PARTE 1: EL ENCUENTRO Y LA ADVERTENCIA
CAPÍTULO 1: Una Sombra en la Madrugada
El sol apenas comenzaba a despuntar sobre los cerros de Ecatepec, tiñendo el cielo de un tono grisáceo mezclado con el naranja sucio de la contaminación matutina. El oficial Daniel Ramírez dio un sorbo largo a su café, un brebaje aguado y quemado que había comprado minutos antes en la tienda de conveniencia de la esquina. Lo necesitaba. Llevaba doce años en la fuerza, doce años patrullando las calles donde la esperanza a veces parecía un lujo que nadie podía permitirse.
Se recargó contra el cofre frío de su patrulla, la unidad 504, observando el despertar de la colonia. A esa hora, las 6:00 de la mañana, el mundo parecía estar en una pausa tensa. Se escuchaban los primeros motores de las combis arrancando, el ladrido lejano de los perros en las azoteas y el sonido metálico de las cortinas de los negocios abriéndose. Daniel ajustó su chaleco balístico por costumbre, sintiendo el peso familiar del arma en su cadera. Era un hombre grande, de hombros anchos y rostro curtido por el sol y las preocupaciones, un rostro que rara vez mostraba debilidad.
Pero esa mañana, algo rompió su rutina de vigilancia.
Fue un movimiento casi imperceptible por el rabillo del ojo, cerca de un montón de escombro que alguien había dejado en la banqueta días atrás. Daniel giró la cabeza, esperando ver una rata o quizás un gato callejero buscando restos de comida. Su mano derecha se tensó ligeramente, lista para nada en particular, solo alerta.
De entre las sombras, tambaleándose sobre unas patas que parecían demasiado grandes para su cuerpo, emergió.
Era diminuto. Un cachorro de pastor alemán, no más grande que una de las botas tácticas de Daniel. Tenía el pelaje sucio, lleno de polvo y lodo seco, y las orejas caídas, una señal inequívoca de que aún era un bebé. Daniel parpadeó, confundido. En esta zona había muchos perros callejeros, sí, pero solían ser mestizos, curtidos, desconfiados. Ver a un cachorro de raza, tan pequeño y solo, era una anomalía.
—¿Y tú qué, chaparro? —murmuró Daniel, su voz ronca rompiendo el silencio.
El cachorro se detuvo en seco al escuchar la voz. No corrió. No se escondió. Al contrario, clavó sus ojos en Daniel. Eran unos ojos oscuros, profundos, inusualmente brillantes. El animalito temblaba violentamente, como si tuviera hipotermia o, peor aún, un miedo que le calaba los huesos.
Daniel dejó el café sobre el cofre y se agachó lentamente, haciendo una mueca por el dolor en sus rodillas.
—Ven aquí, amigo. ¿Estás perdido?
Extendió la mano, esperando que el cachorro olfateara y luego huyera, como hacían casi todos. Pero lo que sucedió a continuación dejó a Daniel helado. El cachorro no solo se acercó; corrió hacia él. Se estrelló contra sus botas, gimiendo, un sonido agudo y roto que sonaba más a un llanto humano que a un aullido animal.
—Tranquilo, tranquilo —dijo Daniel, sorprendido, intentando acariciar la cabeza del animal.
El cachorro se apartó bruscamente de la caricia, dio dos pasos hacia atrás y ladró. Fue un ladrido ridículo por lo agudo, pero cargado de una urgencia feroz. Luego, giró sobre sí mismo y caminó unos metros hacia la calle desierta, deteniéndose para mirar atrás, directamente a los ojos de Daniel.
El oficial frunció el ceño.
—¿Qué traes? ¿Tienes hambre?
Daniel metió la mano en su bolsillo y sacó un paquete de galletas que guardaba para media mañana. Rompió un pedazo y lo lanzó cerca del perro. El cachorro ni siquiera lo miró. La comida, el instinto más básico de cualquier animal callejero, no le importaba en absoluto.
—Raro… muy raro —pensó Daniel.
El cachorro volvió a ladrar, esta vez con más fuerza, y corrió un poco más lejos, hacia la intersección que llevaba a la zona de terrenos baldíos, donde el pavimento terminaba y comenzaba la terracería y la maleza alta. Daniel se incorporó, sacudiendo la cabeza.
—No puedo seguirte, amigo. Tengo trabajo.
Se dio la vuelta para regresar a la patrulla. Apenas había dado un paso cuando escuchó un sonido desgarrador a sus espaldas. Un aullido largo, desesperado, lleno de pánico. Daniel se giró. El cachorro había corrido de regreso y ahora estaba mordiendo la valenciana de su pantalón, tirando de ella con todas sus fuerzas, sus patitas resbalando en el asfalto.
—¡Hey! ¡Suelta! —Daniel sacudió la pierna, pero el cachorro no soltaba. Gruñía, no con agresividad, sino con súplica.
Daniel se quedó inmóvil, mirando al animal. Había algo en esa conducta que le revolvió el estómago. En sus años de servicio, había aprendido a confiar en su instinto, esa “corazonada” que te dice cuando algo anda mal. Y en ese momento, mirando a ese cachorro tembloroso y sucio que se negaba a dejarlo ir, su instinto le gritaba que algo terrible estaba pasando.
—Está bien —susurró Daniel, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—. Tú ganas. ¿Qué me quieres mostrar?
CAPÍTULO 2: El Mensaje Silencioso
El cachorro soltó el pantalón en el momento exacto en que Daniel comenzó a caminar en la dirección que él indicaba. Fue inmediato. El cambio en el animal fue palpable; pasó del pánico absoluto a una concentración casi militar. Con las orejas echadas hacia atrás y la cola baja, el pequeño pastor alemán comenzó a trotar delante del oficial, marcando el paso.
La calle por la que avanzaban se iba volviendo más solitaria. Las casas de concreto gris daban paso a lotes baldíos cercados con alambre de púas oxidado y hierba crecida. Era una zona de “nadie”, esos lugares en los márgenes de la ciudad donde la gente suele tirar basura… o cosas peores.
—Espero que no me estés llevando a ver una rata muerta, Pipo —dijo Daniel, bautizándolo en su mente solo para tener algo a qué aferrarse mientras la inquietud crecía en su pecho.
El perro, ahora “Pipo”, se detuvo en seco frente a una reja vieja que daba a un sendero de tierra. Se giró para asegurarse de que Daniel seguía allí. Cuando sus miradas se cruzaron, Daniel notó algo más: el perro estaba agotado. Jadeaba con la lengua fuera, y sus costillas se marcaban bajo la piel. Había estado corriendo mucho tiempo. Quizás toda la noche.
—¿De dónde vienes? —se preguntó Daniel en voz alta.
Entraron al sendero. El ruido de la ciudad, el claxon de los camiones y el bullicio de la mañana, pareció apagarse de golpe, reemplazado por el crujido de la grava bajo las botas de Daniel y el zumbido de los insectos. El aire aquí olía a tierra húmeda y a basura quemada.
De repente, Pipo se detuvo y comenzó a olfatear el suelo frenéticamente, dando vueltas en círculos. Luego, soltó un gemido lastimero y se sentó, mirando hacia un arbusto espinoso a unos metros de distancia.
Daniel llevó su mano a la funda de su arma, desabrochando el seguro. La atmósfera había cambiado. Ya no era un paseo curioso; ahora se sentía como una escena del crimen.
Se acercó al arbusto con cautela. Pipo se mantuvo a su lado, pegado a su pierna, temblando.
—¿Qué hay ahí? —susurró Daniel.
Con la punta de su bota, apartó las ramas secas. Algo brilló bajo la luz tenue de la mañana. Daniel se agachó y recogió el objeto con cuidado, usando un pañuelo que sacó de su bolsillo trasero.
Era una pieza metálica. Un tirador de cierre, dorado, con forma de corazón. Estaba limpio, demasiado limpio para llevar mucho tiempo ahí tirado. Parecía haber sido arrancado con violencia; el metal estaba torcido en la base.
Daniel sintió un nudo en la garganta. Eso pertenecía a una bolsa, o una chamarra. Y no era de un hombre.
—Esto no me gusta nada, Pipo —murmuró.
El cachorro gimió de nuevo y corrió unos metros más adelante, deteniéndose ante un surco en la tierra. Daniel se acercó. No necesitaba ser detective de homicidios para reconocer lo que estaba viendo. Eran marcas de arrastre. Alguien había pasado por aquí, y no caminando. Alguien había sido arrastrado hacia la profundidad del monte. Las marcas eran profundas, irregulares, como si la persona hubiera luchado, clavando los talones en la tierra desesperadamente.
El corazón de Daniel comenzó a latir con fuerza contra sus costillas. Miró al cachorro. Pipo ya no lo miraba a él; miraba hacia la espesura de los árboles, hacia donde el camino desaparecía en la oscuridad del follaje denso. El perro estaba rígido, en posición de alerta, con el pelo del lomo erizado.
—Viste algo, ¿verdad? —le dijo Daniel, sintiendo una oleada de respeto y tristeza por el animal—. Tú estabas aquí.
Pipo ladró una vez, seco y cortante, y se lanzó a correr hacia la maleza.
—¡Espera! —gritó Daniel, sacando su radio—. Central, aquí unidad 504. Oficial Ramírez. Estoy en la zona ejidal norte, entrando por el camino viejo a la cantera. Tengo… tengo indicios de un posible secuestro o agresión. Solicito apoyo inmediato. Repito, apoyo inmediato.
—504, enterado. ¿Cuál es su situación? ¿Tiene visual del objetivo? —crepitó la radio.
—Negativo. Estoy siguiendo un rastro. Y… estoy siguiendo a un testigo K-9 improvisado. Envíen a alguien ya.
Daniel guardó la radio y corrió tras el cachorro. Las ramas le golpeaban la cara, las espinas se enganchaban en su uniforme, pero no se detuvo. Pipo iba adelante, ágil, saltando sobre raíces y piedras, pero siempre deteniéndose lo suficiente para asegurarse de que el oficial lo seguía.
Cuanto más se adentraban, más evidente era la lucha. Una zapatilla deportiva blanca, solitaria, tirada a mitad del camino. Un pedazo de tela de mezclilla enganchado en una rama alta. Daniel registraba todo mentalmente, pero no se detenía. El tiempo era vital. Si sus sospechas eran ciertas, cada segundo contaba.
De pronto, Pipo se detuvo en un claro pequeño, rodeado de árboles altos que bloqueaban casi toda la luz. El perro se quedó totalmente inmóvil, con una pata levantada, señalando hacia un montículo de tierra y hojas amontonadas de forma antinatural detrás de un tronco caído.
El silencio en ese lugar era absoluto. Pesado. Opresivo.
Daniel sintió que el sudor frío le bajaba por la nuca. El cachorro comenzó a llorar, un sonido bajito, roto, y se arrastró sobre su estómago hacia el montículo, pegando su nariz a la tierra.
Daniel se acercó lentamente, con el arma desenfundada, el miedo y la adrenalina mezclándose en su sangre.
—Policía de Ecatepec —anunció, con voz firme pero temblorosa—. ¿Hay alguien ahí?
Nadie respondió. Solo el viento moviendo las copas de los árboles.
Pipo comenzó a escarbar frenéticamente en las hojas, lanzando tierra hacia atrás, ladrando con desesperación, mirando a Daniel como diciendo: “¡Ayúdame! ¡Está aquí! ¡Haz algo!”
Daniel enfundó el arma y se arrodilló junto al perro. Empezó a quitar las ramas y la hojarasca con las manos. Sus guantes se mancharon de lodo húmedo… y de algo más oscuro y pegajoso. Sangre.
El corazón se le detuvo un instante. Apartó una rama grande y pesada.
Y entonces la vio.
Un brazo pálido, cubierto de moretones, sobresalía de la tierra.
—¡Central! —gritó Daniel a su radio, su voz rompiéndose—. ¡Necesito una ambulancia ahora! ¡La encontré! ¡La encontré!
Pipo se coló por el hueco que Daniel había abierto y empezó a lamer la mano inerte de la mujer enterrada, gimiendo, intentando despertarla con la fuerza de su pequeño corazón. Daniel sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero no había tiempo para llorar. Tenía que sacarla de ahí. Tenía que saber si aún había vida bajo esa montaña de horror.
PARTE 2: LA LUCHA POR LA VIDA Y LA VERDAD
CAPÍTULO 3: EL FILO DE LA NAVAJA
El mundo de Daniel Ramírez dejó de existir más allá de ese pequeño claro en el bosque. El sonido del tráfico lejano, el viento en las copas de los árboles, incluso el dolor punzante en sus propias rodillas, todo se desvaneció. Su realidad se contrajo a un solo metro cuadrado de tierra húmeda, hojas podridas y desesperación.
—¡Vamos, vamos, no te mueras hoy! —gruñó Daniel, con la voz rota por el esfuerzo y el pánico.
Sus guantes tácticos ya estaban empapados de lodo y sangre. Los arrancó con los dientes y los escupió a un lado; necesitaba sentir. Necesitaba tacto. Sus manos desnudas se hundieron en la tierra fría y compacta, arañando la superficie con una violencia que le lastimaba las uñas. Apartaba terrones pesados, arrancaba raíces que parecían dedos esqueléticos aferrándose al cuerpo de la mujer, y lanzaba puñados de hojarasca lejos de su rostro.
A su lado, Pipo era un torbellino de angustia. El pequeño cachorro no era un espectador pasivo; era un rescatista más. Con sus diminutas garras, escarbaba frenéticamente junto a las manos del oficial, emitiendo un gemido continuo, agudo y vibrante, que se clavaba en el cerebro de Daniel como una aguja.
—¡Ayúdame, Pipo! ¡Ayúdame a sacarla! —le gritó Daniel, sin dejar de cavar.
El perro pareció entender. No se asustó por los gritos; redobló sus esfuerzos, mordiendo las ramas que cubrían el torso de la chica y jalando hacia atrás con una fuerza sorprendente para un animal de su tamaño.
Finalmente, Daniel logró despejar la cabeza y el pecho. La imagen lo golpeó con la fuerza de un mazo.
El rostro de la joven estaba irreconocible bajo una máscara de tierra y sangre coagulada. Un golpe brutal en la sien izquierda había dejado el cabello apelmazado y oscuro. Sus labios tenían un tono azul violáceo, síntoma inequívoco de una hipoxia severa. Su piel, allí donde no estaba manchada de lodo, tenía ese color grisáceo y ceroso que Daniel había visto demasiadas veces en su carrera. El color de los que ya no están.
—Maldición… maldita sea… —susurró Daniel, sintiendo que el estómago se le revolvía.
Pipo dejó de escarbar. Se acercó al rostro inerte de la chica y comenzó a lamerle la mejilla con desesperación, soltando ladridos cortos y llorosos, empujando su barbilla con la nariz, rogándole que se moviera.
—¡Despierta! ¡Por favor! —parecía gritar el cachorro.
Daniel contuvo la respiración. Colocó dos dedos temblorosos sobre la arteria carótida de la mujer, justo debajo de la mandíbula fría. Cerró los ojos, bloqueando el sonido de sus propios latidos que retumbaban en sus oídos como tambores de guerra.
Un segundo. Nada.
Dos segundos. Silencio absoluto bajo la piel.
Tres segundos…
Daniel sintió el frío del miedo paralizarle la columna vertebral. Iba a retirar la mano, derrotado, cuando lo sintió.
Un aleteo.
Fue tan débil, tan errático, que casi pareció una alucinación táctil. Pero se repitió. Un golpe suave, luchando contra la gravedad, contra el frío, contra la muerte.
—¡VIVE! —El grito de Daniel desgarró la garganta del bosque—. ¡ESTÁ VIVA! ¡TIENE PULSO!
Abrió los ojos y miró al cachorro.
—¡Está viva, Pipo!
El perro soltó un aullido que no sonó a perro, sino a pura emoción cruda, y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, moviendo la cola por primera vez en toda la mañana, golpeando las botas de Daniel con euforia.
Daniel tomó su radio, apretando el botón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Central! ¡Aquí 504! ¡Tengo contacto visual con la víctima! ¡Signos vitales críticos! ¡Repito, críticos! ¡Necesito esa ambulancia en la entrada norte del sendero YA! ¡Si no llegan en tres minutos, se me muere aquí mismo!
La radio crepitó con una urgencia que igualaba la suya.
—Enterado, 504. Unidades de rescate y paramédicos a 30 segundos de su posición. Mantenga vía aérea permeable.
El sonido de sirenas, que hasta ese momento había sido un zumbido lejano, explotó de repente muy cerca. El bosque se llenó de ruido: motores acelerando, puertas azotándose y voces gritando órdenes.
—¡POR AQUÍ! —bramó Daniel, agitando un brazo mientras con el otro sostenía con delicadeza la cabeza de la víctima en posición neutral para abrir sus vías respiratorias.
De entre la maleza surgieron tres figuras vestidas de naranja y azul marino. Eran los paramédicos de Protección Civil, cargando maletines de trauma y una camilla rígida de color amarillo brillante. Detrás de ellos, corriendo con una agilidad sorprendente, apareció la Detective Morales, con el rostro desencajado y la pistola aún en la mano.
—¡Dios santo, Daniel! —exclamó Morales al llegar al borde del claro y ver la escena: el oficial cubierto de barro, arrodillado como un penitente, la mujer semienterrada y el pequeño pastor alemán que, al ver a los extraños, se transformó.
Pipo dejó de mover la cola. Se colocó entre el cuerpo de su dueña y los paramédicos, erizó el pelo del lomo y mostró sus pequeños dientes de leche, gruñendo con una ferocidad que desafiaba su tamaño. Estaba protegiendo lo único que le quedaba en el mundo.
El paramédico líder, un hombre corpulento llamado Alberto “Beto” Rivas, se detuvo en seco, levantando las manos.
—¡Cuidado con el perro! —advirtió Beto—. Si me muerde, no puedo atenderla. ¡Oficial, contrólelo!
Daniel no perdió tiempo.
—¡Pipo! ¡Hey! —Su voz fue firme, autoritaria, pero no agresiva. El cachorro giró la cabeza hacia él—. Son amigos. Ellos vienen a ayudar. Déjalos.
La conexión fue instantánea. Pipo miró a los ojos de Daniel, luego miró a la chica, y entendió. El gruñido cesó. El cachorro dio un paso atrás, pegándose a la pierna de Daniel, temblando violentamente, cediendo su puesto de guardián a los profesionales.
Beto y su equipo se lanzaron sobre la víctima.
—¡Evaluación rápida! —ordenó Beto mientras se arrodillaba—. Carmen, checa vías aéreas. Luis, quiero acceso venoso ahora mismo, usa un catéter del 14, necesitamos volumen.
—Pupilas anisocóricas —reportó Carmen, levantando los párpados de la chica con una linterna médica—. La derecha está dilatada y no responde. Posible hemorragia intracraneal. Escala de Glasgow en 4. Está muy mal, Beto.
—Hipotermia severa —añadió Luis, tocando su piel—. El llenado capilar es mayor a cinco segundos. No tiene presión.
Daniel observaba todo con el corazón en un puño. Se sentía inútil de repente, un espectador en una obra macabra. Pipo gemía bajito, intentando acercarse, pero Daniel lo retuvo suavemente por el pecho.
—Tranquilo, amigo. La están curando.
—¡Collarín puesto! ¡Vamos a la tabla! —gritó Beto—. A la cuenta de tres. Uno, dos, ¡tres!
Con un movimiento coordinado y fluido, levantaron el cuerpo inerte de la tierra que intentaba reclamarlo y lo colocaron sobre la camilla rígida. La aseguraron con correas naranjas cruzando su pecho y piernas.
—¡Vámonos! ¡Corriendo! —Beto miró a Daniel—. Oficial, despeje el camino. Cada segundo que perdemos es cerebro que se muere.
La procesión salió disparada del bosque. Daniel iba adelante abriendo paso entre las ramas, ignorando los arañazos en su cara. Detrás, los paramédicos cargaban la camilla a paso veloz pero estable. Y pegado a ellos, como una sombra fiel, corría Pipo. El cachorro saltaba sobre raíces, tropezaba, se levantaba y seguía corriendo, con los ojos fijos en el rostro pálido que se sacudía ligeramente sobre la tabla.
Al llegar al camino de terracería donde la ambulancia esperaba con el motor encendido y las luces girando, surgió el conflicto.
Subieron la camilla con un estruendo metálico. Beto saltó dentro y comenzó a colgar bolsas de solución salina. Carmen preparaba el equipo de intubación.
—Súbase, oficial, necesito que conduzca la patrulla detrás de nosotros —dijo el chofer de la ambulancia, preparándose para cerrar las puertas traseras.
Pipo intentó saltar al interior de la ambulancia. Sus patitas delanteras rasparon el parachoques metálico, pero no tenía la fuerza para subir. Al ver que las puertas comenzaban a cerrarse, el cachorro soltó un grito desgarrador. No fue un ladrido. Fue un llanto. Humano. Roto. Aterrorizado.
Empezó a saltar contra las puertas, arañando el metal, desesperado por no perderla de nuevo.
Daniel sintió una oleada de furia y compasión.
—¡ESPEREN! —rugió Daniel, metiendo su bota entre las puertas antes de que se cerraran.
El chofer lo miró sorprendido.
—Oficial, no podemos llevar animales. Es un área estéril. Protocolo de salubridad, usted lo sabe.
—¡Al diablo con el protocolo! —gritó Daniel, con la cara roja de ira y esfuerzo—. ¡Ese perro es la única razón por la que la encontramos! ¡Es un testigo! ¡Es parte de la víctima! Si ella despierta y no lo ve, va a entrar en pánico.
—Oficial, entienda…
—¡Dije que sube! —Daniel no esperó permiso. Se agachó, levantó a Pipo en brazos y subió de un salto a la parte trasera de la ambulancia—. ¡Asumo toda la responsabilidad! ¡Arranca esta maldita unidad o te arresto por obstrucción de la justicia!
Beto, desde el interior, miró al oficial sudoroso y al cachorro tembloroso en sus brazos. Vio la determinación en los ojos del hombre y el terror en los ojos del animal.
—¡Déjalos, Carlos! —gritó Beto al chofer—. ¡Vámonos ya! ¡Está entrando en paro respiratorio!
Las puertas se cerraron de golpe. El motor rugió y la sirena comenzó a aullar, abriéndose paso hacia la carretera.
El interior de la ambulancia era un caos controlado de luces parpadeantes y pitidos electrónicos.
Beep… beep… beep…
El monitor cardíaco marcaba un ritmo lento, demasiado lento.
Daniel se sentó en el banco lateral, apretándose contra la pared para no estorbar. Tenía a Pipo apretado contra su pecho, envolviéndolo con sus brazos protectores. El cachorro temblaba tanto que sus dientes castañeteaban, pero no apartaba la vista de la mujer.
—Estamos intubando —anunció Carmen, pasando un laringoscopio por la garganta de la chica—. Vía aérea asegurada. Ventilando.
Beto cortaba la ropa sucia con tijeras de trauma, buscando más heridas.
—Tiene el abdomen rígido. Probable ruptura esplénica. Necesita quirófano ayer.
La ambulancia dio un viraje brusco, lanzando a Daniel hacia un lado, pero él se sostuvo, protegiendo a Pipo con su cuerpo.
De repente, en medio del ruido de la sirena y las instrucciones médicas, Pipo se puso rígido en los brazos de Daniel. Estiró el cuello hacia la camilla y soltó un gemido suave, muy diferente a los anteriores. Un sonido de reconocimiento.
Daniel miró a la chica.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Está reaccionando al dolor —dijo Beto—. O a algo más…
Los párpados de Maya, hinchados y amoratados, se movieron. Un aleteo débil. Luego, se abrieron una fracción de milímetro. Sus ojos, vidriosos e inyectados en sangre, no enfocaban. Vagaron por el techo metálico de la ambulancia, perdidos en la niebla del trauma.
Entonces, Pipo ladró. Un solo ladrido. Suave.
Los ojos de Maya se detuvieron. Giraron lentamente hacia el sonido. Encontraron a Daniel. Y luego, bajaron hacia el bulto peludo en su regazo.
Sus labios secos y partidos se movieron. No salió sonido al principio. Solo aire. Carmen acercó su oído.
—Pi… —fue un susurro, apenas un roce de viento sobre hojas secas—. Po…
El corazón de Daniel se detuvo un instante. Sintió cómo las lágrimas, calientes y traicioneras, se agolpaban en sus ojos.
—Sí… —dijo Daniel, inclinándose hacia ella, con la voz quebrada, acercando al cachorro lo más posible sin tocar el equipo médico—. Está aquí. Él nos trajo. Él te salvó, Maya. Nunca te dejó sola.
Pipo estiró su hocico y, con una delicadeza infinita, lamió los dedos inertes de la mano de Maya que colgaba al borde de la camilla.
Al sentir la lengua rasposa y cálida de su perro, una lágrima solitaria rodó por la sien de la chica, dejando un surco limpio en la suciedad de su rostro. Sus dedos se contrajeron débilmente, intentando acariciarlo.
—No… me… dejaste… —susurró ella, antes de que sus ojos se cerraran de nuevo y su cabeza cayera hacia un lado.
El monitor cardíaco cambió de ritmo violentamente. El beep… beep lento se convirtió en un zumbido rápido y alarmante.
—¡Taquicardia ventricular! —gritó Beto—. ¡Está chocando! ¡Carlos, pisa a fondo! ¡Estamos a dos minutos! ¡Prepara el desfibrilador por si entra en fibrilación!
Daniel abrazó a Pipo con fuerza, enterrando su rostro en el pelaje sucio del animal, rezando a un Dios en el que no había pensado en años. La ambulancia aceleró aún más, convirtiéndose en un proyectil de esperanza cruzando la ciudad, llevando en su vientre una vida que pendía de un hilo y un vínculo de amor que la muerte intentaba romper, pero que un pequeño cachorro se negaba a soltar.
CAPÍTULO 4: LA SALA DE ESPERA Y LA REVELACIÓN
Las puertas automáticas de la sala de urgencias del Hospital General de Las Américas se abrieron con un siseo neumático, dando paso al caos organizado que es la medicina de trauma.
—¡Código Rojo en shock trauma! —gritó Beto, el paramédico, mientras empujaba la camilla a toda velocidad por el pasillo de linóleo blanco—. ¡Mujer, 24 años, politraumatizada, hipotermia severa y posible hemorragia intracraneal!
Daniel corría detrás de ellos, sus botas tácticas golpeando el suelo con un ritmo pesado y fangoso, dejando un rastro de tierra de bosque que contrastaba violentamente con la esterilidad del lugar. En sus brazos, Pipo se aferraba a su chaleco antibalas, con los ojos desorbitados por las luces fluorescentes y el olor acre a alcohol y sangre.
Al llegar a las puertas batientes del área restringida, una barrera humana se interpuso. Era la Jefa de Enfermeras, una mujer bajita pero imponente, con el ceño fruncido y una tabla de sujetapapeles como escudo.
—¡Alto ahí! —ordenó, bloqueándole el paso a Daniel—. Solo personal médico. Usted se queda aquí, oficial. Y… —su mirada bajó hacia el bulto sucio y tembloroso en los brazos de Daniel, y sus ojos se abrieron con indignación— ¡¿Qué demonios es eso?! ¡No puede meter un perro a urgencias! ¡Esto es un hospital, no un zoológico!
La camilla con Maya desapareció tras las puertas dobles, rodeada de médicos que ya empezaban a cortar su ropa y a gritar órdenes de medicamentos. Pipo soltó un gemido agudo, estirando el cuello hacia donde ella se había ido, intentando saltar de los brazos de Daniel.
Daniel sintió que la adrenalina se convertía en una frustración caliente. Estaba sucio, exhausto y emocionalmente al límite.
—Este no es un “perro”, Jefa —dijo Daniel, usando su tono de voz más autoritario, ese que usaba para controlar disturbios, aunque por dentro estaba rogando—. Es una unidad K-9 de búsqueda y rescate. Es… es evidencia vital. El animal está en shock post-traumático por el servicio.
La enfermera lo miró escéptica. Miró al cachorro, que tenía las patas llenas de grasa y sangre seca, y que temblaba como una hoja al viento. Luego miró a Daniel, a sus ojos rojos y a la desesperación apenas contenida en su rostro.
—Mire, oficial —suavizó el tono, pero solo un poco—. Entiendo que ha sido una mañana difícil. Pero si salubridad ve a ese animal aquí, me clausuran el turno. Llévelo a la sala de espera general. Al rincón más alejado. Y si ladra, o si hace sus necesidades en mi piso, lo saco a usted y al perro a patadas. ¿Entendido?
—Entendido. Gracias. De verdad.
Daniel se dio la vuelta y caminó hacia la sala de espera. Era un purgatorio de sillas de plástico duro, iluminado por una luz blanca que daba dolor de cabeza. Estaba llena de la tragedia cotidiana de México: una madre llorando por un hijo enfermo, un albañil con la mano envuelta en trapos sangrantes, ancianos esperando una cita que llegaba tres horas tarde.
Nadie le prestó mucha atención al policía gigante cubierto de barro con un cachorro en brazos. En la sala de urgencias, cada quien carga con su propio infierno.
Daniel encontró un rincón apartado junto a una máquina expendedora que zumbaba ruidosamente. Se dejó caer en la silla de metal, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo gritaba en protesta. Colocó a Pipo en su regazo.
—Ya, tranquilo, socio —susurró, acariciando la cabeza del cachorro con su pulgar—. Ella está en las mejores manos. Ahora nos toca esperar. La parte más difícil.
Pipo no se relajó. Se sentó sobre las piernas de Daniel, rígido como una estatua, con la mirada clavada en las puertas por donde se habían llevado a Maya. Sus orejas triangulares giraban como radares ante cada sonido: el chirrido de una camilla, el altavoz llamando a un doctor, el llanto de un niño.
El tiempo comenzó a estirarse, viscoso y lento.
Pasó una hora. Luego dos. Daniel fue a la máquina y compró una botella de agua y un sándwich empaquetado. Usó la tapa de la botella para ofrecerle agua a Pipo. El cachorro bebió con avidez, su lengua rosada golpeando el plástico rápidamente, pero cuando Daniel le ofreció un pedazo de jamón del sándwich, Pipo giró la cabeza.
—Tienes que comer, amigo —le rogó Daniel—. Estás en los huesos.
Pipo lo miró con esos ojos profundos, ojos viejos en un cuerpo joven, y volvió a mirar hacia las puertas. No comeré hasta que ella vuelva, parecía decir. La lealtad de ese animal hizo que Daniel sintiera un nudo en la garganta. Él, que vivía solo, que cenaba frente al televisor en silencio, sintió una envidia dolorosa de ese vínculo.
A las tres horas, la Detective Morales entró en la sala. Traía el aire de la calle, olor a tabaco y dos cafés humeantes. Su rostro estaba sombrío.
—Ten —le extendió un vaso a Daniel—. Te ves del nabo, Ramírez.
—Gracias. —Daniel tomó el café, ignorando que le quemaba los dedos—. ¿Qué sabemos?
Morales se sentó a su lado, suspirando pesadamente. Miró a Pipo, que seguía montando guardia, y extendió una mano para rascarle detrás de la oreja. El cachorro aceptó el gesto, pero sin entusiasmo.
—El lugar donde la encontraron… es una zona de ejecución, Daniel —dijo Morales en voz baja, para que nadie más escuchara—. Los de periciales encontraron huellas de neumáticos recientes. Una camioneta pesada. Y… —hizo una pausa, tomando aire— encontraron una fosa cavada a medias a unos metros de ahí.
Daniel apretó el vaso de cartón hasta deformarlo. El café caliente se derramó sobre sus nudillos, pero ni se inmutó.
—Iban a matarla.
—Peor. Iban a desaparecerla. Creyeron que ya estaba muerta por la golpiza y la dejaron ahí “mientras tanto”. —Morales miró al perro con un respeto nuevo—. Si este pequeñín no te hubiera buscado, Maya sería solo una estadística más en la lista de desaparecidas del Estado. Los médicos dicen que le quedaban menos de dos horas. La hipotermia la estaba apagando.
—¿Identificaron a los agresores?
—Estamos revisando cámaras del C5. Pero hay algo, Daniel. —Morales sacó su celular y le mostró una foto de la escena—. Encontramos esto enganchado en un arbusto espinoso, a la altura de donde un perro podría morder.
Era un trozo de tela de mezclilla, sucio y grasiento. Y tenía sangre. Sangre que no era de Maya.
—Pipo se defendió —dijo Daniel, mirando al cachorro con orgullo—. Maya me dijo, antes de desmayarse en la ambulancia, que él mordió a uno.
—Pues le arrancó un buen pedazo. Vamos a sacar ADN de esa sangre. Si el tipo tiene antecedentes, lo tenemos.
En ese momento, las puertas de urgencias se abrieron. Un médico con bata verde quirúrgica, gorro y cubrebocas colgando de una oreja, salió al pasillo mirando una carpeta. Se veía exhausto.
—¿Familiares de Maya Torres?
Daniel se puso de pie de un salto, casi tirando el café. Pipo, sintiendo el cambio de energía, se puso en cuatro patas, ladrando una vez, seco y urgente.
—Soy el oficial que la trajo. Su madre viene en camino desde Iztapalapa. ¿Cómo está, doctor?
El médico, el Dr. Salgado según su gafete, se frotó los ojos.
—Es una chica con mucha suerte, oficial. Y muy fuerte. Logramos drenar el hematoma subdural. El cerebro estaba muy inflamado, pero la presión ha bajado. Tiene tres costillas rotas y el bazo lacerado, tuvimos que extirparlo. Pero… está estable.
Daniel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Está despierta?
—La pasamos a recuperación hace veinte minutos. Y aquí viene lo raro… —El doctor miró a Daniel y luego bajó la vista hacia Pipo—. Despertó de la anestesia muy agitada. Los sedantes no le hacían efecto completo. Gritaba un nombre. Pensamos que era su novio o un familiar. Gritaba “Pipo”. Cuando las enfermeras trataron de calmarla, se puso histérica, preguntando si “él” estaba vivo. Su ritmo cardíaco se disparó a 140.
El médico hizo una pausa y negó con la cabeza, medio sonriendo.
—Tuve que sedarla un poco más, pero prometí que preguntaría. Supongo que “Pipo” es este caballero de aquí, ¿verdad?
Daniel levantó al cachorro, que miraba al doctor con una intensidad casi humana.
—Es él, doctor. Es su salvador.
—Bien. Mire, esto va contra todas las reglas del hospital, del sindicato y de la secretaría de salud. Pero esa chica no va a estabilizar sus signos vitales hasta que vea que su perro está bien. El vínculo emocional es… fisiológicamente evidente. —El doctor le hizo una seña—. Sígame. Rápido. Antes de que cambie de opinión o llegue el director.
Caminaron por los pasillos laberínticos del hospital. El olor a desinfectante se hacía más fuerte. Llegaron a la habitación 304, una sala de recuperación aislada en penumbra. El único sonido era el bip-bip rítmico y tranquilizador del monitor cardíaco.
Daniel entró primero. La vio. Se veía tan pequeña en esa cama enorme, rodeada de tubos, con la cabeza envuelta en vendas blancas y el rostro amoratado. Pero estaba respirando. Un ritmo constante y pacífico.
—Maya —susurró Daniel.
Ella abrió los ojos. Le costó enfocar. Estaba drogada por los analgésicos, pero su instinto estaba alerta.
—¿D-Daniel? —su voz era un graznido doloroso.
—Aquí estoy. Y mira quién vino a verte.
Daniel se acercó a la cama y bajó a Pipo con infinito cuidado sobre las sábanas blancas, cerca de sus pies.
Lo que sucedió a continuación hizo que el Dr. Salgado y la Detective Morales, que observaban desde la puerta, se quedaran en silencio.
Pipo no saltó. No corrió. Se arrastró sobre su vientre, reptando con una delicadeza absoluta, como si supiera exactamente dónde le dolía a ella. Avanzó centímetro a centímetro hasta llegar a su pecho. Allí, se detuvo. Olfateó su barbilla, le dio un lametón suave en la mejilla limpia, y soltó un suspiro largo, profundo, un sonido de alivio puro que pareció desinflar su pequeño cuerpo tenso.
Maya levantó una mano temblorosa, llena de catéteres y cinta adhesiva, y acarició la cabeza del cachorro.
—Estás vivo… —lloró ella. Las lágrimas brotaron sin control, mojando las vendas—. Volviste por mí.
Pipo gimió bajito y apoyó su cabeza en el hueco del cuello de Maya, cerrando los ojos. El monitor cardíaco, que había estado marcando 100 pulsaciones, comenzó a bajar. 95… 90… 85.
—Increíble —murmuró el doctor Salgado—. Es mejor que cualquier ansiolítico que tengo en la farmacia.
Daniel acercó una silla y se sentó junto a la cabecera.
—Maya… —dijo suavemente—. Necesito que descanses, pero también necesito que sepas algo. Los vamos a atrapar. Te lo juro por mi vida. Morales y yo no vamos a parar.
Maya giró la cabeza ligeramente hacia él. Sus ojos, a pesar del dolor y la medicación, mostraron un destello de terror, el recuerdo vivo de la pesadilla.
—Eran… eran mecánicos, Daniel —susurró, con la voz pastosa—. Olían a aceite quemado y a metal viejo. Cuando me subieron a la van… había piezas de coches por todos lados.
Daniel intercambió una mirada rápida con Morales en la puerta. Pista clave.
—¿Recuerdas algo más? —preguntó Daniel, sacando una pequeña libreta.
—El que manejaba… —Maya hizo una mueca de dolor—. Pipo lo mordió en el brazo. Escuché cómo gritaba. Dijo… dijo algo de “El Tuercas”. Dijo: “¡Maldito perro, me va a regañar El Tuercas si mancho los asientos!”.
Daniel anotó furiosamente. “El Tuercas”. Era un apodo, o el nombre de un lugar. Era un hilo del cual tirar.
—Eso es oro molido, Maya. Eres muy valiente.
—No —ella negó levemente, acariciando la oreja de Pipo—. Yo no fui valiente. Yo me rendí. Yo… yo cerré los ojos y esperé a morir en ese bosque. —Su voz se quebró—. Él fue el valiente. Él nunca aceptó que ese fuera el final.
En ese momento, se escuchó un alboroto en el pasillo. La puerta se abrió de golpe y una mujer mayor, con el rostro desencajado por el llanto, entró corriendo.
—¡Mi niña! ¡Maya!
Era la madre de Maya. Daniel se levantó rápidamente para cederle el espacio. La escena familiar era sagrada, y él sentía que ya estaba invadiendo demasiado. Se preparó para salir, hizo una señal a Pipo, esperando que el perro lo siguiera.
Pero Pipo no se movió. Seguía anclado a Maya.
—Oficial —la voz de Maya lo detuvo justo cuando tocaba la manija de la puerta.
Daniel se giró.
—Dime.
Maya miró a su madre, que lloraba abrazando sus piernas, y luego miró a Daniel con una claridad repentina y aterradora.
—No puedo llevarlo a casa —dijo ella. Su madre levantó la vista, confundida.
—¿De qué hablas, hija? Es tu perro.
—No, mamá. —Maya miró a Daniel fijamente—. Ellos saben dónde vivo. Me interceptaron a dos calles de la casa. Si vuelven… si saben que estoy viva… no puedo proteger a Pipo. Ahorita no. No puedo ni levantarme.
Maya extendió la mano hacia Daniel, un gesto de súplica.
—Daniel… tú eres policía. Tú tienes un arma. Tú… tú lo seguiste cuando nadie más lo hizo. —Tragó saliva, conteniendo el llanto—. Llévatelo. Por favor. Cuídalo hasta que yo esté a salvo. Hasta que ellos estén en la cárcel. Él confía en ti.
Daniel miró al cachorro. Pipo levantó la cabeza y miró a Daniel. Hubo un entendimiento silencioso entre las dos especies. El perro sabía que su trabajo de campo había terminado, pero la guerra continuaba.
Daniel asintió solemnemente.
—Te doy mi palabra, Maya. Pipo va a dormir en mi casa, va a comer de mi plato si es necesario, y nadie le va a poner un dedo encima. Es mi socio ahora.
Se acercó a la cama. Extendió los brazos y Pipo, tras darle un último lametón en la nariz a Maya, caminó hacia las manos de Daniel y se dejó levantar.
—Cuídalo —susurró Maya, cerrando los ojos, agotada por el esfuerzo.
—Con mi vida —respondió Daniel.
Salió de la habitación con el cachorro en brazos, sintiendo un peso nuevo en el pecho. Ya no era solo un policía persiguiendo criminales. Ahora era un guardián. Tenía una misión, una familia temporal y una promesa de sangre. Y pobre del desgraciado que se cruzara en su camino, porque ahora Daniel Ramírez no estaba solo; tenía la furia de un hombre bueno y el instinto de un perro leal de su lado.
CAPÍTULO 5: UN PACTO DE SANGRE Y EL HILO ROJO
La patrulla 504 rodaba despacio por la Avenida Central, sus neumáticos ronroneando sobre el asfalto gastado de Ecatepec. Eran casi las once de la noche y la ciudad mostraba su otra cara: la de las luces de neón parpadeantes, los puestos de tacos humeantes y las sombras alargadas que se proyectaban bajo los puentes peatonales.
Daniel conducía con una mano en el volante y la otra descansando instintivamente sobre el asiento del copiloto. Allí, sobre su chamarra táctica hecha un ovillo, dormía Pipo. El cachorro había colapsado apenas salieron del hospital, agotado por el trauma, la adrenalina y la tristeza de la separación.
El oficial miró al perro de reojo. Era tan pequeño, tan frágil. Resultaba inconcebible pensar que esa criatura de apenas unos kilos había orquestado un rescate que ni el mejor equipo de inteligencia habría logrado coordinar.
—Te metiste en un lío grande, enano —murmuró Daniel al aire, con la voz ronca por el cansancio—. Y ahora me metiste a mí.
Llegó a su casa en Tecámac media hora después. Era una vivienda de interés social, una caja de concreto idéntica a las otras cien de la cuadra, protegida por una reja de herrería negra. Daniel estacionó la patrulla, apagó el motor y el silencio inundó la cabina.
Tomó a Pipo en brazos con cuidado de no despertarlo, aunque el cachorro abrió un ojo somnoliento, suspiró y volvió a cerrarlo, confiando plenamente en que ese humano gigante no lo dejaría caer.
Al entrar a la casa, el aire encerrado y frío lo golpeó. La casa de Daniel era el refugio de un hombre solitario: limpia, funcional y terriblemente vacía. Un sofá gris, una televisión que rara vez se encendía y una mesa de comedor que servía más como escritorio para expedientes que para cenas familiares.
—Bienvenido a la mansión Ramírez —bromeó Daniel con sarcasmo, dejando a Pipo suavemente en el sofá—. No es el Ritz, pero es segura. Aquí nadie te va a hacer daño.
Pipo se estiró, bostezó mostrando su lengua rosada y pequeños dientes de leche, y comenzó a olfatear los cojines. Daniel lo observó un momento, sintiendo una extraña calidez en el pecho. Hacía años, desde que su esposa se llevó al gato y los muebles buenos, que no había otro ser vivo respirando en esa sala.
—Tienes hambre, ¿verdad? —preguntó Daniel.
Fue a la cocina y abrió el refrigerador. Estaba desolado: un cartón de leche, un par de cervezas y jamón. Improvisó. Calentó un poco de arroz que le había sobrado del día anterior y desmenuzó una pechuga de pollo cocida. Lo puso en un plato hondo y lo colocó en el suelo.
Pipo comió con una voracidad que confirmaba su historia de abandono y supervivencia, pero con una educación sorprendente. No tiró comida fuera del plato. Al terminar, lamió el plato hasta dejarlo brillante, se acercó a Daniel, que se estaba quitando las botas pesadas, y le dio un lametón de agradecimiento en la mano.
—De nada, socio. Mañana te compro croquetas de las buenas. De esas que anuncian en la tele.
Daniel se dirigió al baño. Necesitaba quitarse el día de encima. Se miró en el espejo: tenía ojeras profundas, lodo seco en la frente y una mancha de sangre ajena en el cuello de la camisa. Se metió a la ducha, dejando que el agua hirviendo golpeara sus hombros tensos. Cerró los ojos y vio de nuevo el brazo de Maya saliendo de la tierra. Vio la oscuridad del bosque. Sintió la desesperación.
Al salir del baño, secándose el cabello con una toalla, encontró a Pipo esperándolo justo en el tapete de la entrada. El perro lo siguió hasta la recámara, y cuando Daniel se sentó en el borde de la cama, Pipo apoyó la barbilla en su rodilla, mirándolo fijamente.
—¿Extrañas a Maya? —le preguntó Daniel en voz baja.
El cachorro gimió suavemente al escuchar el nombre.
—Yo también quiero que se recupere. Pero para eso, tenemos que atrapar a los que le hicieron esto. Y para eso… necesito tu ayuda una vez más.
El insomnio era un viejo amigo de Daniel, pero esa noche era diferente. No podía dejar de pensar en las palabras de Maya: “Eran mecánicos… olían a aceite… el nombre El Tuercas”.
Se levantó, se puso una camiseta vieja y fue al comedor. Encendió la lámpara de escritorio y sacó la bolsa de evidencia que había “tomado prestada” temporalmente antes de entregarla a la cadena de custodia oficial a la mañana siguiente. Sabía que Morales lo mataría si se enteraba, pero Daniel no podía esperar a la burocracia de los peritos.
Abrió la bolsa con guantes de látex que guardaba en un cajón y sacó el trozo de tela.
Era mezclilla gruesa, barata, de uso rudo. Estaba manchada de grasa negra, espesa, de esa que se te mete en las huellas dactilares y no sale en días. Y tenía sangre seca en los bordes desgarrados.
—Buen mordisco, Pipo —susurró Daniel, examinando la tela bajo la luz amarilla.
Tomó una lupa que usaba para leer las letras chiquitas de los contratos de seguros y se inclinó sobre la evidencia. Había un bordado, o lo que quedaba de él. Parte de un parche que iba cosido en el bolsillo trasero o en la pierna.
Las letras estaban cortadas, pero eran legibles. Hilos rojos sobre fondo azul.
…LLER MECÁNI…
…L TUER…
Daniel sintió un escalofrío eléctrico.
—Taller Mecánico… El Tuer… El Tuercas.
Se echó hacia atrás en la silla, frotándose la barba de dos días. El nombre le sonaba. Ecatepec era un mar de talleres clandestinos, deshuesaderos y refaccionarias dudosas. Pero “El Tuercas”… ese apodo resonaba en alguna parte de su memoria policial.
Sacó su laptop personal y abrió el mapa delictivo de la zona, una base de datos no oficial que él y otros veteranos alimentaban. Escribió “El Tuercas” en el buscador. Nada. Probó con variaciones. “Taller Tuercas”. “Mecánico Tuercas”.
Entonces, probó en Google Maps, buscando en la zona cercana al bosque donde encontraron a Maya. Hizo zoom en las calles de la colonia Luis Donaldo Colosio, una zona brava, laberíntica.
Y ahí, en una imagen de Street View de hace dos años, lo vio.
Era un portón de lámina oxidada, pintado de verde despintado. Y arriba, rotulado a mano con pintura blanca chorreada: “MECÁNICA GENERAL Y HOJALATERÍA EL TUERCAS”.
Al hacer zoom a la imagen, Daniel vio algo que hizo que se le detuviera el corazón. Estacionada frente al taller, medio tapando la banqueta, había una camioneta Ford Econoline blanca. Vieja. Abollada.
—La van —dijo Daniel en voz alta.
Pipo, que dormía bajo la mesa, se despertó y ladró.
Daniel miró el reloj. 2:15 AM.
—Lo siento, Morales. Me vas a odiar, pero esto es oro.
Marcó el número de la detective. Sonó cuatro veces antes de que contestara con una voz pastosa y cargada de sueño y mal humor.
—Ramírez, más te vale que se esté quemando la comisaría o que hayas encontrado a Jimmy Hoffa.
—Mejor que eso, jefa. Encontré la guarida.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Se escuchó el sonido de sábanas moviéndose y un encendedor prendiéndose. Morales ya estaba despierta.
—Habla.
—El trozo de tela. Pipo no solo arrancó carne, arrancó el uniforme. Dice “Taller Mecánico El Tuercas”. Lo busqué. Está en la Colosio, calle Emiliano Zapata esquina con Recursos Hidráulicos. Y adivina qué hay estacionado afuera en las fotos satelitales.
—No me digas que la van blanca.
—Una Ford Econoline. Vieja. Coincide con la descripción de Maya. Y el lugar… Morales, está a menos de tres kilómetros de la entrada al bosque donde la tiraron. Es su patio trasero. Conocen el terreno.
—Hijos de perra —masculló Morales—. “El Tuercas”… me suena. Creo que procesamos a un tipo apodado así hace unos años por robo de autopartes, pero salió por falta de pruebas. Se llama Rogelio… Rogelio Méndez. Un tipo violento.
—Pues ahora subió de nivel —dijo Daniel, mirando la foto de la camioneta en su pantalla—. De robar espejos a secuestrar mujeres.
—Escúchame, Daniel. No vayas solo. Te conozco. Sé que estás mirando tus llaves y pensando en hacerte el héroe. Si vas solo y se dan cuenta, van a destruir evidencia o van a huir. Necesitamos una orden de cateo y al equipo táctico.
Daniel apretó la mandíbula. Su instinto le gritaba que fuera ya, que quemara el lugar hasta los cimientos. Pero miró a Pipo, que estaba sentado a su lado, mirándolo con esos ojos sabios. Si algo le pasaba a él, ¿quién cuidaría al perro? ¿Quién le cumpliría la promesa a Maya?
—Tienes razón —concedió Daniel a regañadientes—. Pero quiero la orden a primera hora. A las 6:00 AM quiero estar tirando esa puerta.
—Llamaré al fiscal de guardia. Despiértalo tú si quieres, tienes mejor suerte con él. Nos vemos en la comisaría a las 5:30. Y Daniel…
—¿Sí?
—Buen trabajo. Dale una galleta al perro de mi parte.
Daniel colgó y se quedó mirando la pantalla. Tenía al objetivo. Tenía la ubicación.
Se agachó y levantó a Pipo, colocándolo sobre sus rodillas frente a la computadora.
—Mira, socio. —Señaló la pantalla—. Ahí están. Ahí se esconden los monstruos. Y mañana vamos a ir a buscarlos.
Pipo miró la pantalla brillante, inclinó la cabeza y luego lamió la mano de Daniel.
El oficial apagó la computadora, pero la luz del sueño se había ido. Se fue al sofá de la sala, se acostó y dejó que Pipo se subiera a su pecho. Sentir el latido rápido del corazón del cachorro y su respiración tibia lo calmó.
—Descansa, Pipo —susurró Daniel en la oscuridad—. Mañana va a ser un día largo. Mañana se acaba esto.
Y mientras la ciudad de Ecatepec dormía ajena al horror y a los milagros que sucedían en sus entrañas, un policía y un perro compartían un silencio cargado de promesas, unidos por un hilo invisible de lealtad que, en pocas horas, se convertiría en una soga para los criminales que se atrevieron a cruzar su camino.
