
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Peso de la Ilusión
¿Alguna vez has sentido ese silencio incómodo que se instala en una habitación justo después de que alguien dice algo que rompe el ambiente? Es como si el aire se volviera pesado, como si pudieras masticar la tensión. Eso fue exactamente lo que pasó en el salón de 3º “B” de la Escuela Primaria “Benito Juárez”, en una colonia trabajadora de la Ciudad de México.
Era la “Semana de las Profesiones”, ese evento anual que rompe la monotonía de las tablas de multiplicar y los dictados. Para los niños, era casi como una fiesta. Se sentaban en el suelo frío del salón, con las piernas cruzadas, esperando ver desfilar a los papás con sus uniformes. Algunos traían cascos de obra, otros estetoscopios, y algunos más llegaban con sus mandiles de cocina oliendo a pan dulce.
Pero para Mateo, un niño de ocho años con el cabello siempre un poco despeinado y unos ojos negros que absorbían todo lo que veían, este día no era una fiesta. Era el día.
Mateo era pequeño para su edad, el tipo de niño que pasaba desapercibido en la fila de la cooperativa o al que siempre elegían al final para los equipos de fútbol en el recreo. Pero tenía una mente afilada como una navaja. Mientras otros jugaban a las escondidillas, él se pasaba las tardes en la azotea de su casa, mirando el cielo gris de la ciudad, imaginando qué había más allá del smog y los tinacos de agua.
Esa mañana, Mateo rebotaba en su asiento. Se había puesto su uniforme de gala, aunque no era lunes de honores. La camisa blanca estaba planchada con esmero (su mamá se había levantado a las 5:00 AM para hacerlo) y sus zapatos negros brillaban tanto que podías ver tu reflejo en ellos.
—A ver, jóvenes, guarden silencio —la voz del Profesor Estrada resonó en el aula.
El Profesor Estrada era un hombre de unos cuarenta y tantos años, con el cansancio marcado en las arrugas de la frente y una camisa de botones que siempre parecía quedarle un poco apretada. Era un maestro de la vieja escuela: estricto, realista y con poca paciencia para las fantasías. Llevaba años enseñando en esa escuela y había visto de todo: pobreza, familias rotas, sueños frustrados. Quizá por eso se había vuelto cínico. Para él, proteger a los niños significaba enseñarles que la vida era dura y que soñar demasiado alto solo llevaba a golpes más fuertes.
—Como saben, hoy vienen sus papás —continuó Estrada, paseándose entre las filas de pupitres rayados—. Pero antes, vamos a hacer un repaso rápido. Quiero que levanten la mano y me digan qué hace su papá o su mamá.
Las manos se alzaron como resortes.
—¡Mi papá es taxista! —gritó Luis.
—¡Mi mamá tiene una estética! —dijo Sofía.
—¡Mi papá es policía! —exclamó Beto con orgullo.
El Profesor asentía, validando cada respuesta. Eran trabajos reales, honestos, trabajos que él entendía y veía todos los días en la colonia.
Y entonces, le tocó a Mateo.
Mateo se puso de pie. No se encorvó como solía hacerlo. Sacó el pecho, respiró hondo y miró a su maestro a los ojos. Había ensayado este momento frente al espejo del baño mil veces.
—Mi papá… —comenzó Mateo, y su voz tembló un poquito por la emoción—, mi papá trabaja en la NASA.
CAPÍTULO 2: La Risa que Duele
El silencio no fue inmediato. Hubo un segundo de procesamiento, un instante en el que las palabras flotaron sobre las cabezas de los treinta niños amontonados en el salón. “NASA”. Una palabra que sonaba a películas, a noticias gringas, a algo que no pertenecía a una escuela primaria rodeada de puestos de garnachas y tráfico.
Y entonces, alguien soltó una risita nerviosa desde el fondo.
—Sí, ajá, y mi papá es Batman —susurró el “Gordo” Ramírez.
Pero lo que realmente dolió no fue la burla de los compañeros. Fue la reacción del adulto en la habitación.
El Profesor Estrada soltó una carcajada corta. No fue una risa alegre. Fue una risa seca, de esas que raspan. Se acomodó los lentes y miró a Mateo con una mezcla de lástima y fastidio.
—A ver, Mateo —dijo, bajando el tono como si le hablara a un niño de kínder que acaba de decir que vio un dragón—. Está bien tener imaginación, hijo. Es bonito soñar. Pero aquí estamos hablando de cosas reales. De lo que hacen los papás de verdad para traer comida a la mesa.
Mateo sintió que la sangre se le iba a los pies.
—Es verdad, maestro —insistió, aunque su voz ya sonaba más pequeña—. Él diseña las antenas para los robots en Marte.
El profesor suspiró, esa clase de suspiro que hacen los adultos cuando pierden la paciencia. Caminó hasta el lugar de Mateo y puso una mano sobre su hombro, pero no para consolarlo, sino para callarlo.
—Mira, Mateo. Tu papá es… ingeniero, ¿verdad? O técnico. Y eso es muy digno. No tienes que inventar cuentos chinos para impresionarnos. Decir mentiras tan grandes solo hace que quedes mal tú. Mejor siéntate y, para la próxima, seamos un poquito más realistas, ¿vale? “NASA”… por favor.
El salón estalló. Ahora sí, la risa fue general.
—¡El niño espacial! —gritó alguien.
—¡Oye, Mateo, tráeme una piedra de la luna!
Mateo no respondió. Se dejó caer en su silla de madera, sintiendo cómo su corazón, que segundos antes latía con orgullo, se arrugaba como un papel viejo. Sus manos, que habían estado gesticulando emocionadas, ahora se cerraban en puños apretados bajo la mesa.
El Profesor Estrada volvió al pizarrón, borrando el tema con un gesto de la mano, satisfecho de haber “corregido” una conducta fantasiosa. No se dio cuenta de cómo los hombros de Mateo se hundieron. No vio cómo el brillo en sus ojos se apagó de golpe, reemplazado por una humedad que el niño luchaba por contener.
Solo una niña, Camila, que se sentaba en la fila de al lado, lo miró con preocupación.
—Yo sí te creo —susurró, pero fue tan bajito que el ruido de las risas se tragó sus palabras.
Mateo bajó la vista. En su mochila, guardado en un folder de plástico, tenía un dibujo que había hecho la noche anterior: su papá, moreno y sonriente, sosteniendo un satélite como si fuera un balón de fútbol, con la bandera de México y el logo de la NASA detrás.
Con movimientos lentos, metió la mano, arrugó el dibujo sin sacarlo y lo empujó al fondo de la mochila, entre los libros de texto gratuitos y las migajas del recreo.
Si el maestro decía que era mentira, entonces debía serlo. Los maestros siempre tienen la razón, ¿no? Quizá su papá le había mentido. Quizá todo era un juego que él se había tomado demasiado en serio.
La duda es un veneno rápido. Y en ese momento, Mateo se tragó hasta la última gota.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: Un Recreo con Sabor a Nada
El timbre del recreo sonó como una alarma de incendios, liberando a la estampida de niños hacia el patio de cemento. Normalmente, Mateo sería el primero en correr hacia las canchas, tratando de apartar un lugar para jugar fútbol con una botella de plástico aplastada. Pero hoy no.
Hoy, Mateo caminó arrastrando los pies hacia las gradas de concreto que daban a la calle. Sacó su torta de jamón envuelta en servilleta, pero ni siquiera la desenvolvió. El nudo en su garganta era tan grande que no dejaba pasar ni el aire.
A lo lejos, veía a sus compañeros.
—¡Ahí va el astronauta! —gritó uno de los niños de quinto, señalándolo. Las noticias vuelan en los pasillos de una escuela primaria. La humillación de Mateo ya era de dominio público.
Mateo miró sus zapatos. Recordó la noche anterior. Estaba en la pequeña sala de su casa, una vivienda de interés social donde el espacio sobraba poco pero el cariño abundaba. Su papá, Roberto, estaba sentado en la mesa del comedor, rodeado de cables, una laptop vieja y planos desplegados.
Roberto no era el típico ingeniero de película. No usaba bata blanca ni hablaba con palabras raras todo el tiempo. Era un hombre de piel curtida, manos rasposas y una sonrisa cansada pero genuina. Había estudiado en el Politécnico con becas y mucho sacrificio, y ahora trabajaba para una empresa internacional que colaboraba directamente con la agencia espacial.
—Papá —le había preguntado Mateo mientras coloreaba su dibujo—, ¿de verdad tus mensajes llegan hasta allá arriba?
Roberto había levantado la vista, quitándose los lentes para frotarse los ojos.
—Más lejos de lo que crees, mijo. Es como… —buscó una comparación—, como cuando le gritas a tu mamá desde la esquina para que te aviente las llaves. Pero en lugar de gritos, usamos ondas invisibles. Y en lugar de la esquina, es otro planeta.
—¿Y tú les dices qué hacer?
—Algo así. Les decimos cómo moverse para que no choquen y puedan mandarnos fotos bonitas.
La simplicidad con la que su papá hablaba de cosas tan complejas era lo que más admiraba Mateo. Para él, su papá era un mago. Un mago que usaba matemáticas en lugar de varitas.
Pero ahora, sentado en el frío concreto de la escuela, esa magia parecía ridícula.
“Sé realista”, había dicho el maestro.
Tal vez su papá solo arreglaba radios o televisiones y le decía esas cosas para que no se aburriera. La duda dolía más que la burla.
Mateo sintió una lágrima caliente rodar por su mejilla. La limpió con furia. No iba a llorar. No ahí.
CAPÍTULO 4: La Mentira que era Verdad
Mientras Mateo sufría en el patio, Roberto estaba al otro lado de la ciudad, lidiando con su propio estrés. Estaba en una sala de juntas, terminando una videoconferencia con Houston.
—Excelente trabajo con la telemetría, Roberto —dijo la voz en inglés a través de los altavoces—. El equipo en México está superando las expectativas.
Roberto sonrió, agradecido.
—Gracias. Hacemos lo que podemos.
Cerró la laptop y miró el reloj. 12:30 PM.
—¡Chin! —exclamó. Se le hacía tarde.
Se levantó de golpe, agarró su saco azul marino que tenía colgado en el respaldo de la silla y verificó que traía lo más importante. No, no era la presentación en PowerPoint. Era su gafete. Ese pedazo de plástico laminado con su foto, su nombre y el logotipo azul y rojo que todo el mundo conocía.
Para Roberto, ese gafete pesaba. Pesaba por las noches de estudio sin cenar, pesaba por las veces que le dijeron que un mexicano de su código postal no llegaría a esos niveles, pesaba por el orgullo de saber que su hijo lo veía como un héroe.
Roberto sabía que era la “Semana de las Profesiones”. Mateo le había recordado cada noche durante dos semanas.
—¿Vas a ir, pa? ¿Seguro?
—Ahí voy a estar, campeón. Llueva, truene o relampaguee.
Roberto salió del edificio de oficinas, se subió a su auto compacto —un modelo de hace diez años que cuidaba mucho— y se enfrentó al monstruo final: el tráfico de la ciudad.
Mientras manejaba, ensayaba lo que iba a decir. No quería sonar arrogante. Quería que los niños entendieran que la ciencia no es solo para genios en otros países. Quería decirles que el espacio también habla español.
No tenía idea de que, a unos kilómetros de ahí, su hijo estaba convencido de que él no llegaría. O peor aún, que si llegaba, sería para confirmar que todo era una farsa.
CAPÍTULO 5: La Espera Interminable
De vuelta en el salón, las presentaciones habían comenzado.
El ambiente olía a mezcla de perfume de señora y sudor de niño después del recreo. El Profesor Estrada había movido el escritorio para hacer espacio al frente.
—Un aplauso para la mamá de Sofía —dijo el maestro con una sonrisa forzada.
La mamá de Sofía terminó de explicar cómo cortaba el cabello y repartió paletas a todos. Los niños aplaudieron felices. Paletas gratis siempre garantizan el éxito.
Luego pasó el papá de Luis, el taxista. Contó una historia divertida sobre cómo una vez llevó a un luchador en su taxi. Los niños se rieron.
Mateo miraba el reloj de pared. El segundero se movía como si tuviera flojera.
Tic… tac… tic… tac.
Faltaban quince minutos para la salida.
Su papá no llegaba.
—Bueno —dijo el Profesor Estrada, revisando su lista con desdén—. Parece que ya pasaron todos los papás que… confirmaron.
Hizo una pausa y miró a Mateo. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo: “Te lo dije”.
—Vamos a ir guardando las cosas, saquen su tarea de matemáticas…
Mateo sintió un hueco en el estómago. Era verdad. Todo era mentira. Su papá no iba a venir porque le daba vergüenza. O porque no existía tal trabajo. Quizás el maestro tenía razón. Era hora de ser realista.
Mateo abrió su mochila para sacar el cuaderno, derrotado.
Pero entonces, se escucharon tres golpes en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
El sonido fue seco, firme.
El Profesor Estrada frunció el ceño. Se acercó a la puerta y la abrió con desgano.
—¿Sí? Dígame.
La puerta se abrió por completo.
Y el aire del salón cambió.
CAPÍTULO 6: El Ingreso del Gigante
No entró un astronauta con traje espacial. No entró un alienígena.
Entró Roberto.
Pero se veía diferente a como Mateo lo veía en casa. Llevaba un pantalón de vestir gris, una camisa blanca impecable y un saco azul marino que le daba un porte de seriedad absoluta.
Pero lo que brillaba, lo que capturó la luz del sol que entraba por la ventana y cegó momentáneamente al Profesor Estrada, fue el gafete que colgaba de su pecho.
Ahí estaba. Clarito.
“NASA – National Aeronautics and Space Administration”.
Y debajo: “Ing. Roberto Vega – Deep Space Network Liaison”.
Roberto dio un paso adentro. Su presencia llenó el pequeño salón. Miró a su alrededor, localizó a Mateo al fondo y le guiñó un ojo. Luego, miró al maestro.
—Buenas tardes —dijo Roberto con voz grave y educada—. Soy el ingeniero Vega. El papá de Mateo. Lamento la demora, el tráfico en el circuito estaba imposible. ¿Todavía alcanzo a pasar?
El Profesor Estrada se quedó mudo. Abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Miró el gafete, miró a Roberto, miró a Mateo. Su cara pasó de la arrogancia al pánico en un microsegundo.
—Ah… este… sí, claro. Pase, pase —balbuceó, haciéndose a un lado torpemente.
El salón estaba en silencio total. Los niños, que minutos antes se burlaban, ahora tenían los ojos abiertos como platos.
Roberto caminó hacia el frente con calma. Puso un maletín sobre el escritorio del maestro, lo abrió y sacó una maqueta pequeña de un vehículo explorador y una laptop.
—Hola a todos —dijo Roberto, sonriendo con naturalidad—. Mi nombre es Roberto. Y como les dijo mi hijo Mateo… yo trabajo ayudando a que los humanos hablen con los robots en el espacio.
CAPÍTULO 7: La Conquista del Salón 3º “B”
El silencio que siguió a la entrada de Roberto Vega no fue un silencio vacío; fue un silencio denso, cargado, casi eléctrico. Era el tipo de quietud que precede a una tormenta o a un milagro.
El Profesor Estrada se había quedado petrificado junto a la puerta, con la mano aún en el picaporte, como si su cerebro hubiera sufrido un cortocircuito incapaz de procesar la imagen que tenía delante. Durante años, Estrada había categorizado a los padres de familia en cajas mentales muy específicas: los ausentes, los conflictivos, los trabajadores cansados y, muy rara vez, los profesionistas de clase media que venían a quejarse de las calificaciones. Pero Roberto no encajaba en ninguna.
Roberto avanzó hacia el escritorio del maestro con una calma que contrastaba violentamente con el caos emocional que reinaba en la habitación. Sus zapatos de vestir resonaban con un clac-clac-clac rítmico sobre el piso de loseta desgastada, un sonido que parecía marcar el tiempo de una nueva era en ese salón.
Mateo, desde su pupitre en la tercera fila, sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas con tanta fuerza que temía que sus compañeros pudieran escucharlo. Sus manos, que minutos antes estrujaban la bastilla de su pantalón con ansiedad, ahora descansaban sobre la mesa, temblando ligeramente, no de miedo, sino de una adrenalina pura y cruda. Vino, pensó Mateo. De verdad vino.
Roberto llegó al frente. No miró al maestro con desprecio. Ni siquiera lo miró con enojo. Lo miró con una cortesía profesional que resultaba, irónicamente, mucho más intimidante que cualquier grito.
—Con su permiso, profesor —dijo Roberto, colocando un maletín negro, robusto y con aspecto técnico sobre el escritorio lleno de gises y borradores sucios.
El Profesor Estrada parpadeó, saliendo de su trance. Se ajustó la corbata, que de repente sentía demasiado apretada, y carraspeó, intentando recuperar un gramo de su autoridad perdida.
—Sí… eh… adelante, ingeniero. El… el escenario es suyo —balbuceó Estrada, retrocediendo hacia una esquina del salón, cerca del pizarrón, como si quisiera fundirse con la pared verde olivo.
Roberto no se apresuró. Sabía que tenía la atención absoluta de treinta pares de ojos. Abrió el maletín con un par de clics secos. De su interior no sacó papeles arrugados ni folletos aburridos. Sacó una laptop de uso rudo, llena de calcomanías de misiones espaciales: Mars 2020, JPL, Curiosity. Luego, sacó algo envuelto en una tela de terciopelo negro. Lo trató con la delicadeza con la que un joyero trata un diamante.
Cuando retiró la tela, un grito ahogado recorrió el salón.
Era una réplica a escala 1:10 del rover Perseverance. No era un juguete de plástico comprado en el supermercado. Era una maqueta de ingeniería, con ruedas metálicas articuladas, cámaras móviles y un brazo robótico detallado hasta el último tornillo. Brillaba bajo la luz de neón del aula como un artefacto alienígena.
Roberto conectó su computadora al viejo proyector de la escuela. La máquina zumbó, protestando por el esfuerzo, y tras unos segundos de estática, la imagen apareció en la pared blanca, cubriendo las manchas de humedad.
No era un PowerPoint con texto aburrido.
Era un video en 4K del descenso en Marte. El paracaídas abriéndose en la atmósfera roja, el escudo térmico cayendo, el polvo levantándose en remolinos furiosos mientras la grúa del cielo depositaba el vehículo sobre la superficie. El sonido de los propulsores llenó el aula, haciendo vibrar los vidrios de las ventanas.
Los niños estaban boquiabiertos. El “Gordo” Ramírez, el bully del salón, tenía un hilo de baba colgando de la comisura de la boca. Camila, la niña que había defendido a Mateo, tenía las manos juntas sobre el pecho, como si estuviera rezando.
Roberto pausó el video justo cuando el rover tocaba el suelo marciano. Se giró hacia la clase. Se quitó el saco, lo colgó en el respaldo de la silla del maestro y se arremangó la camisa blanca, revelando un reloj digital y unas manos fuertes, de trabajador.
—Buenas tardes a todos —comenzó, su voz llenando cada rincón sin necesidad de gritar—. Me llamo Roberto. Soy ingeniero en telecomunicaciones. Y mi trabajo consiste en asegurar que, cuando este carrito —señaló el rover— toma una foto a 225 millones de kilómetros de aquí, esa foto llegue a mi computadora, y luego a la pantalla de su celular.
Caminó entre las filas. No se quedó estático al frente como los otros papás. Se movía con la seguridad de quien domina su terreno.
—Hace un rato… —dijo Roberto, deteniéndose justo al lado del pupitre de Mateo y poniendo una mano firme sobre el hombro de su hijo—, mi hijo les dijo que yo trabajaba en la NASA. Y noté, desde afuera, que a algunos les costó creerlo.
Hubo un movimiento incómodo generalizado. Varios niños bajaron la cabeza. El Profesor Estrada miró al techo, fingiendo interés en una lámpara fundida.
—Y está bien —continuó Roberto, suavizando el tono—. Está bien dudar. La ciencia se basa en la duda. Si no dudamos, no investigamos. Pero hay una diferencia entre dudar para buscar la verdad, y dudar para lastimar. Hoy no vengo a regañarlos. Vengo a mostrarles por qué a veces lo que parece imposible, solo es algo que todavía no entendemos.
Regresó al frente y señaló la imagen de Marte.
—A ver, pregunta rápida. ¿Quién de aquí ha tenido problemas con el internet de su casa cuando llueve?
Treinta manos se alzaron al instante.
—¡Yo! ¡Mi Free Fire se traba! —gritó un niño al fondo.
—¡A mi mamá se le corta la novela! —dijo otra niña.
Roberto rió. Una risa cálida, grave.
—Exacto. Ahora imaginen esto: el internet de su casa viaja por cables o por señales que van a una torre que está, a lo mucho, a unos kilómetros de su colonia. A veces falla porque pasa un camión, o porque hace mucho viento. Bueno… mi trabajo es hacer que el “Wi-Fi” funcione no a dos kilómetros, sino a millones de kilómetros. A través del vacío, la radiación solar y tormentas de polvo que cubren un planeta entero.
Tomó un gis del pizarrón y dibujó un punto pequeño en un extremo y un punto grande en el otro.
—Este puntito es la Tierra. Este otro es Marte. Y en medio… no hay nada. No hay torres de Telcel, no hay cables de fibra óptica. Solo hay espacio. Mucho espacio. Cuando mandamos una señal, es como tratar de atinarle a una moneda de diez pesos… puesta en Monterrey… disparando desde la Ciudad de México… con los ojos vendados… y mientras la moneda se está moviendo a miles de kilómetros por hora.
Los ojos de los niños se abrían cada vez más. La analogía había aterrizado perfectamente.
—¡No manches! —susurró Luis, el hijo del taxista—. ¿Y cómo le hacen?
Roberto sonrió. Estaba en su elemento.
—Con matemáticas. Muchas matemáticas. Y con antenas gigantes. Antenas tan grandes como estadios de fútbol. Tenemos tres principales en el mundo: una en California, una en España y una en Australia. Se llaman la “Red del Espacio Profundo”. Y yo, junto con mi equipo aquí en México, ayudamos a procesar los datos para que esas antenas no pierdan la conexión ni un segundo. Porque si perdemos la conexión mientras el robot está aterrizando… se estrella. Y adiós robot de tres mil millones de dólares.
El silencio volvió, pero esta vez era un silencio de reverencia.
—Oiga, señor… —levantó la mano tímidamente un niño de lentes, Jorge, el “cerebrito” de la clase—. ¿Entonces usted habla con los aliens?
Las risas estallaron de nuevo, pero esta vez eran risas de curiosidad, risas sanas. Roberto también rió.
—Todavía no, Jorge. Hasta ahora, Marte parece estar habitado solo por rocas y nuestros robots. Pero… —Roberto bajó la voz, inclinándose hacia adelante como si fuera a contar un secreto de estado—, cada vez que recibimos una señal nueva, cada vez que vemos una foto de un lugar donde nadie ha estado antes… sentimos que estamos a punto de descubrir algo grande. Tal vez no hombrecitos verdes, pero sí la respuesta a la pregunta más importante de todas: ¿Estamos solos?
Roberto vio cómo la imaginación de los niños se encendía. Podía ver los engranajes girando en sus cabezas. Ya no veían un salón de clases aburrido; veían una nave espacial.
—Quiero que vean esto —dijo Roberto, volviendo a la laptop.
Tecleó unos comandos rápidos. La pantalla cambió. Ahora mostraba una serie de líneas de código verde y azul fluyendo como una cascada, y al lado, una imagen en vivo (o casi en vivo) de datos telemétricos.
—Esto que ven aquí —explicó— son los “latidos” del corazón del Curiosity, otro robot que tenemos allá. Cada línea es un reporte: “Estoy bien”, “Mi batería está al 80%”, “Hace mucho frío hoy”. Mi trabajo es leer esto. Soy como un doctor de robots espaciales.
—¡Eso es mentira! —soltó de repente el “Gordo” Ramírez. Se había puesto de pie, con la cara roja. No podía soportar que su realidad se rompiera tan fácilmente—. ¡Eso lo pudo bajar de internet! ¡Cualquiera puede poner un video! ¡Mi hermano sabe usar Photoshop!
El salón se tensó de nuevo. El Profesor Estrada dio un paso adelante, dispuesto a intervenir, pero Roberto levantó una mano, deteniéndolo.
Roberto miró al niño con calma. No había enojo en su mirada, solo una paciencia infinita.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Kevin —dijo el niño, desafiante, cruzando los brazos.
—Muy bien, Kevin. El escepticismo es bueno. No creas todo lo que ves. ¿Quieres una prueba?
Kevin asintió, dudoso pero firme.
—Sí.
Roberto sacó su teléfono celular del bolsillo.
—Mira, Kevin. No puedo mover el satélite solo para ti porque costaría millones de dólares y me despedirían. Pero… puedo mostrarte algo que solo los que tenemos acceso al servidor interno podemos ver.
Roberto abrió una aplicación que no parecía nada que se pudiera bajar de la App Store. Tenía fondo negro y letras naranjas.
—Ven acá.
Kevin dudó, pero la curiosidad pudo más. Se acercó al frente. Roberto le mostró la pantalla del celular.
—¿Ves este código de aquí? Dice “USER: R_VEGA_DSN_MX”. Ese soy yo. Y mira la hora del último paquete de datos.
Kevin entrecerró los ojos.
—Dice… 12:48 PM.
—Exacto. Hace tres minutos. Ahora, fíjate en la parte de abajo. Hay un mensaje del equipo de control de vuelo. ¿Puedes leerlo? Está en inglés, yo te ayudo.
Kevin leyó despacio, con dificultad.
—”Happy… Birthday… Sarah… from… Mars… team”.
—¡Eso! —exclamó Roberto—. Hoy es el cumpleaños de la jefa de la misión en Pasadena. El equipo le mandó un mensaje codificado en los datos del robot. Eso no sale en las noticias, Kevin. Eso no está en Google. Eso es privado, entre nosotros. ¿Tú crees que yo podría inventar eso en tres minutos?
Kevin miró el teléfono, luego miró a Roberto. La barrera de cinismo que el niño había construido, probablemente aprendida en casa o en la calle, se derrumbó. Sus hombros se relajaron.
—No… —murmuró Kevin—. Está chido.
—Está muy chido, Kevin —afirmó Roberto, guardando el celular y dándole una palmada en la espalda—. Y si te gustan las computadoras, algún día tú podrías estar escribiendo esos códigos. Necesitamos gente que cuestione las cosas. Gente como tú.
Kevin regresó a su asiento, pero ya no era el bully. Caminaba como si acabara de ser nombrado caballero.
Roberto volvió al centro del escenario. Había llegado el momento crucial. Había ganado a los niños, había probado su verdad. Ahora faltaba lo más importante. La lección para el adulto.
Apagó el proyector. El zumbido del ventilador de la máquina cesó, dejando el salón en un silencio íntimo. Roberto se apoyó en el borde del escritorio, cruzó los brazos y miró directamente al Profesor Estrada, quien se removió incómodo en su rincón.
—Saben… —dijo Roberto, dirigiendo su mirada ahora hacia la clase, pero con palabras que claramente tenían otro destinatario—. Para llegar a la NASA, yo no fui a escuelas privadas de lujo. Yo crecí en una colonia muy parecida a esta, en Iztapalapa. Mi escuela tenía bancas rotas y a veces no había agua en los baños.
Hizo una pausa, dejando que la información se asentara.
—Mucha gente me dijo que fuera “realista”. Me decían: “Roberto, deja de mirar al cielo, ahí no hay dinero. Ponte a trabajar en el taller mecánico, eso es seguro”. Y no tiene nada de malo ser mecánico, es un trabajo honrado y difícil. Pero no era mi sueño.
Roberto caminó lentamente hacia donde estaba el Profesor Estrada. Se detuvo a una distancia respetuosa, pero lo suficientemente cerca para que la confrontación fuera ineludible.
—El problema —continuó Roberto, su voz bajando un tono, volviéndose más profunda y resonante— es que a veces, los adultos, en nuestro afán de “protegerlos” de la decepción, les cortamos las alas antes de que sepan que pueden volar. Confundimos “realismo” con “resignación”.
El Profesor Estrada tenía la mirada clavada en sus zapatos. Sus orejas estaban rojas. Estaba recibiendo una cátedra de pedagogía y vida de un hombre al que había juzgado como un mentiroso horas antes.
—Escuché… —dijo Roberto, y esta vez miró directamente a los ojos del maestro— que alguien aquí le dijo a mi hijo que trabajar en la NASA era producto de una imaginación hiperactiva. Que debía aterrizar.
Roberto sostuvo la mirada. No parpadeó. El salón contuvo el aliento.
—Profesor Estrada —dijo Roberto, mencionando su nombre por primera vez—. La imaginación no es el enemigo de la realidad. La imaginación es el arquitecto de la realidad. Todo lo que usted ve, los aviones, los celulares, esa computadora, los medicamentos… todo eso fue “imposible” antes de ser real. Alguien tuvo que imaginarlo primero. Y seguramente, alguien se rió de esa persona también.
Estrada levantó la vista. Había vergüenza en sus ojos, sí, pero también algo más. Una especie de reconocimiento doloroso. Asintió, tragando saliva.
—Tiene… tiene razón, ingeniero —logró articular Estrada, con voz ronca—. Tiene toda la razón.
Roberto asintió, aceptando la disculpa implícita. No necesitaba humillarlo más. Ya estaba hecho.
Se giró hacia Mateo, que lo miraba con los ojos brillantes, llenos de lágrimas que ya no eran de tristeza.
—Mateo, ven acá.
Mateo se levantó. Sus piernas ya no temblaban. Caminó hacia el frente y se paró junto a su padre. Roberto le pasó un brazo por los hombros.
—Hijos —dijo Roberto a la clase—, no dejen que nadie defina su “realidad”. Si quieren ser astronautas, ingenieros, doctores, o si quieren hacer el mejor pan dulce del mundo… háganlo. Pero háganlo con pasión. Y cuando alguien les diga “eso no se puede”, ustedes sonrían y digan: “mira cómo lo hago”.
Roberto buscó en su maletín una última cosa. Sacó un puñado de parches bordados con el logo de la misión Mars 2020.
—Traje recuerditos —dijo sonriendo.
El caos ordenado estalló. Todos los niños se levantaron de sus asientos, rodeando a Roberto y a Mateo.
—¡Yo quiero uno!
—¡Señor Roberto, fírmeme mi cuaderno!
—¡Mateo, tu papá es Iron Man!
Roberto repartió los parches con paciencia, asegurándose de que cada niño recibiera uno. Incluso le dio uno a Kevin y otro a Camila.
—Gracias por creerle a mi hijo —le susurró Roberto a Camila cuando le entregó el parche. La niña se puso roja como un tomate y sonrió.
Finalmente, Roberto se acercó al escritorio del maestro, donde quedaba un último parche. Lo tomó y se lo extendió al Profesor Estrada.
—Para usted, Profe.
Estrada lo miró sorprendido.
—¿Para mí? Después de… lo que dije.
—Especialmente para usted —dijo Roberto con seriedad—. Póngalo en algún lugar donde lo vea. Y la próxima vez que un niño le diga que quiere ir a la Luna, en lugar de decirle que sea realista, mire el parche y pregúntele: “¿Y cómo piensas construir el cohete?”. Ayúdelo a pensar, no a renunciar.
Estrada tomó el parche con manos temblorosas. Sus dedos rozaron la textura bordada.
—Gracias, Roberto… y disculpa a Mateo de mi parte, por favor. Fui un… fui un tonto.
—Dígaselo a él —respondió Roberto, señalando a su hijo que estaba rodeado de compañeros haciéndole preguntas sobre Marte.
El timbre de salida sonó, rompiendo el hechizo, pero no la magia.
Los niños empezaron a recoger sus mochilas, pero el aire en el salón había cambiado para siempre. Ya no olía a encierro y aburrimiento. Olía a posibilidad.
Mateo se acercó a su papá, cargando su mochila que ahora parecía pesar menos.
—¿Nos vamos? —preguntó Roberto.
—Sí —dijo Mateo.
Pero antes de salir, Mateo se detuvo frente al pizarrón. Tomó el borrador y, en una esquina limpia, escribió con letras grandes y un poco chuecas:
SE BUSCAN ASTRONAUTAS.
Salió del salón tomado de la mano de su padre, dejando atrás a un maestro que lloraba en silencio mirando un parche de tela, y a un grupo de niños que, por primera vez en sus vidas, miraban el techo del salón y no veían yeso, sino estrellas.
Roberto abrió la puerta del coche para Mateo.
—¿Tienes hambre? —preguntó Roberto mientras se subía y aflojaba su corbata.
—Un buen.
—¿Qué se te antoja? ¿Tacos de suadero o pizza?
Mateo lo pensó un segundo, mirando por la ventana cómo la escuela se alejaba.
—Tacos. Pero con mucha salsa. Como comen los astronautas valientes.
Roberto soltó una carcajada y encendió el radio.
—Tacos serán, comandante. Tacos serán.
Y mientras el auto se alejaba por la avenida llena de baches, bajo el cielo anaranjado y smog de la tarde mexicana, Mateo supo que ese día no solo había recuperado su orgullo. Había descubierto que su papá tenía superpoderes. Y que el más grande de todos no era hablar con robots en Marte, sino haber creído en él cuando nadie más lo hizo.
CAPÍTULO 8: Gravedad Cero en la Banqueta
El timbre de salida de la Escuela Primaria “Benito Juárez” sonó con esa estridencia metálica y oxidada que todos los niños de México conocen: una mezcla de libertad, caos y zumbido en los oídos. Usualmente, ese sonido marcaba el inicio de una estampida desordenada hacia la puerta principal, una carrera frenética por ver quién llegaba primero al puesto de chicharrones o a los brazos de sus madres.
Pero hoy, la física del salón de 3º “B” había cambiado. La gravedad parecía funcionar de otra manera.
Nadie salió corriendo.
Mientras los niños de otros salones pasaban gritando por el pasillo, arrastrando mochilas y golpeando las paredes, los compañeros de Mateo se quedaron orbitando alrededor de él y de su padre un momento más. Era como si salir del salón significara romper el hechizo, volver a la realidad donde los papás no controlan robots en Marte, sino que manejan microbuses o atienden mostradores.
Mateo estaba guardando sus cosas con una lentitud deliberada. Quería saborear cada segundo. Kevin, el “Gordo” Ramírez, se acercó a su pupitre. Ya no tenía esa postura encorvada de bully de recreo, esa que usaba para hacerse ver más grande. Ahora parecía un niño normal, incluso un poco tímido.
—Oye, Mateo —dijo Kevin, rascándose la nuca, un gesto de incomodidad genuina.
Mateo cerró el cierre de su mochila y levantó la vista. Por primera vez en todo el año escolar, no sintió miedo al ver a Kevin cerca.
—¿Qué onda?
—Tu jefe… digo, tu papá… —Kevin miró de reojo a Roberto, que estaba terminando de guardar la maqueta del rover en su estuche acolchado—. ¿Crees que de verdad me pueda enseñar a codificar eso de los mensajes ocultos?
Mateo sonrió. No era una sonrisa de venganza, ni de superioridad. Era la sonrisa de alguien que sabe que tiene algo valioso para compartir.
—Le voy a decir. Tiene unos libros viejos de programación en la casa. A lo mejor me deja prestártelos. Pero están en inglés, ¿eh?
Kevin hizo una mueca, pero luego asintió con determinación.
—Pues aprendo. Mi tía la del gabacho me puede ayudar.
Camila, que ya estaba lista con su suéter amarrado a la cintura, se acercó también.
—Nos vemos mañana, Mateo —dijo, y luego bajó la voz—. Gracias por no rendirte. Si tú te hubieras sentado cuando el profe se burló, todos nos hubiéramos quedado creyendo que era mentira.
—Gracias a ti por creerme antes que nadie —respondió Mateo.
Roberto cerró el último broche de su maletín. El sonido seco, clac, marcó el final de la función. Se colgó el saco al hombro, con esa elegancia casual de quien ha cumplido su misión, y miró a su hijo.
—¿Listo, campeón?
—Listo, pa.
Caminaron hacia la puerta. El Profesor Estrada seguía ahí, parado junto al marco, como un guardián que ha fallado en su turno. Su postura era rígida, sus manos estaban metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir color caqui, arrugando la tela. Se veía más pequeño que en la mañana. Más humano. Menos autoridad y más persona.
Cuando Roberto pasó a su lado, Estrada dio un paso al frente, bloqueando suavemente la salida, pero no con agresividad, sino con urgencia.
—Ingeniero Vega… —su voz salió rasposa, como si no la hubiera usado en horas.
Roberto se detuvo. Mateo se tensó un poco, agarrando la mano de su padre con fuerza. Roberto le dio un apretón suave, una señal silenciosa: Tranquilo, yo me encargo.
—Dígame, profesor —respondió Roberto. Su tono era neutral, sin el veneno del rencor, pero firme como el acero.
Estrada miró hacia el pasillo para asegurarse de que no hubiera muchos alumnos cerca, luego volvió la vista a Roberto. Sus ojos, detrás de los lentes bifocales, estaban húmedos.
—Mire, yo… sé que ya le pedí disculpas ahí dentro, frente a los chicos. Pero necesito que entienda algo. No… no fue por maldad.
Roberto ladeó la cabeza ligeramente, estudiando al hombre frente a él.
—¿Ah, no?
—No —insistió Estrada, y las palabras empezaron a salir atropelladas, como una presa que se rompe—. Llevo veinte años dando clases en esta escuela, ingeniero. Veinte años. He visto a niños con un potencial brillante terminar dejando la escuela para vender piratería en el tianguis porque sus papás no tenían para los libros. He visto niñas que querían ser doctoras y terminaron cuidando a sus hermanitos a los doce años porque su mamá se tuvo que ir a trabajar de limpieza al otro lado de la ciudad.
Estrada se quitó los lentes y los limpió con su camisa, un tic nervioso.
—Cuando uno ve tanta… tanta realidad golpeando a estos niños, uno empieza a creer que su deber es endurecerles la piel. Enseñarles a no soñar tan alto para que la caída no les rompa los huesos. Cuando Mateo dijo “NASA”, yo… yo solo quise protegerlo de la decepción. Pensé que estaba inventando un mundo para escapar de este. Y no quería que sufriera cuando esa burbuja reventara.
Roberto escuchó en silencio. Entendía lo que el maestro decía. Conocía ese miedo. Él mismo lo había sentido muchas veces al mirar su cuenta bancaria o al ver las noticias del país. Pero entender no significaba justificar.
Roberto soltó la mano de Mateo un segundo y puso su mano sobre el hombro del profesor. El contacto físico sorprendió a Estrada, quien se quedó inmóvil.
—Profe —dijo Roberto, suave pero implacable—, entiendo de dónde viene su miedo. De verdad lo entiendo. México es duro. La vida aquí a veces parece diseñada para aplastarnos. Pero se equivoca en algo fundamental.
—¿En qué? —preguntó Estrada, casi en un susurro.
—Usted cree que su trabajo es prepararlos para la derrota. Cree que “ser realista” es enseñarles a agachar la cabeza para que no se golpeen con el techo. Pero se le olvida que su trabajo no es construir techos, es construir escaleras.
Roberto señaló hacia el patio, donde cientos de niños corrían bajo el sol de la tarde.
—Si usted les corta las alas antes de que intenten volar, no los está protegiendo de la caída. Los está condenando a nunca despegar. El dolor del fracaso se cura, profesor. Un raspón sana. Un “no” se supera. Pero el dolor de nunca haberlo intentado… ese se queda para siempre. Ese pudre el alma.
Estrada bajó la mirada, asimilando el golpe.
—Me convertí en lo que juré destruir cuando salí de la Normal —murmuró—. Quería inspirar y terminé siendo un muro.
—Los muros también se pueden tirar —dijo Roberto, dándole una palmada en el brazo—. O se les pueden poner puertas. Hoy le pusimos una puerta al suyo. No la cierre mañana.
Roberto volvió a tomar la mano de Mateo.
—Con permiso, profesor. Que tenga buena tarde.
Estrada asintió, incapaz de hablar. Se quedó ahí, viendo cómo padre e hijo se alejaban por el pasillo, dos siluetas recortadas contra la luz brillante de la entrada principal.
El exterior de la escuela era un asalto a los sentidos. El calor de las dos de la tarde rebotaba en el asfalto. El aire olía a esquites hirviendo, a gasolina quemada de los microbuses y al polvo seco de la ciudad.
—¡Llévele, llévele! ¡Chicharrones, papas, duritos! —gritaba un vendedor ambulante con su carrito naranja fosforescente.
—¡Jonathan! ¡Ya vámonos, que se me queman los frijoles! —gritaba una señora jalando a un niño de la mochila.
En medio de ese torbellino de cotidianidad mexicana, Mateo se sentía diferente. Caminaba con el pecho erguido. Ya no le pesaba la mochila. Miraba a la gente —a las señoras del aseo, a los vendedores, a los otros papás— y se preguntaba cuántos de ellos tendrían historias increíbles que nadie creía.
Llegaron al coche de Roberto, un sedán gris modelo 2012 que había visto mejores días. Tenía un golpe en la defensa trasera y la pintura del techo quemada por el sol, pero el motor estaba afinado como un reloj suizo. Roberto era ingeniero, después de todo; no le importaba la estética, le importaba la funcionalidad.
Se subieron. El interior del coche estaba caliente como un horno. Roberto bajó las ventanas manualmente mientras Mateo tiraba su mochila en el asiento trasero.
—¡Uf! Está hirviendo —se quejó Mateo, desabrochándose el primer botón de la camisa.
—Es el entrenamiento para Marte, hijo. Allá las temperaturas son extremas —bromeó Roberto, encendiendo el auto. El motor rugió y el aire acondicionado, que funcionaba a medias, empezó a soplar un aire tibio que poco a poco se refrescaría.
Roberto maniobró para salir del estacionamiento, esquivando a una mamá que se había estacionado en doble fila. Una vez que lograron incorporarse a la avenida, el tráfico los atrapó. El famoso tráfico de la Ciudad de México, donde el tiempo se dilata y las distancias se miden en canciones de la radio, no en kilómetros.
Avanzaron lento. Roberto notó que Mateo estaba callado, mirando por la ventana cómo pasaban los edificios grises y los cables enmarañados de los postes de luz.
—¿En qué piensas, mijo? —preguntó Roberto, bajándole el volumen al radio, donde sonaba una cumbia lejana.
Mateo tardó un momento en responder. Seguía trazando con el dedo una línea imaginaria en el vidrio.
—Pa… ¿por qué se rió?
—¿Quién? ¿El profe?
—Sí. Y los niños. O sea… —Mateo se giró para ver a su papá—. Tú eres un genio. Haces cosas que nadie más hace. ¿Por qué les pareció tan chistoso? ¿Por qué nadie creía que alguien como tú pudiera trabajar en la NASA? ¿Es porque somos morenos? ¿Es porque no tenemos un coche nuevo?
La pregunta golpeó a Roberto más fuerte que cualquier problema matemático complejo. Frenó el coche suavemente ante un semáforo en rojo y suspiró. Se pasó la mano por el cabello corto, buscando las palabras adecuadas. No quería darle a su hijo una respuesta de libro de texto, pero tampoco quería llenarlo de resentimiento.
—Mira, Mateo… es complicado —empezó Roberto, mirando el semáforo—. No es solo por cómo nos vemos, ni por el coche. Es… ¿conoces la historia de los cangrejos en la cubeta?
Mateo negó con la cabeza.
—Dicen que si pones cangrejos de otros países en una cubeta, tienes que taparla porque se ayudan entre ellos para salir. Pero si pones cangrejos mexicanos… no necesitas tapa. Porque cuando uno intenta subir, los otros lo jalan para abajo.
Mateo frunció el ceño.
—Eso es muy mala onda.
—Lo es. Pero no lo hacen por malos, mijo. Lo hacen por miedo. Mucha gente en nuestro país está acostumbrada a que le digan “no”. No hay trabajo, no hay dinero, no hay oportunidades, no se puede. Se acostumbran tanto al “no” que cuando ven a alguien que dice “sí”, se asustan. Piensan: “Si él puede, significa que yo también podría, y si no lo he hecho, es mi culpa”. Y eso duele. Así que prefieren pensar que es mentira. Prefieren reírse. Porque reírse es más fácil que intentarlo.
El semáforo cambió a verde. Un taxista atrás les tocó el claxon impaciente. Roberto avanzó.
—El Profe Estrada… él ve mucha tristeza todos los días. Probablemente pensó que al decirte “sé realista”, te estaba salvando de un golpe. No sabía que tú ya tenías paracaídas.
Mateo procesó la información. Miró sus manos.
—Tú eres mi paracaídas, ¿verdad?
Roberto sonrió, y sus ojos se arrugaron en las esquinas. Extendió la mano derecha y le despeinó el cabello a Mateo.
—Tú y yo somos el paracaídas del otro, flaco. Yo trabajo duro por ti. Y cuando estoy cansado, o cuando los gringos en la oficina piensan que no entiendo algo solo por mi acento… pienso en ti. Pienso en que tengo que demostrarte que se puede. Y eso me da fuerzas.
—¿A ti también te hacen burla? —preguntó Mateo, sorprendido.
—A veces. No como en la escuela, es diferente. A veces me explican cosas que ya sé, o se sorprenden de que hable bien inglés. Pero ¿sabes qué hago?
—¿Qué?
—Dejo que mi trabajo hable por mí. Cuando mis cálculos son los únicos que están bien, o cuando mi código salva la transmisión… se les quitan las ganas de dudar. La excelencia, Mateo, es la mejor forma de callar bocas. No los gritos, no los golpes. Hacer las cosas bien. Tan bien que no puedan ignorarte.
El coche se detuvo de nuevo. Esta vez no por el tráfico, sino porque habían llegado a su destino sagrado de los viernes (aunque fuera jueves): “Tacos El Paisa”.
—Bueno, basta de filosofía —dijo Roberto, apagando el motor—. Mi estómago dice que necesita combustible. Y el combustible de este cohete es de pastor con piña.
Bajaron del coche. El olor era glorioso: carne asándose en el trompo, cilantro fresco, cebolla y esa salsa roja que pica rico. Se sentaron en los bancos de plástico rojo sobre la banqueta.
El taquero, un señor bigotón con un mandil blanco manchado de achiote, los saludó con familiaridad.
—¡Ingeniero! ¡Milagro que se deja ver tan temprano! ¿Lo de siempre?
—Lo de siempre, Don Chuy. Y para el jovenazo aquí presente, dos de bistec y uno de pastor.
—¡Sale vale!
Mientras comían, Mateo observó a su papá. Lo vio morder el taco con gusto, mancharse un poco el dedo de salsa y limpiarse con la servilleta de papel delgada. Se veía tan… normal. Y sin embargo, hace una hora, había hecho que un salón entero viajara a Marte.
—Pa —dijo Mateo con la boca medio llena.
—¿Mmm?
—Cuando sea grande… quiero ser como tú. Pero no ingeniero.
Roberto dejó su taco en el plato de plástico cubierto con una bolsa.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué?
—Quiero ser el que va. El que se sube al cohete. Tú los construyes, pero yo los voy a manejar.
Roberto sintió un nudo en la garganta. Tragó con dificultad. Miró a su hijo, con su uniforme escolar y la salsa en la comisura de la boca, y vio el futuro.
—Pues vas a tener que estudiar muchas matemáticas, astronauta. Y hacer mucho ejercicio.
—Sí, ya sé. Pero si tú pudiste llegar a la NASA desde Iztapalapa… yo puedo llegar a Marte desde aquí.
Roberto levantó su refresco de vidrio.
—Salud por eso.
Chocaron las botellas. Cling.
Mientras tanto, en la escuela primaria, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos morados y naranjas. El conserje estaba barriendo el patio, levantando nubes de polvo dorado.
El Profesor Estrada seguía en el salón de 3º “B”.
Estaba sentado en su escritorio, con la luz apagada, iluminado solo por el resplandor crepuscular que entraba por la ventana. El salón estaba vacío, pero se sentía diferente. Las bancas ya no parecían filas de prisioneros, parecían plataformas de lanzamiento.
En su mano, Estrada sostenía el parche bordado que Roberto le había regalado.
MARS 2020 MISSION – PERSEVERANCE.
Pasó el dedo por los hilos rojos del planeta bordado.
Recordó su propia juventud. Recordó que, hace treinta años, él quería ser escritor. Quería escribir novelas. Pero su padre le dijo que eso no dejaba dinero, que fuera maestro, que eso era una “plaza segura”. Y él había hecho caso. Había sido “realista”. Y poco a poco, había dejado de escribir, hasta que la tinta se secó.
—Maldita sea —susurró en la penumbra.
Se dio cuenta de que su amargura no era con los niños. Era con él mismo. Había estado proyectando sus propios miedos, sus propios fracasos, en esos pequeños de ocho años. Al decirle a Mateo que aterrizara, en realidad se estaba diciendo a sí mismo que había hecho bien en no volar.
Pero Roberto Vega, el ingeniero con acento de barrio y mente de estrella, le había roto el espejo.
Estrada abrió el cajón de su escritorio. Sacó una libreta vieja, de esas que usaba para anotar reportes de conducta. Buscó una hoja limpia. Tomó una pluma.
Se quedó mirando el papel en blanco un momento.
Luego, escribió:
“Capítulo 1”.
No sabía si terminaría el libro. No sabía si sería bueno. Pero por primera vez en décadas, sintió una chispa. Una pequeña, diminuta chispa de posibilidad.
Pegó el parche de la NASA en la esquina de su pizarrón con un trozo de cinta adhesiva. Ahí se quedaría. Como un recordatorio. Como una advertencia.
Prohibido cortar alas en este salón.
Recogió su maletín, apagó la última luz del pasillo y cerró la puerta.
Esa noche, en la casa de los Vega, el ambiente era de paz absoluta.
Mateo ya estaba en pijama. Había vuelto a sacar su dibujo arrugado de la mochila. Lo alisó lo mejor que pudo con la mano y lo pegó en la pared, justo encima de su cama, al lado de un póster del sistema solar. Las arrugas en el papel parecían cicatrices de batalla, pruebas de que el dibujo había sobrevivido a la guerra del escepticismo.
Roberto entró a la habitación. Ya se había quitado el traje y traía puesta una playera vieja de algodón y unos pants cómodos.
—Ya es hora de dormir, comandante. Mañana hay escuela.
Mateo se metió bajo las cobijas.
—Pa, ¿me cuentas otra vez lo del Wi-Fi espacial?
Roberto se sentó en la orilla de la cama, sonriendo cansado pero feliz.
—Otra vez no. Mejor te cuento algo nuevo. ¿Sabías que en Marte los atardeceres son azules?
Los ojos de Mateo se abrieron como platos.
—¿Azules? ¿Como el mar?
—Sí. Aquí el cielo es azul y el atardecer rojo. Allá el cielo es rojo y el atardecer azul. Es como si todo estuviera al revés.
Mateo imaginó estar parado en un desierto rojo viendo un sol azul ocultarse en el horizonte.
—Algún día lo voy a ver —murmuró, con los párpados pesados.
—Yo sé que sí —susurró Roberto. Le dio un beso en la frente y se levantó para apagar la luz.
—Pa… —dijo Mateo antes de que la oscuridad llenara el cuarto.
—¿Qué pasó?
—Gracias por no ser un papá “realista”.
Roberto se detuvo en el marco de la puerta. Su silueta se recortaba contra la luz del pasillo. Sintió que el cansancio de años de trabajo, de desvelos, de aguantar dudas y prejuicios, valía la pena solo por esa frase.
—Descansa, hijo. Sueña cosas imposibles.
Roberto cerró la puerta, dejando solo una pequeña rendija abierta. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando por la ventana hacia la calle oscura y silenciosa. A lo lejos, entre los cables de luz y los techos de las casas vecinas, se alcanzaba a ver una estrella brillando más fuerte que las demás. Tal vez era Marte. Tal vez no. Pero ya no importaba.
Porque la verdadera misión no estaba allá arriba, a millones de kilómetros. La misión más importante había sido cumplida esa tarde, en un salón de clases de 4×4, donde un niño había aprendido que su voz valía, y un maestro había aprendido a escuchar.
Roberto levantó su vaso hacia la estrella, en un brindis silencioso.
—Cambio y fuera —susurró.
Y en la quietud de la noche, la casa pareció vibrar, no con el rugido de un cohete, sino con la energía tranquila y poderosa de la esperanza.
FIN