PARTE 1
Capítulo 1: El Grito en el Jardín
El chillido desgarró la paz de la tarde en Lomas de Chapultepec, un sonido agudo, histérico y cargado de veneno que hizo que el aire caliente de la Ciudad de México se sintiera repentinamente helado. No hubo advertencia ni palabras previas, solo la explosión de violencia bajo la sombra de las bugambilias rosadas que adornaban el inmenso jardín.
—¡Suéltalo! ¡Suéltalo ahora mismo, salvaje! —bramó Isabela, con el rostro desfigurado por una ira que le robaba toda su supuesta elegancia de alta sociedad.
Su mano, con una manicura francesa perfecta, se cerró como una garra de hierro alrededor del antebrazo de Carmen. Las uñas se clavaron en la piel morena, buscando hacer daño, buscando sangre. Carmen, con su uniforme azul impecable y los guantes de goma amarilla aún puestos, trastavilló hacia atrás, pero sus pies se plantaron en la tierra húmeda con una firmeza que nacía del puro instinto de supervivencia. No la suya, sino la del niño.
Carmen no soltó la silla de ruedas. Sus dedos enguantados se aferraban al metal negro del reposabrazos con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos bajo el látex. Su cuerpo pequeño y robusto funcionaba como un escudo humano, un muro frágil de carne y hueso interpuesto entre la furia de la madrastra y el silencio aterrorizado de Leo.
—Señora, por favor, lo está lastimando —suplicó Carmen con la voz quebrada por el miedo, pero sin retroceder ni un milímetro.
Sus ojos, grandes y oscuros, estaban llenos de lágrimas. No por el dolor físico del agarre de Isabela, sino por la angustia de ver a Leo encogerse en su silla. Leo, el hijo del patrón, un adolescente de 14 años que parecía mucho más pequeño debido a la atrofia de sus piernas y al peso de una tristeza antigua, no decía nada. Estaba pálido, con la piel casi transparente bajo la luz dorada del atardecer. Sus manos temblaban sobre sus rodillas inmóviles. Sus ojos iban de una mujer a la otra, como una pelota en un partido mortal. Quería gritar. Quería defender a la única persona que le sonreía en esa mansión fría, pero el miedo le había cosido la boca.
Isabela tiró de nuevo, esta vez con más violencia, sacudiendo todo el cuerpo de la empleada.
—¡No te atrevas a decirme qué hago con mi familia, sucia muerta de hambre! —escupió Isabela, inclinándose hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Carmen con su perfume caro que ahora olía a peligro—. Te vi. Vi lo que estabas haciendo. Eres una ladrona y una abusadora. ¿No es verdad?
—¡No! —gritó Carmen, negando con la cabeza frenéticamente, sintiendo cómo el brazo le ardía donde Isabela la apretaba—. Solo le estaba acomodando la manta. Tenía frío.
—¡Mentira! —Isabela soltó una carcajada seca y cruel—. En este clima no hace frío. Lo estabas tocando. Estabas metiendo tus manos sucias donde no debes, buscando qué robarle al pobre inválido que no se puede defender.
La palabra “inválido” golpeó a Leo más fuerte que cualquier bofetada. El chico bajó la cabeza, clavando la vista en el suelo de adoquines, deseando desaparecer, deseando que la tierra se lo tragara. Carmen vio ese gesto. Vio cómo el alma del niño se rompía un poco más y eso le dio una fuerza inesperada. Con un movimiento brusco, Carmen se zafó del agarre de Isabela.
Fue un acto reflejo, defensivo, pero la señora de la casa lo tomó como una declaración de guerra. Carmen retrocedió un paso, respirando agitadamente, con las manos en alto en señal de paz, mostrando las palmas amarillas de goma.
—No me toque, señora Isabela. Puede gritarme todo lo que quiera. Puede despedirme si le da la gana. Pero no voy a dejar que se acerque a Leo cuando está en ese estado. No mientras yo respire.
Capítulo 2: El Juez y la Sentencia
El silencio que siguió a esa frase fue más aterrador que los gritos. Isabela se quedó quieta, enderezando su espalda. Se pasó la mano por el cabello castaño, recolocando un mechón suelto en su peinado perfecto. Su expresión cambió de la furia roja a una frialdad calculadora. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó sus labios. Era la sonrisa del depredador que sabe que la presa ha caído en la trampa.
—Ah… —susurró Isabela con una voz suave que erizaba la piel—. Me estás desafiando, Carmen. Tú, una simple criada que recogimos de la calle.
Carmen tragó saliva. Sabía que había cometido un error fatal. En el mundo de los ricos de México, los pobres no tienen derecho a la dignidad y mucho menos a la defensa. Pero miró de reojo a Leo, que la observaba con una mezcla de terror y adoración, y supo que no podía arrepentirse.
—Solo protejo al niño —dijo Carmen bajando la voz.
—Veremos quién necesita protección ahora —siseó Isabela.
En ese instante, el sonido de unos pasos pesados sobre la grava del camino principal rompió la atmósfera. Eran pasos de autoridad, pasos de cuero caro y suelas firmes. Pasos que Carmen conocía de memoria y que solían significar seguridad, pero que hoy sonaban a sentencia. Alejandro había llegado.
Isabela giró la cabeza hacia el sonido. En una fracción de segundo, su rostro sufrió una metamorfosis espeluznante. La furia desapareció. La arrogancia se esfumó. Sus ojos se llenaron instantáneamente de lágrimas artificiales. Sus hombros cayeron en una postura de fragilidad absoluta. Se llevó una mano al pecho, simulando una taquicardia por el susto. El escenario estaba montado.
Alejandro se detuvo a cinco metros de la escena. Su figura alta y atlética proyectaba una sombra larga sobre el jardín. Venía con el saco del traje colgado del hombro, la camisa blanca arremangada y la corbata deshecha. Tenía el rostro cansado de un hombre que ha pasado diez horas negociando fusiones millonarias en Santa Fe.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Alejandro. No gritó, no le hizo falta. Su tono de voz vibró en el aire con autoridad.
Isabela no esperó. Se lanzó hacia él, corriendo esos pocos metros con una desesperación teatral y se arrojó a sus brazos, enterrando la cara en su camisa blanca.
—¡Alejandro, gracias a Dios que llegaste! —lloró Isabela—. Tuve tanto miedo, mi amor. ¡Tanto miedo!
—¿Miedo de qué, Isabela? Explícate.
Isabela se separó un poco, señaló a Carmen con un dedo trémulo.
—De ella, Alejandro. De esa mujer. Salí al jardín porque escuché un ruido extraño y la encontré… la encontré encima de Leo.
El mundo de Carmen se detuvo. Sintió que la sangre se le iba a los pies.
—¡Lo estaba obligando a decirle dónde guardamos la caja fuerte y cuando intenté detenerla se me echó encima! —mintió Isabela, mostrando una leve marca roja en su propio brazo, causada por su propio esfuerzo al jalar a Carmen.
Alejandro soltó a su esposa suavemente y caminó hacia Carmen. La empleada, que siempre lo había admirado por ser un hombre justo, vio cómo la justicia se nublaba en sus ojos, reemplazada por el instinto ciego de protección.
—Señor Alejandro, le juro por mi vida, por la memoria de mi madre, que eso no es verdad…
—¡Cállate! —La voz de Alejandro fue un latigazo.
Alejandro miró a Leo. Necesitaba que su hijo hablara.
—Leo —dijo Alejandro tenso—. Hijo, mírame. ¿Carmen te lastimó?
El niño tembló. Miró a Carmen pidiéndole perdón con los ojos. Luego vio a Isabela detrás de su padre, tocando discretamente el bolsillo de su vestido. Leo conocía ese gesto. Si hablaba, las “vitaminas especiales” volverían. La oscuridad volvería. Con un dolor infinito, el niño negó con la cabeza muy levemente, un gesto ambiguo que Alejandro, en su alteración, no supo interpretar.
—¡Mira esto! —Isabela metió la mano en el bolsillo del delantal de Carmen con un movimiento de prestidigitador y sacó algo dorado—. ¡El reloj de tu difunta esposa! ¡Lo tenía en su delantal!
Alejandro miró el reloj brillando bajo el sol. Era el recuerdo de su primer amor. Verlo en las manos de Isabela, supuestamente sacado del uniforme de Carmen, rompió algo dentro de él. Caminó hacia Carmen.
—Yo confié en ti —dijo Alejandro en voz baja, cargada de una decepción letal—. Te abrí las puertas de mi casa… ¡Quítate esos guantes!
—¿Señor?
—¡Que te quites los guantes! —gritó Alejandro—. No mereces tocar nada en esta casa. ¡Lárgate!
Alejandro extendió la mano y, con un movimiento brusco, agarró los dedos del guante derecho de Carmen y tiró. El látex se estiró y chasqueó al soltarse, dejando la mano desnuda, humilde y trabajadora de Carmen expuesta al aire. Fue un gesto de humillación suprema.
—Tienes dos minutos para desaparecer. Si te veo, llamaré a la policía.
Carmen miró su mano desnuda. Miró a Alejandro, un hombre bueno cegado por una víbora. Y luego miró a Leo, que lloraba en silencio. Algo cambió dentro de Carmen. El miedo fue superado por una llamarada de indignación moral. Ella no se iría dejando al niño a merced de esa mujer.
Carmen levantó la vista, se secó las lágrimas con el dorso de la mano desnuda y habló con una voz dura como piedra de río.
—Llame a la policía, señor Alejandro. Llámelos. Pero no me voy a mover de aquí hasta que usted vea lo que su esposa tiene escondido en la mano derecha detrás de la espalda.

PARTE 2
Capítulo 3: La Verdad en la Palma de la Mano
El jardín quedó en un silencio sepulcral. El desafío de Carmen flotó en el aire pesado y tóxico.
Alejandro se detuvo en seco. Miró a Carmen y vio a una mujer destrozada, pero con una mirada de fuego que no coincidía con el perfil de una ladrona. Los ladrones huyen, no exigen ser revisados.
Lentamente, Alejandro giró la cabeza hacia Isabela. Ella estaba rígida, tensa como una cuerda de violín. Su mano derecha, efectivamente, estaba oculta tras los pliegues de su falda gris, apretada contra la parte baja de su espalda.
—¿Qué estupidez es esta? —soltó Isabela con una risa nerviosa—. Alejandro, por favor, ¿vas a caer en el juego de esta desquiciada?
Isabela dio un paso hacia él, intentando usar su cercanía física, su perfume, para nublar el juicio de su esposo. Pero Alejandro dio un paso atrás.
—Enséñame la mano —dijo Alejandro con voz ronca.
—¡Esto es inaudito! —explotó ella—. ¿Me estás revisando a mí, a tu esposa?
—Si no me muestras qué tienes ahí… —intervino Carmen—, el señor nunca sabrá cómo “cuida” usted al niño.
—¡Enséñame la mano! ¡Ahora! —tronó Alejandro.
Isabela, acorralada, intentó una última jugada.
—Bien. Si tanto desconfías, me voy. —Dio media vuelta bruscamente hacia la casa, planeando tirar el objeto en el camino.
—¡No la deje ir! —gritó Carmen—. ¡Lo tirará!
Alejandro corrió. Alcanzó a su esposa en tres zancadas y la agarró por la muñeca derecha. El forcejeo fue grotesco, la fachada de la familia perfecta desmoronándose.
—¡Ábrela! —gritó él.
Isabela luchaba con una fuerza sorprendente, pero Alejandro apretó los tendones de su muñeca. Con un gemido de rabia, la mano de Isabela cedió.
Clac, cling.
De la palma sudorosa cayeron dos objetos. Una jeringa pequeña, vacía, con la aguja aún húmeda, y un frasco de vidrio color ámbar sin etiqueta.
Alejandro retrocedió, mirando los objetos en el suelo con ojos desorbitados.
Carmen se dejó caer de rodillas y señaló la evidencia.
—Ahí está —sollozó—. Ahí está el “sueño” del niño Leo. Es sedante, señor. Sedante fuerte. La escuché por teléfono diciendo que la dosis era suficiente para mantenerlo “tranquilo” y que no molestara hasta que usted volviera.
—¿Le inyectas… drogas a mi hijo? —preguntó Alejandro, temblando.
—Es homeopatía… —intentó mentir Isabela, pero Leo, desde su silla, gritó.
—¡Miente!
Todos giraron. Leo se subió la manga de su camiseta.
—¡Mira, papá! —gritó el niño, mostrando su brazo delgado.
Era un mapa de dolor. Moretones viejos, marcas de pellizcos y cinco pinchazos recientes, rojos e inflamados.
—Ella me dijo que si te contaba, tú te irías para siempre porque querías un hijo normal, no uno lisiado.
Alejandro cayó de rodillas junto a su hijo. El dolor en su pecho fue un infarto emocional. Había estado tan ocupado haciendo dinero que había dejado al lobo entrar en la cueva.
Capítulo 4: La Caída de la Reina
Alejandro se levantó lentamente. Ya no había lágrimas en sus ojos, solo una oscuridad terrible.
—Lárgate —dijo a Isabela.
—Alejandro, espera, déjame explicarte…
—¡No vuelvas a pronunciar el nombre de mi hijo! —rugió él—. Tienes cinco minutos. Sin maletas. Sin joyas. Sin el auto. Te vas con lo que traes puesto.
Isabela, viendo que su juego había terminado, corrió hacia la casa, no para obedecer, sino para saquear la caja fuerte. Pero Alejandro, anticipando su codicia, la siguió. La encontró en el dormitorio principal, llenándose los bolsillos con fajos de billetes y collares.
—Eres patética —dijo Alejandro desde el umbral.
En ese momento, las sirenas de la policía inundaron la entrada, alertadas por la llamada que Carmen había hecho minutos antes siguiendo una orden previa de Alejandro.
Los oficiales entraron. Isabela fue esposada contra la pared, gritando insultos, perdiendo sus zapatos, arrastrada fuera de su palacio de mentiras como una criminal común.
Cuando la patrulla se fue, Alejandro bajó al jardín. Encontró a Carmen abrochando el botón de la camisa de Leo con una ternura infinita. El millonario se apoyó en la pared y lloró. Lloró por el tiempo perdido, por su ceguera, y porque sabía que echar a Isabela era la parte fácil. Reparar a su hijo sería lo difícil.
Capítulo 5: La Noche de los Demonios
La mansión, que durante el día parecía un palacio de luz y mármol, se transformó al caer la noche en una caverna de sombras alargadas y silencios pesados. Afuera, una tormenta de verano azotaba los cristales blindados con una furia que parecía personal. Los relámpagos iluminaban intermitentemente los pasillos vacíos, creando fantasmas de luz blanca que danzaban sobre los cuadros caros y las estatuas frías.
Alejandro no podía dormir. Estaba sentado en el borde de su cama king-size, aún vestido con los pantalones de traje y la camisa blanca arrugada de un día que había durado cien años. Miraba sus manos. Manos que habían firmado contratos millonarios, manos que habían cerrado tratos en Tokio y Nueva York, pero que se sentían inútiles, torpes y vacías. El silencio de la casa no era paz; era una acusación. Cada minuto que pasaba en esa quietud, su mente reproducía la imagen de la jeringa cayendo de la mano de Isabela.
El reloj digital en su mesita de noche marcó las 3:17 a.m.
Fue entonces cuando el grito rompió la realidad.
No fue un llanto de niño, ni una queja de pesadilla. Fue un alarido gutural, un sonido rasgado y animal que provenía de la habitación de Leo al final del pasillo. Un sonido de puro terror biológico.
Alejandro se levantó de un salto, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo neumático. Corrió por el pasillo oscuro, resbalando casi en el piso pulido, guiado únicamente por los gritos continuos que ahora se mezclaban con golpes secos.
—¡No! ¡Quítamelas! ¡Me queman! ¡Me queman!
Alejandro irrumpió en la habitación de su hijo y encendió la luz principal. Lo que vio lo paralizó en el umbral. La escena era un cuadro de tortura.
Leo no estaba en la cama. Estaba en el suelo, enredado entre las sábanas de seda que había arrancado en su frenesí. Su cuerpo, frágil y dolorosamente delgado, se arqueaba en espasmos violentos. Tenía los ojos desorbitados, mirando al vacío, o mejor dicho, mirando cosas que solo existían en la química alterada de su cerebro. Se rascaba los brazos con una violencia autodestructiva, sus uñas dejando surcos rojos sobre la piel pálida, abriendo de nuevo las costras de los pinchazos viejos.
—¡Leo! —gritó Alejandro, lanzándose al suelo junto a él. Intentó sujetarle las muñecas para que dejara de lastimarse—. ¡Hijo, detente! ¡Soy yo, soy papá!
El contacto físico pareció empeorar las cosas. Leo reaccionó como si lo hubiera tocado un hierro al rojo vivo.
—¡Suéltame, monstruo! —aulló el niño, lanzando una patada ciega que impactó de lleno en el pecho de Alejandro, dejándolo sin aire—. ¡Vete! ¡Vienen las arañas! ¡Están debajo de la piel!
Leo se retorció, golpeando su cabeza contra la pata de madera de la cama. La sangre comenzó a brotar de una pequeña herida en su ceja, mezclándose con el sudor frío que empapaba su rostro.
Alejandro retrocedió, aterrado, gateando hacia atrás hasta chocar con la pared. Nunca había visto algo así. En su mundo corporativo, los problemas eran lógicos: números rojos, demandas, competencia. Se solucionaban con estrategias, con abogados, con dinero. Pero esto… esto era un infierno fisiológico contra el que su tarjeta American Express Black no tenía ningún poder.
El pánico se apoderó de él. Su mente racional colapsó. Necesito un médico. Necesito al mejor neurólogo. Necesito sedarlo.
Buscó su teléfono celular con manos temblorosas, casi dejándolo caer dos veces. Iba a llamar al director del Hospital Ángeles. Iba a ordenar que enviaran una ambulancia, un helicóptero si era necesario. Iba a pagar lo que fuera para que alguien, quien fuera, entrara ahí y parara ese sufrimiento, para que silenciara los gritos que le estaban destrozando el alma.
—Voy a llamar… aguanta, Leo, voy a llamar… —balbuceaba Alejandro, marcando el número con dedos torpes.
Justo cuando su dedo iba a presionar el botón de llamada, la puerta de la habitación se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo.
Carmen entró.
No llevaba su uniforme azul impecable. Llevaba una bata de algodón desgastada color rosa pálido y el pelo suelto, negro y largo, cayéndole sobre los hombros como una cascada salvaje. No traía miedo en la cara; traía una determinación feroz, ancestral.
Vio a Alejandro con el teléfono en la mano y a Leo convulsionando en el suelo. Sus ojos brillaron con una autoridad que no admitía réplica.
—¡No llame a nadie! —ordenó Carmen. Su voz cortó el aire, más afilada que un bisturí.
Alejandro la miró, aturdido, con el teléfono aún en la oreja.
—¡Está convulsionando, Carmen! ¡Míralo! ¡Se está matando! ¡Necesita un médico, necesita medicina!
Carmen cruzó la habitación en tres zancadas largas. Le arrancó el teléfono de la mano a Alejandro con una violencia sorprendente y lo arrojó sobre el colchón de la cama.
—¡Si llama a los médicos, lo van a sedar! —gritó ella, enfrentándolo cara a cara. Alejandro podía ver el fuego en sus ojos oscuros—. ¿No entiende? Su cuerpo está gritando porque le falta la droga. Esa mujer lo tuvo sedado meses. Si le meten más químicos ahora para callarlo, nunca va a salir de esto. ¡Va a ser un zombi para siempre! Tiene que salir, señor. El veneno tiene que salir.
—¡Pero le duele! ¡No puedo verlo sufrir así! —Alejandro se quebró, las lágrimas corriendo libremente por su cara, mezclándose con el sudor del miedo.
—¡Pues tendrá que aguantarse! —Carmen lo agarró por las solapas de su camisa de marca y lo sacudió levemente, obligándolo a mirarla—. Usted es su padre. Deje de querer pagar para que otros resuelvan el dolor de su hijo. ¡Le toca a usted!
Carmen soltó a Alejandro y se giró hacia Leo. El niño seguía gritando, ahora en posición fetal, llorando por seres imaginarios que lo atacaban. Carmen no dudó. Se tiró al suelo, no con delicadeza, sino con urgencia. Se colocó detrás de Leo y lo atrapó en un abrazo de contención, una técnica que parecía mitad enfermería, mitad lucha libre. Rodeó el pecho del niño con sus brazos fuertes, inmovilizándolo contra su propio cuerpo, cruzando las piernas sobre las de él para evitar que siguiera pataleando.
—¡Suéltame, bruja! ¡Me duele! —chillaba Leo, babeando, completamente fuera de sí.
—Shhh… ya pasa, mi vida, ya pasa —susurraba Carmen directamente al oído del niño, balanceándose rítmicamente hacia adelante y hacia atrás. Su tono de voz cambió radicalmente; ya no era la guerrera que gritaba al patrón, era la madre tierra calmando una tormenta—. Saca el odio, Leo. Grítalo todo. Insúltame si quieres. Pero no te voy a soltar. Aquí está la Carmen. Aquí estoy.
Alejandro se quedó paralizado, respirando agitadamente, sintiéndose un espectador inútil de la agonía de su propia sangre. Ver a Leo así, reducido a un animalito asustado y dolorido por culpa de su propia negligencia, fue el castigo más brutal que Alejandro podría haber recibido. Cada grito de Leo era un latigazo en su conciencia.
—¿Qué hago? —preguntó Alejandro con la voz rota, convertida en un susurro desesperado—. Carmen, por Dios, dime qué hago. Me siento… me siento inútil.
Carmen levantó la vista sin dejar de mecer a Leo. Tenía el pelo revuelto y una línea de sangre en el labio donde Leo la había golpeado accidentalmente con un cabezazo, pero sus ojos eran faros en la oscuridad.
—Deje de lamentarse y actúe —dijo ella jadeando por el esfuerzo físico—. Traiga paños con agua helada, tiene fiebre de cuarenta grados. Y traiga un balde, el más grande que encuentre. Va a vomitar, el estómago no le va a aguantar. Y después… después siéntese aquí y agárrele la mano.
—¿Solo eso?
—Es lo más difícil del mundo, señor. No soltarlo aunque le grite que lo odia. Corra.
Alejandro corrió. Corrió al baño principal como si su vida dependiera de ello. Sus manos de ejecutivo, acostumbradas a sostener plumas estilográficas y copas de cristal, ahora llenaban el lavabo de mármol con agua fría. Buscó toallas, tirando los frascos de lociones importadas al suelo en su prisa. Encontró un cesto de basura de plástico y vació su contenido al suelo.
No llamó a la servidumbre nocturna. No quiso testigos. Sabía, instintivamente, que esta era su penitencia. Tenía que hacerlo él. Tenía que ensuciarse las manos.
Cuando volvió a la habitación, el olor había cambiado. Ya no olía a lavanda y limpieza. Olía a sudor ácido, a orina y a miedo. Leo estaba teniendo arcadas secas, dolorosas, que sacudían todo su esqueleto.
Carmen le sostenía la frente con una ternura infinita, apartándole el pelo empapado.
—Aquí está el balde —dijo Alejandro, cayendo de rodillas al otro lado de Leo.
Justo a tiempo. Leo vomitó una bilis amarillenta y espesa. El olor fue nauseabundo, llenando el espacio cerrado. Alejandro sintió una arcada propia, un reflejo de asco natural, pero lo tragó. Miró a su hijo, humillado por su propio cuerpo, y el asco desapareció, reemplazado por una compasión devastadora.
Carmen limpió la boca de Leo con el borde de su propia bata, sin importarle mancharse.
—Los paños, señor. En la nuca y en la frente. Rápido.
Alejandro exprimió las toallas heladas. Sus manos temblaban, pero cuando tocaron la piel ardiendo de Leo, se volvieron firmes. Leo se estremeció violentamente al contacto con el frío. Abrió los ojos por un segundo. Sus pupilas estaban dilatadas, negras como pozos, pero por un instante, parecieron enfocar. El frío lo trajo de vuelta a la realidad, sacándolo de la alucinación.
—¿Papá? —gimió Leo. Su voz era pequeña, rasposa, rota. Sonaba como el niño de cinco años que alguna vez fue, antes de que la mansión se volviera fría.
Alejandro sintió que se le rompía el alma en mil pedazos irreparables. Acercó su rostro al de su hijo, ignorando el olor a vómito.
—Aquí estoy, Leo. Aquí estoy, campeón.
—Me duele… —lloró el niño, las lágrimas limpiando la suciedad de sus mejillas—. Siento bichos dentro de los huesos, papá. Haz que paren. Por favor, diles que paren.
—Lo sé, hijo, lo sé —Alejandro tomó la mano de Leo. Estaba fría y pegajosa, pero la apretó con fuerza, entrelazando sus dedos—. Es la medicina mala saliendo. Tienes que ser fuerte. Es como… es como cuando te caes y te raspas, pero por dentro. Va a pasar. Te lo juro que va a pasar.
—Tengo miedo…
—Yo también —confesó Alejandro, y fue la primera verdad absoluta que había dicho en años. Besó los nudillos de su hijo, manchándose los labios de sudor—. Yo también tengo un miedo terrible, Leo. Pero no me voy a ir. Mírame. No voy a ir a ninguna reunión. No voy a ir a la oficina. Estoy aquí. No me voy a mover ni un milímetro hasta que los bichos se vayan.
Pasaron las horas. Fueron las horas más largas y oscuras de la vida de Alejandro.
La tormenta afuera amainó, pero la tormenta en la habitación continuó. Hubo más vómitos. Hubo más gritos. Hubo momentos en los que Leo, delirando de nuevo, insultó a su padre, culpándolo de su soledad, gritándole verdades que Alejandro había intentado ignorar durante años.
—¡Nunca estabas! ¡Compraste a esa mujer! ¡Tú tienes la culpa!
Alejandro aguantó cada palabra como si fuera una puñalada merecida. No se defendió. Solo asentía, limpiaba, cambiaba los paños y seguía sosteniendo la mano.
Carmen estaba allí como una roca, como un general en la batalla. Le daba sorbos de agua con azúcar a Leo para que no se deshidratara. Le masajeaba las piernas acalambradas con aceite que había traído de su cuarto. Tarareaba canciones de cuna indígenas, melodías antiguas y repetitivas que parecían tener un efecto hipnótico en el caos.
Y Alejandro aprendió.
En esa madrugada interminable, aprendió a limpiar el vómito de su hijo sin hacer muecas. Aprendió a cambiar unas sábanas con una persona encima. Aprendió a leer la respiración de Leo para saber cuándo venía otra ola de dolor. Aprendió que el amor no es un sentimiento etéreo y poético; el amor es un trabajo sucio, físico y agotador. El amor es sostener un balde mientras otro ser humano se deshace.
Cerca del amanecer, cuando la luz grisácea empezó a filtrarse por las cortinas pesadas, la fiebre rompió.
El cuerpo de Leo dejó de temblar. Su respiración, antes errática y superficial, se volvió profunda y rítmica. Cayó en un sueño pesado, natural, el primer sueño verdadero en meses sin ayuda química.
La habitación quedó en silencio. Olía a enfermedad, a encierro y a humanidad cruda.
Alejandro se dejó caer sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas estiradas. Estaba exhausto. Le dolía cada músculo. Su camisa de seda estaba arruinada, manchada de fluidos biológicos y arrugada.
Carmen bajó de la cama con movimientos lentos y cuidadosos para no despertar a Leo. Se arregló la bata, se recogió el pelo con las manos y caminó hacia Alejandro. Sin pedir permiso, sin decir palabra, se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo a su lado. Mantuvo una distancia respetuosa, pero cercana, rompiendo la barrera invisible que siempre los había separado.
Durante unos minutos, solo se escuchó la respiración de los tres.
—Lo hizo bien, patrón —susurró ella, mirando hacia la cama donde Leo dormía.
Alejandro giró la cabeza para mirarla. A la luz del amanecer, Carmen parecía cansada, con ojeras profundas marcadas bajo los ojos, pero le pareció hermosa. De una manera que nunca había notado. No era la belleza plástica y maquillada de Isabela. Era una belleza real, geológica, forjada en la compasión y la resistencia.
—Tú lo salvaste —dijo Alejandro con voz ronca—. Yo solo te pasaba las toallas.
Carmen negó con la cabeza suavemente.
—Usted es su padre. Su voz fue lo que lo trajo de vuelta cuando estaba alucinando. Él necesitaba saber que usted no le tenía asco. Que usted no le tenía miedo a su dolor. Los hijos necesitan saber que sus padres pueden soportar verlos rotos sin salir corriendo.
Alejandro miró sus propias manos, sucias y temblorosas.
—Toda mi vida pensé que ser padre era proveer —confesó, hablando más para sí mismo que para ella—. Pensé que si vivían en esta casa, si iban a los mejores colegios, si no les faltaba nada material… yo estaba cumpliendo.
Alejandro se cubrió la cara con las manos, frotándose los ojos ardientes.
—Casi lo mato, Carmen. Dejé que esa mujer entrara aquí, le di poder sobre él y casi lo mato con mi indiferencia. ¿Cómo se perdona uno algo así?
—El “casi” es lo que importa, señor —dijo Carmen con firmeza, poniendo una mano sobre el antebrazo de Alejandro. Fue un toque breve, pero eléctrico—. Hoy empieza de nuevo. El pasado no se puede borrar, pero se puede reparar. Las cicatrices de Leo van a estar ahí, pero también va a estar el recuerdo de que esta noche, usted no se fue.
Se quedaron en silencio un momento más, compartiendo el cansancio de la batalla ganada. Alejandro sintió una gratitud tan inmensa hacia esa mujer que le oprimía el pecho.
—Carmen.
—¿Sí, señor?
—Gracias. —Alejandro la miró intensamente a los ojos, desnudando su vulnerabilidad—. No sé qué habría hecho sin ti esta noche. Probablemente habría llamado a los médicos, lo habrían sedado y el ciclo habría empezado de nuevo. Tú rompiste el ciclo. Tú me salvaste a mí también.
Carmen sonrió levemente, una sonrisa tímida y cansada. Se puso de pie, haciendo crujir sus rodillas, y se sacudió la bata.
—Voy a preparar café, señor. Va a ser un día largo. Usted necesita fuerzas y Leo va a despertar con hambre.
Alejandro la vio caminar hacia la puerta. Por primera vez en años, esa casa inmensa y fría no se sentía como un museo o una oficina. Se sentía vagamente, dolorosamente, como un hogar.
—Café suena a gloria —murmuró Alejandro.
Se levantó con dificultad, sintiendo el peso de la noche en sus huesos, y caminó hacia la cama de su hijo para acomodarle la manta una última vez antes de bajar. Al tocar la frente fresca de Leo, supo que la pesadilla había terminado, pero el trabajo duro apenas comenzaba.
