EL MILAGRO DEL CONSERJE: EXTRAJO LO QUE LOS DOCTORES NEGARON POR 10 AÑOS Y LE DEVOLVIÓ LA VIDA A UNA NIÑA

CAPÍTULO 1: El Sonido del Milagro y el Peso del Silencio

El silencio en la mansión de los De la Mora en San Pedro Garza García no era un silencio normal. Era un silencio denso, caro, casi asfixiante, de esos que solo se encuentran en las casas donde sobra el dinero pero falta la vida. Yo estaba ahí, de rodillas sobre el piso de madera fina, con el corazón martilleando contra mis costillas como si quisiera escaparse de mi pecho.

Mis manos, acostumbradas a cambiar filtros de aire y reparar circuitos eléctricos, no dejaban de temblar. Entre mis dedos sostenía unas pinzas de precisión, esas que usaba para la fibra óptica, y en la punta de metal brillaba algo oscuro, algo húmedo, algo que parecía sacado de una pesadilla.

—¡Lucía! —el grito desgarró el aire.

Alejandro de la Mora, el hombre que Forbes llamaba “el empresario más frío de México”, entró como un torbellino en el pasillo. Sus zapatos italianos resonaron con violencia contra el suelo. Su rostro, siempre impecable y calculador, estaba desencajado por un terror que el dinero no podía comprar.

Al ver a su hija de diez años en el suelo, temblando, con las manos presionadas contra sus orejas como si intentara arrancárselas, Alejandro se detuvo en seco. Su mirada saltó de la niña a mis manos, y luego a mis ojos. En ese segundo, vi cómo se transformaba de un padre asustado en un depredador letal.

—¿Qué le hiciste? —su voz fue un susurro sibilante, cargado de una promesa de destrucción.

A mis espaldas, Tomás, el jefe de seguridad —un ex-militar de esos que parecen hechos de puro granito—, ya tenía la mano en su radio. Su sombra me cubrió por completo. Podía sentir la amenaza física emanando de él, el peso de una fuerza que podría aplastarme antes de que terminara mi siguiente frase.

—Aléjate de la niña, Trejo. Ahora mismo —ordenó Tomás, y escuché el clic metálico de algo que no quise identificar.

Pero yo no podía moverme. No era solo el miedo. Era Lucía. La pequeña Lucía, que había pasado una década en un vacío absoluto, estaba emitiendo sonidos. No eran gritos de dolor, aunque lo parecían. Eran sonidos ásperos, crudos, notas sin formar que salían de unas cuerdas vocales que nunca habían sido entrenadas, que nunca habían tenido un eco en el mundo exterior.

—Ah… ah… —jadeaba ella. Sus ojos, de un azul pálido que parecía ver a través de las cosas, estaban desorbitados. Las lágrimas le surcaban las mejillas, pero no se movía. Estaba escuchando. Estaba escuchando el roce de mi ropa, la respiración agitada de su padre, el zumbido del aire acondicionado que yo mismo había reparado la semana anterior.

—Señor De la Mora, por favor, escúcheme —logré decir, aunque mi voz sonaba pequeña en esa inmensa galería de arte que llamaban hogar.

Tomás me agarró del hombro con una fuerza que me hizo soltar un quejido, obligándome a soltar las pinzas. El metal tintineó sobre el suelo. Me arrastró lejos de Lucía, tirándome de espaldas contra la pared fría.

—¡No te muevas! ¡Manos donde pueda verlas! —gruñó el guardia.

Me quedé ahí, con las palmas contra la pared, viendo cómo el hombre más poderoso de Monterrey se dejaba caer de rodillas frente a su hija. Su traje de miles de pesos se arrugó, pero a él no le importó. Sus manos, que firmaban contratos que cambiaban la economía del país, flotaban indecisas cerca de los hombros de Lucía, temiendo que si la tocaba, el momento se rompería.

—Mi amor… —susurró Alejandro. Su voz, que solía dominar salas de juntas, estaba rota—. Papá está aquí. ¿Puedes… puedes oírme?.

Lucía levantó la cabeza lentamente. La confusión en su rostro era algo que me desgarraba el alma. Miró a su padre, movió los labios, luchando con músculos que solo conocían el silencio.

—Pa… pá —dijo ella.

La palabra fue apenas un susurro, una vibración malformada, pero en el silencio de esa mansión, sonó como un trueno. Alejandro se quedó petrificado. Sus labios temblaron. Cerró los ojos con fuerza, como si esperara despertar de un sueño demasiado cruel.

—Te… oigo —repitió Lucía, con una claridad que nos cortó la respiración a todos.

Fue entonces cuando me atreví a hablar de nuevo, ignorando la mirada de advertencia de Tomás.

—Mire las pinzas, señor. Por favor —dije, señalando el objeto en el suelo.

Alejandro giró la cabeza. Sus ojos se fijaron en las pinzas y en la masa oscura que se aferraba a las puntas de acero. Por un segundo, la lógica de un CEO intentó procesar lo que veía, buscando una explicación que no fuera un milagro ilegal realizado por un conserje.

—¿Qué es eso? —preguntó, con una voz que ya no era de jefe, sino de un hombre desesperado por entender por qué su mundo acababa de dar un giro de 180 grados.

—No es lo que parece, señor —respondí, tratando de recordar cada palabra de los libros de medicina de mi madre que guardaba en mi departamento de la colonia Independencia.— No es un insecto vivo. Eso sería imposible después de tanto tiempo. Lo que ve ahí son los restos desecados de algo que entró en su oído hace años. Probablemente cuando era una bebé. Se quedó ahí, atrapado en lo profundo del canal. Con el tiempo, se cubrió de cera, de piel muerta, de tejido cicatricial… se convirtió en un tapón sólido que aisló su tímpano por completo.

Alejandro se levantó, mirando la masa con una mezcla de asco y fascinación.

—Eso es absurdo —sentenció, aunque su voz carecía de convicción—. La llevamos a los mejores especialistas del mundo. Houston, Nueva York, Berlín… Todos dijeron lo mismo: daño neurológico. Sordera sensorial profunda. Incurable.

—Lo sé, señor. Lo leí en sus expedientes —dije, arriesgándome a confesar que había estado husmeando donde no debía—. Pero piense en esto: ¿alguno de esos “eminentes” doctores se tomó dos minutos para mirar dentro de su oído con una simple linterna? ¿O estaban demasiado ocupados programando resonancias magnéticas y pruebas genéticas de cinco mil dólares?.

La pregunta golpeó a Alejandro con la fuerza de una bofetada física. Vi cómo su mente repasaba diez años de consultas, de viajes, de esperanzas rotas.

—Buscaban algo complejo, señor. Buscaban problemas en el cerebro, en los nervios —continué, ganando confianza—. Pero nadie buscó un bloqueo físico. El tapón estaba tan profundo y en un ángulo tan difícil que solo se veía si ella movía la mandíbula de cierta forma. Una vez que le pusieron la etiqueta de “sorda neurológica”, cada doctor que la vio después dejó de buscar la causa. Solo buscaban confirmar lo que el doctor anterior había dicho. Se llama anclaje diagnóstico, señor.

En ese momento, Lucía volvió a presionar sus oídos, gimiendo. El sonido del mundo era demasiado para ella. Alejandro se arrodilló de nuevo, pero esta vez me miró a mí. No con odio, sino con una súplica que nunca esperé ver en un hombre como él.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó.

—Porque yo le puse atención, señor —respondí, y sentí un nudo en la garganta al recordar a mi madre—. Mi mamá era enfermera. Ella siempre decía que la medicina no es tecnología, es saber mirar. Me enseñó que antes de buscar explicaciones complicadas, hay que descartar las sencillas. Y porque Lucía me lo dijo.

—¿Ella te lo dijo? —Alejandro frunció el ceño.

—A su manera. Cada vez que pasaba por el jardín o la veía en el pasillo, ella se tocaba la oreja derecha. No era un gesto de frustración, era un gesto de dolor. Aprendí señas básicas solo para preguntarle qué sentía. Ella me confesó que sentía que algo “quemaba” ahí dentro. Sus doctores dijeron que eran “comportamientos obsesivos” de una niña sorda. Yo vi a una niña con un objeto extraño en el oído.

Alejandro bajó la mirada hacia su hija, que ahora lloraba en silencio, abrazada a él. El hombre que nunca se quebraba, el que despedía a directivos sin parpadear, dejó que una lágrima cayera sobre el hombro de la pequeña.

En ese pasillo rodeado de lujos, yo seguía siendo solo el conserje, el hombre que no debería estar ahí. Pero por un instante, el silencio de San Pedro se llenó de algo más que dinero: se llenó de verdad. Y yo sabía, mientras Tomás me soltaba lentamente el brazo, que mi vida, tal como la conocía, se había terminado para siempre.


La Sombra de un Pasado que no Perdona

Para que entiendas cómo llegué a ese momento, cómo un chavo de 22 años terminó haciendo una cirugía ilegal en la sala de un billonario, tengo que contarte de dónde vengo.

Crecí en una colonia donde el pavimento es un lujo y el agua llega cuando quiere. Mi jefa, Patricia Trejo, era de esas mujeres que parecen hechas de acero y ternura. Trabajaba turnos dobles en el hospital público, siempre con los zapatos blancos impecables a pesar de caminar por calles de tierra.

—Marcos —me decía ella mientras estudiábamos en la mesa de la cocina—, la mayoría de la gente camina ciega por la vida. Ven enfermedades, no ven personas. Ven diagnósticos, no ven seres humanos. Si quieres hacer una diferencia, aprende a ver lo que los demás deciden ignorar.

Ella quería que yo fuera médico. Tenía ahorrado cada peso para mi carrera. Pero el sistema que ella tanto amaba le dio la espalda. Cuando el cáncer de mama la golpeó, ella no quiso faltar al trabajo. “No podemos pagar las cuentas si no voy”, decía con esa sonrisa cansada que todavía me persigue.

Para cuando finalmente la obligué a ir a urgencias, ya era etapa 4. El seguro no cubrió todo. Las deudas se tragaron mis ahorros para la universidad, se tragaron la casa, se tragaron nuestra paz. Ella murió dos semanas después de mi cumpleaños 18.

Me quedé solo con mi hermanita Mía, que entonces tenía 9 años. Tuve que elegir: o seguía mis sueños de bata blanca, o nos quedábamos en la calle. Así que elegí ser invisible. Me convertí en el tipo que limpia los baños, el que arregla los climas, el que nadie nota mientras mueve sus herramientas por las mansiones de los ricos.

Pero nunca dejé de estudiar. Por las noches, cuando Mía se dormía, yo sacaba los viejos libros de texto de mi mamá. Los leía no porque pensara usarlos, sino porque me hacían sentir que ella todavía estaba ahí, sentada al otro lado de la mesa, recordándome que nunca debía dejar de mirar.

Ese conocimiento, el que guardé en las sombras de mi cuarto humilde, fue el que me permitió ver lo que los especialistas de renombre no pudieron: que Lucía no estaba dañada, solo estaba bloqueada.

El Dilema del Héroe Accidental

Recuerdo el día que decidí cruzar la línea. Fue una tarde de mucho calor en Monterrey. Lucía estaba sentada junto a la alberca, con la cara roja del dolor, apretándose la cabeza. Nadie la estaba viendo. Su niñera estaba con el celular y los guardias cuidaban el perímetro, no el corazón de la niña.

Me acerqué con el corazón en la garganta. Le hice la señal de “¿estás bien?” que había practicado mil veces. Ella me miró con una desesperación que no olvidaré mientras viva. Me dejó ver. Me dejó usar mi linterna.

Cuando vi ese objeto oscuro al final del canal, lo supe. Supe que si decía algo, el señor De la Mora la llevaría de nuevo a un hospital, la someterían a más pruebas traumáticas, y tal vez, solo tal vez, volverían a ignorar lo obvio. O peor, ella se negaría a hablar por miedo a las agujas y el dolor seguiría ahí, destruyéndola por dentro.

—Lo voy a intentar —le dije en señas, aunque mis manos temblaban tanto que apenas podía formarlas.— Pero si duele, me detengo. Trato hecho?.

Ella asintió. Esa confianza de una niña en un extraño con una caja de herramientas fue lo más pesado que he cargado en mi vida.

Fui a mi camioneta, busqué mis pinzas más finas y el antiséptico. Sabía que si fallaba, mi vida se acababa ahí mismo. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era ilegal, temerario, una locura. Pero recordé la voz de mi mamá: “A veces, hacer lo correcto significa romper las reglas, mijo”.

Y lo hice. Con la precisión de un cirujano y el miedo de un criminal, extraje esa masa que le había robado diez años de risas, de música, de la voz de su padre.

Ese fue el final de mi vida como “invisible” y el comienzo de algo que todavía no sé cómo nombrar.

Capítulo 2: El Encuentro con la Sombra y el Peso del Oro

Salí de la pequeña vivienda en la calle de Magnolia sintiendo que las paredes se me venían encima. El aire se había vuelto denso, cargado con el olor a la lluvia que golpeaba con furia el pavimento de la colonia Guerrero. Mi madre se quedó sentada a la mesa, con la mirada perdida en ese mantel de cuadros que tantas veces había limpiado, pero que hoy parecía incapaz de absorber la mancha de la traición que acababa de revelarse.

Caminé sin rumbo fijo al principio. Mis botas de trabajo, esas que tenían la punta de acero y estaban cubiertas de una costra eterna de mezcla y polvo de ladrillo, chapoteaban en los charcos. Cada paso era un recordatorio de mi realidad: yo era el tipo que cargaba bultos, el que se asoleaba en las alturas de los edificios en construcción, el que contaba los centavos para que la “raya” del sábado alcanzara para el gas y un par de cervezas. Y mientras tanto, mi padre, el hombre que me dio la vida, había muerto rodeado de sábanas de seda y mármol en las Lomas de Chapultepec.

—¿Por qué, jefa? —murmuré para mis adentros, sintiendo que el agua fría que me resbalaba por el cuello no era nada comparada con la frialdad que sentía en el pecho.

Mis pasos me llevaron, casi por instinto, a “El Recreo”. Es una cantina de esas que ya no quedan muchas en la Ciudad de México, donde el tiempo parece haberse detenido en los años setenta. Al empujar las puertas batientes, el olor a serrín húmedo, orines viejos y tabaco barato me dio la bienvenida. Ahí estaba Ramiro, sentado en el mismo rincón de siempre, bajo un calendario de una marca de cerveza que tenía al menos cinco años de antigüedad.

Ramiro no era solo un cliente asiduo; era el compadre de mi madre y el hombre que me había conseguido mi primer trabajo como chalán. Siempre lo vi como un tío, como la figura masculina que llenó el hueco que dejó el “ausente”. Al verme entrar, con la ropa empapada y los ojos inyectados en rabia, Ramiro dejó su caballito de tequila a medio camino de la boca.

—Te ves como si hubieras visto al diablo, Mateo —dijo con una voz pastosa, intentando disimular el temblor de sus manos.

—Vi algo peor, Ramiro. Vi la verdad —me senté frente a él, golpeando la mesa de madera desgastada—. Vi el acta de defunción de Julián Alcázar. Y vi la cara de mi madre cuando me confesó que tú sabías todo.

Ramiro cerró los ojos y soltó un suspiro largo, un suspiro que parecía haber estado guardando durante décadas. Se llevó la mano a la frente, frotándose las arrugas que el tiempo y el alcohol le habían labrado.

—Mateo, hijo… no me mires así. Yo solo seguía instrucciones —susurró, evitando mi mirada—. Julián no era un hombre con el que pudieras jugar a las vencidas.

—¿Instrucciones? —me incliné hacia él, invadiendo su espacio—. Me viste crecer con los zapatos rotos, Ramiro. Me viste trabajar desde los doce años vendiendo chicles en el metro y luego cargando bultos que me doblaban la espalda. ¿Esas eran las instrucciones? ¿Vernos sufrir mientras él se bañaba en oro a unos kilómetros de aquí?

Ramiro pidió otro tequila con un gesto rápido al cantinero. Sabía que la conversación iba a ser larga y dolorosa.

—Tu padre era un cobarde, sí —admitió Ramiro, finalmente mirándome—. Pero también era un hombre acorralado. Su familia, los Alcázar de abolengo, tienen una red de poder que ni te imaginas. Cuando dejó a tu madre, no fue porque no la quisiera. Fue porque su propio padre lo amenazó con desheredarlo y, peor aún, con hacer que tu madre “desapareciera” del mapa si él reconocía a un hijo fuera del matrimonio, especialmente un hijo de la Guerrero.

—No me salgas con cuentos de la época de la Inquisición, Ramiro —solté con desprecio—. Estamos en el siglo veintiuno. Pudo habernos buscado. Pudo haber sido un hombre.

—Y lo fue, a su manera retorcida —insistió Ramiro, sacando un fajo de billetes viejos para pagar la cuenta—. ¿De dónde crees que salió el dinero para tu operación de la apéndice cuando tenías diez años? ¿O para que tu jefa no perdiera la casa cuando se enfermó de los pulmones? Todo ese dinero venía de él, Mateo. Yo era el puente. Yo entregaba los sobres para que ustedes no preguntaran de dónde venía la “ayuda divina”.

Sentí un asco profundo. Mi vida entera había sido una caridad disfrazada. Cada momento de alivio económico había sido una limosna de un hombre que no tuvo el valor de abrazarme.

—Él me buscó hace un mes —continuó Ramiro, bajando la voz al mínimo—. Estaba en las últimas. El cáncer se lo estaba comiendo por dentro y el remordimiento por fuera. Me dio algo para ti. Dijo que era la única forma de que tú y Elena tuvieran justicia.

Ramiro metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero gastada y sacó un sobre de papel manila, doblado y manchado de grasa. Me lo extendió con la solemnidad de quien entrega un testamento de muerte.

—Ahí está la llave de una oficina en la calle de Donceles. Y la dirección exacta. Julián dejó documentos ahí que no están en el testamento oficial. Documentos que prueban que tú eres su hijo primogénito y que tienes derecho a la mitad de las acciones de la constructora Alcázar.

Tomé el sobre. Mis dedos temblaban. No por el dinero, sino por el peso de la identidad que se me había negado.

—¿Por qué me lo das hasta ahora? —pregunté, sintiendo que la rabia se mezclaba con una curiosidad amarga.

—Porque él puso una condición: que solo te lo entregara si él moría. Sabía que si lo intentabas reclamar mientras él vivía, su esposa Beatriz y su hijo Julián Jr. te habrían destruido. Ahora… ahora el caos es tu mejor aliado. La lectura del testamento oficial es en tres días. Si quieres ese legado, tienes que moverte rápido.

Salí de la cantina sin despedirme. La lluvia había disminuido a una llovizna persistente que envolvía la ciudad en una bruma gris. Tomé el Metro en la estación Guerrero. El vagón iba lleno, el olor a humanidad y ropa húmeda era casi sofocante, pero mi mente estaba en otro lugar. Miraba a la gente a mi alrededor: hombres cansados regresando de sus empleos, mujeres cargando bolsas del mercado, jóvenes con audífonos ajenos al mundo. Yo era uno de ellos, pero un pedazo de papel en mi bolsillo me decía que pertenecía a otro universo.

Al bajar en la estación Bellas Artes, caminé hacia la calle de Donceles. Es una calle mágica en el Centro Histórico, llena de librerías de viejo y edificios que guardan secretos coloniales. La dirección que me dio Ramiro correspondía a un edificio de fachada de cantera oscura, con un portón de madera pesada y un interfón que parecía no haber funcionado desde el siglo pasado.

Usé la llave que venía en el sobre. La cerradura giró con un quejido metálico que resonó en el pasillo desierto. Subí al segundo piso por unas escaleras de mármol desgastadas en el centro por el paso de mil pies anónimos. Al llegar a la oficina 204, el corazón me latía con tal fuerza que sentía que se me iba a salir por la boca.

Entré. El lugar olía a papel viejo, a polvo y a una soledad antigua. Era un despacho pequeño, pero elegante, con muebles de caoba y una ventana que daba a un patio interior lleno de macetas descuidadas. En las paredes no había diplomas ni fotos familiares, solo un reloj de péndulo que se había detenido a las tres y cuarto de no se sabe qué año.

Me acerqué al escritorio. Estaba impecable, salvo por una pequeña caja de madera con incrustaciones de nácar. La abrí. Dentro encontré lo que Ramiro me había prometido: cartas.

Eran cientos. Todas escritas a mano, con una caligrafía elegante pero que se volvía más temblorosa conforme pasaban los años. Empecé a leer una, fechada en agosto de 2005.

“Mateo, hoy es tu cumpleaños número ocho. Supe por Ramiro que te regalaron una bicicleta usada y que te caíste en la banqueta. Me dolió más a mí que a ti. Quisiera estar ahí para levantarte, para decirte que eres un Alcázar y que nosotros no nos rendimos ante el dolor. Pero aquí estoy, atrapado en esta jaula de oro, mirando las fotos que Ramiro me trae a escondidas. Perdóname, hijo. Algún día entenderás que mi silencio es tu escudo.”

Las lágrimas, que había estado conteniendo desde que salí de mi casa, finalmente brotaron. No eran lágrimas de perdón, eran de una frustración infinita. ¿Cómo podía este hombre decir que me amaba mientras me dejaba crecer en la escasez? ¿Cómo podía llamarme “un Alcázar” mientras permitía que su otra familia se burlara de la gente como yo?

Seguí buscando en el cajón secreto del escritorio y encontré el documento definitivo: una copia notariada de un reconocimiento de paternidad, firmado y sellado antes de que Julián Jr. naciera. Era legal. Era irrefutable. Yo no era un “accidente” de una noche; yo era el primer hijo.

De pronto, el silencio de la oficina se rompió. Escuché el eco de unos pasos firmes y rápidos en el pasillo de mármol. Luego, el sonido de una llave girando en la cerradura. Me puse de pie instintivamente, guardando el documento bajo mi chamarra.

La puerta se abrió de golpe. Entró un hombre que parecía mi propio reflejo, pero pasado por un filtro de lujo y arrogancia. Vestía un traje gris que costaba más de lo que yo ganaba en tres años. Sus zapatos brillaban tanto que podías ver tu cara en ellos. Tenía el mismo cabello negro que yo, la misma estatura, pero sus ojos estaban cargados de un desprecio que yo nunca me permitiría sentir.

Era Julián Jr. Mi medio hermano.

Se detuvo en seco al verme. Su mandíbula se tensó y sus manos se cerraron en puños.

—¿Quién diablos eres tú y qué haces aquí? —su voz era una orden, cargada con la autoridad de quien siempre ha sido obedecido—. Este es un despacho privado. Si eres de la limpieza o vienes a entregar algo, te equivocaste de piso, naco.

El insulto me golpeó como un latigazo, pero no me moví. Sentí que una calma extraña, una calma gélida, se apoderaba de mí.

—No soy de la limpieza, Julián —dije su nombre con una familiaridad que lo hizo retroceder un paso—. Y creo que el que se equivocó de lugar eres tú. Esta oficina le pertenecía a nuestro padre, pero los secretos que hay aquí… esos solo me pertenecen a mí.

Julián Jr. soltó una carcajada seca, desprovista de humor. Se acercó a mí, intentando intimidarme con su estatura, pero yo no retrocedí ni un milímetro. Estaba acostumbrado a enfrentarme a capataces furiosos y a tipos duros en la obra; un junior con traje no me asustaba.

—¿Nuestro padre? —repitió con asco—. Mi padre era un hombre de honor, un pilar de la sociedad. No tenía nada que ver con basura como tú. No sé cómo conseguiste la llave, pero te aseguro que si no te largas en este momento, voy a llamar a la policía y te vas a pudrir en la cárcel por allanamiento.

—Llámalos —lo reté, cruzándome de brazos—. Me encantaría que llegara la policía y que los periodistas de la sección de sociales se enteraran de por qué el heredero de la constructora Alcázar está desalojando a su hermano mayor de una propiedad que ni siquiera figura en la declaración patrimonial.

El rostro de Julián Jr. pasó del rojo de la ira a un blanco cenizo. —Estás loco. Mi padre nunca… él nunca habría tenido un hijo con una… con alguien de tu clase. Eres un extorsionador. Seguramente eres hijo de alguna de las sirvientas que pasaron por la casa. ¿Cuánto quieres? ¿Cien mil pesos? Tómalos y desaparece. Mi madre no tiene por qué enterarse de las suciedades de mi padre.

Sacó su cartera de piel de cocodrilo y empezó a contar billetes. El gesto fue tan degradante, tan típico de la gente que cree que todo tiene un precio, que sentí que la mano me picaba por darle un golpe que le acomodara las ideas.

—Guarda tu dinero, Julián —le dije con voz baja y peligrosa—. No estoy aquí por tus limosnas. Estoy aquí por lo que es legítimo. Tu padre no solo me reconoció, sino que me dejó las pruebas de cómo tú y tu madre han estado saqueando la constructora para pagar tus deudas de casino en Las Vegas.

Menti. No sabía si eso era cierto en ese momento, pero la reacción de Julián fue la confirmación que necesitaba. Sus ojos se abrieron con pánico y guardó la cartera de inmediato.

—¿Cómo sabes eso? —tartamudeó.

—Lo sé porque mientras tú estabas gastándote la fortuna en fiestas, yo estaba aprendiendo cómo se levantan los edificios desde los cimientos. Conozco el negocio mejor que tú, aunque sea desde el lado del lodo y el sudor. Y ahora, tengo los papeles que dicen que soy dueño de la mitad de todo esto.

Julián Jr. se lanzó hacia el escritorio, intentando arrebatarme las cartas que aún estaban ahí, pero yo fui más rápido. Lo empujé del hombro, no con violencia, sino con la firmeza de alguien que ha cargado toneladas de concreto. Se tambaleó y cayó sobre una silla, despeinado y con la máscara de perfección rota.

—Escúchame bien, hermanito —me incliné sobre él, mirándolo directamente a los ojos—. Mañana es el funeral. Voy a ir. Voy a estar ahí, frente al ataúd de Julián Alcázar, no como un extraño, sino como su hijo. Y después, en la lectura del testamento, vas a ver mi cara y vas a recordar este momento. El momento en que el “naco” de la Guerrero te quitó el trono.

—No te vas a salir con la tuya —siseó Julián, levantándose lentamente—. Mi madre tiene abogados que te van a destrozar. Te van a acusar de falsificación, de robo, de lo que sea necesario. No eres nadie, Mateo. Un nombre en un papel no te hace uno de nosotros.

—Tienes razón —respondí, caminando hacia la puerta—. No soy uno de ustedes. Soy mejor. Porque yo sé lo que cuesta ganarse la vida, y tú solo sabes cómo gastarte lo que otros construyeron. Nos vemos en el funeral, Julián. Ponte tu mejor traje, porque va a ser el día en que tu mundo empiece a caerse.

Salí de la oficina y bajé las escaleras casi volando. El corazón me latía a mil por hora. Había dado el primer golpe, pero sabía que esto era apenas el comienzo de una guerra sangrienta. Julián Jr. no se quedaría de brazos cruzados, y su madre, Beatriz, sería un enemigo mucho más formidable.

Caminé por Donceles hacia el Eje Central. La ciudad estaba en plena hora pico. Los coches avanzaban a vuelta de rueda, los organilleros tocaban sus melodías melancólicas y la gente corría para llegar a sus destinos. Me detuve frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula dorada brillaba bajo las luces de la noche.

Me sentí pequeño, pero al mismo tiempo, inmenso. Tenía en mis manos el poder de cambiar la historia de mi familia, de vengar el silencio de mi madre y de darle un sentido a todos esos años de privaciones.

Regresé a la Guerrero tarde esa noche. Mi madre estaba esperándome con un café de olla caliente y un plato de frijoles. No me preguntó dónde había estado; sus ojos, cansados de tanto llorar, ya lo sabían.

—Lo encontraste, ¿verdad? —me preguntó mientras me servía el café.

—Sí, jefa. Encontré todo.

—Mateo… —ella se sentó frente a mí y me tomó las manos. Sus manos estaban ásperas, con grietas que nunca cerrarían del todo—. Ese mundo no es para nosotros. Hay mucha maldad en esa gente. Tu padre… él no era malo, pero el dinero lo volvió un cobarde. No quiero que el dinero te vuelva a ti como ellos.

—No va a pasar, mamá —le prometí, dándole un beso en la frente—. Yo no quiero ser como ellos. Quiero que ellos sepan lo que es ser como nosotros. Que sientan el miedo de perderlo todo, así como nosotros tuvimos el miedo de no tener nada.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo de lámina de nuestro cuarto, escuchando los ruidos de la calle: una patrulla a lo lejos, el grito de un borracho, el motor de un camión de basura. Pensé en Julián Alcázar. Pensé en si alguna vez, en sus últimos momentos, realmente se arrepintió de habernos dejado. O si esta oficina y estos papeles eran solo su última forma de controlarnos, de hacernos pelear entre nosotros para su propia diversión póstuma.

Pero no importaba. El dado estaba lanzado. Mañana México se enteraría de que la familia Alcázar tenía un heredero oculto en las entrañas de la ciudad. Y yo estaba listo para reclamar lo que el destino me debía.

A la mañana siguiente, el sol salió con una claridad inusual para ser temporada de lluvias. Me puse mi mejor camisa blanca, la que usaba para las fiestas de quince años del barrio, y mis pantalones negros más limpios. No tenía un traje de marca, pero tenía la dignidad de quien no tiene nada que ocultar.

Fui a la funeraria más exclusiva de la ciudad, en la zona de Santa Fe. El edificio era una estructura moderna de cristal y acero, rodeada de jardines perfectamente cuidados. Al llegar, vi las camionetas de lujo estacionadas en fila: Mercedes, BMW, Audi. Los choferes esperaban afuera, fumando y platicando en voz baja.

Caminé hacia la entrada principal. Un guardia de seguridad me detuvo con una mirada de sospecha.

—Solo familiares y amigos cercanos con invitación, joven —dijo, bloqueándome el paso con su cuerpo robusto.

—Vengo al funeral de Julián Alcázar —dije con voz firme, sin bajar la mirada.

—¿Y usted es…?

—Su hijo —respondí, y la palabra sonó como un disparo en el vestíbulo silencioso.

El guardia dudó. Me miró de arriba abajo, notando mi ropa sencilla pero también la determinación en mis ojos. En ese momento, Regina, la hija menor de Julián, salió de una de las salas. Tenía los ojos rojos e hinchados, y vestía un vestido negro sencillo que la hacía ver aún más frágil.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó ella con voz débil.

El guardia se puso nervioso. —Señorita Regina, este joven dice que… dice que es hijo del señor Julián.

Regina me miró. Hubo un momento de silencio absoluto, un momento en el que el mundo pareció detenerse. Ella no reaccionó con la furia de su hermano. Me observó con una curiosidad dolorosa, como si estuviera viendo un fantasma que siempre supo que existía.

—Déjalo pasar —dijo finalmente.

—Pero señorita, su madre dio órdenes de…

—Dije que lo dejes pasar —repitió ella con una fuerza que me sorprendió—. Si es quien dice ser, tiene más derecho de estar aquí que la mitad de los que están adentro bebiendo café y fingiendo tristeza.

Entré a la sala. El olor a flores blancas era abrumador. En el centro, un ataúd de madera fina estaba rodeado de coronas de flores con nombres de políticos y empresarios famosos. Al fondo, Beatriz presidía el duelo como una reina en su trono de dolor. Julián Jr. estaba a su lado, y al verme entrar, su rostro se transformó en una máscara de odio puro.

Caminé lentamente hacia el ataúd. No me importaban las miradas susurrantes ni los gestos de desprecio de la alta sociedad mexicana ahí reunida. Solo éramos él y yo.

Me paré frente al cristal. Julián Alcázar se veía tranquilo, casi pequeño bajo la mortaja. No se parecía al monstruo de mis pesadillas ni al héroe de mis fantasías. Era solo un hombre que había muerto con demasiados secretos.

—Ya estoy aquí, papá —susurré, tan bajo que solo yo pudiera oírme—. Tarde, pero llegué. Y ahora, prepárate, porque voy a desenterrar todo lo que intentaste ocultar.

Sentí una mano en mi hombro. Era Regina.

—Él hablaba de ti —dijo ella, sin mirarme—. En sus delirios, decía que tenía que pedirle perdón a Mateo. Yo no sabía quién era Mateo… hasta hoy.

—Perdonar es difícil cuando el hambre ha sido tu única compañía —respondí, mirándola por primera vez.

—Lo sé. Y créeme, Mateo, no todos en esta familia somos como mi hermano. Pero ten cuidado. Mi madre no permitirá que destruyas la reputación de los Alcázar. Para ella, la apariencia lo es todo.

—La apariencia no se come, Regina. Y yo tengo mucha hambre de justicia.

Julián Jr. se acercó a nosotros, rompiendo el momento. Su presencia era como una nube negra.

—Sáquenlo de aquí —ordenó a dos hombres de seguridad que lo seguían—. No voy a permitir que este delincuente ensucie el funeral de mi padre.

—No me voy a ir, Julián —le dije, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Porque si me sacas a la fuerza, voy a llamar a la prensa que está afuera esperando una nota y les voy a entregar la copia de mi acta de nacimiento. ¿Quieres un escándalo hoy? Adelante, inténtalo.

Julián Jr. apretó los dientes con tal fuerza que creí que se le romperían. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que varios invitados estaban observando la escena. La humillación pública era su mayor temor.

—Disfruta tu momento, muerto de hambre —siseó—. Porque después de que enterremos a mi padre, lo único que vas a heredar es una demanda que te va a dejar en la calle por el resto de tus días.

—Ya estoy en la calle, Julián. Ese es tu error. No puedes amenazar a un hombre con quitarle algo que nunca ha tenido.

Me quedé durante toda la misa. Fui el último en salir de la funeraria. Mientras los coches de lujo se dirigían al panteón francés, yo caminé hacia la parada del camión. Tenía el acta de nacimiento en mi bolsillo y el fuego de la Guerrero en mis venas.

La batalla legal comenzaría el lunes, pero la batalla espiritual ya la había ganado. Había reclamado mi nombre. Había mirado a los ojos al poder y no había parpadeado.

Al llegar a casa, mi madre me estaba esperando con una sonrisa triste.

—¿Cómo fue? —preguntó.

—Fue el inicio del fin, mamá. El inicio del fin de los Alcázar tal como los conocen.

Esa noche, mientras cenábamos en silencio, me di cuenta de que mi vida de albañil había terminado. Ya no cargaría bultos de cemento para otros. Ahora, iba a construir mi propio imperio, piedra por piedra, verdad por verdad. Y no me detendría hasta que el nombre Guerrero Alcázar brillara en lo más alto de esos edificios que tanto sudor me habían costado.

Porque en México, los secretos pueden estar enterrados profundamente, pero la tierra siempre termina escupiendo la verdad. Y yo era esa verdad, caminando con paso firme hacia un destino que nadie, ni siquiera Julián Alcázar, pudo prever.

Capítulo 3: La Guerra de los Apellidos y el Trono de Cristal

El viernes amaneció con un cielo de color plomo, de esos que en la Ciudad de México prometen una tormenta que lavará las culpas o inundará las calles. Me miré en el espejo de cuerpo entero que mi madre tenía en su habitación, un espejo con el marco de madera picada que había sobrevivido a tres mudanzas. El hombre que me devolvía la mirada no era el Mateo de siempre, el de la playera de tirantes y el pantalón de mezclilla manchado de cal.

Llevaba puesto un traje azul marino que mi primo “El Chino” me había prestado. Él lo usaba para trabajar de mesero en bodas de alcurnia, así que el corte era decente, aunque me quedaba un poco grande de los hombros y el pantalón me arrastraba apenas un par de milímetros. Mi madre entró al cuarto con una corbata roja en las manos, una que había guardado en un cajón con olor a sándalo desde hacía veinte años.

—Era de él, Mateo —dijo ella, con la voz quebrada—. La dejó olvidada la última vez que nos vimos en ese hotel de paso cerca de la Villa. Me dijo que era su “corbata de la suerte” para cerrar negocios. Úsala tú hoy. Tú eres el único negocio que él dejó pendiente.

Sentí un nudo en la garganta mientras ella me anudaba la seda roja. Sus manos, pequeñas y nudosas por la artritis, temblaban. La miré y vi el miedo en sus ojos. Ella sabía que hoy yo no iba a una oficina; iba a una fosa de leones.

—No te dejes, hijo —susurró, dándome una palmadita en la mejilla—. Pero tampoco dejes que el odio te maneje el volante. Los Alcázar tienen mucho dinero, pero tú tienes algo que ellos nunca van a comprar: palabra.

Salí de la Guerrero y tomé un taxi. No quería llegar en Metro a Polanco; hoy necesitaba sentir que el asfalto me pertenecía. El trayecto fue un viaje entre dos mundos. Dejé atrás los puestos de tepache, los edificios con grafitis y el bullicio de la gente que se busca la vida minuto a minuto, para adentrarme en las calles arboladas de la zona más cara del país, donde el silencio es un privilegio que se paga en dólares.

La Notaría 142 era un edificio de arquitectura minimalista, con cristales ahumados y un guardia de seguridad privado que me miró como si trajera una bomba en las manos en lugar de una carpeta con documentos.

—Tengo cita para la lectura del testamento de Julián Alcázar —dije, manteniendo la espalda recta y la mirada fija.

El guardia consultó una lista en una tablet de última generación. —Pase, joven. El Licenciado Valenzuela lo espera en la sala de juntas principal. Segundo piso.

El elevador subió en un silencio casi sepulcral. Al abrirse las puertas, el olor a aire acondicionado purificado y a flores frescas me golpeó. Era un ambiente diseñado para que los ricos se sintieran seguros mientras decidían el destino de sus fortunas.

Caminé hacia la sala. A través de la pared de cristal, los vi. Estaban sentados alrededor de una mesa de caoba maciza que brillaba bajo las luces LED. Beatriz, la viuda, estaba en la cabecera, vestida de un negro tan elegante que parecía un uniforme de guerra. A su derecha, Julián Jr. jugaba con un encendedor de oro, con una expresión de aburrimiento fingido. A la izquierda, Regina miraba por la ventana, perdida en sus propios pensamientos.

Entré sin llamar. El ruido de la puerta al cerrarse hizo que todos giraran la cabeza al mismo tiempo.

—Llegas tarde —soltó Julián Jr., sin levantarse. Miró mi traje y soltó una risita burlona—. Veo que te pusiste tus mejores galas de tianguis. ¿Qué sigue? ¿Vas a pedirnos propina por abrir la puerta?

—Julián, cállate —dijo Regina, aunque su voz no tenía mucha fuerza.

Beatriz no dijo nada. Me miró con una frialdad que me caló hasta los huesos. No era odio lo que veía en sus ojos; era algo peor: era una indiferencia absoluta, como si yo fuera una mancha de humedad en una pared perfecta que simplemente había que limpiar.

—Siéntese, señor… Guerrero —dijo el Licenciado Valenzuela, un hombre de unos sesenta años con anteojos de armazón de oro y una expresión de incomodidad profesional—. Estamos por comenzar.

Me senté en el extremo opuesto de la mesa, justo frente a Beatriz. Estábamos frente a frente: la mujer que tuvo el nombre oficial y el hijo que tuvo que crecer en la sombra.

El notario carraspeó y abrió un sobre lacrado con el sello personal de mi padre. El silencio en la sala se volvió denso, casi sólido. Podía oír la respiración agitada de Julián Jr. y el tic-tac de un reloj de pared que parecía contar los segundos que le quedaban a la paz de esa familia.

—”Yo, Julián Alcázar, en pleno uso de mis facultades mentales…” —empezó a leer el notario.

Las primeras cláusulas eran lo esperado: propiedades en Miami, cuentas en Suiza, la casa de las Lomas, las joyas de la familia. Todo iba para Beatriz y sus hijos. Julián Jr. sonreía de lado, lanzándome miradas de triunfo. Yo me mantenía impasible, apretando la carpeta bajo la mesa. Sabía que lo importante venía después.

—”En cuanto a las acciones del Consorcio Constructor Alcázar, mi legado más importante y el fruto del trabajo de mi vida…” —el notario hizo una pausa y me miró brevemente antes de continuar—. “Es mi voluntad que el 51% de las acciones, el paquete mayoritario que otorga el control total de la empresa, sea dividido en tres partes iguales…”

—¿Qué? —interrumpió Beatriz, rompiendo su máscara de hielo—. Julián me dijo que el control pasaría directamente a su hijo.

—Déjeme terminar, señora Alcázar —pidió el notario con calma—. “Dichas partes serán para mi hijo Julián Alcázar Jr., mi hija Regina Alcázar y… mi hijo Mateo Guerrero Alcázar.”

La frase cayó como una granada en medio de la mesa. Julián Jr. se puso de pie de un salto, tirando su silla.

—¡Eso es una mentira! ¡Ese papel es falso! ¡Ese muerto de hambre no es nada de mi padre! —gritaba, con la cara roja y las venas del cuello a punto de estallar.

—Cálmate, Julián —ordenó Beatriz, aunque su voz temblaba por primera vez—. Licenciado, exijo ver ese documento. Mi marido no pudo haber cometido tal locura.

—El documento es auténtico, señora —respondió Valenzuela, extendiéndole una copia—. Fue ratificado ante este mismo despacho hace seis meses. El señor Alcázar presentó las pruebas de ADN y el acta de reconocimiento que él mismo firmó. Legalmente, Mateo Guerrero es un Alcázar.

Me quedé en silencio, observando el caos. Sentí una chispa de satisfacción, pero no era suficiente. No quería solo el dinero; quería que sintieran el peso de la verdad.

—Pero hay una condición —continuó el notario, silenciando los gritos de Julián Jr.

Todos se quedaron quietos. Las condiciones de los muertos suelen ser las más peligrosas.

—”Para que la transferencia de acciones sea efectiva, los tres herederos deberán administrar juntos el Consorcio durante un periodo ininterrumpido de un año. Deberán ocupar puestos directivos y trabajar en la misma oficina. Si alguno de los tres renuncia, se ausenta injustificadamente por más de quince días o es hallado culpable de negligencia grave, su parte pasará automáticamente a los otros dos. Al final del año, si el Consorcio mantiene o aumenta su valor de mercado, las acciones se entregarán de forma definitiva.”

—¡Es un chiste! —exclamó Julián Jr.— ¿Tengo que trabajar con este… con este albañil? ¡Papá se volvió loco al final! Quería castigarnos.

—O tal vez —intervine por primera vez, con la voz tranquila y firme—, quería que aprendieras lo que es trabajar de verdad, Julián. Él sabía que tú no podrías mantener la empresa a flote ni una semana si no tuvieras a alguien que sí sabe cómo se levanta un muro desde abajo.

Julián Jr. rodeó la mesa y se plantó frente a mí. Su perfume caro me inundó, un olor a cítricos y arrogancia.

—Escúchame bien, gato —siseó, bajando la voz—. No me importa lo que diga ese papel. Te voy a hacer la vida un infierno. No vas a durar ni un mes en esa oficina. Te voy a quebrar antes de que aprendas a usar un elevador.

Me levanté lentamente. Aunque él tenía zapatos de diseñador que le daban un par de centímetros extra, yo tenía la fuerza de años de cargar bultos de cemento. Le sostuve la mirada sin parpadear.

—He sobrevivido a cosas peores que un junior con berrinche, hermano —le dije, enfatizando la última palabra para que le doliera—. He trabajado bajo el sol de agosto con el estómago vacío. He subido andamios a veinte metros de altura sin más seguridad que mis propias manos. ¿Crees que me asustas tú detrás de un escritorio de lujo?

Beatriz se levantó también, recobrando su compostura real. Caminó hacia mí con una elegancia depredadora.

—Usted cree que ha ganado, joven —dijo, mirándome como si fuera un insecto interesante—. Pero el dinero es solo una parte del poder. Usted no tiene los contactos, no tiene la educación, no tiene el apellido que la sociedad respeta. En este mundo, usted es un extraño. Y el cuerpo siempre termina rechazando los órganos extraños.

—Mi apellido es Guerrero, señora —respondí, dándole una pequeña sonrisa—. Y creo que es un nombre muy apropiado para lo que viene.

Regina, que se había mantenido al margen, se acercó a nosotros. Sus ojos estaban llenos de una mezcla extraña de tristeza y curiosidad.

—Si esto es lo que papá quería… tal vez deberíamos intentarlo —dijo, mirando a su madre y luego a mí—. Al menos por la empresa. Las acciones están cayendo desde que él se enfermó. Necesitamos estabilidad.

—¡No me digas que te vas a poner de su lado! —rugió Julián Jr.

—No estoy del lado de nadie, Julián. Estoy del lado de lo que queda de nuestra familia —respondió ella con una firmeza que no le conocía.

El notario cerró su carpeta. —Bien. El lunes a las ocho de la mañana los espero en la sede del Consorcio Alcázar en Santa Fe para formalizar los nombramientos. Señor Mateo, aquí tiene la dirección y su tarjeta de acceso provisional.

Tomé la tarjeta de plástico dorado. Tenía el logotipo de la empresa: una letra “A” estilizada que parecía una pirámide. Mi pirámide.

Salí de la notaría sintiendo que el aire de Polanco ya no me asfixiaba. Caminé por la avenida Presidente Masaryk, viendo las tiendas de lujo donde una sola prenda costaba lo que mi madre ganaba en un año de lavandería. Sentí la tentación de entrar y comprarme un traje nuevo, uno que me quedara perfecto, pero me detuve. No quería ser como ellos. No todavía.

Regresé a la Guerrero en el mismo taxi. Al llegar, vi a mis amigos de la cuadra: el “Pecas”, el “Gordo” y el “Sapo”, sentados en la banqueta compartiendo una caguama. Eran mi gente. Mi realidad.

—¿Qué onda, Mateo? ¿Ya eres millonario? —gritó el Pecas, riendo.

—Todavía no, carnal —respondí, quitándome el saco y echándomelo al hombro—. Pero ya tengo la llave del castillo. Ahora falta ver si no me queman adentro.

Entré a mi casa y encontré a mi madre cocinando. El olor a mole poblano llenaba el pequeño departamento. Era su forma de celebrar, de decirme que pasara lo que pasara, aquí siempre habría un plato de comida esperándome.

—¿Y bien? —preguntó ella, sin dejar de mover la cuchara de madera.

Le conté todo. El testamento, las acciones, la condición del año, la furia de Julián Jr. y el desprecio de Beatriz. Ella me escuchaba en silencio, con los ojos cerrados, como si estuviera procesando cada palabra de un hombre que ya no estaba.

—Tu padre siempre fue un jugador, Mateo —dijo ella finalmente—. Le gustaba poner a la gente a prueba. Esta es su última apuesta. Quiere ver si eres lo suficientemente fuerte para aguantar la presión de arriba, y si tus hermanos son lo suficientemente humildes para aceptar que no lo saben todo.

—No creo que ellos aprendan nunca la humildad, jefa.

—Entonces enséñales tú lo que es la realidad —dijo ella, sirviéndome un plato—. Pero ten cuidado, hijo. Ese mundo cambia a las personas. No dejes que el brillo del oro te ciegue. Recuerda que tú vienes de la tierra, y la tierra es lo único que nunca te traiciona.

Esa noche, no pude dormir. Me quedé sentado en la pequeña mesa del comedor, con la tarjeta dorada frente a mí. Pensé en el lunes. Pensé en el edificio de Santa Fe, ese gigante de cristal donde ahora yo tenía un lugar.

Sabía que Julián Jr. no perdería el tiempo. Seguramente ya estaba hablando con sus abogados, planeando cómo hacerme caer. Pero yo también tenía mis armas. Tenía la tenacidad de quien ha crecido con el “no” por respuesta. Tenía el conocimiento de las obras, de los materiales, de los trabajadores que son los que realmente construyen los sueños de los arquitectos.

El domingo por la tarde, decidí caminar por el barrio. Quería impregnarme de la Guerrero antes de sumergirme en el mundo de los Alcázar. Fui a la cancha de fútbol rápido donde jugaba desde niño. Me senté en las gradas de cemento y vi a los chavitos correr tras un balón desinflado, con la misma ilusión que yo tenía a su edad.

—¡Mateo! —me llamó don Ramiro, que pasaba por ahí con su carrito de camotes.

Se acercó y se sentó a mi lado. El vapor del carrito salía con ese silbido característico que es parte de la banda sonora de la ciudad.

—Me contaron que ya fuiste a reclamar lo tuyo —dijo, ofreciéndome un camote con leche condensada.

—Fue una guerra, Ramiro. No me quieren ahí.

—Claro que no te quieren. Eres el espejo que les recuerda que su padre no era perfecto. Pero escúchame bien, muchacho: en esa empresa, no confíes en nadie que use una corbata de más de cinco mil pesos. La gente que tiene mucho que perder es la que más fácil te vende.

—¿Y Regina? Ella parecía diferente.

Ramiro suspiró. —Regina es como su padre en sus buenos tiempos. Tiene corazón, pero el corazón es una debilidad en ese edificio de Santa Fe. Si quieres sobrevivir, vas a tener que ser más astuto que Julián Jr. y más frío que la señora Beatriz. ¿Estás listo para eso?

—No lo sé, Ramiro. Solo sé que no puedo volver atrás.

El lunes por la mañana, me levanté a las cinco. No necesitaba despertador; la adrenalina me había mantenido alerta toda la madrugada. Me puse el traje de nuevo, pero esta vez me aseguré de que estuviera perfectamente planchado. Mi madre me dio una bendición en la frente y me puso un amuleto de San Judas Tadeo en el bolsillo del pantalón.

—Para las causas difíciles, Mateo —me dijo con una sonrisa valiente.

Tomé el camión hacia Santa Fe. El trayecto duró casi dos horas debido al tráfico infernal de la ciudad. Ver el skyline de Santa Fe es como ver una ciudad del futuro plantada sobre las minas de arena del pasado. Los edificios parecen competir por ver cuál es más alto, más retorcido, más brillante.

Llegué al Consorcio Alcázar diez minutos antes de las ocho. El lobby era inmenso, con techos de triple altura y una cascada artificial que caía sobre un muro de piedra volcánica. En la recepción, una mujer joven con un traje impecable me pidió mi identificación.

—Soy Mateo Guerrero. Vengo a la oficina de la presidencia.

Ella revisó su computadora y su expresión cambió de una cortesía profesional a una curiosidad mal disimulada. Seguramente el chisme ya se había corrido por toda la empresa: el hijo bastardo del jefe venía a tomar su parte.

—Lo están esperando en el piso 42, señor Guerrero. Pase por el elevador de alta velocidad a su derecha.

Al llegar al piso 42, las puertas se abrieron a un pasillo alfombrado donde cada paso que daba parecía ser absorbido por el lujo. Julián Jr. y Regina ya estaban allí, en una oficina circular que dominaba toda la ciudad. La vista era impresionante: desde ahí arriba, la Ciudad de México parecía un tablero de juego, con sus millones de habitantes moviéndose como hormigas.

Beatriz estaba sentada en un sillón de cuero, tomando un café. No me saludó. Julián Jr. estaba de pie junto a un escritorio de cristal que parecía flotar en el aire.

—Bienvenido al nido de víboras —dijo Julián Jr. con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Aquí tienes tu oficina.

Señaló un rincón de la sala principal donde habían colocado una mesa de metal pequeña y una silla de plástico, de esas que se usan en las taquerías. Era un insulto directo, una forma de decirme que, aunque estuviera allí, no pertenecía.

—¿Este es mi lugar? —pregunté, mirando la mesa de metal.

—Es más de lo que tenías en la Guerrero, ¿no? —se burló Julián—. Además, no creo que necesites mucho espacio para contar tus centavos.

Caminé hacia la mesa, pero no me senté. Miré a Julián y luego a Regina, que se veía incómoda.

—Está bien —dije, dejando mi carpeta sobre la mesa de metal—. No necesito un escritorio de cristal para trabajar. Lo que necesito es acceso a los libros contables, a los estados financieros y a los planos de los proyectos actuales.

Julián soltó una carcajada. —¿Libros contables? ¿Sabes leer algo que no sea un manual de albañilería? Escucha, Mateo, vas a estar aquí para cumplir la cláusula del viejo, pero no vas a tocar nada importante. Te vamos a asignar “proyectos especiales”.

Abrió una carpeta y me lanzó un fajo de papeles. —Aquí tienes. La planta de tratamiento de residuos en el Estado de México tiene problemas con los sindicatos locales. Dicen que no les hemos pagado lo justo y están bloqueando la entrada. Ve allá y soluciónalo. Si eres tan “de pueblo” como dices, deberías hablar el mismo idioma que esos revoltosos.

Era una trampa obvia. Me enviaba a un conflicto social peligroso, lejos de la oficina central, donde cualquier error podría ser usado para acusarme de negligencia.

—Iré —dije, tomando los papeles—. Pero quiero una oficina real cuando regrese. Y quiero que Regina me acompañe.

Regina saltó de su asiento. —¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque tú eres la encargada de relaciones públicas y responsabilidad social, ¿no? —dije, mirándola fijamente—. Esto es un problema de imagen y de comunidad. Si vamos a administrar esto juntos, empezamos hoy.

Beatriz dejó su taza de café con un golpe seco. —Regina no va a ir a un basurero con un desconocido.

—No soy un desconocido, señora. Soy su hermano —respondí, manteniendo la calma—. Y si ella no viene, informaré al Licenciado Valenzuela que se están negando a trabajar en conjunto desde el primer día. Eso invalidaría el periodo de prueba para todos, ¿verdad?

Julián Jr. apretó los puños, pero Beatriz le hizo una señal para que se callara. Ella era más inteligente; sabía que yo tenía la sartén por el mango legalmente.

—Ve con él, Regina —ordenó Beatriz—. Vigílalo. No dejes que haga ninguna tontería que nos cueste dinero.

Salimos de la oficina. En el elevador, Regina se mantenía lo más lejos posible de mí.

—¿Por qué me haces esto? —me preguntó, con la voz cargada de resentimiento—. Yo no te he hecho nada.

—Precisamente por eso, Regina. Eres la única que parece tener un gramo de sentido común en esta familia. Y porque si voy a entrar en esta guerra, necesito a alguien que conozca las reglas del otro lado.

—No somos amigos, Mateo.

—No te pedí que fuéramos amigos. Te pedí que trabajáramos.

Llegamos al estacionamiento. Me dirigí hacia la salida para buscar un taxi, pero ella me detuvo.

—Sube a mi coche —dijo, señalando un Audi deportivo de color blanco—. No vamos a llegar a ningún lado en un taxi destartalado.

El viaje hacia el Estado de México fue tenso. Regina conducía con una precisión nerviosa, evitando mirarme. Yo aprovechaba el tiempo para leer los informes de la planta de tratamiento. Era peor de lo que Julián había dicho. No solo eran los sindicatos; había reportes de materiales de baja calidad y desvíos de presupuesto que olían a corrupción desde lejos.

—¿Sabías que tu hermano ha estado inflando los costos de esta planta? —pregunté, sin levantar la vista del papel.

—Eso es una acusación muy grave, Mateo. Julián es impulsivo, pero no es un ladrón.

—Tal vez no para ti. Pero mira estos números. Se supone que compramos acero estructural de alta resistencia, pero el precio que se pagó es tres veces el valor de mercado. Alguien se quedó con la diferencia.

Regina guardó silencio. Sus manos se apretaron sobre el volante. Sabía que yo tenía razón, pero su lealtad familiar era una venda difícil de quitar.

Llegamos a la planta. Un grupo de unos cincuenta trabajadores bloqueaba la entrada principal con pancartas y llantas quemadas. El humo negro se elevaba hacia el cielo gris, creando una imagen apocalíptica. Al ver el Audi blanco, la multitud se acercó, gritando consignas y golpeando los cristales.

—¡Quédate en el coche! —le dije a Regina, mientras abría la puerta.

—¡Estás loco! ¡Te van a matar!

—No me van a matar. Son trabajadores, Regina. Solo quieren ser escuchados.

Bajé del coche. El calor del fuego y el olor a caucho quemado me recordaron a las protestas en la Guerrero. Un hombre grande, con la cara curtida por el sol y una gorra de la CTM, se plantó frente a mí.

—¿Quién eres tú, catrín? —preguntó con voz ronca—. ¿Otro de los Alcázar que viene a darnos promesas vacías?

—Me llamo Mateo Guerrero —dije, levantando las manos en señal de paz—. Y no vengo a darles promesas. Vengo a ver por qué el acero de esta planta parece papel de baño y por qué sus salarios tienen tres semanas de retraso.

El hombre se detuvo. Los demás bajaron un poco el tono de sus gritos. Nadie de la empresa les había hablado así antes.

—¿Cómo sabes lo del acero? —preguntó el líder, entrecerrando los ojos.

—Porque he trabajado en la mezcla toda mi vida, jefe. Sé cuándo un muro está bien hecho y cuándo lo están levantando para que se caiga en el primer sismo. Y sé que a ustedes les están echando la culpa de los retrasos que son culpa de los de arriba.

Regina bajó del coche, a pesar de mis advertencias. Se paró a mi lado, temblando un poco pero con la barbilla en alto.

—Ella es Regina Alcázar —dije, presentándola—. Es la dueña. Y está aquí para ver la verdad con sus propios ojos.

Pasamos las siguientes tres horas dentro de la planta. No en las oficinas con aire acondicionado, sino en los cimientos, en las fosas, hablando con los soldadores y los albañiles. Regina escuchaba historias de accidentes no reportados, de equipo de seguridad defectuoso y de amenazas de despido si alguien hablaba con la prensa.

Vi cómo su expresión cambiaba. El mundo de cristal en el que vivía se estaba rompiendo. Ya no era la hija del dueño; era una mujer enfrentando la cruda realidad de cómo se construía la fortuna de su familia.

—Tienen razón —susurró ella mientras caminábamos de regreso al coche—. Todo esto es un desastre. Julián Jr. estuvo a cargo de esta supervisión el año pasado.

—Ahora entiendes por qué me envió aquí —le dije—. No era para solucionar el problema. Era para que yo fuera la cara del desastre cuando esto colapsara. Pero lo que él no sabe es que ahora tú también eres parte de este “desastre”.

Regina me miró de una forma diferente. Ya no había desprecio en sus ojos, sino una chispa de respeto, o tal vez de miedo por lo que acababa de descubrir.

—¿Qué vamos a hacer, Mateo? —preguntó.

—Vamos a regresar a Santa Fe. Vamos a pedir una auditoría externa de este proyecto. Y vamos a pagarle a esta gente hoy mismo, de la caja chica si es necesario.

—Julián y mi madre se van a poner furiosos.

—Que se pongan furiosos —respondí, subiendo al coche—. La guerra ya empezó, Regina. Y acabas de elegir tu bando, aunque todavía no lo sepas.

Regresamos a la oficina cuando el sol ya se estaba ocultando tras los rascacielos. Julián Jr. nos esperaba con una sonrisa triunfal, creyendo que regresábamos derrotados.

—¿Y bien? —preguntó, recargado en su escritorio de cristal—. ¿Cómo te fue en el lodo, Mateo? ¿Ya te convenciste de que esto no es para ti?

Miré a Regina. Ella dio un paso adelante, sacó su teléfono y puso una grabación de las quejas de los trabajadores y fotos de las grietas en los cimientos.

—Mañana mismo sale el pago para los trabajadores, Julián —dijo Regina con una voz que no admitía réplicas—. Y he citado al consejo directivo para una revisión de costos de la planta. Mateo tiene razón. Alguien se robó el dinero del acero, y vamos a averiguar quién fue.

La sonrisa de Julián Jr. se borró instantáneamente. Miró a su hermana y luego a mí. El odio en sus ojos era ahora un fuego puro, destructivo.

—Esto no se va a quedar así —amenazó, acercándose a mí hasta que nuestras frentes casi se tocaban—. Crees que porque convenciste a esta tonta ya ganaste. Pero recuerda esto, Mateo: en este edificio, las paredes tienen oídos y el suelo se puede abrir en cualquier momento.

—Que se abra —respondí, sosteniéndole la mirada—. Ya estoy acostumbrado a caminar entre escombros.

Salí de la oficina sintiendo el peso de la victoria y la amenaza de lo que vendría. Bajé al estacionamiento, pero esta vez no busqué un taxi. Caminé hacia la salida, sintiendo el aire frío de la noche de Santa Fe.

Sabía que Julián Jr. no se detendría ante nada. Había tocado su dinero y su orgullo, las dos únicas cosas que amaba. Pero mientras caminaba hacia la parada del camión, sentí el amuleto de San Judas en mi bolsillo.

La guerra de los apellidos había comenzado oficialmente. Y aunque yo no tenía el apellido Alcázar en mi acta desde el nacimiento, lo tenía en mi determinación.

—Prepárense —susurré al viento, mirando las luces de la ciudad—. Porque el hijo de la Guerrero apenas está calentando.

Esa noche, al llegar a mi casa, mi madre me vio entrar con la ropa sucia de polvo de obra y los ojos encendidos. No me preguntó nada. Solo me sirvió un plato de comida y se sentó a mi lado.

—Mañana será un día difícil, ¿verdad? —preguntó ella.

—Todos lo serán de ahora en adelante, jefa. Pero ya no estoy solo.

—Nunca lo has estado, Mateo. Pero recuerda: la sangre llama, pero la traición grita. Ten cuidado con quién caminas.

Me acosté pensando en Regina. ¿Sería ella realmente una aliada o solo estaba jugando su propio juego? No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que el Consorcio Alcázar nunca volvería a ser el mismo. Porque un Guerrero había entrado por la puerta principal, y no pensaba salir hasta que la justicia fuera más que una palabra bonita en un testamento.

La oscuridad de la noche envolvió la Guerrero, pero en mi mente, el brillo de la verdad era más fuerte que cualquier rascacielos de Santa Fe. La guerra apenas comenzaba, y yo estaba listo para pelear cada batalla, ladrillo por ladrillo.

Capítulo 4: El Nido de Víboras y el Pacto de Sangre

El lunes por la mañana, el sol de Santa Fe no calentaba; solo iluminaba el cristal y el acero de los rascacielos con una frialdad que te calaba los huesos. Llegué al edificio del Consorcio Alcázar antes que los mismos guardias de seguridad. No lo hacía por ambición, sino por supervivencia. En mi barrio, si dejas que el otro dé el primer golpe, ya perdiste la pelea. Y yo sabía que Julián Jr. y su madre, Beatriz, llevaban todo el fin de semana afilando los cuchillos.

Subí al piso 42. El elevador subía tan rápido que se me tapaban los oídos, una sensación que odiaba porque me recordaba que estaba a miles de kilómetros de la seguridad de mis calles en la Guerrero. Al abrirse las puertas, me encontré con un panorama diferente al del viernes. Ya no era el “intruso” invisible; ahora era el blanco de todas las miradas.

—Buenos días, señor Guerrero —dijo la recepcionista, una mujer llamada Claudia que el viernes ni siquiera se había dignado a levantar la vista de su computadora. Ahora me miraba con una mezcla de miedo y fascinación.

—Buenos días, Claudia —respondí, caminando con paso firme hacia la oficina que me habían asignado.

Para mi sorpresa, la mesa de metal y la silla de plástico habían desaparecido. En su lugar, había un escritorio de madera oscura, una silla ergonómica de piel y una computadora de última generación. Pero no me engañé. En este mundo, un regalo suele ser un caballo de Troya.

Entré a la oficina de Regina. Ella ya estaba allí, revisando unos planos con una intensidad que delataba su falta de sueño. Se veía pálida, con ojeras que ni el mejor maquillaje de marca podía ocultar.

—No dormiste —le dije, apoyándome en el marco de la puerta.

Ella saltó del susto, dejando caer su pluma estilográfica. —Me pasé la noche revisando las auditorías de la planta del Estado de México, Mateo. Tenías razón. No es solo el acero. Hay facturas por maquinaria que nunca llegó, pagos a empresas fantasma y un agujero financiero que podría hundirnos si el SAT decide meter las manos.

—¿Y Julián Jr.? —pregunté, acercándome a la mesa.

—Está en una reunión privada con mi madre y los abogados de la familia. Están buscando la forma de impugnar el testamento alegando “incapacidad mental” de mi padre al momento de firmar el reconocimiento —Regina bajó la voz, mirando hacia la puerta—. Mateo, tienes que tener cuidado. Mi hermano no solo quiere tu parte de la herencia; quiere borrarte del mapa. Para él, eres una mancha en el historial de los Alcázar que debe ser lavada.

—Que lo intente —respondí, sintiendo que la rabia me daba una energía renovada—. Mientras él se dedica a pelear papeles, yo me voy a dedicar a limpiar esta empresa. Si él robó, lo voy a encontrar.

—No es tan fácil —suspiró Regina—. Aquí el poder no se basa en quién tiene la razón, sino en quién tiene más aliados. Y en este edificio, todos le deben favores a mi madre.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Julián Jr. entró como un torbellino, seguido por dos hombres de traje oscuro que tenían “abogados de tiburón” escrito en la frente. Se veía impecable, pero sus ojos estaban inyectados de sangre.

—¡Fuera de aquí! —le gritó a Regina, señalando la puerta—. Tengo que hablar con “el heredero”.

Regina me miró con preocupación, pero le hice una señal para que se fuera. No quería que ella quedara atrapada en el fuego cruzado. Una vez que estuvimos solos, Julián Jr. se sentó en el escritorio de su hermana y me lanzó un sobre grueso.

—Es tu liquidación, Mateo —dijo con una sonrisa gélida—. Diez millones de pesos. En efectivo, en una cuenta en las Islas Caimán, libre de impuestos. Firma estos papeles donde renuncias a cualquier derecho sobre el apellido y el consorcio, y te puedes largar de regreso a tu agujero en la Guerrero. Podrás comprarte todos los tacos y las caguamas que quieras por el resto de tu vida.

Miré el sobre. Diez millones. Era una cifra que mi mente apenas podía procesar. Con ese dinero, mi madre nunca tendría que volver a trabajar. Podría sacarla del barrio, comprarle una casa en una zona tranquila, pagarle los mejores médicos. Por un segundo, la tentación fue como un golpe en el estómago. Pero luego recordé la cara de mi padre en las fotos, su cobardía, y el desprecio en los ojos de Julián Jr.

—¿Diez millones es lo que vale mi silencio, Julián? —pregunté, empujando el sobre hacia él—. Pensé que los Alcázar eran más generosos.

—No seas estúpido, gato —siseó él, inclinándose hacia mí—. Es más de lo que verás en diez vidas de cargar bultos. Tómalo y vete. Si te quedas, no solo perderás el dinero; perderás la salud. Mi madre no tiene la paciencia que yo tengo.

—Dile a tu madre que se ahorre sus amenazas —respondí, levantándome—. No estoy aquí por el dinero. Estoy aquí porque mi padre me dejó una misión: salvar esta empresa de las ratas que se la están comiendo desde adentro. Y la rata principal tiene tu cara.

Julián Jr. se levantó también, su rostro a centímetros del mío. Pude oler el aroma a whisky que emanaba de sus poros; el junior se había estado dando valor desde temprano.

—Crees que eres muy valiente porque sabes pelear en la calle —dijo en un susurro venenoso—. Pero aquí las peleas se ganan con un clic de mouse o con una llamada telefónica. Para mañana, tu historial crediticio estará arruinado, tu madre tendrá una inspección de salubridad en su negocio y tú estarás siendo investigado por el robo de esos documentos en Donceles.

—Inténtalo —le reté—. Pero recuerda que yo no tengo nada que perder. Tú, en cambio, tienes todo este imperio de cristal. Y los cristales se rompen muy fácil cuando les avientas una piedra de la Guerrero.

Julián Jr. salió de la oficina echando chispas. Sabía que había cruzado un punto de no retorno. La tregua, si es que alguna vez existió, se había terminado.

Pasé el resto del día encerrado en mi nueva oficina, revisando los documentos que Regina me había pasado. Pero necesitaba más. Necesitaba hablar con alguien que conociera las entrañas de la empresa, alguien que no estuviera en la nómina de Beatriz.

Llamé a Ramiro. Él conocía a todos los viejos trabajadores del consorcio.

—Mateo, ten cuidado con lo que buscas —me advirtió por teléfono—. Hay un hombre, un tal ingeniero Sandoval. Fue el brazo derecho de tu padre durante treinta años. Lo despidieron hace seis meses, justo cuando Julián Jr. tomó el control de la planta de Querétaro. Dicen que vive en una unidad habitacional en Iztapalapa.

Esa tarde, después de salir de la oficina, no regresé a la Guerrero. Tomé el metro hasta el oriente de la ciudad. El contraste entre los rascacielos de Santa Fe y las torres de concreto gris de Iztapalapa era doloroso. Encontré al ingeniero Sandoval en un pequeño departamento que olía a humedad y a café viejo. Era un hombre flaco, de pelo blanco y manos temblorosas que no dejaban de jugar con un encendedor.

—¿Usted es el hijo de Julián? —me preguntó, mirándome a través de unos lentes gruesos—. Sí, tienes su mirada. Pero tienes la mandíbula de alguien que ha pasado hambre. Eso es bueno.

—Me dijeron que usted sabe por qué lo despidieron, ingeniero —dije, sentándome en una silla que crujió bajo mi peso.

Sandoval suspiró y miró hacia la ventana, donde se veía el mar de luces de la ciudad. —Lo supe porque no me quedé callado, muchacho. Tu padre era un hombre complicado, pero amaba su empresa. Julián Jr., en cambio, la ve como una alcancía. Estaba usando la constructora para lavar dinero de un grupo muy peligroso del norte. Cuando me di cuenta y se lo dije a tu padre, él ya estaba muy enfermo. Julián Jr. se enteró y me amenazó de muerte. Me quitaron la pensión, me boletinaron en todas las empresas y me dejaron aquí para que me muriera de olvido.

—¿Tiene pruebas? —pregunté, sintiendo que el corazón me latía con fuerza.

—Tengo algo mejor que pruebas. Tengo los libros originales de la obra de Querétaro. Los rescaté antes de que quemaran el archivo —Sandoval se levantó y sacó una caja de cartón de debajo de su cama—. Aquí está todo, Mateo. Los nombres, las fechas, las cuentas bancarias. Es la sentencia de muerte de Julián Jr.

Tomé los documentos. Pesaban más que cualquier bulto de cemento que hubiera cargado en mi vida. Era el arma que necesitaba para ganar la guerra.

—¿Por qué me da esto a mí, ingeniero? —pregunté.

—Porque tu padre murió lamentando no haber tenido el valor de traerte antes. Me lo dijo una noche en el hospital. “Sandoval, mi hijo Mateo es el único que puede limpiar mi nombre”, me dijo. Hazlo, muchacho. No por el dinero, sino por la gente que trabaja en esas obras y que arriesga la vida mientras esos juniors se compran Ferraris.

Salí de Iztapalapa con la caja bajo el brazo. Me sentía como si llevara una bomba de tiempo. Al llegar a la Guerrero, vi un coche negro estacionado frente a mi casa. No era un taxi. Tenía los vidrios polarizados y el motor encendido.

Mi instinto se disparó. No entré por la puerta principal. Rodeé la manzana y subí por la azotea del vecino, saltando de techo en techo como hacía cuando era niño y jugábamos a las escondidillas. Entré a mi casa por la ventana de la cocina.

Mi madre estaba sentada a la mesa, pálida, frente a una mujer que no esperaba ver ahí. Era Beatriz.

La viuda de Alcázar estaba sentada en nuestra pequeña silla de madera, con su abrigo de piel y su bolsa de marca, luciendo como un diamante en un basurero. No parecía asustada; parecía asqueada.

—Hola, Mateo —dijo ella, sin siquiera voltear a verme—. Tienes una casa muy… pintoresca.

—¿Qué hace aquí, señora? —pregunté, dejando la caja de Sandoval detrás de un garrafón de agua.

—Vine a hablar con tu madre —respondió Beatriz, levantándose con una elegancia que me hizo hervir la sangre—. Quería saber cuánto cuesta su dignidad. Le ofrecí una casa en Cuernavaca y una pensión vitalicia si te convencía de aceptar el trato de mi hijo. Pero parece que la señora Elena es tan terca como tú.

Mi madre levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero su voz era firme. —Le dije que mi hijo no está en venta, señora. Y que sus millones no pueden tapar el hecho de que su esposo nos amó a nosotros más de lo que jamás la amó a usted.

El rostro de Beatriz se contrajo en un gesto de furia pura. Fue solo un segundo, pero vi la grieta en su máscara de perfección. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo frente a mí.

—Disfruta tu noche, Mateo —susurró—. Porque mañana, en la junta de consejo, tu mundo se va a derrumbar. Y no habrá rincón en esta ciudad donde puedas esconderte.

Salió de la casa, y el olor a su perfume caro se quedó flotando como un gas venenoso. Corrí hacia mi madre y la abracé.

—¿Estás bien, jefa? ¿Te hizo algo?

—No, hijo. Solo palabras. Palabras feas —dijo ella, apretándome las manos—. Mateo, esa mujer es peligrosa. Tiene ojos de quien no tiene alma. Por favor, deja esto. Vámonos de aquí, regresemos a lo nuestro.

—No puedo, mamá —dije, mirando la caja de Sandoval—. Ahora es personal. Ella se metió en nuestra casa. Ahora yo voy a meterme en sus pesadillas.

Pasé toda la noche revisando los libros de Sandoval con la ayuda de Regina, a quien llamé para que viniera a la casa. Al principio ella tenía miedo de entrar a la Guerrero, pero cuando vio la importancia de los documentos, se olvidó de su miedo.

Estuvimos sentados en la mesa de la cocina hasta las cuatro de la mañana. Regina usaba su laptop para cruzar los datos de los libros con la contabilidad oficial de la empresa que ella había descargado ilegalmente de los servidores de Santa Fe.

—Es increíble —dijo ella, señalando la pantalla—. Julián Jr. usó la constructora para lavar más de doscientos millones de pesos en los últimos dos años. Creó una red de subcontratistas que solo existen en el papel. El dinero salía de la empresa como “pago de materiales” y terminaba en cuentas personales en paraísos fiscales.

—¿Podemos probarlo en la junta de mañana? —pregunté.

—Con esto, sí. Pero Mateo, en cuanto presentes esto, Julián Jr. irá a la cárcel. Y mi madre… mi madre no se lo va a perdonar a nadie. Ni siquiera a mí.

—¿Estás dispuesta a seguir adelante, Regina? —la miré a los ojos—. Ella es tu madre. Él es tu hermano.

Regina guardó silencio por un largo momento. Miró las paredes descascaradas de mi cocina, las fotos de mi infancia en la repisa, y luego miró los documentos de Sandoval.

—Mi padre amaba esta empresa —dijo finalmente—. Y yo amo la justicia más de lo que temo a mi madre. Vamos a hacerlo, Mateo. Mañana, los Alcázar van a saber lo que es la vergüenza.

Dormimos un par de horas en el sofá. A las siete de la mañana, ya estábamos en camino a Santa Fe. Llevábamos los libros de Sandoval en una maleta vieja, bien guardada.

Al llegar al edificio, la tensión se sentía en el aire. El auditorio del consejo directivo estaba lleno. Eran doce hombres y mujeres, los accionistas y consejeros más poderosos del país, sentados en sillas de cuero alrededor de una mesa circular. Beatriz y Julián Jr. estaban en la cabecera, luciendo tranquilos, como si ya hubieran ganado la guerra.

—Señores consejeros —empezó Beatriz, con su voz de seda—. Estamos aquí para tratar un asunto delicado. Como saben, la reciente muerte de mi esposo ha traído algunas… complicaciones legales. Un joven de origen humilde reclama una parte de la empresa basándose en un documento cuya autenticidad estamos impugnando. Pero más allá de lo legal, estamos aquí para proteger la integridad de Alcázar. No podemos permitir que una persona sin educación ni experiencia se siente en esta mesa.

Los consejeros asintieron. Algunos me miraron con desprecio, otros con lástima. Yo me quedé de pie al fondo de la sala, con la maleta a mis pies.

—Por eso —continuó Beatriz—, propongo una votación inmediata para suspender los derechos de voto del señor Guerrero hasta que se resuelva el juicio de impugnación.

—Antes de votar —dije, caminando hacia el centro de la sala—, creo que los consejeros deberían ver por qué el señor Julián Alcázar Jr. tiene tanta prisa por sacarme de aquí.

Julián Jr. soltó una carcajada. —No nos hagas perder el tiempo con tus historias de la calle, Mateo. Aquí hablamos con números.

—Perfecto —respondí—. Hablemos de números. Hablemos de los doscientos millones de pesos que faltan en la obra de Querétaro.

El silencio que siguió fue absoluto. Julián Jr. se puso pálido, y Beatriz apretó su pluma con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.

—¿De qué estás hablando? —preguntó uno de los consejeros, un hombre mayor de aspecto severo.

—Hablo de lavado de dinero —dije, abriendo la maleta y sacando los libros de Sandoval—. Hablo de empresas fantasma y de facturas infladas. Aquí tengo los libros originales de obra, rescatados por el ingeniero Sandoval, a quien Julián Jr. despidió ilegalmente para ocultar su crimen.

Caminé por la sala, repartiendo copias de las auditorías que Regina y yo habíamos preparado durante la noche. Los consejeros empezaron a hojear los papeles, y pronto los murmullos de sorpresa llenaron la sala.

—¡Esto es falso! —gritó Julián Jr., levantándose de su asiento—. ¡Es un montaje! ¡Ese viejo Sandoval está resentido y este tipo le pagó para inventar esto!

—Los números no mienten, Julián —dijo Regina, levantándose de su asiento junto a los consejeros—. Yo misma crucé los datos con los servidores centrales. Las transferencias a las cuentas de Caimán coinciden exactamente con los desvíos de la obra de Querétaro. Y tengo las grabaciones de los subcontratistas admitiendo que nunca entregaron el material.

Beatriz miró a su hija con una expresión que me dio escalofríos. Era una mirada de odio puro, de una madre que acaba de ser traicionada por su propia sangre.

—Regina… —susurró Beatriz—. No sabes lo que has hecho.

—Hice lo correcto, mamá —respondió Regina con lágrimas en los ojos—. Lo que papá hubiera querido.

El consejero mayor se levantó, mirando a Julián Jr. con asco. —Señor Alcázar, esto es gravísimo. Si esto es cierto, la empresa enfrenta cargos federales. Exijo una auditoría externa inmediata y la suspensión de sus funciones como director operativo.

—¡Ustedes no pueden hacerme esto! —gritaba Julián Jr., mientras dos guardias de seguridad del propio edificio se acercaban a él—. ¡Yo soy el dueño! ¡Este es mi apellido!

—El apellido no te da el derecho de robarle a la gente que construye tu fortuna, Julián —le dije, viéndolo ser escoltado fuera de la sala—. Se acabó el juego.

Beatriz se mantuvo en su asiento, inmóvil. Me miró fijamente mientras el caos estallaba a su alrededor.

—Ganaste esta batalla, Mateo —dijo ella, con una voz que era apenas un susurro frío—. Pero no tienes idea de lo que acabas de desatar. En este mundo, cuando cortas una cabeza, aparecen dos más. Y la mía sigue muy bien puesta.

Salió de la sala con la frente en alto, sin mirar atrás. Me quedé allí, en medio del auditorio de cristal, sintiendo una mezcla de alivio y terror. Había ganado, pero sabía que el precio apenas estaba por cobrarse.

Salí del edificio con Regina. El aire de Santa Fe se sentía un poco más limpio, pero el cielo empezaba a oscurecerse.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Regina, abrazándose a sí misma.

—Ahora viene lo difícil, Regina. Mantener la empresa en pie mientras el escándalo estalla. Y protegernos.

—¿Me puedo quedar contigo en la Guerrero unos días? —preguntó ella, con voz pequeña—. No quiero volver a esa casa. No quiero ver a mi madre.

—Mi casa es tu casa, Regina —le dije, abriéndole la puerta de mi viejo coche—. En mi barrio no hay lujos, pero hay gente que se cuida la espalda.

Mientras manejaba de regreso a la Guerrero, vi por el espejo retrovisor que el coche negro seguía allí, siguiéndonos a una distancia prudente. La guerra no había terminado; solo había cambiado de escenario.

Llegamos a la colonia y el ambiente se sentía pesado. La gente en las esquinas hablaba en voz baja, y el “Sapo” me hizo una señal de alerta desde su puesto de periódicos.

—Mateo, aguas —me dijo cuando bajé del coche—. Vinieron unos tipos preguntando por ti. No eran de por aquí. Traían armas largas bajo los sacos.

Subí a Regina a mi departamento y le pedí a mi madre que cerrara todas las puertas. Saqué el teléfono y llamé a Ramiro.

—Ramiro, necesito que reúnas a los muchachos. Julián Jr. no se va a ir solo. Va a intentar quemarlo todo antes de caer.

—Ya estamos en eso, Mateo —respondió Ramiro—. El barrio es tuyo. Nadie entra sin que lo sepamos.

Esa noche, nos quedamos despiertos en la cocina, vigilando la calle desde la ventana. Regina dormía en el sofá, agotada. Mi madre rezaba su rosario en voz baja.

De pronto, un estallido rompió el silencio de la noche. Una botella con fuego —una molotov— explotó contra la fachada del edificio de enfrente. Luego, el sonido de ráfagas de ametralladora rasgó el aire.

—¡Al suelo! —grité, tirando a mi madre y a Regina hacia el pasillo.

Los cristales de las ventanas estallaron por todas partes. El olor a pólvora y gasolina llenó el departamento. Julián Jr. había enviado a sus socios del norte a cobrar la deuda de su humillación.

—¡Mateo! —gritó el Pecas desde la calle—. ¡Están aquí! ¡Son tres camionetas!

Me levanté, sintiendo una furia que nunca antes había experimentado. Tomé una varilla de acero que tenía guardada en el rincón y miré a mi madre.

—Quédate aquí, jefa. No salgas por nada del mundo.

—Mateo, por Dios, ten cuidado —sollozó ella.

Salí a la azotea. El barrio ya estaba en pie de guerra. Los muchachos de la Guerrero estaban en los techos, lanzando piedras y botellas contra las camionetas negras que intentaban avanzar por la estrecha calle de Magnolia. Era una batalla desigual: piedras contra balas. Pero el barrio tiene algo que los sicarios no tienen: conocimiento del terreno.

Vi a Julián Jr. bajando de una de las camionetas. Se veía fuera de sí, con una pistola en la mano y gritando mi nombre.

—¡Sal, cobarde! ¡Sal y enfrenta lo que hiciste! —gritaba, disparando al aire.

Bajé por la escalera de emergencia, moviéndome entre las sombras. Llegué al nivel de la calle justo cuando él recargaba su arma. El Pecas y el Sapo lo tenían rodeado desde los callejones, pero no se atrevían a acercarse por los disparos de sus guardaespaldas.

—Aquí estoy, Julián —dije, saliendo de la oscuridad con la varilla en la mano.

Él giró, apuntándome directamente al pecho. Su mano temblaba, y sus ojos estaban desorbitados por el alcohol y el odio.

—Te lo dije, gato —rio con una voz quebrada—. Te dije que te iba a destruir. Ahora este barrio va a arder por tu culpa.

—El barrio no se quema tan fácil, Julián —respondí, caminando lentamente hacia él—. Tú crees que el poder está en ese fierro que tienes en la mano. Pero el poder está aquí, en la gente que no te tiene miedo. Mira a tu alrededor.

Julián Jr. miró hacia arriba. En cada azotea, en cada ventana, había gente mirándolo. No eran sombras; eran personas reales, con rostros llenos de una rabia que él nunca podría entender. Empezaron a golpear las láminas de los techos, creando un sonido rítmico, ensordecedor, como el latido de un corazón gigante.

—¡Cállense! —gritó Julián, disparando hacia arriba—. ¡Los voy a matar a todos!

Ese fue su error. Al distraerse, me lancé sobre él. La varilla de acero golpeó su brazo, haciendo que la pistola volara lejos. Caímos al suelo, rodando entre los escombros y el agua sucia de la calle. Julián Jr. peleaba como un animal acorralado, lanzando golpes desesperados, pero yo tenía la fuerza de años de trabajo y el peso de mi verdad.

Lo inmovilicé en el suelo, apretando mi antebrazo contra su garganta.

—Se acabó, hermano —le dije al oído, mientras las sirenas de la policía empezaban a escucharse a lo lejos—. Ya no eres un Alcázar. Solo eres un criminal más en las calles de la Guerrero.

Los sicarios, al ver que la policía se acercaba y que el barrio se les echaba encima, abandonaron a Julián Jr. y arrancaron las camionetas a toda velocidad. Los muchachos de la colonia se abalanzaron sobre él, pero hice una señal para que se detuvieran.

—No —dije—. Dejen que se lo lleve la ley. No somos como ellos.

La policía llegó y se llevó a Julián Jr. esposado, cubierto de lodo y sangre, llorando como el niño consentido que siempre fue. Beatriz llegó minutos después en otro coche, pero no se bajó. Vio a su hijo ser subido a la patrulla y se limitó a cerrar la ventanilla y dar la orden de arrancar. Lo había abandonado. En su mundo, el fracaso es el único pecado que no tiene perdón.

Regresé a mi departamento. Regina me recibió con un abrazo sollozante, y mi madre me limpió las heridas con el mismo cuidado de cuando era niño.

—Ya pasó, hijo —dijo ella, abrazándome—. Ya pasó.

—No, mamá —respondí, mirando hacia la ventana rota—. Esto apenas es el principio de la reconstrucción.

Al día siguiente, regresé a Santa Fe. Pero esta vez no tomé el camión. Manejé el coche de mi padre, que Regina me había entregado. Entré al edificio y subí al piso 42.

Claudia, la recepcionista, me saludó con una sonrisa auténtica. —Bienvenido, señor Alcázar. El consejo lo espera.

Entré a la oficina de la presidencia. Beatriz ya no estaba. Había renunciado a su puesto y se había ido del país, llevándose lo que pudo, pero dejando el control de la empresa en mis manos y en las de Regina.

Me senté en el sillón de cuero y miré la ciudad desde lo alto. Se veía hermosa, pero ya no me intimidaba. Sabía que abajo, en esas calles llenas de ruido y humo, estaba la verdadera fuerza que sostenía todo esto.

—¿Qué sigue, Mateo? —preguntó Regina, entrando con un café.

—Sigue trabajar, Regina. Mañana vamos a Querétaro. Vamos a contratar de nuevo al ingeniero Sandoval y vamos a terminar esa planta como se debe. Sin mentiras, sin robos.

—Va a ser difícil limpiar el nombre de la familia.

—No somos solo los Alcázar ahora, Regina. Somos los Guerrero Alcázar. Y nosotros sabemos cómo construir sobre las ruinas.

Salí de la oficina y caminé hacia el elevador. Pero antes de bajar, me detuve en el ventanal y vi hacia el oriente, hacia la Guerrero. Pude imaginar a mi madre preparando la comida, a mis amigos en la esquina y a Ramiro con su carrito de camotes.

Mi nombre es Mateo Guerrero Alcázar. Nací en la sombra, crecí en el esfuerzo y ahora estoy en la cima. Pero nunca olvidaré que mi trono no es de cristal; es de piedra, sudor y la verdad que nadie pudo callar.

Capítulo 5: Cimientos de Cristal y Sombras de Cobalto

El sol de la Ciudad de México tiene una forma muy particular de golpear los cristales de los rascacielos en Santa Fe; es un brillo cegador que parece querer ocultar todo lo que pasa detrás de esas paredes de vidrio. Esa mañana, mientras me miraba en el espejo del elevador del piso 42, me di cuenta de que mis manos ya no estaban cubiertas de mezcla, pero las cicatrices de la obra seguían ahí, recordándome quién era yo antes de que el apellido Alcázar me cayera encima como un bulto de cemento de cincuenta kilos.

—Te ves tenso, Mateo —dijo Regina, reflejada a mi lado. Ella vestía un traje sastre impecable, pero sus ojos delataban que había pasado la noche en vela, igual que yo—. No dejes que los directores vean que tienes dudas. En este edificio, el miedo es como la sangre en una alberca de tiburones.

—No es duda, Regina —respondí, ajustándome la corbata que mi madre me había dado—. Es asco. Asco de pensar que mientras yo cargaba bultos para pagar la renta, estos tipos estaban sentados en sillas de piel decidiendo qué tan delgadas podían ser las varillas de una escuela para que ellos pudieran comprarse un yate.

Las puertas del elevador se abrieron con un tintineo elegante. El pasillo que conducía a la sala de juntas estaba flanqueado por asistentes que bajaban la cabeza al vernos pasar. No era respeto; era el pánico de no saber quién de ellos sería el próximo en caer tras el escándalo de Julián Jr.

Al entrar a la sala, el ambiente se puso gélido. Había siete hombres y dos mujeres, la crema y nata de la administración de Consorcio Alcázar. En la cabecera, sentado como si todavía fuera el dueño de la verdad, estaba el Licenciado Arriaga, el director financiero que le había servido a Beatriz durante dos décadas.

—Buenos días, señores —dije, caminando hacia la cabecera. Arriaga no se movió. Se quedó ahí, mirándome con una sonrisa condescendiente que me daban ganas de borrarle de un solo golpe.

—Señor… Guerrero —dijo Arriaga, enfatizando mi apellido materno como si fuera un insulto—. Estábamos discutiendo la estrategia de daños. El arresto de Julián Jr. ha provocado que nuestras acciones caigan un 15% en la bolsa de Nueva York. Necesitamos un chivo expiatorio rápido, y el ingeniero Sandoval parece la opción más lógica. Diremos que él actuó solo y que Julián fue engañado.

Sentí que la sangre me hervía. Me apoyé en la mesa, invadiendo el espacio personal de Arriaga. Podía oler su perfume caro y el miedo rancio que emanaba.

—Escúcheme bien, Arriaga —mi voz salió baja, pero cargada de la autoridad que solo te da haber sobrevivido a las calles—. El ingeniero Sandoval no solo no es el culpable, sino que hoy mismo se reincorpora a la empresa como Director General de Obras. Y en cuanto a usted… —saqué un folder de mi maleta y lo arrojé sobre la mesa—. Aquí están las transferencias que usted autorizó a las empresas fachada de mi hermano. Tiene diez minutos para recoger sus cosas antes de que la seguridad lo escolte a la salida. O mejor aún, a la fiscalía.

El rostro de Arriaga pasó de la arrogancia a una palidez de muerte. —Usted no puede hacerme esto. Soy socio minoritario. La señora Beatriz…

—La señora Beatriz está en un avión hacia Madrid y no va a contestar sus llamadas —intervino Regina, con una frialdad que hasta a mí me sorprendió—. Mateo es el presidente interino por decisión del consejo tras la evidencia de fraude. Firme su renuncia ahora, Licenciado. Por su propia dignidad.

Arriaga miró a su alrededor, buscando apoyo en los otros directores, pero todos bajaron la vista hacia sus iPads. En ese mundo, la lealtad se acaba cuando el barco empieza a hundirse. Firmó con la mano temblorosa y salió de la sala sin decir una palabra.

—¿Quién sigue? —pregunté, mirando a los demás. Nadie respiraba—. Bien. Quiero los estados de cuenta de la planta de Querétaro en mi escritorio para el mediodía. Regina y yo vamos para allá ahora mismo.

Salimos de la oficina y bajamos al estacionamiento. Esta vez, el viaje no sería en el coche de lujo de Regina. Había pedido que trajeran una de las camionetas de carga de la empresa, una Ford blanca, llena de herramientas y polvo.

—¿De verdad tenemos que ir en esto? —preguntó Regina, subiéndose con cuidado para no manchar su traje.

—Si quieres reconstruir una empresa, tienes que ensuciarte —respondí, arrancando el motor—. En Querétaro no nos esperan directivos con corbata, nos esperan trabajadores que no han cobrado y que saben que los cimientos de la planta están podridos. Ellos no confían en los Alcázar, confían en la gente que sabe de qué lado se agarra una pala.

El trayecto hacia Querétaro fue largo. La carretera estaba saturada de camiones de carga, esos gigantes de acero que son las venas de México. Mientras manejaba, Regina no dejaba de revisar su teléfono.

—Mi madre me escribió —dijo de pronto, con la voz quebrada.

—¿Qué dice?

—Dice que soy una traidora. Que mi padre se avergonzaría de mí por poner a un “bastardo” por encima del bienestar de la familia. Dice que Julián Jr. está destrozado en la celda y que todo es mi culpa.

Me orillé en el acotamiento y apagué el motor. La miré fijamente. Regina no era la mujer gélida que conocí en la notaría; era una niña herida por el mismo monstruo que me había abandonado a mí.

—Regina, mírame —le tomé las manos—. Tu madre no está defendiendo a la familia, está defendiendo su cuenta bancaria. Julián Jr. no es una víctima, es un hombre que decidió robarle a gente que apenas tiene para comer. Tu padre no nos dejó esto para que nos peleáramos, nos lo dejó porque sabía que éramos los únicos que podíamos limpiar su mugre. No eres una traidora, eres la primera Alcázar con conciencia en tres generaciones.

Ella me abrazó y lloró en silencio durante unos minutos. Fue el primer momento en que sentí que realmente éramos hermanos. No por la sangre, sino por el dolor compartido.

Continuamos el viaje y llegamos a la planta de Querétaro al mediodía. El panorama era desolador. La construcción estaba detenida. Una estructura de acero gigante se alzaba contra el cielo, pero estaba llena de óxido y las varillas parecían dedos esqueléticos saliendo del concreto.

Al bajar de la camioneta, el ingeniero Sandoval ya nos estaba esperando. Llevaba su casco blanco y un chaleco naranja que le quedaba un poco grande. Al vernos, una sonrisa cansada iluminó su rostro.

—Mateo, Regina… pensé que no vendrían —dijo Sandoval, estrechándome la mano con fuerza—. La situación está de la patada. El sindicato bloqueó la entrada trasera y los proveedores de concreto se niegan a descargar hasta que no se les liquide la deuda anterior.

—Ya se autorizaron los pagos, ingeniero —dijo Regina, recobrando su tono profesional—. Las transferencias deben caer en las próximas dos horas.

Caminamos hacia el área de los cimientos. Me agaché y toqué el concreto. Estaba poroso, lleno de burbujas de aire. Era una sentencia de muerte para cualquier edificio de esa magnitud.

—Mire esto, Mateo —dijo Sandoval, señalando una columna principal—. Julián Jr. dio la orden de usar un concreto de baja resistencia, $f’c = 150 kg/cm^2$, cuando el plano estructural exigía $f’c = 300 kg/cm^2$. En el papel, cobraron el de 300. Se clavaron la mitad del dinero. Si un sismo de grado 6 pega aquí, esto se viene abajo como un castillo de naipes.

—Hay que demoler y volver a vaciar —dije, sintiendo una furia fría.

—¡Eso nos va a costar millones! —exclamó Regina—. Y nos va a retrasar seis meses. El contrato con el gobierno tiene cláusulas de penalización altísimas.

—Si no lo hacemos, Regina, la gente que trabaje aquí va a morir —la miré a los ojos—. ¿Qué prefieres? ¿Perder dinero o cargar con muertes en la conciencia? Julián ya eligió lo primero, y mira dónde está.

Regina bajó la cabeza y asintió. —Tienes razón. Demolemos.

Estábamos discutiendo los detalles técnicos cuando dos camionetas Suburban negras, con los vidrios totalmente oscuros, entraron a la obra a toda velocidad, levantando una nube de polvo que nos obligó a cubrirnos la cara. Se detuvieron a pocos metros de nosotros.

De la primera camioneta bajaron cuatro hombres. No vestían trajes de oficina. Llevaban pantalones tácticos, camisas de marca ajustadas y anteojos de sol oscuros. El que parecía el líder era un hombre de unos cincuenta años, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y un aire de peligro que hacía que el aire se sintiera más pesado.

—¿Quién es el que manda aquí ahora? —preguntó el hombre, con una voz rasposa que sonaba como piedras chocando.

Sandoval dio un paso atrás, pálido. Yo di un paso adelante, poniendo a Regina detrás de mí.

—Yo mando —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Mateo Guerrero Alcázar. ¿Y usted quién es?

El hombre soltó una risita seca. —Me dicen “El Alacrán”. Tu hermano Julián y yo teníamos un acuerdo, muchacho. Él usaba mis empresas de transporte para mover sus… materiales, y yo me encargaba de que nadie molestara la obra. El problema es que Julián se fue a la sombra debiéndome cincuenta millones de pesos por “servicios de logística” que ya fueron entregados.

—Mi hermano ya no forma parte de esta empresa —respondí, sintiendo el sudor frío bajando por mi espalda—. Cualquier deuda personal que él tenga, la tiene que arreglar con él. Consorcio Alcázar no reconoce contratos que no pasaron por legal.

El Alacrán se quitó los lentes de sol. Sus ojos eran pequeños y gélidos, como los de una serpiente. Se acercó a mí hasta que pude oler el tabaco y algo metálico en su aliento.

—Mira, “Güerito”… me da igual cómo te apellides. En este negocio, las deudas de sangre las pagan los que se quedan con el trono. Esos cincuenta millones no son negociables. Y si decides demoler este lugar, estás tirando mi inversión a la basura.

—Esa inversión es ilegal y peligrosa —intervino Regina, asomándose por encima de mi hombro—. Vamos a llamar a la policía ahora mismo si no se retiran.

Los hombres de El Alacrán se rieron. Uno de ellos abrió un poco su chaqueta, dejando ver la culata de un arma automática.

—La policía de por aquí desayuna con mi dinero, reina —dijo El Alacrán, mirando a Regina con una lascivia que me hizo apretar los puños—. Tienes una hermana muy guapa, Mateo. Sería una lástima que algo le pasara en esta carretera tan solitaria. Tienen 48 horas para depositar la primera mitad en la cuenta que ya conocen. Si no, la próxima vez que nos veamos, no voy a traer camionetas, voy a traer dinamita.

Se dio la vuelta, subió a su Suburban y arrancaron quemando llanta. Nos quedamos ahí, en medio del polvo y el silencio, con el corazón latiendo a mil.

—Mateo… —susurró Regina, agarrándome del brazo—. Tenemos que irnos de aquí. Tenemos que aceptar el dinero de mi madre y pagarles.

—No —dije, mirando hacia la dirección por la que se habían ido—. Si les pagamos una vez, nos van a extorsionar toda la vida. Julián los metió aquí, pero yo los voy a sacar.

—¿Cómo? —preguntó Sandoval—. Esos tipos no juegan, Mateo. Son gente del cartel del Bajío.

—Ellos juegan con el miedo —respondí, sintiendo que mi mente trabajaba a toda velocidad—. Creen que soy un junior que se va a asustar. Pero se les olvida que yo crecí en la Guerrero, donde los alacranes se pisan antes de que piquen. Sandoval, necesito que reúna a los jefes de cuadrilla. A los más leales. Necesitamos asegurar el perímetro y necesito hablar con un viejo amigo en la Ciudad de México.

Regresamos a la capital esa misma noche. Regina no paraba de temblar. La llevé a mi casa en la Guerrero; ya no era seguro que se quedara en su departamento de lujo con ventanales que cualquiera podía romper.

Mi madre nos recibió con la calma de quien ha visto pasar muchas tormentas. Preparó un té de azahar para Regina y me llevó a la cocina.

—Te están siguiendo, Mateo —me dijo en voz baja—. Un coche negro ha pasado tres veces por la esquina. El Sapo dice que los tipos no son de la zona.

—Lo sé, jefa. Me metí en un nido de víboras.

—Tu padre siempre decía que el dinero de los Alcázar estaba maldito —suspiró ella, acariciándome el pelo como cuando era niño—. Pero tú no eres un Alcázar cobarde. Eres un Guerrero. Si vas a pelear, hazlo con inteligencia, no con las manos.

Salí a la calle y busqué a Ramiro. Lo encontré en “El Recreo”, tomando una cerveza solo.

—Ramiro, necesito un favor —le dije, sentándome a su lado—. Necesito contactar a alguien que sepa de los movimientos del Alacrán en el Bajío. Julián le debe dinero y ahora vienen por mí.

Ramiro dejó su cerveza y me miró con preocupación. —Te metiste con las ligas mayores, Mateo. El Alacrán no es un delincuente común, es el que controla las rutas de huachicol y transporte en Querétaro. Pero mira… hay un hombre, un ex coronel que trabajaba en inteligencia militar y que ahora hace “limpiezas” privadas. Se llama Castillo. Fue amigo de tu padre antes de que Beatriz lo alejara de todo.

Esa misma noche me reuní con Castillo en un café oscuro cerca del Monumento a la Revolución. Era un hombre de unos sesenta años, con el cabello cortado al ras y una mirada que parecía atravesar las paredes.

—Julián Alcázar era un buen hombre hasta que se casó con esa mujer —dijo Castillo, tras escuchar mi historia—. Tú tienes su cara, pero la determinación de tu madre. Eso me gusta.

—No quiero sangre, Coronel —le dije—. Solo quiero que dejen en paz mi empresa y a mi familia.

—En este mundo, para que te dejen en paz, tienes que demostrar que eres más peligroso que ellos —Castillo sacó una tablet y me mostró unas fotos—. El Alacrán no solo tiene contratos con tu hermano. También está lavando dinero a través de una constructora rival que quiere quedarse con el contrato de la planta de Querétaro. Si tú demueles y reconstruyes bien, les arruinas el negocio de lavado para los próximos diez años. Por eso te amenazó.

—¿Qué podemos hacer?

—Información, Mateo. El Alacrán cree que nadie sabe dónde guarda su mercancía. Si le demostramos que sabemos exactamente dónde están sus depósitos y que tenemos línea directa con la Marina para reventarlos, nos va a escuchar. Pero necesito que tú seas el que dé la cara. Tienes que ir a verlo mañana, solo.

—¡Es un suicidio! —exclamó Regina cuando le conté el plan en la mañana.

—Es la única forma —respondí, poniéndome mi chaleco de obra—. Si voy con escolta, pensará que tengo miedo. Si voy solo, pensará que tengo algo muy grande que lo respalda.

Regresé a Querétaro al día siguiente. No fui a la obra. Fui a un rancho en las afueras de la ciudad que Castillo me había indicado. Era una propiedad inmensa, con portones de hierro y cámaras de seguridad por todas partes.

Los hombres del Alacrán me recibieron con las armas en la mano. Me bajé de la camioneta con las manos en alto, pero con la frente en alto.

—Díganle que Mateo Alcázar está aquí para pagar su deuda —grité.

Me llevaron a un patio interior donde El Alacrán estaba desayunando frente a una alberca. Me miró con sorpresa, casi con admiración.

—Tienes huevos, muchacho. ¿Traes el dinero?

—Traigo algo mejor —saqué un sobre con unas coordenadas impresas y unas fotos de sus depósitos de combustible robado—. Traigo la ubicación de tus tres depósitos principales en San Juan del Río. En este momento, un amigo mío en la Ciudad de México tiene el dedo sobre el botón para enviar estas fotos a la Sedena y a la prensa internacional.

El Alacrán se levantó lentamente, su rostro oscureciéndose. Sus hombres cortaron cartucho.

—¿Me estás amenazando en mi propia casa?

—Le estoy proponiendo un trato —respondí, tratando de que mi voz no flaqueara—. Usted olvida la deuda de mi hermano y saca sus manos de Consorcio Alcázar. A cambio, yo quemo estas fotos y me olvido de lo que vi en la planta. Usted sigue con su negocio y yo con el mío. Si me pasa algo, o si le pasa algo a mi hermana, la información se libera automáticamente. Usted pierde trescientos millones en mercancía y se va a la cárcel. Yo pierdo la vida, pero mi familia queda protegida por el escándalo.

Hubo un silencio eterno. El único sonido era el agua de la alberca y el canto de unos pájaros lejanos. El Alacrán me miró durante lo que parecieron horas. De pronto, soltó una carcajada que resonó en todo el patio.

—¡Hijo de su madre! —rio, golpeando la mesa—. Tu padre era un cobarde, pero tú… tú eres un perro de pelea. Julián nunca tuvo el valor de mirarme a los ojos así.

Hizo una señal a sus hombres para que bajaran las armas.

—Está bien, Mateo. Me agradas. Tienes palabra y tienes pantalones. La deuda de Julián queda saldada. Pero no quiero volver a ver tu cara por mis rutas. Si te cruzas en mi camino de nuevo, no habrá fotos que te salven.

—Trato hecho —dije, sintiendo que mis piernas finalmente me fallaban.

Salí de ahí manejando con las manos temblando tanto que apenas podía sostener el volante. Había ganado, pero sabía que el precio era vivir siempre con un ojo abierto.

Llegué a la planta de Querétaro y vi al ingeniero Sandoval dirigiendo a las cuadrillas de demolición. El sonido de los rotomartillos rompiendo el concreto podrido de Julián Jr. era la música más hermosa que había escuchado en mi vida.

Regina salió de la oficina provisional y corrió a abrazarme.

—¿Estás bien? ¿Qué pasó?

—Estamos a salvo, Regina. El Alacrán ya no es un problema.

—¿Cómo lo hiciste?

—Aprendí que en este mundo, el poder no es el dinero —dije, mirando la estructura que empezaba a caer—. El poder es saber quién eres y no tener miedo de perder lo que tienes para defender lo que crees.

Pasamos los siguientes meses viviendo prácticamente en la obra. Dormíamos en remolques, comíamos con los trabajadores y revisábamos cada varilla, cada bulto de cemento, cada plano. Regina aprendió a distinguir un amarre de varilla bien hecho de uno chapucero. Yo aprendí a leer contratos internacionales y a manejar presupuestos de millones de pesos sin perder la cabeza.

La planta de Querétaro se convirtió en nuestro símbolo. Ya no era la obra del fraude de Julián Jr.; era la obra del renacimiento de los Guerrero Alcázar.

El día que terminamos de vaciar los nuevos cimientos, hicimos una comida para todos los trabajadores. Mi madre vino desde la Guerrero y preparó unas ollas gigantes de carnitas. Ahí estábamos todos: los albañiles, el ingeniero Sandoval, Regina vestida con sus botas de trabajo, y yo.

—Un brindis —dijo Sandoval, levantando un vaso de plástico con refresco—. Por el patrón Mateo, que nos devolvió la dignidad y el trabajo.

—No —dije, levantándome—. Por nosotros. Por los que ponen el pecho y las manos para que este país no se caiga.

Miré a Regina y ella me sonrió. Habíamos logrado lo imposible. Habíamos limpiado el nombre de nuestro padre, pero sobre todo, habíamos construido nuestro propio camino.

Sin embargo, mientras la fiesta seguía, recibí un mensaje en mi teléfono de un número desconocido. Era una foto de mi madre saliendo de la casa en la Guerrero, tomada desde lejos.

“Felicidades por la planta, Mateo. Pero recuerda que las deudas de sangre nunca se olvidan del todo. Beatriz manda saludos.”

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la columna. La guerra con El Alacrán había terminado, pero la guerra con mi propia familia apenas estaba entrando en su fase más oscura. Beatriz estaba de regreso, y esta vez no vendría con abogados.

Miré a mi madre riendo con Regina y apreté los dientes. Había construido unos cimientos fuertes en Querétaro, pero ahora tendría que construir una fortaleza alrededor de lo que más amaba.

—¿Qué pasa, Mateo? —preguntó Regina, notando mi cambio de semblante.

—Nada, hermana —mentí, guardando el teléfono—. Solo que mañana tenemos mucho trabajo.

La noche cayó sobre la planta de Querétaro, iluminando los nuevos muros que se alzaban fuertes y honestos. Pero en las sombras, el pasado de los Alcázar seguía acechando, esperando el momento justo para morder de nuevo.

Capítulo 6: El Veneno en la Sangre y el Proyecto Espejo

El aire en la colonia Guerrero aquella mañana se sentía distinto. No era el habitual olor a garnachas y a ciudad despierta; era una pesadez eléctrica, como la que precede a las tormentas que inundan el paradero de Indios Verdes. Me asomé por la ventana rota de mi departamento, esa que ahora estaba protegida por una malla de acero que yo mismo había soldado. En la esquina, el “Sapo” y el “Pecas” hacían guardia, aparentando jugar un partido de fútbol callejero, pero sus ojos no seguían el balón, sino cada coche de vidrios polarizados que se atrevía a cruzar la calle de Magnolia.

—¿Seguimos en pie de guerra, hijo? —preguntó mi madre, Elena, dejando un plato de chilaquiles humeantes frente a mí. Su voz era tranquila, pero sus manos temblaban ligeramente al acomodar el salero.

—Solo estamos prevenidos, jefa —respondí, intentando sonreír, aunque sentía el peso de la foto de Beatriz en mi bolsillo como si fuera un pedazo de plomo—. Esa mujer no sabe jugar limpio, y yo no voy a dejar que nadie le ponga una mano encima.

—Mateo… el dinero nos trajo la justicia, pero se llevó la paz —suspiró ella, sentándose frente a mí—. A veces pienso que éramos más felices cuando solo nos preocupaba que no subieran el precio del kilo de tortilla.

—La paz que teníamos era una mentira pagada con el silencio de mi padre, mamá. Prefiero esta guerra que vivir en una jaula de cristal construida con tus lágrimas.

El sonido de un claxon elegante interrumpió la charla. Era el Audi de Regina. Ella ya no subía al departamento; prefería esperarme abajo, temerosa de las miradas de los vecinos que aún la veían como una intrusa de otro planeta. Bajé las escaleras de dos en dos, sintiendo la adrenalina correr.

Al subir al coche, Regina no me saludó. Me entregó una tableta con un gráfico que sangraba rojo.

—Beatriz movió ficha, Mateo —dijo, arrancando el coche con una brusquedad que no le conocía—. Desde Madrid, activó una cláusula de “pánico” en las cuentas del holding. Está liquidando activos de la constructora en España y Sudamérica. Si no la detenemos, para el final de la semana, el Consorcio Alcázar será un cascarón vacío de deudas.

—¿Cómo puede hacer eso si yo soy el presidente interino?

—Porque ella sigue siendo la beneficiaria de un fideicomiso oculto que papá creó hace diez años. Lo llamaban “Proyecto Espejo”. En los libros oficiales no aparece nada, pero en la contabilidad paralela que encontramos en Querétaro, hay referencias a una cuenta en un paraíso fiscal que alimenta este vaciado de fondos.

—Tenemos que ver a Julián Jr. —solté, mirando el horizonte de rascacielos que empezaba a aparecer frente a nosotros.

—¿A la cárcel? Mateo, él te odia. No te va a decir nada.

—Me odia, sí. Pero odia más ser el títere de su madre ahora que ella lo dejó morir solo en el Reclusorio Norte. Julián es un cobarde, y los cobardes hablan cuando se sienten abandonados.


El Reclusorio Norte es un lugar donde el alma se marchita entre el olor a cloro, comida rancia y el eco de los gritos que nunca salen de las paredes de concreto. Caminar por esos pasillos, incluso como visitante, me recordaba lo delgada que era la línea que me separaba de ese destino. Yo mismo pude haber terminado aquí si no hubiera tenido la suerte —o la desgracia— de descubrir mi apellido.

Tras pasar tres controles de seguridad, nos sentaron en una mesa de concreto en el área de locutorios. Julián Jr. apareció custodiado por dos guardias. Ya no era el junior impecable de Santa Fe. Vestía el uniforme caqui, su cabello antes perfectamente peinado estaba revuelto y su rostro tenía una sombra de barba que le daba un aire de desesperación.

Se sentó frente a nosotros y su primera reacción fue una carcajada seca, llena de veneno.

—Mírate, el albañil en traje de seda —siseó, mirándome con unos ojos hundidos—. ¿Vienes a burlarte? ¿O vienes a pedirme consejos de etiqueta para no verte tan naco en las juntas de consejo?

—Vengo a darte una oportunidad, Julián —respondí, ignorando el insulto—. Tu madre te abandonó. Ni siquiera ha pagado a los abogados que te asignó el consejo. Está vaciando la empresa y se va a quedar con todo en Europa mientras tú te pudres aquí por sus fraudes.

Julián se puso pálido, pero intentó mantener la fachada. —Mi madre está buscando una estrategia legal. Ella me ama.

—Tu madre ama el dinero de los Alcázar, no a los Alcázar —intervino Regina, con una voz que hizo que Julián bajara la mirada—. Julián, ella activó el “Proyecto Espejo”. Si no nos dices qué es y cómo detenerlo, tú vas a ser el único que cargue con la culpa penal de todo el desfalco. Te va a usar como el chivo expiatorio perfecto.

Julián apretó los puños sobre la mesa. Sus nudillos estaban blancos. —No saben de lo que hablan. El Proyecto Espejo… era el seguro de vida de mi padre.

—¿Seguro para quién? —pregunté, inclinándome hacia él—. Cuéntanos la verdad y te prometo que usaré mis influencias como presidente para que tu sentencia sea reducida. Te sacaré de aquí en un par de años. Si no, te vas a quedar veinte.

El silencio se prolongó. Se escuchaba el goteo de una tubería rota y el murmullo de otros presos. Julián miró a Regina, buscando una señal de traición, pero solo encontró compasión.

—Está bien —susurró Julián, con una voz que se quebraba—. El Proyecto Espejo no es una cuenta. Es una estructura de empresas fachada que mi madre creó usando la identidad robada de trabajadores de la constructora. Entre ellos… —miró a Mateo con una mezcla de miedo y malicia— …está tu madre, Mateo.

Sentí que el mundo se detenía. —¡No te atrevas a meter a mi madre en esto! —grité, golpeando la mesa. Los guardias se tensaron de inmediato.

—¡Es la verdad! —gritó Julián, retrocediendo—. Mi madre tiene documentos firmados por Elena Guerrero hace veinticinco años. Papá le hacía firmar “papeles de ayuda económica” que en realidad eran poderes notariales. Ella es la dueña legal de las empresas que lavaron el dinero en Querétaro. Si el Consorcio cae, la policía no irá tras Beatriz. Irán tras tu madre, Mateo. Por eso Beatriz te envió esa foto. No era una amenaza de muerte… era una amenaza de cárcel.

El aire se me escapó de los pulmones. Me desplomé en la silla, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Regina me tomó de la mano, pero yo no sentía nada más que un frío helado.

—Esa mujer es un monstruo —susurró Regina—. Usó la confianza de una mujer humilde para cubrirse las espaldas por décadas.

—Ella sabía que algún día podrías aparecer, Mateo —continuó Julián, ahora hablando rápido, casi con alivio por soltar la carga—. Mi madre siempre fue paranoica. Decía que “el error de Julián” algún día vendría por su parte del pastel. El Proyecto Espejo es una trampa de tiempo. Si tú tomabas el poder, ella activaba el vaciado de fondos y las pruebas apuntarían directamente a Elena Guerrero.

—¿Dónde están los documentos originales? —pregunté, con una rabia que apenas podía contener.

—En la caja fuerte de la casa de las Lomas. Detrás del cuadro del abuelo. Pero solo ella tiene la combinación biométrica. Ni siquiera yo podía entrar.

Salimos del Reclusorio en un silencio sepulcral. El trayecto de regreso fue un borrón de luces y sonidos. Mi mente no paraba de recrear las escenas de mi infancia: mi madre firmando papeles con una sonrisa de agradecimiento, pensando que el hombre que amaba la estaba protegiendo, cuando en realidad la estaba convirtiendo en su escudo contra la ley.

—No vamos a dejar que pase, Mateo —dijo Regina, rompiendo el silencio mientras cruzábamos el Paseo de la Reforma—. Mañana tenemos la gala del aniversario del Consorcio. Beatriz va a estar ahí, virtualmente, desde Madrid, para dar un discurso y “calmar” a los inversionistas.

—No vamos a esperar a mañana, Regina.

—¿Qué piensas hacer?

—Voy a entrar a la casa de las Lomas. Esta noche.

—¡Estás loco! Eso es allanamiento. Tienen seguridad, alarmas, cámaras…

—Conozco a los guardias, Regina. Muchos son hombres que trabajaron conmigo en las obras. Y Castillo me ayudará. Necesito esos documentos antes de que Beatriz los use para denunciar a mi madre.


La noche en las Lomas de Chapultepec es de un silencio artificial, solo interrumpido por el patrullaje de la seguridad privada. Me encontraba oculto entre los arbustos de una propiedad vecina, vistiendo ropa oscura y con el corazón martilleando contra mis costillas. A mi lado, el coronel Castillo revisaba una tableta que mostraba el feed de las cámaras de seguridad de la mansión Alcázar.

—Tienes tres minutos de “punto ciego”, Mateo —susurró Castillo—. El guardia de la puerta trasera es un tal Sánchez. Le debe un favor a Ramiro desde hace años. No verá nada, pero tienes que ser rápido. Si la alarma de la caja fuerte se activa, la señal llega directo a la central de la policía en cinco segundos.

—Estaré fuera en dos.

Me moví con la agilidad que te da haber subido andamios sin protección durante media vida. Salté la barda y aterricé en el pasto perfectamente podado. La mansión se alzaba frente a mí como un mausoleo. Entré por la puerta de servicio, cruzando la cocina inmensa que olía a desinfectante y a vacío.

Subí las escaleras de mármol hacia el despacho de mi padre. Al entrar, el olor a su tabaco todavía flotaba en el ambiente, un recordatorio doloroso de su presencia. Me dirigí al cuadro del abuelo, un óleo de un hombre severo que parecía juzgarme desde el pasado.

Lo moví hacia un lado y ahí estaba: la caja fuerte de última generación. Un panel táctil con lector de huellas y escáner de retina.

—Castillo, estoy frente a la caja —susurré por el comunicador—. Regina me dio el bypass que Julián Jr. usaba para espiar, pero necesito que tú bloquees la señal del biométrico.

—En eso estoy… tres… dos… uno… ¡Ahora! ¡Tienes sesenta segundos antes de que el sistema se reinicie!

Mis dedos volaron sobre el panel. El bypass de Regina funcionó. Escuché el clic mecánico de los pernos retirándose. Abrí la puerta pesada y mi linterna iluminó montones de joyas, fajos de billetes y, al fondo, un sobre de cuero negro marcado con el sello “Espejo”.

Lo tomé y empecé a hojearlo rápidamente. Ahí estaban: las firmas de mi madre, copias de su identificación de hace veinte años, contratos de fideicomisos en las Islas Vírgenes y transferencias bancarias de millones de pesos a su nombre. Era un expediente de muerte social.

De pronto, una luz se encendió en el pasillo.

—¿Quién está ahí? —una voz de mujer resonó, pero no era la de un guardia. Era una voz joven, asustada.

Me pegué a la pared, guardando el sobre bajo mi chamarra. La puerta del despacho se abrió lentamente. Era una de las empleadas de limpieza, una chica de no más de veinte años llamada Lupe, a quien yo había saludado un par de veces.

—¿Don Mateo? —preguntó ella, bajando el candil que llevaba—. ¿Qué hace aquí a estas horas? La señora Beatriz dijo que nadie podía entrar al despacho.

—Lupe, escúchame —me acerqué a ella, tratando de que mi voz fuera lo más calmada posible—. No estoy aquí para robar nada que no sea mío. Beatriz está tratando de lastimar a mi madre. Necesito que no digas nada. Por favor.

Lupe miró la caja fuerte abierta y luego me miró a mí. Recordó, tal vez, que la semana pasada yo le había ayudado a conseguir el seguro social para su abuela enferma.

—Váyase rápido, patrón —susurró, cerrando la puerta tras ella—. El jefe de seguridad viene a hacer su ronda en un minuto. Yo no vi nada.

Salí de la mansión por la misma ruta, sintiendo que el sobre bajo mi ropa quemaba. Al llegar al coche de Castillo, el Coronel arrancó de inmediato.

—¿Lo tienes?

—Lo tengo todo, Castillo. El Proyecto Espejo está en mis manos. Pero esto es solo la mitad del problema. Mañana Beatriz va a dar su discurso y sé que tiene planeado denunciar a mi madre públicamente para obligarme a renunciar.

—Entonces mañana no solo será un aniversario —dijo Castillo con una sonrisa sombría—. Será el funeral de Beatriz Alcázar.


El día de la gala, el hotel St. Regis estaba blindado. Los hombres más poderosos de México estaban ahí, bebiendo champán y hablando de tasas de interés, ajenos al drama que estaba a punto de estallar. Yo vestía mi mejor traje, un esmoquin que me hacía sentir como un impostor, pero Regina, a mi lado, me apretaba la mano dándome fuerzas. Ella lucía un vestido rojo, el color de la guerra.

—¿Estás listo, Mateo? —preguntó Regina.

—He cargado bultos de cien kilos, Regina. Esto es solo papel.

El salón principal se oscureció y una pantalla gigante se encendió. Apareció Beatriz, sentada en un despacho lujoso en Madrid, luciendo impecable, con una sonrisa que destilaba veneno.

—Queridos amigos e inversionistas —empezó Beatriz, su voz resonando en todo el salón—. Es un honor saludarlos. Desafortunadamente, debo compartir noticias difíciles. Hemos descubierto que el reciente caos en nuestra administración ha sido causado por una red de corrupción interna liderada por… —hizo una pausa dramática, mirando a la cámara— …una mujer que se infiltró en nuestra familia hace años: Elena Guerrero.

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Beatriz empezó a proyectar documentos en la pantalla: las firmas de mi madre, las cuentas bancarias, los contratos.

—Esta mujer ha usado a su hijo, Mateo, para intentar apoderarse del Consorcio y encubrir sus propios fraudes —continuó Beatriz—. He entregado estas pruebas a las autoridades españolas y mexicanas esta misma mañana. Mateo Guerrero no es un heredero; es el cómplice de una criminal.

Sentí las miradas de todos los presentes clavándose en mí como dagas. Regina palideció, pero yo no me moví. Esperé a que ella terminara su discurso de odio.

—¿Algo más que quiera decir, señora Alcázar? —dije, caminando hacia el estrado, bajo la luz del reflector.

Beatriz me miró desde la pantalla con un desprecio infinito. —No hay nada más que decir, Mateo. Tu madre irá a la cárcel y tú volverás al lodo de donde saliste.

—Curioso —respondí, sacando el sobre negro y mostrándolo a la cámara—. Porque mientras usted hablaba, mi equipo técnico ha enviado a todos los inversionistas en esta sala, y a la prensa nacional, los documentos que encontré en su caja fuerte anoche.

La cara de Beatriz se transformó. La máscara de perfección se rompió en mil pedazos.

—Documentos —continué, elevando la voz para que todos escucharan— que prueban que usted falsificó la firma de mi madre, usando un sistema de calco digital que está registrado a su nombre. Documentos que muestran que usted es la única beneficiaria final de las cuentas de las Islas Vírgenes, y que mi madre nunca recibió un solo centavo de ese dinero. Pero lo más importante… —saqué un pequeño dispositivo de grabación— …tengo el audio del notario que usted sobornó en Madrid admitiendo todo el plan del Proyecto Espejo.

El silencio en el salón era absoluto. Podía escucharse la respiración agitada de Beatriz a través de los altavoces.

—¡Es mentira! —gritó ella, perdiendo los estribos—. ¡Esos documentos son robados! ¡No tienen validez!

—Tal vez —dije con una sonrisa fría—. Pero el video que estamos transmitiendo ahora mismo en redes sociales, donde se ve a sus propios contadores confesando ante la policía federal hace una hora, sí que tiene validez.

En ese momento, las puertas del salón se abrieron. No eran meseros. Eran agentes de la Interpol y de la policía mexicana. No venían por mí. Se acercaron a los abogados de Beatriz que estaban en la sala.

—Señora Alcázar —dijo el agente al mando, mirando a la pantalla—. Hay una orden de aprehensión internacional en su contra por fraude, lavado de dinero y falsificación de documentos. El gobierno español ya ha sido notificado para su extradición.

Beatriz se quedó petrificada. Por primera vez en su vida, no tenía un guion que seguir. La pantalla se fue a negro.

El salón estalló en un caos de preguntas y flashes de cámaras. Me bajé del estrado y busqué a Regina. Nos abrazamos con una fuerza que nos dejó sin aliento.

—Se acabó, Mateo —susurró ella—. De verdad se acabó.

—No —respondí, mirando hacia la salida—. Ahora es cuando empieza el trabajo de verdad. Limpiar el nombre de mi madre y reconstruir lo que ellos destruyeron.

Salí del hotel y tomé un taxi directo a la Guerrero. No quería coches de lujo ni escoltas. Quería llegar a casa. Al entrar al departamento, encontré a mi madre viendo las noticias, con lágrimas en los ojos.

—¿Es verdad, Mateo? ¿Ya no me van a llevar?

—Ya no, jefa —me arrodillé ante ella y le tomé las manos—. Todo el mundo sabe ahora que eres la mujer más honesta de este país. Y que Beatriz Alcázar nunca volverá a hacernos daño.

Esa noche, cenamos frijoles y tortillas, como siempre. El oro de los Alcázar estaba ahí, en mis cuentas, pero la verdadera riqueza estaba en esa mesa de madera.

Sin embargo, mientras el barrio celebraba con cohetes a lo lejos, el Coronel Castillo me llamó al celular. Su voz no era de celebración.

—Mateo, felicidades por la victoria. Pero hay algo que tienes que saber. Beatriz desapareció antes de que la policía llegara a su despacho en Madrid. No la encuentran por ningún lado. Y Julián Jr… Julián Jr. fue trasladado a la enfermería del Reclusorio hace una hora. Dicen que alguien lo apuñaló.

El frío regresó a mi pecho. Habíamos ganado la batalla, pero el veneno de la sangre de los Alcázar era más profundo de lo que pensaba. La guerra no había terminado; se había vuelto invisible.

—¿Está vivo? —pregunté.

—Apenas. Mateo, ten cuidado. Una fiera herida es más peligrosa que una poderosa. Y Beatriz ya no tiene nada que perder.

Miré a mi madre y luego a Regina, que se había quedado dormida en el sofá. La sombra de los Alcázar seguía ahí, acechando desde la oscuridad. Pero yo ya no era el albañil asustado. Era un Guerrero. Y los Guerreros nunca dejan una batalla a medias.

Capítulo 7: Sangre de mi Sangre y el Beso de Judas

El sonido del teléfono a las tres de la mañana nunca trae buenas noticias. En la colonia Guerrero, ese ruido suele significar que alguien terminó en el hospital o en el ministerio público. Pero ahora, en mi nueva vida como el “heredero” del Consorcio Alcázar, el timbre del celular tenía un eco metálico, más frío, como si las ondas trajeran el olor del hospital privado y la muerte de alcurnia.

—¿Bueno? —contesté, sintiendo que el corazón me martilleaba en la base de la garganta.

—Mateo, es el Coronel Castillo —la voz al otro lado era una ráfaga de disciplina y urgencia—. Tenemos un problema en el Reclusorio. Julián Jr. fue atacado en la enfermería. Tres heridas de arma blanca, una de ellas le perforó el pulmón. Lo están trasladando de urgencia al Hospital Central bajo custodia.

Sentí un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta los talones. Julián Jr., el hombre que me había humillado, el que intentó quemar mi barrio, el que me llamó “naco” con cada aliento, ahora se desangraba en una ambulancia.

—¿Quién fue, Castillo? —pregunté, mientras buscaba mis llaves y trataba de no despertar a mi madre.

—Un “encargo”, Mateo. El agresor es un interno que no tiene nada que perder, pero sus cuentas afuera acaban de recibir una transferencia fuerte desde una cuenta en las Islas Vírgenes. Ya sabes de quién es esa cuenta.

—Beatriz —susurré. Esa mujer no solo era un monstruo; era una cirujana del mal. Si no podía usar a su hijo como escudo, lo eliminaría para que no pudiera hablar más.

Salí de la casa en silencio. La calle Magnolia estaba desierta, envuelta en esa neblina sucia que a veces baja sobre la ciudad. Manejé hacia el hospital con la mente hecha un nudo. ¿Por qué me importaba? Julián Jr. era mi enemigo. Si moría, mi camino hacia el control total de la empresa sería más sencillo. No habría impugnaciones, no habría dramas familiares en la prensa. Pero algo en mi pecho, algo que no venía del apellido Alcázar, sino de la crianza de doña Elena, me impedía celebrar.


El hospital olía a una limpieza agresiva, ese aroma a desinfectante que intenta tapar el rastro de la tragedia. Al llegar al piso de terapia intensiva, me encontré con Regina. Estaba sentada en el suelo, con su vestido de gala todavía puesto, pero desgarrado en el dobladillo. Parecía una muñeca rota.

—Regina… —me acerqué y me agaché a su lado.

Ella levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos de vacío. —Ella lo hizo, Mateo. Mi propia madre mandó matar a Julián. Él me llamó hace dos días… tenía miedo. Me dijo que sabía demasiado sobre los negocios de mamá en España y que ella no se lo perdonaría. Yo no le creí, Mateo. Pensé que era otro de sus dramas para que lo sacáramos de la cárcel.

La abracé. No había palabras en este mundo para consolar a alguien que acaba de descubrir que su madre es un verdugo. Regina lloraba con un gemido sordo, un sonido que venía de lo más profundo de su alma.

—Escúchame, Regina —le dije, separándola un poco para que me viera—. Julián está vivo. Es un Alcázar, y si algo tienen ustedes, es una terquedad maldita para no soltar lo que tienen. Va a salir de esta. Pero ahora tenemos que ser inteligentes. Beatriz cree que ya terminó el trabajo.

En ese momento, el médico salió de la unidad de cuidados intensivos. Era un hombre de unos cincuenta años, con la bata impecable y una expresión de fatiga crónica.

—¿Familiares de Julián Alcázar? —preguntó.

—Somos sus hermanos —respondí, poniéndome de pie. La palabra “hermano” todavía me sabía extraña en la boca, como una moneda de cobre.

—Está estable, pero su estado es crítico. Perdió mucha sangre. El pulmón está colapsado y la herida en el abdomen dañó parte del intestino. Las próximas cuarenta y ocho horas son vitales. Lo que más me preocupa es que parece haber perdido la voluntad de luchar. Cuando lo trajimos, susurró algo que no pudimos entender.

—¿Qué susurró? —preguntó Regina, limpiándose las lágrimas.

—Algo sobre “el espejo”. Decía que el espejo se rompió y que ahora todos van a sangrar.

Miré a Regina. El Proyecto Espejo no era solo un fraude financiero. Era una trampa psicológica. Beatriz no solo les había robado el dinero; les había robado la realidad.

—¿Podemos verlo? —pregunté.

—Solo un momento. Uno a la vez.

Regina entró primero. Me quedé en el pasillo, mirando a través del cristal. Ahí estaba el “rey” de Santa Fe, entubado, pálido, conectado a máquinas que hacían el trabajo que su cuerpo ya no quería hacer. Me sentí pequeño ante la fragilidad de la vida. Todo el dinero del mundo, todos los rascacielos, no valían nada frente a ese pitido constante del monitor cardíaco.

Cuando Regina salió, estaba más calmada, pero con una determinación gélida en la mirada.

—Tu turno, Mateo. Él… él abrió los ojos por un segundo cuando te mencioné.

Entré a la habitación. El aire estaba frío. Me acerqué a la cama y miré a Julián Jr. Su rostro, sin la arrogancia habitual, se parecía mucho al mío. Teníamos la misma frente, la misma forma de las cejas. Éramos dos versiones de una misma tragedia.

—Oye, junior —susurré, recargándome en el barandal de la cama—. Ni se te ocurra morirte ahora. Si te mueres, me vas a dejar todo el trabajo a mí, y la neta, ya estoy cansado de arreglar tus porquerías.

Los ojos de Julián se movieron bajo los párpados. Lentamente, los abrió. Eran dos rendijas de dolor. Trató de hablar, pero el tubo en su garganta solo le permitió emitir un sonido ronco. Me acerqué más.

—Sé que fue ella —le dije—. Sé que Beatriz te vendió. Pero escucha bien: en este mundo no estás solo. Tienes a Regina. Y me tienes a mí, aunque te pese. No te voy a dejar morir porque todavía tienes que pedirle perdón a mi jefa. Y porque no voy a dejar que esa mujer gane.

Julián me miró con una intensidad que me dio escalofríos. Su mano, débil y fría, rozó la mía. Fue un contacto de un segundo, pero sentí una corriente de electricidad. No era afecto; era un pacto de sangre. El pacto de los sobrevivientes.

Salió una lágrima de su ojo derecho y rodó por su sien. Luego, volvió a cerrar los ojos y el monitor se estabilizó. El médico entró y me indicó que debía salir.


A las seis de la mañana, mientras el sol empezaba a teñir de naranja el smog de la ciudad, Regina y yo estábamos en la cafetería del hospital. El café sabía a cartón, pero era lo único que nos mantenía despiertos.

—Mateo, la empresa está colapsando —dijo Regina, mirando su laptop—. Los bancos en Nueva York y Londres están congelando nuestras líneas de crédito. La noticia del atentado contra Julián ya llegó a los oídos de los inversionistas. Dicen que el Consorcio Alcázar está “infectado” por el crimen organizado. Si no hacemos algo hoy, para el lunes estaremos en bancarrota técnica.

—Beatriz está estrangulándonos desde afuera —dije, frotándome los ojos—. Ella sabe que si la empresa cae, nosotros caemos con ella. No tendremos dinero para abogados, ni para la seguridad de mi madre, ni para el tratamiento de Julián.

—Hay una sola forma de salvar el Consorcio —Regina me miró con una expresión solemne—. Tenemos que hacer una oferta pública de adquisición. Tenemos que comprar las acciones de Beatriz antes de que las liquide en el mercado negro. Pero necesitamos mil millones de dólares líquidos.

—¿Mil millones? —solté una risa amarga—. Regina, lo más que he tenido en mis manos han sido los diez millones que Julián me ofreció para irme.

—Tú no los tienes. Pero la empresa tiene activos ocultos. Terrenos en la Riviera Maya, concesiones mineras en el norte que papá nunca registró a nombre de Beatriz. Están a nombre de una sociedad llamada “Herederos del Sol”.

—¿Herederos del Sol? —recordé algo en las cartas de mi padre—. En una de las cartas que encontré en Donceles, él mencionaba ese nombre. Decía que “el sol brilla para el que se levanta temprano, pero la tierra es para el que la trabaja”.

—Es un fideicomiso ciego —explicó Regina, emocionada—. Papá lo creó para nosotros. Para sus hijos legítimos… y para ti. Pero para activarlo, necesitamos la firma de los tres. Julián no puede firmar.

—Entonces tenemos un problema.

—No necesariamente. Si Julián está incapacitado, yo, como su hermana directa, y tú, como su hermano reconocido, podemos solicitar un poder notarial de emergencia ante un juez de lo familiar. Pero tenemos que hacerlo antes de que los abogados de Beatriz en México se den cuenta.

En ese momento, el Coronel Castillo entró a la cafetería. Se veía agitado.

—Mateo, tenemos movimiento. Detectamos a dos hombres sospechosos en el estacionamiento del hospital. No son policías. Son los mismos que vimos en Querétaro con El Alacrán. Parece que Beatriz hizo una alianza con ellos. Si Julián no murió en la cárcel, van a intentar terminar el trabajo aquí.

Me puse de pie de un salto. La rabia que había estado conteniendo durante semanas estalló. —Ya basta. No voy a dejar que conviertan este hospital en un campo de batalla. Castillo, llama a tus hombres. Necesito seguridad máxima en el piso de Julián. Regina, tú vete a la notaría con los documentos del fideicomiso. Yo me quedo aquí.

—¡Es peligroso, Mateo! —gritó Regina.

—Peligroso es vivir con miedo, Regina. Ya me cansé de correr. Esta es mi ciudad, este es mi barrio, y estos son mis hermanos. Si quieren guerra, la van a tener.


Pasé las siguientes horas apostado en la sala de espera, junto a dos hombres de Castillo que parecían paredes de granito. Cada vez que el elevador se abría, sentía que se me erizaba la piel. La tensión era una cuerda a punto de romperse.

Cerca del mediodía, un hombre vestido de enfermero apareció al final del pasillo. Caminaba con demasiada seguridad, demasiado rápido. Sus ojos no buscaban la estación de enfermería; buscaban la habitación 402.

—Castillo, el de la izquierda —susurré por el radio.

El “enfermero” sacó algo de su bolsillo. No era un termómetro. Era un silenciador. Antes de que pudiera levantar el arma, me lancé sobre él. No lo hice como un empresario; lo hice como el tipo de la Guerrero que aprendió a pelear para defender su mochila.

Lo tacleé contra el carro de medicamentos, haciendo un ruido ensordecedor de frascos rompiéndose. El hombre era fuerte, pero yo tenía la furia de treinta años de injusticias. Le propiné un golpe en la mandíbula que lo dejó aturdido y logré quitarle el arma.

Mis hombres sometieron al segundo atacante que venía por la escalera de incendios. Todo pasó en menos de un minuto. El hospital entró en pánico, pero nosotros ya teníamos el control.

—¿Quién te envió? —le pregunté al sicario, apretando mi rodilla contra su pecho.

El hombre escupió sangre y sonrió con malicia. —La señora manda saludos, Alcázar. Dice que disfrutes tu herencia… mientras te dure el aliento.

Castillo se lo llevó a rastras. Me quedé solo en el pasillo, con las manos temblando y la ropa manchada de antiséptico y sangre ajena. Miré hacia la habitación de Julián. Él seguía ahí, ajeno a la batalla que se libraba por su vida.


Esa noche, Regina regresó al hospital. Traía una carpeta de piel negra y una sonrisa que iluminó el pasillo oscuro.

—Lo logramos, Mateo. El juez firmó el poder. El fideicomiso “Herederos del Sol” está activo. Tenemos los fondos. Mañana a primera hora, el Consorcio Alcázar lanzará la oferta para recuperar las acciones de Beatriz. Ella ya no tiene poder en México.

Nos abrazamos, pero esta vez fue un abrazo de triunfo. Habíamos rescatado el barco del naufragio.

—¿Y Julián? —preguntó ella.

—Despertó hace una hora. Le quitaron el tubo. Lo primero que pidió fue un cigarro —reí con ganas por primera vez en días—. El doctor dice que es un milagro, pero yo sé que es puro coraje.

Entramos juntos a verlo. Julián estaba sentado en la cama, muy débil, pero con una mirada diferente. Ya no había odio en sus ojos cuando me vio. Había algo parecido al respeto.

—Escuché el desmadre afuera —dijo Julián con voz ronca—. Me dijeron que te aventaste como loco contra el tipo del arma.

—No podía dejar que me mancharas el piso, junior —respondí, sentándome a los pies de su cama—. Además, todavía me debes una lana de los bultos de cemento que no me pagaste en la obra de la Guerrero.

Julián soltó una risita que le causó dolor, pero no dejó de sonreír. —Regina me contó lo del fideicomiso. Gracias, Mateo. De verdad.

—No me des las gracias todavía. Ahora que somos dueños, tenemos que trabajar diez veces más para limpiar la mugre de tu madre. Y vas a tener que declarar contra ella ante la Interpol.

Julián asintió solemnemente. —Lo haré. Ella me quería muerto. Ya no es mi madre.

Regina le tomó la mano. Por primera vez en la historia de la familia Alcázar, los tres hermanos estaban unidos. No bajo el mando de un patriarca ausente ni de una madre manipuladora, sino bajo su propia voluntad.


Tres días después, salí del hospital para ir a ver a mi madre. Necesitaba el aire de la Guerrero para no olvidar quién era. Al llegar a la colonia, vi que algo había cambiado. Ya no era solo el barrio donde crecí; era mi fortaleza. Los muchachos en la esquina me saludaron con respeto, y el “Sapo” me entregó un periódico.

“EL RESCATE DEL SIGLO: MATEO GUERRERO ALCÁZAR TOMA EL CONTROL DEL CONSORCIO Y SALVA A SUS HERMANOS”, decía el titular.

Entré a mi casa. Mi madre estaba cocinando pozole. El olor a maíz y chile me devolvió la paz que el hospital me había robado.

—¿Cómo están ellos, hijo? —preguntó ella, sin dejar de mover la olla.

—Están bien, jefa. Julián sale del hospital la próxima semana. Y Regina está manejando la empresa como toda una jefa.

—¿Y tú, Mateo? ¿Tú estás bien?

Me senté a la mesa y suspiré. —Estoy cansado, mamá. Pero por primera vez, siento que el apellido no me pesa. Lo estoy cargando yo, no él me está cargando a mí.

—Eso es porque ahora tú eres el cimiento, hijo. Los cimientos no se ven, pero son los que aguantan todo el peso. Tu padre construyó sobre arena y mentiras. Tú estás construyendo sobre verdad y trabajo.

Comimos en silencio, disfrutando de la sencillez que el dinero nunca podrá comprar. Pero la calma duró poco. Mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Regina.

“Mateo, tienes que ver esto. Recibimos un video de una cámara de seguridad en el aeropuerto de Panamá. Beatriz fue vista subiendo a un jet privado con rumbo desconocido. Pero antes de irse, dejó un paquete en nuestra oficina de Santa Fe. Dice que es para ti.”

Sentí que el pozo de mi estómago se revolvía. Beatriz no se iba a rendir. Ella era como una infección que se oculta en la sangre, esperando el momento de debilidad para atacar.

—¿Qué pasa, hijo? —preguntó mi madre, notando mi palidez.

—Nada, jefa. Solo negocios —mentí, aunque sabía que ella no me creía—. Tengo que ir a la oficina.

Manejé hacia Santa Fe. El edificio del Consorcio Alcázar brillaba bajo la luna como una joya de cristal. Subí al piso 42, donde Regina me esperaba con una caja pequeña de madera, envuelta en papel de seda negro.

—Llegó hace una hora —dijo Regina, temerosa—. No me atreví a abrirla.

Tomé la caja. Mis manos no temblaban. Ya no. Abrí la tapa lentamente. Dentro no había una bomba, ni documentos, ni dinero.

Había una fotografía vieja, amarillenta por el tiempo. En la foto aparecía mi padre, Julián Alcázar, de joven, abrazando a una mujer que no era mi madre ni era Beatriz. Era una mujer que nunca había visto en mi vida. Al reverso de la foto, una nota escrita con la caligrafía perfecta de Beatriz decía:

“Crees que conoces la verdad, Mateo. Pero tu padre tenía más espejos de los que te imaginas. Esta es la llave de la habitación 302 del Hotel Majestic. Ella te está esperando. Si quieres saber por qué Julián realmente te abandonó, ve allí. Pero ten cuidado… la verdad a veces duele más que una puñalada.”

Miré a Regina. Ella estaba tan confundida como yo.

—¿Quién es ella, Mateo?

—No lo sé —respondí, guardando la foto—. Pero parece que mi padre tenía una vida secreta que ni siquiera Beatriz conocía del todo. Y ella la está usando como su última granada.

—¿Vas a ir? —preguntó Regina con miedo.

—Tengo que ir. No puedo construir un futuro si el pasado sigue teniendo habitaciones cerradas.

Salí del edificio y me dirigí al Centro Histórico. El Hotel Majestic es un lugar con historia, frente al Zócalo, un sitio donde los fantasmas del viejo México parecen caminar entre los turistas.

Subí al tercer piso. El pasillo estaba en silencio, con esa luz cálida y antigua de los hoteles de antes. Llegué a la habitación 302. Toqué la puerta tres veces.

La puerta se abrió lentamente. Una mujer de unos sesenta años, con el cabello canoso y una mirada llena de una tristeza infinita, me miró de arriba abajo. Sus ojos… eran idénticos a los míos. Pero no solo eso. Tenía la misma cicatriz pequeña en la ceja izquierda que yo tenía desde los cinco años.

—Sabía que vendrías, Mateo —dijo ella con una voz que sonaba como un eco de mi propia alma—. Tienes la cara de tu padre, pero el corazón de un Guerrero.

—¿Quién es usted? —pregunté, sintiendo que el aire se me escapaba.

—Me llamo Martha. Y soy la razón por la cual Julián Alcázar nunca pudo ser un hombre completo. Pasa, hijo. Es hora de que sepas por qué tu madre Elena no fue la única mujer que Julián amó… y por qué tú no eres el único hijo que nació en la sombra.

Me quedé helado. En la habitación, detrás de ella, vi a un joven de unos veinte años, sentado en una silla de ruedas, mirándome con una mezcla de esperanza y miedo.

—Él es tu hermano, Mateo. Se llama Ángel. Y él es el verdadero secreto que Beatriz intentó enterrar para siempre.

El mundo volvió a girar con una violencia que me dejó sin aliento. La historia de los Alcázar era un laberinto de espejos, y yo acababa de entrar a la sala más profunda.

Capítulo 8: El Último Espejo y el Renacer de los Guerreros

El silencio dentro de la habitación 302 del Hotel Majestic era tan espeso que podía sentirlo en los pulmones, como el polvo de una demolición que se niega a asentarse. Me quedé parado en el umbral, con la mano todavía apoyada en el marco de la puerta, mirando a esa mujer, Martha, y al joven en la silla de ruedas, Ángel.

—Pasa, Mateo —insistió Martha. Su voz tenía una vibración familiar, un tono que recordaba a las tardes de lluvia en las que mi madre, Elena, me contaba cuentos para que olvidara el rugido de mi estómago—. No tengas miedo de la verdad. El miedo es lo que mantuvo a tu padre encadenado toda su vida.

Caminé hacia el centro de la habitación. El Hotel Majestic, con sus techos altos y sus muebles de madera crujiente, se sentía como un escenario de otro siglo. Me senté en una silla de terciopelo frente a Ángel. Él me miraba con una curiosidad que no tenía rastro de malicia, solo una resignación profunda.

—Hola, hermano —dijo Ángel. Su voz era débil, apenas un susurro, pero sus ojos brillaban con una inteligencia afilada—. Beatriz te envió aquí pensando que nos odiarías. Ella cree que el odio es la única moneda que circula en esta familia.

—¿Quiénes son ustedes realmente? —pregunté, tratando de recuperar el aliento—. Julián Jr. y Regina son mis hermanos. Mi madre es Elena. ¿De dónde salieron ustedes?

Martha suspiró y se sentó en la orilla de la cama, entrelazando sus manos nudosas.

—Tu padre no era un hombre de una sola mentira, Mateo. Era un hombre de muchas lealtades rotas. Yo conocí a Julián antes que Elena y mucho antes que Beatriz. Éramos jóvenes, trabajábamos en las primeras obras de su padre en Veracruz. Nos amábamos con esa desesperación de los que no tienen nada más que el futuro.

—¿Entonces por qué se casó con Beatriz? —la interrumpí, sintiendo que la rabia regresaba.

—Por lo mismo que te ocultó a ti: por poder. Pero conmigo fue diferente. Cuando Beatriz apareció con su apellido y sus conexiones, el padre de Julián lo obligó a elegir. Él me dejó, pero yo ya estaba embarazada de Ángel. Beatriz se enteró años después y ahí empezó el verdadero horror.

Martha hizo una pausa y miró a su hijo con una ternura que me dolió.

—Ángel nació con una enfermedad degenerativa en la médula. Necesitaba tratamientos que costaban una fortuna, médicos que solo se encuentran en el extranjero. Beatriz usó eso. Le dijo a Julián que ella pagaría todo, que mantendría a Ángel vivo en las mejores clínicas, pero con una condición: él tenía que renunciar a mí y a cualquier otro hijo que tuviera fuera del matrimonio oficial.

Sentí un golpe en el estómago. La pieza del rompecabezas que faltaba finalmente encajó.

—Por eso me abandonó —susurré, mirando mis manos—. No fue solo por el dinero de Beatriz. Fue por la vida de Ángel.

—Julián vivía en un chantaje constante —continuó Martha—. Cada peso que le enviaba a tu madre, cada vez que intentaba acercarse a ti, Beatriz amenazaba con cortar los fondos para el tratamiento de Ángel. Él te amaba, Mateo. Te juro que te amaba. Pero tenía que elegir entre un hijo que estaba sano y podía sobrevivir sin él, y un hijo que moriría si él no seguía las reglas de Beatriz.

Miré a Ángel. Él asintió lentamente.

—He vivido en jaulas de oro toda mi vida, Mateo. Hospitales en Suiza, clínicas en Boston. Siempre escondido. Beatriz me trataba como un gasto deducible de impuestos. Pero papá… él venía a verme a escondidas. Me hablaba de ti. Me decía: “Ángel, algún día conocerás a Mateo. Él tiene la fuerza que a nosotros nos falta. Él es el que va a romper este espejo”.

Me levanté y caminé hacia la ventana que daba al Zócalo. Las luces de la bandera monumental ondeaban bajo el viento de la noche. Me sentí pequeño ante la magnitud del sacrificio y la perversión de mi padre. Había vivido como un cobarde para salvar a uno de sus hijos, condenando al otro a la sombra.

—¿Por qué ahora? —pregunté, volviéndome hacia ellos—. ¿Por qué Beatriz me envió aquí hoy?

—Porque es su última carta —dijo Ángel—. Ella sabe que ya tienes el control de la empresa. Sabe que Julián Jr. y Regina están de tu lado. Quiere que sientas que tu padre te traicionó de nuevo. Quiere que pienses que Ángel es una carga que te va a hundir financieramente. Ella espera que nos eches a la calle para demostrarle al mundo que eres igual de cruel que ella.

—Se equivoca —dije con una firmeza que me sorprendió a mí mismo—. Ella no conoce a los Guerrero.

Saqué mi teléfono y llamé a Regina. Ella contestó al primer timbre.

—Regina, necesito que vengas al Hotel Majestic ahora mismo. Trae al notario Valenzuela. Y avísale a la seguridad del hospital que preparen un traslado para un paciente especial.

—Mateo, ¿qué está pasando? —preguntó Regina, preocupada.

—Estamos expandiendo la familia, hermana. Y esta vez, lo vamos a hacer frente a la luz del sol.


Dos horas después, la habitación del hotel estaba llena de gente. Regina llegó con los ojos muy abiertos al ver a Ángel. La conexión fue instantánea; ella se arrodilló junto a su silla de ruedas y le tomó las manos, llorando al reconocer los rasgos de su padre en ese rostro pálido.

Julián Jr. participó por videollamada desde su cama de hospital. Al principio se quedó mudo, con la mandíbula tensa, pero cuando Ángel le sonrió y le dijo “Hola, hermano mayor”, vi cómo la coraza de Julián se derretía por completo.

—Pinche viejo —susurró Julián Jr. con una risa triste—. Nos tuvo a todos en diferentes cajones.

—Ya no hay cajones, Julián —le dije, mirando a la cámara—. El Consorcio Alcázar va a crear una fundación con el nombre de Ángel. Todos los activos que Beatriz intentó robar con el Proyecto Espejo se van a destinar a la investigación de enfermedades degenerativas. Y Ángel y Martha van a vivir en la casa de las Lomas. Es hora de que esa mansión tenga gente que realmente se quiera.

El notario Valenzuela empezó a redactar los documentos. Era un acto de justicia poética. Estábamos usando el mismo sistema legal que Beatriz usó para destruirnos, para unirnos.

—Hay un problema, Mateo —dijo el notario, ajustándose los lentes—. Beatriz todavía tiene el control de una cuenta puente en Panamá. Es la cuenta que recibe las regalías de las obras internacionales. Si no la cerramos hoy, ella tendrá fondos para seguir prófuga por años. Y para cerrarla, se necesita una clave que solo Julián Alcázar conocía.

—La clave… —Ángel frunció el ceño, tratando de recordar—. Mi padre siempre me decía una frase antes de irse. Me decía que era el código de su corazón.

—¿Qué frase? —preguntamos todos al unísono.

“Magnolia 28”.

Me quedé helado. Magnolia 28 era la dirección de mi casa en la Guerrero. El número de mi calle y la edad que yo tenía cuando él murió.

—Pruébala, Regina —dije, sintiendo un nudo en la garganta.

Regina tecleó la clave en su computadora. Durante unos segundos, el círculo de carga giró en la pantalla. Luego, un mensaje en verde apareció: ACCESO CONCEDIDO. FONDOS CONGELADOS.

—Lo logramos —susurró Regina—. Beatriz está oficialmente en la quiebra. No tiene a dónde ir.

En ese momento, recibí una alerta en mi celular. Era una noticia de última hora de la prensa internacional.

“DETIENEN A BEATRIZ ALCÁZAR EN EL AEROPUERTO DE COSTA RICA. LA EX EMPRESARIA MEXICANA INTENTABA ABORDAR UN VUELO PRIVADO HACIA UN PARAÍSO FISCAL. SE INICIAN TRÁMITES DE EXTRADICIÓN.”

Un suspiro colectivo de alivio llenó la habitación. La sombra que nos había perseguido durante décadas finalmente se disipaba ante la luz del amanecer que empezaba a entrar por los ventanales del Majestic.


Un mes después.

La Ciudad de México se veía radiante desde el piso 42 del Consorcio Alcázar. Pero yo no estaba mirando los rascacielos. Estaba mirando una foto que tenía sobre mi nuevo escritorio: una foto de mis tres hermanos, Martha y mi madre Elena, todos sentados en la mesa de nuestra casa en la Guerrero, compartiendo un pozole. Habíamos decidido que, aunque teníamos la mansión de las Lomas, los domingos siempre serían en el barrio.

Julián Jr. ya estaba de pie, usando un bastón pero con una energía renovada. Se había convertido en el mejor mentor para Ángel, enseñándole los secretos de la arquitectura que él conocía tan bien. Regina dirigía la fundación con una pasión que había contagiado a todos los empleados.

Y yo… yo seguía siendo Mateo. El hombre que sabía que el éxito no se mide por la altura de un edificio, sino por la profundidad de sus cimientos.

Cerré mi computadora y me puse el saco. Tenía una cita importante. Bajé al estacionamiento, pero esta vez no tomé el Audi ni la camioneta blindada. Caminé hacia la estación del Metro. Necesitaba sentir el pulso de la gente, el olor a ciudad, el roce de los hombros con los trabajadores que, como yo alguna vez, regresaban a casa cansados pero con la frente en alto.

Llegué a la Guerrero. El barrio me recibió con su bullicio de siempre. El “Sapo” me saludó desde lejos y el “Pecas” me gritó que cuándo jugábamos la revancha en la cancha de fútbol.

Entré a mi casa en Magnolia 28. Mi madre estaba en la cocina, pero ya no estaba sola. Martha estaba con ella, ayudándole a picar cebolla. Se habían vuelto inseparables, dos mujeres que compartieron el amor por el mismo hombre y que ahora compartían la paz de haber sobrevivido a su tormenta.

—Llegaste temprano, hijo —dijo mi madre, dándome un beso—. ¿Cómo estuvo el trabajo?

—Bien, jefa. Construyendo. Siempre construyendo.

Me senté a la mesa y suspiré con una satisfacción profunda. Había pasado de ser un bastardo invisible a ser el pilar de una familia que nadie creía posible. Había reclamado mi nombre, mi fortuna y mi identidad. Pero lo más importante es que había aprendido que ser un “Guerrero Alcázar” no era un título de nobleza, sino un compromiso con la verdad.

Mi nombre es Mateo Guerrero Alcázar. Mi historia comenzó con una mentira en un sobre amarillo, pero termina con una verdad que brilla más que el oro. En este México de contrastes, aprendí que no importa qué tan alto llegues, lo único que te mantiene firme es saber de dónde vienes y a quiénes amas.

El espejo se rompió, sí. Pero los pedazos que quedaron en el suelo ya no cortan. Ahora, reflejan la luz de un nuevo comienzo.

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