EL DÍA QUE UNA SIRVIENTA PARALIZÓ MONTERREY: CÓMO UN GRITO EN EL ALTAR DERRUMBÓ AL IMPERIO CRIMINAL MÁS GRANDE DE MÉXICO.

LA SIRVIENTA Y EL CAPO: UN DRAMA EN SAN PEDRO

Capítulo 1: La Taza Rota

La Hacienda Fuentes se alzaba sobre las colinas de Chipinque, en San Pedro Garza García, como una fortaleza de piedra y dinero viejo. Desde allí, Don Nicolás “Nico” Fuentes controlaba medio Monterrey, pero no podía controlar el dolor que llevaba en el pecho desde que Catalina, su esposa, murió hace dos años.

Abajo, en la sala principal, el sonido de la porcelana rompiéndose fue como un disparo. Adriana Solís, con sus manos enrojecidas de tanto tallar pisos, miró con horror la taza hecha añicos.
—¡Fíjate, inútil! —gritó Verónica Estrada.
Verónica era la prometida de Nico. Rubia, perfecta, y mala como el veneno. Se levantó del sofá, fingiendo indignación.
—Mira lo que hiciste a mis zapatos. Son italianos, valen más que la casa de tus padres.

Adriana bajó la cabeza.
—Señorita, usted empujó la mesa… —susurró.
—¿Me estás llamando mentirosa? —Verónica soltó una carcajada seca—. Arrodíllate. Límpialo. Ahora.

Adriana pensó en Toño, su hermanito de 16 años, conectado a una máquina en el Hospital Universitario. Necesitaba esa chamba. Se arrodilló. Los fragmentos de la taza le cortaron la piel a través del pantalón, pero no se quejó. Limpió el té de los zapatos de Verónica mientras esta le pisaba el hombro con el tacón.

En eso entró Nico. Alto, impecable, con esa mirada gris que hacía temblar a los socios del Club Industrial. Vio la escena y suspiró con cansancio. Verónica corrió hacia él, transformándose en una víctima.
—Mi amor, esta gata me arruinó los zapatos y todavía me contestó. Estoy tan nerviosa por la boda…
Nico ni siquiera miró a Adriana a los ojos.
—Vete. Estás despedida. Que te den tu liquidación y no vuelvas.

Capítulo 2: La Conspiración

Adriana salió de la sala conteniendo las lágrimas. No por el despido, sino por Toño. ¿Qué iba a hacer ahora? Caminó por el pasillo de servicio, arrastrando los pies, cuando una voz la detuvo en seco. Provenía de la biblioteca.

—Ya cállate, deja de lloriquear —era Verónica, pero su tono era gélido—. El idiota de Nico no sospecha nada. Se tragó el cuento de la viuda triste.
Adriana se pegó a la pared.
—Sí… la medicina del Doctor Harris es una maravilla. Igual que con Catalina. Un par de dosis más después de la boda y su corazón dejará de latir. Parecerá natural. Y todo… absolutamente todo el dinero será nuestro, mi amor.

Adriana sintió que el piso se abría. Catalina Fuentes no murió de pena. Fue asesinada. Y Nico era el siguiente.
Verónica colgó y sus tacones empezaron a sonar hacia la puerta. Adriana corrió. Corrió como nunca, escondiéndose en la cocina, con el corazón martillándole las costillas. Tenía que hacer algo.

CAPÍTULO 3: EL FANTASMA DE CATALINA

La noche cayó sobre la mansión Fuentes como un manto de plomo. A las afueras de Monterrey, lejos del ruido de la ciudad, el silencio en la inmensa propiedad no era sinónimo de paz; era una amenaza suspendida en el aire.

En el sótano, en el área designada para la servidumbre, Adriana Solís yacía sobre su estrecho catre, con los ojos abiertos de par en par, clavados en las manchas de humedad del techo. El reloj marcaba la 1:45 de la madrugada, pero el sueño era un lujo que no podía permitirse.

Cada vez que cerraba los ojos, la voz de Verónica Estrada resonaba en su cabeza como un eco venenoso: “Medicinas que no dejan rastro… dormir para siempre… igual que Catalina”.

Adriana se giró en la cama, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la camiseta del pijama. Su corazón latía con una violencia dolorosa contra sus costillas. Sabía demasiado. En ese mundo de hombres poderosos y mujeres despiadadas, saber la verdad era más peligroso que tener una pistola apuntándote a la cabeza.

—Toño… —susurró en la oscuridad.

Pensó en su hermano menor, conectado a máquinas en una sala estéril del Hospital Universitario. Si ella hablaba y nadie le creía, la despedirían, o peor, la “desaparecerían”. Y sin ella, Toño moriría. Pero si callaba… Nico, el hombre que, a pesar de su frialdad, había pagado sin saberlo los medicamentos de su hermano durante meses con su salario, sería asesinado. Sería enterrado junto a una esposa a la que amaba, sin saber que la misma mano que le acariciaba el rostro por las noches era la que le servía el veneno.

La culpa comenzó a pesar más que el miedo. Adriana se sentó de golpe, sintiendo que las paredes del pequeño cuarto se cerraban sobre ella. Necesitaba aire. Necesitaba moverse.

Se puso una bata vieja de lana sobre el pijama, abrió la puerta con sumo cuidado para no despertar a Maggie, su compañera de cuarto, y salió al pasillo.

La mansión de noche era un laberinto de sombras alargadas. La luz de la luna llena se filtraba a través de los ventanales góticos, pintando el suelo de mármol con formas espectrales. Adriana caminó descalza para no hacer ruido, sintiendo el frío de la piedra subir por sus pies hasta la columna vertebral.

Al llegar al vestíbulo principal, se detuvo en seco. Se le heló la sangre.

Había alguien ahí.

Una figura pequeña, encorvada y casi inmóvil estaba de pie frente a la gran chimenea apagada, iluminada apenas por la luz de una lámpara de mesa. Adriana estuvo a punto de dar media vuelta y correr, pero algo en la postura de la figura le resultó familiar. Ese cabello blanco recogido en un chongo perfecto, esa lealtad silenciosa que emanaba incluso en la soledad.

Era Doña Pati. La ama de llaves. La mujer que llevaba treinta años sirviendo a los Fuentes, la que había visto nacer a Nico y morir a sus padres.

Adriana se acercó despacio. Doña Pati no estaba mirando la chimenea, sino el enorme óleo que colgaba sobre ella. Era un retrato de Catalina Fuentes, la primera esposa de Nico. En la pintura, Catalina sonreía con una dulzura que iluminaba la habitación; tenía el cabello rubio como el trigo y unos ojos azules bondadosos, radicalmente opuestos a la mirada gélida de Verónica.

—No puedes dormir, ¿verdad, mija? —La voz de Doña Pati rompió el silencio. No se giró, siguió mirando el cuadro.

Adriana dio un respingo, llevándose la mano al pecho.
—Doña Pati… me asustó. Lo siento, yo solo… bajé por un vaso de agua.

La anciana soltó un suspiro largo, cargado de una tristeza antigua. Se giró lentamente. A la luz tenue, sus arrugas parecían surcos profundos cavados por años de guardar secretos.
—No me mientas, Adriana. A mis años, uno aprende a leer el miedo en los ojos de la gente como si fuera el periódico de la mañana. —Pati dio un paso hacia ella, apoyándose en su bastón—. Te vi hoy en la tarde. Te vi salir corriendo del pasillo de la biblioteca como si el mismo diablo te persiguiera. Y te vi cuando esa mujer… —la anciana escupió las palabras con desprecio— te humilló rompiendo la taza.

Adriana bajó la mirada, sintiendo las lágrimas agolparse de nuevo.
—Escuché algo, Doña Pati. Algo horrible.
—Lo sé —dijo la anciana con firmeza—. Sé que lo escuchaste. Porque yo también lo he visto. No necesito oír sus llamadas telefónicas para saber que Verónica Estrada tiene el alma podrida.

Adriana levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Usted… usted sabe lo que está pasando?
—Sé que esta casa no ha tenido luz desde que la señora Catalina murió —Pati volvió a mirar el retrato—. Ella era un ángel, Adriana. Amaba al patrón Nico más que a su propia vida. Y él… él la adoraba. Cuando ella murió, él se murió con ella por dentro. Se convirtió en ese témpano de hielo que ves ahora.

La anciana se acercó más, bajando la voz a un susurro conspiratorio, como si las paredes tuvieran oídos.
—Todo el mundo dijo que fue un ataque al corazón. Una “falla congénita”, dijo el Doctor Harris. —Pati soltó una risa amarga—. ¡Mentiras! La señora Catalina estaba sana. Pero meses antes de morir, empezó a enfermarse. Mareos, vómitos, debilidad… Justo cuando el Doctor Harris empezó a darle esos “suplementos especiales”.

Adriana sintió un escalofrío. Era exactamente lo que había escuchado decir a Verónica.
—Doña Pati… Verónica dijo que… dijo que le daría lo mismo a don Nico. Dijo que después de la luna de miel, él se dormiría para siempre.

La anciana cerró los ojos con dolor, apretando el puño sobre la empuñadura de su bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Dios mío… entonces es cierto. Mis sospechas eran ciertas.
—¿Por qué nadie hizo nada? —preguntó Adriana con desesperación—. ¿Por qué nadie le dijo a don Nico?
—¿Quién le va a creer a la servidumbre, niña? —respondió Pati con dureza—. ¿Crees que el patrón escucharía a una vieja que limpia el polvo antes que a la mujer rubia y perfecta que tiene en su cama? El dolor lo cegó. Verónica se aprovechó de su luto, se metió como una serpiente en su vida cuando él estaba más vulnerable.

Hubo un silencio pesado. El reloj de péndulo del pasillo marcó las dos de la mañana. El sonido resonó como campanadas fúnebres.

—Pero la señora Catalina no era tonta —dijo de pronto Doña Pati, con un brillo extraño en la mirada—. Ella sabía que algo andaba mal. Semanas antes de fallecer, me llamó a su habitación. Estaba pálida, casi no podía levantarse de la cama. Me tomó la mano y me dijo: “Pati, si algo me pasa, si de repente ya no estoy, promete que buscarás la verdad”.

—¿Le dejó algo? —preguntó Adriana, conteniendo el aliento.

Doña Pati asintió lentamente. Metió la mano en el bolsillo profundo de su bata y sacó algo.
—Me dijo: “Si dudas de mi muerte, busca la caja de música. La que Nico me trajo de Italia. Ahí guardé mis miedos”.

La anciana extendió la mano. En su palma arrugada descansaba una llave de bronce, opaca por el tiempo, con un diseño antiguo en la cabeza.
—Después del funeral, el patrón Nico cerró el ala este del tercer piso. La habitación de la señora Catalina, su vestidor, su estudio… todo quedó sellado. Dijo que no quería que nadie tocara sus cosas, que quería conservar su aroma. Nadie ha entrado ahí en dos años. Está estrictamente prohibido bajo pena de despido inmediato… o algo peor.

Adriana miró la llave. Era pesada, fría.
—¿Por qué me da esto a mí? —preguntó con voz temblorosa.
—Porque yo soy una vieja cobarde, Adriana —confesó Pati, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. He tenido esta llave en mi bolsillo durante dos años, quemándome la piel, y no he tenido el valor de usarla. Tengo miedo. Miedo de que me maten, miedo de quedarme en la calle a mis setenta años. Pero tú…

Doña Pati le tomó la mano a Adriana y cerró sus dedos sobre la llave de bronce.
—Tú tienes algo que yo ya perdí. Vi cómo apretaste la mandíbula cuando te obligaron a limpiar esos zapatos. Vi cómo te tragaste el orgullo no por cobardía, sino por amor a tu hermano. Tienes rabia, mija. Y la rabia, si se usa bien, es más fuerte que el miedo.

—Si me atrapan… —empezó a decir Adriana.
—Si te atrapan, dirás que me la robaste —la interrumpió Pati—. Pero si no haces nada, si esa boda se realiza mañana a mediodía… Don Nico es hombre muerto. Y esa asesina se quedará con todo.

Adriana apretó la llave. Pensó en la injusticia de ver a Verónica triunfar. Pensó en Nico, un hombre bueno roto por la tragedia, a punto de ser devorado por los lobos.
—¿Dónde está la caja?
—En el baúl de cedro, debajo de la cama matrimonial. Es una caja de madera tallada con rosas. Toca “Claro de Luna” de Debussy.

Adriana asintió. No dijo nada más. No había necesidad de promesas heroicas. Se dio la vuelta y miró hacia la gran escalera que conducía a la oscuridad de los pisos superiores.

Subir esas escaleras se sintió como escalar una montaña en medio de una tormenta. Cada escalón de madera crujía levemente, sonidos que en el silencio de la noche sonaban como disparos de cañón. Adriana se pegaba a la barandilla, atenta a cualquier sonido, a cualquier puerta que se abriera.

Primer piso: Las habitaciones de invitados. Silencio.
Segundo piso: La habitación de Nico y la de Verónica (quienes dormían en cuartos separados antes de la boda, por tradición, o quizás por la frialdad de su relación). Adriana pasó conteniendo la respiración frente a la puerta de Verónica. Podía imaginarla ahí dentro, durmiendo plácidamente como un ángel, soñando con crímenes.

Tercer piso: El santuario prohibido.

Aquí, el aire era diferente. Olía a polvo estancado, a cera de velas antiguas y a un perfume de lavanda que se negaba a desaparecer. No había luces encendidas. Adriana sacó su celular y encendió la linterna, cubriendo el foco con sus dedos para que la luz fuera apenas un resplandor difuso.

El pasillo era largo y las sombras de los muebles cubiertos con sábanas blancas parecían fantasmas vigilantes. Al fondo, una puerta doble de roble macizo esperaba.

Adriana se paró frente a ella. Le temblaban las manos tanto que tuvo que usar ambas para sostener la llave.
“Por favor, que no haga ruido”, rezó.

Introdujo la llave en la cerradura. El mecanismo, rígido por la falta de uso, opuso resistencia. Adriana empujó suavemente, girando la muñeca.
Click.
El sonido metálico fue seco y definitivo.

Adriana giró el pomo y empujó. La puerta se abrió con un gemido largo y agudo de las bisagras oxidadas. Adriana se congeló, esperando que alguien gritara, que las luces se encendieran, que los guardias subieran corriendo.

Esperó diez segundos. Veinte. Nada. Solo el viento golpeando suavemente las ventanas exteriores.

Se deslizó hacia el interior y cerró la puerta tras de sí, dejándola apenas emparejada por si tenía que huir.

La habitación de Catalina Fuentes era un mausoleo.
El haz de luz de su celular barrió la estancia. Todo estaba exactamente como debía haber estado el día que murió. Un libro abierto en la mesita de noche. Un frasco de perfume destapado en el tocador. Ropa doblada sobre una silla. Era como si la dueña hubiera salido un momento y fuera a regresar en cualquier instante. El polvo lo cubría todo con una capa gris y espesa.

Adriana no tenía tiempo para admirar la decoración. Fue directo a la cama, una inmensa estructura con dosel de terciopelo azul. Se arrodilló en el suelo, sin importarle ensuciar su bata, y levantó el faldón de la cama.

Oscuridad y polvo.
Metió la mano, tanteando a ciegas. Tocó algo duro. Madera.
Jaló con fuerza. Un baúl de cedro antiguo se deslizó sobre la alfombra persa, levantando una nube de polvo que la hizo toser contra su manga para ahogar el ruido.

Con el corazón en la garganta, abrió el baúl.
Dentro había recuerdos: fotos de la boda, cartas atadas con listón, un velo de novia… y en una esquina, envuelta en terciopelo rojo, estaba la caja.

Era hermosa. Madera oscura, tallada con rosas tan detalladas que parecían tener espinas reales. Adriana la sacó con reverencia. Sentía que estaba profanando una tumba, pero sabía que era la única forma de hacer justicia.

Levantó la tapa de la caja musical.
La mecánica interna cobró vida. Un cilindro metálico giró y las notas cristalinas de Claro de Luna empezaron a flotar en el aire viciado de la habitación.
Tin, tin, ti-rin…

La música era desgarradoramente triste.
Adriana buscó con desesperación. A primera vista, la caja estaba vacía, solo forrada de terciopelo negro.
—Tiene que haber algo… —susurró, pasando los dedos por el forro.

Entonces lo sintió. Un pequeño bulto en el fondo falso.
Clavó la uña en el borde del terciopelo y tiró. El fondo se levantó.
Ahí estaba.
Un sobre doblado en cuatro partes, amarillento por el tiempo, y un pequeño dispositivo USB plateado.

Adriana tomó la carta. Sus manos temblaban tanto que casi la deja caer. La desdobló bajo la luz del celular.
La letra era elegante, cursiva, pero se notaba que había sido escrita con prisa, o con debilidad. Los trazos finales de las palabras se desvanecían.

“Mi amado Nico:
Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy a tu lado. Perdóname por no decírtelo a la cara, pero tengo miedo. No estoy loca, Nico. Sé lo que siento. Cada vez que tomo el té que me prepara Verónica, o las pastillas del Dr. Harris, siento que la vida se me escapa…”

Adriana leyó con el corazón estrujado. Catalina sabía que la estaban matando. Sabía que Verónica y el Dr. Harris eran amantes y cómplices.

“Grabé todo lo que pude. Está en la memoria. Por favor, mi amor, cuídate. No dejes que te hagan lo mismo. Te amaré más allá de la muerte.
Tuya siempre, Kate.”

Adriana se limpió una lágrima que se le había escapado. Ahora tenía la prueba. Tenía el arma para destruir a Verónica y salvar a Nico.
Guardó la carta y el USB en el bolsillo interior de su pijama, pegado a su pecho.
—Lo tengo —susurró—. Lo tengo.

Cerró la caja de música para detener la melodía. El silencio volvió a caer sobre la habitación.
Adriana se preparó para salir. Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Se sentía victoriosa, llena de adrenalina.
Se giró hacia la puerta.

Y entonces, la luz del techo se encendió de golpe, cegándola.

Adriana soltó un grito ahogado y retrocedió, chocando contra el poste de la cama.
Parpadeó, tratando de ajustar la vista a la repentina claridad.
Cuando pudo enfocar, sintió que el alma se le caía a los pies.

En el umbral de la puerta, recargada con una elegancia perezosa, estaba Verónica.
Llevaba una bata de seda color sangre que contrastaba con su piel pálida. Su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros. No parecía sorprendida. Parecía divertida.

—Vaya, vaya, vaya… —dijo Verónica, y su voz sonó como el siseo de una serpiente—. Mira lo que tenemos aquí.

Entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe suave. Sus ojos azules, fríos como glaciares, barrieron la habitación: el baúl abierto, la caja de música sobre la cama, y finalmente, se clavaron en el rostro aterrorizado de Adriana.

—La ratita de alcantarilla se metió donde no debía —sonrió Verónica, mostrando unos dientes demasiado blancos—. ¿Creíste que no te oiría? Esta casa es mía, estúpida. Yo controlo todo lo que pasa aquí.

Adriana retrocedió hasta que no tuvo a dónde ir. Estaba atrapada. Y tenía la prueba de un asesinato en su bolsillo.
—Señorita Verónica… yo… me perdí… —balbuceó, sabiendo que era inútil.

Verónica soltó una carcajada que heló la sangre de Adriana.
—¿Te perdiste? ¿En el tercer piso? ¿Con una llave robada? Ay, cariño… no insultes mi inteligencia.
Verónica sacó su celular de la bolsa de su bata.
—¿Sabes qué es lo mejor de esto? —dijo mientras marcaba un número—. Que no necesito saber qué encontraste. No importa. Porque esta noche, tú vas a ser la ladrona que profanó la memoria de la santa Catalina. Y Nico… oh, Nico te va a odiar tanto que desearás estar muerta.

El teléfono dio tono. Verónica se lo llevó a la oreja, sin dejar de mirar a Adriana con esa sonrisa depredadora.
—Hola, mi amor… —su voz cambió instantáneamente a un tono dulce, tembloroso y lleno de pánico fingido—. Nico, despierta, por favor… Tienes que subir al cuarto de Kate… Tengo mucho miedo… Hay alguien aquí… Creo que están robando.

Verónica colgó y miró a Adriana.
—Corre el tiempo, ratita. A ver cómo te libras de esta.

 

CAPÍTULO 4: LA TRAMPA PERFECTA

El tiempo pareció detenerse en la habitación prohibida. El aire estaba tan cargado de tensión que se sentía pesado, difícil de respirar, como antes de una tormenta eléctrica en el desierto.

Verónica Estrada guardó su teléfono en el bolsillo de su bata de seda con una lentitud deliberada, disfrutando cada segundo del terror que veía en los ojos de Adriana. La “futura señora Fuentes” no se movió de su lugar; se quedó allí, bloqueando la única salida, cruzada de brazos, observando a la sirvienta como un gato observa a un ratón al que ya le ha roto las patas.

—¿Sabes qué es lo triste, Adriana? —dijo Verónica, rompiendo el silencio. Su voz era suave, casi conversacional, lo que la hacía aún más aterradora—. Que pudiste haberte ido con tu liquidación. Te ibas a ir con unos cuantos miles de pesos, ibas a buscar otro trabajo mediocre y seguir con tu patética vida. Pero no. Tenías que jugar a la heroína.

Verónica dio un paso hacia ella. El sonido de sus pantuflas de terciopelo sobre la alfombra persa fue apenas un susurro.
—Nadie quiere a los héroes, estúpida. Los héroes terminan muertos o en la cárcel. Y tú… tú vas a terminar en la calle, boletinada en todo Nuevo León. Nadie te va a dar trabajo ni para limpiar letrinas.

Adriana retrocedió hasta que sus piernas chocaron contra el borde del baúl abierto. Sentía el sobre y el USB quemándole la piel bajo la ropa, pegados a su pecho, ocultos en su ropa interior. Era lo único que Verónica no había visto. Su corazón latía tan fuerte que temía que el sonido delatara su escondite.

—Usted es un monstruo —susurró Adriana. No fue un insulto, fue una constatación, dicha con la voz temblorosa de quien mira al abismo.

Verónica soltó una risita seca.
—Soy una sobreviviente, querida. Y soy la futura dueña de todo esto. —Abrió los brazos, abarcando la habitación llena de polvo y recuerdos—. Todo este imperio, todo este dinero… será mío. Nico es solo un escalón. Un escalón triste, guapo y rico.

De repente, el sonido de pasos pesados y rápidos retumbó en el pasillo. Pasos de hombre. Pasos de furia.

La transformación de Verónica fue instantánea y escalofriante. En menos de un segundo, su postura arrogante se derrumbó. Se encorvó, se desordenó el cabello con una mano y se frotó los ojos con fuerza hasta que se le pusieron rojos. Cuando la puerta se abrió de golpe, la mujer que estaba de pie ya no era el verdugo, sino la víctima.

—¡Nico! —chilló Verónica, corriendo hacia la puerta con los brazos extendidos.

Nicolás Fuentes irrumpió en la habitación como un huracán. Llevaba puestos unos pantalones de pijama de seda negra y una camiseta blanca arrugada. Tenía el cabello revuelto y los pies descalzos, pero en su mano derecha empuñaba una pistola automática.

Detrás de él, como una sombra letal, entró Finn O’Brien, su jefe de seguridad. Finn iba vestido completamente de negro, con el rostro impasible y una mano cerca de la sobaquera, listo para neutralizar cualquier amenaza.

Nico barrió la habitación con la mirada, el cañón del arma buscando un intruso, un asesino, un peligro real. Pero solo encontró a una sirvienta temblando junto a la cama de su difunta esposa.

Bajó el arma lentamente, pero la furia en sus ojos grises no disminuyó; al contrario, se volvió más fría, más personal.

—¿Qué demonios significa esto? —gruñó Nico. Su voz era grave, ronca por el sueño y la ira.

Verónica se aferró a su brazo, enterrando la cara en su hombro. Sollozaba con un realismo digno de un premio de la Academia.
—¡Ay, mi amor! ¡Qué bueno que llegaste! —lloraba Verónica, señalando a Adriana con un dedo tembloroso—. Escuché ruidos… pensé que alguien se había metido. Subí a ver y… ¡la encontré a ella! ¡Estaba revolviendo las cosas de Kate!

Nico miró a Adriana. No había compasión en su rostro, solo un asco profundo. Era la misma mirada que uno le dedica a una cucaracha en la cocina.
—Tú… —dijo Nico, dando un paso hacia ella. La temperatura de la habitación pareció bajar diez grados—. Te despedí. Te ordené que te largaras de mi casa.

Adriana intentó hablar, pero la garganta se le cerró.
—Patrón… déjeme explicarle…
—¡No tiene nada que explicar! —interrumpió Verónica, levantando la cara bañada en lágrimas falsas—. ¡Es una ladrona, Nico! ¡Mira! —Señaló el baúl abierto y la caja de música sobre la cama—. ¡Abrió el baúl de los recuerdos! ¡Estaba tocando la caja de música de Kate con sus manos sucias!

La mención de la caja de música fue como un golpe físico para Nico. Sus ojos se clavaron en el objeto de madera tallada, el regalo que él le había dado al amor de su vida en su luna de miel en Florencia. Verla ahí, expuesta, mancillada por manos ajenas, le rompió algo por dentro.

—Nadie… —dijo Nico en un susurro peligroso—, absolutamente nadie tiene permiso de tocar eso.

—¡Estaba buscando las joyas! —insistió Verónica, echando más leña al fuego—. La vi meterse cosas en los bolsillos del delantal. Nico, estoy segura de que se robó el collar de diamantes. ¡El que le regalaste a Kate en su último aniversario!

Adriana abrió los ojos desmesuradamente.
—¡No! —gritó, encontrando su voz por pura desesperación—. ¡Eso es mentira! ¡Yo no robé nada! Vine porque…

—¡Cállate la boca, ratera! —le gritó Verónica, y en un movimiento rápido, se soltó de Nico y se abalanzó sobre Adriana.

Todo sucedió muy rápido. Verónica agarró a Adriana por las solapas del uniforme, sacudiéndola con violencia.
—¡Dámelo! ¡Devuelve lo que te robaste! —gritaba Verónica.
Adriana intentó empujarla.
—¡Suélteme!

En el forcejeo, Adriana sintió la mano de Verónica deslizarse rápidamente, como una serpiente, hacia el bolsillo derecho de su delantal. Fue un movimiento sutil, cubierto por los jalones y los gritos. Sintió el peso de algo frío caer dentro de la tela.

—¡Basta! —bramó Nico.

Finn, el guardaespaldas, se movió con una velocidad sorprendente para su tamaño. Separó a las dos mujeres con facilidad, empujando a Verónica suavemente hacia atrás y sujetando a Adriana por el brazo con un agarre de hierro.

—Revisa sus bolsillos, Finn —ordenó Nico. Su voz ya no era un grito, era una sentencia de muerte—. Ahora.

—No… por favor, no… —suplicó Adriana. Sabía lo que iba a pasar. La trampa se había cerrado.

Finn, con el rostro inexpresivo de quien solo sigue órdenes, metió la mano en el bolsillo izquierdo del delantal. Nada. Luego, metió la mano en el derecho.
Adriana cerró los ojos.
Tin-clack.

El sonido fue nítido en el silencio sepulcral de la habitación. Finn sacó la mano y dejó caer el objeto sobre la palma abierta de Nico.
La luz de la lámpara de techo se reflejó en las piedras preciosas.
Era un collar de diamantes y platino. Una pieza exquisita, delicada y obscenamente cara. El collar favorito de Catalina.

Nico miró la joya en su mano. Sus dedos se cerraron alrededor de ella con tanta fuerza que los bordes del platino debieron lastimarlo. Cuando levantó la vista hacia Adriana, ya no había ira. Había algo peor: decepción absoluta. Desprecio.

—Te di una oportunidad —dijo Nico en voz baja—. Cuando rompiste la taza, te dejé ir sin cobrarte. Sabía que tenías un hermano enfermo. Sabía que necesitabas el dinero.

Adriana sintió que el mundo giraba.
—Patrón, yo no lo tomé… Ella me lo puso… —dijo, señalando a Verónica, pero su voz sonaba débil, culpable.

—¿Que yo qué? —Verónica soltó un grito de indignación ofendida—. ¡Nico! ¿Vas a dejar que esta gata me calumnie así? ¡Después de que la atrapamos con las manos en la masa!

Nico negó con la cabeza, cansado. Parecía haber envejecido diez años en cinco minutos.
—Finn, sácala de aquí.
—¡No! ¡Escúcheme! —Adriana se debatió en el agarre del guardaespaldas. Tenía que decirlo. Ya no tenía nada que perder—. ¡Ella mató a su esposa! ¡Verónica mató a Catalina! ¡La envenenó!

El silencio que siguió fue absoluto.
Verónica se quedó quieta, con una expresión de shock perfecto. Nico se puso rígido como una estatua de piedra.
—¿Qué dijiste? —preguntó Nico.

—¡Que la mató! —gritó Adriana, llorando de impotencia—. ¡Y lo va a matar a usted también! ¡Lo escuché! ¡Tengo pruebas!

Nico la miró fijamente durante un segundo eterno. Por un instante, Adriana pensó que veía una duda en sus ojos grises. Una chispa de curiosidad. Pero entonces, Verónica soltó una risa nerviosa y triste.
—Pobrecita… está mal de la cabeza. Nico, llama a la policía. Esta mujer es peligrosa. Inventa locuras para que no la metamos a la cárcel por robo. Es una psicópata.

La duda en los ojos de Nico se apagó. Se convirtió en hielo.
—No voy a llamar a la policía —dijo Nico, dándole la espalda a Adriana—. No quiero escándalos un día antes de mi boda. No quiero que la prensa se entere de que una empleada profanó la memoria de Kate.

Se giró hacia Finn.
—Sácala a la calle. Tírala fuera de la reja. Y Finn… —Nico miró a Adriana por encima del hombro, con una frialdad que le caló los huesos—. Asegúrate de que su nombre esté en la lista negra de todo Monterrey. Que no consiga trabajo ni para barrer banquetas. Quiero que se largue de esta ciudad.

—Sí, señor —respondió Finn.

—¡No! ¡Patrón, por favor! —Adriana gritó mientras Finn la arrastraba hacia la puerta—. ¡Está durmiendo con el enemigo! ¡Lo van a matar! ¡La carta! ¡Busque la carta!

—¡Cállate! —le ordenó Finn, dándole un tirón brusco que casi le disloca el hombro.

La sacaron del cuarto. La arrastraron por el pasillo oscuro. Adriana seguía gritando advertencias, pero sus palabras rebotaban en las paredes vacías de la mansión. Vio a Verónica por última vez antes de salir del cuarto. La rubia estaba abrazada a Nico, acariciándole la espalda para “consolarlo”, pero por encima del hombro de su prometido, miró a Adriana y le guiñó un ojo. Una sonrisa triunfal y perversa curvaba sus labios. Gané, decía esa sonrisa.

El descenso fue una pesadilla borrosa. Escaleras, pasillos, la cocina. Finn no fue amable, pero tampoco fue brutalmente violento; simplemente era una fuerza imparable que la expulsaba de ese mundo de riqueza.

Llegaron a la entrada de servicio. Finn abrió la puerta trasera. Afuera estaba lloviendo. Una lluvia fría de febrero, típica del norte, que calaba hasta los huesos.
Finn la empujó hacia afuera. Adriana tropezó y cayó de rodillas sobre el pavimento mojado, raspándose las palmas de las manos.

—Tienes suerte de que el señor Nico solo quiera echarte —dijo Finn con voz grave, mirándola desde el umbral—. Si fuera por la señorita Verónica, ya estarías en una celda… o en una zanja. Desaparece, muchacha. Por tu bien.

La puerta de metal se cerró con un estruendo final. CLANG. Luego, el sonido del cerrojo deslizándose.

Adriana se quedó allí, arrodillada en el lodo, bajo la lluvia helada. El agua empapaba su uniforme barato, pegándole la tela al cuerpo. Temblaba violentamente, mezcla de frío y shock.
Había fallado.
Había perdido su trabajo. Su reputación estaba destruida. No tenía dinero para Toño. Y el hombre al que había intentado salvar la acababa de tratar como a una criminal.

Se llevó las manos a la cara y sollozó. Un llanto profundo, gutural, que se mezclaba con el sonido de la lluvia. Se sentía pequeña, insignificante. Una hormiga aplastada por gigantes.
—Perdóname, Toño… perdóname… —gimió.

Estuvo a punto de rendirse. De quedarse ahí tirada hasta que el frío se la llevara. Pero entonces, al abrazarse a sí misma para buscar algo de calor, sintió un bulto rígido contra su piel, justo debajo de la clavícula izquierda.

Se detuvo.
Sus manos bajaron lentamente, tanteando por debajo de su ropa empapada.
Sus dedos tocaron el papel doblado. Tocarón el pequeño metal frío del USB.

El corazón le dio un vuelco.
En el caos, en la trampa del collar, en los gritos y los jaloneos… ¡no la habían registrado a fondo! Finn solo había revisado los bolsillos del delantal. Verónica estaba tan obsesionada con plantar el collar y acusarla de robo que se olvidó de buscar lo que Adriana realmente había ido a buscar.

Adriana sacó el sobre con cuidado, protegiéndolo de la lluvia con su propio cuerpo. Estaba un poco húmedo en los bordes, pero la carta seguía ahí. La voz de Catalina seguía ahí.
La prueba del asesinato no se había quedado en la mansión. Estaba con ella.

Adriana se puso de pie lentamente. Le dolían las rodillas, le ardían las manos y tenía el alma magullada. Pero mientras guardaba de nuevo la evidencia en el lugar más seguro que tenía, algo cambió en su interior. El miedo seguía ahí, sí, pero ya no la paralizaba. Ahora, el miedo era combustible.

Miró hacia la imponente fachada de la mansión Fuentes, cuyas ventanas brillaban a lo lejos, indiferentes a su desgracia.
—Crees que ganaste, Verónica —murmuró Adriana, y su voz sonó fuerte a pesar de la lluvia—. Crees que porque soy una sirvienta me voy a ir a esconder a un agujero.

Se quitó el cabello mojado de la cara. Sus ojos verdes, normalmente dulces, brillaban ahora con una determinación feroz.
—Pero te equivocaste. Mañana hay una boda. Y yo voy a ir. Aunque tenga que tirar las puertas de la iglesia con mis propias manos.

Adriana dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la carretera oscura. No tenía coche, no tenía paraguas y le esperaban kilómetros de caminata hasta la parada de autobús más cercana. Pero cada paso que daba resonaba con una promesa silenciosa: Esto no se acaba hasta que yo lo diga.

CAPÍTULO 5: CARRERA CONTRA EL RELOJ

La lluvia en Monterrey no perdona. Cuando cae en invierno, lo hace con una furia gélida que convierte las avenidas en ríos y cala hasta los huesos. Adriana caminó durante casi una hora por la carretera oscura que bajaba de Chipinque. Sus tenis de tela chapoteaban en el asfalto, empapados, y sus pies estaban tan entumecidos que apenas los sentía.

No había autobuses a esa hora en la zona residencial. Los ricos no usan transporte público. Adriana tuvo que bajar a pie hasta llegar a la Avenida Gómez Morín, donde, tiritando y con los labios morados, logró que un taxi destartalado se detuviera.

El taxista, un señor mayor con bigote canoso, la miró por el retrovisor con lástima.
—¿A dónde la llevo, señorita? Anda hecha una sopa.
—A la colonia Independencia, por favor —respondió Adriana, con los dientes castañeando—. No traigo mucho dinero…
—Súbale, mija. Ahí nos arreglamos. No la voy a dejar aquí tirada.

El trayecto fue borroso. Adriana abrazaba su pecho, protegiendo el USB y la carta como si fueran un segundo corazón. Su mente era un torbellino. La imagen de la mirada de desprecio de Nico se repetía una y otra vez. “Ratera”. Le dolía más que el frío. Pero luego pensaba en Toño, en su sonrisa débil desde la cama del hospital, y la rabia volvía a encenderse para secar las lágrimas.

El taxi se detuvo frente a un edificio de departamentos viejos, con la pintura descascarada y grafitis en la fachada. Adriana le dio al taxista los últimos billetes arrugados que tenía en el bolsillo.
—Dios se lo pague, señor.

Subió corriendo los tres pisos hasta el departamento 304. Golpeó la puerta con desesperación.
—¡Maggie! ¡Maggie, soy yo! ¡Ábreme!

Se escucharon pasos arrastrados y el sonido de varios cerrojos. La puerta se abrió y apareció Margarita “Maggie” Torres, su compañera de trabajo y mejor amiga. Maggie llevaba una bata de franela y rulos en el pelo, con los ojos hinchados de sueño que se abrieron desmesuradamente al ver a su amiga.

—¡Virgen Santísima! —exclamó Maggie, jalando a Adriana hacia adentro y cerrando la puerta de golpe—. ¡Adriana! ¿Qué te pasó? ¡Estás helada! ¿Por qué no estás en la mansión?

Adriana colapsó en el sofá viejo y hundido de la sala. Maggie corrió a la cocina y regresó con una toalla y una taza de café de olla humeante.
—Tómatelo. Ahorita te traigo ropa seca. Pero dime qué pasó, me estás asustando.

Mientras se cambiaba la ropa mojada por unos pants y una sudadera prestada que le quedaban grandes, Adriana le contó todo. Le contó sobre la habitación de Catalina, el baúl, la caja de música, la trampa del collar y la traición de Verónica.
Maggie escuchaba con las manos en la boca, horrorizada.
—¡Esa maldita bruja! —susurró Maggie con rabia—. Sabía que era mala, pero… ¿incriminarte así? ¿Y don Nico? ¿Te corrió así nomás?

—No me creyó, Maggie. —Adriana sacó el sobre y el USB de su ropa interior, poniéndolos sobre la mesita de centro—. Pero logré sacar esto. Es la prueba. Doña Pati tenía razón.

Maggie miró el USB como si fuera una granada sin seguro.
—¿Qué hay ahí?
—No lo sé. Pero tenemos que verlo. Préstame tu laptop.

La vieja computadora de Maggie tardó una eternidad en arrancar. El zumbido del ventilador sonaba ensordecedor en el silencio de la madrugada. Cuando finalmente cargó, Adriana conectó el USB.
Se abrió una carpeta con varios archivos. Videos, audios y fotos.

Adriana hizo clic en el primer video. La fecha era de hace dos años.
La imagen era granulada, grabada desde un ángulo extraño, como si el celular hubiera estado escondido entre libros.
En la pantalla apareció la sala de estar de la mansión. Verónica estaba sentada en el sofá, con una copa de vino. A su lado había un hombre que Adriana no conocía: alto, de cabello negro y una cicatriz fina en la mejilla izquierda.
—Ese no es don Nico… —susurró Maggie.
—No —dijo Adriana, sintiendo un nudo en el estómago—. Ese debe ser “El Zorro”. El amante.

En el video, el hombre besó a Verónica con una pasión salvaje. Luego se separaron y brindaron.
—¿Cuánto falta? —preguntó el hombre.
—Poco, Derek —respondió Verónica con esa sonrisa cruel—. La estúpida de Kate ya casi no se levanta de la cama. El Doctor Harris dice que su hígado está colapsando. Una semana más y seré la viuda más rica de Monterrey. Y luego… tú y yo seremos los dueños de todo.

El video terminó.
La habitación quedó en silencio. Maggie estaba pálida como un papel.
—¡Dios mío! —gimió Maggie—. ¡Lo planearon todo! ¡Es una asesina a sangre fría!
—Hay más —dijo Adriana, abriendo un archivo de audio.
Era la voz inconfundible del Doctor Harris, el médico de cabecera de la familia.
“He aumentado la dosis de arsénico, Verónica. Pero tienes que ser paciente. Si muere demasiado rápido, alguien podría pedir una autopsia. Tiene que parecer un fallo sistémico. Sigue dándole el té. Yo me encargo del certificado de defunción.”

Adriana cerró la laptop de golpe. Sentía náuseas. Era pura maldad. Habían matado a una mujer inocente lentamente, día tras día, mientras ella confiaba en ellos. Y ahora iban a hacerle lo mismo a Nico.

—Tenemos que ir a la policía —dijo Maggie, temblando—. Ahorita mismo. Vamos a la delegación.

Adriana negó con la cabeza, mirando el reloj en la pared. Eran las 4:30 de la mañana.
—No podemos, Maggie. Tú sabes cómo funciona esto. El comandante de la zona es compadre de Nico. Y Verónica tiene comprada a media ciudad. Si vamos a la policía con esto, las pruebas van a “desaparecer” antes de que lleguen al escritorio del fiscal. Y nosotras amaneceremos en una zanja.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Maggie, al borde del llanto—. No podemos quedarnos así. Don Nico se casa hoy a las doce.

Adriana se puso de pie. Caminó hacia la ventana y miró hacia afuera. La lluvia había parado, pero el cielo seguía gris plomo.
—Tengo que dárselo a él —dijo con firmeza—. Directamente. En sus manos. Antes de que diga “acepto”.

Maggie la miró como si estuviera loca.
—¿Estás demente? ¡La boda es en la Catedral de Monterrey! Va a estar blindada. Guardias privados, policía estatal… Además, estás boletinada. Finn tiene tu foto en todos los puntos de acceso. No vas a poder acercarte ni a cien metros de la entrada principal.

—No voy a entrar por la entrada principal —dijo Adriana, girándose. Sus ojos brillaban con una idea peligrosa—. Maggie… ¿Lety sigue trabajando en Banquetes Garza?

Maggie parpadeó, confundida.
—Sí… creo que sí. Hoy tienen el servicio de la boda. Son los encargados de la comida y la bebida antes y después de la ceremonia. Pero, ¿qué…?
—Llámala —ordenó Adriana—. Dile que necesito un favor. Un favor de vida o muerte.


A las 7:00 de la mañana, el sol empezaba a despuntar tímidamente sobre el Cerro de la Silla. Adriana se miró en el espejo roto del baño de Maggie.
Llevaba puesto un uniforme de servicio, pero no el negro de la mansión Fuentes. Llevaba uno blanco con gris, con el logo de Banquetes Garza bordado en el pecho. Le quedaba un poco apretado, prestado por Lety a regañadientes y bajo la promesa de Maggie de pagarle 500 pesos.

Se recogió el cabello castaño en un chongo apretado y se puso una gorra negra que le cubría gran parte de la frente. No era el mejor disfraz del mundo, pero tendría que bastar.

—Te ves… como una más —dijo Maggie desde la puerta, mordiéndose las uñas—. Pero sigo pensando que es una locura. Si te atrapan, Adriana… Finn no te va a sacar a la calle esta vez. Te va a meter un tiro.

Adriana se giró y tomó las manos de su amiga.
—Maggie, gracias. Por todo. Si no regreso…
—¡Cállate la boca! —la interrumpió Maggie, abrazándola fuerte—. Vas a regresar. Y vas a regresar con la frente en alto. Hazlo por Toño. Hazlo por la señora Catalina. Y hazlo por ese patrón menso que no sabe la víbora que tiene en la cama.

Adriana asintió. Se metió el USB y la carta en el bolsillo interior del pantalón, asegurándolos con un segurito.
—Deséame suerte.

Salió del departamento y tomó un camión, la ruta que la llevaría desde la colonia popular hasta el centro de la ciudad, a la Macroplaza.
El viaje fue una tortura. El camión iba lleno de gente que iba a trabajar, ajena al drama que estaba a punto de estallar. Adriana miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad cambiaba. De las casas de bloque gris y calles con baches, pasaron a avenidas amplias y edificios de cristal.

Llegó a la parte trasera de la Catedral a las 10:00 AM.
El lugar era un hervidero. Camiones de flores descargaban arreglos monumentales de rosas blancas (irónicamente, las favoritas de Catalina). Camionetas de sonido, equipos de iluminación y, por supuesto, las camionetas de Banquetes Garza.

Adriana se ajustó la gorra y bajó la cabeza. Caminó hacia la zona de carga y descarga, tratando de mimetizarse con el ritmo frenético de los trabajadores.
—¡Órale, muévanse! —gritaba un capataz gordo con una lista en la mano—. ¡Esas charolas tienen que estar adentro ya! ¡Los invitados empiezan a llegar en una hora!

Adriana vio a Lety cerca de una de las camionetas, cargando cajas de copas. Lety le hizo una seña casi imperceptible con la cabeza hacia una pila de cajas de refrescos.
—¡Tú, la nueva! —le gritó el capataz a Adriana, haciéndola saltar—. ¿Qué haces ahí parada mosqueando? ¡Agarra esa caja de agua mineral y métela a la sacristía! ¡Rápido!

—¡Sí, señor! —respondió Adriana, impostando la voz.
Agarró la pesada caja de plástico y caminó hacia la entrada de servicio.
Su corazón latía como un tambor de guerra.
En la puerta había dos guardias de seguridad privada de la familia Fuentes. Llevaban trajes negros, auriculares y lentes oscuros. Eran gorilas entrenados.

Adriana contuvo la respiración. Si le pedían identificación, estaba muerta.
—Pase, pase —dijo uno de los guardias, aburrido, sin siquiera mirarla a la cara. Para ellos, la gente de servicio era invisible. Parte del mobiliario.

Adriana cruzó el umbral. Estaba dentro.
El aire dentro de la iglesia era fresco y olía a incienso y a miles de flores frescas. Pero no podía relajarse. Estaba en la zona de la sacristía y los pasillos laterales, pero la ceremonia sería en la nave principal.

Dejó la caja de agua en una esquina y se deslizó por un pasillo lateral, escondiéndose detrás de las columnas de piedra.
Desde su escondite, podía ver la nave central. Era impresionante. Cientos de bancas de madera pulida, adornadas con listones de seda. La luz se filtraba por los vitrales, creando un ambiente casi celestial.
Pero para Adriana, aquello no era una boda. Era una ejecución pública. Y ella era la única que podía detener al verdugo.

De repente, vio movimiento cerca del altar. Finn O’Brien estaba allí, dando instrucciones a otros guardias. Revisaba cada rincón con una meticulosidad profesional. Su mirada escaneaba a los invitados que empezaban a llegar, a los músicos, a los floristas.

Adriana se pegó a la columna. Finn caminaba hacia su dirección, revisando el pasillo lateral.
Mierda.
No tenía a dónde ir. Si corría, la vería. Si se quedaba quieta, la vería.
Su única opción era una puerta de madera vieja a su derecha. No sabía a dónde llevaba, pero no tenía opción.
Giró el pomo. Estaba abierto.
Se metió en un cuarto oscuro y cerró la puerta justo cuando las pisadas de Finn pasaban por delante.
—Todo despejado en el ala oeste —oyó decir a Finn por su radio—. El patrón llega en cinco minutos. Que nadie se acerque al área del coro.

Adriana exhaló, apoyando la frente contra la madera. Estaba en un pequeño cuarto de limpieza, lleno de escobas y cubetas.
Miró su reloj barato.
11:45 AM.
Quince minutos.
En quince minutos, Nico caminaría hacia el altar. En quince minutos, Verónica ganaría.

Adriana sacó la carta de su bolsillo. La acarició con el pulgar.
—Señora Catalina… ayúdeme —susurró a la oscuridad—. No deje que ese hombre cometa el error de su vida.

Se alisó el uniforme prestado, se acomodó la gorra y abrió la puerta una rendija.
El órgano comenzó a tocar una pieza suave de Bach. El murmullo de quinientas personas llenaba la iglesia.
La élite de México estaba sentada. Políticos, empresarios, mafiosos disfrazados de hombres de negocios. Todos esperando el espectáculo.

Adriana vio entrar a Nico por una puerta lateral cerca del altar. Se veía imponente en su esmoquin negro, pero su rostro… su rostro era una máscara de tristeza absoluta. No parecía un novio; parecía un condenado a muerte caminando hacia el patíbulo.
Verlo así le dio a Adriana la fuerza que le faltaba.
Ya no era solo por salvarle la vida. Era por salvarle el alma.

Se quitó la gorra y la tiró al suelo. Se soltó el cabello castaño, dejándolo caer sobre sus hombros. Ya no se escondería más. Si iba a hacer esto, lo haría dando la cara.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma del incienso y el peligro.
—Allá voy, Nico —dijo.

Y dio el primer paso hacia la luz de la nave central, directa hacia el centro del huracán.

CAPÍTULO 6: EL GRITO EN EL ALTAR

La Catedral Metropolitana de Monterrey olía a dinero viejo y a hipocresía. Cientos de arreglos florales, importados directamente de Holanda, inundaban la nave central con un aroma dulce y sofocante que apenas lograba disimular la tensión eléctrica en el ambiente.

Quinientos invitados llenaban las bancas de caoba pulida. Ahí estaba la verdadera cúpula de poder del norte de México: los apellidos que aparecían en las revistas de sociales, los dueños de las acereras, los políticos que decidían elecciones en cenas privadas y, por supuesto, los socios “silenciosos” de Nico, hombres de trajes italianos y miradas que escaneaban las salidas de emergencia por instinto.

En el altar, Nicolás Fuentes esperaba de pie. Su postura era rígida, militar. Su esmoquin Tom Ford le quedaba como un guante, pero su rostro estaba pálido, casi grisáceo bajo las luces cálidas del templo. No parecía un novio ansioso por ver a su amada; parecía un hombre esperando el pelotón de fusilamiento.

Sus manos, entrelazadas frente a él, estaban frías. En su bolsillo sentía el peso del anillo de matrimonio, un círculo de oro que se sentía más como un grillete que como una promesa.
Hazlo por la empresa. Hazlo por estabilidad. Kate ya no está, —se repetía mentalmente, como un mantra vacío.

De pronto, el órgano tubular de la catedral soltó un acorde majestuoso que hizo vibrar el suelo. Las enormes puertas de madera tallada se abrieron de par en par, dejando entrar un torrente de luz blanca del mediodía regiomontano.

Los quinientos invitados se pusieron de pie y giraron las cabezas.

Ahí estaba ella. Verónica Estrada.
Lucía, hay que admitirlo, espectacular. Su vestido, un diseño exclusivo de Vera Wang traído desde Nueva York, era una cascada de encaje francés y cristales Swarovski que destellaban con cada paso. Un velo de tul de tres metros se arrastraba tras ella como la estela de un cometa.

Verónica sonreía. Era una sonrisa ensayada frente al espejo durante meses. La sonrisa de la “Virgen Dolorosa” que había sanado el corazón del viudo millonario. Pero por dentro, Verónica no sentía amor, ni gratitud, ni nervios. Sentía triunfo.
Mientras caminaba por el pasillo central, del brazo de su padre —un empresario venido a menos que sudaba copiosamente—, Verónica hacía cuentas mentales.
“Veinte pasos más. Un ‘sí, acepto’. Y todo esto es mío. La mansión, las cuentas en Suiza, el poder. Y en un mes… el funeral de Nico.”

Sus ojos azules se clavaron en Nico al final del pasillo. Lo vio roto, dócil. Perfecto.
—Ya eres mío, pobrecito —pensó.


Escondida detrás de una columna de piedra caliza, a unos veinte metros del altar, Adriana Solís observaba la escena con el corazón latiéndole en la garganta como un pájaro atrapado.

Se había quitado la gorra. Su cabello castaño caía suelto sobre los hombros del uniforme prestado de Banquetes Garza. Le sudaban las manos. Sabía que Finn O’Brien y su equipo de seguridad —los “guaruras”— estaban patrullando el perímetro como perros de presa. Si daba un paso en falso antes de tiempo, la interceptarían, la amordazarían y la sacarían por la puerta trasera antes de que pudiera abrir la boca.

Tenía que esperar el momento exacto.

Verónica llegó al altar. Nico le tendió la mano. Ella la tomó, y Adriana vio cómo Verónica le apretaba los dedos con posesión. Se arrodillaron en los reclinatorios de terciopelo rojo.

El sacerdote, un hombre anciano con vestiduras doradas, levantó las manos. La música cesó. Un silencio sepulcral cayó sobre la catedral, solo roto por el zumbido lejano de los aires acondicionados y algún toser nervioso.

—Hermanos —comenzó el sacerdote con voz resonante—, nos hemos reunido hoy aquí, ante los ojos de Dios y de esta comunidad, para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio.

Adriana cerró los ojos un segundo. Tocó el bolsillo de su pantalón. El USB. La carta. La verdad.
“Hazlo, Adriana. Por Toño. Por Catalina. Por tu propia dignidad.”

El sacerdote continuó con la liturgia. Pasaron los minutos. Lecturas bíblicas, salmos que nadie escuchaba realmente.
Finalmente, llegó el momento.
—Nicolás Fuentes —dijo el sacerdote, mirándolo por encima de sus lentes—, ¿vienes aquí libremente y sin reservas para entregarte a esta mujer?

Nico tardó un segundo en responder.
—Sí, vengo libremente —dijo, pero su voz sonó muerta.

—Verónica Estrada, ¿vienes aquí libremente para entregarte a este hombre?
—Sí, padre. Con todo mi corazón —respondió ella, con una dulzura que le revolvió el estómago a Adriana.

—Entonces… —el sacerdote tomó aire—, si hay alguien presente que conozca alguna razón, algún impedimento legal o moral por el cual esta unión no deba realizarse, que hable ahora o calle para siempre.

El silencio habitual de ese momento llenó la iglesia. Nadie esperaba que pasara nada. Era solo una formalidad.
Verónica sonrió imperceptiblemente, relajando los hombros. Ya estaba hecho.

Entonces, un grito desgarró el aire viciado de la catedral.

—¡YO ME OPONGO!

El sonido fue crudo, desesperado, nada que ver con el protocolo de la alta sociedad.
Quinientas cabezas giraron tan rápido que pareció una coreografía. El murmullo estalló instantáneamente: “¿Qué pasa?”, “¿Quién es?”, “¡Qué escándalo!”.

Adriana salió de detrás de la columna. Caminó hacia el pasillo central. Sus piernas temblaban, pero sus pasos eran firmes.
—¡Esa boda no puede seguir! —gritó de nuevo, su voz rebotando en la bóveda de piedra.

Verónica se giró. Al ver a Adriana, su rostro perfecto se descompuso. Los ojos se le salieron de las órbitas y la boca se le abrió en una mueca de horror genuino.
—¡Tú! —chilló Verónica, olvidando su papel de novia dulce—. ¡Seguridad! ¡Saquen a esta gata de aquí!

Finn O’Brien, que estaba parado cerca de la sacristía, reaccionó al instante.
—¡Código Rojo! —ladró por su micrófono—. ¡Intercepten al objetivo en el pasillo central!

Tres guardias de traje negro se lanzaron desde los laterales, corriendo hacia Adriana como linieros de fútbol americano.
Adriana vio que venían. Sabía que si la tocaban, se acabó.
Corrió.
Corrió con los tenis baratos de tela, ignorando los gritos de indignación de las señoras copetonas de San Pedro mientras pasaba rozándolas.
—¡Nico! —gritó Adriana—. ¡Nico, mírame!

Uno de los guardias estuvo a punto de agarrarla del brazo, pero Adriana se agachó por instinto, esquivándolo, y siguió corriendo hacia el altar. Subió los tres escalones de mármol de un salto.

Nico estaba de pie, aturdido, como si acabara de despertar de un sueño profundo.
Adriana llegó frente a él. Estaba jadeando, con el rostro rojo y el cabello revuelto.
Antes de que pudiera decir nada, Verónica se interpuso, cubriendo a Nico con su cuerpo.

—¡No te acerques! —gritó Verónica, histérica—. ¡Es una loca! ¡Es la ladrona que despedimos ayer! ¡Viene a matarme! ¡Dispárenle!

Los guardias rodearon el altar, sacando armas cortas de debajo de sus sacos. Quinientas personas gritaron al ver las pistolas.
—¡Alto! —ordenó Finn, llegando al círculo—. ¡No disparen en la iglesia! ¡Sujétenla!

Dos manos enormes agarraron a Adriana por los hombros, jalándola hacia atrás con violencia.
—¡No! —gritó Adriana, luchando con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Suélteme! ¡Patrón! ¡Don Nicolás!

Nico miraba la escena con los ojos grises muy abiertos. Veía a la chica que había expulsado bajo la lluvia la noche anterior. Veía a la “ratera”. Pero… había algo mal.
Una ladrona no regresa al lugar del crimen frente a quinientos testigos. Una ladrona huye.
Esta chica estaba luchando para llegar a él, no para escapar.

—¡Ella la mató! —el grito de Adriana atravesó el caos y se clavó en el pecho de Nico—. ¡Verónica mató a Catalina! ¡Y lo va a matar a usted!

Verónica soltó un alarido agudo.
—¡Cállenla! ¡Amordácenla! ¡Está loca!

—¡Tengo la prueba! —sollozó Adriana, mientras los guardias la arrastraban hacia atrás, sus pies resbalando en el mármol—. ¡La carta de Catalina! ¡Está en mi bolsillo! ¡La encontré en la caja de música! ¡En la caja de rosas!

La caja de rosas.
El mundo de Nico se detuvo.
Nadie, absolutamente nadie fuera de él y de Kate, sabía que esa caja tenía un compartimento secreto. Él mismo se lo había mostrado a Kate. Ni siquiera Verónica lo sabía.

—¡Esperen! —La voz de Nico fue un trueno. No fue un grito de pánico, fue una orden de mando, la voz del hombre que controlaba los sindicatos y las calles de Monterrey.

Los guardias se congelaron, aunque no soltaron a Adriana.
Verónica se giró hacia Nico, con la cara bañada en sudor frío.
—Nico, mi amor, no la escuches… por favor, es una psicópata… vamos a casarnos, saca a esta basura…

Nico no miró a Verónica. Sus ojos estaban fijos en Adriana, en esos ojos verdes llenos de lágrimas y de una verdad aterradora.
Caminó hacia ella.
—Nico, no… —intentó detenerlo Verónica, agarrándolo del saco.
Nico se sacudió su toque con un movimiento brusco, casi violento, que hizo que Verónica retrocediera y tropezara con su propia cola de novia.

Nico se paró frente a Adriana y los guardias.
—Suéltenla —ordenó.
—Señor, es un riesgo de seguridad… —empezó Finn.
—¡He dicho que la sueltes, carajo!

Los guardias la soltaron. Adriana cayó de rodillas, jadeando, sobándose los brazos adoloridos.
Nico se agachó hasta quedar a su altura. La iglesia estaba en un silencio absoluto. Ni una mosca volaba.
—Dijiste… —la voz de Nico temblaba ligeramente—… dijiste la caja de rosas.
—Sí, patrón —susurró Adriana, con la voz rota—. La que toca Claro de Luna.

Nico sintió que le faltaba el aire.
—¿Tienes la carta?
Adriana asintió. Llevó su mano temblorosa al bolsillo de su pantalón. Los guardias se tensaron, pensando que sacaría un arma, pero Nico levantó una mano para detenerlos.
Adriana sacó el sobre arrugado y el USB.
Se los extendió.

Verónica, viendo el intercambio, perdió la cabeza.
—¡No! —gritó, lanzándose hacia ellos—. ¡Es mentira! ¡Es falso! ¡Dame eso!
Verónica intentó arrebatarle el sobre a Adriana, sus uñas largas y manicuradas listas para rasguñar.
Pero Finn O’Brien, que había estado observando todo con ojos calculadores, se interpuso. Su lealtad era hacia Nico, no hacia la novia. Bloqueó a Verónica con su cuerpo masivo.
—Señorita, atrás —dijo Finn con frialdad.

Nico tomó el sobre. Sus dedos rozaron los de Adriana.
Miró la letra en el papel.
“Mi amado Nico…”
Era la letra de Kate. Esos trazos curvos, esa tinta azul que ella siempre usaba.
Nico sintió que las piernas le fallaban. Se puso de pie tambaleándose, apretando la carta contra su pecho como si fuera lo único sólido en un mundo que se derrumbaba.

Se giró hacia el sacerdote, que miraba la escena con la boca abierta, y luego hacia los invitados estupefactos.
—La ceremonia se suspende —dijo Nico. Su voz era baja, pero llegó a cada rincón—. Finn, lleva a Adriana a la sacristía. Nadie sale de esta iglesia. Nadie. Cierren las puertas.

—¡Nico! —chilló Verónica, cayendo de rodillas en una actuación desesperada—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Me estás humillando! ¡Soy tu esposa!

Nico se detuvo. Se giró lentamente para mirarla. Ya no había amor en sus ojos. Ni siquiera odio. Había algo mucho peor: la claridad absoluta.
—Todavía no, Verónica —dijo Nico—. Todavía no.

Hizo una señal a Finn.
—Y tráela a ella también. Quiero que escuche esto.

Nico caminó hacia la puerta lateral de la sacristía, con la carta en la mano y el peso de una verdad terrible cayendo sobre sus hombros. Adriana se levantó, se sacudió el polvo de las rodillas y lo siguió.
Detrás de ellos, la “Boda del Siglo” se había convertido en el escenario de un crimen, y el juicio estaba a punto de comenzar.

CAPÍTULO 7: LA VERDAD DUELE

La sacristía de la Catedral de Monterrey era un espacio amplio, revestido de madera oscura y oloroso a cera vieja y mirra. Las paredes estaban decoradas con pinturas al óleo de obispos fallecidos que parecían juzgar con ojos severos a los presentes. El silencio allí dentro era denso, casi sólido, un contraste brutal con el murmullo de pánico que se filtraba desde la nave central, donde quinientas personas esperaban conteniendo el aliento.

Nicolás Fuentes se dejó caer en una silla de terciopelo granate, una reliquia reservada para visitas papales. Sus manos, normalmente firmes y capaces de firmar contratos millonarios o sentencias de muerte en el bajo mundo, temblaban violentamente.

Adriana se quedó de pie junto a la puerta, abrazándose a sí misma, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a bajar, dejando paso a un agotamiento profundo. Finn O’Brien montaba guardia junto a la entrada, con los brazos cruzados y el rostro de piedra, asegurándose de que nadie entrara… o saliera.

Nico abrió el sobre. El papel crujió en el silencio.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas y un sollozo ahogado escapó de su garganta. Un sonido terrible, el sonido de un animal herido.

“Mi amado Nico:
Si lees esto, es porque mis sospechas eran ciertas. No estoy enferma, mi amor. Me están apagando. Siento cómo mi cuerpo se rinde un poco más cada día después del té de las cinco. Verónica me sonríe mientras bebo, pero sus ojos… sus ojos están esperando a que deje de respirar.”

Nico apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Las lágrimas caían libremente sobre el papel, manchando la tinta azul de la letra de Kate.

“Lo siento. Siento dejarte solo con ellos. Pero tienes que ser fuerte. No dejes que se queden con lo que construimos. Y por favor, Nico, no dejes que mi muerte sea en vano. Te amo más allá de esta vida.
—Kate.”

Nico dejó caer la carta sobre la mesa de caoba. Se cubrió el rostro con las manos. Durante dos años había vivido en una neblina de culpa, creyendo que no había cuidado lo suficiente a su esposa, creyendo que su corazón simplemente había fallado. Y todo el tiempo, el asesino había estado durmiendo en su cama, consolándolo, susurrándole mentiras al oído.

Adriana dio un paso tímido hacia él.
—Patrón… hay más. El video.
Nico levantó la cabeza. Sus ojos grises estaban rojos, inyectados en sangre, pero ya no había tristeza en ellos. Había un vacío oscuro y peligroso.
—Dámelo.

Adriana sacó el celular que Maggie le había prestado, donde había copiado los archivos para tener un respaldo rápido. Se lo entregó.
Nico presionó play.

La pequeña pantalla iluminó su rostro. El audio llenó la sacristía.
Se escuchó la risa de Verónica. Una risa que Nico conocía bien, pero que en el video sonaba grotesca, burlona.
“Ese viejo estúpido…” decía la Verónica del video, acariciando la mejilla del hombre con la cicatriz, Derek “El Zorro”. “Cree que me ama. Me da asco tocarlo. Pero vale la pena. Cien millones de dólares valen cualquier sacrificio, ¿no crees, mi amor?”

Nico vio cómo su prometida besaba a otro hombre. Vio cómo planeaban su muerte con la misma frialdad con la que se planea un menú de cena.
“Arsénico progresivo,” decía la voz del Dr. Harris en la grabación. “Indetectable si no se busca específicamente.”

Nico apagó el celular. Lo dejó sobre la mesa con una calma antinatural. Se puso de pie y se alisó el saco del esmoquin. Se pasó una mano por el cabello, recobrando la compostura. Cuando se giró hacia Adriana, el hombre roto había desaparecido. En su lugar estaba el “Patrón”. El jefe de la organización Fuentes. El hombre al que todo Monterrey temía.

—Adriana —dijo Nico. Su voz era grave, controlada—. Perdóname.
Adriana parpadeó, sorprendida.
—¿Señor?
—Te traté como a una delincuente. Te humillé. Te corrí a la calle bajo la lluvia. Y tú… tú arriesgaste tu vida para salvarme. —Nico se acercó y, en un gesto que Adriana jamás olvidaría, le tomó las manos sucias y rasguñadas—. Nunca podré pagarte esto. Nunca.

—Solo quería que supiera la verdad, patrón —susurró ella—. La señora Catalina no merecía eso. Y usted tampoco.

En ese momento, la puerta de la sacristía se abrió de golpe.
Verónica entró como un torbellino blanco, seguida por dos guardias que intentaban detenerla sin tocarla demasiado. Su velo estaba desgarrado, su maquillaje corrido por el llanto falso y el sudor real.

—¡Nico! —gritó, lanzándose hacia él—. ¡Por fin! ¡Sácame de allá afuera! ¡La gente está murmurando! ¡Tenemos que volver y terminar la ceremonia! ¡Esa gata te está lavando el cerebro!

Nico no se movió. La miró con una frialdad que hizo que Verónica se detuviera en seco a medio camino.
—Nico… ¿por qué me miras así? —preguntó ella, con la voz temblorosa—. Mi amor, soy yo. Tu Verónica.

—No me llames así —dijo Nico. Fue un susurro, pero tuvo el impacto de una bofetada.
Caminó hacia la mesa, tomó el celular y lo giró hacia ella. En la pantalla, congelada, estaba la imagen de Verónica besando a Derek.

El color abandonó el rostro de Verónica. Se puso tan pálida que parecía un cadáver envuelto en encaje. Abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido.
—Y esto… —Nico levantó la carta de Kate—. Esto es lo que escribiste en tu propia sentencia de muerte, Verónica.

Verónica miró la carta. Miró el celular. Y entonces, se dio cuenta. Se dio cuenta de que no había salida. No había mentira, ni lágrima, ni seducción que pudiera sacarla de esto. El juego había terminado.

Y en ese instante, la máscara cayó por completo.
La postura de Verónica cambió. Ya no estaba encorvada fingiendo miedo. Se enderezó. Su rostro, antes hermoso, se contorsionó en una mueca de odio puro y fealdad espiritual.
Soltó una carcajada. Una risa aguda, histérica, demente.

—¡Esa estúpida muerta! —gritó Verónica, escupiendo las palabras—. ¡Incluso desde el infierno sigue molestando! ¡Debí haber quemado esa maldita caja de música!

Adriana retrocedió, asustada por la transformación.
Nico no parpadeó.
—¿Admites que la mataste?

—¡Claro que la maté! —chilló Verónica, con los ojos desorbitados—. ¡Era una mosca muerta! ¡Aburrida, patética, débil! ¡No te merecía, Nico! ¡Tú necesitabas a una reina a tu lado, no a esa monja de caridad! ¡Yo hice lo que tenía que hacer para conseguir lo que me pertenece!

Verónica dio un paso hacia Nico, con los puños apretados.
—¡Y tú! ¡Eres un idiota sentimental! —le gritó en la cara—. ¡Dos años llorándole a una muerta! ¡Me dabas asco cada vez que me tocabas! ¡Solo quería tu dinero, maldito imbécil! ¡Tu dinero y tu poder! ¡Y lo iba a tener todo si no fuera por esta… esta gata igualada!

Verónica giró la cabeza hacia Adriana con una furia asesina.
—¡Tú! —rugió—. ¡Maldita sirvienta de porquería! ¡Arruinaste mi vida! ¡Te voy a matar!

Verónica se lanzó sobre Adriana. Sacó de entre los pliegues de su vestido una pequeña navaja plateada —algo que siempre llevaba “por si acaso”— y tiró un tajo al aire buscando la cara de Adriana.
Adriana gritó y se cubrió con los brazos.
Pero Verónica nunca llegó.

Nico la interceptó. Le agarró la muñeca en el aire con una fuerza brutal, torciéndola hasta que se escuchó un crujido seco.
—¡Ahhh! —gritó Verónica, soltando la navaja, que cayó al suelo con un tintineo metálico.

Nico la empujó hacia atrás con asco. Verónica cayó sobre la alfombra, rodeada de su vestido de un millón de dólares, ahora sucio y arrugado.
—Finn —dijo Nico, limpiándose la mano en el pantalón como si hubiera tocado algo podrido.
—¿Señor?
—Que pase el Comandante Treviño. Ahora.

La puerta lateral de la sacristía se abrió. Entró el Comandante Treviño, jefe de la policía ministerial de Nuevo León, un hombre corpulento con sombrero vaquero que había estado esperando la llamada de Nico. Detrás de él entraron cuatro agentes armados.

Treviño miró a Verónica en el suelo, luego a la navaja, luego a Nico.
—¿Es ella, Don Nicolás?
—Es ella —confirmó Nico—. Asesinato en primer grado. Conspiración. Intento de homicidio. Tengo las pruebas aquí. Y el testimonio del Dr. Harris, a quien supongo que tus hombres ya visitaron.

Treviño asintió, tocándose el borde del sombrero.
—El doctor cantó como un jilguero hace media hora, patrón. Ya lo tenemos en los separos.
El Comandante hizo una seña a sus agentes.
—Levántenla.

Dos policías agarraron a Verónica de los brazos y la levantaron bruscamente.
—¡Suéltenme! —gritaba ella, pataleando—. ¡No saben quién soy! ¡Soy Verónica Estrada! ¡Soy la dueña de esta ciudad! ¡Nico, diles que me suelten! ¡Nico!

Nico le dio la espalda.
—Sáquenla por la nave central —ordenó Nico—. Quiero que todos la vean. Quiero que Monterrey entero vea quién es realmente Verónica Estrada.

—¡Maldito seas! —aullaba Verónica mientras le ponían las esposas—. ¡Te vas a arrepentir! ¡Te voy a destruir!

Los gritos de Verónica se fueron alejando mientras la arrastraban hacia la puerta que daba al altar.

Nico se quedó en silencio un momento, respirando profundamente, como si el aire de la habitación por fin se hubiera limpiado. Luego se giró hacia Adriana.
—¿Estás bien?
Adriana asintió, todavía temblando.
—Sí, patrón.
—Vamos —dijo Nico, ofreciéndole su brazo, no como jefe a empleada, sino como un caballero a una dama—. Tenemos que terminar esto.

Salieron de la sacristía.
Al volver a entrar a la nave central, la escena era dantesca.
Los quinientos invitados estaban de pie, muchos grabando con sus celulares. En el pasillo central, la policía arrastraba a una Verónica histérica que insultaba y escupía a quienes antes llamaba “amigos”. La imagen de la novia perfecta, esposada y gritando obscenidades, era el final más impactante que cualquiera hubiera imaginado.

Nico caminó hasta el micrófono del ambón, donde minutos antes se leían las lecturas sagradas. Adriana se quedó unos pasos atrás, junto a Finn.
Nico miró a la multitud. Su voz retumbó en los altavoces, firme y clara.

—Señores —dijo Nico—. La boda se cancela. No habrá fiesta. No habrá celebración.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran.
—Hoy no hemos ganado una esposa, pero hemos perdido a una asesina. Verónica Estrada es la responsable de la muerte de Catalina Fuentes. Y gracias a Dios… y a la valentía de una persona que vale más que todos nosotros juntos… se ha hecho justicia.

Nico se giró y miró a Adriana. Extendió la mano hacia ella frente a todos.
—Adriana Solís —dijo Nico—. Ven aquí, por favor.

Adriana, roja de vergüenza pero con la cabeza alta, caminó hacia él.
—Les presento a la mujer que salvó mi vida —dijo Nico a la élite de Monterrey—. Y les advierto una cosa: quien se atreva a faltarle al respeto a esta mujer, me estará faltando al respeto a mí. Y ustedes saben lo que eso significa.

Un silencio de respeto y miedo llenó la catedral.
Nico miró a Adriana y, por primera vez en dos años, una sonrisa genuina, aunque triste, cruzó su rostro.
—Vámonos de aquí, Adriana. Te invito ese café que te debo. O mejor… un tequila. Creo que ambos lo necesitamos.

Adriana sonrió entre lágrimas.
—Mejor unos tacos, patrón. Me muero de hambre.
Nico soltó una carcajada breve, un sonido que sorprendió a todos.
—Tacos será.

Y así, bajo la mirada atónita de la alta sociedad, el mafioso y la sirvienta bajaron del altar y caminaron hacia la salida, dejando atrás las flores, el lujo y las mentiras, saliendo hacia la luz brillante de la tarde en Monterrey, donde una nueva vida, limpia y honesta, los estaba esperando.

CAPÍTULO 8: UN NUEVO AMANECER EN LA SIERRA MADRE

Tres meses después.

El calor de mayo caía a plomo sobre la ciudad de Monterrey, pero dentro de los juzgados penales del estado, el ambiente estaba gélido. No era por el aire acondicionado industrial que zumbaba constantemente, sino por la presencia de la mujer sentada en el banquillo de los acusados.

Verónica Estrada ya no era la reina de San Pedro Garza García. Su cabello rubio, antes cuidado con tratamientos de miles de dólares, lucía opaco y recogido en una cola de caballo descuidada. Llevaba el uniforme beige reglamentario del penal femenil. Sin maquillaje, su rostro revelaba una dureza angulosa, una amargura que le había envejecido diez años en noventa días.

La sala estaba abarrotada. La prensa nacional había bautizado el caso como “La Boda Sangrienta”, y nadie quería perderse el veredicto final. En la primera fila, vestido con un traje gris impecable pero sencillo, estaba Nicolás Fuentes. A su lado, Adriana Solís, vestida con una blusa blanca y pantalones formales, mantenía la vista fija en el juez.

—Pónganse de pie —ordenó el alguacil.

El juez, un hombre severo con gafas de montura gruesa, ajustó sus papeles y miró a la acusada por encima de sus lentes.
—En el caso del Estado de Nuevo León contra Verónica Estrada, por el homicidio calificado de Catalina Fuentes, conspiración para cometer homicidio en grado de tentativa contra Nicolás Fuentes, y fraude procesal… este tribunal la encuentra CULPABLE.

Un murmullo estalló en la sala como una ola rompiendo en la orilla. El juez golpeó su mazo.
—¡Silencio! La acusada es sentenciada a cincuenta años de prisión sin derecho a libertad condicional, a cumplirse en el Centro Federal de Readaptación Social.

Verónica no lloró. No suplicó. En su lugar, soltó una carcajada seca que heló la sangre de los presentes. Se giró hacia el público, buscando con la mirada a Nico.
—¡Disfruta tu dinero mientras puedas, Nico! —gritó mientras los custodios la agarraban de los brazos para llevársela—. ¡Te vas a podrir en tu soledad! ¡Tú y esa sirvienta mugrosa se merecen el uno al otro!

Nico no parpadeó. No sintió odio, ni miedo. Solo sintió una inmensa lástima. Vio cómo se llevaban a la mujer que casi lo destruye, y sintió que un peso de toneladas se levantaba de sus hombros.

El Doctor Harris, cómplice y proveedor del veneno, había recibido quince años tras negociar con la fiscalía. Derek “El Zorro”, el amante y socio criminal, había sido abatido una semana después de la boda en un enfrentamiento con la policía federal en Tamaulipas, cuando intentaba huir del país con pasaportes falsos.

El imperio del mal se había desmoronado.

Al salir del juzgado, los periodistas se abalanzaron sobre ellos como buitres.
—¡Señor Fuentes! ¿Es verdad que va a donar su fortuna?
—¡Señorita Solís! ¿Tiene una relación sentimental con su exjefe?

Finn O’Brien y un equipo de seguridad abrieron paso entre la multitud de micrófonos y cámaras. Nico y Adriana subieron a una camioneta blindada.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó.

Nico se aflojó la corbata y suspiró. Miró a Adriana, que miraba por la ventana las calles de Monterrey pasar.
—Se acabó —dijo él.
—Sí —respondió ella suavemente—. Se acabó.
—¿Vas a ir al hospital?
—Sí. Hoy le quitan los puntos a Toño.
—Bien. —Nico le hizo una señal al chofer—. Llévanos al Universitario.


El Hospital Universitario bullía de actividad. Adriana caminó por los pasillos familiares con un paso ligero que no tenía hace meses. Entró en la habitación 304.

Toño estaba sentado en la cama, terminando un plato de gelatina roja. Ya no tenía el color grisáceo en la piel ni los labios morados por la falta de oxígeno. Sus mejillas tenían un color rosado saludable y sus ojos brillaban con la energía incontenible de un adolescente de 16 años.

—¡Hermana! —gritó Toño al verla.
Adriana corrió y lo abrazó con cuidado, evitando presionar la cicatriz en su pecho.
—¿Cómo te sientes, campeón?
—¡Súper bien! El doctor dice que mi corazón late como un motor nuevo. Dice que en un mes ya podré jugar fútbol.

Adriana sonrió, conteniendo las lágrimas de felicidad. Recordó el día, una semana después de la boda fallida, cuando llegó al hospital aterrorizada por las facturas, solo para que el administrador le dijera que la cuenta había sido saldada en su totalidad. “Un donador anónimo”, habían dicho.
Ella sabía quién era.

La puerta de la habitación se abrió suavemente. Nico se quedó en el umbral, incómodo, como si no perteneciera a ese lugar de luz blanca y olor a desinfectante.
Toño lo miró con curiosidad.
—¿Tú eres el señor Nico? —preguntó el chico.
Adriana se giró.
—Toño, más respeto. Es el señor Fuentes.
—Déjalo, Adriana —dijo Nico, entrando con una sonrisa tímida. Llevaba una bolsa de regalo en la mano—. Hola, Toño. Me han dicho que eres un guerrero.

Nico le entregó la bolsa. Toño la abrió con entusiasmo y sacó una camiseta original de los Tigres de la UANL, firmada por todo el equipo.
—¡No manches! —gritó Toño—. ¡Está firmada por Gignac! ¡Gracias!
Nico se rió. Una risa real.
—De nada, chavo. Recupérate pronto. Necesito que estés fuerte para cuidar a tu hermana.

Adriana miró a Nico por encima de la cabeza de su hermano. Sus miradas se cruzaron y, en ese intercambio silencioso, hubo más gratitud y entendimiento que en mil palabras.


Seis meses después.

Las oficinas corporativas de Grupo Fuentes, en el piso 40 de la torre más alta de San Pedro, estaban extrañamente vacías. Las cajas de cartón se apilaban en los pasillos.

Nico estaba en su despacho, firmando los últimos documentos de una pila inmensa. Finn O’Brien estaba de pie frente al ventanal, mirando la ciudad que se extendía abajo como un tapete de luces.

—¿Estás seguro de esto, jefe? —preguntó Finn, rompiendo el silencio—. Estás desmantelando todo. Los casinos, los clubes nocturnos, las rutas de transporte… Son millones de dólares al mes que estás tirando a la basura.

Nico dejó la pluma sobre el escritorio de caoba. Se levantó y caminó hasta quedar junto a su fiel guardaespaldas.
—No es basura, Finn. Es veneno. —Nico miró su propio reflejo en el cristal—. Durante años pensé que el poder era esto. Controlar, intimidar, acumular. Pero este dinero está manchado. Manché las manos de Kate con él, aunque ella no lo supiera. Y casi mancho mi alma para siempre.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó el irlandés—. No te veo jugando golf todo el día con los jubilados del Campestre.

Nico sonrió.
—Me quedé con las empresas legítimas. La constructora, las inversiones en tecnología. Es suficiente para vivir bien y mantener a los empleados honestos. El resto… el 80% de mi fortuna personal ya ha sido transferido.
—¿A dónde?
—A la “Fundación Catalina y Adriana”. Centros de apoyo para mujeres violentadas y becas médicas para niños de bajos recursos.
Finn arqueó una ceja.
—”Y Adriana”. Le pusiste su nombre.
—Sin ella, yo estaría tres metros bajo tierra, y Kate nunca habría tenido justicia. Su nombre merece estar ahí.

Nico tomó su saco del perchero.
—Finn, estás libre. Te transferí un bono de retiro que te permitirá comprar ese pub en Dublín del que siempre hablas.
Finn se quedó atónito.
—Jefe… Nico. Gracias.
—Cuídate, amigo.

Nico salió de la oficina, apagando la luz tras de sí. No miró atrás. El mafioso había muerto en esa oficina. El hombre nuevo bajaba por el elevador hacia el estacionamiento.


Santiago, Nuevo León, es un “Pueblo Mágico” enclavado en la sierra, a unos cuarenta minutos de Monterrey. Es un lugar de calles empedradas, olor a pan de elote y aire limpio de montaña.

En una pequeña casa blanca con techo de teja, rodeada de un jardín vibrante lleno de buganvilias y rosales, Adriana estaba de rodillas en la tierra. Llevaba un sombrero de paja y unos guantes viejos, podando los arbustos con dedicación.

La vida había cambiado radicalmente. Ya no vivía en el departamento húmedo de la colonia Independencia. Con la recompensa que la fiscalía ofrecía por la captura de la red de “El Zorro” (la cual Nico insistió que ella cobrara, pues fue su evidencia la que lo logró), Adriana había comprado esta casita.

Toño estaba en la escuela. La vida era tranquila. Sencilla. Perfecta.
Pero a veces, por las noches, Adriana sentía que le faltaba algo. O alguien.

El sonido de un motor la sacó de sus pensamientos.
Levantó la vista y vio un Jeep Wrangler verde, lleno de polvo del camino, estacionarse frente a su reja de madera.
El corazón le dio un vuelco.

La puerta del conductor se abrió.
Nicolás Fuentes bajó del vehículo. Pero no era el Nico de los trajes Tom Ford y el gel impecable. Llevaba unos jeans desgastados, botas de trabajo y una camisa de lino blanca arremangada hasta los codos. Estaba bronceado, un poco despeinado y se veía… feliz.

—Buenas tardes, señorita —dijo Nico, apoyándose en la reja con una sonrisa relajada.
Adriana se quitó los guantes y se acercó, sintiendo que las piernas le temblaban un poco, igual que el día de la boda, pero por una razón muy diferente.
—Hola… Nico. ¿Qué haces aquí? ¿Te perdiste en la sierra?

—Un poco —admitió él, entrando al jardín—. Estaba buscando algo. O a alguien.
Se detuvo frente a ella. El olor a tierra mojada y flores llenaba el espacio entre los dos.
—Vendí todo, Adriana. O bueno, casi todo. Cerré los negocios sucios. Me deshice de los socios criminales. Estoy limpio.

—Lo vi en las noticias —dijo ella sonriendo—. “El Capo que se volvió Filántropo”. Te queda bien el título.
—Me queda mejor este —dijo, señalando su ropa—. Me compré un rancho cerca de aquí. Voy a criar caballos. Siempre quise hacerlo, antes de que… bueno, antes de que la vida se complicara.

Hubo un silencio cómodo. El viento movió las hojas de los árboles.
—Vine a hacerte una oferta de trabajo —dijo Nico de repente, poniéndose un poco más serio.
Adriana levantó una ceja, divertida.
—¿Ah sí? Si es para planchar camisas, te aviso que mis tarifas han subido mucho.

Nico soltó una carcajada.
—No. Nada de planchar. Abrí la fundación. La “Fundación Catalina y Adriana”. Vamos a tener un centro comunitario aquí en Santiago y otro en Monterrey. Necesito una directora. Alguien que conozca lo que es la necesidad, que tenga coraje y que no se deje intimidar por nadie.
La miró intensamente a los ojos.
—Necesito a alguien con un corazón de oro y agallas de acero. Te necesito a ti.

Adriana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Yo… yo no tengo estudios universitarios, Nico. Solo soy una…
—Eres la mujer más inteligente y valiente que conozco —la interrumpió él, dando un paso más cerca. Tomó sus manos, que aún tenían rastros de tierra—. Me salvaste, Adriana. Me enseñaste que el valor no depende del código postal ni de la cuenta bancaria.

Nico bajó la voz, volviéndose más íntimo.
—Y también vine por otra cosa.
—¿Por qué? —susurró ella, con el corazón latiendo a mil por hora.
—Porque quiero una oportunidad. No como tu jefe. No como el viudo triste. Solo como Nico. Quiero invitarte a comer. Quiero conocerte. Quiero saber qué música te gusta, cuál es tu color favorito y qué sueñas cuando duermes. Quiero… quiero empezar de cero, si tú me dejas.

Adriana miró esos ojos grises. Ya no eran fríos como el hielo. Eran cálidos, como la piedra del río bajo el sol. Vio en ellos honestidad, arrepentimiento y una promesa de futuro.

—Toño llega de la escuela en media hora —dijo Adriana, mordiéndose el labio para esconder una sonrisa—. Pero… creo que tengo tiempo para un café. O unos tacos.
Nico sonrió, esa sonrisa que iluminaba su cara y le quitaba diez años de encima.
—Tacos suena perfecto. Conozco un lugar aquí a la vuelta que dicen que es el mejor del mundo.

—¿Mejor que los de la ciudad? Lo dudo, citadino.
—Pruébalos y me dices.

Nico le ofreció el brazo, no con arrogancia, sino con dulzura. Adriana entrelazó el suyo con el de él. Juntos, salieron del jardín de la pequeña casa blanca.

Mientras caminaban por la calle empedrada de Santiago, bajo la luz dorada del atardecer, no parecían un exmafioso y su exsirvienta. Parecían simplemente dos personas que habían sobrevivido a la tormenta, dos almas rotas que habían encontrado la forma de sanar juntas.

A veces, los héroes no llevan capa. A veces llevan un delantal sucio y tienen el coraje de gritar la verdad cuando a todos les tiembla la voz. Y a veces, los villanos pueden redimirse si encuentran la luz adecuada que los guíe a casa.

Adriana miró a Nico y apretó suavemente su brazo. Nico le devolvió el gesto.
El pasado estaba enterrado. El futuro era un camino abierto, y por primera vez en sus vidas, ambos eran verdaderamente libres.

FIN

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