EL JEFE DE LA MAFIA ME PAGÓ PARA GUARDAR SU SECRETO MÁS PELIGROSO, PERO HOY SU PROMETIDA ENTRÓ A LA MANSIÓN CON UN CUCHILLO PARA MATARNOS A TODOS.

CAPÍTULO 1: LA REGLA DE ORO Y EL PESO DEL SILENCIO

La regla en la casa de los Castellano era tan absoluta como el miedo que Marcos inspiraba en sus enemigos: nunca se debe marcar a la línea privada a menos que la casa se esté quemando o la sangre ya esté corriendo por el suelo. Marcos Castellano, el hombre al que el bajo mundo llamaba “La Muerte Silenciosa”, no era alguien que perdonara las distracciones. A sus 37 años, con esos ojos del color de una tormenta que se avecina y una cicatriz que le recorría desde el ojo izquierdo hasta el pómulo, había construido un imperio basado en el silencio y el terror.

Pero ese viernes, mi mano temblaba tanto que casi se me cae el teléfono. Estaba escondida en el sótano, escuchando cómo las botas de los hombres de la familia Román golpeaban el suelo de mármol arriba de nosotras. Sentía el aroma del Chanel de Victoria filtrándose por las rejillas de ventilación, un perfume que ahora me olía a muerte.

—Por favor… —susurré cuando Marcos contestó, mi voz apenas un hilo de vida—. Por favor, venga a casa ahora, Sr. Castellano. Si no viene… ella va a matarla. Ella va a matar a Lili.

Hubo un silencio del otro lado de la línea que me heló la sangre más que cualquier amenaza. Podía imaginar a Marcos en medio de su junta con los rusos, congelado, con la furia hirviendo bajo su piel de porcelana. No hizo preguntas. No dijo adiós. Escuché el estruendo de una silla cayendo y luego el silencio de la llamada cortada.

Para entender cómo llegué a este sótano, abrazando a una niña de cinco años que no lleva mi sangre pero por la que daría hasta mi último aliento, tengo que retroceder tres horas.

Eran las 5 de la mañana cuando mis ojos se abrieron en mi pequeña habitación en el ala este de la mansión. Aquí en Valle de Bravo, la oscuridad parece pesar más. Me quedé mirando el techo, sintiendo ese vacío en el pecho que me acompañaba desde que mi padre nos abandonó con una deuda de juego de más de cuatro millones de pesos. Mi madre estaba postrada en una cama de hospital, incapaz de mover la mitad de su cuerpo tras un derrame, y mi hermanito Daniel, de apenas 17 años, se estaba marchitando lentamente por la leucemia.

Revisé mi celular. Tres mensajes. El primero: mamá tuvo una crisis a las 2 a.m. Está estable, pero el miedo no se va. El segundo: la cuenta del hospital privado de Daniel es de un millón de pesos solo por este mes. El tercero: apareció un donante de médula, pero la cirugía cuesta otros dos millones.

Me mordí el labio para no gritar. Las lágrimas empaparon mi almohada. Yo solo tengo 27 años, pero cargo con deudas que otras personas no pagarían en tres vidas. Por eso estaba aquí. Hace ocho meses vi un anuncio extraño en internet: pedían una nana/ama de llaves, ofrecían un sueldo diez veces mayor al promedio, cobertura médica total para la familia y exigían secreto absoluto. No pregunté por qué. Cuando el hambre y la muerte te pisan los talones, no haces preguntas.

Me levanté, me puse mi delantal blanco y cubrí con la manga la cicatriz de mi muñeca. Esa marca me la dejó Ryan, mi ex, un hombre que me enseñó que el amor podía quemar como un cigarrillo encendido. Durante dos años me golpeó y me hizo creer que yo no valía nada. Pero Lili cambió eso.

Caminé hacia la habitación de la pequeña. Al abrir la puerta, todo el dolor de mi vida se disolvió. Lili dormía como un angelito, con sus rizos rubios esparcidos en la almohada y sus labios entreabiertos. Ella era el único rayo de luz en mi vida de sombras. Marcos la mantenía oculta del mundo, protegida en esta ala este donde nadie tenía permitido entrar. Ni siquiera su propia prometida, Victoria Román.

—Sara… —murmuró Lili abriendo sus ojitos azules, los mismos ojos de tormenta de su padre—. Soñé que eras una princesa y que vivíamos en un castillo con dragones.

Me reí, el primer sonido genuino de mi día. —Pues esta princesa te va a cocinar unos hot-cakes con carita feliz, ¿te parece?

Lili saltó de la cama y me abrazó con sus bracitos flacos. En ese momento, olvidé mis deudas, olvidé a los cobradores que quemaron mi último departamento, olvidé el miedo. No tenía idea de que en un par de horas, este paraíso se convertiría en un infierno de sangre y que tendría que elegir entre mi vida y la de esta niña.


CAPÍTULO 2: LA LLEGADA DE LA FLOR VENENOSA

La cocina del ala este olía a miel y alegría. Lili estaba dibujándole bigotes de gato a su hot-cake con jarabe de chocolate, y su risa llenaba el aire de una manera que casi me hacía olvidar quién era el dueño de esta casa. Rosa, la jefa de cocina, una mujer de 55 años que había visto crecer a Marcos y que era de las pocas que conocía el secreto de Lili, nos miraba con ternura desde la estufa.

Pero de repente, el cucharón de Rosa cayó al suelo con un ruido seco. Su rostro, generalmente moreno y lleno de vida, se volvió de color ceniza.

—Dios nos ampare… —susurró Rosa, mirando por la ventana hacia el patio principal.

Me asomé con el corazón empezando a galopar. Un Rolls-Royce negro, brillante y amenazador, se deslizaba por la entrada de la hacienda.

—¿Quién es, Rosa? —pregunté, aunque en el fondo de mis entrañas ya lo sabía. —Victoria Román —murmuró ella, como si estuviera invocando a un demonio—. La prometida del jefe. No debería estar aquí, la boda es hasta dentro de un mes.

Sentí un frío ártico recorrerme la espalda. Las instrucciones de Marcos habían sido claras: nadie debía saber de la existencia de Lili. Nadie. Especialmente no la mujer que se convertiría en la dueña de la casa.

—¡Lili, ven conmigo! —la cargué en mis brazos antes de que pudiera protestar. Corrí por el pasillo hasta su habitación y la metí en el cuarto secreto, oculto detrás de la enorme biblioteca de madera de roble—. Escúchame bien, princesa. Vamos a jugar a las escondidas, ¿sí? Tienes que quedarte muy calladita. No salgas por nada del mundo hasta que yo venga por ti.

Lili asintió, con sus ojitos llenos de una preocupación que no debería pertenecerle a una niña de su edad. Cerré la puerta falsa y mi corazón martilleaba como un tambor de guerra mientras corría hacia el gran vestíbulo principal. Llegué justo cuando las enormes puertas dobles se abrían de par en par.

Victoria Román entró como si fuera la dueña del universo. Entendí de inmediato por qué la llamaban “La Flor Venenosa”. Era hermosa de esa manera en que las cosas letales lo son. Tenía 30 años, un cabello negro azabache que caía como una cascada de noche sobre sus hombros, y una piel blanca como la porcelana. Sus labios eran rojos como la sangre fresca y sus ojos… Dios, sus ojos eran tan fríos que sentí que podrían congelarme los pulmones.

Vestía un vestido Valentino rojo que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, y un collar de diamantes que brillaba con una luz cruel. Detrás de ella, dos guardaespaldas enormes cargaban maletas de Louis Vuitton.

Victoria recorrió el vestíbulo con la mirada, deteniéndose en mí como si estuviera viendo a un insecto molesto. —¿Y tú quién eres? —preguntó, su voz era una seda afilada.

Incliné la cabeza, tratando de que mis manos no temblaran bajo el delantal. —Sara Olvera, señora. Soy parte del servicio de la propiedad. —¿Y por qué no te has arrodillado? —dio un paso hacia mí, y el aroma de su perfume Chanel inundó mis sentidos—. Cuando la futura señora de esta casa llega, los sirvientes muestran respeto.

—Lo siento, señora Román —dije, bajando más la cabeza—. No fuimos informados de su visita. El Sr. Castellano está en la Ciudad de México y regresará hasta la noche. Quizás prefiera esperarlo en…

—¿Acaso necesito permiso para entrar a la casa de mi futuro marido? —me interrumpió con un siseo—. Suban mis maletas a la recámara principal. Me quedaré a pasar la noche para darle una sorpresa a Marcos.

Sentí que el mundo se detenía. La recámara principal estaba en el ala oeste, pero para llegar allá, ella tendría que pasar muy cerca del pasillo que conectaba con el ala este.

—Señora… el Sr. Castellano dio instrucciones estrictas de que nadie entrara al ala este en su ausencia —dije, tratando de sonar firme aunque por dentro me estaba desmoronando.

¡ZAS!

El golpe fue tan rápido y tan fuerte que no lo vi venir. Mi mejilla ardió instantáneamente y sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca. El impacto me hizo tambalear hacia atrás, con los oídos zumbando.

Victoria estaba frente a mí, con una chispa de deleite enfermizo en sus ojos oscuros. —Vuelve a decirme qué puedo o no puedo hacer en mi propia casa, y te aseguro que será lo último que digas en este mundo —me advirtió—. Soy Victoria Román, hija de Salvador Román, y pronto seré la dueña de cada rincón de este lugar. Tú no eres más que una gata barata que puedo despedir y desaparecer en cualquier momento.

Me tragué las lágrimas y la rabia. Pensé en mi mamá en el hospital, en Daniel esperando su cirugía. No podía perder este trabajo. No podía dejar que mataran a Lili.

—Lo siento, señora —susurré, limpiándome la sangre del labio con el dorso de la mano.

Victoria me miró con desprecio y empezó a subir las escaleras, pero de repente se detuvo. Sus ojos se fijaron en la gran puerta de roble al final del pasillo inferior, la que siempre estaba cerrada con llave y conducía al cuarto de Lili.

—¿Por qué esa puerta siempre está bajo llave? —preguntó con una sospecha que me hizo sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies. —Es… es un área en remodelación, señora —mentí, sintiendo el sudor frío en mi nuca—. Hay muebles viejos y materiales de construcción peligrosos. El Sr. Castellano no quiere que nadie entre por seguridad.

Victoria me miró fijamente durante lo que pareció una eternidad. Sus ojos eran como dos pozos negros sin fondo. Luego, sonrió. Fue la sonrisa de una serpiente justo antes de atacar.

—Remodelación, ¿eh? Qué extraño… porque cada vez que llamo a Marcos por la noche, juro escuchar pasos de alguien pequeño corriendo por ahí —dijo, y luego se dio la vuelta para seguir subiendo.

Me quedé allí, congelada en medio del vestíbulo, sabiendo que el secreto que protegía con mi vida estaba a punto de estallar en mil pedazos. La tormenta no se acercaba; la tormenta ya estaba adentro.

CAPÍTULO 3: LA TRAICIÓN TIENE PRECIO

Victoria Román no era una mujer que se dejara engañar fácilmente; ella había crecido en el nido de serpientes de la mafia y sabía oler un secreto a kilómetros de distancia. Mientras caminaba por los pasillos de la hacienda en Valle de Bravo, su mente no estaba en la boda, sino en esa puerta de roble que yo tanto protegía.

Mandó llamar a Carlo Benedetti, el jefe de seguridad de la mansión. Carlo era un hombre alto y robusto, pero con ojos que delataban su verdadera naturaleza: era una rata que podía ser comprada si el precio era el adecuado. Victoria lo sabía. Ella conocía perfectamente que él tenía una deuda de juego impagable de dos millones de dólares en los casinos de Macao.

—Dime qué esconde Marcos en el ala este —le ordenó Victoria mientras deslizaba sobre la mesa un documento de transferencia bancaria por esos mismos dos millones.

Carlo dudó. Sabía que traicionar a Marcos Castellano era firmar su propia sentencia de muerte, pero el miedo a los cobradores que lo buscaban para matarlo fue mayor.

—Es una niña —susurró Carlo, bajando la voz como si las paredes pudieran escucharlo. —Se llama Lili. Es la hija de cinco años del patrón. La tuvo con una enfermera que murió en el parto y la ha mantenido oculta de todos.

El rostro de Victoria se transformó. La máscara de elegancia se rompió para dejar ver una furia primitiva. Marcos le había ocultado una hija durante dos años de compromiso. En su mente retorcida, esa niña no era una persona, era un “error” que manchaba su futuro imperio.

CAPÍTULO 4: UN PACTO CON EL DIABLO

Sin perder un segundo, Victoria sacó su teléfono y marcó a su padre, Don Salvador Román. Salvador era un hombre cuya risa sonaba como hojas secas crujiendo bajo las botas, un hombre que veía la vida solo en términos de poder y territorio.

—Padre, encontré la debilidad de Marcos —dijo ella con una voz tan fría como el acero. —Tiene una hija secreta aquí en la hacienda. Nadie lo sabe.

Salvador soltó una carcajada seca. Para él, esto no era una tragedia familiar, era la oportunidad perfecta para dar un golpe de estado y tomar el control total del imperio Castellano.

—Destruye ese error, Victoria —ordenó Salvador desde el otro lado de la línea. —Úsala como palanca. Si Marcos no nos entrega todo su poder, nunca volverá a ver a su hija. Enviaré a mis hombres a Valle de Bravo en dos horas. No dejes que Marcos regrese hasta que hayamos terminado.

Victoria colgó y sacó una daga de plata de su bolso. La hoja brillaba bajo la luz de la habitación, reflejando la locura que ahora gobernaba sus ojos. Ya no solo quería el trono; quería eliminar a cualquiera que se hubiera atrevido a guardar ese secreto, incluyéndome a mí, la “simple sirvienta” de ojos tristes.

CAPÍTULO 5: EL SACRIFICIO DE ROSA

Media hora después, el caos se desató en el ala este. Victoria no llegó sola; traía a Carlo y a cuatro guardias que ya habían sido comprados con su dinero. Los hombres leales a Marcos habían sido sometidos y encerrados en las bodegas traseras para no dejar testigos.

—¡Tiren la puerta abajo! —gritó Victoria.

Dos hombres dispararon directamente a la cerradura de la puerta de roble. El estruendo de los disparos retumbó por toda la mansión, rompiendo la paz que tanto nos había costado construir. Pero justo cuando la puerta cedió, alguien bloqueó el camino: era Rosa, la cocinera.

Rosa, que había cargado a Lili desde bebé y que amaba a esa niña como a su propia nieta, abrió los brazos frente a la entrada.

—¡No pasará! —gritó la anciana con una valentía que me heló el corazón—. El patrón lo prohibió. ¡Por favor, no haga algo de lo que se arrepienta!.

Victoria ni siquiera se inmutó. Miró a la anciana como si fuera una hormiga estorbando el paso de un elefante. Con un simple gesto de cabeza, le dio la orden a Carlo. Carlo dio un paso adelante y golpeó a Rosa en la cabeza con la culata de su arma.

Vi a Rosa caer al suelo, inconsciente, mientras la sangre empezaba a manchar su cabello canoso. Yo estaba dentro del cuarto secreto con Lili, escuchándolo todo. Mi corazón se detuvo. Lili me abrazaba con fuerza, preguntándome por qué había ruidos tan fuertes.

—Shhh, princesa —le dije, aunque mi propio cuerpo no dejaba de temblar—. Tenemos que escondernos muy bien.

CAPÍTULO 6: LA ÚLTIMA MURALLA

No hubo escapatoria. El cuarto secreto había sido diseñado para esconderse, no para huir. Los pasos pesados de los guardias se escuchaban justo afuera, tirando libros y muebles mientras buscaban el mecanismo de apertura.

Hubo un clic metálico y la estantería se deslizó. La luz inundó nuestro escondite y ahí estaba ella: Victoria, con sus tacones resonando como tambores de muerte. Cuando vio que yo estaba protegiendo a Lili con mi propio cuerpo, una mirada de locura absoluta cruzó su rostro.

—Quítate, gata barata —ordenó Victoria—. Quiero verle la cara a ese bastardo.

—No voy a dejar que la toque —respondí. Mi voz ya no temblaba. Algo dentro de mí, algo que había estado dormido tras años de abusos y miedo, finalmente despertó.

Carlo me arrancó a Lili de los brazos mientras yo gritaba de agonía, como si me estuvieran arrancando un pedazo de carne. Victoria tomó a la niña por la barbilla, forzándola a mirarla, y sacó su daga.

—Voy a extirpar este error de la vida de Marcos —siseó.

En ese instante, me solté del agarre de Carlo con una fuerza que no sabía que tenía y me puse entre la daga y la niña.

—Mátame a mí si quieres, pero a ella no le pones una mano encima —la reté, mirando directamente a los ojos del demonio.

Carlo me dio un puñetazo en el estómago que me dobló de dolor, y luego otro en la cara que me hizo escupir sangre. Pero me levanté. Me pateó las costillas y escuché el crujido de mis propios huesos, pero volví a ponerme de pie. No podía caer. Yo era la última muralla entre un monstruo y un ángel.

CAPÍTULO 7: EL GRITO DE AUXILIO

Victoria, irritada por mi resistencia, decidió que no valía la pena ensuciarse más las manos en ese momento. Ordenó que nos bajaran al sótano de almacenamiento. Mientras nos arrastraban por el pasillo, mis piernas fallaban por la pérdida de sangre, pero vi algo en la mesita de noche de Lili: el teléfono de emergencia que Marcos me había dado.

Fingí tropezarme y caí al suelo, arrastrando a Lili conmigo. En ese segundo de distracción del guardia, alcancé el teléfono oculto y lo deslicé en mi bolsillo.

Nos aventaron al sótano frío y húmedo, cerrando la pesada puerta de hierro tras nosotras. En la oscuridad total, saqué el aparato. Mis dedos manchados de sangre marcaron el único número guardado.

—¿Diga? —la voz de Marcos sonó fría y autoritaria al otro lado.

—Marcos… por favor… venga a casa —susurré, ahogando un sollozo—. Victoria está aquí. Encontró a Lili. Dice que va a matarla. Estamos en el sótano… no sé cuánto tiempo más pueda aguantar.

El silencio que siguió fue aterrador. Pero antes de que pudiera decir más, la puerta se abrió de golpe. Victoria me arrebató el teléfono y lo estrelló contra el concreto hasta que quedó hecho pedazos.

—Marcos ya lo sabe, pero no importa —gritó ella con una sonrisa triunfal—. Está en la ciudad. Tardará al menos dos horas en llegar, y para entonces, ya habré terminado con ustedes.

CAPÍTULO 8: CICATRICES BAJO LA LUNA

Victoria se fue, dejándonos solas de nuevo. Me senté contra la pared helada y atraje a Lili hacia mí. Había rasgado mi propia camisa para vendar la herida de mi brazo, pero la sangre seguía brotando. Cada respiración me cortaba como una navaja por las costillas rotas.

—Tengo miedo, Sara —susurró Lili en la oscuridad.

—No tengas miedo, mi niña. Yo estoy aquí —le dije, y empecé a cantarle la misma canción que mi madre me cantaba antes de que nuestra vida se cayera a pedazos: “Estrellita, ¿dónde estás? Quiero verte titilar…”.

Mientras cantaba, recordé mi propia historia de dolor. Recordé a mi madre colapsando en la cocina, recordé a Ryan quemándome la muñeca con su cigarrillo mientras se reía. Toda mi vida había sido huir, ser una víctima, bajar la cabeza. Pero esa noche, en ese sótano de Valle de Bravo, entendí que todo mi sufrimiento me había preparado para esto. Si tenía que morir, moriría protegiendo lo único puro que me quedaba.

De pronto, el sonido de unos tacones regresó. La puerta se abrió y Victoria entró con una barra de hierro en la mano.

—Dime dónde está la caja fuerte de Marcos y cuál es la clave —rugió, descargando la barra sobre mi pierna con una fuerza brutal.

Grité hasta quedar ronca, pero no solté una palabra. Victoria me golpeó una, dos, tres veces. Mi cuerpo era un mapa de dolor, pero mi alma estaba intacta. La miré a los ojos, con la cara bañada en sangre, y sonreí.

—Ella tiene algo que tú nunca vas a tener, Victoria —le dije entre dientes—. Ella tiene el amor de su padre. Tú solo eres un contrato de negocios. Una transacción.

Victoria aulló como un animal herido y levantó la barra para darme el golpe final. Pero en ese momento, un sonido atronador sacudió toda la mansión. No era un trueno. Era el motor de un helicóptero aterrizando en el jardín principal.

El diablo había vuelto a casa.

CAPÍTULO 9: EL REGRESO DE LA MUERTE SILENCIOSA

El helicóptero aterrizó en el césped de la hacienda como un heraldo del apocalipsis. Marcos Castellano saltó de la cabina antes de que los patines tocaran el suelo, seguido por 15 de sus mejores hombres con los rostros tallados en hielo. Durante todo el vuelo desde la Ciudad de México, solo una cosa se repetía en su mente: mi voz suplicando por la vida de su hija.

Marcos no llamó a la puerta; la derribó de una patada que hizo que las bisagras explotaran como pólvora. Entró al vestíbulo como una fuerza de la naturaleza, con sus ojos color tormenta buscando a la mujer que había osado profanar su hogar. Victoria estaba allí, tratando de mantener una sonrisa cínica que se desmoronó al ver que no venía un hombre, sino un monstruo sediento de sangre.

—¿Dónde está mi hija? —su voz era un trueno que parecía emerger desde las mismas profundidades del infierno.

Victoria intentó ordenar a Carlo que disparara, pero Marcos fue más rápido. Un solo disparo certero desarmó al traidor, dejándolo en el suelo aullando de dolor. Marcos tomó a Victoria por el cuello, levantándola del suelo hasta que su rostro se puso morado y sus ojos rodaron hacia atrás. Solo cuando ella balbuceó que estábamos en el sótano, la soltó como si fuera basura.

Bajó las escaleras del sótano de tres en tres, con el corazón martilleando contra sus costillas. Cuando derribó la puerta de hierro de nuestra celda, el olor a sangre lo golpeó primero. Allí estábamos nosotros, en un rincón oscuro: yo, rota y bañada en mi propia sangre, pero envolviendo a Lili en un abrazo que ni la muerte podría romper.

Al verme, vi algo quebrarse dentro de ese hombre de piedra. Se arrodilló frente a mí y me acarició la mejilla con dedos temblorosos. —Casi mueres por ella —susurró con una voz que se quebraba. —Lo haría mil veces más —le respondí antes de que la oscuridad me venciera por un momento mientras él me cargaba en sus brazos como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

CAPÍTULO 10: LA DANZA DE LAS SOMBRAS

Marcos nos llevó a la bóveda de seguridad, el lugar más inexpugnable de la mansión. Mientras el Dr. Chen me atendía y Lili dormía por fin segura, el teléfono de Marcos volvió a sonar. Era Salvador Román, el padre de Victoria, llamando para fanfarronear sobre el ejército de 30 camionetas que ya rodeaba la propiedad.

—Ríndete, sobrino —dijo Salvador con arrogancia—. Mis hombres tienen la orden de no dejar piedra sobre piedra.

Marcos sonrió, pero no era una sonrisa de alegría, sino la de un lobo que sabe que la trampa ya está cerrada. Ordenó apagar todas las luces de la hacienda. La oscuridad se convirtió en su aliada. Los hombres de Román entraron confiados con sus linternas, sin saber que estaban caminando hacia su propia tumba.

Marcos se movió entre las sombras como un fantasma. El primer guardia cayó sin emitir un sonido cuando una hoja cruzó su garganta. El segundo y el tercero cayeron antes de que sus compañeros se dieran cuenta de que la muerte caminaba a su lado. Fue una sinfonía de brutalidad y precisión que duró minutos eternos.

En el salón principal, Marcos se encontró cara a cara con Carlo, el traidor que había vendido la vida de Lili por dos millones de dólares. —¿Cuánto vale la vida de una niña, Carlo? —le preguntó Marcos mientras lo desarmaba con una técnica brutal. —Dos millones eran suficientes para empezar de nuevo —gimió el traidor. —Entonces gástalos en el infierno —sentenció Marcos antes de apretar el gatillo.

CAPÍTULO 11: JAQUE MATE EN VALLE DE BRAVO

Finalmente, Salvador Román entró triunfante a la mansión con sus guardias de élite, creyendo que la victoria era suya. Se burló de Marcos, diciéndole que había perdido su imperio y su casa. Pero Marcos solo pronunció una palabra que cambió el curso de la historia: “Cavalieri”.

De la nada, desde las vigas, los pasillos y las ventanas rotas, aparecieron 25 figuras vestidas de negro con visores nocturnos y punteros láser rojos apuntando directamente al corazón de cada soldado de Román. Era la guardia pretoriana de los Castellano, hombres entrenados desde niños para proteger el linaje.

Salvador palideció al ver los puntos rojos bailando en su pecho. —No te mataré, Salvador —le dijo Marcos, acercándose hasta quedar a centímetros de su cara—. Haré algo peor. Te quitaré todo lo que tienes en Nueva York y Atlantic City. Te expulsaré de este país como a un perro callejero. Y tu hija… si vuelve a pisar suelo mexicano, recibirás su cabeza en una caja.

Victoria fue arrastrada fuera, gritando y maldiciendo, con el rostro hinchado por el golpe que Marcos le dio como “regalo” por haber tocado a su hija. Los Román se perdieron en la noche, derrotados y humillados por un hombre que puso el amor por encima del poder.

CAPÍTULO 12: UN NUEVO AMANECER

Un mes después, el sol de primavera brillaba sobre la hacienda reconstruida. Yo estaba en el jardín viendo a Lili jugar, con una cicatriz en mi brazo que ahora llevaba con orgullo; era la marca de mi valentía.

Marcos me llamó a su oficina. Su rostro estaba serio, casi frío. —Sara, no puedo seguir teniéndote aquí como empleada —dijo tajante. —Estás despedida.

Sentí que el mundo se me venía abajo. Pensé en mi madre, en Daniel, en el miedo de volver a la pobreza. Pero entonces, Marcos caminó hacia mí y tomó mi barbilla con la misma ternura con la que me rescató en el sótano.

—No quiero una sirvienta que dispare a mis enemigos y me quite el sueño —susurró—. Quiero a la dueña de esta casa.

Sacó una cajita de terciopelo con un diamante que brillaba con la pureza de nuestra nueva vida. Me pidió que fuera su compañera, no por habernos salvado, sino porque yo le había enseñado a ser un hombre de nuevo.

Lili entró corriendo y nos abrazó a los dos, gritando de alegría porque por fin tendría la familia que siempre soñó. En ese momento comprendí que cada cicatriz, cada lágrima y cada noche de hambre me habían traído hasta aquí. Porque a veces, la luz más brillante solo se encuentra después de caminar por la oscuridad más profunda.

LA REGLA DEL CORAZÓN: ENTRE EL PODER Y EL PERDÓN

CAPÍTULO 1: EL PESO DE UNA CORONA DE DIAMANTES

La vida en la hacienda de Valle de Bravo había cambiado radicalmente, pero para Sara Olvera, el silencio de los pasillos aún guardaba ecos de disparos y gritos. A sus 27 años, Sara ya no vestía el delantal blanco de sirvienta. Ahora, un anillo de diamantes refinado y elegante adornaba su dedo, simbolizando su transición de “nadie” a la futura dueña del imperio Castellano.

Sin embargo, las cicatrices no desaparecen solo porque el entorno mejore. Sara aún despertaba a las 5 de la mañana, un hábito arraigado en sus años de servidumbre y lucha por sobrevivir. A veces, se sorprendía a sí misma cubriendo con la manga la marca de cigarrillo en su muñeca, aquel “regalo” de su abusivo exnovio Ryan que le recordaba constantemente de dónde venía.

Marcus, a sus 37 años, observaba a su prometida desde las sombras del pasillo. El hombre conocido como la “Muerte Silenciosa” había construido su imperio sobre el miedo, pero Sara era la única persona que lo hacía querer ser un hombre mejor. Sus ojos, del color de una tormenta, se suavizaban solo cuando la veía a ella o a Lili, su hija de 5 años que ahora podía correr libremente por la casa sin ser un secreto oculto.

Puntos clave de su nueva realidad:

  • Seguridad absoluta: La hacienda ahora estaba custodiada por los Cavalieri, la élite que juró proteger el linaje Castellano.

  • Salud familiar: Las deudas médicas de su madre y el tratamiento de Daniel para la leucemia ya no eran una carga, sino una prioridad resuelta por Marcus.

  • El estigma social: A pesar de su nuevo estatus, Sara sentía las miradas de los antiguos socios de Marcus, quienes no veían a una heroína, sino a una “gata” que escaló posiciones.

CAPÍTULO 2: EL ECO DE LOS ROMANO

Aunque Victoria Román había sido expulsada y enviada de regreso a Sicilia, el veneno de su familia aún persistía en el aire de la Ciudad de México. Salvador Román, derrotado pero humillado, había aceptado retirarse, pero los Castellano sabían que en el mundo de los monstruos, la venganza es un plato que se cocina a fuego lento.

Una noche, mientras Marcus revisaba documentos en su oficina, Sara entró con una taza de café. Él notó que ella estaba inusualmente pálida. —¿Qué pasa, Sara? —preguntó él, su voz grave resonando en la habitación. —Recibí una llamada —susurró ella. —Era un número privado. Solo dijeron: “Las cicatrices nunca cierran del todo”.

Marcus se puso de pie instantáneamente. Su instinto protector, aquel que lo llevó a cruzar el estado en helicóptero para salvarla, se encendió de nuevo. Él sabía que Sara era valiente; la había visto disparar contra la hija de un Don para proteger a Lili. Pero también sabía que ella era “gentil”, una mujer que lloraba con películas tristes y que no merecía vivir con miedo.

CAPÍTULO 3: EL EVENTO EN EL CLUB DE GOLF

Para legitimar la posición de Sara, Marcus organizó una gala benéfica en un exclusivo club de golf en la Ciudad de México. Era su presentación oficial ante la alta sociedad y las familias del submundo que aún dudaban de su unión.

Sara llevaba un vestido color esmeralda que resaltaba su belleza natural, pero se sentía como una impostora. Recordaba cuando trabajaba tres empleos a la vez solo para pagar el alquiler de departamentos baratos que terminaban quemados por acreedores.

  • El encuentro: Entre los invitados apareció un antiguo aliado de los Román, un hombre llamado Sergio, quien intentó intimidar a Sara cuando Marcus se alejó para hablar con sus capitanes.

  • La provocación: “Te ves muy bien, Sara. Casi olvidas el olor a detergente y el miedo a los golpes, ¿verdad?”, siseó Sergio, mirando la cicatriz en su muñeca.

  • La respuesta: Sara no bajó la cabeza. Recordó el momento en el sótano, cuando se interpuso entre una daga y Lili. “El olor a detergente se quita”, respondió ella con una calma que sorprendió al hombre, “pero la cobardía de amenazar a una mujer es algo que te acompañará siempre”.

Marcus, que observaba desde lejos, sintió un orgullo inmenso. Ella ya no era la sirvienta que se escondía en las sombras; era la mujer con el corazón más valiente que había conocido.

CAPÍTULO 4: LA PROMESA DE LILI

Mientras tanto, en la hacienda, Lili jugaba con Rosa, la cocinera que se había recuperado de sus heridas. Para la niña, Sara no era una madrastra, era la persona que la había defendido de los “monstruos” y que le cantaba por las noches en la oscuridad de un sótano.

Lili había hecho un dibujo para Sara: una princesa con un delantal y una corona, protegiendo a una niña pequeña. Cuando Sara regresó de la gala y vio el dibujo sobre su almohada, rompió a llorar. Pero esta vez, no eran lágrimas de dolor o de deuda, sino de pertenencia.

Marcus la encontró así y la rodeó con sus brazos. —Hice una promesa en ese sótano, Sara —le dijo al oído. —Dije que volvería por Lili y por ti. Y ahora te prometo que nadie, ni los Román ni los fantasmas de tu pasado, volverán a tocarte.

Reflexión final de la historia: Sara comprendió que su valor no venía del anillo en su dedo ni de la mansión donde vivía, sino de su capacidad de amar y proteger a pesar de haber sido rota mil veces. En el mundo de los Castellano, donde el poder se medía en balas y territorios, ella había introducido la moneda más valiosa de todas: la lealtad nacida del corazón.

LA SANGRE NO ES AGUA (PERO TAMBIÉN SE PUDRE)

Capítulo 1: Fantasmas que no pagan renta

La gente cree que cuando te casas con el diablo, lo más difícil es acostumbrarte al olor a azufre. Pero la neta, lo más cabrón es acostumbrarte a la paz. Han pasado seis meses desde que Marcos Castellano, “La Muerte Silenciosa”, puso un anillo de tres quilates en mi dedo y le partió la madre a medio cártel para salvarme. Seis meses desde que dejé de ser la sirvienta que fregaba pisos para convertirme en la señora de la casa.

Pero el miedo es como una mancha de humedad en la pared: pintas encima, pero sigue ahí, pudriendo el yeso.

Eran las 8 de la noche y la hacienda en Valle de Bravo estaba en silencio, ese silencio caro que solo el dinero y quince guardias armados pueden comprar. Estaba en la terraza, viendo cómo la lluvia golpeaba los cristales blindados. Lili ya estaba dormida; le había leído tres cuentos porque la chamaca salió igual de terca que su padre y no se duerme hasta que el dragón se muere o la princesa gana.

—Te ves tensa, malyshka —la voz de Marcos me hizo saltar. A veces se me olvida que puede caminar sin hacer ruido, como si flotara.

Me abrazó por la espalda. Su calor era lo único que me quitaba el frío de los huesos.
—No es nada —mentí, recargándome en su pecho—. Solo pensaba en la boda. Faltan dos semanas y siento que algo va a salir mal. Ya sabes, que se caiga el pastel o que mi vestido se rompa.

Marcos soltó una risa grave que me vibró en la espalda.
—Si el pastel se cae, compro la pastelería y hago que horneen otro en diez minutos. Si el vestido se rompe, quemo al diseñador. Relájate, Sara. Nadie toca lo que es mío.

Me giré para besarlo, para perderme en esos ojos de tormenta que ahora me miraban con devoción. Pero el momento se rompió cuando las luces de seguridad del portón principal parpadearon en rojo. El intercomunicador de la pared chilló.

—Patrón —dijo la voz de Carlo (el nuevo jefe de seguridad, no el traidor, gracias a Dios)—. Tenemos una situación en la puerta tres. Un civil. Dice que es familia de la señora Sara.

Sentí que la sangre se me iba a los talones. Mi mamá seguía en la clínica de rehabilitación, recuperándose del derrame. Daniel estaba en su internado en Suiza, pagado por Marcos. No tenía más familia.

—¿Quién es? —preguntó Marcos, y su voz cambió en un segundo. Ya no era mi prometido; era el jefe.

—Dice que se llama Rogelio Olvera. Dice que es su padre.

El nombre me golpeó como un puñetazo en la boca del estómago. Rogelio. El hombre que nos dejó con una deuda millonaria y un “ahí se ven” escrito en una servilleta. El cabrón que me enseñó que los hombres que dicen amarte son los primeros que te venden.

—No lo dejes entrar —dije rápido, casi gritando—. ¡Que se largue!

Pero Marcos me miró, analizando mi pánico. Él sabía todo de mí: mis cicatrices, mis deudas, mis miedos. Pero nunca había visto al origen de todo eso.
—Déjalo pasar —ordenó Marcos al intercomunicador—. Llévenlo al despacho. Y revísenlo hasta los dientes. Si trae un micrófono o un arma, le cortan las manos antes de que entre.

—Marcos, no… —supliqué, agarrándolo del brazo—. No sabes quién es. Es veneno, wey. Neta, es veneno.

Marcos me tomó la cara con sus manos grandes y ásperas.
—Nadie entra a mi casa a hacernos daño, Sara. Pero si ese hombre te hizo daño en el pasado, quiero verle la cara antes de decidir si lo entierro en el jardín o lo echo a los perros. Vamos.


Capítulo 2: La apuesta del perdedor

El despacho de Marcos olía a cuero viejo y tabaco caro. Sentado en la silla de visitas, que parecía un trono en comparación con las sillas de plástico que solíamos tener, estaba él. Se veía más viejo, más acabado. Tenía la piel curtida por el sol y esa mirada huidiza de perro callejero que espera una patada. Llevaba un traje barato que le quedaba grande y olía a alcohol barato y mentas para disimular.

Cuando entramos, se levantó tambaleándose.
—Sarita… mi niña —dijo, abriendo los brazos con una sonrisa que le faltaba un diente—. Mírate nada más. Toda una reina.

Me quedé parada junto a Marcos, rígida como una tabla. Quería escupirle. Quería llorar. Quería preguntarle por qué nos dejó cuando mamá no podía ni moverse.
—No te acerques —dije, y mi voz salió más fría de lo que esperaba. Tal vez se me estaba pegando algo de los Castellano—. ¿Qué haces aquí, Rogelio?

Él bajó los brazos, haciéndose la víctima. Era un experto en eso.
—Supe lo de tu boda… vi las fotos en las revistas. Solo quería ver a mi hija. Saber que estás bien. Tu mamá no me contesta las llamadas y…

—Porque mi mamá casi se muere por tu culpa —lo corté, sintiendo la rabia subirme por la garganta—. Nos dejaste con una deuda de cuatro millones, cabrón. Tuvimos que vender todo. Tuve que trabajar limpiando mierda para que no mataran a Daniel. ¿Y vienes ahora, cuando ves que tengo dinero?

Marcos no dijo nada. Solo se recargó en su escritorio, cruzando los brazos, observando a mi padre como un depredador observa a una presa coja. Esa calma era más aterradora que cualquier grito.

—Cometí errores, hija, lo sé —dijo Rogelio, y vi lágrimas en sus ojos. Lágrimas de cocodrilo, pensé, pero una parte estúpida de mí, la parte que todavía era una niña abandonada, dudó—. Pero he cambiado. Estoy enfermo, Sarita. El hígado… ya no me queda mucho. Solo quería pedirte perdón antes de irme. No quiero dinero. Te lo juro por la virgencita. Solo quiero… no morir solo.

El silencio en la habitación pesaba toneladas. Marcos se despegó del escritorio y caminó hacia él. Rogelio tembló visiblemente.
—Señor Olvera —dijo Marcos con una cortesía helada—. Mi prometida ha sufrido mucho. Si descubro que esto es una mentira, o una estafa, voy a hacer que desee haber muerto de ese fallo hepático hace años. ¿Me entiende?

Rogelio asintió frenéticamente. —Lo entiendo, señor Castellano. Es usted un gran hombre. Gracias por cuidar de mi niña.

Marcos me miró, dejándome la decisión final. Podía echarlo. Podía decirle a los guardias que lo sacaran a patadas. Pero ahí estaba, un viejo patético y enfermo. Era mi sangre, por más podrida que estuviera.

—Te puedes quedar en la casa de huéspedes —dije, sin mirarlo—. Pero no te acerques a la casa principal. Y mucho menos a Lili. Si das un paso en falso, te vas.

Rogelio lloró, agradeciendo al cielo. Yo solo sentí náuseas. Salí del despacho sin esperar a Marcos, sintiendo que acababa de invitar al vampiro a entrar en mi casa.


Capítulo 3: El caballo de Troya

Los siguientes días fueron una tortura china. Rogelio se comportaba como el padre perfecto que nunca fue. Ayudaba a los jardineros, se mantenía alejado de la casa principal como le ordené y, para mi horror, le cayó bien a Lili.

Un martes por la tarde, los encontré en el jardín. Él le estaba enseñando a hacer trucos de magia con monedas. Lili reía, esa risa de cascabel que me alegraba la vida, pero esta vez me heló la sangre.

—¡Sara, mira! —gritó Lili—. ¡El abuelo Rogelio hizo desaparecer la moneda!

“Abuelo”. La palabra me supo a ceniza. Corrí hacia ellos y jalé a Lili detrás de mí.
—Te dije que no te le acercaras —le siseé a mi padre.

—Solo jugábamos, hija —dijo él, levantando las manos—. Es una niña encantadora. Se parece a ti a su edad.

Esa noche, Marcos llegó tarde. Traía esa cara de “no me hables o disparo” que ponía cuando los negocios con los rusos se complicaban. Se sirvió un whisky doble y me miró.
—Tu padre ha estado haciendo preguntas —dijo sin preámbulos.

—¿Qué? —dejé el libro que estaba fingiendo leer.

—Le preguntó a los guardias sobre los turnos de cambio. Le preguntó a Rosa a qué hora se apagan las alarmas perimetrales. Dice que es “curiosidad de viejo”, que le impresiona la seguridad. Pero a mí no me gusta.

Sentí un nudo en el estómago.
—Es un jugador, Marcos. Seguro está buscando qué robarse. Un reloj, plata, algo para vender. Lo voy a echar mañana.

—No —Marcos tomó un trago, sus ojos brillando peligrosamente—. Vamos a dejar que juegue. Quiero ver quién tiene los hilos. Un hombre como él no llega hasta mi puerta solo. Alguien le pagó el boleto, Sara. Y voy a averiguar quién.

Me sentí sucia. Mi propio padre. ¿Era posible que no solo fuera un mal padre, sino un traidor?
—Voy a hablar con él —dije, levantándome.

—Sara, no… —intentó detenerme Marcos.

—Necesito saberlo, Marcos. Necesito verlo a los ojos.

Fui a la casa de huéspedes bajo la lluvia. Entré sin tocar. Rogelio estaba hablando por un teléfono desechable, susurrando. Cuando me vio, colgó de golpe y escondió el aparato bajo la almohada.

—¿Con quién hablabas? —pregunté, cerrando la puerta tras de mí.

—Con… con el doctor. Sobre mis medicinas.

—¡Mentira! —grité, y por primera vez en mi vida, no le tuve miedo—. ¡Enséñame el teléfono!

Se levantó, y ya no había rastro del viejo enfermo. Su mirada era dura, calculadora. La misma mirada que tenía cuando apostaba el dinero de la comida en las carreras.
—No te conviene, Sarita. Vete a tu mansión y déjame en paz.

Me abalancé sobre él para quitarle el teléfono. Forcejeamos. Él era más fuerte de lo que parecía. Me empujó contra la pared y sentí un golpe seco en la cabeza.
—¡Eres una estúpida! —me gritó—. Siempre fuiste una estúpida sentimental. ¿Crees que ese mafioso te quiere? Eres su juguete. Pero yo… yo voy a salir de pobre esta noche.

Sacó una pistola que debía haber robado o escondido. Me apuntó al pecho.
—Los de Sinaloa pagan muy bien por la cabeza de Castellano, hija. Y tú me vas a ayudar a abrirles la puerta.


Capítulo 4: La sangre derramada

El mundo se detuvo. Sinaloa. Los enemigos mortales de Marcos. Mi padre no solo venía a robar; venía a vender a mi familia para que los masacraran.

—¿Cómo pudiste? —susurré, sintiendo las lágrimas calientes en las mejillas—. Es tu nieta, Rogelio. Lili está ahí.

—Esa escuincla no es nada mío —escupió él—. Y tú… tú me debes esto. Por todos los años que te mantuve. ¡Camina!

Me sacó de la casa de huéspedes con el cañón de la pistola clavado en mis costillas. La lluvia caía a cántaros, ocultando nuestras lágrimas y el pecado. Me obligó a caminar hacia la caseta de control de seguridad lateral, la que estaba menos vigilada.

—Vas a poner tu huella en el escáner y vas a desactivar la cerca eléctrica del sector oeste —ordenó—. Tienen a tres camionetas esperando en el bosque. Si no lo haces, te juro que le meto un tiro a la primera persona que vea.

Mi mente corría a mil por hora. Marcos estaba en el despacho. Lili en su cuarto. Los guardias estaban en sus puestos, pero si entraban por sorpresa por el sector oeste, llegarían directo a las habitaciones.

Llegamos a la caseta. El guardia de turno, un chico joven llamado Beto, nos vio entrar y se puso de pie, sorprendido.
—¿Señora Sara? ¿Señor?

¡Bang!

Rogelio disparó sin dudar. Beto cayó con un agujero en la frente. Grité, pero el sonido se ahogó con el trueno. Mi padre acababa de matar a un inocente. Ya no había vuelta atrás.

—¡Hazlo! —me gritó, empujándome hacia el panel de control manchado de sangre—. ¡Desactívalo o el siguiente es tu maridito!

Mis manos temblaban tanto que apenas podía atinarle al panel. Puse mi dedo en el lector. La luz verde parpadeó.
Acceso concedido.
Opciones: Desactivar perímetro.

Miré la pantalla. Miré a mi padre, ese desconocido con ojos de loco. Pensé en Marcos, que me había salvado del infierno. Pensé en Lili, durmiendo con su dragón de peluche.
“La regla de oro”, pensé. “Protege a la familia”.

Presioné el botón. Pero no el de desactivar. Presioné el botón de Pánico Silencioso – Código Rojo.

—Ya está —dije, girándome hacia él con las manos en alto—. Ya está abierto.

Rogelio sonrió, una sonrisa macabra. Sacó el teléfono y marcó.
—Entren. El camino está libre.

Pero en lugar de ver luces de camionetas bajando por la colina, lo que escuchamos fue un sonido mecánico, pesado y aterrador. Las persianas de acero de la casa principal se cerraron de golpe. Las luces de todo el jardín se encendieron, convirtiendo la noche en día. Y de los arbustos, del techo, de la nada, surgieron veinte puntos láser rojos que aterrizaron directamente en el pecho de mi padre.


CAPÍTULO 5: LA SANGRE NO ES AGUA, ES VENENO

El sonido de la traición no fue un disparo, ni un grito. Fue el zumbido eléctrico y grave de los generadores de emergencia activándose al unísono, un rugido mecánico que hizo vibrar el suelo bajo nuestros pies. En cuestión de segundos, la oscuridad protectora de la lluvia fue aniquilada. Diez, veinte, cincuenta reflectores halógenos de alta potencia se encendieron simultáneamente desde los muros perimetrales, bañando el jardín oeste con una luz blanca, cegadora y clínica.

Rogelio, mi padre, soltó el teléfono como si le quemara la piel. Su rostro, iluminado por esa luz artificial, pasó de la euforia codiciosa a un terror primitivo en lo que tarda un corazón en latir.

—¿Qué… qué hiciste? —balbuceó, retrocediendo hasta chocar con la pared de la caseta de seguridad. Sus ojos, inyectados en sangre y pánico, buscaban una salida que ya no existía.

No le respondí. No podía. Mi mirada estaba fija en el punto rojo que bailaba justo sobre el nudo de su corbata barata. Y luego otro en su frente. Y otro en su mano derecha. Eran luciérnagas de muerte. De entre los arbustos de camelias, desde las ramas de los robles centenarios y sobre el techo de la casa de huéspedes, las sombras cobraron vida. Los Cavalieri, la guardia de élite de Marcos, emergieron no como soldados, sino como espectros. No gritaban órdenes, no hacían ruido. Solo estaban ahí, con sus rifles de asalto AR-15 levantados, formando un círculo perfecto de ejecución.

—Tiraste los dados, Rogelio —susurró una voz que cortó la lluvia como una navaja de obsidiana.

Marcos Castellano salió de la oscuridad, caminando tranquilamente por el sendero de piedra. No llevaba paraguas. El agua empapaba su camisa blanca de seda, pegándola a su pecho musculoso, y el cabello negro se le pegaba a la frente, pero él caminaba con la calma absoluta de quien es dueño del tiempo y de la muerte. En su mano derecha colgaba una pistola Sig Sauer, relajada, apuntando al suelo. No necesitaba apuntar. Tenía a veinte hombres para eso.

Rogelio cayó de rodillas, no por arrepentimiento, sino porque sus piernas simplemente dejaron de funcionar. El barro manchó sus pantalones de traje, completando la imagen de su degradación.

—¡Señor Castellano! —chilló mi padre, con la voz aguda por la histeria—. ¡Es un malentendido! ¡Ella me obligó! ¡Su mujer está loca, me trajo aquí a punta de pistola!

Marcos se detuvo a dos metros de nosotros. Ni siquiera miró a Rogelio. Sus ojos, esos ojos grises tormentosos que solían mirarme con ternura, ahora me escaneaban fríamente, buscando daños físicos. Vio la sangre de Beto, el guardia asesinado, salpicada en el dobladillo de mi vestido y en mis manos.

—¿Estás herida, Sara? —preguntó. Su tono era suave, pero tenía un filo peligroso subyacente.

Negué con la cabeza, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a abandonarme, dejándome con un frío que calaba hasta los huesos.
—No es mi sangre —dije, y mi voz sonó extraña, como si viniera de muy lejos—. Es de Beto. Él lo mató, Marcos. Le disparó a sangre fría solo porque nos saludó.

La mandíbula de Marcos se tensó. Un músculo saltó en su mejilla. Giró la cabeza lentamente hacia Rogelio, quien ahora estaba sollozando, con la cara pegada al lodo, arrastrándose hacia los zapatos italianos de mi prometido.

—¡No quería hacerlo! —suplicaba Rogelio, mezclando mocos y lágrimas—. ¡Estaba nervioso! ¡Tengo deudas, señor Castellano, usted sabe cómo es esto! ¡Los de Sinaloa me amenazaron! ¡Soy el padre de su mujer, por el amor de Dios, tenga piedad!

Marcos levantó la bota y, con un movimiento rápido y brutal, le pisó la mano a Rogelio, inmovilizándolo contra el suelo. El crujido de los dedos al romperse fue nauseabundo, seguido de un alarido que se ahogó bajo la lluvia.

—Tú no eres el padre de nadie —dijo Marcos con un asco profundo—. Un padre mataría por su hija, no la usaría como llave para abrirle la puerta a los lobos. Pensaste que Sara seguía siendo la niña asustada que abandonaste hace diez años. Pensaste que su lealtad hacia ti sería más fuerte que su instinto de supervivencia.

Marcos se agachó, agarrando a Rogelio por el cabello y obligándolo a mirarlo.
—Te equivocaste. Sara ya no es una Olvera. Es una Castellano. Y en esta casa, la lealtad se paga con la vida, y la traición… la traición se paga con algo mucho peor.

Marcos se levantó y se giró hacia mí. Extendió su mano, ofreciéndome la pistola Sig Sauer. El metal negro brillaba bajo los reflectores, pesado y definitivo.

—Es tu decisión, malyshka —dijo Marcos. Todo el mundo se detuvo. Los guardias contuvieron la respiración. La lluvia parecía caer más lenta—. Él mató a uno de mis hombres. Intentó vender a mi hija y a mi mujer a mis enemigos. Según mis leyes, debe morir aquí y ahora. Pero lleva tu sangre. Así que tú eres el juez y el verdugo.

Miré el arma. Luego miré a mi padre.
Ahí estaba el hombre que había dominado mis pesadillas durante años. El hombre cuya ausencia había definido mi vida, obligándome a trabajar hasta sangrar, a soportar humillaciones, a ver a mi madre marchitarse en una cama de hospital. Siempre lo había imaginado como un gigante, un monstruo poderoso que controlaba nuestro destino.

Pero bajo la luz cruda de los reflectores, solo veía a una rata mojada. Un hombre pequeño, patético y cobarde que temblaba de miedo.

—Sara… hija… —gimió Rogelio, viendo el arma en mi mano. Intentó sonreír, una mueca grotesca y desesperada—. Recuerda cuando te llevaba al parque… recuerda los helados… soy tu papá, Sarita. Tu sangre. No puedes hacerme esto. Me van a matar si me echas.

Di un paso hacia él. El arma pesaba en mi mano, pero no me temblaba el pulso.
—¿El parque? —repetí, y una risa amarga brotó de mi garganta—. ¿Te refieres a esa única vez que me llevaste porque mamá estaba trabajando doble turno para pagar tus deudas de juego? ¿O te refieres al día que me dejaste esperando en la escuela bajo la lluvia durante seis horas porque estabas borracho en una cantina?

Rogelio palideció.
—Era un enfermo, hija…

—No —lo corté, mi voz ganando fuerza, resonando en el patio—. Eres un parásito. Mataste a Beto, un chico de veinte años que tenía más honor en su dedo meñique que tú en toda tu miserable vida. Ibas a dejar entrar a los sicarios para que descuartizaran a Lili. A una niña de cinco años, Rogelio. ¡A tu propia nieta!

Le apunté a la cabeza.
Vi cómo se orinaba encima. El olor a amoníaco se mezcló con el olor a tierra mojada. Cerró los ojos, esperando el disparo.
Mi dedo acarició el gatillo. Sería tan fácil. Un movimiento de un milímetro y todo el dolor del pasado desaparecería. Vengaría a mamá, a Daniel, a Beto. Limpiaría el mundo de su suciedad.

Marcos me observaba en silencio, sin juzgar, esperando a ver en qué clase de mujer me convertiría esa noche.

Bajé el arma lentamente.

El silencio que siguió fue más pesado que el disparo. Rogelio abrió un ojo, incrédulo, respirando entrecortadamente.
—Gracias… gracias, hija, gracias… sabía que tenías buen corazón…

—Cállate —dije. Mi voz era hielo puro—. No te voy a matar, Rogelio. Porque matarte sería un regalo. Sería rápido. Y no quiero manchar mis manos, ni mi alma, ni la tierra donde juega mi hija con tu sangre sucia.

Me giré hacia Marcos y le devolví el arma. Él la tomó, y por primera vez esa noche, vi una sonrisa de orgullo feroz curvar sus labios. Entendió perfectamente lo que yo estaba decidiendo.

—Sáquenlo de aquí —ordené a los guardias, con una autoridad que no sabía que poseía hasta ese momento. Me quité el anillo de compromiso de mi dedo anular, ese diamante que valía una fortuna, y lo sostuve frente a la cara de mi padre—. Viniste por dinero, ¿no? Viniste a vender a tu hija por unos cuantos pesos.

Tiré el anillo al barro, justo frente a su cara.
—Ahí tienes. Cóbralo.

—¿Sara? —preguntó Rogelio, confundido—. ¿Me dejas ir?

—Te dejo ir —dije, y me acerqué a su oído para susurrarle su sentencia final—. Pero el código de seguridad que me hiciste desactivar… ya lo volvieron a cambiar. Las puertas están cerradas. Los de Sinaloa están ahí afuera, papá. Están en el bosque. Esperando que se abran las puertas. Esperando a que tú cumplas tu parte del trato.

Los ojos de Rogelio se desorbitaron al comprender la realidad.
—Cuando salgas por ese portón sin nosotros… cuando se den cuenta de que les fallaste y que los hiciste venir para nada… ellos te van a cobrar la deuda, Rogelio. Y los de Sinaloa no perdonan.

—¡No! ¡No, Sara, por favor! —gritó, intentando agarrarse de mis piernas—. ¡Mátame tú! ¡Mejor pégame un tiro aquí! ¡Ellos me van a despellejar vivo! ¡Sara!

Hice una señal a Carlo, el jefe de seguridad.
—Sáquenlo por la puerta lateral. Y asegúrense de que los “invitados” del bosque lo vean salir.

Dos guardias, enormes como montañas, levantaron a Rogelio como si fuera un muñeco de trapo. Él pataleaba, lloraba y aullaba mi nombre, una letanía de desesperación que se fue desvaneciendo mientras lo arrastraban hacia la oscuridad del perímetro exterior.

—¡Saraaaaaa! ¡Piedad!

Me quedé allí, bajo la lluvia, hasta que el último grito se extinguió, reemplazado por el sonido del viento en los árboles. Sabía lo que pasaría. Sabía que su final sería horrible. Pero no sentí culpa. Sentí… ligereza. Como si me hubieran quitado una mochila llena de piedras que llevaba cargando desde los siete años.

Marcos se acercó por detrás y me envolvió en sus brazos. Su calor fue un bálsamo.
—Eso fue más frío que cualquier bala, Sara —murmuró contra mi cabello—. Eres digna de esta corona.

Me giré y escondí mi cara en su pecho, permitiéndome temblar por fin.
—¿Soy un monstruo? —pregunté, con la voz quebrada.

Marcos me levantó el mentón, obligándome a mirarlo.
—No. Eres una reina protegiendo su castillo. Los monstruos somos nosotros, los que disfrutamos la violencia. Tú hiciste justicia.

Caminó hacia el barro, recogió el anillo de compromiso, lo limpió con su pañuelo de seda hasta que brilló de nuevo, inmaculado, y tomó mi mano izquierda.
—Te prometí una vida, Sara. Y te prometí que nadie volvería a hacerte daño. Ese hombre ya no existe. El pasado murió esta noche.

Deslizó el anillo en mi dedo.
—Ahora, vamos adentro. Lili sigue durmiendo y mañana tienes que probarte el vestido de novia.

Mientras caminábamos de regreso a la mansión, escuché a lo lejos, muy a lo lejos en el bosque, el sonido de un motor arrancando y luego, un grito seco y lejano. No me detuve. No miré atrás.
Entré en la casa, cerré la puerta blindada y puse el cerrojo.
Mi familia estaba a salvo. Y por primera vez en mi vida, supe exactamente quién era yo.

FIN 

 

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