PARTE 1
Capítulo 1: El fantasma en el Penthouse
Mateo no recordaba lo que era vivir sin el olor a desinfectante de pino y cera para muebles finos. Para él, el mundo se dividía en dos: el departamento pequeño en Iztapalapa donde dormía, y el palacio de cristal en Polanco donde su madre, Diana, trabajaba catorce horas al día.
—Mateo, quédate en el cuarto de servicio y no hagas ruido. Tengo que terminar de planchar las sábanas de seda —le decía siempre su mamá.
Mateo obedecía. Sacaba su tablero de ajedrez, uno de plástico viejo que le había dejado su papá antes de morir, y se ponía a estudiar. Su padre había sido un taxista que amaba el ajedrez más que a su propio coche. “Mateo”, le decía, “en el tablero todos somos iguales. No importa si eres el rey o un peón, al final de la partida, ambos van a la misma caja”.
Ese sábado, el silencio de la casa fue interrumpido por risas fuertes. Ricardo Kellerman, el hermano de Doña Victoria, había llegado. Era un hombre imponente, de esos que huelen a loción cara y éxito. Mateo lo reconoció de inmediato. Lo había visto en videos de torneos en YouTube. Era un Gran Maestro.
La curiosidad fue más fuerte que el miedo. Mateo se asomó por el pasillo. Vio el tablero de madera de nogal. Vio las piezas que parecían brillar bajo la luz de los candelabros. Doña Victoria y Ricardo jugaban mientras bebían vino.
—Te falta visión, hermana —decía Ricardo—. Estás tan acostumbrada a mandar que olvidas que en el ajedrez el oponente también tiene voluntad.
Doña Victoria hizo un movimiento brusco, moviendo su reina con arrogancia. Mateo, desde la sombra, hizo una mueca. “Error”, pensó. “Acaba de abrir la diagonal del alfil”.
Capítulo 2: La apuesta del honor
—¡Diana! ¿Por qué este niño me está mirando como si supiera algo que yo no? —la voz de Doña Victoria cortó el aire como un látigo.
Mateo no se había dado cuenta de que se había acercado demasiado. Su madre salió corriendo de la lavandería, con las manos húmedas y el rostro pálido.
—Perdón, señora. Ya se iba. Mateo, ¡corre a la cocina!
—Espere —dijo Mateo, clavando los pies en el mármol—. Doña Victoria, si mueve esa torre, su hermano le va a hacer un jaque mate en siete jugadas. Su flanco rey está totalmente desprotegido.
Ricardo levantó una ceja, impresionado. —A ver, niño… ¿cómo te llamas?
—Mateo.
—Pues Mateo tiene razón, Victoria. Iba directo al matadero. ¿De dónde sacaste eso, pequeño?
Doña Victoria estaba roja de la humillación. Que el hijo de “la sirvienta” la corrigiera frente a su hermano, el campeón, era algo que su ego no podía permitir.
—Es una insolencia —siseó ella—. Diana, este niño necesita una lección de humildad. Y tú también, por permitir que se crea igual a nosotros.
—No me creo igual —dijo Mateo con una calma que asustó a su propia madre—. Pero el ajedrez no sabe de apellidos. Sé que puedo ganarle.
—¿Ah, sí? —Victoria sonrió con malicia—. Hagamos algo. Si eres tan genio, juégame una partida. Si me ganas, le doblo el sueldo a tu mamá por el resto del año. Pero si pierdes… Diana se va hoy mismo de aquí, sin un peso, y tú te olvidas de este juego para siempre.
—¡Mateo, no! —suplicó Diana—. Señora, por favor, es solo un niño…
Mateo miró a su madre. Vio sus manos callosas, su espalda cansada de limpiar lujos ajenos. Recordó a su padre y el tablero viejo.
—Acepto —dijo Mateo—. Pero si gano, el aumento se firma ante notario.
Ricardo soltó una carcajada. —Me agrada este chamaco. Victoria, ya tienes juego. Prepárate, porque creo que este peón viene por tu corona.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Vals de los Peones y el Peso del Silencio
El aire en el estudio de los De la Garza se había vuelto tan denso que parecía que el oxígeno costaba trabajo. Mateo se sentó en la silla de cuero italiano, que le quedaba enorme; sus pies ni siquiera tocaban el suelo alfombrado, pero su espalda estaba recta, como si una vara de acero le recorriera la columna. Frente a él, el tablero de madera de nogal y raíz de olmo resplandecía bajo la luz cálida de un candelabro de cristal de Murano. Las piezas, talladas en marfil y ébano, no eran simples objetos de juego; eran pequeñas esculturas que pesaban más de lo que Mateo imaginaba.
Doña Victoria se acomodó su blazer de diseñador, ajustó su pulsera de diamantes de Cartier y miró al niño con una mezcla de asco y superioridad. Para ella, esto no era una partida de ajedrez; era una ejecución pública, una forma de recordarle a “la ayuda” que hay jerarquías que ni el talento más brillante puede romper.
—Espero que estés consciente de lo que acabas de hacer, Mateo —dijo Victoria mientras acomodaba su rey con una delicadeza gélida—. Tu arrogancia no solo te va a costar este juego, sino el techo donde duerme tu madre.
Diana, que permanecía de pie junto a la puerta, apretaba sus manos con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Quería gritar, quería llevarse a su hijo de ahí, pero algo en la mirada de Mateo la detuvo. Era la misma mirada que tenía su esposo, William, cuando sabía que tenía la razón.
—Concéntrese en el tablero, señora —respondió Mateo con una voz que no tembló ni un poco—. El ajedrez no entiende de amenazas, solo de realidades.
Ricardo Kellerman, el Gran Maestro, se colocó en medio de ambos como un juez de la Inquisición. Estaba fascinado. Había jugado en Moscú, en Nueva York y en Reikiavik, pero nunca había sentido una tensión tan visceral como en este penthouse de Polanco.
—Reglas de torneo, tiempo estándar —anunció Ricardo—. Pieza tocada, pieza jugada. Victoria, tú vas con blancas. El reloj empieza ahora.
Victoria movió su peón de Rey a E4 con un movimiento seco y elegante. Mateo no tardó ni dos segundos en responder: C5. La Defensa Siciliana. Ricardo soltó un silbido casi imperceptible; el niño no estaba jugando a defenderse, estaba jugando a ganar, aceptando la apertura más teórica y agresiva que existe.
—¿La Siciliana? —Victoria soltó una risita burlona—. Qué predecible. Seguramente la aprendiste en alguna aplicación gratuita de esas que usan en el Metro.
—La aprendí de los libros que mi papá rescataba de la basura, señora —replicó Mateo mientras movía su caballo a C6—. Libros que usted probablemente usaría para calzar una mesa, pero que a él le enseñaron a ver la vida tres jugadas por adelantado.
La partida avanzó rápidamente durante los primeros quince movimientos. Victoria jugaba con la confianza de alguien que ha recibido clases particulares de maestros internacionales. Su ataque era ortodoxo, sólido, basado en la “Variante Najdorf”. Pero Mateo no era un jugador de academia; era un jugador de instinto, moldeado por miles de partidas en la Alameda Central, donde si perdías, te quedabas sin dinero para el pasaje de regreso.
—Dime, Diana —dijo Victoria sin levantar la vista del tablero—, ¿qué se siente saber que tu hijo es el responsable de que te quedes sin trabajo? He sido muy generosa contigo estos tres años, pero la insolencia es algo que no puedo tolerar.
Diana tragó saliva. Su voz salió pequeña pero firme: —Mi hijo no es insolente, señora. Mi hijo es un genio. Y si usted no puede ver la diferencia, tal vez la que no conoce su lugar es otra.
Victoria se detuvo en seco. La mano le tembló ligeramente al mover su alfil a D3. Era un movimiento sólido en apariencia, pero Mateo vio la grieta. Era una debilidad microscópica en la estructura de peones que solo alguien que ha estudiado las partidas de los años 50 podría detectar.
Mateo cerró los ojos por un segundo. En su mente, el tablero se transformó. Las piezas de marfil desaparecieron y en su lugar vio a su padre, William, sentado en la mesa de la cocina en Iztapalapa, con el ventilador haciendo ruido y el calor del verano asfixiándolos. “Mateo, recuerda: los reyes se creen invencibles porque tienen muros de piedra, pero el tablero es plano. En el plano, lo único que importa es quién domina el espacio”.
Abrió los ojos y movió su dama a B6. Un movimiento inesperado que ponía presión directa sobre el flanco de dama de Victoria.
—¿Qué es esto? —preguntó Victoria, frunciendo el ceño—. Estás regalando el centro del tablero. Qué movimiento tan estúpido.
—Victoria, ten cuidado —advirtió Ricardo, inclinándose hacia adelante, con los ojos brillando de emoción—. No es un regalo. Es un anzuelo.
—¡No me digas qué hacer, Ricardo! —estalló ella—. Este mocoso no sabe lo que hace. Solo está moviendo piezas al azar.
Victoria capturó un peón en el centro con su caballo, pensando que había ganado material. Mateo no reaccionó. Su rostro era una máscara de piedra. Movió su torre a C8, alineándola con el rey de Victoria.
El silencio volvió a reinar, pero ahora era un silencio diferente. Ya no era el silencio de la superioridad de Victoria, sino el silencio del depredador que acecha. Doña Victoria empezó a sudar. Se abanicaba con la mano, sintiendo que la calefacción del penthouse estaba demasiado alta. Sus movimientos se volvieron más lentos, más erráticos. Empezó a morderse el labio, una señal de debilidad que Ricardo notó de inmediato.
—Estás en problemas, hermana —dijo Ricardo con una sonrisa de medio lado—. El niño te tiene en una red de araña. Muevas lo que muevas, vas a perder calidad.
—¡Mentira! —gritó Victoria, perdiendo la compostura—. ¡Es imposible! ¡Diana, quítame a este niño de enfrente! ¡Está haciendo trampa! ¿Dónde tienes el celular? ¡Enséñame las bolsas!
—Señora, por favor —dijo Mateo, manteniendo la calma—. Mis manos están a la vista de todos. Su problema no es mi celular, su problema es que usted desprecia tanto a la gente como yo, que ni siquiera se tomó la molestia de ver que mi caballo en E5 está coordinado con mi alfil en G7. Usted perdió este juego hace diez jugadas, solo que su orgullo no la dejó darse cuenta.
Victoria miró el tablero. Intentó calcular, intentó ver una salida, pero las piezas negras parecían multiplicarse. Eran como sombras que la rodeaban, cerrando cada vez más el círculo alrededor de su rey blanco. La mujer que antes parecía una reina absoluta, ahora se veía pequeña, acorralada en su propia silla de lujo.
—Mueva, señora —presionó Mateo, con un tono que no buscaba humillar, sino simplemente terminar el trabajo—. El tiempo corre. Y el lunes todavía falta mucho para que mi mamá tenga que buscar otro empleo.
Ricardo miró a Mateo con un respeto profundo. No solo estaba viendo a un prodigio del ajedrez; estaba viendo a un niño que estaba usando el arte de la guerra de 64 escaques para vengar años de humillaciones silenciosas. El vals de los peones estaba llegando a su fin, y el director de la orquesta era el niño que todos pensaban que no era nada.
Mateo tomó su caballo y lo colocó en F3. El sonido de la pieza golpeando la madera resonó como un disparo en la habitación.
—Jaque —dijo Mateo.
Victoria se quedó paralizada. El sudor le corría por las sienes. Miró a su hermano, esperando una salvación que no llegaría. Ricardo solo se cruzó de brazos y suspiró. La danza había terminado, y la corona de Polanco estaba a punto de rodar por el suelo de mármol.
CAPÍTULO 4: El Sacrificio de la Soberbia y el Jaque al Destino
El segundero del reloj de mesa, una pieza antigua de oro y malaquita, parecía martillear directamente sobre los nervios de Doña Victoria. Cada tic-tac era un recordatorio de que su imperio de certezas se estaba desmoronando sobre un tablero de madera fina. El ambiente en el penthouse de Polanco había cambiado de una superioridad aristocrática a una asfixia casi insoportable.
Victoria sentía que el cuello de su blusa de seda le apretaba la garganta. Sus dedos, adornados con anillos que costaban más que la educación universitaria de cualquier joven promedio, temblaban imperceptiblemente al rozar su dama de marfil. Miró a Mateo. El niño no parpadeaba. Sus ojos oscuros estaban fijos en el centro del tablero, como si estuviera leyendo un código secreto que solo él podía descifrar.
—¿Por qué te tardas tanto, Victoria? —la voz de Ricardo Kellerman rompió el silencio, cargada de una ironía que a ella le supo a hiel—. El reloj no se detiene por el linaje, solo por el jaque mate.
Victoria soltó un bufido de frustración y movió su Dama a la casilla D2. Fue un movimiento apresurado, nacido del pánico de ver sus líneas de defensa estiradas hasta el punto de ruptura. Ella pensó que estaba centralizando su pieza más poderosa, que estaba recuperando el control.
—Qué movimiento tan… interesante —murmuró Ricardo, inclinándose tanto que casi toca el tablero con la nariz—. Mateo, la pelota está en tu cancha.
Mateo no respondió de inmediato. Miró la Dama de Victoria en D2 y luego miró a su madre. Diana seguía allí, como una estatua de sal, con los ojos empañados pero la barbilla en alto. El niño recordó las noches en que su madre llegaba con los pies hinchados, oliendo a cloro y a cansancio, solo para sentarse a ayudarlo con la tarea antes de volver a levantarse a las cinco de la mañana. Recordó las veces que Doña Victoria la había llamado “Diana” con ese tono de voz que se usa para llamar a un objeto que no funciona bien.
—Usted cree que el poder se hereda, señora —dijo Mateo finalmente, rompiendo su silencio con una voz que sonó demasiado madura para un cuerpo tan pequeño—. Pero en el ajedrez, el poder se construye con cada sacrificio.
Mateo tomó su Caballo negro con una precisión quirúrgica y lo colocó en la casilla E4. Un movimiento que parecía dejar a la pieza totalmente a merced del peón de Victoria.
Victoria soltó una carcajada nerviosa, una que buscaba convencerse a sí misma de que el niño había cometido un error de principiante. —¡Ahí lo tienen! —gritó, señalando el tablero—. ¡El genio se equivocó! Es solo un escuincle que se dejó llevar por la emoción. Gracias por el regalo, Mateo. Ahora, tu madre puede empezar a empacar sus trapos de limpieza.
Victoria extendió la mano para capturar el caballo con su peón de F3. Estaba a punto de cerrar los dedos sobre la pieza de marfil negro cuando la voz de Ricardo, fría como el granito, la detuvo en seco.
—Si tomas ese caballo, Victoria… pierdes la Dama en dos jugadas. Y la partida en cuatro.
La mano de Victoria se congeló en el aire. Sus ojos saltaron del caballo a su dama, y luego a la torre de Mateo que acechaba desde la columna C. El sudor frío comenzó a bajarle por la espalda. Empezó a calcular, o al menos a intentarlo, pero su mente estaba nublada por la rabia.
—¿De qué hablas, Ricardo? —preguntó ella, con la voz quebrada—. ¡Es un caballo gratis!
—Nada es gratis contra alguien que no tiene nada que perder —respondió Ricardo, mirando a Mateo con una mezcla de asombro y terror—. El niño no te está regalando un caballo. Te está vendiendo su reina a cambio de tu alma. Ha creado un “sacrificio de atracción”. Si capturas, abres la diagonal del alfil de casillas negras y tu rey queda desnudo.
Victoria miró a Mateo, buscando algún rastro de duda. No encontró ninguno. Solo una determinación feroz. —¿Por qué me haces esto? —le siseó Victoria al niño—. Te hemos dado techo, le he dado trabajo a tu madre… ¿Así nos pagas? ¿Humillándome en mi propia casa?
—Usted no me dio nada, señora —respondió Mateo, y por primera vez se sintió el fuego en sus palabras—. Mi madre se ganó cada centavo con su lomo. Usted solo pagó por su silencio, pero no pudo comprar el mío. Mi padre decía que el ajedrez es el lenguaje de la verdad. Y la verdad es que usted es una jugadora mediocre que se esconde detrás de piezas de marfil.
—¡Basta! —gritó Victoria, golpeando la mesa. Varias piezas se tambalearon, pero ninguna cayó—. ¡No voy a dejar que un muerto de hambre me hable así! ¡Muevo mi Rey a H1! ¡Escapo de tu trampa!
Era el movimiento de un cobarde. Victoria abandonó su ataque para esconder a su rey en el rincón, esperando que el tiempo se agotara para Mateo. Pero el niño ya estaba diez kilómetros adelante.
Mateo no dudó. Movió su Reina a la casilla H3. Un movimiento silencioso, casi poético. La Reina negra se deslizaba por el tablero como un fantasma entrando en una habitación cerrada.
—¿Qué… qué es eso? —tartamudeó Victoria—. No estás atacando nada.
—Estoy atacando su futuro, señora —dijo Mateo.
Ricardo se levantó de la silla, incapaz de mantenerse sentado. Caminó alrededor de la mesa, observando la posición desde todos los ángulos posibles. Su rostro pasó de la incredulidad a la absoluta epifanía. —Dios mío… —susurró el Gran Maestro—. Es una red de mate. Victoria, no hay escape. Si mueves la torre, te da mate con el alfil. Si mueves el peón, te da mate con la reina. Estás… estás muerta.
Doña Victoria se quedó mirando el tablero. El silencio en el estudio era tan pesado que podía oírse el zumbido del aire acondicionado central. Miró sus piezas blancas, tan elegantes, tan caras, y se dio cuenta de que estaban desparramadas, sin coordinación, sin propósito. Su Rey, el símbolo de su estatus, estaba atrapado en un rincón por un puñado de piezas negras que ella había despreciado durante toda la partida.
—No… —susurró ella—. No puede ser. ¡Diana! ¡Dile que se detenga! ¡Es un juego! ¡Dile que es una broma y te daré un bono! ¡Te daré el mes de vacaciones!
Diana dio un paso al frente. Ya no era la mujer sumisa que bajaba la cabeza cuando se le daba una orden. Había algo nuevo en su postura, una dignidad que el dinero no podía comprar. —El trato fue una partida de ajedrez, señora De la Garza. Y mi hijo ya hizo su jugada. Ahora le toca a usted. Pero no me pida que detenga la verdad. Usted quería una lección de humildad, y Mateo se la está dando gratis.
Victoria miró a su hermano, buscando un aliado, pero Ricardo estaba ocupado tomando una foto del tablero con su celular, maravillado por la estética del mate. —Es una obra de arte, Mateo —dijo Ricardo—. Tu padre estaría… no, tu padre está aquí, viendo esto.
Victoria, sintiéndose acorralada y humillada, hizo un último intento desesperado. Movió su torre a G1, tratando de defender la casilla final. Fue el último suspiro de una reina caída.
Mateo tomó su Reina negra. No la movió con brusquedad. La levantó con respeto, casi con ternura, y la colocó en la casilla G2, justo al lado del Rey de Victoria.
—Jaque mate —dijo Mateo.
Victoria se quedó mirando la Reina negra. Estaba a un centímetro de su Rey. No había escapatoria. No había más jugadas. El mundo que ella había construido, basado en quién servía a quién, se había invertido en sesenta y cuatro cuadros.
Lentamente, con los dedos temblorosos, Doña Victoria extendió la mano y derribó su propio Rey. El sonido de la madera chocando contra el tablero fue el punto final de una era.
—Gané —dijo Mateo, levantando la vista para mirar a Victoria a los ojos—. Ahora, señora, llame a su abogado. Mi mamá tiene un aumento que cobrar y una dignidad que usted ya no puede pisotear.
Ricardo aplaudió suavemente. —Victoria, te acaban de dar la lección más barata de tu vida. Porque hoy perdiste una partida de ajedrez, pero podrías haber ganado un poco de humanidad si supieras perder con clase.
Victoria no dijo nada. Se levantó, con el rostro descompuesto, y salió del estudio sin mirar atrás, dejando tras de sí solo el aroma de su perfume caro y el silencio de su derrota.
Mateo se levantó de la silla y corrió hacia los brazos de su madre. Diana lo abrazó con una fuerza que le quitó el aliento. —Lo hiciste, mi amor —susurró ella entre lágrimas—. Lo hiciste por tu papá.
—Lo hice por nosotros, jefa —respondió Mateo, escondiendo la cara en el hombro de su madre—. Para que nadie vuelva a decirnos dónde es nuestro lugar. Porque nuestro lugar es donde nosotros decidamos estar.
Ricardo se acercó a ellos, poniendo una mano en el hombro del niño. —Mateo, esto es solo el comienzo. El lunes no solo tu mamá tiene una nueva vida. Tú también. Porque un talento así no puede quedarse encerrado en un penthouse de Polanco. El mundo necesita ver al nuevo Rey.
El sol empezaba a ponerse sobre la Ciudad de México, tiñendo de naranja el Castillo de Chapultepec. En ese penthouse de lujo, un niño de doce años acababa de demostrar que, a veces, el peón más humilde es el que termina decidiendo el destino de todo el reino.
CAPÍTULO 5: El Legado de William y la Sombra de la Justicia
El eco del Rey de marfil golpeando el tablero de nogal aún resonaba en las paredes de seda del estudio. El silencio que siguió no era de paz, sino de una estupefacción absoluta. Doña Victoria se había marchado como una ráfaga de viento helado, dejando tras de sí solo el rastro de su perfume de Chanel y el vacío de su arrogancia hecha añicos. Ricardo Kellerman, el Gran Maestro, no se movía. Seguía inclinado sobre el tablero, analizando la posición final como si buscara una explicación científica para lo que acababa de presenciar.
Mateo, por su parte, dejó escapar un suspiro largo, uno que parecía haber estado guardando desde que cruzó la puerta del penthouse esa mañana. Sus manos, que habían sido tan precisas y firmes durante la partida, comenzaron a temblar levemente. Ya no era el “asesino de reyes” que había puesto de rodillas a la élite de Polanco; volvía a ser un niño de doce años con una camiseta gastada y el peso del mundo sobre sus hombros.
—¿Quién te enseñó a jugar así, Mateo? —preguntó Ricardo, finalmente levantando la vista. Sus ojos ya no tenían rastro de escepticismo; ahora había una mezcla de reverencia y una profunda tristeza—. He visto a niños prodigio en Rusia, en China, en la India… Pero lo tuyo no es solo entrenamiento. Hay algo más. Hay una voz en tus jugadas.
Mateo no respondió de inmediato. Se giró hacia su mochila, una bolsa de lona azul con los cierres oxidados, y buscó en el compartimento más pequeño. Sacó un sobre de plástico transparente que protegía una fotografía vieja, con las esquinas dobladas y el color sepia ganándole la batalla al tiempo. Con movimientos lentos, como si estuviera manejando una reliquia sagrada, la puso sobre la mesa, justo al lado de la Reina negra que había dado el mate.
En la foto se veía a un hombre joven, de piel morena y sonrisa ancha, sentado en una banca de cemento en la Alameda Central de la Ciudad de México. Frente a él había un tablero de madera barato y un reloj de ajedrez que parecía sostenido con cinta adhesiva.
—Mi papá —dijo Mateo, y su voz sonó como un susurro cargado de orgullo—. William Williams. Él decía que el ajedrez era el único lugar donde un hombre pobre podía ser rey sin pedirle permiso a nadie.
Ricardo Kellerman tomó la foto. Sus dedos rozaron la superficie desgastada y, de repente, su rostro palideció. Se dejó caer en la silla de cuero, exhalando un aire que parecía haber contenido por décadas.
—William… —murmuró Ricardo, y por primera vez, el Gran Maestro pareció vulnerable—. William “El Dragón” Williams. No puede ser.
Diana, que se había acercado tímidamente a la mesa, miró a Ricardo con sorpresa. —¿Usted… usted conoció a mi esposo, señor?
Ricardo asintió lentamente, sin despegar la vista de la foto. —Lo conocí en el Abierto Nacional de 1995. Yo era un joven engreído que creía que el ajedrez le pertenecía a quienes podíamos pagar entrenadores privados y viajar a Europa. William llegó de la nada, con sus zapatos viejos y su tablero de cartón. Nos barrió a todos. Tenía una visión del juego que era pura poesía, un estilo salvaje pero calculado.
Ricardo hizo una pausa, apretando la mandíbula. —Llegó a la final. Pero en este país, el talento no siempre es suficiente si no tienes el apellido o la “lana” necesaria. La federación le negó el apoyo para el Mundial en Reikiavik. Le dijeron que su estilo “no representaba la elegancia del país”. Fue un eufemismo para decirle que no querían a un taxista de Iztapalapa representando a la élite. William se retiró poco después. El sistema le rompió el corazón antes de que pudiera romper el tablero.
Mateo escuchaba con los ojos muy abiertos. Sabía que su padre era bueno, pero nunca supo la magnitud de la injusticia que lo había apartado del éxito.
—Él nunca dejó de jugar, señor —dijo Mateo con un nudo en la garganta—. En las noches, después de manejar el taxi doce horas, sacaba su tablero y me ponía a estudiar con él. Me decía que algún día, un Williams volvería a sentarse en estas mesas, no para servir el café, sino para dar las órdenes. Él murió esperando ese día.
Ricardo miró a Mateo y luego a la Reina negra. El círculo se había cerrado. El hijo de William había regresado al corazón de la élite para cobrar la deuda que el destino tenía con su padre.
—Tu padre era el mejor talento natural que México ha parido en medio siglo —dijo Ricardo con firmeza—. Y tú… tú eres su evolución. Victoria no perdió contra un niño hoy; perdió contra el fantasma de un gigante al que ella y los suyos intentaron pisotear.
Ricardo se puso de pie y caminó hacia un ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo de un rojo violáceo que recordaba a las batallas épicas.
—Escúchame bien, Diana —dijo Ricardo, volviéndose hacia ella—. El trato que Victoria hizo era de ella. Pero yo tengo mi propio trato. Soy el director de la Academia Real de Ajedrez, la más prestigiosa del país. Mateo no solo tiene el aumento de sueldo que tú te ganaste con su victoria. Mateo tiene, a partir de hoy, una beca completa.
Diana se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo. —Señor, no sé qué decir… nosotros no tenemos cómo pagar los traslados, los libros…
—No han entendido —la interrumpió Ricardo con una sonrisa cálida—. Una beca completa significa todo. Libros, viajes, torneos internacionales, y el mejor entrenador que el dinero puede comprar: yo. No voy a permitir que el talento de William se pierda otra vez en la burocracia o en el desprecio de gente como mi hermana. Mateo va a jugar el Campeonato Estatal en tres meses. Y después, vamos por el Nacional.
Mateo sintió una descarga eléctrica recorrerle el cuerpo. Ya no era solo una apuesta para ayudar a su mamá; era la oportunidad de limpiar el nombre de su padre, de demostrar que en México el genio no tiene código postal.
—Pero hay una condición, Mateo —dijo Ricardo, recuperando su tono serio de maestro—. El ajedrez a este nivel es una guerra. Vas a tener que estudiar diez horas al día. Vas a tener que aprender que perder es parte del juego. Y vas a tener que enfrentarte a gente que te va a mirar por encima del hombro, como lo hizo Victoria. ¿Estás listo para que dejen de verte como “el hijo de la ayuda” y empiecen a temerte como el próximo Gran Maestro?
Mateo miró a su madre. Vio en sus ojos el reflejo de años de sacrificio, de humillaciones aceptadas en silencio para que él tuviera un plato de comida. Luego miró la foto de su padre en la Alameda.
—Nací listo, señor —respondió Mateo con una seguridad que erizó la piel de Ricardo—. Mi papá me enseñó que el tablero es el único lugar donde todos somos iguales. Solo necesito las piezas.
Ricardo asintió, satisfecho. —Entonces, bienvenido a la guerra, chamaco. Diana, mañana mismo enviaremos el contrato del aumento de sueldo de Victoria. Yo personalmente me encargaré de que lo firme ante notario. Si intenta retractarse, se enfrentará a mí. Y créeme, Victoria prefiere perder dinero que perder su reputación en los diarios.
Diana abrazó a Mateo, llorando esta vez de pura e indescriptible felicidad. El peso de la pobreza, de la incertidumbre de no saber si tendrían para la renta el próximo mes, parecía haberse evaporado en ese estudio lleno de lujos.
Antes de salir, Mateo regresó a la mesa. Tomó el Rey de marfil que Victoria había derribado y lo puso de pie. Luego, tomó su Reina negra y la colocó justo en el centro del tablero.
—Vámonos, jefa —dijo Mateo—. Tenemos mucha teoría que estudiar.
Mientras caminaban hacia el elevador, Mateo se dio la vuelta una última vez. El penthouse de Polanco ya no le parecía imponente. Ahora le parecía pequeño, una jaula de cristal que él acababa de romper. El legado de William Williams estaba vivo, y esta vez, el mundo entero iba a tener que aprenderse su nombre.
CAPÍTULO 6: El Laberinto de Cristal y la Primera Batalla en la Roma
El trayecto desde Iztapalapa hasta la colonia Roma Norte nunca le había parecido tan largo a Mateo. Sentado en el Metro, con su vieja mochila de lona apretada contra el pecho, observaba el cambio de paisaje a través de las ventanas del vagón. Los edificios grises y los puestos de lámina de la periferia fueron cediendo su lugar a las casonas porfirianas, los camellones llenos de árboles frondosos y las cafeterías que olían a grano recién tostado. Para Mateo, ese cambio de escenario no era solo geográfico; era como cruzar una frontera invisible entre dos mundos que rara vez se daban la mano.
Finalmente, se detuvo frente al número 124 de una calle tranquila. La “Academia Real de Ajedrez” no era un local moderno con luces LED; era una mansión antigua, con techos altos y una puerta de madera labrada que imponía respeto. Un letrero de bronce rezaba: “Donde se forjan los maestros”.
Mateo tragó saliva. Se sintió pequeño. Sus tenis estaban limpios, pero desgastados, y su sudadera tenía un hilo suelto que intentó esconder. Recordó a su madre, Diana, que esa mañana le había dado una bendición extra y le había planchado la ropa con un esmero casi religioso. “Camina derecho, mijo. Tu inteligencia es tu mejor traje”, le había dicho.
Al empujar la puerta, el sonido de las campanas anunció su llegada. El interior olía a cera de abeja y a libros viejos. El suelo de duela crujía bajo sus pies. En el salón principal, una docena de tableros de mármol estaban dispuestos con precisión militar. El silencio era casi absoluto, solo roto por el clac seco de las piezas y el susurro de las páginas de los manuales de apertura.
—Llegas justo a tiempo, Mateo —la voz de Ricardo Kellerman retumbó desde el fondo de la estancia. El Gran Maestro estaba de pie junto a una pizarra blanca llena de diagramas complejos.
De inmediato, todas las cabezas se giraron hacia él. Eran unos diez chicos, la mayoría un poco mayores que él, vestidos con camisas de marca y portando relojes inteligentes. El escrutinio fue instantáneo. No era una mirada de bienvenida; era una evaluación de estatus.
—Muchachos —continuó Ricardo, ignorando la tensión—, les presento a Mateo Williams. A partir de hoy, entrenará con nosotros. Mateo, toma asiento en la mesa cuatro.
Mateo caminó hacia su lugar, sintiendo que los ojos de los demás le quemaban la espalda. Se sentó frente a un chico rubio, de facciones afiladas y una mirada que destilaba una arrogancia heredada. Era Alex, el campeón juvenil del club y el hijo de un influyente empresario textil.
—¿Tú eres el famoso “prodigio” del que habla Ricardo? —preguntó Alex, sin ofrecerle la mano. Miró la mochila de Mateo con una mueca de desdén—. Pensé que Kellerman traería a alguien de una escuela de prestigio, no al hijo de… bueno, ya sabemos de quién.
El comentario fue lo suficientemente alto para que los demás soltaran risitas contenidas. Mateo sintió un calor súbito subirle por el cuello, pero recordó la cara de su padre cuando perdía los estribos: “El que se enoja, pierde la vista, Mateo. Si dejas que su veneno te toque, ya te dio mate sin mover un peón”.
—Soy el que le ganó a Victoria de la Garza —respondió Mateo, manteniendo la voz baja pero firme—. Y si quieres saber qué tan bueno soy, deja de mirar mi mochila y empieza a mirar el tablero.
Alex se puso rígido. No esperaba una respuesta tan directa. Ricardo, que observaba desde la distancia con una sonrisa imperceptible, se acercó a ellos.
—Veo que ya se conocen —dijo el Gran Maestro—. Perfecto. Para calentar, jugaremos una ronda de partidas relámpago. Tres minutos por bando, sin incremento. Alex contra Mateo. Blancas para Alex.
El resto de los alumnos se amontonó alrededor de la mesa. Era el bautizo de fuego. Sarah, la instructora asistente y Maestra Internacional, activó el reloj digital.
—Empiecen —ordenó Sarah.
Alex movió con una velocidad electrizante. E4. Mateo respondió con su fiel Siciliana. El sonido del reloj era rítmico, como un corazón acelerado. Alex jugaba con una técnica impecable, memorizada de los mejores motores de ajedrez. Movía las piezas con un desprecio evidente, tratando de intimidar a Mateo con la rapidez de sus manos.
—En este nivel no basta con tener suerte, chamaco —susurró Alex mientras capturaba un peón—. Aquí estudiamos diez horas al día. Tenemos software que cuesta lo que tu casa. ¿Qué tienes tú?
Mateo no respondió. En su mente, el ruido del reloj y los murmullos de los otros chicos desaparecieron. Solo existían las 64 casillas. Recordó las tardes de lluvia en Iztapalapa, jugando contra su padre en la mesa de la cocina mientras la radio anunciaba el tráfico. Su padre le hacía jugar sin mirar el tablero para desarrollar la memoria visual. “Si puedes ver el juego en la oscuridad, Mateo, la luz nunca te va a deslumbrar”.
De repente, Mateo dejó de seguir la teoría. Hizo un movimiento de caballo a G4 que parecía un error. Alex sonrió con triunfo y capturó el caballo de inmediato.
—Pobre iluso —dijo Alex, presionando el reloj con fuerza.
Pero la sonrisa de Alex se congeló un segundo después. Mateo movió su alfil a F2, dando un jaque descubierto que atacaba simultáneamente a la reina blanca. El salón se quedó en un silencio sepulcral. Sarah se inclinó sobre el tablero, con los ojos muy abiertos.
—No puede ser… —murmuró ella—. Es una trampa de Lasker adaptada.
Alex empezó a sudar. El tiempo en su reloj bajaba peligrosamente: 15 segundos, 10 segundos… Intentó encontrar una defensa, pero su reina estaba perdida. Su manos empezaron a temblar. El chico que minutos antes se sentía el dueño del mundo, ahora estaba contra las cuerdas frente a un niño que no tenía ni para un reloj de marca.
¡Clac! Mateo movió su torre, cerrando la red de mate.
—Jaque mate —dijo Mateo justo cuando el reloj de Alex llegaba a cero.
Alex se quedó mirando el tablero, con el rostro rojo de humillación. No le dio la mano a Mateo; se levantó bruscamente y se fue al fondo del salón, pateando una silla en el camino.
Ricardo se acercó y puso una mano en el hombro de Mateo. —Bien hecho. Pero no te confíes. Alex tiene técnica, pero hoy perdió porque te subestimó. Mañana vendrá con el cuchillo entre los dientes. En la academia, Mateo, no solo se viene a mover piezas. Se viene a aprender que el ajedrez es social. Van a intentar sacarte de tu centro recordándote de dónde vienes. Tu tarea es recordarles a ellos a dónde vas.
El resto de la tarde fue un torbellino de lecciones. Sarah le enseñó a Mateo cómo analizar sus partidas usando bases de datos profesionales. Mateo estaba fascinado; nunca había tenido acceso a tanta información. Pero también se dio cuenta de lo mucho que le faltaba. Su talento era salvaje, crudo, lleno de trucos callejeros, pero le faltaba la disciplina de la gran estrategia.
—Tienes que aprender a ser aburrido, Mateo —le dijo Sarah mientras revisaban una partida de Karpov—. A veces, el ajedrez no se trata de sacrificios espectaculares, sino de mejorar tu posición milímetro a milímetro hasta que el oponente no pueda ni respirar. Eso es lo que separa a un prodigio de un Gran Maestro.
Cuando terminó la sesión, eran las ocho de la noche. Mateo salió de la academia cansado, pero con la mente encendida. Mientras caminaba hacia el Metro, se cruzó con Alex, quien estaba subiendo a una camioneta blindada conducida por un chofer. Alex lo miró a través de la ventana con un odio gélido. No era solo una rivalidad deportiva; era el choque de dos realidades que se negaban a mezclarse.
Mateo llegó a su casa casi a las diez. Diana lo esperaba con una cena sencilla pero caliente. —¿Cómo te fue, mi amor? ¿Te trataron bien?
Mateo miró a su madre, vio sus manos cansadas y recordó el lujo de la academia. Por un momento, sintió la tentación de decirle que se sentía fuera de lugar, que los otros niños lo miraban como a un bicho raro. Pero luego recordó el mate que le había dado a Alex.
—Me fue bien, jefa —dijo Mateo, dándole un beso en la frente—. Me di cuenta de que el marfil de sus piezas es el mismo que el plástico de las mías cuando se trata de dar jaque. No les voy a dar el gusto de verme pequeño.
Esa noche, Mateo no pudo dormir. Sacó el tablero de su padre y se puso a repasar la partida contra Alex. Sabía que el Campeonato Estatal estaba cerca, y que no solo jugaría por un trofeo. Jugaría por su padre, por su madre y por cada niño invisible que alguna vez fue ignorado en los pasillos de mármol de Polanco. La guerra en la Roma apenas comenzaba, y el Rey Negro de Iztapalapa no pensaba ceder ni un milímetro de espacio.
CAPÍTULO 7: El Temple del Acero y la Víspera del Trueno
Faltaba solo una semana para el Campeonato Estatal y el aire en la Ciudad de México parecía cargado de una electricidad invisible. Para la mayoría, era solo el inicio de una canícula sofocante, pero para Mateo, cada minuto que pasaba era un grano de arena que caía en un reloj que marcaría el destino de su familia. La Academia Real de Ajedrez ya no era ese lugar imponente y extraño; ahora era su cuartel general, su campo de entrenamiento y, a veces, su refugio.
Ricardo Kellerman se había vuelto un mentor implacable. Ya no había sonrisas de cortesía ni felicitaciones por jugadas obvias.
—¡Otra vez, Mateo! —gritó Ricardo, golpeando la mesa con el dedo índice—. Si mueves ese caballo a G5, el Maestro Internacional López te va a destrozar la estructura de peones en tres movimientos. No estás jugando en la Alameda, chamaco. Aquí, si dejas una rendija, te meten un incendio.
Mateo respiró hondo, limpiándose el sudor de la frente. Llevaba seis horas analizando las partidas del actual campeón, un hombre de treinta años con una memoria fotográfica.
—Es que si no arriesgo el caballo, el centro se bloquea —respondió Mateo, manteniendo la mirada en el tablero—. Mi única oportunidad es crear caos. Si el juego se vuelve técnico, él me va a ganar por experiencia. Mi papá decía que contra un gigante, lo mejor es hacerlo bailar en terreno irregular.
Sarah, que estaba sentada a un lado con una tableta llena de bases de datos, intervino con voz suave pero firme: —Tu papá tenía razón en la calle, Mateo, pero aquí te enfrentas a gente que ha estudiado con computadoras desde los cinco años. Mira esta variante de la India de Rey. Si logras sacrificar la calidad en el momento justo, puedes abrir la diagonal del alfil, pero necesitas precisión de cirujano. Un milímetro fuera y estás fuera del torneo.
La intensidad del entrenamiento era agotadora. Mateo ya no solo estudiaba jugadas; estudiaba psicología. Ricardo le enseñaba a leer el lenguaje corporal de sus oponentes: cómo una mano que tiembla al tomar café delata nerviosismo, o cómo una mirada rápida al reloj significa que el oponente está perdiendo el hilo del cálculo.
—El ajedrez es una conversación de voluntades, Mateo —le decía Ricardo durante los breves descansos—. Muchos van a intentar intimidarte por tu edad, por tu ropa, por el lugar de donde vienes. Van a querer que te sientas como un intruso en su fiesta de gala. Tu trabajo es hacer que se den cuenta de que tú eres el que tiene el cuchillo, y ellos son el pastel.
A mitad de la semana, la tensión social en la academia llegó a su punto de ebullición. Mateo estaba en la pequeña cafetería de la planta baja, comiendo una torta de jamón que su mamá le había preparado, cuando Alex y dos de sus amigos, protegidos por sus chalecos de marca y sus risas de suficiencia, se acercaron.
—¿Sigue oliendo a Metro aquí o es mi imaginación? —dijo Alex, haciendo una mueca exagerada mientras se sentaba en la mesa de junto.
Sus amigos soltaron una carcajada. Mateo no levantó la vista de su manual de aperturas.
—Escuché que tu mamá ya firmó el nuevo contrato con Doña Victoria —continuó Alex, bajando la voz—. Qué suerte tienen algunos. De limpiar pisos a que les regalen el dinero solo porque el hijo tuvo un golpe de suerte con un tablero. Pero disfruta el momento, Williams. El sábado, en el hotel Hilton, no habrá tíos ricos como Ricardo para protegerte. En el Estatal, los errores se pagan con la eliminación, y tú no tienes la clase para aguantar la presión de cinco rondas contra maestros de verdad.
Mateo cerró el libro lentamente. Sintió ese fuego frío que su padre le había enseñado a canalizar. Se puso de pie, y aunque Alex era un poco más alto, Mateo parecía ocupar más espacio en la habitación.
—Alex —dijo Mateo, con una calma que hizo que las risas de los otros chicos se apagaran—, tú juegas porque tus papás pagan la membresía. Yo juego porque si pierdo, mi mundo se acaba. Esa es la diferencia entre nosotros. Tú juegas por el trofeo para ponerlo en tu vitrina; yo juego para que mi mamá no tenga que bajar la cabeza nunca más. El sábado, cuando estés frente a mí, no vas a ver a un niño de Iztapalapa. Vas a ver tu peor pesadilla: alguien que no tiene miedo de perder nada porque ya lo ha perdido todo.
Alex intentó responder, pero las palabras se le quedaron atoradas. Había algo en los ojos de Mateo, una profundidad oscura y antigua, que no pertenecía a un niño de doce años. Mateo tomó su mochila y salió de la cafetería, dejando tras de sí un silencio que olía a derrota anticipada.
El viernes por la noche, la víspera del torneo, el pequeño departamento de Iztapalapa estaba inusualmente tranquilo. Diana ya no trabajaba los fines de semana gracias al aumento que Ricardo había gestionado. El dinero ya estaba depositado, y eso les había permitido comprar una lavadora nueva y pagar las deudas del hospital que aún arrastraban desde la muerte de William.
Diana entró al cuarto de Mateo. Él estaba sentado en su cama, con el tablero de su padre desplegado. No estaba analizando una jugada compleja; simplemente pasaba los dedos por las piezas de plástico desgastadas.
—¿Miedo, mijo? —preguntó Diana, sentándose a su lado y acariciándole el cabello.
—Un poco, jefa —admitió Mateo—. Es que… siento que si no gano, todo esto se va a deshacer. La beca, el respeto de Ricardo, el dinero de Doña Victoria. Siento que tengo el futuro de los dos en mis manos.
Diana le tomó las manos. Estaban calientes, llenas de vida. —Escúchame bien, Mateo Williams. Tú ya ganaste. Desde el momento en que te sentaste frente a esa señora en Polanco y no te hiciste chiquito, ya habías ganado. Lo que pase mañana es solo el resultado de lo que tú ya eres. Si traes el trofeo, qué bueno. Pero si regresas con las manos vacías, aquí te espera tu mamá con un caldito de pollo y el mismo orgullo de siempre. Tu papá no te enseñó ajedrez para que fueras rico; te enseñó para que fueras libre. Y la libertad no depende de un resultado.
Mateo abrazó a su madre con fuerza, dejando que las lágrimas que había contenido durante semanas de entrenamiento finalmente salieran. Era el último desahogo antes de la batalla.
Esa noche, Mateo soñó con la Alameda. Soñó con su padre sentado en la banca de piedra, bajo la sombra de los jacarandas. En el sueño, William no decía nada, solo movía un peón hacia adelante y le guiñaba un ojo. Mateo se despertó antes de que sonara la alarma. El sol apenas empezaba a asomarse por el Cerro de la Estrella.
Se vistió con cuidado. Pantalón oscuro, camisa blanca bien planchada por Diana y los zapatos que Ricardo le había regalado, unos zapatos de cuero negro que brillaban como el ébano de las piezas caras.
Antes de salir, Mateo tomó la fotografía de su padre y la guardó en su bolsillo, cerca de su corazón.
—¿Listo, Rey? —preguntó Diana desde la puerta, con una sonrisa que iluminaba toda la casa.
—Listo, jefa —respondió Mateo, tomando su mochila—. Hoy el mundo va a saber quién es William Williams.
Caminaron hacia la estación del Metro. El vagón iba casi vacío a esa hora. Mateo miraba su reflejo en el cristal. Ya no veía al niño invisible que se escondía en los pasillos del penthouse. Veía a un guerrero. Veía a un maestro. El Campeonato Estatal estaba por comenzar, y el tablero de la Ciudad de México estaba a punto de temblar ante el avance del Rey Negro de Iztapalapa.
La batalla final por la dignidad y el legado estaba a solo unas estaciones de distancia. Mateo cerró los ojos y repasó mentalmente la Variante del Dragón. Sabía que el fuego estaba listo, y esta vez, no pensaba dejar que nadie lo apagara.
CAPÍTULO 8: El Trono de Madera y la Gloria del Peón
El salón principal del Hotel Hilton en Reforma parecía una catedral dedicada al silencio. Bajo los candelabros de cristal que proyectaban una luz ámbar sobre las alfombras rojas, se extendían cincuenta mesas de ajedrez. Pero para Mateo, el mundo se había reducido a sesenta y cuatro cuadros de madera y un hombre de rostro pétreo que lo miraba como si fuera un estorbo en su camino hacia la gloria.
Era la última ronda del Campeonato Estatal. Mateo Williams, el niño de doce años que nadie conocía hace tres meses, estaba en la mesa uno. A su lado, el trofeo de oro brillaba, esperando a un dueño. Frente a él estaba el Maestro Internacional Ernesto “El Carnicero” Mendoza, un hombre de cuarenta años conocido por triturar a sus oponentes con una técnica fría y despiadada.
—¿Así que tú eres el famoso “Rey de Iztapalapa”? —preguntó Mendoza, ajustando su reloj con una lentitud calculada—. He visto tus partidas, niño. Tienes trucos, tienes maña callejera. Pero aquí se juega ajedrez de verdad. Aquí, la suerte se acaba cuando se te agota el tiempo.
Mateo no respondió. Sintió la presión en el pecho, ese nudo que te dice que estás a punto de caer o de volar. Miró hacia las sillas de los espectadores. Vio a Ricardo Kellerman, que le asintió con una gravedad solemne. Vio a Doña Victoria, sentada en la primera fila, con los labios apretados y los ojos fijos en él, esperando el momento de su fracaso para validar su desprecio. Y finalmente, vio a su madre. Diana estaba de pie, al fondo, apretando la fotografía de William entre sus manos.
—Mi papá decía que el ajedrez no tiene dueño, solo tiene amantes —dijo Mateo, rompiendo el silencio antes de que el árbitro diera la orden—. Y yo amo este juego más de lo que usted ama su título.
El árbitro bajó la mano. El reloj empezó a correr.
La Batalla de las Sombras
Mendoza abrió con D4, la Apertura de Peón de Dama. Mateo respondió con la Defensa India de Rey. Era una declaración de guerra. Mateo estaba invitando a Mendoza a un terreno salvaje, a una selva de complicaciones tácticas donde el estudio teórico a veces se rinde ante la intuición pura.
Los primeros treinta movimientos fueron una danza macabra. Mendoza movía las piezas con una precisión de relojero suizo, construyendo un muro de piedra alrededor de su Rey. Mateo, por el contrario, movía con una fluidez que parecía desordenada, pero que Ricardo reconocía como el “Estilo Williams”: una red invisible que se iba tejiendo en los bordes del tablero.
—Te estás quedando sin espacio, Mateo —susurró Mendoza cuando capturó el alfil de casillas blancas del niño—. Tu posición es un castillo de naipes. Un soplido y se cae.
Mateo miró el reloj. Le quedaban solo cinco minutos. A Mendoza le quedaban quince. La sala estaba en un silencio tan absoluto que se podía escuchar la respiración agitada de los espectadores. De repente, Mateo vio la jugada. No estaba en los libros. No era lo que una computadora recomendaría. Era una locura. Era la jugada que su padre le había mostrado en una servilleta de papel una noche antes de morir.
—El ajedrez es un riesgo, señor Mendoza —dijo Mateo.
Tomó su Reina negra y la colocó en la casilla H3, justo en frente del Rey de Mendoza, protegida por absolutamente nada.
El salón entero soltó un grito ahogado que fue rápidamente acallado por el árbitro. Ricardo Kellerman se tapó la boca con la mano. Victoria de la Garza sonrió; pensó que el niño finalmente se había quebrado bajo la presión. Había entregado su Reina por nada.
—¿Qué… qué es esto? —tartamudeó Mendoza, perdiendo su compostura por primera vez—. ¿Te volviste loco? Es un suicidio.
—Cómala —desafió Mateo—. Si cree que es un error, tome la dama.
Mendoza sudaba. Sus ojos saltaban de un lado a otro del tablero. Calculó durante cinco minutos, consumiendo su ventaja de tiempo. Si tomaba la reina, el caballo de Mateo saltaría a F4, seguido por un ataque de torre que parecía imparable. Pero si no la tomaba, la reina negra destruiría su flanco de rey en dos jugadas. Era un dilema diabólico.
—Es un farol —gruñó Mendoza—. No eres tan bueno.
Mendoza capturó la Reina con su peón de G2.
El Rugido del Dragón
Mateo no esperó ni un segundo. Movió su Caballo a F4. Jaque. Mendoza movió su Rey a H1. Mateo movió su Torre a G8. Otro jaque.
Mendoza empezó a temblar. Sus manos, antes firmes, ahora parecían de papel. Se dio cuenta de que la Reina de Mateo no era un regalo; era un caballo de Troya. Al capturarla, Mendoza había abierto las puertas de su propio infierno.
—No… no puede ser —murmuró Mendoza—. Son cinco jugadas… es un mate forzado.
—Siete —corrigió Mateo con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes—. Son siete jugadas si usted juega perfecto. Pero usted ya cometió el error de creer que yo era pequeño.
Mendoza miró el tablero por última vez. Vio su Rey acorralado por un caballo, una torre y un peón que él mismo había dejado avanzar. Miró a Mateo, luego miró el trofeo y finalmente bajó la cabeza. Con un movimiento lento y solemne, Mendoza tomó su Rey y lo acostó sobre el tapete verde.
—Rindo —dijo el Maestro Internacional en un susurro que se escuchó en todo el salón.
El silencio se rompió como un cristal golpeado por una piedra. Ricardo Kellerman saltó de su asiento gritando: “¡Eso es ajedrez, señores! ¡Eso es México!”. Los otros chicos de la academia, incluso Alex, empezaron a aplaudir con una rabia jubilosa.
Mateo se quedó sentado un momento, mirando las piezas. Sintió una mano en su hombro. Era Mendoza. —Nunca había visto algo así, Mateo. Me ganaste con una jugada que no pertenece a este siglo. Felicidades, campeón.
El Regreso del Rey
Mateo se levantó y buscó a su mamá. Diana atravesó el cordón de seguridad, ignorando a los árbitros y a los fotógrafos que ya empezaban a rodear la mesa. Se abrazaron en medio del salón, dos figuras sencillas en medio de la opulencia de Reforma, llorando una victoria que sabía a justicia, a comida en la mesa, a deudas pagadas y, sobre todo, a orgullo.
Ricardo se acercó con el trofeo de oro. —Mateo Williams, campeón estatal. Y lo más importante… Maestro Nacional a los doce años. Tu padre te está viendo, Mateo. Hoy le devolviste el nombre que le quitaron.
Doña Victoria se acercó lentamente. Su rostro era una máscara de derrota, pero sus ojos tenían algo nuevo: respeto. O quizás miedo. —Felicidades, Mateo —dijo ella, con una voz que ya no tenía rastro de desprecio—. El aumento de tu madre está asegurado. Y… supongo que tendré que acostumbrarme a ver tu cara en los periódicos.
—Acostúmbrese, señora —respondió Mateo, sosteniendo el trofeo—. Porque ahora, los que éramos invisibles somos los que estamos moviendo las piezas.
Epílogo: El Horizonte Infinito
Dos semanas después, Mateo y Diana estaban sentados en la sala de su nuevo departamento. No era un penthouse en Polanco, sino un lugar amplio y luminoso en la colonia Narvarte, cerca de la academia. Por la ventana entraba el sol de la tarde, iluminando el trofeo y la fotografía de William que ahora ocupaba el lugar de honor sobre la chimenea.
El teléfono sonó. Era Ricardo. —Mateo, prepárate. Acaba de llegar la invitación oficial. El próximo mes nos vamos al Mundial Juvenil en Grecia. La Federación ya no pudo decir que no. James Washington y yo seremos tus entrenadores.
Mateo colgó el teléfono y miró a su mamá, que estaba doblando ropa nueva, ropa que no era un uniforme de servicio.
—¿Grecia, mijo? —preguntó Diana con una sonrisa.
—Grecia, jefa —respondió Mateo—. Dicen que ahí inventaron muchas cosas, pero yo les voy a enseñar cómo se juega en México.
Mateo salió al balcón. A lo lejos, se veía la silueta de la ciudad que tanto tiempo lo había ignorado. Sacó el tablero de plástico de su papá, el que tenía las piezas gastadas, y lo puso sobre la mesita de afuera. Movió un peón hacia adelante.
—Tu turno, papá —susurró al viento.
En ese momento, Mateo Williams entendió que la vida, al igual que el ajedrez, no se trata de cuántas piezas te quitan, sino de lo que haces con las que te quedan. El hijo de la empleada doméstica, el niño invisible de Polanco, ya no era un peón. Era el Rey. Y el tablero del mundo apenas estaba empezando a temblar bajo sus pies.
FIN.
