
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL SILENCIO QUE ROMPIÓ A GUADALAJARA
El calor de junio en Guadalajara no perdona, pero ese sábado, el aire dentro de la Catedral se sentía gélido, como si el tiempo mismo se hubiera congelado para presenciar una tragedia.
Lucía Moreno, con 29 años y un corazón que latía tan fuerte que parecía querer salirse de su pecho, estaba parada frente al altar. Su vestido, una pieza de encaje y seda que había costado los ahorros de ocho meses de su sueldo como maestra de primaria, le pesaba toneladas.
Todo era perfecto. O al menos, eso intentaba creer. Las flores blancas adornaban cada rincón, el olor a incienso y cera de vela llenaba el ambiente, y trescientas personas —familiares, amigos y vecinos del barrio de Santa Tere— estaban ahí, testificando lo que debía ser el final feliz de su cuento de hadas.
Rafael Vega estaba a su lado. Guapo, con esa sonrisa de comercial de pasta dental que la había enamorado cuatro años atrás en las Fiestas de Octubre. Rafael, el hombre de negocios, el exportador de artesanías que siempre estaba viajando, el hombre que le prometió sacarla de trabajar y darle una vida de reina.
El sacerdote carraspeó, preparándose para la pregunta ritual.
—Si hay alguien presente que conozca algún impedimento para que esta unión se realice, que hable ahora o calle para siempre.
El silencio litúrgico fue interrumpido por un zumbido.
No fue un grito, ni un trueno. Fue la vibración seca de un teléfono celular contra la madera del reclinatorio. Rafael se tensó. Lucía lo sintió a través de la tela de su vestido, esa rigidez repentina que recorrió el cuerpo de su prometido como una descarga eléctrica.
Rafael sacó el teléfono del bolsillo interior de su saco. Lucía lo miró de reojo, esperando que lo apagara con una sonrisa de disculpa. Pero no hubo sonrisa.
Al ver la pantalla, el color abandonó el rostro de Rafael. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, llenos de un terror puro, animal.
—Rafa… —susurró Lucía, confundida.
Él no la miró. Ni siquiera giró la cabeza. Guardó el teléfono con manos temblorosas, dio un paso atrás, luego otro. Y entonces, ante la mirada atónita de Dios y de todos los presentes, dio media vuelta.
—¡No puedo! —gritó con la voz quebrada, más para sí mismo que para la audiencia.
Y corrió.
Rafael Vega, el amor de su vida, corrió por el pasillo central de la Catedral de Guadalajara como si el diablo le pisara los talones, empujando las pesadas puertas de madera y desapareciendo en la luz cegadora de la tarde tapatía.
El sonido de sus pasos huyendo fue lo único que se escuchó durante diez segundos eternos.
Luego, el caos.
Un murmullo que comenzó bajo y subió de volumen como una ola gigante. Doña Carmen, la madre de Lucía, soltó un gemido ahogado y se desplomó sobre la banca, abanicada frenéticamente por las tías. Don Pedro, su padre, un hombre de manos callosas y orgullo inquebrantable, apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, con la mandíbula trabada por la furia y la impotencia.
Lucía se quedó sola.
El ramo de orquídeas se resbaló de sus dedos entumecidos y golpeó el suelo con un golpe sordo. No lloraba. No podía. Estaba en shock, paralizada, sintiendo cómo trescientas pares de ojos se clavaban en su espalda como cuchillos. La lástima. La burla. El “te lo dije”.
Sentía que se asfixiaba. El corsé del vestido le cortaba la respiración. Quería desaparecer, volverse polvo, fundirse con el mármol frío para no tener que enfrentar la vergüenza de ser la mujer que no fue suficiente.
CAPÍTULO 2: LA SOMBRA DEL PATRÓN
El sacerdote, un hombre mayor que había visto muchas cosas pero nunca algo así, balbuceaba intentando calmar a la multitud. Las damas de honor, vestidas de color coral, se miraban entre ellas sin saber si correr tras el novio o abrazar a la novia.
Fue en ese instante de anarquía emocional cuando una figura se alzó desde la penumbra de la última fila.
No era un invitado común. En una boda donde la mayoría vestía trajes alquilados o vestidos sencillos de domingo, este hombre destacaba como un lobo entre ovejas. Alto, de hombros anchos, con el cabello negro salpicado de canas en las sienes y una barba perfectamente recortada. Llevaba un traje gris oscuro hecho a la medida, de una tela que gritaba dinero y poder.
Nadie lo conocía. No era pariente de los Moreno, ni amigo de los Vega.
Caminó por el pasillo central. Sus pasos eran lentos, deliberados, cargados de una autoridad natural que hizo que el murmullo de la gente se apagara poco a poco. Tenía la mirada fija en el altar, ojos oscuros y profundos que parecían pozos de agua negra.
Don Pedro hizo el amago de interceptarlo, pensando quizás que era otro problema, pero algo en la presencia del desconocido lo detuvo. Era el aura de un “Patrón”, de alguien a quien no se le cuestiona en esta tierra.
El hombre subió los escalones del altar. Se detuvo frente a Lucía, invadiendo su espacio personal, tan cerca que ella pudo oler su aroma: sándalo, tabaco fino y algo cítrico, limpio.
Lucía alzó la vista, con los ojos llenos de lágrimas que por fin empezaban a desbordarse. Lo miró con miedo. ¿Quién era este extraño? ¿Venía a burlarse también? ¿Era algún acreedor de Rafael?
El hombre la sostuvo de los codos. Sus manos eran grandes, cálidas y firmes.
—Mírame —ordenó, pero su voz fue un susurro suave, casi íntimo, que solo ella pudo escuchar—. No bajes la mirada, Lucía.
Ella parpadeó, sorprendida de que supiera su nombre.
—¿Quién es usted? —logró balbucear, con la voz rota.
El desconocido no respondió a la pregunta. En su lugar, se inclinó un poco más, rozando su oreja con los labios, creando una burbuja de privacidad en medio del escándalo.
—Me llamo Alejandro Mendoza —susurró—. Escúchame bien. Tienes dos opciones. Puedes salir de aquí llorando, siendo la víctima, la pobre muchacha a la que destrozaron la vida, y dejar que tu padre cargue con la vergüenza y la deuda de esta fiesta inútil.
Lucía sintió un escalofrío. La deuda. Su padre había pedido un préstamo al banco. Si no había boda, todo había sido en vano.
—O… —continuó Alejandro, con una intensidad que le quemaba la piel—, puedes seguirme la corriente. Finge que soy yo. Finge que Rafael no era más que un error y que el verdadero novio soy yo. Cásate conmigo ahora mismo, aquí, delante de todos.
Lucía se retiró un poco para mirarlo a los ojos. Estaba loco. Completamente demente.
—¿Qué? Eso es imposible… No lo conozco.
—No necesitas conocerme —dijo él, con una seguridad aplastante—. Solo necesitas saber que puedo salvarte de este infierno. Soy un hombre de palabra. Finge por diez minutos. Sal de esta iglesia con la cabeza en alto, del brazo de un hombre que te respeta, y yo me encargo del resto. Mañana lo anulamos si quieres. Pero hoy… hoy no dejaré que te humillen.
Había una sinceridad brutal en sus ojos. Una tristeza antigua que contrastaba con su poder.
Lucía miró hacia las bancas. Vio a su madre recuperando el conocimiento, llorando. Vio a sus vecinas chismosas con los teléfonos listos para grabar. Vio el dolor en los ojos de su padre.
Miró de nuevo a Alejandro. Era una locura. Era el guion de una telenovela barata. Pero la mano de él en su brazo era lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.
—Házlo —le rogó él con la mirada—. Confía en mí.
Y Lucía, la maestra prudente, la hija obediente, hizo lo impensable. Asintió.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL PACTO DE SANGRE Y ORO
Alejandro no perdió un segundo. Se giró hacia la congregación, soltando el brazo de Lucía para entrelazar sus dedos con los de ella, mostrando una unión férrea ante la multitud.
—¡Señoras y señores! —su voz retumbó en la catedral, potente y clara, acostumbrada a dar órdenes en consejos de administración y campos de agave—. Les pido una disculpa por el teatro que acaban de presenciar.
El silencio era total. Ni las moscas se atrevían a volar.
—El hombre que acaba de salir corriendo —continuó Alejandro, mintiendo con una naturalidad pasmosa— no era el novio. Era un exnovio acosador que intentó sabotear este día. Pero se ha ido. Y la boda… la verdadera boda, continúa. Porque el hombre que ama a Lucía, el hombre que se va a casar con ella, soy yo.
Un grito de sorpresa colectivo recorrió la iglesia. El sacerdote abrió la boca, estupefacto. Alejandro lo miró y, con un gesto imperceptible de la cabeza y una mirada que prometía donaciones generosas a la diócesis, le indicó que prosiguiera.
—Padre —dijo Alejandro—, por favor.
El cura, sudando frío, retomó la liturgia donde se había quedado, saltándose partes, temblando.
—Lucía… ¿aceptas a… a este hombre…?
—Alejandro —le sopló él.
—…a Alejandro, como tu legítimo esposo…
Lucía sentía que estaba flotando fuera de su cuerpo. Miró a Alejandro. A pesar de la situación absurda, él la miraba con una intensidad que la hacía sentir extrañamente segura. No había burla en sus ojos, solo un compromiso feroz.
—Sí, acepto —dijo ella. Su voz sonó más firme de lo que esperaba.
Llegó el momento de los anillos. Lucía sabía que el anillo que tenía Rafael se había ido con él. Sintió pánico. Pero Alejandro, con la calma de un jugador de póker, metió la mano en su bolsillo y sacó una alianza.
No era una alianza cualquiera. Era de oro viejo, grueso, con una inscripción desgastada por el tiempo. No era nueva. Alejandro tomó la mano de Lucía y deslizó el anillo en su dedo. Le quedaba un poco grande, pero estaba tibio, como si hubiera estado guardado cerca de su piel por mucho tiempo.
—Con este anillo, te desposo —dijo él, y su voz se quebró ligeramente por una fracción de segundo.
—Los declaro marido y mujer —dijo el cura, apresurado—. Puede besar a la novia.
Lucía se tensó. ¿La besaría? ¿Delante de todos? Alejandro se inclinó. Ella cerró los ojos, esperando lo peor. Pero él no la besó en la boca. Posó sus labios suavemente en su frente, un beso casto, protector, casi sagrado.
—Vámonos de aquí, señora Mendoza —susurró.
Al salir de la iglesia, no hubo arroz, solo miradas de confusión absoluta. Pero nadie se burlaba. Nadie sentía lástima. Todos miraban con asombro y envidia al hombre poderoso que se llevaba a la maestra del barrio.
Un Mercedes negro blindado esperaba al pie de las escaleras. El chofer abrió la puerta. Alejandro ayudó a Lucía a entrar con el vestido.
Cuando la puerta se cerró y el aire acondicionado y los vidrios tintados los aislaron del mundo, la adrenalina de Lucía se evaporó. Empezó a temblar violentamente.
CAPÍTULO 4: LA VERDAD EN LA HACIENDA
El trayecto fue silencioso. Alejandro no intentó hablarle, solo le ofreció una botella de agua y esperó a que ella dejara de llorar en silencio.
El coche salió de la ciudad y se dirigió hacia la carretera a Tequila. Pasaron campos de agave azul que se extendían hasta el horizonte, bajo el sol de la tarde. Finalmente, entraron por un portón de hierro forjado que custodiaba una hacienda antigua, majestuosa, restaurada con lujo pero conservando su alma histórica. “Hacienda La Providencia”.
—Bienvenida a mi casa —dijo Alejandro cuando bajaron.
La llevó a un salón con techos de viga y muebles de cuero. Le sirvió un tequila, uno de los buenos, de los que no queman la garganta.
—Bébetelo. Lo necesitas —dijo.
Lucía tomó un trago largo. El calor del alcohol la estabilizó.
—Ahora sí —dijo ella, dejando el vaso con fuerza sobre la mesa—. ¿Quién eres y por qué hiciste esto? ¿Qué quieres de mí? No tengo dinero, mi familia no tiene nada…
Alejandro suspiró y se sentó en un sillón frente a ella, luciendo repentinamente cansado.
—No quiero tu dinero, Lucía. Tengo suficiente para comprar medio estado si quisiera.
—¿Entonces? ¿Es un juego para ti? ¿El capricho de un rico aburrido?
—No —Alejandro se frotó la cara—. Hace quince años, mi hermana menor se iba a casar. En la Catedral, igual que tú. El novio nunca llegó. Ella no tuvo a nadie que se levantara. La humillación la destruyó, Lucía. Cayó en una depresión de la que nunca salió realmente. Murió hace tres años, apagada, triste.
Lucía se quedó callada, impactada.
—Hoy entré a la iglesia de casualidad. Iba a ver unas restauraciones que estoy financiando. Y cuando vi a ese cobarde correr… cuando vi tu cara… vi a mi hermana. Y no pude permitir que pasara de nuevo. Fue un impulso.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lucía—. Estoy casada con un extraño.
—Legalmente, sí. Pero podemos anularlo. Mis abogados se encargarán. Pero hay algo más que debes saber.
Alejandro sacó una carpeta de un maletín de cuero y la puso sobre la mesa.
—Mientras veníamos en el coche, puse a mi equipo de seguridad a investigar a Rafael Vega.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué encontraron?
—Rafael no es exportador. Es un estafador profesional. Tiene órdenes de aprehensión en Nuevo León y Guanajuato. Se dedica a enamorar mujeres, pedirles dinero para “inversiones” o para la boda, y luego desaparece.
Lucía se tapó la boca, horrorizada. Todo el dinero… los ahorros de su padre…
—Pero eso no es lo peor —siguió Alejandro, con voz grave—. Rafael le debe dinero a gente muy peligrosa. Prestamistas del cartel local. Esa llamada que recibió en la iglesia… fue una amenaza de muerte. Si se casaba contigo, esa deuda pasaba a ser mancomunada. Te habrían buscado a ti para cobrar.
Lucía sintió que se desmayaba.
—Te salvé dos veces hoy, Lucía. De la vergüenza y de una bala.
—¿Y ahora? —susurró ella, temblando.
—Ahora te quedas aquí. Hasta que sea seguro. Hasta que Rafael aparezca o lo encuentren. Aquí en la hacienda nadie te tocará. Eres, ante los ojos del mundo, la esposa de Alejandro Mendoza. Y en Jalisco, eso significa que eres intocable.
CAPÍTULO 5: LA JAULA DE ORO Y EL OLOR A TIERRA MOJADA
Los primeros rayos de sol en Jalisco no piden permiso; entran rompiendo la bruma azulada que cubre los campos de agave, anunciando que la tierra está despierta mucho antes que sus dueños. Sin embargo, para Lucía, el despertar en la Hacienda La Providencia se sentía menos como un amanecer y más como la continuación de un sueño febril del que no estaba segura si quería despertar.
Abrió los ojos y lo primero que vio no fue el techo con manchas de humedad de su recámara en la casa de sus padres en Santa Tere, sino unas vigas de madera robusta, barnizada y antigua, que sostenían un techo altísimo. Las sábanas eran de un algodón egipcio tan suave que parecía líquido contra su piel. Se sentó en la cama, rodeada de un silencio absoluto, ese tipo de silencio que solo el dinero puede comprar: el aislamiento del ruido, del caos, de los problemas mundiales.
Pero el silencio también pesaba.
Llevaba una semana allí. Una semana siendo la “Señora Mendoza”. Una semana viviendo con un extraño que la había salvado del infierno para traerla a un purgatorio de lujo.
Se levantó y caminó descalza hacia el ventanal. La vista le robó el aliento, como lo hacía cada mañana. El paisaje agavero se extendía como un mar verde azulado, infinito y espinoso, bajo un cielo que prometía calor. Vio a lo lejos figuras pequeñas moviéndose entre las hileras: los jimadores. Y entre ellos, una figura a caballo, erguida, inconfundible. Alejandro.
Siempre estaba allí antes de que ella despertara. Era un fantasma que dejaba café recién hecho en la cocina, pero que rara vez se materializaba antes del anochecer.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —se preguntó Lucía en voz alta, su voz rebotando en las paredes de piedra.
La realidad de su situación la golpeaba en oleadas. No era una esposa. No era una empleada. Era una invitada permanente, una pieza de ajedrez en un juego de honor que Alejandro Mendoza jugaba contra sus propios demonios.
Decidida a no pasar otro día encerrada en la habitación “contando las moscas”, como diría su madre, Lucía se vistió. No tenía mucha ropa; Alejandro había mandado traer algunas cosas de su casa, pero la mayoría de sus pertenencias seguían en cajas en el departamento que iba a compartir con Rafael. El nombre de su ex prometido le provocó una punzada en el estómago, pero ya no era el dolor agudo de la traición, sino la náusea sorda de la decepción.
Bajó las escaleras principales. La casa era inmensa, un laberinto de corredores con arcos, patios interiores con fuentes de cantera y muebles que parecían piezas de museo. Se sentía como una intrusa. Cada paso que daba resonaba demasiado fuerte.
Llegó a la cocina, el corazón de cualquier casa mexicana, esperando encontrar algo de vida. Y la encontró.
Doña Chuy, la ama de llaves y cocinera principal, una mujer de unos sesenta años con trenzas grises y un delantal inmaculado, estaba dando órdenes a dos muchachas más jóvenes que picaban verdura a una velocidad vertiginosa.
—Buenos días —dijo Lucía desde el umbral, sintiéndose tímida.
El movimiento cesó al instante. Las tres mujeres se giraron.
—¡Ay, Señora! —exclamó Doña Chuy, limpiándose las manos apresuradamente—. No la escuchamos bajar. ¿Quiere desayunar en el comedor o en la terraza? Ahorita le preparo unos huevos al gusto, o si prefiere fruta, el patrón trajo papaya fresca…
La deferencia la incomodó. “Señora”. La palabra le quedaba grande, le picaba como un suéter de lana en verano.
—No, no, por favor, Doña Chuy. No se moleste —dijo Lucía, entrando a la cocina—. Solo quiero un café. Y por favor, dígame Lucía. Me siento muy vieja si me dice señora.
Doña Chuy la miró con ojos entrecerrados, evaluándola. Había visto pasar a muchas mujeres por la vida del patrón antes de su primera esposa, y había visto el luto después. No sabía qué hacer con esta nueva “esposa” que había aparecido de la nada, sin fiesta, sin anuncio, traída casi a escondidas después del escándalo en la Catedral.
—El patrón dejó dicho que se le atienda como reina, Señora Lucía —dijo Chuy con firmeza, aunque su tono se suavizó un poco—. Siéntese aquí en la barra, le sirvo el café. Está recién colado, de olla, con canela y piloncillo, como le gusta al Don Alejandro.
Lucía se sentó en un banco alto de madera. Aceptó la taza de barro humeante. El olor a canela la transportó por un segundo a la cocina de su abuela.
—¿Alejandro siempre se va tan temprano? —preguntó Lucía, tratando de iniciar una conversación.
—A las cinco en punto —respondió Chuy, volviendo a su tarea de amasar tortillas—. Dice que el agave no espera. Desde que… bueno, desde hace unos años, se ha vuelto más exigente con el trabajo. No para. Parece que si deja de trabajar, se le viene el mundo encima.
Lucía asintió, entendiendo más de lo que Chuy decía. El trabajo como anestesia. Ella conocía eso; su padre había doblado turnos durante años para no pensar en las deudas.
—¿Y a qué hora regresa?
—Depende. Si hay problemas en la destiladora, a veces ni viene a comer. Cena tarde, se encierra en el despacho con su vaso de tequila y sus libros, y hasta el día siguiente. Es un hombre muy solo, señora, aunque tenga a tanta gente a su mando.
La frase quedó flotando en el aire. Un hombre muy solo.
Lucía terminó su café y sintió una inquietud creciente en las piernas.
—Doña Chuy… ¿en qué puedo ayudar?
La cocinera soltó una carcajada breve, seca.
—¿Ayudar? Usted es la patrona. Vaya a leer un libro, o a pasear por el jardín. Aquí nosotros nos encargamos.
—Es que me voy a volver loca —confesó Lucía, con una honestidad que desarmó a la mujer mayor—. Soy maestra de primaria. Estoy acostumbrada a estar rodeada de treinta niños gritando, corriendo, preguntando. El silencio de esta casa es… es mucho. Por favor, déjeme picar la cebolla, o lavar los trastes, lo que sea.
Doña Chuy la miró fijamente. Vio las manos de Lucía, manos que, aunque cuidadas, no eran de princesa; eran manos que habían trabajado. Sonrió levemente.
—Cebolla no, porque luego le huelen las manos y el patrón me regaña. Pero si quiere, ayúdeme a desgranar los elotes para los tamales de la tarde.
Lucía sonrió, una sonrisa radiante y genuina.
—¡Trato hecho!
Y así, la esposa del millonario pasó la mañana sentada en un banco de cocina, con el mandil puesto, desgranando maíz y escuchando los chismes del pueblo de Tequila a través de la voz de Doña Chuy. Fue el primer momento en que se sintió real desde que Rafael salió corriendo de la iglesia.
Alejandro Mendoza desmontó de su caballo, “Sultán”, un animal negro de pura sangre que resoplaba con fuerza. Se quitó el sombrero y se pasó el antebrazo por la frente sudada. El sol del mediodía caía a plomo. Sus botas estaban cubiertas de polvo rojizo, y su camisa blanca, arremangada hasta los codos, mostraba manchas de tierra.
Le entregó las riendas a un mozo de cuadra.
—Báñalo bien y dale doble ración de zanahorias, se portó bien hoy —ordenó Alejandro con voz grave.
—Sí, patrón.
Caminó hacia la casa principal, sintiendo el cansancio habitual en los músculos, ese dolor sordo que le gustaba porque le recordaba que estaba vivo. Su mente, sin embargo, estaba en otro lado. Estaba en la mujer que había dejado durmiendo en la habitación de huéspedes.
Llevaba una semana evitándola.
No porque no la quisiera ahí, sino porque su presencia lo desequilibraba. Alejandro había construido una vida de rutinas rígidas, de soledad controlada, donde el único objetivo era hacer crecer el imperio tequilero y mantener la memoria de Isabel intacta, como un altar en su mente.
Pero Lucía Moreno era un elemento de caos.
Recordaba su mirada en el altar. Esos ojos grandes, oscuros, llenos de terror pero también de una dignidad extraña. No había gritado, no había hecho un escándalo. Había aguantado el golpe de pie. Eso fue lo que lo hizo levantarse de la banca. La dignidad.
Entró a la casa por la puerta lateral que daba al patio de servicio, queriendo evitar encuentros, pero se detuvo en seco al escuchar risas.
Risas en su cocina.
Hacía años que la cocina era un lugar de trabajo eficiente y silencioso. Pero ahora se escuchaba la risa estruendosa de Doña Chuy y una risa más ligera, musical, que no reconocía.
Se asomó discretamente.
Ahí estaba Lucía. Llevaba un vestido sencillo de algodón amarillo y un delantal de cuadros que le quedaba grande. Tenía las manos llenas de masa de maíz y una mancha de harina en la mejilla. Estaba intentando palmear una tortilla, y al parecer le había salido chueca, porque Doña Chuy se burlaba cariñosamente.
—¡No, niña, así no! ¡Con suavidad, como si acariciara a un gato, no como si quisiera matar una cucaracha! —decía Chuy.
Lucía se reía, echando la cabeza hacia atrás.
—¡Es que se me pega! Soy mejor con el pizarrón que con el comal, Chuy.
Alejandro sintió algo extraño en el pecho. Un golpe, como si le faltara el aire. La escena era tan doméstica, tan cálida, tan viva, que le dolió. Le recordó lo que había perdido. Le recordó que esta casa, por más grande que fuera, había estado muerta por dentro durante tres años.
Dio un paso atrás, incapaz de entrar y romper la magia del momento. Se retiró a su despacho, pero la imagen de Lucía con harina en la cara se quedó grabada en su retina el resto de la tarde.
Un par de días después, el aburrimiento volvió a atacar, pero esta vez Lucía decidió aventurarse más allá de los muros de la casona.
Caminó hacia los jardines traseros, donde las bugambilias explotaban en colores fucsia y naranja contra los muros de piedra. Se sentó en una banca de hierro forjado bajo la sombra de un árbol de jacaranda, con un libro en la mano que no lograba leer.
Fue entonces cuando escuchó un sonido familiar. Un siseo de frustración y el ruido de papel arrugándose.
Miró detrás de unos arbustos y vio a un niño, de unos ocho años, sentado en el pasto con un cuaderno sobre las rodillas. Estaba borrando algo con tanta fuerza que seguramente rompería la hoja.
Lucía se acercó despacio.
—Si borras más fuerte, vas a hacer un agujero hasta China —dijo suavemente.
El niño dio un respingo y levantó la vista. Tenía los ojos grandes y asustados, y las manos sucias de tierra. Era Mateo, el hijo de uno de los jardineros.
—Perdón, señora… patrona… yo no estaba haciendo nada malo —balbuceó el niño, intentando esconder el cuaderno.
Lucía se sentó en el pasto a su lado, ignorando que su vestido se podía manchar.
—No eres la patrona, soy Lucía. ¿Qué te tiene tan enojado con ese cuaderno?
Mateo dudó, pero la mirada amable de Lucía lo convenció. Le mostró el cuaderno. Eran ejercicios de lectura y escritura. Letras torcidas, palabras a medio terminar.
—No entiendo —susurró el niño, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. La maestra dice que soy burro. Que las letras se me mueven. Mi papá dice que mejor me ponga a aprender a podar, que para la escuela no sirvo.
El corazón de Lucía se estrujó. Reconocía los síntomas. Dislexia, probablemente. O simplemente falta de paciencia de un sistema educativo saturado.
—Tú no eres burro, Mateo —dijo Lucía con firmeza, su voz de maestra tomando el mando—. A ver, préstame ese lápiz. Las letras son tramposas, a veces les gusta bailar. Pero yo sé un truco para que se queden quietas.
—¿De verdad?
—De verdad. Mira, vamos a empezar con tu nombre. La M es como dos montañas…
Alejandro observaba la escena desde el balcón de su recámara, en el segundo piso. Había subido a buscar unos documentos y la vista del jardín lo detuvo.
Vio a su esposa falsa sentada en la tierra, sin importarle el protocolo, dibujando letras en el aire con un niño que él sabía que tenía problemas. Vio la paciencia infinita en sus gestos. Vio cómo el niño, que solía huir de todos, se reía y asentía, comprendiendo por fin.
Alejandro se apoyó en el barandal de piedra. Encendió un cigarrillo, aunque casi no fumaba.
—¿Quién eres, Lucía Moreno? —murmuró para sí mismo, soltando el humo.
Había pensado que había traído a casa a una mujer destrozada que necesitaba refugio. Pero empezaba a sospechar que había traído luz a una cueva. Y eso era peligroso. La luz te hace ver el desorden que tienes en la oscuridad.
Esa noche, Alejandro rompió su rutina. En lugar de pedir la cena en su despacho, bajó al comedor.
La mesa estaba puesta para dos, con candelabros de plata y vajilla de talavera. Lucía ya estaba sentada, luciendo un vestido azul sencillo y el cabello suelto. Se sorprendió al verlo entrar.
—Buenas noches —dijo Alejandro, sentándose en la cabecera.
—Buenas noches —respondió ella, un poco tensa—. No te esperaba. Doña Chuy dijo que siempre cenas trabajando.
—Hoy decidí que necesitaba un descanso. Además… —hizo una pausa mientras una empleada servía la sopa—, me dijeron que hubo una revolución en la cocina esta semana. Que la receta de la salsa de molcajete fue “mejorada”.
Lucía se ruborizó violentamente.
—Ay, Dios. Chuy es una chismosa. Solo… solo le puse un poco más de chile de árbol y un toque de ajo asado. Sentí que a la anterior le faltaba… carácter.
Alejandro probó la sopa, a la que le habían añadido una cucharada de dicha salsa. El picante le explotó en la boca, intenso, ahumado, delicioso. Le hizo toser un poco, pero luego sintió un calor agradable.
—Pica —dijo él, mirándola fijamente.
—Es salsa, Alejandro. Tiene que picar. Si no pica, es mermelada —replicó ella, desafiante.
Alejandro soltó una carcajada. Una risa real, profunda, que sorprendió a ambos.
—Tienes razón. Tienes toda la razón. Llevo años comiendo comida de hospital porque Chuy piensa que si me da picante me va a dar una úlcera por el estrés.
—Pues el estrés se cura con comida que te haga sentir vivo, no con comida blanda —dijo Lucía, ganando confianza.
Comieron en un silencio más cómodo que el de los días anteriores. El vino ayudó.
—Te vi hoy en el jardín —dijo Alejandro de repente, dejando su copa sobre la mesa—. Con Mateo.
Lucía se tensó, temiendo un regaño.
—Espero que no te moleste. El niño estaba frustrado y… bueno, es mi vocación. No pude evitarlo.
—No me molesta, Lucía. Me impresiona. Mateo no habla con nadie. Su padre está preocupado por él.
—Mateo es listo. Solo aprende diferente. Necesita paciencia, no regaños. Si me das permiso… me gustaría seguir ayudándolo por las tardes.
Alejandro la observó. La luz de las velas suavizaba sus facciones, pero había una fuerza de acero en su mirada cuando defendía al niño.
—Esta es tu casa, Lucía. No necesitas pedirme permiso para hacer el bien.
—Es tu casa, Alejandro —corrigió ella suavemente—. Yo solo estoy de paso.
La frase cayó como una piedra en el estanque. De paso.
Alejandro sintió una urgencia repentina de contradecirla, pero no sabía cómo ni por qué.
—Hablemos de eso —dijo él, cambiando de tono, volviéndose más serio—. Mis abogados están trabajando en la anulación. Dicen que en unos meses podrá estar lista discretamente. También… también encontraron algunas cosas sobre Rafael.
Lucía bajó la mirada a su plato.
—¿Qué cosas?
—Deudas. Muchas. No solo de dinero, sino de favores. Ese hombre vivía en una cuerda floja. Lo que hizo en la iglesia… fue cobardía, sí, pero también pánico. Probablemente le salvaron la vida al no casarse contigo. Y te la salvaron a ti.
Lucía apretó la servilleta en su regazo.
—Mi papá… él pidió un préstamo para la boda. Hipotecó la casa. Si Rafael no pagó su parte… mis papás van a perder su casa.
La voz se le quebró. Era la primera vez que la veía vulnerable esa noche.
Alejandro se levantó, caminó hasta su lado de la mesa y, en un gesto impulsivo, puso una mano sobre su hombro.
—Eso ya está arreglado.
Lucía levantó la vista, con los ojos húmedos.
—¿Qué?
—Ayer liquidé la hipoteca de tu padre. Y pagué las deudas del banquete. Nadie va a molestar a tu familia.
Lucía se levantó de golpe, haciendo que la silla chillara contra el piso.
—¡No te pedí que hicieras eso! —exclamó, con una mezcla de gratitud y furia—. No soy una limosnera, Alejandro. No me casé contigo por tu dinero.
—Lo sé —dijo él con calma, sin apartar la mirada—. Sé que no lo hiciste por dinero. Por eso lo hice. Porque eres la única persona en años que ha entrado a mi vida sin pedirme nada. Déjame hacer esto. No es caridad, Lucía. Es… es lo que hace la familia.
—No somos familia —susurró ella, aunque su resistencia se estaba desmoronando.
—Ante los ojos del mundo lo somos. Y en esta casa, nos cuidamos los unos a los otros.
Lucía lo miró, buscando algún rastro de arrogancia, pero solo encontró sinceridad. Y cansancio. Un cansancio profundo de alma.
—Gracias —dijo ella finalmente, en un susurro—. Pero te lo voy a pagar. Cada centavo.
Alejandro sonrió de medio lado, esa sonrisa que empezaba a volverse la favorita de Lucía.
—Págamelo con esas clases para Mateo. Y quizás… quizás enseñándome a mí a comer picante de nuevo sin ahogarme.
El fin de semana marcó un cambio definitivo en la “convivencia”.
—Ponte botas y jeans —le dijo Alejandro el sábado por la mañana, tocando a su puerta.
—¿A dónde vamos?
—A ver el corazón de todo esto. No puedes vivir en una hacienda tequilera y no saber cómo nace el tequila.
La llevó a las caballerizas. Le asignó una yegua mansa llamada “Luna”. Lucía estaba nerviosa; nunca había montado a caballo.
—Confía en el animal —le dijo Alejandro, ajustando los estribos mientras estaba parado muy cerca de su pierna. Su cercanía la puso más nerviosa que el caballo—. Ella siente si tienes miedo. Respira.
Salieron al campo. El aire olía a tierra mojada y agave cocido, un olor dulce y penetrante que impregnaba todo el valle. Alejandro le explicó el proceso de la jima, cómo cortan las pencas para dejar solo la piña, el corazón de la planta.
—El agave tiene que sufrir para dar buen tequila —dijo Alejandro mientras cabalgaban lado a lado—. Tiene que crecer en tierra árida, aguantar el sol, esperar siete u ocho años sin agua casi. Si lo mimas demasiado, no sirve. No tiene sabor.
—Suena cruel —dijo Lucía.
—Es la vida. La adversidad crea el carácter.
Lucía lo miró de reojo. Con su sombrero de ala ancha y su postura relajada en la silla, parecía un rey en sus dominios.
—¿Tú eres como el agave, Alejandro? —preguntó ella, atreviéndose a cruzar la línea—. ¿Has tenido que sufrir para tener carácter?
Alejandro detuvo su caballo y miró el horizonte, donde el Volcán de Tequila se alzaba majestuoso.
—Isabel… mi esposa… ella era la lluvia. Suave, alegre. Cuando murió, sentí que me quedaba en sequía. Me endurecí. Me convertí en pura espina para que nadie se me acercara.
Era la primera vez que hablaba de ella tan abiertamente. Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Las espinas protegen —dijo ella suavemente—, pero también aíslan. Si tienes demasiadas espinas, nadie puede abrazarte.
Alejandro giró la cabeza y la miró. Sus miradas se encontraron y se sostuvieron, cargadas de una electricidad estática que no tenía nada que ver con la tormenta que se avecinaba en el cielo.
—Quizás —dijo él con voz ronca—. Quizás ya me cansé de las espinas.
Empezó a llover de repente, una de esas lluvias torrenciales de verano en Jalisco que empapan en segundos.
—¡Corre! —gritó Alejandro, espoleando a su caballo—. ¡Vamos a mojarnos!
Galoparon de regreso a la hacienda, riendo como niños mientras el agua les empapaba la ropa. La solemnidad del millonario se había disuelto con la lluvia.
Al llegar al establo, bajaron de los caballos, jadeando y escurriendo agua. Lucía se resbaló un poco en el barro y Alejandro la atrapó por la cintura antes de que cayera.
Quedaron pegados, pecho contra pecho, respirando agitadamente. El agua caía por el rostro de Alejandro, por su barba, por sus pestañas. Lucía podía sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa mojada. El olor a lluvia, cuero y hombre era embriagador.
Por un segundo, solo un segundo, Alejandro bajó la mirada a los labios de Lucía. Ella entreabrió la boca, esperando, deseando. El recuerdo de Rafael se sentía como algo de otra vida, de otro siglo. Aquí, ahora, solo existía este hombre intenso que la sostenía como si fuera lo más valioso del mundo.
Pero Alejandro se tensó. El fantasma de la culpa, de la memoria de Isabel, cruzó por sus ojos.
La soltó suavemente, dando un paso atrás.
—Deberías… deberías entrar a secarte. No quiero que te enfermes —dijo, su voz volviendo a ser formal, aunque sus ojos decían otra cosa.
—Sí —dijo Lucía, sintiendo el frío de la separación más que el de la lluvia—. Tú también.
Lucía corrió hacia la casa, con el corazón latiendo desbocado.
Esa noche, mientras escuchaba la lluvia golpear contra su ventana, Lucía supo que estaba en problemas. Graves problemas.
No porque estuviera atrapada en una mentira. Sino porque la mentira estaba empezando a sentirse más real que cualquier verdad que hubiera vivido antes. Se estaba enamorando de su falso esposo. Y tenía la terrible sensación de que él, detrás de sus muros y sus espinas de agave, también estaba empezando a sentir lo mismo.
Y eso, en un contrato que tenía fecha de caducidad, era lo más peligroso que podía pasar.
CAPÍTULO 6: EL FUEGO ENTRE LOS AGAVES
Los días siguientes a la cabalgata bajo la lluvia se sintieron como caminar sobre un campo minado cubierto de seda. Había una tensión eléctrica en el aire de la Hacienda La Providencia, una carga estática que erizaba la piel y que no tenía nada que ver con las tormentas de verano que azotaban Jalisco por las tardes.
Alejandro había vuelto a levantar sus muros. Si en el establo, empapados y jadeantes, habían estado a punto de cruzar una línea invisible, ahora él había retrocedido diez kilómetros. Se había vuelto más cortés, más “patrón”, más inalcanzable. Se encerraba en la destiladora desde el amanecer, supervisando la fermentación del agave con una obsesión que rayaba en la locura, y regresaba a la casa principal solo cuando las sombras ya habían devorado los pasillos.
Lucía, por su parte, había decidido no quedarse esperando como una viuda en vida. Si Alejandro quería jugar al “marido distante”, ella jugaría a la “esposa perfecta e indispensable”.
Se volcó en la vida de la hacienda. Por las mañanas, ayudaba a Doña Chuy a organizar los menús semanales, introduciendo platos que su madre le había enseñado: chiles en nogada (aunque no fuera temporada, improvisaban con los ingredientes), pozole rojo estilo Jalisco y postres que llenaban la casa de olor a vainilla. Por las tardes, su proyecto con Mateo, el hijo del jardinero, había crecido. Ya no era solo Mateo; ahora eran tres niños más, hijos de los jimadores, sentados en el porche trasero aprendiendo a leer y sumar con piedras y hojas de árbol.
Lucía estaba construyendo un hogar en una casa que había olvidado cómo serlo. Y Alejandro, desde la distancia, lo observaba todo con una mezcla de terror y fascinación.
El jueves por la tarde, la burbuja de aislamiento se rompió.
Alejandro entró a la casa a media tarde, algo inusual. Lucía estaba en la sala, revisando unos libros viejos de la biblioteca que olían a humedad y sabiduría.
—Necesito que te arregles —dijo él desde el umbral, sin preámbulos. Llevaba el ceño fruncido y se notaba la tensión en sus hombros.
Lucía cerró el libro despacio, marcando la página con el dedo.
—Buenas tardes a ti también, Alejandro.
Él suspiró, pasándose una mano por el cabello oscuro, desordenándolo.
—Perdón. Buenas tardes. Es que… se ha complicado el día. Tengo una cena de negocios esta noche. Aquí, en la hacienda. Vienen unos inversores texanos y un socio de la Ciudad de México. Gente difícil.
—¿Y necesitas que la cocinera prepare algo especial?
—Necesito que mi esposa esté presente —corrigió él, mirándola fijamente—. Necesito que seas la señora de la casa. Estos hombres son… tradicionales. De la vieja escuela. Si ven a un hombre solo en una hacienda como esta, piensan que es débil o que está deprimido. Necesitan ver estabilidad. Necesitan ver que el imperio Mendoza tiene una reina.
Lucía sintió una punzada de molestia. La reina de utilería.
—Entiendo. Quieres que me ponga un vestido bonito, sonría, asienta cuando hablen de golf y no opine sobre el negocio.
Alejandro se acercó unos pasos. Su mirada se suavizó.
—No. Quiero que seas tú. Quiero que seas la mujer que se enfrentó a mí en la cocina por una salsa picante. Quiero a la mujer inteligente que está enseñando a leer a los hijos de mis trabajadores. No necesito un adorno, Lucía. Necesito una aliada. Van a intentar presionarme con los precios de exportación. Necesito que vean que no estoy solo.
Esa petición, hecha con una honestidad brutal, desarmó el enojo de Lucía.
—Está bien —dijo ella, levantándose—. ¿A qué hora llegan?
—A las ocho. Ponte el vestido verde. El que te compraste la semana pasada en Guadalajara. Te queda… —Alejandro carraspeó, desviando la mirada—… te queda muy bien.
La cena fue un campo de batalla disfrazado de banquete.
Los invitados eran tres: Mr. Henderson y Mr. Davis, dos texanos corpulentos con botas de piel de avestruz y acentos arrastrados, y el Licenciado Montiel, un hombre delgado y nervioso de la capital que actuaba como intermediario.
Se sentaron en el comedor principal, bajo el candelabro de cristal que tintineaba con las corrientes de aire. Afuera, el cielo se estaba cayendo a pedazos. Una tormenta eléctrica monumental retumbaba sobre el valle de Tequila, haciendo vibrar los vidrios de las ventanas.
—Entonces, Mendoza —dijo Henderson, cortando su filete con movimientos agresivos—, escuchamos que tuviste una boda… interesante. Un poco precipitada, ¿no?
El comentario iba cargado de veneno. Todos en el círculo empresarial sabían los rumores.
Alejandro apretó la mandíbula, pero antes de que pudiera responder, Lucía intervino. Sostenía su copa de vino tinto con una elegancia natural, como si hubiera nacido en esa mesa y no en el barrio de Santa Tere.
—El amor no entiende de calendarios, Mr. Henderson —dijo Lucía con una sonrisa encantadora, pero con hielo en los ojos—. Cuando uno encuentra lo que busca, esperar parece una pérdida de tiempo. ¿No cree? Alejandro es un hombre de decisiones firmes. En los negocios y en la vida.
Henderson soltó una carcajada ronca, sorprendido.
—Touché, señora Mendoza. Touché.
La cena avanzó entre discusiones sobre aranceles, el clima y la calidad del agave azul. Lucía no solo no se quedó callada, sino que participó. Había estado leyendo los libros de contabilidad y agricultura de la biblioteca. Cuando Davis intentó minimizar el impacto de la sequía del año anterior para bajar el precio, Lucía corrigió suavemente sus cifras, citando el porcentaje exacto de merma en la región de Los Altos.
Alejandro la miraba con un orgullo mal disimulado. No era solo que fuera hermosa bajo la luz de las velas; era aguda, ferozmente leal y brillante.
Sin embargo, la tensión con el Licenciado Montiel era diferente. El hombre la miraba demasiado. Una mirada pegajosa, incómoda, que recorría su escote y sus brazos desnudos.
—Es una lástima que una flor tan bella esté escondida aquí en el rancho —dijo Montiel, arrastrando las palabras, ya con varias copas de tequila encima—. En la capital, una mujer como usted tendría… muchas oportunidades.
Alejandro dejó sus cubiertos sobre el plato. El sonido metálico fue nítido y cortante.
—Mi esposa no está escondida, Montiel. Ella es el corazón de esta tierra. Y te agradecería que mantuvieras los ojos en tu copa o en el contrato.
El ambiente se congeló. Los texanos intercambiaron miradas. Montiel se puso pálido.
—Era un cumplido, Alejandro, no te ofendas…
—No me ofendo —dijo Alejandro con voz suave, letal—. Te advierto.
En ese preciso instante, un trueno ensordecedor sacudió los cimientos de la casa. Fue como si una bomba hubiera estallado en el jardín. Inmediatamente después, las luces parpadearon una, dos veces, y se apagaron por completo.
La oscuridad fue total, salvo por los relámpagos que iluminaban intermitentemente el comedor como flashes de una cámara antigua.
—¡Maldita sea! —masculló Henderson.
—Tranquilos, caballeros —la voz de Alejandro surgió de la penumbra, autoritaria—. Es normal en esta época. Las líneas eléctricas en el pueblo son viejas. Doña Chuy traerá velas en un momento.
Cuando las velas llegaron, la cena se dio por terminada rápidamente. Los inversores, nerviosos por la tormenta y por la tensión en la mesa, decidieron retirarse a sus habitaciones de huéspedes en el ala este de la hacienda.
Alejandro y Lucía se quedaron solos en el comedor, rodeados de sombras danzantes y el olor a cera quemada.
—Estuviste increíble —dijo Alejandro, rompiendo el silencio.
—Tú también —respondió Lucía, sintiendo que le temblaban un poco las piernas por la adrenalina—. Me gustó cómo pusiste a Montiel en su lugar.
—Nadie te falta al respeto en mi casa, Lucía. Nadie.
Se miraron a través de la mesa, a la luz de las velas. La atmósfera había cambiado. Ya no eran socios en una cena de negocios. Eran un hombre y una mujer encerrados en una casa oscura, con una tormenta rugiendo afuera y un silencio lleno de palabras no dichas adentro.
—Ven —dijo Alejandro, levantándose y tomando una palmatoria de plata con tres velas—. Vamos a la sala. Aquí hace frío.
La sala principal era un espacio cavernoso con una chimenea de piedra que ocupaba casi toda una pared. Alejandro encendió el fuego con destreza. Las llamas pronto empezaron a lamer los leños de mezquite, llenando la habitación de un calor reconfortante y un aroma a madera ahumada.
Se sentaron en el sofá de cuero, no demasiado cerca, pero tampoco lejos. Alejandro sirvió dos copas de tequila extra añejo, de su reserva personal.
—Por el contrato —dijo él, alzando la copa—. Gracias a ti, firmaron sin regatear más.
—Por el equipo Mendoza —brindó Lucía, chocando suavemente su cristal.
Bebieron. El líquido ámbar bajó quemando suavemente, desanudando los nervios.
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en el caballo? —preguntó Lucía de repente, mirando el fuego—. Sobre las espinas.
Alejandro giró la copa en sus manos, observando los reflejos dorados.
—Sí. Dije que me había convertido en pura espina.
—Hoy no vi espinas, Alejandro. Hoy vi a un hombre que defiende lo que le importa. Vi… vi al hombre del que hablaba tu hermana, antes de que todo se oscureciera.
Alejandro cerró los ojos un momento, como si le doliera el recuerdo.
—Isabel decía que yo era demasiado intenso. Que amaba demasiado fuerte o odiaba demasiado fuerte. Que no tenía término medio. Cuando ella murió… apagué el interruptor. Sentir tanto dolor casi me mata. Decidí que era mejor no sentir nada. Que el negocio, el dinero y la rutina eran seguros.
Abrió los ojos y se giró hacia Lucía. La luz del fuego iluminaba la mitad de su rostro, dándole un aspecto misterioso, casi peligroso.
—Pero tú… tú llegaste y pateaste el tablero, Lucía. Entraste a mi cocina, a mi jardín, a mi vida. Trajiste ruido. Trajiste problemas. Trajiste vida.
—¿Te molesta? —susurró ella.
—Me aterra —confesó él, y su voz era ronca, vulnerable—. Me aterra porque estoy empezando a recordar lo que es querer llegar a casa. Estoy empezando a olvidar el rostro de Isabel y a ver el tuyo en todas partes. Y me siento culpable. Siento que la estoy traicionando.
Lucía dejó su copa en la mesa de centro y se giró completamente hacia él, subiendo las piernas al sofá.
—El corazón no es una casa con una sola habitación, Alejandro. Amar de nuevo no significa que olvides lo que amaste antes. Isabel siempre será parte de quien eres. Ella te enseñó a amar. Pero ella ya no está. Y tú… tú estás vivo. Tienes derecho a estar vivo.
Alejandro la miró con una intensidad que le cortó la respiración.
—¿Y tú? —preguntó él—. Tú te casaste con un extraño para salvar a tu familia. Te arrastré a este mundo de mentiras. ¿Qué sientes tú, Lucía? ¿Odias estar aquí encerrada en esta jaula de oro?
Lucía negó con la cabeza lentamente.
—Al principio… tenía miedo. Pensé que eras un monstruo rico y caprichoso. Pero luego vi cómo tratas a los caballos. Vi cómo pagaste la deuda de mi padre sin decirme nada. Vi cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.
Se inclinó un poco hacia él. El espacio entre ellos se redujo a centímetros.
—Esta no es una jaula, Alejandro. Es el primer lugar donde me siento segura en años. Con Rafael… siempre sentía que tenía que ser perfecta, que tenía que esforzarme para que me quisiera. Contigo… siento que puedo ser yo. Con mis salsas picantes y mis clases de lectura.
—Eres perfecta tal y como eres —murmuró él.
La tensión se volvió insoportable. El sonido de la lluvia golpeando el techo era un tambor constante, un ritmo primitivo que acompañaba los latidos acelerados de sus corazones.
Alejandro levantó la mano, dudando un segundo, y finalmente acarició la mejilla de Lucía. Sus dedos eran ásperos por el trabajo, pero su toque fue de una delicadeza reverente. Trazó la línea de su mandíbula, bajó hasta su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel.
—Lucía… —susurró, como una advertencia o una súplica.
—No te detengas —respondió ella, cerrando los ojos.
Ya no hubo más palabras. Alejandro la atrajo hacia sí. No fue un movimiento brusco, sino inevitable, como la gravedad. Cuando sus labios se encontraron, no hubo la vacilación tímida de la iglesia, ni el miedo del establo. Hubo hambre.
Fue un beso que sabía a tequila, a humo de leña y a cinco años de soledad contenida. Alejandro la besó como si ella fuera el aire y él hubiera estado aguantando la respiración bajo el agua. Lucía respondió con la misma fuerza, enredando sus manos en el cabello de él, atrayéndolo más cerca, queriendo borrar cualquier distancia física entre ellos.
El beso se profundizó, volviéndose urgente. Alejandro la recostó suavemente contra el respaldo del sofá, cubriendo su cuerpo con el suyo, protegiéndola y reclamándola al mismo tiempo. Sus manos recorrieron la espalda de ella, reconociendo el terreno, memorizando cada curva.
—Dime que pare —murmuró él contra sus labios, jadeando—. Dime que pare ahora, porque si sigo, no voy a poder detenerme. Y no quiero que te arrepientas mañana.
Lucía abrió los ojos. Estaban oscuros, dilatados, brillantes.
—Soy tu esposa, Alejandro. Deja de tratarme como si fuera de cristal. No me voy a romper.
Esa frase rompió el último dique de contención de Alejandro. La levantó en brazos con una facilidad pasmosa, como si no pesara nada, y sin dejar de besarla, la llevó escaleras arriba, hacia la recámara principal. Esa habitación que había estado cerrada, prohibida, convertida en un santuario de soledad.
Esa noche, la puerta se abrió.
La tormenta afuera rugía con furia, derribando ramas y convirtiendo los caminos en ríos de lodo. Pero adentro, entre las sábanas de lino y la oscuridad cómplice, otra tormenta se desataba. Una hecha de piel, susurros y el descubrimiento mutuo de dos almas que, contra todo pronóstico, habían encontrado la manera de sanarse tocándose.
Alejandro amó a Lucía con una devoción absoluta, adorando cada centímetro de ella, deshaciendo con cada caricia el daño que Rafael había dejado en su autoestima. Y Lucía amó a Alejandro con valentía, abrazando sus cicatrices, besando sus “espinas” hasta que desaparecieron, demostrándole que estaba allí, real y presente, y que no se iría a ninguna parte.
Horas después, o quizás minutos, el tiempo había perdido su significado.
La tormenta había amainado, dejando solo una lluvia suave y constante. La habitación estaba en penumbra, iluminada levemente por el resplandor lejano de los relámpagos que se alejaban hacia la sierra.
Lucía estaba recostada sobre el pecho de Alejandro, escuchando el latido fuerte y rítmico de su corazón. Él tenía un brazo alrededor de ella, manteniéndola pegada a su costado, y con la otra mano acariciaba distraídamente su cabello.
—¿Estás despierta? —susurró él.
—Mmm —asintió ella, demasiado cómoda para hablar.
—Estaba pensando… —la voz de Alejandro retumbó en su pecho.
Lucía se tensó un poco. ¿Vendría ahora el arrepentimiento? ¿La culpa por Isabel? Se preparó para lo peor. Se incorporó un poco, apoyando la barbilla en el pecho de él para mirarlo a los ojos.
—¿En qué?
Alejandro la miró. Su expresión era seria, pero sus ojos estaban claros, limpios de sombras por primera vez.
—En que vamos a tener que cambiar el contrato.
El corazón de Lucía se detuvo un segundo.
—¿El contrato?
—Sí. La cláusula de “anulación en un año”. No me sirve.
Lucía sintió que el aire volvía a sus pulmones, pero ahora acompañado de una sonrisa que no podía contener.
—Ah, ¿no? ¿Y qué propones, señor negociador?
Alejandro tomó la mano izquierda de Lucía, donde brillaba la alianza de oro viejo, la que había pertenecido a su primera esposa. La miró por un largo momento. Luego, con suavidad, se la quitó.
Lucía sintió un frío repentino en el dedo.
—Este anillo… fue una promesa de un pasado que fue hermoso, pero que ya terminó —dijo Alejandro, colocando el anillo en la mesita de noche—. Isabel no querría que viviera en un museo. Y tú… tú no mereces usar el anillo de otra mujer. Tú mereces tu propia promesa.
Alejandro se sentó en la cama, quedando frente a ella.
—Mañana iremos a Guadalajara. Con el joyero. Quiero que elijas tu anillo. Uno nuevo. Uno nuestro. Y quiero que vayamos con el abogado para romper los papeles de la anulación. Quiero casarme contigo, Lucía. De verdad. Sin mentiras, sin teatros, sin contratos de conveniencia.
Acarició su rostro con el pulgar.
—Quiero despertar contigo todos los días. Quiero discutir contigo por la salsa picante. Quiero ver cómo llenas esta casa de niños y de ruido. Te quiero a ti.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Lucía, pero esta vez eran lágrimas dulces, sanadoras.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, la voz quebrada—. Soy una maestra de escuela, Alejandro. Vengo de un barrio pobre. No sé ser una señora de sociedad.
—Me importa un carajo la sociedad —dijo él con vehemencia—. Eres la mujer más valiente y digna que he conocido. Eres la única que tuvo el valor de quedarse cuando todos corrían. Eres mi igual, Lucía.
Se inclinó y la besó suavemente en la frente, sellando una nueva promesa.
—Entonces… —dijo Lucía, sonriendo entre lágrimas—, creo que voy a necesitar un vestido nuevo. Y más chiles para la despensa.
Alejandro rió, un sonido grave y feliz que llenó la habitación.
—Trato hecho.
Se volvieron a acostar, abrazados, mientras afuera la lluvia limpiaba el mundo, llevándose el polvo, el miedo y el pasado, dejando la tierra lista para que algo nuevo y fuerte pudiera echar raíces.
Pero mientras el sueño los vencía, en algún lugar de una prisión en la frontera, una llamada telefónica estaba siendo realizada. Y en la oscuridad de la noche, el destino, que nunca deja de tejer sus hilos, preparaba una última prueba para la pareja que acababa de encontrarse entre las cenizas. Porque la felicidad, como el buen tequila, a veces quema antes de calentar el alma.
CAPÍTULO 7: EL PASADO SIEMPRE LLAMA DOS VECES
La felicidad en la Hacienda La Providencia tenía un sabor dulce, como el agave cocido que perfumaba el aire por las mañanas, pero también tenía la fragilidad del cristal soplado. Durante tres meses, Lucía y Alejandro habían vivido en una burbuja dorada, construyendo una realidad que superaba cualquier fantasía.
Lucía ya no era la huésped tímida. Se había adueñado del espacio. Los libros de contabilidad de la finca ahora tenían sus anotaciones al margen; la escuela para los hijos de los trabajadores, bautizada provisionalmente como “Semillas de Futuro”, ya tenía paredes, techo y pizarrones nuevos. Y las noches… las noches eran un territorio sagrado de susurros, piel y la certeza de que el destino, por fin, había dejado de jugar en su contra.
Alejandro había cambiado. La rigidez militar de sus hombros había desaparecido. Sonreía más. Incluso los empleados comentaban por lo bajo que “el Patrón ya no daba tanto miedo”, aunque su autoridad seguía intacta. Habían planeado ir a Europa en otoño. Querían una luna de miel real, lejos de los recuerdos de la Catedral.
Pero en México, el pasado es un animal terco que no entiende de finales felices.
Una mañana de martes, el cielo sobre el Valle de Tequila amaneció de un gris plomizo, presagiando tormenta, pero no de agua.
Lucía estaba en la terraza desayunando, revisando los planes de estudio para la semana, cuando el teléfono fijo de la casa sonó. No el celular de Alejandro, sino la línea privada de la hacienda, esa que solo tenían familiares y emergencias.
Alejandro salió al patio con el teléfono inalámbrico en la mano. Su rostro, que minutos antes estaba relajado, se había transformado en una máscara de piedra. Esa expresión que Lucía no veía desde el día de la boda.
—Sí. Entiendo. Quiero al equipo legal completo en mi despacho en una hora. Que venga Balmaceda personalmente. Y bloqueen la entrada principal. Que seguridad no deje pasar ni a una mosca.
Colgó el teléfono con un movimiento brusco y se quedó mirando el horizonte, con los nudillos blancos de apretar el aparato.
Lucía sintió un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el clima. Se levantó despacio.
—Alejandro… ¿qué pasó?
Él se giró. Sus ojos oscuros estaban llenos de una mezcla de furia y protección feroz.
—Es Rafael —dijo, pronunciando el nombre como si fuera veneno—. Lo atraparon.
Lucía soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Lo atraparon? ¿Dónde?
—En Tijuana. Intentaba cruzar a San Diego con un pasaporte falso y diez mil dólares en efectivo pegados al cuerpo. La Guardia Nacional lo detuvo en un retén rutinario.
Lucía se llevó una mano al pecho. Debería sentir alivio. El hombre que la había humillado, que había robado a su padre, iba a pagar. Pero la mirada de Alejandro le decía que había algo más. Algo peor.
—Eso es bueno, ¿no? —preguntó ella, con voz temblorosa—. Se hará justicia.
Alejandro caminó hacia ella y le tomó las manos. Estaban heladas.
—Hay un problema, Lucía. Rafael no se está quedando callado. Sabe que tiene deudas con el cártel y que en la cárcel general no durará ni una semana vivo. Necesita protección federal. Necesita un trato.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Está cantando —dijo Alejandro con rabia contenida—. Pero está mintiendo. Le dijo a los federales que él solo era el ejecutor. Que la mente maestra detrás de las estafas eras tú.
El mundo de Lucía se detuvo. El sonido de los pájaros, el viento en los árboles, todo desapareció. Solo quedó un zumbido agudo en sus oídos.
—¿Qué? —susurró, incapaz de procesar la infamia.
—Dice que tú eras quien buscaba a las víctimas. Que tú organizabas las finanzas. Que la boda fue una pantalla planeada por ambos para sacar un último préstamo grande antes de huir juntos, y que él se arrepintió al último minuto y huyó con el dinero por miedo a ti.
Lucía sintió que las piernas le fallaban. Alejandro la sostuvo firmemente por la cintura.
—Es absurdo… —balbuceó ella, con las lágrimas agolpándose en sus ojos—. Nadie va a creer eso. ¡Él me dejó plantada! ¡Me dejó en la ruina!
—Es la palabra de un estafador desesperado, Lucía. Pero la prensa… a la prensa le encantan las historias de “la bella y la bestia”. Una maestra de escuela con cara de ángel que resulta ser una estafadora maestra… eso vende periódicos.
En ese momento, el celular de Lucía, que estaba sobre la mesa, empezó a vibrar. Un número desconocido. Luego otro. Luego una notificación de Twitter.
Alejandro tomó el celular de ella y lo apagó sin mirar la pantalla.
—No veas eso. A partir de ahora, no contestas llamadas, no ves noticias y no sales de esta hacienda sin mí. Se acabó la paz, Lucía. Ahora estamos en guerra.
Dos horas después, la biblioteca de la hacienda se había convertido en un búnker.
El Licenciado Balmaceda, el abogado penalista más caro y despiadado de Guadalajara, estaba sentado frente a ellos. Era un hombre calvo, de traje impecable y ojos de reptil, que olía a loción cara y cinismo.
Sobre la mesa de caoba había expedientes, grabadoras y tazas de café negro.
—La situación es delicada, pero manejable —decía Balmaceda, revisando unos documentos con calma exasperante—. La Fiscalía tiene que investigar cualquier declaración, por absurda que sea. Rafael Vega está acorralado. Sabe que si entra al Reclusorio de Puente Grande sin protección, los prestamistas a los que estafó lo van a destazar. Su única carta es ofrecer un “pez gordo” o una red criminal. Inventarte a ti como la “Jefa” es su jugada desesperada para entrar al programa de testigos protegidos o reducir su sentencia.
—¡Es una mentira asquerosa! —explotó Lucía. Estaba sentada en un sillón de cuero, con los brazos cruzados, sintiéndose pequeña y vulnerable—. Yo soy la víctima aquí. ¡Él robó a mi padre!
—Lo sabemos, señora Mendoza —dijo Balmaceda con frialdad profesional—. Y legalmente, tenemos pruebas de las deudas de su padre y de los movimientos bancarios de Vega. Pero la opinión pública no es un tribunal de justicia. Es un coliseo romano.
Balmaceda sacó una tableta y la deslizó sobre la mesa.
—Miren esto. Salió hace veinte minutos.
En la pantalla, un titular sensacionalista de un portal de noticias local gritaba en letras rojas: ¿LA VÍCTIMA O LA VILLANA? EL GIRO INESPERADO EN LA BODA DEL AÑO. EL NOVIO FUGITIVO ACUSA A LA “CENICIENTA” DE SER EL CEREBRO DE LA ESTAFA.
Debajo del titular, había una foto de Lucía saliendo de la escuela donde trabajaba antes, y otra foto, borrosa, de ella y Alejandro en el auto el día de la boda.
—Están diciendo que mi matrimonio con usted, Don Alejandro, fue una maniobra de lavado de dinero o protección —continuó el abogado—. La narrativa es perfecta para ellos: la estafadora que, al fallarle el plan A, seduce al hombre más rico de Jalisco como plan B.
Alejandro golpeó la mesa con el puño cerrado. El sonido fue como un disparo. La madera crujió.
—¡Basta! —rugió Alejandro. Se levantó y caminó como un león enjaulado—. No me importa lo que digan esos pasquines. Me importa mi esposa. ¿Qué van a hacer? ¿Van a venir por ella?
—Es probable que la Fiscalía la cite a declarar —admitió Balmaceda—. No pueden detenerla sin pruebas, y no las tienen porque no existen. Pero la van a citar. Y eso significa caminar entre cámaras, micrófonos y preguntas insultantes.
Lucía miró a Alejandro. Vio la angustia en su rostro. Él quería protegerla, esconderla en una torre de marfil, pero sabía que no podía.
Se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero su voz salió firme.
—Iré —dijo ella.
Alejandro se detuvo y la miró.
—No. Mandaremos una declaración escrita. Balmaceda puede…
—No, Alejandro —interrumpió Lucía—. Si me escondo, parezco culpable. Si dejo que hablen por mí, parezco débil. Rafael quiere destruirme. Quiere arrastrarme al lodo con él porque no soporta que yo sea feliz mientras él se hunde. No le voy a dar ese gusto.
Se giró hacia el abogado.
—Licenciado, ¿cuándo tengo que presentarme?
Balmaceda sonrió levemente, una sonrisa de aprobación.
—Probablemente el jueves. Prepararemos su declaración. Será brutal, señora. Van a intentar provocarla.
—Que lo intenten —dijo Lucía, levantando la barbilla. Había sobrevivido al abandono en el altar frente a trescientas personas. Podía sobrevivir a esto.
Los días siguientes fueron un asedio.
La entrada de la Hacienda La Providencia estaba bloqueada por camionetas de prensa, fotógrafos subidos en los muros y drones zumbando sobre los jardines como mosquitos mecánicos. Alejandro tuvo que contratar seguridad privada adicional para patrullar el perímetro.
Lucía no podía salir al jardín. Se sentía prisionera en su propia casa.
La presión estaba afectando a todos. Doña Chuy cocinaba con furia, golpeando las ollas como si fueran la cabeza de Rafael. Los empleados miraban a Lucía con lástima, lo cual era peor que el odio.
Una noche, antes de la cita en la Fiscalía, Lucía se derrumbó.
Estaba en la recámara, cepillándose el cabello frente al espejo antiguo. Vio su reflejo: estaba pálida, con ojeras marcadas. Se preguntó si Rafael tenía razón. No en lo de la estafa, sino en que ella estaba manchada. ¿Acaso atraía la desgracia? ¿Era justo arrastrar a Alejandro, un hombre intachable, a este circo de barrio bajo?
Alejandro entró en la habitación. La vio llorando en silencio frente al espejo.
Se acercó por detrás y la abrazó, apoyando la barbilla en su hombro, mirándola a través del reflejo.
—¿Qué pasa por esa cabecita? —susurró.
—Deberías anularlo —dijo ella, con la voz rota—. Todavía podemos decir que te engañé. Que no sabías nada. Salva tu reputación, Alejandro. Tu empresa, tu apellido… no merecen esto.
Alejandro la giró bruscamente para que lo mirara de frente.
—¿Eres estúpida o solo estás cansada? —le preguntó, con una dureza que la sorprendió—. Mi apellido no vale nada si no tengo honor. Y mi honor eres tú.
Le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Escúchame bien, Lucía. Hace cinco años, cuando Isabel murió, la prensa dijo que yo la había matado de tristeza con mi trabajo. Dijeron que yo era un monstruo frío. Sobreviví a eso. Sobreviví porque sabía quién era. Y sé quién eres tú. Eres la mujer que enseña a leer a los niños olvidados. Eres la mujer que me hizo reír de nuevo. Rafael Vega es un insecto. Y mañana lo vamos a aplastar. No con trucos, sino con la verdad.
—Tengo miedo —confesó ella, apoyando la frente en su pecho.
—El miedo es bueno —dijo él, acariciando su espalda—. El miedo te mantiene alerta. Pero no vas a ir sola. Yo voy a estar a tu lado, sosteniendo tu mano, aunque el juez me grite que me siente. Somos tú y yo, Lucía. Contra el mundo si hace falta.
El jueves amaneció gris y lluvioso, como si el cielo de Guadalajara llorara por anticipado.
El trayecto hacia la Fiscalía del Estado fue tenso. Iban en una camioneta blindada, escoltados por dos vehículos de seguridad. Alejandro iba vestido con un traje azul marino impecable, proyectando poder. Lucía había elegido un traje sastre blanco.
—Blanco —había dicho ella esa mañana—. No tengo nada que ocultar.
Cuando llegaron al edificio de la Fiscalía, la escena era caótica. Decenas de reporteros se abalanzaron sobre la camioneta como zombis. Los flashes disparaban luces cegadoras a través de los vidrios tintados.
—¿Lista? —preguntó Alejandro, tomando su mano.
—Lista.
Los guardaespaldas abrieron paso a empujones. Al bajar, el ruido fue ensordecedor.
—¡Lucía! ¡Lucía! ¿Es cierto que gastaste el dinero robado en el vestido de novia? —¡Señora Mendoza! ¿Sabía usted de las deudas del cártel? —¡Alejandro! ¿Compraste su silencio con el matrimonio?
Las preguntas eran dardos envenenados. Lucía sintió el impulso de bajar la cabeza, de cubrirse el rostro. Pero recordó las palabras de Alejandro. Recordó a su padre, que estaba en casa rezando por ella.
Levantó la cabeza. Miró a las cámaras con una expresión de serenidad fría. No sonrió. No lloró. Simplemente caminó con la dignidad de una reina que atraviesa un mercado de pescado. Alejandro iba a su lado, con una mano en su espalda baja, su rostro una máscara de furia contenida que advertía: ni se atrevan a tocarla.
Entraron al edificio y el silencio del vestíbulo fue un bálsamo.
El interrogatorio duró seis horas.
Seis horas en una habitación fría, con luz fluorescente y café rancio. El fiscal, un hombre joven y ambicioso que quería colgarse la medalla de destapar un escándalo de la alta sociedad, fue implacable.
Le preguntaron por cada depósito en su cuenta bancaria en los últimos cuatro años (todos eran su sueldo de maestra). Le preguntaron por qué Rafael tenía fotos de su credencial de elector (ella se las había dado para trámites del crédito hipotecario, engañada). Le preguntaron por qué se casó con un desconocido minutos después de ser abandonada.
—No me casé por dinero —respondió Lucía por decimoquinta vez, con la voz ronca pero firme—. Me casé porque ese hombre me ofreció dignidad cuando el otro me ofreció vergüenza. Y me quedé casada… porque me enamoré.
El fiscal parpadeó, sorprendido por la honestidad bruta de la respuesta.
Alejandro, sentado en la esquina con Balmaceda, apretó los labios para no sonreír de orgullo.
Finalmente, la puerta se abrió. Entró un agente con una carpeta. Se la entregó al fiscal.
El fiscal leyó el contenido, frunció el ceño y suspiró, tirando la carpeta sobre la mesa.
—Parece que su ex prometido no es tan listo como cree, señora Mendoza.
—¿Qué pasa? —preguntó Balmaceda.
—Acabamos de catear una bodega que Vega rentaba en Tonalá. Encontramos una computadora portátil. Hay correos electrónicos, chats… agendas. Él planeó todo solo. Incluso hay mensajes donde se burla de usted, señora Lucía, llamándola “la ingenua perfecta” y detallando cómo planeaba dejarla con la deuda justo antes de la boda.
Lucía sintió que el aire salía de sus pulmones. “La ingenua perfecta”. La frase dolía, pero también la liberaba.
—¿Entonces? —preguntó Alejandro, levantándose.
—Entonces, la señora Mendoza queda libre de toda sospecha. Es oficialmente una víctima y testigo. Rafael Vega se va a podrir en la cárcel por fraude, falsificación y asociación delictuosa. No habrá trato.
Alejandro caminó hacia Lucía y la ayudó a levantarse. Ella estaba temblando. La adrenalina se estaba yendo, dejando paso al agotamiento.
—Vámonos a casa —dijo él.
Al salir, la prensa seguía ahí, hambrienta. Pero esta vez, Balmaceda salió primero y dio una declaración breve y cortante: “Mi clienta ha sido exonerada totalmente. Rafael Vega actuó solo. Cualquier medio que siga difamando a la señora Mendoza recibirá una demanda por daño moral mañana mismo a primera hora”.
El camino de regreso a la hacienda fue silencioso, pero diferente. Alejandro bajó la ventanilla divisoria del auto y abrió una botella de agua para Lucía.
—Se acabó —dijo él.
Lucía miró por la ventana. Los campos de agave pasaban rápido, borrosos por la velocidad y por sus propias lágrimas.
—Él me llamó ingenua —susurró Lucía—. En sus correos. Dijo que yo era la ingenua perfecta.
Alejandro le tomó la barbilla y la hizo mirarlo.
—La ingenuidad no es un pecado, Lucía. Es una señal de que tienes un corazón limpio. Él vio tu bondad y la usó como un arma. Pero se equivocó en algo.
—¿En qué?
—Subestimó tu fuerza. Una ingenua se habría roto. Tú te levantaste. Tú peleaste. Y tú ganaste. Esa “ingenua” acaba de mandar a un criminal a prisión sin levantar la voz.
Lucía sonrió débilmente. Se recargó en el hombro de Alejandro y cerró los ojos.
—Quiero ver a mis papás —murmuró.
—Están en la hacienda —dijo Alejandro—. Mandé a un chofer por ellos hace horas. Están esperándote con Doña Chuy y un pozole del tamaño de una alberca.
Lucía soltó una risita que terminó en sollozo, y luego en risa de nuevo.
Esa noche, la hacienda no fue un búnker, sino una fiesta. No hubo música alta, ni invitados elegantes. Solo estaban los padres de Lucía, Alejandro y el personal de confianza.
Don Pedro abrazó a su hija y lloró como no lo había hecho ni el día de la boda fallida.
—Perdóname, hija —decía el hombre viejo—. Perdóname por no ver quién era ese desgraciado. Yo te empujé a casarte, yo quería verte bien…
—Ya pasó, papá —lo consoló Lucía—. Ya pasó. Estamos bien. Estamos juntos.
Alejandro observaba la escena desde la puerta del comedor, con una copa de tequila en la mano. Ver a Lucía rodeada de su gente, segura, reivindicada, le dio una paz que no conocía.
Salió al porche para fumar un cigarrillo, mirando las estrellas que por fin se veían tras la tormenta.
Sintió unos pasos detrás de él. Era Lucía.
—¿Te estás escondiendo, Patrón?
—Solo disfrutando la vista —dijo él, tirando el cigarrillo y pisándolo.
Lucía se puso a su lado, apoyándose en el barandal de piedra.
—Hoy, en el interrogatorio… —empezó ella, mirando la luna—. Cuando el fiscal me preguntó por qué me quedé contigo… me di cuenta de algo.
—¿De qué?
—De que ya no me duele lo que hizo Rafael. Ya no me duele el abandono. Porque si él no hubiera corrido como un cobarde… yo nunca te habría conocido.
Se giró hacia él, con los ojos brillando en la oscuridad.
—Gracias por levantarte de esa banca, Alejandro.
Alejandro la miró con una intensidad devota.
—Gracias a ti por no salir corriendo cuando me viste llegar.
La besó bajo la luz de la luna, un beso lento, profundo, que sabía a victoria y a futuro.
—Por cierto —dijo Alejandro, separándose un poco—. Balmaceda me dijo algo más. La sentencia de Rafael será rápida. Le van a dar al menos quince años. No saldrá hasta que sea un viejo amargado.
—Que Dios lo perdone —dijo Lucía con sinceridad—. Porque yo ya no tengo tiempo para odiarlo. Tengo una escuela que terminar, un marido terco que cuidar y… —hizo una pausa, tomando la mano de Alejandro y poniéndola sobre su vientre plano.
Alejandro se congeló. Sus ojos se abrieron como platos.
—Lucía… ¿qué estás diciendo?
Ella sonrió, una sonrisa que iluminó toda la noche jalisciense.
—Estoy diciendo que el pozole no fue lo único que me dio náuseas esta mañana. Estoy diciendo que vamos a necesitar una habitación más, no para huéspedes, sino para una cuna.
Alejandro Mendoza, el hombre de hierro, el magnate intocable, el que había enfrentado al cártel y a la prensa sin pestañear, sintió que las rodillas se le doblaban. Soltó una carcajada incrédula, levantó a Lucía en brazos y la hizo girar en el aire, gritando de alegría hacia los campos de agave, despertando a los perros y espantando a los búhos.
La pesadilla había terminado. El sueño apenas comenzaba.
Pero mientras celebraban, Lucía sabía que el verdadero desafío no había sido vencer a Rafael, sino aprender a creer que merecía ser feliz después de la tormenta. Y ahora, con una nueva vida creciendo dentro de ella, sabía que la respuesta siempre había estado ahí, esperando en la última fila de una iglesia vacía.
CAPÍTULO 8: EL MILAGRO DE LA CATEDRAL VACÍA
Dicen que el agave tarda siete años en madurar, absorbiendo el sol y la dureza de la tierra jalisciense para convertirse en algo dulce y fuerte. Para Lucía, el tiempo había pasado de una forma similar. Cinco años. Cinco cosechas.
La Hacienda La Providencia ya no era aquella jaula de oro silenciosa donde resonaban los pasos solitarios de un viudo y una novia abandonada. Ahora, era un caos maravilloso.
Era domingo por la mañana. El sol entraba a raudales por los ventanales del comedor, iluminando una escena que el Alejandro Mendoza de hace cinco años habría considerado imposible.
—¡Isabel, bájate de la mesa, por amor de Dios! —gritó Lucía, intentando atrapar a una niña de cuatro años con rizos negros y la energía de un huracán.
—¡Soy una jimadora, mamá! ¡Estoy buscando piñas! —respondió la niña, saltando desde la silla a los brazos de su padre, que acababa de entrar.
Alejandro la atrapó en el aire con una carcajada, besando su mejilla regordeta.
—Tú no eres jimadora, eres un terremoto, mija —dijo Alejandro, fingiendo seriedad, aunque sus ojos brillaban de adoración.
En su otro brazo, cargaba a Pablo, un bebé de dos años que balbuceaba intentando quitarle el sombrero a su papá. Pablo tenía los ojos de Lucía, grandes y expresivos, pero la barbilla terca de los Mendoza.
Lucía observó la escena desde la puerta de la cocina, con una taza de café en la mano. Sintió esa presión en el pecho que ya no era angustia, sino una felicidad tan grande que a veces asustaba.
—Si sigues malcriándolos, van a terminar creyendo que son dueños de Jalisco —dijo Lucía, acercándose para darle un beso de buenos días a su esposo.
Alejandro la besó, saboreando el café en sus labios.
—¿Y no lo son? —respondió él—. Son dueños de todo esto. Y tú eres la jefa. Así que técnicamente, yo soy el único empleado aquí.
Lucía rió y le acomodó el cuello de la camisa. Alejandro había cambiado. Las canas en sus sienes se habían multiplicado un poco, pero las líneas de amargura alrededor de su boca habían desaparecido por completo. Ya no era el magnate de hielo; era un hombre que se permitía llegar tarde a una junta para jugar a las escondidillas.
Esa tarde, la familia completa se reunió en el jardín trasero. Era día de visita.
Don Pedro, el padre de Lucía, estaba sentado en una mecedora con Pablo en las rodillas, explicándole con paciencia infinita por qué las Chivas eran el equipo de Dios, aunque el niño solo quería comerse su galleta. Doña Carmen y Doña Chuy estaban en la cocina, enfrascadas en una competencia amistosa sobre quién hacía el mejor flan napolitano.
Lucía caminó hacia la pequeña construcción anexa a la hacienda: la escuela “Segundas Oportunidades”.
Lo que empezó con tres niños en el porche, ahora era una escuela rural completa, certificada, con dos aulas, una biblioteca y treinta alumnos, hijos de los trabajadores de la región. Mateo, aquel niño que borraba sus cuadernos con furia, ahora tenía trece años y era el mejor de su clase; quería ser agrónomo para ayudar a cuidar la tierra.
Alejandro la encontró ahí, acomodando unos libros en los estantes vacíos después de las clases del viernes.
—¿Pensando en expandirnos otra vez? —preguntó él, recargándose en el marco de la puerta.
—Tal vez —dijo Lucía, pasando la mano por los lomos de los libros—. Hay una comunidad al otro lado del cerro que no tiene escuela. Estaba pensando que si conseguimos una camioneta…
Alejandro sonrió y sacó su chequera del bolsillo interior del saco, un gesto teatral que siempre la hacía reír.
—¿Cuánto?
—Guarda eso, presumido —bromeó ella, empujándolo suavemente—. No necesito tu dinero, necesito tu tiempo. Quiero que vayas conmigo a hablar con los padres. Te hacen más caso a ti, les das miedo.
—Ya no les doy miedo. El otro día escuché a Don Rogelio decir que el “Patrón se ablandó desde que nació la niña”.
—No te ablandaste, Alejandro. Te humanizaste.
Se quedaron en silencio un momento, escuchando las risas de sus hijos a lo lejos.
—Llegó una carta hoy —dijo Alejandro de repente, su tono volviéndose un poco más serio.
Lucía supo de inmediato de qué se trataba.
—¿Rafael?
—El abogado dice que le negaron la libertad condicional. Cumplirá la sentencia completa. Quince años. Y parece que no la está pasando bien. Se ha metido en problemas adentro.
Lucía miró por la ventana, hacia los campos verdes. Esperó sentir algo. Rabia, satisfacción, pena. Pero solo sintió una inmensa indiferencia. Rafael Vega era como una película mala que había visto hace mucho tiempo y de la que apenas recordaba la trama.
—Ojalá encuentre paz —dijo ella sinceramente—. Porque nosotros ya tenemos la nuestra.
—Amén a eso —dijo Alejandro, besando su frente—. Por cierto… vístete bonita. Y viste a los niños.
—¿A dónde vamos? ¿Cena con inversores?
—No. Vamos a Guadalajara. Al centro.
—¿Para qué?
—Hoy es 15 de junio, Lucía. Hace exactamente cinco años, entré a una iglesia por casualidad y te robé.
Lucía sintió un escalofrío. Nunca habían vuelto a la Catedral. Habían pasado por fuera, sí, pero nunca habían entrado.
—¿Quieres ir ahí?
—Necesitamos ir. Isabel ha estado preguntando dónde nos casamos. Y creo… creo que es hora de cerrar el círculo.
El viaje a Guadalajara fue diferente a aquel viaje silencioso y aterrador de cinco años atrás. Ahora, la camioneta iba llena de canciones de Disney y preguntas incesantes de Isabel sobre por qué las vacas tienen manchas.
Llegaron al centro histórico al atardecer. La plaza frente a la Catedral estaba llena de vida: vendedores de globos, niños corriendo, parejas comiendo elotes. El sol teñía las torres góticas de un color dorado, casi mágico.
Alejandro tomó a Pablo en brazos. Lucía tomó la mano de Isabel.
—¿Aquí se casaron? —preguntó la niña, mirando hacia arriba con la boca abierta, impresionada por la altura de las torres.
—Sí, mi amor. Aquí fue —dijo Lucía, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
Subieron los escalones. El olor a cera e incienso la golpeó tan pronto cruzaron el umbral, transportándola de golpe al pasado. Por un segundo, Lucía sintió el peso del vestido de novia, la asfixia de la vergüenza, el sonido de los murmullos.
Apretó la mano de Alejandro. Él la miró y le guiñó un ojo, un gesto cómplice que disipó los fantasmas.
La iglesia estaba casi vacía, solo algunos turistas y fieles rezando en silencio. La luz entraba por los vitrales, pintando el suelo de colores, igual que aquel día.
Caminaron por el pasillo central.
Lucía miró las bancas. Recordó dónde estaba sentada su madre cuando se desmayó. Recordó la espalda de Rafael alejándose. Pero luego miró hacia la última fila.
—Mira, Isa —dijo Lucía, señalando la banca oscura del fondo—. Ahí estaba sentado papá.
—¿Escondido? —preguntó la niña.
—No. Esperando —corrigió Alejandro—. Esperando a que mamá me necesitara.
Llegaron al altar. El mismo mármol frío. El mismo Cristo mirando desde arriba. Pero esta vez, no había soledad.
Lucía soltó la mano de Isabel y dejó que la niña corriera un poco alrededor (bajo la mirada de reproche de una señora mayor). Se paró en el lugar exacto donde había sentido que su vida terminaba.
Cerró los ojos y se visualizó a sí misma hace cinco años: temblando, humillada, con el rímel corrido. Sintió un impulso de abrazar a esa Lucía del pasado. «Todo va a estar bien», le diría. «Ese hombre que viene caminando hacia ti no es un extraño. Es el amor de tu vida. Y ese dolor que sientes es solo el precio de entrada para la felicidad que viene».
Sintió una mano cálida en su cintura. Alejandro.
—¿En qué piensas? —susurró él.
—En que Dios escribe muy raro —sonrió ella, con los ojos húmedos—. Si Rafael no hubiera huido… yo estaría viviendo en un departamento pequeño, probablemente engañada, infeliz, contando los pesos para llegar a fin de mes.
—Y yo seguiría encerrado en mi oficina, amargado, bebiendo solo y pensando que mi vida acabó con Isabel.
Alejandro dejó a Pablo en el suelo, quien inmediatamente se sentó a jugar con un carrito sobre el mármol sagrado.
—Lucía —dijo Alejandro, poniéndose serio. Metió la mano en el bolsillo—. Aquella vez, todo fue improvisado. El anillo era prestado. El beso fue en la frente. Las palabras fueron mentiras para salvar el momento.
Sacó una cajita de terciopelo.
—Alejandro, ya estamos casados —rió ella, nerviosa.
—Sí, pero nunca te lo pedí aquí, en este lugar, sin miedo y sin mentiras.
Alejandro se arrodilló. No le importó que hubiera gente mirando. No le importó mancharse el traje de miles de dólares.
—Lucía Moreno, ¿me harías el honor de seguir salvándome todos los días por el resto de mi vida? ¿Quieres seguir siendo mi esposa, mi socia, mi maestra y mi todo?
Lucía lloró. No pudo evitarlo. Pero eran lágrimas que limpiaban el alma.
—Sí, tonto. Sí, siempre sí.
Alejandro se levantó y le puso un anillo nuevo, una banda de eternidad llena de diamantes pequeños, sencilla pero indestructible. Luego la besó. Y esta vez, no fue un beso casto en la frente. Fue un beso de película, un beso que hizo que los pocos turistas presentes aplaudieran tímidamente.
—¡Guácala! —gritó Isabel, tapándose los ojos.
Lucía y Alejandro se separaron riendo.
Tomaron a sus hijos y caminaron hacia la salida. La luz del atardecer los recibió afuera, cálida y naranja. Las campanas de la Catedral empezaron a repicar, llenando el aire de música.
Lucía se detuvo un momento en el atrio y miró hacia atrás, hacia la oscuridad de la nave central.
—Adiós —susurró, despidiéndose para siempre de la mujer triste que había sido.
—¿Vamos a casa? —preguntó Alejandro, pasando un brazo por sus hombros.
—Sí —dijo ella, mirando a su familia, su caos, su milagro—. Vamos a casa.
Caminaron hacia la plaza, mezclándose con la gente, una familia más entre la multitud de Guadalajara. Nadie que los viera imaginaría que su historia había comenzado con una tragedia. Nadie adivinaría que el hombre alto y la mujer sonriente eran los protagonistas del escándalo del siglo.
Porque al final, las mejores historias de amor no son las que empiezan con “había una vez”, sino las que sobreviven al “y entonces todo se derrumbó”.
Y mientras se alejaban, bajo el cielo eterno de Jalisco, Lucía supo con certeza absoluta que, a veces, que te dejen plantada en el altar es lo mejor que te puede pasar en la vida.
FIN