PARTE 1: EL PRECIO DE LA INOCENCIA
Capítulo 1: El Billete Arrugado
El billete de cien pesos, sucio y gastado, golpeó la mesa de caoba con un sonido casi imperceptible, pero para mí sonó como un cañonazo en medio de la noche. En el silencio sepulcral del restaurante “El Regio”, el rostro de Nezahualcóyotl en el papel moneda parecía mirarme con lástima. Yo soy Mateo Galván, aunque para el mundo soy “El Lobo”, el hombre cuyos gemelos valen más que el presupuesto anual de un municipio pequeño de este estado. No bajé la mirada de inmediato. Me quedé viendo al frente, con los ojos como pedazos de pedernal, hasta que una mano pequeña y temblorosa empujó el dinero más cerca de mi tequila reposado.
Todo el lugar, lleno de hombres armados que desayunan peligro, contuvo el aliento. Una niña de apenas seis años, con una chamarra rosa desteñida que olía a lluvia y a jabón barato de lavadero, estaba allí parada. No se inmutó cuando el hombre más peligroso de San Pedro finalmente giró la vista hacia ella. Lo que susurró a continuación no solo rompió el silencio; destrozó el hielo que rodeaba un corazón que no había latido de verdad en cinco años.
La lluvia en Monterrey no limpia nada, solo hace que la mugre de las banquetas sea más resbaladiza. Era una noche de martes cualquiera. Estaba sentado en la mesa del fondo, la de los negocios pesados. A mis 34 años, yo era la cabeza del sindicato Galván. En los periódicos me llamaban “consultor de logística”, pero en las calles me conocían como el carnicero del sur. Llevaba un traje de tres piezas color carbón que me quedaba como una armadura. Mi rostro era afilado, definido por una mandíbula que podía cortar vidrio y unos ojos de un gris gélido que asustaban a cualquiera.
A mi lado estaba Elías, mi mano derecha, revisando su Rolex. “El cargamento llega a la frontera en una hora, Mateo. Si los de Tamaulipas no están ahí…”, me decía con urgencia. “Estarán”, respondí yo, con una voz que era un rugido bajo que vibraba en la mesa. El restaurante estaba cerrado al público, o se suponía que lo estaba. Las puertas de roble estaban custodiadas por dos tipos que mastican cemento de botana. Pero de pronto, el golpe de la puerta al abrirse me hizo cambiar la mirada. Los guardias se habían distraído discutiendo por un partido de los Tigres. Una figura pequeña se filtró por el espacio. No podía tener más de seis años.
Capítulo 2: La Hija del Lobo
Se ahogaba en un impermeable rosa que había visto mejores tiempos, con sus botitas de combate raspadas de la punta. Su cabello era un enredo húmedo de rizos oscuros pegados a su frente. No debería estar allí. Debería estar en su cama, o viendo caricaturas, en cualquier lugar menos caminando hacia la mesa de un hombre que ha ordenado tres “limpias” antes del almuerzo.
Elías se levantó, con la mano yendo directo a la funda de su pistola debajo del saco. “Oye, escuincla, estás perdida. Lárgate de aquí”. Levanté una mano. Un solo dedo. “Espera”. La niña no miró a Elías. Ni siquiera miró a los guardias que ya venían corriendo con el pánico en los ojos porque dejaron que una civil, una niña, rompiera el perímetro. Caminó directo al gabinete. Tuvo que ponerse de puntitas para alcanzar a ver sobre el borde de la mesa. Metió la mano en su bolsillo. Estaba temblando, pero su mandíbula estaba apretada con fuerza. Sacó el billete de cien pesos. Estaba viejo, suave como tela, doblado cuatro veces. Lo desdobló con un cuidado minucioso y lo alisó en la mesa justo al lado de mi copa de tequila.
“Tómelo”, dijo. Su voz era pequeña, pero no se quebró. Miré el dinero. Luego miré a la niña. “¿Sabes quién soy yo, pequeña?”. “Usted es el Lobo”, dijo ella. El aire se escapó de la habitación. Elías se quedó helado. Los guardias se detuvieron a tres metros. El Lobo. Nadie me llamaba así ya. No desde el incendio. No desde hace cinco años. Me incliné hacia adelante. Las sombras jugaban en mi cara, haciéndome ver más como una bestia que como un hombre. “¿Quién te dijo ese nombre?”. “Mi mami”, dijo la niña. Sorbió por la nariz y se limpió con la manga. “Dijo que el Lobo da miedo. Dijo que castiga a los hombres malos. Pero dijo… dijo que él protege lo que es suyo”.
Sentí un pico de hielo enterrarse en la base de mi cráneo. “¿Y eso qué tiene que ver con estos cien pesos?”. “Es todo lo que tengo”, susurró. “Rompí mi alcancía de cochinito. Mi mami está llorando. El hombre malo, el señor Vini, fue al departamento. Rompió la lámpara. Dijo que si mamá no tenía el dinero para hoy, se la iba a llevar”. Empujó el billete más cerca, su dedito tocando el oro de mi gemelo. “Quiero contratarlo. Haga que el hombre malo se vaya. Por favor, señor Lobo”.
Me le quedé viendo. Debí haberme reído. Debí pedirle a Elías que la sacara y le diera un billete de a mil para un taxi, pero no podía apartar la vista de sus ojos. Eran heterocromáticos. Uno era de un marrón profundo y almendrado. El otro era de un gris gélido y sorprendente. Mi gris. Mi corazón golpeó contra mis costillas, una sensación que no había sentido en años. Miré su barbilla. Tenía un pequeño hoyuelo allí. El mismo hoyuelo que Elena solía tener cuando sonreía. Elena, la mujer que murió en el incendio de la bodega hace cinco años. La mujer que enterré en un ataúd vacío porque el fuego quemó tan fuerte que no quedó nada.
“¿Cómo te llamas?”, pregunté, con la voz apenas como un raspado. “Lily”, dijo ella. “¿Y tu madre? ¿Cómo se llama?”. “Elena”, dijo Lily. “Se llama Elena”. Me puse de pie. La mesa se sacudió. La copa de tequila se volcó, el líquido ámbar encharcando el billete de cien pesos, empapando a Nezahualcóyotl. “¡Elías!”, ladré. El comando fue afilado, letal. “Jefe”. “Trae la camioneta. Trae a los muchachos, a todos”. Recogí el billete mojado. Lo doblé con cuidado y lo puse en el bolsillo de mi saco, justo sobre mi corazón. Me arrodillé en una rodilla frente a Lily, sin importarme que la tela carísima de mi pantalón tocara el suelo sucio. La miré a los ojos, a mis ojos. “Contrato aceptado”, dije. “Lévame con ella”.
PARTE 2: LA DEUDA DE SANGRE
CAPÍTULO 3: LAS CENIZAS QUE NUNCA SE APAGARON
La lluvia de Monterrey no perdona. No es una lluvia poética; es un diluvio violento que transforma las calles en arroyos de lodo y hace que los rascacielos de San Pedro parezcan fantasmas de cristal perdiéndose en la neblina. Mientras mi convoy de tres Suburban negras cortaba el pavimento mojado, el silencio dentro de mi camioneta era tan denso que podía sentirse en los oídos.
A mi lado, Lily se veía ridículamente pequeña. Estaba sentada en el enorme asiento de piel, con sus botitas sucias colgando, sin tocar el suelo. No lloraba. Me llamó la atención esa calma antinatural que tenía; era la calma de los niños que han crecido demasiado rápido, de los que saben que el mundo es un lugar donde las cosas se rompen y las luces se apagan sin aviso.
Me quedé mirándola de reojo. Sus ojos… Dios mío, sus ojos. Eran la prueba viviente de un crimen que yo no sabía que se había cometido contra mí. El ojo derecho era de un marrón dulce, el color de los ojos de Elena, pero el izquierdo era una canica de cristal gris, gélido, exactamente igual al mío. Era el sello de los Galván, una marca genética que no se podía negar.
—¿Falta mucho, señor Lobo? —preguntó ella, con la voz apenas audible sobre el rugido del motor y el azote del limpiaparabrisas.
—Ya casi, pequeña. Dime, ¿por qué vives ahí? —mi voz sonó más áspera de lo que quería.
—Porque mami dice que el aire de aquí arriba es para los que no tienen miedo —respondió ella, mirando por la ventana—. Ella dice que abajo estamos escondidas, pero que las estrellas se ven más bonitas porque no hay tantas luces de edificios.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Elías, que iba en el asiento del copiloto, no dejaba de mirar su tableta electrónica, tecleando furiosamente. Él sabía que yo estaba al borde del colapso, aunque por fuera pareciera una estatua de hielo.
—Jefe —dijo Elías, girándose un poco—. Tengo algo. Elena Valadez desapareció del sistema hace cinco años. El acta de defunción fue firmada en Veracruz, después del incendio de la bodega. Fue certificada por un médico forense que casualmente se jubiló con una pensión millonaria un mes después.
—Mi padre —susurré. El nombre de Don Aurelio salió de mi boca como una maldición—. Él lo orquestó todo.
—Así parece —continuó Elías, bajando la voz—. Pero hay más. Encontré un registro de una clínica comunitaria en una de las colonias de la periferia. Una mujer con el nombre de “Evelyn V.” llevó a una niña por neumonía hace seis meses. El domicilio coincide con la dirección que nos dio la niña. Es un edificio de departamentos de interés social, de esos que el gobierno olvidó antes de terminar de construirlos.
Miré por la ventana. Ya habíamos dejado atrás las luces brillantes de las plazas comerciales y las torres de departamentos de lujo. Estábamos cruzando esa línea invisible que divide a Monterrey: donde el pavimento se acaba, donde las casas son de block gris sin revocar y donde la policía solo entra si lleva refuerzos.
—Rastrea quién es ese tal Vini —le ordené a Elías—. Quiero saber quién se siente tan valiente como para tocar lo que es mío.
—Es Vinicio Russo, jefe —respondió Elías de inmediato—. Un naco con ínfulas de sicario. Trabaja para los Scarpelli. Se encarga de cobrar “piso” y préstamos de gota a gota en esa zona. Es un cobarde que solo se mete con mujeres y viejitos. Los Scarpelli lo usan porque es eficiente siendo cruel.
La ira, que había sido un rescoldo frío en mi pecho durante años, estalló en una llamarada. Los Scarpelli eran mis rivales, sí, pero había códigos. O eso pensaba yo. Que uno de sus perros estuviera acosando a la madre de mi hija era una declaración de guerra de la que no habría retorno.
Lily me tocó la manga del saco. Su mano era fría.
—Señor Lobo… —me miró con esos ojos de dos colores—. Mi mami a veces me cuenta historias de usted antes de dormir. Dice que usted era un príncipe que se perdió en el bosque y se convirtió en lobo para que nadie pudiera volver a lastimarlo. Dice que el lobo es malo con los extraños, pero que si lo llamas por su nombre, él se acuerda de quién era.
—¿Y ella cómo me llama en sus historias, Lily? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta que ningún tequila podría bajar.
—Ella no dice su nombre —susurró la niña—. Ella solo suspira y mira la luna. Pero hoy, cuando el señor Vini rompió la lámpara de la virgencita, ella me dijo: “Corre, Lily. Ve al centro, busca el restaurante de los leones de piedra. Busca al hombre de ojos tristes. Dile que el Lobo tiene una deuda que pagar”.
Me recargué en el asiento y cerré los ojos. Elena. Mi Elena. Cinco años viviendo en la sombra, huyendo de mi padre y ahora escondiéndose de los cobradores de deudas. Todo mientras yo me sentaba en mi trono de cristal, creyéndome el rey de un imperio que ella ayudó a construir y del que fue desterrada por el hombre que me dio la vida.
—Llegamos, jefe —anunció el chofer.
Las camionetas se detuvieron en una calle cerrada, rodeada de baches que parecían cráteres lunares. El edificio frente a nosotros era una mole de cemento con ropa colgada en los balcones y cables de luz enredados como telarañas. El olor a basura mojada y a drenaje era penetrante.
Me bajé de la Suburban. La lluvia me empapó el saco de mil quinientos dólares en un segundo, pero no me importó. Elías y otros cuatro hombres bajaron conmigo, sus manos ya puestas en las culatas de sus armas, ocultas bajo sus chamarras.
—Elías, quédate aquí con Lily. No dejes que baje por nada del mundo —ordené.
—Jefe, déjenos entrar primero. Puede ser una trampa de los Scarpelli —advirtió Elías, preocupado.
—No es una trampa —dije, sintiendo la vibración del billete de cien pesos en mi bolsillo contra mi pecho—. Es una cita que tengo pendiente desde hace cinco años. Si alguien se interpone, que Dios los perdone, porque yo no lo haré.
Caminé hacia el edificio. Mis pasos resonaban en el concreto agrietado. Subí las escaleras de dos en dos. El lugar apestaba a humedad y a comida recalentada. En el segundo piso, un vecino asomó la cabeza, vio mis ojos y la expresión de mis hombres, y cerró su puerta de lámina de inmediato, echando tres cerrojos.
Al llegar al cuarto piso, el sonido de los gritos se hizo claro. Era una voz chillona, vulgar, llena de esa falsa confianza que da tener un arma frente a alguien indefenso.
—¡Ya me cansé, Elena! —gritaba el tipo—. El jefe Scarpelli no es una beneficencia. O me das el dinero hoy, o te vienes conmigo a la casa club. Los muchachos ya te echaron el ojo, y valla que podrías pagar tu deuda en un par de fines de semana.
—¡Por favor, Vini! —era ella. La voz de Elena. Más madura, más quebrada, pero era la misma melodía que me había hecho dormir tantas noches—. El dinero está ahí, solo necesito vender el televisor y… ¡ah! ¡Suéltame!
Oí el sonido de un bofetón. Un golpe seco de carne contra carne. Luego el ruido de algo de cerámica rompiéndose.
En ese momento, el Mateo Galván que seguía reglas murió. El “Lobo” tomó el control total. No toqué a la puerta. No pedí permiso. Levanté mi bota derecha y descargué toda mi rabia en la cerradura. La puerta de madera barata se astilló como si fuera de papel, golpeando la pared con un estruendo que hizo que el tiempo se detuviera.
Entré al departamento. Era un espacio que no era más grande que el clóset de mi recámara principal. Había un foco pelón colgando del techo, iluminando la miseria con una luz amarillenta y cruel.
Y ahí estaba ella.
Elena estaba en el suelo, con el labio partido y un hilo de sangre corriendo por su barbilla. Sus ojos se encontraron con los míos. El tiempo se colapsó. Cinco años de luto, de odio, de soledad, se evaporaron en ese instante. Vi su sorpresa, su terror y, por un segundo fugaz, una chispa de alivio que me quemó el alma.
Frente a ella, un tipo gordo con una playera de tirantes sucia y una cadena de oro falsa me miraba con la boca abierta. Tenía una pistola escuadra fajada en el pantalón, pero sus manos temblaban.
—¿Quién… quién diablos eres tú? —tartamudeó el Vini, tratando de sonar valiente mientras retrocedía hacia la ventana—. Este es territorio de los Scarpelli, ¡no sabes en qué te metes, naco!
Me acerqué a él con una lentitud aterradora. Elías y mis hombres llenaron el marco de la puerta, bloqueando cualquier salida. Saqué el billete de cien pesos arrugado de mi bolsillo y lo dejé caer al suelo, frente a los pies del Vini.
—Vengo a pagar una deuda —dije, con una voz que no parecía humana—. Pero no la de ella. Vengo a cobrarte la deuda que acabas de adquirir conmigo por haberle puesto una mano encima a mi mujer.
El tipo intentó alcanzar su arma, pero antes de que sus dedos rozaran la cacha, mi puño ya se había estrellado contra su nariz. El sonido del cartílago rompiéndose fue la música más dulce que había escuchado en años. La guerra apenas comenzaba, pero en ese cuartucho de la periferia, el Lobo finalmente había regresado a casa.
CAPÍTULO 4: EL LOBO CONTRA EL MUNDO
El tiempo se detuvo en aquel departamento de cuatro por cuatro. El aire, saturado de humedad y el olor metálico de la sangre que goteaba de la nariz del Vini, parecía demasiado espeso para respirar. Yo estaba ahí, de pie, con mis zapatos de diseñador pisando el suelo de linóleo desgastado, sintiendo cómo el “Lobo” devoraba cualquier rastro de humanidad que me quedara.
Vini Russo se tambaleó, gimiendo, con las manos cubriendo su rostro destrozado. La pistola que tenía fajada en el pantalón se le resbaló y cayó al suelo con un ruido sordo. Intentó estirarse para alcanzarla, pero mi bota fue más rápida. Aplasté su mano contra el piso con la fuerza suficiente para hacer que los huesos crujieran.
—¡Agh! ¡Mi mano! ¡Hijo de tu…! —el insulto murió en su garganta cuando le puse la punta de mi Sig Sauer en la frente.
—Termina esa frase y te aseguro que no habrá suficiente pegamento en todo Monterrey para reconstruir tu cabeza —dije, con una voz que salía desde lo más profundo de mi pecho, fría como una tumba.
Vini me miró. Sus ojos estaban inyectados en sangre y el pánico lo hizo orinarse encima. Literalmente. El olor a orina se mezcló con el del miedo. En las calles, tipos como él se sienten reyes mientras tienen una pistola frente a una mujer indefensa, pero frente a un depredador real, se convierten en lo que siempre han sido: carroña.
—Señor Galván… por favor… no sabía… los Scarpelli me dijeron que solo era una vieja que debía lana… —balbuceó, con los dientes castañando.
—”La vieja” tiene nombre —siseé, hundiéndole más el cañón del arma en la piel—. Se llama Elena. Y es mi mujer.
Me giré lentamente hacia ella, sin quitarle el arma de la frente al Vini. Elena seguía en el suelo, apoyada contra un refrigerador viejo que zumbaba con esfuerzo. Estaba pálida, como si hubiera visto a un muerto. Y en cierto sentido, así era. Para ella, yo era el hombre que se había convertido en un espectro de sangre y noticias violentas.
—Mateo… —su voz fue un hilo de seda rompiéndose.
—Elena —fue todo lo que pude decir.
Quise correr hacia ella, levantarla, pedirle perdón por los cinco años de infierno, pero mis pies pesaban como plomo. Verla así, en esa miseria, con el labio partido por un imbécil de quinta, me desgarraba más que cualquier bala que hubiera recibido en mi vida.
—¿Estás viva? —pregunté, y la pregunta sonó estúpida incluso para mí.
—He estado sobreviviendo, que no es lo mismo —respondió ella, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano. Sus ojos, esos ojos marrones que antes brillaban con luz, ahora estaban apagados, llenos de una fatiga que me caló los huesos—. No deberías estar aquí, Mateo. Tu padre… si se entera…
—Mi padre está muerto, Elena. Hace tres años —dije.
Ella soltó una carcajada amarga, una que terminó en un sollozo seco. —Don Aurelio nunca muere. Sus demonios se quedan. Mira a este tipo —señaló al Vini—, está aquí porque tu apellido sigue pesando, incluso en las alcantarillas.
Me volví hacia Vini. Mi paciencia se había agotado. —Elías —llamé sin quitar la vista del cobarde que tenía a mis pies.
Elías entró al cuarto, impecable a pesar de la lluvia, con su expresión de profesional frío. —Dígame, jefe.
—Llévate a este mugroso. Llévalo a la bodega del sur. Asegúrate de que entienda que en Monterrey no se toca a una mujer, y mucho menos a una que me pertenece. Quiero saber exactamente qué le dijeron los Scarpelli. Si sabían quién era ella, quiero nombres. Si solo fue por el dinero, quiero saber quién le dio el pitazo de que ella estaba aquí.
—Entendido —Elías agarró al Vini por el cuello de la camisa como si fuera un perro sarnoso. Otros dos de mis hombres ayudaron a arrastrarlo. El tipo iba chillando, pidiendo perdón a santos en los que seguramente no creía.
Cuando la puerta se cerró y nos quedamos solos, el silencio se volvió insoportable. Me acerqué a Elena y le ofrecí la mano. Ella la miró con desconfianza, como si mi mano estuviera demasiado manchada de sangre para tocar la suya. Finalmente, la tomó. Su piel estaba fría, pero el contacto envió una descarga eléctrica por todo mi cuerpo. La levanté con cuidado. Estaba tan delgada que sentí que se rompería en mis brazos.
—¿Por qué, Elena? —le pregunté, acunando su rostro entre mis manos—. ¿Por qué me dejaste creer que te habías quemado en esa bodega? Pasé meses buscando entre las cenizas… me volví loco. Me convertí en esto porque pensaba que ya no tenía nada por qué ser un hombre bueno.
Elena cerró los ojos y dejó caer su cabeza contra mi pecho. Empezó a llorar, un llanto silencioso que sacudía todo su cuerpo. —No tuve opción, Mateo. Tu padre fue a verme tres días antes del incendio. Me llevó a un despacho oscuro y me enseñó fotos de ti… fotos donde te veías feliz. Me dijo: “Mi hijo es un rey en espera. Tú eres una distracción. Y las distracciones se eliminan”. Me puso un fajo de billetes en la mesa y me dijo que me fuera de México.
Yo escuchaba, sintiendo cómo mi mundo se derrumbaba. Mi padre, el hombre que me enseñó a disparar, el que me decía que la familia era lo primero, había intentado destruir la mía antes de que empezara.
—Le dije que no —continuó Elena, alejándose un poco para mirarme a los ojos—. Le dije que estaba embarazada. Pensé… pensé que eso lo ablandaría. Pensé que querría a su nieta. Pero sus ojos se volvieron negros. Me dijo que si la niña nacía, él mismo se encargaría de que nunca respirara. Me dio una hora para desaparecer. Esa noche, la bodega se quemó. Él me hizo verla desde un coche. Me dijo que si alguna vez intentaba contactarte, tú serías el siguiente en la lista de “accidentes”.
—Ese maldito… —rugí. Golpeé la pared con el puño, dejando un hueco en el yeso podrido—. Me mintió. Me dijo que tú habías ido por unos papeles y que no pudiste salir. Me hizo cargar con la culpa de tu “muerte” durante cinco años para tenerme bajo su control.
—Él sabía que el dolor te haría más fuerte, más cruel —dijo Elena con tristeza—. Y funcionó, ¿verdad? Ahora eres el gran Lobo Galván. El dueño del norte.
—No soy nada si no las tengo a ustedes —dije, bajando la voz—. Vi a Lily. Elena, ella fue a buscarme. Cruzó media ciudad bajo la lluvia, entró a un restaurante lleno de matones y puso cien pesos en mi mesa para contratarme. Me pidió que “espantara al hombre malo”.
Elena se tapó la boca con las manos, sorprendida. —Esa niña… tiene tu terquedad, Mateo. Le prohibí salir, pero ella siempre dice que el Lobo de sus cuentos la va a proteger.
—Y lo hará. A partir de hoy, nadie les va a volver a gritar. Nadie las va a volver a mirar feo. Nos vamos de aquí. Ahora mismo.
—No es tan fácil —dijo ella, mirando a su alrededor—. Los Scarpelli… Leo Scarpelli no es como los demás. Él sabe que soy tu debilidad. Si me voy contigo, la tregua se rompe. Habrá guerra.
—Que la haya —respondí, sacando mi teléfono para dar órdenes—. Prefiero quemar todo Monterrey que dejar que pasen un minuto más en este lugar. Elías me dijo que el Vini trabajaba para Leo. Eso significa que Leo ya sabe que estás viva. Si no te saco de aquí, vendrá él mismo, y no será para cobrar una deuda de dinero.
Caminé hacia la ventana y vi mis camionetas abajo. Lily estaba asomada, con su carita pegada al vidrio empañado. Era una imagen que nunca iba a olvidar. La inocencia en medio del fango.
—Elena, mírame —la tomé de los hombros—. Cometí muchos errores. Dejé que mi padre me manipulara. Dejé que el odio me ganara. Pero no voy a dejar que el pasado me robe el futuro otra vez. Lily me pagó cien pesos por un contrato. Y yo siempre cumplo mis contratos.
Ella asintió, secándose las lágrimas con una determinación que recordaba bien. Elena siempre había sido una guerrera, solo que ahora estaba cansada de pelear sola.
—Está bien, Mateo. Vámonos. Pero ten cuidado… cuando despiertas al Lobo, la manada entera se pone nerviosa.
—Que se pongan nerviosos —dije, abriendo la puerta para salir—. Yo ya no tengo nada que perder, y un hombre que no tiene nada que perder es el más peligroso de todos.
Bajamos las escaleras. El olor a humedad parecía irse quedando atrás con cada escalón. Al salir a la calle, la lluvia seguía cayendo, pero ya no se sentía tan fría. Elías abrió la puerta de la Suburban y Lily saltó del asiento directamente a los brazos de su madre. El reencuentro fue un nudo de sollozos y besos bajo la lluvia regia.
Me quedé allí parado, vigilando el perímetro, con la mano en la culata de mi pistola y los ojos fijos en las sombras. Sabía que Leo Scarpelli estaba mirando. Sabía que mi hermano Finn, en algún lugar, también lo hacía. Pero mientras cerraba la puerta de la camioneta, protegiendo a mi familia, sentí que el Lobo finalmente había encontrado su verdadera razón para pelear.
La guerra estaba por estallar, y esta vez, no sería por negocios ni por territorio. Sería por redención.
—A la hacienda —le dije al chofer—. Y avísale a la guardia. Estamos en código rojo. Si algo se mueve sin mi permiso, que abran fuego.
La Suburban rugió y nos alejamos de la colonia, dejando atrás las cenizas de una mentira de cinco años y entrando de lleno en el fuego de una batalla que cambiaría el destino de Nuevo León para siempre.
CAPÍTULO 5: LA FORTALEZA DE CRISTAL
El rugido del motor de la Suburban era lo único que llenaba el silencio mientras subíamos por las sinuosas curvas de Chipinque. Afuera, la ciudad de Monterrey se extendía como un tapete de luces titilantes que se volvían más pequeñas a medida que ascendíamos hacia la Sierra Madre. El aire aquí arriba ya no olía a smog ni a basura mojada; olía a pino, a tierra mojada y a ese frío seco que solo las montañas del norte saben dar.
Lily se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el regazo de Elena. Su respiración era corta y pesada, el eco de una fatiga que ninguna niña de seis años debería conocer. Elena, por su parte, no dejaba de mirar por la ventana. Sus dedos acariciaban distraídamente el cabello de nuestra hija, pero su mirada estaba perdida en la oscuridad de los riscos.
—¿En qué piensas? —pregunté, rompiendo el silencio. No la miré; mantenía los ojos fijos en el espejo retrovisor, vigilando las luces de la camioneta de escolta que nos seguía.
—En que hace cinco años, este era el futuro que soñábamos —dijo ella, con una voz que sonaba como el roce de papel viejo—. Una casa en la montaña, lejos del ruido. Pero no así, Mateo. No rodeados de hombres con rifles de asalto y cristales blindados.
—El mundo cambió, Elena. Yo tuve que cambiar para sobrevivir —respondí con dureza.
—No —me corrigió ella, girándose para mirarme por primera vez—. Tú no cambiaste para sobrevivir. Tú te convertiste en lo que tu padre quería que fueras. Mira tus manos, Mateo. Ya no son las manos del arquitecto que diseñaba sueños. Son las manos del hombre que decide quién amanece vivo mañana.
Sus palabras me cortaron más que cualquier herida de combate. Tenía razón, pero no podía permitírmelo reconocer. No todavía.
Llegamos a la Hacienda de los Galván. Los enormes portones de hierro forjado, con el escudo de la familia en el centro —un lobo rampante—, se abrieron lentamente. El camino de grava blanca crujía bajo los neumáticos. La propiedad estaba iluminada por reflectores de alta potencia que hacían que la piedra caliza de la mansión brillara como si estuviera hecha de diamantes bajo la lluvia.
Al detenernos, Elías abrió la puerta. Me bajé primero, sintiendo el peso de mi arma en el cinturón. Elena salió con Lily en brazos. La niña se despertó confundida, frotándose los ojos.
—¿Ya llegamos al cielo, mami? —susurró Lily, mirando las columnas jónicas y la fuente de mármol que adornaba la entrada.
—No, mi amor —respondió Elena, con un tono amargo que no pude ignorar—. Esto es solo una casa muy grande.
En la entrada nos esperaba Doña Martha. Al ver a Elena, la mujer casi se desmaya. Se llevó las manos al delantal y soltó un grito ahogado que resonó en el vestíbulo de doble altura.
—¡Virgen de Guadalupe! ¡Niña Elena! —exclamó Martha, acercándose con pasos temblorosos—. Pero si nosotros… si el patrón nos dijo que usted…
—Lo sé, Martha. El patrón mintió sobre muchas cosas —dijo Elena, dándole un abrazo débil.
Martha bajó la mirada y vio a Lily. La semejanza era tan impactante que la anciana comenzó a llorar en silencio. La niña era el vivo retrato de la familia, una Galván pura, desde la forma de las cejas hasta esa mirada desafiante que ya empezaba a mostrar.
—Es un angelito —sollozó Martha—. Es igualita a usted cuando era pequeño, joven Mateo.
—Martha, basta de sentimentalismos —corté, tratando de mantener mi máscara de frialdad—. Lleva a Lily a la cocina. Que coma algo caliente. Chocolate, galletas, lo que quiera. Y Elías…
—Dígame, jefe —respondió mi segundo al mando, parado firmemente junto a la puerta.
—Quiero al Dr. Mendoza aquí en quince minutos. Que traiga equipo para análisis de sangre y una unidad de rayos X portátil. Quiero que las revise de pies a cabeza. Desnutrición, secuelas de esa neumonía que mencionaste, todo. Y que sea discreto. Si una palabra de esto sale de esta casa, él será el próximo que necesite un médico forense.
Llevé a Elena a mi despacho. Era una habitación que apestaba a poder: paredes forradas de libros de cuero, una mesa de billar de madera de nogal y mi escritorio, una mole de caoba que perteneció a mi padre. Cerré las puertas con llave. El clic metálico fue una señal de que la función de “hombre de familia” se había acabado. Ahora éramos solo nosotros dos y cinco años de secretos.
—Siéntate —le ordené.
—No recibo órdenes tuyas, Mateo —respondió ella, quedándose de pie en el centro de la habitación—. Me trajiste aquí porque tienes armas y hombres, no porque yo quisiera venir.
—Te traje aquí porque hay una recompensa por tu cabeza —rugí, perdiendo la paciencia—. ¡Leo Scarpelli sabe quién eres! ¿Tienes idea de lo que ese psicópata le hace a la gente que usa como moneda de cambio? Te descuartizaría solo para enviarme un dedo por cada millón que quiere extorsionarme.
Elena se abrazó a sí misma, temblando, pero no de miedo, sino de pura rabia contenida.
—¿Y de quién es la culpa? —gritó—. ¡De tu apellido! ¡De tu maldita herencia! Viví en esa vecindad asquerosa, trabajando turnos dobles en una fonda donde los hombres me manoseaban por una propina de diez pesos, solo para mantener a Lily a salvo de este mundo. Pedí ese préstamo porque Lily se estaba muriendo de frío en enero. Sus pulmones no aguantaban más. No sabía que el prestamista era un perro de los Scarpelli. Solo quería que mi hija respirara.
Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal. Podía oler su perfume, un rastro tenue de flores que la miseria no había logrado borrar.
—Pudiste buscarme —dije en un susurro cargado de dolor.
—¿A quién iba a buscar? —me espetó ella, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¿Al Mateo que conocí? Él estaba muerto. Cada vez que encendía la televisión, veía al “Lobo Galván”. Vi las fotos de la masacre en el Club Hípico. Vi cómo dejaste colgados a esos traidores en el puente de la Lealtad. Dime, Mateo… ¿ese hombre habría aceptado a una mujer débil y a una niña enferma? ¿O nos habrías visto como un cabo suelto que tu padre olvidó cortar?
No supe qué responder. La verdad era que, durante esos cinco años, me había convertido en algo que ella no habría reconocido. Mi padre me había moldeado con dolor y sangre, diciéndome que el amor era una debilidad que solo servía para que te pusieran una soga al cuello.
El silencio fue interrumpido por un golpe suave en la puerta. Era Elías.
—Jefe, el doctor está terminando con la niña. Dice que está estable, pero necesita vitaminas y descanso. Sin embargo… tenemos un problema.
Abrí la puerta. Elías tenía la cara pálida. Me entregó su teléfono. Era una notificación de una red encriptada que solo nosotros usábamos.
—Hace cinco minutos, jefe. Se filtró por la frecuencia de seguridad externa.
Era una fotografía. Mi pulso se aceleró. En la imagen se veía a Lily, sentada en la mesa de nuestra cocina, sosteniendo una galleta. La foto había sido tomada desde el jardín, a través del cristal de seguridad que se suponía era impenetrable. Lily sonreía a la cámara sin saber que estaba en la mira de un lente… o de un rifle.
Debajo de la foto, un mensaje corto: “El Lobo tiene un cachorro. Esponjoso y tierno. El precio de su vida es la plaza de Laredo. Tienes 24 horas, o te mandamos las orejas en una caja de regalo. Atentamente: Leo S.”
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. La seguridad de la hacienda había sido vulnerada. Alguien dentro de mi organización, alguien que yo consideraba familia, nos había traicionado.
—¡Elías! —bramé, y mi voz hizo vibrar las ventanas del despacho—. ¡Cierra el perímetro! ¡Nadie sale, nadie entra! Quiero a todos los guardias en el patio central. Ahora.
Elena se acercó y vio la foto en el teléfono. Soltó un grito que me desgarró el alma. Se dejó caer de rodillas, cubriéndose la cara.
—¡Te lo dije! —sollozaba—. ¡Te dije que nos encontrarían! ¡Mi bebé, Mateo! ¡Van a matar a mi bebé!
Me arrodillé junto a ella y la tomé de los hombros con una fuerza que buscaba transmitirle una seguridad que yo mismo empezaba a perder.
—Escúchame bien, Elena —le dije, mirándola fijamente a los ojos—. Mi padre me quitó cinco años de tu vida. Me quitó el nacimiento de mi hija. Pero Leo Scarpelli no se va a llevar nada. He matado por dinero, he matado por poder y he matado por respeto. Pero ahora… ahora voy a matar por amor. Y te juro por mi vida, que el hombre que tomó esa foto no llegará a ver el amanecer.
Me puse de pie y ajusté mi saco. El Lobo ya no estaba herido. El Lobo estaba cazando.
—Elías —dije por el radio mientras salía del despacho—, prepara el cuarto de interrogatorios. Tenemos una rata en la casa, y voy a sacarle la verdad aunque tenga que quemar esta hacienda con todos nosotros dentro.
Caminé por el pasillo hacia el cuarto de Lily, donde ella dormía ajena al monstruo que acechaba en la oscuridad. El contrato de los cien pesos seguía en mi bolsillo, y el precio de la sangre estaba a punto de ser cobrado.
CAPÍTULO 6: EL AULLIDO ANTES DE LA TORMENTA
El cuarto de seguridad de la hacienda estaba sumido en una luz azulada y fría, proyectada por las decenas de monitores que vigilaban cada centímetro del perímetro. El aire acondicionado zumbaba con un tono monótono que solo aumentaba mis ganas de romper algo.
Elías estaba de pie junto a mí, con los brazos cruzados. Frente a nosotros, atado a una silla de metal atornillada al piso, estaba Ramiro. Había sido mi guardaespaldas durante tres años. Había comido en mi mesa. Yo mismo pagué la cirugía de cadera de su madre el año pasado.
—Ramiro, mírame —dije, mi voz era un susurro que cortaba más que una navaja—. No me hagas perder el tiempo. ¿Quién te pagó por la foto de mi hija?
Ramiro temblaba. El sudor le corría por la frente, mezclándose con la sangre de un labio partido. No le habíamos pegado mucho; el miedo a lo que yo podía hacerle era mucho más efectivo que cualquier golpe.
—Jefe… Mateo, por favor… me tenían amenazado —balbuceó, con los ojos inyectados en sangre—. Los Scarpelli… ellos sabían lo de mis deudas en el casino de San Jerónimo. Dijeron que si no les pasaba información, iban a mandar a mi mamá en pedacitos a mi casa.
—Todos tienen una excusa, Ramiro —me incliné hacia él, invadiendo su espacio, dejando que oliera mi furia—. Pero tú elegiste vender a una niña de seis años. Mi sangre. Mi hija.
—¡No sabía que era su hija, patrón! ¡Lo juro! Solo dijeron que era una sobrina lejana que quería usar Leo para una negociación —sollozó, el llanto de un cobarde que sabe que su tiempo se ha acabado.
Me puse de pie con una lentitud calculada. Saqué el billete de cien pesos que Lily me había dado y se lo puse en la frente, pegándolo con su propio sudor.
—Ese dinero es el pago de un contrato honesto —le dije—. Lo que tú hiciste no tiene precio. Elías, llévatelo al cuarto de sonido. No quiero oír sus gritos mientras revisas su teléfono. Quiero cada contacto, cada mensaje y cada ubicación que haya compartido con los Scarpelli.
—Entendido, jefe —dijo Elías, haciendo una señal a dos hombres. Arrastraron a Ramiro fuera del cuarto mientras él suplicaba por una misericordia que yo ya no poseía.
Caminé por los pasillos de la hacienda hacia el ala oeste. Cada guardia que encontraba bajaba la mirada. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Todos sabían que había una rata entre ellos, y todos sabían que el “Lobo” estaba buscando a quién morder.
Entré a la habitación donde Elena estaba terminando de vestir a Lily con una pijama limpia. La escena era tan normal, tan doméstica, que por un segundo olvidé que estábamos en medio de una guerra. Lily estaba sentada en la cama, abrazando a un oso de peluche gigante.
—¿Ya se fue el hombre malo de la ventana, Papi? —preguntó Lily. La palabra “Papi” volvió a golpearme en el centro del pecho, suavizando por un instante los bordes afilados de mi alma.
—Estamos en eso, pequeña —me senté a su lado y le revolví el cabello—. Pero por ahora, necesito que seas muy valiente. Como en las historias que te cuenta tu mamá. ¿Puedes hacer eso?
Lily asintió con una seriedad que me recordó a mi padre, Don Aurelio. Esa determinación de acero que venía en nuestra sangre.
—Soy el cachorro del Lobo —dijo ella con orgullo—. Los cachorros no tienen miedo.
Elena me miró por encima de la cabeza de la niña. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero había una fiera despertando en ellos. Se acercó a mí cuando Lily se distrajo con el peluche.
—Mateo, esto no está bien —susurró, tomándome del brazo—. Siento que las paredes se nos cierran encima. Esa foto… sabían exactamente dónde estábamos.
—Ya me encargué de la rata, Elena —respondí, tratando de sonar más seguro de lo que me sentía—. Elías está reforzando el perímetro. Tenemos francotiradores en los techos y drones sobrevolando la propiedad. Nadie entra aquí sin que yo lo autorice.
—No conoces a Leo Scarpelli como yo —dijo ella, su voz temblando—. No es solo dinero. Él odia tu apellido. Odia lo que tu familia le hizo a la suya hace décadas. Para él, Lily no es un rehén, es una forma de borrar el linaje de los Galván.
Antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió los cimientos de la hacienda. Fue una explosión sorda, profunda, que hizo que las lámparas de cristal del techo tintinearan violentamente.
El radio en mi cinturón cobró vida con una estática frenética.
—¡Jefe! ¡Brecha en el sector norte! —gritó la voz de uno de mis hombres—. ¡Derrumbaron el portón principal con un camión blindado! ¡Estamos bajo fuego!
Agarré a Lily y se la entregué a Elena.
—¡Al clóset de seguridad! ¡Ahora! —ordené, mi voz volviendo a su tono de mando absoluto—. Elena, hay un panel detrás de las repisas de madera. Ábrelo, métanse y no salgan hasta que oigan mi voz. Y solo mi voz. Si oyes a alguien más, usa la pistola que dejé en la caja fuerte del panel. ¿Me entendiste?
Elena asintió, pálida pero decidida. Arrastró a Lily hacia el clóset mientras la niña empezaba a llorar, asustada por el ruido de los disparos que ya se escuchaban en el jardín.
Salí al pasillo justo cuando otra explosión destrozó las ventanas del final del corredor. El vidrio voló como metralla. Saqué mi Sig Sauer y revisé el cargador. A través del humo que empezaba a llenar la casa, vi sombras moviéndose con tácticas militares. No eran pandilleros; eran profesionales.
—¡Elías! ¿Dónde estás? —grité por el radio.
—¡En las escaleras principales, jefe! ¡Nos están rodeando! Son más de los que pensábamos. Traen equipo de visión nocturna y granadas de fragmentación.
Bajé las escaleras a toda velocidad, tomando cobertura detrás de una columna de mármol. Vi a dos hombres vestidos de negro entrando por el vestíbulo. Les disparé dos veces en el pecho a cada uno antes de que pudieran levantar sus armas. Cayeron como sacos de papas.
Pero entonces, el fuego cesó de repente. Una voz amplificada por un megáfono resonó desde el exterior, silenciando el caos por un momento.
—¡Mateo Galván! ¡Sal a saludar a la familia!
Esa voz. No era la de Leo Scarpelli. Era una voz que no había escuchado en años, una voz que debería estar pudriéndose en una celda de alta seguridad en el Altiplano.
Caminé hacia el balcón que daba al recibidor, cubriéndome con el barandal. Abajo, en medio de los escombros y el humo, estaba un hombre alto, con el rostro marcado por cicatrices de quemaduras y una sonrisa de loco que me heló la sangre.
—¿Efrén? —susurré, incrédulo.
Efrén Galván, mi hermano mayor. El sociópata que mi padre mandó a la cárcel para “limpiar” el camino para mí. Se suponía que tenía una condena de 60 años sin derecho a fianza.
—¿Me extrañaste, hermanito? —gritó Efrén, levantando un detonador en su mano derecha—. Los Scarpelli me sacaron de ese agujero con una sola condición: que te entregara a la niña. Dicen que el Lobo necesita una lección de humildad, y quién mejor para darla que el hermano al que traicionaste.
—¡Tú te ganaste ese lugar, Efrén! —le grité de vuelta—. ¡Mataste a inocentes por puro gusto!
—¡Y tú te quedaste con mi trono! —rugió él, sus ojos brillando con una locura asesina—. Pero hoy, la hacienda de los Galván vuelve a arder. Dame a la niña, Mateo. Dámela y tal vez te deje vivir para ver cómo reconstruyo este imperio sobre tus cenizas. Si no, voy a volar este lugar con todos adentro. Tengo explosivos C4 en cada columna estructural.
Miré hacia el ala oeste, donde Elena y Lily estaban escondidas. Elías me miró desde el otro lado del salón, esperando mi orden. Teníamos segundos antes de que todo se fuera al infierno.
—Efrén… —dije, bajando el arma lentamente para ganar tiempo—. Hablemos como hombres. Sangre contra sangre. Deja que las mujeres se vayan y yo me quedo aquí. Hagamos esto como antes, tú y yo, a puño limpio.
Efrén se rió, un sonido seco y carente de alma.
—Ya no soy ese niño al que podías engañar, Mateo. El tiempo se acabó.
En ese instante, vi a Elías posicionarse detrás de una estatua con su rifle de precisión. Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que ser el Lobo una última vez para salvar lo que quedaba de mi humanidad.
—¡Ahora! —grité.
El estruendo del rifle de Elías fue el inicio del fin. Pero mientras Efrén se lanzaba a cubrirse y el detonador caía al suelo, me di cuenta de una cosa: la rata no era solo Ramiro. Alguien le había dado a mi hermano los planos exactos de los explosivos. La verdadera guerra no estaba afuera de la hacienda, estaba quemándonos desde adentro.
CAPÍTULO 7: SANGRE DE GALVÁN
El eco del disparo del rifle de Elías todavía zumbaba en mis oídos cuando el mundo pareció entrar en una cámara lenta macabra. El proyectil impactó en el hombro de Efrén, arrancándole un grito de dolor que sonó más como el aullido de una bestia que como el de un hombre. El detonador, ese pequeño aparato negro que sostenía el destino de la hacienda en un solo botón, voló de su mano y rebotó contra el mármol del recibidor con un tintineo metálico que me heló la sangre.
—¡Noooo! —rugió Efrén, lanzándose hacia el suelo para recuperarlo.
No lo pensé. Mi cuerpo reaccionó por puro instinto, el tipo de instinto que solo se desarrolla cuando has vivido con la muerte soplándote en la nuca durante una década. Me lancé desde el balcón del segundo piso, una caída de casi cuatro metros que terminó en una tacleada brutal justo antes de que los dedos de mi hermano rozaran el detonador.
Rodamos por el suelo, entre fragmentos de cristal de la enorme lámpara de araña que se había desplomado minutos antes. El dolor de la caída me recorrió la espalda, pero la adrenalina era un incendio que lo consumía todo. Efrén era más grande que yo, y la locura de la cárcel le había dado una fuerza desproporcionada. Me soltó un cabezazo que me hizo ver estrellas y luego me agarró por el cuello del saco.
—¡Tú siempre fuiste el niño mimado, Mateo! —me gritó en la cara, su aliento apestaba a tabaco rancio y a odio acumulado—. ¡El favorito! ¡El que se quedó con la silla del viejo mientras yo me pudría entre cuatro paredes de concreto!
—¡Tú te pudriste porque no tienes límites, Efrén! —le respondí, conectando un gancho al hígado que lo hizo jadear—. ¡Papá no te mandó a la cárcel para limpiarme el camino, te mandó porque eras un perro rabioso que iba a morder la mano que lo alimentaba!
Él se rió, una risa sangrienta que me dio escalofríos. Me empujó con una fuerza animal, estrellándome contra una mesa de centro de nogal que se partió en dos. Me levanté como pude, escupiendo sangre. A nuestro alrededor, la batalla seguía. El sonido de las ráfagas de AK-47 de los mercenarios de los Scarpelli chocaba contra los disparos precisos de mis hombres, pero para mí, el mundo se había reducido a este círculo de cenizas y odio fraternal.
Efrén sacó un cuchillo de combate de su bota. La hoja de acero negro brilló bajo las luces de emergencia que parpadeaban en rojo.
—¿Sabes qué fue lo que más me dolió de estos años, carnalito? —dijo, dando círculos como un lobo hambriento—. No fue el aislamiento. No fue la comida asquerosa. Fue saber que estabas usando el apellido Galván para jugar a ser un “empresario respetable”. Y luego, cuando me dijeron que tenías una hija… una debilidad de carne y hueso… supe que Dios me estaba dando el arma para destruirte.
—Ni se te ocurra mencionarla —siseé, desenfundando mi propia navaja táctica—. Si te acercas a ella, voy a olvidar que compartimos la misma sangre.
—¡Nuestra sangre ya está podrida, Mateo! —Efrén se lanzó hacia adelante. El primer tajo me rozó el brazo, cortando la tela de mi saco de seda. El segundo buscaba mi garganta, pero logré desviarlo con el antebrazo, sintiendo el ardor del metal cortando mi piel.
Forcejeamos en el centro del vestíbulo. Sus ojos estaban desorbitados, las pupilas dilatadas por la excitación del combate. Yo podía ver las cicatrices en su rostro, marcas de peleas en el patio de la prisión, cada una contando una historia de supervivencia y sadismo. Éramos dos versiones del mismo destino: uno que abrazó la oscuridad y otro que intentaba desesperadamente huir de ella.
—Papá murió pensando que tú eras el futuro —gruñó Efrén, tratando de hundir la punta del cuchillo en mi pecho—. Pero yo soy el presente. Yo soy el verdadero Lobo Galván. ¡El que no tiene miedo de ensuciarse las manos hasta los codos!
Logré darle un rodillazo en las costillas y, aprovechando que se dobló, lo sujeté por la nuca y lo estrellé contra el pilar de mármol. Una, dos, tres veces. El sonido del hueso contra la piedra fue seco y contundente. Efrén cayó al suelo, aturdido, su cuchillo deslizándose lejos.
Me acerqué a él, con la respiración entrecortada y el corazón martillando contra mis costillas. Podía terminarlo ahí mismo. Mi mano derecha, la que sostenía la navaja, temblaba. Era mi hermano. El mismo que me enseñó a manejar mi primera camioneta, el que me defendía de los bravucones en la escuela antes de que la ambición de nuestro padre lo corrompiera por completo.
—No lo hagas, Mateo… —jadeó él, con la cara bañada en sangre, pero con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Si me matas ahora, nunca vas a llegar a tiempo.
Me detuve en seco. Un presentimiento gélido me recorrió la columna vertebral.
—¿De qué hablas?
—¿Crees que yo soy el único que entró? —Efrén soltó una carcajada que terminó en un ataque de tos—. Yo solo soy la distracción, hermanito. Leo Scarpelli no confía en nadie, ni siquiera en mí. Mientras tú y yo jugamos a las vencidas, sus mejores hombres ya están en el ala oeste. Los perros de Leo ya olieron a la presa.
El radio en mi hombro volvió a activarse. Era la voz de Martha, la ama de llaves, pero se escuchaba distante, como si estuviera escondida.
—¡Joven Mateo! ¡Están aquí! ¡En el cuarto de la niña! ¡Ayúdenos por fav…! —el mensaje se cortó con el sonido de una puerta siendo derribada y un grito que reconocería en cualquier rincón del infierno: el grito de Elena.
—¡Hijo de puta! —le grité a Efrén, dándole una patada en la cara que lo dejó inconsciente en el suelo. No tenía tiempo para rematarlo. No tenía tiempo para nada.
—¡Elías! —bramé por el canal general—. ¡Efrén está en el suelo! ¡Asegúralo, pero no lo mates, quiero que viva para ver cómo lo entierro en una celda de la que nunca saldrá! ¡Todos los que sigan en pie, al ala oeste ahora! ¡Mátenlos a todos!
Corrí como nunca antes en mi vida. Los pulmones me ardían, mis piernas pesaban como si estuvieran hechas de plomo, pero el pánico era un combustible más potente que la gasolina. Atravesé el comedor, donde dos mercenarios intentaron cortarme el paso. Ni siquiera me detuve a cubrirme. Disparé mi Sig Sauer mientras corría, vaciando el cargador. Uno cayó con un tiro en el cuello; el otro se cubrió, permitiéndome pasar.
Llegué al pasillo del ala oeste. Las luces aquí habían sido reventadas. El silencio era sepulcral, lo cual era mucho peor que el ruido de los disparos. Caminé con el arma en alto, el sudor nublándome la vista.
—¿Elena? ¿Lily? —susurré, pero mi voz se perdió en la oscuridad.
Llegué a la puerta de la habitación. Estaba abierta. Los marcos de madera se habían astillado hacia adentro. Entré al cuarto, mi corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis sienes. La habitación estaba en un caos total. Los juguetes de Lily estaban esparcidos por el suelo; su oso de peluche gigante, el que me pidió que le cuidara, estaba destripado en una esquina.
Me dirigí al clóset. El panel secreto, el que se supone que nadie conocía, estaba abierto. La puerta de seguridad de acero había sido forzada con explosivos de precisión.
—No… no, no, no… —murmuré, cayendo de rodillas.
El compartimento estaba vacío. No había rastro de Elena. No había rastro de Lily.
Sentí que el alma se me escapaba del cuerpo. Había fallado. El gran Mateo Galván, el Lobo que controlaba todo el norte del país, no había podido proteger lo único que realmente le importaba en este mundo maldito. Me cubrí la cara con las manos ensangrentadas, sintiendo el peso de cinco años de errores cayendo sobre mí como una losa de cemento.
Entonces, algo brilló en el suelo, justo donde Lily debería haber estado escondida.
Me arrastré hacia el pequeño objeto. Era un papel arrugado. Lo recogí con los dedos temblorosos. Era un billete de cien pesos, pero no era el que yo tenía en el bolsillo. Era uno nuevo, impecable, y tenía una nota escrita en la parte de atrás con una caligrafía elegante y burlona que conocía muy bien.
“El contrato de la niña ha cambiado de dueño, Mateo. El precio ahora es tu imperio, o su cabeza. Tienes hasta el amanecer para decidir. Nos vemos en la vieja cementera. Trae el Libro Negro… o trae una caja pequeña para las cenizas de tu hija. — Leo S.”
Apreté el billete entre mis manos hasta que mis nudillos se pusieron blancos. El dolor se transformó en una claridad helada. Ya no había dudas. Ya no había remordimientos. El Lobo Galván había muerto en ese recibidor, y lo que quedaba en su lugar era algo mucho más peligroso.
Me puse de pie, ajusté mi arma y hablé por el radio con una voz que no reconocí como mía. Era la voz de un hombre que ya no tenía nada que perder.
—Elías, prepara las camionetas. Llama a todos los hombres que queden en la nómina. No me importa si tienen que venir desde Tamaulipas. Vamos a la cementera de Santa Catarina. Y avísales a los Scarpelli… que hoy no vamos a negociar. Hoy vamos a borrar su apellido del mapa de México.
Salí de la habitación sin mirar atrás, pisando el oso de peluche de mi hija. La guerra apenas comenzaba, y el rastro de sangre nos llevaría directo al final de esta historia.
CAPÍTULO 8: EL ÚLTIMO CONTRATO Y EL ALBA DEL LOBO
El aire en la zona industrial de Santa Catarina era una mezcla espesa de polvo de cemento, óxido y el olor metálico de la muerte que se avecinaba. Las camionetas Suburban negras avanzaban con las luces apagadas, como sombras deslizándose por el asfalto agrietado. Yo iba en la parte trasera, con el rostro iluminado apenas por el brillo intermitente de mi radio. Ya no sentía miedo. El miedo es una emoción para los que tienen algo que proteger, y en ese momento, yo sentía que ya lo había perdido todo. Lo único que quedaba era la misión, el contrato.
—Rastreamos la señal, jefe —dijo Elías, su voz sonando hueca a través del auricular. Tenía el hombro vendado y la cara manchada de pólvora—. Están en la estructura principal de la vieja cementera. Es un laberinto de silos y tuberías oxidadas. Un lugar perfecto para una emboscada o para un sacrificio.
—No habrá emboscada, Elías —respondí, revisando por última vez mi cuchillo táctico—. Leo Scarpelli es un narcisista. Quiere que lo vea. Quiere que sea yo quien presencie el final de mi estirpe. No quiere matarme desde lejos; quiere ver cómo se me escapa el alma por los ojos.
—Tenemos francotiradores posicionados en los silos adyacentes, patrón. A su señal, borramos a esos mugrosos del mapa.
—No —ordené con firmeza—. Si ven un solo movimiento táctico, las matarán. Voy a entrar solo. Ustedes mantengan el perímetro. Si escuchan tres detonaciones seguidas, entren y no dejen a nadie con vida. Ni siquiera a mí, si es necesario.
Bajé de la camioneta a unos cien metros de la estructura. La cementera se alzaba como un esqueleto de hierro contra el cielo oscuro de Monterrey. Caminé con los brazos visibles, sintiendo el frío de la madrugada calarme los huesos. Adentro, el silencio era absoluto, interrumpido solo por el goteo de agua en algún charco de aceite y el chirrido de las láminas de metal movidas por el viento.
—¡Leo! —mi voz retumbó en las paredes de concreto, multiplicándose en ecos infinitos—. ¡Ya estoy aquí! ¡Deja de esconderte como el perro que eres!
De pronto, una hilera de reflectores industriales se encendió, cegándome por un instante. Cuando mis ojos se ajustaron, vi la escena que me detuvo el corazón. En el centro de un claro, rodeado de maquinaria vieja, estaban dos sillas de metal. Elena y Lily estaban atadas, con mordazas en la boca y los ojos desorbitados por el terror. Detrás de ellas, con una sonrisa de quien se cree dueño del mundo, estaba Leo Scarpelli. Llevaba un traje italiano impecable, totalmente fuera de lugar en ese cementerio industrial, y en su mano derecha sostenía un revólver de oro. La boca del arma descansaba contra la sien de mi hija.
—¡Llegas tarde, Mateo! —gritó Leo, su voz llena de una alegría maníaca—. Empezaba a pensar que el gran Lobo Galván prefería sus negocios antes que a su propia sangre.
—Suéltalas, Leo. Tienes lo que querías. Elías ya entregó las llaves de la plaza de Laredo a tu gente. Ya no tienes competencia en el norte. ¿Qué más quieres?
Leo soltó una carcajada que sonó como vidrio roto. —¿La plaza? ¿Laredo? ¡No seas ingenuo, Galván! Esto nunca fue por unos camiones con polvo blanco o por el control de la frontera. Esto es por el 98. Esto es por mi padre.
Me detuve. El 98. El año del gran robo al convoy federal en la carretera a Saltillo.
—Nuestros padres eran socios, Mateo —continuó Leo, su rostro transformándose en una máscara de odio—. Dividieron el botín, pero tu viejo, Don Aurelio, era más ambicioso. Lo traicionó. Lo entregó a los federales y luego pagó para que lo apuñalaran en el penal de Cadereyta. Todo para no compartir el Libro Negro, el registro de cada político y militar que estuvo en su nómina. Mi familia terminó en la calle mientras la tuya construía castillos en Chipinque.
—Yo no soy mi padre, Leo —dije, tratando de mantener la voz estable.
—¡Eres su sangre! ¡Eres su reflejo! —rugió Leo, apretando el arma contra la cabeza de Lily. La niña soltó un gemido ahogado tras la mordaza—. Elena encontró ese libro, ¿verdad? Por eso huyó. Por eso Don Aurelio quería quemarla viva. Ella sabe dónde están los secretos que enterrarían a medio gobierno de México. ¡Dámelo ahora o la niña se va al cielo antes que nosotros!
Miré a Elena. Ella negaba con la cabeza, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Luego miré a Lily. La niña estaba temblando, pero sus ojos grises —mis ojos— estaban fijos en mí. Noté un pequeño movimiento. Sus manos, atadas a la espalda, estaban manipulando algo. Con un esfuerzo sobrehumano, logró que un pequeño trozo de papel cayera de su puño al suelo.
Era el billete de cien pesos. El contrato.
En ese momento, la conexión entre nosotros fue absoluta. Lily no me estaba pidiendo clemencia; me estaba pidiendo que cumpliera el trato. Haz que el hombre malo se vaya.
—Leo —dije, mi voz bajando a un tono mortalmente tranquilo—. Cometiste un error fatal. Pensaste que mi debilidad era el amor por ellas. Pero el amor por ellas es lo que me quita los límites.
—¿De qué hablas, naco? ¡Dame el libro!
—No hay libro, Leo. Lo quemé hace años —mentí, aunque la verdad es que pensaba quemarlo esa misma mañana—. Pero lo que sí hay es una carga de C4 que Elías instaló en los generadores de luz de este bloque.
—¡Mientes! —gritó Leo, pero su mano empezó a temblar.
—¿Quieres apostar? —toqué el botón lateral de mi reloj táctico.
No hubo una explosión masiva, solo un estallido sordo que reventó los transformadores principales. El lugar se hundió en una oscuridad absoluta. Los reflectores se apagaron. El mundo se volvió negro.
¡Pop! ¡Pop! ¡Pop! Los disparos del revólver de oro de Leo iluminaron el aire como ráfagas de fuego, pero estaba disparando a ciegas. Yo ya no estaba donde él creía. Me moví como el depredador que soy, memorizando la posición de las sillas. Elías y mis hombres entraron por los flancos, usando visores nocturnos, pero yo no los necesitaba. Podía oler el miedo de Leo.
Llegué a la silla de Lily en tres zancadas. Con un movimiento fluido de mi navaja, corté sus cuerdas. —¡Al suelo! —le susurré.
Me lancé sobre Leo justo cuando intentaba recargar. Lo tacleé con la fuerza de un tráiler, enviándolo contra una viga de acero. El revólver voló por el aire. Lo agarré por el cuello, sintiendo la textura de su corbata de seda bajo mis dedos ensangrentados.
—Mi padre mataba por avaricia, Leo —le dije al oído, mientras su rostro se ponía morado bajo la luz de las linternas tácticas que empezaban a aparecer—. Yo mato por contrato. Y mi hija ya te pagó por adelantado.
No necesité una bala. El crujido de su cuello fue el punto final de una guerra de dos décadas. Solté su cuerpo inerte y me giré hacia las mujeres de mi vida. Elías ya estaba desatando a Elena.
La mañana siguiente, el sol salió sobre la Sierra Madre con una belleza que me pareció insultante después de tanta sangre. Estábamos de vuelta en la hacienda. Elías y sus hombres limpiaban los restos de la batalla en el jardín, mientras el Dr. Mendoza terminaba de curar las raspaduras de Lily.
Elena estaba en el balcón de mi estudio, envuelta en una de mis camisas, mirando el horizonte. Caminé hacia ella y le puse el Libro Negro sobre el barandal. Estaba chamuscado, viejo, cargado de pecados que no nos pertenecían.
—Es el final, Elena —dije—. Este libro es lo que nos mantuvo separados. Es lo que mató a nuestros padres y lo que casi nos quita a Lily.
Saqué un encendedor Zippo. Ella me miró, y por primera vez en cinco años, vi paz en sus ojos. —Hazlo, Mateo. Libéranos.
Prendí el fuego. El papel amarillento ardió con rapidez, alimentado por el aceite y la tinta de las traiciones de Don Aurelio. Vimos cómo las cenizas volaban hacia el cañón de la Huasteca, perdiéndose en el viento del norte. Ya no había palanca, ya no había chantaje. Solo quedábamos nosotros.
Bajamos al jardín. Lily estaba corriendo con “Fantasma”, el perro blanco que ahora no se separaba de ella. Al vernos, la niña se detuvo y corrió hacia mí, abrazándome las piernas con una fuerza increíble.
—¿Ya se acabaron los hombres malos, Papi? —preguntó, mirándome con sus ojos bicolores.
Me puse de cuclillas y la miré fijamente. Saqué de mi bolsillo el billete de cien pesos, ahora arrugado y manchado, pero que yo había mandado enmarcar en una pequeña pieza de acrílico.
—Contrato cumplido, Lily —dije con una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara por falta de uso—. El Lobo está en casa, y mientras yo respire, nadie volverá a tocarte.
Elena se unió al abrazo, y por un momento, el carnicero de San Pedro, el hombre que había convertido su corazón en piedra para sobrevivir, desapareció. Lo que quedó fue un padre, un hombre que entendió que el contrato más caro de su vida no se pagó con millones, sino con la valentía de una niña que creyó en los cuentos de su madre.
El invierno había terminado. La manada estaba completa. Y por primera vez, el Lobo no necesitaba las sombras para sentirse seguro. Estábamos a la luz del sol, y estábamos vivos.
