
PARTE 1: EL DESAYUNO DE LAS SOMBRAS
Capítulo 1: La Perfección es una Mentira
El olor a tocino frito debería ser una señal de hogar, de paz, de un sábado por la mañana en familia. Pero en nuestra casa de San Pedro Garza García, el aroma se sentía como el preludio de un funeral. Eran las 5:00 a.m. y yo ya estaba en la cocina, con el mandil puesto, tratando de ser la mujer que Esteban Hayes merecía. Llevábamos tres meses de casados, un matrimonio que para mis amigas de la universidad era “el golpe de suerte del siglo”.
Esteban era el epítome del éxito regiomontano. Guapo, con una mandíbula que parecía esculpida en granito y una voz que dominaba cualquier sala de juntas. Yo, Eliza, era la mujer que venía a llenar el vacío que dejó Sarah, su primera esposa, quien murió trágicamente al caer por las escaleras. Mi mayor reto no era ser esposa, sino ser madre para Lilí, una niña de cinco años que parecía hecha de cristal y silencios.
Esa mañana preparé hot cakes en forma de osito. Quería verla sonreír. “Huele increíble, amor”, dijo Esteban detrás de mí. Su presencia siempre me daba seguridad, o eso creía yo. Me dio un beso frío en la mejilla mientras no despegaba los ojos de su celular. Cuando Lilí bajó las escaleras, el ambiente se congeló. La niña caminaba pegada a la pared, como si el pasillo estuviera lleno de fantasmas.
—Buenos días, mi vida —le dije con mi voz más dulce.
Lilí no respondió. Se sentó en el lugar más alejado de mí. Sus ojitos saltaban de su plato a su papá, nerviosa, con las manos entrelazadas debajo de la mesa. Cuando me acerqué para acomodarle una de sus trenzas deshechas, ocurrió lo de siempre.
—¡No! —gritó Lilí. Fue un alarido de puro terror. Se echó hacia atrás con tanta fuerza que la silla de madera chirrió violentamente contra el mármol.
Me quedé con la mano en el aire, paralizada. Mi corazón se hundió. Solo quería peinarla, no pegarle. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido de la cuchara de Esteban chocando contra su taza de café. Él dejó el celular y me miró. No era una mirada de amor; era la mirada de un fiscal analizando a un criminal.
—Eliza —dijo con una lentitud exasperante—, te he dicho que no seas tan brusca. La asustaste.
—Esteban, solo quería peinarla… no le hice nada —me defendí, sintiendo que las lágrimas empezaban a traicionarme.
—Un niño no reacciona así por nada, Eliza. Mírala, está temblando.
Y era cierto. Lilí temblaba como si estuviera frente a un lobo. ¿Por qué me veía así? ¿Qué había en mí que le causaba tanto pavor?
Capítulo 2: El Dibujo del Monstruo
El resto de la mañana fue un suplicio. Al momento de irse al colegio, intenté darle un beso de despedida en la mejilla. Lilí volvió a gritar y se escondió detrás de las piernas de su padre. Vi a la vecina de enfrente, que regaba sus plantas, mirarnos con una expresión de sospecha que me hizo querer desaparecer.
—Hablaremos de esto en la noche, Eliza —sentenció Esteban antes de subir al coche—. No me gustan estos espectáculos matutinos. Los vecinos están viendo. Cuida tu comportamiento.
Me quedé sola en la entrada de la mansión, sintiéndome como una intrusa en mi propia vida. Al darme la vuelta para entrar, vi algo en el suelo, cerca de una maceta. Era el cuaderno de dibujos de Lilí. Lo abrí y el aire se me escapó de los pulmones.
Era un dibujo hecho con crayones rojos y negros. Había un hombre alto, una niña pequeña y una mujer con el pelo largo. Pero la mujer no tenía cara normal; Lilí la había dibujado con una boca negra gigante y brazos anormalmente largos que rodeaban el cuello de la niña. Arriba, en letra de kinder, decía: “Mamá mala”.
Lo que me hizo perder el equilibrio fue el detalle del vestido de la “mamá mala”. Tenía el mismo patrón de flores de mi pijama favorita. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. En ese momento, mi celular vibró. Un mensaje de un número desconocido:
“Tu esposo es un gran cuentacuentos, pero olvidó tapar un pequeño agujero”.
Pasé el día en un trance. En el trabajo no podía concentrarme. ¿Quién me mandaba ese mensaje? ¿Por qué Lilí me dibujaba como un demonio? Decidí que no me dejaría vencer. Compré un oso de peluche gigante, el que ella había pedido semanas atrás, con la esperanza de que fuera el puente que necesitábamos.
Cuando llegué a casa, Esteban ya estaba ahí. Extraño, él nunca llegaba temprano. Entré a la sala y vi a Lilí jugando con un rompecabezas junto a María, nuestra empleada doméstica. Al verme, Lilí se puso rígida.
—Mira lo que te traje, nena —dije, arrodillándome y extendiendo el regalo—. Es el oso que querías.
Lilí no se movió. Su respiración se volvió errática.
—Anda, ábrelo conmigo —insistí, tratando de tocar su hombro.
—¡Aléjate! ¡Vete! —gritó ella con una fuerza histérica. Tomó la caja del oso y me la lanzó con todas sus fuerzas. La esquina dura de la caja me golpeó justo en la sien.
El dolor fue agudo y el mareo instantáneo. Me llevé la mano a la frente y sentí un bulto creciendo. Lilí se arrinconó contra la pared, tapándose los oídos y gritando: “¡No me pegues! ¡Papá, ayúdame! ¡No me pegues más!”.
—¿Qué está pasando aquí? —la voz de Esteban retumbó desde su despacho.
Apareció con el rostro rojo de furia. Corrió hacia Lilí, la cargó y la abrazó como si la estuviera rescatando de un incendio. Luego se giró hacia mí. Sus ojos eran dos pozos de odio.
—¿Qué le hiciste, Eliza? —siseó.
—¡Ella me pegó a mí, Esteban! Mira mi frente, me lanzó la caja…
—No seas dramática —me interrumpió con una frialdad que me detuvo el corazón—. Una niña no se vuelve loca a menos que la provoquen. Estás tratando de forzar tu “bondad” para quedar bien, pero la estás destruyendo. Si no estás lista para ser madre, dilo, pero no uses a mi hija como experimento para tus problemas emocionales.
Esa noche me mandó a dormir al cuarto de invitados. Me sentí humillada frente a María, quien recogía las piezas del rompecabezas sin mirarme. Pero al ayudarle a limpiar, debajo de un cojín del sofá, encontré algo pequeño y negro. No era una pieza de juguete. Era una grabadora de voz profesional, de esas que parecen memorias USB.
La escondí en mi bolsillo antes de que alguien la viera. Mi celular vibró de nuevo. El mismo número desconocido. Esta vez era una foto.
Era el ticket de una farmacia de hace dos días. El nombre del cliente: Esteban Hayes. El medicamento: Haloperidol. Debajo, un mensaje que me hizo vomitar: “Pregúntale a tu esposo perfecto en qué leche lo está mezclando cada noche”.
PARTE 2: EL DESPERTAR DEL MONSTRUO
Capítulo 3: La Trampa de los Moretones
El Haloperidol es un fármaco para tratar la esquizofrenia severa. Causa alucinaciones, paranoia y estados de confusión si se da a alguien sano, y más si es un niño. Mi mente volaba. ¿Esteban estaba drogando a su propia hija para que me tuviera miedo? ¿Para hacerme creer que yo estaba loca?
Bajé a la cocina a las 2:00 a.m. Necesitaba revisar el bote de leche de Lilí. Mis manos temblaban tanto que tiré el polvo al suelo. De pronto, la luz se encendió.
—¿Buscando veneno para ratas, Eliza? —Esteban estaba en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Su sombra se proyectaba larga y amenazante sobre los azulejos blancos.
—Esteban… yo… solo quería leche…
—No me mientas. Has estado actuando como una paranoica todo el día.
—¡Lilí no está bien, Esteban! —exploté—. Sus reacciones no son normales. ¿Qué le estás dando? ¿Qué es ese medicamento que compraste?
Él soltó una carcajada seca, sin pizca de gracia. Se acercó a mí y me agarró del brazo con una fuerza que me hizo gemir. Me arrastró escaleras arriba, hasta el cuarto de Lilí. Entramos de golpe, asustando a la niña que dormía.
—Mira esto —ladró Esteban, subiéndole la manga de la pijama a Lilí.
En su brazo había un moretón enorme, morado, con la forma perfecta de un pellizco humano. Ahogué un grito.
—¿Cómo pasó esto? —pregunté horrorizada.
—Ella me lo dijo antes de dormir —dijo Esteban, mirándome con asco—. Dijo que “mamá Eliza” la pellizcó cuando yo estaba en la regadera y que la amenazaste con pegarle más si decía algo.
—¡Es mentira! ¡Lilí, mi vida, yo jamás te tocaría así! —grité desesperada.
Lilí solo lloraba, escondiendo la cara. “Me duele, papá, tengo miedo”, sollozaba. Mi mundo se caía a pedazos. Esteban me sacó a empujones del cuarto.
—Mañana mismo llamaré a un psiquiatra. O estás loca y tienes lagunas mentales donde abusas de ella, o eres un monstruo consciente. En cualquier caso, no te acercarás a ella sin supervisión. Si encuentro otro moretón, te refundiré en la cárcel.
Me encerré en el cuarto de invitados, temblando. ¿Realmente era yo? ¿Podía una persona disociarse tanto? Entonces recordé la grabadora. Saqué mi laptop, conecté el dispositivo y me puse los audífonos.
La grabación era de esa tarde, mientras yo estaba en la oficina. Se escuchaban pasos pesados. Era Esteban.
—Lilí, ven aquí —decía su voz, pero no era la voz dulce de siempre. Era una voz de ultratumba.
—No, papá, me das miedo.
—He dicho que vengas. ¿Quieres que te encierre de nuevo en el sótano con las arañas? Escúchame bien: cuando esa mujer llegue, tienes que gritar. Si se acerca, lánzale cosas. ¿Entendido?
—Pero mamá Eliza es buena…
—¡Ella no es tu madre! —se escuchó un golpe—. Es una bruja que quiere robarnos la casa. Si no haces lo que te digo, le cortaré la cabeza a tu oso.
Se escuchó el sonido de tela rasgándose. El llanto de Lilí era desgarrador. Me tapé la boca para no gritar. No estaba loca. Esteban era el demonio.
De pronto, el cursor de mi laptop empezó a moverse solo. Alguien había entrado remotamente a mi computadora. Se abrió un bloc de notas y empezaron a aparecer letras, una por una:
“SÉ QUE ESTÁS ESCUCHANDO, QUERIDA ESPOSA. ABRE LA PUERTA. AHORA”.
Capítulo 4: El Diario de los Muertos
El pomo de la puerta empezó a girar. Con la adrenalina a tope, arranqué la memoria USB y la escondí dentro de mi sostén. La puerta se abrió. Esteban entró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—¿Todavía despierta? —preguntó suavemente—. Me llegó una alerta de seguridad de que alguien intentaba hackear nuestra red desde esta laptop. Debes tener cuidado, Eliza. Estás viendo cosas donde no las hay.
Me quitó la computadora y mi celular. “A partir de mañana, estás en una desintoxicación digital. Necesitas curarte”. Me encerró bajo llave por fuera.
Pasé dos días prisionera. María, la empleada, me pasaba la comida llorando. Me confesó que Esteban pagaba el tratamiento médico de su hijo y que la tenía amenazada. Yo buscaba una salida. El tercer día, noté que la puerta del ático, que siempre estaba cerrada, estaba entreabierta.
Subí con cuidado. Entre cajas llenas de polvo, encontré un baúl viejo. Al fondo, bajo unos manteles, había un diario de piel. Era de Sarah, la primera esposa.
Leí las páginas con el corazón en la mano. Sarah describía exactamente lo mismo: el Haloperidol, el aislamiento, cómo Esteban le hacía creer que estaba loca. La última entrada decía: “Él me empujó por las escaleras el mes pasado y perdí al bebé. Ahora dice que si no le firmo el fideicomiso de mi padre, Lilí tendrá un ‘accidente’. No es un hombre, es el diablo. Si alguien lee esto, busque detrás del cuadro de girasoles en su despacho. Ahí está el testamento real”.
Bajé al despacho de Esteban mientras él estaba fuera. Moví el cuadro de Van Gogh y ahí estaba: un sobre con el testamento del padre de Sarah. La mansión y toda la fortuna eran de Lilí. Esteban no tenía nada, a menos que Lilí muriera o fuera declarada mentalmente incapaz antes de los 21 años. Por eso la drogaba. Por eso me usaba a mí como testigo de su “locura”.
Estaba por salir cuando escuché pasos. No era Esteban, era el guardia de seguridad. Pero antes de que pudiera esconderme, Esteban apareció detrás de mí. Tenía un martillo en la mano.
—Sabía que serías un problema, Eliza —dijo, y de un golpe destrozó el teléfono fijo de la pared—. El doctor ya está aquí. Vamos a darte algo para que duermas… para siempre.
CAPÍTULO 5: El Infierno de Jessica y la Máscara de los Hayes
El despertar no fue un alivio, fue un descenso lento hacia un fango pegajoso. Lo primero que sentí fue el peso de mis propios párpados; pesaban como si alguien hubiera cosido plomo a mis pestañas. Intenté mover la lengua, nhưng lo único que encontré fue una sequedad desértica y un sabor metálico, amargo, que se me pegaba al paladar como una capa de arsénico.
—Ya está abriendo los ojos la “enferma” —una voz aguda, cargada de un desprecio aristocrático, cortó el aire gélido de la habitación.
Forcé la vista. El techo de la habitación de invitados giraba lentamente. Las molduras de yeso parecían serpientes blancas retorciéndose. Cuando el mundo dejó de dar vueltas, la vi. Catherine, mi suegra, estaba sentada en un sillón de terciopelo, impecable en su traje de sastre color perla, sosteniendo un rosario de plata entre sus dedos enguantados. A su lado, Esteban permanecía de pie, con la cabeza gacha y los hombros caídos, en la actuación más magistral de “esposo devastado” que jamás hubiera visto.
—Catherine… —mi voz salió como un graznido roto, apenas un susurro que me dolió en la garganta—. Esteban… él… él me drogó…
Catherine soltó un suspiro de fastidio, como si mis palabras fueran una mancha de grasa en su alfombra persa.
—Mírala, Esteban —dijo ella, sin siquiera dirigirme la mirada—. Es patético. Mi hijo, un hombre de éxito, un Hayes, arrastrado al fango por una mujer que no puede controlar sus propios demonios. Dr. Evans nos advirtió que las alucinaciones serían peores después de tu última crisis.
—¡No es una crisis! —intenté incorporarme, pero mis brazos eran como gelatina. Caí de nuevo contra las almohadas, sintiendo una punzada de dolor en el sitio donde me habían inyectado—. Él compró Haloperidol… lo vi… el ticket… Lilí tiene moretones que él le hizo…
Esteban se acercó a la cama. Se sentó en el borde y tomó mi mano con una suavidad que me dio náuseas. Sus dedos estaban fríos. Me miró a los ojos con una ternura fingida que me heló la sangre.
—Eliza, mi amor —susurró, y pude oler el rastro de su loción costosa mezclada con el aroma a menta de su aliento—. Estás muy mal. Ese medicamento que mencionas… es el que el doctor te recetó a ti para tus episodios de disociación. ¿No lo recuerdas? Lo compramos juntos. Tu mente está tratando de proyectar tus acciones en mí para no sentir culpa por lo que le hiciste a Lilí.
—Eres un mentiroso… —lágrimas de pura rabia empezaron a rodar por mis mejillas—. Sé lo que escuché en la grabadora…
—¿Qué grabadora, querida? —Esteban ladeó la cabeza, sonriendo apenas un milímetro—. No hay ninguna grabadora. No hay mensajes. Solo estás tú, en esta habitación, perdiendo la razón.
Catherine se levantó, haciendo sonar sus joyas de oro. Se acercó a mí y, por un segundo, vi un destello de algo parecido a la duda en sus ojos, pero se desvaneció tan rápido como llegó, reemplazado por la rigidez de quien prefiere una mentira prestigiosa a una verdad incómoda.
—Fuiste una mala inversión, Eliza —sentenció la mujer—. Pensé que podrías ser la madre que Lilí necesitaba, pero solo eres una carga. Agradece que mi hijo es un santo y no te ha echado a la calle. Ha contratado personal especializado para que te cuide aquí mismo.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Una mujer entró caminando con una seguridad que rayaba en la arrogancia. Llevaba un uniforme de enfermera blanco, tan ajustado que parecía una segunda piel, y un maquillaje demasiado recargado para alguien que se supone debe cuidar enfermos. Tenía el cabello rubio oxigenado y unos ojos felinos que me recorrieron de arriba abajo con una burla evidente.
—Ella es Jessica —anunció Esteban, y por un segundo, vi cómo su mano rozaba la cintura de la mujer al pasar a su lado. Un gesto casi invisible, pero cargado de una intimidad eléctrica—. Es la mejor enfermera privada de la ciudad. Ella se encargará de que sigas tu tratamiento al pie de la letra, las veinticuatro horas del día.
—Mucho gusto, señora Hayes —dijo Jessica. Su voz era la misma que había escuchado en las llamadas secretas de Esteban. La “cliente” exigente. La amante—. No se preocupe, vamos a llevarnos muy bien. Yo sé exactamente qué es lo que usted necesita para estar… tranquila.
Catherine asintió, satisfecha.
—Me voy. No soporto ver este espectáculo ni un minuto más. Esteban, acompáñame al coche. Tenemos que hablar sobre el fideicomiso de Lilí ahora que su “madre” no está en condiciones de opinar.
Esteban le dio un beso en la frente a su madre y luego me miró a mí una última vez. Su mirada era un abismo oscuro.
—Descansa, Eliza. Jessica cuidará de ti. No intentes levantarte, podrías… lastimarte más.
Cuando la puerta se cerró tras ellos y escuché el doble clic de la cerradura, el ambiente en la habitación cambió drásticamente. El aire se volvió pesado, tóxico. Jessica dejó su maletín en la mesa y se acercó a mí. Ya no sonreía de forma profesional. Su rostro se transformó en una máscara de pura maldad.
—Vaya, vaya —dijo, arrastrando las palabras mientras se sacaba los guantes de látex—. Así que esta es la famosa Eliza. La “reemplazo”. Esteban me dijo que eras aburrida, pero no mencionó que eras tan… frágil.
Se sentó en el sillón que antes ocupaba Catherine y cruzó las piernas, sacando un cigarrillo electrónico.
—¿Quién eres? —logré decir, tratando de mantener la dignidad a pesar de mi estado.
—Soy la mujer que va a heredar tu vida, cariño —respondió con una risita cruel—. Esteban y yo llevamos años planeando esto. Sarah fue un hueso duro de roer, le tomó tiempo convencer a todos de que era una loca, pero con contigo… contigo ha sido pan comido. Eres tan emocional, tan desesperada por amor, que te pusiste la soga al cuello solita.
—Él la mató… a Sarah… —dije, sintiendo cómo el corazón me martilleaba en el pecho.
Jessica se encogió de hombros, restándole importancia al asesinato de una mujer.
—Los accidentes pasan, Eliza. Como el que te va a pasar a ti si no cooperas. Esteban necesita que parezcas mentalmente inestable por un tiempo más. Lo suficiente para que el juez le dé el control total de los bienes de la mocosa de Lilí. Y después de eso… bueno, digamos que el mundo no extrañará a una mujer que “sucumbió” ante su propia enfermedad mental.
Se levantó y preparó una bandeja con un vaso de agua y tres pastillas de colores brillantes. Se acercó a la cama y me tomó del mentón, apretando mis mejillas con sus uñas largas y afiladas hasta que me obligó a abrir la boca.
—Ahora, sé una buena niña y trágate esto. Es para que dejes de ver fantasmas. Aunque, si me preguntas a mí, los fantasmas son mucho más amables que lo que te espera si me haces perder el tiempo.
Intenté escupir, pero ella me tapó la nariz, obligándome a tragar por instinto. El líquido bajó quemando por mi garganta.
—Eso es —susurró a mi oído—. Ahora duérmete. Disfruta de tus últimas noches en esta cama, porque muy pronto, yo estaré durmiendo en la principal, con tu esposo y tu dinero.
Se alejó hacia la esquina de la habitación, prendió su celular y empezó a tomarse selfies en el espejo, ignorándome por completo, como si yo ya fuera un cadáver. Yo me quedé ahí, mirando hacia el techo. Mis ojos se posaron en el detector de humo. Vi el pequeño parpadeo rojo. La lente de la cámara oculta.
“Él me está mirando”, pensé con un terror paralizante. Esteban estaba en algún lugar de esa casa, viéndome ser humillada por su amante, disfrutando de mi caída.
Pero en medio de la neblina del fármaco, una chispa de lucidez brilló en mi mente. Si ellos pensaban que ya me habían destruido, ese sería su error. Jessica era descuidada, era vanidosa. Y Esteban… Esteban era arrogante. El diario de Sarah seguía en el ático, y el secreto detrás de los girasoles me estaba esperando.
No iba a morir en esa cama. No iba a dejar que Lilí terminara como su madre. Si ellos querían una loca, les daría a la loca más peligrosa que jamás hubieran imaginado. Cerré los ojos, fingiendo el sueño de la sedación, mientras por dentro empezaba a afilar los cuchillos de mi propia venganza. El infierno apenas comenzaba, pero yo ya estaba aprendiendo a caminar entre las llamas.
CAPÍTULO 6: El Escape y el Infierno en las Sombras
El silencio en la mansión de Las Lomas no era un silencio de paz; era un silencio espeso, como el de una tumba recién sellada. El reloj de pared marcaba las 2:00 a.m. y el único sonido en la habitación de invitados era la respiración rítmica y pesada de Jessica. La “enfermera” estaba desparramada en el sofá, con los auriculares puestos y la luz de su teléfono iluminando su rostro lleno de arrogancia incluso en sueños. Se había quedado dormida viendo videos, confiada en que la dosis de sedantes que “me obligó” a tomar me tendría fuera de combate hasta el amanecer.
Pero mi rabia era más fuerte que cualquier fármaco. Había mantenido la pastilla bajo la lengua, soportando su sabor amargo y químico, hasta que ella se distrajo con sus selfies. En cuanto sentí que su vigilancia flaqueaba, la escupí. Ahora, mis sentidos estaban agudizados por la adrenalina. Cada sombra en la pared parecía una advertencia.
Me deslicé fuera de las sábanas con la cautela de un fantasma. Mis pies descalzos tocaron el mármol frío. Me dirigí al gran armario de madera de caoba que cubría la pared derecha. Sabía, por los planos que alguna vez vi durante la remodelación, que esta habitación compartía un muro con el despacho de Esteban. En estas casas antiguas, las puertas de servicio solían ser clausuradas pero nunca eliminadas.
Tanteé con los dedos el fondo del armario, sintiendo las grietas en la madera. Allí estaba: una moldura que no encajaba. Usé un pasador de pelo, el mismo que había rescatado del suelo horas antes, y lo forcé en la cerradura oxidada. Mis manos temblaban. “Por favor, por Sarah, por Lilí…”, suplicaba en silencio.
Click.
La pequeña puerta secreta crujió, un sonido que para mí sonó como una explosión en medio de la noche. Me quedé inmóvil, mirando a Jessica. No se movió. Entré al despacho de Esteban.
El aire aquí olía a tabaco caro, a coñac y a una ambición podrida. La habitación estaba sumida en una penumbra azulada por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales. Mi primer objetivo era el cuadro. Los girasoles. Estaba colgado justo encima de su escritorio de cuero. Lo bajé con cuidado, sintiendo su peso excesivo. Al darle la vuelta, mis dedos rozaron un sobre de papel manila pegado con cinta industrial.
Lo arranqué y lo abrí ahí mismo, bajo el rayo de luna. El testamento original del padre de Sarah.
—Maldito seas, Esteban —susurré con la voz quebrada.
El documento era claro: Esteban no era el dueño de nada. La mansión, las cuentas en el extranjero, las acciones… todo pertenecía a Lilí. Esteban solo era el administrador mientras ella fuera menor de edad. Pero había una cláusula de muerte: si la niña fallecía o era declarada mentalmente incapaz, todo el patrimonio pasaba legalmente a él. Por eso la drogaba. Por eso quería que yo testificara que la niña era peligrosa. Estaba construyendo un caso legal para encerrarla en un psiquiátrico y quedarse con su fortuna.
Pero lo peor estaba por venir.
La computadora de Esteban estaba encendida en modo de espera. Toqué el ratón y la pantalla se iluminó, mostrándome algo que me detuvo el corazón. No eran correos de negocios. Era un mosaico de cámaras de seguridad. Una de ellas apuntaba directamente a la cama de Lilí.
En la pantalla, vi cómo la puerta de la niña se abría lentamente. Una figura entró. No era un fantasma, aunque lo parecía. Era Esteban, pero llevaba puesta una máscara grotesca, la cara de una anciana marchita con el pelo enmarañado y una sonrisa sangrienta. Era la “Mamá Mala” del dibujo de Lilí.
Vi, en tiempo real y sin sonido, cómo Esteban se acercaba a la pequeña. Lilí se despertó de un salto, pegando su cuerpecito contra la cabecera, temblando de una forma que me desgarró el alma. Él sacó un cuchillo de carnicero y lo pasó lentamente cerca de la cara de la niña. Podía ver el movimiento de sus labios tras la máscara: la estaba amenazando, susurrándole horrores, rompiendo su psique noche tras noche para que ella creyera que cualquier mujer que se le acercara era ese monstruo.
Sentí una náusea violenta. El hombre con el que dormía era un depredador psicológico.
—¡Basta ya! —grité, golpeando el escritorio.
El sonido alertó a los guardias. Escuché pasos pesados en el pasillo y el grito de Jessica desde mi habitación:
—¡Esteban! ¡La perra se escapó! ¡Está en el despacho!
La puerta principal del despacho se abrió de golpe. Era Javier, el guardia de seguridad principal, un hombre robusto que siempre me había mirado con una mezcla de lástima y respeto. Detrás de él, Jessica entró corriendo, con el rostro descompuesto por la furia.
—¡Agárrala, Javier! ¡Dale con la macana, está teniendo un brote psicótico! —chilló Jessica, señalándome—. ¡Mírala, está robando documentos!
Javier dio un paso hacia mí, con su arma reglamentaria en el cinturón. Yo retrocedí hasta quedar pegada al monitor de la computadora, donde el video de Esteban con la máscara seguía reproduciéndose.
—¡Mire el monitor, Javier! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Mire lo que su patrón le hace a esa niña todas las noches! ¡Usted tiene hijos! ¡Dígame si esto es justicia!
El guardia se detuvo. Sus ojos se fijaron en la pantalla. Vio a Esteban, el gran señor Hayes, atormentando a una niña de cinco años con un cuchillo. Vi cómo la mandíbula de Javier se tensaba. El silencio en la habitación se volvió insoportable.
—¡No lo escuches! —intervino Jessica, tratando de tapar la pantalla—. ¡Es un montaje! ¡Javier, haz tu trabajo o te juro que Esteban te despide y se asegura de que no vuelvas a trabajar ni de cerillito en el súper!
Javier miró a Jessica, luego me miró a mí. Sus ojos brillaron con una decencia que yo no esperaba encontrar en esa casa.
—Lo siento, señorita Jessica —dijo Javier con una voz profunda y calmada—, pero yo no me alquilé para cuidar a un monstruo.
En un movimiento rápido, Javier sacó su macana y, antes de que Jessica pudiera reaccionar, le propinó un golpe certero en la base del cuello. Ella cayó al suelo como un fardo de ropa vieja, inconsciente.
—Váyase, señora —me dijo Javier, entregándome las llaves de su propia camioneta—. Salte por la ventana del balcón, caiga en la alberca para amortiguar. Yo iré por la niña.
—Pero Esteban…
—Yo me encargo. ¡Corra!
Salté. El frío del agua de la alberca me cortó la respiración, pero la adrenalina me mantuvo a flote. Salí del agua y corrí hacia el panel de control eléctrico de la casa. Con una palanca, corté la energía general. La mansión quedó sumida en una oscuridad total.
Desde la calle, mientras corría descalza, escuché un rugido que no parecía humano. Era Esteban. Segundos después, un resplandor naranja empezó a lamer las ventanas del piso superior. El cobarde, al verse descubierto, había decidido quemarlo todo. Estaba rociando gasolina en el cuarto de Lilí, en el despacho, en las escaleras. Quería borrar las pruebas, el diario, el testamento y, sobre todo, quería borrarnos a nosotras.
Corrí hasta el Oxxo de la esquina, con los pies sangrando y el alma en un hilo. La cajera me miró como si fuera una aparecida.
—¡Llame a los bomberos! —le grité—. ¡Y a la policía! ¡Mi esposo está matando a su hija!
Mientras las sirenas empezaban a escucharse a lo lejos, miré hacia la colina. La mansión de los Hayes era ahora una antorcha gigante que iluminaba el cielo de la Ciudad de México. El fuego era hermoso y aterrador al mismo tiempo. En ese momento, una camioneta negra se detuvo frente a mí. La puerta se abrió y Javier bajó, llevando a Lilí envuelta en su propia chaqueta de guardia.
La niña me vio y, por primera vez, no gritó. Extendió sus manitas hacia mí. La cargué, sintiendo su olor a humo y miedo, pero también el calor de su vida.
—Ya pasó, mi amor —le susurré al oído, mientras las lágrimas se mezclaban con el agua de la alberca en mi rostro—. El monstruo ya no tiene máscara. Ahora vamos a quemar su reino de mentiras.
El fuego de la mansión era el fin de mi vida como la conocía, pero también era el bautismo de mi libertad. Esteban pensó que el fuego lo purificaría todo, pero no sabía que yo ya me había convertido en el incendio que terminaría por consumirlo a él.
CAPÍTULO 7: Cenizas, Mentiras y el Surgimiento de una Cazadora
El cielo de la Ciudad de México estaba teñido de un naranja enfermizo. No era el amanecer; era el reflejo de la mansión de los Hayes consumiéndose en un infierno de gasolina y traición. El aire apestaba a caucho quemado, madera antigua y algo mucho más corrosivo: la audacia de un hombre que creía que podía borrar sus pecados con un cerillo.
Me encontraba de pie, a unos cincuenta metros de la línea de seguridad, oculta tras el tronco de un fresno centenario. Estaba empapada, temblando violentamente no solo por el frío de la noche, sino por la descarga de adrenalina que me recorría la columna. Mis pies descalzos estaban cubiertos de hollín y sangre, pero no sentía el dolor. Mis ojos estaban fijos en una sola persona.
Esteban.
—¡Mi hija! ¡Por favor, tienen que sacarla! ¡Mi esposa perdió la razón! —el grito de Esteban cortó el estruendo de las vigas colapsando.
Estaba de rodillas sobre el pavimento, con la camisa de seda chamuscada y el rostro manchado de ceniza de manera estratégica. Se cubría la cara con las manos, fingiendo un sollozo desgarrador mientras dos paramédicos intentaban consolarlo. Un oficial de la policía tomaba nota, mirándolo con una mezcla de lástima y admiración por el “padre heroico” que supuestamente había intentado entrar a rescatar a su familia.
—Ella se encerró… —continuó Esteban, su voz quebrándose perfectamente ante las cámaras de un noticiero local que acababa de llegar—. Eliza tenía una depresión severa… yo intenté ayudarla, le puse enfermeras, doctores… pero esta noche… simplemente se quebró. Ella le prendió fuego a la habitación de mi pequeña Lilí. ¡Es un monstruo!
Escuchar sus palabras fue como recibir una bofetada de hielo. La sangre me hirvió. Era brillante, tenía que admitirlo. En un solo movimiento, Esteban estaba eliminando a los testigos de su fraude —el diario de Sarah, el testamento, a Lilí y a mí— y, al mismo tiempo, se posicionaba como la víctima perfecta para cobrar los seguros y la herencia total.
Estaba a punto de salir de las sombras, de gritarle a todo el mundo que él era el asesino, cuando una mano callosa y firme se posó sobre mi hombro. Casi salto del susto, pero una voz familiar me detuvo.
—No lo haga, señora. Si sale ahora, él ganará. Él controla el guion en este momento.
Era Javier, el guardia. Su rostro estaba marcado por quemaduras leves y su uniforme estaba hecho jirones. Pero lo más importante era lo que llevaba entre sus brazos, envuelto en su pesada chamarra de seguridad.
—¡Lilí! —el grito murió en mi garganta como un suspiro de alivio puro.
Me lancé hacia ellos. Javier bajó a la niña al suelo. Lilí estaba pálida, con los ojos muy abiertos por el shock, pero cuando me vio, ocurrió el milagro que tanto había buscado. No hubo gritos. No hubo terror. La pequeña se lanzó a mis brazos con una fuerza desesperada, enterrando su carita en mi cuello mojado.
—Mamá Eliza… —susurró, y esa palabra fue el golpe final que derribó lo poco que quedaba de mi paciencia con Esteban—. El hombre de la máscara… él quería que nos quemáramos.
—Ya pasó, nena. Ya pasó —le dije, apretándola contra mí, sintiendo su corazón latir como el de un pájaro asustado.
Miré a Javier. Él estaba temblando, mirando la casa que se desmoronaba.
—El señor Hayes… lo vi con mis propios ojos, señora —dijo Javier, con la voz llena de asco—. Él mismo vertió la gasolina. Cuando me vio sacando a la niña por la puerta de la cocina, intentó cerrarnos el paso. Tuve que golpearlo para poder salir. Si vamos con la policía ahora, él dirá que yo soy su cómplice o que usted me pagó. Ese hombre tiene a media delegación en su bolsillo.
—Tiene razón —dije, sintiendo cómo una frialdad nueva, calculadora, se apoderaba de mí—. No podemos jugar bajo sus reglas. Si queremos destruir a un monstruo, tenemos que hacerlo donde su dinero no pueda comprar el silencio.
En ese momento, una camioneta negra blindada, de cristales tan oscuros que parecían obsidiana, se detuvo silenciosamente a pocos metros de nosotros, lejos de las luces de las patrullas. La puerta trasera se abrió y un hombre de unos cuarenta años, de rasgos afilados y mirada inteligente, bajó del vehículo. Reconocí su mandíbula de inmediato. Era igual a la de Lilí.
Andrés Collins. El hermano de Sarah.
Andrés caminó hacia nosotros. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a su sobrina viva. Se arrodilló y le dio un beso en la frente antes de mirarme a mí con una intensidad que me hizo enderezar la espalda.
—Recibí tu mensaje, Eliza —dijo Andrés, su voz era un barítono lleno de autoridad—. Pensé que llegaría a tiempo para evitar esto, pero veo que el malnacido de Esteban fue más rápido.
—No lo suficiente, Andrés —respondí, sacando de mi ropa mojada la bolsa impermeable con las memorias USB y el SD card del testamento—. Aquí está todo. Las grabaciones de él torturando a Lilí, el diario de Sarah donde predice su propia muerte y el testamento real que le roba cualquier derecho sobre esta propiedad.
Andrés tomó las pruebas como si fueran reliquias sagradas.
—Tengo un equipo legal y de relaciones públicas esperando en mi despacho —dijo Andrés, ayudándonos a subir a la camioneta—. Esteban cree que esta noche termina su problema. No sabe que acaba de encender la mecha de su propia ejecución pública.
Subimos al vehículo: Lilí, Javier y yo. Mientras la camioneta se alejaba de la escena del incendio, miré por el cristal trasero. Esteban seguía allí, dando su entrevista, secándose lágrimas falsas ante las cámaras.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Javier, todavía incrédulo por la magnitud de la traición.
—Vamos a hacer lo que él más teme —dije, abriendo la laptop que Andrés me entregó—. Esteban Hayes ha pasado años construyendo una reputación de hombre impecable, de viudo trágico, de padre ejemplar. Vamos a usar internet para que, para cuando salga el sol, no haya un solo rincón en este país donde no se conozca su verdadero rostro.
Mis dedos volaban sobre el teclado. Andrés me ayudó a redactar el hilo de Twitter y el post de Facebook que cambiaría todo. Adjuntamos la primera foto: Lilí conmigo en la camioneta, viva, contrastada con la imagen de Esteban llorando en la televisión. Luego, subimos el primer clip de audio de la grabadora, donde Esteban amenazaba con decapitar al oso de peluche si Lilí no me gritaba.
—”La verdad no se quema” —le dije a Andrés mientras redactaba el encabezado—. Ese será nuestro gancho.
Escribí con el corazón en la mano: “Él quemó nuestra casa para cubrir sus huellas. Pensó que Lilí y yo éramos cenizas. Pero se olvidó de un detalle: los muertos no hablan, pero las sobrevivientes sí. Aquí está la prueba de quién es realmente el ‘ejemplar’ Esteban Hayes”.
—¿Estás lista, Eliza? —preguntó Andrés, con el dedo sobre el botón de “Publicar” en la cuenta de su despacho jurídico, que tenía miles de seguidores—. Una vez que esto esté fuera, no habrá vuelta atrás. Él irá a la cárcel, pero tu vida privada se expondrá al mundo.
Miré a Lilí, que se había quedado dormida apoyada en mi regazo, finalmente en paz. Luego miré mis manos, aún negras por el hollín del incendio que casi nos mata.
—Él intentó convertirme en una loca para robarle a una niña —dije con una firmeza que no sabía que poseía—. No solo estoy lista, Andrés. Estoy ansiosa por ver cómo cae su imperio de naipes.
—Dale “Enter” —ordené.
Andrés presionó la tecla. En ese instante, los bits y bytes cargados de verdad volaron hacia el ciberespacio. El contador de “compartidos” empezó a subir de forma frenética: 100, 500, 2000 en cuestión de minutos. El hashtag #JusticiaParaLili empezó a escalar en las tendencias.
En la distancia, el fuego de la mansión seguía ardiendo, pero dentro de esa camioneta, el verdadero incendio acababa de comenzar. Un incendio digital, legal y moral que no dejaría nada de Esteban Hayes más que el recuerdo de un monstruo desenmascarado.
—Bienvenida a la pelea, Eliza —dijo Andrés, dándome un apretón de manos—. Mañana, el mundo entero será tu testigo.
Apoyé la cabeza en el respaldo del asiento, cerrando los ojos por un segundo. El miedo se había ido. En su lugar, había una determinación fría y cortante. Esteban Hayes pensó que era un maestro de las historias, pero se olvidó de que yo era quien tenía el final de la suya en mis manos.
CAPÍTULO 8: El Juicio de las Llamas y el Renacer de Lilí
La mañana en la Ciudad de México amaneció con un aire pesado, cargado de una humedad que no lograba limpiar el olor a humo que se me había quedado pegado en los poros. El vestíbulo del hospital privado donde Esteban se había “refugiado” era un circo romano moderno. Había luces de cámaras, micrófonos con logotipos de todas las cadenas nacionales y un enjambre de reporteros ansiosos por la tragedia del “viudo de las Lomas”.
Esteban estaba en el centro de todo, sentado en una silla de ruedas con el brazo en cabestrillo, una actuación digna de un Oscar. Su madre, Catherine, estaba a su lado, sosteniendo un pañuelo de seda y sollozando con una elegancia ensayada.
—Fue un infierno, se los juro —decía Esteban, su voz quebrándose en el momento justo mientras las cámaras flasheaban—. Intenté romper la puerta, grité su nombre hasta que mis pulmones no pudieron más… pero Eliza se había encerrado. Ella… ella no estaba bien de sus facultades. Se llevó a mi hija con ella en su locura. Solo quiero justicia para mi pequeña Lilí.
Escuchaba sus palabras desde la pantalla de una tablet en la camioneta de Andrés, estacionada justo afuera. Sentí una náusea profunda, pero también una calma gélida. Andrés Collins me miró, ajustándose los anteojos.
—Es hora, Eliza —dijo con voz firme—. El país ya está viendo el video que subimos. Solo falta el golpe de gracia.
Bajamos del vehículo. Yo no llevaba seda ni joyas. Vestía unos jeans prestados y una sudadera negra, pero caminaba con una columna de acero. Flanqueada por Andrés y cuatro oficiales de la policía ministerial, entramos al hospital.
El ruido en el vestíbulo era ensordecedor, pero de repente, algo cambió. Un murmullo empezó a correr entre los periodistas. Uno a uno, empezaron a bajar sus cámaras y a mirar sus teléfonos. El hilo de Twitter que habíamos lanzado anoche se había vuelto un incendio forestal digital. Millones de personas ya habían escuchado el audio de Esteban amenazando a la niña.
—Señor Hayes —gritó un reportero de investigación, interrumpiendo el sollozo de Esteban—, ¡estamos viendo un video en vivo en este momento! ¡Dicen que su esposa y su hija están vivas! ¿Qué tiene que decir al respecto?
El rostro de Esteban pasó de un rojo teatral a un blanco cadavérico. Sus ojos se fijaron en la pantalla gigante del vestíbulo, que normalmente pasaba noticias de salud. Andrés había hackeado la señal. Allí estaba yo, en un video grabado apenas diez minutos antes, mostrando los moretones de Lilí y el diario de Sarah.
—¡Eso es un montaje! ¡Es inteligencia artificial! —gritó Esteban, perdiendo los estribos y poniéndose de pie de un salto, olvidando por completo su supuesta lesión en el brazo.
En ese momento, las puertas automáticas se abrieron. Entré yo.
El silencio que siguió fue absoluto. El único sonido era el clic-clic de las cámaras que ahora se giraban hacia mí. Caminé lentamente por el pasillo humano que se abría a mi paso. Me detuve a tres metros de él.
—Buenos días, Esteban —dije, y mi voz resonó con una claridad que me sorprendió incluso a mí—. ¿Cómo va la actuación? Es una lástima que el público ya se sepa el final de tu cuento.
—¡Tú! —rugió él, y por fin, su verdadera cara salió a la luz. Sus ojos se inyectaron en sangre y su mandíbula se tensó con una furia animal—. ¡Deberías estar muerta! ¡Te dije que nadie te creería! ¡Eres una loca, una drogadicta!
—La única droga aquí es la que le dabas a tu hija para robarle su herencia —respondí, manteniendo la mirada—. Javier está afuera, Esteban. Él le entregó a la policía el bidón de gasolina que usaste. Y Sarah… Sarah te dejó un regalo desde la tumba. Su diario ya está en manos de la fiscalía.
Esteban intentó abalanzarse sobre mí, con las manos extendidas como garras para rodear mi cuello. Pero antes de que pudiera tocarme, los oficiales lo taclearon contra el piso de mármol. El sonido de su cara golpeando el suelo fue el punto final de su imperio.
—¡Suéltenme! ¡Saben quién soy yo! —gritaba mientras le ponían las esposas—. ¡Eliza, te voy a matar! ¡Te juro que te voy a destruir!
Catherine, su madre, soltó un grito agudo y se desmayó de verdad esta vez, cayendo sobre un arreglo de flores. Los reporteros grababan cada segundo. La caída del “Príncipe de San Pedro” estaba siendo transmitida en cadena nacional.
Miré a Esteban mientras se lo llevaban arrastrando. Ya no era un hombre poderoso; era un ser pequeño, patético, consumido por su propia codicia.
—Se acabó, Esteban —susurré, aunque él ya no podía oírme entre los gritos de la prensa—. La verdad no se quema.
Seis meses después.
El sol de la tarde bañaba el jardín de nuestra nueva casa. No era una mansión en Las Lomas, era una casa pequeña en un barrio tranquilo de Querétaro, rodeada de árboles de jacaranda y paredes llenas de fotos reales. Aquí no había cámaras ocultas, ni cerraduras dobles, ni el olor metálico del miedo.
Estaba sentada en el porche, viendo a Lilí correr tras una pelota con un perro rescatado que habíamos adoptado. Su risa era un sonido que yo atesoraba más que cualquier joya. Esteban había sido sentenciado a cadena perpetua por intento de homicidio, abuso infantil y el asesinato de Sarah, que pudo probarse gracias a las pruebas que Andrés y yo rescatamos. Jessica, su amante, también estaba tras las rejas por complicidad.
—¡Mamá, mira! —gritó Lilí, corriendo hacia mí con un papel en la mano.
Me entregó un dibujo. Mi corazón dio un vuelco. Ya no había monstruos con bocas negras ni brazos largos. Había una casa con flores, un sol gigante y tres figuras: una niña, una mujer de pelo largo con un corazón rojo en el pecho, y un hombre con lentes.
—¿Quién es él, mi vida? —pregunté, señalando al hombre de lentes.
—Es el tío Drew —dijo ella con una sonrisa brillante—. Dijo que hoy nos traería helado después de su oficina.
En ese momento, el coche de Andrés Collins entró por la cochera. Bajó con una caja de pizza y una sonrisa que le iluminaba la cara. En estos meses, Andrés no solo había sido nuestro abogado; se había convertido en el ancla que nos mantuvo a flote. Había una conexión silenciosa entre nosotros, un entendimiento nacido de haber sobrevivido al mismo monstruo.
Andrés se acercó y me dio un beso suave en la mejilla, un gesto que aún me hacía sonreír como una adolescente.
—¿Cómo están mis chicas favoritas? —preguntó, cargando a Lilí y dándole vueltas en el aire.
—Estamos bien, Andrés —respondí, levantándome para abrazarlos a ambos—. Estamos en casa.
Más tarde, cuando Lilí se quedó dormida y el silencio de la noche era finalmente un refugio y no una amenaza, me quedé mirando las estrellas desde la ventana. Pensé en Sarah y en cómo su dolor se había convertido en nuestra libertad. Pensé en la Eliza que entró a esa mansión hace un año, asustada y sumisa, y en la mujer que era ahora.
El fuego de Esteban lo había consumido a él, pero a mí me había templado como al acero. Había perdido una mansión de mármol, pero había ganado una hija, un compañero y, sobre todo, me había recuperado a mí misma.
Lilí se movió en sus sueños y me susurró: “Te quiero, mami”.
Esa noche, por primera vez en mi vida, dormí sin miedo. El monstruo de la máscara se había ido para siempre, y en su lugar, el amor había construido un reino que ninguna mentira podría volver a derribar.
FIN.