste.
Mara miró a Harris. A este hombre que había aparecido de la nada, armado con libros y paciencia, para pararse entre ella y el abismo.
—No gané yo —dijo ella, con la voz quebrada por la emoción—. Ganamos nosotros.
Clara se levantó y alzó su vaso de refresco.
—Por la caída del rey —brindó.
—Por las reinas que lo tiraron —corrigió Dana, chocando su vaso.
Más tarde esa noche, cuando la adrenalina comenzó a bajar y el cansancio reclamó su cuota, la casa se quedó en silencio. Elisa y Clara dormían en las habitaciones de huéspedes. Dana se había ido a preparar la estocada legal final para la mañana siguiente.
Mara salió al balcón cubierto. La lluvia había parado, dejando ese olor a tierra mojada y ozono que limpia el aire de la ciudad. Harris estaba ahí, mirando las luces lejanas.
—No puedes dormir —dijo él, sin voltear.
—Tengo miedo de despertar y que todo sea un sueño —confesó Mara, parándose a su lado—. Tengo miedo de volver a mi departamento y encontrar la notificación de desalojo o una amenaza bajo la puerta.
Harris se giró. La luz de la luna suavizaba sus facciones, quitándole años, quitándole la dureza del guerrero y dejando ver al hombre.
—Eso no va a pasar. Nathan está acabado. Social, financiera y legalmente. Es un cadáver caminando.
—¿Qué va a pasar con nosotras, Harris? —preguntó Mara, mirando hacia la noche—. Mi vida… mi vida normal ya no existe. Todo el mundo sabe quién soy. Saben que soy la madre del hijo secreto.
—Tu vida normal se acabó, sí —admitió Harris—. Pero ahora tienes la oportunidad de construir una mejor. Una donde no tengas que mirar por encima del hombro.
Hubo un silencio cómodo entre ellos.
—Harris… —Mara dudó, pero necesitaba decirlo—. ¿Por qué? Sé que dijiste que odias a los bullies, pero… hiciste demasiado. Arriesgaste tu seguridad, tu dinero, tu reputación.
Harris suspiró y miró sus manos apoyadas en el barandal.
—Hace años… perdí a alguien. No pude protegerla. No era un villano como Nathan, fue una enfermedad, pero el sentimiento de impotencia fue el mismo. Me prometí que si alguna vez tenía el poder de cambiar el destino de alguien, no dudaría.
Miró a Mara a los ojos, y la intensidad de su mirada le robó el aliento.
—Cuando te vi en la librería, protegiendo a Leo, trabajando doblés turnos, sonriendo a pesar del cansancio… vi a alguien que valía la pena salvar. Y cuando te vi enfrentarte a Nathan en el centro comercial, me di cuenta de que no necesitabas que te salvaran. Solo necesitabas que alguien te cubriera la espalda mientras tú peleabas.
Mara sintió que las lágrimas volvían, pero esta vez eran dulces. Se acercó a él, acortando la distancia que habían mantenido por respeto y protocolo.
—Gracias por cubrirme la espalda, Harris.
Él levantó una mano y, con una delicadeza infinita, le apartó un mechón de cabello de la cara.
—Siempre, Mara.
Se quedaron así, suspendidos en el momento, dos sobrevivientes encontrando paz en el caos. No hubo beso. No era el momento. Pero hubo una promesa silenciosa, más fuerte que cualquier contrato legal, flotando en el aire nocturno.
Mientras tanto, en un bar de mala muerte en la zona de Garibaldi, Nathan de la Colina bebía tequila barato directamente de la botella. Su tarjeta de crédito había sido rechazada. Su auto había sido bloqueado por el satélite de la aseguradora.
Estaba sentado en una mesa pegajosa, con la corbata deshecha y los ojos inyectados en sangre. Miraba la pantalla de su celular personal, el único que le quedaba, viendo cómo su vida ardía en tiempo real.
Renuncia masiva en Coblanco.
Acciones caen 15%.
Fiscalía anuncia investigación contra Nathan de la Colina.
Y en medio de todo, una foto. Una foto que alguien había tomado desde la calle, mostrando el balcón de la casa de Harris. Se veían dos siluetas. Mara y Harris. Juntos. Seguros.
Nathan soltó un gruñido animal y lanzó la botella contra la pared. El cristal estalló.
—¿Creen que ganaron? —balbuceó, tambaleándose al ponerse de pie. El dueño del bar le gritó algo, pero Nathan no escuchó.
La lógica lo había abandonado. El cálculo frío y corporativo se había disuelto en alcohol y odio puro.
—No han ganado —susurró, saliendo a la calle, empapándose bajo la llovizna—. Si yo caigo… ustedes caen conmigo.
Nathan no iba a ir al juzgado mañana. No iba a ir a la fiscalía.
Tenía un último movimiento. Un movimiento sucio, desesperado y peligroso.
Caminó hacia la oscuridad de la noche, ya no como un CEO, sino como un hombre que no tiene nada que perder. Y esos son los hombres más peligrosos del mundo.
CAPÍTULO 8: EL FIN DEL INVIERNO
La mañana siguiente no trajo el sol radiante que marcan los clichés de las películas. Amaneció con un cielo blanco, limpio y frío sobre la Ciudad de México, esa claridad post-tormenta que hace que los volcanes se vean nítidos en el horizonte.
En la casa de Lomas de Chapultepec, el ambiente era de una solemnidad ritual. Mara se vistió con ropa que Dana le había prestado: un pantalón sastre negro y una blusa de seda color marfil. Al mirarse al espejo, no vio a la cajera cansada ni a la estudiante asustada. Vio a una mujer que había atravesado el fuego y no se había quemado.
Harris la esperaba al pie de la escalera. Al verla bajar, se quedó inmóvil un momento, ajustándose los gemelos de la camisa, como si necesitara un segundo para procesar su presencia.
—Pareces lista para dirigir un país —dijo él, con una sonrisa ladeada.
—Solo estoy lista para recuperar mi vida —respondió Mara, terminando de bajar los escalones.
En la cocina, el “Gabinete de Guerra” desayunaba por última vez. Clara y Elisa parecían más ligeras, como si se hubieran quitado mochilas de piedras de la espalda. Dana Mondragón, impecable como siempre, revisaba su tablet mientras bebía un espresso doble.
—El plan es simple —dijo Dana, sin levantar la vista—. Vamos a la Fiscalía General de Justicia. Ratificamos las denuncias. Entregamos la evidencia física (la USB de Clara, los correos de Elisa). El fiscal ya tiene la orden de aprehensión lista por fraude y coacción. Nathan debería ser detenido en cuanto ponga un pie fuera de donde sea que se esté escondiendo.
—¿Y si intenta algo? —preguntó Elisa, todavía con un rastro de miedo en la voz.
—No tiene con qué —intervino Harris, sirviéndole café a Mara—. Sus cuentas están congeladas. Su seguridad privada se retiró anoche cuando el cheque de la empresa rebotó. Ahora es solo un civil con resaca y una orden de arresto.
Salieron de la casa en caravana. Mara, Leo y Harris en el auto blindado; Dana, Clara y Elisa en una camioneta de escolta detrás.
El trayecto hacia el “Búnker” de la Fiscalía fue tenso. Leo iba dibujando en su cuaderno, ajeno a que ese día se cerraba el capítulo más oscuro de su historia.
—¿Vamos a ver a los policías, mamá? —preguntó.
—Sí, mi amor. Vamos a hablar con los buenos para que el hombre malo no vuelva a molestarnos.
Cuando llegaron a la entrada principal de la Fiscalía, una multitud de reporteros ya estaba ahí. La historia se había vuelto nacional. Las cámaras disparaban ráfagas de flashes. Harris bajó primero y ofreció su mano a Mara.
—Cabeza en alto —susurró él—. No eres la víctima. Eres la protagonista.
Mara tomó su mano, respiró hondo y salió al aire libre. Los micrófonos se acercaron, pero la seguridad de Harris y el aura impenetrable de Dana abrieron paso.
Subieron las escalinatas de concreto. Estaban a metros de la puerta de cristal, a metros de la seguridad legal definitiva.
—¡Mara!
El grito fue desgarrador, ronco, irreconocible.
El grupo se detuvo. Harris giró instantáneamente, poniendo a Mara y a Leo detrás de su espalda.
De entre una columna de concreto, una figura salió tambaleándose.
Si Mara no hubiera conocido cada línea de su rostro, no habría sabido que era Nathan. El traje italiano de ayer estaba sucio, arrugado y manchado de lodo. No llevaba corbata. Su cabello, siempre peinado con precisión arquitectónica, estaba revuelto y grasoso. Tenía una botella de agua medio vacía en una mano y los ojos inyectados en sangre, rodeados de ojeras negras.
Parecía un espectro. Un rey destronado convertido en mendigo en menos de 24 horas.
—Nathan —dijo Harris, su voz tranquila pero peligrosa. Dio un paso al frente, creando una barrera física—. Estás cometiendo un error. Vete.
Nathan ignoró a Harris. Sus ojos febriles buscaron a Mara.
—Tú… —señaló con un dedo tembloroso—. Tú me hiciste esto. Yo era… yo iba a ser el CEO. Yo iba a tenerlo todo.
Mara salió de detrás de Harris. Sintió la mano de él intentando detenerla, pero ella la apartó suavemente. Necesitaba hacer esto. Necesitaba mirarlo a los ojos sin un escudo.
—Tú te hiciste esto, Nathan —dijo ella. Su voz no tembló. Sonó clara, resonando en la plaza de concreto—. Tú elegiste mentir. Tú elegiste amenazar. Tú elegiste robar. Yo solo sobreviví.
Nathan soltó una risa histérica que se convirtió en tos.
—¿Sobrevivir? Me destruiste. Mi nombre es basura. Mi carrera está muerta. ¡Incluso Carlota me dejó! —Dio un paso hacia ella, con una desesperación agresiva—. Retira la denuncia, Mara. ¡Diles que fue un malentendido! ¡Diles que estoy enfermo, que necesito ayuda! ¡Haz algo!
—No —dijo Mara.
La palabra fue simple, pequeña, pero golpeó a Nathan como una bofetada física.
—¿No? —repitió él, incrédulo—. Te daré dinero. Cuando recupere mis cuentas, te daré lo que quieras. Millones.
Mara miró a Leo, que observaba a su padre biológico con una mezcla de curiosidad y lástima, pero sin reconocimiento. Para Leo, Nathan era solo un extraño triste.
—Tuviste tu oportunidad hace siete años —dijo Mara—. Y tuviste otra oportunidad en el centro comercial. Podrías haber preguntado su nombre. Podrías haber pedido perdón. Pero solo te preocupaba tu reputación.
Mara dio un paso más hacia él, acortando la distancia, invirtiendo los roles de poder para siempre.
—No quiero tu dinero, Nathan. Nunca lo quise. Y no voy a salvarte. Vas a enfrentar las consecuencias de tus actos, por primera vez en tu vida.
La rabia cruzó el rostro de Nathan. El depredador intentó salir una última vez.
—¡Eres una maldita…! —Se abalanzó hacia ella, levantando la mano.
Harris se movió como un rayo. Antes de que Nathan pudiera dar dos pasos, Harris lo interceptó, le torció el brazo en la espalda y lo inmovilizó contra la columna de concreto. No hubo pelea. Nathan estaba demasiado débil, demasiado borracho, demasiado roto.
—Te dije que no te acercaras —gruñó Harris al oído de Nathan.
En ese momento, las puertas de la Fiscalía se abrieron y cuatro agentes de la Policía de Investigación salieron corriendo, alertados por el alboroto.
—¡Quietos!
Dana Mondragón levantó la mano, sosteniendo la carpeta.
—Soy la abogada Mondragón. Ese hombre es Nathan de la Colina. Tienen una orden de aprehensión vigente contra él.
Los agentes reconocieron a Nathan. En segundos, lo esposaron. El sonido metálico de las esposas cerrándose fue el punto final de su historia.
Mientras lo arrastraban hacia la entrada, Nathan giró la cabeza. No miró a Harris. No miró a Mara. Miró a Leo.
—Hijo… —susurró, con la voz quebrada.
Leo se apretó contra la pierna de Harris.
—Ese señor está muy triste, ¿verdad? —preguntó el niño.
Mara se agachó y besó la frente de su hijo.
—Sí, mi amor. Está muy triste porque se olvidó de cómo ser bueno.
Vieron cómo las puertas de cristal se cerraban tras él. Nathan de la Colina desapareció en el sistema que él creía controlar.
Clara se acercó a Mara y le apretó el brazo. Elisa estaba llorando de alivio.
—Se acabó —dijo Dana, guardando sus lentes oscuros—. Ahora, entremos a firmar para que no salga nunca.
TRES MESES DESPUÉS
El Bosque de Chapultepec estaba teñido de dorado por el atardecer. Era domingo, y el parque estaba lleno de familias, vendedores de globos y parejas paseando.
Mara estaba sentada en una manta de picnic, terminando de leer un libro. Ya no usaba el uniforme de la librería. Ahora llevaba ropa cómoda, colorida, y su cabello estaba suelto, brillando bajo el sol.
Gracias a la demanda civil que Dana había ejecutado contra los bienes personales de Nathan antes de que fueran embargados por el estado, Mara había recibido una indemnización significativa por daños morales y manutención retroactiva. No era una fortuna inmensa, pero era suficiente. Había pagado sus deudas, se había mudado a un departamento seguro y luminoso en la colonia Del Valle, y había inscrito a Leo en una escuela Montessori donde fomentaban su curiosidad.
Pero lo más importante no era el dinero. Era la paz. La ausencia de miedo al abrir el correo o contestar el teléfono.
—¡Mira, mamá! ¡Mira lo alto que va!
Mara levantó la vista. Leo corría por el pasto, intentando elevar un papalote con forma de águila. Detrás de él, corriendo con la misma energía y riendo, iba Harris.
Harris había dejado de ser “el cliente de los libros” o “el salvador”. En estos tres meses, se había convertido en una constante. Iban a cenar los viernes. Él ayudaba a Leo con la tarea de matemáticas. Habían construido una rutina suave, sin etiquetas, sin prisas.
Harris logró que el papalote atrapara una corriente de aire y subiera alto, muy alto, contra el cielo azul. Leo aplaudía y saltaba. Harris le entregó el hilo al niño y caminó de regreso hacia la manta donde estaba Mara.
Se sentó a su lado, respirando un poco agitado, con una sonrisa genuina que le arrugaba las esquinas de los ojos.
—Tiene buena mano para esto —dijo Harris, señalando a Leo—. Mejor que yo a su edad.
Mara le pasó una botella de agua.
—Tú eres un buen maestro.
Harris la miró, y su expresión se tornó seria, pero dulce.
—Mara, he estado pensando.
—Eso suena peligroso —bromeó ella, aunque el corazón le dio un pequeño vuelco.
—Mi consultoría va a abrir una oficina en Londres el próximo año. Me han pedido que vaya unos meses a supervisar la apertura.
El estómago de Mara se contrajo.
—Oh. Londres. Eso… eso suena increíble, Harris. Te lo mereces.
Harris negó con la cabeza suavemente.
—No acepté.
—¿Por qué? —preguntó ella, sorprendida.
Harris tomó la mano de Mara, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la manta.
—Porque mi vida está aquí. Porque me tomó cuarenta años encontrar algo por lo que valiera la pena quedarme quieto.
Mara sintió que el calor subía a sus mejillas.
—Harris…
—No quiero irme a ningún lado donde tú y Leo no estén —continuó él—. Sé que dijimos que iríamos despacio. Sé que estás reconstruyendo tu vida. Pero quiero ser parte de esa construcción. No como el abogado, no como el protector. Solo… como yo.
Mara miró sus manos unidas. Manos que habían peleado guerras distintas y se habían encontrado en la paz.
—Me asusta un poco —admitió Mara—. Que sea tan bueno.
—A mí también —dijo Harris—. Pero creo que el miedo es diferente ahora. No es miedo a perder, es miedo a lo mucho que tenemos para ganar.
Leo gritó desde lejos:
—¡Mamá, Harris! ¡Vengan! ¡Hay un colibrí!
Mara sonrió, una sonrisa completa, radiante, que le llegaba a los ojos. Apretó la mano de Harris.
—Vamos —dijo ella—. Nuestro hijo nos llama.
Harris se detuvo un segundo, saboreando esa palabra. Nuestro. No biológicamente, no legalmente todavía, pero sí en todas las formas que importaban al corazón.
—Vamos —respondió él.
Se levantaron juntos y caminaron por el pasto hacia el niño que señalaba emocionado un pequeño pájaro suspendido en el aire, vibrante y libre.
Atrás quedaron los juzgados, las amenazas, la lluvia fría y los hombres rotos. Frente a ellos solo había luz, un papalote volando alto y la promesa de un futuro que, por fin, les pertenecía completamente.
Y así, bajo el sol de la tarde en la Ciudad de México, Mara Ellison supo que el cuento de hadas no era encontrar a un príncipe. Era descubrir que ella siempre había sido la reina, y que solo necesitaba al compañero adecuado para ayudarla a defender su reino.
FIN
