LA SIRVIENTA Y EL CAPO: UN DRAMA EN SAN PEDRO
Capítulo 1: La Taza Rota
La Hacienda Fuentes se alzaba sobre las colinas de Chipinque, en San Pedro Garza García, como una fortaleza de piedra y dinero viejo. Desde allí, Don Nicolás “Nico” Fuentes controlaba medio Monterrey, pero no podía controlar el dolor que llevaba en el pecho desde que Catalina, su esposa, murió hace dos años.
Abajo, en la sala principal, el sonido de la porcelana rompiéndose fue como un disparo. Adriana Solís, con sus manos enrojecidas de tanto tallar pisos, miró con horror la taza hecha añicos.
—¡Fíjate, inútil! —gritó Verónica Estrada.
Verónica era la prometida de Nico. Rubia, perfecta, y mala como el veneno. Se levantó del sofá, fingiendo indignación.
—Mira lo que hiciste a mis zapatos. Son italianos, valen más que la casa de tus padres.
Adriana bajó la cabeza.
—Señorita, usted empujó la mesa… —susurró.
—¿Me estás llamando mentirosa? —Verónica soltó una carcajada seca—. Arrodíllate. Límpialo. Ahora.
Adriana pensó en Toño, su hermanito de 16 años, conectado a una máquina en el Hospital Universitario. Necesitaba esa chamba. Se arrodilló. Los fragmentos de la taza le cortaron la piel a través del pantalón, pero no se quejó. Limpió el té de los zapatos de Verónica mientras esta le pisaba el hombro con el tacón.
En eso entró Nico. Alto, impecable, con esa mirada gris que hacía temblar a los socios del Club Industrial. Vio la escena y suspiró con cansancio. Verónica corrió hacia él, transformándose en una víctima.
—Mi amor, esta gata me arruinó los zapatos y todavía me contestó. Estoy tan nerviosa por la boda…
Nico ni siquiera miró a Adriana a los ojos.
—Vete. Estás despedida. Que te den tu liquidación y no vuelvas.
Capítulo 2: La Conspiración
Adriana salió de la sala conteniendo las lágrimas. No por el despido, sino por Toño. ¿Qué iba a hacer ahora? Caminó por el pasillo de servicio, arrastrando los pies, cuando una voz la detuvo en seco. Provenía de la biblioteca.
—Ya cállate, deja de lloriquear —era Verónica, pero su tono era gélido—. El idiota de Nico no sospecha nada. Se tragó el cuento de la viuda triste.
Adriana se pegó a la pared.
—Sí… la medicina del Doctor Harris es una maravilla. Igual que con Catalina. Un par de dosis más después de la boda y su corazón dejará de latir. Parecerá natural. Y todo… absolutamente todo el dinero será nuestro, mi amor.
Adriana sintió que el piso se abría. Catalina Fuentes no murió de pena. Fue asesinada. Y Nico era el siguiente.
Verónica colgó y sus tacones empezaron a sonar hacia la puerta. Adriana corrió. Corrió como nunca, escondiéndose en la cocina, con el corazón martillándole las costillas. Tenía que hacer algo.
CAPÍTULO 3: EL FANTASMA DE CATALINA
La noche cayó sobre la mansión Fuentes como un manto de plomo. A las afueras de Monterrey, lejos del ruido de la ciudad, el silencio en la inmensa propiedad no era sinónimo de paz; era una amenaza suspendida en el aire.
En el sótano, en el área designada para la servidumbre, Adriana Solís yacía sobre su estrecho catre, con los ojos abiertos de par en par, clavados en las manchas de humedad del techo. El reloj marcaba la 1:45 de la madrugada, pero el sueño era un lujo que no podía permitirse.
Cada vez que cerraba los ojos, la voz de Verónica Estrada resonaba en su cabeza como un eco venenoso: “Medicinas que no dejan rastro… dormir para siempre… igual que Catalina”.
Adriana se giró en la cama, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la camiseta del pijama. Su corazón latía con una violencia dolorosa contra sus costillas. Sabía demasiado. En ese mundo de hombres poderosos y mujeres despiadadas, saber la verdad era más peligroso que tener una pistola apuntándote a la cabeza.
—Toño… —susurró en la oscuridad.
Pensó en su hermano menor, conectado a máquinas en una sala estéril del Hospital Universitario. Si ella hablaba y nadie le creía, la despedirían, o peor, la “desaparecerían”. Y sin ella, Toño moriría. Pero si callaba… Nico, el hombre que, a pesar de su frialdad, había pagado sin saberlo los medicamentos de su hermano durante meses con su salario, sería asesinado. Sería enterrado junto a una esposa a la que amaba, sin saber que la misma mano que le acariciaba el rostro por las noches era la que le servía el veneno.
La culpa comenzó a pesar más que el miedo. Adriana se sentó de golpe, sintiendo que las paredes del pequeño cuarto se cerraban sobre ella. Necesitaba aire. Necesitaba moverse.
Se puso una bata vieja de lana sobre el pijama, abrió la puerta con sumo cuidado para no despertar a Maggie, su compañera de cuarto, y salió al pasillo.
La mansión de noche era un laberinto de sombras alargadas. La luz de la luna llena se filtraba a través de los ventanales góticos, pintando el suelo de mármol con formas espectrales. Adriana caminó descalza para no hacer ruido, sintiendo el frío de la piedra subir por sus pies hasta la columna vertebral.
Al llegar al vestíbulo principal, se detuvo en seco. Se le heló la sangre.
Había alguien ahí.
Una figura pequeña, encorvada y casi inmóvil estaba de pie frente a la gran chimenea apagada, iluminada apenas por la luz de una lámpara de mesa. Adriana estuvo a punto de dar media vuelta y correr, pero algo en la postura de la figura le resultó familiar. Ese cabello blanco recogido en un chongo perfecto, esa lealtad silenciosa que emanaba incluso en la soledad.
Era Doña Pati. La ama de llaves. La mujer que llevaba treinta años sirviendo a los Fuentes, la que había visto nacer a Nico y morir a sus padres.
Adriana se acercó despacio. Doña Pati no estaba mirando la chimenea, sino el enorme óleo que colgaba sobre ella. Era un retrato de Catalina Fuentes, la primera esposa de Nico. En la pintura, Catalina sonreía con una dulzura que iluminaba la habitación; tenía el cabello rubio como el trigo y unos ojos azules bondadosos, radicalmente opuestos a la mirada gélida de Verónica.
—No puedes dormir, ¿verdad, mija? —La voz de Doña Pati rompió el silencio. No se giró, siguió mirando el cuadro.
Adriana dio un respingo, llevándose la mano al pecho.
—Doña Pati… me asustó. Lo siento, yo solo… bajé por un vaso de agua.
La anciana soltó un suspiro largo, cargado de una tristeza antigua. Se giró lentamente. A la luz tenue, sus arrugas parecían surcos profundos cavados por años de guardar secretos.
—No me mientas, Adriana. A mis años, uno aprende a leer el miedo en los ojos de la gente como si fuera el periódico de la mañana. —Pati dio un paso hacia ella, apoyándose en su bastón—. Te vi hoy en la tarde. Te vi salir corriendo del pasillo de la biblioteca como si el mismo diablo te persiguiera. Y te vi cuando esa mujer… —la anciana escupió las palabras con desprecio— te humilló rompiendo la taza.
Adriana bajó la mirada, sintiendo las lágrimas agolparse de nuevo.
—Escuché algo, Doña Pati. Algo horrible.
—Lo sé —dijo la anciana con firmeza—. Sé que lo escuchaste. Porque yo también lo he visto. No necesito oír sus llamadas telefónicas para saber que Verónica Estrada tiene el alma podrida.
Adriana levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Usted… usted sabe lo que está pasando?
—Sé que esta casa no ha tenido luz desde que la señora Catalina murió —Pati volvió a mirar el retrato—. Ella era un ángel, Adriana. Amaba al patrón Nico más que a su propia vida. Y él… él la adoraba. Cuando ella murió, él se murió con ella por dentro. Se convirtió en ese témpano de hielo que ves ahora.
La anciana se acercó más, bajando la voz a un susurro conspiratorio, como si las paredes tuvieran oídos.
—Todo el mundo dijo que fue un ataque al corazón. Una “falla congénita”, dijo el Doctor Harris. —Pati soltó una risa amarga—. ¡Mentiras! La señora Catalina estaba sana. Pero meses antes de morir, empezó a enfermarse. Mareos, vómitos, debilidad… Justo cuando el Doctor Harris empezó a darle esos “suplementos especiales”.
Adriana sintió un escalofrío. Era exactamente lo que había escuchado decir a Verónica.
—Doña Pati… Verónica dijo que… dijo que le daría lo mismo a don Nico. Dijo que después de la luna de miel, él se dormiría para siempre.
La anciana cerró los ojos con dolor, apretando el puño sobre la empuñadura de su bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Dios mío… entonces es cierto. Mis sospechas eran ciertas.
—¿Por qué nadie hizo nada? —preguntó Adriana con desesperación—. ¿Por qué nadie le dijo a don Nico?
—¿Quién le va a creer a la servidumbre, niña? —respondió Pati con dureza—. ¿Crees que el patrón escucharía a una vieja que limpia el polvo antes que a la mujer rubia y perfecta que tiene en su cama? El dolor lo cegó. Verónica se aprovechó de su luto, se metió como una serpiente en su vida cuando él estaba más vulnerable.
Hubo un silencio pesado. El reloj de péndulo del pasillo marcó las dos de la mañana. El sonido resonó como campanadas fúnebres.
—Pero la señora Catalina no era tonta —dijo de pronto Doña Pati, con un brillo extraño en la mirada—. Ella sabía que algo andaba mal. Semanas antes de fallecer, me llamó a su habitación. Estaba pálida, casi no podía levantarse de la cama. Me tomó la mano y me dijo: “Pati, si algo me pasa, si de repente ya no estoy, promete que buscarás la verdad”.
—¿Le dejó algo? —preguntó Adriana, conteniendo el aliento.
Doña Pati asintió lentamente. Metió la mano en el bolsillo profundo de su bata y sacó algo.
—Me dijo: “Si dudas de mi muerte, busca la caja de música. La que Nico me trajo de Italia. Ahí guardé mis miedos”.
La anciana extendió la mano. En su palma arrugada descansaba una llave de bronce, opaca por el tiempo, con un diseño antiguo en la cabeza.
—Después del funeral, el patrón Nico cerró el ala este del tercer piso. La habitación de la señora Catalina, su vestidor, su estudio… todo quedó sellado. Dijo que no quería que nadie tocara sus cosas, que quería conservar su aroma. Nadie ha entrado ahí en dos años. Está estrictamente prohibido bajo pena de despido inmediato… o algo peor.
Adriana miró la llave. Era pesada, fría.
—¿Por qué me da esto a mí? —preguntó con voz temblorosa.
—Porque yo soy una vieja cobarde, Adriana —confesó Pati, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. He tenido esta llave en mi bolsillo durante dos años, quemándome la piel, y no he tenido el valor de usarla. Tengo miedo. Miedo de que me maten, miedo de quedarme en la calle a mis setenta años. Pero tú…
Doña Pati le tomó la mano a Adriana y cerró sus dedos sobre la llave de bronce.
—Tú tienes algo que yo ya perdí. Vi cómo apretaste la mandíbula cuando te obligaron a limpiar esos zapatos. Vi cómo te tragaste el orgullo no por cobardía, sino por amor a tu hermano. Tienes rabia, mija. Y la rabia, si se usa bien, es más fuerte que el miedo.
—Si me atrapan… —empezó a decir Adriana.
—Si te atrapan, dirás que me la robaste —la interrumpió Pati—. Pero si no haces nada, si esa boda se realiza mañana a mediodía… Don Nico es hombre muerto. Y esa asesina se quedará con todo.
Adriana apretó la llave. Pensó en la injusticia de ver a Verónica triunfar. Pensó en Nico, un hombre bueno roto por la tragedia, a punto de ser devorado por los lobos.
—¿Dónde está la caja?
—En el baúl de cedro, debajo de la cama matrimonial. Es una caja de madera tallada con rosas. Toca “Claro de Luna” de Debussy.
Adriana asintió. No dijo nada más. No había necesidad de promesas heroicas. Se dio la vuelta y miró hacia la gran escalera que conducía a la oscuridad de los pisos superiores.
Subir esas escaleras se sintió como escalar una montaña en medio de una tormenta. Cada escalón de madera crujía levemente, sonidos que en el silencio de la noche sonaban como disparos de cañón. Adriana se pegaba a la barandilla, atenta a cualquier sonido, a cualquier puerta que se abriera.
Primer piso: Las habitaciones de invitados. Silencio.
Segundo piso: La habitación de Nico y la de Verónica (quienes dormían en cuartos separados antes de la boda, por tradición, o quizás por la frialdad de su relación). Adriana pasó conteniendo la respiración frente a la puerta de Verónica. Podía imaginarla ahí dentro, durmiendo plácidamente como un ángel, soñando con crímenes.
Tercer piso: El santuario prohibido.
Aquí, el aire era diferente. Olía a polvo estancado, a cera de velas antiguas y a un perfume de lavanda que se negaba a desaparecer. No había luces encendidas. Adriana sacó su celular y encendió la linterna, cubriendo el foco con sus dedos para que la luz fuera apenas un resplandor difuso.
El pasillo era largo y las sombras de los muebles cubiertos con sábanas blancas parecían fantasmas vigilantes. Al fondo, una puerta doble de roble macizo esperaba.
Adriana se paró frente a ella. Le temblaban las manos tanto que tuvo que usar ambas para sostener la llave.
“Por favor, que no haga ruido”, rezó.
Introdujo la llave en la cerradura. El mecanismo, rígido por la falta de uso, opuso resistencia. Adriana empujó suavemente, girando la muñeca.
Click.
El sonido metálico fue seco y definitivo.
Adriana giró el pomo y empujó. La puerta se abrió con un gemido largo y agudo de las bisagras oxidadas. Adriana se congeló, esperando que alguien gritara, que las luces se encendieran, que los guardias subieran corriendo.
Esperó diez segundos. Veinte. Nada. Solo el viento golpeando suavemente las ventanas exteriores.
Se deslizó hacia el interior y cerró la puerta tras de sí, dejándola apenas emparejada por si tenía que huir.
La habitación de Catalina Fuentes era un mausoleo.
El haz de luz de su celular barrió la estancia. Todo estaba exactamente como debía haber estado el día que murió. Un libro abierto en la mesita de noche. Un frasco de perfume destapado en el tocador. Ropa doblada sobre una silla. Era como si la dueña hubiera salido un momento y fuera a regresar en cualquier instante. El polvo lo cubría todo con una capa gris y espesa.
Adriana no tenía tiempo para admirar la decoración. Fue directo a la cama, una inmensa estructura con dosel de terciopelo azul. Se arrodilló en el suelo, sin importarle ensuciar su bata, y levantó el faldón de la cama.
Oscuridad y polvo.
Metió la mano, tanteando a ciegas. Tocó algo duro. Madera.
Jaló con fuerza. Un baúl de cedro antiguo se deslizó sobre la alfombra persa, levantando una nube de polvo que la hizo toser contra su manga para ahogar el ruido.
Con el corazón en la garganta, abrió el baúl.
Dentro había recuerdos: fotos de la boda, cartas atadas con listón, un velo de novia… y en una esquina, envuelta en terciopelo rojo, estaba la caja.
Era hermosa. Madera oscura, tallada con rosas tan detalladas que parecían tener espinas reales. Adriana la sacó con reverencia. Sentía que estaba profanando una tumba, pero sabía que era la única forma de hacer justicia.
Levantó la tapa de la caja musical.
La mecánica interna cobró vida. Un cilindro metálico giró y las notas cristalinas de Claro de Luna empezaron a flotar en el aire viciado de la habitación.
Tin, tin, ti-rin…
La música era desgarradoramente triste.
Adriana buscó con desesperación. A primera vista, la caja estaba vacía, solo forrada de terciopelo negro.
—Tiene que haber algo… —susurró, pasando los dedos por el forro.
Entonces lo sintió. Un pequeño bulto en el fondo falso.
Clavó la uña en el borde del terciopelo y tiró. El fondo se levantó.
Ahí estaba.
Un sobre doblado en cuatro partes, amarillento por el tiempo, y un pequeño dispositivo USB plateado.
Adriana tomó la carta. Sus manos temblaban tanto que casi la deja caer. La desdobló bajo la luz del celular.
La letra era elegante, cursiva, pero se notaba que había sido escrita con prisa, o con debilidad. Los trazos finales de las palabras se desvanecían.
“Mi amado Nico:
Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy a tu lado. Perdóname por no decírtelo a la cara, pero tengo miedo. No estoy loca, Nico. Sé lo que siento. Cada vez que tomo el té que me prepara Verónica, o las pastillas del Dr. Harris, siento que la vida se me escapa…”
Adriana leyó con el corazón estrujado. Catalina sabía que la estaban matando. Sabía que Verónica y el Dr. Harris eran amantes y cómplices.
“Grabé todo lo que pude. Está en la memoria. Por favor, mi amor, cuídate. No dejes que te hagan lo mismo. Te amaré más allá de la muerte.
Tuya siempre, Kate.”
Adriana se limpió una lágrima que se le había escapado. Ahora tenía la prueba. Tenía el arma para destruir a Verónica y salvar a Nico.
Guardó la carta y el USB en el bolsillo interior de su pijama, pegado a su pecho.
—Lo tengo —susurró—. Lo tengo.
Cerró la caja de música para detener la melodía. El silencio volvió a caer sobre la habitación.
Adriana se preparó para salir. Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Se sentía victoriosa, llena de adrenalina.
Se giró hacia la puerta.
Y entonces, la luz del techo se encendió de golpe, cegándola.
Adriana soltó un grito ahogado y retrocedió, chocando contra el poste de la cama.
Parpadeó, tratando de ajustar la vista a la repentina claridad.
Cuando pudo enfocar, sintió que el alma se le caía a los pies.
En el umbral de la puerta, recargada con una elegancia perezosa, estaba Verónica.
Llevaba una bata de seda color sangre que contrastaba con su piel pálida. Su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros. No parecía sorprendida. Parecía divertida.
—Vaya, vaya, vaya… —dijo Verónica, y su voz sonó como el siseo de una serpiente—. Mira lo que tenemos aquí.
Entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe suave. Sus ojos azules, fríos como glaciares, barrieron la habitación: el baúl abierto, la caja de música sobre la cama, y finalmente, se clavaron en el rostro aterrorizado de Adriana.
—La ratita de alcantarilla se metió donde no debía —sonrió Verónica, mostrando unos dientes demasiado blancos—. ¿Creíste que no te oiría? Esta casa es mía, estúpida. Yo controlo todo lo que pasa aquí.
Adriana retrocedió hasta que no tuvo a dónde ir. Estaba atrapada. Y tenía la prueba de un asesinato en su bolsillo.
—Señorita Verónica… yo… me perdí… —balbuceó, sabiendo que era inútil.
Verónica soltó una carcajada que heló la sangre de Adriana.
—¿Te perdiste? ¿En el tercer piso? ¿Con una llave robada? Ay, cariño… no insultes mi inteligencia.
Verónica sacó su celular de la bolsa de su bata.
—¿Sabes qué es lo mejor de esto? —dijo mientras marcaba un número—. Que no necesito saber qué encontraste. No importa. Porque esta noche, tú vas a ser la ladrona que profanó la memoria de la santa Catalina. Y Nico… oh, Nico te va a odiar tanto que desearás estar muerta.
El teléfono dio tono. Verónica se lo llevó a la oreja, sin dejar de mirar a Adriana con esa sonrisa depredadora.
—Hola, mi amor… —su voz cambió instantáneamente a un tono dulce, tembloroso y lleno de pánico fingido—. Nico, despierta, por favor… Tienes que subir al cuarto de Kate… Tengo mucho miedo… Hay alguien aquí… Creo que están robando.
Verónica colgó y miró a Adriana.
—Corre el tiempo, ratita. A ver cómo te libras de esta.
