
CAPÍTULO 1: El Frío en la Cima
—No llores, señorita. Puedes pedir prestado a mi papá.
La voz de la niña resonó como una campana en medio del silencio de la Alameda Central. Era Nochebuena en la Ciudad de México y, aunque rara vez sucede, el frío esa noche era tan intenso que parecía nevar. Una neblina fina, casi helada, bajaba desde el Ajusco y cubría el parque como una sábana húmeda sobre recuerdos que el tiempo ya había borrado. Faltaban solo unas horas para Navidad y la ciudad entera brillaba con esa urgencia festiva; las ventanas de los edificios centelleaban en rojo y verde, y los villancicos escapaban de las tiendas en la Avenida Juárez como si la ciudad intentara abrazarse a sí misma para no morir de frío.
Pero allí, junto a las fuentes secas donde años atrás los niños jugaban barquitos, todo estaba insoportablemente quieto.
Yo, Victoria Sandoval, estaba sentada sola en una banca de hierro forjado. Mi abrigo de lana gris estaba abotonado hasta el cuello, una bufanda de cachemira envuelta con esa precisión geométrica de alguien que necesita controlar cada aspecto de su vida. Incluso los guantes de piel en mis manos no podían detener el frío que se colaba hasta los huesos. A mi lado descansaba una caja de regalo envuelta en papel plateado y atada con un lazo blanco impoluto. Era un regalo de la junta directiva: un reloj de lujo marcando diez años de servicio, diez años de construir “Sandoval Tech”, diez años de ser la “Mujer del Año”. Debería haber sido un símbolo de orgullo. Pero no calentaba nada. Pesaba como una lápida.
Mis ojos estaban rojos, aunque no estaba llorando. Yo ya no lloraba. No desde que tenía nueve años, sentada en las escaleras frías de la Casa Hogar “Luz de Esperanza”, esperando a que alguien, quien fuera, me eligiera. Pero nadie lo hizo. “Muy callada”, había dicho la trabajadora social, no con crueldad, solo como quien lee una lista de supermercado. “Muy seria”. Así que dejé de esperar. Y años después, incluso después de construir todo con mis propias manos —mi imperio, mi penthouse en Santa Fe, la admiración de la industria—, todavía no podía evitar volver a esa imagen de la niña pequeña en el escalón, esperando un milagro que nunca llegó.
Este año, el sentimiento era peor. Era como si mi éxito hubiera crecido tanto, se hubiera vuelto tan ruidoso, que yo misma me había vuelto minúscula bajo su sombra.
Una risa rompió el aire en algún lugar del parque. Levanté la cabeza ligeramente.
Por el camino empedrado caminaban dos figuras. Un hombre con una chamarra de franela gruesa a cuadros, su cabello castaño y ondulado un poco despeinado bajo un gorro de lana. A su lado, una niña pequeña con una chamarra rosa abultada y un gorrito con dos orejas de oso. Ella abrazaba contra su pecho una bolsa de papel de estraza, con las orillas manchadas de aceite, de esas que guardan el calor de los churros recién hechos.
Se detuvieron cerca de una banca frente a mí. El hombre se agachó, sacó con cuidado un churro largo y azucarado y se lo entregó discretamente a un señor mayor que estaba acurrucado bajo unos cartones. El hombre sonrió, dijo algo suave, apenas audible, y siguieron caminando.
Bajé la mirada a mi caja de regalo. Seguía cerrada. Seguía sin significar nada.
—Papi, se ve triste.
La voz de la niña era suave, curiosa. Levanté la vista y la vi mirándome fijamente, una manita enguantada tirando levemente del abrigo de su padre. Él siguió su mirada y la duda parpadeó en su rostro cansado. Le susurró algo a su hija e intentó guiarla suavemente en otra dirección, pero la niña se soltó de su agarre con una gracia sorprendente.
Caminó hacia mí. Sus botitas hacían cric-crac en la gravilla helada. Inclinó la cabeza, mirándome hacia arriba como si intentara leer un libro escrito en mi cara.
—No llores, señorita —dijo la niña—. Puedes pedir prestado a mi papá.
Las palabras me golpearon como una ráfaga de viento directo al pecho. Súbito. Puro. Imposible de esquivar. Me quedé mirándola, aturdida, sin saber cómo responder. No recordaba la última vez que alguien me había hablado así. No por lástima, no por interés, no para pedirme empleo o inversión. Simplemente… viéndome.
CAPÍTULO 2: Un Churro y una Verdad
El hombre se apresuró hacia nosotras, sus mejillas encendidas tanto por el frío como por la vergüenza.
—¡Ay, discúlpeme, por favor! Es… es muy amiguero mi hija —dijo, con ese tono de disculpa que la gente buena usa cuando cree que ha molestado a alguien importante.
Pero no jaló a la niña. No la regañó. En lugar de eso, metió la mano en su bolsa de papel, sacó un trozo de churro envuelto en una servilleta y me lo ofreció con una sonrisa tímida e incierta.
—Feliz Navidad —dijo—. A veces… a veces está más dulce de lo necesario, como dice Camila.
Lo miré. Esta vez realmente lo miré. Sus ojos eran color miel, cansados pero amables. Sus manos, rojas por el frío y un poco ásperas, sostenían ese pedazo de masa frita como si me estuvieran ofreciendo un lingote de oro. Su voz no tenía lástima, ni esa vacilación incómoda de mis empleados. Solo una calidez natural, muy mexicana, muy de nosotros.
Extendí la mano para tomar el churro y asentí. Mis dedos rozaron los suyos, apenas un segundo. Temblaban, y no era por el frío.
—Gracias —susurré. Mi voz sonó oxidada.
Él asintió, luego se giró para llevarse a Camila. Pero la niña se quedó un momento más, saludando con la mano como si nos conociéramos de toda la vida.
—Mi papá es muy bueno —dijo Camila, con una sonrisa a la que le faltaba un diente frontal, brillando como una de esas luces raras que atraviesan la contaminación de la ciudad—. Te vas a sentir mejor si te comes el churro.
Padre e hija desaparecieron por el camino neblinoso de la Alameda. La voz de Camila flotaba de regreso a través de la oscuridad, parloteando sobre piñatas y luces de bengala.
Me quedé inmóvil. El churro seguía en mi mano. Pesaba más que el Rolex en la caja plateada y se sentía infinitamente más real. Le di una mordida. El azúcar y la canela estallaron en mi boca, calientes, reconfortantes. Sabía a infancia perdida. Sabía a lo que nunca tuve.
Mateo —aún no sabía su nombre, pero en mi mente ya tenía cara— estaba a punto de cruzar hacia la Avenida Hidalgo para llevar a Camila a casa cuando una voz los llamó desde atrás.
—¡Esperen!
Era yo. Me había levantado sin pensarlo.
—¿Hay algún lugar cerca…? Digo… ¿algún lugar donde pueda invitarles un chocolate caliente?
Se giró. Yo estaba parada donde ellos habían caminado hacía un momento. El churro a medio comer en una mano, la caja de regalo bajo el brazo. Mi expresión debía ser difícil de leer: vacilante, resguardada, casi tímida. La “Dama de Hierro” de los negocios pidiendo compañía a un extraño en la calle.
Mateo dudó, pero antes de que pudiera responder, Camila se iluminó como si esa fuera la pregunta que había estado esperando toda su vida para contestar.
—¡Sí, señorita! ¡Hay una churrería bien calientita cerca del Palacio de Bellas Artes!
Caminamos hacia allá. El local era antiguo, de esos con azulejos de talavera y olor a historia. La luz amarilla se derramaba por las ventanas empañadas. Entramos y el aroma a cacao, canela y masa frita nos envolvió como un abrazo. Camila corrió a una mesa en la esquina, lejos de la puerta, como si temiera que el calor se escapara si no lo reclamaba rápido.
Nos sentamos. Yo frente a Mateo. Camila junto a su papá.
—Tenemos un arbolito en la casa —dijo Camila, inclinándose hacia adelante, tan emocionada que casi se le olvidaba respirar—. Es chiquito, de plástico, pero tiene luces de colores y yo hice la estrella con cartón y diamantina dorada.
—Suena mágico —dije suavemente. Y lo decía en serio. Mi árbol de diseñador de tres metros en el penthouse, decorado por una firma de interiorismo, no tenía ni la mitad de alma que esa estrella de cartón.
Mateo sonrió, abrió su mochila gastada y sacó un termo plateado abollado.
—Normalmente traigo esto para la Cami después de que terminamos de repartir… bueno, de caminar —dijo, corrigiéndose humildemente. Pidió tres tazas vacías a la mesera y sirvió un chocolate espeso y humeante que traía de casa—. Es receta de mi abuela. Mejor que el de la tienda.
Me pasó una taza. Mis dedos rozaron los suyos de nuevo.
—Hace mucho tiempo que nadie me servía algo caliente —dije. Las palabras salieron solas.
Mateo no preguntó por qué. No preguntó por qué una mujer con un abrigo que costaba más que su renta mensual estaba sola en un parque en Navidad. Simplemente sonrió, aceptando la declaración como una verdad que merecía respeto.
—Camila es terrible para ignorar a la gente que se ve triste. Salió a su mamá en eso… y bueno, a mí no me gusta dejar a nadie con frío.
Asentí levemente y bajé la mirada a mi taza. El vapor subía suavemente. Frente a mí, Mateo limpió una mancha de chocolate de la barbilla de Camila con una servilleta de papel barata. Se rió de algo que ella le susurró al oído.
Me di cuenta de que los estaba mirando no con curiosidad, sino con algo más silencioso, algo más cercano al anhelo, al hambre. No había nada actuado en Mateo. Ninguna falsa alegría corporativa. Parecía el tipo de hombre que tomaba lo poco que tenía y lo convertía en suficiente. La lámpara de la mesa proyectaba un brillo en su rostro; las hebras de su cabello castaño brillaban. En ese momento, parecía pertenecer a una historia pacífica que yo había olvidado cómo leer.
Camila se volvió hacia mí, ladeando la cabeza como una pequeña reportera.
—¿Tú tienes arbolito?
Pestañeé.
—¿Un árbol? Mmm… solo tengo el de la oficina. No estoy segura de que cuente.
Mateo me miró gentilmente.
—Todos los árboles cuentan, siempre y cuando alguien los mire con ilusión.
Había algo en su tono —simple, humilde, chilango y sincero— que tocó un lugar tierno que pensé que había cerrado con candado hacía mucho tiempo. Y por primera vez en muchos años, sonreí. No la sonrisa educada que usaba en las juntas directivas o frente a las cámaras de Forbes, sino una real. Pequeña. Frágil. Honesta.
Camila sonrió de oreja a oreja, mostrando el hueco de su diente, como si acabara de ganar la lotería.
—Te ves más bonita cuando sonríes.
Solté una risa suave, que me raspó un poco la garganta por falta de uso.
—Trataré de recordarlo.
Nos quedamos así un buen rato, hablando de nada y de todo, sorbiendo chocolate. Mateo no preguntó qué hacía para vivir. Camila no preguntó por qué estaba triste. Y yo no pregunté por qué dos personas con tan poco calor para regalar habían decidido compartirlo con una extraña. Pero algo dentro de mí, algo congelado por demasiado tiempo, comenzó a moverse. Aún no sabía sus apellidos, pero sabía que esta noche se quedaría conmigo quizás más tiempo que cualquier bono anual.
CAPÍTULO 3: El Archivo Amarillo
La sala del pequeño departamento en la colonia Santa María la Ribera estaba en silencio, solo roto por el tic-tac de un reloj de pared y el sonido ocasional de hojas al pasar. Mateo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra raída pero limpia. Afuera, el frío de la madrugada empañaba los vidrios del balcón; adentro, se sentía el calorcito residual de la cena y el olor a tinta de impresora.
Mateo trabajaba tarde otra vez. Estaba preparando una propuesta para un programa de teatro infantil comunitario que esperaba lanzar en el Año Nuevo con apoyo de alguna beca cultural. La idea había venido de Camila, de su imaginación desbordante, de la forma en que sus ojos brillaban cuando le contaban un cuento, como si el mundo todavía guardara promesas buenas esperando a la vuelta de la esquina. Él quería crear algo que hiciera que los niños olvidados de la ciudad se sintieran vistos.
Mientras buscaba materiales viejos para inspirarse, Mateo sacó una de las últimas cajas de plástico que habían pertenecido a su madre, Doña Tere, quien había fallecido hacía cuatro años. Ella había sido una trabajadora social incansable, de esas que no solo hacían su chamba, sino que abrían las puertas de su propia casa para dar acogida temporal a niños en transición.
Mateo recordaba fragmentos dispersos de su infancia: nombres que iban y venían, caritas asustadas en la mesa del desayuno, visitas cortas de niños que se quedaban en su pequeño hogar solo unos días antes de ir a una institución o con una familia definitiva.
Al rebuscar entre carpetas viejas buscando unos bocetos de escenografía, un folder color manila delgado llamó su atención. Era mucho más viejo que el resto, las orillas estaban suaves y amarillentas por el tiempo. Un clip oxidado sujetaba varias hojas. Escrito a máquina, con tinta ya desvanecida, se leía en la pestaña: “Victoria – Cuidado Temporal – Diciembre 1999”.
Mateo se congeló. Se enderezó, con los dedos temblándole ligeramente mientras abría el folder.
Adentro había una foto escolar en blanco y negro. Una niña de unos nueve años, con cabello oscuro y lacio, ojos grandes y cansados. Una cara difícil de leer, pero debajo de esa expresión tranquila había una tristeza profunda, esa forma silenciosa de autoprotección que solo aparece en los niños que han aprendido, a la mala, no esperar nada de nadie.
Entonces, los recuerdos lo golpearon de golpe.
Él tenía nueve años ese invierno. Su mamá trajo a casa a una niña que se quedó solo una semana, justo antes de Navidad. Era callada, retraída, siempre mirando por la ventana hacia la calle, apretando una bufanda roja como si fuera su salvavidas. Mateo recordaba cómo se había sentido él: curioso, nervioso, queriendo ayudar pero sin saber cómo.
Una noche, él dibujó un reno en la parte de atrás de una lista del mandado. Tenía las patas chuecas, los cuernos disparejos y una nariz roja exagerada hecha con crayola. Lo coloreó con fuerza y lo deslizó por debajo de la puerta de la habitación de huéspedes. A la mañana siguiente, vio el dibujo encima de la maletita de ella. Cuando se fue, ella lo abrazó. Lloró, pero no dijo nada.
Y ahora, después de todos estos años, esa niña tenía un nombre completo y un rostro adulto: Victoria Sandoval. La misma mujer que se había sentado sola en la banca de la Alameda la semana anterior. La mujer que ahora usaba abrigos elegantes y hablaba con una autoridad tranquila, pero cuyos ojos, a veces, todavía cargaban esa soledad lo suficientemente afilada como para cortar.
Mateo miró la foto, luego miró hacia la puerta de la recámara de Camila, donde su hija dormía segura. El destino, o Dios, o la simple casualidad de la vida en esta ciudad enorme, acababa de cerrar un círculo.
CAPÍTULO 4: El Reno de la Lista del Mandado
Dos días después, Mateo le mandó un mensaje de texto. Habían intercambiado números esa noche en la churrería, bajo el pretexto de que ella quería “donar algunos libros” para la escuela de Camila. Él fue directo, pero suave: “Hola Victoria. Soy Mateo (el papá de Camila). ¿Tendrás un momento para un café? Encontré algo que creo que es tuyo.”
Se vieron en un café pequeño en la Roma, lejos del bullicio corporativo de Santa Fe. Mesas de madera, jazz suave, paredes forradas de libros viejos; el tipo de lugar que se sentía como un refugio.
Mateo llegó temprano y eligió una mesa en una esquina tranquila. Cuando Victoria entró, alta, compuesta, quitándose unos lentes oscuros, él la saludó con una sonrisa más suave de lo habitual. Se veía imponente, sí, pero él ya no veía a la CEO; veía a la niña de la foto.
Después de pedir —un americano para él, un té para ella—, Mateo metió la mano en su mochila y colocó gentilmente el folder sobre la mesa.
Victoria lo miró, luego lo miró a él, confundida.
—¿Recuerdas una casa pequeña por los Viveros de Coyoacán? ¿Diciembre del 99? —preguntó él en voz baja.
Ella no contestó. Su postura se puso rígida.
Él abrió el folder y deslizó la foto hacia ella.
—Creo que ya nos conocíamos —dijo—. Te quedaste con nosotros una semana. Mi mamá era Teresa. Yo… yo fui el niño que te dibujó un reno chueco.
Victoria no se movió al principio. Parecía que el tiempo se había detenido en esa mesa. Sus ojos bajaron a la fotografía, recorrieron el documento y finalmente se clavaron en la taza de té frente a ella. Silencio. Un silencio denso, cargado de veinte años de distancia.
Finalmente, susurró:
—Guardé ese dibujo por años.
Exhaló un pequeño suspiro, casi una risa rota.
—Lo doblé tantas veces que se rompió por la mitad. Lo perdí en una mudanza cuando renté mi primer departamento propio. Lloré más por ese papel que por cualquier novio.
Levantó la vista hacia él, y la máscara practicada que usaba todos los días se resbaló. Ya no era la empresaria intocable.
—Lo busqué por todas partes —confesó, con la voz quebrada—. Mateo sonrió gentilmente, un poco apenado.
—Era un artista terrible en ese entonces. Puras rayas.
—No —dijo ella, negando con la cabeza—. Fue lo único que me hizo sentir que no era invisible esa Navidad. Me lo diste sin que nadie te lo pidiera.
Me miró a los ojos, y la intensidad de su mirada me hizo sentir pequeño y gigante a la vez.
—Tú me dijiste esa vez que yo merecía tener Navidad. Nunca olvidé eso. Aunque… a veces me cuesta creerlo.
Mateo asintió, inclinándose un poco hacia adelante.
—Lo merecías. Y lo sigues mereciendo.
La cucharita en la mano de Victoria tintineó una vez contra la taza y luego se quedó quieta. No hubo lágrimas dramáticas, ni gestos de telenovela. Solo una quietud profunda, como si algo dentro de ella, una pieza suelta que llevaba cascabeleando en su pecho por décadas, finalmente hubiera encajado en su lugar.
Y por primera vez, Victoria miró a Mateo no simplemente como un extraño amable o el hombre que le había invitado un chocolate, sino como alguien que, sin saberlo, había salvado una pequeña parte de ella hace mucho tiempo, y acababa de devolvérsela.
Pero todavía había distancia entre ellos. Una distancia invisible y peligrosa. Victoria no sabía cómo decirle a Mateo sobre el miedo que bullía dentro de ella. El miedo de que si lo dejaba entrar en su vida, si realmente lo dejaba entrar a él y a esa niña luminosa, todo lo que había construido para protegerse podría colapsar. Que se volvería frágil de nuevo. Que volvería a ser esa niña de nueve años esperando en una sala, para luego ser devuelta como mercancía defectuosa.
Esa noche, Victoria se paró frente al ventanal de su penthouse. La ciudad brillaba a sus pies, millones de luces indiferentes.
—¿Por qué tengo tanto miedo? —le susurró a su reflejo en el cristal.
Pero ella sabía la respuesta. Porque todos los que alguna vez había dejado entrar en su corazón se habían ido. Porque el éxito era lo único fiel, lo único que no podía abandonarla. O eso había creído hasta hoy.
Mateo también tuvo noches así. Noches en las que se despertaba a las 3 de la mañana, mirando el techo con humedad de su cuarto, preguntándose si se estaba engañando a sí mismo. Él era un papá soltero, “freelance”, con ingresos inestables, que vivía al día. No era el tipo de hombre que una CEO debía mirar dos veces.
Pero entonces recordaba cómo Victoria miraba a Camila. Recordaba su sonrisa cuando Camila hablaba de la estrella de cartón. Recordaba cómo su voz se suavizaba cuando dijo: “Hace mucho que nadie me servía algo caliente”.
Y entendió algo fundamental: Victoria no necesitaba un hombre exitoso que le comprara más relojes caros. Necesitaba a alguien que la viera. Verdaderamente la viera.
Camila, con esa sabiduría que solo tienen los niños de seis años, fue la primera en notarlo al día siguiente, mientras desayunaban cereal.
—Papi, ¿verdad que quieres mucho a la señorita Victoria?
Mateo se congeló con la cuchara a medio camino.
—¿Cómo sabes eso, chaparra?
—Porque te ríes más cuando hablas de ella. Y te la pasas checando el celular a ver si escribe.
Mateo volteó a ver a su hija. Ella lo miraba con esa expresión seria, traviesa pero profunda.
—¿Te cae bien? —preguntó él en voz baja.
Camila asintió con fuerza, haciendo que sus colitas rebotaran.
—Ella te necesita, pa. Y tú la necesitas. Se les nota en los ojos.
De la boca de los niños, la verdad siempre sale limpia, sin filtros.
CAPÍTULO 5: El Teatro de las Mentiras
El eco de los aplausos infantiles todavía resonaba en los oídos de Mateo. El ensayo general para la obra de teatro comunitaria acababa de terminar en una pequeña Casa de Cultura de la colonia. Por primera vez en semanas, se permitió exhalar lentamente. Los padres aplaudían, los niños se reían nerviosos y los voluntarios, señoras del vecindario que habían cosido los disfraces, sonreían con orgullo.
Mateo estaba de pie al borde del escenario, con el cabello alborotado y su suéter gris lleno de brillantina por cargar la escenografía. Estaba agotado, pero sus ojos brillaban. Había funcionado. Meses de trabajo silencioso, noches en vela pegando cartón y escribiendo guiones entre los cuentos de buenas noches de Camila. El elenco estaba formado por niños del barrio: algunos de casas hogar, otros con dificultades de aprendizaje, otros simplemente ignorados en sus escuelas saturadas. Pero esa noche, todos habían brillado.
Mateo sonrió todo el camino a casa en el Metrobús, abrazando a Camila que se había quedado dormida en su hombro.
Pero a la mañana siguiente, el mundo se le vino abajo antes de que terminara su café de olla.
Una notificación en su celular. Luego otra. Luego diez. Un “hilo” anónimo en Twitter se estaba volviendo viral en los círculos culturales locales. Las acusaciones eran venenosas pero redactadas con una precisión corporativa: afirmaban que el guion de Mateo era un plagio descarado de una obra infantil oscura de hacía tres años. El autor anónimo, claramente alguien con acceso interno, insinuaba que Mateo estaba usando la caridad como fachada para lucrar con ideas robadas.
El post circuló rápido en los grupos de Facebook de la alcaldía. Todo era humo y espejos: capturas de pantalla recortadas a conveniencia, frases sacadas de contexto, fechas manipuladas. Pero fue suficiente para encender la mecha de la duda.
Para el mediodía, el patrocinador principal —una cadena de papelerías local que iba a donar los materiales y el refrigerio— llamó para cancelar.
—Lo sentimos, Mateo, pero no podemos asociar nuestra marca con este tipo de… controversia. Vamos a congelar el apoyo hasta que se aclare.
Algunos colaboradores dejaron de contestar sus mensajes. Uno se salió del grupo de WhatsApp sin decir nada.
Mateo miró su teléfono, entumecido. Sabía quién lo había escrito: un antiguo colaborador con el que había cortado lazos por deshonesto. Mateo había elegido la integridad sobre la popularidad, y ahora esa elección le estaba pasando factura.
Pero no se metió a pelear en los comentarios. No escribió un testamento en Facebook defendiéndose. Simplemente guardó el teléfono y volvió al trabajo, imprimiendo volantes en su vieja impresora de inyección para los niños que llegarían al día siguiente. Sus dedos temblaban ligeramente mientras engrapaba las esquinas, como si aferrarse a una tarea manual fuera la única forma de no ser arrastrado por la marea de impotencia que sentía en el pecho.
CAPÍTULO 6: Cuando el Poder Protege al Corazón
Mientras tanto, en una oficina de cristal en lo más alto de un rascacielos en Paseo de la Reforma, Camila estaba sentada con las piernas cruzadas en la alfombra persa de Victoria.
Había llegado después de la escuela; Mateo tenía una reunión de emergencia y Victoria se había ofrecido a cuidarla un par de horas. Camila coloreaba concentrada, bebiendo un jugo de cajita, cuando de repente levantó la vista.
—¿Sabías que la gente dice que mi papá es un ladrón? —dijo, con la misma naturalidad con la que comentaría sobre el clima.
Victoria se congeló, dejando su pluma de oro sobre el escritorio.
—¿Qué dijiste? —preguntó, tratando de sonar calmada. Demasiado calmada.
—Unos niños en la escuela dijeron que sus mamás leyeron en el ‘Feis’ que mi papá se robó la obra de teatro —dijo Camila, mordiendo el popote de su jugo—. Pero yo les dije que están locos. Mi papá me regaña si me traigo un lápiz de la escuela que no es mío. Él nunca robaría.
Eso fue suficiente.
Victoria no dijo nada más. Solo le dio una sonrisa tenue a Camila y le ofreció otra galleta para distraerla. Pero en cuanto la niña volvió a sus dibujos, la temperatura en la oficina descendió diez grados. Victoria Sandoval, la CEO, tomó el mando.
Esa misma tarde llamó a su equipo legal y a sus expertos en reputación digital.
—Quiero saber quién escribió esto, quiero las pruebas de la autoría original de Mateo y quiero que esto se acabe. Hoy.
En menos de 24 horas, “Sandoval Tech” emitió no un comunicado público, sino una acción legal directa y quirúrgica. El documento era una obra de arte de la abogacía: presentaba la huella digital completa de los borradores originales de Mateo, fechas de creación de archivos, correos electrónicos con educadores de hace años y testigos. El autor anónimo fue expuesto (y notificado de una demanda por difamación). Se enviaron cartas de “cease and desist”.
La reacción fue inmediata. El patrocinador que había huido envió un correo a Mateo a la mañana siguiente, casi rogando perdón, restituyendo los fondos y ofreciendo el doble de apoyo promocional. “Creemos en tu visión”, escribieron, con la cola entre las patas.
Mateo miró la pantalla de su laptop, incrédulo. Luego revisó su celular. Ningún mensaje de Victoria.
La llamó. Cuando ella contestó, su voz sonaba normal, profesional.
—Victoria… ¿tú hiciste algo? —preguntó él en voz baja.
—Hice lo que cualquiera debería hacer ante una injusticia —respondió ella, tajante—. Tienes el talento y la verdad de tu lado. Solo necesitabas… un mejor abogado.
Hubo un silencio en la línea. Luego, la voz de Mateo se quebró. Fue un sonido suave, crudo, honesto.
—No estoy acostumbrado a que me protejan, Victoria. Siempre he tenido que defenderme solo.
Victoria se quedó quieta en su silla giratoria, mirando la ciudad a sus pies.
—Yo dije lo mismo una vez —respondió ella, y su voz perdió el tono ejecutivo—. Pero nadie debería acostumbrarse a pelear solo siempre.
Mateo tragó saliva. Sus ojos le picaban, no por el miedo ni la injusticia, sino por el alivio mareador de sentirse respaldado. De saber que alguien con el poder de aplastar el mundo había decidido usar ese poder para sostenerlo a él.
Pero Mateo no sabía que, al colgar el teléfono, Victoria estaba temblando.
Se quedó sola en su inmensa oficina. Afuera, la CDMX brillaba bajo la noche. Adentro, algo en su pecho acababa de romperse; no de dolor, sino de miedo. Había hecho lo correcto, lo sabía. Pero ahora, la línea entre “un amigo al que ayudo” y “alguien indispensable en mi vida” se había borrado.
Era como ver la nieve caer: hermoso, pero incontrolable. Y eso la asustaba más que cualquier demanda millonaria. Porque esta vez no podía controlar el resultado con dinero o abogados. Esta vez, lo que estaba poniendo en la mesa de apuestas era su propio corazón, blindado por años, que acababa de abrir una grieta para dejar entrar a un hombre con los bolsillos vacíos y el alma llena.
CAPÍTULO 7: La Desaparición
Todo comenzó con una pregunta inocente en el salón de clases. Era la última semana antes de las vacaciones y la maestra había pedido a los niños que dibujaran a sus familias para la cena de Navidad. Hablaban de abuelos, tíos que venían de provincia, primos lejanos.
Camila, con su entusiasmo habitual, hablaba de decorar el arbolito con su papá, de hornear galletas en forma de estrella (aunque siempre se les quemaban un poco) y de cómo ponían villancicos a todo volumen.
Entonces, un niño nuevo levantó la mano y preguntó con esa crueldad casual que a veces tienen los niños:
—¿Y tu mamá? ¿Por qué nunca viene tu mamá?
Camila se encogió de hombros, su sonrisa flaqueando un poco.
—No tengo mamá. Solo somos mi papá y yo.
Unas risitas nerviosas recorrieron el salón como una corriente de aire frío. Otro niño, queriendo hacerse el gracioso, susurró lo suficientemente alto para que todos oyeran:
—A lo mejor tu papá te inventó. O a lo mejor tu mamá te vio y se escapó porque eras latosa.
La maestra intervino de inmediato, regañando a los niños, pero el daño ya estaba hecho. La duda, como una semilla negra, se había plantado profundo en el pecho de Camila.
Esa tarde, Mateo llegó temprano a casa después de una reunión. Abrió la puerta esperando el grito habitual de “¡Papi!”, pero el departamento estaba en silencio. Demasiado silencio.
La mochila de Camila estaba en el sofá, abierta. Sus zapatos de la escuela estaban tirados en el pasillo. Pero ella no estaba.
—¿Cami? —llamó Mateo. Silencio.
Revisó su cuarto. El baño. El balcón. Nada.
El pánico empezó a subirle por la garganta como bilis caliente. Corrió escaleras abajo, golpeó la puerta de la vecina que a veces la cuidaba. Nadie la había visto. Salió a la calle, gritando su nombre, preguntando en la tiendita de la esquina. Nada.
Sus manos temblaban tanto que apenas pudo desbloquear su celular. Sus dedos marcaron el número de Victoria instintivamente. Ella contestó al primer tono.
—¿Mateo? ¿Qué pasa?
—¡No está! —jadeó él, al borde del llanto histérico—. ¡Camila no está! No sé dónde… no sé… llegué y no estaba.
—Voy para allá —dijo Victoria. No preguntó detalles estúpidos. No dijo “cálmate”. Solo colgó y actuó.
Diez minutos después, el auto deportivo de Victoria frenó en seco frente al edificio de Mateo. Él estaba en la banqueta, pálido, con los ojos desorbitados.
—Creo… creo que sé dónde podría haber ido —dijo Victoria, con una certeza que le heló la sangre a Mateo.
Arrancaron hacia el centro. Victoria condujo ignorando los límites de velocidad, con una concentración feroz. Llegaron a la Alameda Central. La noche ya había caído y el frío era mordaz.
El parque estaba casi vacío, cubierto por esa neblina invernal. Corrieron hacia el Hemiciclo a Juárez, hacia las bancas de hierro. Y allí, en la misma banca donde todo había comenzado semanas atrás, había un bulto pequeño.
Camila estaba hecha bolita, con las rodillas pegadas al pecho, temblando violentamente. No llevaba su abrigo grueso, solo el suéter del uniforme.
—¡Camila! —gritó Mateo, lanzándose hacia ella.
La niña levantó la cabeza. Tenía los labios morados y los ojos hinchados de llorar.
—Perdón, papi —sollozó—. Perdón.
Mateo la envolvió en sus brazos, quitándose su propia chamarra para cubrirla, frotando sus brazos, besando su cabeza desesperadamente.
—¿Por qué te fuiste, mi amor? ¿Por qué?
Camila miró la banca vacía a su lado.
—Fui a ver si alguien me esperaba aquí.
La frase rompió a Mateo en mil pedazos.
—¿Qué?
—Tú dijiste que ella… que la señorita Victoria estaba sola aquí y tú la encontraste —susurró Camila, con la voz rota—. Pensé que si yo me sentaba aquí solita… a lo mejor mi mamá venía. O a lo mejor alguien venía por mí, porque en la escuela dijeron que… que a lo mejor nadie me quería.
Mateo cerró los ojos, el dolor de su propia infancia, de sus propias esperas inútiles, mezclándose con el dolor de su hija.
—No, mi vida, no… —su voz se quebró—. Yo te quiero. Yo te quiero más que a nada en el universo.
Victoria, que había estado de pie unos pasos atrás, se acercó lentamente. Se arrodilló en el suelo frío, sin importarle sus pantalones de diseñador ni la suciedad. Abrió los brazos.
Camila, al verla, se soltó un poco de Mateo y se lanzó al abrazo de Victoria.
—¡Perdón, señorita Victoria!
Victoria la apretó contra su pecho, con una fuerza feroz, protectora. Sus propias lágrimas caían sobre el cabello de la niña.
—Estás a salvo, mi niña. Eso es lo único que importa. Estás a salvo.
CAPÍTULO 8: El Bosque en la Sala
Esa noche, el regreso al departamento fue silencioso pero cargado de una energía diferente. Ya no era solo alivio; era pertenencia.
Mateo preparó té de canela. Victoria no se fue. Se quedó sentada en el sofá, con Camila dormida en su regazo, acariciándole el cabello mecánicamente, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
Cuando Camila finalmente se despertó un poco, frotándose los ojos, miró a su alrededor. El árbol de navidad de plástico, un poco chueco, parpadeaba en la esquina.
—Papi, ¿ya es Navidad? —preguntó adormilada.
—Casi, chaparra. Casi —dijo Mateo, trayendo una cobija extra.
En ese momento, sonó el timbre. Eran casi las once de la noche.
Mateo y Victoria se miraron extrañados. Él fue a abrir.
En el pasillo no había nadie. Pero recargado contra la pared, había un árbol de Navidad natural. Pequeño, frondoso, oliendo a pino fresco y bosque. Tenía una nota pegada en una rama: “Para que tengan un bosque. V.”
Victoria se levantó, sonrojada.
—Lo pedí por una app mientras veníamos en el coche —confesó, casi tímida—. Pensé que… bueno, Camila dijo que quería un bosque. Y pensé que tu arbolito necesitaba un amigo.
Camila soltó un grito de alegría que disipó cualquier rastro de la tristeza de la tarde.
—¡Papi, mira! ¡Ahora tenemos un bosque!
Mateo metió el árbol. Entre los tres, lo acomodaron junto al otro. Victoria, la mujer que dirigía juntas internacionales, se quitó el saco, se remangó la blusa de seda y se puso a desenredar series de luces navideñas viejas con una paciencia infinita.
—No tengo esferas para este —dijo Mateo, rascándose la cabeza.
—No importa —dijo Camila—. Le podemos poner cosas nuestras.
Y así lo hicieron. Decoraron el árbol nuevo con lo que encontraron: cucharas de plástico, dibujos de Camila, y hasta un par de aretes brillantes que Victoria se quitó y colgó en las ramas como si fueran las joyas de la corona.
Cuando terminaron, apagaron la luz principal. Los dos árboles brillaban en la oscuridad, uno de plástico y uno real, uno viejo y uno nuevo, juntos, iluminando la pequeña sala con una luz cálida y mágica.
Camila se sentó entre Mateo y Victoria.
—Señorita Victoria… —dijo, mirándola con esos ojos que veían demasiado.
—Dime Victoria, por favor.
—Victoria… ¿entonces ya no eres prestada? —preguntó la niña—. ¿Ya te puedes quedar?
Victoria miró a Mateo. Él la miraba con una vulnerabilidad abierta, sin defensas.
—Si tú quieres… aquí hay lugar —dijo él suavemente.
Victoria sintió que el último muro de su fortaleza se derrumbaba. No con una explosión, sino con el suspiro de alivio de quien finalmente llega a casa.
—Ya no quiero ser prestada —susurró ella, tomando la mano de Camila y la de Mateo al mismo tiempo—. Me quiero quedar.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo frenético. Pero adentro, en ese pequeño departamento de la Santa María, tres personas que habían conocido la soledad de formas distintas, acababan de fundar su propia república independiente de calor y cariño.
Y mientras la nieve imaginaria de la Ciudad de México caía afuera, adentro, el milagro ya no se esperaba. El milagro estaba sentado en la alfombra, comiendo galletas quemadas y riendo bajo la luz de dos árboles de Navidad.
(FIN)
HISTORIA LATERAL: La Promesa de Mayo
“Cuando mamá no es un título, sino una elección”
CAPÍTULO 1: El Sobre Amarillo en la Mochila
El mes de mayo en la Ciudad de México tiene un olor particular. Es una mezcla de jacarandas que empiezan a marchitarse pintando las banquetas de morado, el asfalto caliente que irradia ondas de calor desde el mediodía y, en el aire, una tensión eléctrica y dulce que anuncia la llegada de la fecha más intocable del calendario nacional: el Día de las Madres.
Para Victoria Sandoval, mayo siempre había sido simplemente el “Q2” (segundo trimestre fiscal). Era el mes de revisar proyecciones semestrales, ajustar presupuestos y, si acaso, enviar canastas de frutas genéricas a las socias y clientas que tenían hijos. El 10 de mayo era un día de tráfico imposible y restaurantes saturados que ella evitaba pidiendo sushi a su oficina. No había nadie a quien llamar, nadie a quien visitar en el panteón, nadie que esperara sus flores.
Pero este año era diferente.
Habían pasado cinco meses desde la Nochebuena en la Alameda. Cinco meses desde que Victoria había dejado de ser “la inquilina de su propia vida” para convertirse en una presencia constante en el departamento de la Santa María la Ribera. No vivían juntos oficialmente —ella mantenía su penthouse en Santa Fe por logística y porque Mateo insistía en ir despacio por el bien de Camila—, pero la realidad era que su cepillo de dientes, sus cremas de noche y su taza favorita ya vivían en el baño y la cocina de Mateo.
Era un martes por la tarde. Victoria había salido temprano del corporativo, cambiando sus tacones de aguja por unos mocasines suaves para poder manejar más cómoda hacia la escuela de Camila. Le tocaba recogerla. Era parte de su nueva rutina, una que defendía con más ferocidad que cualquier fusión empresarial.
Cuando Camila subió al auto, traía el cabello alborotado y una mancha de plumón verde en la mejilla.
—¿Cómo te fue, chaparra? —preguntó Victoria, sintiendo ese calorcito en el pecho que todavía la sorprendía cada vez que la niña le sonreía.
—Bien —dijo Camila, pero su tono no tenía la chispa habitual. Se abrochó el cinturón y se quedó mirando sus rodillas.
Victoria, que había aprendido a leer a las personas en salas de juntas hostiles, notó el cambio de inmediato.
—¿Pasó algo? ¿Alguien te molestó?
—No… —Camila rebuscó en su mochila y sacó un sobre de papel manila, arrugado en las esquinas—. La maestra Susy nos dio esto. Es para el festival.
Victoria sintió un nudo en el estómago. El Festival.
Tomó el sobre con cuidado, aprovechando el semáforo en rojo de Circuito Interior. Adentro había una invitación hecha a mano, con recortes de revistas y diamantina (mucha diamantina), que decía: “¡Te invito a mi Festival del Día de las Madres! Viernes 10 de Mayo, 10:00 AM”.
Victoria miró el papel. Luego miró a Camila.
En años anteriores, según le había contado Mateo, este día era “El Día de los Papás Campeones” para ellos. Mateo pedía el día libre, iba a la escuela, se sentaba entre un mar de señoras con abanicos y perfumes florales, y aplaudía más fuerte que nadie. Camila nunca se había quejado. Era su normalidad.
—Tu papá va a estar muy contento de ir —dijo Victoria, devolviéndole el sobre con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Seguro ya está planeando qué camisa ponerse.
Camila no tomó el sobre de vuelta. Se quedó mirando al frente, hacia el tráfico detenido.
—Sí, mi papá siempre va —dijo en voz baja—. Pero la maestra dijo que podíamos invitar a… a la figura materna que quisiéramos.
El silencio dentro del coche de lujo se hizo denso. El aire acondicionado zumbaba suavemente, ajeno al terremoto emocional que estaba ocurriendo en el asiento del copiloto.
Camila giró la cabeza. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de Mateo pero con una luz propia, se clavaron en Victoria.
—Yo no tengo mamá, Victoria. Tú sabes.
—Lo sé, cielo.
—Pero… —la niña dudó, sus dedos jugando nerviosamente con la orilla de su falda escolar—. Tú estás aquí ahora. Y me ayudas con la tarea. Y me haces trenzas aunque te quedan chuecas. Y el otro día me curaste la rodilla cuando me caí.
Victoria apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Cami…
—¿Tú podrías ir? —la pregunta salió disparada, rápida, como si Camila temiera que si la decía despacio se arrepentiría—. Digo, si no tienes juntas. Si no estás ocupada siendo la jefa. Solo es un baile. Vamos a bailar “El Ratón Vaquero”. Es tonto, pero… me gustaría que me vieras.
Victoria sintió que el aire le faltaba. No era miedo a la agenda. Podía cancelar al Papa si quisiera. Era un terror mucho más antiguo, un miedo que olía a cera de piso de orfanato y a sillas vacías en festivales escolares de los años noventa.
Ella sabía lo que era mirar al público y no ver a nadie. Ella sabía lo que era buscar desesperadamente una cara familiar y encontrar solo el vacío. Y ahora, esta niña le estaba ofreciendo el asiento de honor, el lugar sagrado que Victoria sentía que no merecía, que estaba usurpando.
—Cami, yo no soy tu mamá —dijo Victoria, y la voz le salió más dura de lo que pretendía. Se odió al instante.
Los ojos de Camila se llenaron de agua, pero asintió, valiente.
—Ya sé. Solo eres Victoria. Pero… pensé que a lo mejor querías ir.
El semáforo cambió a verde. Un claxon sonó atrás. Victoria arrancó, con el corazón latiéndole en la garganta y la sensación de que acababa de fallar la prueba más importante de su vida.
CAPÍTULO 2: Fantasmas en el Espejo
Esa noche, Victoria no se quedó a cenar en el departamento de Mateo. Inventó una excusa sobre una videollamada urgente con Tokio y huyó a su penthouse.
Necesitaba espacio. Necesitaba silencio. Pero su departamento de lujo, con sus vistas panorámicas y sus muebles de diseño italiano, se sentía esa noche como una jaula de cristal.
Se sirvió una copa de vino que no se tomó y se sentó frente al ventanal. Su reflejo le devolvía la mirada: una mujer exitosa, impecable, poderosa. Una farsa.
Cerró los ojos y, de repente, tenía diez años otra vez. Estaba en el patio de la Casa Hogar. Era mayo. Las monjas habían organizado un recital. Todas las niñas tenían que cantar. Victoria estaba en la segunda fila, con su uniforme remendado y los zapatos boleados hasta que parecían espejos.
Recordaba la puerta del auditorio. Cada vez que se abría, entraba una ráfaga de luz y una mamá. Mamás gordas, mamás flacas, mamás cansadas, mamás elegantes. Todas llegaban, buscaban a sus hijos, saludaban con la mano.
Victoria cantó durante una hora mirando esa puerta. Nadie entró por ella. Al final del recital, mientras las otras niñas recibían abrazos y flores baratas, Victoria se fue sola a los dormitorios a leer un libro que ya había leído tres veces. Se prometió a sí misma, con la ferocidad de una niña herida, que nunca, jamás, se pondría en una situación donde su valor dependiera de que alguien cruzara una puerta por ella.
Y ahora, la vida, con su ironía cruel, la ponía del otro lado. Ahora ella era la que tenía que cruzar la puerta. Y estaba aterrorizada.
¿Qué pasaría si iba? Las otras mamás sabrían que no era la madre biológica. La juzgarían. “Ahí va la empresaria jugando a la casita”, dirían. “¿Quién se cree que es para sentarse ahí?”. O peor aún, ¿y si le fallaba a Camila? ¿Y si no sabía ser maternal? ¿Y si su frialdad natural congelaba el momento?
Su celular vibró en la mesa de centro. Era Mateo.
“Cami me contó que te invitó al festival. Está triste, Vic. Dice que cree que te hizo enojar. Le dije que no es cierto, que seguro tenías mucho trabajo. Pero te conozco. No es el trabajo. ¿Podemos hablar?”
Victoria miró el mensaje. Las lágrimas, esas que juró no derramar nunca, empezaron a rodar por sus mejillas, calientes y silenciosas.
CAPÍTULO 3: Café y Verdades
Mateo llegó a su edificio media hora después. Victoria le había dado acceso al elevador privado. Cuando las puertas se abrieron, él la encontró sentada en el suelo de la sala, con los pies descalzos y el maquillaje corrido.
Él no dijo nada. Se quitó la chamarra, se sentó a su lado en la alfombra persa que costaba más que su coche, y le pasó un brazo por los hombros.
—Soy un fraude, Mateo —susurró ella, recargando la cabeza en su hombro.
—Eres muchas cosas, Victoria. Terca, intimidante, brillante, adicta al café caro. Pero no eres un fraude.
—Camila me pidió que fuera su “figura materna” —dijo, haciendo comillas con los dedos—. ¿Tú sabes lo que es eso? Es… es sagrado. Yo no puedo llenar esos zapatos. Su mamá… la mamá de verdad… ella debería estar ahí. Yo solo soy la novia de su papá que apareció hace cinco meses.
Mateo suspiró y le tomó la mano, entrelazando sus dedos callosos con los de ella, suaves y cuidados.
—Vic, la mamá de Cami se fue cuando ella tenía seis meses. Se fue porque no quiso, o no pudo, o no supo cómo quedarse. No la juzgo, pero esa es la verdad. Cami no tiene recuerdos de ella. No tiene un hueco con forma de otra mujer que tú tengas que llenar.
Se giró para mirarla a los ojos.
—Cami tiene un hueco con forma de amor. Y tú, desde esa noche en la banca con el churro, has estado llenando ese hueco a cucharadas. Con tu presencia. Con tus intentos de peinarla. Con la forma en que la escuchas.
—Tengo miedo —confesó Victoria, con la voz rota—. Tengo miedo de ir y que todos vean que no pertenezco ahí. Que soy la niña huérfana disfrazada de señora.
Mateo sonrió y le besó la frente.
—Mira, mañana vamos a ir a comprarte un vestido. No uno de oficina, no uno de “CEO”. Uno bonito, de colores, como le gustan a Cami. Y el viernes, vas a ir a esa escuela, te vas a sentar a mi lado, y vas a ver a nuestra hija bailar “El Ratón Vaquero”. Y si alguien te mira feo, me avisas y les echo a la sociedad de padres de familia encima.
Victoria soltó una risa nerviosa.
—¿Nuestra hija?
Mateo se puso serio, pero sus ojos brillaban.
—El ADN es un trámite biológico, Victoria. La maternidad es… es estar. Es quedarse cuando quieres salir corriendo. Tú ya te quedaste. Solo te falta creértela.
CAPÍTULO 4: El Vestido de Flores
El viernes 10 de mayo amaneció con un sol radiante y una contaminación que hacía que el cielo se viera color crema. Victoria se despertó a las 6:00 AM, dos horas antes de lo necesario.
Se duchó con agua casi hirviendo. Se maquilló con un cuidado quirúrgico, pero esta vez, eligió tonos más suaves. Nada de labios rojos agresivos ni delineados afilados.
Fue al clóset y sacó el vestido que habían comprado. Era un vestido envolvente, de tela suave, color azul cielo con flores blancas pequeñas. No era negro. No era gris. Era… alegre. Se lo puso y se miró al espejo. Se veía diferente. Menos armadura, más mujer.
Manejó hacia la escuela con las manos sudando en el volante. Al llegar, el caos era total. Camionetas estacionadas en doble fila, vendedores de globos y rosas en la puerta, abuelas caminando despacio con bastones.
Encontró a Mateo en la entrada. Él llevaba una camisa blanca planchada (probablemente por él mismo esa mañana) y pantalones caqui. Se veía guapo, digno. Cuando la vio, sus ojos se abrieron un poco más.
—Te ves… guau —dijo él, ofreciéndole el brazo.
—Me siento como si fuera a una auditoría fiscal sin haber preparado los libros —respondió ella, temblando.
—Vas a estar bien. Cami está en los vestidores, está nerviosa, pero cuando sepa que viniste… va a ser el mejor día de su vida.
Entraron al patio techado de la escuela. El calor era intenso. Había cientos de sillas plegables de metal. El ruido era ensordecedor: gritos de niños, música de prueba, el murmullo de cientos de familias.
Mateo la guió hacia la tercera fila.
—Aparté lugares —le guiñó el ojo—. Puse mi suéter desde las 7 de la mañana. Técnica infalible.
Se sentaron. Victoria sentía las miradas. O tal vez se las imaginaba. Veía a otras mamás saludándose, “¡Hola, Marce! ¡Qué grande está tu niño!”, “¡Ay, sí, ya viste qué calor!”. Se sentía como una espía en territorio enemigo.
Una señora sentada a su izquierda, con un abanico español y varios anillos de oro, se giró hacia ella. Victoria se tensó, esperando el interrogatorio.
—Lindo vestido —dijo la señora—. Muy fresco. ¿A quién vienes a ver?
—A… a Camila. De primero B —dijo Victoria, con la voz un poco estrangulada.
—¡Ah! La niña de los chinos bonitos. Yo soy mamá de Iker, van juntos. Soy Paty.
—Victoria.
—Mucho gusto, Victoria. Oye, ¿tienes un kleenex? Es que con este calor ya estoy sudando como en sauna.
Victoria parpadeó, sorprendida por la normalidad de la interacción. Buscó en su bolso y le dio un pañuelo.
—Gracias, mujer, me salvaste la vida —dijo Paty, abanicándose—. Prepárate, porque el baile de primero B es el tercero. Dicen que la coreografía es un desastre, pero se ven divinos.
Victoria sonrió. Nadie le pidió su certificado de nacimiento. Nadie le pidió una prueba de ADN. Para Paty, la mamá de Iker, ella era simplemente otra mujer sudando en una silla plegable esperando ver a un niño bailar.
CAPÍTULO 5: El Ratón Vaquero
La música comenzó. Un popurrí de Cri-Cri a todo volumen distorsionado por las bocinas viejas de la escuela.
Salieron los de Kinder disfrazados de flores. Luego los de tercero de Kinder de abejas. Victoria aplaudía mecánicamente, pero su corazón latía al ritmo del bajo de las bocinas.
Entonces, el presentador anunció:
—¡Y ahora, recibamos con un fuerte aplauso a Primero B, con su interpretación de “El Ratón Vaquero”!
El patio estalló en aplausos y gritos.
Salieron. Veinte niños disfrazados con chalecos de fieltro, sombreros de paja y orejas de ratón pintadas en cartón. Eran un desorden adorable. Algunos iban a destiempo, otros saludaban a sus papás en medio del baile olvidando la coreografía.
Victoria buscó desesperadamente entre las filas de sombreros.
Y allí estaba.
En la esquina derecha, segunda fila. Camila.
Llevaba su chaleco un poco grande y las trenzas que Victoria le había hecho esa mañana (que sí, habían quedado un poco chuecas). Camila bailaba con una concentración absoluta, contando los pasos en voz baja: “Uno, dos, vuelta, pisotón”.
Pero sus ojos no estaban en sus pies. Sus ojos escaneaban el público. Buscaban. Iban de izquierda a derecha, fila por fila.
Victoria vio el momento exacto en que la encontró.
La cara de Camila se iluminó como si hubieran encendido un reflector dentro de ella. Rompió la formación por un segundo, dio un saltito que no estaba en la coreografía y agitó la mano frenéticamente hacia donde estaban Mateo y Victoria.
—¡Victoria! ¡Victoria! —se leyó en sus labios, aunque el sonido se perdió en la música.
Mateo estaba de pie, gritando: “¡Eso, chaparra! ¡Bravo!”.
Pero Victoria… Victoria no podía moverse. Estaba paralizada por la fuerza de esa mirada. Esa niña la estaba mirando con un orgullo y una alegría tan puros que dolían. No estaba buscando a una madre perfecta. No estaba buscando a la mujer que la parió. Estaba buscando a Victoria. A su Victoria.
Y en ese instante, el miedo se rompió.
Victoria se puso de pie. Se olvidó de la compostura, se olvidó de la CEO de hielo. Levantó los brazos y aplaudió hasta que le ardieron las palmas.
—¡Bravo, Camila! ¡Bravo, mi amor! —gritó, y su voz se unió al coro de cientos de madres amando a sus hijos en ese patio sofocante.
Camila sonrió tan grande que casi se le cae el sombrero, y siguió bailando, ahora con más energía, sabiendo que alguien la miraba. Que ella la miraba.
CAPÍTULO 6: La Pregunta en el Baño
Cuando terminó el festival, el caos se multiplicó. Los niños corrieron hacia sus familias. Mateo fue a comprar aguas frescas, dejando a Victoria esperando a que Camila saliera de los vestidores.
Victoria fue al baño de mujeres a mojarse la cara. El calor y la emoción la tenían mareada.
Mientras se secaba las manos, entraron dos mujeres. Mamás del colegio, vestidas con ropa deportiva de marca, platicando en voz alta. No notaron a Victoria, que estaba en una esquina arreglándose el vestido.
—Ay, ¿viste a la hija de Mateo Halbrook? —dijo una—. La que no tiene mamá.
—Sí, pobrecita. Bailó bien, ¿no? Pero oye, ¿quién es la mujer que vino con Mateo? La de azul.
—Ah, dicen que es su novia. Una empresaria pesadísima. Dicen que tiene muchísimo dinero.
—Mmm. Pues qué raro. Esas mujeres no suelen durar con hombres así, tan… sencillos. Y menos aguantan jugar a la madrastra. Seguro se cansa en dos meses y la pobre niña va a sufrir otra vez. Es una irresponsabilidad ilusionarla.
Victoria se congeló. Las palabras eran dardos envenenados que iban directo a sus inseguridades más profundas. Se va a cansar. La va a lastimar. Es una turista en esta vida.
Estaba a punto de salir, de enfrentarlas o de huir, no estaba segura, cuando la puerta del baño se abrió de golpe.
Entró Camila, con su disfraz todavía puesto y las mejillas rojas. Corrió hacia los lavabos ignorando a las señoras.
—¡Me hago pipí, me hago pipí! —gritó, metiéndose a un cubículo.
Las señoras se rieron un poco y siguieron platicando, bajando la voz.
—Bueno, el punto es que no es su madre. Y eso se nota.
Se escuchó el sonido de la cadena del baño. La puerta del cubículo se abrió. Camila salió, se lavó las manos y se secó en sus pantalones de mezclilla. Luego, se giró hacia las señoras.
Victoria contuvo el aliento.
Camila, con sus seis años y sus orejas de ratón de cartón, se paró con las manos en la cintura, idéntica a como se paraba Victoria cuando iba a cerrar un trato difícil.
—Disculpen —dijo Camila, con una educación impecable—. Están equivocadas.
Las señoras la miraron, sorprendidas.
—¿Mande, nena?
—Mi papá no es sencillo, es escenógrafo. Y Victoria no está jugando. Ella es mi familia. Y ella vino a verme a mí, no a mi papá.
Las señoras se quedaron mudas, rojas de vergüenza.
—Y sí dura —agregó Camila, muy seria—. Porque ella me prometió que se iba a quedar. Y Victoria nunca rompe promesas de negocios. Me lo dijo mi papá. Con permiso.
Camila salió del baño caminando con dignidad.
Victoria salió de su esquina. Pasó frente a las señoras, que ahora parecían querer fundirse con los azulejos. Victoria no las insultó. No las despidió. Simplemente las miró con una ceja levantada, una mirada que decía * “Tengan cuidado”*, y salió detrás de Camila.
CAPÍTULO 7: La Medalla de Macarrones
Encontró a Camila y a Mateo en el patio, bajo la sombra de un árbol. Mateo le estaba dando un agua de horchata en bolsa.
—¡Victoria! —Camila corrió hacia ella y la abrazó por la cintura, manchándole el vestido azul de polvo y sudor. A Victoria no le importó en absoluto.
—Estuviste increíble, ratoncita —dijo Victoria, agachándose para abrazarla.
—¿Me viste? ¿Viste la vuelta?
—Vi todo. No parpadeé ni un segundo.
Mateo las miraba con una sonrisa boba, de esas que no se pueden quitar con nada.
—Tengo algo para ti —dijo Camila. Metió la mano en su bolsillo y sacó algo envuelto en papel de china.
Victoria lo tomó. Era un collar. Pero no uno de diamantes como los que solía recibir. Era un collar hecho de macarrones pintados de dorado y cuentas de plástico de colores, ensartados en un estambre rojo. En el centro, colgaba un corazón de cartón que decía: “Feliz Día, Vic”.
—La maestra dijo que hiciéramos un collar para nuestra mamá —explicó Camila—. Y yo le dije que yo no tenía mamá para darle, pero que tenía una Victoria. Y me dijo que valía igual. O más, porque tú me elegiste.
A Victoria se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez. Esta vez no le importó quién la viera. Se quitó su collar de oro de 18 kilates, lo guardó en su bolsa, y se puso el collar de macarrones.
Le quedaba un poco apretado y los macarrones le picaban el cuello. Era el objeto más hermoso que había poseído en su vida.
—Gracias, mi amor —susurró—. Es perfecto.
—Te combina con el vestido —dijo Camila, satisfecha—. ¿Ahora podemos ir por hamburguesas? Me muero de hambre.
—Sí —dijo Mateo, pasando un brazo por la cintura de Victoria—. Vamos por hamburguesas. Yo invito, que hoy es día de fiesta.
Caminaron hacia la salida. El sol estaba en su punto más alto. El tráfico en la calle iba a ser infernal. Hacía calor.
Pero mientras caminaban los tres, con Camila saltando en medio y Victoria luciendo su collar de pasta con el orgullo de una reina portando sus joyas, Victoria Sandoval supo que había sobrevivido a su primer 10 de mayo.
No como la madre perfecta de los comerciales. No como la madre biológica que la naturaleza no le permitió ser. Sino como Victoria. La que se quedó. La que cruzó la puerta. La que, a pesar del miedo, decidió que el amor valía el riesgo de ser vulnerable.
Y esa promesa, hecha bajo el sol de mayo y sellada con macarrones dorados, era para siempre.
Esta historia nos recuerda que a veces, la familia no es la que te toca, sino la que encuentras en una banca de parque cuando te atreves a compartir tu soledad.