PARTE 1: EL ENCUENTRO Y EL TRATO
Capítulo 1: Llanto en el Pasillo de la Muerte
Fern no paraba de gritar. Aquel llanto agudo rebotaba en las paredes de mármol de la mansión Cross como si fuera una alarma de incendios en un funeral.
—¡Ya, mi vida, ya! —suplicaba Selene, sintiendo cómo el sudor le pegaba el uniforme a la espalda. Le dolían los brazos de tanto mecer a la niña de once meses, pero el miedo le pesaba más que el cansancio.
—¡¿Estás loca, mujer?! —la señora Thornbury, el ama de llaves, apareció al final del pasillo con la cara desencajada—. ¡El patrón está en su despacho! ¡Se escucha todo!
A Selene se le heló la sangre. Todos sabían quién era Stellan Cross. Le decían “El Fantasma”. Un hombre que no perdonaba, que había levantado un imperio sobre cadáveres en Chicago. Selene había tomado ese trabajo porque no tenía de otra. Cuatro meses de renta atrasada, un exmarido que la golpeaba y que se había largado dejándole puras deudas, y una bebé prematura que necesitaba medicinas caras.
—La niñera me canceló —susurró Selene con lágrimas en los ojos—. No tenía con quién dejarla. Si no venía, perdía el trabajo, y si pierdo el trabajo…
—¡Vas a perder la vida si él sale! —cortó Thornbury.
En ese instante, una puerta de roble macizo se azotó. Pasos. Lentos. Pesados. Como un depredador que huele miedo.
—¡Corre! —dijo la ama de llaves, y se esfumó.
Pero Selene no pudo. Sus pies parecían de cemento. Se quedó ahí, abrazando a su bebé, viendo cómo Stellan Cross doblaba la esquina. Era inmenso. Más alto de lo que decían los chismes, con un traje que costaba más de lo que ella ganaría en diez vidas. Una cicatriz le partía la cara del lado izquierdo, y sus ojos… Dios mío, eran como hielo sucio.
Pero lo que más le aterró a Selene fueron sus manos. Tenía los nudillos llenos de sangre fresca.
—Tú… —dijo él. Su voz no era un grito, era un susurro grave que daba más miedo que cualquier grito.
—Perdón, señor. Perdóneme. La niña está enferma, no tenía con quién…
Fern seguía llorando, temblando. Stellan bajó la mirada hacia la bebé. Algo extraño cruzó su rostro de piedra.
—¿Qué edad tiene?
—Once meses, señor. Fue prematura. No le gustan los extraños, le juro que…
Stellan estiró la mano ensangrentada hacia la niña. Selene quiso gritar, quiso correr, pero el miedo la paralizó.
—Dámela.
Y entonces, el milagro —o la maldición— ocurrió. Fern dejó de llorar. Se le quedó viendo al hombre con esos ojotes azules, y sonrió. Una sonrisa chimuela y babeante. Estiró sus bracitos hacia el monstruo.
—No… —gimió Selene.
Pero Fern insistía. Quería ir con él. Stellan la tomó con una torpeza extraña, como si estuviera desactivando una bomba. Y la bebé, esa niña que lloraba hasta con los médicos, se acurrucó en el saco de cachemir del mafioso, suspiró y cerró los ojos.
Stellan se quedó petrificado. Miró a la bebé en su pecho, luego miró su propia mano manchada de sangre que flotaba cerca de la cobijita rosa. Por un segundo, el asesino desapareció y quedó un hombre confundido.
—Sígueme —ordenó, dando media vuelta.
Capítulo 2: Una Jaula de Oro
Caminaron hasta su oficina. Era un lugar que olía a dinero antiguo y peligro. Había una vitrina llena de rifles y pistolas automáticas que brillaban bajo la luz. Selene tragó saliva.
Stellan se sentó en su silla de piel, con Fern todavía dormida en su brazo. La acomodó con un cuidado que a Selene le revolvió el estómago de la confusión.
—Habla —dijo él, sin dejar de mirar a la niña—. ¿Por qué te arriesgaste a traerla?
Selene, sintiendo que no tenía nada que perder, soltó todo. Le contó de su ex que la golpeaba estando embarazada, de los meses en terapia intensiva con Fern, de las deudas, del hambre. No lloró para dar lástima; lloró de rabia.
—Sabía quién es usted —le dijo al final, mirándolo a los ojos—. Sabía que podía matarme. Pero entre morir de hambre en la calle o arriesgarme aquí… preferí el riesgo.
Hubo un silencio largo. Stellan acariciaba la espalda de la bebé con el pulgar.
—¿Cómo se llama el que te golpeaba? —preguntó. Su voz había cambiado. Ya no era fría, era oscura.
—No importa. Se fue.
Stellan se levantó y miró por el ventanal hacia las luces de Chicago.
—Vas a vivir aquí.
Selene parpadeó. —¿Qué?
—Hay un departamento en el ala este. Dos recámaras. Te mudarás hoy. Contrataré una niñera profesional para que cuide a la niña mientras trabajas. Pagaré sus médicos.
—No entiendo… —Selene estaba mareada—. ¿Por qué? Usted no es… digo, no hace esto por caridad.
—No —admitió él, volteando a verla—. Lo hago por ella.
Miró a Fern.
—Ella confía en mí. No debería, pero lo hace.
Selene intentó negarse por orgullo, pero Stellan fue brutalmente honesto:
—Si rechazas esto por orgullo mientras tu hija necesita medicinas, eres peor que los hombres que he matado.
La frase fue una cachetada. Selene aceptó. Esa misma noche, ella y Fern dormían en sábanas de seda, en un cuarto pintado de verde menta con juguetes nuevos. Era un sueño. Pero la realidad golpeó a las 2 de la mañana, cuando Selene escuchó pasos fuera de su puerta.
Miró por la mirilla. Era Stellan. Estaba ahí parado, en la oscuridad, sin tocar. Solo parado frente a la puerta de ellas, como un guardián… o como un fantasma que no sabe a dónde ir.
PARTE 2: EL VÍNCULO Y LA FIEBRE
Capítulo 3: El Monstruo en la Habitación de al Lado
La primera semana en la mansión Cross transcurrió bajo una neblina de irrealidad, como un sueño febril del que Selene temía despertar en cualquier momento.
Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados tan violento que le provocaba vértigo. Apenas unos días atrás, se frotaba las manos agrietadas por el cloro y contaba las monedas para comprar medio litro de leche. Ahora, trabajaba en un escritorio de caoba pulida en el ala administrativa de la finca, clasificando correspondencia bajo la estricta pero ya no tan hostil supervisión de la señora Thornbury. El trabajo no era físicamente extenuante, pero requería una precisión quirúrgica.
—Aquí no se cometen errores, niña —le había advertido Thornbury el primer día, deslizándole una pila de carpetas negras—. Un papel mal archivado en esta casa puede costar millones… o algo peor.
Selene aprendió rápido. Aprendió a no hacer preguntas sobre los nombres que aparecían en los documentos. Aprendió a bajar la mirada cuando hombres con trajes caros y cicatrices visibles cruzaban los pasillos escoltados por guardias armados. Aprendió a ser invisible.
Pero había algo a lo que no podía acostumbrarse. Algo que rompía toda la lógica de ese mundo de violencia y silencio.
Era la rutina de las siete de la noche.
Cada día, cuando el reloj de péndulo del pasillo marcaba las 7:00 PM en punto —ni un minuto antes, ni un minuto después—, sonaban tres golpes secos en la puerta de su apartamento.
La primera vez, Selene pensó que venían a echarla. Abrió la puerta temblando, esperando ver a un guardia con una orden de desalojo. Pero no. Allí estaba Stellan Cross. El dueño de todo. El hombre al que la ciudad entera temía.
No dijo “buenas noches”. No pidió permiso. Simplemente entró con esa presencia abrumadora que parecía absorber todo el oxígeno de la habitación. Llevaba el saco desabrochado y la corbata ligeramente aflojada, señales de un día largo dirigiendo un imperio criminal, pero su rostro seguía siendo esa máscara impenetrable de piedra y hielo.
—¿Comió bien? —preguntó, su voz grave resonando en la pequeña sala.
—Sí, señor —respondió Selene, pegada a la pared, incapaz de relajar los hombros—. Se terminó todo el puré de zanahoria.
—¿Y durmió su siesta?
—Dos horas, señor.
Stellan asintió, como si estuviera recibiendo un informe de seguridad vital, y luego dirigió su mirada hacia la alfombra donde Fern jugaba con unos bloques de tela.
Y entonces, ocurrió la transformación.
Fern, su hija, la niña que lloraba si un extraño la miraba a los ojos en el supermercado, soltó un chillido de alegría pura al verlo.
—¡Ba! ¡Ba! —balbuceó, gateando torpemente hacia él con una velocidad sorprendente.
Selene contuvo el aliento. Vio cómo Stellan Cross, el hombre con sangre en los nudillos, se agachaba. Vio cómo sus manos grandes, letales, envolvían con una delicadeza absurda el cuerpo frágil de su hija y la levantaban en el aire.
—Hola, pequeña —susurró él.
Fern se aferró a su cuello, enterrando la cara en la solapa de su traje, babeando la tela italiana sin ninguna consideración. Stellan no se apartó. No hizo muecas de disgusto. Simplemente se sentó en el sillón de terciopelo crema, acomodó a la niña en su regazo y se quedó allí.
Quince minutos. Ese era el trato tácito. Stellan se sentaba allí, en silencio, mientras Fern jugaba con sus gemelos de oro o tiraba de sus dedos. Selene se quedaba de pie en la entrada de la cocina, observando la escena con una mezcla de fascinación y terror. Era como ver a un león permitiendo que un ratón jugara entre sus garras.
—Debería sentarse —dijo Stellan en la tercera noche, sin apartar la vista de Fern, que intentaba meterse el reloj de él en la boca.
—Estoy bien así, señor.
—No es una sugerencia, Selene. Me pone nervioso verla ahí parada como si fuera a salir corriendo. Si quisiera hacerle daño, ya lo habría hecho.
Selene se sentó rígidamente en el borde de una silla, con las manos apretadas en el regazo.
—¿Por qué hace esto? —se atrevió a preguntar, la curiosidad ganándole al miedo por primera vez—. Usted… usted no parece alguien a quien le gusten los niños.
Stellan levantó la vista. Sus ojos grises, usualmente vacíos, tenían un brillo extraño bajo la luz de la lámpara.
—No me gustan los niños —respondió secamente—. Me molestan. Son ruidosos, sucios e inútiles.
—Pero Fern…
Stellan miró a la bebé, que ahora reía mientras él le hacía cosquillas muy suaves en la barriga con un solo dedo.
—Ella no me tiene miedo —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Es la única persona en esta maldita casa, en esta maldita ciudad, que no me mira esperando que la mate o le pague. Ella solo… me ve.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una soledad tan profunda que a Selene le dolió el pecho. Comprendió entonces que esas visitas no eran caridad. Eran una necesidad. Stellan Cross venía a su apartamento cada noche para recordar qué se sentía ser humano, aunque fuera solo por quince minutos.
Los rumores, por supuesto, no tardaron en extenderse. En una mansión con cincuenta empleados, los secretos eran la moneda de cambio más valiosa.
—Dicen que está embrujado —susurró una de las mucamas de la cocina mientras Selene se servía un café una mañana—. Que la niña le hizo algo. Quizás vudú.
—No digas estupideces —replicó la cocinera, golpeando una masa con fuerza—. El patrón no tiene corazón para que se lo embrujen. Seguro es hija suya. Esa mujer es solo la fachada.
—¡Shh! Ahí viene.
Selene pasó de largo con la cabeza alta, ignorando las miradas clavadas en su espalda. Que pensaran lo que quisieran. Mientras Fern tuviera sus medicinas y un techo caliente, ella aguantaría ser la “amante secreta” o la “bruja” en las habladurías del servicio.
Pero la frágil burbuja de seguridad estalló en la novena noche.
Selene se despertó a las 2:00 AM con el corazón martilleándole en la garganta. No había sido un grito fuerte lo que la despertó, sino un gemido. Un sonido débil, acuoso y lleno de dolor que provenía de la habitación de al lado.
—¿Fern?
Saltó de la cama, descalza, y corrió hacia el cuarto verde menta. Al encender la luz tenue de la mesita de noche, la realidad la golpeó como un puñetazo físico.
Fern estaba en la cuna, retorciéndose. Su piel, usualmente pálida, estaba manchada de un rojo furioso. Tenía los ojos entreabiertos, vidriosos, perdidos en el delirio.
Selene la tocó y retiró la mano instintivamente.
—¡Dios mío! —jadeó. Estaba ardiendo. Literalmente ardiendo.
La levantó en brazos y sintió los espasmos del pequeño cuerpo. Fern estaba convulsionando.
El pánico, frío y paralizante, inundó a Selene. La transportó de golpe meses atrás, a la sala de Neonatología, a los pitidos de las máquinas, a los doctores diciendo “prepárese para lo peor”.
—No, no, no. Ahora no. Por favor, ahora no —sollozaba Selene, apretando a la niña contra su pecho, corriendo hacia el baño para buscar paños húmedos—. ¡Resiste, mi amor!
Trató de bajarle la fiebre con agua tibia, pero Fern no reaccionaba. Su respiración era un silbido agónico, rápido y superficial. Neumonía. Infección. Sepsis. Las palabras de los médicos de su pasado bailaban en su mente. Necesitaba un hospital. Necesitaba una ambulancia.
Pero entonces, la realidad de su situación la golpeó de nuevo. No tenía teléfono fijo en el cuarto. Su celular no tenía saldo. No tenía auto. Estaba encerrada en una fortaleza de seguridad en medio de la noche.
Salió al pasillo del apartamento, con Fern en brazos, gritando.
—¡Ayuda! ¡Alguien ayúdeme!
Nadie respondió. El apartamento estaba aislado acústicamente. Corrió hacia la puerta principal y tiró de la manija. Estaba cerrada con llave desde afuera, una medida de seguridad nocturna que Stellan había impuesto.
Golpeó la madera con el puño libre, desesperada.
—¡Abran! ¡Por favor! ¡Mi hija se muere!
Nadie vino. La desesperación se convirtió en terror puro. Fern se estaba quedando quieta, demasiado quieta, sus gemidos volviéndose más débiles.
—¡STELLAN! —gritó con todas sus fuerzas, sin importarle el protocolo, sin importarle si él la mataba por despertarlo. Gritó el nombre del monstruo como si fuera su única salvación—. ¡STELLAN, AYÚDAME!
Unos segundos después —que parecieron siglos—, se escucharon pasos pesados corriendo por el pasillo exterior. El sonido de una llave electrónica, un pitido, y la puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared.
Stellan Cross estaba allí.
Llevaba un pantalón de pijama gris y una camiseta negra arrugada. Tenía el pelo revuelto y una pistola Glock en la mano derecha, levantada y lista para disparar. Sus ojos barrieron la habitación en una fracción de segundo, buscando a los intrusos, buscando la amenaza.
Pero la amenaza no tenía armas. La amenaza estaba en los brazos de Selene.
—¡Tiene fiebre! —gritó Selene, cayendo de rodillas, vencida por el terror—. ¡Está hirviendo! ¡No respira bien! ¡Ayúdeme, por favor, se me muere!
Stellan bajó el arma inmediatamente. Guardó la pistola en la pretina de su pantalón con un movimiento fluido y se arrodilló frente a ella. No había asco en su cara, ni molestia por haber sido despertado. Solo una concentración absoluta y aterradora.
Tocó la frente de Fern con el dorso de su mano. Su expresión se endureció.
—Está a más de cuarenta grados —dijo con voz controlada, aunque sus ojos traicionaban una urgencia feroz.
Sacó su teléfono personal del bolsillo. Marcó un número y se lo llevó al oído.
—Vance. Te quiero en mi casa en diez minutos. No, no me importa dónde estés. Trae el equipo pediátrico y antibióticos de amplio espectro. Si tardas once minutos, no te molestes en venir, pégate un tiro tú mismo.
Colgó y miró a Selene, que temblaba incontrolablemente.
—Dámela.
—No, yo…
—Selene, estás temblando tanto que vas a dejarla caer. Dámela.
Su tono no fue una orden cruel, sino una petición firme. Selene le entregó a la niña. En el momento en que Fern pasó a los brazos de Stellan, ocurrió algo que Selene no pudo explicar racionalmente. La niña, aun en su estado febril, pareció reconocer el aroma, el calor, la firmeza de esos brazos. Su llanto agónico se calmó un poco, convirtiéndose en un gimoteo suave mientras apoyaba la cabeza en el pecho duro del hombre.
—Vamos al cuarto —dijo él, levantándose con facilidad.
Los siguientes doce minutos fueron una tortura. Stellan se sentó en la mecedora, con Fern en brazos, susurrándole cosas en voz baja, muy baja. Selene caminaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas hasta hacerse sangre.
—Ella nació prematura —balbuceaba Selene, sintiendo la necesidad de llenar el silencio—. Sus pulmones no están bien desarrollados. Cualquier gripe puede… puede…
—No va a pasar nada —la cortó Stellan, sin mirarla, con la vista clavada en el rostro enrojecido de la bebé—. Mi médico es el mejor de Chicago. Ha sacado balas de corazones que seguían latiendo. Una fiebre no le va a ganar.
Cuando llegó el Dr. Vance, entró como un huracán. Era un hombre de unos cincuenta años, calvo y con gafas, que sudaba profusamente a pesar del aire acondicionado. Llevaba un maletín de cuero desgastado.
—Señor Cross —jadeó el médico, apenas mirando a Selene—. Llegué tan rápido como pude. Los guardias en la entrada…
—Trabaja —gruñó Stellan.
Vance se puso a trabajar. Escuchó el pecho de Fern, revisó su garganta, le midió la saturación de oxígeno. Sus manos se movían rápido, pero Selene, agudizada por el miedo, notó algo.
Las manos del doctor temblaban.
Cada vez que sacaba un instrumento, miraba de reojo a Stellan. Cada vez que su teléfono vibraba en su bolsillo —y vibró tres veces—, sus ojos saltaban hacia la puerta como si esperara que entrara el diablo.
—Es una infección viral aguda —diagnosticó Vance finalmente, inyectando un medicamento en el muslo de Fern que la hizo llorar un segundo—. Sus vías respiratorias están inflamadas, pero no están cerradas. La inyección bajará la fiebre en una hora. Necesita vigilancia constante y estas gotas cada cuatro horas.
Vance escribió la receta en un papel con el membrete de la familia Cross. Selene vio cómo el bolígrafo se deslizaba con trazos nerviosos.
—¿Se pondrá bien? —preguntó ella.
—Sí, sí. Es una niña fuerte —dijo Vance, guardando sus cosas apresuradamente—. Pero si la fiebre sube de nuevo, llámenme. Aunque… —miró su reloj, un Rolex de oro que parecía demasiado caro para un médico de emergencias—, estaré ocupado las próximas horas. Solo emergencias reales, por favor.
Stellan lo acompañó hasta la puerta con la mirada. No dijo nada, pero sus ojos se entrecerraron, registrando cada gota de sudor, cada tic nervioso del médico.
Cuando se quedaron solos de nuevo, el silencio volvió a caer sobre la habitación, pero ya no era un silencio de pánico. Era un silencio de agotamiento.
La medicina hizo efecto rápido. La respiración de Fern se volvió más profunda y regular. Su piel empezó a perder ese color rojo alarmante.
Stellan seguía en la mecedora. No había hecho ademán de devolver a la niña a la cuna.
—Debería irse a dormir, señor —dijo Selene, apoyada en el marco de la puerta, sintiendo que las piernas le fallaban ahora que la adrenalina bajaba—. Tiene reuniones mañana. Yo me quedo con ella.
Stellan negó lentamente con la cabeza.
—No vas a poder dormir. Estás vigilando su pecho para ver si se mueve. Te vas a desmayar si sigues así. Siéntate o acuéstate en la alfombra, pero descansa. Yo me quedo.
—No puedo pedirle eso. Usted es el… usted es el jefe.
Stellan levantó la vista y sus miradas se cruzaron. En ese momento, sin el traje, con el pelo revuelto y una bebé dormida en brazos, no parecía el jefe de la mafia. Parecía un hombre cansado que cargaba el peso del mundo.
—Esta noche no soy el jefe —dijo con voz ronca—. Esta noche soy solo el tipo que sostiene a la niña para que su madre pueda cerrar los ojos diez minutos. Duerme, Selene. Yo vigilo. Nadie entra aquí mientras yo esté despierto.
Había una promesa implícita en esas palabras. Nadie entra. Ni la muerte, ni el miedo, ni los monstruos.
Selene, vencida por el cansancio y por una extraña sensación de seguridad que no había sentido en años, se sentó en la alfombra gruesa a los pies de la mecedora. Apoyó la cabeza en el borde del sillón, cerca de la pierna de Stellan.
—Gracias —susurró, con los ojos llenándose de lágrimas—. Gracias por salvarla.
Stellan no respondió. Solo siguió meciendo suavemente la silla.
Selene se quedó dormida escuchando dos sonidos: la respiración suave de su hija y el latido lento y constante del corazón del hombre más peligroso de Chicago.
Cuando despertó, la luz gris del amanecer se filtraba por las cortinas. Stellan seguía en la misma posición. No se había movido en toda la noche. Tenía ojeras marcadas bajo los ojos y la barba incipiente le sombreaba la mandíbula, pero su atención seguía fija en el rostro de Fern.
La niña dormía plácidamente, con una mano diminuta aferrada al dedo índice de Stellan.
Selene se quedó quieta, observando sin ser vista. Vio cómo Stellan inclinaba la cabeza y rozaba con su mejilla, justo donde estaba la cicatriz, el cabello suave de Fern.
—Tienes que ser fuerte, piccolina —le susurró él en un italiano apenas audible—. El mundo es malo. Se come a los débiles. Pero tú no vas a ser débil. Yo no voy a dejar que lo seas.
Una lágrima solitaria, brillante y traicionera, resbaló por la mejilla de Stellan y cayó sobre la manta rosa. Él se la limpió rápidamente, con furia, como si se avergonzara de ella.
Pero Selene la había visto.
Y en ese momento, tirada en el suelo de una habitación de lujo, supo que estaba perdida. No solo le debía la vida de su hija a este hombre. Había visto su alma. Había visto la grieta en la armadura del monstruo. Y por primera vez, el miedo que sentía hacia él se transformó en algo mucho más peligroso: el deseo de protegerlo a él también.
Capítulo 4: Los Ojos del Depredador
Fern se recuperó a los tres días, pero la atmósfera en el apartamento había cambiado irrevocablemente. Ya no eran solo una empleada y su hija viviendo de prestado en la casa del patrón. Había un hilo invisible, tejido durante esa noche de fiebre y miedo, que ahora conectaba a Selene con Stellan Cross.
Durante esos tres días de convalecencia, Stellan no volvió a quedarse a dormir, pero su presencia se sentía en cada rincón. El médico privado, el nervioso Dr. Vance, regresó dos veces al día para chequear los pulmones de Fern, trayendo consigo medicamentos que costaban más que el alquiler anual de cualquier apartamento en el que Selene hubiera vivido. La despensa se llenó de frutas exóticas y vitaminas. Y Stellan pasaba, religiosamente, diez minutos cada mañana y quince cada noche, observando a la niña con una intensidad silenciosa, como si quisiera asegurarse personalmente de que la muerte no se atreviera a acercarse de nuevo.
Al cuarto día, cuando Fern ya reía y tiraba sus juguetes contra las paredes con su energía habitual, sonó el intercomunicador del apartamento.
—El señor Cross la espera en su oficina. Ahora. —La voz de la señora Thornbury sonó metálica y formal.
Selene sintió un nudo en el estómago. Se alisó la falda del uniforme, se recogió el cabello en una coleta tensa y dejó a Fern al cuidado de la nueva niñera, la señorita Hayashi, una mujer asiática de pocas palabras y movimientos tan silenciosos que a veces Selene dudaba de que estuviera respirando.
El camino hacia la oficina de Stellan se sintió más largo que de costumbre. Al entrar, lo encontró de pie frente al inmenso ventanal, dando la espalda a la puerta, observando Chicago como un rey observa un reino que está a punto de arder.
—Cierre la puerta —dijo él sin volverse.
Selene obedeció. El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte en el silencio de la habitación.
—Fern está mucho mejor, señor. Quería agradecerle por…
—No la llamé para hablar de la niña.
Stellan se giró lentamente. Llevaba un traje gris carbón impecable, pero sus ojos estaban oscuros, analíticos. Caminó hasta su escritorio y se apoyó en el borde, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Usted es observadora, Selene. Quizás demasiado para su propio bien.
Selene tragó saliva, sintiéndose repentinamente expuesta. —¿Señor?
—La noche que Fern enfermó. El doctor Vance. —Stellan la miró fijamente—. Mientras él revisaba a la niña, usted no miraba a su hija. Lo miraba a él. Lo vi en sus ojos. No estaba solo preocupada; estaba analizando.
Stellan dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal.
—Dígame qué vio. Y no me mienta.
Selene dudó un segundo. Podía hacerse la tonta, decir que solo estaba asustada. Pero recordó la noche anterior, la lágrima en la mejilla de Stellan, la vulnerabilidad compartida. Mentirle sería insultar ese momento.
Respiró hondo y enderezó la espalda.
—Tenía miedo —dijo Selene, su voz ganando firmeza—. Y no era miedo por la salud de Fern.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque sus manos temblaban cuando sacaba el estetoscopio, pero dejaban de temblar cuando escribía en su teléfono. Eso no es nerviosismo médico, es ansiedad personal.
Stellan arqueó una ceja, invitándola a continuar.
—Miró su reloj cuatro veces en seis minutos —prosiguió Selene, recreando la escena en su mente—. No un vistazo rápido, sino una mirada fija, contando los segundos. Y cada vez que su teléfono vibraba en su bolsillo, sus pupilas se dilataban y miraba hacia la puerta, como si esperara que alguien entrara a cobrarle algo.
Selene hizo una pausa, recordando el detalle final.
—Y sus zapatos. Son italianos, de cuero caro, pero las suelas estaban desgastadas de forma irregular y tenían barro seco en los bordes. Barro rojizo. No ha llovido en Chicago en dos días, pero sí en las afueras, cerca del hipódromo.
El silencio se extendió por diez segundos. Stellan la miraba con una expresión indescifrable, mezcla de sorpresa y cálculo.
—Barro del hipódromo —repitió él suavemente—. Y miedo a que entren a cobrar.
Stellan se apartó del escritorio y caminó hacia un mueble bar. Se sirvió un vaso de agua con hielo, no whisky.
—Vance debe trescientos mil dólares a unos usureros del lado sur. Lo supe la semana pasada. Pero usted… una mujer que ha pasado los últimos meses limpiando mis pisos… lo descifró en diez minutos de pánico mientras su hija ardía en fiebre.
Se volvió hacia ella, y por primera vez, Selene vio algo parecido al respeto en esos ojos fríos.
—Usted es inteligente, Selene. Pero no es inteligencia de libros. Es inteligencia de supervivencia.
—Tuve que serlo —respondió ella en voz baja, bajando la mirada a sus manos—. Cuando vives con un monstruo que te sonríe un minuto y te golpea al siguiente, aprendes a leer las señales. Aprendes a notar el cambio en la respiración, el tic en la mandíbula, el olor del alcohol antes de que entren a la habitación. Si no aprendes a ver eso, mueres.
Stellan dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. El sonido hizo que Selene levantara la cabeza.
—Exacto. —La palabra fue un disparo—. Sobrevivió dos años en el infierno. Desarrolló un radar para la mentira y el peligro que ninguno de mis hombres, con todo su entrenamiento militar, posee. Ellos buscan armas; usted busca intenciones.
Caminó hasta quedar frente a ella, tan cerca que Selene podía oler su colonia, una mezcla de sándalo y tabaco frío.
—Necesito esa habilidad.
—¿Qué?
—Deje el uniforme de limpieza. A partir de mañana, será mi asistente personal.
Selene parpadeó, aturdida. —¿Asistente? Señor, yo no sé usar hojas de cálculo avanzadas, ni gestionar agendas internacionales…
—No la quiero para archivar papeles, para eso tengo secretarias —la interrumpió Stellan—. La quiero en mis reuniones. Quiero que se siente en una esquina, callada, invisible, y observe. Quiero que lea a las personas que se sientan a mi mesa. Quiero que me diga quién miente, quién tiene miedo y quién está planeando traicionarme.
—Eso suena peligroso —susurró Selene.
—Lo es. Mi mundo es peligroso. Pero le pagaré cinco veces lo que gana ahora. Fern tendrá asegurado su futuro, educación, salud, todo. Y le enseñaré a defenderse.
Stellan inclinó la cabeza, desafiante.
—¿Acepta el trato?
Selene pensó en Fern. Pensó en las noches de frío, en la impotencia de no poder comprar medicinas. Y luego miró a Stellan, el hombre que había velado el sueño de su hija toda la noche.
—Acepto.
Las siguientes dos semanas fueron un torbellino. Selene dejó de fregar suelos y empezó a estudiar. Stellan resultó ser un maestro exigente y despiadado. Pasaban horas en su oficina revisando grabaciones de antiguas negociaciones.
—Mire sus manos —le indicaba Stellan, pausando un video donde un hombre gordo negociaba una ruta de transporte—. ¿Qué ve?
—Está jugando con su anillo de bodas —dijo Selene.
—¿Significado?
—Culpa. O incomodidad. Está ocultando algo personal que podría afectar el trato.
—Bien. Ahora mire a su abogado.
—No parpadea lo suficiente. Está forzando la calma. Sabe que su cliente miente.
Stellan le enseñó sobre microexpresiones, sobre cómo la adrenalina dilata las pupilas, sobre cómo los mentirosos a menudo mantienen demasiado contacto visual para parecer sinceros. Pero Selene aportaba algo que Stellan no podía enseñar: intuición emocional. Ella podía sentir el miedo ajeno porque había vivido en él.
En la tercera semana, llegó la prueba de fuego.
—Mañana hay una reunión —dijo Stellan, cerrando su laptop—. Inversores inmobiliarios de Nueva York. Y dos consultores externos.
—¿Consultores?
—Intermediarios de la mafia de Detroit. Quieren ver si soy vulnerable. Quieren ver si pueden expandirse a mi territorio.
La reunión tuvo lugar en la sala de conferencias principal, un mausoleo de cristal y acero. Cinco hombres se sentaron alrededor de la mesa de caoba negra.
Morrison, el promotor inmobiliario, era un hombre de mediana edad con un traje caro que le quedaba un poco apretado y una sonrisa demasiado blanca. Sus dos abogados parecían buitres aburridos. Y luego estaban los “consultores”: dos hombres que no hablaron, no sonrieron y no tocaron el agua que se les sirvió.
Selene fue presentada como la nueva secretaria. Se sentó en una silla en la esquina, con un cuaderno en el regazo, fingiendo tomar notas. Nadie le prestó atención. Para ellos, ella era mobiliario. Una mujer bonita y silenciosa.
Perfecto.
La reunión duró noventa minutos. Morrison habló sin parar sobre un proyecto de lujo en los suburbios, mostrando gráficos de proyección y prometiendo retornos de inversión astronómicos. Su voz era melosa, confiada.
Pero Selene no escuchaba las palabras. Miraba.
Vio cómo Morrison se pasaba la lengua por los labios cada vez que mencionaba la palabra “garantía”.
Vio cómo su mano derecha subía inconscientemente a ajustarse el nudo de la corbata cada vez que Stellan hacía una pregunta técnica sobre los permisos de construcción. Un gesto de autoprotección. Se estaba sintiendo asfixiado.
Y vio a los hombres de Detroit. El más viejo, uno con cabello color sal y pimienta, no miraba la presentación. Miraba a Stellan. Sus ojos recorrían las manos de Stellan, su cuello, buscando debilidad, buscando fatiga. Pero cuando su mirada cruzó por un segundo con la de Selene, ella notó algo más: desdén. La subestimaban. Eso era una ventaja.
Al terminar la reunión, Stellan no firmó nada.
—Lo pensaré —dijo con esa frialdad que congelaba el aire—. Tendrán noticias mías.
Cuando el último de los hombres salió y la puerta se cerró, el silencio cayó sobre la sala. Stellan se aflojó la corbata y se giró hacia Selene.
—Habla.
Selene cerró su cuaderno, donde no había escrito ni una sola palabra sobre bienes raíces.
—Morrison está arruinado —dijo ella con certeza absoluta.
Stellan no parpadeó. —¿Por qué?
—Está desesperado. Su proyecto suena perfecto, pero cada vez que hablaba de dinero, su nuez de Adán subía y bajaba. Tragaba saliva. Se tocaba el cuello, protegiendo su yugular. Es un instinto primitivo cuando alguien se siente amenazado.
Se levantó y caminó hacia la mesa.
—Además, sus zapatos son caros, pero el tacón derecho está desgastado y no lo ha arreglado. Un hombre que proyecta millones no descuida su apariencia a menos que no tenga liquidez real. Ese proyecto es una estafa piramidal o un último intento de salvarse de la bancarrota. Sus abogados lo saben; evitaban mirarlo a la cara cuando él daba las cifras más altas.
Stellan se apoyó en el respaldo de su silla, una leve sombra de sonrisa curvando sus labios.
—¿Y los otros dos? ¿Los de Detroit?
Selene sintió un escalofrío, pero no dejó que se notara.
—Ellos no venían por negocios. Venían a cazar.
—Explícate.
—El de pelo gris… no le importaba el dinero. Lo estaba evaluando a usted físicamente. Miraba su cicatriz, miraba cómo movía el brazo izquierdo, buscando lesiones viejas.
Selene dudó un momento antes de decir lo siguiente.
—Y hay algo más. Cuando usted mencionó casualmente que había reestructurado su seguridad la semana pasada… vi un microgesto en el más joven. Apretó la mandíbula y miró al viejo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Stellan, su voz bajando una octava.
—Significa que se decepcionaron. Significa que ya sabían cómo era su seguridad antes, y les molestó que la cambiara. Alguien les había dado información previa.
Stellan se quedó inmóvil. La temperatura de la habitación pareció descender diez grados.
—Están planeando un ataque —murmuró él—. Y Morrison es solo el caballo de Troya para entrar aquí y ver mis defensas desde adentro.
Se levantó y caminó hacia Selene. Se detuvo a escasos centímetros de ella. La intensidad de su mirada era tal que Selene tuvo que obligarse a no retroceder.
—Morrison está en bancarrota técnica desde hace tres meses —confirmó Stellan—. Y los de Detroit han estado comprando a mis guardias de nivel bajo. Yo sospechaba todo esto. Mis informes de inteligencia me lo decían.
Levantó una mano y, en un gesto que sorprendió a ambos, colocó un dedo debajo de la barbilla de Selene, levantando su rostro para que lo mirara directamente a los ojos.
—Pero yo tardé tres semanas y miles de dólares en confirmar esa información. Tú lo viste en una hora y media.
Selene sintió que el corazón le latía desbocado, golpeando contra sus costillas como un pájaro atrapado. No era miedo. Ya no. Era una mezcla embriagadora de adrenalina y orgullo.
—Le dije que aprendí a sobrevivir —susurró ella.
—Eres peligrosa, Selene —dijo Stellan, y su voz tenía un tono ronco, casi íntimo—. Eres más peligrosa que cualquiera de los hombres armados que tengo ahí fuera. Porque nadie te ve venir. Te ven como la madre soltera, la ex limpiadora, la cara bonita. Y mientras ellos te ignoran, tú los estás diseccionando vivos.
Retiró la mano lentamente, pero la piel de Selene seguía ardiendo donde él la había tocado.
—Mañana te enseñaré a disparar —dijo él, volviendo a su tono de negocios, aunque sus ojos seguían clavados en los de ella—. Si vas a estar en mi mundo, necesitas saber cómo matar a los monstruos que identifiques.
Stellan se dirigió a la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Buen trabajo, Selene.
Cuando ella se quedó sola en la inmensa sala de conferencias, Selene se dejó caer en una de las sillas de cuero. Sus manos temblaban, pero esta vez, una sonrisa feroz se dibujó en sus labios.
Por primera vez en su vida, no era la víctima. No era la presa.
Stellan Cross le acababa de dar colmillos. Y estaba dispuesta a usarlos para proteger a Fern y, Dios la perdonara, para protegerlo a él también.
Capítulo 5: La Canción de los Fantasmas
Había pasado un mes desde que Selene cruzó el umbral de la oficina de Stellan como su nueva “arma secreta”. Un mes de reuniones tensas, de aprender a detectar mentiras en la inclinación de una cabeza o en el temblor de una mano. Un mes de ver cómo el mundo criminal de Chicago se doblaba ante la voluntad de hierro de Stellan Cross.
Pero esa noche, la guerra parecía estar a mil kilómetros de distancia.
Selene regresó al apartamento más tarde de lo habitual. Una negociación con un consorcio de transporte en el puerto había durado hasta las diez de la noche. Tenía los pies hinchados, la cabeza le zumbaba con cifras y amenazas veladas, y lo único que quería era besar a Fern y derrumbarse en la cama.
El pasillo del ala este estaba en silencio. No el silencio peligroso de una emboscada, sino la quietud pesada de una casa que duerme. Sin embargo, al acercarse a la puerta de su apartamento, Selene se detuvo en seco.
Una melodía flotaba en el aire.
Era grave, ronca, apenas un susurro que se filtraba por debajo de la puerta. Selene contuvo el aliento. Conocía esa voz. La había escuchado dar órdenes de ejecución, la había oído negociar millones sin pestañear, la había escuchado helar la sangre de hombres el doble de grandes que él.
Pero nunca la había escuchado así.
Abrió la puerta con un cuidado extremo, como si temiera romper el hechizo. El apartamento estaba en penumbra, iluminado solo por la luz ámbar que salía de la habitación de Fern. La niñera, la señorita Hayashi, no estaba a la vista; probablemente Stellan le había ordenado retirarse.
Selene caminó de puntillas hacia la habitación de su hija. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por una anticipación que le apretaba el pecho. Al asomarse por el marco de la puerta, la imagen que vio se grabó en su alma para siempre.
Stellan estaba sentado en la vieja mecedora de madera, con el saco del traje tirado en el suelo y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, dejando ver los tatuajes que normalmente ocultaba. En sus brazos, pequeña y frágil como un pajarito, dormía Fern.
La bebé tenía una mano aferrada a la camisa de Stellan, justo sobre su corazón. Y él… él estaba cantando.
—Ninna nanna, ninna oh, questo bimbo a chi lo do… —cantaba en un italiano antiguo, arrastrando las vocales con una tristeza infinita.
No tenía una voz perfecta. Estaba rota, desafinada en los bordes, cargada de una fatiga que iba más allá del cansancio físico. Era la voz de un hombre que le cantaba a los fantasmas.
Selene se quedó paralizada. Sintió que estaba invadiendo un momento sagrado, algo tan íntimo que verlo se sentía casi ilegal. Stellan tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo de la silla, meciéndose lentamente al ritmo de esa canción de cuna que sonaba a despedida.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, Stellan no abrió los ojos de inmediato.
—Sé que estás ahí, Selene —dijo. Su voz era baja, carente de la dureza habitual.
Selene dio un paso al frente, entrando en la luz dorada de la lámpara de noche.
—Lo siento, señor. No quería interrumpir.
—No interrumpes. Fern se durmió hace veinte minutos. Solo… no quería soltarla todavía.
Stellan abrió los ojos y la miró. En ese instante, la máscara de “El Fantasma” había desaparecido. Lo que quedaba era un hombre con los ojos grises llenos de ruinas.
—Esa canción… —empezó Selene, sentándose en la alfombra a sus pies, sin importarle el protocolo, sin importarle la distancia que se suponía debían mantener—. Es hermosa. Triste, pero hermosa.
Stellan bajó la mirada hacia la bebé. Acarició con el pulgar la mejilla regordeta de Fern, un gesto tan tierno que contrastaba violentamente con las cicatrices de sus nudillos.
—Mi madre me la cantaba —confesó, y las palabras salieron como si le dolieran físicamente—. Todas las noches. Antes de que el infierno se desatara en esta casa. Antes de que mi padre… antes de que todo terminara.
Selene notó cómo la mandíbula de Stellan se tensaba.
—¿Ella murió cuando usted era niño? —preguntó suavemente.
Stellan asintió, un movimiento rígido.
—Tenía doce años. Mi padre la mató a golpes en la cocina, dos pisos abajo de donde estamos ahora. —Su voz se volvió fría, clínica, como si estuviera leyendo un informe policial, pero sus dedos temblaban ligeramente sobre la espalda de Fern—. Estaba celoso. Decía que ella nos amaba más a nosotros que a él. Y tenía razón.
Selene sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que Stellan venía de un mundo violento, pero escuchar la brutalidad de su infancia dicha con esa calma era aterrador.
—¿Nosotros? —preguntó ella, captando el plural.
Stellan cerró los ojos de nuevo, y una sombra de dolor cruzó su rostro, tan intensa que Selene tuvo el impulso de tocarlo para consolarlo.
—Tenía una hermana —susurró—. Se llamaba Thistle.
—¿Thistle? ¿Como el cardo?
—Sí. Mi madre decía que era una flor hermosa que sabía protegerse con espinas. Nació tres meses antes de que mi madre muriera. Yo tenía doce años y, de repente, me convertí en padre.
Stellan abrió los ojos y miró a Fern con una intensidad que a Selene le robó el aliento.
—Mi padre no la quería. La ignoraba. Así que yo aprendí a cambiar pañales. Aprendí a mezclar la fórmula para que no tuviera grumos. Aprendí a sacarle los gases y a mecerla cuando tenía cólicos. Yo fui su madre y su padre. Esa canción… se la canté cada noche durante cinco años.
—¿Qué le pasó? —La pregunta salió de los labios de Selene antes de que pudiera detenerla. Sabía la respuesta. La intuía en la oscuridad de los ojos de Stellan, en la forma posesiva en que sostenía a Fern, como si alguien fuera a arrancársela en cualquier momento.
Hubo un silencio largo. Solo se escuchaba la respiración suave de la bebé y el tictac lejano de un reloj.
—La guerra —dijo Stellan finalmente. Su voz se rompió—. Mi padre empezó una guerra con las familias del sur. Se creía intocable. Se equivocó. Vinieron una noche. Yo tenía diecisiete años. Estaba en el sótano limpiando armas cuando escuché los disparos.
Stellan tragó saliva, su nuez de Adán moviéndose convulsivamente.
—Corrí. Corrí tan rápido que sentí que los pulmones me iban a estallar. Subí las escaleras de tres en tres. Pero la puerta de su cuarto ya estaba abierta.
Hizo una pausa, luchando por respirar. Selene vio, con asombro y horror, cómo una lágrima solitaria se deslizaba por la mejilla marcada de Stellan Cross.
—Llegué tarde, Selene. Cinco segundos tarde. Ella estaba en su camita. Tenía cinco años. Tenía los ojos azules, iguales a los de Fern. Estaba mirando hacia la puerta… esperándome.
La voz de Stellan se quebró en un sollozo ahogado.
—Me estaba esperando. Yo le había prometido que siempre la protegería. Le juré que nadie la tocaría. Y fallé. La encontré llena de sangre, con su osito de peluche todavía en la mano. Murió sola, con miedo, porque su hermano mayor no fue lo bastante rápido.
Selene no pudo contenerse más. Las lágrimas corrían libremente por su propio rostro. Se estiró y puso su mano sobre la rodilla de Stellan, apretando la tela del pantalón.
—No fue tu culpa —dijo con firmeza—. Eras un niño.
—No —replicó él con violencia contenida—. Era su protector. Y fallé. Esa noche, sostuve su cuerpo hasta que se enfrió. Y algo dentro de mí se murió con ella. El niño que cantaba nanas murió esa noche.
Miró a Selene, y sus ojos eran dos pozos de negrura absoluta.
—Dos años después, maté a mi padre.
La confesión cayó entre ellos como una piedra pesada.
—Esperé hasta tener diecinueve. Me entrené. Me volví fuerte. Y una noche, entré a su cuarto mientras dormía. Usé el mismo cuchillo de caza que él usaba. Lo miré a los ojos mientras se desangraba y no sentí nada. Ni miedo, ni culpa, ni satisfacción. Solo vacío.
Stellan bajó la cabeza hasta apoyarla suavemente sobre el pecho de Fern.
—Soy un monstruo, Selene. He matado a más hombres de los que puedes contar. He torturado. He destruido vidas. Mi alma está negra. No debería estar tocando a esta niña. No debería estar cerca de ti.
Selene miró al hombre destrozado frente a ella. El mundo veía al mafioso, al asesino. Pero ella, con esa visión afilada que había desarrollado para sobrevivir, veía otra cosa. Veía a un niño de doce años tratando desesperadamente de salvar a su hermanita. Veía a un hombre que había cargado con una culpa insoportable durante veinte años.
Se levantó de la alfombra y, con una valentía que no sabía que tenía, acunó el rostro de Stellan entre sus manos. Su piel estaba áspera por la barba, caliente y húmeda por las lágrimas.
Él se tensó, sorprendido por el contacto, pero no se apartó.
—Mírame —ordenó ella suavemente.
Stellan levantó la vista. Sus ojos grises estaban vidriosos, vulnerables.
—Un monstruo no llora por una niña que murió hace veinte años —dijo Selene, limpiando con sus pulgares el rastro de humedad en sus pómulos—. Un monstruo no pasa las noches cuidando a la hija de su empleada. Un monstruo no canta canciones de cuna en italiano.
—Tú no sabes lo que he hecho…
—No me importa lo que has hecho. Me importa quién eres ahora.
Selene acercó su rostro al de él, sin romper el contacto visual.
—Fern no ve un monstruo. Los niños y los animales siempre saben la verdad, Stellan. Ella te ve a ti. Ve al hombre que la salvó cuando tenía fiebre. Ve al hombre que le sonríe aunque se le haya olvidado cómo hacerlo.
Stellan cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso, inclinando la cara hacia la palma de la mano de Selene, buscando su calor como un náufrago busca tierra firme.
—Ella se parece tanto a Thistle… —susurró—. A veces, cuando me mira y sonríe, siento que Thistle me ha perdonado. Siento que tengo una segunda oportunidad. Y me aterra, Selene. Me aterra fallar de nuevo. Si algo les pasa a ustedes… si Harlon Mercer o cualquier otro las toca…
—No nos pasará nada —aseguró Selene, aunque el miedo a la guerra inminente le heló la sangre por un segundo.
—No —dijo Stellan, abriendo los ojos. La vulnerabilidad desapareció, reemplazada por una determinación feroz, casi maníaca—. Te juro por la memoria de mi hermana que nadie las tocará. Quemaré esta ciudad hasta los cimientos antes de dejar que alguien les haga daño. Eres mía, Selene. Tú y la niña. Están bajo mi protección, y Dios ayude a quien intente cruzar esa línea.
La declaración quedó suspendida en el aire. No era solo una promesa de seguridad; era una declaración de posesión, pero también de pertenencia. Eres mía. Y por primera vez en su vida, a Selene no le molestó la idea de pertenecer a alguien.
Stellan se quedó mirándola, sus rostros a centímetros de distancia. El olor a sándalo, a lágrimas y a bebé llenaba el pequeño espacio. Selene vio cómo la mirada de él bajaba a sus labios y luego subía de nuevo a sus ojos, dudando, luchando contra su propio deseo.
—Debería irme —dijo él, con voz ronca, aunque no hizo ningún movimiento para levantarse.
—Quédate —respondió Selene, un susurro que era más una súplica que una invitación—. Solo un poco más. No quiero estar sola esta noche. Y creo que tú tampoco deberías estarlo.
Stellan asintió lentamente. Volvió a acomodarse en la mecedora con Fern dormida profundamente en su pecho, ajena a la tormenta emocional que la rodeaba. Selene volvió a sentarse en la alfombra, pero esta vez apoyó la cabeza en la rodilla de Stellan.
Él dejó caer su mano sobre el cabello de ella, acariciándolo distraídamente, enredando sus dedos en los mechones oscuros.
Se quedaron así, en silencio, mientras la mansión crujía a su alrededor y la ciudad dormía. Un asesino, una madre y una bebé huérfana de padre, formando la familia más extraña y rota del mundo.
Pero en ese momento, bajo la luz tenue de la lámpara de mariposas, Selene supo dos cosas con certeza absoluta: que la guerra estaba llegando a sus puertas, y que ella amaba a este hombre roto con cada fibra de su ser. Y estaba dispuesta a descender al mismísimo infierno con él si eso significaba salvarlo de sus propios demonios.
Capítulo 6: Lluvia de Vidrio y Sangre
Los tres días posteriores a aquella noche de confesiones y nanas italianas transcurrieron en una especie de neblina dorada. Para el mundo exterior, la mansión Cross seguía siendo una fortaleza impenetrable gobernada por el miedo y el dinero. Pero dentro de las paredes de la oficina principal, y en los pasillos silenciosos del ala este, había nacido un universo nuevo.
Era martes por la mañana. El sol de Chicago entraba a raudales por el inmenso ventanal de piso a techo, bañando la oficina de Stellan en una luz engañosamente pacífica.
Selene estaba sentada en el sofá de cuero, revisando una pila de contratos de logística naval. Stellan estaba en su escritorio, tecleando furiosamente en su laptop. A simple vista, era una escena puramente laboral. Pero los detalles contaban otra historia.
Cada cinco minutos, Stellan levantaba la vista de la pantalla. Sus ojos, antes fríos como el acero, buscaban a Selene con una necesidad casi física. Si ella lo miraba de vuelta, él le dedicaba una media sonrisa, un gesto tan sutil y privado que hacía que el estómago de Selene diera un vuelco.
—Estás distraído, señor Cross —dijo Selene, sin levantar la vista del papel, pero con una sonrisa jugando en sus labios.
—Es difícil concentrarse en el precio del combustible cuando estás usando ese perfume —respondió él, su voz ronca cruzando la habitación.
Se levantó y caminó hacia ella. Selene sintió que el pulso se le aceleraba. Stellan se detuvo frente al sofá, le quitó suavemente la carpeta de las manos y la dejó sobre la mesa. Luego, se inclinó y apoyó las manos a ambos lados de ella, acorralándola.
—Fern está dormida —susurró, acercando su rostro al de ella—. Hayashi la llevó al jardín hace diez minutos.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Selene, sintiendo el calor que irradiaba el cuerpo de él.
—Significa que tengo diez minutos para besarte antes de que tenga que llamar a los socios de Milwaukee.
Stellan la besó. No fue un beso suave. Fue hambriento, posesivo, cargado de todo el miedo y la esperanza que habían compartido las últimas noches. Selene enredó sus dedos en el cabello de él, atrayéndolo más, olvidándose de los contratos, de la mafia y del peligro. Por primera vez en años, se sentía viva. Se sentía segura.
Y entonces, el mundo estalló.
El sonido llegó primero. No fue un disparo convencional. Fue un silbido agudo, ascendente, como si el aire mismo se estuviera rasgando en dos.
El instinto de Stellan, forjado en veinte años de guerra, fue más rápido que el pensamiento consciente.
—¡ABAJO! —rugió.
No le dio tiempo a Selene de procesar la orden. Se lanzó sobre ella, placándola contra el sofá con todo su peso, cubriendo su cuerpo con el suyo propio.
Un segundo después, el ventanal de vidrio reforzado, diseñado para resistir balas de calibre medio, explotó hacia adentro.
CRASH.
El estruendo fue ensordecedor. Fue como si el cielo se hubiera desplomado. Una lluvia de fragmentos de cristal, afilados como cuchillas de diamante, barrió la habitación. Selene gritó, enterrando la cara en el pecho de Stellan, cerrando los ojos con fuerza.
Sintió cómo el cuerpo de él se sacudía violentamente sobre ella. Escuchó el sonido repugnante de la tela rasgándose y algo húmedo golpeando el cuero del sofá. Stellan gruñó, un sonido gutural de dolor que apretó los dientes, pero no se movió. Ni un milímetro. Se quedó allí, siendo un escudo humano, absorbiendo el impacto de la metralla de vidrio para que no tocaran ni un pelo de Selene.
El silencio que siguió a la explosión duró apenas un latido. Luego, comenzó el caos real.
Disparos. No uno o dos. Cientos.
Ráfagas de armas automáticas venían desde el patio, desde los tejados vecinos, desde todas partes. Las balas impactaban contra las paredes, destrozando cuadros, lámparas y muebles.
—¿Estás herida? —La voz de Stellan era urgente, siseada en su oído.
Selene abrió los ojos, temblando incontrolablemente.
—No… no, estoy bien. Pero tú…
Levantó la mano y tocó la espalda de Stellan. Su palma volvió empapada en sangre caliente y espesa.
—¡Stellan, estás sangrando! ¡Tu espalda está…!
—¡No importa! —cortó él.
Se movió rápido, ignorando el dolor. Rodaron fuera del sofá y se arrastraron por el suelo, manteniéndose por debajo de la línea de fuego de las ventanas destrozadas. Stellan sacó su teléfono con manos manchadas de su propia sangre y marcó un número rápido.
—¡Hayashi! —gritó al teléfono—. ¡Protocolo Rojo! ¡Ahora! ¡Lleva a la niña al búnker! ¡Si le pasa algo, te mato yo mismo!
Colgó y miró a Selene. Sus ojos grises, que hace un momento la miraban con deseo, ahora eran dos pozos de violencia pura.
—Escúchame bien, Selene. Vas a gatear hasta la puerta. Vas a correr por el pasillo central hacia el ala este. No te detengas por nada. Si ves a alguien que no sea yo o Hayashi, corre hacia el otro lado.
—¿Y tú? —Selene le agarró la manga del saco destrozado—. ¡No te voy a dejar aquí! ¡Estás herido!
—Voy a ganar tiempo —dijo Stellan, arrastrándose hacia la parte inferior de su escritorio. Presionó un panel oculto en la madera y un compartimento secreto se abrió. Dentro había dos pistolas automáticas y cargadores extra.
Stellan verificó las armas con una eficiencia mecánica que heló la sangre de Selene.
—Stellan, por favor… ven con nosotras.
Él se giró hacia ella, y por un segundo, la máscara de asesino se agrietó. Le tomó la cara con una mano ensangrentada.
—No puedo. Están entrando. Si no los detengo aquí, llegarán al ala este antes que tú. Tienes que irte. ¡Hazlo por Fern! ¡Ella te necesita!
El nombre de su hija fue el detonante. Fern. Su bebé estaba sola con Hayashi.
—Te amo —sollozó Selene. Era la primera vez que lo decía en voz alta.
Los ojos de Stellan brillaron con una intensidad feroz.
—Entonces vive para decírmelo luego. ¡VETE!
Stellan se levantó parcialmente y comenzó a disparar hacia el hueco de la ventana, cubriendo la salida de Selene.
—¡VENGAN POR MÍ, HIJOS DE PERRA! —rugió, atrayendo el fuego enemigo hacia su posición.
Selene gateó hasta la puerta, se puso de pie y corrió.
El pasillo era una zona de guerra. Las alarmas aullaban, luces rojas de emergencia parpadeaban dándole al entorno un aspecto infernal. El aire olía a pólvora quemada y yeso pulverizado.
Selene corrió descalza, los cristales del suelo cortándole las plantas de los pies, pero la adrenalina borraba el dolor.
—Ala este… ala este… —repetía como un mantra.
Giró en la esquina que llevaba a los apartamentos y se frenó en seco, derrapando sobre el mármol.
Dos hombres bloqueaban el pasillo.
Iban vestidos de negro táctico, con máscaras de esquí y rifles de asalto. No eran guardias de Stellan. Llevaban brazaletes rojos. Los hombres de Mercer.
—¡Ahí está! —gritó uno de ellos, señalándola—. ¡Es la mujer!
Selene retrocedió, el pánico cerrándole la garganta. Miró hacia atrás, pero el pasillo era largo y no había dónde esconderse. Estaba atrapada.
—El jefe la quiere viva —dijo el segundo hombre, avanzando con pasos pesados—. No dispares a matar. A las piernas.
Selene buscó algo, cualquier cosa para defenderse. Un jarrón, una estatua. Pero solo había paredes vacías.
Los hombres se acercaban. Cinco metros. Cuatro metros.
Selene cerró los ojos, preparándose para el dolor, rezando para que Hayashi hubiera salvado a Fern.
CRACK.
El sonido de hueso rompiéndose fue tan fuerte que Selene abrió los ojos de golpe.
Detrás de los asaltantes, una sombra había emergido del humo.
Stellan.
Parecía un demonio surgido del infierno. Su traje colgaba en jirones empapados de sangre, su camisa blanca era ahora roja. Había llegado corriendo detrás de ellos, silencioso a pesar de sus heridas.
Antes de que el primer hombre pudiera girarse, Stellan le había pasado un brazo por el cuello y había girado con una fuerza brutal. El cuerpo del asaltante cayó inerte al suelo.
El segundo hombre se giró, levantando su rifle.
Stellan no buscó cubrirse. Avanzó.
Fue un movimiento suicida y terrorífico. Stellan desvió el cañón del rifle con el antebrazo izquierdo —un disparo salió al techo— y con la mano derecha, clavó su propia pistola bajo la barbilla del hombre.
—Buenas noches —gruñó.
Apretó el gatillo.
El cuerpo cayó con un golpe sordo.
Selene estaba temblando tanto que las piernas le fallaron. Se deslizó por la pared hasta el suelo, incapaz de respirar, incapaz de procesar la violencia que acababa de presenciar. Había visto a Stellan ser tierno, lo había visto ser un líder frío. Pero nunca lo había visto ser esto. Una máquina de matar.
Stellan se giró hacia ella. Tenía salpicaduras de sangre en la cara que no era suya. Respiraba con dificultad, y Selene vio que la herida de su espalda estaba sangrando profusamente, manchando el suelo de mármol.
—Levántate —dijo él. Su voz era áspera, dolida.
Caminó hacia ella y la levantó de un tirón, sin delicadeza. No había tiempo para la delicadeza.
—¡Casi te atrapan! ¡Te dije que corrieras!
—¡Había hombres! —lloró ella—. ¡Estaban bloqueando el paso!
Stellan miró el pasillo vacío por delante.
—Hay más. Mercer envió a todo su maldito ejército. Vamos.
La agarró de la mano. Su agarre era tan fuerte que le hacía daño, pero era el único ancla que Selene tenía en ese mundo que se derrumbaba.
Corrieron juntos. Stellan cojeaba ligeramente, y cada paso dejaba un rastro rojo, pero no disminuyó la velocidad. Disparó dos veces a una sombra que apareció en una intersección sin siquiera detenerse a comprobar si había acertado.
Llegaron a la puerta del apartamento. Estaba abierta.
Dentro, la señorita Hayashi estaba de pie en medio de la sala. Había volcado el sofá para usarlo de trinchera. Tenía una subametralladora en cada mano y el rostro impasible de una estatua.
—¿La niña? —ladró Stellan.
—En el cuarto de seguridad. Sedada. Está dormida. —Hayashi miró a Stellan, evaluando sus heridas en un microsegundo—. Estás perdiendo demasiada sangre, señor.
—No importa. —Stellan empujó a Selene hacia la puerta de acero reforzado que estaba oculta tras un panel en la pared del fondo—. ¡Adentro! ¡La clave es 0815!
Selene tecleó el código con dedos resbaladizos por el sudor y la sangre. Los cerrojos magnéticos se soltaron con un clank pesado.
La puerta se abrió. Dentro, en una pequeña cuna improvisada, Fern dormía plácidamente, con su conejito de peluche, ajena a la muerte que rondaba a metros de ella.
Selene se volvió hacia Stellan. Él se quedó en el umbral.
—Entra —suplicó ella, tirando de su mano—. ¡Entra con nosotras! ¡Es una puerta blindada, estaremos seguros!
Stellan negó con la cabeza. Su rostro estaba pálido, casi gris por la pérdida de sangre, pero sus ojos ardían.
—Esa puerta aguanta balas, Selene. Pero no aguanta explosivos C4. Y Mercer trajo demoliciones. Lo escuché en sus comunicaciones.
—¿Qué?
—Si me encierro ahí con ustedes, volarán la puerta y nos matarán a los tres como a ratas en una jaula. —Stellan soltó su mano suavemente—. Tengo que salir. Tengo que atraerlos lejos de aquí. Tengo que cazar a los que tienen los explosivos.
—¡Te van a matar! —gritó Selene, el dolor desgarrándole el pecho—. ¡Estás herido, no puedes luchar así!
Stellan sonrió. Fue una sonrisa triste, llena de sangre y despedida. Levantó la mano y le acarició la mejilla, dejando una mancha roja en su piel.
—He luchado en peores condiciones por cosas que me importaban menos. Ahora tengo algo por lo que vale la pena morir.
Miró por encima del hombro de Selene, hacia la niña dormida.
—Cuídala. Si no vuelvo… hay una cuenta en Suiza a tu nombre. Hayashi tiene los detalles. Vete lejos. Que no crezca en este mundo.
—No… no me digas eso… —Selene se aferró a su solapa—. ¡Prométeme que volverás! ¡Júralo!
El sonido de pasos pesados y gritos se acercaba por el pasillo. Estaban llegando.
Stellan la miró a los ojos, memorizando su rostro.
—Te prometo que, mientras tenga una gota de sangre en el cuerpo, nadie cruzará esta puerta.
La empujó suavemente hacia adentro.
—¡Hayashi! —gritó—. ¡Cierra la maldita puerta!
—¡No! —gritó Selene.
Pero la niñera obedeció. Empujó la pesada hoja de acero. Lo último que Selene vio antes de que la oscuridad y el silencio la encerraran fue a Stellan Cross dándose la vuelta, cargando sus armas y caminando hacia el pasillo para enfrentar a la muerte solo.
—Cierren los ojos —le escuchó decir—. El monstruo ha salido a jugar.
La puerta se selló con un golpe definitivo.
Selene cayó al suelo junto a la cuna de su hija, y por primera vez desde que comenzó el ataque, se permitió gritar. Un grito de angustia pura que rebotó en las paredes de metal, rogándole a un Dios en el que apenas creía que salvara al hombre que amaba.
Capítulo 7: La Primera Palabra del Monstruo
El sonido de la puerta de acero al cerrarse fue definitivo, como la tapa de un ataúd sellando el mundo de los vivos. El clank metálico de los cerrojos magnéticos resonó en el pequeño espacio, seguido de un zumbido eléctrico cuando el sistema de filtración de aire se activó.
Selene se quedó petrificada frente a la puerta gris, con las manos aún extendidas hacia el lugar donde, un segundo antes, había estado Stellan.
—¡Abre la puerta! —le gritó a Hayashi, girándose con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Todavía podemos meterlo! ¡Está herido, Hayashi, se va a morir ahí fuera!
La señorita Hayashi, que hasta ese momento había sido una sombra silenciosa y eficiente, negó con la cabeza. Su rostro permanecía impasible, pero sus nudillos estaban blancos al apretar las empuñaduras de sus dos subametralladoras.
—El señor Cross dio una orden directa —dijo con voz calmada, aunque tensa—. Si abro esa puerta, comprometo la seguridad de la niña. Y si la niña muere, él muere en vano.
Selene golpeó el acero con el puño, un gesto inútil y doloroso.
—¡No es justo! —sollozó, deslizándose por la pared fría hasta el suelo—. ¡Prometió que volvería!
—Entonces espere y rece para que cumpla su promesa —respondió Hayashi, colocándose en posición de guardia frente a la entrada, sus ojos fijos en el panel de control.
El tiempo comenzó a distorsionarse.
En el exterior, el infierno continuaba. A través de las paredes reforzadas, los sonidos de la batalla llegaban amortiguados, como truenos lejanos bajo el agua. Se escuchaban vibraciones graves que sacudían el suelo —explosiones, quizás granadas— y el repiqueteo constante de armas automáticas.
Selene se arrastró hasta la pequeña cama donde Fern dormía, ajena al apocalipsis. La niña respiraba con un ritmo suave, su pecho subiendo y bajando, abrazada a su conejo de peluche. Era una imagen de paz tan absoluta que resultaba dolorosa en contraste con la violencia que ocurría a metros de distancia.
Veinte minutos.
Pasaron veinte minutos que se sintieron como veinte años.
Cada disparo que Selene escuchaba era una puñalada en su imaginación. ¿Ese disparo había dado en el blanco? ¿Había sido Stellan disparando, o le habían disparado a él?
Se imaginaba su cuerpo destrozado en el pasillo de mármol. Se imaginaba sus ojos grises perdiendo el brillo, mirando al techo, solos.
—Por favor, Dios —susurró Selene, tomando la manita de Fern y apretándola contra su propia frente—. No me lo quites. No ahora. No cuando apenas lo encontré. Sé que ha hecho cosas malas. Sé que tiene las manos manchadas. Pero sálvalo. Sálvalo por ella. Sálvalo por mí.
De repente, el silencio.
Fue peor que el ruido.
Las explosiones cesaron. Los disparos se detuvieron. No hubo gritos de victoria, ni sirenas de policía, ni lamentos. Solo un silencio absoluto, denso y pesado, que parecía presionar contra los tímpanos de Selene.
Selene levantó la vista y cruzó una mirada con Hayashi. La niñera había bajado ligeramente las armas, ladeando la cabeza hacia la puerta, escuchando con la intensidad de un animal de presa.
—¿Se acabó? —preguntó Selene, con la voz temblorosa.
—El combate ha terminado —confirmó Hayashi—. Pero no sabemos quién ganó.
La duda era un veneno. Si Mercer había ganado, estarían intentando volar la puerta en cualquier momento. Si Stellan había ganado… ¿por qué no venía?
Un minuto. Dos minutos.
El aire reciclado del búnker empezó a sentirse asfixiante. Selene sentía que se ahogaba.
Entonces, se escuchó.
Pasos.
No eran los pasos rítmicos y militares de un escuadrón. Eran pasos arrastrados. Pesados. Irregulares. Alguien caminaba con dificultad, alguien que arrastraba una pierna o se apoyaba en la pared.
Ras… pum. Ras… pum.
Selene se puso de pie de un salto, el corazón latiéndole en la garganta tan fuerte que dolía.
Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta.
Hubo una pausa eterna. Selene contuvo la respiración. Hayashi levantó las armas de nuevo, apuntando al centro del acero.
Tres golpes.
Toc. Toc. Toc.
Débiles. Apenas audibles.
Luego, una voz. Una voz que sonaba como si hubiera tragado vidrio y humo, pero que era la música más hermosa que Selene había escuchado jamás.
—Abre… Soy yo.
Selene no esperó. Se lanzó hacia el panel numérico. Sus dedos temblaban tanto que casi se equivoca.
—Cero… Ocho… Uno… Cinco.
La luz roja del panel cambió a verde. Los cerrojos se liberaron con un estruendo metálico.
Selene tiró de la manija y empujó la pesada puerta.
Stellan Cross estaba allí. O lo que quedaba de él.
Parecía haber emergido de una picadora de carne. Su traje italiano, que costaba miles de dólares, era irreconocible; jirones de tela quemada y empapada en sangre colgaban de su cuerpo. Tenía un corte profundo y feo en la frente que sangraba profusamente, cegándole el ojo izquierdo. Su brazo izquierdo colgaba inerte a un costado, y su hombro derecho mostraba el impacto de una bala que había atravesado el músculo.
Había sangre en sus manos, en su cuello, en su pelo. Sangre propia y ajena.
Pero estaba de pie. Respiraba.
—Stellan… —El nombre salió de la garganta de Selene como un sollozo.
Él intentó dar un paso hacia adentro, pero sus piernas fallaron. Tropezó. Selene corrió y lo atrapó antes de que golpeara el suelo, metiendo su hombro bajo el brazo bueno de él, soportando su peso muerto.
—Te tengo. Te tengo —lloraba ella, manchándose la blusa blanca con la sangre de él, sin importarle en lo más mínimo—. ¡Hayashi, ayúdame!
Entre las dos, lograron llevarlo hasta la única silla del búnker. Stellan se desplomó en ella, echando la cabeza hacia atrás, respirando con un silbido ronco y doloroso.
—¿Están bien? —preguntó. Fue lo primero que dijo. No pidió un médico, no pidió agua. Preguntó por ellas.
—Estamos bien —dijo Selene, arrodillándose frente a él, sus manos recorriendo su cuerpo frenéticamente, buscando la herida más grave para presionarla—. Tú eres el que se está desangrando. ¡Dios mío, Stellan, mira tu hombro!
Stellan abrió el ojo sano y la miró. Había una tristeza infinita en su mirada.
—Lo siento —susurró, y una lágrima se mezcló con la sangre en su mejilla—. Lo siento tanto, Selene.
—¿Por qué te disculpas? ¡Nos salvaste!
—Te traje a mi mundo. —Su voz se quebró—. Casi mueren. Mercer vino por mí, y casi las mata a ustedes. Soy un peligro. Soy veneno. Deberías haberte ido cuando te lo dije…
—¡Cállate! —Selene tomó su rostro ensangrentado entre sus manos, obligándolo a mirarla—. ¡No digas eso! Nos protegiste. Cumpliste tu promesa. Estás aquí. Estás vivo. Eso es lo único que importa.
Stellan cerró los ojos, agotado, dejándose curar, dejándose amar, aunque sentía que no lo merecía. Hayashi ya estaba sacando el botiquín de emergencias del búnker, cortando la tela de la camisa para exponer las heridas y detener la hemorragia.
En ese momento de caos controlado, un sonido pequeño rompió la tensión.
Un bostezo.
Selene y Stellan se giraron hacia la cama.
Fern se había despertado.
La niña se sentó, frotándose los ojos con los puños, el cabello revuelto y las mejillas sonrosadas por el sueño. Miró a su alrededor, confundida por el cambio de escenario. Luego, sus ojos azules se posaron en la figura sentada en la silla.
Stellan se tensó visiblemente. Hizo un intento por girar la cara, por ocultar el lado destrozado y sangriento de su rostro.
—No dejes que me vea así —murmuró, con pánico real en la voz—. Se va a asustar. Parezco un monstruo. Va a llorar.
Era el mayor miedo de Stellan. No temía a las balas ni a la muerte. Temía ver el rechazo en los ojos de la única criatura pura que lo había amado.
—Selene, por favor… —suplicó—. Sácala.
Pero era tarde. Fern ya se había bajado de la cama.
La niña se tambaleó con sus piernitas inestables, abrazando a su conejo por una oreja. Cruzó el pequeño espacio del búnker, ignorando a su madre, ignorando a Hayashi.
Caminó directamente hacia Stellan.
Se detuvo frente a sus rodillas. Levantó la cabeza y miró el desastre: la sangre, la carne abierta, el ojo hinchado.
Stellan contuvo la respiración, esperando el grito. Esperando el llanto de terror.
Pero Fern no gritó.
Su carita se arrugó, no en miedo, sino en una profunda preocupación. Soltó el conejo, levantó su mano diminuta y tocó, con una suavidad de pluma, la rodilla de Stellan, justo donde la tela del pantalón estaba rasgada.
—Pupa —dijo.
La palabra resonó en el búnker de acero como un cañonazo.
Selene se llevó las manos a la boca. Hayashi detuvo su vendaje por un segundo.
Era la primera palabra de Fern. Clara. Inequívoca.
Stellan bajó la mirada, aturdido.
—¿Qué? —susurró.
Fern estiró los brazos, pidiendo que la subieran.
—¡No, pequeña, estoy sucio, tengo sangre! —intentó decir Stellan.
Pero a Fern no le importaba. Insistió, jalando su pantalón. Stellan, vencido, la levantó con su brazo bueno y la sentó en su regazo, con cuidado de no mancharla demasiado, aunque era imposible.
La niña se acomodó en su pecho. Luego, levantó su dedo índice y señaló el corte profundo en la frente de Stellan. Lo tocó con cuidado, como si quisiera borrarlo.
—Pupa —repitió Fern, con los ojos llenos de lágrimas de empatía—. ¿Pupa?
Luego, hizo algo que destrozó a Stellan por completo. Se inclinó y besó la herida sangrante. Un beso baboso, torpe y sanador.
—Sana, sana —balbuceó, imitando lo que Selene le decía a ella cuando se golpeaba.
Stellan Cross, el Fantasma de Chicago, el asesino de hombres, el monstruo que no sentía nada, se rompió en mil pedazos.
Un sollozo gutural escapó de su pecho.
—Sí… pupa —lloró él, enterrando la cara en el pequeño hombro de la niña—. Tengo mucha pupa, mi vida.
Lloró como no había llorado en veinte años. Lloró por el dolor de las heridas, por el miedo a perderlas, por la culpa, y por el alivio abrumador de ser amado a pesar de su apariencia, a pesar de sus pecados.
Fern le dio palmaditas en la mejilla, manchándose sus propias manos de sangre, pero sin dejar de consolarlo.
—Ya, ya. Papi. Ya.
Selene se acercó y rodeó a ambos con sus brazos, abrazando la cabeza de Stellan contra su pecho, besando su cabello sucio y ensangrentado.
—Te lo dije —susurró ella entre lágrimas—. Ella no ve a un monstruo. Ella ve a su papá.
Hayashi, la estoica ex asesina, se giró hacia la pared y fingió revisar el inventario médico, pasándose discretamente el dorso de la mano por los ojos.
El búnker olía a sangre, a sudor y a antiséptico. Afuera, las sirenas de la policía comenzaban a aullar, acercándose a la finca. El mundo de Stellan estaba en ruinas; su casa destrozada, sus hombres muertos, su imperio bajo ataque.
Pero allí, en esa caja de metal, sosteniendo a la niña que le había curado el alma con un beso y a la mujer que se negaba a abandonarlo, Stellan supo que había ganado.
Mercer podía haber destruido las paredes, pero no había tocado lo que realmente importaba.
—Quédense conmigo —suplicó Stellan, su voz ronca ahogada en el cuello de Selene—. Por favor, no se vayan. Déjenme protegerlas. Déjenme intentar ser el hombre que ella cree que soy.
Selene levantó su rostro y lo besó en los labios, probando la sal de sus lágrimas y el hierro de su sangre.
—Ya lo eres, Stellan. Siempre lo has sido. Somos una familia ahora. Rota, extraña y un poco sangrienta… pero una familia. Y la familia no se abandona.
Fern, atrapada en medio del abrazo, sonrió con esa inocencia que podía iluminar la oscuridad más profunda, miró a Stellan a los ojos y dictó la sentencia final de su pasado oscuro:
—Papi. Casa.
Y Stellan, cerrando los ojos bajo el peso de la gracia absoluta, supo que finalmente había llegado a casa.
Capítulo 8: El Jardín de las Cicatrices y las Rosas
Seis meses después, el verano descendió sobre Chicago con una clemencia inusual. El aire, que solía oler a asfalto y lago contaminado, traía ahora una fragancia dulce y pesada que envolvía la mansión Cross como un abrazo.
No era el mismo lugar. La estructura de piedra gris seguía siendo imponente, y los muros perimetrales seguían siendo lo suficientemente altos para mantener fuera a cualquier ejército privado, pero el alma de la casa había cambiado. Donde antes había silencio sepulcral y sombras, ahora había vida.
Stellan Cross estaba de pie en la terraza de piedra caliza, con una copa de whisky en la mano que no había probado en media hora. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanca, un atuendo que el “Fantasma” de hace medio año habría considerado una herejía.
Su teléfono vibró en la mesa de jardín. Stellan lo contestó sin apartar la vista del césped.
—Habla —dijo. Su voz seguía teniendo ese filo de navaja oxidada que hacía temblar a sus tenientes.
—Señor, los restos de la organización de Mercer en el sur han capitulado. Aceptan sus términos. El 80% de las ganancias y control total del puerto.
—Bien —respondió Stellan, indiferente—. Dígales que si vuelvo a ver uno de sus camiones en mi ruta, no enviaré negociadores. Enviaré forenses.
—Entendido, señor.
Colgó. En un segundo, la máscara de “El Padrino” se desvaneció. Stellan dejó el teléfono y sus ojos grises, marcados ahora por líneas de expresión nuevas que denotaban risa y no solo estrés, buscaron el punto móvil en el jardín.
Ahí estaba.
Fern.
Tenía diecisiete meses y era un torbellino de energía imparable. Ya no quedaba rastro de la bebé pálida y enfermiza que había llegado en brazos de una madre aterrorizada. Sus mejillas tenían el color de los duraznos maduros, sus piernas eran fuertes y decididas, y su cabello oscuro estaba recogido en dos coletas que rebotaban con cada paso que daba sobre la hierba recién cortada.
—¡Más rápido! ¡Más rápido! —chillaba, corriendo detrás de un enorme perro San Bernardo que Stellan había comprado “por seguridad”, pero que en realidad servía de almohada gigante para la niña.
Selene apareció por la puerta francesa de la cocina, trayendo una jarra de limonada helada. Se detuvo un momento a observar a Stellan.
El cambio en él era físico y espiritual. La cicatriz de la frente, recuerdo de aquella noche en el búnker, todavía era visible, una línea rosada que cruzaba su ceja izquierda. Se sumaba a la vieja cicatriz de su mejilla, creando un mapa de violencia en su rostro. Pero Selene ya no veía las heridas. Veía al hombre que había sobrevivido a ellas.
—Deja de mirar a los guardias con esa cara —le dijo ella, dejando la bandeja en la mesa—. Los pones nerviosos. Piensan que vas a despedirlos.
Stellan se giró y la miró. Su expresión se suavizó al instante, derritiéndose como cera al calor.
—No los miro a ellos. Miro lo que protegen.
Se acercó a Selene y le rodeó la cintura con un brazo, atrayéndola hacia él. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando ese corazón que latía fuerte y constante.
—¿Hablaste con los del sindicato? —preguntó ella.
—Arreglado. Nadie nos molestará.
—¿Y Mercer?
—Enterrado bajo tres metros de concreto. —Stellan le besó la sien—. El pasado está muerto, Selene. Solo existe esto.
“Esto”.
Selene miró el jardín. Stellan había ordenado plantar rosas. Cientos de ellas. Rosas blancas, rojas, amarillas. Y lavanda. Mucha lavanda. Había convertido el patio de armas de su padre, un lugar donde se habían ejecutado traidores, en un santuario de flores y mariposas.
—¿En qué piensas? —preguntó él, notando su silencio.
—En que hace seis meses, pensé que me matarías en ese pasillo —confesó ella con una sonrisa triste—. Y ahora… me vas a matar, pero de amor.
Stellan soltó una risa baja, un sonido que todavía le sorprendía a él mismo.
—Te dije que era peligroso.
—Papi… —una vocecita exigente rompió el momento romántico.
Fern estaba al pie de las escaleras de la terraza, con las manos en las caderas (un gesto que había copiado indudablemente de Selene) y el ceño fruncido.
—¡Papi! ¡Jugar!
Stellan suspiró con una resignación teatral.
—El deber me llama. La jefa ha hablado.
Bajó las escaleras de dos en dos. En cuanto sus pies tocaron el césped, Fern chilló de emoción y echó a correr. Stellan, el hombre que controlaba el crimen organizado de Chicago, rugió como un oso y salió tras ella.
—¡Te voy a atrapar! ¡Soy el monstruo de las cosquillas!
Selene se sentó en la silla de mimbre, bebiendo su limonada, y observó la escena con los ojos empañados.
Vio cómo Stellan fingía tropezar para que Fern ganara ventaja. Vio cómo la alcanzaba y la levantaba en el aire, haciéndola girar hasta que ambos cayeron sobre una montaña de cojines que habían sacado al jardín.
Las risas de Fern eran campanadas de cristal puro.
—¡No, no, no! —reía la niña mientras Stellan le hacía cosquillas en la barriga—. ¡Papi, no!
Stellan se detuvo, jadeando, con la niña sentada a horcajadas sobre su pecho. Fern le puso las manos en la cara, aplastándole las mejillas.
—Papi —dijo ella, poniéndose seria de repente.
Stellan se quedó inmóvil.
—Dime, piccolina.
—Te quiero.
El mundo se detuvo. Los pájaros dejaron de cantar. Los guardias en el perímetro, hombres duros con rifles, apartaron la mirada respetuosamente.
Selene vio cómo la garganta de Stellan se movía al tragar. Vio cómo sus ojos se cerraban un segundo, luchando contra la marea de emociones que esa simple frase de dos palabras provocaba en él.
—Yo también te quiero —respondió él, con la voz rota—. Más que a mi vida. Más que a todo este maldito mundo.
Stellan se sentó en el césped con Fern en su regazo y miró hacia la terraza, buscando a Selene. Le hizo un gesto con la cabeza.
—Ven aquí.
Selene bajó y se unió a ellos en la manta de picnic improvisada. Stellan pasó un brazo por sus hombros y el otro alrededor de Fern, cerrando el círculo.
—¿Sabes? —dijo Stellan, mirando el cielo azul de Chicago—. A veces me despierto en la noche, sudando, pensando que sigo en el búnker. O peor, pensando que sigo en esa oficina fría, solo, antes de que ustedes llegaran.
Miró a Selene con una intensidad abrasadora.
—Tengo miedo de que esto sea un sueño. De que despierte y sea el monstruo otra vez.
Selene le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de él, sintiendo la textura de sus callos y sus cicatrices.
—No es un sueño, Stellan. Las cicatrices son reales. El dolor fue real. Pero esto… —señaló a Fern, que ahora intentaba ponerle una flor en la oreja a Stellan—, esto también es real. Te lo ganaste.
—¿Me lo gané? —preguntó él con escepticismo—. He matado gente, Selene. Tengo las manos manchadas de sangre que nunca se lavará. ¿Merezco esto? ¿Merezco ser feliz cuando he quitado tantas vidas?
—La redención no se trata de borrar el pasado —dijo Selene con firmeza—. Se trata de qué haces con el futuro. Salvaste a mi hija. Me salvaste a mí. Y cada día que te levantas y eliges ser este hombre, el padre que juega en el jardín, el hombre que protege en lugar de destruir… cada uno de esos días estás pagando tu deuda.
Stellan guardó silencio durante un largo momento. Fern, aburrida de la conversación adulta, se levantó y corrió hacia el perro de nuevo.
Stellan miró a la niña correr, libre, sana, sin miedo.
—Thistle habría tenido su edad ahora —murmuró—. Si hubiera vivido.
—Fern no es Thistle —dijo Selene suavemente—. Pero creo que Thistle estaría orgullosa del hermano en el que te has convertido. No eres el niño asustado de doce años que no pudo salvarla. Eres el hombre que se aseguró de que ninguna otra niña tuviera que sufrir.
Una paz extraña, algo que Stellan no había sentido en treinta años, se asentó sobre sus hombros.
—Papá… —probó la palabra en su boca, como si fuera un caramelo extraño—. Ella me llama papá. Yo maté a mi propio padre. Y sin embargo…
—Tú eres su padre —afirmó Selene—. La sangre te hace pariente, Stellan. El amor te hace familia. Tú la curaste cuando tenía fiebre. Tú la defendiste de las balas con tu propio cuerpo. Tú le cantas en italiano cuando tiene pesadillas. Eres más padre que cualquier hombre que solo done ADN.
Stellan asintió lentamente, aceptando finalmente la verdad. Se inclinó y besó a Selene. Fue un beso lento, profundo, bajo el sol del mediodía. Un beso que sabía a limonada y a promesas cumplidas.
—Gracias —susurró contra sus labios—. Por no correr. Por ver al hombre detrás de la bestia.
—Gracias a ti —respondió ella—. Por dejarme entrar.
Fern regresó corriendo y se lanzó sobre ellos, rompiendo el beso con un ataque de abrazos y risas.
—¡Abrazo de oso! —gritó.
Los tres rodaron por el césped, una maraña de brazos, piernas y risas.
Desde la distancia, cualquiera que mirara vería una escena perfecta. Una familia feliz en un jardín hermoso.
Nadie adivinaría que el hombre tenía una pistola oculta en la espalda baja.
Nadie adivinaría que la mujer había aprendido a detectar mentiras para sobrevivir.
Nadie adivinaría que la niña había nacido en la pobreza y la desesperación.
Eran una familia forjada en el fuego, templada en la sangre y unida por el pegamento indestructible de las segundas oportunidades.
Stellan Cross miró a sus dos chicas. El sol brillaba. Sus enemigos estaban muertos o aterrorizados. Y por primera vez en toda su miserable y violenta existencia, el monstruo no sentía la necesidad de esconderse en la oscuridad.
Porque a veces, solo a veces, la luz no quema. A veces, la luz cura.
Y a veces, los monstruos no necesitan ser destruidos. Solo necesitan ser amados lo suficiente para recordar que, alguna vez, también fueron humanos.
—Vamos adentro —dijo Stellan, levantando a Fern en un brazo y ofreciéndole la mano a Selene con el otro—. He comprado un piano. Quiero enseñarle a tocar la canción de mi madre. Pero esta vez… esta vez no será una canción triste.
Caminaron juntos hacia la casa, dejando atrás las sombras, entrando en la luz.
FIN.
