CAPÍTULO 1: EL ÁNGEL DEL BASURERO
El sol de las tres de la tarde caía a plomo sobre el inmenso mar de desperdicios que formaba el paisaje diario de Chimalhuacán. El calor no solo quemaba la piel; hacía que el olor de la basura fermentada se levantara como una pared invisible y asfixiante. Para el resto del mundo, este lugar era el infierno en la tierra. Para Valeria, de ocho años, era su oficina, su patio de juegos y su única esperanza.

Con una bolsa de costal casi tan grande como ella arrastrándose por el suelo, Valeria caminaba con la precisión de un funambulista sobre montañas de vidrio molido, fierros oxidados y bolsas negras que escondían secretos podridos. Sus pies, calzados con unos tenis de lona que ya no tenían color y dejaban ver sus dedos por los agujeros, se movían con una memoria muscular adquirida a la fuerza.
—”Un kilo más de PET y completo para las pastillas de la abuela”— murmuró para sí misma, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano sucia.
La noche anterior, la tos de la abuela Rosa había sido peor que nunca. Ese sonido rasposo y seco, como si se le estuviera rompiendo el pecho por dentro, no había dejado dormir a Valeria. Sabía que sin el medicamento, la “tos de perro”, como le decían los vecinos, podía llevársela. Y quedarse sola en este mundo era un lujo que Valeria no podía permitirse.
Siguió escarbando cerca de una zona donde los camiones de la ciudad acababan de descargar. Ahí siempre había cosas “frescas”. Apartó una llanta vieja y unas cajas de cartón húmedas cuando vio algo que no encajaba.
No era el brillo opaco del aluminio ni el destello engañoso de un espejo roto. Era un bulto. Grande.
Valeria se acercó con cautela. En el basurero, los bultos grandes a veces eran perros muertos, y verlos siempre le daba tristeza. Pero al acercarse, el corazón le dio un vuelco que se sintió hasta la garganta.
No era un perro. Era un hombre.
Estaba tirado boca abajo, medio cubierto por bolsas de plástico azules. Llevaba un traje. No como los trajes que usaba el pastor de la iglesia los domingos, que se veían brillantes y tiesos. Este traje, aunque estaba manchado de lodo y grasa, se veía suave, de una tela que parecía agua negra.
—”¡Ay, diosito!”— exclamó Valeria, tapándose la boca.
El hombre no se movía. En su muñeca izquierda, descansando sobre una cáscara de plátano podrida, había un reloj. Era dorado, grueso y brillaba con tal intensidad que a Valeria le dolieron los ojos. Ese reloj valía más que todas las casas de su calle juntas.
El instinto de supervivencia, ese que se aprende antes de caminar en estos barrios, le gritó: ¡Corre! Si te ven aquí con él, te van a echar la culpa. O peor, los cholos van a venir por el reloj y no van a dejar testigos.
Dio dos pasos atrás, lista para huir. Pero entonces, el hombre soltó un gemido. Fue un sonido gutural, doloroso, como de animal herido.
Valeria se detuvo. Recordó las manos de su abuela Rosa, arrugadas y calientes, acariciándole el pelo cuando tenía fiebre. “Los pobres no tenemos dinero, mija, pero tenemos que tener vergüenza y corazón. Si perdemos eso, somos menos que la basura que juntamos”.
Maldiciendo su propia bondad, Valeria regresó. Se arrodilló junto al gigante dormido.
—”Oiga… Oiga, señor”— susurró, picándole el hombro con un dedo tembloroso.
El hombre no respondió, pero su respiración era agitada. Valeria vio la sangre apelmazada en su cabello oscuro. Le habían pegado. Y fuerte.
—”No se puede quedar aquí. Ya van a dar las cinco. Si el ‘Tuercas’ o su banda lo ven, le van a quitar hasta los dientes”— le dijo, más urgente ahora.
Valeria sacó su botella de agua, un envase de refresco reusado con agua tibia, y dejó caer unas gotas sobre los labios secos del extraño. El hombre reaccionó como si le hubiera caído ácido. Abrió los ojos de golpe.
Eran unos ojos verdes, claros, totalmente fuera de lugar entre tanta inmundicia. Pero estaban desenfocados, girando locamente de un lado a otro.
—”¿Dónde…? ¿Qué…?”— Su voz era rasposa, fina.
—”Está en el bordo, señor. En la basura. Tiene que pararse”— ordenó Valeria con esa autoridad que solo tienen los niños que han crecido demasiado rápido.
El hombre intentó incorporarse, pero soltó un grito ahogado y cayó de nuevo. Se llevó la mano a la cabeza y miró sus dedos manchados de sangre con horror.
—”No sé… no sé quién soy”— balbuceó, y el pánico en su voz era tan real que a Valeria se le erizó la piel. —”¿Por qué estoy en la basura? ¿Soy… soy basura?”
Valeria sintió una punzada de lástima. —”Ahorita parece, pero no es. Mire su reloj. Los de la basura no traen eso. Pero si no se levanta, va a terminar siéndolo”.
La niña le agarró el brazo. Pesaba como un costal de cemento.
—”¡Ándele! Yo le ayudo. Mi casa no está lejos, pero tenemos que salir de lo abierto antes de que baje el sol”.
Con un esfuerzo titánico, el hombre, impulsado por el miedo primario a la muerte, logró ponerse de pie. Se tambaleó, mareado. Valeria se metió bajo su axila, sirviendo de muleta humana. Él era alto, muy alto, y ella diminuta. Parecían una hormiga tratando de cargar un escarabajo.
—”Ponga duro el pie, señor. Así. Uno, dos. Uno, dos”— le marcaba el paso Valeria.
Caminaron por el laberinto de desperdicios. El hombre jadeaba, sudando frío. Cada paso era una victoria.
—”¿Cómo te llamas?”— preguntó él, buscando un ancla en medio de su tormenta mental.
—”Valeria”.
—”Gracias, Valeria… creo que me estoy muriendo”.
—”No se muera todavía, pesa mucho para cargarlo muerto”— respondió ella con seriedad brutal.
Llegaron al borde del vertedero justo cuando las sombras empezaban a alargarse, convirtiendo los montículos de basura en monstruos oscuros. A lo lejos, las luces de la Ciudad de México empezaban a encenderse, indiferentes a la tragedia que ocurría en sus márgenes.
CAPÍTULO 2: UN HUÉSPED INESPERADO
El camino hacia la colonia “Esperanza”, un nombre irónico para un asentamiento irregular de casas de cartón, lámina y madera vieja, fue un suplicio. Los perros callejeros, flacos y con las costillas marcadas, les ladraban al pasar. La gente se asomaba por las ventanas improvisadas. Ver a la pequeña Valeria cargando a un “catrín” (hombre elegante) herido y sucio no era algo que pasara todos los días.
—”Siga caminando, no voltee”— le instruyó Valeria cuando notó que el hombre se ponía nervioso ante las miradas curiosas. —”Si ven que tiene miedo, es peor”.
Finalmente, llegaron a una casucha al final de un callejón de tierra. La puerta era una tabla de madera contrachapada sostenida por bisagras oxidadas. Valeria la empujó con el hombro.
—”¡Abue! ¡Ya llegué!”— gritó, entrando casi arrastrando al hombre.
Adentro, el olor cambiaba. Olía a leña quemada, a hierbas medicinales y a humedad, pero era un olor limpio, hogareño. Rosa, una mujer de sesenta años que aparentaba ochenta, estaba sentada en una silla de plástico remendada, desgranando maíz.
Al verlos, la jícara con maíz cayó al suelo.
—”¡Santo Niño de Atocha! Valeria, ¿qué hiciste? ¿A quién te trajiste?”— La abuela se levantó con dificultad, llevándose la mano al pecho.
El hombre, al ver un lugar seguro, sintió que las piernas se le volvían de gelatina y se desplomó en un viejo sofá que tenía los resortes de fuera, cubierto con una cobija tejida.
—”Lo encontré en el tiro, abue. Estaba sangrando. No lo podía dejar”— se explicó Valeria rápido, cerrando la puerta y poniendo la tranca. —”No se acuerda de nada”.
Rosa se acercó, sus ojos expertos escaneando al intruso. Vio la tela del traje, vio los zapatos de cuero fino (ahora destrozados), y finalmente, vio el reloj. Sus ojos se abrieron como platos.
—”Hija… este hombre es un problema. Un problema de los grandes”— sentenció Rosa, bajando la voz. —”La gente con dinero no acaba en el basurero por accidente. Alguien lo quiso borrar del mapa. Si está aquí, el peligro viene con él”.
El hombre, desde el sofá, levantó la mirada. Se veía patético y noble a la vez.
—”Señora… perdón. Me voy… solo déjeme descansar un minuto”— intentó levantarse, pero el mareo lo tumbó de nuevo.
Rosa suspiró, ese suspiro largo de las mujeres mexicanas que han cargado con el mundo en la espalda. Negó con la cabeza, pero ya estaba yendo a la estufa por agua caliente y trapos limpios.
—”Si te vas ahorita, te mueres en la esquina. Y no quiero muertos en mi puerta”— refunfuñó Rosa. —”Valeria, pásame el alcohol y las tijeras”.
Durante la siguiente hora, la humilde casa se convirtió en un hospital de campo. Rosa cortó la manga del saco para limpiar los raspones. Lavó la herida de la cabeza con cuidado maternal, murmurando oraciones. El hombre aguantó el ardor del alcohol sin quejarse, apretando los dientes.
—”Tienes manos suaves”— dijo Rosa de repente, tocando las palmas del desconocido. —”Manos de quien nunca ha agarrado una pala. Manos de patrón”.
El hombre se miró las manos. Eran extrañas para él.
—”No sé quién soy”— repitió, con la angustia quebrándole la voz. —”Trato de buscar un nombre, una cara, y solo veo… negro. Oscuridad”.
—”A lo mejor es una bendición”— dijo Rosa secamente. —”A veces saber quién es uno duele más”.
Valeria se sentó a los pies del sofá, observándolo como si fuera un extraterrestre.
—”¿Tienes hambre?”— preguntó la niña.
El estómago del hombre rugió en respuesta, un sonido feroz que rompió la tensión.
—”Sí… mucha”.
Cenaron lo de siempre: frijoles de la olla, unas tortillas hechas a mano y un poco de salsa de molcajete. Para el hombre, que (aunque no lo recordaba) estaba acostumbrado al caviar y a los cortes finos, aquellos frijoles le supieron a gloria. Comió con desesperación, limpiando el plato con la tortilla.
—”Gracias”— dijo, con lágrimas en los ojos al terminar. —”Es lo mejor que he probado”.
Rosa lo miró con una mezcla de desconfianza y compasión.
—”Hoy duermes aquí. Mañana, veremos. Pero ese reloj…”— señaló la muñeca del hombre. —”Escóndelo. Si alguien ve eso, nos matan a las tres por quitártelo”.
El hombre se miró la muñeca. Se quitó el reloj pesadamente. Al darle la vuelta, vio una inscripción grabada en el metal frío.
“Para Mateo, con todo mi amor. María.”
—”Mateo…”— susurró. —”Creo que me llamo Mateo”.
—”¿Y María?”— preguntó Valeria curiosa.
Al escuchar el nombre “María”, Mateo sintió un escalofrío. No fue amor lo que sintió. Fue un piquete en el pecho, una sensación de náusea y peligro inminente.
—”No sé quién es María… pero siento que ella tiene la culpa de que yo esté aquí”.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba el techo de lámina, Mateo se quedó despierto en el sofá, mirando las sombras. No sabía quién era, pero al ver a Valeria y a Rosa dormir en el otro extremo del cuarto, supo una cosa: estaba en deuda. Y aunque no tenía memoria, tenía una rabia creciendo en el estómago. Alguien lo había tirado como basura. Y alguien iba a pagar por ello.
CAPÍTULO 3: APRENDIENDO A SER NADIE
El amanecer en la colonia “Esperanza” no llegaba con el canto bucólico de los gallos, sino con el ruido sordo de los camiones de carga pasando por la avenida lejana y el ladrido incansable de los perros callejeros disputándose las sobras de la noche. Para Mateo, despertar fue un choque brutal contra la realidad.
Abrió los ojos esperando ver el techo alto y blanco de… ¿dónde? Su mente intentó completar la imagen, pero solo encontró neblina. En su lugar, lo que vio fue un techo de láminas de cartón ennegrecidas por el humo, sostenidas por vigas de madera que parecían gemir con cada ráfaga de viento. El olor a café de olla —canela, piloncillo y tierra húmeda— invadía el pequeño cuarto, peleando contra el hedor rancio que se colaba desde el basurero cercano.
Intentó moverse y un gemido involuntario escapó de sus labios. Sentía el cuerpo como si hubiera sido atropellado por un tráiler y luego apaleado. Cada músculo gritaba, cada hueso protestaba. La herida en la cabeza le punzaba al ritmo de su corazón.
—”Ya despertó la bella durmiente”— se escuchó una voz rasposa desde la esquina.
Era Rosa. La anciana ya estaba de pie, moviéndose con esa energía incomprensible de las mujeres que no tienen tiempo para enfermarse. Estaba parada frente a una pequeña estufita de gas de dos quemadores, volteando tortillas en un comal que había visto mejores días.
—”Buenos días, doña Rosa”— graznó Mateo. Su garganta se sentía como si hubiera tragado vidrios.
—”Buenos días son para los que tienen dinero y no tienen que pararse a las cinco, muchacho”— respondió ella sin voltear, aunque su tono no era hostil, solo seco, como la tierra de afuera. —”Ahí hay agua en la cubeta. Lávate la cara. El café ya casi está”.
Valeria apareció en ese momento por detrás de una cortina de tela floreada que separaba el “dormitorio” (un colchón en el suelo) de la sala-cocina. Traía el cabello enmarañado y los ojos lagañosos, pero sonreía. Esa niña tenía una sonrisa que parecía no enterarse de la miseria en la que vivía.
—”¡Hola, Mateo!”— saludó ella con entusiasmo, probando el nombre que habían descubierto la noche anterior en el reloj. —”¿Dormiste bien? El sofá tiene un resorte que se te clava en la espalda, yo le digo ‘el picahielo'”.
Mateo se tocó la espalda baja, encontrando exactamente el punto doloroso al que ella se refería, y soltó una risa débil.
—”Sí, conocí al ‘picahielo’. Pero dormí… gracias a ustedes, dormí seguro”.
Se levantó con dificultad, sintiendo el vértigo. Se acercó a la cubeta de plástico azul que Rosa le había señalado. El agua estaba fría, helada. Al echarse el líquido en la cara, el choque térmico lo despertó por completo. Se miró en un pedazo de espejo roto colgado en la pared con un clavo oxidado.
Lo que vio lo asustó. No por la sangre seca o la barba de tres días, sino por la mirada. Había un vacío en sus ojos verdes, una desconexión total. ¿Quién era ese hombre? Se tocó la cara, reconociendo la nariz, la boca, pero no la historia detrás de ellas.
—”Siéntate a comer”— ordenó Rosa, poniendo un plato de peltre despostillado sobre la mesa coja. —”No hay mucho. Frijoles refritos y un huevo para cada uno. Y no me mires así, que el huevo hoy en día es lujo de ricos”.
Se sentaron los tres. El silencio inicial solo fue roto por el sonido de las tortillas calientes rompiéndose. Mateo comió con una voracidad que le avergonzaba, pero su cuerpo reclamaba combustible.
—”Mire, Mateo”— empezó Rosa, dejando su taza de café sobre la mesa y mirándolo fijamente a los ojos. Su mirada era dura, pero honesta. —”Vamos a hablar claro, porque aquí no nos andamos con rodeos. Anoche te dimos asilo porque no somos animales para dejarte tirado. Pero la situación está canija. Valeria y yo vivimos al día. Lo que pepenamos hoy, nos lo comemos mañana”.
Mateo asintió, bajando la mirada hacia sus manos. Manos suaves, sin callos, con las uñas limpias (o lo que quedaba de ellas). Manos inútiles en este mundo.
—”Lo entiendo, Rosa. No quiero ser una carga. Me iré hoy mismo”— dijo Mateo, aunque la sola idea de salir a esas calles laberínticas le aterraba.
—”¿A dónde vas a ir?”— interrumpió Valeria, con la boca llena de tortilla. —”No sabes ni dónde estás. Si sales así, los del barrio te van a ver el reloj, o los zapatos, y van a pensar que eres policía o narco. Y en los dos casos, te va a ir mal”.
Rosa asintió, dándole la razón a la niña.
—”La chamaca tiene razón. Además, estás débil. Si te desmayas a medio camino, ahí quedas. Pero tampoco te puedo mantener de a gratis. Aquí el que no trabaja, no come. Esa es la ley de Dios y la ley de la colonia”.
Mateo enderezó la espalda, sintiendo un chispazo de dignidad, quizás un remanente de su vida pasada como líder o empresario.
—”No quiero nada gratis. Voy a trabajar. Dígame qué hay que hacer y lo hago”.
Rosa lo escaneó de arriba abajo, deteniéndose en sus manos de pianista. Soltó una carcajada seca, corta.
—”¿Tú? ¿Trabajar aquí? Ay, muchacho… se ve que en tu vida has agarrado una escoba, menos una pala. Pero bueno, la necesidad es la madre de todas las mañas. Si te quieres quedar unos días mientras te curas y recuerdas quién eres, vas a tener que sudar la gota gorda”.
—”Lo haré”— prometió Mateo con firmeza.
—”Pues órale. Empezamos ya. Se acabó el agua del tambo. Hay que ir al pozo comunitario por dos viajes. Valeria te lleva”.
La tarea sonaba simple. Ir por agua. ¿Qué tan difícil podía ser? Mateo pronto descubriría que en la pobreza, hasta lo más elemental es una batalla física.
Salieron de la casa bajo el sol de la mañana que ya empezaba a picar. Valeria caminaba dando saltitos, saludando a los perros sarnosos por su nombre (“¡Quiúbole, Firulais!”, “¡Hazte pa’l lado, Pulgas!”). Mateo la seguía arrastrando dos cubetas vacías de veinte litros cada una, intentando pasar desapercibido, escondiendo su rostro bajo una gorra vieja y percudida que Rosa le había prestado.
El “pozo” no era un pozo bucólico de cuentos. Era una toma de agua comunitaria, un tubo saliendo del suelo en una esquina lodosa donde ya había una fila de cinco mujeres y dos niños esperando.
Al llegar su turno, Mateo colocó las cubetas. El chorro salía con poca presión, tardando una eternidad en llenar los recipientes. Sentía las miradas de las vecinas clavadas en su nuca.
—”¿Y ese quién es, Vale?”— preguntó una señora gorda con un delantal de flores, mirándo a Mateo con descarada curiosidad.
—”Es un primo lejano, doña Chona. Vino del norte pero le robaron todo en el camino, pobrecito”— mintió Valeria con una naturalidad pasmosa, sin siquiera parpadear.
—”Mmm, pues está muy grandote para dejarse robar”— murmuró la tal Chona, sin dejar de mirar los brazos de Mateo.
Cuando las cubetas estuvieron llenas, Mateo se preparó para levantarlas. En su mente, era un movimiento sencillo: agacharse, agarrar y subir. Pero cuando intentó enderezarse con cuarenta kilos de agua colgando de sus brazos desacostumbrados, su espalda crujió. Un dolor agudo le recorrió la columna vertebral. Tambaleó. El agua se agitó violentamente, derramándose sobre sus zapatos y creando un charco de lodo instantáneo.
—”¡Cuidado!”— gritó Valeria, pero fue tarde.
Mateo resbaló en el lodo que él mismo había creado y cayó de rodillas, soltando las cubetas. El agua, el preciado líquido por el que habían hecho fila, se perdió en la tierra seca en segundos.
Las vecinas soltaron risitas burlonas. Mateo se quedó ahí, arrodillado en el fango, con los pantalones empapados y el ego hecho pedazos. Se sintió inútil. Estúpido. En su vida anterior, seguramente solo tenía que girar una llave de oro para que saliera agua caliente. Aquí, no podía ni llevar agua a la casa de quien le salvó la vida.
Sintió una mano pequeña en su hombro.
—”No pasa nada, Mateo. A todos nos pasa la primera vez”— le susurró Valeria, ignorando las burlas de las señoras. —”Levántate. Si te ven tirado, se ríen más. Si te levantas rápido, se callan”.
Mateo apretó los dientes, sintiendo una furia fría contra sí mismo. Se levantó, ignorando el dolor en las rodillas.
—”Vamos a llenarlas otra vez”— dijo, con voz tensa.
—”Pero hay que formarnos de nuevo”— advirtió Valeria.
—”Nos formamos. No voy a regresar con las cubetas vacías”.
La segunda vez, Mateo observó cómo lo hacían los otros hombres del barrio. No usaban solo la fuerza de los brazos; usaban las piernas, la espalda recta, el equilibrio. Cuando le tocó el turno, llenó las cubetas. Respiró hondo. Visualizó el movimiento. Levantó el peso. Sus músculos temblaron, sus tendones se tensaron como cuerdas de violín a punto de romperse, pero no se cayó.
El camino de regreso fue un calvario. El asa de plástico de las cubetas se le clavaba en las palmas de las manos, cortándole la circulación. Cada paso era una tortura. Quería parar, quería soltarlas, quería gritar. Pero veía a Valeria caminando a su lado, tarareando una canción, y se tragaba el dolor. Si una niña de ocho años puede vivir así, tú no tienes derecho a quejarte, imbécil, se decía a sí mismo.
Al llegar a la casa, entró tambaleándose y depositó las cubetas cerca de la pila. Sus manos estaban rojas, marcadas con líneas blancas profundas donde el plástico había mordido la piel. Le temblaban incontrolablemente.
Rosa, que estaba remendando una camisa vieja, levantó la vista. Vio el lodo en sus pantalones, el sudor empapando su camisa y el temblor en sus manos. No se burló.
—”Bien”— dijo simplemente. —”Ahora ya tenemos con qué lavar los trastes. Siéntate un rato, que te vas a desmayar”.
Mateo se dejó caer en una silla de madera. Miró sus manos doloridas. Por primera vez en lo que recordaba (o no recordaba), sentía una satisfacción extraña. Dolía, sí. Era humillante, sí. Pero ese dolor era real. Esa agua estaba ahí porque él la había traído.
—”¿Te dolió mucho?”— preguntó Valeria, acercándose con un poco de aceite de cocina en un frasquito. —”Ponte esto en las manos. Mañana te van a salir ampollas. Si no te las cuidas, se te revientan y arde re feo”.
Mientras se frotaba el aceite, Valeria lo jaló de la manga.
—”Ven, te quiero enseñar algo. Para que veas que no todo aquí es feo”.
Lo llevó a la parte trasera de la casa. Mateo esperaba ver más basura, pero se quedó mudo.
En un pedazo de tierra de apenas tres por tres metros, cercado con mallas de alambre y resortes de cama viejos, había un vergel. Tomates rojos y brillantes colgaban de sus ramas, chiles verdes apuntaban al cielo como dedos acusadores, calabazas inmensas se escondían bajo hojas verdes y peludas. Había hierbas de olor: cilantro, epazote, hierbabuena. El contraste del verde vibrante contra el gris y café del basurero circundante era milagroso.
—”Es mi jardín”— dijo Valeria con orgullo, inflando el pecho. —”La abuela dice que tengo ‘buena mano’. Todo lo que siembro, se da. Hasta en esta tierra mala”.
Mateo se agachó frente a una planta de tomates. Tocó una hoja con delicadeza, maravillado por la textura.
—”Es increíble, Valeria. ¿Cómo logras que crezca algo aquí? Con tanta… contaminación”.
—”Las plantas son necias, Mateo”— explicó ella, como si revelara el secreto del universo. —”Ellas quieren vivir. Si les das un poquito de agua y les hablas bonito, se agarran de donde pueden. No les importa si es tierra fina o tierra de basura. Ellas solo quieren crecer”.
Mateo se quedó procesando esas palabras. Ellas solo quieren vivir. Se agarran de donde pueden. Sintió un nudo en la garganta. Él era como esas plantas ahora. Arrancado de su invernadero de cristal y tirado en la basura. Tenía dos opciones: secarse y morir, o ser necio, agarrarse a esta tierra hostil y sobrevivir.
—”Enséñame”— pidió Mateo, mirando a la niña. —”Enséñame a cuidarlas. Yo… creo que necesito aprender eso”.
Pasaron el resto de la tarde ahí. Valeria le enseñó a distinguir la maleza (“esta hierba es mala, le roba la comida a los chiles”) de los brotes buenos. Le enseñó a aflojar la tierra sin lastimar las raíces. Mateo trabajó bajo el sol, con la tierra metiéndosele bajo las uñas, ensuciando ese traje italiano que ya no parecía un traje, sino un disfraz de un hombre que ya no existía.
Mientras arrancaba hierbas, su mente, libre de la presión de recordar, empezó a flotar. Imágenes inconexas le asaltaban. Un escritorio de caoba. Una pluma fuente pesada y fría. El sonido de tacones sobre mármol. Tac, tac, tac. Y una voz… “No te preocupes por nada, mi amor, descansa…”. Esa voz femenina. Dulce, pero con un regusto metálico.
—”¡Auch!”— Mateo se pinchó con una espina, saliendo de su trance. Una gota de sangre brotó de su dedo.
—”Cuidado con las de limón, son traicioneras”— rió Valeria.
Al atardecer, entraron a la casa. El cuerpo de Mateo estaba agotado como nunca antes, pero su mente estaba más clara, menos ruidosa.
Sin embargo, la paz duró poco.
Unos golpes secos en la puerta de madera hicieron que Rosa saltara de su silla.
—”¿Quién?”— preguntó la anciana, haciendo una seña a Mateo para que se moviera hacia la zona oscura del cuarto, lejos de la luz de la bombilla solitaria.
—”Soy yo, el Beto”— respondió una voz masculina desde afuera.
Rosa abrió apenas una rendija.
—”¿Qué quieres, Beto? Ya no tengo cartón, si a eso vienes”.
—”No, doña Rosa. Nomás venía a avisarle”— la voz del hombre bajó de volumen, tornándose conspiratoria. —”Andan unos tipos raros en la entrada de la colonia. Traen camionetones negros y andan preguntando por un ‘fifi’. Dicen que se perdió, pero traen fuscas (pistolas) debajo del saco. Nomás le digo pa’ que ande con cuidado, ya ve que luego se ponen locos”.
Mateo, escondido en las sombras, sintió que la sangre se le helaba. El corazón le latía tan fuerte que temió que se escuchara hasta afuera. Me están buscando. No para rescatarme. Para rematarme.
Rosa cerró la puerta y puso la tranca con manos temblorosas. Se giró hacia Mateo. Su rostro estaba pálido bajo la luz amarilla.
—”¿Escuchaste?”— susurró.
—”Sí”— respondió Mateo, saliendo de la oscuridad. Su voz sonó grave, peligrosa. —”Tengo que irme, Rosa. Si me encuentran aquí… les van a hacer daño a ustedes”.
Valeria corrió y se abrazó a su pierna, enterrando la cara en su pantalón sucio.
—”¡No! ¡Si sales te matan! ¡Dijiste que te ibas a quedar!”
Rosa miró a la niña, luego a Mateo, y finalmente soltó un suspiro que pareció vaciar sus pulmones.
—”El Beto dijo que están en la entrada. Si sales ahorita, te topas con ellos de frente. Eres hombre muerto caminando”.
—”¿Entonces qué hago? No puedo ponerlas en peligro”— insistió Mateo, desesperado.
—”Te escondes”— sentenció Rosa con esa firmeza de generala de barrio. —”Te vuelves invisible. Te vuelves uno de nosotros. A partir de mañana, ya no eres Mateo el catrín perdido. Eres mi sobrino que vino del pueblo, mudo y tonto si hace falta. Te vas a dejar la barba, te vas a ensuciar más, y no vas a levantar la cabeza ante nadie. ¿Entendiste?”
Mateo miró a esas dos mujeres. Una anciana enferma y una niña pequeña, dispuestas a enfrentarse a sicarios por un desconocido. Sintió una emoción que no pudo nombrar, algo más grande que la gratitud.
—”Entendido, jefa”— dijo Mateo, usando por primera vez esa palabra que había escuchado en la calle.
Esa noche, acostado en el sofá “picahielo”, Mateo no durmió. Miraba el techo de lámina y escuchaba el viento. Sabía que los lobos estaban afuera, rondando. Pero por primera vez, sabía que tenía algo que defender. No era una cuenta bancaria, ni una empresa. Eran una anciana regañona y una niña que hablaba con los tomates. Y si tenía que recuperar su memoria y convertirse en un monstruo para protegerlas, lo haría. Sin dudarlo.