
PARTE 1: LA CENA Y LA ADVERTENCIA
Capítulo 1: La Cima del Mundo
La vista desde el piso 52 de la Torre Mayor siempre lograba quitarme el aliento, incluso después de tantos años viviendo en la cima. La Ciudad de México se extendía a mis pies como un mar de luces infinitas, vibrante, caótica y hermosa. Pero esa noche, mi atención no estaba en la ciudad que me vio nacer y crecer, sino en la mujer sentada frente a mí.
Había reservado el área privada de “Cielo”, el restaurante más exclusivo de la capital. Quería que todo fuera perfecto. Soy Ricardo Montenegro, y aunque mi nombre aparece en las revistas de negocios y en los edificios más altos de Reforma y Santa Fe, esa noche solo quería ser Ricardo, el hombre enamorado.
—Te has superado a ti mismo, amor —dijo Vanesa, recorriendo con la mirada los arreglos de orquídeas blancas y la cristalería importada. Su vestido verde esmeralda se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, y su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros.
—Solo lo mejor para nosotros —respondí, sirviendo un poco más de Dom Pérignon en su copa—. Por otro año de momentos extraordinarios.
Chocamos las copas. El sonido del cristal fino resonó en el silencio privado de nuestra alcoba. A mis 45 años, había aprendido a desconfiar por naturaleza; es un requisito para sobrevivir en el mundo inmobiliario de México. Pero con Vanesa, había bajado la guardia. Llevábamos dos años juntos. La conocí en una gala benéfica para el Museo Soumaya y, desde entonces, su inteligencia y elegancia me habían cautivado. Ella no solo era hermosa; era astuta, culta y parecía entender el peso que conllevaba mi vida.
La cena transcurrió entre platillos que parecían obras de arte: escamoles a la mantequilla, pato con reducción de cerezas negras. Sin embargo, mientras avanzaba la noche, noté algo extraño. Una tensión en su mandíbula, un temblor casi imperceptible en sus dedos cuando tomaba la copa.
—¿Estás bien? —pregunté—. Te siento… distante.
Ella parpadeó rápido, como si despertara de un trance.
—Es solo la emoción, Ricardo. Todo esto… es abrumador. Y estoy un poco nerviosa por mi regalo para ti. Aún no está listo.
Asentí, pero la duda, ese viejo amigo mío, se instaló en mi nuca. Sus palabras decían una cosa, pero sus ojos… sus ojos no sonreían. Había una frialdad calculadora que nunca antes había visto.
Cuando retiraron los platos fuertes, Vanesa se levantó.
—Necesito ir al tocador antes del postre. No tardo.
Me dio un beso en la mejilla —un beso seco, rápido— y se alejó caminando con esa gracia ensayada que tanto admiraba. Me quedé solo, mirando hacia el Castillo de Chapultepec iluminado a lo lejos. Mi teléfono vibró con mensajes de mis socios en Guadalajara, pero los ignoré. Algo no encajaba. Mi instinto, el mismo que me avisaba cuando un trato “perfecto” tenía letras chiquitas peligrosas, estaba sonando una alarma silenciosa.
Fue entonces cuando el chef principal, un francés llamado Claude que cobraba más que un diputado, apareció con dos platos cubiertos de plata.
—Monsieur Montenegro, el postre de aniversario especial. Suflé de chocolate con láminas de oro y frambuesa. La señorita Vanesa mencionó que era su favorito.
Le agradecí con un gesto. El chocolate era mi favorito, sí, pero estaba seguro de que nunca se lo había mencionado a Vanesa. Soy diabético controlado y suelo evitar los postres muy dulces. Un detalle menor, quizás. Pero en mi mundo, los detalles menores son los que te hunden.
Capítulo 2: El Susurro que lo Cambió Todo
El chef se retiró y yo me quedé observando las campanas de plata que cubrían los postres. De repente, hubo un alboroto en la entrada del restaurante. Escuché voces elevadas y el sonido de alguien corriendo.
—¡Hey! ¡Tú no puedes estar aquí! —gritó el maitre.
Una figura pequeña se deslizó entre las mesas con la agilidad de un gato callejero. Esquivó a un mesero y se plantó justo en la entrada de mi reservado privado.
Era una niña. Una “niña de la calle”, como tristemente las llamamos aquí. Tendría unos 11 o 12 años. Llevaba una sudadera azul deslavada que le llegaba a las rodillas, unos jeans rotos no por moda sino por desgaste, y unos tenis que pedían a gritos ser cambiados. Pero lo que me impactó fueron sus ojos. Grandes, oscuros y llenos de un terror absoluto.
Respiraba con dificultad, como si hubiera subido corriendo los 52 pisos.
—Señor… —dijo, con la voz quebrada.
Me enderecé en la silla, sorprendido pero no molesto. Vengo de abajo, sé lo que es el hambre.
—¿Qué pasa? ¿Quién eres?
La niña miró hacia atrás, viendo que los guardias de seguridad se acercaban. Se lanzó hacia mi mesa y susurró con una urgencia que me heló la sangre.
—No se coma ese pastel. Ella le puso algo.
Me quedé paralizado.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—La señora bonita… su novia —dijo rápido, las palabras atropellándose—. La escuché en la cocina. Le pagó a un cocinero. Le dio un fajo de billetes. Dijo que le pusieran “el encargo” en su postre. Dijo que usted no notaría el sabor con el chocolate.
—¡Señor Montenegro, mil disculpas! —El jefe de seguridad apareció detrás de la niña, tomándola del brazo con brusquedad—. Esta mocosa se coló por la entrada de servicio. La sacaremos inmediatamente.
—¡Espera! —ordené, levantando la mano.
Pero la niña ya estaba luchando, tratando de soltarse. Me miró una última vez, con una desesperación que se me grabó en el alma.
—¡Cambie los platos! —gritó mientras la arrastraban lejos—. ¡Cuando ella no vea, cambie los platos!
Y así, desapareció. El gerente se deshizo en disculpas, prometiendo despedir a medio equipo de seguridad, pero yo ya no lo escuchaba. Me quedé solo frente a los dos platos cubiertos.
La lógica me decía que era absurdo. Vanesa me amaba. Éramos la pareja del año. ¿Por qué querría hacerme daño? Pero miré hacia el pasillo por donde se habían llevado a la niña. Nadie arriesga su libertad y su seguridad para entrar a un lugar así solo para mentirle a un extraño. Esa niña no quería dinero; quería salvarme.
Miré hacia los baños. Vanesa aún no regresaba.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. Con una mano temblorosa, levanté la tapa de mi plato. Un suflé perfecto. Levanté la del plato de Vanesa. Idéntico.
“Cambie los platos”.
Fue un impulso. Una locura. Pero lo hice. Rápidamente, intercambié los platos de lugar. Justo cuando terminé de acomodar los cubiertos, vi a Vanesa acercarse. Se había retocado el labial, un rojo intenso. Sonreía.
—Ya llegó el postre —dijo, sentándose con elegancia—. Espero que te guste, amor. Me aseguré personalmente de que fuera… inolvidable.
Sentí un frío recorrer mi espalda.
—Se ve divino —dije, tratando de que mi voz no temblara—. ¿Brindamos?
—Por nosotros —dijo ella.
Destapamos los postres. Ella tomó su cuchara y, sin dudarlo, hundió el metal en el suave chocolate del suflé que originalmente estaba destinado para mí.
—Mmm, está delicioso, Ricardo. Pruébalo.
Fingí comer una cucharada, llevándome la servilleta a la boca para escupirla discretamente en cuanto ella miró su copa.
—Exquisito —mentí.
Pasaron diez minutos. Diez minutos en los que hablamos de nuestra boda, de la luna de miel en Bali. Diez minutos en los que vi a la mujer que amaba comerse su propia trampa.
Entonces, empezó.
Primero fue una gota de sudor en su frente perfecta. Luego, se llevó la mano a la sien.
—¿Te sientes bien? —pregunté, mi voz sonando lejana a mis propios oídos.
—Sí… solo… hace calor aquí, ¿no? —Su voz se arrastraba un poco.
—El aire acondicionado está perfecto, Vanesa.
Sus manos empezaron a temblar. Soltó la cuchara y esta golpeó el plato con un ruido agudo. Sus pupilas estaban dilatadas.
—Ricardo… me siento… mareada.
En ese momento, su teléfono, que estaba sobre la mesa, se iluminó con un mensaje. Lo vi de reojo. Un contacto guardado como “J”.
El mensaje decía: “¿Ya cayó? Avísame para proceder con las cuentas.”
El mundo se detuvo. La niña tenía razón. Todo era verdad.
Vanesa se desplomó sobre la mesa, tirando la copa de vino tinto que manchó el mantel blanco como si fuera sangre.
—¡Ayuda! —grité, poniéndome de pie—. ¡Llamen a una ambulancia!
Mientras el caos estallaba a mi alrededor, mientras los paramédicos entraban corriendo y Vanesa balbuceaba incoherencias, yo solo podía pensar en una cosa: en algún lugar de las frías y peligrosas calles de la Ciudad de México, había una niña pequeña que acababa de salvarme la vida, y yo tenía que encontrarla.
PARTE 2: LA BÚSQUEDA Y LA VERDAD
Capítulo 3: La Conspiración
La sala de espera del Hospital ABC de Observatorio era estéril y silenciosa, un contraste brutal con el caos del restaurante. Vanesa estaba en terapia intensiva. Los médicos dijeron que había ingerido una neurotoxina potente, probablemente derivada de una planta exótica. Si hubiera tardado diez minutos más en recibir ayuda, estaría muerta.
La policía llegó rápido. El Detective Herrera, un hombre con cara de pocos amigos y mucha experiencia, me tomó la declaración.
—Señor Montenegro, el chef confesó. Le pagaron 50 mil pesos por añadir un “polvo especial” a su postre. Dijo que la señorita Vanesa se lo entregó personalmente.
Entregué el teléfono de Vanesa. Conocía su contraseña; era la fecha de nuestra primera cita. Lo que encontraron los peritos cibernéticos fue una novela de terror. Vanesa no era Vanesa Palmer. Su verdadero nombre era Elena Markov, una estafadora buscada en tres países. “J” era Jasón, su amante y socio. El plan era simple: matarme, heredar mi fortuna gracias al testamento que firmé hace un mes (cegado por el “amor”), y desaparecer.
Me sentí estúpido. Me sentí usado. Pero sobre todo, me sentí en deuda.
—Detective, necesito encontrar a la niña —le dije—. La que entró al restaurante.
—Señor, es una niña de la calle. Esas niñas son fantasmas. No tienen registro, no tienen casa. Será imposible.
—No me importa —dije, poniéndome de pie y ajustándome el saco—. Ella es la única razón por la que no estoy en esa camilla. Voy a encontrarla.
Salí del hospital a las 3 de la mañana. Llamé a mi jefe de seguridad.
—Quiero a todo el equipo en la zona de Reforma y Polanco. Busquen en albergues, bajo los puentes, en las estaciones de metro. Es una niña de 12 años, sudadera azul, tenis rotos. Quien la encuentre se gana un bono de un año de sueldo.
Capítulo 4: El Fantasma de Chapultepec
Pasé las siguientes 48 horas sin dormir. Recorrimos cada rincón oscuro de la ciudad. Fui a albergues donde el olor a desesperanza se te pegaba a la ropa. Hablé con personas que la sociedad prefiere ignorar.
Finalmente, una pista. Una monja en un comedor comunitario cerca de la Merced reconoció la descripción.
—Le dicen Lili. Es lista como ella sola. A veces duerme en la entrada de servicio de un viejo edificio en la colonia Juárez o se mete al Bosque de Chapultepec.
Me dirigí a Chapultepec al amanecer. Dejé el Bentley en la avenida y entré caminando. La niebla cubría el lago.
—¿Lili? —llamé, sintiéndome ridículo gritándole a los árboles.
Y entonces la vi. Estaba sentada en una banca de piedra, abrazando sus rodillas para darse calor. Me vio y se puso tensa, lista para correr.
—Tranquila —dije, levantando las manos—. Soy yo. El señor del restaurante.
Ella me estudió con esos ojos inteligentes y desconfiados.
—Usted cambió los platos —dijo. No era una pregunta.
—Sí. Gracias a ti. Me salvaste la vida, Lili.
—¿La señora bonita se murió?
—No. Está en el hospital, y luego irá a la cárcel. Ella era mala, Lili. Muy mala.
La niña asintió, como si la maldad fuera algo a lo que ya estaba acostumbrada.
—Tenía que avisarle. No estaba bien lo que iban a hacer.
Me senté en el otro extremo de la banca, respetando su espacio.
—Tengo hambre —dijo de repente.
La llevé a una cafetería VIPs cercana. Verla comer fue desgarrador. Devoró los hot cakes como si fuera su última comida.
—¿Dónde están tus papás, Lili?
—Se fueron al cielo. Hace mucho.
—¿Y con quién vives?
—Conmigo misma. Es mejor así. Los adultos mienten.
Esa frase me dolió más que la traición de Vanesa.
—No todos, Lili. Yo no te voy a mentir. Quiero ayudarte. No puedes seguir en la calle. Es peligroso, y más ahora. Los amigos de esa mujer podrían buscarte si saben que fuiste tú quien los delató.
El miedo cruzó su rostro por primera vez.
—Tengo una casa grande —le dije—. Muy grande y muy vacía. Puedes quedarte ahí. Solo unos días, hasta que sepamos qué hacer. Te prometo que nadie te hará daño.
Me miró durante un minuto eterno. Evaluándome. Finalmente, asintió.