
CAPÍTULO 1: FANTASMAS EN LA SUBURBAN
Tres multimillonarios en pañales, siete psicólogos infantiles de renombre internacional despedidos y cuatro niñeras que salieron corriendo en una sola semana. Gabriel Santoro, el hombre cuyo apellido se susurraba con temor en los pasillos del poder desde Tijuana hasta Tapachula, podía comprar funcionarios, jueces y ciudades enteras. Pero no podía comprar lo único que le quitaba el sueño: la voz de sus hijos.
Sus trillizos, Mateo, Luca y Nico, no habían emitido ni una sola sílaba desde la noche en que su madre, Isabela, fue asesinada frente a ellos hacía dos años.
Eran fantasmas silenciosos en un mundo violento.
La lluvia ácida de la Ciudad de México no limpiaba la mugre de las calles; solo la hacía más resbaladiza, convirtiendo el asfalto de Polanco en un espejo negro. Gabriel Santoro se ajustó los puños de su traje hecho a medida, mirando por la ventana tintada de su Suburban blindada nivel 5. Tenía 32 años, era la cabeza visible del “Sindicato Santoro” —una organización que la prensa llamaba cártel y él llamaba “logística avanzada”— y, en ese momento, estaba aterrorizado.
No le temía a los federales, ni a los rivales del norte. Le tenía pánico a entrar a un restaurante familiar con sus propios hijos.
—Ya llegamos, Patrón —gruñó su chofer y jefe de seguridad, un gigante conocido solo como “El Ruso”, desde el asiento delantero.
Gabriel suspiró, pasándose una mano por el cabello oscuro y denso, donde las primeras canas prematuras comenzaban a brillar como cicatrices de plata.
—¿Están tranquilos?
—Están callados, jefe. Como siempre.
Ese era el maldito problema.
Mateo, Luca y Nico tenían cuatro años. Parecían querubines sacados de una pintura renacentista: rizos oscuros, piel de oliva y unos ojos negros que poseían una inteligencia aterradora. Pero eran mudos por elección. No el silencio de los niños bien portados, sino el silencio pesado y asfixiante del trauma puro.
Dos años atrás, en Guadalajara, un coche bomba destinado a Gabriel había destrozado el lado del copiloto donde viajaba Isabela. Los niños iban atrás, milagrosamente protegidos por el chasis reforzado, pero lo vieron todo. El fuego. Los gritos que se ahogaron en segundos. La sangre.
Desde ese día: Cero palabras.
Gabriel abrió la puerta pesada de la camioneta. Su equipo de seguridad, tres hombres vestidos de civil pero con ese bulto inconfundible en la cintura, se desplegó en abanico sobre la acera mojada de Masaryk. Gabriel desabrochó a los trillizos uno por uno.
No lucharon. No lloraron. Simplemente se quedaron allí, mirándolo con esos ojos oscuros e inquietantes, como si estuvieran juzgando su alma.
—Hoy toca pizza —dijo Gabriel, forzando un tono alegre que se sentía falso en su garganta—. Y si se comen la orilla, tal vez haya helado.
Mateo, el mayor por tres minutos y el líder tácito del grupo, parpadeó lentamente. Luca, el de en medio, miró sus zapatos de marca italiana. Nico, el sensible, el que solía cantar antes del accidente, agarró la pierna del pantalón de Gabriel con un puño tan apretado que sus nudillos se pusieron blancos.
Entraron a “Villa Toscana”. No era un lugar que Gabriel controlara, y por eso le gustaba. Quería terreno neutral. Quería sentirse, por una hora, como un padre normal y no como el heredero de un imperio criminal.
El host, un hombre nervioso llamado Arturo que olía demasiado a colonia barata, casi se tropieza con sus propios pies al verlos entrar.
—Señor Santoro, Don Gabriel… por aquí, por favor. Despejamos la sección del fondo solo para usted, para que tengan privacidad.
—No te pedí que despejaras nada —dijo Gabriel, su voz era baja, pero tenía ese borde de grava que hacía sudar a hombres adultos—. Quiero que estén rodeados de gente normal. Ponnos en una mesa cerca de la ventana.
—Ah, p-por supuesto. Sígame.
Los sentaron. El desastre comenzó exactamente tres minutos después.
No fue un berrinche en el sentido tradicional. Los trillizos Santoro no gritaban. Ellos desmantelaban. Eran como un equipo de demolición silencioso y coordinado.
Cuando el mesero trajo el agua, Luca, sin cambiar su expresión facial, barrió la copa de cristal fino hacia el suelo.
¡CRASH!
El sonido del vidrio rompiéndose detuvo las conversaciones cercanas.
Cuando el garrotero intentó limpiar, Mateo tomó un tenedor de plata y lo clavó en la mesa, arrastrándolo a través del costoso mantel de lino blanco, rasgándolo por el centro con un sonido seco de tela muriendo.
Nico simplemente se sentó allí, conteniendo la respiración. Su cara comenzó a ponerse roja, luego púrpura. Era una protesta silenciosa, una forma de autodestrucción que aterraba a Gabriel más que cualquier violencia externa.
—¡Niños, alto! —siseó Gabriel, agarrando la muñeca de Mateo—. ¡Suficiente!
Mateo miró a su padre. Su expresión era plana, vacía. Soltó el tenedor.
El restaurante se había quedado en silencio. Los comensales, gente de la alta sociedad mexicana, miraban con desdén. Una señora con demasiadas joyas y perlas susurró algo sobre “salvajes mal educados”.
Gabriel le lanzó una mirada. Solo una. La mujer se atragantó con su vino tinto y apartó la vista de inmediato.
—No puedo hacer esto —murmuró Gabriel para sí mismo, aflojándose la corbata. Era el hombre más poderoso de la ciudad, controlaba sindicatos y rutas de transporte, pero estaba completamente indefenso contra tres niños de cuatro años.
—¿Disculpe?
Una voz suave rompió su espiral de desesperación.
CAPÍTULO 2: EL GORRIÓN DE SANGRE
Gabriel levantó la vista, esperando ver al gerente listo para correrlos. Pero no era su mesero habitual.
Era una mesera que no había visto antes.
Se veía cansada. Su uniforme le quedaba grande, como si hubiera perdido peso recientemente. El mandil estaba manchado de salsa cerca del bolsillo. Tenía el cabello castaño desordenado, recogido en un chongo apresurado con un lápiz, pero sus ojos… sus ojos eran de un verde sorprendente, una inteligencia penetrante enmascarada por el agotamiento de turnos dobles.
Su gafete de plástico barato decía: Siena.
—Creo que están sobreestimulados —dijo ella. No miraba a Gabriel, lo cual era raro. Todos miraban a Gabriel. Ella miraba a los niños—. Las luces sobre esta mesa parpadean. Es sutil, casi imperceptible para nosotros, pero si tienes problemas de procesamiento sensorial, se siente como una luz estroboscópica en una discoteca.
Gabriel miró hacia arriba. Efectivamente, la bombilla vintage dentro de la lámpara de diseño zumbaba y parpadeaba muy ligeramente. Él, con todo su entrenamiento para detectar amenazas, no lo había notado.
—Lamento el desastre —dijo Gabriel, su mano yendo instintivamente hacia el clip de billetes en su bolsillo—. Pagaré el mantel y las copas. Agrega un extra generoso por las molestias.
—Guarde su dinero —dijo Siena bruscamente.
Gabriel se detuvo. Nadie le hablaba así.
—¿Cómo?
—Que guarde su dinero —repitió ella, su tono no era grosero, solo firme—. No están actuando así porque sean “malos”. Están actuando así porque están intentando decir algo y no pueden. Es frustración, no maldad.
Siena ignoró los vidrios rotos y se arrodilló directamente en el suelo sucio, justo al nivel de los niños.
—Hey —susurró hacia Nico, quien todavía aguantaba la respiración y ya estaba empezando a ponerse azul—. Respira.
No lo tocó. Sabía instintivamente que no debía tocarlo. En su lugar, se tocó su propio pecho.
Pum-pum. Pum-pum. Un ritmo constante.
Nico la miró, sus ojos desorbitados. Poco a poco, exhaló el aire en un soplido largo y tembloroso.
—Voy a traerles algo —dijo Siena a los niños—. No es comida. Solo un plato. ¿Está bien?
Los trillizos la miraron fijamente. Por primera vez en toda la noche, no estaban buscando la salida de emergencia ni planeando cómo destruir el salero. La estaban mirando a ella.
Gabriel la vio alejarse hacia la cocina.
—¿Quién es ella? —preguntó a El Ruso, que estaba vigilando cerca de la barra, listo para intervenir.
El gigante se encogió de hombros.
—Chica nueva. Siena Brooks… o algo así. Empezó hace dos semanas. Dicen que vive en una vecindad en Iztapalapa. Nada interesante en su expediente, jefe. Limpia.
—Ella notó la luz —murmuró Gabriel—. Nadie nota la luz.
Siena regresó cinco minutos después. No traía una libreta de comandas. Llevaba un plato grande, blanco y limpio. No había comida en él. Lo colocó en el centro de la mesa, sobre el mantel rasgado.
—¿Qué es esto? —preguntó Gabriel, frunciendo el ceño—. Tienen hambre, pero no comerán. Mostrarles un plato vacío es…
—Shh —lo calló ella.
Ella acababa de chistar al Patrón de la CDMX.
Siena metió la mano en el bolsillo de su mandil y sacó una pequeña botella de plástico con glaseado de balsámico, de ese espeso y oscuro que usan para decorar postres.
—¿Les gustan las historias? —preguntó a los niños.
Silencio.
—A mí me gustan las historias —continuó ella, ignorando su falta de respuesta—. Pero no me gusta contarlas con la boca. A veces las palabras duelen. Me gusta contarlas con esto.
Se inclinó sobre el plato. Su mano se movió con una velocidad sorprendente, confiada y fluida. No estaba simplemente rociando salsa. Estaba dibujando.
En diez segundos, había creado una forma con el líquido negro.
No era una carita feliz. No era un coche.
Era un gorrión.
Pero no cualquier pájaro. Era un gorrión atrapado en una jaula, pero la puerta de la jaula estaba abierta. El detalle era absurdo para haberlo hecho con una botella de condimento; las plumas eran nítidas, los barrotes de la jaula marcados con precisión quirúrgica.
Luego hizo la parte extraña.
Tomó la botella de Catsup de la mesa, se puso una gota en el dedo meñique y colocó un único y distintivo punto rojo en la garganta del gorrión negro.
La atmósfera en la mesa cambió instantáneamente. Fue como si alguien hubiera succionado todo el aire.
Mateo se puso de pie sobre el asiento del booth.
Los ojos de Luca se abrieron como platos, su boca entreabriéndose.
Nico comenzó a temblar violentamente.
Gabriel se tensó, su mano moviéndose imperceptiblemente hacia la escuadra 9mm que llevaba en la sobaquera. ¿Era una amenaza? La marca roja en la garganta… ¿degollado?
—¿Qué demonios acabas de dibujar? —gruñó Gabriel, su voz bajando a una octava letal—. ¿Es esto una amenaza?
—No es una amenaza —Siena no miró a Gabriel. Mantuvo sus ojos verdes clavados en los niños—. Es una pregunta.
Miró a Nico.
—¿Es ahí donde duele? —preguntó suavemente—. ¿En la garganta? Porque quieren hablar, pero las palabras están atoradas. Como si hubiera un nudo que no deja salir nada.
Nico miró el plato. Miró el punto rojo, la marca de catsup.
Luego hizo lo imposible.
Nico estiró su pequeña mano, metió su propio dedo en la catsup del plato y trazó una línea torpe desde la garganta del pájaro hasta su ala.
Y entonces, un sonido.
—P… Páj…
La voz de Nico sonaba oxidada, rota, como una bisagra que no se ha usado en años.
Gabriel se congeló. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un martillo neumático. No había escuchado la voz de su hijo en dos años.
—Pájaro —dijo Nico de nuevo. Más fuerte esta vez. Miró a sus hermanos—. Pájaro.
Mateo asintió frenéticamente, con lágrimas en los ojos.
—Pájaro —susurró Mateo.
Luca agarró el plato, jalándolo hacia él, manchándose la camisa de diseñador.
—Volar —rasposó Luca—. Volar.
Tres palabras en treinta segundos.
Después de dos años de silencio, millones de pesos en terapia y desesperación absoluta.
Gabriel miró a la mesera. Ella no estaba sonriendo. Se veía triste. Profunda y devastadoramente triste. Se limpió la mano manchada de catsup en un trapo sucio que llevaba en la cintura.
—No son mudos, Señor Santoro —dijo Siena, su voz carente de miedo, pero pesada de cansancio—. Solo están esperando.
—¿Esperando qué? —logró decir Gabriel, con la garganta cerrada por la emoción.
—Esperando a alguien que hable su idioma.
Ella se dio la vuelta para irse.
—Les traeré pasta simple. Mantequilla, nada verde.
Gabriel la agarró de la muñeca. No quiso ser agresivo, pero el shock había cortocircuitado sus modales.
—Espera —dijo—. ¿Quién eres?
Siena miró la mano de él sobre su muñeca, luego subió la vista a sus ojos oscuros.
—Solo soy la mesera, señor. La mesa 4 necesita su risotto.
Se soltó y caminó de regreso a la cocina, dejando a Gabriel Santoro sentado con tres niños que, de repente y milagrosamente, estaban balbuceando entre ellos sobre un pájaro hecho de vinagre balsámico.
Pero Gabriel era un hombre que sobrevivía notando detalles. Y había notado algo en la mano de ella cuando dibujó el pájaro, algo que se hizo visible cuando su manga se corrió ligeramente al soltarse de su agarre.
En el interior de su muñeca, cubierto por una base de maquillaje barata que se estaba corriendo por el calor y el sudor de la cocina, había una cicatriz.
No era un corte normal. Era una marca. Una quemadura circular pequeña con un diseño específico.
Gabriel conocía esa marca.
La había visto en archivos de inteligencia sobre víctimas de trata de personas de Europa del Este y en los cuerpos de soldados de élite rusos capturados y torturados.
—Ruso —dijo Gabriel, sin quitar la vista de la puerta de la cocina oscilante.
—¿Sí, Patrón? —respondió el jefe de seguridad al instante.
—Prepara la camioneta. Y dile al investigador privado que tire a la basura cualquier verificación de antecedentes que haya hecho sobre “Siena Brooks”.
Gabriel miró a sus hijos, que ahora estaban comiendo la catsup del plato con los dedos, riendo por primera vez en media vida.
—Quiero saber quién es ella realmente. Esta noche. Porque esa marca en su muñeca… esa marca pertenece a un fantasma que debería estar muerto.
CAPÍTULO 3: LA PRINCESA DEL SINDICATO NEGRO
El penthouse de la Torre Santoro, una aguja de cristal y acero clavada en el corazón de Santa Fe, ofrecía una vista panorámica de la Ciudad de México que costaba cuarenta millones de dólares. Desde ahí arriba, las luces de la capital parecían un mar de brasas ardientes, hermosas y peligrosas. Sin embargo, para Gabriel, ese lugar nunca se había sentido como un hogar. Se sentía como una jaula de oro, un mausoleo climatizado donde el eco de la ausencia de su esposa rebotaba en las paredes de mármol frío.
Eran las 11:30 de la noche. La tormenta había amainado, dejando solo una llovizna sucia que golpeaba los ventanales blindados.
Gabriel salió de la habitación de los trillizos, cerrando la puerta con una delicadeza que contrastaba con la violencia latente en sus manos. Por primera vez en meses, Mateo, Luca y Nico se habían dormido sin luchar, sin los terrores nocturnos habituales, sin la necesidad de dejar las luces encendidas. El agotamiento emocional del “milagro” en el restaurante los había dejado noqueados.
Se dirigió a su despacho privado, una habitación oscura que olía a madera vieja, tabaco importado y secretos de estado. Gabriel se sirvió un vaso de tequila Reserva de la Familia, sin hielo. El líquido ámbar quemó su garganta, pero no logró calmar el zumbido en su cabeza.
Pájaro. Volar.
Las voces de sus hijos se repetían en su mente en un bucle infinito. Tres palabras. Habían costado dos años de infierno, pero una mesera con zapatos desgastados y una botella de catsup lo había logrado en cinco minutos.
—Jefe.
La voz ronca desde el umbral de la puerta lo sacó de su trance. Era Víctor Cray, su jefe de inteligencia y mano derecha. Víctor era un hombre que no dormía; un exmilitar de las fuerzas especiales mexicanas que podía encontrar una aguja en un pajar y luego decirte quién había fabricado la aguja y cuánto había costado.
—Pasa, Víctor —dijo Gabriel, girando su silla de cuero para encararlo—. ¿Qué tienes?
Víctor entró, cerrando la puerta tras de sí. No traía buenas noticias; Gabriel lo sabía por la forma en que caminaba, tenso, como si esperara un golpe. Traía una carpeta color manila bajo el brazo, delgada, demasiado delgada para su gusto. La lanzó sobre el escritorio de caoba con un sonido seco que resonó como un disparo en el silencio del despacho.
—No te va a gustar esto, Gabriel —advirtió Víctor, sirviéndose un trago sin pedir permiso. Su rostro, marcado por cicatrices de acné y peleas antiguas, estaba sombrío.
—Pruébame —respondió Gabriel, tomando un sorbo de su tequila—. Esa mujer hizo hablar a mis hijos, Víctor. Me importa una mierda si tiene multas de tráfico o si debe la renta. Quiero contratarla. Quiero pagarle lo que pida.
Víctor soltó una risa amarga, corta y sin humor.
—No puedes contratar a un fantasma, Gabo.
Gabriel dejó el vaso sobre la mesa con fuerza.
—Deja los acertijos. Abre la maldita carpeta.
Víctor se inclinó sobre el escritorio y abrió el expediente.
—Siena Brooks —recitó Víctor, señalando una fotocopia de una credencial de elector y una licencia de conducir—. Según estos papeles, nació en McAllen, Texas, y se mudó a la Ciudad de México hace tres años. Historial limpio. Trabajó en un diner en la Roma, luego en un bar en la Condesa, y ahora en Villa Toscana en Polanco.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó Gabriel, impaciente.
—El problema —dijo Víctor, deslizando un documento oficial sobre la mesa— es que la verdadera Siena Brooks murió en un accidente automovilístico en la carretera a Laredo en 1998. Tenía seis años.
Gabriel sintió un frío repentino en la nuca. Miró los papeles. El acta de defunción era clara.
—Está usando una identidad robada —murmuró Gabriel—. Una identidad muerta.
—Y una muy mala, por cierto —añadió Víctor con desdén profesional—. Es un trabajo chapucero. Compró los papeles en Santo Domingo o en algún agujero similar. Es el tipo de identidad que usas cuando quieres desaparecer rápido y no tienes dinero para hacerlo bien. Alguien que está huyendo, Gabriel. Pero, ¿de quién?
—Tal vez de un exnovio abusivo, tal vez de deudas…
—Eso pensé al principio —interrumpió Víctor—. Así que corrí su rostro en el sistema. No en la base de datos de la policía, esa es una broma. Usé el software que le compramos a los israelíes el año pasado. Reconocimiento facial biométrico profundo.
Víctor sacó una fotografía granulada en blanco y negro. Parecía una captura de pantalla de una cámara de seguridad antigua.
—Esto es de una gasolinera en las afueras de Chicago, hace cuatro años. Mírala bien.
Gabriel entrecerró los ojos. La mujer de la foto era más joven, casi una niña. Llevaba el cabello muy corto, estilo militar, casi rapado. Vestía una camiseta de tirantes sucia. Estaba mirando hacia la cámara con una expresión de fiera acorralada. Pero eran los mismos ojos. Y la misma estructura ósea.
—Es ella —confirmó Gabriel.
—Mira el cuello —instó Víctor, golpeando la foto con su índice—. Ahí.
Gabriel se inclinó más. En la foto, en el lado derecho del cuello de la chica, había un tatuaje oscuro. La resolución era mala, pero la forma era inconfundible. Un sol negro con rayos irregulares.
Gabriel sintió que la sangre se le helaba en las venas. El vaso de tequila tembló ligeramente en su mano antes de que lo soltara.
—El Sol Negro… —susurró, su voz cargada de un odio antiguo—. El sindicato de mercenarios rusos.
—Exacto —dijo Víctor—. Pero ella ya no tiene ese tatuaje. Se lo quemó. ¿Viste la cicatriz en su cuello en el restaurante? Parece una quemadura de aceite, pero si miras de cerca, es una eliminación casera. Se borró la marca de la bestia con hierro caliente.
Gabriel se puso de pie abruptamente, su silla cayendo hacia atrás con un estruendo. Caminó hacia el ventanal, su mente corriendo a mil por hora. Los rusos. El Sindicato Volkov. Sus enemigos mortales.
—Corrí sus datos contra la base de datos clasificada de la Interpol, la lista roja —continuó Víctor, implacable—. Su nombre no es Siena Brooks. Su nombre es Alejandra… Alejandra Volkov.
El silencio que siguió a esa revelación fue absoluto.
Gabriel se giró lentamente, su rostro convertido en una máscara de piedra.
—¿Volkov? —preguntó, casi en un susurro—. ¿La hija de Nikolai Volkov?
—La misma —confirmó Víctor—. El Carnicero de San Petersburgo. El hombre que intentó entrar en nuestro territorio hace cinco años. El hombre al que tu padre ejecutó en esa bodega en Iztapalapa.
—Pensé que toda la familia había muerto —dijo Gabriel. Recordaba esa guerra. Había sido brutal. Cuerpos colgando de los puentes, coches bomba, fuego. Su padre había sido despiadado para proteger el imperio Santoro—. Hubo un incendio en su casa de seguridad en el Ajusco. Se reportó que todos murieron.
—Todos menos una, al parecer —dijo Víctor—. Alejandra tenía diecisiete años entonces. Desapareció entre el humo y los escombros. Nadie la buscó porque asumimos que era cenizas. Pero aquí está, cinco años después, sirviendo pasta en Polanco y dibujando pajaritos para tus hijos.
Gabriel comenzó a caminar de un lado a otro del despacho, como un tigre enjaulado. La furia comenzaba a reemplazar a la sorpresa.
—Es una Volkov —escupió el apellido como si fuera veneno—. Eso significa que esto es una venganza. Se acercó a los niños.
—Si quisiera matarlos, Gabo, los tuvo a su merced en la mesa —señaló Víctor con lógica fría—. Tenía cuchillos en la mesa. Podría haberlos envenenado. No les hizo daño. Al contrario, les devolvió la voz.
—¡Es una estrategia! —rugió Gabriel—. ¡Infiltración! Ganarse su confianza, ganarse mi confianza para luego clavar el cuchillo cuando estemos durmiendo. ¿El dibujo en el plato? ¿El pájaro? ¿Qué significa?
—No lo sé —admitió Víctor—. Pero hay algo más. Algo que no cuadra con la teoría de la venganza simple.
Víctor sacó un último papel. Era un registro de llamadas telefónicas.
—Rastreamos su celular al salir del restaurante. Es un teléfono desechable, un “chicharrón” que compras en el OXXO. Hizo una sola llamada esta noche, a las 10:15 PM. Duró diez segundos.
—¿A quién llamó? —preguntó Gabriel, deteniéndose en seco.
—No pudimos interceptar el audio, fue demasiado rápido. Pero rastreamos la señal receptora. —Víctor hizo una pausa dramática, mirando a Gabriel a los ojos—. La señal pingueó dentro de los muros del Centro Federal de Readaptación Social Número 1. El Altiplano.
Gabriel se quedó inmóvil.
Una princesa de la mafia rusa, viviendo en la pobreza, usando el nombre de una niña muerta, ayudando a sus hijos a hablar, y haciendo llamadas a la prisión de máxima seguridad más inexpugnable de México.
—¿Llamó a un recluso? —preguntó Gabriel.
—Eso parece.
Gabriel miró por la ventana de nuevo. La ciudad abajo seguía brillando, indiferente a la guerra que se estaba gestando en su sala. Siena… Alejandra. La mujer que había calmado a Nico con un toque en su propio pecho. La mujer que tenía quemaduras de tortura en la muñeca.
—Tráela —ordenó Gabriel. Su voz ya no tenía dudas. Era hielo puro.
—¿Quieres un equipo de extracción? —preguntó Víctor, su mano ya yendo hacia su radio—. Puedo enviar a los muchachos. La sacamos de su casa, le ponemos una bolsa en la cabeza y la traemos al sótano para interrogarla.
—No —dijo Gabriel. Se ajustó el saco de su traje, ocultando la pistola en su cintura—. Nada de bolsas. Nada de violencia… todavía.
—Gabriel, es una Volkov. Es peligrosa. Tiene entrenamiento. Esa postura que tiene… no es de mesera. Es militar.
—Lo sé. Por eso voy a ir yo mismo.
—Es una estupidez.
—Es necesario —cortó Gabriel—. Quiero ver su cara cuando sepa que sé quién es. Quiero ver si me miente. Y sobre todo… quiero saber por qué. Por qué una Volkov ayudaría a un Santoro.
Gabriel caminó hacia la puerta, pasando junto a Víctor sin detenerse.
—Prepara el coche, Víctor. Y dile al Ruso que se quede cuidando a los niños. Nadie entra ni sale de este edificio hasta que yo vuelva.
—¿Y qué vas a hacer con ella? —preguntó Víctor a su espalda—. ¿La vas a matar?
Gabriel se detuvo en el marco de la puerta. Recordó la forma en que los ojos de Mateo habían brillado al decir “pájaro”. Recordó cómo Luca había dejado de temblar.
—Voy a ofrecerle un trabajo —dijo Gabriel, con una sonrisa oscura que no llegaba a sus ojos—. Si es mi enemiga, la quiero cerca donde pueda vigilarla. Si es una espía, la voy a usar. Y si rehúsa…
Gabriel tocó la culata de su arma.
—Nadie me dice que no, Víctor. Especialmente no una mujer que acaba de cometer el error de mostrarme su debilidad.
—¿Cuál debilidad?
—Mis hijos —dijo Gabriel suavemente—. Le importan. Lo vi en sus ojos. Y voy a explotar eso hasta que me diga cada maldito secreto que guarda en esa cabeza.
Gabriel salió al pasillo, sus pasos resonando en el mármol, dirigiéndose hacia el ascensor privado. La caza había comenzado. Y Gabriel Santoro nunca regresaba con las manos vacías.
CAPÍTULO 4: EL PACTO DEL DIABLO EN IZTAPALAPA
Siena, o Alejandra, como el expediente en el escritorio de Gabriel la condenaba, caminaba rápido. Eran las 2:00 de la madrugada en las calles de Iztapalapa. El aire olía a tierra mojada, basura quemada y peligro latente. No era una zona para una mujer sola, mucho menos para una que cargaba con una sentencia de muerte invisible en la espalda.
Pero Siena no caminaba como una víctima. Sus pasos eran ligeros, silenciosos. Sus ojos verdes escaneaban cada sombra, cada reflejo en los charcos de agua sucia, cada coche estacionado. Su cuerpo estaba en tensión constante, un resorte comprimido listo para saltar. Diez años huyendo le habían enseñado que la paz era solo una pausa entre dos guerras.
Había dejado el restaurante hacía horas, tomando tres rutas diferentes, cambiando de microbús dos veces y caminando las últimas diez cuadras para asegurarse de que nadie la seguía. Pero el instinto, ese zumbido eléctrico en la base de su cráneo que había heredado de su padre, le gritaba que algo estaba mal.
Un motor rugió a sus espaldas.
No era el sonido asmático de un taxi viejo ni el estruendo de un camión de carga. Era el ronroneo potente y grave de un motor V8 turboalimentado.
Una Suburban negra, con los vidrios tan oscuros que parecían obsidiana, se deslizó junto a ella, cortándole el paso y obligándola a detenerse contra una pared llena de grafitis de la Santa Muerte.
Siena no gritó. No corrió. Simplemente dejó caer su bolsa de tela barata al suelo y adoptó una postura sutil: piernas separadas, rodillas flexionadas, peso en las puntas de los pies. Una postura de combate que ninguna mesera debería conocer.
La ventana trasera bajó con un zumbido eléctrico suave.
No era un sicario cualquiera con un cuerno de chivo.
Era él.
Gabriel Santoro.
La luz amarillenta de la farola de la calle iluminó la mitad de su rostro, dejando la otra en sombras, como un villano de cine noir.
—Súbete —dijo. Su voz no era una invitación; era una orden ejecutiva.
—Prefiero caminar —respondió Siena, su voz firme, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas. Calculó la distancia. Podría correr por el callejón, saltar la barda…
—No es una sugerencia, señorita Brooks —dijo Gabriel, y luego, con una lentitud deliberada y cruel, añadió—: ¿O debería decir… Señorita Volkov?
El mundo de Siena se detuvo.
Fue como si le hubieran vaciado una cubeta de agua helada en el estómago. La máscara que había llevado durante cinco años, la identidad de la chica huérfana de Texas, se agrietó en mil pedazos en un segundo. Por una fracción de segundo, Gabriel vio a la niña aterrorizada detrás de la mirada de soldado. Vio el miedo puro.
Pero entonces, los muros de acero volvieron a subir. Siena apretó la mandíbula.
—No sé de qué estás hablando.
—Tienes tres segundos para subir al coche —dijo Gabriel, ignorando su negación—. Uno. Dos… O le envío tu ubicación actual y tu nueva identidad a los socios rusos que todavía están buscando a la última heredera de Nikolai Volkov. Escuché que pagan muy bien por atar cabos sueltos. Especialmente los que llevan la sangre del “Carnicero”.
Siena sintió la bilis subir por su garganta. Sabía que no estaba blofeando. Los Santoro y los Volkov habían sido enemigos mortales. Gabriel podía entregarla con una llamada y terminaría descuartizada antes del amanecer.
Abrió la puerta y se deslizó en el asiento de piel color crema.
El interior de la camioneta olía a cuero caro, aire acondicionado y una mezcla sutil de colonia de madera y pólvora. Era un santuario blindado en medio del barrio bravo. El seguro de las puertas se activó con un clac definitivo.
—Arranca —ordenó Gabriel al chofer, sin mirar a Siena.
La camioneta aceleró, alejándose de la acera y fundiéndose con la noche.
Siena se sentó rígida, con las manos apretadas en su regazo para que no vieran cómo le temblaban. Estaba atrapada. En la guarida del lobo.
—Me investigaste —dijo ella, rompiendo el silencio opresivo.
—Tengo recursos —respondió Gabriel, mirándola por fin. Sus ojos oscuros la analizaban como si fuera un insecto bajo un microscopio—. Lo que no entiendo es la audacia. O la estupidez. Eres la hija de mi enemigo. Vives en mi ciudad. ¿Y te atreves a acercarte a mis hijos?
—Yo no me acerqué —replicó Siena, con un destello de furia defensiva—. Tú entraste a mi restaurante. Fue una coincidencia.
—En mi mundo no existen las coincidencias, Alejandra —dijo Gabriel, usando su nombre real como un arma—. Existe la estrategia. ¿Cuál es la tuya? ¿Venganza? ¿Querías usarlos para llegar a mí? ¿Hacerles daño?
Gabriel se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. La amenaza irradiaba de él como calor.
—Si tocaste un solo pelo de mis hijos con mala intención, te juro que la muerte que te darían los rusos parecería un masaje en comparación con lo que yo te haré.
—¡Yo nunca lastimaría a un niño! —gritó Siena, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Yo los ayudé! ¡Hice lo que tus doctores de mil dólares la hora no pudieron hacer en dos años!
—¿Por qué? —exigió Gabriel—. ¿Por qué la hija de Nikolai Volkov se molestaría en dibujar pajaritos para los nietos del hombre que mató a su padre?
Siena miró por la ventana tintada. La ciudad pasaba borrosa.
—Porque el trauma es un idioma, Señor Santoro —dijo en voz baja, casi un susurro—. Y tus hijos lo hablan con fluidez. No están rotos, Gabriel. Están escondidos. Vieron algo que les robó las palabras. Se tragaron el grito para sobrevivir. Yo solo les mostré que alguien más lo vio también.
—¿Vieron qué? —Gabriel la agarró del brazo, obligándola a mirarlo—. ¿El dibujo? El gorrión con la garganta roja. ¿Qué significa?
Siena tragó saliva. Aquí estaba. El momento de la verdad. Podía mentir y morir, o decir la verdad y tal vez, solo tal vez, sobrevivir un día más.
—No fue solo un dibujo —confesó, su voz temblando—. Era un tatuaje.
Gabriel frunció el ceño, soltando ligeramente su agarre pero sin apartar la vista.
—Explícate.
—Hace dos años. En Guadalajara. Yo estaba ahí —dijo Siena, cerrando los ojos como si el recuerdo doliera físicamente—. Trabajaba en el catering del evento de caridad, la Gala de la Cruz Roja, donde estaba tu esposa. Estaba sirviendo canapés cuando el coche bomba estalló afuera.
El rostro de Gabriel palideció.
—Tú… ¿tú estabas ahí?
—El caos fue total. Humo, fuego, gente corriendo. Yo salí por la puerta de servicio hacia el estacionamiento. Vi el coche de tu esposa en llamas. Vi a los niños en el asiento trasero gritando en silencio detrás del vidrio blindado.
—¿Viste a los niños? —Gabriel sintió que le faltaba el aire.
—Y vi al hombre que lo hizo —soltó Siena.
El silencio en la camioneta fue absoluto. Incluso el chofer pareció contener la respiración.
—Estaba parado cerca de una columna, a unos veinte metros. No estaba corriendo como los demás. Estaba observando. Disfrutando. Tenía un detonador en la mano. Llevaba una camisa blanca, desabotonada en el cuello por el calor… y lo vi.
Siena abrió los ojos y miró directamente a Gabriel.
—Tenía un tatuaje en el lado izquierdo del cuello. Un gorrión. Un pájaro pequeño, negro. Pero tenía una mancha roja en la garganta, como si estuviera sangrando.
—El pájaro del plato —susurró Gabriel, atando los cabos con horror—. Por eso Nico reaccionó así.
—Tus hijos lo vieron a través del cristal —dijo Siena—. Vieron al hombre que mató a su madre. Vieron el pájaro en su cuello mientras el fuego consumía el auto. Esa imagen es lo último que recuerdan antes del silencio. Por eso no hablan. Tienen miedo de que si abren la boca, el “Hombre Pájaro” regrese por ellos.
Gabriel se recargó en el asiento, pasando una mano temblorosa por su cara. La rabia y el dolor se mezclaban en su pecho. Durante dos años había buscado al culpable. Había torturado a rivales, había quemado bodegas, pero nunca había tenido una descripción. Y ahora, la tenía.
—¿Por qué no fuiste a la policía? —preguntó Gabriel, su voz ronca.
Siena soltó una risa seca, triste.
—¿A la policía mexicana? Por favor, Gabriel. La mitad trabaja para ti y la otra mitad trabajaba para quien contrató al asesino. Además… soy una Volkov. Si pisaba una comisaría, mis huellas habrían saltado en la base de datos y estaría muerta o deportada a Rusia antes de poder firmar mi declaración. Soy una fugitiva. No existo. No tengo voz.
Gabriel la miró. Realmente la miró. Ya no veía a la enemiga. Veía a una sobreviviente. Alguien que entendía su mundo de sombras mejor que nadie.
Y tenía la pieza clave del rompecabezas.
—Vas a ayudarme a encontrarlo —dijo Gabriel. No era una pregunta.
—No —Siena negó con la cabeza—. Ya te dije lo que sé. Ahora déjame ir. Voy a dejar la ciudad esta noche. Con lo que sabes de mí, ya estoy muerta si me quedo.
—No te vas a ir —dijo Gabriel—. Te vas a mudar.
—¿Disculpa?
—Te vienes conmigo. Al penthouse.
Siena lo miró como si estuviera loco.
—¿Estás demente? ¿Quieres meter a la hija de tu enemigo en tu casa?
—Eres la única persona que ha logrado que mis hijos hablen. Eres la única testigo ocular del asesinato de mi esposa. Y ahora que sé quién eres, eres un blanco móvil —Gabriel sacó su celular y tecleó algo rápido—. No te voy a dejar libre para que te maten en un callejón o para que desaparezcas con la información.
—No soy tu prisionera.
—No —concedió Gabriel—. Vas a ser mi empleada. Vas a ser la niñera.
Siena soltó una carcajada incrédula.
—¿Niñera? Soy una mercenaria entrenada, Gabriel. Sé desarmar una Glock en cinco segundos y romper un cuello con mis muslos. No sé cambiar pañales.
—No necesito que cambies pañales. Necesito que hagas lo que hiciste hoy. Que los cures. Que los hagas hablar para que puedan decirme quién es el hombre del gorrión. Y mientras tanto… yo te protejo.
—¿Protección? —Siena arqueó una ceja—. ¿De quién? ¿De los rusos?
—Del mundo entero. Bajo mi techo, bajo el apellido Santoro, nadie te toca. Te doy una identidad nueva, dinero, y seguridad. A cambio, me das a mis hijos de vuelta y me ayudas a cazar al asesino.
Siena miró la cerradura de la puerta. Podría intentar abrirla y saltar, pero a esta velocidad se rompería todos los huesos. Además, Gabriel tenía razón. Estaba quemada en la ciudad. Si él sabía quién era, pronto lo sabrían otros.
—Tengo condiciones —dijo ella, su tono volviéndose negociador.
Gabriel sonrió levemente. Le gustaba eso. Negocios.
—Nómbralas.
—Nadie me toca. Ni tú, ni tus guardias. Quiero un cerrojo en mi puerta por dentro. Y necesito hacer una llamada a la semana. Segura. Sin que tú la rastrees ni escuches.
Gabriel entrecerró los ojos.
—Al recluso del Altiplano.
Siena se tensó, pero asintió.
—Sí.
—¿Quién es? —preguntó Gabriel—. Si voy a meterte en mi casa, necesito saber con quién te comunicas en una prisión de máxima seguridad. ¿Es tu amante? ¿Un socio?
—Es mi hermano —dijo Siena, y su voz se rompió por un segundo, revelando una herida profunda—. Dimitri. El que todos creen que murió en el incendio conmigo. Sobrevivió, pero lo atraparon los federales. Le plantaron drogas y armas. Está cumpliendo cuarenta años por crímenes que no cometió, solo por tener el apellido Volkov. Es lo único que me queda en este mundo.
Gabriel la estudió. La lealtad familiar. Eso era algo que él entendía. Era la moneda de cambio más valiosa en su mundo. Si ella estaba haciendo todo esto por su hermano, entonces tenía un código. Y si tenía un código, podía confiar en ella. Al menos un poco.
—Hecho —dijo Gabriel—. Tienes tu llamada semanal. Y si logras que mis hijos me digan el nombre del asesino… usaré mis contactos en el poder judicial para revisar el caso de tu hermano.
Los ojos de Siena se abrieron de par en par. Esperanza. Esa droga peligrosa.
—¿Harías eso?
—Un Santoro siempre paga sus deudas. Tú me das al asesino de mi esposa, yo te doy la libertad de tu hermano.
El coche comenzó a desacelerar. Estaban entrando en Santa Fe. Los edificios de cristal se alzaban como gigantes alrededor de ellos.
—Bienvenida a la familia, Señorita Brooks —dijo Gabriel, extendiendo una mano.
Siena miró la mano del hombre que representaba todo lo que había huido, todo lo que odiaba y todo lo que necesitaba.
—Esto es un error —murmuró ella, pero estrechó su mano. Su piel estaba áspera, caliente.
—Probablemente —coincidió Gabriel—. Pero es el único error que puede salvarnos a todos.
El Ruso giró el volante y la camioneta entró en el estacionamiento subterráneo de la Torre Santoro. Las puertas de acero se cerraron detrás de ellos con un estruendo final.
Gabriel pensó que acababa de resolver sus problemas. No tenía idea de que acababa de invitar a un Caballo de Troya a su fortaleza, y que el “Hombre Pájaro” estaba mucho más cerca de lo que cualquiera de los dos imaginaba. El juego acababa de comenzar.