
(Parte 1: Capítulos 1 y 2)
Capítulo 1: El Precio del Olvido
—Toma esto y ve a deshacerte de esa carga que traes en la panza. Y cuando termines, lárgate de esta casa y no vuelvas nunca.
La voz de Doña Isabel, mi suegra, resonó en el vestíbulo con la frialdad de un cuchillo de carnicero. No había pasado ni una semana desde que enterramos a Alejandro. La tierra en el panteón Jardín todavía estaba removida, el olor a incienso y flores de cempasúchil aún impregnaba mi ropa negra, y ella… ella ya estaba aventándome un fajo de billetes de quinientos pesos en la cara, junto con un papelito arrugado que tenía garabateada la dirección de una “clínica” en una zona fea de la ciudad.
Me quedé paralizada. Sentía que el piso de mármol importado de esa casona en Las Lomas se abría bajo mis pies. Hasta hace unas semanas, yo le decía “mamá” a esta mujer. En mis oídos todavía retumbaban sus lamentos desgarradores durante el velorio: “¡Ay, mi Alex! ¡¿Por qué te fuiste?! ¡¿Qué voy a hacer sin ti?!”. Puro teatro.
Frente a mí ya no estaba la madre destrozada que había perdido a su único hijo varón. Estaba una desconocida, una mujer con los ojos secos y una crueldad que me helaba la sangre. Mi mano, temblorosa, buscó instintivamente mi vientre de cuatro meses. Ahí adentro, ajeno a todo este odio, crecía nuestro primer hijo. La única parte de Alejandro que seguía viva en este mundo. Y su propia abuela lo acababa de llamar “carga”.
—¿Qué me ves, niña? —espetó ella, chasqueando los dedos frente a mi cara—. ¿Acaso no entiendes el español? Mi hijo ya no está. Ya no tengo por qué mantener a una… pueblerina como tú. Y mucho menos a ese bastardo.
—Es… es su nieto, señora —logré susurrar, con la voz quebrada.
—¡Es un error! —gritó, y su rostro perfectamente maquillado se contorsionó en una mueca de asco—. Un error que le costó la vida a mi hijo por andar trabajando para mantenerte.
Antes de que pudiera responder, subió las escaleras taconeando con furia. Bajó segundos después arrastrando mi vieja maleta de tela, esa con la que llegué de Michoacán llena de ilusiones, y la lanzó hacia la puerta principal.
—¡Fuera!
El portón de hierro forjado se cerró de golpe en mi cara, dejándome fuera, en la banqueta caliente de una de las zonas más ricas de la Ciudad de México. Me quedé ahí, parada como una tonta, con el sol quemándome la nuca y el fajo de billetes apretado en mi mano sudorosa. Las lágrimas no dejaban de caer.
¿Qué se supone que debía hacer ahora? ¿Regresar a mi pueblo, a Pátzcuaro? ¿Llegar derrotada a la casa de mis papás, que son unos humildes artesanos, y decirles que su hija, la maestra, la que “se sacó la lotería” casándose con un ingeniero rico, ahora era una viuda indigente repudiada por su familia política? No, no podía hacerles eso. Mis viejos ya estaban grandes; el disgusto los mataría.
Miré el papel en mi mano. “Clínica Salud Mujer – Calle Dr. Vértiz…”. Las letras parecían bailar burlándose de mí. “Deshazte de la carga”. Las palabras de Isabel eran veneno puro.
Miré al cielo, buscando una respuesta, pero solo vi el gris del smog de la ciudad. Estaba sola. Completamente sola en un mar de gente desconocida.
Capítulo 2: El Sueño Roto
Hace apenas un año, mi vida era como una de esas películas románticas que pasan los domingos. Me llamo Sofía. Soy, o era, maestra de kínder en Pátzcuaro, un pueblo mágico precioso en Michoacán. Mi vida era sencilla: mis niños, el olor a tierra mojada, las tardes ayudando a mis papás a pintar artesanías.
Todo cambió cuando llegó Alejandro. Era ingeniero civil, había ido a supervisar una obra carretera cerca del lago. Alto, con esa sonrisa que te desarmaba y una educación que no se veía mucho por allá. Se enamoró, según él, de mi “ternura provinciana”, de cómo me brillaban los ojos cuando enseñaba a leer a los niños.
—Eres auténtica, Sofi —me decía, acariciándome la mejilla con sus manos grandes y cálidas—. En mi mundo, en la ciudad, ya no hay mujeres como tú.
El día que me pidió matrimonio en el mirador del Estribo, con el lago de fondo, lloré de felicidad. Mis papás estaban que no cabían de orgullo. Para ellos, gente de campo trabajadora, que su hija consiguiera un “buen marido”, un hombre de provecho que la cuidara, era el sueño máximo.
Y Doña Isabel… al principio también parecía un sueño. La primera vez que Alejandro me llevó a conocerla a su mansión en la Ciudad de México, me recibió con los brazos abiertos.
—¡Pero qué niña tan preciosa! —exclamó, tomándome las manos con sus dedos llenos de anillos de oro—. Alex tenía razón, eres un ángel. Mi familia no necesita dinero, Sofía, gracias a Dios nos sobra. Lo que necesitamos es virtud, una mujer buena que cuide el hogar. Considérame tu segunda madre.
Me lo creí todo. Fui tan ingenua. Pensé que Dios me había bendecido.
La boda fue hermosa, sencilla pero elegante. Me mudé con Alejandro a un departamento precioso en la colonia Condesa que, según él, era un regalo de bodas de sus padres. Los primeros meses fueron pura miel. Alejandro me trataba como a una reina de porcelana. Me llevaba a pasear a Coyoacán, a los museos, a cenar a lugares donde los meseros vestían de etiqueta. No me dejaba ni lavar un plato.
—Tus manos son para acariciar, mi amor, no para tallar ollas —me decía.
Cuando le di la noticia del embarazo, casi se desmaya de la emoción. Me cargó y me dio vueltas por toda la sala, gritando que iba a ser papá. Le hablaba a mi panza todas las noches, le contaba cuentos, le prometía el cielo y las estrellas.
Pero la felicidad es frágil, como el cristal. Y se rompió una tarde de martes.
Alejandro me dijo que tenía que salir de urgencia a supervisar una obra en la Sierra Gorda de Querétaro. “Vuelvo en tres días, mi vida”, me prometió. Le planché sus camisas, le preparé su lonche para el camino y le di la bendición en la puerta.
Dos días después, sonó el teléfono. Era de la constructora. La camioneta en la que viajaba Alejandro con otros ingenieros se había quedado sin frenos en una curva peligrosa. Cayó por un barranco de cien metros.
Nadie sobrevivió.
El mundo se me apagó. No recuerdo cómo llegué al lugar, ni cómo identifiqué sus cosas porque el cuerpo… el cuerpo estaba irreconocible. Todo era una pesadilla borrosa de trámites, forenses y dolor. Desperté en un hospital con Doña Isabel llorando a mi lado.
—Sofi, mi Alex se nos fue… ¿Qué vamos a hacer? —sollozaba abrazada a mí.
En ese momento, sentí compasión por ella. “Al menos nos tenemos la una a la otra”, pensé. Qué estúpida fui.
En cuanto se acabó el novenario y se fue la última visita, la máscara se cayó. Isabel dejó de llorar. Se sentó en su sillón de terciopelo y me miró con un asco que nunca le había visto.
—Eres un ave de mal agüero —me soltó—. Desde que se casó contigo, a mi hijo le empezaron a salir mal los negocios. Y ahora, mira… muerto. Me dejaste sola y vieja.
Me quitó las llaves del departamento, las del coche. Me obligó a mudarme a su casa “para no gastar”, pero me convirtió en su sirvienta. Me hacía limpiar los pisos de rodillas estando embarazada, me daba de comer las sobras. Y yo aguanté. Aguanté por mi bebé, por el recuerdo de Alex.
Hasta hoy. Hasta que me corrió como a un perro callejero.
Caminé sin rumbo por horas, arrastrando mi maleta. Mis pies estaban hinchados y el vientre me dolía de tanto estrés. Me senté en una banca de un parque cualquiera, abrazando mi panza como si quisiera protegerla del mundo entero.
—No voy a llorar más —me dije, secándome las lágrimas con rabia—. No me voy a morir aquí.
Tenía que asegurarme de que mi bebé estuviera bien. No iba a ir a la clínica de la muerte que me dio Isabel. Busqué en mi celular y encontré un consultorio pequeño, de esos de barrio, con un letrero despintado que decía “Dr. Ramírez – Ginecólogo y Partero”.
El doctor era un señor mayor, de lentes gruesos y cabello canoso, pero con una mirada bondadosa que me recordó a mi abuelo. Me hizo el ultrasonido en silencio.
Cuando escuché el tump-tump-tump fuerte y rápido del corazón de mi bebé, me quebré. Lloré como no había llorado desde el accidente.
—Está muy sano, muchacha —dijo el Dr. Ramírez, pasándome un pañuelo—. Es un varón. Viene fuerte.
Luego se quedó callado, mirándome fijamente. Apagó el aparato y se sentó frente a mí.
—Señorita… ¿hace cuánto murió su esposo?
—Hace una semana —respondí, extrañada por la pregunta.
—Mmm. ¿Y la familia de él? ¿La trataban bien?
—Al principio sí… ahora ya no —bajé la mirada.
El doctor suspiró profundo, como si cargara una pena ajena. Se levantó, fue a la puerta y le puso seguro. Mi corazón empezó a latir rápido. ¿Qué estaba pasando?
—Mire, no le voy a dar vitaminas —dijo, bajando la voz—. Le voy a dar algo más importante. No se deshaga de ese niño.
—No pensaba hacerlo, doctor —le dije firme.
—Lo sé. Se le ve en los ojos. Pero necesito que confíe en mí. Venga conmigo. Hay alguien que tiene que conocer. Ahorita mismo.
—¿A quién? —pregunté, asustada.
—A alguien que le va a explicar por qué su vida se volvió un infierno de la noche a la mañana.
No sé por qué acepté. Quizás porque ya no tenía nada que perder. Me subí a su coche viejo, un Tsuru que olía a tabaco, y me dejé llevar por las calles de la ciudad hasta llegar a una cafetería escondida en Coyoacán, llamada “El Rincón de la Paz”.
El doctor me llevó a una mesa en el fondo, donde un hombre estaba sentado de espaldas. Cuando el hombre se giró, sentí que me iba a desmayar ahí mismo.
—¿Carlos?
Era Carlos, el mejor amigo de Alejandro. Su compadre. El que había estado en la boda, el que cargó el ataúd hace unos días. Pero su cara no tenía la tristeza del funeral. Tenía miedo.
—Siéntate, Sofía —dijo Carlos, con la voz temblorosa—. Tómate un té. Lo que te voy a decir es fuerte.
Miré al doctor, luego a Carlos.
—¿Qué pasa? ¡Me están asustando!
Carlos respiró hondo, me tomó de las manos sobre la mesa y soltó la bomba.
—Sofía… Alejandro no está muerto.
El mundo se detuvo. El ruido de la cafetera, las risas de otra mesa, todo desapareció. Solo quedó el zumbido en mis oídos y esas cuatro palabras imposibles.
—¿Qué dijiste?
—Que está vivo. El accidente fue un montaje. El cuerpo que enterraste no era él.
Sentí una náusea violenta. ¿Vivo? ¿Mi Alejandro estaba vivo? ¿Y me había hecho pasar por este infierno?
—¡¿Por qué?! —grité, sin importarme la gente—. ¡¿Por qué me hizo esto?!
—Porque no tenía opción, Sofía —dijo Carlos rápido, apretando mis manos—. O fingía su muerte, o los mataban a los dos. Pero hay algo peor… algo que ni él sabe.
—¿Qué cosa?
Carlos intercambió una mirada aterrada con el doctor Ramírez.
—Su madre, Doña Isabel… ella no solo sabía del plan. Ella fue la que contrató a la gente para que el accidente fuera real esta vez. Ella quiere verlo muerto de verdad, Sofía. Y cree que ya lo logró.
(Parte 2: Capítulos 3 y 4)
Capítulo 3: La Voz del Diablo
Salí de esa cafetería temblando, no por el frío de la tarde en Coyoacán, sino por la verdad que Carlos acababa de escupirme en la cara. Alejandro estaba vivo. Mi esposo, al que había llorado hasta quedarme seca, estaba escondido en algún lugar, creyendo que con su “muerte” me estaba salvando de unos supuestos mafiosos.
Pero la realidad era mucho más retorcida.
El Dr. Ramírez, que en ese momento parecía un ángel guardián, nos llevó a un departamento seguro en una unidad habitacional discreta por la colonia Del Valle. “Aquí nadie te va a buscar, hija”, me dijo con esa voz paternal que me hacía confiar ciegamente en él. Si hubiera sabido…
Ya instalada, con las manos todavía agitadas, saqué el objeto que Carlos me había dado antes de despedirse: el viejo celular de Alejandro.
—Me lo dio antes de irse —me había dicho Carlos—. Dijo que si algo salía mal, te lo diera. Borró todo, pero tal vez encuentres algo.
Me senté en el sofá cama, con la luz tenue de la sala iluminando el aparato negro. Parecía una lápida. Lo encendí. Me pidió contraseña. Probé mi cumpleaños, el suyo, el aniversario de bodas… nada. Estaba a punto de rendirme cuando recordé algo que me dijo una vez, bromeando, mientras acariciaba mi panza: “Este frijolito es mi vida entera, su fecha probable de parto es mi número de la suerte”.
Marqué los números: 25-10-24.
Clic. Se desbloqueó.
Lloré un poco al ver la pantalla de inicio vacía. No había fotos, ni contactos, ni mensajes. Todo borrado, tal como dijo Carlos. Pero entonces vi una aplicación solitaria en la esquina: “Notas de Voz”.
Sentí un escalofrío. Abrí la app. Había una lista de archivos, ordenados por fecha. El último tenía fecha de un día antes del “accidente”. Mis dedos dudaron, pero le di play.
La voz de Alejandro llenó el silencio de la habitación, sonaba angustiado.
“Mamá, ya no puedo más. Voy a decirles la verdad a los acreedores. No son narcos, son empresarios, podemos negociar…”
Luego, la voz de Doña Isabel, chillante y autoritaria:
“¡Eres un imbécil, Alejandro! Si hablas, nos quitan todo. La casa, los coches, el estatus. ¿Quieres que tu mujercita y el bastardo ese terminen en la calle? Tienes que desaparecer. Haz lo que te digo”.
Escuché varios audios más. Eran la prueba de cómo ella lo había manipulado psicológicamente, inventando amenazas de muerte, sicarios imaginarios y peligros inexistentes para obligarlo a fingir su muerte y así ella pudiera cobrar seguros y quedarse con todo sin que las deudas se comieran su herencia.
Pero el último audio… el último fue el que me detuvo el corazón.
Se escuchaba estática, como si el teléfono estuviera escondido en un bolsillo.
Era la voz de Isabel, hablando con un hombre que reconocí al instante: su hermano Rogelio, un tipo turbio que siempre me dio mala espina.
—Ya está todo listo, hermanita —decía Rogelio con voz rasposa—. El camión va a estar esperando en la curva de La Pera. Cuando el coche de Alejandro pase, ¡pum! Sin frenos. No va a quedar ni rastro.
Se hizo un silencio en la grabación, y luego la voz de Isabel, fría, sin una pizca de duda:
—Perfecto. Asegúrate de que parezca real. Ya estoy harta de sus dudas. Muerto el perro se acabó la rabia. Y de la mosca muerta de su esposa y la carga que trae en la panza me encargo yo después. Los voy a dejar en la calle hasta que se mueran de hambre.
El celular se me resbaló de las manos y cayó al piso con un golpe seco.
Corrí al baño y vomité hasta la bilis. No era un plan de fuga. ¡Era un asesinato! Doña Isabel, mi propia suegra, no estaba ayudando a su hijo a esconderse. Lo estaba mandando al matadero. Quería matarlo de verdad para cobrar todo y deshacerse de nosotros.
Alejandro no estaba escondido a salvo. Alejandro estaba en peligro mortal, o peor… tal vez ya lo habían matado y yo estaba aquí escuchando fantasmas.
En ese momento sonó el timbre. Salté del susto. ¿Serían ellos? ¿Venían a terminar el trabajo? Miré por la mirilla. Era Carlos, venía agitado.
Le abrí y le puse el celular en la mano sin decir palabra. Escuchó el audio. Su cara pasó del asombro a una furia roja.
—¡Maldita bruja! —gritó, golpeando la pared—. ¡Lo mandó matar! ¡A su propio hijo!
—Carlos, tenemos que encontrarlo —supliqué, agarrándolo de la camisa—. Si el accidente fue un montaje de Isabel y Rogelio, y Alejandro sobrevivió porque estamos hablando de esto… significa que fallaron o que él escapó. Pero, ¿dónde está?
Carlos se pasó las manos por el cabello, desesperado.
—Tenemos que pensar como él. Si descubrió la trampa en el último momento… ¿a dónde iría?
Entonces, un recuerdo golpeó mi mente como un rayo.
—El retiro —susurré.
—¿Qué?
—Hace meses, cuando estábamos agobiados por la boda, Alex me dijo: “Si algún día quiero desaparecer del mapa, me iría al retiro de la abuela, allá en la sierra de Hidalgo. Nadie va ahí, es como si el tiempo se detuviera”.
Carlos me miró, y vi un brillo de esperanza en sus ojos.
—El Retiro de San Judas, en Mineral del Chico. Es un lugar en medio de la nada. Si está vivo, está ahí.
—Vámonos —dije, agarrando mi bolsa.
—No, Sofía. Tú estás embarazada, es peligroso.
—Es mi esposo y el padre de mi hijo —le dije con una determinación que no sabía que tenía—. Voy a ir. Y si esa bruja se cruza en mi camino, no respondo.
Capítulo 4: La Boca del Lobo
El viaje hacia la Sierra de Hidalgo fue una tortura silenciosa. Carlos manejaba una camioneta prestada, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Yo iba atrás, con el Dr. Ramírez a mi lado. El doctor había insistido en acompañarnos.
—Ese bebé es mi prioridad, Sofía —me dijo, checándome el pulso—. Además, si encontramos a Alejandro herido, van a necesitar un médico.
Me sentí tan agradecida. En medio de tanta maldad, la bondad de este señor mayor me devolvía un poco la fe en la humanidad. Qué equivocada estaba.
Llegamos a las faldas de la montaña cuando el sol ya se estaba escondiendo. La neblina típica de la sierra comenzaba a bajar, espesa y fría, cubriendo los pinos gigantes. El camino pavimentado se terminó y tuvimos que seguir a pie por un sendero de tierra y piedras.
—¿Estás bien? —me preguntó Carlos, ayudándome a subir un repecho.
—Sigue —le dije, aunque me faltaba el aire y las piernas me temblaban. Mi bebé se movía inquieto, como si presintiera algo.
Después de una hora de caminata, vimos el edificio. Parecía más una fortaleza medieval que un retiro espiritual. Muros de piedra gruesa, gárgolas desgastadas y un silencio sepulcral, solo roto por el viento silbando entre los árboles.
Tocamos la puerta de madera maciza. Nos abrió un monje anciano, con hábito café y cara de pocos amigos.
—Buscamos a un hombre —dijo Carlos, directo—. Alto, joven, llegó hace unos días. Alejandro.
El monje nos miró de arriba abajo y negó con la cabeza lentamente.
—Aquí no ha venido nadie, hermanos. Es un lugar de silencio. Vayan con Dios.
Mi corazón se desplomó. ¿Nos habíamos equivocado? ¿Y si Alejandro estaba muerto en alguna barranca y yo estaba persiguiendo fantasmas?
Estábamos a punto de dar la vuelta, derrotados, cuando un novicio joven, casi un niño, salió corriendo con una canasta de pan.
—Padre Abad —dijo el muchacho—, el huésped del ala oeste pregunta si ya trajeron las medicinas para su dolor de cabeza.
El anciano le lanzó una mirada fulminante, pero fue demasiado tarde. Carlos y yo nos miramos. ¡Estaba ahí!
—¡Alejandro! —grité, y sin pensarlo dos veces, empujé la puerta y entré corriendo al patio, ignorando los reclamos del monje.
Corrimos hacia el ala oeste, una construcción antigua cubierta de hiedra. Carlos iba adelante, yo detrás, y el Dr. Ramírez cerraba el grupo, extrañamente callado.
Llegamos a una puerta entreabierta. Carlos la empujó.
—¡Alex!
La habitación estaba vacía. Solo había una cama tendida, una silla y una ventana abierta que daba al bosque oscuro.
—No está —dijo Carlos, revisando bajo la cama, en el armario. Nada.
—Llegamos tarde —sollocé, sintiendo que las piernas me fallaban.
—No, mi querida Sofía —dijo una voz a mis espaldas. Una voz que conocía, pero que sonaba completamente diferente.
Me giré.
El Dr. Ramírez estaba parado en el umbral de la puerta. Pero ya no tenía esa postura encorvada y amable de viejito bondadoso. Estaba erguido, con una sonrisa torcida y malévola que me heló la sangre. En su mano, en lugar de su maletín médico, sostenía una jeringa con un líquido amarillento.
—Doctor… ¿qué hace? —preguntó Carlos, confundido.
—No llegaron tarde —dijo Ramírez, cerrando la puerta con el pie—. Llegaron exactamente a donde yo quería que llegaran.
—¿De qué habla? —Carlos dio un paso hacia él, pero Ramírez sacó una pistola del bolsillo de su saco con una rapidez impresionante y le apuntó al pecho.
—Quietos —ordenó. Su voz ahora era fría, metálica.
—Usted… —balbuceé, atando cabos en mi cerebro en pánico—. Usted nos trajo aquí. Usted sabía dónde estaba…
—¡Bravo! —aplaudió sarcásticamente con la mano libre—. La maestrita de kínder resultó tener cerebro. Claro que los traje aquí. ¿Creyeron que fue casualidad que llegaras a mi consultorio? ¿Que te encontraras con Carlos? Todo, querida, absolutamente todo, ha sido parte de mi plan.
—¿Por qué? —gritó Carlos—. ¡Usted era amigo de la familia!
—¡Amigo! —Ramírez soltó una carcajada que resonó en las paredes de piedra—. ¡Yo odiaba al padre de Alejandro con cada fibra de mi ser! Ese maldito me robó todo hace treinta años. Mi dinero, mi reputación y a la mujer que amaba. Y juré que me vengaría. Juré que acabaría con su linaje.
Me miró a los ojos, y vi la locura pura bailando en sus pupilas.
—Isabel es una estúpida codiciosa, fue fácil manipularla para que quisiera matar a su propio hijo. Pero Alejandro… Alejandro es escurridizo. Necesitaba un cebo para hacerlo salir de su escondite.
Me apuntó con la jeringa.
—Y tú, mi querida Sofía, tú y esa cosa que llevas en la panza, son el cebo perfecto.
—¡Corre, Sofía! —gritó Carlos, lanzándose contra el doctor.
Sonó un disparo ensordecedor. Carlos cayó al suelo, agarrándose el hombro, gritando de dolor.
—¡Carlos! —grité.
—Ahora sigues tú —dijo Ramírez, caminando hacia mí con la jeringa en alto, acorralándome contra la ventana abierta—. No te preocupes, no te va a doler. Solo vas a dormir… y cuando Alejandro venga a buscarte, los reuniré a todos en el infierno.
Retrocedí hasta que sentí la madera fría del marco de la ventana en mi espalda. Abajo, el bosque negro y el abismo. Enfrente, el hombre que me había salvado la vida ahora quería quitármela.
—¡Ayuda! —grité con todas mis fuerzas, aunque sabía que en ese lugar olvidado por Dios, nadie me escucharía.
O eso pensaba.
(Parte 3: Capítulos 5 y 6)
Capítulo 5: El Milagro en la Montaña
—¡Ayuda! —mi grito se perdió en la inmensidad de la sierra.
El Dr. Ramírez se abalanzó sobre mí, con la jeringa brillando bajo la poca luz de la luna que entraba por la ventana. Podía ver el sudor en su frente y esa mueca de odio puro que deformaba su cara de abuelo bondadoso.
—¡Cállate, maldita! —gruñó, agarrándome del brazo con una fuerza que no esperaba de un hombre de su edad.
Sentí el piquete de la aguja rozando mi piel. El pánico me inundó, pero entonces pensé en mi bebé. No vas a matarlo, pensé. Una fuerza animal se apoderó de mí. Abrí la boca y le mordí la mano con todas mis fuerzas, sintiendo el sabor metálico de la sangre.
Ramírez aulló de dolor y soltó la jeringa, que rodó por el suelo de madera.
—¡Perra! —bramó, levantando la mano para golpearme.
Cerré los ojos esperando el impacto, pero nunca llegó.
Un golpe seco, como de madera contra hueso, resonó en la habitación. Abrí los ojos y vi al Dr. Ramírez tambaleándose hacia atrás, agarrándose la muñeca rota. Frente a mí, como una muralla, estaba el Padre Abad, el anciano que nos había recibido en la entrada. En sus manos sostenía un bastón de roble grueso, y su mirada, antes pacífica, ahora era la de un guerrero bíblico.
—¡Pax Vobis! —tronó su voz, retumbando en las paredes de piedra—. ¡Esta es la casa de Dios! ¡Aquí no derramarás sangre inocente, hereje!
Ramírez, recuperando el equilibrio, sacó otra vez la pistola con la mano sana, temblando de rabia.
—¡Quítese, viejo estúpido, o lo mando con su creador antes de tiempo!
—¡Atrévete! —dijo el Abad sin retroceder un milímetro.
Mientras ellos se encaraban, mi mano tocó algo en mi bolsillo. El celular de Alejandro. Con los dedos temblorosos, lo saqué discretamente y, sin mirar, apreté el botón lateral que activaba la grabadora de voz. Tenía que registrar esto. Si moríamos aquí, alguien tenía que saber la verdad.
—Voy a matarlos a todos… —siseó Ramírez, quitando el seguro del arma.
Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, un sonido bendito rompió el silencio de la noche.
Wiuuuu-wiuuuu-wiuuuu.
Sirenas. Muchas sirenas. Y se escuchaban cerca, subiendo por el camino de terracería. Las luces rojas y azules empezaron a rebotar en las paredes del monasterio.
La cara de Ramírez se transformó. El color se le fue del rostro. Pasó de depredador a presa en un segundo.
—¡Maldición! —masculló. Miró hacia la ventana, luego hacia la puerta donde ya se oían pasos pesados y gritos de “¡Policía Ministerial!”.
—¡Esto no se acaba aquí, Sofía! —me escupió, y en un acto de cobardía desesperada, saltó por la ventana hacia la oscuridad del bosque.
Segundos después, la habitación se llenó de uniformados. Al frente venía un hombre robusto, con placa al cuello.
—¡Quietos todos! —gritó, apuntando con su arma.
—¡Ayuda! —grité, señalando a Carlos que yacía en el suelo, pálido por la pérdida de sangre—. ¡Le dispararon!
Los paramédicos entraron corriendo. Mientras atendían a Carlos, el oficial se acercó a mí.
—Soy el Detective Morales. ¿Está usted bien, señora?
—Sí… creo que sí —dije, temblando incontrolablemente—. El hombre que hizo esto… escapó por la ventana. Es el Dr. Ramírez. Él organizó todo.
Le entregué el celular de Alejandro.
—Aquí está todo, oficial. Las grabaciones de mi suegra planeando el asesinato de mi esposo… y acabo de grabar la confesión de Ramírez.
Morales tomó el teléfono como si fuera oro molido.
—Lo atraparemos. No llegará lejos en la sierra.
Mientras me ponían una manta térmica sobre los hombros, le hice la pregunta que me carcomía.
—Detective… ¿cómo supieron que estábamos aquí? Nadie sabía.
Morales sonrió levemente y sacó su propio teléfono.
—Recibimos un mensaje anónimo hace una hora. De un número desconocido. Solo decía: “Monasterio San Judas. Salven a Sofía y al bebé. Es una trampa”.
Me quedé helada. ¿Un mensaje anónimo? ¿Quién más sabía? ¿Quién era ese ángel guardián que, desde las sombras, nos había salvado la vida?
Capítulo 6: El Hombre sin Nombre
La semana siguiente fue una vorágine. La policía lanzó una cacería humana por toda la sierra de Hidalgo y la Ciudad de México buscando a Ramiro Vargas (el nombre real del Dr. Ramírez) y a mi suegra, Isabel. Las grabaciones del celular eran pruebas irrefutables. La orden de aprehensión salió en todos los noticieros.
“Viuda negra y falso médico planean asesinato para cobrar herencia millonaria”, decían los titulares. Ver la cara de Isabel en las noticias, esposada y sin maquillaje, gritando que era inocente, me dio una satisfacción amarga. Pero mi paz no estaba completa.
Alejandro seguía desaparecido.
Si no estaba en el retiro, ¿dónde estaba? ¿Ramírez lo había matado antes de tenderme la trampa? Esa duda me comía por dentro cada noche en el cuarto de hospital donde me recuperaba del susto y cuidaban mi embarazo.
Hasta que sonó el teléfono del Detective Morales.
Estaba sentada en su oficina, firmando mi declaración. Él contestó, escuchó unos segundos y su expresión cambió. Colgó y me miró fijamente.
—Sofía… lo encontramos.
Sentí que el corazón se me salía del pecho.
—¿Está… está…?
—Está vivo —dijo rápido—. Pero hay un problema.
No esperé a que me explicara. Me subí a la patrulla con él. Nos dirigimos a un hospital rural en Tulancingo, a unas dos horas de ahí. El viaje se me hizo eterno. Mis manos sudaban. Iba a verlo. Iba a ver a mi esposo, al padre de mi hijo.
Llegamos a un hospital pequeño, de paredes despintadas y olor a cloro. Una enfermera nos llevó al cuarto 102.
—Entré con cuidado —dijo la enfermera en voz baja—. El paciente está muy confundido.
Abrí la puerta con el corazón en la garganta. Y ahí estaba.
Sentado en la cama, con la cabeza vendada y varios rasguños en la cara, estaba Alejandro. Estaba más flaco, pálido, pero era él. Sus ojos, esos ojos color miel que tanto amaba, miraban por la ventana hacia la nada.
—¡Alex! —sollocé, corriendo hacia él.
Él se giró bruscamente, asustado por mi grito. Me detuve en seco al ver su reacción. No hubo sonrisa. No hubo brillo de reconocimiento. No hubo un “mi amor”.
Solo hubo miedo.
—¿Quién… quién es usted? —preguntó con voz rasposa, retrocediendo en la almohada.
Me quedé congelada. Sentí como si me hubieran dado una bofetada.
—Alex… soy yo. Sofía. Tu esposa.
Él frunció el ceño, mirándome como si fuera una loca. Luego bajó la mirada a mi vientre abultado.
—¿Esposa? —negó con la cabeza, tocándose las vendas—. Yo… no estoy casado. No recuerdo estar casado. No recuerdo nada.
—Tiene amnesia disociativa severa —dijo el doctor del hospital, entrando detrás de mí—. El trauma del accidente, el golpe en la cabeza… su cerebro bloqueó todo. No sabe quién es, ni de dónde viene. Lo identificamos solo por la cicatriz en su brazo que usted describió en el reporte.
Me acerqué despacio, con el alma rota en mil pedazos. Le tomé la mano. Estaba fría. Él intentó soltarse, pero lo retuve suavemente.
—Mira —le dije, poniendo su mano sobre mi vientre—. Aquí está tu hijo. Nuestro hijo.
Alejandro dejó la mano ahí un segundo. El bebé, como si reconociera a su papá, dio una patada fuerte. Alejandro abrió los ojos como platos. Una chispa, algo diminuto, cruzó por su mirada, pero se apagó al instante.
—Lo siento, señorita —dijo, retirando la mano—. No sé quién es usted. De verdad, no lo sé.
Salí al pasillo y me derrumbé. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Había recuperado a mi esposo, sí. Estaba vivo. Pero el hombre que me amaba, el que prometió cuidarnos… ese hombre ya no estaba. Se había ido.
—No se rinda —me dijo Morales, poniéndome una mano en el hombro—. La memoria puede volver. Pero ahora tenemos que cuidarlo. Ramírez sigue suelto, y si se entera de que Alejandro está vivo y es el único testigo que puede hundirlo por intento de homicidio… vendrá a terminar el trabajo.
Tenía razón. Me sequé las lágrimas. No era momento de ser débil.
—Voy a quedarme aquí —dije firme—. Voy a hacer que recuerde. Aunque tenga que contarle nuestra historia mil veces. Y si ese maldito doctor se acerca… lo mato yo misma.
Esa noche, mientras velaba el sueño de un esposo que me veía como a una extraña, el teléfono de Alejandro —que yo todavía guardaba— vibró en mi bolsa.
Lo saqué. Era un mensaje de texto. Del mismo número desconocido que había alertado a la policía.
El mensaje decía:
“No confíes en nadie del hospital. Ramírez tiene ojos en todas partes. Muévanlo ya. – M”
Miré a mi alrededor, paranoica. ¿Quién era “M”? ¿Y cómo sabía tanto?
(Parte 4: Capítulos 7 y 8)
Capítulo 7: La Sombra del Pasado
“No confíes en nadie del hospital. Ramírez tiene ojos en todas partes. Muévanlo ya. – M”
Leí el mensaje tres veces, sintiendo cómo el miedo me erizaba la piel de la nuca. Miré al enfermero que estaba cambiando el suero de Alejandro. ¿Sería él? ¿O la recepcionista que me sonrió al entrar? Cualquiera podía ser un espía de Ramírez.
Desperté a Morales, que dormitaba en una silla del pasillo.
—Tenemos que irnos. Ahora.
Le mostré el mensaje. Morales no hizo preguntas tontas. Su instinto de policía se activó al instante.
—Saca a tu esposo por la puerta de servicio. Yo cubro la entrada principal y traigo la patrulla atrás. ¡Rápido!
Entré al cuarto. Alejandro dormía.
—Alex, despierta —le susurré, sacudiéndolo suavemente.
—¿Qué…? ¿Quién…? —murmuró, desorientado.
—No hay tiempo. Confía en mí, por favor. Tu vida depende de esto.
Lo ayudé a levantarse. Estaba débil, se apoyó todo su peso en mí. Salimos arrastrando los pies por los pasillos desiertos del turno de noche. Cada sombra me parecía una amenaza.
Llegamos a la salida trasera, donde están los botes de basura. El aire frío de la madrugada nos golpeó la cara. A lo lejos, vi las luces de la patrulla de Morales acercándose.
Pero antes de que pudiera llegar, una camioneta negra derrapó frente a nosotros, bloqueándonos el paso.
Se bajaron tres hombres armados. Y del asiento del copiloto bajó él. Ramiro Vargas. El “Dr. Ramírez”. Ya no traía su bata blanca, sino una chamarra de cuero y una mirada de loco frenético.
—¿A dónde creen que van, tortolitos? —gritó, apuntándonos con una pistola—. ¡Se acabó el juego!
—¡Corre, Alex! —le grité, empujándolo detrás de unos contenedores.
—¡No voy a dejarte! —dijo Alejandro, y por primera vez, su voz no sonó confusa, sino firme. Instintiva.
Ramírez caminó hacia nosotros, sonriendo.
—Qué romántico. Morirán juntos, como en las novelas.
Levantó el arma. Cerré los ojos y abracé a Alejandro, esperando el final.
¡BAM!
Un disparo sonó. Pero no sentí nada.
Abrí los ojos. Ramírez tenía el hombro destrozado y su pistola estaba en el suelo. Gritaba de dolor.
—¡Nadie toca a mi familia! —una voz masculina resonó desde la oscuridad, detrás de la camioneta.
Un hombre salió de las sombras. Llevaba una gorra y ropa oscura. Tenía una pistola humeante en la mano.
Alejandro, que estaba temblando a mi lado, se quedó boquiabierto.
—¿Mar… Marcus?
El hombre se quitó la gorra. Era un tipo de unos treinta y tantos, con rasgos duros pero ojos… ojos extrañamente familiares.
—Hola, Alex —dijo el tal Marcus—. Llego un poco tarde a la reunión de exalumnos, ¿no?
En ese momento, las sirenas de la policía inundaron el lugar. Morales y un equipo táctico rodearon a los sicarios de Ramírez, que se rindieron al ver a su jefe caído.
—¡Estás arrestado, Vargas! —gritó Morales, esposando a un Ramírez que sangraba y maldecía.
Mientras se lo llevaban, el misterioso Marcus se acercó a nosotros. Guardó su arma y nos miró con una mezcla de alivio y tristeza.
—¿Quién eres? —pregunté, todavía en shock.
Alejandro se adelantó, tocándose la sien como si un recuerdo acabara de desbloquearse en su mente rota.
—Es Marcus… mi amigo de la universidad. El que desapareció…
—Soy Marcus Vargas —dijo el hombre, y su apellido cayó como una bomba—. Soy el hijo bastardo de ese monstruo que acaban de arrestar.
Nos quedamos mudos.
—Mi padre abandonó a mi madre cuando yo nací. Crecí odiándolo desde lejos —explicó Marcus, con la voz quebrada—. Cuando te reencontré hace meses, Alex, y me contaste de tus problemas y de tu “tío Ramiro” que te daba consejos… supe que él estaba tramando algo. Él siempre destruye lo que toca.
—Tú… tú fuiste quien me mandó el mensaje de advertencia en la carretera —dijo Alejandro, y vi cómo la niebla en sus ojos empezaba a disiparse. ¡Estaba recordando!
—Sí. Y fui yo quien le avisó a la policía en el monasterio. No podía dejar que mi padre matara a mi único amigo y a su familia. Quería detenerlo yo mismo, limpiar mi apellido.
Me acerqué a él y, sin pensarlo, lo abracé.
—Nos salvaste la vida. Gracias.
Marcus sonrió, incómodo pero agradecido.
—Ahora vayan a ser felices. Él ya no les hará daño nunca más.
Capítulo 8: El Nuevo Comienzo
Seis meses después.
El sol de la tarde entra por la ventana de nuestra nueva casa. No es una mansión en Las Lomas, ni un depa lujoso en la Condesa. Es una casita sencilla en las afueras de Querétaro, con un jardín grande y un árbol de aguacate.
Alejandro está en el jardín, lijando una cuna de madera que él mismo construyó. Todavía tiene cicatrices, y a veces le duele la cabeza cuando cambia el clima, pero su memoria volvió casi por completo. Recordó nuestro amor, recordó sus promesas y, lo más importante, recordó quién es él: un hombre bueno, no el títere de su madre.
Por cierto, Doña Isabel y su hermano Rogelio están en el reclusorio. Les dieron 40 años por tentativa de homicidio y fraude. Isabel me mandó una carta pidiendo perdón, diciendo que “la cárcel no es lugar para una dama”. La quemé sin leerla.
—¡Sofi! —me grita Alex desde el jardín—. ¡Ya está lista!
Salgo con cuidado, cargando a nuestro pequeño milagro. Santiago nació hace dos semanas. Es gordito, sonrosado y tiene los mismos ojos miel de su papá.
Alejandro deja la lija, se limpia las manos en el pantalón y corre a recibirnos. Toma a Santiago en sus brazos con una delicadeza infinita, como si sostuviera el universo entero.
—Hola, campeón —le susurra—. ¿Te gusta tu cuna nueva?
Me abraza con el brazo que le queda libre y me da un beso en la frente.
—Gracias por no rendirte, Sofía. Gracias por salvarme.
—Tú también me salvaste, Alex —le digo, recargando mi cabeza en su hombro—. Nos salvamos los tres.
El timbre suena. Es Carlos, que viene a conocer al bebé. Trae un regalo y viene acompañado de Marcus, que ahora es socio de Alex en su nuevo negocio de carpintería. Se han vuelto inseparables, como hermanos de verdad, no de sangre, sino de lealtad.
La vida no es perfecta. Perdimos dinero, perdimos la inocencia y perdimos el miedo. Pero ganamos algo mucho más valioso: una segunda oportunidad.
Miro a mi familia, reunida en el jardín bajo la luz dorada del atardecer, y sé que, por fin, la pesadilla terminó. El amor, el verdadero amor, siempre encuentra la manera de sobrevivir, incluso cuando intentan enterrarlo vivo.
FIN
HISTORIA LATERAL: El Guardián en las Sombras
La Crónica de Marcus Vargas
Prólogo: La Sangre Maldita
Me dicen que la sangre es más espesa que el agua, pero en mi experiencia, la sangre es solo un líquido pegajoso que te mancha las manos y te arruina la vida.
Mi nombre es Marcus. Marcus Vargas. Si ese apellido no te suena, es porque mi padre, el infame Ramiro Vargas —o el “bondadoso” Dr. Ramírez, como le conocieron sus víctimas—, se aseguró de que yo no existiera en ningún registro oficial que importara. Para el mundo, yo era un fantasma. Para él, yo era “el error”. El hijo bastardo nacido de una aventura con su secretaria, una mujer a la que desechó como una envoltura de dulce en cuanto yo nací.
Crecí en las calles duras de Iztapalapa, lejos de los lujos que mi padre disfrutaba gracias a sus estafas y crímenes. Mi madre, una santa mujer que se consumió trabajando doblando turnos en una fábrica textil, me enseñó a ser honrado. Pero el odio… el odio me lo enseñó él. No con su presencia, sino con su ausencia.
Desde los quince años, supe quién era mi padre. Lo espiaba. Al principio con curiosidad infantil, esperando que algún día me viera y me reconociera. Luego, con la fría precisión de un cazador. Aprendí sus rutas, sus negocios sucios, sus alias. Lo vi destruir vidas, cobrar seguros de accidentes que él provocaba, arruinar familias enteras.
Y entonces, apareció Alejandro.
Alejandro no sabía que yo existía, pero yo sabía todo de él. Era el hijo de su enemigo mortal. La obsesión de mi padre. Ramiro hablaba solo en sus borracheras —que yo escuchaba gracias a micrófonos baratos que logré plantar en su oficina— sobre cómo el padre de Alejandro lo había traicionado y cómo se vengaría destruyendo a su descendencia.
Cuando vi a Alejandro por primera vez, sentí envidia. Él tenía la vida resuelta, la educación, la esposa perfecta, Sofía. Pero esa envidia se transformó en una extraña hermandad cuando me di cuenta de que él no era el enemigo. Él era la presa. Igual que yo lo fui alguna vez.
Decidí que no dejaría que mi padre ganara. Esta es la historia de cómo un bastardo decidió convertirse en guardián.
Capítulo 1: El Encuentro en el Maple Leaf
Faltaban dos semanas para el “accidente”.
Llevaba días siguiendo a Alejandro. Sabía que mi padre, bajo la identidad del Dr. Ramírez, ya había infiltrado su círculo. Había manipulado a la madre de Alejandro, esa tal Isabel, una mujer cuya estupidez solo era superada por su avaricia. El plan estaba en marcha: aislar a Alejandro, llenarlo de deudas ficticias y terror psicológico, para luego obligarlo a “desaparecer”.
Pero yo sabía que el plan final no era una desaparición. Era una ejecución.
Necesitaba advertirle. Pero, ¿cómo te acercas a un hombre que no te conoce y le dices: “Oye, tu tío postizo es mi padre, un psicópata que quiere matarte, y tu madre es su cómplice”? Me tomaría por loco.
La oportunidad llegó una tarde lluviosa. Alejandro entró a una cafetería en la Colonia Roma, el Maple Leaf. Se veía devastado. Hombros caídos, ojeras profundas. La imagen viva de un hombre derrotado.
Entré tras él y me senté en la barra. Pedí un café negro. Él estaba en una mesa, revisando papeles con manos temblorosas. Eran notificaciones de embargo falsas. Trabajo de mi padre.
Me acerqué.
—Parece que cargas el peso del mundo en la espalda, amigo —le dije, fingiendo casualidad.
Alejandro levantó la vista. Sus ojos miel estaban rojos.
—Algo así —murmuró, a la defensiva.
—A veces, lo que parece el fin del mundo es solo un truco de luces —dije, sacando un llavero de madera que yo mismo había tallado. Era una hoja de arce, idéntica al logo del café. Lo puse sobre la mesa—. Mi viejo decía que hasta en el bosque más oscuro, siempre hay un camino. Solo hay que saber mirar.
Alejandro miró el llavero y luego a mí. Hubo una conexión extraña. Tal vez reconoció algo en mi mirada, esa desesperación compartida.
—Soy Alex —dijo, extendiendo la mano.
—Marcus —respondí. No le di mi apellido.
Hablamos durante una hora. No le dije la verdad completa, no podía arriesgarme a que se lo contara a Isabel y ella a mi padre. Eso firmaría mi sentencia de muerte y la suya. Pero sí sembré la duda.
—Ten cuidado en quién confías, Alex —le dije al despedirme—. A veces, los lobos se visten de ovejas. Y a veces, la familia es la que sostiene el cuchillo.
Él se quedó pensativo. Antes de irme, anoté un número en una servilleta.
—Es un número seguro. Si alguna vez sientes que no tienes salida, si estás en peligro real… mándame un mensaje. No llames. Solo escribe.
Alejandro guardó la servilleta.
—Gracias, Marcus. Eres… me recuerdas a alguien. No sé a quién.
—A nadie que quieras conocer —respondí con una sonrisa triste.
Salí a la lluvia, sabiendo que había hecho lo poco que podía sin destapar mi tapadera. Ahora, solo quedaba vigilar. Y rezar.
Capítulo 2: La Carretera al Infierno
El día del accidente, mi equipo de vigilancia (que consistía en mí, una laptop vieja y una radiofrecuencia policial clonada) se volvió loco.
Intercepté una llamada entre mi padre y Rogelio, el hermano de Isabel.
“Hoy es el día. Carretera a la Sierra Gorda. Kilómetro 45. El camión ya está posicionado. Que parezca que se quedó sin frenos”.
El corazón se me heló. No iban a esperar a que él fingiera su muerte. Iban a adelantarse. Alejandro iba conduciendo hacia una trampa mortal.
Me subí a mi motocicleta y aceleré como un demonio. La lluvia caía a cántaros, convirtiendo la carretera en una pista de patinaje. El GPS me indicaba que Alejandro estaba a veinte minutos de distancia. Yo estaba a treinta.
Tenía que ganar tiempo.
Mientras conducía, esquivando tráileres y derrapando en las curvas, saqué mi teléfono desechable y le mandé el mensaje al número de Alejandro.
“Da la vuelta inmediatamente. Es una trampa”.
No hubo respuesta.
Aceleré más. El motor de mi moto rugía, protestando por el esfuerzo. Llegué a la zona de curvas peligrosas de la Sierra. A lo lejos, vi las luces traseras de una SUV gris. Era él.
Y entonces lo vi.
Un camión de carga, viejo y oxidado, estaba parado en el acotamiento de la curva siguiente, con el motor encendido y las luces apagadas. Un depredador esperando.
—¡No! —grité dentro de mi casco.
Vi cómo el camión aceleraba justo cuando Alejandro entraba en la curva. El impacto no fue directo, gracias a Dios. Alejandro debió ver mi mensaje o intuir algo, porque dio un volantazo brusco en el último segundo.
La SUV de Alejandro esquivó el choque frontal, pero el camión golpeó la parte trasera. El coche salió disparado, rompió la barrera de contención y cayó por el barranco.
El camión no se detuvo. Siguió su camino y desapareció en la noche. Rogelio creyó que el trabajo estaba hecho.
Frené mi moto y me lancé barranco abajo, resbalando por el lodo y las piedras afiladas. El coche de Alejandro estaba unos cincuenta metros abajo, detenido contra un árbol gigante. Salía humo del capó.
Llegué jadeando. La puerta del conductor estaba atascada. Rompí la ventana con mi codo, ignorando el dolor de los vidrios clavándose en mi chamarra.
Ahí estaba él. Sangre en la frente. Inconsciente. Pero respiraba.
—¡Alex! ¡Alex, despierta!
Lo saqué a tirones. Olía a gasolina. Tenía que alejarlo antes de que explotara o antes de que los hombres de mi padre bajaran a “verificar”.
Lo cargué sobre mis hombros. Pesaba, pero la adrenalina me daba fuerza sobrehumana. Lo arrastré hacia una cueva natural que había visto al bajar, oculta tras unos matorrales.
Segundos después de entrar en la cueva, el tanque de gasolina de la SUV estalló. Una bola de fuego iluminó el barranco.
Desde arriba, escuché voces. Eran los hombres de Rogelio.
—¡Ya tronó! —gritó uno—. ¡No quedó nada! Vámonos antes de que llegue la Federal.
Esperé una hora en la oscuridad, con Alejandro temblando a mi lado. Le revisé las heridas. Tenía un golpe fuerte en la cabeza y el brazo roto, pero no parecía tener hemorragias internas graves.
Cuando abrió los ojos, supe que algo estaba mal.
Me miró con terror absoluto. No me reconoció. No sabía dónde estaba.
—¿Quién eres? —balbuceó—. ¿Dónde estoy?
—Soy Marcus. Soy tu amigo —le dije suavemente.
—¿Marcus? —repitió, con la mirada vacía—. No… no sé quién es Marcus. No sé quién soy yo.
Amnesia. Maldita sea.
Esto complicaba todo. No podía llevarlo a un hospital público; mi padre tenía contactos en la policía y en los servicios forenses. Si registraban a un “Juan Pérez” con las características de Alejandro, Ramiro lo sabría en horas y vendría a terminar el trabajo.
Tampoco podía llevarlo a su casa. Isabel era el enemigo.
Necesitaba un lugar donde nadie lo buscara. Un lugar fuera del tiempo.
Y entonces recordé lo que me dijo en la cafetería, cuando hablábamos de escapar: “Mi abuela tenía una obsesión con un retiro en Hidalgo… San Judas. Decía que ahí se curaba el alma. Si algún día desaparezco, búscame ahí”.
Era una locura. Pero era la única opción.
Capítulo 3: El Huésped del Ala Oeste
El viaje al monasterio fue un infierno logístico. Tuve que robar una camioneta vieja en un pueblo cercano porque no podía llevar a un herido en la moto. Alejandro deliraba por la fiebre. Hablaba de “Sofía”, de un “bebé”, pero luego olvidaba de qué estaba hablando y lloraba como un niño.
Llegamos al Retiro de San Judas dos días después. El lugar era tal como lo imaginaba: aislado, austero y silencioso.
El Abad, un hombre con ojos que parecían ver a través de las mentiras, me recibió en la puerta.
—Traigo a un hombre herido —le dije—. Necesita refugio. Y silencio. Absoluto silencio.
—Este es un lugar de oración, hijo, no un hospital clandestino —dijo el Abad, bloqueando la entrada.
—Su madre quiere matarlo —le solté. No tenía tiempo para rodeos—. Y su padre es el diablo en persona. Si lo saco de aquí, es hombre muerto. Solo necesito tiempo. Tiempo para probar su inocencia y cazar a los culpables.
El Abad miró a Alejandro, que dormitaba en el asiento del copiloto, pálido y vulnerable. Luego me miró a mí. Vio mis manos ensangrentadas, mi ropa sucia, pero también vio mi determinación.
—La misericordia es el mandato de Dios —suspiró, abriendo la puerta—. Entren. Pero no quiero armas aquí.
Dejé a Alejandro instalado en el ala oeste. Los monjes, que sabían de medicina tradicional, curaron sus heridas físicas. Pero su mente seguía rota. No recordaba nada.
Antes de irme, me senté junto a su cama.
—Alex, tengo que irme —le dije—. Tienes que quedarte aquí. No salgas. No hables con nadie. Si te preguntan, no recuerdas nada. Lo cual es verdad, por ahora.
—¿Vas a volver? —preguntó con miedo. Era un hombre adulto, pero en ese momento parecía un niño abandonado.
—Voy a volver. Y cuando vuelva, te devolveré tu vida. Lo prometo.
Le dejé algo de dinero al Abad y bajé la montaña. Ahora empezaba la verdadera cacería. Tenía que encontrar las pruebas para hundir a Ramiro Vargas antes de que él encontrara a Alejandro.
Capítulo 4: La Guerra de un Solo Hombre
Los siguientes meses viví en las sombras. Dormía en mi coche, comía lo que podía y dedicaba cada minuto a desmantelar la operación de mi padre.
Primero, necesitaba saber qué había pasado con Sofía.
Me infiltré en la red de seguridad de la casa de Isabel. Hackear las cámaras fue fácil; la contraseña era “Isabel123”. Estúpidos.
Lo que vi me rompió el corazón. Vi el maltrato. Vi cómo la hacían limpiar pisos de rodillas. Vi cómo la alimentaban con sobras. Y, finalmente, vi el día que la echaron a la calle.
Quise intervenir mil veces. Quise ir, romper la puerta y sacar a Sofía de ahí. Pero sabía que eso solo alertaría a Ramiro. Si él sabía que había alguien protegiéndola, aceleraría sus planes. Tenía que ser paciente, aunque la bilis me quemara la garganta.
Seguí a Sofía a distancia el día que la echaron. La vi sentarse en el parque, desesperada. Y luego, para mi horror, la vi entrar al consultorio del Dr. Ramírez.
—¡No! —grité en mi coche.
Estaba a punto de bajarme y entrar a los tiros, cuando vi salir al Dr. Ramírez con ella. Pero no la lastimaba. La guiaba. Se subieron a su coche.
Los seguí. Llegaron a la cafetería “El Rincón de la Paz”. Y ahí vi llegar a Carlos.
Carlos. El amigo leal. No sabía si Carlos estaba involucrado, así que mantuve mi distancia. Escuché su conversación gracias a un micrófono direccional desde la ventana.
“Alejandro está vivo”.
Me quedé helado. ¿Cómo lo sabían? Entonces comprendí: mi padre les estaba contando una verdad a medias. Les estaba diciendo que Alex estaba vivo para usarlos de cebo. Quería atraer a Alex fuera de su escondite usando a Sofía.
Era un plan maestro. Y macabro.
Ramiro no sabía dónde estaba Alex (gracias a Dios y a mi silencio), así que asumió que si torturaba a Sofía, Alex aparecería mágicamente para salvarla.
Esa noche, decidí que ya no podía ser solo un observador. Tenía que actuar.
Entré a la oficina secreta de mi padre. Sabía que guardaba sus archivos más incriminatorios en un servidor físico, desconectado de la red, en un almacén en la Doctores.
Neutralicé a los dos guardias (un golpe en la carótida es más efectivo y silencioso que una pistola). Forcé la cerradura.
Ahí estaba. El libro mayor de la muerte. Nombres, fechas, montos de sobornos, actas de defunción falsificadas. Y lo más importante: las grabaciones de seguridad de su propia oficina, donde se jactaba de sus crímenes con sus socios.
Copié todo. Tenía suficiente para encerrarlo de por vida. Pero necesitaba que la policía me creyera. Un delincuente anónimo entregando pruebas no siempre funciona en México; la corrupción es profunda y mi padre tenía a varios comandantes en su nómina.
Necesitaba un policía honesto.
Investigué durante días hasta que encontré al Detective Morales. Tenía fama de incorruptible, de ser un perro de presa que odiaba a tipos como mi padre.
Preparé el paquete de evidencia. Pero antes de poder entregarlo, mi escáner policial interceptó una comunicación de los hombres de Ramiro.
“Ya cayeron. Están en camino a Hidalgo. El doctor los lleva al matadero”.
Sofía y Carlos habían mordido el anzuelo. Iban al monasterio. Iban directamente hacia donde yo tenía escondido a Alex.
Ramiro había deducido la ubicación. Tal vez encontró algún rastro de la camioneta que robé, o tal vez Alex cometió un error y llamó a alguien. No importaba cómo. Iban para allá y los iban a matar a todos.
Estaba en la Ciudad de México. El monasterio estaba a tres horas.
Manejé como si el diablo me persiguiera. Mientras conducía, le envié el mensaje anónimo a Morales con la ubicación y una parte de las pruebas digitales para asegurar que se moviera rápido.
“Monasterio San Judas. Salven a Sofía y al bebé. Es una trampa”.
Capítulo 5: Convergencia y Redención
Llegué al monasterio tarde. La policía ya había acordonado la zona. Vi cómo se llevaban a Ramiro esposado, pero luego… ¡escapó!
Ese maldito escapó por la ventana y se perdió en el bosque antes de que pudieran asegurarlo. Era una cucaracha indestructible.
Me mantuve en las sombras. Vi a Sofía a salvo. Vi cómo se llevaban a Carlos herido. Y supe que habían encontrado a Alex.
Pero la guerra no había terminado. Ramiro estaba suelto. Y un animal herido es el más peligroso.
Sabía a dónde iría Ramiro. No iría a sus casas seguras; ya estaban quemadas. Iría a intentar terminar lo que empezó. Iría al hospital donde tenían a Alex. Su ego no le permitiría perder. Necesitaba ver a Alex muerto para sentir que había ganado.
Me adelanté al hospital en Tulancingo. Me escondí en el estacionamiento trasero, esperando.
Y llegaron. Una camioneta negra. Ramiro y tres matones.
Vi a Morales sacar a Sofía y a Alex por la puerta trasera. Iban directo a la emboscada.
Salí de mi escondite. No tenía placa, ni autoridad, ni respaldo. Solo tenía una pistola calibre .45 y treinta años de odio acumulado.
Cuando Ramiro levantó su arma para dispararles a Sofía y Alejandro, no dudé.
Apunté. Respiré. Y disparé.
La bala le destrozó el hombro. Pude haberle apuntado a la cabeza. Dios sabe que quería hacerlo. Quería borrar su existencia de la faz de la tierra. Pero matarlo habría sido demasiado fácil. Quería que viviera. Quería que se pudriera en una celda, sabiendo que el hijo “bastardo”, el “error” que despreció, fue quien lo derribó.
Cuando salí de las sombras y me presenté ante Alejandro y Sofía, sentí que un peso de toneladas se levantaba de mis hombros.
—Soy Marcus Vargas —dije.
Ver la cara de Alejandro recordando, ver la gratitud en los ojos de Sofía… eso valió cada segundo de dolor, cada noche fría vigilando, cada mentira que tuve que contar para sobrevivir.
Epílogo: El Mar Borra las Huellas
Seis meses después.
Estoy sentado en la terraza de una pequeña casa en la costa de Oaxaca. El mar ruge frente a mí, salvaje y libre. Mi madre está en la cocina, tarareando una canción mientras prepara pescado. Se ve diez años más joven. Ya no tiene que trabajar doblar turnos. Ya no tiene miedo.
Alejandro y Sofía me visitaron la semana pasada con el pequeño Santiago. Alex y yo nos sentamos en la arena, con unas cervezas, viendo el atardecer.
—¿Alguna vez piensas en él? —me preguntó Alex, refiriéndose a nuestro padre, que ahora comparte celda con criminales comunes en el Reclusorio Norte.
—Todos los días —admití—. Pero ya no con odio. Pienso en él como un recordatorio.
—¿De qué?
—De lo que no quiero ser.
Alex sonrió y chocó su botella con la mía.
—Eres mi hermano, Marcus. No me importa lo que digan los papeles o la sangre. Eres mi hermano.
—Y tú el mío, Alex.
Ahora trabajo haciendo muebles con Alejandro a distancia. Diseño piezas, se las mando y él las construye en su taller en Querétaro. Resulta que tengo talento para el diseño. Quién lo diría.
Mi vida anterior, la del espía, la del vengador solitario, quedó enterrada en esa montaña de Hidalgo.
Aquí, frente al mar, soy solo Marcus. El hombre que eligió su propio camino. El hombre que, al final del día, encontró la luz en medio del bosque oscuro.
Y eso es suficiente.
FIN