PARTE 1: EL REY DESCALZO Y LA TORRE DE MARFIL
Capítulo 1: Piezas Rotas en la Alameda
Mateo caminaba con la mirada fija en el suelo de adoquín de la Alameda Central, cuidando de no pisar chicles viejos ni vidrios rotos con sus pies descalzos. Sus suelas, curtidas por el asfalto caliente de la Ciudad de México y el frío de las mañanas en la vecindad, ya casi no sentían dolor, pero su corazón sí. En sus brazos, apretado contra su pecho como si fuera un recién nacido, llevaba un viejo tablero de ajedrez plegable.
No era un tablero cualquiera. Era la obra maestra de su abuelo Jorge, tallado a mano en madera de palo fierro que había traído de Sonora años atrás. Cada casilla, cada peón, cada alfil tenía una historia. Pero esa tarde, la historia parecía haber llegado a su fin.
—¡Quítate del camino, escuincle! —el grito vino acompañado de un golpe seco.
Un hombre de traje impecable, hablando por celular y caminando con la prisa de quien cree ser dueño del tiempo, chocó contra Mateo sin siquiera bajar la velocidad. El impacto fue brutal para el cuerpo delgado del niño de once años. Mateo tropezó, sus rodillas rasparon el cemento y, en cámara lenta, vio cómo su tesoro salía volando de sus manos.
El sonido de la madera golpeando el suelo fue como un disparo.
El Rey Negro rodó hasta detenerse en un charco de agua sucia cerca de una coladera. La Reina Blanca se partió en dos al golpear el borde de una jardinera. Pero lo que hizo que Mateo soltara un grito ahogado fue ver a su pieza favorita: el Caballo. Aquel caballo que el abuelo Jorge había tardado una semana entera en tallar, explicándole que era la única pieza capaz de saltar sobre los demás, igual que Mateo tendría que saltar sobre la pobreza, sobre el hambre, sobre el destino.
El caballo yacía ahora decapitado bajo la suela de un zapato de cuero italiano.
—Fíjate por dónde vas, niño —resopló el hombre del traje, sacudiéndose una mota de polvo invisible de su saco Armani. Ni siquiera miró el desastre que había provocado. Para él, Mateo era solo parte del mobiliario urbano, un estorbo más entre él y su oficina en uno de los rascacielos de Avenida Reforma.
Mateo se quedó paralizado, las lágrimas llenando sus ojos negros antes de que pudiera detenerlas. No lloraba por el golpe. Lloraba porque ese ajedrez era lo último que le quedaba de su abuelo, quien había muerto de un infarto hacía ocho meses en la sala de urgencias de un hospital público, esperando una atención que nunca llegó.
—¡Ay, mi niño! —la voz ronca y cálida de Doña Chole rompió el aturdimiento de Mateo.
Doña Chole, una mujer de setenta años con trenzas grises y un delantal bordado, vendía dulces y periódicos en un pequeño puesto de lámina verde cerca del Hemiciclo a Juárez. A pesar de su artritis, se arrodilló con dificultad junto a Mateo.
—Perdón, Doña Chole —susurró Mateo, limpiándose los mocos con el dorso de su mano sucia—. Iba pensando en una jugada y no lo vi. Fue mi culpa.
—¿Tu culpa? ¡Ni máiz paloma! —Doña Chole frunció el ceño, sus ojos nublados por las cataratas brillando con indignación—. Ese catrín iba papaloteando con su teléfono. Ni siquiera se paró a ver si te había matado.
Con manos temblorosas, Doña Chole ayudó a Mateo a recoger las piezas. Mateo tomó la cabeza del caballo y la apretó contra su pecho. La madera aún guardaba el calor del sol, y podía sentir las imperfecciones donde la navaja del abuelo había trabajado.
—”El caballo es especial, mijo”, le había dicho el abuelo Jorge sentados en esa misma banca, compartiendo una torta de tamal. “Se mueve en ‘L’. No va derecho como los demás. A veces, para avanzar, tienes que dar un paso al lado. A veces tienes que saltar por encima de los que te quieren bloquear”.
Pero ahora el caballo estaba roto, y Mateo no veía cómo podría saltar este obstáculo.
Se sentaron en la banca de concreto. Doña Chole sacó un pañuelo de tela y comenzó a limpiar el lodo del Rey Negro con una ternura infinita.
—¿Sabes qué día es hoy, Mateo? —preguntó ella.
Mateo negó con la cabeza, sin apartar la vista de las piezas mutiladas.
—Hace tres años exactos, tu abuelo se sentó aquí conmigo. Me dijo: “Chole, este chamaco tiene un don. El ajedrez le corre por las venas como a mí me corría el tequila de joven. Cuídamelo cuando yo no esté”. —Doña Chole le levantó la barbilla a Mateo para que la mirara—. Y yo se lo prometí a la Virgencita y se lo prometí a él.
—¿De qué sirve el don, Doña Chole? —la voz de Mateo se quebró, cargada de una amargura demasiado pesada para un niño de once años—. Mire cómo vivimos. Mi mamá se rompe la espalda limpiando oficinas en Santa Fe y apenas nos alcanza para la renta del cuarto. Mi papá no puede trabajar por su hernia. Yo vengo a jugar aquí porque no tenemos para los uniformes de la escuela. ¿De qué sirve ser bueno en un juego si nadie te ve?
Doña Chole suspiró, el sonido de la ciudad —los cláxones, los organilleros, los vendedores de “¡Gorditas de nata!”— parecía desvanecerse.
—Alguien te va a ver, mijo. Dios no da talentos a lo tonto. Eres como ese peón —dijo ella, tomando una de las piezas más pequeñas—. Todos piensan que el peón es el más débil, ¿verdad? El que sacrificas primero. Pero es la única pieza que puede transformarse. Si llega al otro lado del tablero, puede ser lo que quiera. Una Reina, una Torre…
—Pero el tablero está roto —sollozó Mateo.
—El tablero se arregla. El espíritu es lo que no se puede romper. —Doña Chole metió la mano en su bolsa de mandado y sacó un tubo pequeño de pegamento industrial—. Me gasté lo de la venta de los chicles de hoy en esto. Pensé que algún día lo necesitarías.
Mateo tomó el pegamento. Sabía lo que significaba ese gasto para ella. Cincuenta pesos eran dos comidas.
—Ándale, pégalo. Y luego acomodas tus piezas y te preparas. Porque hoy vas a jugar como si te fuera la vida en ello.
Pasaron la siguiente media hora reparando las piezas en silencio. El caballo quedó con una cicatriz de pegamento en el cuello, como un collar de guerra. “Así se ve más rudo”, bromeó Doña Chole. Cuando terminaron, Mateo desplegó el tablero sobre el cartón que usaba para protegerlo de la mugre de la banca.
Eran casi las seis de la tarde. La hora mágica de la CDMX, cuando el sol tiñe de dorado el Palacio de Bellas Artes y los oficinistas salen en estampida. Mateo acomodó las blancas y las negras.
Lo que Mateo no sabía era que, a tres cuadras de allí, atrapado en el tráfico infernal de Eje Central, una camioneta blindada avanzaba lentamente. Dentro, Alejandro Bustamante leía un mensaje en su iPhone por décima vez.
“Alameda Central. Cerca del Hemiciclo. Busca al niño del tablero. Si le ganas, el contrato de la Torre Reforma II es tuyo. Si pierdes, despídete de tu carrera política. Atte: Lic. Carranza”.
Alejandro, heredero de un imperio inmobiliario y conocido en las revistas de sociales como “El Soltero de Oro de Polanco”, resopló.
—¿Es en serio esto, Katia? —le preguntó a su asistente personal, que revisaba una tablet en el asiento contiguo.
—El Licenciado Carranza fue muy específico, Don Alejandro —respondió ella sin levantar la vista—. Dijo que el mejor jugador de la ciudad no está en los clubes privados, sino en la calle.
—Esto es una estupidez. Carranza está senil. Me hace venir al centro, entre toda esta… gente, ¿para jugar contra un vagabundo? —Alejandro miró por la ventana polarizada con asco—. Mira este lugar. Huele a garnacha y a desesperación.
Pero el contrato de la Torre Reforma II valía miles de millones. Era la joya que le faltaba a su corona. Si tenía que aplastar a un niño en un juego de mesa para conseguirlo, lo haría. Al fin y al cabo, aplastar a los pequeños era la especialidad de su empresa.
—Ahí está —señaló el chofer.
Alejandro vio al niño. Flaco, moreno, con una playera de fútbol despintada y los pies negros de mugre. Estaba sentado frente a un tablero que parecía sacado de la basura.
—¿Ese es el gran maestro? —Alejandro soltó una carcajada seca—. Esto va a ser más fácil que robarle un dulce a un… bueno, a él.
Capítulo 2: El Gambito del Millonario
Alejandro bajó de la camioneta. Sus zapatos Ferragamo de veinte mil pesos brillaron ofensivamente contra el pavimento gris y roto de la Alameda. Se ajustó el saco y caminó hacia la banca, seguido de Katia y dos guardaespaldas que miraban a la gente alrededor como si fueran una amenaza biológica.
La presencia de Alejandro alteró el ecosistema del parque. La gente se giró. Era imposible no verlo: era demasiado alto, demasiado blanco, demasiado rico para ese lugar. Olía a loción cara y a prepotencia.
Mateo levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Alejandro. Hubo un momento de silencio, un choque de dos Méxicos que conviven pero nunca se tocan.
—Tú eres el que juega ajedrez —dijo Alejandro, no como una pregunta, sino como una acusación.
—Sí, señor —respondió Mateo, su voz firme a pesar del miedo que le provocaban los guaruras.
—¿Eres bueno?
Mateo dudó. Su abuelo le había enseñado a ser humilde, pero también a no mentir.
—Me defiendo, señor.
Alejandro sonrió con esa sonrisa de tiburón que usaba en las juntas de consejo antes de despedir a cien empleados.
—”Me defiendo”. Qué tierno. —Se volvió hacia Katia—. Prepara el reloj. Vamos a acabar con esto rápido. Tengo una cena en el Pujol a las nueve.
Se sentó en la banca de concreto frente a Mateo, sacando un pañuelo para no ensuciar sus pantalones de casimir.
—Pero, señor… —empezó Mateo.
—¿Qué? ¿Tienes miedo?
—No. Es que… sus piezas. —Mateo señaló el maletín que Katia acababa de abrir. De él sacó un tablero de mármol y obsidiana con piezas que brillaban como joyas.
—Ah, sí. No pensarás que voy a tocar esas astillas pegadas con cola que tienes ahí, ¿verdad? —Alejandro empujó el tablero de Mateo a un lado con desdén. El caballo recién pegado se tambaleó pero no cayó.
Mateo sintió el insulto como una bofetada, pero no dijo nada. Vio cómo colocaban el tablero de lujo sobre la banca. Era hermoso, frío e impersonal.
—A ver, niño. Vamos a hacer esto interesante. Yo no juego de a gratis. Mi tiempo vale más que todo este parque junto. ¿Qué apuestas?
Mateo miró a Doña Chole, angustiado.
—No tiene nada que apostar, señor —intervino Doña Chole, poniéndose una mano en la cintura—. Es un niño. Juegue por el gusto o váyase.
—¿Por el gusto? —Alejandro se rió, y varios curiosos se empezaron a acercar, atraídos por el escándalo—. El gusto es para los mediocres. Los ganadores juegan por algo.
En ese momento, el celular de Alejandro vibró. Mensaje de Carranza: “Haz que le duela. O el contrato se va con Slim”.
Alejandro miró al niño. Vio sus pies descalzos, su ropa vieja, la esperanza tonta en sus ojos. Sintió una punzada de crueldad, esa necesidad de demostrar que él estaba en la cima de la cadena alimenticia.
—Te propongo un trato —dijo Alejandro, alzando la voz para que la gente que se amontonaba lo escuchara—. Si yo gano, vas a admitir frente a todos que eres un fraude. Que la gente como tú nunca va a estar a la altura de la gente como yo. Y vas a tirar ese tablero de basura a la coladera.
Un murmullo de desaprobación recorrió a la multitud. “¡Oiga, no se pase!”, gritó un señor que vendía elotes.
—¿Y si yo gano? —preguntó Mateo. Su voz temblaba, pero sus manos no.
Alejandro lo miró con incredulidad. Luego, una idea perversa cruzó su mente. Era imposible que perdiera. Él había sido capitán del equipo de ajedrez en Harvard. Este niño probablemente no sabía ni escribir su nombre.
—Si tú ganas… —Alejandro hizo una pausa teatral—. Si tú me ganas, te doy 100 millones de pesos.
El silencio que cayó sobre la Alameda fue absoluto. Hasta los organilleros dejaron de tocar.
—¿Qué? —susurró Mateo.
—Escuchaste bien. 100 millones. Transferencia inmediata. Te compras una casa, te compras zapatos, te compras una vida. —Alejandro sacó su chequera dorada y la puso sobre la mesa, solo para el show—. Katia, redacta un acuerdo rápido en la tablet. Que quede constancia.
—Señor Bustamante, ¿está seguro? —Katia lo miró nerviosa.
—Hazlo. Es dinero de Monopoly para mí, y de todas formas, no voy a perder.
Katia tecleó rápidamente y mostró la pantalla.
—Aquí está. “Acuerdo vinculante. Alejandro Bustamante se compromete a pagar la suma de 100 millones de pesos a Mateo Sánchez si este gana la partida de ajedrez en curso”.
—Firma, niño —dijo Alejandro.
Mateo firmó con el dedo en la pantalla. Su corazón latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. 100 millones. Su mamá podría dejar de limpiar baños. Su papá podría operarse. Podrían comer carne todos los días.
—¡Graben esto! —gritó alguien en la multitud. De repente, cincuenta celulares se alzaron en el aire, formando un anillo de luz alrededor de la banca.
—Mueven blancas —dijo Alejandro con arrogancia.
Mateo respiró hondo. Cerró los ojos un segundo y vio la cara de su abuelo. “El tablero es la vida, Mateo. No te fijes en el tamaño del oponente, fíjate en sus errores”.
Mateo movió su peón. E4.
La partida comenzó.
Los primeros diez movimientos fueron rápidos. Alejandro jugaba con una copa de agua Evian en una mano, apenas mirando el tablero. Se sentía un dios entre mortales. Pero en el movimiento doce, Mateo hizo algo extraño. Sacrificó un alfil sin razón aparente.
—Grave error, niño —se burló Alejandro, comiéndose la pieza—. Ya estás nervioso.
Pero tres movimientos después, la sonrisa de Alejandro desapareció.
Se dio cuenta de que su Reina estaba atrapada. Si la movía, dejaba al Rey expuesto. Si no la movía, la perdía ante un caballo… ese maldito caballo que Mateo había posicionado silenciosamente mientras Alejandro estaba ocupado burlándose.
Alejandro se aflojó la corbata. Empezó a sudar. La gente, viendo su nerviosismo, comenzó a murmurar. “¡Se lo está chamaqueando!”, susurró el elotero.
—Silencio —siseó Alejandro.
El juego se volvió lento, denso. Alejandro tardaba cinco, diez minutos en cada movimiento. Mateo respondía en segundos. El niño no miraba al millonario; miraba las 64 casillas como si fueran el único universo que existía.
Movimiento 35. Alejandro vio una salida. Si sacrificaba su torre, podía forzar un empate. Movió la pieza con fuerza, haciendo sonar el mármol.
—Jaque —dijo Alejandro, recuperando la confianza.
Mateo no se inmutó. Tomó su caballo. Ese movimiento en ‘L’. Ese salto imposible.
—Lo siento, señor —dijo Mateo suavemente.
Movió el caballo a F3.
El Rey de Alejandro estaba bloqueado por sus propios peones. La Reina de Mateo cubría la diagonal. El Caballo daba el golpe final.
—Jaque Mate —susurró Mateo.
Alejandro se quedó congelado. Su cerebro de Harvard, su MBA, sus millones de dólares, nada de eso le servía ahora. Miró el tablero buscando una salida, un error, una trampa. No había nada. Estaba muerto.
La Alameda estalló. Fue un grito colectivo de júbilo, como si México hubiera metido gol en el Mundial. Doña Chole abrazó a Mateo llorando. Los desconocidos le daban palmadas en la espalda. “¡Eso es todo, campeón!”, “¡Viva México!”.
Mateo miró a Alejandro, esperando. Sus manos temblaban. 100 millones. Lo había logrado.
Alejandro se levantó lentamente. Su cara estaba roja de ira y vergüenza. Guardó su celular. Hizo una seña a sus guaruras para que abrieran paso.
—Señor… —dijo Mateo, poniéndose de pie—. ¿El… el dinero?
Alejandro se detuvo. Se giró y miró al niño con un desprecio tan frío que cortó la celebración de tajo.
—¿Dinero? —Alejandro soltó una risa amarga—. ¿De verdad creíste que te iba a dar 100 millones de pesos por un juego de mesa en un parque lleno de basura?
El silencio regresó, pero ahora era un silencio peligroso.
—Pero firmamos… todos vieron… —la voz de Mateo se hizo pequeña.
—Un contrato con un menor de edad no vale ni el papel digital en el que está escrito —escupió Alejandro—. Y mucho menos un contrato verbal de apuesta. Es ilegal. Así que, técnicamente, no te debo nada.
—Pero prometió… —dijo Mateo, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sucias.
—Las promesas son para los que pueden hacerlas cumplir, niño. —Alejandro se acercó a él, invadiendo su espacio—. Aprende la lección. El mundo no es justo. Los ricos ganamos porque escribimos las reglas. Tú solo eres una anécdota.
Alejandro dio media vuelta.
—¡Vámonos, Katia!
—Señor, esto está mal… —intentó decir Katia.
—¡Dije que vámonos!
Alejandro empujó a Doña Chole, que intentó bloquearle el paso, y caminó hacia su camioneta. La multitud estaba en shock, pero los celulares seguían grabando. Cada palabra. Cada gesto. Cada gramo de crueldad.
Mateo se quedó de pie junto a la banca. Había ganado la partida de su vida, pero se sentía más derrotado que nunca. Vio el tablero de mármol abandonado por Alejandro, y luego miró su viejo tablero de madera con las piezas pegadas.
—Mi abuelo tenía razón —dijo Mateo en voz alta, y su voz, llena de dolor, fue captada por los micrófonos de los teléfonos cercanos—. Dijo que hay gente tan pobre que lo único que tiene es dinero.
Alejandro se detuvo un segundo al escuchar eso, pero no volteó. Subió a su Mercedes y azotó la puerta.
Mientras la camioneta arrancaba, dejando una nube de humo, Mateo cayó de rodillas y abrazó a Doña Chole. El llanto del niño resonó en la Alameda, un sonido desgarrador de inocencia rota.
Lo que Alejandro Bustamante no sabía, mientras se servía un whisky en la seguridad de su auto blindado, era que esos videos no se quedarían en los teléfonos. En ese preciso momento, un influencer famoso que pasaba por ahí le dio “Publicar”.
Título del video: “Este millonario basura hizo llorar al mejor ajedrecista de México. Hágamoslo famoso.”
En diez minutos, tenía cien mil vistas.
En una hora, un millón.
Para cuando Alejandro llegó a su penthouse en Polanco, no sabía que ya era el hombre más odiado de México. Y Mateo, el niño descalzo de la Alameda, estaba a punto de convertirse en el símbolo de una revolución.
PARTE 2: EL RUGIDO DE UN PAÍS
Capítulo 3: El Despido y la Vergüenza Viral
El video alcanzó el millón de vistas en menos de tres horas. Era una mecha encendida corriendo hacia un barril de pólvora.
Al otro lado de la ciudad, en uno de los rascacielos de cristal y acero de Santa Fe, Carmen Sánchez estaba de rodillas tallando la junta de los azulejos del baño ejecutivo del piso 40. El olor a cloro le quemaba la nariz, pero no podía detenerse. Su supervisora, una mujer apodada “La Generala” que revisaba el polvo con guante blanco, la tenía en la mira.
Su celular, escondido en el bolsillo de su delantal, empezó a vibrar. Una vez. Dos veces. Diez veces. Carmen intentó ignorarlo. Usar el celular en horas de trabajo era causa de despido inmediato, y ella necesitaba esos 1,500 pesos a la semana para pagar la insulina de su esposo y darle de comer a Mateo.
Pero la vibración no paraba. Parecía una emergencia. Aprovechando que no había nadie, se secó las manos en el pantalón y sacó el teléfono. Tenía 50 mensajes de WhatsApp. El primero era de su comadre Lupe.
“Carmen, ¿ya viste esto? Es tu Mateo. ¡Dios mío, tienes que verlo!”
Carmen abrió el enlace con dedos temblorosos. YouTube. Un video titulado “NIÑO HUMILLA A MILLONARIO Y LE ROBAN 100 MILLONES”.
Le dio play.
Ahí estaba su hijo. Su Mateo. Con sus piecitos sucios y esa playera del América que ya le quedaba chica. Estaba en la Alameda, sentado frente a un hombre que Carmen reconoció al instante porque limpiaba su oficina todos los días: Alejandro Bustamante. El dueño del edificio. El hombre que ni siquiera le daba los buenos días cuando se cruzaban en el elevador de servicio.
Carmen vio cómo Mateo movía el caballo. Vio el Jaque Mate. Sintió el orgullo inflarle el pecho, una alegría que casi la hizo gritar. Pero luego vio lo demás. Vio la risa cruel de Bustamante. Escuchó cómo llamaba “basura” a su hijo. Vio a Mateo llorando, humillado frente a decenas de personas.
El teléfono se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco. Carmen no lo notó. Solo podía escuchar la voz rota de su hijo en el video: “Mi abuelo tenía razón… hay gente tan pobre que lo único que tiene es dinero”.
—¡Sánchez! —el grito de La Generala retumbó en el baño—. ¿Qué haces holgazaneando? ¿Y por qué estás viendo videos?
Carmen levantó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero por primera vez en años, no bajó la mirada.
—Es mi hijo —dijo Carmen, su voz temblando de rabia y dolor—. Ese desgraciado… su jefe… humilló a mi hijo.
—A mí no me importa si es el Papa —La Generala señaló la puerta—. Estás en horario laboral. Recoge eso y ponte a tallar, o te vas.
Carmen miró el trapo sucio en el suelo. Pensó en las medicinas de Pedro. Pensó en la renta. Pero luego pensó en Mateo, solo en la Alameda, con el corazón roto por un hombre que gastaba en una cena lo que ellos ganaban en un año.
Se quitó los guantes de hule y los tiró al piso.
—No —dijo Carmen.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no. Me voy. Mi hijo me necesita.
—Si cruzas esa puerta, Sánchez, estás despedida. Sin finiquito, sin carta de recomendación. Te voy a boletinar en todas las agencias de limpieza.
Carmen se quitó el delantal y lo dejó caer junto a los guantes.
—Haga lo que quiera. Pero nadie vuelve a tratar a mi familia como basura.
Salió corriendo del baño, cruzó los pasillos de mármol que había pulido mil veces y tomó el elevador. Mientras bajaba los 40 pisos, lloró. Lloró de miedo por perder el trabajo, pero también lloró de coraje. Iba a buscar a su hijo.
Mientras tanto, en la estación del Metro Pino Suárez, Pedro Sánchez vendía cargadores de celular en los pasillos. “¡Llévelo, llévelo, cargador tipo C, para el iPhone, para el Android, diez pesitos le vale!”. Su espalda, lastimada por años de cargar bultos en la Central de Abastos antes de la hernia, le punzaba con cada paso.
Un estudiante se le acercó, pero no para comprar.
—Oiga, jefe… ¿usted es el papá del niño del ajedrez?
Pedro se detuvo, secándose el sudor de la frente.
—¿De Mateo? ¿Qué pasó? ¿Le pasó algo? —el pánico le heló la sangre.
—No, no… bueno, sí. Pero véalo usted mismo. Todo TikTok está hablando de esto.
El chico le mostró el video. Pedro vio la partida. Vio la apuesta. Vio la traición.
La cara de Pedro pasó de la confusión a una furia volcánica. Sus manos, callosas y fuertes, apretaron los cargadores hasta casi romperlos. Ese hombre… ese catrín perfumado se había atrevido a burlarse de su niño. De su Mateo, que estudiaba jugadas a la luz de una vela cuando les cortaban la luz.
—¡Hijo de la…! —Pedro no terminó la frase. Guardó su mercancía en la mochila de un solo movimiento brusco, ignorando el dolor de su espalda.
—Gracias, chavo —le dijo al estudiante.
—No hay de qué, jefe. Oiga… —el estudiante sacó un billete de cincuenta pesos—. Para el pasaje. Vaya con su hijo. Ese señor la va a pagar.
Pedro miró el billete, luego al chico. Asintió, con un nudo en la garganta, y corrió hacia los andenes. Tenía que llegar a la Alameda.
Capítulo 4: La Revolución de los Nadie
Cuando Carmen llegó a la Alameda, jadeando y todavía con el uniforme gris de limpieza puesto, el lugar era un caos. Había unidades móviles de TV Azteca y Televisa. Reporteros con micrófonos se empujaban para acercarse a la banca donde Mateo seguía sentado, protegido por Doña Chole como una leona vieja cuidando a su cachorro.
—¡Mateo! —gritó Carmen, abriéndose paso entre la multitud a empujones.
—¡Mamá!
Mateo se levantó y corrió a sus brazos. Carmen lo apretó tan fuerte que sintió sus costillas. Besó su cabeza, su cara sucia, sus manos.
—Perdóname, mi amor. Perdóname por no estar aquí —lloraba Carmen—. Perdóname por no poder darte un ajedrez nuevo, por tenerte así…
—No, mamá, no llores —Mateo, siendo el niño que tuvo que madurar demasiado rápido, le limpió las lágrimas—. Yo gané. Te lo juro que gané. Él hizo trampa, pero yo gané.
—Lo sé, mi vida. Todo el mundo lo sabe.
Pedro llegó minutos después, cojeando visiblemente. Al ver a su familia abrazada rodeada de cámaras, sintió una mezcla de vergüenza y orgullo. Se unió al abrazo, sus brazos largos envolviendo a los dos.
—Estoy aquí, campeón. Papá está aquí.
Una reportera joven, con el logo de un noticiero nacional en el micrófono, se acercó con cautela.
—Señora, señor… soy Sofía del Rincón, de Noticieros Hechos. Sé que es un momento difícil, pero México entero está indignado. ¿Quisieran decir algo?
Carmen miró a Pedro. Pedro asintió. Carmen se giró hacia la cámara. Tenía el maquillaje corrido y el pelo alborotado, pero su dignidad estaba intacta.
—Ese hombre, el señor Bustamante… —empezó Carmen, y su voz resonó clara—, piensa que porque limpia sus zapatos con billetes puede pisotearnos. Piensa que porque somos pobres no tenemos honor. Pero mi hijo, este niño que ven aquí sin zapatos, tiene más decencia en su dedo chiquito que ese señor en toda su cuenta de banco.
—¿Qué le diría si lo estuviera viendo? —preguntó la reportera.
—Le diría que se quede con su dinero —intervino Pedro, con voz grave—. Que se lo gaste en medicinas para la conciencia, porque la va a necesitar. Nosotros somos pobres, sí, pero no somos mentirosos.
La transmisión estaba en vivo. En las casas, en las fondas, en los taxis, la gente veía a la familia Sánchez y sentía su dolor como propio. El hashtag #JusticiaParaMateo se convirtió en tendencia número uno en Twitter, superando al fútbol y a la política.
De repente, un hombre de traje gris, pero mucho más modesto que el de Bustamante, se abrió paso entre la gente.
—Disculpen, soy el Licenciado Mario Arriaga, de la Barra Mexicana de Abogados —dijo, extendiendo una tarjeta—. Vi el video. Lo que hizo ese sujeto constituye un contrato verbal vinculante con testigos, además de daños morales y discriminación. Quiero representarlos.
—No tenemos dinero, licenciado —dijo Pedro bajando la vista.
—No les voy a cobrar un peso. Esto es pro bono. Es por justicia. Tengo una hija de la edad de Mateo y… bueno, digamos que quiero ver caer a ese bully.
Antes de que pudieran responder, una señora que vendía tamales se acercó y le puso un billete de 200 pesos a Mateo en la mano.
—Toma, mijo. Para unos tenis. No es mucho, pero es de corazón.
—¡Yo pongo otros 500! —gritó un oficinista.
—¡Yo le invito la comida a toda la familia! —dijo el dueño de una tortería cercana.
En cuestión de minutos, la banca se llenó de billetes, monedas, tarjetas de presentación y ofertas de ayuda. La gente, el pueblo real, estaba haciendo lo que el millonario no hizo: cumplir.
Carmen miró la montaña de solidaridad y sintió que las piernas le fallaban. No era por el dinero. Era porque, por primera vez en su vida, no se sentía invisible.
El celular de Carmen vibró de nuevo. Un correo electrónico.
“Estimada Sra. Sánchez,
Mi nombre es Vicente Carranza, Presidente de la Federación Nacional de Ajedrez. He seguido la trayectoria de Mateo en los torneos escolares (a los que sé que a veces no puede asistir por falta de recursos). El hombre que organizó el encuentro de hoy fui yo.
Sabía que Bustamante es un hombre sin escrúpulos, pero necesitaba que el mundo viera dos cosas: la vileza de él y el genio incomparable de su hijo.
Lamento el dolor causado, pero le aseguro que esto es solo el principio. Mateo no solo es un prodigio; ahora es un símbolo. Por favor, contácteme. Tengo una propuesta que cambiará su futuro.
Atte. Mtro. Carranza”
—¿Quién es? —preguntó Pedro.
Carmen le mostró el celular.
—Parece que Mateo no solo ganó una partida, viejo. Ganó una guerra que ni sabíamos que estábamos peleando.
La noche cayó sobre la Ciudad de México. La familia Sánchez, escoltada por Doña Chole y el abogado Arriaga, caminó hacia el Metro. Mateo llevaba sus tenis nuevos (regalo de un corredor que se los quitó ahí mismo para dárselos).
Pero mientras ellos regresaban a su cuarto de azotea en la colonia Doctores, en el penthouse de Alejandro Bustamante, el infierno estaba a punto de desatarse.
Alejandro miraba por el ventanal hacia las luces de la ciudad que creía poseer. Su teléfono no dejaba de sonar. Inversionistas. Socios. Su madre.
—Señor —Katia entró a la sala, pálida como un fantasma—. Acaban de cancelar la preventa de la Torre Reforma. Y… hay gente abajo.
—¿Gente? ¿Qué gente?
—Manifestantes, señor. Cientos. Están gritando el nombre del niño. Y… traen tableros de ajedrez.
Alejandro se acercó al vidrio y miró hacia abajo. Cientos de puntos de luz de celulares brillaban en la calle. Y en el pavimento, pintado con gis gigante, se leía una sola palabra:
JAQUE.
Alejandro sintió un frío en el estómago que no sentía desde que era niño y su papá llegaba borracho. Por primera vez en años, tuvo miedo. No miedo a perder dinero. Miedo a perder algo que no se puede comprar.
La partida no había terminado. Apenas empezaba el juego medio. Y Alejandro Bustamante estaba jugando con las piezas negras, y se le estaba acabando el tiempo.
Capítulo 5: La Llamada de Mamá y los Fantasmas del Pasado
Alejandro Bustamante no durmió esa noche. Se quedó sentado en su sofá de piel italiana, con una botella de tequila Reserva de la Familia medio vacía sobre la mesa de centro. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban a través de los ventanales de su penthouse en Polanco, pero esta vez no le parecían joyas, sino ojos acusadores.
Su celular, que había estado sonando sin parar con llamadas de abogados y socios, finalmente se calló a las 3:00 AM. Pero entonces, vibró una vez más. Un solo mensaje de voz. De su madre.
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Doña Elena vivía retirada en Cuernavaca, en una casa que él le había comprado para que “viviera como reina”. Ella rara vez le llamaba a estas horas.
Con mano temblorosa, presionó play.
—Alejandro… —la voz de su madre no sonaba enojada, sonaba decepcionada, que era mil veces peor—. Acabo de ver las noticias. Vi lo que le hiciste a ese niño.
Hubo una pausa, se escuchaba la respiración agitada de la señora.
—Tu padre, que en paz descanse, se mató trabajando en una obra como albañil para que tú fueras a la escuela. ¿Te acuerdas? Él no tenía dinero, pero tenía palabra. Cuando decía “mañana pago”, pagaba, aunque nos quedáramos sin comer frijoles. Y tú… tú tienes todo el dinero del mundo, ¿y no tienes ni un gramo de honor?
—Mamá, no entiendes, es un negocio… —susurró Alejandro al teléfono muerto, como si ella pudiera escucharlo.
—No me salgas con tus cosas de licenciado —continuó el mensaje—. Ese niño se parece a ti cuando tenías su edad. ¿Ya se te olvidó de dónde vienes, Alejandro? ¿Ya se te olvidó cuando nos cortaban la luz en la colonia Guerrero y jugabas damas chinas con corcholatas? Me das vergüenza, hijo. No me vuelvas a hablar hasta que arregles esto. Pero arréglalo como hombre, no con abogados.
El mensaje terminó.
Alejandro lanzó el teléfono contra el sofá. “¡Maldita sea!”.
Se levantó y caminó hacia el espejo del recibidor. Vio su reflejo: las ojeras marcadas, la camisa arrugada. Vio al “Tiburón de Reforma”, al hombre que salía en las portadas de Forbes. Pero detrás de esa máscara, vio al niño de la Guerrero que lloró cuando su papá murió al caer de un andamio porque la constructora no quiso gastar en arneses de seguridad.
—Juré que nunca sería como ellos —murmuró Alejandro, sirviéndose otro trago—. Juré que nunca sería el débil.
—Pues te convertiste en el que abusa de los débiles. Felicidades.
Alejandro se giró sobresaltado. Katia estaba en el marco de la puerta. Tenía los ojos rojos de tanto llorar y una caja de cartón en las manos con sus cosas personales.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Me voy, Alejandro. Renuncio.
—No puedes renunciar. Tienes un contrato de confidencialidad y…
—¡Al diablo el contrato! —gritó ella, perdiendo la compostura por primera vez en ocho años—. He soportado tus gritos, tus caprichos, tus negocios sucios… porque pensaba que en el fondo eras brillante. Que eras un visionario. Pero hoy… hoy me diste asco.
Katia dejó su gafete de acceso sobre la mesa de mármol. El sonido del plástico contra la piedra resonó como un disparo.
—Ese niño, Mateo… su mamá fue la que limpió tu oficina la semana pasada cuando se te cayó el café. ¿Te acuerdas? Ni las gracias le diste. Y hoy la corrieron por tu culpa.
—Yo no pedí que la corrieran.
—No, tú nunca pides que pasen las cosas malas. Solo creas las condiciones para que pasen y luego te lavas las manos. —Katia caminó hacia la puerta—. Por cierto, revisa tu correo. El Consejo de Administración convocó a una junta de emergencia a las 8:00 AM. Quieren tu cabeza. Dicen que eres “tóxico para la marca”.
Katia salió y cerró la puerta. Alejandro se quedó solo en su torre de marfil, rodeado de silencio y de un miedo que le calaba los huesos.
Abrió su laptop. Entró a Google y escribió: “Roberto Bustamante accidente obra 1998”.
Apareció una nota vieja de un periódico amarillista. “Albañil cae de piso 10. Constructora ‘Grupo Alpha’ se deslinda. Viuda recibe 5 mil pesos de indemnización”.
5 mil pesos. Eso valía la vida de su padre para los ricos de entonces. Y hoy, él había humillado a un niño por una apuesta que para él era cambio de bolsillo, pero que para Mateo era la vida entera.
—Me convertí en Grupo Alpha —susurró, sintiendo náuseas—. Me convertí en los bastardos que mataron a mi papá.
Capítulo 6: La Jugada Maestra del Licenciado Carranza
A las 6:00 AM, el timbre del penthouse sonó. Alejandro, que no había pegado el ojo, abrió la puerta esperando ver a la policía o a un reportero.
Era un hombre mayor, de unos setenta años, vestido con un traje de lino impecable y un sombrero Panamá. Se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata en forma de caballo de ajedrez.
—Buenos días, Alejandro. ¿Me invitas un café? —dijo el hombre con una calma exasperante.
—Carranza —Alejandro se hizo a un lado—. Tienes mucho valor para venir aquí. Tú planeaste esto. Tú me pusiste la trampa.
Vicente Carranza, el misterioso presidente de la Federación de Ajedrez y viejo lobo de mar de la política mexicana, entró caminando despacio. Se sentó en el sofá, apartando con el bastón la botella de tequila.
—Yo no te puse una trampa, hijo. Yo te puse un espejo. Lo que viste reflejado no te gustó, eso es todo.
—Me costaste millones. Mi reputación está en el suelo. La gente quiere lincharme.
—Tu reputación ya estaba en el suelo, solo que tu dinero tapaba el olor —Carranza aceptó el café que Alejandro le sirvió de mala gana—. Escucha. Mateo es un genio. Un verdadero prodigio. He visto grandes maestros rusos y cubanos, y ese niño de la Doctores tiene algo que ellos no: hambre. Hambre de verdad.
—¿Y yo qué tengo que ver en tu experimento social?
—Tú eras la prueba final. Mateo necesitaba saber que puede ganarle a los gigantes. Y tú… tú necesitabas recordar que eres mortal.
Alejandro se pasó las manos por la cara, frustrado.
—¿Qué quieres, Carranza?
—Vengo a ofrecerte una salida. —Carranza sacó un sobre manila de su saco—. A las 12 del día habrá una conferencia de prensa en el Centro Comunitario de la Doctores. Van a anunciar la demanda masiva en tu contra. Derechos Humanos, la Barra de Abogados, todos van a ir por tu cuello. Vas a perder, Alejandro. Y no solo dinero. Vas a ir a la cárcel por fraude.
Alejandro palideció.
—A menos… —Carranza hizo una pausa dramática— que te adelantes a la jugada.
—¿Cómo?
—Preséntate en esa conferencia. Pide perdón. Pero perdón de verdad, no esa basura que escriben tus relacionistas públicos. Y paga la apuesta.
—¿Quieres que le de 100 millones a un niño? ¡Es una locura!
—Es el precio de tu alma, Alejandro. Y de tu libertad. Piénsalo. Si lo haces, te conviertes en el hombre que cometió un error y lo enmendó. El pecador arrepentido. A México le encantan esas historias. Si no lo haces… bueno, te veo en el Reclusorio Norte. Dicen que el ajedrez ahí es muy competitivo.
Carranza se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Por cierto. Anoche revisé el video de la partida cuadro por cuadro. ¿Sabes en qué momento perdiste?
—Cuando movió el caballo —dijo Alejandro.
—No. Perdiste en el momento en que te sentaste a jugar pensando que eras superior a él solo por tu cuenta bancaria. En el ajedrez, como en la vida, el rey y el peón van a la misma caja cuando se acaba el juego. No lo olvides.
Carranza salió.
Alejandro se quedó mirando el sobre. Dentro había una foto de Mateo sosteniendo su caballo roto.
Faltaban cuatro horas para la conferencia. Alejandro podía llamar a su equipo legal, atrincherarse, negar todo, sobornar jueces. Era lo que siempre hacía. Era lo que el sistema esperaba que hiciera.
Pero luego recordó la voz de su madre: “Tu padre tenía palabra”.
Recordó los ojos de Mateo cuando le dijo: “Prometió…”.
Alejandro fue a su escritorio. Abrió la caja fuerte. Sacó su chequera personal, la de las cuentas en Suiza. Tomó su pluma Montblanc.
Escribió: “Páguese a la orden de: Mateo Sánchez”.
Cantidad: $100,000,000.00 M.N.
Le tembló la mano al firmar. Cien millones. Era una fortuna, incluso para él. Pero mientras veía la tinta secarse, sintió algo extraño. No era enojo. No era miedo.
Era alivio.
Llamó a su chofer.
—Prepara el auto. Vamos a la colonia Doctores.
—¿A la Doctores, jefe? —el chofer sonó incrédulo—. ¿Sin escoltas? Se lo van a comer vivo.
—Sin escoltas. Y sin chofer. Voy a manejar yo.
Alejandro se quitó el reloj de 50 mil dólares y lo dejó en la mesa. Se quitó la corbata de seda. Se desabotonó el cuello de la camisa. Se miró al espejo una última vez. Ya no parecía el “Mirrey de Polanco”. Parecía un hombre cansado, asustado, pero por fin, despierto.
Bajó al estacionamiento, subió a su auto y enfiló hacia el lugar donde sabía que lo odiaban, armado solo con un cheque y una verdad que llevaba 20 años escondiendo.
PARTE FINAL: LA CORONACIÓN DEL PEÓN
Capítulo 7: La Redención ante las Cámaras
El Centro Comunitario “Héroes de la Doctores” estaba a reventar. El calor era sofocante, una mezcla de sudor, ansiedad y el zumbido eléctrico de docenas de cámaras de televisión. No cabía ni un alfiler. Afuera, la calle estaba bloqueada por manifestantes que gritaban consignas contra los “mirreyes” abusivos.
En la mesa principal, bajo las luces cegadoras, estaba Mateo. Se veía pequeño entre sus padres, Carmen y Pedro, y el abogado Arriaga. Doña Chole estaba de pie detrás de él, con la mano firme sobre el hombro del niño, como un general cuidando su posición.
—Ya son las 12:15 —susurró el abogado Arriaga, mirando su reloj—. No va a venir. Es típico. Mandará a un representante legal con un comunicado tibio y…
El murmullo de la sala se cortó de golpe. La puerta lateral se abrió.
No entraron guaruras. No entró un equipo de abogados con maletines de piel. Entró un solo hombre.
Alejandro Bustamante.
Llevaba una camisa blanca arremangada, sin corbata, sin saco. El pelo, usualmente engominado a la perfección, estaba ligeramente despeinado. Caminaba con la cabeza alta, pero sin la arrogancia de la Alameda. Se veía… humano.
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón, solo roto por el clic-clic-clic frenético de los obturadores.
Alejandro caminó hasta la mesa. Se detuvo frente a Mateo. Los ojos del niño, grandes y oscuros, lo miraron con una mezcla de miedo y curiosidad. Alejandro sintió que las piernas le temblaban más que en cualquier junta de consejo.
—Buenas tardes —dijo Alejandro. Su voz se quebró un poco, pero se aclaró la garganta y continuó—. No vengo a pelear. No vengo a defenderme.
Tomó el micrófono que alguien le ofreció. Se giró hacia las cámaras, luego volvió a mirar a la familia Sánchez.
—Hace dos días, hice una promesa. Y cuando perdí, porque perdí limpiamente ante un rival superior, rompí esa promesa. —Alejandro respiró hondo—. Dije que lo hice porque el contrato no era legal. Dije que era porque Mateo es un niño. Pero mentí.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Carmen apretó la mano de Pedro.
—Rompí mi promesa porque soy un cobarde —continuó Alejandro, y por primera vez, sus ojos se llenaron de lágrimas—. Porque me he pasado veinte años construyendo una muralla de dinero para olvidar de dónde vengo. Para olvidar que mi padre murió por falta de seguridad en una obra, igual a las que yo construyo ahora. Me convertí en el monstruo que odiaba de niño. Y necesité que un niño de once años, con un ajedrez roto y pegado con cola, me diera una lección de hombría.
Alejandro metió la mano en su bolsillo trasero y sacó el cheque. Lo desdobló con cuidado y lo puso sobre la mesa, frente a Mateo.
—Cien millones de pesos —dijo Alejandro—. Es tuyo, Mateo. Te lo ganaste. No es un regalo, es una deuda de honor.
Las cámaras hicieron zoom sobre el papel. La cifra con seis ceros brillaba bajo las luces.
Mateo miró el cheque. Luego miró a su mamá, que lloraba en silencio. Luego a su papá. Finalmente, miró a Alejandro a los ojos.
—¿Por qué? —preguntó Mateo, su voz amplificada por el micrófono—. ¿Por qué ahora?
—Porque todo México me está viendo —admitió Alejandro con una honestidad brutal—. Porque tengo miedo de perder mi empresa. Pero, sobre todo… porque anoche vi el video de nuestra partida. Y vi cómo agarrabas ese caballo roto. Y me di cuenta de que tú eres más rico que yo, Mateo. Tú tienes dignidad. Yo solo tengo saldo bancario.
Alejandro bajó la cabeza, esperando el rechazo, los gritos, el odio. Se lo merecía.
Pero Mateo no gritó. Lentamente, extendió su mano y tomó el cheque. Luego, hizo algo que nadie esperaba. Sacó de su bolsillo el caballo de madera, el del cuello pegado, y lo puso sobre el cheque.
—Mi abuelo Jorge decía que el ajedrez es un juego de caballeros —dijo Mateo—. Y que a veces, el Rey tiene que caer para aprender a levantarse. Acepto el pago, señor Bustamante. Pero con una condición.
Alejandro levantó la vista, sorprendido.
—Lo que sea.
—Quiero que me enseñe.
—¿Qué? —Alejandro parpadeó, confundido—. ¿Que te enseñe qué? Tú me ganaste. Tú eres mejor que yo.
—Usted sabe aperturas que yo no sé. Sabe defensa siciliana. Sabe cosas de libros —dijo Mateo con sencillez—. Yo juego por instinto, pero quiero aprender de verdad. Y… mi abuelo ya no está. Necesito alguien con quien jugar que sea difícil.
La sala contuvo el aliento. Un niño ofreciendo redención al hombre que lo había humillado.
Alejandro sintió que algo se rompía dentro de su pecho, esa coraza de hielo que llevaba años cargando. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Sería un honor, Maestro Mateo —dijo Alejandro, con la voz rota.
Extendió la mano. Mateo la estrechó.
El salón estalló. No fueron aplausos de cortesía. Fue una ovación ensordecedora, visceral. La gente se puso de pie. Doña Chole sacó un pañuelo y se sonó la nariz ruidosamente.
—¡Ah! Y una cosa más —gritó Alejandro sobre el ruido, levantando la mano—. Sé que la gente ha donado casi ocho millones de pesos para la familia Sánchez. Yo voy a duplicar esa cantidad. Dieciséis millones más irán a la creación de la “Fundación Jorge Sánchez” para el ajedrez juvenil. Doña Chole… —buscó a la anciana con la mirada—, si usted acepta, quiero que sea la directora honoraria. Con sueldo de ejecutiva, por supuesto.
Doña Chole abrió los ojos como platos y soltó una carcajada entre lágrimas.
—¡Más te vale, muchacho! ¡Y más te vale que pagues el seguro social!
Esa noche, la noticia no fue el escándalo. Fue el abrazo. La foto de Alejandro y Mateo dándose la mano se convirtió en la imagen del año.
Capítulo 8: El Final del Juego (Epílogo)
Tres meses después.
La Alameda Central lucía diferente. El gobierno de la ciudad, presionado por la atención mediática y con una “generosa donación” de Grupo Bustamante, había remodelado la zona. Las bancas rotas habían desaparecido.
En su lugar, bajo la sombra de los fresnos, se alzaba el nuevo “Pabellón de Ajedrez Abuelo Jorge”. Veinte mesas de piedra pulida, cada una con un tablero incrustado.
Era martes por la tarde. El lugar estaba lleno de niños. Niños de la calle, niños de escuelas privadas, niños que venían desde Iztapalapa y niños que bajaban de Polanco. Todos mezclados, todos concentrados, todos iguales frente al tablero.
En la mesa central, dos figuras conocidas jugaban.
—Estás muy agresivo hoy con ese alfil, Alejandro —dijo Mateo, moviendo su torre.
Ya no vestía ropa remendada. Llevaba el uniforme de una de las mejores escuelas privadas de la ciudad, donde había entrado becado (aunque podía pagar la colegiatura mil veces, Alejandro insistió en que se ganara la beca por mérito académico).
—Es una estrategia nueva que leí —respondió Alejandro, estudiando el tablero con el ceño fruncido. Se veía más relajado, más joven. Había vendido el Ferrari. Decía que el Metro era más rápido para llegar al centro—. Pero creo que ya me viste la intención.
—Jaque en tres —anunció Mateo con una sonrisa traviesa.
—Maldita sea… digo, recórcholis —se corrigió Alejandro al ver que Doña Chole los vigilaba desde su oficina acristalada en el kiosco cercano.
—Te falta visión periférica, Ale —rió Mateo.
Cerca de ahí, Carmen y Pedro paseaban tomados de la mano. Pedro caminaba derecho, la cirugía de columna había sido un éxito total. Carmen ya no limpiaba baños ajenos; ahora estudiaba Trabajo Social en la UNAM y administraba la Fundación.
—¿Quién iba a decirlo, vieja? —dijo Pedro, mirando a su hijo reír con el ex-millonario arrogante—. Que un juego de madera nos iba a cambiar la vida.
—No fue el juego, Pedro —respondió Carmen, recargando la cabeza en su hombro—. Fue el niño. Fue que por una vez, el mundo decidió que los buenos tenían que ganar.
En la mesa de juego, Alejandro tumbó su propio Rey en señal de rendición.
—Me ganaste. Otra vez.
—Es que sigues subestimando a los peones —dijo Mateo, acomodando las piezas para la siguiente partida. Tomó el caballo reparado, que siempre usaba, y lo acarició—. Acuérdate: si un peón llega al final, se convierte en lo que quiera.
Alejandro miró al niño. Luego miró alrededor, a los decenas de niños jugando, riendo, pensando. Vio a una niña de trenzas enseñándole a jugar a un ejecutivo de traje.
—Tienes razón, Mateo —sonrió Alejandro—. A veces, lo único que necesita un peón es que alguien no le ponga el pie encima.
El sol comenzó a ponerse sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Las luces de la Torre Latinoamericana se encendieron a lo lejos.
—¿La revancha? —preguntó Alejandro.
Mateo miró su reloj nuevo.
—Cinco minutos más —dijo el niño—. Mi mamá me espera para cenar. Pero sí, cinco minutos más.
Y ahí, en el corazón de una ciudad que nunca perdona pero que a veces olvida, el Rey y el Peón volvieron a jugar, sabiendo que, al final del día, lo importante no era quién ganaba o quién perdía, sino que ambos seguían en el tablero.
FIN
