PARTE 1
CAPÍTULO 1: La Mancha en el Mármol
—Una persona pobre y miserable como tú solo merece comer de la basura. ¡Lárgate antes de que llame a la perrera!
La voz de Mateo resonó como un latigazo en el silencio sepulcral del restaurante “El Dorado Platinado”, el recinto gastronómico más exclusivo de Polanco, Ciudad de México. El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana importada cesó de golpe. La orquesta de cuerdas, que tocaba un suave vals, se detuvo en una nota discordante.
Todas las miradas, delineadas con maquillaje costoso y enmarcadas por joyas brillantes, se dirigieron hacia la entrada. Allí, bajo el arco de mármol italiano de tres metros de altura, estaba de pie una figura que desafiaba toda la lógica del lugar.
Eduardo. Treinta y cinco años, aunque su rostro curtido por la intemperie aparentaba más. Su cabello era un nido de pájaros revuelto, como si acabara de atravesar una tormenta de polvo en el desierto de Sonora. Su chaqueta de color caqui, alguna vez quizás una prenda militar, ahora era un trapo lleno de agujeros que goteaba agua de lluvia sucia sobre el inmaculado piso de mármol blanco del vestíbulo. Sus zapatillas deportivas, de una marca indefinible por el desgaste, revelaban unos calcetines disparejos cubiertos de lodo seco.
Pero lo más inquietante no era su ropa. Eran sus ojos. Un azul eléctrico, vibrante, que contrastaba violentamente con la suciedad de su rostro. Estaba allí, con las manos metidas profundamente en los bolsillos rotos, masticando un chicle imaginario con una insolencia que helaba la sangre.
Mateo, el gerente del lugar, avanzó hacia él. Mateo era la definición de la ambición desmedida. Su traje negro, hecho a medida, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Su cabello estaba tan engominado que reflejaba los candelabros de cristal. Caminaba con un clap, clap, clap rítmico y autoritario.
—¿Estás sordo? —siseó Mateo, sacando un pañuelo de seda de su bolsillo y cubriéndose la nariz con un gesto teatral—. Hueles a animal muerto. Estás arruinando la atmósfera de mis clientes VIP.
Mateo hizo una señal exagerada a los meseros, agitando la mano como si espantara una mosca molesta.
—¡Traigan velas aromáticas! ¡Rocíen desinfectante! —gritó, asegurándose de que la mesa del senador en la esquina lo escuchara—. ¿Dónde está la seguridad? ¿Cómo dejaron entrar a esta… cosa?
En el comedor, las risas comenzaron a brotar. Primero tímidas, luego crueles. Una mujer rubia, cargada de bolsas de compras de Masaryk, sacó su iPhone y comenzó a grabar, susurrando a su amiga entre risitas: “No manches, mira esto. El circo llegó a la ciudad”.
Eduardo ignoró las cámaras. Ignoró el asco. Mostró una sonrisa torcida, revelando unos dientes sorprendentemente blancos.
—Oye, amigo —dijo Eduardo, con un tono tan relajado que parecía estar pidiendo la hora en un parque—. Creí que esto era un restaurante, no la Semana de la Moda de París. Tengo hambre.
Sin esperar permiso, Eduardo pasó por un lado de Mateo. El gerente intentó bloquearlo, pero el “vagabundo” se movió con una agilidad felina. Sus zapatos empapados hicieron un plop, plop húmedo e irónico mientras caminaba directo hacia el centro del salón.
Eligió la mejor mesa. La mesa central, reservada habitualmente para celebridades o políticos. Jaló la silla de terciopelo rojo, dejando una mancha de barro en el asiento, y se dejó caer. Cruzó las piernas, ensuciando la alfombra persa, y gritó:
—¡Camarero!
CAPÍTULO 2: El Pedido de los 25,000 Pesos
Mateo sintió que la sangre le subía a la cabeza, tiñendo su rostro de un rojo violento. Su autoridad, construida sobre años de lamer botas y pisotear a sus subordinados, estaba siendo desafiada por un hombre que parecía no tener dónde caerse muerto.
Se abalanzó sobre la mesa, apoyando las manos con fuerza sobre el mantel blanco, invadiendo el espacio personal de Eduardo.
—Te voy a sacar a patadas yo mismo si es necesario —gruñó Mateo entre dientes.
Eduardo levantó la vista, mirándolo con curiosidad, como quien observa a un insecto extraño.
—Quiero los Tacos Bañados en Oro de 24 Kilates —dijo Eduardo con voz clara y sofisticada.
El silencio que siguió fue absoluto. Ese plato era una leyenda urbana en la ciudad. Tres tacos de carne Kobe, con trufa negra, caviar Beluga y envueltos en láminas de oro comestible. Precio en la carta: 25,000 pesos.
Eduardo golpeó la mesa con un dedo sucio.
—Ah, y que tengan mucha salsa. De esa habanero que pica como el demonio. Y una botella de Tequila Extra Añejo, del que cuesta lo que tú ganas en un mes. No me traigas del barato para engañarme.
Incluso tuvo la audacia de guiñarle un ojo a Lucía, una joven camarera que estaba paralizada junto a la estación de servicio. Lucía bajó la mirada, aterrorizada. Ella sabía, mejor que nadie, lo que pasaba cuando alguien hacía enojar a Mateo.
—¿Sabes cuánto cuesta eso, infeliz? —Mateo se rió, una risa seca y nerviosa—. Es el salario de tres meses de esa inútil de allá —señaló a Lucía con un dedo acusador.
Lucía se encogió. Su uniforme estaba impecable, pero sus zapatos estaban desgastados. Era el único sostén de su casa en Tepito. Su madre diabética y su hermana pequeña dependían de cada peso que ella ganaba aguantando los gritos de Mateo.
Eduardo siguió la dirección del dedo de Mateo. Por un segundo, su mirada burlona se suavizó al ver el miedo en los ojos de la chica. Pero rápidamente recuperó su máscara.
Metió la mano en su chaqueta rota. Rebuscó durante un momento interminable.
—¡BAM!
Un fajo de billetes cayó sobre la mesa. Eran billetes de mil y quinientos pesos. Viejos, arrugados, algunos manchados de grasa o tierra, pero indudablemente reales.
—El dinero es un poco sucio —dijo Eduardo, alisando un billete de quinientos con la cara de Benito Juárez—. ¿Pero el banco no le hace el feo, verdad? La pregunta es si tú, con tu traje de pingüino, tienes las agallas para servirme.
La avaricia brilló instantáneamente en los ojos de Mateo. Vio el dinero y su cerebro calculó rápido. Podía echarlo, o podía humillarlo y quedarse con el dinero.
Mateo sonrió. Fue una sonrisa de tiburón. Tomó el dinero con rapidez y se lo guardó en el bolsillo interior del saco.
—Muy bien —dijo, dándose la vuelta bruscamente hacia Lucía.
Caminó hasta ella y la acorraló contra la pared.
—Lucía —susurró, con voz venenosa—. Sírvele. Pero escúchame bien, niña estúpida. Si ese animal se queja, si devuelve el plato, o si ese dinero resulta ser falso… te lo cobraré a ti.
Lucía abrió los ojos con terror.
—Pero señor…
—¡Cállate! —la cortó—. Te cobraré el doble. Te descontaré el sueldo de los próximos seis meses. Y sé dónde vives. Sé que esa pocilga en Tepito apenas se sostiene. Buscaré la forma de que te embarguen hasta la última silla. ¿Entendido?
Lucía sintió que el suelo se abría. Seis meses de sueldo. El embargo. La imagen de su madre llorando. Asintió, conteniendo las lágrimas.
—Entendido, señor.
—Bien. Ahora ve a la cocina y trae lo que el señor pide.
Mateo se dirigió a la cocina con una misión oscura, dejando a Eduardo sentado como un rey en medio de la basura, y a Lucía con el peso del mundo sobre sus hombros.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: La Cocina del Infierno
Mateo salió del comedor principal con el paso firme y los puños apretados, dejando atrás el suave murmullo de los comensales y las notas de violín de la orquesta en vivo. En cuanto cruzó las pesadas puertas abatibles que separaban el lujo del área de servicio, su máscara de gerente sofisticado se desmoronó por completo. Su rostro, antes compuesto en una mueca de falsa cortesía, se contorsionó en una expresión de ira pura y visceral.
El pasillo de servicio estaba en penumbra, iluminado solo por luces fluorescentes parpadeantes que zumbaban como moscas atrapadas. Mateo caminó golpeando el suelo con sus tacones italianos, un clac-clac-clac agresivo que resonaba en las paredes de azulejo blanco. Se aflojó el nudo de la corbata de seda como si esta lo estuviera asfixiando. La audacia de aquel vagabundo no solo lo había insultado; había amenazado su reino. Nadie, absolutamente nadie, se burlaba de Mateo en su propio territorio.
—¿Tacos de oro? —masculló para sí mismo, soltando una risa seca que rebotó en el pasillo vacío—. Te voy a dar oro, maldito pordiosero. Te voy a dar una experiencia que te mandará directo al hospital del que te escapaste.
Llegó a la puerta de acero inoxidable de la cocina principal. Podía escuchar el rugido de la operación al otro lado: el choque de sartenes, el siseo del aceite hirviendo, las órdenes gritadas. Empujó la puerta con una violencia innecesaria, haciendo que esta golpeara contra el tope de goma con un estruendo metálico que paralizó la actividad al instante.
El calor lo golpeó en la cara como una bofetada física. La cocina de “El Dorado Platinado” era un monstruo de cromo y fuego. Vapores de salsas reduciéndose, el aroma a mantequilla clarificada y el olor metálico de la sangre fresca de los cortes finos saturaban el aire.
—¡Atención todo el mundo! —gritó Mateo. Su voz cortó el aire denso y húmedo, imponiéndose sobre el zumbido de los extractores industriales.
Veinte pares de ojos se volvieron hacia él. Cocineros de línea, lavaplatos y ayudantes se congelaron en sus estaciones. En el centro de aquel caos organizado estaba la Chef Carmen. Era una mujer de cincuenta años, baja pero robusta, con el cabello gris recogido severamente bajo un gorro blanco inmaculado. Sus manos, marcadas por décadas de quemaduras y cortes, estaban ocupadas decorando con pinzas de precisión un plato de Carpaccio de Wagyu con láminas de trufa negra.
Carmen levantó la vista, notando de inmediato la vena palpitante en la sien de Mateo.
—Gerente Mateo —dijo ella con voz cautelosa, limpiándose las manos en su delantal—. Estamos a mitad del servicio de cena. El senador en la mesa cuatro está esperando su…
—¡Al diablo con el senador! —interrumpió Mateo, avanzando hacia ella como un depredador acorralando a su presa. Con un movimiento brusco de su brazo, barrió la mesa de emplatado.
El plato de Carpaccio, una obra de arte culinaria de dos mil pesos, voló por los aires. La porcelana se hizo añicos contra el suelo antideslizante, y las finas láminas de carne quedaron esparcidas entre los desagües del piso.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el goteo de un grifo mal cerrado.
—¡Señor! —exclamó Carmen, llevándose las manos a la boca, horrorizada por el desperdicio—. ¿Qué le pasa?
Mateo ignoró la pregunta. Se inclinó sobre la mesa de acero, acercando su rostro al de la chef hasta que ella pudo oler su costosa colonia mezclada con el sudor rancio de la furia.
—Tenemos un pedido VIP, Carmen. Tacos Bañados en Oro. Y los quiero ahora.
Carmen parpadeó, confundida. Su mente de chef procesó la orden automáticamente, buscando en el inventario mental.
—¿Tacos de oro? Señor, no tenemos carne Kobe en reserva. El proveedor de Japón tuvo un retraso en la aduana, el camión llega mañana a las seis de la mañana. No tengo nada con la calidad para ese plato. Además, se nos terminaron las láminas de oro de 24 kilates ayer con el grupo de empresarios de Monterrey.
Mateo sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una mueca torcida que heló la sangre de Carmen.
—¿Quién dijo que necesitamos Kobe? —susurró él con una suavidad peligrosa—. ¿Quién dijo que necesitamos oro real?
Mateo se dio la vuelta y caminó hacia la zona de lavado, en la esquina más oscura y húmeda de la cocina. Allí, junto a la puerta trasera, había varios contenedores de basura gris. Mateo se agachó y, para horror de todos los presentes, abrió el contenedor de “Desechos Orgánicos – Riesgo Biológico”.
Metió la mano y sacó una bolsa negra, pesada y húmeda. La arrastró por el suelo hasta la estación central y la arrojó sobre la inmaculada mesa de trabajo con un sonido plof viscoso y repugnante.
Desató el nudo.
Un hedor nauseabundo invadió la cocina al instante. Era un olor dulce y ácido, el olor inconfundible de la descomposición. Dentro de la bolsa había recortes de carne de res que habían sido desechados tres días atrás. La carne tenía un color grisáceo, con manchas verdes iridiscentes en los bordes y estaba cubierta por una fina capa de baba lechosa.
Los ayudantes de cocina se cubrieron la nariz. Uno de los lavaplatos tuvo arcadas y tuvo que darse la vuelta.
—Aquí tienes tu ingrediente principal —dijo Mateo, señalando la masa putrefacta con orgullo—. Carne añeja. Muy exclusiva.
Carmen miró la carne y luego a Mateo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de indignación profesional.
—No… —murmuró, sacudiendo la cabeza—. No, Mateo. No voy a hacer eso. Eso es veneno. Eso tiene bacterias, tiene toxinas. Si alguien come eso, podría morir de una infección estomacal grave. Violaría todos los códigos de salud, mi ética… ¡Todo!
—¿Tu ética? —Mateo soltó una carcajada estridente—. ¡Me importa un carajo tu ética! El cliente que pidió esto es una rata de alcantarilla que se coló en mi restaurante. Un vagabundo que cree que puede venir a burlarse de mí. Pues va a comer lo que merece. Basura.
Carmen dio un paso atrás, cruzando los brazos sobre su pecho, intentando proteger lo poco que le quedaba de dignidad.
—No lo haré. Despídame si quiere, pero no voy a envenenar a un ser humano, sea quien sea.
Mateo dejó de reír. Su rostro se volvió de piedra. Caminó lentamente alrededor de la mesa hasta quedar junto a Carmen. Se inclinó hacia su oído y bajó la voz, para que solo ella pudiera escuchar la crueldad de sus palabras.
—Carmen, Carmen, Carmen… —susurró, negando con la cabeza—. Qué valiente te has vuelto. Casi se me olvida que tu hijo, Carlitos, tiene su cirugía de corazón programada para la próxima semana en el hospital privado, ¿verdad?
Carmen se tensó. Su respiración se detuvo.
—Ese seguro médico que paga la empresa es lo único que mantiene a ese niño con esperanza, ¿cierto? —continuó Mateo, disfrutando cada sílaba—. Y tu marido… pobre hombre, todavía en rehabilitación tras el accidente. Las deudas de la casa, los préstamos…
Mateo le puso una mano pesada sobre el hombro, apretando con fuerza sobre el hueso.
—Si sales por esa puerta ahora, no solo estás despedida. Llamaré a mis contactos en Recursos Humanos de toda la ciudad. Te boletinaré como ladra. Diré que te robabas los insumos. Nadie te contratará. Perderás el seguro médico hoy mismo. Y Carlitos… bueno, espero que el sistema de salud pública sea rápido, porque sin esa operación…
Carmen sintió que las piernas le fallaban. La imagen de su hijo pequeño, pálido en la cama del hospital, esperando esa cirugía que le salvaría la vida, llenó su mente. El orgullo profesional, la ética, la decencia… todo se desmoronó ante el terror de perder a su hijo.
Bajó la cabeza. Una lágrima solitaria cayó sobre la mesa de acero.
—Dios me perdone —susurró con voz rota.
—Dios no está en mi cocina, Carmen —dijo Mateo, soltándola—. Ahora, muévete.
Mateo metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un puñado de envoltorios dorados arrugados. Eran papeles de dulces baratos, de esos chocolates corrientes que venden en los semáforos, y papel aluminio pintado con spray dorado que usaban para decoraciones navideñas viejas.
—Y aquí tienes el oro de 24 kilates —dijo, tirando la basura brillante sobre la carne podrida—. Pícalo todo junto. Que se mezcle bien.
Carmen, con las manos temblando violentamente, tomó su cuchillo cebollero japonés, un instrumento de precisión diseñado para crear belleza, y lo dirigió hacia la carne podrida.
Tack. Tack. Tack.
El sonido del cuchillo golpeando la tabla sonaba muerto, sin ritmo. Carmen cortó la carne gris, conteniendo las ganas de vomitar por el olor que subía hacia su rostro.
—Y para asegurarnos de que no note el sabor a podrido… —añadió Mateo, agarrando un frasco de plástico industrial de la estantería—. Quiero fuego.
Era extracto de capsaicina pura, usado para salsas experimentales, no para consumo directo en grandes cantidades. Mateo vertió el líquido rojo oscuro y viscoso sobre la carne picada, empapándola por completo.
—Más —ordenó Mateo—. Échale también los chiles habaneros que están a punto de echarse a perder. Quiero que su lengua se adormezca al primer contacto. Quiero que sienta que se tragó el sol. Así no podrá saborear la carne de rata.
Los ayudantes de cocina miraban al suelo, avergonzados, incapaces de intervenir. El ambiente era fúnebre. El sonido de la carne chisporroteando en la plancha caliente no olía a comida; olía a crimen. El vapor picante del habanero comenzó a irritar los ojos de todos en la cocina, provocando toses secas.
—¡Súbanle al extractor! —gritó Mateo—. ¡Que no salga el olor al comedor!
Carmen terminó de cocinar la mezcla infernal. Colocó las tortillas de maíz en el plato. Sirvió la carne, que ahora se veía oscura y aceitosa por el exceso de picante. Con dedos temblorosos, colocó encima los trozos de papel dorado barato, intentando alisarlos para que parecieran láminas comestibles.
El resultado era una parodia grotesca de un plato de lujo. Brillaba de forma artificial, olía a ácido y picante, y emanaba una maldad palpable.
Mateo aplaudió, encantado con la abominación.
—Perfecto. Es una obra maestra, Carmen. Deberías estar orgullosa.
Tomó el plato y caminó hacia la ventanilla de pase, donde Lucía esperaba al otro lado, con el rostro pálido visible a través del cristal.
Mateo empujó la puerta de la cocina y le clavó el plato en el pecho a la chica.
—Llévaselo a tu novio —le siseó—. Y recuerda, Lucía. Ni una palabra. Ni un gesto. Si ese hombre no se come hasta el último bocado de esta basura, tú y tu familia pagarán el precio. ¿Entendiste?
Lucía miró el plato. El olor a podrido disfrazado de chile le golpeó la nariz. Vio a través de la puerta entreabierta a la Chef Carmen, quien estaba apoyada sobre la mesa de trabajo, llorando desconsoladamente con la cara entre las manos.
—Sí, señor —susurró Lucía, sintiendo que el plato le quemaba las manos.
Mateo sonrió, alisándose el cabello engominado.
—Buen provecho —dijo con sarcasmo, viendo cómo la chica se alejaba hacia el comedor, cargando con la sentencia de muerte culinaria—. Esto va a ser divertido.
Mateo sacó su teléfono celular, abrió la cámara y comenzó a seguirla a una distancia prudente. No quería perderse la expresión del vagabundo cuando el fuego del habanero y el sabor de la podredumbre tocaran su lengua. Era el momento de su victoria. O al menos, eso creía él.
